El idioma inglés, con sus doscientos millones de adictos, triunfa

actualmente, y amenaza prosperar hasta límites incalculables. La lengua

alemana sube como una marea, al compás del fecundo crecimiento de esa

prolífica raza tudesca. Pero este nuestro lenguaje, antes glorioso, está

destinado a superar todas las metas y todos los cálculos. Las numerosas

naciones que lo hablan, cada una por su parte se esmerará en dilatarlo;

allí sólo, en la cuenca hidrográfica del Río de la Plata, promete

dilatarse hasta pasmosas cantidades de millones. Será uno de los idiomas

príncipes, uno de los grandes combatientes de esa guerra incruenta, pero

formidable, del porvenir...

Todo, pues, cuanto hagamos por ennoblecer, robustecer y abrillantar esta

arma fuerte que nos han dado, será obra que leguemos a nuestros hijos,

méritos que hagamos para la gratitud de nuestros descendientes.

EL ESTILO DESMESURADO

Es singular el número de escritores exaltados que aparecen en América. A

despecho de todas las censuras y de todos los silencios acusadores,

continuamente brotan en aquellos climas poetas o prosistas que hablan en

tono agudo, en la nota del _do_, como los tenores.

Se trata sin duda de una enfermedad. Hay poeta por aquellas calles que

padece un verdadero delirio de persecución; otros sufren la manía de

grandezas. Componen sus estrofas como si estuviesen frente a frente de

la posteridad. Más que palabras, son gritos lo que pronuncian. Se creen

entes geniales o providenciales que vienen al mundo a deshacer algún

error descomunal. Se encaran con el público, lo apostrofan, hacen gestos

de iluminado. Adoptan el papel de vengadores del pueblo unas veces, y

su demagogia virulenta quiere fustigar no se sabe qué milenarias

tiranías. Otras veces muéstranse investidos de un aristocraticismo

bayroniano, y miran al mundo con un desdén que produce perplejidad.

Cuando la moda intelectual formó en todo el mundo tantos escritores

anarquistas y socialistas, los jóvenes argentinos exigieron también su

parte de excentricidad. Brotaron poetas blasfemos y anarquistas como

hongos. El más famoso fué Almafuerte, el cual, con sus versos

crepitantes, societarios y terribles, con su retórica fantástica y sus

gesticulaciones de Cristo de suburbio industrial, instauró en la

Argentina el reinado de lo energúmeno. Ha tenido, y tiene todavía,

entusiastas imitadores.

Energúmenos del verso y de la prosa, para ellos no existe la medida, la

discreción, el arte civilizado de reprimirse. Usan palabras fieras,

versos espeluznantes, donde se complacen en rimar batalla con metralla,

trapo con sapo.

Es curioso cómo aquellos exaltados hablan de esclavitudes y desolaciones

en medio de una sociedad completamente distraída; benévola y exenta de

amarguras fundamentales.

¿A qué se debe esa manera literaria, ese prurito de hablar en tono

agudo y de mostrarse con actitudes sibilíticas? ¿Será la herencia tardía

de Víctor Hugo? ¿La lectura precipitada de Nietzsche? ¿O tal vez el

latinismo, ese latinismo gestero y exagerado que se hincha y aumenta

bajo el clima fecundo de América?

Debe consistir también en la especial educación escolar y universitaria.

Se educa al niño a los sones de los himnos patrios, y para afirmar en él

el culto de los héroes nacionales, se le obliga a una especie de

gimnasia panegírica. Después de esta gimnasia, el joven que se pone a

escribir ve la vida en forma de apoteosis, los hombres los ve en

estatua, y él mismo se considera a sí propio como perorando en la cima

de un pedestal.

Para estos defectos suele ejercitarse, en los pueblos viejos, la acción

de la crítica o la amonestación tácita, pero eficaz, del público. Pero

allí se carece de crítica, y el público, desorientado o indeciso, no

acierta a ejercer presión sobre los vicios literarios. Verdadera

democracia aquélla, en donde cada cual dice lo que le gusta, se titula

genio si quiere, destroza el idioma o atenta contra la discreción, en la

seguridad de que nadie vendrá a atajarle.

Ha de transcurrir todavía mucho tiempo, antes de que pueda formarse una

rigurosa y prudente escala de valores, de categorías y de limitaciones.

La democracia literaria necesita desfogarse aún, hasta tanto que sus

mismos abusos la pongan en la precisión de buscarse una disciplina.

LA PROFESION INTELECTUAL

No sé si voy a decir una vana paradoja: a mi entender, la causa de la

penuria literaria argentina está en la riqueza material argentina.

Cualquier actividad a que se entregue un hombre inteligente, rendirá más

provecho que el cultivo de las letras. Una persona educada, de carrera o

de alguna relación, encuentra allí fácilmente un empleo, un sueldo

pingüe, y no es raro tampoco que esa persona alcance a reunir varios de

esos pingües empleos.

Salvada la necesidad económica, esa persona cultivada no sentirá deseo

de escribir y publicar páginas que han de rendirle poco provecho

material, a cambio de un esfuerzo nervioso tan considerable. Hay, es

cierto, la necesidad moral, y hasta el prurito vanidoso, de sentar plaza

de escritor; pero esto se consigue con un libro o dos. Así hay en la

Argentina tanto hombre de talento que ha escrito un libro único, y que

no escribe más.

¿Para qué escribir? A los oídos de los seres más puros y platónicos

llega continuamente el rumor de esa marea asombrosa de los negocios

argentinos. Llama frenéticamente a todas las puertas el demonio de la

especulación. Se hace imposible huir de la marea y del rumor satánico.

Se oyen noticias de operaciones fáciles, fabulosas. El hombre más

abstraído en sus problemas ideales tiene, por tanto, que escuchar esas

palabras de tentación. Los terrenos valorizados enormemente, las

Sociedades que se fundan en un día, el tanto por ciento crecido del

capital, las sorpresas, las gangas, los hallazgos: todo esto, que anda

por el aire, se infiltra en los gabinetes de estudio y ha malogrado

tantas fecundas vidas.

Los extranjeros no se libran del contagio; muchos doctores y sabios

europeos, llegados a la Argentina con fines pedagógicos e

investigativos, a los pocos años entraron en la vorágine económica y

dieron de lado a la ciencia. Conozco abogados distinguidos que abandonan

su bufete por atender a su heredad; y médicos que visitan a un enfermo

de prisa, porque tienen que marcharse a su _estancia_ para vender

_tropas_ de novillos. Por eso es cinco veces rara y heroica la vida de

Ameghino, que sólo quiso ser sabio, allí donde todos aspiran a ser

ricos.

En los países densos de Europa, el profesor no es más que profesor, el

médico es sólo médico, y el literato, literato. Aquí no es fácil

distraer la atención en varias actividades, porque la concurrencia

resulta muy reñida. El médico que quiera asaltar un puesto eminente y

reunir nutrida clientela, deberá consagrar todos los momentos de su vida

al trabajo profesional, porque de otro modo bien pronto será suplantado.

El hombre de ciencia se encierra en su gabinete y trabaja con una ruda

intensidad. No sólo es reñida la lucha por el renombre, sino la lucha

simple por la despensa. Y ahí está la fórmula, en fin, para la creación

de una cultura propia y consistente.

De la conjunción de tantas actividades intelectuales brota en el seno de

un país un cuerpo de doctrina nacional: así vemos que la doctrina y los

métodos educativos de Alemania son diferentes a los de Francia, y los de

Inglaterra distintos a los norteamericanos. Ese cuerpo de doctrina

alemán no es producto de un decreto del emperador; para llegar al

resultado de una _cultura alemana_ ha sido necesario que sus hombres de

estudio concentrasen apasionadamente sus vidas en el trabajo. Pero si a

esos resultados no se llega por decretos imperiales, ¿habrá recursos

conocidos y asimilables, excepción hecha de las condiciones de raza,

medio y tradición? Sin duda que existen varios de esos recursos. Uno, el

principal, es el estímulo.

La sociedad, con su estimación, resulta el más grande estímulo para los

hombres que emplean sus días en faenas intelectuales. De este modo un

Pasteur o un Berthelot hallan que sus trabajos han sido pagados

espléndidamente por la sociedad francesa, con aquella veneración,

aquellos agasajos de que eran rodeados en todo momento; cada francés se

consideraba afortunado por coexistir con los sabios que daban honor a la

Francia, y cada francés, asimismo, se consideraba glorioso nada más que

por ser compatriota de Rostand o France. En sus últimos años, Víctor

Hugo, gran vanidoso, viajaba en los imperiales de tranvía para ver cómo

las gentes se paraban en la calle, y señalándole y descubriéndose,

decían: _Allí va Víctor Hugo_.

En semejantes pueblos, la labor intelectual, siempre dolorosa, está

soberbiamente compensada con goces morales, que siendo tan vagos, son

los más poderosos incentivos del genio, y los únicos goces que conmueven

de veras al genio.

Otro medio popular de la cultura consiste en formar centros

universitarios tradicionales. Se observa con frecuencia que toda la

civilización de un pueblo está reconcentrada en una Universidad, como si

hubiese sido el vientre generador del pensamiento nacional. Y a menudo

suele ser cierto. Tomemos como ejemplo lejano la Universidad de

Salamanca, de cuyas aulas salieron para las contiendas del mundo

aquellos embajadores, capitanes, obispos y literatos que adornaron la

historia española de los siglos XVI y XVII. Como ejemplo actual tenemos

la Sorbona de París, de tan ilustre abolengo, y Oxford, y tantas otras.

Se forma, pues, alrededor de una Universidad cierta atmósfera extraña,

característica, mezcla de pedantería magistral, si queréis, pero también

de alegría estudiantil y de entusiasmo pedagógico. A veces la

Universidad se traga al pueblo donde está situada, y el pueblo entero se

convierte en un criado de la Universidad. Tal debía ocurrir en

Salamanca, donde la ciudad se supeditó al servicio de su famoso

colegio, y cada estudiante y cada profesor gozaban de fueros,

distinciones y preeminencias especiales. Cuando la Universidad radica en

una población demasiado grande para ser absorbida, fórmase entonces en

torno al colegio un barrio “sui géneris”, distinto, caprichoso,

pintoresco, que goza también de fueros y libertades: verbigracia, el

barrio Latino en París. Y en esos núcleos de población, en esos barrios,

a la sombra de jardines escolares, bajo las arcadas de la Universidad,

en los sombríos claustros, en los hoteles estudiantiles, en los cafés

exclusivos, en las librerías, en los puestos de libros viejos, en los

comercios de antigüedades, en los clubs algo exagerados, en los

periodiquitos batalladores, en las reuniones nocturnas, en las

bibliotecas bien nutridas... En todo eso reside, en fin, el _ambiente

universitario_. Constituído tal ambiente, la nación entera se siente

contagiada de él. La vida escolar se hace entonces más estimada, y no

ocurre que haya una absurda distanciación entre los profesores y los

estudiantes. Al contrario, se crea cierto espíritu de cuerpo, un cierto

aire de familia. Los catedráticos aman su Universidad sobre todas las

cosas, dedican a ella su vida, viven cerca de ella, no se acuerdan de la

_valorización de las tierras_. Y los estudiantes viven juntos, siempre

en su barrio, prestando a su vida un carácter colegial. Se toma en serio

la cultura. Y es, cada uno de esos centros, una hoguera permanente y

noble que nutre de calor científico a la nación. Algo parecido a esto

había en Córdoba. No ha podido formarse en Buenos Aires. ¿Llegará a

existir en La Plata?

He nombrado la palabra _profesional_, por quien sienten gran horror

muchas personas. Bajo el apremio de teorías excesivamente idealistas, se

conceptúa que del cultivo de las letras, de la poesía, de la filosofía,

no debe hacerse nunca una profesión, y que el cambiar las ideas e

imágenes por dinero, como se cambian las cosas de la industria, es un

acto grosero y perjudicial. Sería, es verdad, mucho más grato para los

mismos escritores que sus ideas e imágenes no estuviesen sujetas a una

vulgar tarifa; pero si la acción no es grata, resulta, en cambio, muy

conveniente para la literatura y para la humanidad.

¿No era Sócrates un profesional? Carecía de otro oficio que su

filosofía, la cual no puede nadie considerar innoble y mercantil. Y

Shakespeare, ¿tenía alguna profesión que no fuera su oficio de

dramaturgo? La literatura, como todo arte, es un oficio. Un pintor

llega a pintar bien al cabo de muchos años de aprendizaje; un músico

necesita someterse a fatigosos ejercicios diarios, durante largo tiempo,

para alcanzar el dominio de su arte. El genio está ahí, en el alma del

artista; pero el arte es técnica, y la técnica se logra con un ímprobo

trabajo. La técnica literaria es tan trabajosa como la del pintor o la

del músico; un literato ha de romper muchas cuartillas, ensayar

infinitos trabajos, sufrir grandes fracasos, someterse a desalentadoras

esperas; finalmente acude la plenitud, el dominio del lenguaje, la

facilidad, adquirida con tanta dificultad... El escritor está ya

formado. ¿Qué hará de él la sociedad? ¿Le exigirá que produzca

generosamente, platónicamente? Muy bien; en ese caso, el escritor se

verá forzado a buscar la vida en otra distinta actividad, y una vez que

ha desatendido el uso de su arte, su pluma se hará torpe, su mente

perderá la fluidez exigida; olvidará la técnica, dejará de escribir.

Esas obras que nos conmueven o ilustran, obras que admiramos y que

representan para nuestra existencia moral el alimento amado, son obras

de profesionales. Los libros no surgen caprichosamente, efectos de una

súbita inspiración; han sido pensados, rumiados, escritos, después de

duras tentativas.

Los libros de los aficionados suelen ser siempre inferiores, mal

escritos, confusos, vulgares o ñoños; el diletantismo produce pésimas

frutos.

En la Argentina abunda el diletantismo, y él es una grave plaga. Le urge

a aquel país crear profesionales. Profesionales de la educación, de la

ciencia, de la literatura. Es el recurso inmediato para conseguir una

cultura densa, fuerte y nacional. Personas que no hagan más que

experiencias de laboratorio; personas que no se preocupen más que de su

cátedra; personas que únicamente pinten cuadros, y personas que

solamente escriban libros, versos y artículos. Pero, ¡esa grandeza

argentina, esa _valorización de terrenos_!... Y después la petulancia

ostentosa que adopta allí la riqueza, y la gran desgracia humillante que

supone allí la pobreza...

ATORRANTISMO

Estos renglones están escritos bajo la sugestión de un organillo; un

viejo y cascado organillo que un mozo italiano hacía sonar en la

extremidad del puerto de Buenos Aires, en aquel suburbio atestado de

gentes extrañas, cosmopolitas, venidas de los cuatro extremos del mundo.

Sonaba el organillo con la melancolía indescifrable de esos instrumentos

mohosos, que suelen remover en nuestras almas civilizadas el poso

dormido de las ideas, de las nostalgias, con mucha más eficacia que las

mismas notas selectas de una orquesta magistral. Aquel organillo tocaba

un vals. Los transeuntes lo oían y pasaban. Pero en un banco, bajo unos

árboles protectores, había un hombre, y el hombre, que antes dormitaba

placenteramente, se despertó y puso el oído bien atento a la música del

organillo. Seguramente que ese hombre, al desperezarse, se figuraba

seguir durmiendo, por mejor decir, soñando: la música le hablaba de su

juventud, de su pueblo natal, de la historia romántica de sus primeros

amores y de sus bailes bajo los tilos. Su gesto, en un principio, fué de

placer; es porque se abandonaba a la dulzura de los recuerdos, ágiles y

blancos como una banda de palomas que levantan el vuelo; después el

gesto fué de tristeza. Cuando el organillo calló, el hombre del banco se

quedó meditabundo. En seguida rectificó, y cerrando los ojos, volvió a

dormirse.

Aquel hombre era un vencido. A esa especie de hombres les llaman en la

Argentina _atorrantes_. Pero hombres vencidos los hay en todas las

partes del mundo. En los pueblos ricos y laboriosos el vencido sufre los

rigores de la moral dura y terminante. Bajo el sol andaluz, ser mendigo

es ser casi un regalo; pero bajo el cielo de Londres, el vagabundo sufre

la destilación de todas las torturas. Tampoco es más feliz en Francia el

vencido. Ese egoísmo acabado, científico, meticuloso, metódico, de los

franceses, empuja a los vencidos hacia la muerte o hacia el crimen.

Mientras que el _atorrante_ argentino, ni es el mendigo español, ni el

vagabundo francés, ni el vencido de Londres. Su filiación está más

lejos, mucho más atrás que el tiempo y el espacio actuales: Diógenes, en

fin, lo tendría por su digno compañero. Buenos Aires no lo cuida y mima

católicamente, como hace el español con su mendigo; tampoco lo lanza al

dolor, como Londres, ni al crimen, como Francia; Buenos Aires,

negligente y distraído, no hace caso de su _atorrante_; lo alimenta, le

deja vivir, y pasa. De manera que el _atorrante_, entre los vencidos de

la Tierra, es el más feliz. Come, sin saber de dónde, no le injurian, le

dejan ir, le ceden los bancos en sombra, y el clima, también generoso,

no le hostiga con rigores. Es un cínico a lo Diógenes, puede vivir

libremente, y filosofar cuanto quiera. ¡Sería feliz, en efecto, si no

existiera la parte moral! ¡Si no hubiese una tragedia en cada

_atorrante_, el _atorrante_ sería definitivamente feliz! Pero el alma,

el alma, ¡eso es lo que duele!

En todo vagabundo hay un fracasado. Pero el vagabundo europeo puede

fracasar epidémicamente; puede su vagancia haber nacido de la pereza, de

la inhabilidad manual, de la torpeza mental, o simplemente de un

morbosismo psicológico; con frecuencia es un pillo, que renuncia a

luchar de frente, para atacar de soslayo a la sociedad, como hacen el

mendigo español y el vagabundo francés; o ser un impotente y un

perezoso, como el vago inglés. Mientras que en el _atorrante_, el

fracaso arranca de las entrañas del ser. Lo que fracasa en el

_atorrante_ es todo el caudal de ensueños, de ambiciones, de conjeturas

sobre el porvenir, de proyectos grandiosos y felices para mañana. El

_atorrante_ es un hombre a quien la ilusión ha desprendido de su raíz

europea; ha venido a Buenos Aires con un bagaje sólido de ilusiones; y

en Buenos Aires, rápidamente, su caudal ilusorio se ha gastado, se le ha

ido, y el hombre se queda pobre, pero con la penuria de la ilusión, con

la inopia ilusoria, la más profunda y trágica de las inopias.

Considérese que un hombre no se decide a traspasar el ancho piélago

oceánico sino a requerimientos de una índole trascendental. El acto de

desarraigarse, de abandonar las formas y los colores y los afectos

natales es un acto único en la vida de un hombre; para que ese acto se

realice, ha sido necesario que todos los motores internos se pusieran en

actividad, y que una ilusión suprema viniese a henchir el alma del

emigrante. Esta ilusión se compone de un deseo: la riqueza. A la mirada

del emigrante, la visión de América se sintetiza en una especie de

locura dorada. La fortuna se le representa vivamente, y se embarca con

la firme seguridad de que ha de volver a su pueblo oyendo el tintineo

jubiloso de las monedas en sus bolsillos. Y que ha de realizar después

todo cuanto sueña: la buena comida, los buenos vinos, el buen amor de

una bella muchacha y la serenidad de una vejez abastecida.

Pero este hombre llega, y a los pocos meses se retira de la lucha. Es

joven aún, es fuerte, es inteligente. Sin embargo, no quiere luchar. Se

retira a un lado, deja pasar a los victoriosos, y él no pide nada, sino

vivir. Ha perdido su bagaje ilusorio. Le falta la voluntad. Le falta

algún acicate interior y misterioso. ¿Qué tragedia moral ha sucedido en

el alma del _atorrante_?... Lo extraño de este fenómeno psicológico, es

que la mayoría de los _atorrantes_ que huelgan por la ciudad, son de

procedencia hiperbórea. Para los pueblos latinos y cálidos, el fenómeno

se presenta lleno de curiosidad. Porque nosotros, hombres a quienes

llaman ahora decadentes, tenemos de los otros hombres septentrionales

una idea respetuosa; consideramos, no sin justicia, que los hombres de

raza rubia asumen el imperio de la fuerza, del trabajo y de la victoria:

no podemos concebir que un inglés, un germano o un escandinavo rueden

por las calles en estado de miseria o de vencimiento. Por eso, cuando un

hombre de barbas rubias y de hablar tartajoso nos asalta con la mano

tendida, sufrimos una decepción y una gran perplejidad, la misma que nos

invade cuando alguno nos derriba alguna verdad que teníamos por

inconcusa. Que un inglés me pida un peso para comer, produce en mi mente

el mismo asombro que la negación de que la tierra es redonda.

Permitidme que hable con tanta unción de un personaje roto y

desventurado. La gente mira pasar a los _atorrantes_, y apenas si se

fija en ellos. Yo estimo que en esos seres hay océanos de problemas

psicológicos, y que la pluma de los escritores debiera atacar ese motivo

interesante, maduro, tentador. Caminando al azar por calles y plazas,

siempre que tropiezo con un _atorrante_ me paro a observarlo. Tienen

para mí esos seres el interés agudo de los supremos conflictos. A fuerza

de observarlos, he llegado a entender el contraste de sus almas turbias

y extrañas, en frente de la vida brillante y laboriosa de Buenos Aires.

Mirándolos bien, acaso he llegado a considerar que en la profundidad de

sus almas existe una mayor sabiduría que en las almas de los

triunfadores, de los que llamamos, muy de ligero, felices y sabios. Y he

llegado también a rectificar mi primera impresión; he sospechado que en

el alma del _atorrante_ ha habido, en efecto, una previa tragedia, un

supremo dolor; pero eso ocurre al principio, en el instante de la caída,

cuando todo el bagaje ilusorio y mental se desploma, cuando viene la

hora del gran desengaño; después, al cicatrizarse la herida, he

sospechado que en el alma del _atorrante_ sobreviene una suave

serenidad. Su ser entero se convierte en filosofía. Piensa, como su

abuelo Diógenes, que la grandeza y la fortuna de Alejandro es pura

vanidad; que en la vida sólo hay una cosa efectiva, el dolor; y como el

origen certero del dolor es la actividad, renunciando a ésta se libra de

aquél. De esta manera consigue el _atorrante_ evadirse del sufrimiento.

No actúa, no lucha, no pide la felicidad por conducto del trabajo y de

la pasión sobreexcitada; deja que la felicidad se produzca

espontáneamente, por el mero hecho de no buscarla... El _atorrante_ sabe

instintivamente que la felicidad es como la mujer; si se la busca y

suplica, se muestra esquiva, pero si se la desprecia, ella acude sin

condiciones.

En otro clima y en otra sociedad menos amables, el _atorrante_ sería un

ser desgraciado; en Buenos Aires vive fácilmente, casi con la facilidad

de los gorriones. El clima es benigno con él; hay más días de sol que de

lluvia, y el frío no aprieta demasiado. La gente no le mima, bien es

verdad; la gente, ocupada con exceso, tiene la religión del trabajo, y

el holgazán le merece desprecio. Pero la gente, al mismo tiempo, carece

de aquella crueldad moralizante de otros pueblos, y le deja vivir. Le

dejan ir por las plazas y los paseos, tomar el sol, acostarse a dormir

la siesta en los bancos de los jardines, a la misma hora en que todas

las gentes sudan febriles. Sólo le limitan la entrada en ciertas calles;

cuando al caer de la tarde, por ejemplo, un _atorrante_ se atreve a

entrar en la calle Florida, los vigilantes lo expulsan, para que sus

andrajos no desentonen entre el lujo de los atildados transeuntes. Pero

esta limitación no le ofende ni lastima mucho: él ha renunciado al

orgullo, no siente herida su dignidad al ser expulsado como un perro; en

cuanto a la contemplación de los atildados y lujosos transeuntes, a él

producen irónico desprecio. Conoce la cantidad de dolor que ha sido

preciso desarrollar para adquirir un lindo sombrero con plumas

ondulantes, o una cadena gruesa de oro.

El poema de la Pampa: "Martín Fierro" y el criollismo español · 第 7 / 9 段