brisa dulcísima, o dónde cantan más deliciosamente los pájaros. Conoce
todos los secretos de la ciudad, como si la ciudad hubiera sido hecha
para su goce exclusivo. Obsérvese atentamente y se verá que las gentes
llamadas poderosas y felices se reservan los puntos más desagradables de
la ciudad, tales como las calles estrechas y llenas de carros,
estrepitosas, sucias, irrespirables; en cambio el _atorrante_ se reserva
los puntos más deliciosos. A cualquier hora del día, pero singularmente
en las horas de más frío o calor, los jardines están solitarios; si el
tiempo es de bochorno y de sudor, los árboles no tienen a quien
albergar, y si hace frío, en las explanadas de los paseos el sol no
tiene a quien acariciar con su tibieza. Las gentes sabias y felices
están ocupadas en trabajar, en reunir elementos de dicha... y la dicha
real está en otra parte. Entonces el _atorrante_ bendice la providencia
de los hombres, que han construído unos jardines tan hermosos, y se
recrea en ellos. Se tumba tranquilamente, y deja que el ave rara de la
felicidad le roce con su ala misteriosa.
¿Y de qué se alimenta el _atorrante_? Preguntad a los gorriones de qué
viven: de lo fortuito, de lo desconocido, de las migajas caídas. Aquí
abre la portezuela de un ricacho, allí recoge el pañuelo que se le cayó
a una dama, más allá aguarda el paso de los padrinos de un bautizo, en
otra parte busca un coche de alquiler para un señor que lleva prisa; o
come las sobras de los cuarteles, o pide una limosna a los transeuntes,
o llega en el momento de la comida de los obreros, y con sublime
cinismo, él come pan ganado con el sudor de la frente ajena. Vive de
milagro, según dice la gente; pero él no cree en el milagro, y sabe que
la vida es cosa natural, simple, lógica, y que el acto de comer no
merece la transcendencia que se le da. Toda la humanidad preocupada con
la conquista del pan, ¡cuando el pan llega a la boca del individuo sin
ningún esfuerzo! Esta verdad la conocen muy bien los gorriones, los
_atorrantes_, y la conocía también Jesús Nazareno, cuando predicaba a
los obcecados judíos diciéndoles: “¿Atesoran las aves del campo? Sin
embargo, ellas están bien gordas y adornadas...”
Es extraño que los sociólogos argentinos no se hayan apoderado de este
problema del _atorrantismo_, tratándolo en sus fases curiosas,
originales, características. Ya que se trata de un ejemplar diferente
del vagabundo, y que adopta aspectos que pudieran llamarse nacionales,
bien se merece largos y detenidos estudios. Yo he preferido hablar de él
como de pasada, mirándolo desde el lado sentimental.
Vayan estas líneas dedicadas a ese tipo singular, el cual, quizá por un
fenómeno de paradoja, merece toda mi ferviente simpatía...
LOS “PAYADORES”
He aquí unos personajes anacrónicos que en plena Pampa tienen la extraña
virtud de reproducir las costumbres trovadorescas de la Edad Media.
El _payador_ es un rústico y rudimentario _trovero_, que si no mantiene
la finura y la delicadeza de sus antepasados europeos, conserva los
hábitos de bohemia y de parasitismo que distinguían a trovadores y
juglares. Es algo más que un juglar, porque no se limita a repetir las
coplas que otros inventaran, y un poco menos que un trovador, a causa de
su incultura y rusticidad.
En fin, es un pícaro con donaire y con imaginación que acierta a vivir
lindamente de las sobras y los regalos, y que, igual que los juglares,
solicita un “vaso de buen vino”, que para él se convierte en un frasco
de ginebra.
Su especialidad, dentro de la retórica trovadoresca, suelen ser las
_tensiones_. Le gusta a él, y todavía le gusta más a su público, que
otro _payador_ acepte el reto. Entonces, en las veladas que siguen a los
bautizos, bodas, esquileo de ovejas y hierra de ganados, los dos
_payadores_ se sitúan frente a frente, disponen sus guitarras, y con una
tonada monótona que recuerda bastante a cierta música andaluza, se
traban en una lucha de discreteos, de mordacidades y también de
insultos. A la copla de uno contesta el contrincante como puede, y es
más estimado el _payador_ que acierta a sugerir burlas y alusiones más
ingeniosas. Si además sabe embellecer su canto con algunas imágenes
poéticas e ingenuamente rimbombantes, el público le concede grandes
agasajos y larga estima.
La gente del campo en la Argentina conserva el recuerdo de algunos
famosos _payadores_, y hasta se ha formado la leyenda del máximo
_payador_, el más glorioso de todos y el más inexistente.
En efecto, la literatura argentina ha podido utilizar, no siempre con
fortuna, la leyenda de _Santos Vega_, especie de héroe gauchesco que
recorría las _estancias_ y las _pulperías_ a lomo de su buen caballo, y
armado de su guitarra sonora. Nadie sabía cantar como él; nadie más
ingenioso, inventivo y conmovedor; inutilmente osaban contra él todos
los adversarios. Pero un día, estando a la sombra de un ombú rodeado de
admiradores, bruscamente llega un desconocido y pide licencia para
luchar con el héroe. Cantan los dos, y pronto conoce _Santos Vega_ que
su gloria ha terminado para siempre. ¡Su contrincante sabe cantar mejor
que él, y el auditorio, mudo de terror, tiene que reconocerlo así!...
¿Quién era aquel payador misterioso, que tanto sabía cantar, y que al
punto de su victoria huye sin dejar rastro? No podía ser otro que el
diablo... Vencido, pues, por el mismo demonio, _Santos Vega_ cae en una
profunda melancolía y muere.
EL EXITO DEL “MARTIN FIERRO”
El poema de José Hernández tuvo desde el principio una aceptación
ruidosa; el pueblo inculto lo acogió como la expresión más sincera y
veraz del alma, de las costumbres y de los modismos populares, y pronto
las mismas personas ilustradas reconocieron al “Martín Fierro” un valor
de cosa oportuna y providencialmente acertada. Sin embargo, como a otras
muchas obras de imaginación, las gentes doctas tardaron bastante tiempo
en atribuir a este poema popular el mérito de originalidad y de
excepción que hoy se le concede en los países del Plata.
En el prefacio a la edición décimocuarta, que utilizo en este momento,
los impresores se congratulan de haber llegado a la cifra de 62.000
ejemplares, “hecho sin precedente en estos países americanos”, como los
mismos editores confiesan con admiración. “Aquí, en Buenos Aires, la
ciudad de más movimiento intelectual del Nuevo Mundo (sic), no conocemos
resultado semejante, ni aun tratándose de aquellas obras políticas,
literarias o económicas, que lograron alcanzar gran boga. Millares tras
millares ha colocado sin dificultad el editor de cada edición, en medio
de la sorpresa que experimentaba al recibir, hasta por telégrafo,
pedidos que le hacían de diversos puntos de la campaña...”
Primeramente apareció “El Gaucho Martín Fierro”, y en vista de su boga
el autor se apresuró a dar la segunda parte, con el título de “La Vuelta
de Martín Fierro”.
SARMIENTO
Domingo F. Sarmiento es una de las figuras más culminantes de la
República Argentina. Su vida, que por gracia de los dioses fué muy
larga, la dedicó enteramente al progreso y la cultura de su país.
Carácter original y combativo, tenía las características de su verdadera
raza, la española. Sin embargo, o tal vez por lo mismo, España le debe
bastantes juicios agrios y una enemistad que, por lo apasionada e
injusta, demuestra igualmente su procedencia española...
Asumió desde la juventud la tarea de organizar un país que carecía de
todo, empleando la espada o la pluma, afrontando el destierro, no
tomándose un instante de reposo, puesto que a todas horas disputaba,
contradecía, enseñaba, siempre con una candente violencia. Un día se
presentó en el Congreso y comenzó su discurso: “¡Traigo los puños llenos
de verdades!...”
Su violencia le ganó el sobrenombre de loco. Los más corteses se
reducían a titularle energúmeno. Era un hombre, en efecto, que no estaba
nunca satisfecho, y que pelearía con su sombra si le faltasen objetos de
combate. No le faltaban, sin duda. Salió a la palestra cuando la
Argentina cruzaba la zona más difícil de su existencia; cuando la
tiranía de Rozas empujaba al país hacia un ignominioso retroceso
político; cuando las mejores flores de la cultura colonial, después de
algunos lustros de independencia, se malograban miserablemente; cuando
las ciudades se empobrecían y se embrutecían, y el gauchaje, como
reflujo bárbaro o indio, dominaba en esas ciudades.
Los tiempos y la ocasión no exigían, de seguro, procedimientos blandos.
Sarmiento, argentino también en esto, hizo de “compadre” intelectual
frente al cerril empecinamiento de la incultura. Fué audaz, violento,
agresivo, desafiador, sarcástico, brutal, en un país donde el valor y la
violencia individuales conservan tan profundo prestigio.
Estuvo reñido con todos; vivió formándose enemigos. Es cierto que se
movió en los lugares más favorecidos por la saña y la tempestad: el
periodismo y la política.
No le exijamos, pues, una cualidad de escritor consumado; no queramos
ver en él un estilista, un gran creador de figuras novelescas, ni un
erudito. No tuvo tiempo para formarse una personalidad literaria. Sólo
tuvo tiempo para reñir y aguantar polémicas.
Sin embargo, resulta el escritor más personal de la Argentina, tal vez
el más completo hombre de letras de su país. Y a la distancia, después
que el ruido eventual se ha despejado, queda de Sarmiento únicamente su
figura literaria. El mismo Mitre, hermano suyo en genialidad, nos aporta
una figura más compleja, y no pueden separarse de él las cualidades de
militar y de gobernante, asociadas para siempre a la historia argentina.
Escribiendo fragmentariamente, nutriéndose de cultura al pasar, viviendo
en continua zozobra, Sarmiento ha logrado dibujarse como una vigorosa
personalidad literaria. Posee un sabor intenso, imborrable, original.
Sin que su estilo se distinga por ninguna condición expresa, escribiendo
con frecuencia deshilachadamente, logra, no obstante, componerse una
vigorosa personalidad literaria.
Es personal siempre, pero a la manera más estimable y profunda, no por
un amaneramiento estilista. Su naturaleza portentosa vibra y rebosa en
sus inmensos trabajos. Nada se escapa a su interés. Escribe de
costumbres, de crítica literaria, de política, de sociología, de
pedagogía. Cuando su espíritu reposa, sabe componer páginas tan sentidas
y poéticas como las de “Facundo” o de “Recuerdos de Provincia”.
Creemos interesante reproducir algunos trozos literarios de Sarmiento,
como muestra de su estilo y de su opinión a propósito de las cosas de
España. Entresacamos unas páginas de un viaje por la Península,
realizado en la primera mitad del siglo XIX. Siempre es curioso oir las
impresiones que nuestro país le merece a un intelectual americano,
especialmente en una época tan agitada. Lástima que la “moda romántica”
y el recuerdo reciente del viaje de Alejandro Dumas le hagan incurrir en
defectos de tono, en amaneramientos de escuela literaria y en esas
exageraciones habituales al ritual romántico-progresista del siglo
pasado.
* * * * *
_Madrid, Noviembre, 15 de 1846_.
Esta España, que tantos malos ratos me ha dado, téngola por fin en el
anfiteatro, bajo la mano; la palpo ahora, le estiro las arrugas, y si
por fortuna me toca andarle con los dedos sobre una llaga, a fuer de
médico, aprieto maliciosamente la mano para que le duela, como aquellos
escribanos de los Tribunales revolucionarios, o de la inquisición de
antaño, que de las inocentes palabras del declarante sacaban por una
inflexión de la frase el medio de mandarlo a la guillotina o a las
llamas. Preguntado cuál es su nombre, etc., y no respondiendo, el
escribano pone: “se obstina en ocultar su nombre”. Interrogado de nuevo,
dice que es sordo; entonces escribe, “el acusado confiesa que conspira
sordamente”. Y luego aquellos benditos padres, con su hábito chorreado
de polvito sevillano, con su voz gangosa, condolida y melíflua:
“¡hermano! ¡abandonaos a la misericordia infinita del Santo
Tribunal!...” “¡Infeliz! si os callais, sois condenado como hereje
contumaz, endurecido; si hablais una palabra, seréis sospechado de leve,
de grave, de gravísimo, de relapso, de todo, menos de que sois hombre,
de que tenéis razón, de que sois inocente”, porque esa sospecha no pasó
nunca por aquellas almas devotas.
Poned, pues, entera fe en la severidad e imparcialidad de mis juicios,
que nada tienen de prevenidos. He venido a España con el santo propósito
de levantarla el proceso verbal, para fundar una acusación, que, como
fiscal reconocido ya, tengo de hacerla ante el Tribunal de la opinión en
América; a bien que no son jueces tachables por parentesco ni
complicidad los que han de oir mi alegato. Traíame, además, el objeto de
estudiar los métodos de lectura, la ortografía, pronunciación y cuanto a
la lengua tiene relación. De lo primero he hecho una pobre cosecha, y
del resto encontrado secretos que a su tiempo verán la luz. Imaginaos a
estos buenos godos hablando conmigo de cosas varias y yo anotando:--no
existe la pronunciación áspera de la _v_; la _h_ fué aspirada, fué _j_,
cuando no fué _f_; el francés los invade; no sabe lo que se dice este
académico; ignoran el griego; traducen y traducen mal lo malo. A
propósito, una noche hablábamos de ortografía con Ventura de la Vega y
otros, y la sonrisa del desdén andaba de boca en boca rizando las
extremidades de los labios. ¡Pobres diablos de criollos, parecían
disimular, quién los mete a ellos en cosas tan académicas! Y como yo
pusiese en juego baterías de grueso calibre para defender nuestras
posiciones universitarias, alguien me hizo observar que, dado caso que
tuviésemos razón, aquella desviación de la ortografía usual establecía
una separación embarazosa entre la España y sus colonias. Este no es un
grave inconveniente, repuse yo con la mayor compostura y suavidad; como
allá no leemos libros españoles; como ustedes no tienen autores, ni
escritores, ni sabios, ni economistas, ni políticos, ni historiadores,
ni cosa que lo valga; como ustedes aquí y nosotros allá traducimos, nos
es absolutamente indiferente que ustedes escriban de un modo lo
traducido y nosotros de otro. No hemos visto allá más libro español que
uno que no es libro, los artículos de periódicos de Larra; o no sé si
ustedes pretenden que los escritos de Martínez de la Rosa son también
libros! Allá pasan sólo por copilaciones, por extractos, pudiendo
citarse la página de Blair, Boileau, Guisot, y veinte más, de donde ha
sacado tal concepto, o la idea madre que le ha sugerido otro
desenvolvimiento. Lo que daba más realce a esta preparación era que, a
cada nueva indicación, yo afectaba apoyarme en el asentimiento unánime
de mis oyentes. Como ustedes saben... decía yo, como ustedes no lo
ignoran... ¡Oh! estuve admirable, y no había concluído cuando todos me
habían dado las buenas noches...
Mas es preciso que os introduzca a España por dos caminos. Hay dos en
España para diligencia. Hay diligencias. ¿No lo creeis? Verdad de Dios,
y en prueba de ello que se mandaron a hacer a Francia las que viajan por
la carrera de Bayona a Madrid, que son las únicas que tienen forma y
comodidades humanas. Hay en ideas, como en cosas usuales en los pueblos,
ciertos puntos que han pasado ya a la conciencia, al sentido común, y
que no pueden alterarse sin causar escándalo, subversión en los ánimos.
Por ejemplo, el arnés de las bestias de tiro en Inglaterra, Francia,
Alemania o Estados Unidos, es una de esas cosas invariables; compónese
de correas negras, lustradas, con hebillas amarillas, afectando cuando
más en cada país diferencias insignificantes. Se entiende, pues, que la
diligencia ha de ser tirada por dos, cuatro, cinco caballos manejados
del pescante; que el conductor ha de llevar bota granadera, sombrero de
hule y largo chicote para animar sus caballos. Salís de Bayona hacia
Irún y Vitoria, y el francés, o el europeo caen, al pasar una colina,
en un mundo nuevo. La diligencia es tirada por ocho pares de mulas
puestas el tiro de dos en dos, a veces por diez pares en donde el devoto
repasándolas con la vista podría rezar su rosario; negras todas,
lustrosas, fusadas, rapadas, taraceadas, con grandes plumeros carmesí
sobre los moños, y testeras coloradas, y rapacejos y redes y borlas que
se sacuden al son de cien campanillas y cascabeles; animado este extraño
drama por el cochero, que en traje andaluz y con chamarra árabe, las
alienta con una retahila de blasfemias a hacer reventar en sangre otros
oídos que los españoles; con aquello de _arre p_.... marche la
_Zumalacarregui, anda... de la Virgen, ahí está el carlista... p...
Cristina janda, jandaaa!_ y Dios, los santos del cielo y las potestades
del infierno entran _pèle mèle_ en aquella tormenta de zurriagazos,
pedradas, gritos y obscenidades horribles. Triste cosa por cierto, que
en los dos países exclusivamente católicos de Europa, en Italia y
España, el pueblo veje, injurie, escupa a cada momento todos los objetos
de su adoración, de manera de hacer temblar un ateo. Leed aquellas
reyertas de los gondoleros de Venecia, descritas por Jorge Sand, en que
el uno echa en cara al otro para injuriarlo las sodomías, bestialidades
y torpezas de su madona.
El extranjero que no entiende aquella granizada de palabras
incoherentes, se cree en un país encantado, abobado con tanta borlita y
zarandaja, tanta bulla y tanto campanilleo, y declara a la España el
país más romancesco, más sideral, más poético, más extra-mundanal que
pudo soñarse jamás. Entonces pregunta dónde está Don Quijote y se
desespera por no ver aparecer los bandidos que han de detener la
diligencia y aligerarlo del peso de los francos, fruición que codicia
cada uno, para ponerla en lugar muy prominente en sus recuerdos de
viajes. M. Girardet, pintor delegado por la _Ilustración_ de París para
tomar bosquejos de las fiestas reales del próximo enlace de Montpensier,
y que había viajado por Egipto, Siria, Nubia y Abisinia, me decía
encantado: esto es más bello que los asnos del Cairo; ¿qué es lo que
dice el cochero... p... c...? Afortunadamente Mr. Blanchard, enviado por
Luis Felipe para bosquejar los grandes actos del drama de Madrid para
las galerías de Versalles, conocía mejor que yo, y gustaba más que yo de
aquella lengua, de la que daba detalles y muestras encantadoras. M.
Blanchard, grande admirador de la España, había residido muchos años,
agente secreto para la compra de cuadros de la escuela española, viajado
con muleteros seis meses en los puntos más salvajes de la España, sido
desnudado, aporreado y saqueado cinco veces; grande taurómaco, podía
darnos mil detalles picantes de las costumbres españolas que no están
escritas en libro alguno. Viajábamos los tres en la _imperial_, aunque
en lo más crudo del invierno, y no cupieran en un grueso volumen las
pláticas que sobre artes, viajes, historia, anécdotas tuvimos en cinco
días con sus noches, salvo alguna cabeceada para reparar las fuerzas.
Alejandro Dumas nos decía ayer, hablando de la España. “Poco me importa
la civilización de un país; lo que yo busco es la poesía, la naturaleza,
las costumbres”. El creador de las _Impresiones de viaje_, que han hecho
imposible escribir verdaderos viajes que interesen al lector, y el autor
de los cuentos inimitables que entretienen los ocios de todos los
pueblos civilizados, reconocía sin duda que el brillo de esta atmósfera
meridional, cuyos violados tintes se agrupan en el horizonte y en las
ondulaciones de este cielo desnudo, algunos paisajes que ha descrito
admirablemente, sin haberlos visto, en sus _Quince días en el monte
Sinaí_.
El aspecto físico de la España trae, en efecto, a la fantasía la idea
del Africa o de las planicies asiáticas. La Castilla Vieja es todavía
una pradera inmensa en la que pacen numerosos rebaños, de ovejas sobre
todo. La aldea miserable que el ojo del viajero encuentra, se muestra a
lo lejos terrosa y triste; árbol alguno abriga bajo su sombra aquellas
murallas medio destruídas, y en torno de las habitaciones, la flor más
indiferente no alza su tallo, para amenizar con sus colores escogidos la
vista desapacible que ofrecen llanuras descoloridas, arbustillos
espinosos, encinas enanas y en lontananza montañas descarnadas y
perfiles adustos. En cuanto a pintoresco y poesía, la España posee sin
embargo grandes riquezas, aunque por desgracia cada día va perdiendo
algo de su originalidad primitiva. Ya hace, por ejemplo, cuatro años que
la diligencia no es detenida por los bandidos con aquellas largas
carabinas que aún llevan consigo hasta hoy los muleteros, rasgo que
caracteriza a todas las sociedades primitivas, como los árabes, los
esclavones, los españoles. Dos artistas franceses acaban en estos días
de recorrer las montañas de la Ronda, atravesando en mula el reino de
Murcia, y continuando a pie su excursión, desde Sevilla a Madrid, sin
haber tenido la felicidad de ser atacados por los bandidos como se lo
habían prometido, a fin de descargar las carabinas de que se habían
provisto, o tomar las de Villadiego, según lo aconsejase la gravedad del
caso. En cambio la pobre España ha adquirido el municipal, bicho raro
importado de extrangis, y cuyo bulto eminentemente prosaico y
civilizador, recorre los caminos en traje de parada, disipando con su
presencia toda cavilación un poco poética. ¿Cómo pensar, en efecto, en
el Cid, los godos, o los moros, cuyas tiendas cubrían en otro tiempo
estas llanuras, cuando ve uno al gendarme o al guardia municipal con su
banderola amarilla, y su sombrero galoneado?...
* * * * *
Andando más adelante y saliendo de la Vizcaya, la vista se reposa sobre
el cuadro pintoresco que presenta Burgos, capital de Castilla la Vieja.
Por un acaso, feliz sin duda, la diligencia no llega a la ciudad, sino a
una hora avanzada de la noche que oculta al viajero el desaseo de la
población. Burgos con su catedral gótica, se levanta cual sombra de los
tiempos heróicos, como el alma en pena de la caballería española. M.
Girardet y un joven Manzano, de Concepción, me acompañaron para visitar
la ciudad silenciosa. Era ya media noche, y los pálidos rayos de la
luna, que de tiempo en tiempo atravesaban las nubes, se colaban por
entre la blonda transparente de las flechas de la catedral. El color
pardusco de aquella piedra, que ha recibido el baño galvánico de los
siglos, y la luz incierta del fondo sobre el cual se diseñaban las
numerosas agujas, torres y pináculos que decoran la masa del edificio,
daban al conjunto un aspecto fantástico que me traían a la memoria
aquellos efectos fantásticos de luna representados en las decoraciones
de ópera. Mis miradas se aguzaban en vano por distinguir en la masa
opaca los adornos de detalle que cubren de un bordado imperecedero la
superficie de la construcción, y cuya invención, variada al infinito,
con minuciosa prolijidad de ejecución, hacía la gloria del arquitecto de
la Edad Media. Girardet y yo nos acercábamos a tientas a los pórticos
que la luna nos alumbraba, para palpar las estatuas de apóstoles y
santos que guardan la entrada como mudos fantasmas.
Los serenos que guardan el reposo de los vecinos, debieron alarmarse al
ver dos bultos negros y silenciosos detenerse de distancia en distancia
como si temieran avanzar y rodando en torno de la iglesia a hora tan
excusada. Uno de ellos se dirigió hacia nosotros, bañándonos el rostro,
para reconocernos, con los rayos reconcentrados de su linterna de
reverbero; después habiéndose apercibido por algunas exclamaciones de
entusiasmo que se nos escapaban, de que éramos simples viajeros, se
ofreció comedidamente a servirnos de guía para hacernos ver los otros
monumentos de la ciudad.