las lágrimas, que no ha dado
el cielo el llanto a los hombres
sino el ánimo gallardo.
Naturaleza el llorar
vinculó por mayorazgo
en las mujeres, a quien,
aunque hay valor faltan manos.
No en los hombres, que una vez
sola pueden, y es en caso
de haber perdido el honor
mientras vengan el agravio.
¡Mal haya Aurora y sus celos,
que un caballero bizarro,
discreto, dulce, y tan digno
de ser querido, a un estado
ha reducido tan triste!
FEDERICO.
No es Aurora, que es engaño.
CASANDRA.
¿Pues quién es?
FEDERICO.
El mismo Sol,
que de esas auroras hallo
muchas siempre que amanece.
CASANDRA.
¿Que no es Aurora?
FEDERICO.
Más alto
vuela el pensamiento mío.
CASANDRA.
¿Mujer te ha visto y hablado,
y tú le has dicho tu amor,
que puede con pecho ingrato
corresponderte? ¿No miras
que son efectos contrarios,
y proceder de una causa
parece imposible?
FEDERICO.
Cuando
supieras tú el imposible,
dijeras que soy de mármol,
pues no me matan mis penas,
o que vivo de milagro.
¿Qué Faetonte se atrevió
del sol al dorado carro,
o aquel que juntó con cera
débiles plumas, infausto,
que, sembradas por los vientos,
pájaros que van volando,
las creyó el mar, hasta verlas
en sus cristales salados?
¿Qué Belerofonte vio
en el caballo Pegaso
parecer el mundo un punto
del círculo de los astros?
¿Qué griego Sinón metió
aquel caballo preñado
de armados hombres en Troya,
fatal de su incendio parto?
¿Qué Jasón tentó primero
pasar el mar temerario
poniendo yugo a su cuello
los pinos y lienzos de Argos,
que se iguale a mi locura?
CASANDRA.
¿Estás, Conde, enamorado
de alguna imagen de bronce,
ninfa o diosa de alabastro?
Las almas de las mujeres
no las viste jaspe helado,
ligera cortina cubre
todo pensamiento humano.
Jamás Amor llamó al pecho
siendo con méritos tantos,
que no respondiese el alma:
«Aquí estoy, pero entrad paso».
Dile tu amor, sea quien fuere,
que no sin causa pintaron
a Venus tal vez los griegos
rendida a un sátiro o fauno.
Más alta se ve la luna,
y de su cerco argentado
bajó por Endimión
mil veces al monte Latmo.
Toma mi consejo, Conde,
que el edificio más casto
tiene la puerta de cera.
Habla, y no mueras callando.
FEDERICO.
El cazador con industria
pone al pelícano indiano
fuego alrededor del nido,
y él, descendiendo de un árbol
para librar a sus hijos,
bate las alas turbado,
con que más enciende el fuego
que piensa que está matando;
finalmente se le queman,
y sin alas en el campo
se deja coger, no viendo
que era imposible volando.
Mis pensamientos, que son
hijos de mi amor que guardo
en el nido del silencio,
se están, señora, abrasando;
bate las alas amor,
y enciéndelos por librarlos.
Crece el fuego, y él se quema;
tú me engañas, yo me abraso;
tú me incitas, yo me pierdo;
tú me animas, yo me espanto;
tú me esfuerzas, yo me turbo;
tú me libras, yo me enlazo;
tú me llevas, yo me quedo;
tú me enseñas, yo me atajo;
porque es tanto mi peligro
que juzgo por menos daño,
pues todo ha de ser morir,
morir sufriendo y callando.
(_Vase Federico_).
CASANDRA.
No ha hecho en la tierra el cielo
cosa de más confusión,
que fue la imaginación
para el humano desvelo;
ella vuelve el fuego en hielo,
y en el color se transforma
del deseo, donde forma
guerra, paz, tormenta y calma;
y es una manera de alma
que más engaña que informa.
Estos oscuros intentos,
estas claras confusiones
más que me han dicho razones
me han dejado pensamientos.
¿Qué tempestades los vientos
mueven de más variedades
que estas confusas verdades
en una imaginación?,
porque las del alma son
las mayores tempestades.
Cuando a imaginar me inclino
que soy lo que quiere el Conde,
el mismo engaño responde
que lo imposible imagino;
luego mi fatal destino
me ofrece mi casamiento,
y en lo que siento consiento;
que no hay tan grande imposible
que no le juzguen visible
los ojos del pensamiento.
Tantas cosas se me ofrecen
juntas, como esto ha caído
sobre un bárbaro marido,
que pienso que me enloquecen.
Los imposibles parecen
fáciles, y yo, engañada,
ya pienso que estoy vengada;
mas siendo error tan injusto,
a la sombra de mi gusto
estoy mirando su espada.
Las partes del Conde son
grandes, pero mayor fuera
mi desatino si diera
puerta a tan loca pasión.
No más, necia confusión,
salid, cielo, a la defensa,
aunque no yerra quien piensa,
porque en el mundo no hubiera
hombre con honra si fuera
ofensa pensar la ofensa.
Hasta ahora no han errado
ni mi honor, ni mi sentido,
porque lo que he consentido
ha sido un error pintado
consentir lo imaginado
para con Dios error,
mas no para el deshonor,
que diferencian intentos
el ver Dios los pensamientos
y no los ver el honor.
(_Aurora entra_).
AURORA.
Larga plática ha tenido
Vuestra Alteza con el Conde.
¿Qué responde?
CASANDRA.
Que responde
a tu amor agradecido.
Sosiega, Aurora, sus celos,
que esto pretende no más.
(_Vase Casandra_).
AURORA.
¡Qué tibio consuelo das
a mis ardientes desvelos!
¡Que pueda tanto en un hombre
que adoró mis pensamientos
ver burlados los intentos
de aquel ambicioso nombre
con que heredaba a Ferrara!
Tú eres poderoso, Amor,
por ti ni en vida, ni honor,
ni aun en alma se repara.
Y Federico se muere,
que me solía querer,
con la tristeza de ver
lo que de Casandra infiere.
Pero, pues él ha fingido
celos por disimular
la ocasión, y despertar
suelen el amor dormido,
quiero dárselos de veras
favoreciendo al Marqués.
(_Rutilio y el Marqués_).
RUTILIO.
Con el contrario que ves,
en vano remedio esperas
de tus locas esperanzas.
MARQUÉS.
Calla, Rutilio, que aquí
está Aurora.
RUTILIO.
Y tú sin ti,
firme entre tantas mudanzas.
MARQUÉS.
Aurora del claro día
en que te dieron mis ojos
con toda el alma en despojos
la libertad que tenía;
Aurora que el sol envía
cuando en mi pena anochece,
por quien ya cuanto florece
viste colores hermosas,
pues entre perlas y rosas
de tus labios amanece.
Desde que de Mantua vine
hice con poca ventura
elección de tu hermosura,
que no hay alma que no incline.
¡Qué mal mi engaño previne,
puesto que el alma te adora,
pues solo sirve, señora,
de que te canses de mí,
hallando mi noche en ti
cuando te suspiro, Aurora!
No el verte desdicha ha sido,
que ver luz nunca lo fue,
sino que mi amor te dé
causa para tanto olvido.
Mi partida he prevenido,
que es el remedio mejor;
fugitivo a tu rigor,
voy a buscar resistencia
en los milagros de ausencia
y en las venganzas de amor.
Dame licencia, y la mano.
AURORA.
No se morirá de triste
el que tan poco resiste
ni galán ni cortesano,
Marqués, el primer desdén;
que no están hechos favores
para primeros amores
antes que se quiera bien.
Poco amáis, poco sufrís;
pero en tal desigualdad,
con la misma libertad
que licencia me pedís,
os mando que no os partáis.
MARQUÉS.
Señora, a tan gran favor,
aunque parece rigor
con que esperar me mandáis,
no los diez años que a Troya
cercó el griego, ni los siete
del pastor a quien promete
Labán su divina joya,
pero siglos inmortales
como Tántalo estaré,
entre la duda y la fe
de vuestros bienes y males.
Albricias quiero pedir
a mi amor de mi esperanza.
AURORA.
Mientras el bien no se alcanza,
méritos tiene el sufrir.
(_El Duque, Federico y Batín_).
DUQUE.
Escríbeme el Pontífice por esta,
que luego a Roma parta.
FEDERICO.
¿Y no dice la causa en esa carta?
DUQUE.
Que sea la respuesta,
Conde, partirme al punto.
FEDERICO.
Si lo encubres, señor, no lo pregunto.
DUQUE.
¿Cuándo te encubro yo, Conde, mi pecho?
Solo puedo decirte que sospecho
que, con las guerras que en Italia tiene,
si numeroso ejército previene,
podemos presumir que hacer me intenta
general de la Iglesia; que a mi cuenta
también querrá que con dinero ayude,
si no es que en la elección de intento mude.
FEDERICO.
No en vano lo que piensas me encubrías
si solo te partías,
que ya será conmigo, que a tu lado
no pienso que tendrás mejor soldado.
DUQUE.
Eso no podrá ser, porque no es justo,
Conde, que sin los dos mi casa quede.
Ninguno como tú regirla puede:
esto es razón, y basta ser mi gusto.
FEDERICO.
No quiero darte, gran señor, disgusto,
pero en Italia ¿qué dirán si quedo?
DUQUE.
Que esto es gobierno, y que sufrir no puedo,
aun de mi propio hijo, compañía.
FEDERICO.
Notable prueba en la obediencia mía.
(_Váyase el Duque_).
BATÍN.
Mientras con el Duque hablaste,
he reparado en que Aurora,
sin hacer caso de ti,
con el Marqués habla a solas.
FEDERICO.
¿Con el Marqués?
BATÍN.
Sí, señor.
FEDERICO.
¿Y qué piensas tú que importa?
AURORA.
Esta banda prenda sea
del primer favor.
MARQUÉS.
Señora,
Será cadena en mi cuello,
será de mi mano esposa,
para no darla en mi vida;
si queréis que me la ponga,
será doblado el favor.
AURORA.
Aunque es venganza amorosa,
parece a mi amor agravio.
Porque de dueño mejora,
os ruego que os la pongáis.
BATÍN.
Ser las mujeres traidoras
fue de la naturaleza
invención maravillosa,
porque si no fueran falsas,
(algunas, digo, no todas),
idolatraran en ellas
los hombres que las adoran.
¿No ves la banda?
FEDERICO.
¿Qué banda?
BATÍN.
¿Qué banda? ¡Graciosa cosa!
Una que lo fue del sol,
cuando lo fue de una sola
en la gracia y la hermosura,
planetas con que la adorna;
y ahora, como en eclipse,
del dragón lo extremo toca.
Yo me acuerdo cuando fuera
la banda de la discordia,
como la manzana de oro
de Paris y las tres diosas.
FEDERICO.
Eso fue entonces, Batín,
pero es otro tiempo ahora.
AURORA.
Venid al jardín conmigo.
(_Vanse los dos_).
BATÍN.
¡Con qué libertad la toma
de la mano, y se van juntos!
FEDERICO.
¿Qué quieres, si se conforman
las almas?
BATÍN.
¿Eso respondes?
FEDERICO.
¿Qué quieres que te responda?
BATÍN.
Si un cisne no sufre al lado
otro cisne, y se remonta
con su prenda muchas veces
a las extranjeras ondas,
y un gallo, si al de otra casa
con sus gallinas le topa,
con el suyo le deshace
los picos de la corona,
y encrespando su turbante,
turco por la barba roja,
celoso vencerle intenta
hasta en la nocturna solfa,
¿cómo sufres que el Marqués
a quitarte se disponga
prenda que tanto quisiste?
FEDERICO.
Porque la venganza propia,
para castigar las damas
que a los hombres ocasionan,
es dejarlas con su gusto,
porque aventura la honra
quien la pone en sus mudanzas.
BATÍN.
Dame, por Dios, una copia
de ese arancel de galanes,
tomarele de memoria.
No, Conde; misterio tiene
tu sufrimiento. Perdona,
que pensamientos de amor
son arcaduces de noria:
ya deja el agua primera
el que la segunda toma.
Por nuevo cuidado dejas
el de Aurora, que si sobra
el agua, ¿cómo es posible
que pueda ocuparse de otra?
FEDERICO.
Bachiller estás, Batín,
pues con fuerza cautelosa
lo que no entiendo de mí
a presumir te provocas.
Entra y mira qué hace el Duque,
y de partida te informa
porque vaya a acompañarle.
BATÍN.
Sin causa necio me nombras,
porque abonar tus tristezas
fuera más necia lisonja.
(_Vase_).
FEDERICO.
¿Qué buscas, imposible pensamiento?
Bárbaro, ¿qué me quieres, qué me incitas?
¿Por qué la vida sin razón me quitas,
donde volando aun no te quiere el viento?
Detén el vagaroso movimiento,
que la muerte de entrambos solicitas;
déjame descansar, y no permitas
tan triste fin a tan glorioso intento.
No hay pensamiento, si rindió despojos,
que sin determinado fin se aumente,
pues dándole esperanzas sufre enojos.
Todo es posible a quien amando intente,
y solo tú naciste de mis ojos
para ser imposible eternamente.
(_Casandra entre_).
CASANDRA.
Entre agravios y venganzas,
anda solícito Amor,
después de tantas mudanzas,
sembrando contra mi honor
mal nacidas esperanzas.
En cosas inaccesibles
quiere poner fundamento
como si fuesen visibles,
que no puede haber contentos
fundados en imposibles.
En el ánimo que inclino
al mal, por tantos disgustos
del Duque, loca imagino
hallar venganzas y gustos
en el mayor desatino.
Al galán Conde y discreto,
y su hijo, ya permito
para mi venganza efeto,
pues para tanto delito
conviene tanto secreto.
Vile turbado, llegando
a decir su pensamiento,
y desmayarse temblando,
aunque ¿es más atrevimiento
hablar un hombre callando?
Pues de aquella turbación,
tanto el alma satisfice,
dándome el Duque ocasión,
que hay dentro de mí quien dice
que, si es amor, no es traición,
y que cuando ser pudiera
rendirme desesperada
a tanto valor, no fuera
la postrera enamorada,
ni la traidora primera.
A sus padres han querido
sus hijas, y sus hermanos
algunas; luego no han sido
mis sucesos inhumanos,
ni mi propia sangre olvido.
Pero no es disculpa igual
que haya otros males de quien
me valga en peligro tal,
que para pecar no es bien
tomar ejemplo del mal.
Este es el Conde, ¡ay de mí!
Pero ya determinada,
¿qué temo?
FEDERICO.
Ya viene aquí
desnuda la dulce espada
por quien la vida perdí.
¡Oh hermosura celestial!
CASANDRA.
¿Cómo te va de tristeza,
Federico?
FEDERICO.
En tanto mal
responderé a Vuestra Alteza
que es mi tristeza inmortal.
CASANDRA.
Destemplan melancolías
la salud; enfermo estás.
FEDERICO.
Traigo unas necias porfías,
sin que pueda decir más,
señora, de que son mías.
CASANDRA.
Si es cosa que yo la puedo
remediar, fía de mí,
que en amor tu amor excedo.
FEDERICO.
Mucho fiara de ti,
pero no me deja el miedo.
CASANDRA.
Dijísteme que era amor
tu mal.
FEDERICO.
Mi pena y mi gloria
nacieron de su rigor.
CASANDRA.
Pues oye una antigua historia,
que el amor quiere valor.
Antíoco, enamorado
de su madrastra, enfermó
de tristeza y de cuidado.
FEDERICO.
Bien hizo si se murió,
que yo soy más desdichado.
CASANDRA.
El Rey, su padre, afligido,
cuantos médicos tenía
juntó, y fue tiempo perdido,
que la causa no sufría
que fuese amor conocido.
Mas Eróstrato, más sabio
en su ciencia que Galeno,
conoció luego su agravio;
pero que estaba el veneno
entre el corazón y el labio.
Tomole el pulso, y mandó
que cuantas damas había
en palacio entrasen.
FEDERICO.
Yo
presumo, señora mía,
que algún espíritu habló.
CASANDRA.
Cuando su madrastra entraba,
conoció, en la alteración
del pulso, que ella causaba
su mal.
FEDERICO.
¡Extraña invención!
CASANDRA.
Tal en el mundo se alaba.
FEDERICO.
¿Y tuvo remedio así?
CASANDRA.
No niegues, Conde, que yo
he visto lo mismo en ti.
FEDERICO.
¿Pues enojáraste?
CASANDRA.
No.
FEDERICO.
¿Y tendrás lástima?
CASANDRA.
Sí.
FEDERICO.
Pues, señora, yo he llegado,
perdido a Dios el temor,
y al Duque, a tan triste estado,
que este mi imposible amor
me tiene desesperado.
_En fin, señora, me veo_
_sin mí, sin vos y sin Dios;_
_sin Dios, por lo que os deseo;_
_sin mí, porque estoy sin vos;_
_sin vos, porque no os poseo._
Y por si no lo entendéis,
haré sobre estas razones
un discurso en que podréis
conocer de mis pasiones
la culpa que vos tenéis:
«Aunque dicen, que el no ser
es, señora, el mayor mal,
tal por vos me vengo a ver
que, para no verme tal,
quisiera dejar de ser.
En tantos males me empleo
después que mi ser perdí,
que, aunque no verme deseo,
para ver si soy quien fui,
_en fin, señora, me veo._
A decir que soy quien soy,
tal estoy que no me atrevo,
y por tales pasos voy
que aun no me acuerdo que debo
a Dios la vida que os doy.
Culpa tenemos los dos
del no ser que soy ahora,
pues, olvidado por vos,
de mí mismo estoy, señora,
_sin mí, sin vos y sin Dios._
Sin mí no es mucho, pues ya
no hay vida sin vos, que pida
al mismo que me la da;
pero sin Dios, con ser vida,
¿quién, sino mi amor, está?
Si en desearos me empleo,
y él manda no desear
la hermosura que en vos veo,
claro está que vengo a estar
_sin Dios, por lo que os deseo._
¡Oh, qué loco barbarismo
es presumir conservar
la vida en tan ciego abismo,
hombre que no puede estar
ni en vos, ni en Dios, ni en sí mismo!
¿Qué habemos de hacer los dos,
pues a Dios por vos perdí,
después que os tengo por dios,
sin Dios, porque estáis en mí,
_sin mí, porque estoy sin vos?_
Por haceros solo bien
mil males vengo a sufrir;
yo tengo amor, vos desdén,
tanto, que puedo decir:
¡mirad con quién, y sin quién!
Sin vos y sin mí peleo
con tanta desconfianza:
sin mí, porque en vos ya veo
imposible mi esperanza;
_sin vos, porque no os poseo»._
CASANDRA.
Conde, cuando yo imagino
a Dios y al Duque, confieso
que tiemblo, porque adivino
juntos para tanto exceso
poder humano y divino.
Pero viendo que el amor
halló en el mundo disculpa,
hallo mi culpa menor,
porque hace menor la culpa
ser la disculpa mayor.
Muchas ejemplos me dieron,
que a errar se determinaron,
porque los que errar quisieron
siempre miran los que erraron,
no los que se arrepintieron.
Si remedio puede haber,
es huir de ver y hablar;
porque con no hablar ni ver,
o el vivir se ha de acabar
o el amor se ha de vencer.
Huye de mí, que de ti
yo no sé si huir podré,
o me daré muerte a mí.
FEDERICO.
Yo, señora, moriré,
que es lo más que haré por mí.
No quiero vida; ya soy
cuerpo sin alma, y de suerte
a buscar mi muerte voy,
que aun no pienso hallar mi muerte
por el placer que me doy.
Sola una mano suplico
que me des; dame el veneno
que me ha muerto.
CASANDRA.
Federico
todo principio condeno
si pólvora al fuego aplico.
Vete con Dios.
FEDERICO.
¡Que traición!
CASANDRA.
Ya determinada estuve;
pero advertir es razón
que por una mano sube
el veneno al corazón.
FEDERICO.
Sirena, Casandra, fuiste;
cantaste para meterme
en el mar, donde me diste
la muerte.
CASANDRA.
Yo he de perderme;
tente, honor; fama, resiste.
FEDERICO.
Apenas a andar acierto.
CASANDRA.
Alma y sentidos perdí.
FEDERICO.
¡Oh, qué extraño desconcierto!
CASANDRA.
Yo voy muriendo por ti.
FEDERICO.
Yo no, porque ya voy muerto.
ACTO TERCERO.
(_Aurora y el Marqués_).
AURORA.
Yo te he dicho la verdad.
MARQUÉS.
No es posible persuadirme.
Mira si nos oye alguno,
y mira bien lo que dices.
AURORA.
Para pedirte consejo
quise, Marqués, descubrirte
esta maldad.
MARQUÉS.
¿De qué suerte
ver a Casandra pudiste
con Federico?
AURORA.
Está atento.
Yo te confieso que quise
al Conde, de quien lo fui,
más traidor que el griego Ulises.
Creció nuestro amor el tiempo,
mi casamiento previne
cuando fueron por Casandra,
en fe de palabras firmes,
si lo son las de los hombres
cuando sus iguales sirven.
Fue Federico por ella,
de donde vino tan triste
que, en proponiéndole el Duque
lo que de los dos le dije,
se disculpó con tus celos.
Y como el amor permite
que cuando camina poco
fingidos celos le piquen,
díselos contigo, Carlos,
pero el mismo efecto hice
que en un diamante, que celos,
donde no hay amor, no imprimen.
Pues viéndome despreciada
y a Federico tan libre,
di en inquirir la ocasión;
y como celos son linces
que las paredes penetran,
a saber la causa vine.
En correspondencia tiene,
sirviéndole de tapices,
retratos, vidrios y espejos,
dos iguales camarines
el tocador de Casandra;
y como sospechas pisen
tan quedo, dos cuadras antes
miré y vi, ¡caso terrible!,
en el cristal de un espejo,
que el Conde las rosas mide
de Casandra con los labios.
Con esto, y sin alma, fuime
donde lloré mi desdicha
y la de los dos que viven,
ausente el Duque, tan ciegos
que parece que compiten
en el amor y el desprecio,
y gustan que se publique
el mayor atrevimiento
que pasara entre gentiles
o entre los desnudos cafres
que lobos marinos visten.
Pareciome que el espejo
que los abrazos repite,
por no ver tan gran fealdad,
oscureció los alindes;
pero, más curioso, amor
la infame empresa prosigue,
donde no ha quedado agravio
de que no me certifique.
El Duque dicen que viene
victorioso, y que le ciñen
sacros laureles la frente
por las hazañas felices
con que del pastor de Roma
los enemigos reprime.
Dime, ¿qué tengo de hacer
en tanto mal? Que me afligen
sospechas de mayor daño,
si es verdad que me dijiste
tantos amores con alma;
aunque soy tan infelice
que parecerás al Conde
en engañarme o en irte.
MARQUÉS.
Aurora la muerte sola
es sin remedio invencible,
y aun a muchos hace el tiempo
en el túmulo fenices,
porque dicen que no mueren
los que por su fama viven.
Dile que te case al Duque;
que, como el sí me confirmes,
con irnos los dos a Mantua
no hayas miedo que peligres;
que si se arroja en el mar
con el dolor insufrible,
de los hijos que le quitan
los cazadores, el tigre,
cuando no puede alcanzarlos,
¿qué hará el ferrarés Aquiles
por el honor y la fama?
¿Cómo quieres que se limpie
tan fea mancha sin sangre
para que jamás se olvide,
si no es que primero el cielo
sus libertades castigue,
y por gigantes de infamia
con vivos rayos fulmine?
Este consejo te doy.
AURORA.
Y de tu mano le admite
mi turbado pensamiento.
MARQUÉS.
Será de la nueva Circe
el espejo de Medusa,
el cristal en que la viste.
(_Federico y Batín_).
FEDERICO.
¿Que no ha querido esperar
que salgan a recibirle?
BATÍN.
Apenas el Duque vio
los deseados confines,
cuando, dejando la gente
y aun sin querer que te avisen,
tomó caballos y parte;
tan mal el amor resiste
y los deseos de verte,
que, aunque es justo que le obligue
la Duquesa, no hay amor
a quien el tuyo no prive.
Eres el sol de sus ojos,
y cuatro meses de eclipse
le han tenido sin paciencia.
Tú, Conde, el triunfo apercibe
para cuando todos vengan,
que las escuadras que rige
han de entrar con mil trofeos
llenos de dorados timbres.
FEDERICO.
Aurora, ¿siempre a mis ojos
con el Marqués?
AURORA.
¡Qué donaire!
FEDERICO.
¿Con este tibio desaire
respondes a mis enojos?
AURORA.
Pues ¿qué maravilla ha sido
el darte el Marqués cuidado?
Parece que has despertado
de cuatro meses dormido.
MARQUÉS.
Yo, señor Conde, no sé,
ni he sabido que sentís
lo que ahora me decís,
que a Aurora he servido en fe
de no haber competidor,
y más como vos lo fuera
a quien humilde rindiera
cuanto no fuera mi amor.
Bien sabéis que nunca os vi
servirla, mas siendo gusto
vuestro, que la deje es justo,
que mucho mejor que en mí
se emplea en vos su valor.
(_Vase el Marqués_).
AURORA.
¿Qué es esto que has intentado?
O ¿qué frenesí te ha dado
sin pensamiento de amor?
¿Cuántas veces al Marqués
hablando conmigo viste,
desde que diste en ser triste
y mucho tiempo después?
Y aun no volviste a mirarme,
cuanto más a divertirme.
¿Ahora celoso y firme,
cuando pretendo casarme?
Conde, ya estás entendido.
Déjame casar, y advierte
que antes me daré la muerte
que ayudar lo que has fingido.
Vuélvete, Conde, a estar triste,
vuelve a tu suspensa calma,
que tengo muy en el alma
los desprecios que me hiciste.
Ya no me acuerdo de ti.
¿Invenciones? ¡Dios me guarde!
Por tu vida, que es muy tarde
para valerte de mí.
(_Vase Aurora_).
BATÍN.
¿Qué has hecho?
FEDERICO.
No sé, por Dios.
BATÍN.
Al emperador Tiberio
pareces, si no hay misterio
en dividir a los dos.
Hizo matar su mujer,
y habiéndose ejecutado,
mandó, a la mesa sentado,
llamarla para comer.
Y Mesala fue un romano
que se le olvidó su nombre.
FEDERICO.
Yo me olvido de ser hombre.
BATÍN.
O eres como aquel villano
que dijo a su labradora,
después que de estar casados
eran dos años pasados:
«Ojinegra es la señora».
FEDERICO.
¡Ay, Batín, que estoy turbado
y, olvidado, desatino!
BATÍN.
Eres como el vizcaíno
que dejó el macho enfrenado,
y, viendo que no comía,
regalándole las crines,
un galeno de rocines
trujo a ver lo que tenía;
el cual, viéndole con freno,
fuera al vizcaíno echó;
quitole, y cuando volvió,
de todo el pesebre lleno
apenas un grano había,
porque con gentil despacho,
después de la paja, el macho
hasta el pesebre comía.
«Albéitar, juras a Dios»,
dijo, «es mejor que doctora,
y yo y macho desde ahora
queremos curar con vos».
¿Qué freno es este que tienes
que no te deja comer,
si médico puedo ser?
¿Qué aguardas? ¿Qué te detienes?
FEDERICO.
¡Ay, Batín, no sé de mí!
BATÍN.
Pues estese la cebada
queda, y no me digas nada.
(_Entren Casandra y Lucrecia_).
CASANDRA.
¿Ya viene?
LUCRECIA.
Señora, sí.
CASANDRA.
¿Tan brevemente?
LUCRECIA.
Por verte
toda la gente dejó.
CASANDRA.
No lo creas; pero yo
más quisiera ver mi muerte.
En fin, señor Conde, ¿viene
el Duque, mi señor?
FEDERICO.
Ya
dicen que muy cerca está;
bien muestra el amor que os tiene.
(_Aparte_).
CASANDRA.
Muriendo estoy de pesar
de que ya no podré verte
como solía.
FEDERICO.
¿Qué muerte
pudo mi amor esperar,
como su cierta venida?
CASANDRA.
Yo pierdo, Conde, el sentido.
FEDERICO.
Yo no, porque le he perdido.
CASANDRA.
Sin alma estoy.
FEDERICO.
Yo, sin vida.
CASANDRA.
¿Qué habemos de hacer?
FEDERICO.
Morir.
CASANDRA.
¿No hay otro remedio?
FEDERICO.
No,
porque en perdiéndote yo,
¿para qué quiero vivir?
CASANDRA.
¿Por eso me has de perder?
FEDERICO.
Quiero fingir desde ahora
que sirvo y que quiero a Aurora,
y aun pedirla por mujer
al Duque, para desvelos
de él y de palacio, en quien
yo sé que no se habla bien.
CASANDRA.
¿Agravios? ¿No bastan celos?
¿Casarte? ¿Estás, Conde, en ti?
FEDERICO.
El peligro de los dos
me obliga.
CASANDRA.
¿Qué? ¡Vive Dios!,
que si te burlas de mí,
después que has sido ocasión
de esta desdicha, que a voces
diga —¡oh, qué mal me conoces!—
tu maldad y mi traición.
FEDERICO.
¡Señora!
CASANDRA.
No hay que tratar.
FEDERICO.
Que te oirán.
CASANDRA.
Que no me impidas.
Quíteme el Duque mil vidas,
pero no te has de casar.