Fuera, los postes del telégrafo parecían una fila de espectros; los

árboles sacudían su desmelenada cabeza, agitando ramas semejantes a

brazos tendidos con desesperación pidiendo socorro; una casa surgía

blanquecina, de tiempo en tiempo, aislada en el paisaje como monstruosa

testa de granítica esfinge; todo confundido, vago, sin contornos,

flotante y fugaz, a imitación de los torbellinos de humo de la máquina,

que envolvían al tren cual envuelve a la presa el aliento de fuego de

colérico dragón. Dentro del coche silencio religioso; dijérase que era

un recinto encantado. El viajero corrió el transparente azul, cubriendo

la lámpara; recostose en una esquina cerrados los ojos, y, estirando las

piernas, las apoyó en el asiento fronterizo. Así pasaron estaciones y

estaciones. Dormitaba él un poco, y después, asombrado del silencio y

largo sopor de Lucía, levantábase, receloso de que la hubiese

sobrecogido un síncope. Iba a ella, inclinándose, y otra vez tornaba a

su rincón, habiendo percibido el ritmo acompasado del pacífico respirar

de la niña.

Difusa y pálida claridad comenzaba a tenderse sobre el paisaje. Ya se

discernía la forma de montañas, árboles y chozas; la noche se retiraba

barriendo las tembladoras estrellas, como una sultana que recoge su velo

salpicado de arabescos argentinos. El estrecho segmento de círculo de la

luna menguante se difumaba y desvanecía en el cielo, que pasaba de

obscuro a un matiz de azul opaco de porcelana. Glacial sensación corrió

por las venas del viajero, que subió el cuello de su americana y llegó

los pies instintivamente al calorífero, tibio aún, en cuyo seno de metal

danzaba el agua, produciendo un sonido análogo al que se oye en la cala

de los buques. De improviso se abrió bruscamente la puerta del

departamento, y saltó dentro un hombre ceñudo, calada la gorra de dorado

galón, en la mano una especie de tenacilla o sacabocados de acero.

--¡Los billetes, señores!--gritó en voz seca e imperiosa.

El viajero echó mano a su chaleco y entregó un trozo de cartón amarillo.

--¡Falta uno! El billete de la señora. ¡Eh, señora!, ¡señora! ¡El

billete!

Agitábase ya Lucía en su asiento, y echando abajo el chal escocés e

incorporándose, se frotaba asombrada los ojos con los nudillos, a la

manera de las criaturas soñolientas. Tenía revuelto y aplastado el pelo,

y muy encendido el lado del rostro sobre que reposara; una trenza suelta

le descendía por el hombro, y, destrenzándose por la punta, ondeaba en

tres mechones. Arrugada la blanca enagua, se insubordinaba bajo el

vestido de paño; un lazo de un zapato se había desatado, flotando y

cubriendo el empeine del pie. Lucía miraba en derredor con ojos vagos e

inciertos; estaba seria y atónita.

--¡El billete, señora! ¡Su billete de usted!--seguía gritándole el

empleado, con no muy afable tono.

--El billete...--repitió ella. Y de nuevo tendió la vista en torno, sin

lograr sacudir totalmente el estupor del sueño.

--Sí, señora, el billete--reiteró más desapaciblemente aún el empleado.

--¡Miranda.... Miranda!--exclamó Lucía por fin, enlazando sus dispersos

recuerdos de la víspera. Y registró con los ojos todo el departamento,

estupefacta al no ver a Miranda allí.

--El señor de Miranda tendrá mi billete--dijo dirigiéndose al empleado,

como si éste hubiese de conocer forzosamente a Miranda.

El empleado, desorientado, se volvió hacia el viajero, tendida la

diestra.

--No me llamo Miranda--murmuró éste.

Y como viese al empleado furioso, dispuesto a interpelar a Lucía con

grosero ademán, añadió:

--¿Venía alguien con usted, señora?

--Sí, señor...--contestó Lucía, atribulada ya--. Pues claro está que

venía... venía don Aurelio Miranda, mi marido...--y al decirlo, sonriose

involuntariamente, de lo nueva y peregrina que se le figuraba tal

expresión en su boca.

--Muy niña parece para casada--pensó el viajero; pero recordando el

anillo que había visto lucir en el meñique, añadió en alta voz:

--¿De dónde venían ustedes?

--De León. Pero qué, ¿no está? ¡Virgen Santa! Caballero... dígame

usted... permitame....

Y olvidando que el tren andaba, iba a abrir la portezuela rápidamente,

cuando el empleado la detuvo asiéndola del brazo con vigor.

--Eh, señora--dijo en voz ruda--, ¡pues no ve usted que se mata! No se

puede salir ahora. ¿Está usted loca? Y acabemos, que yo necesito el

billete.

--No lo tengo; ¡cómo he de hacer, si no lo tengo!--pronunció Lucía

acongojada, preñándosele de lágrimas los ojos.

--Tendrá usted que tomarlo en la primera estación, y pagar multa.

Y el empleado gruñó más fuerte.

--No moleste usted más a la señora--dijo el viajero terciando muy a

tiempo, que ya empezaban a rodar por las mejillas de Lucía lagrimones

como avellanas--. ¡So desatento!--prosiguió con cólera--, ¿no ve usted

que ha ocurrido a esta señora un suceso que no podía prever? Ea,

márchese usted, o por mi nombre....

--Ya ve usted, caballero, que tenemos nuestra obligación... nuestra

responsabilidad....

--Váyase usted noramala. Tome usted para el billete de la señora.

Diciendo esto, introdujo la diestra en el bolsillo de su americana, y

sacó unos papeles grasientos y verdosos, cuya vista despejó al punto el

perruno entrecejo del empleado, que al recibir el billete bajó dos o

tres tonos el diapasón de su bronca voz.

--Perdone usted--dijo al cogerlo y guardárselo en su sucia y desflorada

cartera.... La palabra de usted bastaba. Al pronto le desconocí; pero

ahora recuerdo muy bien de su fisonomía, y caigo en la cuenta de que le

conozco mucho, y también he conocido a su padre, señor de Artegui....

--Pues si me conoce--repuso severamente el viajero--, sabrá que gasto

pocas palabras ociosas.... Abur.

Y empujando al importuno hacia fuera, cerrole la portezuela en las

narices. Pero súbitamente la abrió otra vez, y ceceando al empleado, que

ya corría con no vista agilidad por la angosta plataforma de los

estribos, gritole en voz sonora:

--¡Psit... psit... eh!, que si hay por esos vagones algún señor de

Miranda, avísele usted que aquí está su señora.

Hecho lo cual, se sentó en el rincón, y bajando el vidrio, respiró con

ansia el vivificante fresco matinal. Lucía, secando sus ojos del segundo

llanto vertido en el curso de tan pocas horas, sentía extraordinaria

inquietud de una parte, de otra inexplicable contentamiento. La acción

del viajero le causaba el gozo íntimo que suelen los rasgos generosos en

las almas no gastadas aún. Moríase por darle las gracias, y no osaba

hacerlo. Él, entretanto, miraba amanecer, con la misma atención que si

fuese el más nuevo y entretenido espectáculo del mundo. Al fin se

resolvió la niña a atreverse, y con balbuciente labio dijo la mayor

tontería que en aquel caso decir pudiera (como suele suceder a cuantos

piensan mucho y preparan anticipadamente un principio de diálogo).

--Caballero... es que yo no podré pagarle a usted lo que le debo hasta

que encontremos a Miranda. Él llevaba los fondos....

--Yo no presto dinero, señora--contestó apaciblemente el viajero, sin

volver la faz ni dejar de mirar el alba, que rompía por los cielos

envuelta en leves vapores de rosa y nácar.

--Bien... pero no es justo que usted, así, sin conocerme....

El viajero no contestó.

--Y dígame usted, por Dios--añadió Lucía con inflexiones infantiles en

su voz pura--, ¿qué será de Miranda? ¿Qué le parece a usted de mi

situación? ¿Qué hago yo ahora?

Giró el viajero en su asiento, y quedó frente a Lucía, con aspecto de

hombre a quien obligan a ocuparse en lo que no le importa y que se

resigna a ello. El timbre fresco de la voz de Lucía le volvió a sugerir

la misma reflexión de antes.

--Imposible parece que esté casada. Cualquiera pensará que sale de un

colegio.--Y, de recio, preguntó:

--Vamos a ver, señora; ¿dónde dejó usted a su marido? ¿Lo recuerda

usted?

--¿Qué sé yo? Si me dormí....

--¿Y dónde se durmió usted? ¿No lo sabe usted tampoco?

--En la estación donde cenamos.... En Venta de Baños. Miranda se bajó a

facturar el equipaje, y me dijo que descansase un rato, que procurase

dormir....

--¡Y lo ha procurado usted bien!--murmuró con una media sonrisa el

viajero--. Duerme usted desde allá... cinco horas seguidas, de un

tirón....

--Pero... es que ayer madrugué tanto.... Estaba rendida.

Y Lucía se frotó los ojos, cual si otra vez sintiese en ellos la comezón

del sueño. Después buscó en su moño dos o tres horquillas, recogiéndose

con ellas la rebelde trenza.

--¿Me ha dicho usted--interrogó el viajero--que venían ustedes de León?

--Sí, señor.... La boda fue a las once de la mañana; pero yo tuve que

madrugar para disponer el refresco...--refirió Lucía con su sencillez de

niña no hecha al trato social--. Las tres y media eran cuando salimos de

León....

El viajero la miraba, empezando a comprender el enigma. La niña le daba

la clave de la mujer.

--Debí figurármelo--dijo para su sayo--. ¿Llegaron ustedes juntos hasta

Venta de Baños?--preguntó a Lucía después.

--Sí, sí... allí cenamos. Miranda se quedó sin duda facturando....

--No puede ser.... La operación de facturar termina siempre a tiempo

suficiente para que los viajeros tomen el tren.... Algún incidente

imprevisto, algún contratiempo debió de ocurrirle.

--¿No le parece a usted... diga usted con franqueza... lo habrá hecho a

propósito, eso de dejarme?

Tan pueril y sincera congoja revelaba el semblante de Lucía al

pronunciar esto, que la seria boca del viajero hubo de sonreírse

nuevamente.

--¡Mire usted!--añadió ella meneando grave y reflexiva la cabeza--; ¡y

yo que pensaba que una mujer en casándose tenía quien la acompañase y

defendiese! ¡Quien la diese protección y sombra! Pues si esto sucede a

las veinticuatro horas no completas.... No completas. ¡Bien estamos!

--De seguro... de seguro que su marido de usted está más disgustado por

lo ocurrido que usted misma. Crea usted que algo sucede que no sabemos,

y que explicará la conducta de ese señor.... Miranda. ¿O tendría usted

algún antecedente, algún motivo para sospechar que... que la quiso

abandonar?

--¡Motivo! ¡Quiá! Ninguno. Si el señor de Miranda es una persona formal.

--¿Usted le llama el _señor de Miranda_?

--No... él ya me advirtió ayer que le llamase Aurelio.... Pero como aún

no adquirí confianza... y él tiene más edad.... En fin, no se me venía a

la boca.

El viajero puso dique a una marea de preguntas indiscretas que se

asomaban a sus labios, y volviose hacia la ventanilla para no perder la

hermosa decoración que le ofrecía la Naturaleza. El sol, apareciendo

sobre la cumbre de una montañuela cercana, disipaba la bruma matutina,

que descendía al valle en jirones de encaje gris, y, brillando en un

espacio azul clarísimo, alumbraba con luz naciente, fresca y suave. Por

los flancos de granito de la montaña, sembrados de mica que relucía,

bajaba desatado un torrente espumoso; y entre el matiz sombrío de los

encinares asomaba un pradillo, de tonos pálidos de hierba temprana,

donde pacía un rebaño de ovejas, cuyos blancos cuerpos constelaban la

alfombra verde como enormes copos de algodón. Al través del ruido

ensordecedor del tren, dijérase que se oían en aquella pintoresca solana

remotos gorjeos de aves y argentino repiquetear de esquilas.

Cuando el viajero hubo mirado largamente el lindo paisaje, que ya se

perdía en lontananza, dejose caer, como hombre fatigado, en la esquina,

y sus brazos exhaustos pendieron a ambos lados de su cuerpo, mientras se

le escapaba del pecho leve suspiro, que más que a pesares sonaba a

cansancio.

El sol subía y sus rayos comenzaban a travesear en los cristales del

coche, y en las frentes de los dos que lo ocupaban, como invitándoles a

contemplarse el uno al otro. Midiéronse, en efecto, instintivamente con

la vista, procurando que su mutua curiosidad no fuese advertida, de lo

cual resultó una escena muda y expresiva, representada por ella con

infantil desenfado, y con reserva ceñuda por él.

Era el viajero un hombre en la fuerza de la edad y en la edad de la

fuerza. Veintiocho, treinta o treinta y dos años podían haber corrido

sobre él, sin que fuese dable decir si los representaba. El descolorido

semblante lo tenía aún más pálido en los pómulos, allí donde suelen

estar las que en verso se llaman rosas. Con todo esto no parecía de

endeble salud, y era bien proporcionado de cuerpo, la barba negra y

hermosa, el cabello rebelde a las artes del peluquero, flexible y libre,

ondulante por aquí y por acullá, sin simetría ni compás, mas no sin

cierta colocación propia que caracterizaba y embellecía la cabeza.

Tenía las facciones bien dispuestas, pero encapotadas por unas nubes de

melancolía y padecimiento, no del padecimiento físico que destruye el

organismo, pega la piel a los huesos, amojama las carnes y empaña o

vidria el globo ocular, sino del padecimiento moral, o mejor dicho,

intelectual, que sólo hunde algo la ojera, labra la frente, empalidece

las sienes y condensa la mirada, comunicando a la vez descuido y

abandono a los movimientos del cuerpo. Esto último era lo que en el

viajero se notaba más.

Eran todas sus actitudes y ademanes como de hombre rendido y exánime.

Algo había descompuesto y roto en aquel noble mecanismo, algún resorte

de esos que al saltar interrumpen las funciones de la vida íntima. Hasta

en su vestir percibíase la languidez y desaliento que tan a las claras

revelaba la fisonomía. No era negligencia, era indiferencia y caimiento

de ánimo lo que manifestaba aquel traje obscuro de mezclilla, aquella

cadena de oro, impropia para un viaje, aquella corbata atada sin esmero

y al caer, aquellos guantes nuevos, de fina piel de Suecia, de color

delicado, que no iban a durar limpios ni diez minutos. Faltábale al

viajero la elegancia primorosa e inteligente que cuida de los detalles,

que hace ciencia del tocador; veíase en él al hombre que es superior a

la propia elegancia porque no la ignora, pero la desdeña: grado de

cultura por donde se ingresa en una esfera más alta que el buen tono,

que al fin y al cabo es categoría social, y quien se eleva por cima del

buen tono, eximese también de categorías. Miranda vestía la librea del

buen gusto, y por eso, antes de reparar en Miranda, se fijaban las

gentes en su ropa, al paso que lo que en Artegui atraía la atención, era

Artegui mismo. Ni la irregularidad del vestir encubría, antes bien,

patentizaba, la distinción de la persona: cuantas prendas componían su

traje eran ricas en su género; inglés el paño, holanda la tela de la

camisa, de primera el calzado y guantes. Todo esto lo notó Lucía, más

con el instinto que con el entendimiento, porque, inexperta y bisoña, no

había llegado aún a dominar la filosofía del traje, en que tan maestras

son las mujeres.

A su vez la consideraba Artegui como aquel que, volviendo de países

nevados y desiertos, mira a un vallecillo alegre que por casualidad

encuentra en el camino. Jamás había visto reunidas en nadie tanta

juventud, robustez y frescura. A pesar de la noche pasada en

ferrocarril, estaba el rostro de Lucía más lozano que unas hierbas de

San Juan, y sus cabellos revueltos y a trechos aplastados, le prestaban

cierto aspecto de ninfa que sale del baño, destocada y húmeda. Reíansele

los ojos, las facciones todas, y el sol, indiscreto cronista de los

cutis marchitos, jugaba sin temor entre el dorado imperceptible vello

que tapizaba las mejillas de la niña, tiñéndolas con tonos calientes de

rancio mármol.

Lucía esperaba que la hablasen, y su mirada lo pedía. Pero como el

viajero no pareciese dispuesto a realizar sus esperanzas, se resolvió

ella, pasado algún tiempo, a volver a la carga, exclamando:

--Bien, ¿y qué hago yo? Usted no me dice cómo voy a salir del paso.

--¿Adónde iba usted, señora, con su marido?

--Ibamos a Francia... a las aguas de Vichy, que le habían recetado los

médicos.

--¿A Vichy directamente? ¿No pensaban ustedes detenerse en alguna parte?

--Sí tal, en Bayona. Allí descansaríamos.

--¿Está usted bien segura?

--Segurísima. Me lo explicó cien veces el señor de Miranda.

--Pues en ese caso, diré a usted lo que opino. Indudablemente, su marido

de usted, detenido por una circunstancia cualquiera, que no hace al

caso, se quedó en Venta de Baños anoche. Por medida de precaución, le

haremos, si usted quiere, un telegrama desde Hendaya; pero lo que yo

supongo es que tomará el primer tren que vea salir para Francia,

corriendo en busca de usted. Si retrocedemos, se expone usted a cruzarse

con él en el camino, y a perder tiempo, y a molestarse más. Si se queda

usted en la primera estación que encontremos, para esperarle allí....

--Eso, eso sería lo mejor.

--No, porque como él no lo sabe, y como han pasado horas y ya estará

andando quizá para unirse a usted, y no podremos avisarle, y el tren se

detiene brevísimos momentos en esas estaciones... no me parece acertado.

Además, que tendrían ustedes acaso que quedarse los dos en una estación

mezquina, esperando otro tren.... Ese recurso no es aceptable.

--Pues discurra usted...--dijo la niña con empeño y confianza, animada

por el «si retrocedemos...» del viajero, que le prometía implícitamente

asistencia y auxilio.

--Seguir a Bayona, señora: es lo único que cabe. Creo que su marido de

usted se dirigirá desde luego allí. Nosotros llegamos en el tren de la

tarde y él en el de la noche. Cuando no ha telegrafiado avisando a usted

de que se vuelva (cosa que pudo hacer), es que sigue.

No puso Lucía objeciones. Ignorante de la ruta, sintió placer singular

en entregarse a la ajena experiencia. Callada, se inclinó a la

ventanilla y siguió la línea escabrosa de la sierra, que se recortaba en

el cielo despejado. El tren andaba más despacio cada vez: estaban

llegando a una estación.

--¿Qué es esto?--dijo volviéndose a su compañero.

--Miranda de Ebro--contestó él lacónicamente.

--¡Qué sed tengo!--murmuró Lucía--. Diera por un vaso de agua....

--Bajémonos: beberá usted en la fonda--respondió Artegui, a quien el

imprevisto suceso comenzaba a sacar de su abstracción. Y saltando el

primero, ofreció el brazo a Lucía, que se apoyó sin ceremonias, y a

impulsos de la sed, echó a correr hacia la cantina, donde algunas

botellas empezadas, naranjas a medio exprimir, tarros de horchata y

jarabe, frasquitos de azahar, se disputaban un mostrador cubierto de

zinc y unos estantes pintados de amarillo. Sirviéronle el agua, y sin

dar tiempo a que se disolviese el bolado, la bebió a sorbetones, de

prisa; sacudió los mojados dedos, limpiándose después con su pañolito.

Artegui pagó.

--Muchas gracias--dijo ella mirando a su taciturno acompañante--. A

gloria me ha sabido. Cuando hay sed.... Muchas gracias, señor don....

¿cómo se llama usted?

--Ignacio Artegui--pronunció él con visos de extrañeza.

La ingenuidad suele parecerse al descaro, y sólo el candor de aquellos

ojos límpidos que se clavaban en él pudo hacer que el viajero

distinguiese entre ambas cosas.

--¿No quiere usted algo más?--murmuró--. ¿Desayunarse? ¿Café o

chocolate?

--No, no... lo que es por ahora, no siento apetito.

--Pues espéreme en el coche. Voy a arreglar el asunto de su billete de

usted.

Volvió en breve, y el tren comenzó de nuevo su marcha, que de noche

parecía vertiginosa y fatigosa de día. El sol iba ascendiendo a su

cenit, y el calor se anunciaba por ráfagas tibias y pesadas, alientos de

fuego que encendían la atmósfera. Ligero polvillo de carbón, procedente

de la máquina, entraba por las ventanas, depositándose en los

blanquecinos cojines y en el velo de percal que preservaba el respaldo

de los asientos. A veces, contrastando con el tufo penetrante del carbón

de piedra, venía una bocanada del agreste perfume de los encinares y las

praderías, extendidas a uno y otro lado del tren. Tenía el país mucho

carácter: eran las Vascongadas, rudas y hermosas. Por todas partes

dominaban el camino amenazantes alturas, coronadas de recias casamatas o

fuertes castillos recientemente construidos allí para señorear aquellos

indomables cerros. En los flancos de la montaña se distinguían anchas

zanjas de trincheras o líneas de reductos, como cicatrices en un rostro

de veterano. Altos y elegantes chopos ceñían las bien cultivadas

llanuras, verdes e iguales, a manera de un collar de esmeraldas. De

entre el blanco y limpio caserío se destacaban las torres de los

campanarios. Lucía se signaba al verlas.

Al pasar por delante de Vitoria un recuerdo acudió a su mente. Se lo

trajeron las largas alamedas que adornan y cercan la ciudad.

--Parecen los árboles de León--murmuró suspirando.

Y añadió en voz más baja, como hablándose a sí misma:

--¡Qué hará ahora el pobre papá!

--¿Se ha quedado su padre de usted en León?--preguntó Artegui.

--Sí, en León.... Si él supiese lo que pasa, tendría un terrible

disgusto. ¡Él, que me hizo tantos cientos de encargos y advertencias!

Que tuviésemos cuidado con los ladrones... con las enfermedades... con

no tomar sol... con no mojarnos.... Vamos, cuando lo pienso....

--¿Es anciano su padre de usted?

--Viejecito, viejecito... pero muy guapo y bien conservado, más hermoso

que un oro para mí. Yo logré la suerte de tener el mejor padre de toda

España... no ve sino por mis ojos el pobre.

--¿Es usted única, acaso?

--Sí, señor... y huérfana de madre desde que era así--explicó Lucía

bajando la extendida mano y colocándola a la altura de sus rodillas--.

¡Qué! ¡si aún mamaba cuando se murió mi madre! Y mire usted, esa fue la

única desgracia que yo tuve; porque por lo demás, personas habrá

felices, pero más de lo que yo lo fui....

Artegui posó en ella sus ojos dominadores y profundos.

--¡Era usted feliz!--repitió, como un eco del pensamiento de la niña.

--¡Vaya! Sí que lo era. El Padre Urtazu me decía a veces: cuidado,

chiquilla; mira que Dios te lo está pagando todo adelantado, y después,

cuando te mueras, ¿sabes tú lo que va a decir? Que no te debe nada.

--¿De suerte que usted--preguntó Artegui--nada echaba de menos en su

tranquila existencia de León? ¿No deseaba usted nada?

--Deseaba, sí... algunas veces, sin saber qué. Ahora pienso que lo que

deseaba era esto: salir, variar algo de vida. Pero no me impacientaba,

porque me parecía que, tarde o temprano, llegaría a lograrlo; ¿no es

cierto? El Padre Urtazu solía reírse de mí, exclamando: paciencia, que

cada otoñillo trae su frutillo.

--El Padre Urtazu.... ¿es jesuita?

--¡Jesuita... y más sabio! Entiende de cuanto Dios crió. Yo algunas

veces, por desesperar a doña Romualda, que es la directora de mi

colegio, le decía: De mejor gana aprendería con el Padre Urtazu, que con

usted.

--¡Y ahora--pronunció Artegui, con la brutal curiosidad de unos dedos

que abren a viva fuerza un capullo de flor--, sería usted más feliz que

nunca! ¡Digo! ¡Casarse nada menos!

No percibió Lucía el tono irónico que dieron a aquella frase los labios

de su acompañante, y respondió con sinceridad:

--Le diré a usted.... Siempre deseé casarme a gusto del viejecito, y no

afligirlo con esos amoríos y esas locuras con que otras muchachas

desazonan a sus padres.... Mis amigas, digo algunas, veían pasar por

delante de su ventana a un oficial de la guarnición.... ¡zas! ya estaban

todas derretidas, y carta va y carta viene.... Yo me asombraba de eso de

enamorarse así, por ver pasar a un hombre.... Y como al fin nada se me

daba de los que pasaban por la calle, y al señor de Miranda ya le

conocía, y a padre le gustaba tanto... calculé: ¡mejor! así me libro de

cuidados, ¿no es verdad? cierro los ojos, digo que sí y ya está hecho...

Padre se pone muy contento y yo también.

Artegui se quedó mirándola tan fijamente, que Lucía sintió, digámoslo

así, el peso y el calor de aquellos ojos en sus mejillas, y encendiose

toda en rubor, murmurando:

--¡Le cuento a usted cada tontería! Como no tenemos de qué hablar....

Seguía él escudriñando con la vista el franco y juvenil semblante, como

una hoja de acero registra la carne viva. Harto sabía que el desahogo y

libertad revelan quizá más ausencia de malicia que la cautelosa reserva;

mas con todo eso, le maravillaba la extremada sencillez de aquella

criatura. Era preciso, para entenderla, observar que la salud poderosa

del cuerpo le había conservado la pureza del espíritu. Nunca

enlanguideciera la fiebre aquellos ojos de azulada córnea; nunca secara

aquellos fresquísimos labios la calentura que consume a las niñas en la

difícil etapa de diez a quince. La imagen más adecuada para representar

a Lucía, era la de un cogollo de rosa muy cerrado, muy gallardo,

defendido por pomposas hojas verdes, erguido sobre recio tronco.

Agobiaba el calor, cada vez más sofocante. Al llegar a Alsasua, quejose

nuevamente Lucía de sed, y Artegui, ofreciéndole el brazo, la condujo al

comedor de la fonda, recordándole que era razón tomar algo, puesto que

tantas horas habían transcurrido desde la cena.

--Dos almuerzos--gritó al mozo, palmoteando para que le atendiesen.

Un viaje de novios · 第 4 / 16 段