--Bueno, bueno. Déjese de eso ya: a lo hecho, pecho. Esto de

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Un viaje de novios

Por

Emilia Pardo Bazán

Pueyo

Madrid

1919

Prefacio

En Septiembre del pasado año 1880, me ordenó la ciencia médica beber las

aguas de Vichy en sus mismos manantiales, y habiendo de atravesar, para

tal objeto, toda España y toda Francia, pensé escribir en un cuaderno

los sucesos de mi viaje, con ánimo de publicarlo después. Mas acudió al

punto a mi mente el mucho tedio y enfado que suelen causarme las

híbridas obrillas viatorias, las «Impresiones» y «Diarios» donde el

autor nos refiere sus éxtasis ante alguna catedral o punto de vista, y a

renglón seguido cuenta si acá dio una peseta de propina al mozo, y si

acullá cenó ensalada, con otros datos no menos dignos de pasar a la

historia y grabarse en mármoles y bronces. Movida de esta consideración,

resolvime a novelar en vez de referir, haciendo que los países por mí

recorridos fuesen escenario del drama.

Bastaría con lo dicho para prólogo y antecedentes de mi novela, que más

no exige ni merece; pero ya que tengo la pluma en la mano, me entra

comezón de tocar algunos puntos, si no indispensables, tampoco

impertinentes aquí. A quien parezcan enojosos, queda el fácil arbitrio

de saltarlos y pasar sin demora al primer capítulo de UN VIAJE DE

NOVIOS, y plegue a Dios no se el antoje después peor que la enfermedad

el remedio.

Tiene cada época sus luchas literarias, que a veces son batallas en toda

la línea--como la empeñada entre clasicismo y romanticismo--y otras se

concretan a un terreno parcial. O mucho me equivoco o este terreno es

hoy la novela y el drama, y en el extranjero, la novela sobre todo.

Reina en la poesía lírica, por ejemplo, libertad tal, que raya en

anarquía, sin que nadie de ello se espante, mientras la escuela de

noveladores franceses que enarbolan la bandera realista o naturalista,

es asunto de encarnizada discusión y suscita tan agrias censuras como

acaloradas defensas. Sus productos recorren el globo, mal traducidos,

peor arreglados, pero con segura venta y número de ediciones

incalculable. Es de buen gusto horrorizarse de tales engendros, y

certísimo que el que más se horroriza no será por ventura el que menos

los lea. Para el experto en cuestiones de letras, todo ello indica algo

original y característico, fase nueva de un género literario, un signo

de vitalidad, y por tal concepto, más reclama detenido examen que

sempiterno desprecio o ciego encomio.

De la pugna surgió ya algún principio fecundo, y tengo por importante

entre todos el concepto de que la novela ha dejado de ser mero

entretenimiento, modo de engañar gratamente unas cuantas horas,

ascendiendo a estudio social, psicológico, histórico, pero al cabo

estudio. Dedúcese de aquí una consecuencia que a muchos sorprenderá: a

saber, que no son menos necesarias al novelista que las galas de la

fantasía, la observación y el análisis. Porque en efecto, si reducimos

la novela a fruto de lozana inventiva, pararemos en proponer como ideal

del género las _Sergas de Esplandián_ o las _Mil y una noches_. En el

día--no es lícito dudarlo--la novela es traslado de la vida, y lo único

que el autor pone en ella, es su modo peculiar de ver las cosas reales:

bien como dos personas, refiriendo un mismo suceso cierto, lo hacen con

distintas palabras y estilo. Merced a este reconocimiento de los fueros

de la verdad, el realismo puede entrar, alta la frente, en el campo de

la literatura.

Puesto lo cual, cumple añadir que el discutido género francés novísimo

me parece una dirección realista, pero errada y torcida en bastantes

respectos. Hay realismos de realismos, y pienso que a ese le falta o más

bien le sobra algo para alardear de género de buena ley y durable

influjo en las letras. El gusto malsano del público ha pervertido a los

escritores con oro y aplauso, y ellos toman por acierto suyo lo que no

es sino bellaquería e indelicadeza de los lectores. No son las novelas

naturalistas que mayor boga y venta alcanzaron, las más perfectas y

reales; sino las que describen costumbres más licenciosas, cuadros más

libres y cargados de color. ¿Qué mucho que los autores repitan la dosis?

Y es que antes se llega a la celebridad con escándalo y talento, que con

talento solo; y aun suple a veces al talento el escándalo. Zola mismo lo

dice: el número de ediciones de un libro no arguye mérito, sino éxito.

No censuro yo la observación paciente, minuciosa, exacta, que distingue

a la moderna escuela francesa: desapruebo como yerros artísticos, la

elección sistemática preferente de asuntos repugnantes o desvergonzados,

la prolijidad nimia, y a veces cansada, de las descripciones, y, más que

todo, un defecto en que no sé si repararon los críticos: la perenne

solemnidad y tristeza, el ceño siempre torvo, la carencia de notas

festivas y de gracia y soltura en el estilo y en la idea. Para mí es

Zola el más hipocondriaco de los escritores habidos y por haber; un

Heráclito que no gasta pañuelo, un Jeremías que así lamenta la pérdida

de la nación por el golpe de Estado, como la ruina de un almacén de

ultramarinos. Y siendo la novela, por excelencia, trasunto de la vida

humana, conviene que en ella turnen, como en nuestro existir, lágrimas y

risas, el fondo de la eterna tragicomedia del mundo.

Estos realistas flamantes se dejaron entre bastidores el puñal y el

veneno de la escuela romántica, pero, en cambio, sacan a la escena una

cara de viernes mil veces más indigesta.

¡Oh, y cuán sano, verdadero y hermoso es nuestro realismo nacional,

tradición gloriosísima del arte hispano! ¡Nuestro realismo, el que ríe y

llora en la _Celestina_ y el _Quijote_, en los cuadros de Velázquez y

Goya, en la vena cómico-dramática de Tirso y Ramón de la Cruz! ¡Realismo

indirecto, inconsciente, y por eso mismo acabado y lleno de inspiración;

no desdeñoso del idealismo, y gracias a ello, legítima y profundamente

humano, ya que, como el hombre, reúne en sí materia y espíritu, tierra y

cielo! Si considero que aun hoy, en nuestra decadencia, cuando la

literatura apenas produce a los que la cultivan un mendrugo de amargo

pan, cuando apenas hay público que lea ni aplauda, todavía nos adornan

novelistas tales, que ni en estilo, ni en inventiva, ni acaso en

perspicacia observadora van en zaga a sus compañeros de Francia e

Inglaterra (países donde el escribir buenas novelas es profesión, a más

de honrosa, lucrativa), enorgullézcome de las ricas facultades de

nuestra raza, al par que me aflige el mezquino premio que logran los

ingenios de España, y me abochorna la preferencia vergonzosa que tal vez

concede la multitud a rapsodias y versiones pésimas de Zola, habiendo en

España Galdós, Peredas, Alarcones y otros más que omito por no alargar

la nomenclatura.

Si a algún crítico ocurriese calificar de realista esta mi novela, como

fue calificada su hermana mayor _Pascual López_, pídole por caridad que

no me afilie al realismo transpirenaico, sino al nuestro, único que me

contenta y en el cual quiero vivir y morir, no por mis méritos, si por

mi voluntad firme. Tanto es mi respeto y amor hacia nuestros modelos

nacionales, que acaso por mejor imitarlos y empaparme en ellos, di a

_Pascual López_ el sabor arcaico, ensalzado hasta las nubes por la

benevolencia de unos, por otros censurado; pero, en mi humilde parecer,

no del todo fuera de lugar en una obra que intenta--en cuanto es posible

en nuestros días, y en cuanto lo consiente mi escaso ingenio--recordar

el sazonadísimo y nunca bien ponderado género picaresco. No tendría

disculpa si emplease el mismo estilo en UN VIAJE DE NOVIOS, de índole

más semejante a la de la moderna novela llamada de costumbres.

Aun pudiera curarme en salud, vindicándome anticipadamente de otro cargo

que tal vez me dirija algún malhumorado censor. Hay quien cree que la

novela debe probar, demostrar o corregir algo, presentando al final

castigado el vicio y galardonada la virtud, ni más ni menos que en los

cuentecicos para uso de la infancia. Exigencia es esta a que no están

sujetos pintores, arquitectos ni escultores: que yo sepa, nadie puso

tacha a Velázquez porque de sus _Hilanderas_ o sus _Niños bobos_ no

resulte lección edificante alguna. Sólo al mísero escritor entregan

férula y palmeta a fin de que vapulee a la sociedad, pero con tal

disimulo, que ésta haya de tomar los disciplinazos por caricias, y

enmendarse a puros entretenidos azotes. Yo de mí sé decir que en arte me

enamora la enseñanza indirecta que emana de la hermosura, pero aborrezco

las píldoras de moral rebozadas en una capa de oro literario. Entre el

impudor frío y afectado de los escritores naturalistas y las homilías

sentimentales de los autores que toman un púlpito en cada dedo y se van

por esos trigos predicando, no escojo; me quedo sin ninguno. Podrá este

mi criterio parecer a unos laxo, a otros en demasía estrecho: a mí me

basta saber que, prácticamente, lo profesaron Cervantes, Goethe, Walter

Scott, Dickens, los príncipes todos de la romancería.

Y perdóname, lector benigno, que a tan ilustres personajes haya traído

de los cabellos con ocasión de mis insignificantes escritos. Por ventura

suele la vista de una charca recordar el Océano; mas la charca, charca

se queda. Harto se lo sabe ella, y bien le pesa de su pequeñez; pero no

la hizo Dios más grande, por lo cual echará mano de la resignación que a

ti te desea, si has de recorrer estas páginas.

EMILIA PARDO BAZÁN

Un viaje de novios

-I-

Que la boda no era de gentes del gran mundo, conocíase a tiro de

ballesta, a la primer ojeada. No hay duda que los desposados podían

alternar con la más selecta sociedad, al menos por su aspecto exterior;

pero la mayoría del acompañamiento, el coro, pertenecía a la clase

media, en el límite en que casi se funde con la masa popular. Había

grupos curiosos y dignos de examen, ofreciendo el andén de la estación

de León golpe de vista muy interesante para un pintor de género y

costumbres.

Ni más ni menos que en los países de abanico cuyas mitológicas pinturas

representan nupcias, se notaba allí que el séquito de la novia lo

componían hembras, y sólo individuos del sexo fuerte formaban el del

novio. Advertíase asimismo gran diferencia entre la condición social de

uno y otro cortejo. La escolta de la novia, mucho más numerosa, parecía

poblado hormiguero: viejas y mozas llevaban el sacramental traje de

negra lana, que viene a ser como uniforme de ceremonia para la mujer de

clase inferior, no exenta, sin embargo, de ribetes señoriles: que el

pueblo conserva aun el privilegio de vestirse de alegres colores en las

circunstancias regocijadas y festivas. Entre aquellas hormigas humanas

habíalas de pocos años y buen palmito, risueñas unas y alborotadas con

la boda, otras quejumbrosicas y encendidos los ojos de llorar, con la

despedida. Media docena de maduras dueñas las autorizaban, sacando de

entre el velo del manto la nariz, y girando a todas partes sus pupilas

llenas de experiencia y malicia. Todo el racimo de amigas se apiñaba en

torno de la nueva esposa, manifestando la pueril y ávida curiosidad que

despierta en las multitudes el espectáculo de las situaciones supremas

de la existencia. Se estaban comiendo a miradas a la que mil veces

vieran, a la que ya de memoria sabían: a la novia, que con el traje de

camino se les figuraba otra mujer, diversísima de la conocida hasta

entonces. Contaría la heroína de la fiesta unos diez y ocho años:

aparentaba menos, atendiendo al mohín infantil de su boca y al redondo

contorno de sus mejillas, y más, consideradas las ya florecientes curvas

de su talle, y la plenitud de robustez y vida de toda su persona. Nada

de hombros altos y estrechos, nada de inverosímiles caderas como las que

se ven en los grabados de figurines, que traen a la memoria la muñeca

rellena de serrín y paja; sino una mujer conforme, no al tipo

convencional de la moda de una época, pero al tipo eterno de la forma

femenina, tal cual la quisieron natura y arte. Acaso esta superioridad

física perjudicaba un tanto al efecto del caprichoso atavío de viaje de

la niña: tal vez se requería un cuerpo más plano, líneas más duras en

los brazos y cuello, para llevar con el conveniente desenfado el traje

semimasculino, de paño marrón, y la toca de paja burda, en cuyo casco se

posaba, abiertas las alas, sobre un nido de plumas, tornasolado colibrí.

Notábase bien que eran nuevas para la novia tales extrañezas de ropaje,

y que la ceñida y plegada falda, el casaquín que modelaba exactamente su

busto le estorbaban, como suele estorbar a las doncellas en el primer

baile la desnudez del escote: que hay en toda moda peregrina algo de

impúdico para la mujer de modestas costumbres. Además, el molde era

estrecho para encerrar la bella estatua, que amenazaba romperlo a cada

instante, no precisamente con el volumen, sino más bien con la libertad

y soltura de sus juveniles movimientos. No se desmentía en tan lucido

ejemplar la raza del recio y fornido anciano, del padre que allí se

estaba derecho, sin apartar de su hija los ojos. El viejo, alto, recto y

firme, como un poste del telégrafo, y un jesuita bajo y de edad mediana,

eran los únicos varones que descollaban entre el consabido hormiguero

femenil.

Al novio le rodeaban hasta media docena de amigos: y si el séquito de la

novia era el eslabón que une a clase media y pueblo, el del novio tocaba

en esa frontera, en España tan indeterminada como vasta, que enlaza a la

mesocracia con la gente de alto copete. Cierta gravedad oficial, la tez

marchita y como ahumada por los reverberos, no sé qué inexplicable matiz

de satisfacción optimista, la edad tirando a madura, signos eran que

denotaban hombres llegados a la meta de las humanas aspiraciones en los

países decadentes: el ingreso en las oficinas del Estado. Uno de ellos

llevaba la voz, y los demás le manifestaban singular deferencia en sus

ademanes. Animaba aquel grupo una jovialidad retozona, contenida por el

empaque burocrático: hervía también allí la curiosidad, menos ingenua y

descarada, pero más aguda y epigramática que en el hormiguero de las

amigas. Había discretos cuchicheos, familiaridades de café indicadas por

un movimiento o un codazo, risas instantáneamente reprimidas, aires de

inteligencia, puntas de puros arrojadas al suelo con marcialidad, brazos

que se unían como en confidencia tácita. La mancha clara del sobretodo

gris del novio se destacaba entre las negras levitas, y su estatura

aventajada dominaba también las de los circunstantes. Medio siglo menos

un lustro, victoriosamente combatido por un sastre, y mucho aliño y

cuidado de tocador; las espaldas queriendo arquearse un tanto sin

permiso de su dueño; un rostro de palidez trasnochadora, sobre el cual

se recortaban, con la crudeza de rayas de tinta, las guías del engomado

bigote; cabellos cuya raridad se advertía aún bajo el ala tersa del

hongo de fieltro ceniza; marchita y abolsada y floja la piel de las

ojeras; terroso el párpado y plúmbea la pupila, pero aún gallarda la

apostura y esmeradamente conservados los imponentes restos de lo que

antaño fue un buen mozo, esto se veía en el desposado. Quizás ayudaba el

mismo primor del traje a patentizar la madurez de los años: el luengo

sobretodo ceñía demasiado el talle, no muy esbelto ya; el fieltro,

ladeado gentilmente, pedía a gritos las mejillas y sienes de un mancebo.

Pero así y todo, entre aquella colección de vulgares figuras de

provincia, tenía la del novio no sé qué tufillo cortesano, cierto

desenfado de hombre hecho a la vida ancha y fácil de los grandes

centros, y la soltura de quien no conoce escrúpulos, ni se para en

barras cuando el propio interés está en juego. Hasta se distinguía del

grupo de sus amigos, por la reserva de buen género con que acogía las

insinuaciones y bromas _sotto voce_, tan adecuadas al carácter

mesocrático de la boda.

Anunciaba ya la máquina con algún silbido la próxima marcha; acelerábase

en el andén el movimiento que la precede, y temblaba el suelo bajo la

pesadumbre de los rodantes camiones, cargados de bultos de equipaje.

Oyose por fin el grito sacramental de los empleados. Hasta entonces las

gentes de la despedida habían conversado en voz queda,

confidencialmente, por parejas: el cercano desenlace pareció

reanimarlas, desencantarlas, mudando la escena en un segundo. Corrió la

novia a su padre, abiertos los brazos, y el viejo y la niña se

confundieron en un abrazo largo, verdadero, popular, abrazo en que

crujían los huesos y el aliento se acortaba. Salían de las bocas, casi

unidas, entrecruzadas y rápidas frases.

--Que escribas... cuidado me llamo... todos los días, ¿eh? No bebas agua

fría cuando estés sudando.... Tu marido lleva dinero... pedid más si se

acaba.

--No se aflija usted, señor.... Yo haré por volver pronto.... Cuídese

usted mucho, por Dios... atienda usted al asma.... Vaya usted de tiempo

en tiempo a ver al señor de Rada.... Si tiene usted algo, un telegrama

volando.... ¿Palabra de honor?

Después vinieron los apretones, los besucones, los pucheros del

acompañamiento femenino, y el último encargo, y el último deseo....

--Dios os haga dichosos... como patriarcas....

--San Rafael te acompañe, hija.

--¡Quién como tú, chica!, ¡a Francia en un vuelo!

--No te olvides de mi abrigo.... ¿Van en el mundo las medias?

¿Confundirás los hilos?

--Mira que las tiras bordadas no sean de ojales, que de esas ya las hay

por acá.

--Abre bien esos ojazos, míralo todito, ¡y después nos contarás cada

cosa!...

--Padre Urtazu--dijo la desposada llegándose al que su negra faja

declaraba por jesuita, y, asiéndole la mano, sobre la cual cayeron a un

tiempo sus labios y dos lágrimas, claras como agua--, pida usted a Dios

por mí....

Y acercándose más, añadió bajito:

--Que si papá tiene algo, me lo avise usted, usted ¿verdad? Yo le

enviaré a usted las señas de todas partes donde nos detengamos.... No me

lo descuide usted; ¿irá usted de vez en cuando a ver cómo lo pasa? Se

queda el pobre tan solito....

Alzó el jesuita la cabeza y fijó en la niña sus ojos levemente bizcos,

como son los de las personas hechas a concentrar y sujetar la mirada. Y

con la vaga sonrisa distraída de las gentes meditabundas, y en el propio

tono confidencial:

--Vete en paz, y Dios Nuestro Señor te acompañe, que es buen

acompañante--contestó--. Ya he rezado por ti el itinerario, para que

volvamos tan sanos y satisfechos.... Acuérdate de lo que te avisé,

chiquilla; ahora ya somos, como quien dice, una señora casada y de

respeto; y aunque nos parece que todo se va a volver florecicas y mieles

en el nuevo estado, y nos largamos por esos mundos a echar canas al aire

y divertirnos.... ¡cuidadito, cuidadito!, puede que donde menos se

piense salte la liebre, y tengamos rabietas, y pruebecitas y trabajos

que no tuvimos de niños.... No ser tonta entonces.... ¿eh? Ya sabemos

que Aquel que anda por allá arriba moviendo aquellas estrellas tan

preciosas, es el único que nos entiende y nos consuela cuando a Él le

parece... mira, en vez de tanto trapo como has metido en las maletas,

mete paciencia, ¡chiquilla! mete paciencia. Es mejor aún que el árnica y

los emplastos...; si a quien era tan grande le hizo falta para aguantar

aquella cruz, tú que eres chiquitita....

Durara aún la homilía, acompañada de blandos golpecitos en los hombros,

a no interrumpirla la trepidación del tren, brusca como la realidad.

Produjose confusión momentánea. Se apresuró el novio a despedirse de

todo el mundo con cierta llaneza cordial, donde ojos expertos podían

advertir matices de afectación y superioridad protectora. Al suegro

abrazó con un solo abrazo, y recostole en el hombro la mano, pulcramente

calzada con guante de castor, color bronce.

--Escriba usted si se enferma la chica--suplicó con paternal angustia,

preñado de lágrimas los ojos, el viejo.

--Pierda usted cuidado, señor Joaquín..., ¡no hay que afectarse, vamos!,

cuenta con esa salud.... Adiós, Mendoya, adiós, Santián.... Gracias,

gracias. Señor gobernador de la provincia, a mi vuelta, reclamo esas

ofrecidas botellas de Pedro Jiménez.... ¡No se haga usted el olvidadizo!

Lucía, hay que subirse: el tren andará en seguida, y las señoras no

pueden....

Y con ademán cortés y discreto ayudó a subir a la novia, empujándola

levemente por el talle. Después saltó él, sin casi apoyarse en el

estribo, arrojando antes el puro a medio fumar.

Ya oscilaba la férrea culebra cuando él penetró en el departamento,

cerrando la portezuela tras de sí. El compasado balance fue

acelerándose, y el tren completo cruzó ante las gentes de la despedida,

dejándoles en los ojos confusos torbellino de líneas, de colores, de

números, la visión rápida de las cabezas asomadas a todas las

ventanillas. Algún tiempo se distinguió la cara de Lucía, sofocada y

bañada en llanto, y su pañuelo que se agitaba, y oyose su voz diciendo:

Adiós, papá..., padre Urtazu, adiós, adiós.... Rosario.... Carmen...,

abur.... Al fin se perdió todo en la distancia, la escamosa sierpe del

tren revelose a lo lejos por una mancha obscura, luego por desmadejado

penacho de turbio vapor, que presto se disipó también en el ambiente.

Más allá del andén, extrañamente silencioso ya, resplandecía el cielo

claro, de acerado azul; se extendían monótonas las interminables

campiñas; los rieles señalaban como arrugas en la árida faz de la

tierra. Un gran silencio pesaba sobre la estación. Quedáronse inmóviles

los acompañantes, como sobrecogidos por el aturdimiento de la ausencia.

Fueron los amigos del novio los primeros en moverse y hablar. Se

despidieron del padre con rápidos apretones de mano y frases triviales

de sociedad, un tanto descuidadas en la forma, como dirigidas de

superior a inferior; tras de lo cual, el pelotón entero tomó el camino

de la ciudad, reanudando la broma y algazara.

Por su parte, el séquito de la novia empezó a animarse también, y a

vueltas de algún suspiro y de limpiarse los ojos con los pañuelos y aun

con el dorso de la mano, fueron rebullendo los grupos de hormigas

negras, con ánimo de abandonar el andén. La incontrastable fuerza de los

hechos las empujaba a la vida real. Hasta el padre sacudió la cabeza,

alzó con elocuente resignación los hombros, y rompió el primero a andar.

A su lado iba el jesuita, que estiraba su corta estatura para hablarle,

sin conseguir, a pesar de sus laudables esfuerzos, que el cerquillo de

su corona pasase más allá de los atléticos hombros del viejo afligido.

--¡Vaya, señor Joaquín--decía el padre Urtazu--, que ahora sienta bien

esa cara de Viernes santo! ¡No parece sino que a la chica se la llevan

robada y que usted no es gustoso en el enlace! ¡Pues estamos buenos,

hombre! ¿No ha sido usted mismo, desgraciado, quien resolvió este

casorio? ¿A qué vienen los gimoteos?

--¡Y si en todo lo que uno hace estuviese seguro del acierto!--pronunció

con ahogada voz el señor Joaquín, balanceando su cuello de toro.

--Eso se mira antes..., ¡pero teníamos tanta prisa..., tanta prisa, que

no sé para qué sirven esos pelos blancos y esos añitos que llevamos

acuestas! Lo mismito estábamos que los chicos de mi clase cuando les

ofrezco contarles algo, que se les despierta la curiosidad... y no les

cabe en el cuerpo la impaciencia. A fe de Alonso, que parecía usted la

novia... digo, no; porque la novia, maldito el apuro que....

--¡Ay padre! ¿Si tendría usted razón? usted quería diferir la boda....

--No, poco a poco; cepitos quedos, amigo: yo quería no hacerla. Soy muy

claro.

El señor Joaquín se puso más tétrico aún.

--¡Por vida de la Constitución! ¡Qué aprieto y qué compromiso es para un

padre!...

--Tener hijas--concluyó el jesuita con su vaga sonrisa, adelantando el

belfo labio, en mueca de benévolo desdén. Y añadió--: El peor aprieto es

ser más terco que una mula, con perdón sea dicho, y creer que el pobre

Padre Urtazu sólo entiende de sus piedras y de sus astros y de su

microscopio, y es un bolonio, un simplón, para aconsejar en la vida....

--No me aflija usted más, Padre. Harto tendré con no ver a Lucía en qué

sé yo qué tiempo. Sólo me faltaba que también salga mal la cosa, y que

pase ella penas....

--Bueno, bueno. Déjese de eso ya: a lo hecho, pecho. Esto de

matrimonios, sólo lo ata y lo desata el de arriba. ¿Y quién sabe si

saldrá muy bien, a pesar de todos mis agüeros y mis necedades? Porque

¿quién soy yo sino un cegato, un miope? ¡Bah! Esto es como lo que pasa

con el microscopio. Mira usted una gota de agua a simple vista ¡y parece

tan clara!, vamos, que dan ganas de bebérsela. Pero aplique usted

aquellos lentecicos y... ¡zas, zis!, ya se encuentra usted con los

bicharracos y las bacterias que bailan dentro un rigodón.... Pues el que

anda por allá, encimita de las nubes, también ve cosas que a los bobos

de por acá nos parecen tan sencillas... y para él tienen su _quid_....

¡Bah, bah!, él se encargará de arreglarnos las cosas... nosotros, ni que

nos empeñemos.

--Lleva usted razón.... Dios sobre todo--aprobó el señor Joaquín,

arrancando doliente suspiro de la vasta cavidad de su pecho. Esta noche,

con el mal rato, la condenada asma va a darme qué hacer.... Encuentro ya

la respiración muy corta. Dormiré, si duermo, casi incorporado.

--Llame, llame a ese mala cabeza de Rada... tiene mucho acierto--murmuró

el jesuita considerando compadecido, a la luz oblicua del sol de otoño,

la inyectada tez y los ojos edematosos del viejo.

Mientras el acompañamiento desfilaba, con lentitud de duelo, por las

calles mal empedradas de León, el tren corría, corría, dejando atrás las

interminables alamedas de chopos que parecen un pentagrama donde fuesen

las notas verde claro, sobre el crudo tono rojizo de las llanadas. Hecha

Lucía un ovillo en la esquina del departamento, sollozaba sin amargura,

con algún hipo, con vehemente llanto de niña inconsolable. Bien

comprendía el novio que le tocaba decir algo, mostrarse afectuoso,

compartir aquel primer dolor, ponerle término; mas hay en la vida

situaciones especiales, casos en que no tropieza ni se embaraza la gente

sencilla, y en que acaso el hombre de mundo y experiencia se convierte

en doctrino. Preferible es en ocasiones un adarme de corazón a una

arroba de habilidad; donde fracasan las huecas fórmulas, vence el

sentimiento, con su espontánea elocuencia. A fuerza de quebrarse los

cascos ideando manera de anudar el diálogo con su esposa, ocurriole al

novio aprovechar una circunstancia insignificante.

--Lucía--le dijo en voz algo turbada--múdate de ventanilla, hija mía,

córrete acá; ahí te da el sol de lleno, y es tan malsano....

Levantose Lucía con automática rigidez, pasó al lado opuesto del

departamento, y dejándose caer de golpe, tornó a cubrir el semblante con

el fino pañuelo, y se oyeron otra vez sus sollozos y el anhelar de su

seno juvenil.

Levemente frunció el ceño el novio, que no en vano había corrido

cuarenta y pico de años de la vida cercado de gentes de festivo humor y

fácil trato y huyendo de las escenas de lagrimitas y de lástimas y

disgustos que alteraban por extraño modo el equilibrio de sus nervios,

desagradándole como desagrada a las gentes de mediano nivel intelectual

el sublime horror de la tragedia. Al gesto con que manifestó su

impaciencia, siguió un alzar de hombros que claramente quería decir:

«Caiga el chubasco, que el aguase agota también, y tras de la lluvia

viene el buen tiempo». Resuelto, pues, a aguardar que descargase la

nube, dio comienzo a minucioso examen de sus enseres de camino,

enterándose de si abrochaban bien las hebillas del correaje de la manta,

y de si su bastón y paraguas iban en debida y conveniente forma liados

con el quitasol de Lucía. Cerciorose asimismo de que una cartera de

cuero de Rusia y plateados remates que pendiente de una correa llevaba

terciada al costado, abría y cerraba fácilmente con la llavecica de

acero, que volvió a guardar en el bolsillo del chaleco, con cuidado

sumo. Después sacó de las hondas faltriqueras del sobretodo el

_Indicador de los Caminos de Hierro_, y con el dedo índice, fue

recorriendo las estaciones del itinerario de viaje.

-II-

Es de rigor saber de qué boca partió el soplo que encendió la antorcha

de aquellas nupcias.

Mancebo, en los verdores de la edad, fuerte como un toro y laborioso

como manso buey, salió de su patria el señor Joaquín, a quien entonces

nombraban Joaquín a secas. Colocado en Madrid en la portería de un

magnate que en León tiene solar, dedicose a corredor, agente de negocios

y hombre de confianza de todos los honrados individuos de la

maragatería. Buscabales posada, proporcionabales almacén seguro para la

carga, se entendía con los comerciantes y era en suma la providencia de

la tierra de Astorga. Su honradez grande, su puntualidad y su celo le

granjearon crédito tal, que llovían comisiones, menudeaban encargos, y

caían en la bolsa, como apretado granizo, reales, pesos duros y

doblillas en cantidad suficiente para que, al cabo de quince años de

llegado a la corte, pudiese Joaquín estrechar lazos eternos con una

conterránea suya, doncella de la esposa del magnate y señora tiempo

hacía de los enamorados pensamientos del portero; y verificado ya el

connubio, establecer surtida lonja de comestibles, a cuyo frente

campeaba en doradas letras un rótulo que decía: _El Leonés.

Ultramarinos_. De corredor pasó entonces a empresario de maragatos;

comproles sus artículos en grueso y los vendió en detalle; y a él

forzosamente hubo de acudir quien en Madrid quería aromático chocolate

molido a brazo, o esponjosas mantecadas de las que sólo las astorganas

saben confeccionar en su debido punto. Se hizo de moda desayunarse con

el Caracas y las frutas de horno del Leonés; comenzó el magnate, su

antiguo amo, dándole su parroquia, y tras él vino la gente de alto

copete, engolosinada por el arcaico regalo de un manjar digno de la mesa

de Carlos IV y Godoy. Y fue de ver como el señor Joaquín, ensanchando

los horizontes de su comercio, acaparó todas las especialidades

nacionales culinarias: tiernos garbanzos de Fuentesaúco, crasos chorizos

de Candelario, curados jamones de Caldelas, dulce extremeña bellota,

aceitunas de los sevillanos olivares, melosos dátiles de Almería y

áureas naranjas que atesoran en su piel el sol de Valencia. De esta

suerte y con tal industria granjeó Joaquín, limpia si no hidalgamente,

razonables sumas de dinero; y si bien las ganó, mejor supo después

asegurarlas en tierras y caserío en León; a cuyo fin hizo frecuentes

viajes a la ciudad natal. A los ocho años de estéril matrimonio naciole

una niña grande y hermosa, suceso que le alborozó como alborozaría a un

monarca el natalicio de una princesa heredera; más la recia madre

leonesa no pudo soportar la crisis de su fecundidad tardía, y enferma

siempre, arrastró algunos meses la vida, hasta soltarla de malísima

gana. Con faltarle su mujer, faltole al señor Joaquín la diestra mano, y

fue decayendo en él aquella ufanía con que dominaba el mostrador,

luciendo su estatura gigantesca, y alcanzando del más encumbrado estante

los cajones de pasas, con sólo estirar su poderoso brazo y empinarse un

poco sobre los anchos pies. Se pasaba horas enteras embobado, fija la

vista maquinalmente en los racimos de uvas de cuelga que pendían del

techo, o en los sacos de café hacinados en el ángulo más obscuro de la

lonja, y sobre los cuales acostumbraba la difunta sentarse para hacer

calceta. En suma, él cayó en melancolía tal, que vino a serie

indiferente hasta la honrada y lícita ganancia que debía a su industria:

y como los facultativos le recetasen el sano aire natal y el cambio de

vida y régimen, traspasó la lonja, y con magnanimidad no indigna de un

sabio antiguo, retirose a su pueblo, satisfecho con lo ya logrado, y sin

que la sedienta codicia a mayor lucro le incitase. Consigo llevó a la

niña Lucía, única prenda cara a su corazón, que con pueriles gracias

comenzaba ya a animar la tienda, haciendo guerra crudísima y sin tregua

a los higos de Fraga y a las peladillas de Alcoy, menos blancas que los

dientes chicos que las mordían.

Creció la niña como lozano arbusto nacido en fértil tierra: dijérase que

se concentraba en el cuerpo de la hija la vida toda que por su causa

hubo de perder la madre. Venció la crisis de la infancia y pubertad sin

ninguno de esos padecimientos anónimos que empalidecen las mejillas y

apagan el rayo visual de las criaturas. Equilibráronse en su rico

organismo nervios y sangre, y resultó un temperamento de los que ya van

escaseando en nuestras sociedades empobrecidas.

Se desarrollaron paralelamente en Lucía el espíritu y el cuerpo, como

dos compañeros de viaje que se dan el brazo para subir las cuestas y

andar el mal camino; y ocurrió un donoso caso, que fue que mientras el

médico materialista, Vélez de Rada, que asistía al señor Joaquín, se

deleitaba en mirar a Lucía, considerando cuán copiosamente circulaba la

vida por sus miembros de Cibeles joven, el sabio jesuita, padre Urtazu,

se encariñaba con ella a su vez, encontrándole la conciencia clara y

diáfana como los cristales de su microscopio: sin que se diesen cuenta

de que acaso ambos admiraban en la niña una sola y misma cosa, vista por

distinto lado, a saber: la salud perfecta.

Quiso el señor Joaquín, a su modo, educar bien a Lucía; y en efecto,

hizo cuanto es posible para estropear la superior naturaleza de su hija,

sin conseguirlo, tal era ella de buena. Impulsado, por una parte, por el

deseo de dar a Lucía conocimientos que la realzasen, recelando, de otra,

que se dijese por el pueblo en son de burla que el tío Joaquín aspiraba

a una hija señorita, educola híbridamente, teniéndola como externa en un

colegio, bajo la férula de una directora muy remilgada, que afirmaba

saberlo todo. Allí enseñaron a Lucía a chapurrear algo el francés y a

teclear un poco en el piano; ideas serias, perdone usted por Dios;

conocimientos de la sociedad, cero; y como ciencia femenina-ciencia

harto más complicada y vasta de lo que piensan los profanos--, alguna

laborcica tediosa e inútil, amén de fea; cortes de zapatillas de pésimo

gusto, pecheras de camisa bordadas, faltriqueras de abalorio...

Felizmente el padre Urtazu sembró entre tanta tierra vana unos cuantos

granitos de trigo, y la enseñanza religiosa y moral de Lucía fue, aunque

sumaria, recta y sólida, cuanto eran fútiles sus estudios de colegio.

Tenía el padre Urtazu más de moralista práctico que de ascético, y la

niña tomó de él más documentos provechosos para la conducta, que

doctrina para la devoción. De suerte que sin dejar de ser buena

cristiana, no pasó a fervorosa. La completa placidez de su temperamento

vedaba todo extremo de entusiasmo a su alma: algo había en aquella niña

del reposo olímpico de las griegas deidades; ni lo terrenal ni lo divino

agitaban la serena superficie del ánimo. Solía decir el padre Urtazu,

adelantando el labio con su acostumbrado visaje:

--Estamos dormiditos, dormiditos; pero ya sé yo que no estamos

muertecitos... y el día en que nos despertemos... tendrá que ver. Dios

quiera que para bien sea.

Eran las amigas de Lucía Rosarito, la hija de la fondista doña Agustina;

Carmen, la sobrina del magistral, y varias doncellas de análoga

posición, entre las cuales muchas soñaban con el blando sosiego, con la

apacible uniformidad de la vida conventual, y hacían pintura tentadora

de las delicias del claustro, del sentimiento suavísimo del día de la

profesión, cuando coronadas de flores bajo el cándido velo, se

ofreciesen a Cristo, con el refinado dulzor de añadir: «para siempre,

para siempre». Oíalas Lucía sin que una sola fibra de su ser

respondiese, vibrando, a aquel ideal. La vida activa la llamaba con

voces enérgicas y profundas. No obstante, tampoco la inspiraban deseo de

imitarlas otras compañeras suyas, a quienes veía esconder furtivamente

en el corpiño la cartita, o asomarse al balcón prontas, ruborizadas y

ansiosas. En su infancia, prolongada por la inocencia y la radiante

salud, no cabían más placeres que correr por las alamedas que a León

rodean, brincar con regocijo, cual pudiera adolescente ninfa retozando

por los valles helenos.

Creía el señor Joaquín a pie juntillas haber dado educación bastante a

su hija, y aun le pareció de perlas el destrozo de valses y _fantasías_

que sin compasión ejecutaban en el piano sus dedos inhábiles. Por muy

recóndita que la guardase allá en los postreros rincones del

pensamiento, no faltaba al leonés la aspiración propia de todo hombre

que ejerce humildes oficios, y se ganó con sudores el pan, de que su

descendencia beneficiase tamaños esfuerzos, ascendiendo un peldaño en la

escala social. Bien llevaría él en paciencia continuar siendo tan tío

Joaquín como siempre; no tenía ínfulas de ricachón, y era en genio y

trato sencillo con extremo; pero si renunciaba al señorío en su persona,

no así en la de su hija; parecíale oír voz que le decía, como las brujas

a Banquo: «No serás rey, pero engendrarás reyes.» Y luchando entre el

modesto convencimiento de su falta absoluta de rango, y la certeza moral

de que Lucía a grandes puestos estaba destinada, vino a parar a la

razonable conclusión de que el matrimonio realizaría la anhelada

metamorfosis de muchacha en dama. Un yerno empingorotado fue desde

entonces anhelo perenne del antiguo lonjista.

Ni eran estas las únicas flaquezas y manías del señor Joaquín. Otras

tuvo, que descubriremos sin miramientos de ninguna especie. Fue quizá la

mayor y más duradera su desmedida afición al café, afición contraída en

el negocio de ultramarinos, en las tristes mañanas de invierno, cuando

la escarcha empaña el vidrio del escaparate, cuando los pies se hielan

en la atmósfera gris de la solitaria lonja, y el lecho recién abandonado

y caliente aun por ventura, reclama con dulces voces a su mal despierto

ocupante. Entonces, semiaturdido, solicitando al sueño por las

exigencias de su naturaleza hercúlea y de su espesa sangre, cogía el

señor Joaquín la maquinilla, cebaba con alcohol el depósito, prendía

fuego, y presto salía del pico de hojalata negro y humeante río de café,

cuyas ondas a la vez calentaban, despejaban la cabeza y con la leve

fiebre y el grato amargor, dejaban apto al coloso para velar y trabajar,

sacar sus cuentas y pesar y vender sus artículos. Ya en León, y árbitro

de dormir a pierna suelta, no abandonó el señor Joaquín el adquirido

vicio, antes lo reforzó con otros nuevos: acostumbrose a beber la

obscura infusión en el café más cercano a su domicilio, y a acompañarla

con una copa de _Kummel_ y con la lectura de un diario político, siempre

el mismo, invariable. En cierta ocasión ocurrió al Gobierno suspender el

periódico una veintena de días, y faltó poco para que el señor Joaquín

renunciase, de puro desesperado, al café. Porque siendo el señor Joaquín

español, ocioso me parece advertir que tenía sus opiniones políticas

como el más pintado, y que el celo del bien público le comía, ni más ni

menos que nos devora a todos. Era el señor Joaquín inofensivo ejemplar

de la extinguida especie progresista: a querer clasificarlo

científicamente, le llamaríamos la variedad progresista de impresión. La

aventura única en su vida de hombre de partido, fue que cierto día, un

personaje político célebre, exaltado entonces y que con armas y bagajes

se pasó a los conservadores después, entrase en su tienda a pedirle el

voto para diputado a Cortes. Desde aquel supremo momento quedó mi señor

Joaquín rotulado, definido y con marca; era progresista de los del señor

don Fulano. En vano corrieron años y sobrevinieron acontecimientos, y

emigraron las golondrinas políticas en busca siempre de más templadas

zonas; en vano mal intencionados decían al señor Joaquín que su jefe y

natural señor el personaje era ya tan progresista como su abuela; que

hasta no quedaban sobre la haz de la tierra progresistas, que éstos eran

tan fósiles como el megaterio y el plesiosauro; en vano le enseñaban los

mil remiendos zurcidos sobre el manto de púrpura de la voluntad nacional

por las mismas pecadoras manos de su ídolo; el señor Joaquín, ni por

esas, erre que erre y más firme que un poste en la adhesión que al don

Fulano profesaba. Semejante a aquellos amadores que fijan en la mente la

imagen de sus amadas tal cual se les apareció en una hora culminante y

memorable para ellos, y, a despecho de las injurias del tiempo

irreverente, ya nunca las ven de otro modo, al señor Joaquín no le cupo

jamás en la mollera que su caro prohombre fuese distinto de como era en

aquel instante, cuando encendido el rostro y con elocuencia fogosa y

tribunicia se dignó apoyarse en el mostrador de la lonja, entre un pilón

de azúcar y las balanzas, demandando el sufragio. Suscrito desde

entonces al periódico del consabido prohombre, compró también una mala

litografía que lo representaba en actitud de arengar, y añadido el marco

dorado imprescindible, la colgó en su dormitorio entre un daguerrotipo

de la difunta y una estampa de la bienaventurada virgen Santa Lucía, que

enseñaba en un plato dos ojos como huevos escalfados. Acostumbrose el

señor Joaquín a juzgar de los sucesos políticos conforme a la pautilla

de su prohombre, a quien él llamaba, con toda confianza, por su nombre

de pila. Que arreciaba lo de Cuba: ¡bah! dice don Fulano que es asunto

de dos meses la pacificación completa. Que discurrían partidas por las

provincias vascas: ¡no asustarse!; afirma don Fulano que el partido

absolutista está muerto, y los muertos no resucitan. Que hay profunda

escisión en la mayoría liberal; que unos aclaman a X y otros a Z...

Bueno, bueno; don Fulano lo arreglará, se pinta él solo para eso. Que

hambre.... ¡sí, que se mama el dedo don Fulano!, ahora mismito van a

abrirse los veneros de la riqueza pública.... Que impuestos.... ¡don

Fulano habló de economías! Que socialismo.... ¡paparruchas! ¡Atrévanse

con don Fulano, y ya les dirá él cuántas son cinco! Y así, sin más dudas

ni recelos, atravesó el señor Joaquín la borrasca revolucionaria y entró

en la restauración, muy satisfecho porque don Fulano sobrenadaba, y se

apreciaban sus méritos, y tenía la sartén por el mango hoy como ayer.

Dado tal linaje de culto, juzgue el pío lector cuál sería el gozo,

confusión y anonadamiento del señor Joaquín, al recibir una mañana a un

grave y apuesto sujeto, encargado de saludarle de parte del mismísimo

Don Fulano.

Llamábase el visitante D. Aurelio Miranda, y desempeñaba en León uno de

esos destinos que en España abundan, no por honoríficos peor

retribuídos, y que sin imponer grandes molestias ni vigilias, abren las

puertas de la buena sociedad, prestando cierta importancia oficial:

género de prebendas laicas, donde se dan unidas las dos cosas que

asegura el refrán no caber en un saco. Era Miranda de origen y familia

burocrática, en la cual se transmitían y como vinculaban los elevados

puestos administrativos, merced a especial maña y don de gentes

perpetuado de padres a hijos, a no sé qué felina destreza en caer

siempre de pie y a cierta delicada sobriedad en esto de pensar y opinar.

Logró la estirpe de los Mirandas teñirse de matices apagados y

distinguidos, sobre cuyo fondo, así podía colocarse insignia blanca,

como roja divisa; de suerte, que ni hubo situación que no les respetase,

ni radicalismo que con ellos no transigiera, ni mar revuelto o

bonancible en que con igual fortuna no pescaran. El mozo Aurelio casi

nació a la sombra protectora de los muros de la oficina: antes que

bigote y barba tuvo colocación, conseguida por la influencia paterna,

reforzada por la de los demás Mirandas. Al principio fue una plaza de

menor cuantía, que cubriese los gastos de tocador y otras menudencias

del chico, derrochador de suyo; en seguida vinieron más pingües brevas,

y Aurelio siguió la ruta trillada ya por sus antecesores. Con todo esto,

veíase que algo degeneraba en él la raza: amigo de goces, de ostentación

y vanidades, faltabale a Aurelio el tino exquisito de no salir de

mediano por ningún respecto, y carecía de la formalidad exterior, del

compasado porte que a los Mirandas pasados acreditaba de hombres de seso

y experiencia y madurez política. Comprendiendo sus defectos, trató

Aurelio de beneficiarlos diestramente, y más de una blanca y pulcra mano

emborronó por él perfumadas esquelas con eficaces recomendaciones para

personajes de muy variada ralea y clase. Asimismo se declaró gran

amigote y compinche de algunos prohombres políticos, entre ellos el _don

Fulano_ que ya conocemos. No habló jamás con ellos diez palabras

seguidas que a política se refiriesen: contábales las noticias del día,

el escándalo fresco, el último dicharacho y la más reciente caricatura;

y de tal suerte, sin comprometerse con ninguno se vio favorecido y

servido de todos. Agarrose, como nadador inexperto, a los hombros de tan

prácticos buzos, y acá me sumerjo, y acullá me pongo a flote, fue

sorteando los furiosos vendavales que azotaron a España, y continuando

la tradición venerable de los Mirandas. Pero también la influencia se

gasta y agota, y llegó un período en que, mermada la de Aurelio, no

alcanzó a mantenerle en el único punto para él grato, en Madrid, y hubo

de irse a vegetar a León, entre el Gobierno civil y la Catedral,

edificios que ni uno ni otro le divertían. Lo que singularmente amargaba

a Aurelio, era comprender que su decadencia administrativa nacía de otro

decaimiento irreparable, a saber, el de su persona. Cumplida la

cuarentena de años, faltábanle ya los billetitos de recomendación o por

lo menos no eran tan calurosos: en los despachos de las notabilidades

iba siendo su persona como un mueble más, y hasta él mismo sentía

apagarse su facundia. La madurez se revelaba en él por un salto atrás;

íbasele metiendo en el cuerpo la seriedad de los Mirandas; y de amable

calavera, pasaba a hombre de peso. No del todo extrañas a tal

metamorfosis debían ser algunas dolencias pertinaces, protesta del

hígado contra el malsano régimen, mitad sedentario y mitad febril, tanto

tiempo observado por Aurelio. Así es que, aprovechando la estancia en

León, y los conocimientos y acierto singular de Vélez de Rada, dedicose

a reparar las brechas de su desmantelado organismo; y la vida metódica y

la formalidad creciente de sus maneras y aspecto, que en la corte la

perjudicaban revelando que empezaba a ser trasto arrumbado y sin uso,

sirviéronle en el timorato pueblo leonés de pasaporte, ganándole

simpatías y fama de persona respetable y de responsabilidad y crédito.

Solía Miranda hacer, de pascuas a ramos, tal cual escapatoria a Madrid,

y en una de las últimas encontró al Don Fulano del señor Joaquín--a

quien llamaremos Colmenar por respetos a su incógnito--, amostazado y

furioso con otro Don Zutano que se empeñaba en desbaratarle sus

combinaciones todas y en echarle por tierra todas sus hechuras. No había

manera de arreglarse con aquel diablo de hombre, que así cortaba y

segaba en el granado campo de los adictos colmenaristas. El destino de

Miranda, a la sazón, estaba comprometidísimo. Pegó Miranda al escucharlo

un brinco en el muelle diván.

--Nada, hombre--prosiguió Colmenar--: así como te lo digo. Basta que yo

tenga interés en conservar a uno, para que lo barra él.... Es cosa fija.

Y no hay modo de evitarlo. El pega sin duelo.

--Yo--contestó Miranda--, si todo se redujese a salir de León....

Porque, la verdad sea dicha, aquel pueblo me encocora, aunque tiene sus

ventajas... Pero si las cosas llegan más allá, lucido quedo.

--No, pues lo probable es que lleguen.... La fortuna es enemiga de los

viejos, y nosotros vamos siéndolo ya.... Tú estás muy arruinado de algún

tiempo a esta parte. Ese pelo.... ¿Te acuerdas qué famoso pelazo tenías?

Pronto recurriremos ambos al aceite de bellotas, como remedio heroico.

--Hombre...--exclamó Miranda atusándose los mechones de las sienes con

el ademán belicoso de los pasados días--. Cualquiera pensará que estoy

calvo. Pues aún me defiendo muy bien. Los padecimientos me tienen así,

un poco....

--¿Estás enfermo? ¡Goteras, chico, goteras!

--Una afección hepática, complicada con.... Pero en aquel pueblo

anticuado de León di con un facultativo de lo más moderno, un

sabio--apresurose a añadir Miranda viendo el gesto aburrido del

prohombre, que temía el relato de la enfermedad--. Te aseguro que Vélez

de Rada es un prodigio... Materialista cerrado, eso sí....

--Como todos los médicos...--Y Colmenar se encogió de hombros--. ¿Y...

qué tal? ¿Haces muchas conquistas en León? ¿Son blandas de corazón las

leonesitas?

Un viaje de novios · 第 1 / 16 段