Con una inflexible dureza, raro ejemplo en la historia de las

nacionalidades, las personas directivas han insistido en recomendar el

cambio del carácter y de los más esenciales componentes de la raza.

Frente al hombre de la llanura, encastillado en su altanera

independencia, sobrio, indolente y despreciador hidalgo del ahorro, se

ensalzaban las virtudes del colonizador europeo, asiduo, codicioso,

hábil en el uso de los oficios y de la agricultura. “Gobernar es

poblar”, se dijo en diferente tono y en numerosas ocasiones. Y el

poblar, en este caso, equivalía a substituir al hombre nacional de la

llanura, reacio y altanero, por el hombre europeo, tan flexible y

acumulador.

En el afán impaciente de renovación, los primeros cerebros del país no

desdeñaban el ultraje o la injuria. El vehemente Sarmiento, después de

pintar al gaucho en aquel célebre y no igualado capítulo de _Facundo_,

pasa a condenarlo en mil formas, con mil razones y dicterios, en nombre

de la civilización. La barbarie, para aquella mente obsesa, está en el

campesino pampeano o andino, que vive sobre una tierra fértil y no

quiere labrarla; que vaga a la orilla de un río como el Paraná y en

lugar de utilizarlo como sendero comercial y llenarlo de naves, prefiere

vadearlo rudimentariamente, asido a la cola del caballo nadador.

Sarmiento contempla sus lagunas provinciales de Huanacache, y las ve

estériles, inútiles, como cuando el indio precolombiano pescaba en sus

aguas. Contempla las ciudades provincianas, llenas de indolencia y

fanatismo; recorre el caudal de costumbres coloniales, saturadas de

herencias españolas, católicas, heráldicas; y proclama con ardor la

guerra al tradicionalismo, al indianismo, al hispanismo. Amonesta a sus

paisanos los hábitos gauchescos. Y exclama en sus _Recuerdos de

provincia_ con inflamado acento:

“¡Los blancos se vuelven indios huarpes, y es ya grande título para la

consideración pública saber tirar las bolas, llevar chiripá o rastrear

una mula!...”

Hoy no podría decir lo mismo. Ya no se tiran las bolas apenas, ni lleva

nadie chiripá. Por los caminos del campo van los colonos en tilburí. El

gaucho ha pasado a la historia o se refugia en el último baluarte de

ciertas provincias, aguardando allí la hora del desalojo. Y ahora que el

gaucho no existe, ¿no le veis alzarse en lo recóndito de las

imaginaciones, con la apostura ideal que prestan el recuerdo y la poesía

a las figuras fenecidas?

Está volviendo _Martín Fierro_, del fondo de su pampa grave, al paso del

peludo corcel amigo. Si antes disputaba en las pulperías o _payaba_

rudas canciones junto al fogón invernizo, hoy se codea con los héroes

helenos, con los caballeros de Rolando y con los infanzones del de

Vivar, mío Cid Campeador...

Su vuelta ha levantado choque de pendencia. Ya no es, como antes, la

justicia aldeana quien acude a acosarlo, con golpe de soldados y jueces

rurales; son los malcontentos de la tradición, los razonadores y los

progresistas, quienes se levantan airados contra él, invitándole a

volver a su obscuro sepulcro de la llanura. Pero a la vez le reciben

otros muchos con ardientes salutaciones. Miran en él a un personaje

remoto, fundido en las lejanías de la Historia, con lo esencial de la

raza. Acaso no se atreva nadie todavía a proclamarlo como ejemplar

auténtico y necesario del desdoblamiento nacional; los montones de trigo

y la multiplicidad de los Bancos obligan a contener los impulsos del

sentimiento. Bello como la cosa más íntima, sigue apareciendo como

funesto al progreso, a la “valorización”...

Y ahí está el gran conflicto, que ahora puede decirse que empieza en su

forma ostensible; conflicto que irá agrandándose más, a medida que el

país se vaya transformando. Y los conflictos sentimentales suelen ser

los más inquietadores, por lo mismo que son irresolubles. ¡Un país que

ha tenido que retorcer el pescuezo al antecesor, en una manera de

suicidio fenomenal, y que, sin embargo, no puede ahogar igualmente a los

ancestrales y escurridizos sentimientos!

CAPÍTULO XIII

MARTÍN FIERRO Y SARMIENTO

Ha sido Domingo F. Sarmiento una de las personalidades más vigorosas de

la Argentina, y el ruido de sus hazañas políticas y literarias llenó

medio siglo. Pero Sarmiento, que era tan español por la raza y el

carácter, no le concedió a España muchas frases cariñosas. Al contrario,

el fondo de su predicación puede resumirse de este modo: El argentino

debe extirpar de su seno todo lo que tiene de español, por incompatible

con el progreso; la Argentina debe poblarse de europeos agricultores o

comerciantes, expulsando a los indígenas retardatarios y perezosos;

Buenos Aires, o sea la ciudad, necesita invadir y dominar el campo,

someter las provincias originales y transformarlas... Todo esto,

expuesto en diferentes páginas de sus libros, ya se comprende que es la

teoría de un hombre de la época romántica, lleno de ideas

enciclopedistas y progresistas, atestado de lecturas oratorias, con el

idealismo retórico de la primera parte del siglo XIX. Además, se nota en

Sarmiento al americano recién manumitido, que conserva aún el odio al

amo colonial.

En el poema _Martín Fierro_, por el contrario, está expresado a mi

parecer el sentimiento de nostalgia por la vida criolla antigua, pero en

una forma espontánea y sincera como nunca se atreverían a exponer los

publicistas cultos. Así, en cierto modo, “Martín Fierro” viene a ser una

réplica de Sarmiento, una contradicción sentimental de la pedagógica y

libresca teoría de Sarmiento.

El hombre modesto y obscuro que era José Hernández, no trató de velar

sus ideas y sus instintos, ni tuvo en cuenta las altas conveniencias

políticas y económicas que obligan a los criollos de Buenos Aires al uso

del eufemismo.

José Hernández, a la manera de un _gaucho_ del interior, consideraba que

la corriente civilizadora e inmigratoria iba arrasando lo substancial y

característico de la Argentina, y se rebela contra ello, con la misma

franqueza que podría usar un hombre del pueblo anónimo. Y en su mente se

dibujaba ya el conflicto trágico y sentimental que alguna vez debería

preocupar a todos los argentinos ilustrados y sensibles.

Yo recordaré siempre la pintoresca y graciosa definición que me hiciera

un argentino entrerriano, a propósito de la teoría del progreso

desenfrenado y vertiginoso. “A nosotros nos ha sucedido, decía, como al

caballo que marcha tranquilo por un sendero, que no tiene prisa para

llegar y que lleva un paso seguro y cómodo; de repente cruza en la misma

dirección un _pingo_ desbocado, frenético, galopante, y nuestro buen

caballo, dejándose arrastrar por el ejemplo y la emulación, aprieta a

galopar también... ¡y de veras nos han fastidiado, porque nosotros no

precisábamos correr tanto ni sentíamos ninguna imperiosa necesidad de ir

tan aprisa!”

Este disgusto por la carrera vertiginosa se halla expresado en el

“Martín Fierro” constantemente, y se apunta de continuo la idea máxima

de que no vale el resultado lo mucho que cuesta. Porque un país que

quiere variar fundamentalmente y busca el fin sin reparar los medios,

necesita entregar mucha parte de sus bienes más caros, los que

corresponden a la personalidad, a la tradición, a la raza.

“Gobernar es poblar”, se ha repetido en la Argentina de distintos modos;

y han ingresado, en efecto, verdaderas avalanchas extranjeras. Por su

parte, Sarmiento proclamaba su famoso dilema entre la silla de montar

inglesa y el “recado” criollo; Sarmiento ha ganado la partida, y el país

le dió la razón, optando por la silla inglesa que lleva en sí, con su

triunfo, la adopción plena y apresurada de todas las normas y los

caracteres extranjeros. En el dilema de Sarmiento se incluía la parte

étnica, la población humana que había de ocupar el país; Sarmiento

entendía que el paisano aborigen, preñado de defectos y caracteres

españoles, era nefasto y correspondía al “recado” criollo; el

criollismo, signo de barbarie, debía ceder el puesto a la civilización y

al _gringo_... Efectivamente, el gaucho ha ido cediendo el puesto a los

colonos extranjeros, que ocupan las mejores porciones del país y se

instalan en los órganos dirigentes o matrices de Buenos Aires.

Todo lleno de nostalgia criolla y de un nacionalismo íntimamente

xenófobo, José Hernández prorrumpe, por boca de su héroe Martín Fierro:

¡Ah tiempos... si era un orgullo

ver jinetiar un paisano

cuando era gaucho baquiano;

aunque el potro se voliase,

no había uno que no parase

con el cabestro en la mano.

Y mientras domaban unos,

otros al campo salían,

y la hacienda recogían,

las manadas repuntaban,

y ansí sin sentir pasaban

entretenidos el día.

Y verlos al cair la tarde

en la cocina reunidos,

con el juego bien prendido

y mil cosas que contar,

platicar muy divertidos

hasta después de cenar.

Y con el buche bien lleno

era cosa superior,

irse en brazos del amor

a dormir como la gente,

pa empezar al día siguiente

la faena del día anterior...

He aquí una exposición, toscamente referida, de esa edad de oro o vivir

idílico que los pueblos construyen con sus materiales legendarios. He

aquí también una refutación apasionada de las teorías de Sarmiento. El

fogoso Sarmiento condenaba el recado criollo, la superstición española y

la barbarie del gaucho; sus contemporáneos y sus descendientes le dieron

la razón. Pero la queja de Fierro, la protesta criolla del gaucho que se

siente suplantado y vencido, ha de sonar hoy, y mejor mañana, en la

conciencia argentina como un grito de justa reivindicación.

¡Recuerdo! ¡Qué maravilla!

¡Cómo andaba la gauchada,

siempre alegre y bien montada

y dispuesta pa el trabajo!

Pero al presente... ¡barajo,

no se la ve de aporriada!

El gaucho más infeliz

tenía tropilla de un pelo,

no le faltaba un consuelo,

y andaba la gente lista...

Tendiendo al campo la vista

sólo vía hacienda y cielo.

Por mucho que nosotros, hombres de harta cultura, tengamos bastante

sospecha de la veracidad de esta edad de oro que los pueblos imaginan en

una época anterior, no podemos dudar completamente de que Martín Fierro

decía la verdad.

Es imposible negar que el galopante gaucho

Tendiendo al campo la vista

sólo vía hacienda y cielo...

Un cielo libre, que era el suyo, y que le servía de tácito confidente en

sus amores y en sus cantos.

Cuando llegaban las hierras

¡cosa que daba calor!

tanto gaucho pialador

y tironiador sin hiel.

¡Ah tiempos!... pero si en él

se ha visto tanto primor!

Aquello no era trabajo,

más bien era una junción,

y después de güen tirón,

en que uno se daba maña,

pa darle un trago de caña

solía llamarle el patrón...

He ahí ahora, como se ve, pintada la edad patriarcal, la edad familiar,

la época en que, al modo de las relaciones bíblicas, el trabajo no es

una pena, sino una _junción_; en que el amo y el sirviente no son dos

enemigos, sino dos fuerzas compenetradas, amigas, solidarias, que se

ayudan y se quieren. La teoría de Sarmiento tenía prisa por romper esta

unión amigable; aspiraba al industrialismo europeo, a la civilización

arrivista y sin alma, a la desunión del amo y del criado. La silla

inglesa aportaría rieles, rascacielos, quintas canalizadas... Pero ya no

llamaría el patrón al gaucho afanoso, y le alargaría, sonriendo

paternalmente, el frasco de caña.

Se ha extraído del _Martín Fierro_, por los publicistas argentinos,

principalmente la parte que contiene de protesta social. Pero el

_socialismo_ del gaucho, en el libro de _Martín Fierro_, no tiene

verdadero valor de lucha de clases, ni de protesta contra una abusiva

repartición de tierras y poderes. Lo que realmente alienta en este

libro, es un problema político, étnico, nacional. Es la protesta del

tradicionalismo frente a la civilización arrivista; es la enemistad

entre el _gaucho_ y el _gringo_; es la rivalidad entre la urbe ribereña,

fastuosa, absorbente--Buenos Aires,--y el país histórico; es el

conflicto que enunciara Sarmiento en su “Civilización y Barbarie”.

El gaucho habla por conducto de Martín Fierro, el cual recuerda la vida

dorada de abundancia patriarcal. La vida dorada desaparece, y los

gauchos son arreados hacia la _frontera_, donde se dará a los indios la

última embestida. Cuando los indios desaparezcan también, el país se

llenará de especuladores, de extranjeros, de codicias desenfrenadas. La

ciudad, Buenos Aires, se hará inmensa como un coloso, como un monstruo.

Y al decretar el censo de la República, resultará que el país alberga

millones de extranjeros, en una cifra total de ocho millones de

habitantes. Habrá pueblos argentinos en donde no se habla el castellano

usualmente; habrá argentinos hijos de extranjeros, que hablan un

castellano pestilente, corrompido, una jerga impura y presidiaria; habrá

pueblos en que la sangre argentina está en una proporción

insignificante...

Esto significa, seguramente, el triunfo de la doctrina de Sarmiento.

Pero es una victoria semejante a la de Pirro; el ejército argentino se

ha deshecho. Tradiciones, modalidades, características, fuerza racial,

energía del tono primitivo, todo queda deshecho o expulsado ante el

imperio triunfador de Buenos Aires, por cuyo puerto viene continuamente

la avalancha.

El gran propagandista combatió el ruralismo gauchesco, el

tradicionalismo español, la superstición española, todo lo que hay de

español, y por tanto funesto, en el ser argentino. Después de algunos

lustros, la sociedad argentina se ha enriquecido con preciosos valores

económicos, agrícolas y políticos. El ideal de Sarmiento camina

triunfante. Pero a cambio de la riqueza material y política, ¿el país no

ha debido sacrificar su substancia tradicional, espiritual y étnica?...

El odio de Sarmiento a España es un monstruo que se vuelve contra sí

mismo, y en realidad es la patria argentina la que sufre la mordedura.

Combatir lo español en la Argentina, sobre todo a principios del siglo

XX, es combatir el propio criollismo. Sarmiento condena y repudia las

costumbres, los usos, las ideas, los resabios, hasta la gente gauchesca;

¿qué le queda para estimar? El suelo, la tierra... Es muy poco,

seguramente. Y es mucho más poco si consideramos aquel suelo pampeano,

liso e inexpresivo, monótona tierra de mieses y pastos, que sin la ayuda

de la gente gauchesca y de la poesía tradicional pierde todo lo que

avalora y explica una patria: el alma.

No; España no tenía la culpa de los defectos que Sarmiento analiza y

combate en sus apasionadas obras. Tan pronto como el grande hombre

argentino llega a la madurez mental, mira el espectáculo de su patria y

la ve sometida a la guerra civil, a la tiranía y a la barbarie. Pero no

quiere comprender que sobre la Argentina, como sobre toda la América, ha

pasado la revolución y está triunfante la independencia. De todo lo que

examina Sarmiento es culpable la misma independencia, puesto que ésta ha

destruído en seis u ocho lustros cuanto pudo construir España en tres

siglos.

Los virreynatos españoles habían absorbido las esencias de la

civilización europea, que en este caso era civilización española; y

España no envió a América las sobras y lo secundario, sino que muchas

veces había en Perú y Méjico mayor vigor que en la misma Península, como

ocurrió en la época de los últimos Austrias. En el siglo XVI dió España

a las Indias su fervor evangélico y su espíritu valeroso, heroico,

expansivo; en el siglo XVII envió España a América el sentido

complementario de la organización política, municipal, eclesiástica y

universitaria; el siglo XVIII vió aparecer en los virreynatos las

compañías económicas y una sociabilidad culta, muy del tiempo, que

llamaríamos de casaca y peluca.

Esta sociabilidad de casaca y peluquín era la que imperaba en los

virreynatos cuando los desafueros de Napoleón a lo largo de la

Península inspiraron a los criollos la idea de emanciparse. Sería

estúpido alegar que la América de entonces, la América de los virreyes

cultos y humanos, la América de casaca y peluquín, de las academias y la

buena sociabilidad, era una América torva, hormiguero de gauchos

cerriles y gentes bárbaras.

De esa América de los virreynatos desciende la civilización criolla, y

de ella provienen las costumbres, el carácter, lo peculiar y _nacional_

del criollismo. Esa sociabilidad hispano-criolla hizo posible que en el

fondo de los Andes, en el remoto interior continental, naciera y se

agrandara la ciudad de San Juan, patria nativa de Sarmiento. Y

Sarmiento, que nació en la época del virreynato, o sólo un año después

de la revolución, no vino al mundo de unos padres soeces, bárbaros y

rústicos; su familia era prócer, honrada, hidalga, y en ella aprendió

los principios de una alta sociabilidad española.

Pues si España, a través del Atlántico, era capaz de crear una extensa e

intensa civilización; si España dió el ser íntimo y fundamental a

hombres como Sarmiento, y si Sarmiento no se explica sin España, ¿cómo

es posible que se disculpen las arbitrariedades pseudocríticas de aquel

voluntario antiespañolista?

La independencia rompió todos los frenos, desbarató la red de

disciplinas que cubría a América y destruyó lo que había, de

continuidad, de densidad, de correlación, de armonía y de gobierno en

los virreynatos; la familia, la autoridad, la trabazón civilizada, todo

vino a tierra. No fué el desbande de las ignorancias oprimidas lo que

realizó la independencia; fué la supresión de la armonía civilizada, que

trajo por consecuencia la barbarie. Este fenómeno lo conocen los

labriegos en las tierras que se dejan de labrar y caen en poder de los

matorrales. Fué injusto y cruel Sarmiento cuando, ante el cuadro que

presentaba la Argentina en sus primeros años de independencia, se

revolvía contra España. Aquella barbarie que él lamentaba no era

española; era criolla nada más. La civilización española se había

derrumbado, y lo que veía Sarmiento eran las ruinas y los matorrales del

barbecho.

En vez de condenar absolutamente la barbarie, y sobre todo la tradición

hispano-criolla, ¿por qué no se dedicó su talento a recuperar, a

recomponer, a rehabilitar el viejo campo de la civilización española,

adaptándola a los nuevos tiempos y a las nuevas normas políticas? Esto

le hubiera diputado como hombre verdaderamente genial. Pero Sarmiento

estaba corrompido por la admiración rastacuera hacia el extranjero. Y en

lugar de levantarse como el gran _reformador americano_ (el reformador

que todavía aguarda América), se detuvo en la categoría de un vulgar

político transeunte, de cualquier político del momento y vista corta que

en frente de una tierra ancha sólo se le ocurre trazar parcelas y darlas

a labrar al que desee. Está bien; esto es lógico y práctico. Pero hay

algún otro margen para la genialidad.

* * * * *

Mientras la Argentina avanza en su camino de riqueza, la mente

observadora, sin embargo asiste a una tragedia íntima, la de un pueblo

que estaba lleno de vigor y carácter, y que rápidamente se transforma en

una cosa diferente, amorfa, un poco caótica dentro de su opulencia

nacional.

Caótica, porque al destruir sin piedad los cimientos de la tradición,

no se han cuidado de conservar prudentemente los elementos substanciales

de la raza. Han abierto demasiada franca la puerta a las aportaciones

externas, y lo substancial propio se ve inundado, desorientado o

invalidado.

En un país de nutrida población indígena, la inmigración puede admitirse

sin reparo; los Estados Unidos tenían ya una base populosa bastante

capaz cuando llegó la ola europea. La Argentina tenía una población

insignificante, y el extranjero la ha invadido. Por eso puede dudarse de

que el sistema antitradicional de Sarmiento fuese completamente sabio y

oportuno.

Y es que la convulsión de la guerra de independencia dejó en América

muchos odios, rencores, suspicacias. Todo el siglo XIX ha durado el

período del antiespañolismo. Suele sorprendernos, viviendo en la

Argentina, que la Historia nacional la componen los argentinos en una

forma un poco caprichosa, desde luego original; dividen su Historia en

dos épocas: la Moderna y la Antigua. La Historia Antigua, comprende el

período colonial, o sea el tiempo de la dominación española. Más bien

puede llamársele prehistoria a ese período. Los argentinos lo tratan

someramente, vagamente, como si lo ignoraran; en realidad no quieren

recordarlo, o quieren extirparlo...

Pero alguna vez los verdaderos argentinos sentirán el pánico de la

descomposición tradicional. Hartos de hablar en francés, desearán por

fin hablar en español. Querrán ser argentinos, para no caer en la

desgracia de ser una cosa híbrida e indeterminada. Entonces, ladeando a

Sarmiento, buscarán las fuentes primitivas, y en lugar del _chacarero_

internacional ponderarán el gaucho, y más lejos todavía hallarán que el

verdadero fundamento de la nacionalidad argentina se halla en los tres

siglos de la colonización española a todo lo largo de América.

APÉNDICES

EXPLICACIÓN DE ALGUNOS CRIOLLISMOS CONTENIDOS EN ESTA OBRA

1. _Chiripá._ Especie de zaragüelles, que los gauchos vestían en lugar

de pantalones. Era una gran pieza de paño, que se ajustaba a la cintura

dejando holgadas las piernas y permitía montar desenvueltamente a

caballo. Bajo la envoltura del chiripá se usaban amplios y vistosos

calzoncillos, cuyos flecos bordados pendían sobre el tobillo.

2. _Carnear._ Acción de sacrificar una res y cortarla para ser comida.

3. _Compadre_, _compadrito_. Equivale a valentón, guapo, jaque. Se ha

formado el verbo _compadrear_, que por extensión se aplica a todo acto

jactancioso. El _compadre_ deriva cada vez más en la forma del

_compadrito_, especie de chulo, de apache y de _soutener_.

4. _Pago._ Voz que en España tiene limitado uso y que en la Argentina se

emplea corrientemente. Significa la patria local, el burgo o el terreno

de donde se es originario y en donde están la familia, la casa, los

bienes y las afecciones.

5. _Décian._ Los criollos acentúan a veces de manera que al español

resulta extraña; pasan rápidamente sobre las dobles vocales. Sin que

puedan precisarse estas modalidades fonéticas provinciales,

aproximadamente pronuncian los criollos de esta manera: páis, décian.

Por lo tanto, los versos populares de este poema ofrecerán más de una

vez al lector culto español la impresión de estar mal medidos. Los

escritores castellanos clásicos usaban también esta forma de

acentuación.

6. _Cimarrón._ Uno de los varios nombres cariñosos que se da a la

calabaza que contiene la infusión de la hierba mate. El mate es una

especie de te americano; se bebe como estimulante, y en dosis regulares

resulta beneficioso y agradable; pero tomado con exceso, degenera en

vicio y puede ocasionar desarreglos nerviosos. Se bebe por medio de una

espátula de plata, aspirando.

7. _China._ La mujer del pueblo en el Río de la Plata. Se entiende por

_china_ a la criolla auténtica, castiza, casi siempre mestizada. No es

vocablo despectivo; más bien es cariñoso.

8. _Apiarse._ Apearse. En toda América se usa mucho esta palabra, por

bajarse, saltar, descender. Se ha usado también mucho en España.

9. _Pingo._ Uno de los numerosos nombres del caballo en el Plata.

10. _Daga._ Se llama con más frecuencia _facón_. Es un cuchillo largo,

estrecho, de punta y filo. No lleva más guarda que una cruz en la

empuñadura. Es el arma, el compañero y hasta la herramienta doméstica

del campesino. Sirve para carnear, como tenedor y como insuperable

defensa. Todo buen criollo aprende una consumada esgrima de cuchillo,

realmente prodigiosa. Las armas de fuego, el revólver barato y el

inmigrante, han reducido mucho el uso del clásico _facón_. Pero en el

campo, si no en la pura forma antigua, sigue llevando la gente un

cuchillo, más corto que el clásico, sin duda un puñal, que sirve para

cien menesteres, y sobre todo para comer la carne asada.

11. _Fortín._ Hasta el último tercio del siglo XIX ocupaban los indios

salvajes la parte meridional de la República Argentina. Llegaban sus

aduares al mismo límite de la provincia de Buenos Aires. Para tener a

raya a estos indios se estableció una línea de puestos militares o

fortines.

12. _Tres Marías._ Forma pintoresca de referirse a las _boleadoras_,

arma arrojadiza de los indios y los gauchos que consiste en tres pelotas

de piedra dura unidas por cordeles cortos. Antes de lanzar esta arma, se

revolea en alto, y así lanzada con fuerza y habilidad, cae sobre las

patas de una res, maniatándola, o se enrolla al cuerpo de un hombre,

derribándolo, o le destroza la cabeza.

13. _Pucha._ Interjección muy corriente, que sustituye a otra, también

corrientísima en Sur América e impronunciable en estas páginas.

14. _Pulpería._ Nombre que en diversas naciones de América se da al

establecimiento mixto de taberna y tienda de comestibles.

El poema de la Pampa: "Martín Fierro" y el criollismo español · 第 5 / 9 段