Por su crueldad, su valor y su independencia, los indios pampeanos eran,

sin duda, de la misma condición y raza que los araucanos. Los primeros

conquistadores, cuando pretendieron establecerse en la desembocadura del

Plata, soportaron bien pronto los excesos de los indios. Los _charrúas_,

cerca de la actual Montevideo, asaltaron la expedición de Solís y la

deshicieron. El capitán Hurtado de Mendoza llegó a la Argentina con un

lucido ejército de nobles y buenos soldados, fundaron la ciudad de

Buenos Aires, y al poco tiempo, los indios _querandíes_ sitiaron la

ciudad, sembraron el hambre en la colonia, y, por último, con flechas

encendidas quemaron las casas de madera y paja y abrasaron las mismas

naves ancladas sobre la ribera. La expedición fracasó del todo, y hubo

de llegar más tarde con nueva gente el capitán Blasco de Garay a

reedificar las chozas y el castillo de Buenos Aires. Y desde entonces la

civilización ha tenido que bregar continuamente en la Argentina con los

fieros e irreductibles indios. Hasta que finalmente, bajo el gobierno

del general Roca, se acordó una _expedición al desierto_, y los indios,

implacablemente, fueron exterminados. Las mujeres y los niños que se

salvaron de la encerrona ingresaron, por adopción, en la masa de la

población civilizada.

Bárbaros y feroces, los indios de la Pampa necesitaron sufrir, en pleno

siglo XIX, igual suerte que los _pieles rojas_. La civilización tiene un

fondo de egoísmo inapelable; la civilización ambiciona nuevos

territorios, nuevas adquisiciones, y quien se resiste ha de desaparecer.

No hicieron otra cosa los españoles del descubrimiento y la conquista.

Además de la ambición adquisitiva, los españoles llevaron a América el

deber ambicioso de la Religión, de cuya carga estuvieron libres los

yanquis y los argentinos. Estos pedían al indio sus tierras feraces, sus

minas, sus ríos, y que no molestaran mucho a los colonos; cuando el

indio se negó, fué exterminado. En algún trozo de los Estados Unidos, a

manera de curiosidades etnográficas, quedan hoy unos pocos _pieles

rojas_; también en la Argentina restan unas docenas de indios _pampas_,

a quienes el Gobierno entrega, a título precario y sin carácter de

propiedad absoluta, unas tierras para pastorear.

Los españoles exigían a los indios la sumisión, el oro y las tierras. Si

los indios accedían, eran conservados bajo leyes humanas; entraban,

asimismo, en la comunidad carnal de los hombres blancos por medio del

matrimonio. Si se resistían al dominio del rey o de la Iglesia, eran

perseguidos y muertos. Después de largas luchas y persecuciones, los

indios podían aspirar a que los españoles les admitieran en el organismo

civil de los virreynatos. Es cierto que había las encomiendas y la

prestación personal del indio en el trabajo de las minas y la

agricultura; ¿pero hoy no existen los _obrajes_, el alcohol, las

persecuciones? ¿No se ha extirpado al indígena de la Nueva Zelandia en

nuestro propio tiempo?

Saquear y matar; he aquí el oficio de los indios _pampas_. Hacían

acometidas tumultuosas, que llamaban _malones_, y cayendo sobre los

poblados pacíficos, se llevaban lo que veían a mano: mujeres, niños,

comestibles, aperos, rebaños.

Antes de aclarar el día

empieza el indio a aturdir

la pampa con su rugir,

y en alguna madrugada,

sin que sintiéramos nada,

se largaban a invadir.

Primero entierran las prendas

en cuevas como peludos[40],

y aquellos indios cerdudos,

siempre llenos de recelos,

en los caballos en pelos

se vienen medio desnudos.

Para pegar el malón

el mejor flete procuran,

y como es su arma segura

vienen con la lanza sola,

y varios pares de bolas

atados a la cintura...

Se vuelve aquello un incendio

más feo que la mesma guerra;

entre una nube de tierra

se hace allí una mescolanza

de potros, indios y lanzas,

con alaridos que aterran...

Y aquella voz de uno solo,

que empieza con un gruñido,

llega hasta a ser alarido

de toda la muchedumbre.

Y ansí adquieren la costumbre

de pegar esos bramidos.

El gaucho Martín Fierro no conserva buena memoria de los indios. No les

concede ninguna cualidad. Su pintura, en fin, es perfectamente contraria

a aquel _hombre de la Naturaleza_ que inventara Rousseau y que estuviera

en moda hasta acabar el imperio del romanticismo. Nuestro fantástico

padre Las Casas, el bueno de Bernardino de Saint Pierre y el mismo

Chateaubriand, palidecerían de rubor ante este retrato del indio

_pampa_.

El indio pasa la vida

robando o echao de panza.

La única ley es la lanza

a que se ha de someter.

Lo que le falta en saber

lo suple con desconfianza.

Fuera cosa de engarzarlo

a un indio caritativo.

Es duro con el cautivo,

le dan un trato horroroso.

Es astuto y receloso,

es audaz y vengativo...

Odia de muerte al cristiano,

hace guerra sin cuartel.

Para matar es sin hiel.

Es fiero de condición.

No golpea la compasión

en el pecho del infiel...

Se cruzan por el desierto

como un animal feroz.

Dan cada alarido atroz

que hace erizar los cabellos.

Parece que a todos ellos

los ha maldecido Dios.

Todo el peso del trabajo

lo dejan a las mujeres.

El indio es indio, y no quiere

apiar de su condición.

Ha nacido indio ladrón,

y como indio ladrón muere.

Ahora vamos a reproducir estos versos, que explican simple e

ingenuamente una de las características principales del indio americano:

la incapacidad para la risa.

El indio nunca se ríe

y el pretenderlo es en vano,

ni cuando festeja ufano

el triunfo en sus correrías.

La risa en sus alegrías

le pertenece al cristiano...

Es verdad; la aptitud para la risa pertenece a la raza blanca, y a esos

hermanos inferiores que son los negros. Impasible es el japonés; sombrío

y siniestramente grave es el malayo; y el indio americano no acertó

nunca a poner risa o amabilidad en sus ídolos; su religión precolombiana

era de esencia mortal, sanguinaria, fríamente sacrificadora de víctimas

humanas.

Lo distintivo en el indio de América es una como fundamental tristeza, y

una casi insensibilidad para el horror de la muerte. De tal modo, que

el europeo observa ahora mismo, entre las personas mestizadas de la

Argentina, una extraña sobriedad en el reir. En cuanto a la

insensibilidad ante la muerte, el europeo nota con extrañeza cuán poco

valor tiene allí la vida humana, cuán fácil es allí el homicidio, y qué

escaso valor se le otorga al delito de sangre. Los señoritos de la buena

sociedad portan en la Argentina, con mucha frecuencia, el revólver bajo

el _smokin_. Cierta vez, en pleno Parlamento, a un senador, al

agacharse, se le desprendió el revólver del bolsillo; y los periódicos

de la mañana no se indignaron ni un poco, sino que hicieron al efecto

alguna broma.

Los indios existen todavía, y existirán siempre en América, bien sea en

estado semisalvaje o como adscritos a la civilización. En la Argentina

no es menos importante el elemento indio. Cuando se nos habla de una

raza blanca y europea en la región platense, debemos entender que se

trata de un núcleo inmigrante, puramente moderno y pegadizo, y habitador

de las ciudades costeñas. El resto del país, precisamente el país que

más motivos tiene para llamarse argentino, está compuesto de gentes

mestizas.

Todo el interior de la Argentina, desde Mendoza a Jujuy, desde

Catamarca a Corrientes, es de raza hispano-india; en la provincia de

Corrientes aún habla hoy el pueblo un idioma aborigen, el _guaraní_. A

esta población mestiza, que a veces tiene más sangre india que española,

llaman en el país con el mote de _chinos_, por sus caracteres

especiales, que recuerdan mucho a los de los japoneses: pómulos

pronunciados, ojos un tanto oblicuos y color amarillento.

Las familias argentinas de apellido y abolengo español, especialmente

aquéllas muy antiguas que proceden de las ciudades interiores, tienen

casi siempre los rasgos del mestizo. Los hombres más significados de la

Argentina suelen tener igualmente sangre india, como Sarmiento, como

Lugones, como Ricardo Rojas.

* * * * *

Una vez, con motivo de ciertas asonadas que realizaran los indios del

Chaco, fué comisionado por el Gobierno argentino el Sr. Lynch

Arribálzaga para estudiar aquel problema. El dictamen que presentó dicho

señor me produjo mucha curiosidad y lo leí con verdadera emoción.

“El indio no sólo no es agricultor, sino que carece de la noción misma

de la propiedad individual, salvo la de los vestidos y utensilios

domésticos; el campo, los ríos y los lagos, considerados como

territorios de caza y pesca, pertenecen en común a los individuos de

cada tribu, dentro de límites convencionales que no pueden ultrapasar

los vecinos sin consentimiento. En cuanto a los alimentos, bebidas,

etc., el concepto de su propiedad es comunista, a tal punto, que si

vuelven con un solo pescado, lo reparten equitativamente entre todos,

aunque toquen a bocado por barba. La caza mayor se la dividen sobre el

terreno, y es frecuente ver una rueda de salvajes fumando en común un

cigarro o una pipa, que pasa por turno de boca en boca.”

Ya se comprende que estos hombres arbitrarios, que carecen de la idea

del ahorro y de la propiedad territorial, habían de ser perseguidos sin

compasión... ¡Miserables, infelices, odiosos indios!

Habían de ser exterminados sin remedio, porque no querían ahorrar,

guardar, aumentar. Porque no saben separar la tierra con hitos y

mojones. Porque no sienten la bondad del magno sistema, que consiste en

alquilar peones y reservarse el noventa por ciento de los beneficios. No

comprenden la sabiduría de guardarse el fruto del trabajo ajeno.

Entienden que la libertad es el supremo placer, y que la Naturaleza lo

da todo generosamente: peces, aves, frutos, flores y plumas. No son

útiles para la civilización, desde el momento que no conciben la

necesidad de un portamonedas.

El concepto blanco de la vida está en oposición con el de las razas de

color: el sol tropical es el enemigo irreparable. Tienen esas razas un

sentido frágil del vivir; por otra parte, la Naturaleza les da lecciones

convincentes cada día; conocen, en fin, “la facultad de existir sin

esfuerzo”. Frente al salvaje, el blanco marcha bajo la obsesión de

reunir, acumular y vencer. El espíritu de acumulamiento forma todo el

sentido de nuestra civilización.

Situado en un clima adverso, el blanco siente miedo a la vida. Es el

miedo al frío, a la humedad, al hambre, a la casa sin techo; es el miedo

al día de mañana, a la incógnita de un mañana atenaceante; por último,

el miedo a la vida forma hábitos inconscientes de alquisición.

Perfeccionados los medios de adquisición, el hombre civilizado ya no

busca lo necesario, sino lo superfluo; necesita adquirir, porque se ha

hecho en él un vicio sobremanera incitante. Se crean además necesidades

de lujo, de arte, de ostentación y de sensuales delicadezas.

Tiranizado por su pasión, el blanco se abandona a su vida dionisíaca, en

que la lucha es suprema ley. Un sabio hebreo lo dejó escrito en palabras

imborrables, sobre las páginas insuperables del Eclesiastés: “La vida es

una batalla...” Ahí está la síntesis filosófica de nuestra civilización.

El indio la rechaza, porque entiende la dicha de otra manera. Se

vituperan los procedimientos del hombre de los climas cálidos; pero es

porque nos ciega la soberbia de nuestro circunscripto razonamiento.

¿Cómo podemos pedir el mismo esfuerzo, la misma tensión laboriosa a un

indígena del Chaco y a un obrero inglés? Este necesita trabajar mucho,

porque exige carne, manteca, verduras, patatas, pan, cerveza, tabaco,

calefacción, casa abrigada, vestidos de lana, distracciones con que

atenuar sus horas de niebla interminable; pero a un hombre de clima

cálido le basta un puñado de bananas, un techo de paja y un lienzo que

cubra sus vergüenzas. Los que manejan _ingenios_ y _obrajes_ en el norte

de la Argentina, gritan porque los obreros se van a media tarea,

exigiendo su breve jornal; pero ¿qué ley, humana o divina, puede obligar

a un hombre a que trabaje sin cesar todas las jornadas del año, si no

tiene necesidad de dinero? Con el dinero que le otorguen después de una

faena esforzada, ¿comprará ese hombre alguna cosa de más valor que su

muelle y dichosa holganza?...

Por eso hay que aceptar al indio como es, sin exigirle que adopte todas

nuestras preocupaciones; siempre será un semicivilizado. Y probablemente

serán siempre los países cálidos una especie de “territorios

protegidos”. Contra el fatalismo de la Naturaleza es inútil luchar. Los

pueblos calientes están condenados a una subordinación; que la

subordinación sea lo más humana y dulce posible, es lo que se requiere

buscar.

Pero los pueblos codiciosos y septentrionales deben recordar siempre que

la civilización, la cultura, las artes y el manejo de la religión y la

filosofía, nacieron y prosperaron en las zonas más calientes de la

Tierra.

CAPÍTULO IX

UN DUELO CON UN SALVAJE

Tan pronto como Martín Fierro y el sargento Cruz hubieron dado buena

cuenta del pelotón de Policía, concertaron dirigirse a la frontera y

encomendarse a los indios. Y armándose de valor, los dos camaradas

traspasan los límites del país civilizado. El resto de civilidad que

existe en sus almas rudas se resuelve en un calofrío de melancolía al

cruzar la frontera.

Y cuando la habían pasao

una madrugada clara,

le dijo Cruz que mirara

las últimas poblaciones,

y a Fierro dos lagrimones

le rodaron por la cara...

Los dos camaradas llegan en mal momento al antro de los indios. Los

salvajes están preparando un _malón_ a tierra de cristianos, y no bien

se presentan los dos intrusos, deciden matarlos.

Se armó un tremendo alboroto

cuando nos vieron llegar;

no podíamos aplacar

tan peligroso hervidero;

nos tomaron por bomberos

y nos quisieron lanciar.

Nos quitaron los caballos

a los muy pocos minutos;

estaban irresolutos;

quién sabe qué pretendían.

Por los ojos nos metían

las lanzas aquellos brutos.

Y dele en su lengüeteo

hacer gestos y cabriolas.

Uno desató las bolas

y se nos vino en seguida.

Ya no creíamos con vida

salvar ni por carambola.

En fin, acude oportunamente un cacique y se les perdona la vida. Los dos

amigos quedan incorporados a la tribu. Fabrican un toldo con pieles, se

dan mutuamente calor, se cuentan sus cuitas, y soportan como pueden la

vigilancia y los ultrajes de los indios. En cuanto a comer, allí nadie

regala nada; cada cual se ingenia en la busca y persecución del

mantenimiento.

El alimento no abunda

por más empeño que se haga;

lo pasa uno como plaga

ejercitando la industria,

y siempre como la nutria

viviendo a orilla del agua.

En semejante ejercicio

se hace diestro cazador.

Caí el piche engordador,

caí el pájaro que trina;

todo bicho que camina

va a parar al asador.

Pues allí a los cuatro vientos

la persecución se lleva;

naide escapa de la leva,

y dende que el alba asoma

ya recorre uno la loma,

el bajo, el nido y la cueva.

En las sagradas alturas

está el maestro principal,

que enseña a cada animal

a procurarse el sustento,

y le brinda el alimento

a todo ser racional.

Y aves y bichos y peces

se mantienen de mil modos.

Pero el hombre en su acomodo

es curioso de observar;

es el que sabe llorar...

¡y es el que los come a todos!

Pero esta existencia estúpida y relativamente feliz dura poco tiempo.

Una plaga de viruela invade la tribu y hace en ella estragos. El

sargento Cruz cae con la peste, y a pesar de los cuidados y las lágrimas

de Martín Fierro, el pobre apestado entrega su alma.

Todos pueden figurarse

cuánto tuve que sufrir.

Yo no hacía sino gemir,

y aumentaba mi aflicción

no saber una oración

pa ayudarlo a bien morir.

De rodillas a su lado

yo le encomendé a Jesús.

Faltó a mis ojos la luz,

tuve un terrible desmayo.

¡Caí como herido del rayo

cuando lo vi muerto a Cruz!...

Andaba de toldo en toldo

y todo me fastidiaba.

El pesar me dominaba,

y entregao al sentimiento

se me hacía a cada momento

oir a Cruz que me llamaba.

Así el desgraciado Fierro se lamentaba en su soledad, cuando cierto

día...

Sin saber qué hacer de mí

y entregado a mi aflicción,

estando allí una ocasión

del lado que venía el viento,

oí unos tristes lamentos

que llamaron mi atención.

Martín Fierro se acerca al lugar de donde parten los gemidos, y descubre

la escena más horripilante. Un indiazo de aquellos estaba maltratando a

una cautiva cristiana, en cuyos brazos latía un hijito ensangrentado. El

indio, en su furor, había acuchillado a la tierna criatura, y entre

golpes de látigo demandaba a la cautiva que le hiciese confesión de sus

presuntos manejos de hechicera, porque los indios supersticiosos

achacaban la peste de viruela a brujería.

Martín Fierro se presenta, mira la sangre de la sacrificada criatura, ve

a la cautiva llorosa, y repentinamente salta en su rudo espíritu el

grito de los antepasados. Lo que hay en su sangre de herencia de

hidalgo, acude presto y aparece la voluntad quijotesca de defender y

vengar a la pobre cautiva.

Yo no sé lo que pasó

En mi pecho en ese instante...

Efectivamente, un impulso sobrenatural, venido del fondo de la raza,

toma forma de fatalidad y le induce a proceder como un caballero, sin

que ninguna clase de reflexión o cálculo intervenga para nada. Bien, ya

ha retado a la fiera. Ahora sólo le queda luchar con un bárbaro

enfurecido, cerca de una tribu de salvajes, en mitad del desierto, a

espaldas de toda ayuda.

Estaba el indio arrogante

con una cara feroz;

para entendernos los dos

la mirada fué bastante...

Pegó un brinco como un gato

y me ganó la distancia;

aprovechó la ganancia

como fiera cazadora;

desató las boliadoras

y aguardó con vigilancia...

En tamaña incertidumbre,

en trance tan apurado,

no podía, por descontado,

escaparme de otra suerte,

sino dando al indio muerte

o quedando allí estirado.

Y como el tiempo pasaba

y aquel asunto me urgía,

viendo que él no se movía

me fuí medio de soslayo

como a agarrarle el caballo

a ver si se me venía.

Ansí fué, no aguardó más

y me atropelló el salvaje...

En la dentrada no más

me largó un par de bolazos.

Uno me tocó en un brazo,

si me da bien me lo quiebra,

pues las bolas son de piedra

y vienen como balazo.

A la primer puñalada

el pampa se hizo un ovillo;

era el salvaje más pillo

que he visto en mis correrías,

y a más de las picardías

arisco para el cuchillo.

De pronto, cuando el apuro era más grande y menudeaban los bolazos y las

embestidas, Martín Fierro tiene la desventura de tropezar con los flecos

de su chiripá. Resbala, pues, y cae a tierra. Entonces el indio se

avalanza, monta sobre el caído, lo aprieta y lo va a ultimar. Pero la

cautiva, entretanto, seguía aterrorizada el curso de la pelea, y he ahí

que interviene como el mismo brazo de Dios.

¡Bendito Dios poderoso,

quién te puede comprender,

cuando a una débil mujer

le diste en esta ocasión

la juerza que en un varón

tal vez no pudiera haber!

Esa infeliz tan llorosa

viendo el peligro se anima,

como una flecha se arrima,

y olvidando su aflicción

le pegó al indio un tirón

que me lo sacó de encima...

La pelea continúa con el mismo terrible furor, con el mismo y terrible

mudo ensañamiento. El sudor corre mezclado con la sangre. La fatiga

aumenta.

Aquel duelo en el desierto

nunca, jamás se me olvida...

Hay un momento en que Martín Fierro logra cortar con el cuchillo una

cuerda de las bolas del indio. Se prevale de la ventaja. Además, al

indio le ha tocado su vez, y pisando la sangre del niño descuartizado,

resbala y cae. Se levanta presto, pero ya Fierro ha conseguido herirle.

Las cuchilladas menudean.

Iba conociendo el indio

que tocaban a degüello.

Se le erizaba el cabello

y los ojos revolvía,

los labios se le perdían

cuando iba a tomar resuello...

Al fin de tanto lidiar

en el cuchillo lo alcé;

en peso lo levanté

a aquel hijo del desierto;

ensartado lo llevé,

y allá recién, lo largué

cuando ya lo sentí muerto.

Estas escenas de sangre abundan, como se habrá visto, en todo el poema

del _Martín Fierro_. A nuestro oído de europeos sedentarios llegan esas

voces de muerte como algo remoto y antiguo. Se observa sobre todo la

especie de impasibilidad ante el hecho sangriento; una manera de enorme

y extraño fatalismo frente a la necesidad de matar; y el detalle de los

accidentes, de las cuchilladas. Siempre termina la narración de una riña

con el dato final: lo alcé en el cuchillo y lo lancé muerto...

La palabra _degüello_ salta asimismo con frecuencia en el poema. El

degollar no tiene ya para nosotros sentido ni justificación; si

comprendemos el acto de matar, no concebimos la precisión de cortarle a

cercén la garganta al enemigo. Pero en tierra de indios sanguinarios, el

degüello parece un acto legal y casi imprescindible. Para el salvaje no

basta la muerte; su siniestra alma necesita palpar la muerte del

adversario, sentir su palpitación agónica, poseer, en una palabra, toda

la agonía del enemigo, sus gestos despavoridos, su terror postrero, la

sangre que brota a chorros.

Esta costumbre del degüello pasó desde los indios a los cristianos, y en

sus mismas guerras civiles, los ríoplatenses acostumbraban a usar el

terrible ejercicio de la degollación. Se cuenta que el tirano Rosas no

fusilaba a los prisioneros y culpables; los degollaba, sencillamente.

Una vez que Martín Fierro se vió libre de su horroroso peligro, montó en

el caballo del indio, dió el suyo a la cautiva, y con las debidas

precauciones, a paso de carrera, huyeron de la tribu de los salvajes.

Vagaron por el desierto, llegaron a las primeras poblaciones

civilizadas, y allí, portándose otra vez caballerescamente, Martín

Fierro se despidió de la cautiva y tomó el rumbo de la tierra natal.

Llevaba sobre su conciencia bastantes culpas, le adeudaba a la Justicia

bastantes delitos; pero los jueces, en aquellos tiempos, saldaban pronto

las cuentas pasadas. Y nuestro héroe se ve exento de toda reclamación.

Pero está viejo, pobre, melancólico... Pide noticias de su mujer, y le

dicen que ha muerto. Busca a sus hijos, y he ahí que aparecen dos lindos

muchachos que le abrazan...

Esta última parte del poema es muy curiosa, porque se dedica a narrar

las aventuras y picardías de los muchachos. Está sembrada de sentencias

criollas, y por tanto equivale a un _refranero_ popular de la tierra del

Plata. Vamos a internarnos en esa pintoresca trama de refranes

criollos.

CAPÍTULO X

REFRANERO PICARESCO

La última parte del _Martín Fierro_ está dedicada a escenas familiares y

al tierno reencuentro de los hermanos perdidos. En esta parte del poema

popular criollo ya no se narran episodios de sangre, peleas y otros

excesos. Pero en medio de las narraciones ingenuamente sentimentales, el

tono de _picaresca_ que tiene este libro en todas sus páginas se afirma

todavía más en su terminación, gracias a los dichos y refranes que

aportan Fierro, sus dos hijos, el primogénito del sargento Cruz y el

viejo Vizcacha. Probablemente, el _Martín Fierro_ es el último libro del

género _picaresco_ que ha producido la literatura castellana. Y esto es

más interesante, porque el autor de este poema rudimentario no era muy

culto en letras ni se propuso emular los grandes autores del siglo XVI

y el XVII; es la obra espontánea de la raza, que aun transportada a

medio distinto y extraño, produce fatalmente estrofas y episodios de

puro sabor castizo.

Sucede, pues, que nuestro héroe Martín Fierro regresa a sus _pagos_.

Está un poco viejo y se ocupa en cantar al abrigo de las pulperías,

tañendo la guitarra ante un concurso de amigos que escuchan atentos sus

aventuras y trabajos. Allí se le unen sus dos hijos. Y cada uno de los

muchachos, siguiendo el sistema literario antiguo, narra por su parte

las aventuras y desdichas de su vida azarosa.

El hijo más pequeño cuenta cómo quedó abandonado, cuando Fierro fué

llevado a servir de recluta en la frontera. La pobre madre murió. Y el

muchacho, por una tropelía de la justicia, demasiado frecuente en

aquellos climas inseguros, es acusado de haber dado muerte a un boyero,

y cae en presidio. El triste mancebo se limita a describir la horrible

vida del presidiario. Para un hijo de la naturaleza, hecho a la luz y la

libertad, nada debe de haber, en efecto, tan horroroso como el

encarcelamiento.

En esa estrecha prisión,

sin poderme conformar,

no cesaba de exclamar:

¡Qué diera yo por tener

un caballo en que montar

y una pampa en que correr!...

También le fatiga y le aterra mucho el silencio mortal de la prisión. Es

un silencio que le obsede, que le aturde, que le alucina.

Allí se amansa el más bravo,

allí se dobla el más fuerte.

El silencio es de tal suerte,

que cuando llegue a venir

hasta se le han de sentir

las pisadas a la muerte...

El poema de la Pampa: "Martín Fierro" y el criollismo español · 第 3 / 9 段