contar. Por lo pronto le recoge a su amparo una tía anciana, cuya amable
tutela le permite vivir sin oficio y en perfecto holgazán. Pero la tía
muere, y el muchacho queda otra vez desvalido. La amable tía le ha
dejado una herencia, consistente en unas tierras y unos rebaños. En esto
interviene el juez, y nuevamente la justicia criolla de aquel tiempo
hace una de las suyas. En resolución, el chico no puede cobrar la
herencia, porque es menor; en cambio le ponen de pupilo bajo la tutoría
de un viejo cínico, ladrón, borracho, que responde al apodo de Vizcacha.
El viejo Vizcacha vive como un animal inmundo y ladino. Se dedica a
hurtar reses y vender de tapadillo los cueros. Roba todo cuanto se le
alcanza, desde una hebilla a una montura. Bebe sin tasa. Y a cambio de
otros regalos, le da al chico sapientes consejos de la mejor picaresca.
Debo decir, como paréntesis, que el refranero criollo carece de gran
originalidad; los refranes argentinos y generalmente los americanos, en
realidad son puramente españoles. Aquellos países han inventado pocas
cosas, acaso porque recibieron la civilización, la fe y el lenguaje
españoles en su período de mejor madurez. Fuera de los términos o
expresiones rigurosamente locales, el idioma se mantiene tan original
como cuando llegaron allá los conquistadores. Me refiero, claro es, al
idioma del campo y de las ciudades del interior; por desgracia, los
escritores criollos cultos siembran su lenguaje de tristes galicismos
aprendidos en los volúmenes de 3,50 francos.
Los mismos criollos castizos, cuando más presumen de estar
argentinizando, no hacen otra cosa que hispanizar. Suelen darse, al
efecto, equivocaciones graciosas; porque ellos piensan que las palabras
y refranes que dicen son de pura cepa criolla, cuando son, al contrario,
españoles. Esta equivocación, acaso, provendrá de la carencia de
continuidad literaria y étnica. Leen los criollos muy escasísima
literatura española; por otra parte, ellos ven llegar a los inmigrantes
del país vasco, de Galicia, de tierra de Cameros, gentes que hablan un
mal castellano, o un castellano incipiente.
El viejo Vizcacha no es ni más ni menos que un pícaro de Mateo Alemán,
de Hurtado de Mendoza o de Cervantes. Nada dice que no supieran nuestros
clásicos pícaros.
Jamás llegués a parar
adonde veas perros flacos...
El diablo sabe por diablo,
pero más sabe por viejo...
Hacéte amigo del Juez,
no le des de qué quejarse;
y cuando quiera enojarse
vos te debés encoger,
pues siempre es bueno tener
palenque ande ir a rascarse...
Este redomado pillo que llaman Vizcacha parece un ente redivivo,
arrancado propiamente del Arenal de Sevilla, del Perchel de Málaga, de
las Almadrabas de orilla de la mar. Tiene toda la sorna antigua y
racial, un poco disminuído sin duda por la inyección taciturna y sosa
del indio. Conserva, aunque un tanto mitigado, el don de la gracia
andaluza. Y expresa en sus dichos toda la sutileza filosófica,
castizamente hispana, popular; toda la presteza del _madrugador_; todo
el egoísmo experimentado y concienzudo, entre estoico y cristiano, del
hombre que se lanza a luchar con jueces prevaricadores y pillos
despiertos.
Véanse algunos de sus consejos:
No andés cambiando de cueva,
hacé lo que hace el ratón;
conserváte en el rincón
en que empezó tu existencia;
vaca que cambia querencia
se atrasa en la parición.
Y menudiando los tragos,
aquel viejo como cerro,
--No olvidés, decía, Fierro
que el hombre no debe creer
en lágrimas de mujer
ni en la renguera del perro.
A naides tengás envidia,
es muy triste el envidiar;
cuando veas a otro ganar
a estorbarlo no te metas.
Cada lechón en su teta;
es el modo de mamar...
Si buscás vivir tranquilo
dedicáte a solteriar;
mas si te querés casar,
con esta advertencia sea:
que es muy difícil guardar
prendas que otros codicean.
En lo que atañe a las armas y la defensa personal, el viejo Vizcacha
presta al muchacho unos consejos que parecen arrancados de un código
truhanesco del siglo XVI.
Y gangoso con la tranca
me solía decir: Potrillo,
recién te apunta el colmillo,
mas te lo dice un toruno:
_no dejés que hombre ninguno
te gane el lao del cuchillo_.
Las armas son necesarias,
pero naides sabe cuándo;
ansina, si andás pasiando,
y de noche sobre todo,
debés llevarlo de modo
_que al salir, salga cortando..._
Después que los dos hijos de Martín Fierro han narrado sus vidas, entra
en la pulpería un buen mozo desconocido, que pide venia a la reunión
para contar a su vez sus aventuras. Se le concede con gusto la licencia,
y el mozo, que resulta ser hijo de aquel sargento Cruz, bizarro defensor
de Martín Fierro y amigo de él en el éxodo entre los indios, relata de
este modo su vida:
Quedó solo y desamparado, buscó dónde ganarse el pan, y lo mismo que un
Lazarillo de Tormes se lanza a los azares de la pillería. Entra a servir
en una tropa de titiriteros. Luego lo recogen unas tías, que son beatas
y le obligan a rezar innumerables rosarios y novenas. Mientras reza con
sus tías, una mulata de la tertulia devota le inspira un amor fogoso,
desenfrenado; por mirar a su dama, trabuca los nombres de los santos y
estropea las oraciones. Aquello termina mal, necesariamente. Huye de
casa de sus tías y cae en pleno vagabundaje.
Anduve como pelota
y más pobre que una rata.
Cuando empecé a ganar plata
se armó no sé qué barullo.
Yo dije: a tu tierra, grullo,
aunque sea con una pata.
La plata que dice ganar es por virtud de sus malas artes picarescas.
Helo ahí convertido en un tahur, en un jugador de ventaja. Se dedica a
desplumar a todo el gauchaje inadvertido y simplista. Parece un
personaje de nuestras novelas clásicas. Le llaman de apodo _Picardía_...
Sus conocimientos en el noble oficio de tahúr no pueden ser más
pintorescos.
Al monte, las precauciones
no han de olvidarse jamás;
debe afirmarse además
los dedos para el trabajo,
y buscar asiento bajo
que le dé la luz de atrás.
Un pastel, como un paquete,
sé llevarlo con limpieza;
dende que a salir empiezan
no hay carta que no recuerde;
sé cuál se gana o se pierde
en cuanto cain a la mesa.
Con un socio que lo entiende
se arman partidas muy buenas;
queda allí la plata ajena,
quedan prendas y botones.
Siempre cain a esas reuniones
zonzos con las manos llenas.
Deja a veces por la boca
haciendo el que se descuida;
juega el otro hasta la vida
y es seguro que se ensarta,
porque uno muestra una carta
y tiene otra prevenida...
Pero el libro del _Martín Fierro_ es a su manera una obra moral, y en
sus versos se salva siempre la virtud. Así, en las novelas picarescas,
aunque los pillos hicieran muchos desaguisados, nunca faltaba la
ejemplaridad y la coletilla moralizante. El hijo del sargento Cruz, por
tanto, se arrepiente de esas fechorías y hácese mozo honrado. Y larga
unos versos muy sentenciosos para lección de incautos:
Y esto digo claramente,
porque he dejao de jugar;
y les puedo asegurar,
como que fuí del oficio,
más cuesta aprender un vicio
que aprender a trabajar...
CAPÍTULO XI
CONSIDERACIONES FINALES
Repetiré nuevamente, antes de acabar, que el _Martín Fierro_ me parece
el último verdadero poema popular español que se ha escrito en lengua
castellana. No importa la incultura y sencillez de quien supo escribirlo
tan fragante y sincero, tan incorrecto y rudimentario, ni tampoco
importa que se refiera el poema a costumbres y tipos de la Argentina:
una nación colonizadora nunca se ciñe a los límites diplomáticos; tan
romana era Mérida como Capua, tan griega Siracusa como Corinto, y del
mismo modo se ha podido desdoblar España en la Argentina.
_Martín Fierro_, por tanto, siendo muy argentino y americano, no deja de
ser muy español. Es un libro católico, hidalgo, valiente, generoso, con
un poco de tristeza estoica, y otro poco de socarronería, bañado en
gracia popular; y sobre todo, para ser del todo español, alienta en sus
versos algo como una sorda incompatibilidad con eso que se entiende por
civilización europea, moderna, industrialista, inexorablemente
trepadora.
Si en el libro de José Hernández se trasluce la influencia de alguna
clase de lectura, pronto atisbamos el recuerdo del _Quijote_. Las
aventuras de Martín Fierro constan, en efecto, de dos partes, trozos o
volúmenes; al final de la primera parte exclama el héroe, parodiando la
frase de la _espetera_ cervantesca:
...Ruempo la guitarra
pa no volverme a tentar;
ninguno la ha de tocar,
por siguro tenganló,
pues naides ha de cantar
cuando este gaucho cantó.
Y volviendo de su aventurero vagabundaje, al ingresar de nuevo entre los
suyos, dice, como pudo decir otrora Don Quijote:
No faltaban, ya se entiende,
en aquel gauchaje inmenso
muchos que ya conocían
la historia de Martín Fierro...
Ese gaucho de barba corrida y pelo amelenado, representa en la remota
Pampa el último vástago del árbol español. Conserva de España todo su
heroísmo y todo su renunciamiento transcendental. Por lejos que viva del
corazón de la raza, por mucho que le separen la distancia, el clima, el
tiempo y los prejuicios nacionales, el gaucho contiene, en potencia,
todas las cualidades españolas, buenas y malas. Ríe y llora, canta y
mata como un español. Reza también a la española, tan
supersticiosamente, ingenuamente, como un español. Después que la suerte
de las armas, por ejemplo, le empuja a matar en noble duelo a su
adversario, Martín Fierro recapacita, al trote de su caballo, que no
está bien, ni es de buen cristiano, mezquinarle al enemigo un piadoso
tributo.
Después supe que al finao
ni siquiera lo velaron,
y retobao en un cuero
sin rezarle lo enterraron.
Y dicen que dende entonces,
cuando es la noche serena,
suele verse una luz mala
como de alma que anda en pena.
Yo tengo intención a veces,
para que no pene tanto,
de sacar de allí los güesos
y echarlos al camposanto...
Hasta la propensión _conceptista_ y _culterana_, tan del gusto español,
halla cabida en este poema. Y al final del libro, efectivamente, vemos
que en la taberna, armados de sendas guitarras, se traban a cantar
Martín Fierro y un negro _payador_, y riñen un duelo de estrofas
improvisadas en que los discreteos, que se cruzan ante el regocijado
auditorio, forman uno de los pasajes más curiosos del poema. Es una
pintoresca, vulgar cosmología que abarca las principales nociones del
conocimiento del pueblo. Por boca de los dos _payadores_, el pueblo
rural de la Pampa emite sus balbuceos acerca de lo divino y de lo
humano, en un estilo de castiza traza, espontáneamente barroco y
culteranista. Entre los muchos conceptos sin valor o excesivamente
vulgares, salta a veces una imagen que nos seduce. Dice el negro, cuando
su adversario le alude la fealdad:
Bajo la frente más negra
hay pensamiento y hay vida.
La gente escuche tranquila,
no me haga ningún reproche;
también es negra la noche
y tiene estrellas que brillan...
En suma, el poema de _Martín Fierro_ es una constante lección para la
intelectualidad americana, y principalmente argentina. Los escritores
criollos necesitarán comprender que es muy difícil, y acaso imposible,
llegar a la consecución de la obra genial mientras la moda o la
frivolidad les aleje de las fuentes originales. La obra verdadera no
puede existir sin _carácter_, y por desgracia la actual inclinación
argentina va derecha hacia las formas y los tópicos extraños.
Por un sentimiento de exagerada pasión cultural, el argentino busca en
París la clave de su arte, y presume que en su país existe poco
aprovechable. Hasta en los momentos en que trata de extraer lo
característico de su raza y de su clima, adopta procedimientos y
fórmulas aprendidos en Francia. El humilde José Hernández procedía de
otro modo, y su pobre bagaje libresco le salvó; él se redujo a
interpretar el sentido criollo y español de cuanto le rodeaba, y esto
solamente le dió el premio.
Siempre he pensado que ese pequeño poema popular, con todas sus
incorrecciones y con su factura rudimentaria, es una de las pocas obras
geniales que en su corta vida ha producido la literatura ríoplatense. El
genio argentino estuvo demasiado entretenido por sus luchas civiles y
la constitución de su nacionalidad; no le sobró tiempo ni ocio para
preocuparse bastantemente de la pura y amena literatura, y toda su
fuerza la destinó a crear materia política. Los hombres políticos de la
Argentina muestran un carácter y una altura que indudablemente no poseen
sus hombres de letras. A veces asistimos a un triple desdoblamiento de
la personalidad, como en Bartolomé Mitre, coincidente de militar,
político y escritor. Otras veces todavía vemos el caso milagroso de
Sarmiento, cuyo cuádruple desdoblamiento de militar, escritor, político
y pedagogo nos produce estupefacción.
Entretenidos, pues, por tantas e inaplazables solicitaciones, no debemos
exigir a los talentos argentinos una excesiva corrección. Es lo
incorrecto, más bien, y lo malogrado, la característica del genio
literario argentino. El mismo Sarmiento, con ser el más alto hombre
literario de la Argentina, resulta un gran escritor malogrado, una obra
literaria sin terminar; un _Facundo_ escrito a vuela pluma y un millar
de artículos circunstanciales, periodísticos, como inconclusos. En
Sarmiento estaba acaso el más grande escritor de Hispano-América; la
vida agitada de su país, los múltiples e inminentes deberes que exigía
la suerte de su patria, hicieron malograr el perfecto y definitivo
escritor que se anunciaba.
Es curioso observar cómo se repite en la Argentina la ley histórica que
ordena a los pueblos un desenvolvimiento ordenado e inflexiblemente
lógico; es así que la mayor parte del siglo XIX, primero de su
existencia independiente, lo ha empleado la Argentina en la dura labor
de crear política, de crear civilidad. Mientras el país trabaja por
consolidarse, las mejores producciones literarias que produce son las de
carácter popular. Los cuentos, las leyendas y las narraciones que salen
del mismo pueblo, tienen en la Argentina un sabor espontáneo, un alma
honda que no alcanzan, seguramente, las prosas y los versos escritos por
los autores ilustrados de la misma época.
Muchas de esas obras populares no lo son en absoluto, según el rigor de
las clasificaciones académicas. No son anónimas siempre, puesto que se
sabe quién las escribió. Pero el mismo poema de José Hernández parece
que se haya desprendido, bien maduro, de la boca desconocida y cósmica
del pueblo criollo. Nada tan popular, anónimo, colectivo, como esa
historia de Fierro, verdadera expresión gauchesca arrancada del seno
pampeano.
De tal modo sucede esto, que suele costarnos bastante dificultad el
retener la ficha nominal del autor. El nombre del autor del poema se nos
desvanace como una sombra sin sentido... Vemos el “Martín Fierro” como
una cosa desgajada de la selva popular argentina. Se nos figura que no
es un libro meditado, compuesto ante una mesa por un señor particular
que tenía instrucción, que conocía los clásicos y que fraguaba
composiciones tan endebles y ridículas como “Los dos besos” y “El
carpintero”. Queremos imaginar que fué la muchedumbre entera quien
aportó los versos de ese libro. El mismo nombre, José, y el apellido,
Hernández, ayudan con su vulgaridad, con su popularidad, a que la cifra
nominal de autor se diluya como una sombra en el cuerpo amorfo del
pueblo argentino.
A pesar de su factura rudimentaria, el _Martín Fierro_ no carece de una
pretensión moralizante, y en sus páginas, en efecto, hay apuntadas
diversas tesis. Están iniciados algunos conflictos locales, puramente
criollos, y la misma simplicidad de estos conflictos confirma el
carácter netamente popular del libro.
Su autor, José Hernández, no poseía mucho mayor vuelo ideológico que los
pobres paisanos de la Pampa; y así es bueno que sea para el efecto
positivo del poema.
Las tesis y los conflictos están expuestos con una candorosa
elementalidad y con un simplismo encantador. La xenofobia de “Martín
Fierro” es la misma que siente el _paisano_ ante el _gringo_ codicioso,
ridículo, sedentario, afeminado y tortuoso, que bonitamente, y sin
descanso se va haciendo dueño de las tierras republicanas. El problema
de la justicia rural está expuesto también con el sentimiento de la
plebe gauchesca; para el pobre paisanaje, que pierde demasiado tiempo en
beber, cantar, bailotear y darle gusto al cuchillo, el Juez de la
campaña casi siempre es el personaje arbitrario y venal que pega,
castiga, oprime y hace levas de conscritos. La vida del soldado no tiene
tampoco un sentido noble y culto; el paisano que marcha a la frontera,
arreado con otros pillos o infelices, no alcanza a comprender el
idealismo de las armas nacionales que luchan por la civilización y el
progreso; sólo ve un fortín desmantelado, unos oficiales avarientos,
unos indios que invaden como fieras, unas pagas que no llegan nunca,
hambre, tedio, miseria, y a sus espaldas el especulador de la ciudad,
que prepara sus buenos negocios de tierras.
“Martín Fierro” es el poema tardío, desde luego impotente, que clama en
favor del gaucho. Pide justicia contra la invasión de las fuerzas
exóticas que invaden e inundan el país; pide justicia para el paisano,
que hiciera otrora la campaña de independencia, que defendió las
instituciones republicanas, que pobló el desierto y que al final es
despreciado, vejado, expulsado de su misma tierra.
Lo cierto es que en todo el “Martín Fierro” no se escuchan más que
lamentaciones y gritos airados. Se asiste en sus páginas al vagar de los
pobres gauchos, a las tristezas y expoliaciones del paisanaje indefenso.
Todo son desventuras y miserias para el gaucho. Y van los gauchos,
efectivamente, a través del libro como sombras malditas, que recuerdan a
las razas abyectas del Viejo Mundo, gitanos y judíos, siempre sujetos a
ultrajes y persecuciones. Es el final de una lucha a muerte. Es la
expulsión del gaucho, que será suplantado por el colono europeo. Es la
liquidación de la primera fase de la vida nacional argentina. Es el
cambio del carácter nacional y la anulación del criollismo histórico,
verdaderamente americano, por el predominio de la ciudad arrivista,
exótica, que es Buenos Aires... He ahí un conflicto sentimental y bien
profundo, que todavía no ha sido atacado por la crítica argentina, tal
vez porque sea tan delicado y doloroso de tratar desde el lado
criollo.
CAPÍTULO XII
UN CONFLICTO DE SENTIMIENTOS
Las obras del hombre caen siempre en brazos de la casualidad, y los
libros no se evaden a la ley de una suerte arbitraria e imprevista. Tal
libro nace con pretensiones de inmortalidad, y no obstante se sume
pronto en el olvido; otras obras, en cambio, salen humildes a la luz,
huérfanas de reclamo y de pretensiones, y desde el silencio se remontan
a la fama eterna. Algunos libros, como el _Quijote_ y el _Hamlet_,
nacieron entre las risotadas de los lacayos y de los marineros, y
después el asentimiento nacional los estima como nobles conceptos de la
imaginación humana.
Este fenómeno se ha repetido con el poema del _Martín Fierro_. Nació
para ser deletreado por gentes rudas; hablaba el lenguaje de la plebe;
iban sus máximas y sus episodios dirigidos a la imaginación del pueblo,
y si las inteligencias cultivadas lo leían, era nada más que a título de
curiosidad. Hasta que un día el gaucho Martín Fierro vuelve de la
vastedad pampeana y logra que se fragüen sobre su asunto complicadas
discusiones en las academias, los liceos y las revistas.
Se ha formado, en efecto, lo que llamaríamos “partido literario
nacionalista argentino”, y los más vehementes de este partido llegan a
considerar el _Martín Fierro_ como la epopeya de la Pampa, semejante,
por tanto, a la _Chanson de Roland_ y al _Mío Cid_. El docto poeta y
publicista D. Leopoldo Lugones pronunció en Buenos Aires, recientemente,
algunas conferencias a propósito del _Martín Fierro_, y con su verbo
frondoso y acaso desproporcionado sugirió al público argentino la idea
de que se estaba frente a una obra genial, extraordinaria, profunda. Los
exégetas y comentaristas han pronunciado su fervor sobre aquella obra,
antes humilde y populachera, y no hay duda que en el alma argentina se
ha producido un vivo movimiento de interés por un libro que
verdaderamente da el tono y la medida del carácter criollo, antes de
que este fuera amenazado por el aluvión cosmopolita.
No es nuevo el fenómeno, como ya dijimos. Y al igual que en todos los
casos, esta vez también se repite en la Argentina la misma honda guerra
de sentimientos y de ideas alrededor de la obra renacida. Clásicos y
románticos peleaban un tiempo sobre los dramas de Shakespeare. No se
trataba entonces de una mera controversia retórica, sino que palpitaba
allí la lucha entre dos mundos mentales, entre dos fuerzas ideológicas y
entre dos maneras de sentimientos. Dos civilizaciones, con todo su
bagaje político, sociológico y sentimental, disputaban enconadamente
sobre el tema en apariencia ridículo de las tres dimensiones teatrales o
de la forma lírica.
Apresurémonos a decir que el _Martín Fierro_ no ha promovido solamente
una guerra literaria. Siendo muy interesante la discusión de carácter
retórico, que dura aún y que promete prolongarse mucho, es más
importante la parte social, sentimental y política que hay en el asunto.
Por de pronto, débese anotar la rehabilitación romántica del gaucho,
personaje de ayer mismo y ya casi mitológico, a quien el consenso
público declaró nefasto y perjudicial para el progreso de la patria, y
que últimamente pasa a convertirse en una figura ideal, hermana de las
otras figuras que vagan por los versos de Homero.
El problema sentimental de la Argentina es único, y tal vez más grave
que el de otros pueblos. Existe, es verdad, el conflicto íntimo de
Francia, que por naturaleza se ofrece como un pueblo monárquico, con una
historia realenga empapada de glorias y triunfos, y que, sin embargo, la
necesidad del momento, acaso la misma propensión lógica de la raza,
obliga a ese noble país a aceptar el régimen democrático y radical. El
sentimiento más íntimo le tira a Francia hacia la continuación
monárquica, cuyo tipo glorioso puede residir en Francisco I, en Enrique
IV o en Luis XIV; mientras tanto, la razón le empuja por el camino
radicalmente democrático.
El conflicto argentino es más íntimo todavía, y también más
irreconciliable. Aquí se trata de una oposición entre el ser tradicional
y el ser futuro. Por una parte está la raza que hizo la nacionalidad y
la independencia; por otro lado se levanta la gran responsabilidad del
porvenir y el compromiso de formar un pueblo grande, activo y emulador.
La raza original supo levantarse prodigiosamente, darse una
constitución, guerrear por grandes ideales. Ella trazó las líneas de las
primeras poblaciones, de los primeros caminos y canales, de las leyendas
y tradiciones, de las costumbres y creencias, de los balbuceos
literarios, que forman el cuerpo de la nacionalidad. Supo levantar un
modesto edificio, pero substancial y completo, sobre las bases de la
aportación colonial y con la experiencia de la propia naturaleza. No
faltaba ni la disciplina de la religión, ni el rigor universitario, ni
el cuerpo de leyes municipales que ofrecían una perfección relativa de
civismo.
Pero todos estos elementos parecían precarios si se quería empujar al
país a enormes saltos y a alturas increíbles.
Llegó la ráfaga ambiciosa, el vértigo de las grandezas. Con los antiguos
elementos se tendría una nacionalidad, un carácter, una fisonomía
enérgica, pero había el peligro del estancamiento. Era necesario
sacrificar una gran parte del tesoro heredado, en aras de aquel
magnífico porvenir.