sin duda, de la misma condición y raza que los araucanos. Los primeros
conquistadores, cuando pretendieron establecerse en la desembocadura del
Plata, soportaron bien pronto los excesos de los indios. Los _charrúas_,
cerca de la actual Montevideo, asaltaron la expedición de Solís y la
deshicieron. El capitán Hurtado de Mendoza llegó a la Argentina con un
lucido ejército de nobles y buenos soldados, fundaron la ciudad de
Buenos Aires, y al poco tiempo, los indios _querandíes_ sitiaron la
ciudad, sembraron el hambre en la colonia, y, por último, con flechas
encendidas quemaron las casas de madera y paja y abrasaron las mismas
naves ancladas sobre la ribera. La expedición fracasó del todo, y hubo
de llegar más tarde con nueva gente el capitán Blasco de Garay a
reedificar las chozas y el castillo de Buenos Aires. Y desde entonces la
civilización ha tenido que bregar continuamente en la Argentina con los
fieros e irreductibles indios. Hasta que finalmente, bajo el gobierno
del general Roca, se acordó una _expedición al desierto_, y los indios,
implacablemente, fueron exterminados. Las mujeres y los niños que se
salvaron de la encerrona ingresaron, por adopción, en la masa de la
población civilizada.
Bárbaros y feroces, los indios de la Pampa necesitaron sufrir, en pleno
siglo XIX, igual suerte que los _pieles rojas_. La civilización tiene un
fondo de egoísmo inapelable; la civilización ambiciona nuevos
territorios, nuevas adquisiciones, y quien se resiste ha de desaparecer.
No hicieron otra cosa los españoles del descubrimiento y la conquista.
Además de la ambición adquisitiva, los españoles llevaron a América el
deber ambicioso de la Religión, de cuya carga estuvieron libres los
yanquis y los argentinos. Estos pedían al indio sus tierras feraces, sus
minas, sus ríos, y que no molestaran mucho a los colonos; cuando el
indio se negó, fué exterminado. En algún trozo de los Estados Unidos, a
manera de curiosidades etnográficas, quedan hoy unos pocos _pieles
rojas_; también en la Argentina restan unas docenas de indios _pampas_,
a quienes el Gobierno entrega, a título precario y sin carácter de
propiedad absoluta, unas tierras para pastorear.
Los españoles exigían a los indios la sumisión, el oro y las tierras. Si
los indios accedían, eran conservados bajo leyes humanas; entraban,
asimismo, en la comunidad carnal de los hombres blancos por medio del
matrimonio. Si se resistían al dominio del rey o de la Iglesia, eran
perseguidos y muertos. Después de largas luchas y persecuciones, los
indios podían aspirar a que los españoles les admitieran en el organismo
civil de los virreynatos. Es cierto que había las encomiendas y la
prestación personal del indio en el trabajo de las minas y la
agricultura; ¿pero hoy no existen los _obrajes_, el alcohol, las
persecuciones? ¿No se ha extirpado al indígena de la Nueva Zelandia en
nuestro propio tiempo?
Saquear y matar; he aquí el oficio de los indios _pampas_. Hacían
acometidas tumultuosas, que llamaban _malones_, y cayendo sobre los
poblados pacíficos, se llevaban lo que veían a mano: mujeres, niños,
comestibles, aperos, rebaños.
Antes de aclarar el día
empieza el indio a aturdir
la pampa con su rugir,
y en alguna madrugada,
sin que sintiéramos nada,
se largaban a invadir.
Primero entierran las prendas
en cuevas como peludos[40],
y aquellos indios cerdudos,
siempre llenos de recelos,
en los caballos en pelos
se vienen medio desnudos.
Para pegar el malón
el mejor flete procuran,
y como es su arma segura
vienen con la lanza sola,
y varios pares de bolas
atados a la cintura...
Se vuelve aquello un incendio
más feo que la mesma guerra;
entre una nube de tierra
se hace allí una mescolanza
de potros, indios y lanzas,
con alaridos que aterran...
Y aquella voz de uno solo,
que empieza con un gruñido,
llega hasta a ser alarido
de toda la muchedumbre.
Y ansí adquieren la costumbre
de pegar esos bramidos.
El gaucho Martín Fierro no conserva buena memoria de los indios. No les
concede ninguna cualidad. Su pintura, en fin, es perfectamente contraria
a aquel _hombre de la Naturaleza_ que inventara Rousseau y que estuviera
en moda hasta acabar el imperio del romanticismo. Nuestro fantástico
padre Las Casas, el bueno de Bernardino de Saint Pierre y el mismo
Chateaubriand, palidecerían de rubor ante este retrato del indio
_pampa_.
El indio pasa la vida
robando o echao de panza.
La única ley es la lanza
a que se ha de someter.
Lo que le falta en saber
lo suple con desconfianza.
Fuera cosa de engarzarlo
a un indio caritativo.
Es duro con el cautivo,
le dan un trato horroroso.
Es astuto y receloso,
es audaz y vengativo...
Odia de muerte al cristiano,
hace guerra sin cuartel.
Para matar es sin hiel.
Es fiero de condición.
No golpea la compasión
en el pecho del infiel...
Se cruzan por el desierto
como un animal feroz.
Dan cada alarido atroz
que hace erizar los cabellos.
Parece que a todos ellos
los ha maldecido Dios.
Todo el peso del trabajo
lo dejan a las mujeres.
El indio es indio, y no quiere
apiar de su condición.
Ha nacido indio ladrón,
y como indio ladrón muere.
Ahora vamos a reproducir estos versos, que explican simple e
ingenuamente una de las características principales del indio americano:
la incapacidad para la risa.
El indio nunca se ríe
y el pretenderlo es en vano,
ni cuando festeja ufano
el triunfo en sus correrías.
La risa en sus alegrías
le pertenece al cristiano...
Es verdad; la aptitud para la risa pertenece a la raza blanca, y a esos
hermanos inferiores que son los negros. Impasible es el japonés; sombrío
y siniestramente grave es el malayo; y el indio americano no acertó
nunca a poner risa o amabilidad en sus ídolos; su religión precolombiana
era de esencia mortal, sanguinaria, fríamente sacrificadora de víctimas
humanas.
Lo distintivo en el indio de América es una como fundamental tristeza, y
una casi insensibilidad para el horror de la muerte. De tal modo, que
el europeo observa ahora mismo, entre las personas mestizadas de la
Argentina, una extraña sobriedad en el reir. En cuanto a la
insensibilidad ante la muerte, el europeo nota con extrañeza cuán poco
valor tiene allí la vida humana, cuán fácil es allí el homicidio, y qué
escaso valor se le otorga al delito de sangre. Los señoritos de la buena
sociedad portan en la Argentina, con mucha frecuencia, el revólver bajo
el _smokin_. Cierta vez, en pleno Parlamento, a un senador, al
agacharse, se le desprendió el revólver del bolsillo; y los periódicos
de la mañana no se indignaron ni un poco, sino que hicieron al efecto
alguna broma.
Los indios existen todavía, y existirán siempre en América, bien sea en
estado semisalvaje o como adscritos a la civilización. En la Argentina
no es menos importante el elemento indio. Cuando se nos habla de una
raza blanca y europea en la región platense, debemos entender que se
trata de un núcleo inmigrante, puramente moderno y pegadizo, y habitador
de las ciudades costeñas. El resto del país, precisamente el país que
más motivos tiene para llamarse argentino, está compuesto de gentes
mestizas.
Todo el interior de la Argentina, desde Mendoza a Jujuy, desde
Catamarca a Corrientes, es de raza hispano-india; en la provincia de
Corrientes aún habla hoy el pueblo un idioma aborigen, el _guaraní_. A
esta población mestiza, que a veces tiene más sangre india que española,
llaman en el país con el mote de _chinos_, por sus caracteres
especiales, que recuerdan mucho a los de los japoneses: pómulos
pronunciados, ojos un tanto oblicuos y color amarillento.
Las familias argentinas de apellido y abolengo español, especialmente
aquéllas muy antiguas que proceden de las ciudades interiores, tienen
casi siempre los rasgos del mestizo. Los hombres más significados de la
Argentina suelen tener igualmente sangre india, como Sarmiento, como
Lugones, como Ricardo Rojas.
* * * * *
Una vez, con motivo de ciertas asonadas que realizaran los indios del
Chaco, fué comisionado por el Gobierno argentino el Sr. Lynch
Arribálzaga para estudiar aquel problema. El dictamen que presentó dicho
señor me produjo mucha curiosidad y lo leí con verdadera emoción.
“El indio no sólo no es agricultor, sino que carece de la noción misma
de la propiedad individual, salvo la de los vestidos y utensilios
domésticos; el campo, los ríos y los lagos, considerados como
territorios de caza y pesca, pertenecen en común a los individuos de
cada tribu, dentro de límites convencionales que no pueden ultrapasar
los vecinos sin consentimiento. En cuanto a los alimentos, bebidas,
etc., el concepto de su propiedad es comunista, a tal punto, que si
vuelven con un solo pescado, lo reparten equitativamente entre todos,
aunque toquen a bocado por barba. La caza mayor se la dividen sobre el
terreno, y es frecuente ver una rueda de salvajes fumando en común un
cigarro o una pipa, que pasa por turno de boca en boca.”
Ya se comprende que estos hombres arbitrarios, que carecen de la idea
del ahorro y de la propiedad territorial, habían de ser perseguidos sin
compasión... ¡Miserables, infelices, odiosos indios!
Habían de ser exterminados sin remedio, porque no querían ahorrar,
guardar, aumentar. Porque no saben separar la tierra con hitos y
mojones. Porque no sienten la bondad del magno sistema, que consiste en
alquilar peones y reservarse el noventa por ciento de los beneficios. No
comprenden la sabiduría de guardarse el fruto del trabajo ajeno.
Entienden que la libertad es el supremo placer, y que la Naturaleza lo
da todo generosamente: peces, aves, frutos, flores y plumas. No son
útiles para la civilización, desde el momento que no conciben la
necesidad de un portamonedas.
El concepto blanco de la vida está en oposición con el de las razas de
color: el sol tropical es el enemigo irreparable. Tienen esas razas un
sentido frágil del vivir; por otra parte, la Naturaleza les da lecciones
convincentes cada día; conocen, en fin, “la facultad de existir sin
esfuerzo”. Frente al salvaje, el blanco marcha bajo la obsesión de
reunir, acumular y vencer. El espíritu de acumulamiento forma todo el
sentido de nuestra civilización.
Situado en un clima adverso, el blanco siente miedo a la vida. Es el
miedo al frío, a la humedad, al hambre, a la casa sin techo; es el miedo
al día de mañana, a la incógnita de un mañana atenaceante; por último,
el miedo a la vida forma hábitos inconscientes de alquisición.
Perfeccionados los medios de adquisición, el hombre civilizado ya no
busca lo necesario, sino lo superfluo; necesita adquirir, porque se ha
hecho en él un vicio sobremanera incitante. Se crean además necesidades
de lujo, de arte, de ostentación y de sensuales delicadezas.
Tiranizado por su pasión, el blanco se abandona a su vida dionisíaca, en
que la lucha es suprema ley. Un sabio hebreo lo dejó escrito en palabras
imborrables, sobre las páginas insuperables del Eclesiastés: “La vida es
una batalla...” Ahí está la síntesis filosófica de nuestra civilización.
El indio la rechaza, porque entiende la dicha de otra manera. Se
vituperan los procedimientos del hombre de los climas cálidos; pero es
porque nos ciega la soberbia de nuestro circunscripto razonamiento.
¿Cómo podemos pedir el mismo esfuerzo, la misma tensión laboriosa a un
indígena del Chaco y a un obrero inglés? Este necesita trabajar mucho,
porque exige carne, manteca, verduras, patatas, pan, cerveza, tabaco,
calefacción, casa abrigada, vestidos de lana, distracciones con que
atenuar sus horas de niebla interminable; pero a un hombre de clima
cálido le basta un puñado de bananas, un techo de paja y un lienzo que
cubra sus vergüenzas. Los que manejan _ingenios_ y _obrajes_ en el norte
de la Argentina, gritan porque los obreros se van a media tarea,
exigiendo su breve jornal; pero ¿qué ley, humana o divina, puede obligar
a un hombre a que trabaje sin cesar todas las jornadas del año, si no
tiene necesidad de dinero? Con el dinero que le otorguen después de una
faena esforzada, ¿comprará ese hombre alguna cosa de más valor que su
muelle y dichosa holganza?...
Por eso hay que aceptar al indio como es, sin exigirle que adopte todas
nuestras preocupaciones; siempre será un semicivilizado. Y probablemente
serán siempre los países cálidos una especie de “territorios
protegidos”. Contra el fatalismo de la Naturaleza es inútil luchar. Los
pueblos calientes están condenados a una subordinación; que la
subordinación sea lo más humana y dulce posible, es lo que se requiere
buscar.
Pero los pueblos codiciosos y septentrionales deben recordar siempre que
la civilización, la cultura, las artes y el manejo de la religión y la
filosofía, nacieron y prosperaron en las zonas más calientes de la
Tierra.
CAPÍTULO IX
UN DUELO CON UN SALVAJE
Tan pronto como Martín Fierro y el sargento Cruz hubieron dado buena
cuenta del pelotón de Policía, concertaron dirigirse a la frontera y
encomendarse a los indios. Y armándose de valor, los dos camaradas
traspasan los límites del país civilizado. El resto de civilidad que
existe en sus almas rudas se resuelve en un calofrío de melancolía al
cruzar la frontera.
Y cuando la habían pasao
una madrugada clara,
le dijo Cruz que mirara
las últimas poblaciones,
y a Fierro dos lagrimones
le rodaron por la cara...
Los dos camaradas llegan en mal momento al antro de los indios. Los
salvajes están preparando un _malón_ a tierra de cristianos, y no bien
se presentan los dos intrusos, deciden matarlos.
Se armó un tremendo alboroto
cuando nos vieron llegar;
no podíamos aplacar
tan peligroso hervidero;
nos tomaron por bomberos
y nos quisieron lanciar.
Nos quitaron los caballos
a los muy pocos minutos;
estaban irresolutos;
quién sabe qué pretendían.
Por los ojos nos metían
las lanzas aquellos brutos.
Y dele en su lengüeteo
hacer gestos y cabriolas.
Uno desató las bolas
y se nos vino en seguida.
Ya no creíamos con vida
salvar ni por carambola.
En fin, acude oportunamente un cacique y se les perdona la vida. Los dos
amigos quedan incorporados a la tribu. Fabrican un toldo con pieles, se
dan mutuamente calor, se cuentan sus cuitas, y soportan como pueden la
vigilancia y los ultrajes de los indios. En cuanto a comer, allí nadie
regala nada; cada cual se ingenia en la busca y persecución del
mantenimiento.
El alimento no abunda
por más empeño que se haga;
lo pasa uno como plaga
ejercitando la industria,
y siempre como la nutria
viviendo a orilla del agua.
En semejante ejercicio
se hace diestro cazador.
Caí el piche engordador,
caí el pájaro que trina;
todo bicho que camina
va a parar al asador.
Pues allí a los cuatro vientos
la persecución se lleva;
naide escapa de la leva,
y dende que el alba asoma
ya recorre uno la loma,
el bajo, el nido y la cueva.
En las sagradas alturas
está el maestro principal,
que enseña a cada animal
a procurarse el sustento,
y le brinda el alimento
a todo ser racional.
Y aves y bichos y peces
se mantienen de mil modos.
Pero el hombre en su acomodo
es curioso de observar;
es el que sabe llorar...
¡y es el que los come a todos!
Pero esta existencia estúpida y relativamente feliz dura poco tiempo.
Una plaga de viruela invade la tribu y hace en ella estragos. El
sargento Cruz cae con la peste, y a pesar de los cuidados y las lágrimas
de Martín Fierro, el pobre apestado entrega su alma.
Todos pueden figurarse
cuánto tuve que sufrir.
Yo no hacía sino gemir,
y aumentaba mi aflicción
no saber una oración
pa ayudarlo a bien morir.
De rodillas a su lado
yo le encomendé a Jesús.
Faltó a mis ojos la luz,
tuve un terrible desmayo.
¡Caí como herido del rayo
cuando lo vi muerto a Cruz!...
Andaba de toldo en toldo
y todo me fastidiaba.
El pesar me dominaba,
y entregao al sentimiento
se me hacía a cada momento
oir a Cruz que me llamaba.
Así el desgraciado Fierro se lamentaba en su soledad, cuando cierto
día...
Sin saber qué hacer de mí
y entregado a mi aflicción,
estando allí una ocasión
del lado que venía el viento,
oí unos tristes lamentos
que llamaron mi atención.
Martín Fierro se acerca al lugar de donde parten los gemidos, y descubre
la escena más horripilante. Un indiazo de aquellos estaba maltratando a
una cautiva cristiana, en cuyos brazos latía un hijito ensangrentado. El
indio, en su furor, había acuchillado a la tierna criatura, y entre
golpes de látigo demandaba a la cautiva que le hiciese confesión de sus
presuntos manejos de hechicera, porque los indios supersticiosos
achacaban la peste de viruela a brujería.
Martín Fierro se presenta, mira la sangre de la sacrificada criatura, ve
a la cautiva llorosa, y repentinamente salta en su rudo espíritu el
grito de los antepasados. Lo que hay en su sangre de herencia de
hidalgo, acude presto y aparece la voluntad quijotesca de defender y
vengar a la pobre cautiva.
Yo no sé lo que pasó
En mi pecho en ese instante...
Efectivamente, un impulso sobrenatural, venido del fondo de la raza,
toma forma de fatalidad y le induce a proceder como un caballero, sin
que ninguna clase de reflexión o cálculo intervenga para nada. Bien, ya
ha retado a la fiera. Ahora sólo le queda luchar con un bárbaro
enfurecido, cerca de una tribu de salvajes, en mitad del desierto, a
espaldas de toda ayuda.
Estaba el indio arrogante
con una cara feroz;
para entendernos los dos
la mirada fué bastante...
Pegó un brinco como un gato
y me ganó la distancia;
aprovechó la ganancia
como fiera cazadora;
desató las boliadoras
y aguardó con vigilancia...
En tamaña incertidumbre,
en trance tan apurado,
no podía, por descontado,
escaparme de otra suerte,
sino dando al indio muerte
o quedando allí estirado.
Y como el tiempo pasaba
y aquel asunto me urgía,
viendo que él no se movía
me fuí medio de soslayo
como a agarrarle el caballo
a ver si se me venía.
Ansí fué, no aguardó más
y me atropelló el salvaje...
En la dentrada no más
me largó un par de bolazos.
Uno me tocó en un brazo,
si me da bien me lo quiebra,
pues las bolas son de piedra
y vienen como balazo.
A la primer puñalada
el pampa se hizo un ovillo;
era el salvaje más pillo
que he visto en mis correrías,
y a más de las picardías
arisco para el cuchillo.
De pronto, cuando el apuro era más grande y menudeaban los bolazos y las
embestidas, Martín Fierro tiene la desventura de tropezar con los flecos
de su chiripá. Resbala, pues, y cae a tierra. Entonces el indio se
avalanza, monta sobre el caído, lo aprieta y lo va a ultimar. Pero la
cautiva, entretanto, seguía aterrorizada el curso de la pelea, y he ahí
que interviene como el mismo brazo de Dios.
¡Bendito Dios poderoso,
quién te puede comprender,
cuando a una débil mujer
le diste en esta ocasión
la juerza que en un varón
tal vez no pudiera haber!
Esa infeliz tan llorosa
viendo el peligro se anima,
como una flecha se arrima,
y olvidando su aflicción
le pegó al indio un tirón
que me lo sacó de encima...
La pelea continúa con el mismo terrible furor, con el mismo y terrible
mudo ensañamiento. El sudor corre mezclado con la sangre. La fatiga
aumenta.
Aquel duelo en el desierto
nunca, jamás se me olvida...
Hay un momento en que Martín Fierro logra cortar con el cuchillo una
cuerda de las bolas del indio. Se prevale de la ventaja. Además, al
indio le ha tocado su vez, y pisando la sangre del niño descuartizado,
resbala y cae. Se levanta presto, pero ya Fierro ha conseguido herirle.
Las cuchilladas menudean.
Iba conociendo el indio
que tocaban a degüello.
Se le erizaba el cabello
y los ojos revolvía,
los labios se le perdían
cuando iba a tomar resuello...
Al fin de tanto lidiar
en el cuchillo lo alcé;
en peso lo levanté
a aquel hijo del desierto;
ensartado lo llevé,
y allá recién, lo largué
cuando ya lo sentí muerto.
Estas escenas de sangre abundan, como se habrá visto, en todo el poema
del _Martín Fierro_. A nuestro oído de europeos sedentarios llegan esas
voces de muerte como algo remoto y antiguo. Se observa sobre todo la
especie de impasibilidad ante el hecho sangriento; una manera de enorme
y extraño fatalismo frente a la necesidad de matar; y el detalle de los
accidentes, de las cuchilladas. Siempre termina la narración de una riña
con el dato final: lo alcé en el cuchillo y lo lancé muerto...
La palabra _degüello_ salta asimismo con frecuencia en el poema. El
degollar no tiene ya para nosotros sentido ni justificación; si
comprendemos el acto de matar, no concebimos la precisión de cortarle a
cercén la garganta al enemigo. Pero en tierra de indios sanguinarios, el
degüello parece un acto legal y casi imprescindible. Para el salvaje no
basta la muerte; su siniestra alma necesita palpar la muerte del
adversario, sentir su palpitación agónica, poseer, en una palabra, toda
la agonía del enemigo, sus gestos despavoridos, su terror postrero, la
sangre que brota a chorros.
Esta costumbre del degüello pasó desde los indios a los cristianos, y en
sus mismas guerras civiles, los ríoplatenses acostumbraban a usar el
terrible ejercicio de la degollación. Se cuenta que el tirano Rosas no
fusilaba a los prisioneros y culpables; los degollaba, sencillamente.
Una vez que Martín Fierro se vió libre de su horroroso peligro, montó en
el caballo del indio, dió el suyo a la cautiva, y con las debidas
precauciones, a paso de carrera, huyeron de la tribu de los salvajes.
Vagaron por el desierto, llegaron a las primeras poblaciones
civilizadas, y allí, portándose otra vez caballerescamente, Martín
Fierro se despidió de la cautiva y tomó el rumbo de la tierra natal.
Llevaba sobre su conciencia bastantes culpas, le adeudaba a la Justicia
bastantes delitos; pero los jueces, en aquellos tiempos, saldaban pronto
las cuentas pasadas. Y nuestro héroe se ve exento de toda reclamación.
Pero está viejo, pobre, melancólico... Pide noticias de su mujer, y le
dicen que ha muerto. Busca a sus hijos, y he ahí que aparecen dos lindos
muchachos que le abrazan...
Esta última parte del poema es muy curiosa, porque se dedica a narrar
las aventuras y picardías de los muchachos. Está sembrada de sentencias
criollas, y por tanto equivale a un _refranero_ popular de la tierra del
Plata. Vamos a internarnos en esa pintoresca trama de refranes
criollos.
CAPÍTULO X
REFRANERO PICARESCO
La última parte del _Martín Fierro_ está dedicada a escenas familiares y
al tierno reencuentro de los hermanos perdidos. En esta parte del poema
popular criollo ya no se narran episodios de sangre, peleas y otros
excesos. Pero en medio de las narraciones ingenuamente sentimentales, el
tono de _picaresca_ que tiene este libro en todas sus páginas se afirma
todavía más en su terminación, gracias a los dichos y refranes que
aportan Fierro, sus dos hijos, el primogénito del sargento Cruz y el
viejo Vizcacha. Probablemente, el _Martín Fierro_ es el último libro del
género _picaresco_ que ha producido la literatura castellana. Y esto es
más interesante, porque el autor de este poema rudimentario no era muy
culto en letras ni se propuso emular los grandes autores del siglo XVI
y el XVII; es la obra espontánea de la raza, que aun transportada a
medio distinto y extraño, produce fatalmente estrofas y episodios de
puro sabor castizo.
Sucede, pues, que nuestro héroe Martín Fierro regresa a sus _pagos_.
Está un poco viejo y se ocupa en cantar al abrigo de las pulperías,
tañendo la guitarra ante un concurso de amigos que escuchan atentos sus
aventuras y trabajos. Allí se le unen sus dos hijos. Y cada uno de los
muchachos, siguiendo el sistema literario antiguo, narra por su parte
las aventuras y desdichas de su vida azarosa.
El hijo más pequeño cuenta cómo quedó abandonado, cuando Fierro fué
llevado a servir de recluta en la frontera. La pobre madre murió. Y el
muchacho, por una tropelía de la justicia, demasiado frecuente en
aquellos climas inseguros, es acusado de haber dado muerte a un boyero,
y cae en presidio. El triste mancebo se limita a describir la horrible
vida del presidiario. Para un hijo de la naturaleza, hecho a la luz y la
libertad, nada debe de haber, en efecto, tan horroroso como el
encarcelamiento.
En esa estrecha prisión,
sin poderme conformar,
no cesaba de exclamar:
¡Qué diera yo por tener
un caballo en que montar
y una pampa en que correr!...
También le fatiga y le aterra mucho el silencio mortal de la prisión. Es
un silencio que le obsede, que le aturde, que le alucina.
Allí se amansa el más bravo,
allí se dobla el más fuerte.
El silencio es de tal suerte,
que cuando llegue a venir
hasta se le han de sentir
las pisadas a la muerte...