NOTA DE TRANSCRIPCIÓN
* Las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las versalitas se han
convertido a MAYÚSCULAS.
* Los errores de imprenta han sido corregidos tras consultar otras
ediciones modernas y el manuscrito Ticknor conservado en Boston.
* La ortografía del texto original ha sido modernizada de acuerdo con
las normas publicadas en 2010 por la Real Academia Española, siempre
que no resultara afectada la métrica o la rima del verso.
* Las abreviaturas en los nombres de los personajes han sido
expandidas para mayor facilidad de lectura.
* El comienzo de las estrofas se señala por un breve sangrado.
* Se destacan los versos relevantes de la _glosa_ «En fin, señora, me
veo» del final del segundo acto, pág. 37, como hacen las ediciones
modernas.
EL CASTIGO
SIN VENGANZA,
TRAGEDIA
DE FREY LOPE FÉLIX DE VEGA CARPIO
del hábito de San Juan, Procurador Fiscal de la Cámara
Apostólica del Arzobispado de Toledo.
AL EXCELENTÍSIMO SEÑOR DON LUIS FERNÁNDEZ de Córdova, Cardona y
Aragón; Duque de Sessa, de Baena, y de Soma; Conde de Cabra, Palamós,
y Olivito; Vizconde de Hinajar; Señor de las Baronías de Belpuche,
Liñola, y Calonge; Gran Almirante de Nápoles, y Capitán General del
mar de aquel reino, y Comendador de Bedmar y Albanchez, de la Orden y
Caballería de Santiago, etc.
[Ilustración]
Año 1634.
Con licencia, En Barcelona, por PEDRO LACAVALLERÍA, junto la Librería.
APROBACIÓN DEL MUY
REVERENDO PADRE MAESTRO
fray Francisco Palau del Orden de
Predicadores.
He leído con sumo gusto y debido aplauso la famosa tragedia del Castigo
sin Venganza, la cual me ha mandado leer el muy ilustre señor don Ramón
de Santmenat y de Lanuza, canónigo y arcediano y vicario general en la
santa iglesia de Barcelona, para que, con mi aprobación y censura, se
pueda comunicar por la impresión a todo el mundo, y satisfacer a tantos
que con particulares y debidas ansias desean verla. Con decir que es
de frey Lope Félix de Vega Carpio, y que la confiesa por hija de su
ingenio, queda aprobada por muy conforme a la fe y buenas costumbres,
y adornada y compuesta de suma erudición, doctrina, elegancia y
agudeza acostumbrada; y de hecho es tal esta tragedia que solo podía
ser de Lope, y solo la podía hacer su caudaloso ingenio. Pero ¿qué
hay que admirarse de esta?, pues quien hubiere leído sus obras (que
son muchísimas) y advertido aquel su natural corriente y propiedad de
términos, que parece le obedecen todas las ciencias e historias y la
frasis castellana, le ha de tener por la octava maravilla del mundo,
pues dicen ellas mismas que todo lo sabe, y con eminencia; y que es
la preciosa piedra Acates, la cual (como cuenta Plinio, y refiere
Bartolomé Cassaneo) tenía esculpidas las nueve musas (que son las
ciencias) con sus cetros y demás insignias e instrumentos, y al dios
Apolo en medio tocando su cítara. Y así si se glorió y tuvo por muy
dichoso Pirro, rey de los epirotas, de tener tan inestimable piedra,
con mayores ventajas debe estar muy ufana la coronada villa de Madrid,
y aun España toda, de tener a Lope, y por muy felices y dichosos los
presentes siglos que gocen de su resplandor, y quedan enriquecidos con
sus quilates, pues tienen en un sujeto todas las musas, que es tener
todas las ciencias; y así merece le pongan como a aquellas los dorados
cetros en las manos, y coronen sus sienes con vistosas y gallardas
guirnaldas de plumas, como las que se pusieron las mismas musas,
compuestas de las que tomaron de las alas de sus vencidas sirenas,
porque atrevidamente quisieron competir con ellas, como lo refieren
Alciato, Lilio Giraldo, Séneca, Pitágoras, san Clemente Alejandrino,
san Teodoreto, Del Río y otros para que prosiga con su veloz vuelo la
parlera fama de este nuestro ave Fénix, no de España, y por España sola
(que para nuestro héroe es corto espacio), sino del mundo y por el
mundo todo. Este es mi sentimiento, que para elogio es muy corto. De
Santa Catalina Mártir de Barcelona, julio 23 de 1634.
_Fray Francisco Palau._
Santmenat Vic. Gen. & Offic.
_Don Franciscus de Erill, Cancell._
AL
EXCELENTÍSIMO
SEÑOR DUQUE DE
SESSA, MI SEÑOR, etc.
Desigual atrevimiento parece dedicar a Vuestra Excelencia esta
tragedia, cuando fuera más justo poemas heroicos, de quien fuera
argumento las gloriosas hazañas de sus progenitores invictísimos,
que dieron a la Corona de España tantos reinos, a las plumas tantas
historias, a la fama tantos triunfos, y a las armas insignes de su
apellido tantas banderas, de que son fieles testigos reyes infieles,
y alguno que, preso, ocupa (con honra suya) un cuartel de ellas entre
los Córdovas, Cardonas y Aragones, ilustrísimos por inmortal memoria
en tantos siglos, y por sangre generosa en tantos reinos. Mas, como
suele el que cultiva flores enviar al dueño del jardín algunas como
en reconocimiento de que son suyas las que quedan, así yo me atrevo
a enviar a Vuestra Excelencia las de este asunto, indicio de que
reconocen las demás que de todas es señor, como del que las cultiva.
En los amigos, los presentes son amor; en los amantes, cuidado; en
los pretendientes, cohecho; en los obligados, agradecimiento; en los
señores, favor, en los criados, servicio. Este no va a solicitar
mercedes, sino a reconocer obligaciones, de tantas como he recibido de
sus liberales manos en tantos años que ha que vivo escrito en el número
de los criados de su casa. Guarde nuestro Señor a Vuestra Excelencia
como deseo.
Frey Lope Félix de Vega Carpio.
EL PRÓLOGO.
Señor lector, esta tragedia se hizo en la corte solo un día, por
causas que a vuestra merced le importan poco. Dejó entonces tantos
deseosos de verla que los he querido satisfacer con imprimirla. Su
historia estuvo escrita en lengua latina, francesa, alemana, toscana, y
castellana: esto fue prosa, ahora sale en verso. Vuestra merced la lea
por mía, porque no es impresa en Sevilla, cuyos libreros, atendiendo a
la ganancia, barajan los nombres de los poetas, y a unos dan sietes y
a otros sotas, que hay hombres que por dinero no reparan en el honor
ajeno, que a vueltas de sus mal impresos libros venden y compran.
Advirtiendo que está escrita al estilo español, no por la antigüedad
griega y severidad latina, huyendo de las sombras, nuncios y coros;
porque el gusto puede mudar los preceptos, como el uso los trajes, y el
tiempo las costumbres.
PERSONAS DEL
PRIMER ACTO.
El Duque de Ferrara. Autor. Casandra. Autora.
El Conde Federico. Arias. Aurora. Bernarda.
Albano. Lucrecia. Gerónima.
Rutilio. Batín. Salinas.
Floro. Cintia. María Zavallos.
Lucindo. Febo y Ricardo.
El Marqués Gonzaga. Salas.
ACTO PRIMERO.
(_El Duque de Ferrara, de noche; Febo y Ricardo, criados_).
RICARDO.
¡Linda burla!
FEBO.
Por extremo;
pero ¿quién imaginara,
que era el Duque de Ferrara?
DUQUE.
Que no me conozcan temo.
RICARDO.
Debajo de ser disfraz,
hay licencia para todo,
que aun el cielo en algún modo
es de disfraces capaz.
¿Qué piensas tú que es el velo
con que la noche le tapa?
Una guarnecida capa
con que se disfraza el cielo.
Y para dar luz alguna
las estrellas que dilata
son pasamanos de plata
y una encomienda la luna.
DUQUE.
¿Ya comienzas desatinos?
FEBO.
No, lo ha pensado poeta
de estos de la nueva seta,
que se imaginan divinos.
RICARDO.
Si a sus licencias apelo,
no me darás culpa alguna,
que yo sé quien a la luna
llamó requesón del cielo.
DUQUE.
Pues no te parezca error,
que la poesía ha llegado
a tan miserable estado
que es ya como jugador
de aquellos transformadores,
muchas manos, ciencia poca,
que echan cintas por la boca
de diferentes colores.
Pero dejando a otro fin
esta materia cansada,
no es mala aquella casada.
RICARDO.
¿Cómo mala? ¡Un serafín!
Pero tiene un bravo azar
que es imposible sufrillo.
DUQUE.
¿Cómo?
RICARDO.
Un cierto maridillo,
que toma, y no da lugar.
FEBO.
¡Guarda la cara!
DUQUE.
Ese ha sido
siempre el más crüel linaje
de gente de este paraje.
FEBO.
El que la gala, el vestido
y el oro deja traer,
tenga (pues él no lo ha dado)
lástima al que lo ha comprado,
pues si muere su mujer,
ha de gozar la mitad,
como bienes gananciales.
RICARDO.
Cierto que personas tales
poca tienen caridad,
hablando cultidiablesco,
por no juntar las dicciones.
DUQUE.
Tienen esos socarrones
con el diablo parentesco,
que, obligando a consentir,
después estorba el obrar.
RICARDO.
Aquí pudiera llamar;
pero hay mucho que decir.
DUQUE.
¿Cómo?
RICARDO.
Una madre beata,
que reza, y riñe a dos niñas
entre majuelos y viñas,
una perla, y otra plata.
DUQUE.
Nunca de exteriores fío.
RICARDO.
No lejos vive una dama
como azúcar de retama,
dulce y morena.
DUQUE.
¿Qué brío?
RICARDO.
El que pide la color;
mas el que con ella habita,
es de cualquiera visita
cabizbajo rumiador.
FEBO.
Rumiar siempre fue de bueyes.
RICARDO.
Cerca he visto una mujer
que diera buen parecer
si hubiera estudiado leyes.
DUQUE.
Vamos allá.
RICARDO.
No querrá
abrir a estas horas.
DUQUE.
¿No?
¿Y si digo quién soy yo?
RICARDO.
Si lo dices, claro está.
DUQUE.
Llama pues.
RICARDO.
Algo esperaba,
que a dos patadas salió.
(_Cintia en lo alto_).
CINTIA.
¿Quién es?
RICARDO.
Yo soy.
CINTIA.
¿Quién es yo?
RICARDO.
Amigos, Cintia. ¡Abre, acaba,
que viene el Duque conmigo!
¡Tanto mi alabanza pudo!
CINTIA.
¿El Duque?
RICARDO.
¿Eso dudas?
CINTIA.
Dudo,
no digo el venir contigo,
mas el visitarme a mí
tan gran señor, y a tal hora.
RICARDO.
Por hacerte gran señora
viene disfrazado así.
CINTIA.
Ricardo, si el mes pasado
lo que ahora me dijeras
del Duque, me persuadieras
que a mis puertas ha llegado;
pues toda su mocedad
ha vivido indignamente,
fábula siendo a la gente
su viciosa libertad.
Y como no se ha casado
por vivir más a su gusto,
sin mirar que fuera injusto
ser de un bastardo heredado,
—aunque es mozo de valor
Federico—, yo creyera
que el Duque a verme viniera;
mas ya que como señor
se ha venido a recoger,
y de casar concertado
su hijo a Mantua ha enviado
por Casandra, su mujer,
no es posible que ande haciendo
locuras de noche ya,
cuando esperándola está
y su entrada previniendo;
que si en Federico fuera
libertad, ¿qué fuera en él?
Y si tu fueras fiel,
aunque él ocasión te diera,
no anduvieras atrevido
deslustrando su valor,
que ya el Duque, tu señor,
está acostado y dormido.
Y así cierro la ventana,
que ya sé que fue invención
para hallar conversación.
¡Adiós, y vuelve mañana!
DUQUE.
¡A buena casa de gusto
me has traído!
RICARDO.
Yo, señor,
¿qué culpa tengo?
DUQUE.
Fue error
fiarle tanto disgusto
para la noche que viene.
FEBO.
Si quieres, yo romperé
la puerta.
DUQUE.
¡Que esto escuché!
FEBO.
Ricardo la culpa tiene.
Pero, señor, quien gobierna,
si quiere saber su estado,
cómo es temido o amado,
deja la lisonja tierna
del crïado adulador
y disfrazado, de noche,
en traje humilde o en coche,
salga a saber su valor;
que algunos emperadores
se valieron de este engaño.
DUQUE.
Quien escucha, oye su daño,
y fueron, aunque doctores,
filósofos majaderos,
porque el vulgo no es censor
de la verdad, y es error
de entendimientos groseros
fiar la buena opinión
de quien, inconstante y vario,
todo lo juzga al contrario
de la ley de la razón.
Un quejoso, un descontento
echa, por vengar su ira,
en el vulgo una mentira,
a la novedad atento.
Y como por su bajeza
no la puede averiguar,
ni en los palacios entrar,
murmura de la grandeza.
Yo confieso que he vivido
libremente y sin casarme,
por no querer sujetarme,
y que también parte ha sido
pensar que me heredaría
Federico, aunque bastardo:
mas ya que a Casandra aguardo,
que Mantua con él me envía,
todo lo pondré en olvido.
FEBO.
Será remedio casarte.
RICARDO.
Si quieres desenfadarte,
pon a esta puerta el oído.
DUQUE.
¿Cantan?
RICARDO.
¿No lo ves?
DUQUE.
¿Pues quién
vive aquí?
RICARDO.
Vive un autor
de comedias.
FEBO.
Y el mejor
de Italia.
DUQUE.
Ellos cantan bien.
¿Tiénelas buenas?
RICARDO.
Están
entre amigos y enemigos:
buenas las hacen amigos
con los aplausos que dan,
y los enemigos, malas.
FEBO.
No pueden ser buenas todas.
DUQUE.
Febo, para nuestras bodas
prevén las mejores salas,
y las comedias mejores,
que no quiero que repares
en las que fueren vulgares.
FEBO.
Las que ingenios y señores
aprobaren llevaremos.
DUQUE.
¿Ensayan?
RICARDO.
Y habla una dama.
DUQUE.
Si es Andrelina, es de fama.
¡Qué acción! ¡Qué afectos! ¡Qué extremos!
(_Dentro_).
«Déjame pensamiento,
no más, no más, memoria,
que mi pasada gloria
conviertes en tormento,
y de este sentimiento
ya no quiero memoria sino olvido,
que son de un bien perdido,
aunque presumes que mi mal mejoras,
discursos tristes para alegres horas».
DUQUE.
¡Valiente acción!
FEBO.
¡Extremada!
DUQUE.
Más oyera: pero estoy
sin gusto, a acostarme voy.
RICARDO.
¿A las diez?
DUQUE.
Todo me enfada.
RICARDO.
Mira que es esta mujer
única.
DUQUE.
Temo que hable
alguna cosa notable.
RICARDO.
De ti ¿cómo puede ser?
DUQUE.
¿Ahora sabes, Ricardo,
que es la comedia un espejo
en que el necio, el sabio, el viejo,
el mozo, el fuerte, el gallardo,
el rey, el gobernador,
la doncella, la casada,
siendo al ejemplo escuchada
de la vida y del honor,
retrata nuestras costumbres,
o livianas o severas,
mezclando burlas y veras,
donaires y pesadumbres?
Basta, que oí del papel
de aquella primera dama
el estado de mi fama;
bien claro me hablaba en él.
¿Que escuche, me persüades,
la segunda? Pues no ignores
que no quieren los señores
oír tan claras verdades.
(_Federico de camino muy galán, y Batín, criado_).
BATÍN.
Desconozco el estilo de tu gusto.
¿Ahora en cuatro sauces te detienes,
cuando a negocio, Federico, vienes
de tan grande importancia?
FEDERICO.
Mi disgusto
no me permite, como fuera justo,
más prisa y más cuidado,
antes la gente dejo, fatigado
de varios pensamientos,
y al dosel de estos árboles que, atentos
a las dormidas ondas de este río,
en su puro cristal, sonoro y frío,
mirando están sus copas,
después que los vistió de verdes ropas.
De mí mismo quisiera retirarme,
que me cansa el hablarme
del casamiento de mi padre, cuando
pensé heredarle, que si voy mostrando
a nuestra gente gusto, como es justo,
el alma llena de mortal disgusto,
camino a Mantua, de sentido ajeno,
que voy por mi veneno,
en ir por mi madrastra, aunque es forzoso.
BATÍN.
Ya de tu padre el proceder vicioso,
de propios y de extraños reprendido,
quedó a los pies de la virtud vencido;
ya quiere sosegarse,
que no hay freno, señor, como casarse.
Presentole un vasallo
al rey francés un bárbaro caballo
de notable hermosura,
Cisne en el nombre, y por la nieve pura
de la piel que cubrían
las rizas canas que a los pies caían
de la cumbre del cuello, en levantando
la pequeña cabeza.
Finalmente le dio naturaleza,
que alguna dama estaba imaginando
hermosura y desdén, porque su furia
tenía por injuria
sufrir el picador más fuerte y diestro.
Viendo tal hermosura y tal siniestro,
mandole el rey echar en una cava,
a un soberbio león, que en ella estaba;
y en viéndole feroz, apenas viva
el alma sensitiva,
hizo que el cuerpo alrededor se entolde
de las crines, que ya crespas sin molde,
si el miedo no lo era,
formaron como lanzas blanca esfera,
y en espín erizado
de orgulloso caballo transformado;
sudó por cada pelo
una gota de hielo,
y quedó tan pacífico y humilde
que fue un enano en sus arzones tilde,
y el que a los picadores no sufría,
los pícaros sufrió desde aquel día.
FEDERICO.
Batín, ya sé que a mi vicioso padre
no pudo haber remedio que le cuadre
como es el casamiento;
pero ¿no ha de sentir mi pensamiento
haber vivido con tan loco engaño?
Ya sé que al más altivo, al más extraño,
le doma una mujer, y que, delante
de este león, el bravo, el arrogante
se deja sujetar del primer niño
que con dulce cariño
y media lengua, o muda o balbuciente,
teniéndole en los brazos le consiente
que le tome la barba.
Ni rudo labrador la roja parva,
como un casado la familia mira,
y de todos los vicios se retira.
Mas ¿qué me importa a mí que se sosiegue
mi padre, y que se niegue
a los vicios pasados,
si han de heredar sus hijos sus estados,
y yo, escudero vil, traer en brazos
algún león, que me ha de hacer pedazos?
BATÍN.
Señor, los hombres cuerdos y discretos,
cuando se ven sujetos
a males sin remedio,
poniendo la paciencia de por medio
fingen contento, gusto y confianza
por no mostrar envidia y dar venganza.
FEDERICO.
¿Yo sufriré madrastra?
BATÍN.
¿No sufrías
las muchas que tenías
con los vicios del Duque? Pues ahora
sufre una sola, que es tan gran señora.
FEDERICO.
¿Qué voces son aquellas?
BATÍN.
En el vado del río suena gente.
FEDERICO.
Mujeres son, a verlas voy.
BATÍN.
¡Detente!
FEDERICO.
¡Cobarde! ¿No es razón favorecellas?
(_Vase_).
BATÍN.
Excusar el peligro es ser valiente.
¡Lucindo, Albano, Floro!
(_Estos salen_).
LUCINDO.
El Conde llama.
ALBANO.
¿Dónde está Federico?
FLORO.
¿Pide acaso
los caballos?
BATÍN.
Las voces de una dama
con poco seso y con valiente paso
le llevaron de aquí; mientras le sigo,
llamad la gente.
(_Vase_).
LUCINDO.
¿Dónde vas? Espera.
ALBANO.
Pienso que es burla.
FLORO.
Y yo lo mismo digo;
aunque suena rumor en la ribera
de gente que camina.
LUCINDO.
Mal Federico a obedecer se inclina
el nuevo dueño, aunque por ella viene.
ALBANO.
Sale a los ojos el pesar que tiene.
(_Federico sale con Casandra en los brazos_).
FEDERICO.
Hasta poneros aquí
los brazos me dan licencia.
CASANDRA.
Agradezco, caballero,
vuestra mucha gentileza.
FEDERICO.
Y yo a mi buena fortuna
traerme por esta selva,
casi fuera de camino.
CASANDRA.
¿Qué gente, señor, es esta?
FEDERICO.
Crïados que me acompañan.
No tengáis, señora, pena,
todos vienen a serviros.
(_Batín sale con Lucrecia, criada, en los brazos_).
BATÍN.
Mujer, dime, ¿cómo pesas,
si dicen que sois livianas?
LUCRECIA.
Hidalgo, ¿dónde me llevas?
BATÍN.
A sacarte por lo menos
de tanta enfadosa arena
como la falta del río
en estas orillas deja.
Pienso que fue treta suya
por tener ninfas tan bellas
volverse el coche al salir,
que si no fuera tan cerca,
corriérades gran peligro.
FEDERICO.
Señora, porque yo pueda
hablaros con el respeto
que vuestra persona muestra,
decidme quién sois.
CASANDRA.
Señor,
no hay causa por que no deba
decirlo. Yo soy Casandra,
ya de Ferrara Duquesa,
hija del Duque de Mantua.
FEDERICO.
¿Cómo puede ser que sea
Vuestra Alteza, y venir sola?
CASANDRA.
No vengo sola, que fuera
cosa imposible. No lejos
el Marqués Gonzaga queda,
a quien pedí me dejase,
atravesando una senda,
pasar sola en este río,
parte de esta ardiente siesta,
y por llegar a la orilla,
que me pareció cubierta
de más árboles y sombras,
había más agua en ella,
tanto, que pude correr,
sin ser mar, fortuna adversa;
mas no pudo ser Fortuna,
pues se pararon las ruedas.
Decidme, señor, quién sois,
aunque ya vuestra presencia
lo generoso asegura
y lo valeroso muestra;
que es razón que este favor
no solo yo le agradezca,
pero el Marqués y mi padre
que tan obligados quedan.
FEDERICO.
Después que me dé la mano,
sabrá quién soy Vuestra Alteza.
CASANDRA.
¿De rodillas? ¡Es exceso!
No es justo que lo consienta
la mayor obligación.
FEDERICO.
Señora, es justo, y es fuerza;
mirad que soy vuestro hijo.
CASANDRA.
Confieso que he sido necia
en no haberos conocido.
¿Quién sino quien sois pudiera
valerme en tanto peligro?
Dadme los brazos.
FEDERICO.
Merezca
vuestra mano.
CASANDRA.
No es razón.
Dejadles pagar la deuda,
señor Conde Federico.
FEDERICO.
El alma os dé la respuesta.
(_Hablen quedo, y diga Batín_).
BATÍN.
Ya que ha sido nuestra dicha
que esta gran señora sea
por quien íbamos a Mantua,
solo resta que yo sepa
si eres tú Vuestra Merced,
Señoría o Excelencia,
para que pueda medir
lo razonado a las prendas.
LUCRECIA.
Desde mis primeros años
sirvo, amigo, a la Duquesa,
soy domestica criada;
visto y desnudo a Su Alteza.
BATÍN.
¿Eres camarera?
LUCRECIA.
No.
BATÍN.
Serás haciacamarera,
como que lo fuiste a ser
y te quedaste a la puerta.
Tal ves tienen los señores
como lo que tú me cuentas
unas criadas malillas,
entre doncellas y dueñas,
que son todo y no son nada.
¿Cómo te llamas?
LUCRECIA.
Lucrecia.
BATÍN.
¿La de Roma?
LUCRECIA.
Más acá.
BATÍN.
¡Gracias a Dios, que con ella
topé! Que desde su historia,
traigo llena la cabeza
de castidades forzadas
y de diligencias necias.
¿Tú viste a Tarquinio?
LUCRECIA.
¿Yo?
BATÍN.
¿Y qué hicieras si le vieras?
LUCRECIA.
¿Tienes mujer?
BATÍN.
¿Por qué causa
lo preguntas?
LUCRECIA.
Porque pueda
ir a tomar su consejo.
BATÍN.
Herísteme por la treta.
¿Tú sabes quien soy?
LUCRECIA.
¿De qué?
BATÍN.
¿Es posible que no llega
aun hasta Mantua la fama
de Batín?
LUCRECIA.
¿Por qué excelencias?
Pero tú debes de ser
como unos necios que piensan
que en todo el mundo su nombre
por único se celebra,
y apenas le sabe nadie.
BATÍN.
No quiera Dios que tal sea,
ni que murmure envidioso
de las virtudes ajenas;
esto dije por donaire,
que no porque piense o tenga
satisfacción y arrogancia.
Verdad es que yo quisiera
tener fama entre hombres sabios
que ciencia y letras profesan,
que en la ignorancia común
no es fama sino cosecha,
que sembrando disparates
coge lo mismo que siembra.
CASANDRA.
Aún no acierto a encarecer
el haberos conocido,
poco es lo que había oído
para lo que vengo a ver,
el hablar, el proceder
a la persona conforma,
hijo y mi señor, de forma
que muestra en lo que habéis hecho
cuál es el alma del pecho
que tan gran sujeto informa.
Dicha ha sido haber errado
el camino que seguí,
pues más presto os conocí
por yerro tan acertado;
cual suele en el mar airado
la tempestad, después de ella
ver aquella lumbre bella,
así fue mi error la noche,
mar el río, nave el coche,
yo el piloto, y vos mi estrella.
Madre os seré desde hoy,
señor Conde Federico,
y de este nombre os suplico
que me honréis, pues ya lo soy.
De vos tan contenta estoy,
y tanto el alma repara
en prenda tan dulce y cara,
que me da más regocijo
teneros a vos por hijo
que ser Duquesa en Ferrara.
FEDERICO.
Basta que me dé temor,
hermosa señora, el veros;
no me impida el responderos,
turbarme tanto favor:
hoy el Duque, mi señor,
en dos divide mi ser,
que del cuerpo pudo hacer
que mi ser primero fuese,
para que el alma debiese
a mi segundo nacer.
De estos nacimientos dos
lleváis, señora, la palma,
que para nacer con alma
hoy quiero nacer de vos,
que, aunque quien la infunde es Dios,
hasta que os vi, no sentía
en qué parte la tenía,
pues si conocerla os debo
vos me habéis hecho de nuevo,
que yo sin alma vivía.
Y de esto se considera,
pues que de vos nacer quiero,
que soy el hijo primero,
que el Duque de vos espera.
Y de que tan hombre quiera
nacer, no son fantasías,
que, para disculpas mías,
aquel divino crisol
ha seis mil años que es sol,
y nace todos los días.
(_El Marqués Gonzaga, Rutilio y criados_).
RUTILIO.
Aquí, señor, los dejé.
MARQUÉS.
Extraña desdicha fuera,
si el caballero que dices
no llegara a socorrerla.
RUTILIO.
Mandome alejar, pensando
dar nieve al agua risueña,
bañando en ella los pies
para que corriese perlas,
Y así no pudo llegar
tan presto mi diligencia,
y en brazos de aquel hidalgo
salió, señor, la Duquesa,
pero como vi que estaban
seguras en la ribera,
corrí a llamarte.
MARQUÉS.
Allí está,
entre el agua y el arena
el coche solo.
RUTILIO.
Estos sauces
nos estorbaron el verla.
Allí está con los criados
del caballero.
CASANDRA.
Ya llega
mi gente.
MARQUÉS.
¡Señora mía!
CASANDRA.
¡Marqués!
MARQUÉS.
Con notable pena
a todos nos ha tenido
hasta ahora Vuestra Alteza;
gracias a Dios que os hallamos
sin peligro.
CASANDRA.
Después de ellas
Las dad a este caballero.
Su piadosa gentileza
me sacó libre en los brazos.
MARQUÉS.
Señor Conde, ¿quién pudiera
sino vos favorecer
a quien ya es justo que tenga
el nombre de vuestra madre?
FEDERICO.
Señor Marqués, yo quisiera
ser un Júpiter entonces,
que transformándome cerca
en aquel ave imperial,
aunque las plumas pusiera
a la luz de tanto sol,
ya de Faetonte soberbia,
entre las doradas uñas,
tusón del pecho la hiciera,
y por el aire en los brazos
por mi cuidado la vieran
los del Duque, mi señor.
MARQUÉS.
El cielo, señor, ordena
estos sucesos que veis,
para que Casandra os deba
un beneficio tan grande
que desde este punto pueda
confirmar las voluntades,
y en toda Italia se vea
amarse tales contrarios,
y que en un sujeto quepan.
(_Hablen los dos, y aparte Casandra y Lucrecia_).
CASANDRA.
Mientras los dos hablan, dime
qué te parece, Lucrecia,
de Federico.
LUCRECIA.
Señora,
si tu me dieses licencia,
mi parecer te diría.
CASANDRA.
Aunque ya no sin sospecha,
yo te la doy.
LUCRECIA.
Pues yo digo...
CASANDRA.
Di.
LUCRECIA.
... que más dichosa fueras
si se trocara la suerte.
CASANDRA.
Aciertas, Lucrecia, y yerra
mi fortuna; mas ya es hecho,
porque cuando yo quisiera,
fingiendo alguna invención,
volver a Mantua, estoy cierta
que me matara mi padre,
y por toda Italia fuera
fábula mi desatino;
fuera de que no pudiera
casarme con Federico,
y así no es justo que vuelva
a Mantua, sino que vaya
a Ferrara, en que me espera
el Duque, de cuya libre
vida y condición me llevan
las nuevas con gran cuidado.
MARQUÉS.
¡Ea! ¡Nuestra gente venga,
y alegremente salgamos
del peligro de esta selva!
Parte delante a Ferrara,
Rutilio, y lleva las nuevas
al Duque del buen suceso,
si por ventura no llega
anticipada la fama,
que se detiene en las buenas
cuanto corre en siendo malas.
Vamos, señora, y prevengan
caballo al Conde.
FLORO.
¡El caballo
del Conde!
CASANDRA.
Vuestra Excelencia
irá mejor en mi coche.
FEDERICO.
Como mande Vuestra Alteza
que vaya, la iré sirviendo.
(_El Marqués lleve de la mano a Casandra, y quédense Federico y Batín_).
BATÍN.
¡Que bizarra es la Duquesa!
FEDERICO.
¿Parécete bien, Batín?
BATÍN.
Paréceme una azucena
que está pidiendo a la aurora,
en cuatro cándidas lenguas,
que le trueque en cortesía
los granos de oro a sus perlas.
No he visto mujer tan linda,
por Dios, señor, que si hubiera
lugar —porque suben ya,
y no es bien que la detengas—
que te dijera...
FEDERICO.
No digas
nada, que con tu agudeza
me has visto el alma en los ojos,
y el gusto me lisonjeas.
BATÍN.
¿No era mejor para ti
esta clavellina fresca,
esta naranja en azahar,
toda de pimpollos hecha,
esta alcorza de ámbar y oro,
esta Venus, esta Elena?
¡Pesia las leyes del mundo!
FEDERICO.
Ven, no les demos sospecha,
y seré el primer alnado
a quien hermosa parezca
su madrastra.
BATÍN.
Pues, señor,
no hay más de tener paciencia,
que a fe que a dos pesadumbres
ella te parezca fea.
(_Salgan el Duque de Ferrara, y Aurora su sobrina_).
DUQUE.
Hallarala en el camino
Federico, si partió
cuando dicen.
AURORA.
Mucho erró,
pues cuando el aviso vino
era forzoso el partir
a acompañar a Su Alteza.
DUQUE.
Pienso que alguna tristeza
pudo el partir diferir;
que, en fin, Federico estaba
seguro en su pensamiento
de heredarme, cuyo intento,
que con mi amor consultaba,
fundaba bien su intención,
porque es Federico, Aurora,
lo que más mi alma adora,
y fue casarme, traición
que hago a mi propio gusto;
que mis vasallos han sido
quien me ha forzado y vencido
a darle tanto disgusto,
si bien dicen que esperaban
tenerle por su señor,
o por conocer mi amor,
o porque también le amaban;
mas que los deudos que tienen
derecho a mi sucesión,
pondrán pleito con razón;
o que, si a las armas vienen,
no pudiendo concertallos,
abrasarán estas tierras,
porque siempre son las guerras
a costa de los vasallos.
Con esto determiné
casarme, no pude más.
AURORA.
Señor, disculpado estás,
yerro de fortuna fue:
pero la grave prudencia
del Conde, hallará templanza,
para que su confianza
tenga consuelo y paciencia;
aunque, en esta confusión
un consejo quiero darte,
que será remedio, en parte,
de su engaño y tu afición.
Perdona el atrevimiento
que, fiado en el amor
que me muestras, con valor
te diré mi pensamiento.
Yo soy, invicto Duque, tu sobrina;
hija soy de tu hermano,
que en su primera edad, como temprano
almendro que la flor al cierzo inclina,
cinco lustros (¡ay, suerte
crüel!) rindió la inexorable muerte.
Criásteme en tu casa, porque luego
quedé también sin madre;
tú solo fuiste mi querido padre,
y en el confuso laberinto ciego
de mis fortunas tristes,
el hilo de oro que de luz me vistes.
Dísteme por hermano a Federico,
mi primo en la crianza,
a cuya siempre honesta confianza,
con dulce trato honesto amor aplico,
no menos de él querida,
viviendo entrambos una misma vida,
una ley, un amor, un albedrío,
una fe nos gobierna,
que con el matrimonio será eterna,
siendo yo suya, y Federico mío,
que aun apenas la muerte
osará dividir lazo tan fuerte.
Desde la muerte de mi padre amado
tiene mi hacienda aumento;
no hay en Italia ahora casamiento
más igual a sus prendas y a su estado;
que yo entre muchos grandes,
ni miro a España, ni me aplico a Flandes.
Si le casas conmigo estás seguro
de que no se entristezca
de que Casandra sucesión te ofrezca,
sirviendo yo de su defensa y muro.
Mira si en este medio
promete mi consejo tu remedio.
DUQUE.
Dame tus brazos, Aurora,
que en mi sospecha y recelo
eres la misma del cielo
que mi noche ilustra y dora.
Hoy mi remedio amaneces,
y en el sol de tu consejo
miro, como en claro espejo,
el que a mi sospecha ofreces.
Mi vida y honra aseguras,
y así te prometo al Conde,
si a tu honesto amor responde
la fe con que le procuras,
que bien creo que estarás
cierta de su justo amor,
como yo, que tu valor,
Aurora, merece más.
Y así, pues vuestros intentos
conformes vienen a ser,
palabra te doy de hacer
juntos los dos casamientos.
Venga el Conde, y tú verás,
qué día a Ferrara doy.
AURORA.
Tu hija y tu esclava soy,
no puedo decirte más.
(_Entre Batín_).
BATÍN.
Vuestra Alteza, gran señor,
reparta entre mí y el viento
las albricias, porque a entrambos
se las debe de derecho;
que no sé cuál de los dos
vino en el otro corriendo,
yo en el viento, o él en mí,
él en mis pies, yo en su vuelo.
La Duquesa mi señora
viene buena, y si primero
dijo la fama que el río,
con atrevimiento necio,
volvió el coche, no fue nada,
porque el Conde al mismo tiempo
llegó, y la sacó en sus brazos,
con que las paces se han hecho
de aquella opinión vulgar
que nunca bien se quisieron
los alnados y madrastras;
porque con tanto contento
vienen juntos, que parecen
hijo y madre verdaderos.
DUQUE.
Esa paz, Batín amigo,
es la nueva que agradezco,
y que traiga gusto el Conde,
fuera de ser nueva, es nuevo.
¿Querrá Dios que Federico,
con su buen encendimiento,
se lleve bien con Casandra?
En fin ya los dos se vieron,
y en tiempo que pudo hacerle
ese servicio.
BATÍN.
Prometo
a Vuestra Alteza que fue
dicha de los dos.
AURORA.
Yo quiero
que me des nuevas también.
BATÍN.
¡Oh Aurora, que a la del cielo
das ocasión con el nombre
para decirte conceptos!
¿Qué me quieres preguntar?
AURORA.
Deseo de saber tengo
si es muy hermosa Casandra.
BATÍN.
Esa pregunta y deseo
no era de Vuestra Excelencia,
sino del Duque, mas pienso,
que entrambos sabéis por fama
lo que repetir no puedo,
porque ya llegan.
DUQUE.
Batín,
ponte esta cadena al cuello.
(_Entren con grande acompañamiento y bizarría Rutilio, Floro, Albano,
Lucindo, el Marqués Gonzaga, Federico, Casandra y Lucrecia_).
FEDERICO.
En esta huerta, señora,
os tienen hecho aposento
para que el Duque os reciba,
en tanto que disponiendo
queda Ferrara la entrada,
que a vuestros merecimientos
será corta, aunque será
la mayor que en estos tiempos
en Italia se haya visto.
CASANDRA.
Ya, Federico, el silencio
me provocaba a tristeza.
FEDERICO.
Fue de aquesta causa efecto.
FLORO.
Ya salen a recibiros
el Duque y Aurora.
DUQUE.
El cielo,
hermosa Casandra, a quien
con toda el alma os ofrezco
estos estados, os guarde
para su señora y dueño,
para su aumento y su honor,
los años de mi deseo.
CASANDRA.
Para ser de Vuestra Alteza
esclava, gran señor, vengo,
que de este título solo
recibe mi casa aumento,
mi padre honor y mi patria
gloria, en cuya fe poseo
los méritos de llegar
a ser digna de los vuestros.
DUQUE.
Dadme vos, señor Marqués,
los brazos, a quien hoy debo
prenda de tanto valor.
MARQUÉS.
En su nombre los merezco,
y por la parte que tuve
en este alegre himeneo,
pues hasta la ejecución
me sois deudor del concierto.
AURORA.
Conoced, Casandra, a Aurora.
CASANDRA.
Entre los bienes que espero
de tanta ventura mía,
es ver, Aurora, que os tengo
por amiga y por señora.
AURORA.
Con serviros, con quereros
por dueño de cuanto soy,
solo responder os puedo.
¡Dichosa Ferrara ha sido,
oh Casandra, en mereceros
para gloria de su nombre!
CASANDRA.
Con tales favores entro,
que ya en todas mis acciones
próspero fin me prometo.
DUQUE.
Sentaos porque os reconozcan
con debido amor mis deudos
y mi casa.
CASANDRA.
No replico;
cuanto mandáis obedezco.
(_Siéntense debajo de dosel el Duque y Casandra, y el Marqués y
Aurora_).
CASANDRA.
¿No se sienta el Conde?
DUQUE.
No,
porque ha de ser el primero,
que os ha de besar la mano.
CASANDRA.
Perdonad, que no consiento
esa humildad.
FEDERICO.
Es agravio
de mi amor; fuera de serlo,
es ir contra mi obediencia.
CASANDRA.
Eso no.
FEDERICO.
¡Temblando llego!
CASANDRA.
Teneos.
FEDERICO.
No lo mandéis.
Tres veces, señora, beso
vuestra mano: una por vos,
con que humilde me sujeto
a ser vuestro mientras viva,
de estos vasallos ejemplo;
la segunda por el Duque
mi señor, a quien respeto
obediente; y la tercera
por mí, porque no teniendo
más por vuestra obligación,
ni menos por su precepto,
sea de mi voluntad,
señora, reconoceros,
que la que sale del alma
sin fuerza de gusto ajeno
es verdadera obediencia.
CASANDRA.
De tan obediente cuello
sean cadena mis brazos.
DUQUE.
Es Federico discreto.
MARQUÉS.
Días ha, gallarda Aurora,
que los deseos de veros
nacieron de vuestra fama,
y a mi fortuna le debo
que tan cerca me pusiese
de vos, aunque no sin miedo,
para que sepáis de mí
que, puesto que se cumplieron,
son mayores de serviros
cuando tan hermosa os veo.
AURORA.
Yo, señor Marqués, estimo
ese favor como vuestro,
porque ya de vuestro nombre,
que por las armas eterno
será en Italia, tenía
noticia por tantos hechos.
Lo de galán ignoraba,
y fue ignorancia, os confieso,
porque soldado y galán
es fuerza, y más en sujeto
de tal sangre y tal valor.
MARQUÉS.
Pues haciendo fundamento
de ese favor, desde hoy
me nombro vuestro, y prometo
mantener en estas fiestas
a todos los caballeros
de Ferrara, que ninguno
tiene tan hermoso dueño.
DUQUE.
Que descanséis es razón,
que pienso que entreteneros
es hacer la necedad
que otros casados dijeron.
No diga el largo camino
que he sido dos veces necio,
y amor que no estimo el bien,
pues no le agradezco el tiempo.
(_Todos se entran con grandes cumplimientos, y quédanse Federico y
Batín_).
FEDERICO.
¡Qué necia imaginación!
BATÍN.
¿Cómo necia? ¿Qué tenemos?
FEDERICO.
Bien dicen que nuestra vida
es sueño, y que toda es sueño,
pues que no solo dormidos,
pero aun estando despiertos,
cosas imagina un hombre
que al más abrasado enfermo
con frenesí no pudieran
llegar a su entendimiento.
BATÍN.
Dices bien, que alguna vez
entre muchos caballeros
suelo estar, y sin querer
se me viene al pensamiento
dar un bofetón a uno
y morderle del pescuezo.
Si estoy en algún balcón,
estoy pensando y temiendo
echarme de él y matarme.
Si estoy en la iglesia oyendo
algún sermón, imagino
que le digo que está impreso.
Dame gana de reír
si voy en algún entierro,
y si dos están jugando,
que les tiro el candelero.
Si cantan, quiero cantar;
y si alguna dama veo,
en mi necia fantasía
asirla del moño intento,
y me salen mil colores
como si lo hubiera hecho.
FEDERICO.
¡Jesús! ¡Dios me valga! ¡Afuera,
desatinados conceptos
de sueños despiertos! Yo
¿tal imagino, tal pienso,
tal me prometo, tal digo,
tal fabrico, tal emprendo?
¡No más, extraña locura!
BATÍN.
¿Pues tú para mí secreto?
FEDERICO.
Batín, no es cosa que hice,
y así nada te reservo,
que las imaginaciones
son espíritus sin cuerpo.
Lo que no es, ni ha de ser,
no es esconderte mi pecho.
BATÍN.
Y si te lo digo yo,
¿negarásmelo?
FEDERICO.
Primero
que puedas adivinarlo,
habrá flores en el cielo,
y en este jardín estrellas.
BATÍN.
Pues mira cómo lo acierto:
que te agrada tu madrastra,
y estás entre ti diciendo...
FEDERICO.
¡No lo digas! Es verdad.
Pero yo ¿qué culpa tengo,
pues el pensamiento es libre?
BATÍN.
Y tanto, que por su vuelo
la inmortalidad del alma
se mira como en espejo.
FEDERICO.
Dichoso es el Duque.
BATÍN.
Y mucho.
FEDERICO.
Con ser imposible, llego
a estar envidioso de él.
BATÍN.
Bien puedes, con presupuesto,
de que era mejor Casandra
para ti.
FEDERICO.
Con eso puedo
morir de imposible amor,
y tener posibles celos.
ACTO SEGUNDO.
(_Salen Casandra y Lucrecia_).
LUCRECIA.
Con notable admiración
me ha dejado Vuestra Alteza.
CASANDRA.
No hay altezas con tristeza,
y más si bajezas son;
más quisiera, y con razón,
ser una ruda villana,
que me hallara la mañana
al lado de un labrador,
que desprecio de un señor
en oro, púrpura y grana.
Pluguiera a Dios que naciera
bajamente, pues hallara
quien lo que soy estimara,
y a mi amor correspondiera.
En aquella humilde esfera,
como en las camas reales,
se gozan contentos tales
que no los crece el valor,
si los efectos de amor
son en las noches iguales.
No los halla a dos casados
el sol, por las vidrieras
de cristal a las primeras
luces del alba, abrazados
con más gusto, ni en dorados
techos más descanso halló;
que tal vez su rayo entró
del aurora a los principios
por mal ajustados ripios,
y un alma en dos cuerpos vio.
Dichosa la que no siente
un desprecio autorizado,
y se levanta del lado
de su esposo alegremente;
la que en la primera fuente
mira o lava, ¡oh cosa rara!,
con las dos manos la cara,
y no en llanto, cuando fue
mujer de un hombre sin fe,
con ser Duque de Ferrara.
Sola una noche le vi
en mis brazos en un mes,
y muchas le vi después
que no quiso verme a mí.
Pero de que viva así
¿cómo me puedo quejar,
pues que me pudo enseñar
la fama que quien vivía
tan mal no se enmendaría,
aunque mudase lugar?
Que venga un hombre a su casa,
cuando viene al mundo el día,
que viva a su fantasía,
por libertad de hombre pasa.
¿Quién puede ponerle tasa?
Pero que con tal desprecio
trate una mujer de precio
de que es casado olvidado,
o quiere ser desdichado
o tiene mucho de necio.
El Duque debe de ser
de aquellos cuya opinión,
en tomando posesión,
quieren en casa tener
como alhaja la mujer
para adorno, lustre y gala,
silla o escritorio en sala.
Y es término que condeno,
porque con marido bueno
¿cuándo se vio mujer mala?
La mujer de honesto trato
viene para ser mujer
a su casa, que no a ser
silla, escritorio o retrato.
Basta ser un hombre ingrato,
sin que sea descortés,
y es mejor, si causa es
de algún pensamiento extraño,
no dar ocasión al daño,
que remediarle después.
LUCRECIA.
Tu discurso me ha causado
lástima y admiración,
que tan grande sinrazón
puede ponerte en cuidado.
¿Quién pensara que, casado,
fuera el Duque tan vicioso,
o que no siendo amoroso,
cortés, como dices, fuera,
con que tu pecho estuviera
para el agravio animoso?
En materia de galán
puédese picar con celos
y dar algunos desvelos
cuando dormidos están:
el desdén, el ademán,
la risa con quien pasó,
alabar al que la habló,
con que despierta el dormido.
Pero celos a marido
¿quién en el mundo los dio?
¿Hale escrito Vuestra Alteza
a su padre estos enojos?
CASANDRA.
No, Lucrecia, que mis ojos
solo saben mi tristeza.
LUCRECIA.
Conforme a naturaleza,
y a la razón, mejor fuera
que el Conde te mereciera,
y que, contigo casado,
asegurando su estado
su nieto le sucediera.
Que aquestas melancolías
que trae el Conde no son,
señora, sin ocasión.
CASANDRA.
No serán sus fantasías,
Lucrecia, de envidias mías,
ni yo hermanos le daré;
con que Federico esté
seguro que no soy yo
la que la causa le dio;
desdicha de entrambos fue.
(_Salen el Duque, Federico, y Batín_).
DUQUE.
Si yo pensara, Conde, que te diera
tanta tristeza el casamiento mío,
antes de imaginarlo me muriera.
FEDERICO.
Señor, fuera notable desvarío
entristecerme a mí tu casamiento,
ni de tu amor por eso desconfío.
Advierta, pues, tu claro entendimiento,
que si del casamiento me pesara,
disimular supiera el descontento.
La falta de salud se ve en mi cara,
pero no la ocasión.
DUQUE.
Mucho presumen
los médicos de Mantua y de Ferrara,
y todos finalmente se resumen
en que casarte es el mejor remedio
en que tales tristezas se consumen.
FEDERICO.
Para doncellas era mejor medio,
señor, que para un hombre de mi estado,
que no por esos medios me remedio.
CASANDRA.
Aun apenas el Duque me ha mirado.
¡Desprecio extraño y vil descortesía!
LUCRECIA.
Si no te ha visto, no será culpado.
CASANDRA.
Fingir descuido es brava tiranía.
Vamos, Lucrecia, que si no me engaño,
de este desdén le pesará algún día.
(_Vanse las dos_).
DUQUE.
Si bien de la verdad me desengaño,
yo quiero proponerte un casamiento
no lejos de tu amor, ni en reino extraño.
FEDERICO.
¿Es por ventura Aurora?
DUQUE.
El pensamiento
me hurtaste, al producirle por los labios
como quien tuvo el mismo sentimiento.
Yo consulté los más ancianos sabios
del magistrado nuestro, y todos vienen
en que esto sobredora tus agravios.
FEDERICO.
Poca experiencia de mi pecho tienen;
neciamente me juzgan agraviado,
pues sin causa ofendido me previenen.
Ellos saben que nunca reprobado
tu casamiento de mi voto ha sido,
antes por tu sosiego deseado.
DUQUE.
Así lo creo y siempre lo he creído,
y esa obediencia, Federico, pago
con estar de casarme arrepentido.
FEDERICO.
Señor, porque no entiendas que yo hago
sentimiento de cosa que es tan justa,
y el amor que me muestras satisfago,
sabré primero si mi prima gusta,
y luego, disponiendo mi obediencia,
pues lo contrario fuera cosa injusta,
haré lo que me mandas.
DUQUE.
Su licencia
tengo firmada de su misma boca.
FEDERICO.
Yo sé que hay novedad de cierta ciencia,
y que, porque a servirla le provoca,
el Marqués en Ferrara se ha quedado.
DUQUE.
Pues eso, Federico, ¿qué te toca?
FEDERICO.
Al que se ha de casar le da cuidado
el galán que ha servido, y aun enojos,
que es escribir sobre papel borrado.
DUQUE.
Si andan los hombres a mirar antojos,
encierren en castillos las mujeres
desde que nacen, contra tantos ojos;
que el más puro cristal, si verte quieres,
se mancha del aliento; mas ¿qué importa
si del mirar escrupuloso eres?,
pues luego que se limpia y se reporta,
tan claro queda como estaba de antes.
FEDERICO.
¡Muy bien tu ingenio y tu valor me exorta!
Señor, cuando centellas rutilantes
escupe alguna fragua, y el que fragua
quiere apagar las llamas resonantes,
moja las brasas de la ardiente fragua,
pero, rebeldes ellas, crecen luego,
y arde el fuego voraz lamiendo el agua.
Así un marido, del amante ciego,
templa el deseo y la primera llama,
pero puede volver más vivo el fuego;
y así debo temerme de quien ama,
que no quiero ser agua que le aumente
dando fuego a mi honor y humo a mi fama.
DUQUE.
Muy necio, Conde, estás, e impertinente:
hablas de Aurora cual si noche fuera,
con bárbaro lenguaje, e indecente.
FEDERICO.
Espera.
DUQUE.
¿Para qué?
FEDERICO.
Señor, espera.
(_Vase_).
BATÍN.
¡Oh, qué bien has negociado
la gracia del Duque!
FEDERICO.
Espero
su desgracia, porque quiero
ser en todo desdichado;
que mi desesperación
ha llegado a ser de suerte
que solo para la muerte
me permite apelación.
Y si muriera, quisiera
poder volver a vivir
mil veces, para morir
cuantas a vivir volviera.
Tal estoy que no me atrevo
ni a vivir ni a morir ya,
por ver que el vivir será
volver a morir de nuevo.
Y si no soy mi homicida,
es por ser mi mal tan fuerte,
que, porque es menos la muerte,
me dejo estar con la vida.
BATÍN.
Según esto, ni tu quieres
vivir, Conde, ni morir,
que entre morir y vivir
como hermafrodita eres,
que como aquel se compone
de hombre y mujer, tú de muerte
y vida, que de tal suerte
la tristeza te dispone,
que ni eres muerte ni vida.
Pero, ¡por Dios!, que, mirado
tu desesperado estado,
me obligas a que te pida
o la razón de tu mal,
o la licencia de irme
adonde que fui confirme
desdichado por leal.
Dame tu mano.
FEDERICO.
Batín,
si yo decirte pudiera
mi mal, mal posible fuera,
y mal que tuviera fin;
pero la desdicha ha sido,
que es mi mal de condición
que no cabe en mi razón,
sino solo en mi sentido;
que cuando por mi consuelo
voy a hablar, me pone en calma
ver que de la lengua al alma
hay más que del suelo al cielo.
Vete si quieres también,
y déjame solo aquí,
porque no haya cosa en mí
que aun tenga sombra de bien.
(_Entren Casandra y Aurora_).
CASANDRA.
¿De eso lloras?
AURORA.
¿Le parece
a Vuestra Alteza, señora,
sin razón, si el Conde ahora
me desprecia y aborrece?
Dice que quiero al Marqués
Gonzaga. ¿Yo a Carlos? ¿Yo?
¿Cuándo? ¿Cómo? Pero no,
que ya sé lo que esto es.
Él tiene en su pensamiento
irse a España, despechado
de ver su padre casado;
que antes de su casamiento
la misma luz de sus ojos
era yo, pero ya soy
quien en los ojos le doy,
y mis ojos sus enojos.
¿Qué aurora nuevas del día
trujo al mundo, sin hallar
al Conde, donde a buscar
la de sus ojos venía?
¿En qué jardín, en qué fuente
no me dijo el Conde amores?
¿Qué jazmines o qué flores
no fueron mi boca y frente?
¿Cuándo de mí se apartó?
¿Qué instante vivió sin mí?
¿O cómo viviera en sí,
si no le animara yo?
Que tanto el trato acrisola
la fe de amor, que de dos
almas que nos puso Dios
hicimos un alma sola.
Esto desde tiernos años,
porque con los dos nació
este amor que hoy acabó
a manos de sus engaños.
¡Tanto pudo la ambición
del estado que ha perdido!
CASANDRA.
Pésame de que haya sido,
Aurora, por mi ocasión.
Pero templa tus desvelos
mientras voy a hablar con él,
si bien es cosa crüel
poner en razón los celos.
AURORA.
¿Yo, celos?
CASANDRA.
Con el Marqués,
dice el Duque.
AURORA.
Vuestra Alteza
crea que aquella tristeza
ni es amor, ni celos es.
(_Vase Aurora_).
CASANDRA.
Federico.
FEDERICO.
Mi señora,
dé Vuestra Alteza la mano
a su esclavo.
CASANDRA.
¿Tú en el suelo?
Conde, no te humilles tanto,
que te llamaré Excelencia.
FEDERICO.
Será de mi amor agravio;
ni me pienso levantar
sin ella.
CASANDRA.
Aquí están mis brazos.
¿Qué tienes? ¿Qué has visto en mí?
Parece que estás temblando.
¿Sabes ya lo que te quiero?
FEDERICO.
El haberlo adivinado
el alma lo dijo al pecho,
el pecho al rostro, causando
el sentimiento que miras.
CASANDRA.
Déjanos solos un rato,
Batín, que tengo que hablar
al Conde.
BATÍN.
¡El Conde turbado,
y hablarle Casandra a solas!
No lo entiendo.
(_Vase_).
FEDERICO.
¡Ay, cielo! En tanto
que muero fénix, poned
a tanta llama descanso,
pues otra vida me espera.
CASANDRA.
Federico, aunque reparo
en lo que me ha dicho Aurora
de tus celosos cuidados,
después que vino conmigo
a Ferrara el Marqués Carlos,
por quien de casarte dejas,
apenas me persuado
que tus méritos desprecies
siendo, como dicen sabios,
desconfianza y envidia;
que más tiene de soldado,
aunque es gallardo el Marqués,
que de galán cortesano.
De suerte que lo que pienso
de tu tristeza y recato
es porque el Duque tu padre
se casó conmigo, dando
por ya perdida tu acción,
a la luz del primer parto,
que a sus estados tenías;
y siendo así que yo causo
tu desasosiego y pena,
desde aquí te desengaño;
que puedes estar seguro
de que no tendrás hermanos,
porque el Duque solamente
por cumplir con sus vasallos
este casamiento ha hecho;
que sus viciosos regalos,
por no les dar otro nombre,
apenas el breve espacio
de una noche, que a su cuenta
fue cifra de muchos años,
mis brazos le permitieron;
que a los deleites pasados
ha vuelto con mayor furia,
roto el freno de mis brazos.
Como se suelta al estruendo
un arrogante caballo
del atambor (porque quiero
usar de término casto),
que del bordado jaez
va sembrando los pedazos:
allí las piezas del freno
vertiendo espumosos rayos,
allí la barba y la rienda,
allí las cintas y lazos;
así el Duque, la obediencia
rota al matrimonio santo,
va por mujercillas viles
pedazos de honor sembrando:
allí se deja la fama,
allí los laureles y arcos,
los títulos y los nombres
de sus ascendientes claros;
allí el valor, la salud,
y el tiempo tan mal gastado,
haciendo las noches días
en estos indignos pasos,
con que sabrás cuán seguro
estás de heredar su estado;
o escribiendo yo a mi padre
que es más que esposo, tirano,
para que me saque libre
del Argel de su palacio,
si no anticipa la muerte
breve fin a tantos daños.
FEDERICO.
Comenzando Vuestra Alteza
riñéndome, acaba en llanto
su discurso, que pudiera
en el más duro peñasco
imprimir dolor. ¿Qué es esto?
Sin duda que me ha mirado
por hijo de quien la ofende;
pero yo la desengaño
que no parezca hijo suyo
para tan injustos casos.
Esto persuadido así,
de mi tristeza me espanto
que la atribuyas, señora,
a pensamientos tan bajos.
¿Ha menester Federico
para ser quien es, estados?
¿No lo son los de mi prima
si yo con ella me caso,
o si la espada, por dicha,
contra algún príncipe saco
de estos confinantes nuestros,
los que le quitan restauro?
No procede mi tristeza
de interés, y aunque me alargo
a más de lo que es razón,
sabe, señora, que paso
una vida la más triste
que se cuenta de hombre humano,
desde que Amor en el mundo
puso las flechas al arco.
Yo me muero sin remedio,
mi vida se va acabando
como vela, poco a poco,
y ruego a la muerte en vano
que no aguarde a que la cera
llegue al último desmayo,
sino que con breve soplo
cubra de noche mis años.
CASANDRA.