--¡Bah! gazmoñillas--pronunció Miranda, que en confianza y reserva se

permitía su poco de irreligiosidad--. Tráenlas los jesuitas embobadas

con cofradías y novenas, y andan comiéndose los santos.... Sociedad,

poca; cada uno en su casa y Dios en la de todos. No deja, por otra

parte, de convenirme, puesto que he menester descanso y método....

Colmenar oía baja la vista, contando los arabescos de la tupida

alfombra.

Alzó al fin la cabeza y diose una palmada en la frente.

--Me ocurre una idea sin ejemplar--dijo, repitiendo la célebre frase del

ministro portugués.--Chico, ¿por qué no te casas?

--¡No está mala la ocurrencia! ¡Sí, que son baratas las mujercitas en

estos tiempos... y lo que viene después! Al que no quiere caldo, taza y

media: a quedarme sin destino voy quizás, ¡y de casamiento me hablas!

--Tonto, no te propongo mujer que te haga peso, sino que te traiga

pesos.

Y el prohombre celebró su propio retruécano disparando larga risa.

Miranda quedose pensativo mascando la miga de la proposición, cuyas

ventajas le saltaron a los ojos prontamente. Ningún medio más acertado

para prevenir las embestidas de la mala fortuna y asegurar el dudoso

porvenir, mientras no emigrasen del todo los ya ralos cabellos, y no

desapareciese el barniz de gallardía que aún abrillantaba su persona.

Por otra parte, León era ciudad que involuntariamente sugería ideas

matrimoniales. ¿Qué hacer sino casarse allí donde todo era calma y

tedio, donde la soltería inspiraba desconfianza, donde la más

insignificante aventurilla provocaba los furiosos ladridos del

escándalo? Así es que dijo en voz alta:

--Es cierto, chico; en León le entran a uno ganas de casarse y de vivir

santamente.

--Es que para ti--insistió Colmenar--es ya de necesidad el consorcio.

Aparte de que eres mayor de edad... (aquí sonrió maliciosamente) y si no

quieres llamarte solterón debes pensar en bodas, lo reclama tu salud...

y tus pesetas. Si no puedes sostenerte, ¿cómo te las compones? Supongo

que no tendrás economías.

--¡Economías yo! _Au jour le jour_--dijo Miranda, pronunciando con

cierta soltura la frasecilla transpirenaica.

--Pues entonces, _il faut faire une fin_--replicó Colmenar, muy

satisfecho de poder lucirse a su vez.

--El caso es dar con la mujer, con el ave fénix--murmuró Miranda

meditabundo--. No, lo que es niñas casaderas no faltan; pero yo ahora

perdí el rumbo aquí.... Dime tú....

--¡Niñas de aquí! ¡Líbrete de ellas Dios! Más temibles son que el

cólera. ¿Sabes tú las exigencias que tiene cualquiera de esos angelitos?

¿Sabes tú cómo las gastan?...

--De modo que....

--La mujer que tú necesitas está en León mismo.

--¡En León!... Sí, en efecto acaso allí sea más fácil.... Pero no

veo... Las de Arga, tienen ya novio; Concha Vivares sólo es rica en

esperanzas, hay una tía que piensa dejarle su herencia: mas de aquí a

que estire la pata.... La de Hornillos... no; la de Hornillos sólo tiene

pergaminos, y eso no se echa en el puchero....

--Te andas por las alturas... el ramo de señoritas está mal: aguárdate,

que voy a decirte....

Levantose Colmenar, y abriendo un cajón de su pupitre, sacó una tira de

papel, rancia y amarillosa, cubierta de nombres, que recordaba las

listas de proscripción. Y lista era, en efecto: allí estaban inscritos

por riguroso orden alfabético los feudatarios de la gran personalidad

colmenariana, en las diversas provincias de la Península; había

apellidos que tenían al pie una A mayúscula, que significaba _adicto_;

otros señalados con M A, _muy adicto_, alguno llevaba agregada una D,

_dudoso_.

El prohombre apoyó el dedo índice en uno de las nombres honrados con la

M A.

--Te propongo--dijo Miranda--una niña de pocos años, que acaso llegue, y

aún pase, de los dos millones de capital.

Abrió Miranda tamaño ojo, y tendió la mano para apoderarse de la

bienhadada lista.

--¡Así como suena!--exclamó--. Pero es que no hay como tú para tales

hallazgos.

--¿No conoces en León a la persona aquí apuntada?--siguió Colmenar

señalando con la uña el renglón de la lista--. ¿Un viejo muy guapo y

fornido, muy tieso aún, Joaquín González, _el Leonés_?

--_¡El Leonés!_ Si no hay cosa que más conozca. Varias veces vino a

asuntos al Gobierno civil de León. Claro que le conozco. Y ahora

recuerdo; es verdad que tiene una chica, pero en esa sí que no me fijé

jamás. Se la ve muy poco.

--Hacen vida modesta. Duplicará el capital en diez años--, ¡para

agenciar es mucho hombre _el Leonés_! Un infeliz, un simplón en lo

restante; en política no ve más allá de sus narices el pobre; pero ha

sabido crearse una fortuna. No tiene sino esa niña y adora en ella.

--¿Y crees tú que no tendrá ya la chiquilla sus amoríos?

--¡Bah... es tan joven! En presentándote tú... con tu buen trato, y tu

práctica en tales lides....

--Será una paleta, fea por añadidura.

--Fue su padre arrogante mozo, y su madre una morena agraciada; ¿por qué

ha de ser fea la chica? Ni hay quince años feos. Estará por desbastar,

eso sí; pero entre tú y una modista... cuestión de un mes. Mucho más

aptas son las mujeres para civilizarse y pulirse que los hombres..

Enséñales el instinto de agradar lo que cien maestros no pudieran.

--¿Y qué dirán de mí todas mis relaciones--sobre todo en León--,

viéndome casado con la hija del Leonés?

--¡Bah, bah! eso es cuestión de trasladarse.... En casándoos solicitas

bajo cuerda que te lleven a otro sitio... el viejo se queda por allá

cuidando de las rentas, y tú y la niña os estáis donde nadie sepa si la

engendró un archiduque o el verdugo.... Por de pronto, en la luna de

miel sales con tu mujer a dar una vuelta por Europa, y así te libras de

las hablillas de la primera temporada. Y date prisa, antes que esa panza

se ponga esférica, y ese cabello.... ¡Ay! ¡Y cómo pasa el tiempo!

Envejecemos que es un dolor.

Miranda contemplaba la punta de su elegante bota de caña clara, y

rascábase la frente cavilando.

--Medio de presentarme en esa casa--pronunció al cabo resueltamente--.

Son personas de poco trato, y es preciso... yo no voy a pasearle la

calle a la mocosa, supongo.

--Llevarás una visita mía. ¡El viejo te recibirá mejor que al rey!

Y diciendo y haciendo, sentose el prohombre a la mesa atestada de

periódicos, cartas y libros, y tomando un pliego de timbrado papel, dejó

correr la mano garrapateando el blanco folio con su letra precipitada,

ininteligible casi, de hombre abrumado de asuntos. Doblolo, deslizándolo

dentro de un sobre, y sin cerrarlo lo entregó a su amigo.

Al levantarse Miranda para despedirse, acercose a Colmenar, y,

hablándole bajo, casi al oído, murmuró:

--Estás bien seguro... bien cierto de lo de... los dos mill....

--¡Me quedé corto! No tienes sino informarte allá. En conciencia, me

debes una prima--y al decirlo, reíase el hombre político, y golpeaba a

Miranda en las mejillas, cual si de un niño de ocho años se tratase.

Con tan alto patrocinio se presentó Miranda en la pacífica morada del

feudatario colmenarista, siendo en efecto recibido cual lo exigía el

venir de tal persona recomendado. Naturalmente se propuso no aparecer al

pronto como candidato a la mano de Lucía. Sobre ser indelicadeza, fuera

carencia de tacto; y además pretendía Miranda ante todo estudiar el

terreno que pisaba. Halló ser verdad cuanto le había anunciado el

prohombre y aun algo más en lo tocante a bienes de fortuna: vio una casa

chapada a la antigua, tosca y popular en sus usos, pero honrada en todo,

y un caudal sólido y seguro, diariamente acrecido por la celosa

administración del señor Joaquín y su sencillez y parsimonia. Es cierto

que el bueno del Leonés pareció a Miranda hombre de tediosa compañía, en

todo vulgar e infeliz, corto de alcances, con sus ribetes de mentecato,

pero hubo de sufrirlo, y aun de acomodarse a las ideas del viejo, tanto

que éste llegó a no poder tomar café ni leer _El Progreso Nacional_,

órgano de Colmenar, sin la salsa de los sabrosos comentarios que Miranda

hacía a cada fondo, a cada suelto y gacetilla. Sabía Miranda de memoria

el reverso, la cara interna de la política, y explicaba desenfadadamente

las solapadas alusiones, las reticencias hábiles, las sátiras finas que

en todo periódico importante abundan y son eterno logogrifo para el

cándido suscritor provinciano. De suerte que desde su intimidad con

Miranda, gozaba el señor Joaquín el hondo placer de la iniciación y

miraba por cima del hombro a sus correligionarios leoneses, no admitidos

en el santuario de la política reservada. Además de estos gustos que a

la relación con Miranda debía, esponjábase el buen viejo--que ya sabemos

cuán poco tenía de filósofo--cuando le encontraban las gentes mano a

mano con tan bien portado caballero, íntimo del gobernador y familiar

comensal de las gentes más encopetadas de la ciudad.

Vio Lucía sin disgusto al cortés y afable Miranda, y reparó con pueril

curiosidad el aseo de su persona, su calzado pulcro, sus níveos cuellos,

los caprichosos dijes de su reloj y corbata: que toda mujer, compréndalo

o no, se paga de exterioridades y menudencias por este estilo. Además,

poseía Miranda--y la desplegó--, una ciencia que llamar pudiéramos la de

agradar por diversión. Traía a la niña diariamente alguna baratija, para

ella desconocida hasta entonces, ya un cromo, ya una fotografía, ya

lindas flores, ya números de periódicos ilustrados, ya novelas de Fernán

Caballero o de Alarcón; y las graciosas chucherías que por las puertas

de la anticuada casa se entraban, como partículas de la vida moderna,

eran otras tantas bocas encomiadoras del dadivoso. Acertó éste a ponerse

al nivel de conversación de Lucía, y mostrose muy enterado de cosas

femeniles, infantiles dijera mejor; y llegó el caso de que la niña le

consultase acerca de su peinado, de sus trajes, y Miranda muy serio le

dispusiese bajar o subir dos centímetros el talle o el moño. Tales

incidentes variaban un poco los iguales días de la doncellita leonesa,

prestando atractivo al trato de su disimulado pretendiente.

En León causó al principio sorpresa grande que el currutaco Miranda

eligiese por amigo a un señor Joaquín, hombre en cuyos cuadrados hombros

parecía soldada y remachada la chaqueta; más presto anduvo la malicia el

camino necesario para llegar a racional explicación del fenómeno, y

comenzó Lucía a recibir larga broma de sus compañeras, que la aturdían a

fuerza de glosar la pasión del señor de Miranda, sus atenciones, sus

obsequios y rendimientos. Recibió ella la descarga risueña y

sosegadamente, sin un sonrojo, sin perder minuto de sueño, sin que el

latir del corazón se le acelerase cuando Miranda, desahogado siempre,

repicaba la campanilla o entraba haciendo ruido con las flamantes botas.

Como ningún amoroso requiebro de Miranda vino a confirmar los dichos de

las gentes, estaba Lucía descuidada y tranquila lo mismo que de

costumbre. Pero Miranda, resuelto ya a dar cima a su empresa, y

considerando suficiente la preparación, un día, después de haber tomado

café y leído _El Progreso Nacional_ con el señor Joaquín, le pidió

redondamente a su hija.

Quedose el Leonés hecho un papanatas, sin saber qué decir ni qué cara

poner. Realizábase del todo su sueño: el ingreso de Lucía en la esfera

señoril tan ambicionada. Mas seamos justos con el señor Joaquín: no le

faltó, en tan supremos instantes, la percepción lúcida de ciertos puntos

negros de la boda. Vio las edades diferentes, la hacienda de Miranda

incógnita, y clara y cierta la rica dote de su hija; en suma, tuvo

intuiciones pasajeras del cálculo inicuo que envolvía la demanda. El

demandante se mostró hábil estratégico previniendo en cierto modo la

sospecha, y anticipándose a los pensamientos del padre.

--Yo--dijo--no tengo bienes de fortuna; poseo mi carrera, eso sí

(Miranda había aprovechado los primeros años de su juventud haciéndose

licenciado en Derecho, como suele la mayoría de los españoles), y si el

destino me faltase, me sobran ánimos para trabajar y abrir bufete con

muy lucida clientela en Madrid. Deseo que mi mujer goce de cómoda

posición, pero para ella, por ella sola; nada para mí; yo me basto a mí

mismo. La diferencia de caudal me retrajo mucho tiempo de pedir a Lucía;

pero pudo más el afecto que me inspira tan preciosa e inocente

criatura.... Así y todo, a no asegurarme Colmenar que usted es persona

desinteresada y de ánimo generoso, no me decidiera nunca....

--El señor Colmenar me favorece más de lo que merezco--respondió muy

hueco el Leonés--; pero estas cosas han de pensarse.... Dese usted una

vuelta por ahí....

--Dentro de quince días vendré a saber su resolución--repuso

discretamente Miranda cogiendo el sombrero.

Pasolos dado a Satanás, porque era ciertamente ridículo para un hombre

de sus ínfulas y categoría pedir la hija de un tendero de ultramarinos,

y haber de esperar, como quien dice, en la antesala de la lonja, a que

se dignasen abrirle la puerta. Entretanto, el señor Joaquín, leyendo

solo el periódico y paladeando solo el café, venía a echarle muy de

menos, e íbase arraigando en su mente la idea de la boda. Cada día

consideraba más adecuado para yerno al amigo de Colmenar. Con todo, hizo

lo que suelen las gentes que gustan de seguir su inclinación sin

contraer responsabilidad: asesorarse con algunas personas acerca del

asunto, esperando que su aprobación le escudase. Hubo de salirle

frustrado el intento. El Padre Urtazu, consultado primero, exclamó con

su franqueza navarra:

--A gato viejo rata tierna. No se pierde el don almibarado y pulido.

¿Pero no ve, desgraciado, no ve que el merengue ese puede ser padre de

Lucía? ¡Sabe Dios las liebres que en su vida habrá corrido! Santísima

Virgen ¡qué de historias llevará escondiditas en los bolsillos del

levitín!

--Pero usted, ¿qué haría en mi caso, Padre Urtazu?

--¿Yo? Pensarlo, en vez de quince días, un año; ¡y otro año después, por

lo que pudiera tronar!

--¡Por vida de la Constitución! Usted, Padre, no ha notado los méritos

del señor don Aurelio.

--Los méritos... los méritos.... ¡vaya unos méritos! ¡Pch, pch! ¡Si es

mérito ir todo sopladico, y enseñando diez centímetros de puño de

camisa... y darla de mozalbete, estando peor que yo, que canas tengo,

pero al menos no se me cae la hoja!

Y el Padre Urtazu se tiraba enérgicamente de los cortos cabellos

entrecanos que en sus sienes crecían, fuertes como matas de abrojos.

--¿Qué dice a eso la chica?--interrogó después de súbito.

--No hemos hablado aún....

--¡Pues eso es lo primero, desgraciado! ¡Ay, que con los años se nos va

reblandeciendo la mollera! ¿A qué aguarda?

Vélez de Rada fue todavía más terminante y categórico.

¡Casar a su hija de usted con Miranda!--gritó enarcando las cejas y

colérico y descompuesto--. ¡Está usted loco! ¡El mejor ejemplar de raza

que de diez años a esta parte encontré! ¡Una niña que tiene glóbulos

rojos en la sangre, bastantes para surtir a cuantas muñequillas anémicas

se pasean por Madrid! ¡Una estatura! ¡Un equilibrio! ¡Unos diámetros! Y

con Miranda, que... (aquí la discreción profesional selló los labios del

médico, y reinó silencio en la estancia.)

--Señor Rada...--osó decir el señor Joaquín, que no entendía bien.

--¿Sabe usted, sabe usted cuál es el deber del padre que tiene una hija

como Lucía? Pues buscar, como otro Diógenes, un hombre que en

constitución y riqueza de organismo la iguale, y unirlos. ¿Le parece a

usted que con este descuido que hay en los enlaces, con los sacrílegos

consorcios que solemos presenciar entre naturalezas pobres, viciadas,

enfermas, y naturalezas sanas, es posible que muy pronto, a la vuelta de

tres o cuatro generaciones, sobrevenga la decadencia fatal de estos

pueblos de Europa? O qué, ¿se puede impunemente transmitir a nuestros

tataranietos veneno y pus, en vez de sangre?

Salió el señor Joaquín del gabinete del Esculapio un tanto asustado,

pero aún más confuso, sirviéndole únicamente de consuelo el pensar que

las desdichas vaticinadas a su prosapia no ocurrirían hasta dentro de un

siglo lo más pronto. Y el último percance que en sus consultas

matrimoniales le esperaba, fue con una hermana suya viejísima, en sus

mocedades planchadora y hoy pensionada y socorrida de su hermano. La

infeliz, que arrastrado, había con su difunto vida de perros, exclamó en

cascajosa voz, alzando las secas manos y meneando la cabeza temblona:

--¿Miranda? ¿Miranda? Será un pillo, un condenado: ¡todos los hombres

son unos condenados! que los parta un ra....

No quiso oír más el Leonés, y dio por terminadas las consultas.

Faltaba el fondo de la cuestión, el parecer de Lucía. Quebrábase el

padre la cabeza en busca de un medio diplomático de averiguarlo, cuando

la misma niña se lo proporcionó.

--Papá--interrogó un día con la mejor fe del mundo--, ¿estará enfermo el

señor de Miranda? Hace días que no viene por aquí.

Asió de los cabellos la ocasión el Sr. Joaquín y expuso los planes de

Miranda. Lucía escuchaba atenta, con la sorpresa pintada en sus

brillantes ojos.

--Mire usted--pronunció al cabo--. Pues acertaban Rosarito y Carmela al

asegurar que el señor de Miranda venía a esta casa por mí. ¡Pero, quién

lo dijera!

--Vamos, hija; ¿qué le contesto a ese señor?--preguntó afanoso el

Leonés.

--¿Papá... qué sé yo? Nunca pensé que quisiera casarse conmigo.

--Pero a ti.... ¿te gusta el señor de Miranda?

--Sí que me gusta. Todavía es muy buen mozo, declaró Lucía con

naturalidad.

--¿Y su genio... y su trato...?

--Muy obsequioso, muy amable.

--¿Te repugna la idea de que viviese siempre aquí... con nosotros?

--No tal. Al contrario. Si me divierte mucho cuando viene.

--Pues.... ¡por vida de la Constitución! ¡Tú también estás enamorada del

señor de Miranda!

--Mire usted.... ¡eso sí que me parece que no! Yo no he pensado despacio

en esas cosas, ni sé cómo será el enamorarse; pero se me figura que debe

ser así... más de bullanga, y que entrará... vamos, más de prisa y más

recio.

--Pero esos amores de bullanga, ¿qué falta hacen para ser buenos

casados?

--Yo supongo que ninguna. Para ser buenos casados, dice el Padre Urtazu

que lo preciso es la gracia de Dios... y paciencia, mucha paciencia.

El padre le dio, con su ancha diestra, una palmadita en la mejilla.

--Hablas como un libro... por vida de la Const.... ¿conque, según eso,

voy a darle un buen rato al señor de Miranda?

--¡Ay, padre! El asunto merece pensarse: ¡hágame usted el favor de

pensarlo por mí! ¿Qué entiendo yo de bodas, ni de?...

--Pues mira, ya eres grandullona.... Eres demasiado simplota tú.

--No--exclamó Lucía posando en el viejo su clara mirada--: si no es que

soy simple, es que no quiero entender; ¿lo oye usted? Porque si comienzo

a cavilar en esas cosas, doy en no comer, en no jugar, en no dormir...

Esta noche de fijo no pegaría ojo... y después dice el señor de Rada, en

latín, que enfermo del cuerpo y que vendré a enfermar del alma.... No

quiero acordarme sino de mis juegos, y de mis lecciones; de eso no,

padre, porque se me va adelgazando, adelgazando el magín, y me paso

horas enteras con las manos cruzadas, sentada, hecha un poste.... El

caso es que cuando me da por ahí, se me antoja que ni todos los hombres

del mundo juntos valen lo que un novio como me finjo yo al mío... que

tampoco está en el mundo, ¡no crea usted! está allá en unos palacios, y

en unos jardines muy remotos.... En fin, no sé explicarme; ¿usted

comprende?

--¡Te habrán metido en la cabeza ser monja, como Águeda, la niña de la

directora del colegio!--gritó el señor Joaquín, con ira.

--¡Ca!... no señor--murmuró Lucía, cuya tez animada y encendida parecía

fresquísima rosa--. No sería monja por un imperio.... No me llama Dios

por ese camino.

--Está visto--pensó el señor Joaquín para su capote--: hierve la olla; a

esta chica hay que casarla. Y en voz alta: pues siendo así, niña, creo

que no debes hacer un desaire al señor de Miranda. Es todo un señor... y

en política, ¡vamos, es mucho olfato el suyo! ¿A ti no te desagrada?

--Ya he dicho que no--repuso Lucía, en tono más tranquilo.

La misma tarde fue el Leonés a llevar en persona a Miranda la

satisfactoria respuesta.

Colmenar escribió al señor Joaquín una carta que tuvo que leer. Y no

transcurridos muchos días, dijo Miranda al presunto suegro, en tono

satisfecho y confidencial:

--Nuestro amigo Colmenar apadrina; delega en usted y envía esto para la

novia.

Y sacó de su estuche de raso un abanico de nácar, cuyo delicado país de

encaje de Bruselas temblaba al aliento como la espuma del mar al soplo

de la brisa. Referir lo orondo que se puso el señor Joaquín, fuera

empresa superior a las fuerzas humanas. Pareciole que la personalidad

_prohómbrica_ del insigne jefe de partido, repentinamente y por arte de

birlibirloque se confundiera con la suya; creyose metamorfoseado,

idéntico con su ídolo, y no cupo en su pellejo, y borráronse los recelos

que a veces sentía aún pensando en el cercano desposorio. Ganoso de no

quedarse atrás de Colmenar en generosidad, amén de señalar pingües

alimentos a Lucía, le regaló una suma redonda, destinada a invertirse en

el viaje de novios, cuyo itinerario trazó Miranda, comprendiendo a París

y a ciertas bienhechoras aguas minerales, recetadas tiempo atrás por

Rada, como remedio soberano para la diátesis hepática. La idea del viaje

no dejó de parecer extraña al señor Joaquín. Al casarse él, no hizo

excursión más larga que el trayecto de la portería a la lonja. Pero

considerando que su hija entraba en superior rango, hubo de admitir los

usos de la nueva categoría, por singulares que fuesen. Miranda se lo

pintó así, y el señor Joaquín convino en ello: las inteligencias

medianas ceden siempre al aplomo que las fascina.

El que conozca un tanto las ciudades de provincia, imaginará fácilmente

cuánto comentario, cuánta murmuración declarada o encubierta provocó en

León la boda del importante Miranda con la obscura heredera del ex

lonjista. Hablose sin tino ni mesura; quién censuraba la vanidad del

viejo, que harto al fin de romper chaquetas, quería dar a su hija viso y

tono de _marquesa_ (Miranda parecía a no pocas gentes el tipo clásico

del marqués). Quién hincaba el diente en el novio, hambrón madrileño,

con mucho aparato y sin un ochavo, venido allí a salir de apuros con las

onzas del señor Joaquín. Quién describía satíricamente la extraña figura

de Lucía la mocetona, cuando estrenase sombrero, sombrilla y cola larga.

Mas estos runrunes se estrellaban en la orgullosa satisfacción del señor

Joaquín, en la infantil frivolidad de la novia, en la cortés y mundana

reserva del novio. Fiel Lucía a su programa de no pensar en la boda

misma, pensaba en los accesorios nupciales, y contaba gozosa a sus

amigas el viaje proyectado, repitiendo los nombres eufónicos de pueblos

que tenía por encantadas regiones; París, Lyón, Marsella, donde las

niñas imaginaban que el cielo sería de otro color y luciría el sol de

distinto modo que en su villa natal. Miranda, a cuenta de un empréstito

que negoció contando satisfacerlo después a expensas del generoso

suegro, hizo venir de la corte lindas finezas, un aderezo de brillantes,

un cajón atestado de lucidas galas, envío de renombrado sastre de

señoras. Mujer al cabo Lucía, y nuevos para ella tales primores, más de

una vez, como la Margarita de _Fausto_, se colgó ante un espejillo los

preciosos dijes, complaciéndose en sacudir la cabeza a fin de que

fulgurasen los resplandores de los pendientes y las flores de pedrería

salpicadas por el obscuro cabello. En esto se solazan las mujeres cuando

son niñas, y todavía muchísimo tiempo después de dejar de serlo. Pero

Lucía no era niña para siempre.

-III-

Un viaje de novios · 第 2 / 16 段