actualmente, y amenaza prosperar hasta límites incalculables. La lengua
alemana sube como una marea, al compás del fecundo crecimiento de esa
prolífica raza tudesca. Pero este nuestro lenguaje, antes glorioso, está
destinado a superar todas las metas y todos los cálculos. Las numerosas
naciones que lo hablan, cada una por su parte se esmerará en dilatarlo;
allí sólo, en la cuenca hidrográfica del Río de la Plata, promete
dilatarse hasta pasmosas cantidades de millones. Será uno de los idiomas
príncipes, uno de los grandes combatientes de esa guerra incruenta, pero
formidable, del porvenir...
Todo, pues, cuanto hagamos por ennoblecer, robustecer y abrillantar esta
arma fuerte que nos han dado, será obra que leguemos a nuestros hijos,
méritos que hagamos para la gratitud de nuestros descendientes.
EL ESTILO DESMESURADO
Es singular el número de escritores exaltados que aparecen en América. A
despecho de todas las censuras y de todos los silencios acusadores,
continuamente brotan en aquellos climas poetas o prosistas que hablan en
tono agudo, en la nota del _do_, como los tenores.
Se trata sin duda de una enfermedad. Hay poeta por aquellas calles que
padece un verdadero delirio de persecución; otros sufren la manía de
grandezas. Componen sus estrofas como si estuviesen frente a frente de
la posteridad. Más que palabras, son gritos lo que pronuncian. Se creen
entes geniales o providenciales que vienen al mundo a deshacer algún
error descomunal. Se encaran con el público, lo apostrofan, hacen gestos
de iluminado. Adoptan el papel de vengadores del pueblo unas veces, y
su demagogia virulenta quiere fustigar no se sabe qué milenarias
tiranías. Otras veces muéstranse investidos de un aristocraticismo
bayroniano, y miran al mundo con un desdén que produce perplejidad.
Cuando la moda intelectual formó en todo el mundo tantos escritores
anarquistas y socialistas, los jóvenes argentinos exigieron también su
parte de excentricidad. Brotaron poetas blasfemos y anarquistas como
hongos. El más famoso fué Almafuerte, el cual, con sus versos
crepitantes, societarios y terribles, con su retórica fantástica y sus
gesticulaciones de Cristo de suburbio industrial, instauró en la
Argentina el reinado de lo energúmeno. Ha tenido, y tiene todavía,
entusiastas imitadores.
Energúmenos del verso y de la prosa, para ellos no existe la medida, la
discreción, el arte civilizado de reprimirse. Usan palabras fieras,
versos espeluznantes, donde se complacen en rimar batalla con metralla,
trapo con sapo.
Es curioso cómo aquellos exaltados hablan de esclavitudes y desolaciones
en medio de una sociedad completamente distraída; benévola y exenta de
amarguras fundamentales.
¿A qué se debe esa manera literaria, ese prurito de hablar en tono
agudo y de mostrarse con actitudes sibilíticas? ¿Será la herencia tardía
de Víctor Hugo? ¿La lectura precipitada de Nietzsche? ¿O tal vez el
latinismo, ese latinismo gestero y exagerado que se hincha y aumenta
bajo el clima fecundo de América?
Debe consistir también en la especial educación escolar y universitaria.
Se educa al niño a los sones de los himnos patrios, y para afirmar en él
el culto de los héroes nacionales, se le obliga a una especie de
gimnasia panegírica. Después de esta gimnasia, el joven que se pone a
escribir ve la vida en forma de apoteosis, los hombres los ve en
estatua, y él mismo se considera a sí propio como perorando en la cima
de un pedestal.
Para estos defectos suele ejercitarse, en los pueblos viejos, la acción
de la crítica o la amonestación tácita, pero eficaz, del público. Pero
allí se carece de crítica, y el público, desorientado o indeciso, no
acierta a ejercer presión sobre los vicios literarios. Verdadera
democracia aquélla, en donde cada cual dice lo que le gusta, se titula
genio si quiere, destroza el idioma o atenta contra la discreción, en la
seguridad de que nadie vendrá a atajarle.
Ha de transcurrir todavía mucho tiempo, antes de que pueda formarse una
rigurosa y prudente escala de valores, de categorías y de limitaciones.
La democracia literaria necesita desfogarse aún, hasta tanto que sus
mismos abusos la pongan en la precisión de buscarse una disciplina.
LA PROFESION INTELECTUAL
No sé si voy a decir una vana paradoja: a mi entender, la causa de la
penuria literaria argentina está en la riqueza material argentina.
Cualquier actividad a que se entregue un hombre inteligente, rendirá más
provecho que el cultivo de las letras. Una persona educada, de carrera o
de alguna relación, encuentra allí fácilmente un empleo, un sueldo
pingüe, y no es raro tampoco que esa persona alcance a reunir varios de
esos pingües empleos.
Salvada la necesidad económica, esa persona cultivada no sentirá deseo
de escribir y publicar páginas que han de rendirle poco provecho
material, a cambio de un esfuerzo nervioso tan considerable. Hay, es
cierto, la necesidad moral, y hasta el prurito vanidoso, de sentar plaza
de escritor; pero esto se consigue con un libro o dos. Así hay en la
Argentina tanto hombre de talento que ha escrito un libro único, y que
no escribe más.
¿Para qué escribir? A los oídos de los seres más puros y platónicos
llega continuamente el rumor de esa marea asombrosa de los negocios
argentinos. Llama frenéticamente a todas las puertas el demonio de la
especulación. Se hace imposible huir de la marea y del rumor satánico.
Se oyen noticias de operaciones fáciles, fabulosas. El hombre más
abstraído en sus problemas ideales tiene, por tanto, que escuchar esas
palabras de tentación. Los terrenos valorizados enormemente, las
Sociedades que se fundan en un día, el tanto por ciento crecido del
capital, las sorpresas, las gangas, los hallazgos: todo esto, que anda
por el aire, se infiltra en los gabinetes de estudio y ha malogrado
tantas fecundas vidas.
Los extranjeros no se libran del contagio; muchos doctores y sabios
europeos, llegados a la Argentina con fines pedagógicos e
investigativos, a los pocos años entraron en la vorágine económica y
dieron de lado a la ciencia. Conozco abogados distinguidos que abandonan
su bufete por atender a su heredad; y médicos que visitan a un enfermo
de prisa, porque tienen que marcharse a su _estancia_ para vender
_tropas_ de novillos. Por eso es cinco veces rara y heroica la vida de
Ameghino, que sólo quiso ser sabio, allí donde todos aspiran a ser
ricos.
En los países densos de Europa, el profesor no es más que profesor, el
médico es sólo médico, y el literato, literato. Aquí no es fácil
distraer la atención en varias actividades, porque la concurrencia
resulta muy reñida. El médico que quiera asaltar un puesto eminente y
reunir nutrida clientela, deberá consagrar todos los momentos de su vida
al trabajo profesional, porque de otro modo bien pronto será suplantado.
El hombre de ciencia se encierra en su gabinete y trabaja con una ruda
intensidad. No sólo es reñida la lucha por el renombre, sino la lucha
simple por la despensa. Y ahí está la fórmula, en fin, para la creación
de una cultura propia y consistente.
De la conjunción de tantas actividades intelectuales brota en el seno de
un país un cuerpo de doctrina nacional: así vemos que la doctrina y los
métodos educativos de Alemania son diferentes a los de Francia, y los de
Inglaterra distintos a los norteamericanos. Ese cuerpo de doctrina
alemán no es producto de un decreto del emperador; para llegar al
resultado de una _cultura alemana_ ha sido necesario que sus hombres de
estudio concentrasen apasionadamente sus vidas en el trabajo. Pero si a
esos resultados no se llega por decretos imperiales, ¿habrá recursos
conocidos y asimilables, excepción hecha de las condiciones de raza,
medio y tradición? Sin duda que existen varios de esos recursos. Uno, el
principal, es el estímulo.
La sociedad, con su estimación, resulta el más grande estímulo para los
hombres que emplean sus días en faenas intelectuales. De este modo un
Pasteur o un Berthelot hallan que sus trabajos han sido pagados
espléndidamente por la sociedad francesa, con aquella veneración,
aquellos agasajos de que eran rodeados en todo momento; cada francés se
consideraba afortunado por coexistir con los sabios que daban honor a la
Francia, y cada francés, asimismo, se consideraba glorioso nada más que
por ser compatriota de Rostand o France. En sus últimos años, Víctor
Hugo, gran vanidoso, viajaba en los imperiales de tranvía para ver cómo
las gentes se paraban en la calle, y señalándole y descubriéndose,
decían: _Allí va Víctor Hugo_.
En semejantes pueblos, la labor intelectual, siempre dolorosa, está
soberbiamente compensada con goces morales, que siendo tan vagos, son
los más poderosos incentivos del genio, y los únicos goces que conmueven
de veras al genio.
Otro medio popular de la cultura consiste en formar centros
universitarios tradicionales. Se observa con frecuencia que toda la
civilización de un pueblo está reconcentrada en una Universidad, como si
hubiese sido el vientre generador del pensamiento nacional. Y a menudo
suele ser cierto. Tomemos como ejemplo lejano la Universidad de
Salamanca, de cuyas aulas salieron para las contiendas del mundo
aquellos embajadores, capitanes, obispos y literatos que adornaron la
historia española de los siglos XVI y XVII. Como ejemplo actual tenemos
la Sorbona de París, de tan ilustre abolengo, y Oxford, y tantas otras.
Se forma, pues, alrededor de una Universidad cierta atmósfera extraña,
característica, mezcla de pedantería magistral, si queréis, pero también
de alegría estudiantil y de entusiasmo pedagógico. A veces la
Universidad se traga al pueblo donde está situada, y el pueblo entero se
convierte en un criado de la Universidad. Tal debía ocurrir en
Salamanca, donde la ciudad se supeditó al servicio de su famoso
colegio, y cada estudiante y cada profesor gozaban de fueros,
distinciones y preeminencias especiales. Cuando la Universidad radica en
una población demasiado grande para ser absorbida, fórmase entonces en
torno al colegio un barrio “sui géneris”, distinto, caprichoso,
pintoresco, que goza también de fueros y libertades: verbigracia, el
barrio Latino en París. Y en esos núcleos de población, en esos barrios,
a la sombra de jardines escolares, bajo las arcadas de la Universidad,
en los sombríos claustros, en los hoteles estudiantiles, en los cafés
exclusivos, en las librerías, en los puestos de libros viejos, en los
comercios de antigüedades, en los clubs algo exagerados, en los
periodiquitos batalladores, en las reuniones nocturnas, en las
bibliotecas bien nutridas... En todo eso reside, en fin, el _ambiente
universitario_. Constituído tal ambiente, la nación entera se siente
contagiada de él. La vida escolar se hace entonces más estimada, y no
ocurre que haya una absurda distanciación entre los profesores y los
estudiantes. Al contrario, se crea cierto espíritu de cuerpo, un cierto
aire de familia. Los catedráticos aman su Universidad sobre todas las
cosas, dedican a ella su vida, viven cerca de ella, no se acuerdan de la
_valorización de las tierras_. Y los estudiantes viven juntos, siempre
en su barrio, prestando a su vida un carácter colegial. Se toma en serio
la cultura. Y es, cada uno de esos centros, una hoguera permanente y
noble que nutre de calor científico a la nación. Algo parecido a esto
había en Córdoba. No ha podido formarse en Buenos Aires. ¿Llegará a
existir en La Plata?
He nombrado la palabra _profesional_, por quien sienten gran horror
muchas personas. Bajo el apremio de teorías excesivamente idealistas, se
conceptúa que del cultivo de las letras, de la poesía, de la filosofía,
no debe hacerse nunca una profesión, y que el cambiar las ideas e
imágenes por dinero, como se cambian las cosas de la industria, es un
acto grosero y perjudicial. Sería, es verdad, mucho más grato para los
mismos escritores que sus ideas e imágenes no estuviesen sujetas a una
vulgar tarifa; pero si la acción no es grata, resulta, en cambio, muy
conveniente para la literatura y para la humanidad.
¿No era Sócrates un profesional? Carecía de otro oficio que su
filosofía, la cual no puede nadie considerar innoble y mercantil. Y
Shakespeare, ¿tenía alguna profesión que no fuera su oficio de
dramaturgo? La literatura, como todo arte, es un oficio. Un pintor
llega a pintar bien al cabo de muchos años de aprendizaje; un músico
necesita someterse a fatigosos ejercicios diarios, durante largo tiempo,
para alcanzar el dominio de su arte. El genio está ahí, en el alma del
artista; pero el arte es técnica, y la técnica se logra con un ímprobo
trabajo. La técnica literaria es tan trabajosa como la del pintor o la
del músico; un literato ha de romper muchas cuartillas, ensayar
infinitos trabajos, sufrir grandes fracasos, someterse a desalentadoras
esperas; finalmente acude la plenitud, el dominio del lenguaje, la
facilidad, adquirida con tanta dificultad... El escritor está ya
formado. ¿Qué hará de él la sociedad? ¿Le exigirá que produzca
generosamente, platónicamente? Muy bien; en ese caso, el escritor se
verá forzado a buscar la vida en otra distinta actividad, y una vez que
ha desatendido el uso de su arte, su pluma se hará torpe, su mente
perderá la fluidez exigida; olvidará la técnica, dejará de escribir.
Esas obras que nos conmueven o ilustran, obras que admiramos y que
representan para nuestra existencia moral el alimento amado, son obras
de profesionales. Los libros no surgen caprichosamente, efectos de una
súbita inspiración; han sido pensados, rumiados, escritos, después de
duras tentativas.
Los libros de los aficionados suelen ser siempre inferiores, mal
escritos, confusos, vulgares o ñoños; el diletantismo produce pésimas
frutos.
En la Argentina abunda el diletantismo, y él es una grave plaga. Le urge
a aquel país crear profesionales. Profesionales de la educación, de la
ciencia, de la literatura. Es el recurso inmediato para conseguir una
cultura densa, fuerte y nacional. Personas que no hagan más que
experiencias de laboratorio; personas que no se preocupen más que de su
cátedra; personas que únicamente pinten cuadros, y personas que
solamente escriban libros, versos y artículos. Pero, ¡esa grandeza
argentina, esa _valorización de terrenos_!... Y después la petulancia
ostentosa que adopta allí la riqueza, y la gran desgracia humillante que
supone allí la pobreza...
ATORRANTISMO
Estos renglones están escritos bajo la sugestión de un organillo; un
viejo y cascado organillo que un mozo italiano hacía sonar en la
extremidad del puerto de Buenos Aires, en aquel suburbio atestado de
gentes extrañas, cosmopolitas, venidas de los cuatro extremos del mundo.
Sonaba el organillo con la melancolía indescifrable de esos instrumentos
mohosos, que suelen remover en nuestras almas civilizadas el poso
dormido de las ideas, de las nostalgias, con mucha más eficacia que las
mismas notas selectas de una orquesta magistral. Aquel organillo tocaba
un vals. Los transeuntes lo oían y pasaban. Pero en un banco, bajo unos
árboles protectores, había un hombre, y el hombre, que antes dormitaba
placenteramente, se despertó y puso el oído bien atento a la música del
organillo. Seguramente que ese hombre, al desperezarse, se figuraba
seguir durmiendo, por mejor decir, soñando: la música le hablaba de su
juventud, de su pueblo natal, de la historia romántica de sus primeros
amores y de sus bailes bajo los tilos. Su gesto, en un principio, fué de
placer; es porque se abandonaba a la dulzura de los recuerdos, ágiles y
blancos como una banda de palomas que levantan el vuelo; después el
gesto fué de tristeza. Cuando el organillo calló, el hombre del banco se
quedó meditabundo. En seguida rectificó, y cerrando los ojos, volvió a
dormirse.
Aquel hombre era un vencido. A esa especie de hombres les llaman en la
Argentina _atorrantes_. Pero hombres vencidos los hay en todas las
partes del mundo. En los pueblos ricos y laboriosos el vencido sufre los
rigores de la moral dura y terminante. Bajo el sol andaluz, ser mendigo
es ser casi un regalo; pero bajo el cielo de Londres, el vagabundo sufre
la destilación de todas las torturas. Tampoco es más feliz en Francia el
vencido. Ese egoísmo acabado, científico, meticuloso, metódico, de los
franceses, empuja a los vencidos hacia la muerte o hacia el crimen.
Mientras que el _atorrante_ argentino, ni es el mendigo español, ni el
vagabundo francés, ni el vencido de Londres. Su filiación está más
lejos, mucho más atrás que el tiempo y el espacio actuales: Diógenes, en
fin, lo tendría por su digno compañero. Buenos Aires no lo cuida y mima
católicamente, como hace el español con su mendigo; tampoco lo lanza al
dolor, como Londres, ni al crimen, como Francia; Buenos Aires,
negligente y distraído, no hace caso de su _atorrante_; lo alimenta, le
deja vivir, y pasa. De manera que el _atorrante_, entre los vencidos de
la Tierra, es el más feliz. Come, sin saber de dónde, no le injurian, le
dejan ir, le ceden los bancos en sombra, y el clima, también generoso,
no le hostiga con rigores. Es un cínico a lo Diógenes, puede vivir
libremente, y filosofar cuanto quiera. ¡Sería feliz, en efecto, si no
existiera la parte moral! ¡Si no hubiese una tragedia en cada
_atorrante_, el _atorrante_ sería definitivamente feliz! Pero el alma,
el alma, ¡eso es lo que duele!
En todo vagabundo hay un fracasado. Pero el vagabundo europeo puede
fracasar epidémicamente; puede su vagancia haber nacido de la pereza, de
la inhabilidad manual, de la torpeza mental, o simplemente de un
morbosismo psicológico; con frecuencia es un pillo, que renuncia a
luchar de frente, para atacar de soslayo a la sociedad, como hacen el
mendigo español y el vagabundo francés; o ser un impotente y un
perezoso, como el vago inglés. Mientras que en el _atorrante_, el
fracaso arranca de las entrañas del ser. Lo que fracasa en el
_atorrante_ es todo el caudal de ensueños, de ambiciones, de conjeturas
sobre el porvenir, de proyectos grandiosos y felices para mañana. El
_atorrante_ es un hombre a quien la ilusión ha desprendido de su raíz
europea; ha venido a Buenos Aires con un bagaje sólido de ilusiones; y
en Buenos Aires, rápidamente, su caudal ilusorio se ha gastado, se le ha
ido, y el hombre se queda pobre, pero con la penuria de la ilusión, con
la inopia ilusoria, la más profunda y trágica de las inopias.
Considérese que un hombre no se decide a traspasar el ancho piélago
oceánico sino a requerimientos de una índole trascendental. El acto de
desarraigarse, de abandonar las formas y los colores y los afectos
natales es un acto único en la vida de un hombre; para que ese acto se
realice, ha sido necesario que todos los motores internos se pusieran en
actividad, y que una ilusión suprema viniese a henchir el alma del
emigrante. Esta ilusión se compone de un deseo: la riqueza. A la mirada
del emigrante, la visión de América se sintetiza en una especie de
locura dorada. La fortuna se le representa vivamente, y se embarca con
la firme seguridad de que ha de volver a su pueblo oyendo el tintineo
jubiloso de las monedas en sus bolsillos. Y que ha de realizar después
todo cuanto sueña: la buena comida, los buenos vinos, el buen amor de
una bella muchacha y la serenidad de una vejez abastecida.
Pero este hombre llega, y a los pocos meses se retira de la lucha. Es
joven aún, es fuerte, es inteligente. Sin embargo, no quiere luchar. Se
retira a un lado, deja pasar a los victoriosos, y él no pide nada, sino
vivir. Ha perdido su bagaje ilusorio. Le falta la voluntad. Le falta
algún acicate interior y misterioso. ¿Qué tragedia moral ha sucedido en
el alma del _atorrante_?... Lo extraño de este fenómeno psicológico, es
que la mayoría de los _atorrantes_ que huelgan por la ciudad, son de
procedencia hiperbórea. Para los pueblos latinos y cálidos, el fenómeno
se presenta lleno de curiosidad. Porque nosotros, hombres a quienes
llaman ahora decadentes, tenemos de los otros hombres septentrionales
una idea respetuosa; consideramos, no sin justicia, que los hombres de
raza rubia asumen el imperio de la fuerza, del trabajo y de la victoria:
no podemos concebir que un inglés, un germano o un escandinavo rueden
por las calles en estado de miseria o de vencimiento. Por eso, cuando un
hombre de barbas rubias y de hablar tartajoso nos asalta con la mano
tendida, sufrimos una decepción y una gran perplejidad, la misma que nos
invade cuando alguno nos derriba alguna verdad que teníamos por
inconcusa. Que un inglés me pida un peso para comer, produce en mi mente
el mismo asombro que la negación de que la tierra es redonda.
Permitidme que hable con tanta unción de un personaje roto y
desventurado. La gente mira pasar a los _atorrantes_, y apenas si se
fija en ellos. Yo estimo que en esos seres hay océanos de problemas
psicológicos, y que la pluma de los escritores debiera atacar ese motivo
interesante, maduro, tentador. Caminando al azar por calles y plazas,
siempre que tropiezo con un _atorrante_ me paro a observarlo. Tienen
para mí esos seres el interés agudo de los supremos conflictos. A fuerza
de observarlos, he llegado a entender el contraste de sus almas turbias
y extrañas, en frente de la vida brillante y laboriosa de Buenos Aires.
Mirándolos bien, acaso he llegado a considerar que en la profundidad de
sus almas existe una mayor sabiduría que en las almas de los
triunfadores, de los que llamamos, muy de ligero, felices y sabios. Y he
llegado también a rectificar mi primera impresión; he sospechado que en
el alma del _atorrante_ ha habido, en efecto, una previa tragedia, un
supremo dolor; pero eso ocurre al principio, en el instante de la caída,
cuando todo el bagaje ilusorio y mental se desploma, cuando viene la
hora del gran desengaño; después, al cicatrizarse la herida, he
sospechado que en el alma del _atorrante_ sobreviene una suave
serenidad. Su ser entero se convierte en filosofía. Piensa, como su
abuelo Diógenes, que la grandeza y la fortuna de Alejandro es pura
vanidad; que en la vida sólo hay una cosa efectiva, el dolor; y como el
origen certero del dolor es la actividad, renunciando a ésta se libra de
aquél. De esta manera consigue el _atorrante_ evadirse del sufrimiento.
No actúa, no lucha, no pide la felicidad por conducto del trabajo y de
la pasión sobreexcitada; deja que la felicidad se produzca
espontáneamente, por el mero hecho de no buscarla... El _atorrante_ sabe
instintivamente que la felicidad es como la mujer; si se la busca y
suplica, se muestra esquiva, pero si se la desprecia, ella acude sin
condiciones.
En otro clima y en otra sociedad menos amables, el _atorrante_ sería un
ser desgraciado; en Buenos Aires vive fácilmente, casi con la facilidad
de los gorriones. El clima es benigno con él; hay más días de sol que de
lluvia, y el frío no aprieta demasiado. La gente no le mima, bien es
verdad; la gente, ocupada con exceso, tiene la religión del trabajo, y
el holgazán le merece desprecio. Pero la gente, al mismo tiempo, carece
de aquella crueldad moralizante de otros pueblos, y le deja vivir. Le
dejan ir por las plazas y los paseos, tomar el sol, acostarse a dormir
la siesta en los bancos de los jardines, a la misma hora en que todas
las gentes sudan febriles. Sólo le limitan la entrada en ciertas calles;
cuando al caer de la tarde, por ejemplo, un _atorrante_ se atreve a
entrar en la calle Florida, los vigilantes lo expulsan, para que sus
andrajos no desentonen entre el lujo de los atildados transeuntes. Pero
esta limitación no le ofende ni lastima mucho: él ha renunciado al
orgullo, no siente herida su dignidad al ser expulsado como un perro; en
cuanto a la contemplación de los atildados y lujosos transeuntes, a él
producen irónico desprecio. Conoce la cantidad de dolor que ha sido
preciso desarrollar para adquirir un lindo sombrero con plumas
ondulantes, o una cadena gruesa de oro.