Segismundo de “La vida es sueño”. En el poema de Hernández hay otras
varias referencias a libros españoles, que iremos anotando después; el
_Quijote_ está patente en el _Martín Fierro_, y la obsesión de
Espronceda obsérvase igualmente a lo largo del poema criollo. Los
consejos que da el viejo Vizcacha a un hijo de Fierro, son eco demasiado
patente de las advertencias que el presidiario hace al héroe de _El
Diablo Mundo_.
La queja del gaucho se parece a la del andaluz; pero si en la copla
andaluza palpita frecuentemente la indignación, la violencia o el
arrebato pasional, en la estrofa criolla vaga un no sé qué de resignado
y suave. Rara vez suena la copla criolla a maldición y a rebeldía, como
en el canto andaluz; el gaucho gime con un tono más pasivo, más rendido
y caballeresco; hace, frente al desdén de su dama, no como el enamorado
andaluz, sino como el enamorado gallego o el galán provenzal.
Yo me atrevo a reproducir, dándole un valor totalmente representativo
del carácter sentimental criollo, esta _vidalita_, muy popular en las
tierras del Plata:
Palomita blanca,
vidalitá,
la que yo crié;
salió tan ingrata,
vidalitá,
que voló y se fué...
Toma aquí el sentimiento de un pueblo la expresión más resignada, triste
y vagorosa. Apenas si el enamorado osa protestar. Es como si admitiera
la ley del destino que convierte a la mujer en cosa deseable, frágil,
bella, fácilmente desvanecible. Admite la fatalidad, y como buen
fatalista no incurre en la inútil propensión a la ira y los desesperados
ultrajes.
Se siente, pues, el gaucho obligado a una actitud de compostura frente
al desvío inevitable de la mujer. Y toma la postura del lamento según la
buena tradición romántica y caballeresca del galán desgraciado; se
refugia, pues, en la queja transcendental, en el suspiro y en el culto
ácido de la ausencia. La ausencia, como tema de erotismo desgraciado,
llena el fondo del cancionero popular argentino.
La copla andaluza exclama:
Entre Córdoba y Lucena
hay una laguna clara
donde lloraba mis penas
cuando de tí me acordaba.
Pero aun aquí resalta o se entrevé la esperanza de recuperar el amor
malogrado, o se presiente la secreta ira del amador que podrá acaso
alguna vez ejercitar su derecho a la venganza. El defraudado galán
criollo se contenta con gemir:
Palomita blanca,
remonta tu vuelo,
y al bien que yo adoro
dile que me muero...
También Martín Fierro colabora en esta propensión a la queja dulce y al
dolor de la ausencia. Azuzado por la justicia, pobre y errante, necesita
poner su memoria en la dama de sus pensamientos y canta:
Es triste dejar sus pagos
y largarse a tierra ajena,
llevándose el alma llena
de tormentos y dolores;
mas nos llevan los rigores
como el pampero[23] a la arena.
Cuántas veces al cruzar
en esa inmensa llanura,
al verse en tal desventura
y tan lejos de los suyos,
se tira uno entre los yuyos[24]
a llorar con amargura.
En la orilla de un arroyo
solitario lo pasaba,
en mil cosas cavilaba,
y a una güelta repentina
se me hacía ver a mi china
o escuchar que me llamaba.
Nada más justificado que el lamento criollo y ese tópico criollo de la
ausencia. Es una melancolía que llamaríamos territorial, topográfica. Y
ciertamente, si el gaucho encuentra algunas ocasiones de felicidad, su
posición en el mundo le hace apto para la melancolía.
No es que sea sombrío, ni que le falte lo esencial a la vida; en los
buenos tiempos de Martín Fierro, y aún ahora generalmente, el
_paisano_[25] dispone de un caballo en que trotar, el amor lo encuentra
fácil, un cobertizo y un poncho le son suficientes para cubrirse, y la
carne, base casi única de su alimentación, la cobra sin ninguna
dificultad. El trabajo es fácil también. Detesta el manejo de la azada y
no gusta el oficio de labrador, que abandona a los gringos; pero es
insuperable caballista, cuida como nadie de los ganados, sabe esquilar
ovejas y domar potros y herrar lindamente, y es inapreciable,
insustituible, en una _estancia_[26]. Bebe, rasguea su guitarra, canta
por lo fino. Gallardea en las fiestas, y sobre su dócil caballo, a la
madrugada, tendido al galope y con el lazo revoleado diestramente en
medio de la manada cerril, siente sin duda el robusto goce de la vida
plena, libre y masculina.
Pero delante de sus ojos, ¡cómo es de igual y plana la llanura! He allí
un mar de hierba, monótono e inexorable como el Océano. Vagamente llega
al alma una tristeza que no es la del marino, porque el marino _va_, y
el gaucho no saldrá nunca de su profunda soledad. El jinete se endereza
sobre su corcel, y no columbra nada a lo lejos, ni un pueblo, ni una
roca, ni un campanario; acaso una cabaña, sombreada por un sauce llorón,
o un _ombú_[27], el solitario árbol de la Pampa que no forma nunca
bosque. Sólo el blanquear de las ovejas, y el mugido de los toros
errantes y apaciguados. Un amanecer de oro, un mediodía azul, un
crepúsculo lleno de nostalgias. El cielo y la llanura, tan anchos, tan
infinitos, concluyen por parecer muros de limitación... Sólo el viento
pampero, de largo en largo, brota súbito como del mismo seno de la
llanura y hace estremecer los pajonales y retumba siniestra y
poderosamente en la infinita soledad del desierto.
CAPÍTULO VI
EL CUCHILLO DEL GAUCHO
Por entre los versos del _Martín Fierro_ brilla con frecuencia el
cuchillo de nuestro gaucho errante, y con esa arma compañera se consuman
hazañas increíbles, como el resistir en pleno campo abierto a un pelotón
de soldados policiales.
Viajando una vez por la provincia de Entre Ríos, cuyo paisaje algo seco
y surcado de pelados oteros recuerda bastante al campo de Castilla,
sorprendí un hombre a caballo, verdadera imagen del romancesco tipo del
gaucho. Ya no vestía _chiripá_, pero en su defecto portaba unos
anchísimos calzones bombachos, y sobre la erguida cabeza llevaba un
sombrero afieltrado, con masculino y coquetón talante. Al girar de
espaldas, mostró en el cinto, por la parte de los riñones, cruzado un
largo cuchillo de punta sutil. Mientras el tren arrancaba con enfática
carrera, el hombre del caballo y del cuchillo se internó serenamente en
la llanura, bien tieso en su silla nacional, impasible y orgulloso, como
una página del pasado que se vuelve y huye...
He nombrado el cuchillo, y la palabra no es justa del todo. El cuchillo
o _facón_ gauchesco era más bien una espada. Sus dimensiones tenían una
prudente medida, y si era demasiado largo para cuchillo, quedaba algo
corto para llegar a espada. El gaucho no podía llevar una espada al
cinto, como un soldado de caballería; su manera violenta y continua de
cabalgar, y su deseo de no separarse nunca del arma fiel, le obligó a
cortar la espada del caballero o del hidalgo. La cruzó en la cintura, la
sujetó a su cuerpo, y así logró convertirla en algo indivisible con su
persona.
Al referirme al cuchillo del gaucho hablo en pretérito, porque el arma
nacional de los ríoplatenses va desapareciendo, y sólo es usado tal vez
en las comarcas desviadas. El europeo ha traído el uso del revólver,
arma fácil y expedita que no requiere una maniobra tan complicada como
aquel acero filoso, únicamente eficaz cuando la mano, la vista y el
corazón del gaucho lo esgrimía en los imponentes _entreveros_[28].
Tampoco podía el europeo desenvolverse en el seno de la Naturaleza,
desafiarla y vencerla como el gaucho. Este hombre primitivo contaba
solamente con su voluntad y sus iniciativas. Situado en mitad del
desierto, se buscaba un camino, se orientaba por las huellas sutiles de
la luz o del color y sabor de las hierbas, y nada quedaba para él sin
expresión, desde el vuelo de las aves hasta el mugido de las bestias
errabundas. Poco debía contar con la justicia ni con los poderes
constituidos; en último caso fiaba a su acero la defensa de su familia y
de su prestigio personal. El europeo, debilitado por la civilización,
procura reconciliarse con la Naturaleza, y al reñir contra ella no
marcha de frente, sino que la soslaya, y pone por medio la mecánica de
la industria y la otra mecánica de las leyes colectivas.
Un pueblo entero, libre y robusto, usaba hasta ayer mismo la espada del
caballero o del hidalgo, como hace dos o tres siglos la usaban en Europa
las gentes nobles. No se olvide que la espada significa libertad, aunque
las mentes un poco aturdidas por la democracia tomen esto por una
blasfemia. La espada no ha sido nunca negocio de esclavos, porque
implica el sentido de la mayor independencia personal. La espada hace
sagrado el concepto de la personalidad, y un hombre que la lleva al
cinto está significando a todos los otros hombres que su independencia
personal comienza desde la misma punta de su espada. Los caballeros del
siglo XVI, llevando todos el signo acerado y mortífero de la libertad,
por imposición natural interponían entre ellos la virtud más deseable y
democrática: el respeto mutuo.
Así Pizarro, detenido en la isla del Gallo por las suspicacias de
algunos compañeros, cuando quiso arrastrar su gente a la gran aventura
de conquistar el Perú no osó proferir gritos y órdenes de mando, sino
que sacó la espada, rayó la tierra con un brusco ademán y empezó:
¡Señores...!
Aquellos hidalgos trajeron la espada a la llanura ríoplatense, y el
gaucho, pobre y errante como su progenitor, lleno de sus mismos
prejuicios, reacio a la industria, atento al honor y a la libertad más
que al ahorro, fué un testamentario y un continuador en América de la
tradición castellana. Cuando en la tierra originaria no quedaron
hidalgos de espada al cinto, en la Pampa vivía el gaucho una vida
hidalguesca, con su caballo y su daga, su puntillo de honor y su
aventura.
No; no era para todos el manejo de la daga gauchesca. Nada tan
complicado como su esgrima, ni nada tan terrible como un hombre de
aquellos cuando enrollaba al brazo el poncho, se quitaba las grandes
espuelas y hacía brillar la hoja del cuchillo. A veces las pendencias
duraban mucho tiempo, y el sudor bañaba los rostros que la ira hacía
enrojecer. Los circunstantes formaban en círculo, y a nadie se le
ocurría que podía intervenir en aquel torneo legal y honroso. Juntos los
pies de ambos luchadores, casi abrazados los dos, hacían largo tiempo
culebrear los aceros, parándose los tajos con el poncho, ladeándose,
evitándose como ágiles reptiles. Un _chirle_ en la cara era golpe muy
apreciado, y a veces bastaba la herida del rostro para lavar una ofensa.
Pero los verdaderamente bravos no se contentaban con tan poco. Martín
Fierro era hábil en hundir el cuchillo hasta la empuñadura.
Yo tenía un facón con S[29]
que era de lima de acero;
le hice un tiro, lo quitó
y vino ciego el moreno.
Y en el medio de las aspas
un planazo le asenté,
que lo largué culebriando
lo mesmo que buscapié.
Le coloriaron las motas
con la sangre de la herida,
y volvió a venir furioso
como una tigra parida.
_Y ya me hizo relumbrar
por los ojos el cuchillo_,
alcanzando por la punta
a cortarme en un carrillo.
Me hirvió la sangre en las venas
y me le afirmé al moreno,
dándole de punta y hacha
pa dejar un diablo menos.
Por fin en una topada
en el cuchillo lo alcé,
y como un saco de güesos
contra un cerco lo largué...
Acabada la riña, Martín Fierro atraviesa por entre los silenciosos
espectadores sin volver la mirada, convencido de que nadie habrá de
poner una objeción a su terrible y lógico comportamiento.
Limpié el facón en los pastos,
desaté mi redomón,
monté despacio, y salí
al tranco pa el cañadón...
En otro capítulo se verá la forma de pelea y el sentido de la muerte del
gaucho.
CAPÍTULO VII
HAZAÑAS Y ENTREVEROS
EL uso consumado de la esgrima trae consigo una especie de culto de la
serenidad; el esgrimidor, por lo mismo que cuenta con su destreza y
quiere atestiguarla, se cuida mucho de mostrar una firme sangre fría al
momento de la pelea.
El gaucho hace esgrima desde que nace, y en su mano se convierte el
_facón_ en un prodigio. No le gusta, por tanto, combatir de un modo
brutal y torpe; estima grato rodear el trance del peligro con el adorno
de esas gracias marciales que consisten en jactanciosas actitudes,
ademanes despectivos y palabras hirientes. Desde los tiempos del padre
Homero, el hombre que fía su riesgo a la entereza de su mano y de su
espada ha sentido siempre el trágico placer de irritar, de encolerizar
al adversario, y demostrarle cuán poco terror alberga el pecho que se
prepara a combatir.
El gaucho es un buen hijo de español, y sufriría mucho si le privaran
del ácido y supremo placer de la jactancia varonil frente a la muerte.
Ha heredado del andaluz el culto del gesto y la graciosa arrogancia del
desplante masculino; antes de herir, se reserva el derecho de lanzar la
frase punzante y retadora. Sus riñas suelen tener un prefacio terrible,
emocionante, en que los contendientes se atacan con miradas y con
palabras frías, con frases de ambiguo sentido, con sonrisas que cortan.
Era natural que en un ambiente así apareciera el tipo del matón. Lo hubo
antes, y ahora mismo existe, sobre todo en los suburbios de las grandes
poblaciones. Llaman en Buenos Aires _orilleros_ (sin duda por ser
vecinos de las orillas urbanas) a unas gentes confusas, bastante
híbridas, formadas de todos los restos de población indígena y
forastera, con sedimentos criollos y mucha aportación italiana,
especialmente de las partes de Nápoles, Calabria y Sicilia. En esta
población circundante y procelosa surge con frecuencia el tipo del
_guapo_, del _chulo_, del _apache_, que en el lenguaje provincial del
país llaman _compadrito_. Antiguamente se titulaba _compadre_ a secas, y
la palabra ha dado origen a un verbo muy usado, _compadrear_, que
significa hacer el gallo, el guapo o el valentón; pero en la chulería
arrabalesca, allí como en los bajos fondos sociales europeos, el
valentón busca siempre la manera diminutiva o afeminada de mostrar su
terrible y repugnante masculinismo. El _compadre_, pues, se convierte en
_compadrito_, hombre pálido y cruel, apachesco, fríamente sanguinario,
portador del revólver o del cuchillo, espejuelo de las infelices y
deslumbradas mujeres, y diestro bailador de ese soez tango argentino
que, en efecto, los argentinos honrados nunca quisieron bailar, y en
Europa lo han bailado las atolondradas señoritas linajudas.
Del gaucho Martín Fierro no se puede decir que sea un _compadre_
militante. Obedece, sí, a la ley de su patria, y tomando un poco más de
ginebra se siente algo provocador y demasiadamente dicharachero. Por
soltar con exceso la lengua se ve obligado una vez a reñir con un negro,
al que tiene la desgracia de rajar el vientre. Son cosas de la
fatalidad, que hoy toca a uno y mañana nos escogerá a nosotros.
Efectivamente:
Otra vez en un boliche
estaba haciendo la tarde;
cayó un gaucho que hacía alarde
de guapo y de peliador.
A la llegada metió
el pingo hasta la ramada,
y yo sin decirle nada
me quedé en el mostrador.
Era un terne de aquel pago
que naides lo reprendía,
que sus enriedos tenía
con el señor Comendante.
Y como era protegido
andaba muy entonao,
y a cualquiera desgraciao
lo llevaba por delante.
¡Ah, pobre! ¡si él mismo creíba
que la vida le sobraba!
Ninguno diría que andaba
aguaitándolo la muerte.
Sabe ya Martín Fierro, desde la aparición del _compadre_ en la pulpería,
que las cosas no podrán ir bien para todos. Antes de que estalle la
tormenta, el héroe hace unas cuantas reflexiones filosóficas,
seguramente no exentas de curiosidad.
Pero ansí pasa en el mundo,
es ansí la triste vida;
pa todos está escondida
la güena o la mala suerte...
Observad ahora la manera especial de desarrollarse una pendencia entre
gauchos:
Se tiró al suelo al dentrar,
le dió un empellón a un vasco,
y me alargó un medio frasco
diciendo: “Beba, cuñao.”
“Por su hermana, contesté,
que por la mía no hay cuidao.”
“¡Ah, gaucho!,” me respondió,
“¿de qué pago será crioyo?
¿Lo andará buscando el hoyo?
¿Deberá tener güen cuero?...
Pero ande bala este toro
no bala ningún ternero.”
Y ya salimos trenzaos,
porque el hombre no era lerdo;
mas como el tino no pierdo
y soy medio ligerón,
le dejé mostrando el sebo
de un revés con el facón.
Pero estas son riñas de uno contra uno, de forma caballeresca popular y
muy semejantes a las riñas de otros países. Donde se prueba el valor
del gaucho y la potencia de su cuchillo y de su esgrima, es en los
entreveros de uno contra muchos, o en la pelea contra un indio armado de
boleadoras.
Me encontraba, como digo,
en aquella soledá,
entre tanta oscuridá
echando al viento mis quejas,
cuando el grito del chajá[30]
me hizo parar[31] las orejas.
Como lombriz me pegué
al suelo para escuchar;
pronto sentí retumbar
las pisadas de los fletes[32],
y que eran muchos jinetes
conocí sin cavilar...
Al punto me santigüé
y eché de giñebra un taco;
lo mesmito que el mataco[33]
me arrollé con el porrón.
“Si han de darme pa tabaco,
dije, esta es güena ocasión.”
Me refalé las espuelas
para no peliar con grillos,
me arremangué el calzoncillo
y me ajusté bien la faja;
y en una mata de paja
probé el filo del cuchillo...
_Yo quise hacerles saber
que allí se hallaba un varón_;
les conocí la intención
y solamente por eso
fué que les gané el tirón,
sin aguardar voz de preso.
“Vos[34] sos un gaucho matrero,”
dijo uno, haciéndose el bueno.
“Vos matastes un moreno
y otro en una pulpería,
y aquí está la polecía
que quiere ajustar tus cuentas.
Te va a alzar por las cuarenta
si te resistís hoy día.”
“No me vengan, contesté,
con relación de difuntos;
esos son otros asuntos;
vean si me pueden llevar,
que yo no me he de entregar
_aunque vengan todos juntos_.”
Pero no aguardaron más
y se apiaron en montón.
Como a perro cimarrón
me rodiaron entre tantos.
Yo me encomendé a los Santos
y eché mano a mi facón...
¿No es cierto que nos figuramos leer un folletín de Alejandro Dumas o de
Fernández y González? Las estupendas luchas que nos describen las
novelas de capa y espada, podrán, y tienen de seguro muchas veces, una
parte importante de mentira. En nuestro caso no hay exageración, porque
los anales de la Pampa están llenos de empresas parecidas, y el honrado
José Hernández, además, rehuye siempre las narraciones hiperbólicas. El
gaucho Martín Fierro saca fuerzas de flaqueza, y aunque está solo en la
inmensidad, frente a varios hombres armados, sin más apoyo que su daga,
prefiere morir matando, y no que lo sacrifiquen miserablemente.
Para nuestra pasibilidad de hombres civilizados, urbanos y tímidos, la
actitud de un hombre luchando contra muchos nos resulta inverosímil.
Pero Martín Fierro no está precisamente solo. A nosotros nos serviría
para poco una daga punzante y un cuerpo más o menos dañado de
artritismo; en cambio Martín Fierro le saca a su facón imprevistas y
maravillosas aptitudes, y cada canto o punto de su daga es un resorte
poderosísimo. En cuanto a su cuerpo físico, él se estira y encoge como
la goma, salta o se soslaya, se acurruca o se acrecienta, se multiplica
verdaderamente. Y hay, además, la astucia.
Es así como un “hombre de guerra”, un guerrero de oficio, ha sido en la
Historia una cosa resistente y capaz de proezas increíbles. Los héroes
de Homero, por ejemplo, el Aquiles y el Agamenón y el Ayax, eran
completos y vigilantes esgrimidores que aterraban a sus enemigos. Cuando
leemos en los libros de Caballería que un solo guerrero combatía y
derrotaba a innúmeros adversarios, no todo cuanto nos cuentan es
mentira. Un guerrero antiguo, por virtud de la esgrima, del _oficio_ y
de la especial preparación del alma, valía por muchos hombres juntos. El
_gendarme_, el _lansquenete_, el _suizo_, y sobre todo el caballero
marcial a lo Rolando, Cid y Gonzalo de Córdoba, hicieron en mucho tiempo
imposible la formación de grandes y eficaces ejércitos anónimos,
democráticos, al estilo moderno.
Los enemigos de Martín Fierro traen, es verdad, alguna carabina; pero
aquellos pobres fusiles de pistón, sobra sin duda de los arsenales
europeos, no valen gran cosa.
Y ya vide el fogonazo
de un tiro de carabina;
mas quiso la suerte indina
de aquel maula, que me errase,
y ahí no más lo levantase
lo mesmo que una sardina...
Era tanta la afición
y la angurria[35] que tenían,
que tuítos se me venían
donde yo los esperaba;
uno al otro se estorbaban
y con las ganas no vían.
He aquí ahora que interviene la astucia, puesto que el guerrero ha de
ser listo en ardides:
Dos de ellos que traiban sables,
más garifos y resueltos,
en las hilachas envueltos
enfrente se me pararon,
y a un tiempo me atropellaron
lo mesmo que perros sueltos.
Me fuí reculando en falso
y el poncho adelante eché,
_y cuando le puso el pie_
uno medio chapetón[36],
de pronto le dí el tirón
y de espaldas lo largué...
Pegué un brinco y entre todos
sin miedo me entreveré.
echo ovillo me quedé,
y ya me cargó una yunta[37],
y por el suelo la punta
de mi facón les jugué.
El más engolosinao
se me apió con un hachazo;
se lo quité con el brazo,
de no, me mata los piojos;
y antes de que diera un paso
le eché tierra en los dos ojos.
Y mientras se sacudía
refregándose la vista,
yo me le fuí como lista
y ahí no más me le afirmé,
diciéndole: “Dios te asista”,
y de un revés lo voltié...
En fin, la feroz pelea de uno contra tantos acaba, o se precipita al
desenlace, cuando uno de los soldados, el sargento Cruz, se pasa al
campo de Martín Fierro, gritando aquella voz quijotesca:
...¡Cruz no consiente
que se cometa el delito
de matar ansí un valiente!
CAPÍTULO VIII
LOS INDIOS
Cuando un hombre se ponía fuera de la ley, quedábale antiguamente en la
Argentina el desesperado recurso de hacerse _gaucho matrero_, oficio
semejante al de nuestro histórico bandido de Sierra Morena. El _matrero_
se contentaba con robar ganado, que vendía a los falaces intermediarios,
y vagaba errante por la inmensidad de la llanura, libre y abierta
entonces.
Hoy la llanura se ve toda dividida y reglada por fuertes alambrados, que
si no impiden las raterías y los vagabundajes, dificultan mucho las
antiguas aventuras.
En aquellos tiempos le quedaba todavía otra solución al perseguido por
la ley: los indios en sus tolderías reservaban a veces un asilo a los
cristianos, en la esperanza de utilizarlos como rehenes o a título de
espías. Martín Fierro y el sargento Cruz se marcharon, pues, al país de
los indios _pampas_.
El poema del _Martín Fierro_, aunque no tiene más que cuarenta años de
fecha, guarda un valor inestimable porque describe cuadros y cosas que
ya desaparecieron de la Argentina. En aquel país nuevo, en constante
evolución, las cosas vienen y van con alucinante rapidez.
Este poema vulgar y sin pretensiones tiene, pues, una importancia grande
como documento vivo y veraz. Narra, por ejemplo, la vida de los indios,
cuando todavía vagaban los indios feroces y libres en los confines de la
misma provincia de Buenos Aires. Y los describe con tal detalle y con
tanta realidad, que nosotros, los lectores, podemos asistir a las
fiestas y las batallas de aquellos bárbaros, a quienes la civilización
no ha podido o no ha querido amansar. En estos momentos los indios
feroces, constante alarma de los poblados fronterizos, no existen ya
más. Todos han desaparecido.
Permanecen algunas tribus, es cierto, en los territorios meridionales de
la Patagonia y en la Tierra de Fuego. Pero son indios nada bravos,
entumecidos en su clima implacable, poco numerosos y cada día más
mermados ante el avance de la colonización. También existen núcleos de
indios salvajes en la zona tórrida del Norte de la República, y aunque
más numerosos que los del Sur y bastante crueles y rapaces, nunca forman
un grave peligro para la población laboriosa del país. Se sostienen en
el casi desierto territorio del Chaco y arman sus _tolderías_ en las
riberas del poco conocido Pilcomayo. Se valen de la pesca y la caza para
subsistir; a veces arrostran pequeños _malones_[38] o saqueos sobre los
colonos cristianos; otras veces acuden a trabajar por temporadas en los
_obrajes_[39], donde se cortan y preparan grandes cantidades de la
madera tintórea llamada _quebracho_. Los miserables indios reciben por
sus trabajos alguna suma, que invierten en armas y en alcohol; con
frecuencia son víctimas de la codicia de los capataces, y ellos se
vengan en brutales represalias.
Los verdaderos indios, los peligrosos y terribles, eran los _pampas_.
Antiguamente se llamaban _querandíes_, y ocupaban toda la zona llana de
la Argentina, esa infinita pradera verde, limpia de árboles. Los indios
del Uruguay, llamados _charrúas_, no eran menos valerosos y crueles.