Seguía corriendo el tren, y la desposada no lloraba ya. Apenas se

advertían en su rostro huellas de llanto, ni sus párpados estaban

enrojecidos. Así acontece con las lágrimas que vertemos por las primeras

penillas de la vida: llanto sin amargura, rocío leve, que antes refresca

que abrasa. Comenzaban a entretenerla las estaciones y la gente que se

asomaba curiosa a la portezuela, escudriñando el interior del

departamento. Llovía preguntas sobre Miranda, el cual daba pormenores de

todo, esmerándose en divertirla, y entreverando con las explicaciones

alguna terneza, que la niña escuchaba sin turbarse, pareciéndole

naturalísimo que el esposo mostrase afecto a la esposa, sin que el más

leve oscilar de su corpiño delatara la dulce confusión que el amor

despierta. Hallábase ya en su centro Miranda, habiendo cesado los lloros

y reaparecido el buen humor y el temple normal del ánimo. Satisfecho de

tal resultado, hasta bendecía interiormente a una de sus causas, una

vejezuela que con enorme banasta al brazo se coló en el departamento

algunas estaciones antes de Palencia, y cuya grotesca facha ayudó a

llamar la sonrisa a los labios de Lucía.

Al llegar a Palencia, dejolos la vejezuela y subió un hombre grave,

decentemente vestido, silencioso.

--Se parece a papá--dijo Lucía en voz baja a Miranda--. ¡Pobrecillo!--Y

esta vez sólo un suspiro pagó la deuda del amor filial.

Caía ya la noche; andaba el tren lentamente, como si temblase de pavor

al confiarse a los raíles, y observó Miranda que llevaba notable

retraso.

--Llegaremos a Venta de Baños--pronunció volviendo la hoja del

_Indicador_--mucho más tarde de lo que se acostumbra.

--Y en Venta de Baños...--interrogó Lucía.

--Podemos cenar... si nos dan tiempo. En circunstancias ordinarias, no

sólo se cena, sino que hasta se descansa un rato, esperando el otro

tren, el expreso, el que ha de llevarnos a Francia.

--¡A Francia! (Lucía palmoteó como si escuchase nueva inesperada y

gratísima.) Reflexionando después, añadió en voz grave--: Pues lo que es

yo tengo ganas de cenar.

--Cenaremos, cenaremos: al menos para cenar espero que nos alcanzará el

rato que dure la parada.... ¿Hay apetito, eh? Ello es que... que tú no

has probado casi nada hoy....

--Con la prisa y el ahogo... y atender a que sirviesen bien los

chocolates... y la pena de dejar al pobre papá, y de verle tan

alicaído... y también....

--¿Qué más?

--¡Y vamos! que eso de casarse no sucede todos los días... y es natural

que trastorne un poco... es cosa grave, muy grave, ya me lo avisó el

Padre Urtazu..., y así es que yo anoche no pegué ojo, y conté todas las

horas, las medias y los cuartos que dio el cuco de la antesala... a cada

campanada que oía.... ¡tam, tam!, exclamaba yo ¡maldito! aguárdate, que

voy a taparme la cara con las sábanas, y a llamar el sueño, y no

volverás a hacer de las tuyas..., pero ni por esas. Ahora, como ya pasó,

es lo mismo que cuando hay que saltar un foso muy ancho: se salta,

¡zas!, y ya no se piensa en ello. ¡Se acabó!

Miranda se reía, sentado próximo a su novia, mirándola de cerca y

hallándola muy linda, transformada casi con el tocado de viaje y la

animación que encendía sus mejillas y arrebolaba su fresca tez. Lucía

también comenzaba a recobrar la antigua familiaridad con Miranda, algo

interrumpida últimamente por la novedad de la situación respectiva de

ambos.

--No se ría usted de mis tonterías, señor de Miranda--murmuró la niña.

--Hazme el favor de no equivocarte, hija... me llamo Aurelio, y debes

hablarme de tú como yo a ti.... ¿sabes?

Todo este diálogo pasaba en discreto tono, a media voz, inclinados el

uno hacia el otro ambos interlocutores, con misterioso y casi amante

silabeo. El testigo de vista, silencioso, recostado en un ángulo,

imponía a la plática de los esposos, plática llana y corriente, cierta

intimidad y secreto que acrecentaban su atractivo, dándole visos de

tierno coloquio. Las mismas cosas, dichas en alto, serían indiferentes y

sencillas por demás. De ordinario sucede así, que no sean las palabras

importantes en sí mismas, sino por el tono con que se pronuncian y el

lugar en que se colocan, a la manera de menudas piedrecillas que

incrustadas convenientemente en la labor de mosaico, ya dibujan un

árbol, ya una casa, ya un rostro.

Detúvose al cabo el tren en Venta de Baños, y las luces de la estación

mostraron su encendida pupila a través de la niebla leve de sosegada

noche de otoño.

--¿Es aquí? ¿Es aquí donde nos bajarnos y se cena?--preguntó Lucía, a

quien el suceso, nuevo para ella, de una cena en la estación, abría a un

tiempo apetito y curiosidad.

--Aquí--contestole Miranda en tono mucho menos regocijado--. ¡Ahora,

cambio de tren! ¡Los suprimiría todos! No hay cosa más incómoda. Busque

usted el equipaje para que no se lo lleven a Madrid... mueva usted todos

esos embelecos....

Diciendo lo cual, cogió de la red manta, saco y lío de paraguas; pero

Lucía con su juvenil vigor y sus hábitos de hija del pueblo arrebatole

de la mano lo más pesado, el saco, y brincando, ligera como un ave, al

suelo, dio a correr hacia la fonda.

Sentáronse a la mesa dispuesta para los viajeros, mesa trivial, sellada

por la vulgar promiscuidad que en ella se establecía a todas horas; muy

larga y cubierta de hule, y cercada como la gallina de sus polluelos, de

otras mesitas chicas, con servicios de té, de café, de chocolate. Las

tazas, vueltas boca abajo sobre los platillos, parecían esperar

pacientes la mano piadosa que les restituyese su natural postura; los

terrones de azúcar empilados en las salvillas de metal, remedaban

materiales de construcción, bloques de mármol blanco desbastados para

algún palacio liliputiense. Las teteras presentaban su vientre

reluciente y las jarras de la leche sacaban el hocico como niños mal

criados. La monotonía del prolongado salón abrumaba. Tarifas, mapas y

anuncios, pendientes de las paredes, prestaban al lugar no sé qué

perfiles de oficina. El fondo de la pieza ocupábalo un alto mostrador

atestado de rimeros de platos, de grupos de cristalería recién lavada,

de fruteros donde las pirámides de manzanas y peras pardeaban ante el

verde fuerte del musgo. En la mesa principal, en dos floreros de azul

porcelana, acababan de mustiarse lacias flores, rosas tardías, girasoles

inodoros. Iban llegando y ocupando sus puestos los viajeros, contraído

de tedio y de sueño el semblante, caladas las gorras de camino hasta las

cejas los hombres, rebujadas las mujeres en toquillas de estambre,

oculta la gentileza del talle por grises y largos impermeables,

descompuesto el peinado, ajados los puños y cuellos. Lucía, risueña, con

su ajustado casaquín, natural y sonrosada la color del semblante,

descollaba entre todos, y dijérase que la luz amarillenta y cruda de los

mecheros de gas se concentraba, proyectándose únicamente sobre su cabeza

y dejando en turbia media tinta las de los demás comensales. Les

trajeron la comida invariable de los fondines: sopa de hierbas, chuletas

esparrilladas, secos alones de pollo, algún pescado recaliente, jamón

frío en magrísimas lonjas, queso y frutas. Hizo Miranda poco gasto de

manjares, despreciando cuanto le servían, y pidiendo imperativo y en voz

bastante alta una botella de Jerez y otra de Burdeos, de que escanció a

Lucía, explicándole las cualidades especiales de cada vino. Lucía comió

vorazmente, soltando la rienda a su apetito impetuoso de niño en día de

asueto. A cada nuevo plato, renovabásele el goce que los estómagos no

estragados y hechos a alimentos sencillos hallan en la más leve novedad

culinaria. Paladeó el Burdeos, dando con la lengua en el cielo de la

boca, y jurando que olía y sabía como las violetas que le traía Vélez de

Rada a veces. Miró al trasluz el líquido topacio del Jerez, y cerró los

ojos al beberlo, afirmando que le cosquilleaba en la garganta. Pero su

gran orgía, su fruto prohibido, fue el café. No acertaremos jamás los

mínimos y escrupulosos cronistas del señor Joaquín el Leonés, cuál fuese

la razón secreta y potísima que le llevó a vedar siempre a su hija el

uso del café, cual si fuese emponzoñada droga o pernicioso filtro: caso

tanto más extraño cuanto que ya sabemos la afición desmedida, el amor

que al café profesaba nuestro buen colmenarista. Privada Lucía de gustar

de la negra infusión, y no ignorante de los tragos que de ella se echaba

su padre al cuerpo todos los días, dio en concebir que el tal brebaje

era el mismo néctar, la propia ambrosía de los dioses, y sucedíale a

veces decir a Rosarito o a Carmela:

--Deja, que en casándome, yo tomaré café. ¡Pues no!

No era muy genuino, ni muy aromático el del fondín de Venta de Baños; y

con todo eso, al introducir en sus labios por vez primera la cucharilla,

al sentir el leve amargor y el tibio vaho que la penetraban, experimentó

Lucía hondo estremecimiento, algo como una expansión de su ser, cual si

a un tiempo se abriesen sus sentidos, semejantes a capullos de arbusto

que a la vez florecen todos. La copa de _chartreuse_, bebida despacio,

le dejó en la lengua y en los dientes un aroma penetrante y

fortalecedor, una sed grata, ligerísima, que apagaban los sorbos últimos

del café, saturados del fino polvillo que en remolinos lentos se

depositaba en el fondo de la taza.

--¡Si viniese papá ahora--murmuró--, qué diría!

Miranda y Lucía fueron los últimos en alzarse de la mesa. Los restantes

viajeros se desparramaran ya por el andén a fin de coger sitio en el

expreso, que acababa de llegar y detenerse, vibrante aún de su rápida

marcha, en la estación.

--Vamos--advirtió Miranda--, vamos, que el tren va a salir.... No sé si

hallaremos un departamento desocupado.

Emprendieron su peregrinación, recorriendo la línea de vagones, en busca

del departamento vacío. Halláronle, al fin no sin trabajo, y tomaron

posesión de él, arrojando sus fardos en los almohadones. La luz opaca

del farol, filtrándose a través de la cortinilla de azul tafetán; el

gris uniforme y mate del forro, que parecía blanquecina colgadura; el

silencio, la atmósfera reposada, sucediendo a la claridad brutal y a la

confusa batahola del fondín, convidando estaban a apacible sueño y

sosiego. Desabrochó Lucía la goma de su sombrero, colocándolo en la red.

--Estoy aturdida--dijo pasándose la mano por la frente--. Me pesa algo

la cabeza; tengo calor.

--Los licores.... Las bebidas--respondió festivamente Miranda--.

Descansa un instante, mientras facturo el equipaje. Es formalidad

precisa aquí....

Diciendo esto, levantó uno de los cojines del coche; metió debajo su

manta enrollada para que formase cabecera, alzó el brazo de sillón que

dividía los dos cojines, y añadió:

--¡Una cama pintiparada!

Sacó Lucía del bolsillo un pañolito de seda, con esmero doblado, lo

extendió delicadamente sobre el cojín, y se tendió reclinando la cabeza

en donde el pañuelo impedía el roce con el paño sobado del forro.

--Si me duermo--advirtió a Miranda--, despiértame cuando pase algo digno

de verse.

--Pierde cuidado--contestó Miranda riéndose--. Vuelvo en seguida.

Quedose Lucía sola, cerrados ya los ojos, embargadas por grato sopor las

potencias. Fuese el movimiento del tren, fuese el insomnio de las

vísperas nupciales, fuese el hábito de acostarse en León a aquella misma

hora de diez y media de la noche, o todas estas cosas juntas, ello es

que el sueño caía sobre ella como un manto de plomo. Aflojábanse sus

tirantes nervios, y corría por sus venas esa inexplicable sensación de

calor rítmico, que anuncia que el curso de la sangre regulariza, y que

el reposo comienza. Hizo Lucía la señal de la cruz, entre dos bostezos,

murmuró un Padrenuestro y un Avemaría, y dio principio a una oración

aprendida en el devocionario, y escrita en detestables versos, que

comienza:

Del párvulo tierno,

cándido e inocente,

Dios justo y clemente

el sueño me dad...

Operaciones todas que si habían de espantar la somnolencia, la atrajeron

más y más. De la boca de Lucía se exhaló leve suspiro; su mano cayó

inerte, y la niña se quedó sepultada en el sueño más suelto y profundo,

cual si entre blandas sábanas lo gozase.

Entregábase mientras tanto Miranda a la importante tarea de facturar el

equipaje, no escaso, compuesto de dos baúles mundos, una sombrerera y un

cajón especial de tela y cuero, a propósito para guardar de arrugas el

planchado de sus camisas de vestir. Fuerza fue esperar pacientemente el

turno de bultos rotulados A. M., frente al gran mostrador, donde se

alineaba respetable fila de maletas, cajas y cajones de toda especie que

iban trayendo a hombros los mozos de la estación, agobiados, hinchadas

las venas del cuello. Cuando llegaban al mostrador, dábanse prisa a

soltar la carga de golpe, con movimientos brutales, haciendo crujir la

madera de los baúles y gemir y rechinar los aros de hierro que la

afianzan. Al cabo logró Miranda que llegase su vez, y ya con el talón en

el bolsillo, saltó del andén a la vía triple buscando su departamento.

Costole algún trabajo, y abrió en balde varias puertas antes de dar con

él; al abrirlas, solía asomarse una cabeza, y una voz áspera decir:

«está lleno.» En otros departamentos vio formas confusas, gente

acurrucada en los rincones o tumbada en los cojines. Al fin acertó,

reconoció su sitio.

El cuerpo de Lucía, tendido sobre la improvisada cama, era complemento

de la paz, de la quietud de aquella movible alcoba. Miranda consideró a

su desposada un rato, sin que se le ocurriesen las cosas sentimentales y

poéticas que la situación parecía sugerir.

--Es guapa de veras esta chica--pensaba el hombre maduro y experto--.

Sobre todo, tiene su tez la pelusa de los albérchigos cuando no les han

tocado y cuelgan aún en la rama. Ese diablo de Colmenar parece que

adivina todas las cosas... otro me hubiera dado los millones con alguna

virgen y mártir de cuarenta años.... Pero esto es miel sobre hojuelas,

como suele decirse.

Al glosar así su dicha, quitábase Miranda el sombrero y buscaba en los

bolsillos del sobretodo la gorrilla de viaje roja y negra a cuarterones.

Hay movimientos que por instinto nos recuerdan otros, cuando los

ejecutamos. El antebrazo de Miranda, al descender, notó un vacío, la

falta de algo que antes le estorbaba. Y el dueño del antebrazo, al

advertirlo, dio brusco salto, y empezó a mirarse de abajo arriba, y las

manos trémulas recorrieron y palparon el pecho y la cintura sin hallar

nada; y la boca, impaciente y colérica, soltó en voz ahogada tacos,

ternos y votos redondos; y el puño cerrado hirió la desmemoriada frente,

como evocando el recuerdo con aquel cachete expresivo: llamado así el

recuerdo, acudió por último; al cenar, habíase quitado la cartera, que

le molestaba para comer, y puéstola a su lado sobre una silla vacante.

Allí debía de estar. Era forzoso recogerla. Pero, ¡y el tren que iba a

salir! Ya roncaban las chimeneas, bufando como erizados gatos, y dos o

tres silbos agudos preludiaban la marcha. Miranda tuvo un segundo de

indecisión.

--Lucía--dijo en voz alta.

Y contestole sólo el respirar igual y fuerte de la niña, indicando un

sueño tenaz y hondo.

Entonces se decidió prontamente, y con agilidad digna de un muchacho de

veinte años, saltó a la vía y rompió a correr hacia la fonda. No es para

perdida cartera como aquella, repleta de dinero en sus formas más

variadas y seductoras: oro, plata, billetes de Banco, letras. Se

precipitaba.

Extinguido ya la mayor parte del alumbrado en el fondín, sólo ardía una

bomba en cada cuádruple mechero; los mozos charlaban sentados en los

rincones, o conducían perezosamente a la cocina obeliscos de platos

grasientos y sucios, y montones de arrugadas servilletas. En la mesa

grande, casi vacía, se alzaban solitarios los altos floreros, y a la luz

escasa era lúgubre la mancha blanca del enorme mantel, semejante a un

sudario. Sobre el mostrador, un quinqué de petróleo despedía en torno un

círculo de claridad anaranjada, concreta, y el amo del

establecimiento--sirviéndole de pupitre la tableta de mármol--, escribía

guarismos en una gran agenda. Miranda, azorado, se llegó a él,

acercándose mucho, tocándole casi:

--Caballero...--preguntó con voz anhelante--¿ha visto usted por ahí...

han recogido los mozos?...

El amo alzó el rostro, rostro franco, patilludo y vulgar.

--¿Una cartera? Sí, señor.

Respiró anchamente el amigo de Colmenar.

--¿Es de usted?--interrogó receloso el fondista.

--¡Mía, sí! Démela usted sin pérdida de tiempo: va a salir el tren....

--Tenga usted la bondad de facilitarme alguna seña....

--Color encarnado obscuro... de piel de Rusia... broches plateados....

--Basta, basta--dijo el fondista, que tomó de un cajón del mostrador la

preciosa prenda, entregándola honradamente a su poseedor legítimo. El

cual, no parándose a reconocerla, se la colgó en un abrir y cerrar de

ojos, sepultó la mano en el bolsillo del chaleco, y sacando un puñado de

monedas de plata, las desparramó sobre el mármol, exclamando: «para los

mozos.» La acción fue tan rápida, que algunas rodaron, y después de

danzar sobre la lisa superficie, vinieron a aplanarse con sonoro tañido.

Aún duraba el argentino repique y ya Miranda volaba. En su aturdimiento

no acertaba con la puerta.

--Que sale el tren, caballero--le gritaron los mozos--. Por aquí... por

aquí....

Lanzose desatinado al andén: el tren, con pérfida lentitud de reptil,

comenzaba a resbalar suavemente por los rieles. Miranda le enseñó los

puños, y un sentimiento de impotente y fría rabia apoderose de su

espíritu. Así perdió un segundo, un segundo precioso. El andar del

convoy se aceleraba, como el columpio que, empezando a oscilar, describe

a cada paso curvas más abiertas, y vuela con brío mayor por los aires.

Precipitadamente y sin mirar al terreno, saltó Miranda a la vía, para

alcanzar los vagones de primera, que en aquel punto desfilaban ante sus

ojos, como mofándose de él. Quiso lanzarse al estribo, pero al tocarle

fue despedido a la vía con gran violencia, y cayó, sintiendo agudo y

repentino dolor en el pie derecho. Quedose en el suelo, medio

incorporado, profiriendo una imprecación de esas que en España los

hombres más preciados de distinguidos y elegantes no recelan tomar del

lenguaje patibulario de los facinerosos. El tren, rugiente, majestuoso y

veloz, cruzó ante él, despidiendo la negra máquina centellas de fuego,

semejantes a espíritus fantásticos danzando entre las tinieblas

nocturnas.

Pocos momentos después de que Miranda bajó a recoger su cartera, habíase

abierto la puerta del departamento donde quedaba Lucía dormida,

penetrando por ella un hombre. Llevaba éste en la mano un maletín, que

dejó caer a su lado, sobre los cojines. Cerrando la portezuela, sentose

en un ángulo, pegada la frente al vidrio, frío como el hielo y empañado

por el rocío de la noche. No se veía más que la negrura exterior, que

apenas contrastaba la confusa penumbra del andén, el farolillo del

guarda que lo recorría, y los mustios reverberos aquí y allí esparcidos.

Cuando el tren rompió a andar, pasaron unas chispas, rápidas como

exhalaciones, ante el cristal en que apoyaba su rostro el recién

llegado.

-IV-

Al cual no dejó de parecer extraña y desusada cosa--así que, cesando de

contemplar las tinieblas, convirtió la vista al interior del

departamento--el que aquella mujer, que tan a su sabor dormía, se

hubiese metido allí en vez de irse a un reservado de señoras. Y a esta

reflexión siguió una idea, que le hizo fruncir el ceño y contrajo sus

labios con una sonrisa desdeñosa. No obstante, la segunda mirada que

fijó en Lucía le inspiró distintos y más caritativos pensamientos. La

luz del reverbero, cuya cortina azul descorrió para mejor examinar a la

durmiente, la hería de lleno; pero según el balanceo del tren, oscilaba,

y tan pronto, retirándose, la dejaba en sombra, como la hacía surgir,

radiante, de la obscuridad. Naturalmente se concentraba la luz en los

puntos más salientes y claros de su rostro y cuerpo. La frente, blanca

como un jazmín, los rosados pómulos, la redonda barbilla, los labios

entreabiertos que daban paso al hálito suave, dejando ver los nacarinos

dientes, brillaban al tocarlos la fuerte y cruda claridad; la cabeza la

sostenía con un brazo, al modo de las bacantes antiguas, y su mano

resaltaba entre las obscuridades del cabello, mientras la otra pendía,

en el abandono del sueño, descalza de guante también, luciendo en el

dedo meñique la alianza, y un poco hinchadas las venas, porque la

postura agolpaba allí la sangre. Cada vez que el cuerpo de Lucía entraba

en la zona luminosa, despedían áureo destello los botones de cincelado

metal, encendiéndose sobre el paño marrón del levitín, y se entreveía, a

trechos de la revuelta falda, orlada de menudo volante a pliegues, algo

del encaje de las enaguas, y el primoroso zapato de bronceada piel, con

curvo tacón. Desprendíase de toda la persona de aquella niña dormida

aroma inexplicable de pureza y frescura, un tufo de honradez que

trascendía a leguas. No era la aventurera audaz, no la mariposuela de

vuelo bajo que anda buscando una bujía donde quemarse las alas; y el

viajero, diciéndose esto a sí mismo, se asombraba de tan confiado sueño,

de aquella criatura que descansaba tranquila, sola, expuesta a un

galanteo brutal, a todo género de desagradables lances; y se acordaba de

una estampa que había visto en magnífica edición de fábulas ilustradas,

y que representaba a la Fortuna despertando al niño imprevisor

aletargado al borde del pozo. Ocurriósele de pronto una hipótesis: acaso

la viajera fuese una _miss_ inglesa o norteamericana, provista de

rodrigón y paje con llevar en el bolsillo un revólver de acero de seis

tiros. Pero aunque era Lucía fresca y mujerona como una Niobe, tipo muy

común entre las señoritas _yankees_, mostraba tan patente en ciertos

pormenores el origen español, que hubo de decirse a sí mismo el que la

consideraba: «no tiene pizca de traza de extranjera.» Mirola aun buen

rato, como buscando en su aspecto la solución del enigma; hasta que al

fin, encogiéndose levemente de hombros, como el que exclamase: «¿Qué me

importa a mí, en resumen?», tomó de su maletín un libro y probó a leer;

pero se lo impidió el fulgor vacilante que a cada vaivén del coche

jugaba a embrollar los caracteres sobre la blanca página. Se arrimó

nuevamente entonces el viajero a los helados cristales, y se quedó así,

inmóvil, meditabundo.

El tren seguía su marcha retemblando, acelerándose y cuneando a veces,

deteniéndose un minuto solo en las estaciones, cuyo nombre cantaba la

voz gutural y melancólica de los empleados. Después de cada parada

volvía, como si hubiese descansado, y con mayores bríos, a manera de

corcel que siente el acicate, a devorar el camino. La diferencia de

temperatura del exterior al interior del coche, empañaba con un velo de

tul gris la superficie del vidrio; y el viajero, cansado quizá de

fundirlo con su hálito, se dedicó nuevamente a considerara la dormida, y

cediendo a involuntario sentimiento, que a él mismo le parecía ridículo,

a medida que transcurrían las horas perezosas de la noche, iba

impacientándole más y más, hasta casi sacarle de quicio, la regalada

placidez de aquel sueño insolente, y deseaba, a pesar suyo, que la

viajera se despertara, siquiera fuese tan sólo por oír algo que

orientase su curiosidad. Quizá con tanta impaciencia andaba mezclada

buena parte de envidia. ¡Qué apetecible y deleitoso sueño; qué calma

bienhechora! Era el suelto descanso de la mocedad, de la doncellez

cándida, de la conciencia serena, del temperamento rico y feliz, de la

salud. Lejos de descomponerse, de adquirir ese hundimiento cadavérico,

esa contracción de las comisuras labiales, esa especie de trastorno

general que deja asomar al rostro, no cuidadoso ya de ajustar sus

músculos a una expresión artificiosa, los roedores cuidados de la

vigilia, brillaba en las facciones de Lucía la paz, que tanto cautiva y

enamora en el semblante de los niños dormidos. Con todo, un punto

suspiró quedito, estremeciéndose. El frío de la noche penetraba, aun

cerrados los cristales, a través de las rendijas. Levantose el viajero,

y sin mirar que en la rejilla había un envoltorio de mantas, abrió su

propio maletín y sacó un chal escocés, peludo, de finísima lana, que

delicadamente extendió sobre los pies y muslos de la dormida. Volviose

ésta un poco sin despertar, y su cabeza quedó envuelta en sombra.

Un viaje de novios · 第 3 / 16 段