(_Floro, Febo, Ricardo, Albano, Lucindo, el Duque detrás, galán, de

soldado_).

RICARDO.

Ya estaban disponiendo recibirte.

DUQUE.

Mejor sabe mi amor adelantarse.

CASANDRA.

¿Es posible, señor, que persuadirte

pudiste a tal agravio?

FEDERICO.

Y de agraviarse,

quejosa mi señora la Duquesa,

parece que mi amor puede culparse.

DUQUE.

Hijo, el paterno amor, que nunca cesa

de amar su propia sangre y semejanza,

para venir facilitó la empresa,

que ni cansancio ni trabajo alcanza

a quien de ver a sus queridas prendas

más hiciera en sufrir larga esperanza.

Y tú, señora, así es razón que entiendas

el mismo amor, y en igualarte al Conde

por encarecimiento no te ofendas.

CASANDRA.

Tu sangre y su virtud, señor, responde

que merece el favor; yo le agradezco,

pues tu valor al suyo corresponde.

DUQUE.

Bien sé que a entrambos ese amor merezco,

y que estoy de los dos tan obligado

cuanto mostrar en la ocasión me ofrezco,

que Federico gobernó mi estado

en mi ausencia, he sabido, tan discreto

que vasallo ninguno se ha quejado.

En medio de las armas, os prometo

que imaginaba yo con la prudencia

que se mostraba senador perfeto.

¡Gracias a Dios que con infame ausencia

los enemigos del Pastor romano

respetan en mi espada su presencia!

Ceñido de laurel besé su mano,

después que me miró Roma triunfante

como si fuera el español Trajano.

Y así pienso trocar de aquí adelante

la inquietud en virtud, porque mi nombre,

como le aplaude aquí, después le cante;

que cuando llega a tal estado un hombre,

no es bien que, ya que de valor mejora,

el vicio más que la virtud le nombre.

RICARDO.

Aquí vienen, señor, Carlos y Aurora.

(_Carlos y Aurora_).

AURORA.

Tan bien venido Vuestra Alteza sea,

como le está esperando quien le adora.

MARQUÉS.

Dad las manos a Carlos, que desea

que conozcáis su amor.

DUQUE.

Paguen los brazos

deudas del alma en que tan bien se emplea.

Aunque siente el amor los largos plazos,

todo lo goza el venturoso día

que llega a merecer tan dulces lazos.

Con esto, amadas prendas, yo querría

descansar del camino, y porque es tarde

después celebraréis tanta alegría.

FEDERICO.

Un siglo el cielo, gran señor, te guarde.

(_Todos se van con el Duque, y quedan Batín y Ricardo_).

BATÍN.

¡Ricardo amigo!

RICARDO.

¡Batín!

BATÍN.

¿Cómo fue por esas guerras?

RICARDO.

Como quiso la justicia,

siendo el cielo su defensa.

Llana queda Lombardía,

y los enemigos quedan

puestos en fuga afrentosa,

porque el león de la Iglesia

pudo, con solo un bramido,

dar con sus armas en tierra.

El Duque ha ganado un nombre

que por toda Italia suena;

que si mil mató Saúl

cantan por él las doncellas

que David mató cien mil;

conque ha sido tal la enmienda

que traemos otro Duque.

Ya no hay damas, ya no hay cenas,

ya no hay broqueles ni espadas,

ya solamente se acuerda

de Casandra, ni hay amor

más que el Conde y la Duquesa.

El Duque es un santo ya.

BATÍN.

¡Qué me dices! ¡Qué me cuentas!

RICARDO.

Que como otros con las dichas

dan en vicios y en soberbias,

tienen a todos en poco,

tan inmortales se sueñan,

el Duque se ha vuelto humilde

y parece que desprecia

los laureles de su triunfo;

que el aire de las banderas

no le ha dado vanagloria.

BATÍN.

Plegue al cielo que no sea,

después de estas humildades,

como aquel hombre de Atenas

que pidió a Venus le hiciese

mujer, con ruegos y ofrendas,

una gata dominica,

quiero decir, blanca y negra.

Y estando en su estrado un día,

con moño y enaguas de tela,

vio pasar un animal

de aquestos, como poetas,

que andan royendo papeles,

y dando un salto ligera

de la tarima al ratón,

mostró que, en naturaleza,

la que es gata será gata,

la que es perra será perra,

_in secula seculorum_.

RICARDO.

No hayas miedo tú que vuelva

el Duque a sus mocedades,

y más si a los hijos llega,

que con las manillas blandas

las barbas más graves peinan

de los más fieros leones.

BATÍN.

Yo me holgaré de que sea

verdad.

RICARDO.

Pues, Batín, adiós.

BATÍN.

¿Dónde vas?

RICARDO.

Fabia me espera.

(_Vase_).

(_Entre el Duque con algunos memoriales_).

DUQUE.

¿Está algún crïado aquí?

BATÍN.

Aquí tiene Vuestra Alteza

el más humilde.

DUQUE.

Batín.

BATÍN.

Dios te guarde, bueno llegas.

Dame la mano.

DUQUE.

¿Qué hacías?

BATÍN.

Estaba escuchando nuevas

de tu valor a Ricardo,

que es gran coronista de ellas.

Héctor de Italia te hacía.

DUQUE.

¿Cómo ha pasado en mi ausencia

el gobierno con el Conde?

BATÍN.

Cierto, señor, que pudiera

decir que igualó en la paz

tus hazañas en la guerra.

DUQUE.

¿Llevose bien con Casandra?

BATÍN.

No se ha visto, que yo sepa,

tan pacífica madrastra

con su alnado; es muy discreta,

y muy virtuosa y santa.

DUQUE.

No hay cosa que le agradezca

como estar bien con el Conde,

que como el Conde es la prenda

que más quiero y más estimo,

y conocí su tristeza

cuando a la guerra partí,

notablemente me alegra

que Casandra se portase

con él con tanta prudencia;

que estén en paz y amistad,

que es la cosa que desea

mi alma con más afecto

de cuantas pedir pudiera

al cielo; y así, en mi casa

hoy, dos victorias se cuentan:

la que de la guerra traigo,

y la de Casandra bella

conquistando a Federico.

Yo pienso de hoy más quererla

sola en el mundo, obligado

de esta discreta fineza

y cansado juntamente

de mis mocedades necias.

BATÍN.

Milagro ha sido del Papa

llevar, señor, a la guerra

al Duque Luis de Ferrara,

y que un ermitaño vuelva.

¡Por Dios, que puedes fundar

otra Camáldula!

DUQUE.

Sepan

mis vasallos que otro soy.

BATÍN.

Mas dígame Vuestra Alteza,

¿cómo descansó tan poco?

DUQUE.

Porque al subir la escalera

de palacio, algunos hombres

que aguardaban mi presencia

me dieron estos papeles,

y temiendo que son quejas

quise descansar en verlos,

y no descansar con ellas.

Vete, y déjame aquí solo,

que deben los que gobiernan

esta atención a su oficio.

BATÍN.

El cielo que remunera

el cuidado de quien mira

el bien público, prevenga

laureles a tus victorias,

siglos a tu fama eterna.

(_Vase_).

DUQUE.

Este dice:

(_lea_).

«Señor, yo soy Estacio,

que estoy en los jardines de palacio,

y, enseñado a plantar hierbas y flores,

planté seis hijos, a los dos mayores

suplico que les deis...».

Basta, ya entiendo,

con más cuidado ya premiar pretendo.

«Lucinda dice que quedó viuda

del capitán Arnaldo...».

También pide.

«Albano, que ha seis años que reside».

Este pide también.

«Julio Camilo,

preso, porque sacó...».

Del mismo estilo.

«Paula de san Germán, doncella honrada...».

Pues si es honrada, no le falta nada,

si no quiere que yo le dé marido.

Este viene cerrado, y mal vestido

un hombre me le dio, todo turbado,

que quise detenerle con cuidado.

«Señor, mirad por vuestra casa atento,

que el Conde y la Duquesa en vuestra ausencia...».

No me ha sido traidor el pensamiento.

Habrán regido mal, tendré paciencia.

«... ofenden con infame atrevimiento

vuestra cama y honor».

¿Qué resistencia

harán a tal desdicha mis enojos?

«Si sois discreto, os lo dirán los ojos».

¿Qué es esto que estoy mirando?

Letras, ¿decís esto, o no?

¿Sabéis que soy padre yo

de quien me estáis informando

que el honor me está quitando?

¡Mentís, que no puede ser!

¿Casandra me ha de ofender?

¿No veis que es mi hijo el Conde?

Pero ya el papel responde

que es hombre, y ella mujer.

¡Oh, fieras letras, villanas!

Pero direisme que sepa

que no hay maldad que no quepa

en las flaquezas humanas.

De las iras soberanas

debe de ser permisión.

Esta fue la maldición

que a David le dio Natán;

la misma pena me dan,

y es Federico Absalón.

Pero mayor viene a ser,

cielo, si así me castigas,

que aquellas eran amigas

y Casandra es mi mujer.

El vicioso proceder

de las mocedades mías

trujo el castigo, y los días

de mi tormento, aunque fue

sin gozar a Bersabé,

ni quitar la vida a Urías.

¡Oh, traidor hijo!, si ha sido

verdad, porque yo no creo

que emprenda caso tan feo

hombre de otro hombre nacido.

Pero si me has ofendido...,

¡oh, si el cielo me otorgara

que después que te matara,

de nuevo a hacer te volviera,

pues tantas muertes te diera

cuantas veces te engendrara!

¡Qué deslealtad! ¡Qué violencia!

¡Oh, ausencia! ¡Qué bien se dijo

que aun un padre de su hijo

no tiene segura ausencia!

¿Cómo sabré con prudencia

verdad que no me disfame

con los testigos que llame?

Ni así la podré saber,

porque ¿quién ha de querer

decir verdad tan infame?

Mas ¿de qué sirve informarme,

pues esto no se dijera

de un hijo, cuando no fuera

verdad que pudo infamarme?

Castigarle no es vengarme,

ni se venga el que castiga,

ni esto a información me obliga;

que mal que el honor estraga

no es menester que se haga,

porque basta que se diga.

(_Entre Federico_).

FEDERICO.

Sabiendo que no descansas,

vengo a verte.

DUQUE.

Dios te guarde.

FEDERICO.

Y a pedirte una merced.

DUQUE.

Antes que la pidas, sabes

que mi amor te la concede.

FEDERICO.

Señor, cuando me mandaste

que con Aurora mi prima

por tu gusto me casase,

lo fuera notable mío;

pero fueron más notables

los celos de Carlos, y ellos

entonces causa bastante

para no darte obediencia.

Mas después que te ausentaste

supe que mi grande amor

hizo que ilusiones tales

me trujesen divertido.

En efecto, hicimos paces,

y le prometí, señor,

en satisfacción casarme,

como me dieses licencia

luego que el bastón dejases.

Esta te pido y suplico.

DUQUE.

No pudieras, Conde, darme

mayor gusto. Vete ahora

porque trate con tu madre,

pues es justo darle cuenta;

que no es razón que te cases

sin que lo sepa y le pidas

licencia, como a tu padre.

FEDERICO.

No siendo su sangre yo,

¿para qué quiere dar parte

Vuestra Alteza a mi señora?

DUQUE.

¿Qué importa no ser su sangre

siendo tu madre Casandra?

FEDERICO.

Mi madre Laurencia yace

muchos años ha difunta.

DUQUE.

¿Sientes que madre la llame?

Pues dícenme que en mi ausencia,

de que tengo gusto grande,

estuvisteis muy conformes.

FEDERICO.

Eso, señor, Dios lo sabe;

que prometo a Vuestra Alteza,

aunque no acierto en quejarme,

pues la adora, y es razón

que, aunque es para todos ángel,

que no lo ha sido conmigo.

DUQUE.

Pésame de que me engañen,

que me dicen que no hay cosa

que más Casandra regale.

FEDERICO.

A veces me favorece,

y a veces quiere mostrarme

que no es posible ser hijos

los que otras mujeres paren.

DUQUE.

Dices bien y yo lo creo,

y ella pudiera obligarme

más que en quererme en quererte,

pues con estas amistades

aseguraba la paz.

Vete con Dios.

FEDERICO.

Él te guarde.

(_Vase_).

DUQUE.

No sé cómo he podido

mirar, Conde traidor, tu infame cara.

¡Qué libre, qué fingido,

con la invención de Aurora se repara

para que yo no entienda

que puede ser posible que me ofenda!

Lo que más me asegura

es ver con el cuidado y diligencia,

que a Casandra murmura

que le ha tratado mal en esta ausencia,

que piensan los delitos

que callan cuando están hablando a gritos.

De que la llame madre

se corre, y dice bien, pues es su amiga

la mujer de su padre,

y no es justo que ya madre se diga.

Pero yo, ¿cómo creo

con tal facilidad caso tan feo?

¿No puede un enemigo

del Conde haber tan gran traición forjado,

porque con su castigo,

sabiendo mi valor, quede vengado?

Ya de haberlo creído,

si no estoy castigado, estoy corrido.

(_Entren Casandra y Aurora_).

AURORA.

De vos espero, señora,

mi vida en esta ocasión.

CASANDRA.

Ha sido digna elección

de tu entendimiento, Aurora.

AURORA.

Aquí está el Duque.

CASANDRA.

Señor,

¿tanto desvelo?

DUQUE.

A mi estado

debo, por lo que he faltado,

estos indicios de amor.

Si bien del Conde y de vos

ha sido tan bien regido,

como muestra agradecido

este papel de los dos.

Todos alaban aquí

lo que los dos merecéis.

CASANDRA.

Al Conde, señor, debéis

ese cuidado, no a mí,

que, sin lisonja, os prometo

que tiene heroico valor,

en toda acción superior,

gallardo como discreto:

un retrato vuestro ha sido.

DUQUE.

Ya sé que me ha retratado

tan igual en todo estado,

que por mí le habéis tenido,

de que os prometo, señora,

debida satisfacción.

CASANDRA.

Una nueva petición

os traigo, señor, de Aurora.

Carlos la pide, ella quiere,

y yo os lo suplico.

DUQUE.

Creo,

que le ha ganado el deseo,

quien en todo le prefiere.

El Conde se va de aquí,

y me la ha pedido ahora.

CASANDRA.

¿El Conde ha pedido a Aurora?

DUQUE.

Sí, Casandra.

CASANDRA.

¿El Conde?

DUQUE.

Sí.

CASANDRA.

Solo de vos lo creyera.

DUQUE.

Y así se la pienso dar.

Mañana se han de casar.

CASANDRA.

Será como Aurora quiera.

AURORA.

Perdóneme Vuestra Alteza,

que el Conde no será mío.

DUQUE.

¿Qué espero más? ¿Qué porfío?

Pues, Aurora, en gentileza,

entendimiento y valor,

¿no vence al Marqués?

AURORA.

No sé.

Cuando quise y le rogué,

él me despreció, señor,

y ahora que él quiere, es justo

que yo le desprecie a él.

DUQUE.

Hazlo por mí, no por él.

AURORA.

El casarse ha de ser gusto,

yo no le tengo del Conde.

DUQUE.

Extraña resolución.

CASANDRA.

Aurora tiene razón,

aunque atrevida responde.

DUQUE.

No tiene, y ha de casarse,

aunque le pese.

CASANDRA.

Señor,

no uséis del poder, que amor

es gusto y no ha de forzarse.

(_Vanse Aurora y el Duque_).

Ay de mí, que se ha cansado

el traidor Conde de mí.

(_Entre el Conde_).

FEDERICO.

¿No estaba mi padre aquí?

CASANDRA.

¿Con qué infame desenfado,

traidor Federico, vienes,

habiendo pedido a Aurora

al Duque?

FEDERICO.

Paso, señora,

mira el peligro que tienes.

CASANDRA.

¡Qué peligro, cuando estoy,

villano, fuera de mí!

FEDERICO.

¿Pues tú das voces así?

(_Entre el Duque acechando_).

DUQUE.

Buscando testigos voy.

Desde aquí quiero escuchar,

que, aunque mal, tengo de oír,

Lo que no puedo sufrir

es lo que vengo a buscar.

FEDERICO.

Oye, señora, y repara

en tu grandeza siquiera.

CASANDRA.

¿Cuál hombre en el mundo hubiera

que cobarde me dejara,

después de haber obligado

con tantas ansias de amor

a su gusto mi valor?

FEDERICO.

Señora, aún no estoy casado.

Asegurar pretendí

al Duque, y asegurar

nuestra vida, que durar

no puede, Casandra, así;

que no es el Duque algún hombre

de tan baja condición

que a sus ojos, ni es razón,

se infame su ilustre nombre.

Basta el tiempo que tan ciegos

el amor nos na tenido.

CASANDRA.

¡Oh, cobarde, mal nacido!

Las lágrimas y los ruegos

hasta hacernos volver locas

robando las honras nuestras,

que de las traiciones vuestras

cuerdas se libraron pocas,

¿ahora son cobardías?

¡Pues, perro, sin alma estoy!

DUQUE.

Si aguardo, de mármol soy.

¿Qué esperáis desdichas mías?

Sin tormento han confesado,

pero sin tormento no,

que claro está que soy yo

a quien el tormento han dado.

No es menester más testigo,

confesaron de una vez;

prevenid pues sois jüez,

honra, sentencia y castigo.

Pero de tal suerte sea,

que no se infame mi nombre,

que en público siempre a un hombre

queda alguna cosa fea.

Y no es bien que hombre nacido

sepa que yo estoy sin honra,

siendo enterrar la deshonra

como no haberla tenido.

Que aunque parece defensa

de la honra el desagravio,

no deja de ser agravio

cuando se sabe la ofensa.

(_Vase_).

CASANDRA.

¡Ay, desdichadas mujeres!

¡Ay, hombres falsos sin fe!

FEDERICO.

Digo, señora, que haré

todo lo que tú quisieres,

y esta palabra te doy.

CASANDRA.

¿Será verdad?

FEDERICO.

Infalible.

CASANDRA.

Pues no hay a Amor imposible.

Tuya he sido, y tuya soy;

No ha de faltar invención

para vernos cada día.

FEDERICO.

Pues vete, señora mía,

y pues tienes discreción,

finge gusto, pues es justo,

con el Duque.

CASANDRA.

Así lo haré

sin tu ofensa; que yo sé

que el que es fingido no es gusto.

(_Vanse los dos_).

(_Entren Aurora y Batín_).

BATÍN.

Yo he sabido, hermosa Aurora,

que ha de ser, o ya lo es,

tu dueño el señor Marqués,

y que a Mantua os vais, señora.

Y así vengo a suplicar,

que allá me llevéis.

AURORA.

Batín,

mucho me admiro. ¿A que fin

al Conde quieres dejar?

BATÍN.

Servir mucho y medrar poco

es un linaje de agravio

que al más cuerdo, que al más sabio,

o le mata o vuelve loco.

«Hoy te doy, mañana no;

quizá te daré después».

Yo no sé «quizá» quién es,

mas sé que nunca «quizó».

Fuera de esto, está endiablado

el Conde; no sé qué tiene:

ya triste, ya alegre viene,

ya cuerdo, ya destemplado.

La Duquesa, pues, también

insufrible y desigual.

Pues donde va a todos mal,

¿quieres que me vaya bien?

El Duque, santo fingido,

consigo a solas hablando,

como hombre que anda buscando

algo que se le ha perdido.

Toda la casa lo está;

contigo a Mantua me voy.

AURORA.

Si yo tan dichosa soy

que el Duque a Carlos me da,

yo te llevaré conmigo.

BATÍN.

¡Beso mil veces tus pies,

y voy a hablar al Marqués!

(_Vase, y entra el Duque_).

DUQUE.

¡Ay, honor, fiero enemigo!

¿Quién fue el primero que dio

tu ley al mundo? ¡Y que fuese

mujer quien en sí tuviese

tu valor, y el hombre no!

Pues sin culpa el más honrado

te puede perder, honor,

bárbaro legislador

fue tu inventor, no letrado.

Mas dejarla entre nosotros

muestra que fuiste ofendido,

pues esta invención ha sido

para que lo fuesen otros.

¡Aurora!

AURORA.

Señor.

DUQUE.

Ya creo

que con el Marqués te casa

la Duquesa, y yo a su ruego;

que más quiero contentarla

que dar este gusto al Conde.

AURORA.

Eternamente obligada

quedo a servirte.

DUQUE.

Bien puedes

decir a Carlos que a Mantua

escriba al Duque, su tío.

AURORA.

Voy donde el Marqués aguarda

tan dichosa nueva.

(_Vase Aurora_).

DUQUE.

Cielos,

hoy se ha de ver en mi casa,

no más de vuestro castigo:

alzad la divina vara.

No es venganza de mi agravio,

que yo no quiero tomarla

en vuestra ofensa, y de un hijo

ya fuera bárbara hazaña.

Este ha de ser un castigo

vuestro no más, porque valga

para que perdone el cielo

el rigor por la templanza.

Seré padre y no marido

dando la justicia santa

a un pecado sin vergüenza

un castigo sin venganza.

Esto disponen las leyes

del honor, y que no haya

publicidad en mi afrenta

con que se doble mi infamia.

Quien en público castiga

dos veces su honor infama;

pues, después que le ha perdido

por el mundo le dilata.

La infame Casandra dejo

de pies y manos atada,

con un tafetán cubierta,

y, por no escuchar sus ansias,

con una liga en la boca,

porque, al decirle la causa,

para cuanto quise hacer

medio lugar, desmayada.

Esto aun pudiera, ofendida,

sufrir la piedad humana;

pero dar la muerte a un hijo,

¿qué corazón no desmaya?

Solo de pensarlo, ¡ay, triste!,

tiembla el cuerpo, espira el alma,

lloran los ojos, la sangre

muere en las venas heladas,

el pecho se desalienta,

el entendimiento falta,

la memoria está corrida

y la voluntad turbada.

Como arroyo que detiene

el hielo de noche larga,

del corazón a la boca

prende el dolor las palabras.

¿Qué quieres, amor? ¿No ves

que Dios a los hijos manda

honrar los padres, y el Conde

su mandamiento quebranta?

Déjame, amor, que castigue

a quien las leyes sagradas

contra su padre desprecia,

pues tengo por cosa clara

que si hoy me quita la honra,

la vida podrá mañana.

Cincuenta mató Artajerjes

con menos causa, y la espada

de Darío, Torcuato y Bruto

ejecutó sin venganza,

las leyes de la justicia.

Perdona, Amor, no deshagas

el derecho del castigo,

cuando el Honor, en la sala

de la Razón presidiendo,

quiere sentenciar la causa.

El fiscal Verdad le ha puesto

la acusación, y está clara

la culpa, que Ojos y Oídos

juraron en la probanza;

Amor y Sangre, abogados,

le defienden, mas no basta,

que la Infamia y la Vergüenza

son de la parte contraria.

La Ley de Dios, cuando menos,

es quien la culpa relata;

su Conciencia quien la escribe.

¿Pues para qué me acobardas?

Él viene. ¡Ay, cielos, favor!

(_Entre el Conde_).

FEDERICO.

Basta que en palacio anda

pública fama, señor,

que con el Marqués Gonzaga

casas a Aurora, y que luego

se parta con ella a Mantua.

¿Mándasme que yo lo crea?

DUQUE.

Conde, ni sé lo que tratan

ni he dado al Marqués licencia,

que traigo en cosas más altas

puesta la imaginación.

FEDERICO.

Quien gobierna, mal descansa.

¿Qué es lo que te da cuidado?

DUQUE.

Hijo, un noble de Ferrara

se conjura contra mí

con otros que le acompañan.

Fiose de una mujer

que el secreto me declara:

necio quien de ellas se fía,

discreto quien las alaba.

Llamé al traidor finalmente,

que un negocio de importancia

dije que con él tenía,

y cerrado en esta cuadra

le dije el caso, y apenas

le oyó, cuando se desmaya,

con que pude fácilmente,

en la silla donde estaba,

atarle y cubrir el cuerpo,

porque no viese la cara

quien a matarle viniese,

por no alborotar a Italia.

Tú has venido, y es más justo

hacer de ti confianza

para que nadie lo sepa.

Saca animoso la espada,

Conde, y la vida le quita,

que a la puerta de la cuadra

quiero mirar el valor

con que mi enemigo matas.

FEDERICO.

¿Pruébasme acaso, o es cierto

que conspirar intentaban

contra ti los dos que dices?

DUQUE.

Cuando un padre a un hijo manda

una cosa injusta o justa,

¿con él se pone a palabras?

¡Vete, cobarde, que yo...!

FEDERICO.

Ten la espada, y aquí aguarda,

que no es temor, pues que dices

que es una persona atada;

pero no sé qué me ha dado

que me está temblando el alma.

DUQUE.

¡Quédate, infame!

FEDERICO.

Ya voy,

que, pues tú lo mandas, basta.

Pero ¡vive Dios...!

DUQUE.

¡Oh, perro!

FEDERICO.

Ya voy, detente, y si hallara

el mismo César, le diera

por ti, ¡ay, Dios!, mil estocadas.

DUQUE.

Aquí lo veré. Ya llega,

ya con la punta la pasa:

ejecute mi justicia

quien ejecutó mi infamia.

¡Capitanes! ¡Hola, gente!

¡Venid los que estáis de guarda!

¡Ah, caballeros, criados!

¡Presto!

(_Entren el Marqués, Aurora, Batín, Ricardo y todos los demás que se

han introducido_).

MARQUÉS.

¿Para qué nos llamas,

señor, con tan altas voces?

DUQUE.

¿Hay tal maldad? A Casandra

ha muerto el Conde, no más

de porque fue su madrastra

y le dijo que tenía

mejor hijo en sus entrañas

para heredarme. ¡Matadle,

matadle! ¡El Duque lo manda!

MARQUÉS.

¿A Casandra?

DUQUE.

Sí, Marqués.

MARQUÉS.

Pues no volveré yo a Mantua

sin que la vida le quite.

DUQUE.

Ya con la sangrienta espada

sale el traidor.

(_Salga el Conde_).

FEDERICO.

¿Qué es aquesto?

Voy a descubrir la cara

del traidor que me decías,

y hallo...

DUQUE.

¡No prosigas! ¡Calla!

¡Matadle, matadle!

MARQUÉS.

¡Muera!

FEDERICO.

¡Oh, padre! ¿Por qué me matan?

DUQUE.

En el tribunal de Dios,

traidor, te dirán la causa.

Tú, Aurora, con este ejemplo

parte con Carlos a Mantua,

que él te merece, y yo gusto.

AURORA.

Estoy, señor, tan turbada

que no sé lo que responda.

BATÍN.

Di que sí, que no es sin causa

todo lo que ves, Aurora.

AURORA.

Señor, desde aquí a mañana

te daré respuesta.

(_Salga el Marqués_).

MARQUÉS.

Ya

queda muerto el Conde.

DUQUE.

En tanta

desdicha, aun quieren los ojos

verle muerto con Casandra.

(_Descúbralos_).

MARQUÉS.

Vuelve a mirar un castigo

sin venganza.

DUQUE.

No es tomarla

el castigar la justicia.

Valor sobra y llanto falta:

pagó la maldad que hizo

por heredarme.

BATÍN.

Aquí acaba,

senado, aquella tragedia

del castigo sin venganza,

que, siendo en Italia asombro,

hoy es ejemplo en España.

_Laus Deo, & M. V._

El castigo sin venganza · 第 3 / 3 段