nacionalidades, las personas directivas han insistido en recomendar el
cambio del carácter y de los más esenciales componentes de la raza.
Frente al hombre de la llanura, encastillado en su altanera
independencia, sobrio, indolente y despreciador hidalgo del ahorro, se
ensalzaban las virtudes del colonizador europeo, asiduo, codicioso,
hábil en el uso de los oficios y de la agricultura. “Gobernar es
poblar”, se dijo en diferente tono y en numerosas ocasiones. Y el
poblar, en este caso, equivalía a substituir al hombre nacional de la
llanura, reacio y altanero, por el hombre europeo, tan flexible y
acumulador.
En el afán impaciente de renovación, los primeros cerebros del país no
desdeñaban el ultraje o la injuria. El vehemente Sarmiento, después de
pintar al gaucho en aquel célebre y no igualado capítulo de _Facundo_,
pasa a condenarlo en mil formas, con mil razones y dicterios, en nombre
de la civilización. La barbarie, para aquella mente obsesa, está en el
campesino pampeano o andino, que vive sobre una tierra fértil y no
quiere labrarla; que vaga a la orilla de un río como el Paraná y en
lugar de utilizarlo como sendero comercial y llenarlo de naves, prefiere
vadearlo rudimentariamente, asido a la cola del caballo nadador.
Sarmiento contempla sus lagunas provinciales de Huanacache, y las ve
estériles, inútiles, como cuando el indio precolombiano pescaba en sus
aguas. Contempla las ciudades provincianas, llenas de indolencia y
fanatismo; recorre el caudal de costumbres coloniales, saturadas de
herencias españolas, católicas, heráldicas; y proclama con ardor la
guerra al tradicionalismo, al indianismo, al hispanismo. Amonesta a sus
paisanos los hábitos gauchescos. Y exclama en sus _Recuerdos de
provincia_ con inflamado acento:
“¡Los blancos se vuelven indios huarpes, y es ya grande título para la
consideración pública saber tirar las bolas, llevar chiripá o rastrear
una mula!...”
Hoy no podría decir lo mismo. Ya no se tiran las bolas apenas, ni lleva
nadie chiripá. Por los caminos del campo van los colonos en tilburí. El
gaucho ha pasado a la historia o se refugia en el último baluarte de
ciertas provincias, aguardando allí la hora del desalojo. Y ahora que el
gaucho no existe, ¿no le veis alzarse en lo recóndito de las
imaginaciones, con la apostura ideal que prestan el recuerdo y la poesía
a las figuras fenecidas?
Está volviendo _Martín Fierro_, del fondo de su pampa grave, al paso del
peludo corcel amigo. Si antes disputaba en las pulperías o _payaba_
rudas canciones junto al fogón invernizo, hoy se codea con los héroes
helenos, con los caballeros de Rolando y con los infanzones del de
Vivar, mío Cid Campeador...
Su vuelta ha levantado choque de pendencia. Ya no es, como antes, la
justicia aldeana quien acude a acosarlo, con golpe de soldados y jueces
rurales; son los malcontentos de la tradición, los razonadores y los
progresistas, quienes se levantan airados contra él, invitándole a
volver a su obscuro sepulcro de la llanura. Pero a la vez le reciben
otros muchos con ardientes salutaciones. Miran en él a un personaje
remoto, fundido en las lejanías de la Historia, con lo esencial de la
raza. Acaso no se atreva nadie todavía a proclamarlo como ejemplar
auténtico y necesario del desdoblamiento nacional; los montones de trigo
y la multiplicidad de los Bancos obligan a contener los impulsos del
sentimiento. Bello como la cosa más íntima, sigue apareciendo como
funesto al progreso, a la “valorización”...
Y ahí está el gran conflicto, que ahora puede decirse que empieza en su
forma ostensible; conflicto que irá agrandándose más, a medida que el
país se vaya transformando. Y los conflictos sentimentales suelen ser
los más inquietadores, por lo mismo que son irresolubles. ¡Un país que
ha tenido que retorcer el pescuezo al antecesor, en una manera de
suicidio fenomenal, y que, sin embargo, no puede ahogar igualmente a los
ancestrales y escurridizos sentimientos!
CAPÍTULO XIII
MARTÍN FIERRO Y SARMIENTO
Ha sido Domingo F. Sarmiento una de las personalidades más vigorosas de
la Argentina, y el ruido de sus hazañas políticas y literarias llenó
medio siglo. Pero Sarmiento, que era tan español por la raza y el
carácter, no le concedió a España muchas frases cariñosas. Al contrario,
el fondo de su predicación puede resumirse de este modo: El argentino
debe extirpar de su seno todo lo que tiene de español, por incompatible
con el progreso; la Argentina debe poblarse de europeos agricultores o
comerciantes, expulsando a los indígenas retardatarios y perezosos;
Buenos Aires, o sea la ciudad, necesita invadir y dominar el campo,
someter las provincias originales y transformarlas... Todo esto,
expuesto en diferentes páginas de sus libros, ya se comprende que es la
teoría de un hombre de la época romántica, lleno de ideas
enciclopedistas y progresistas, atestado de lecturas oratorias, con el
idealismo retórico de la primera parte del siglo XIX. Además, se nota en
Sarmiento al americano recién manumitido, que conserva aún el odio al
amo colonial.
En el poema _Martín Fierro_, por el contrario, está expresado a mi
parecer el sentimiento de nostalgia por la vida criolla antigua, pero en
una forma espontánea y sincera como nunca se atreverían a exponer los
publicistas cultos. Así, en cierto modo, “Martín Fierro” viene a ser una
réplica de Sarmiento, una contradicción sentimental de la pedagógica y
libresca teoría de Sarmiento.
El hombre modesto y obscuro que era José Hernández, no trató de velar
sus ideas y sus instintos, ni tuvo en cuenta las altas conveniencias
políticas y económicas que obligan a los criollos de Buenos Aires al uso
del eufemismo.
José Hernández, a la manera de un _gaucho_ del interior, consideraba que
la corriente civilizadora e inmigratoria iba arrasando lo substancial y
característico de la Argentina, y se rebela contra ello, con la misma
franqueza que podría usar un hombre del pueblo anónimo. Y en su mente se
dibujaba ya el conflicto trágico y sentimental que alguna vez debería
preocupar a todos los argentinos ilustrados y sensibles.
Yo recordaré siempre la pintoresca y graciosa definición que me hiciera
un argentino entrerriano, a propósito de la teoría del progreso
desenfrenado y vertiginoso. “A nosotros nos ha sucedido, decía, como al
caballo que marcha tranquilo por un sendero, que no tiene prisa para
llegar y que lleva un paso seguro y cómodo; de repente cruza en la misma
dirección un _pingo_ desbocado, frenético, galopante, y nuestro buen
caballo, dejándose arrastrar por el ejemplo y la emulación, aprieta a
galopar también... ¡y de veras nos han fastidiado, porque nosotros no
precisábamos correr tanto ni sentíamos ninguna imperiosa necesidad de ir
tan aprisa!”
Este disgusto por la carrera vertiginosa se halla expresado en el
“Martín Fierro” constantemente, y se apunta de continuo la idea máxima
de que no vale el resultado lo mucho que cuesta. Porque un país que
quiere variar fundamentalmente y busca el fin sin reparar los medios,
necesita entregar mucha parte de sus bienes más caros, los que
corresponden a la personalidad, a la tradición, a la raza.
“Gobernar es poblar”, se ha repetido en la Argentina de distintos modos;
y han ingresado, en efecto, verdaderas avalanchas extranjeras. Por su
parte, Sarmiento proclamaba su famoso dilema entre la silla de montar
inglesa y el “recado” criollo; Sarmiento ha ganado la partida, y el país
le dió la razón, optando por la silla inglesa que lleva en sí, con su
triunfo, la adopción plena y apresurada de todas las normas y los
caracteres extranjeros. En el dilema de Sarmiento se incluía la parte
étnica, la población humana que había de ocupar el país; Sarmiento
entendía que el paisano aborigen, preñado de defectos y caracteres
españoles, era nefasto y correspondía al “recado” criollo; el
criollismo, signo de barbarie, debía ceder el puesto a la civilización y
al _gringo_... Efectivamente, el gaucho ha ido cediendo el puesto a los
colonos extranjeros, que ocupan las mejores porciones del país y se
instalan en los órganos dirigentes o matrices de Buenos Aires.
Todo lleno de nostalgia criolla y de un nacionalismo íntimamente
xenófobo, José Hernández prorrumpe, por boca de su héroe Martín Fierro:
¡Ah tiempos... si era un orgullo
ver jinetiar un paisano
cuando era gaucho baquiano;
aunque el potro se voliase,
no había uno que no parase
con el cabestro en la mano.
Y mientras domaban unos,
otros al campo salían,
y la hacienda recogían,
las manadas repuntaban,
y ansí sin sentir pasaban
entretenidos el día.
Y verlos al cair la tarde
en la cocina reunidos,
con el juego bien prendido
y mil cosas que contar,
platicar muy divertidos
hasta después de cenar.
Y con el buche bien lleno
era cosa superior,
irse en brazos del amor
a dormir como la gente,
pa empezar al día siguiente
la faena del día anterior...
He aquí una exposición, toscamente referida, de esa edad de oro o vivir
idílico que los pueblos construyen con sus materiales legendarios. He
aquí también una refutación apasionada de las teorías de Sarmiento. El
fogoso Sarmiento condenaba el recado criollo, la superstición española y
la barbarie del gaucho; sus contemporáneos y sus descendientes le dieron
la razón. Pero la queja de Fierro, la protesta criolla del gaucho que se
siente suplantado y vencido, ha de sonar hoy, y mejor mañana, en la
conciencia argentina como un grito de justa reivindicación.
¡Recuerdo! ¡Qué maravilla!
¡Cómo andaba la gauchada,
siempre alegre y bien montada
y dispuesta pa el trabajo!
Pero al presente... ¡barajo,
no se la ve de aporriada!
El gaucho más infeliz
tenía tropilla de un pelo,
no le faltaba un consuelo,
y andaba la gente lista...
Tendiendo al campo la vista
sólo vía hacienda y cielo.
Por mucho que nosotros, hombres de harta cultura, tengamos bastante
sospecha de la veracidad de esta edad de oro que los pueblos imaginan en
una época anterior, no podemos dudar completamente de que Martín Fierro
decía la verdad.
Es imposible negar que el galopante gaucho
Tendiendo al campo la vista
sólo vía hacienda y cielo...
Un cielo libre, que era el suyo, y que le servía de tácito confidente en
sus amores y en sus cantos.
Cuando llegaban las hierras
¡cosa que daba calor!
tanto gaucho pialador
y tironiador sin hiel.
¡Ah tiempos!... pero si en él
se ha visto tanto primor!
Aquello no era trabajo,
más bien era una junción,
y después de güen tirón,
en que uno se daba maña,
pa darle un trago de caña
solía llamarle el patrón...
He ahí ahora, como se ve, pintada la edad patriarcal, la edad familiar,
la época en que, al modo de las relaciones bíblicas, el trabajo no es
una pena, sino una _junción_; en que el amo y el sirviente no son dos
enemigos, sino dos fuerzas compenetradas, amigas, solidarias, que se
ayudan y se quieren. La teoría de Sarmiento tenía prisa por romper esta
unión amigable; aspiraba al industrialismo europeo, a la civilización
arrivista y sin alma, a la desunión del amo y del criado. La silla
inglesa aportaría rieles, rascacielos, quintas canalizadas... Pero ya no
llamaría el patrón al gaucho afanoso, y le alargaría, sonriendo
paternalmente, el frasco de caña.
Se ha extraído del _Martín Fierro_, por los publicistas argentinos,
principalmente la parte que contiene de protesta social. Pero el
_socialismo_ del gaucho, en el libro de _Martín Fierro_, no tiene
verdadero valor de lucha de clases, ni de protesta contra una abusiva
repartición de tierras y poderes. Lo que realmente alienta en este
libro, es un problema político, étnico, nacional. Es la protesta del
tradicionalismo frente a la civilización arrivista; es la enemistad
entre el _gaucho_ y el _gringo_; es la rivalidad entre la urbe ribereña,
fastuosa, absorbente--Buenos Aires,--y el país histórico; es el
conflicto que enunciara Sarmiento en su “Civilización y Barbarie”.
El gaucho habla por conducto de Martín Fierro, el cual recuerda la vida
dorada de abundancia patriarcal. La vida dorada desaparece, y los
gauchos son arreados hacia la _frontera_, donde se dará a los indios la
última embestida. Cuando los indios desaparezcan también, el país se
llenará de especuladores, de extranjeros, de codicias desenfrenadas. La
ciudad, Buenos Aires, se hará inmensa como un coloso, como un monstruo.
Y al decretar el censo de la República, resultará que el país alberga
millones de extranjeros, en una cifra total de ocho millones de
habitantes. Habrá pueblos argentinos en donde no se habla el castellano
usualmente; habrá argentinos hijos de extranjeros, que hablan un
castellano pestilente, corrompido, una jerga impura y presidiaria; habrá
pueblos en que la sangre argentina está en una proporción
insignificante...
Esto significa, seguramente, el triunfo de la doctrina de Sarmiento.
Pero es una victoria semejante a la de Pirro; el ejército argentino se
ha deshecho. Tradiciones, modalidades, características, fuerza racial,
energía del tono primitivo, todo queda deshecho o expulsado ante el
imperio triunfador de Buenos Aires, por cuyo puerto viene continuamente
la avalancha.
El gran propagandista combatió el ruralismo gauchesco, el
tradicionalismo español, la superstición española, todo lo que hay de
español, y por tanto funesto, en el ser argentino. Después de algunos
lustros, la sociedad argentina se ha enriquecido con preciosos valores
económicos, agrícolas y políticos. El ideal de Sarmiento camina
triunfante. Pero a cambio de la riqueza material y política, ¿el país no
ha debido sacrificar su substancia tradicional, espiritual y étnica?...
El odio de Sarmiento a España es un monstruo que se vuelve contra sí
mismo, y en realidad es la patria argentina la que sufre la mordedura.
Combatir lo español en la Argentina, sobre todo a principios del siglo
XX, es combatir el propio criollismo. Sarmiento condena y repudia las
costumbres, los usos, las ideas, los resabios, hasta la gente gauchesca;
¿qué le queda para estimar? El suelo, la tierra... Es muy poco,
seguramente. Y es mucho más poco si consideramos aquel suelo pampeano,
liso e inexpresivo, monótona tierra de mieses y pastos, que sin la ayuda
de la gente gauchesca y de la poesía tradicional pierde todo lo que
avalora y explica una patria: el alma.
No; España no tenía la culpa de los defectos que Sarmiento analiza y
combate en sus apasionadas obras. Tan pronto como el grande hombre
argentino llega a la madurez mental, mira el espectáculo de su patria y
la ve sometida a la guerra civil, a la tiranía y a la barbarie. Pero no
quiere comprender que sobre la Argentina, como sobre toda la América, ha
pasado la revolución y está triunfante la independencia. De todo lo que
examina Sarmiento es culpable la misma independencia, puesto que ésta ha
destruído en seis u ocho lustros cuanto pudo construir España en tres
siglos.
Los virreynatos españoles habían absorbido las esencias de la
civilización europea, que en este caso era civilización española; y
España no envió a América las sobras y lo secundario, sino que muchas
veces había en Perú y Méjico mayor vigor que en la misma Península, como
ocurrió en la época de los últimos Austrias. En el siglo XVI dió España
a las Indias su fervor evangélico y su espíritu valeroso, heroico,
expansivo; en el siglo XVII envió España a América el sentido
complementario de la organización política, municipal, eclesiástica y
universitaria; el siglo XVIII vió aparecer en los virreynatos las
compañías económicas y una sociabilidad culta, muy del tiempo, que
llamaríamos de casaca y peluca.
Esta sociabilidad de casaca y peluquín era la que imperaba en los
virreynatos cuando los desafueros de Napoleón a lo largo de la
Península inspiraron a los criollos la idea de emanciparse. Sería
estúpido alegar que la América de entonces, la América de los virreyes
cultos y humanos, la América de casaca y peluquín, de las academias y la
buena sociabilidad, era una América torva, hormiguero de gauchos
cerriles y gentes bárbaras.
De esa América de los virreynatos desciende la civilización criolla, y
de ella provienen las costumbres, el carácter, lo peculiar y _nacional_
del criollismo. Esa sociabilidad hispano-criolla hizo posible que en el
fondo de los Andes, en el remoto interior continental, naciera y se
agrandara la ciudad de San Juan, patria nativa de Sarmiento. Y
Sarmiento, que nació en la época del virreynato, o sólo un año después
de la revolución, no vino al mundo de unos padres soeces, bárbaros y
rústicos; su familia era prócer, honrada, hidalga, y en ella aprendió
los principios de una alta sociabilidad española.
Pues si España, a través del Atlántico, era capaz de crear una extensa e
intensa civilización; si España dió el ser íntimo y fundamental a
hombres como Sarmiento, y si Sarmiento no se explica sin España, ¿cómo
es posible que se disculpen las arbitrariedades pseudocríticas de aquel
voluntario antiespañolista?
La independencia rompió todos los frenos, desbarató la red de
disciplinas que cubría a América y destruyó lo que había, de
continuidad, de densidad, de correlación, de armonía y de gobierno en
los virreynatos; la familia, la autoridad, la trabazón civilizada, todo
vino a tierra. No fué el desbande de las ignorancias oprimidas lo que
realizó la independencia; fué la supresión de la armonía civilizada, que
trajo por consecuencia la barbarie. Este fenómeno lo conocen los
labriegos en las tierras que se dejan de labrar y caen en poder de los
matorrales. Fué injusto y cruel Sarmiento cuando, ante el cuadro que
presentaba la Argentina en sus primeros años de independencia, se
revolvía contra España. Aquella barbarie que él lamentaba no era
española; era criolla nada más. La civilización española se había
derrumbado, y lo que veía Sarmiento eran las ruinas y los matorrales del
barbecho.
En vez de condenar absolutamente la barbarie, y sobre todo la tradición
hispano-criolla, ¿por qué no se dedicó su talento a recuperar, a
recomponer, a rehabilitar el viejo campo de la civilización española,
adaptándola a los nuevos tiempos y a las nuevas normas políticas? Esto
le hubiera diputado como hombre verdaderamente genial. Pero Sarmiento
estaba corrompido por la admiración rastacuera hacia el extranjero. Y en
lugar de levantarse como el gran _reformador americano_ (el reformador
que todavía aguarda América), se detuvo en la categoría de un vulgar
político transeunte, de cualquier político del momento y vista corta que
en frente de una tierra ancha sólo se le ocurre trazar parcelas y darlas
a labrar al que desee. Está bien; esto es lógico y práctico. Pero hay
algún otro margen para la genialidad.
* * * * *
Mientras la Argentina avanza en su camino de riqueza, la mente
observadora, sin embargo asiste a una tragedia íntima, la de un pueblo
que estaba lleno de vigor y carácter, y que rápidamente se transforma en
una cosa diferente, amorfa, un poco caótica dentro de su opulencia
nacional.
Caótica, porque al destruir sin piedad los cimientos de la tradición,
no se han cuidado de conservar prudentemente los elementos substanciales
de la raza. Han abierto demasiada franca la puerta a las aportaciones
externas, y lo substancial propio se ve inundado, desorientado o
invalidado.
En un país de nutrida población indígena, la inmigración puede admitirse
sin reparo; los Estados Unidos tenían ya una base populosa bastante
capaz cuando llegó la ola europea. La Argentina tenía una población
insignificante, y el extranjero la ha invadido. Por eso puede dudarse de
que el sistema antitradicional de Sarmiento fuese completamente sabio y
oportuno.
Y es que la convulsión de la guerra de independencia dejó en América
muchos odios, rencores, suspicacias. Todo el siglo XIX ha durado el
período del antiespañolismo. Suele sorprendernos, viviendo en la
Argentina, que la Historia nacional la componen los argentinos en una
forma un poco caprichosa, desde luego original; dividen su Historia en
dos épocas: la Moderna y la Antigua. La Historia Antigua, comprende el
período colonial, o sea el tiempo de la dominación española. Más bien
puede llamársele prehistoria a ese período. Los argentinos lo tratan
someramente, vagamente, como si lo ignoraran; en realidad no quieren
recordarlo, o quieren extirparlo...
Pero alguna vez los verdaderos argentinos sentirán el pánico de la
descomposición tradicional. Hartos de hablar en francés, desearán por
fin hablar en español. Querrán ser argentinos, para no caer en la
desgracia de ser una cosa híbrida e indeterminada. Entonces, ladeando a
Sarmiento, buscarán las fuentes primitivas, y en lugar del _chacarero_
internacional ponderarán el gaucho, y más lejos todavía hallarán que el
verdadero fundamento de la nacionalidad argentina se halla en los tres
siglos de la colonización española a todo lo largo de América.
APÉNDICES
EXPLICACIÓN DE ALGUNOS CRIOLLISMOS CONTENIDOS EN ESTA OBRA
1. _Chiripá._ Especie de zaragüelles, que los gauchos vestían en lugar
de pantalones. Era una gran pieza de paño, que se ajustaba a la cintura
dejando holgadas las piernas y permitía montar desenvueltamente a
caballo. Bajo la envoltura del chiripá se usaban amplios y vistosos
calzoncillos, cuyos flecos bordados pendían sobre el tobillo.
2. _Carnear._ Acción de sacrificar una res y cortarla para ser comida.
3. _Compadre_, _compadrito_. Equivale a valentón, guapo, jaque. Se ha
formado el verbo _compadrear_, que por extensión se aplica a todo acto
jactancioso. El _compadre_ deriva cada vez más en la forma del
_compadrito_, especie de chulo, de apache y de _soutener_.
4. _Pago._ Voz que en España tiene limitado uso y que en la Argentina se
emplea corrientemente. Significa la patria local, el burgo o el terreno
de donde se es originario y en donde están la familia, la casa, los
bienes y las afecciones.
5. _Décian._ Los criollos acentúan a veces de manera que al español
resulta extraña; pasan rápidamente sobre las dobles vocales. Sin que
puedan precisarse estas modalidades fonéticas provinciales,
aproximadamente pronuncian los criollos de esta manera: páis, décian.
Por lo tanto, los versos populares de este poema ofrecerán más de una
vez al lector culto español la impresión de estar mal medidos. Los
escritores castellanos clásicos usaban también esta forma de
acentuación.
6. _Cimarrón._ Uno de los varios nombres cariñosos que se da a la
calabaza que contiene la infusión de la hierba mate. El mate es una
especie de te americano; se bebe como estimulante, y en dosis regulares
resulta beneficioso y agradable; pero tomado con exceso, degenera en
vicio y puede ocasionar desarreglos nerviosos. Se bebe por medio de una
espátula de plata, aspirando.
7. _China._ La mujer del pueblo en el Río de la Plata. Se entiende por
_china_ a la criolla auténtica, castiza, casi siempre mestizada. No es
vocablo despectivo; más bien es cariñoso.
8. _Apiarse._ Apearse. En toda América se usa mucho esta palabra, por
bajarse, saltar, descender. Se ha usado también mucho en España.
9. _Pingo._ Uno de los numerosos nombres del caballo en el Plata.
10. _Daga._ Se llama con más frecuencia _facón_. Es un cuchillo largo,
estrecho, de punta y filo. No lleva más guarda que una cruz en la
empuñadura. Es el arma, el compañero y hasta la herramienta doméstica
del campesino. Sirve para carnear, como tenedor y como insuperable
defensa. Todo buen criollo aprende una consumada esgrima de cuchillo,
realmente prodigiosa. Las armas de fuego, el revólver barato y el
inmigrante, han reducido mucho el uso del clásico _facón_. Pero en el
campo, si no en la pura forma antigua, sigue llevando la gente un
cuchillo, más corto que el clásico, sin duda un puñal, que sirve para
cien menesteres, y sobre todo para comer la carne asada.
11. _Fortín._ Hasta el último tercio del siglo XIX ocupaban los indios
salvajes la parte meridional de la República Argentina. Llegaban sus
aduares al mismo límite de la provincia de Buenos Aires. Para tener a
raya a estos indios se estableció una línea de puestos militares o
fortines.
12. _Tres Marías._ Forma pintoresca de referirse a las _boleadoras_,
arma arrojadiza de los indios y los gauchos que consiste en tres pelotas
de piedra dura unidas por cordeles cortos. Antes de lanzar esta arma, se
revolea en alto, y así lanzada con fuerza y habilidad, cae sobre las
patas de una res, maniatándola, o se enrolla al cuerpo de un hombre,
derribándolo, o le destroza la cabeza.
13. _Pucha._ Interjección muy corriente, que sustituye a otra, también
corrientísima en Sur América e impronunciable en estas páginas.
14. _Pulpería._ Nombre que en diversas naciones de América se da al
establecimiento mixto de taberna y tienda de comestibles.