15. _Toldos._ Campamento o aduar de los indios salvajes.

16. _Turtubiando._ Quiere decir titubeando.

17. _Cancha._ Voz geográfica, del idioma quechúa, muy extendida a lo

largo de los Andes. Significa un espacio de territorio abierto y

despejado. Por extensión se da el nombre de cancha al lugar donde se

lucha, juega o rivaliza. En el juego de pelota ha quedado vigente este

criollismo, que equivale a pista, ruedo, arena.

18. _Entiendanló._ Esta manera de acentuar es frecuente entre el vulgo

argentino.

19. _Gringo._ En general se llama con este mote despectivo a todo

extranjero; pero se aplica particularmente y con más fijeza al italiano.

20. _Carniar._ Otro defecto de pronunciación criolla consiste en decir

carniar, peliar, apiarse, etc.

21. _Voltiadas._ Se usa mucho voltear, en el sentido de derribar.

22. _Rancho._ Cabaña, habitación somera en la campiña.

23. _Pampero._ Viento seco y frío.

24. _Yuyos._ Hierbas inútiles de las praderas.

25. _Paisano._ Campesino.

26. _Estancia._ Finca de ganado.

27. _Ombú._ Arbol grande, de copa espaciosa, característico de la región

platense. No forma nunca bosque y sirve con frecuencia para cobijar a su

sombra el rancho o cabaña del campesino.

28. _Entrevero._ Se usa mucho en América para expresar el encuentro y

confusión de una lucha marcial.

29. _Facón con S._ Se refiere a la cruz de la empuñadura, que tiene la

forma de un garabato parecido a una S.

30. _Chajá._ Ave de Sur América.

31. _Parar._ Los criollos dicen parado en sustitución de derecho,

erguido, en pie, etc.

32. _Flete._ Otra manera popular de nombrar al caballo.

33. _Mataco._ Mamífero que, como el erizo, se enrosca y rueda a modo de

bola cuando alguien lo acomete.

34. _Vos._ En el lenguaje corriente de los criollos, el tratamiento de

_tú_ queda substituído por el de _vos_. Este pronombre de estirpe tan

ilustre lo usan en buena parte de la América meridional en una forma

pintoresca, por lo arbitraria y confusa.

Es cierto que antiguamente, según se infiere de los diálogos realistas

de nuestros clásicos, en España tenía el lenguaje vulgar los mismos

errores en cuanto a la confusión o mezcla del tratamiento familiar y el

respetuoso. Ahora mismo comete el vulgo de Andalucía graciosas

confusiones con el uso del _tu_ y del _ustedes_. En la Argentina emplean

estos trabucados pronombres hasta las gentes de posición elevada, en su

vida familiar; el tuteo normal y correcto sólo se usa en la enseñanza

escolar y en la literatura.

35. _Angurria._ Ansia, voracidad, avaricia.

36. _Chapetón._ Torpe, bisoño.

37. _Yunta._ Esta palabra ganadera suele usarse frecuentemente. Par.

Pareja.

38. _Malón._ Turba de indios armados que irrumpen en los pueblos para

matar y robar.

39. _Obraje._ Nombre de las grandes explotaciones de madera en los

bosques del Chaco, del Paraguay y de las Misiones.

40. _Peludo._ Mamífero de la Argentina.

41. _Tranca._ Borrachera.

ESTOICISMO CRIOLLO

Cuando terribles inundaciones asolaron una buena parte de los suburbios

de Buenos Aires, un fenómeno inusitado atrajo mi atención: el escaso

clamoreo y la brevedad de las lamentaciones. Hubo allí innumerables

horrores; destrucción de casas, barriadas hundidas, familias sin hogar,

heridos y muertos. Con la mitad de tanta desolación, en muchos países

hubieran tenido tema para largas declamaciones sentimentales. Allí el

suceso produjo repentina emoción, se acudió con los remedios más a mano,

y todo pasó en seguida al olvido.

Deberé insistir en la característica fatalista y estoica del criollismo.

En el curso del texto hemos observado cómo la queja forma el _leit

motiv_ del “Martín Fierro”, y cómo esa queja tiene un carácter tan

resignado y tal dejo de fatalismo. A fuerza de ser estoica, la queja

criolla pierde su aguda irritabilidad y pasa a convertirse en una

manera de conformismo cuya raíz, sin duda, habrá que buscarla en la

naturaleza india.

Con el vaivén de las inmigraciones y la lucha por la riqueza, el

estoicismo indígena ha encontrado un refuerzo, y en las ciudades

tumultuosas del litoral, como Buenos Aires, el lamento no encuentra

ambiente favorable.

Esta especie de atonía quejumbrosa se advierte en los periódicos, que

nunca insertan informaciones deprimentes; se observa en los gobernantes,

que alardean de una tónica confianza; en fin, cada ciudadano argentino

se convierte en un propagandista del optimismo nacional. El acento

fatigado y lastimero está mal visto allí, y la gente suele desconfiar y

apartarse de quien se muestra decaído, sin aliento ni ilusión. En el

campo y en las poblaciones del interior queda siempre un eco de la

poesía y la música indígenas, melancólicas y extrañas.

Tan fuerte es esta característica, que hiere desde el primer momento la

curiosidad del extranjero, y aun aquel que por su condición de humildad

intelectual se encuentra imposibilitado de explicarse los fenómenos

morales, siente y percibe con fuerza ese caso psicológico argentino. Y

quién sabe, al fin, si esa misma atonía quejumbrosa es uno de los

atractivos más fuertes que tiene el país, para llamar y retener a los

desvalidos del mundo, a aquellos que vienen precisamente de las regiones

más tristes y quejumbrosas, a los cansados de oir el gemido de la

multitud hambrienta, o sucia, o tiranizada.

El fenómeno en cuestión puede producir diversas interpretaciones falsas.

A la mirada del europeo inteligente, un país que carezca de la fibra

sentimental, del don de la queja, acaso aparecerá como incompleto, como

demasiado simple y rudo. Otros deducirán una ausencia de emoción para el

sufrimiento, quién sabe si una dureza de alma. Los más benévolos lo

achacarán todo a la exclusión de la miseria y de la tragedia en la vida

argentina. Todos sabemos, sin embargo, que el país no es insensible, ni

absolutamente simple y rudo. En cuanto a la parte trágica, sabemos todos

también cuán penosa se muestra la carrera de muchos hombres, y en los

suburbios de Buenos Aires, en el corazón mismo de la soberbia ciudad,

late un elemento de continua y sangradora tragedia.

Hay, es verdad, mucho de inconsciencia en el vivir argentino. Pero la

causa principal de la falta de queja y de tristeza que se advierte en

el país, está ahí, en esa renovación diaria de las muchedumbres

intercontinentales. La tristeza es un mal que ataca a los pueblos

inmóviles o viejos. La tristeza es como el musgo: necesita del silencio

y de la quietud. Al individuo pasivo y perezoso, lo que primeramente le

acomete es la conciencia de su fragilidad y la correlación de esa

conciencia es el disgusto, la melancolía, la tristeza. Todo lo que está

quieto, es triste. Un paisaje inmóvil nos induce a la melancolía, desde

los árboles que aparentan meditar, hasta el sonsoneo agorero y

supersticioso del aire y de las aguas; mientras que si la tempestad

agita el paisaje, entonces salta la impresión airada y dramática, que

nada tiene que ver con la tristeza. Y no trato aquí de discernir qué

emoción sea la mejor y la más pura: en cuestiones de emoción, cada uno

tenemos nuestra conformación espiritual determinada, que nos hace gustar

fatalmente una, sin que esto arguya excelencia. Que a mí me solite mejor

un paisaje profundo y quieto, no quiere decir que niegue a los demás el

derecho a los encantos de la naturaleza vibrante y apasionada.

En tanto que la marea intercontinental inunde al país, en un flujo y

reflujo acelerado, la Argentina no sentirá deseos de quejarse ni

entristecerse. Su actividad y su renovación no le dan tiempo al

reconcentramiento sentimental. La actividad nunca es triste. Algunos

aseguran que tampoco es filosófica. Otros se aventuran a decir que no

puede ser poética. Pero todo esto nace de los infinitos prejuicios de

que nos rodeamos. Porque Leopardi era un espíritu inactivo que vivía a

la luz de la luna, y porque Kant se anegaba en la inmensidad de sus

libros, juzgamos que el pensamiento filosófico y la poesía han de vivir

en la soledad, la pereza y un aristocrático aislamiento. Pero hubo en

Grecia muchos filósofos que nos enseñaron a ser transhumantes y a ir

rodando de pueblo en pueblo, para conocer, comparar y, sobre todo,

_vivir_. Otros poetas nos enseñan también a crear poesía entre el rodar

de los acontecimientos y la lucha de las cosas.

Allá en el norte de aquel continente americano vivió Walt Wiltman,

hombre-poeta entre los poetas, el cual creyó dignas de sus cantos las

cosas más vulgares, como el hervor de las calles, los gritos de la

muchedumbre, el paso de la civilización excitada. Su canto de los

_pioneers_ es la nota más entusiasta que se ha escrito sobre la marcha

de los pobladores a través de las tierras y los bosques vírgenes.

Es preciso advertir también otra causa, para explicarnos la _falta de

queja_ en la vida argentina. Es que la parte mayor de la población

urbana, aquella que podía, por su condición apurada, contribuir al

lamento público, es una masa de luchadores _voluntarios_. Cada uno de

esos luchadores ha llegado por su propia cuenta, libremente, llamado por

la ambición. ¿A quién ha de quejarse ese luchador si encuentra el

fracaso en la lucha?... Además, el orgullo pone una parte importante en

el problema. Cada luchador, cuando se ha lanzado a la mar en busca del

vellocino de oro, concierta con sus compatriotas una especie de

compromiso moral; sale de la patria dispuesto a vencer, y nada más que

en el hecho de partir hay una confesión de la propia seguridad en el

triunfo. Pero no haya temor de que se queje: su orgullo le cerrará los

labios, y el que más vencido se vea caerá silenciosamente hasta los

últimos peldaños, hasta el _atorrantismo_. Por eso el _atorrante_

argentino tiene ese aire callado, humilde y, en el fondo, orgulloso.

Falta de queja, horror a la lamentación, silencioso orgullo para caer,

¡ojalá que dure muchos años todavía en aquella tierra nueva y alentada!

Que la manía de imitación no implante allí los procedimientos de otros

países. Que una sociedad desocupada y femenina, o afeminada, por

satisfacer ambiciones de aristocraticismo, no cultive la costumbre de

las asociaciones limosneras. Que no cunda el hábito de los aspavientos,

de las suscripciones, de los repartos piadosos, de las listas de

donantes, de las protestas aflictivas. Todo esto lo dice quien está

asqueado de ver en su patria cómo se pudre el sentimiento de la dignidad

humana y cómo se lanza a la ruina emocional una nación entera,

confundiendo la idea de piedad con la de la limosna, y legitimando, en

fin, la mendicidad. Cuando se legitima el derecho al pordioseo, todo, en

las sociedades débiles, conviértese en triste y deshonroso. El obrero

nos ofrecerá sus servicios llorando, evocando el hambre de sus hijos; el

muchacho que nos brinda un periódico, insistirá para que se lo

compremos, alegando la enfermedad de su madre moribunda. Y entonces

intervendrá la mentira y se inventarán desgracias para producir

compasión. Y una vez que haya desaparecido el sentimiento de la

dignidad, todo quedará disuelto, y las personas carecerán de su riqueza

principal, que es el hueso medular: ese hueso fiero y resistente que

nos hace mantenernos rígidos, sin doblarnos, ni aun en el momento de

caer rendidos. La tensión medular--aceptadme el simbolismo--es la

esencial riqueza que han de poseer los hombres, los pueblos.

ESTETICA DE LA PALABRA

Es indudable que una culta y armoniosa emisión de la voz proporciona a

las personas la más eficaz cédula de tránsito social.

El hombre que habla bien se apodera desde el primer momento de nuestra

simpatía, y tiene conquistadas ya gran parte de las cosas que solicita,

si es que llega en tren de solicitar; en cuanto a la mujer, un lenguaje

limpio y musical es en ella arma insuperable.

Si el lenguaje hablado sirve para graduar la delicadeza y cultura de una

sociedad, el lenguaje escrito es la exposición íntima que presenta todo

un pueblo. No es necesario más que hojear la prensa de un país, para

descubrir su temperatura cultural. Cuando un pueblo se encomienda,

excesivamente, a la lucha brutal por el dinero, su lenguaje escrito

tiene un no sé qué de descuidado y grosero; en otros pueblos donde la

lucha económica se equilibra con la otra lucha de las ideas, las hojas

diarias aparecen mejor cuidadas, como si hubiera una sanción pública y

anónima que las investigase. Dentro de una misma nación, se distingue la

prensa de las ciudades exclusivamente comerciales, de aquella otra

prensa de las ciudades que alberga colegios, academias, centros

intelectuales. Y dentro de una misma ciudad, se distinguen a su vez los

periódicos cuyo espíritu es comercial y los otros, los que persiguen

algún fin educacionista o mantienen una tradición de cultura. Allí, en

Buenos Aires, hay ejemplos de esa disparidad. Mejor dicho, Buenos Aires

viene a ser una especie de museo periodístico, donde se leen hojas que

parecen escritas e impresas por rusos o italianos, y otras hojas en que

se cuida la dicción de un modo impecable y castizo, haciéndose las

correcciones con angustiosa prolijidad.

¿Se habla bien o mal en la Argentina? ¿Se escribe bien o mal en Buenos

Aires?...

Muchas veces he escuchado yo de labios argentinos palabras que me han

ruborizado; ha sido cuando me han pedido excusas por _destrozar el

castellano_. Y el ruborizarme yo tenía por causa la injusticia de la

excusa. Porque mi oído, en las frecuentes peregrinaciones de mi vida,

está habituado a escuchar toda clase de crímenes verbales, y sé, por

experiencia, que el idioma, en todas las provincias del mundo por donde

se ha extendido, es una víctima propiciatoria de la incorrecta

ilustración de las gentes. Es decir, que _en todas partes cuecen habas_.

Y necesito echar por delante la seguridad de que no es la Argentina el

lugar del mundo hispano donde más habas se cuecen.

Es allí frecuente lamentarse, entre las personas distinguidas, de los

solecismos en que incurre la gente del campo. Pero olvidan esas personas

que en el corazón de España, en el centro de la misma Castilla, los

pobres hombres de la plebe dicen _dende_ en lugar de _desde_; _vide_ por

_vi_; _vos sigo_, en vez de _os sigo_. Ahora bien, en España se cuida la

gente cultivada de incurrir en los defectos del vulgo, salvando esas

incorrecciones que podrían llamarse elementales; mientras que en las

tierras del Plata, no es raro oir de bocas cultas _bandiar_, en lugar de

_bandear_; _voltió_, por _volteó_. Este defecto, sin duda, obedece a

causas especiales; y es que hasta ayer mismo, como si dijéramos, la

Argentina era un país rural, pastoril, en que los amos y ricos se

confundían con los feudatarios, incurriendo en las mismas faenas y

aventuras, y también en los mismos defectos.

La dicción argentina es agradable al oído. Es una manera de decir

musical. Este musicalismo no existe en España, salvo en Andalucía y en

Galicia. El castellano habla con tono unísono, sobriamente, sin darle a

la frase demasiada flexión musical. Muchas veces una frase larga es

enunciada sin flexión ninguna, de un solo aliento y casi en un mismo

tono. A medida que se avanza hacia le Sur y hacia occidente, el lenguaje

adquiere más variedad sonora; en Galicia la palabra tiende a convertirse

en un canto mimoso y como afeminado, y los andaluces, indiscutiblemente,

son los maestros en la música del lenguaje, al cual matizan con

pintorescos incisos cromáticos.

De los andaluces tomaron los americanos su manera de hablar. La palabra

es suave, tal vez demasiado suave para la boca de los hombres... La

gente se explica bien, con método discursivo, sin balbuceos,

expeditamente, y las palabras suelen ser correctas y distinguidas. Tan

correctas y distinguidas, que el español, habituado a una conversación

natural y modesta, se ve sorprendido en América ante palabras finas y

poéticas, que tienen uso corriente sin embargo de parecer

exclusivamente librescas.

Pero existe un defecto: la limitación. Primeramente tenemos la

limitación de sonidos, y después la limitación de vocablos y giros

verbales. En castellano están diferenciadas la zeda y la ese, la elle y

la y griega, la y griega y la i latina. Todo el norte de España, el

centro y el levante, mantienen pura esa diferenciación. Desde la latitud

de Madrid comienzan a involucrarse, mejor dicho, a limitarse los

sonidos; en la Mancha se acentúa el defecto, y llegando a Andalucía, el

anarquismo es completo. Así, pues, la mitad del mundo que habla

castellano se priva por su desgracia de varios matices de dicción. La

zeda y la ese se confunden en un único sonido suave, un poco ceceoso y

afeminado; la elle tiene sonido dental, lo mismo que la y griega, y el

orador se ve confundido, embarazado, molesto por querer diferenciar los

sonidos de las letras, sin lograrlo al fin, acaso porque el uso se

encargó de atrofiar ciertos movimientos bucales.

La otra limitación es más grave, aunque más fácil de corregirse. Me

refiero a la limitación de vocablos y giros verbales, al empobrecimiento

del idioma, a la reducción de la zona del lenguaje. Un idioma es como un

tesoro: delante de un tesoro, el avaro o el pacato reducen la actividad

de las monedas, contentándose con el uso de unas pocas, las suficientes

para sus breves necesidades; en tanto que el hombre enérgico y capaz

pone en movimiento todas las monedas de su tesoro, llevando a extremos

increíbles la irradiación de su voluntad.

Ahora bien, ¿me harán los lectores la merced de no incluirme entre los

arcaistas y académicos?... La conservación del tesoro del idioma, no

implica un compromiso de respeto cristalizado: el idioma tiene que ir

marchando siempre, al compás de los años y las cosas. Pero debe ir

marchando, y no estacionarse en el lugar común. ¡Cuántos escritores que

se creen revolucionarios e iconoclastas, no hacen más que encastillarse

en los lugares comunes, muy modernos y revolucionarios, pero al fin

lugares comunes!

Es una desgracia que todo un pueblo, como por sufragio universal,

decrete que la palabra _lindo_ ha de expresar todo cuanto sea

excelencia, y que ninguna otra palabra pueda tener circulación. La

desgracia en este caso significa una pérdida de diez, quince, veinte

palabras; y como cada palabra corresponde a un matiz de expresión,

hemos suprimido de nuestro mundo perceptivo numerosos puntos de vista.

Las cosas, entonces, ya no tienen para nosotros dimensión, superficie,

profundidad; las cosas quedan exhaustas de eso que es tan inapreciable

para el hombre culto: la graduación. Porque, bien mirado, lo que

distingue al civilizado del salvaje, es una cuestión de grados. El

salvaje procede como nosotros: habla, ríe, llora, piensa, guerrea,

cultiva la tierra y fabrica objetos que cambia por otros objetos. Pero

todo eso lo realiza gradualmente por debajo de lo que nosotros

realizamos. De la misma manera, un salvaje toca una música bárbara en

instrumentos groseros; de su música hasta la de Beethoven, median

infinitas gradaciones. Habla, pero sus palabras son pocas, sintéticas;

los mil matices de expresión se le escapan, porque no los percibe.

Distingue el color negro del blanco, el blanco del verde, pero confunde

el verde con el amarillo, el azul con el morado...

Si en Buenos Aires pasa una joven pizpireta y graciosa, la llaman linda;

pero si pasa una hermosa y elegante mujer la llaman linda asimismo; y le

dicen lindo a un soberbio palacio, y lindo a un patético discurso, y

lindo a una acción heroica, y lindo a un campo espléndido. Limitar de

tal modo el idioma, equivale a tirar voluntariamente un rico caudal. Es

otro lamentable descuido usar las frases, los giros, las salutaciones,

las formas arquitecturales del discurso que todo el mundo usa. Pierde

con eso su variedad el lenguaje, y nos convertimos en autómatas

parlantes.

Pero la culpa de este mal no debe achacarse a nadie, sino a la misma

constitución geográfica del país. Si el país es uniforme, el idioma

corre el peligro de ser uniforme también. Otra causa de la uniformidad

americana debe de consistir en los procedimientos coloniales de los

conquistadores: se limitaban el punto de embarque y el punto de

recepción, de manera que las cosas, las ideas y las palabras habían de

salir inexorablemente de Sevilla y llegar sin escala intermedia a

Panamá. Desde Panamá, las cosas, las ideas y las palabras eran

distribuídas en los diversos virreinatos y capitanías. De ahí proviene

la igualdad americana; esa es la causa de que el continente, a pesar de

su extensión y de la variedad climatológica, tenga más cohesión que

muchos pequeños Estados europeos; y que las canciones populares de

Méjico guarden cierta conexión rítmica con los cantos de Chile y del

Plata; y que se llame _pulpería_ en Puerto Rico a la misma cosa que en

Buenos Aires se llama _pulpería_.

Las naciones viejas y occidentales tienen, entre sus muchos defectos,

algunas cualidades buenas; la misma diferenciación regional, origen de

tantos disgustos, produce un efecto vital; el hombre de Venecia mantiene

formas y derivaciones locales, que unidas a las del hombre de Génova,

Nápoles y Siracusa, prestan al idioma italiano una continua aportación

de aguas verbales vivas. En ese caso, el idioma posee una manera de

reservas lingüísticas, propicias para conservar en estado corriente y

renovado al idioma nacional.

Idéntico es el caso de España con sus regiones tan variadas, donde los

modos de decir locales suponen una reserva inagotable para el acervo

común del idioma. En esas regiones escondidas, hasta atrasadas, se

conserva latente una transpiración íntima, un ritmo interno del

lenguaje. Sin proponérselo, el ritmo ese del lenguaje lo van traspasando

las regiones a la lengua culta, como los manantiales que vierten aguas

nuevas en un río. Porque el lenguaje, cuando se detiene y embalsa en un

centro numeroso de cultura, puede derivar en una cosa quieta y exenta

de elasticidad: para obviar tal peligro están los humildes manantiales

de las regiones, con su vigor de naturaleza virgen.

Se habla mucho de los galicismos. Pero el mal del galicismo no está en

el uso snobista de pocos o muchos vocablos gálicos. Una persona, o un

escritor, pueden intercalar en su lenguaje diversos vocablos exóticos;

decir _tour de force_ a todo trapo, y hablar de finanzas cuando cabría

decir negocios. No está ahí el mal, sino en _construir_ a la francesa. Y

desde algunos años a esta parte, nos estamos esforzando en desvirtuar el

ritmo de nuestro idioma, deformándolo, no en la parte externa, sino en

su interior. Lo estimable de un idioma, y lo que le hace ser original,

es su arquitectura, o sean los movimientos esenciales de sus oraciones.

Cada pueblo debe tener sus maneras peculiares de decir; y el pensamiento

diferenciado de un pueblo se manifiesta en formas de expresión

diferentes. Como ejemplo tenemos los idiomas germánicos y los latinos;

así como el pensamiento germánico nos es hostil en el primer instante, y

a veces no concluímos de aceptarlo nunca, del mismo modo sus idiomas se

nos resisten, y al traducirlos necesitamos variar, suprimir y aumentar

sus palabras y sus giros. Dentro de la familia de las lenguas romances,

hay, aunque en menor grado, una disparidad semejante. El italiano

castizo no construye sus oraciones, ni ataca las piezas principales de

su discurso, como un francés, ni un francés como un español. Pero

actualmente vamos suprimiendo esas diferenciaciones, y a diario leemos

artículos o libros escritos en castellano, que si se tradujeran palabra

por palabra al francés, quedarían incólumes dentro de la lengua de

Racine. Muy bien; esto parecerá una gran hazaña de adaptación europea;

pero renunciar al carácter intrínseco del lenguaje, presupone la

renuncia del carácter personal. Tales renuncias, bien examinadas, cabría

considerarlas como pecados o crímenes de lesa personalidad, o aún peor,

de lesa nacionalidad.

En el porvenir, y un porvenir muy próximo, por cierto, las guerras de

naciones se convertirán en guerras de idiomas. Lucharán los lenguajes

por la hegemonía mundial, y varias naciones se unirán en torno a un

idioma para presentar batalla a los otros.

El poema de la Pampa: "Martín Fierro" y el criollismo español · 第 6 / 9 段