BIBLIOTECA CALLEJA
PRIMERA SERIE
JOSÉ M.ª SALAVERRÍA
EL POEMA
DE LA PAMPA
OBRAS DE JOSÉ M.ª SALAVERRÍA
EL PERRO NEGRO
(Ensayos).
VIEJA ESPAÑA
(Impresión de Castilla, con un prólogo de Pérez Galdós).
NICÉFORO EL BUENO
(Novela).
LA VIRGEN DE ARÁNZAZU
(Novela).
TIERRA ARGENTINA
(Viajes).
LA SOMBRA DE LOYOLA
(Ensayos).
A LO LEJOS
(Ensayos).
CUADROS EUROPEOS
(Viajes).
ESPÍRITU AMBULANTE
(Ensayos).
LA AFIRMACIÓN ESPAÑOLA
(Ensayos).
EL MUCHACHO ESPAÑOL
JOSÉ M.ª SALAVERRÍA
EL POEMA
DE LA PAMPA
“MARTÍN FIERRO”
Y EL CRIOLLISMO ESPAÑOL
MCMXVIII
CASA EDITORIAL CALLEJA
FUNDADA EN 1876
MADRID
PROPIEDAD
DERECHOS RESERVADO
COPYRIGHT 1918
BY JOSÉ MARÍA SALAVERRÍA
Imp. Martín de los Heros, 65.
CAPÍTULO PRIMERO
PRELIMINAR
No tiene fácil disculpa el hecho triste, vergonzoso, de la separación
intelectual entre las diferentes porciones del mundo castellano, y sobre
todo entre España y sus hijas las repúblicas de América. Un siglo de
resquemores, tal vez de odios; un largo siglo de mutua incomprensión y
mutuo desvío, es un plazo sin duda suficiente largo para pagar culpas
antiguas. Es ya hora de que españoles y americanos desistan de
anacrónicas actitudes.
Cada vez se acentúa más la corriente de aproximación que arrostran los
gobiernos y las entidades comerciales o universitarias. Pero tales
corrientes aproximativas resultarán sin bastante suficiencia o eficacia
si no les ayuda el interés y el mutuo estudio literario, ejercido con
un sentimiento desde luego cordial y una crítica atenta, generosa.
Españoles y americanos no se hallan, al respecto, en el mismo plano de
igualdad. Porque aun en los peores trances de desamor o de odio, los
americanos han seguido directamente el desarrollo de las letras
españolas, gracias al prestigio que las cosas europeas tienen siempre en
América, y además por el indudable contenido de la literatura de España
y por su superioridad frente a la de América. En cambio, los españoles
peninsulares, desde que los virreynatos se alzaron en repúblicas, parece
que hubiéramos decidido borrarlos del mapa de nuestra preocupación. Nada
de ellos nos ha interesado. ¿Quizás porque, en efecto, nada valía su
producción literaria?... Es verdad que los países americanos de nuestra
lengua no han creado un Poe, un Emerson, un William James; pero ellos
han dado a luz hombres extraordinarios en el orden político, militar y
educador; han creado obras, en fin, que a los españoles nos deben
preocupar, y yo me adelanto a poner como un tipo de obra curiosísima,
altamente excepcional y hondamente _española_, este libro poemático del
_Martín Fierro_.
Ya quedará tiempo para el comentario de las obras formales y de los
autores eminentes de Hispano-América; no faltarán plumas capaces que
aborden esa empresa. Yo he preferido acercarme a un libro irregular, sin
forma casi, rudimentario probablemente, fruto del ingenio argentino. El
poema del _Martín Fierro_ no es popular a la manera anónima de los
antiguos poemas europeos; tiene un autor conocido y reciente, que se
llama José Hernández. Pero es profunda y particularmente popular, porque
está escrito en el habla de las calles y los campos, sin aliño alguno,
sin intención de producir efectos desaliñados, ingenuamente,
espontáneamente, como un resultado asombroso de la inspiración del
pueblo. En tal sentido equivale a un fenómeno, a un acontecimiento
literario. Causa asombro, efectivamente, considerar que haya podido
escribirse en época bien moderna, en el año 1872, un poema popular que
contiene todas las particularidades de las obras míticas y de los libros
anónimos, populares. Este raro fenómeno ha de explicarse por el estado
primitivo que ofrecía la vida pampeana hasta hace pocos años; y ahora
mismo no escasean en la Argentina territorios vírgenes poco menos que
inexplorados, donde las gentes se conducen en una forma libre,
pintoresca, a espaldas del tumulto de una civilización urbana de
carácter súbito e inmigratorio.
Aunque no fuese más que por este último motivo, el _Martín Fierro_ tiene
para los españoles un valor muy grande. En sus desaliñados versos se
pinta y describe el carácter de la primitiva población argentina, y esa
población criolla está ligada a la idiosincrasia española con lazos tan
íntimos, que hasta se puede decir que interesa tanto a España como a la
Argentina el conocimiento, el estudio, el recuerdo de la auténtica
población pampeana. El _gaucho_ no es sólo un ejemplar platense; es
también un elemento español, el cual en cierto modo contiene algunas de
las más netas o principales características de la gran familia española.
El lector, desde luego, habrá observado en estas líneas la intención de
hacer un descubrimiento literario. Ciertamente, se trata aquí de dar a
conocer una obra casi del todo desconocida en España; si algún lector
culto conoce el _Martín Fierro_, es a causa de haber visitado la
República Argentina. Y como esta ignorancia casi general representa un
descrédito, he ahí por lo que me propongo comentar el libro argentino y
hacer que los criollos del Plata no acusen a la literatura española de
excesivamente exclusivista o desdeñosa.
Repito que el _Martín Fierro_ tiene para España acaso tanto valor como
para la Argentina. El héroe del poema es criollo, gaucho puro, con
mezcla, por tanto, bastante considerable de sangre india; los hechos que
a través de las estrofas se ponen de relieve afectan a la vida de las
Pampas y a conflictos territoriales, indígenas, especialmente a la lucha
del campo libre y de la ciudad invasora. Pero, con todo, a pesar de su
labor localista, los hombres y los conflictos del _Martín Fierro_ tienen
estrecha relación con España. La desaparición del gaucho ante el
progreso formal de la ciudad cosmopolita, ¿cómo podría ser indiferente
para los españoles? Téngase en cuenta que en el fondo de la naturaleza
gauchesca palpita el espíritu de la sociedad colonial; rudo, ignorante,
agreste como es el gaucho, él contiene en esencia toda la tradición de
los conquistadores. Su lenguaje es un prodigio de permanencia prosódica,
y hoy mismo se escuchan en plena Pampa voces y refranes que no han
sufrido alteración desde el siglo XVI. En cuanto a su sentido religioso
y filosófico, su sobriedad, su estoicismo, su socarronería, su valor, su
empaque, su fidelidad, su desprendimiento, su mezcla de gracejo y de
melancolía, su amor al caballo y al cuchillo, su guitarra y su
cigarro... todos estos atributos corresponden a la naturaleza del
español. Nosotros no podemos desdeñar, sin grave culpa, la noble,
romancesca y extraña figura del gaucho.
Muchas veces se ha ponderado la identidad de raza, idioma y espíritu de
España y las naciones de América. ¡Con qué frecuencia, sin embargo, ha
sido proclamada esa identidad de labios afuera y como vano recurso
retórico! Pero la identidad existe, a pesar de todas las ligerezas
retóricas, y no son siempre los oradores a quienes debemos la
aproximación hispano-americana; es ella misma quien la consuma. Quiero
decir que la hermandad de España y América es fruto de un fatalismo, y
se opera en virtud de causas extraordinarias, ineludibles.
La causa principal de que España y América no puedan ser nunca extrañas
entre sí, consiste en que América recibió de una vez, rápida y
copiosamente y con exclusión de todo agente ajeno, la civilización
española. Esta civilización, además, la recibió América en su período
más feliz de madurez y de fuerza, cuando el alma española salía depurada
y robustecida de una épica prueba de siete siglos; cuando la unidad
nacional estaba sellada indisolublemente; cuando el Renacimiento
divinizaba la energía; cuando el lenguaje castellano adquiría su
plenitud sonora y gramatical; cuando la política tenía un franco sentido
expansivo y dominador; cuando el espíritu español no dudaba, sino que
afirmaba su gran voluntad de poder.
Finalmente, América recibió la civilización, el idioma, la fe, el ser de
España, de aquellos territorios peninsulares que tienen más metida en su
alma el vigor castizo de la raza. Los primeros capitanes y pobladores
salieron de Extremadura y Andalucía, y ellos infundieron a América su
lenguaje, sus costumbres, sus más íntimos matices provinciales. De tal
manera, que ahora mismo puede observar el viajero cómo en la modernista
Buenos Aires conservan muchas casas el corte de las viviendas andaluzas,
y cómo aquellos habitantes, hasta los hijos directos de italiano o de
ruso, hablan con el dejo y los provincialismos de Andalucía.
La “solera”, que hace perdurar en los vinos de marca el sabor original,
mantiene en el fondo americano el primitivo ser español. Y de este modo,
cuando un escritor americano produce una obra sincera, a pesar suyo, y
aunque pretendiera haber escrito una obra americana, en realidad escribe
un libro español. Tal es el caso de José Hernández, literato argentino,
autor del poema _Martín Fierro_.
José Hernández era un escritor modesto que no pretendía sorprender a
París con una nueva tesis literaria. Se limitó a componer un poema,
usando directa y felizmente el lenguaje del pueblo. Y sin darse cuenta,
por un fenómeno bastante frecuente en literatura, hizo la obra más
argentina, más veraz, más feliz de cuantas se han escrito en el país
ríoplatense. Y como arrancó sus personajes y sus episodios de la misma
entraña americana, sin remedio escribió un libro muy español. En efecto,
el _Martín Fierro_ es un romance heroico popular y costumbrista, que en
realidad viene a describir la vida del español transplantado a América.
El tipo del _gaucho_, tan americano de suyo, no es otra cosa, si bien se
mira, que un español nacido en el clima y el paisaje de la Pampa.
No es fácil determinar el punto de América en que se conserva más pura
la tradición de los conquistadores. En Méjico y en Bogotá, en Lima y en
Santiago de Chile, el español suele recibir profundas y emocionantes
sorpresas al encontrar tantas huellas vivientes de la cultura, el
sentimiento y la misma superstición de España. Aquellas ciudades parecen
más bien pedazos españoles, transportados íntegramente bajo el cielo
americano. Y puede ocurrir que el español de la península encuentre que
esos pedazos transportados contengan más sabor españolista, sean más
íntima y externamente españoles que la misma España peninsular.
Es seguro que Bogotá y Lima reproducen mejor que Buenos Aires el tipo de
la ciudad propiamente española. Henchidas de savia cosmopolita, las
poblaciones argentinas de la costa se desprenden cuanto pueden de su
sabor colonial; el campo también, en la proximidad de esas poblaciones
de aluvión, va perdiendo su primitivo carácter, y al gaucho pintoresco
sucede una forma híbrida de _farmer_ vulgar, pedestre y sedentario. Pero
hacia el interior tropezamos con un tipo de hombre tan curioso, tan
auténticamente españolista, que nos resistimos a llamarle extranjero. El
_gaucho_ de antes, el _paisano_ de hoy, tiene bastante más derecho a
llamarse español que muchos pobladores de ciertas tierras de España.
El _gaucho_ es un ejemplar de hombre que ha logrado cierta reputación
universal. Se le conoce y se le ha comentado en muchos libros, a causa
de su carácter, de su excepcionalidad. En esto se parece al español,
puesto que el español, en el clima europeo, es un individuo aparte. Los
otros países americanos eran generalmente aptos para sostener una
población nutrida y sedentaria; el indio de Méjico y del Perú, habituado
a un civismo siquiera rudimentario y a los trabajos de una industria y
agricultura primitivas, y hechos a la vida comunal y a la obediencia de
sus reyezuelos o emperadores, entraron fácilmente en la civilización
colonial española y no destacaron mucho su carácter.
Pero en las riberas del Plata, como en los llanos de Venezuela, se formó
una población particular, original, producto en gran parte del medio.
Los mestizos de español y de indígena hallaron una pradera anchurosa,
infinita y desierta, que de algún modo recordaba las planicies
españolas. En aquella pradera, los carneros y los caballos se
multiplicaron bíblicamente, y surgió ese tipo de pastor heroico que
hablaba el idioma de los hidalgos, montaba a lo caballero, manejaba la
daga diestra, y todo esto sin perjuicio de una rusticidad de salvaje
libre, arisco y puntilloso.
Era yo niño, cuando cayó en mi poder un _Viaje alrededor del mundo_,
escrito por Arago. Al recalar en el estuario del río de la Plata, el
sabio escritor francés, con una frivolidad muy francesa, describe la
vida del _gaucho_ y borda una serie de fantasías. Pero con todas sus
exageraciones, aquel tipo del _gaucho_ me impresionó profundamente y
quedó su figura bien grabada en mi memoria.
Después, al visitar la Argentina, y buscando la imagen del _gaucho_
entrevisto en las primeras lecturas infantiles, hube de recibir una
pésima explicación: ya no había gauchos en el país... Pero no hay que
creer mucho a los criollos que piensan ufanos, ante el esplendor de
Buenos Aires, que toda la Argentina es idéntica a la gran metrópoli.
Indudablemente, la marea inmigratoria va borrando muchas características
criollas; el _paisano_ ya no viste _chiripá_[1] ni las antiguas botas
indígenas. Pero separándose un poco de Buenos Aires, el viajero
encuentra unos hombres singulares que son bien parecidos al _gaucho_
tradicional. Unos hombres de hermosa figura, buena talla, rasgos físicos
firmes, actitud un tanto grave, color pálido. La sangre india alarga un
poco sus ojos hacia las sienes, y agranda las alillas de la nariz,
dándoles un aire particular que en el país llaman _achinado_. En cuanto
a la sangre española, andaluza, que llevan en su ser, les proporciona un
tono de elegancia corporal, un bello empaque y gracia de los
movimientos, una finura en los rasgos. Algo parecido a este ejemplar de
hombre son los _jíbaros_ montañeses que yo había contemplado antes en
Puerto Rico, aunque aquéllos, por el clima tropical en que viven, sean
menos robustos y desenvueltos que el _paisano_ argentino.
Lleva éste, en las comarcas del interior, un pantalón anchísimo como el
de los zuavos, sombrero flexible, poncho y cinturón de plata, y porta,
cruzado en los riñones, un largo cuchillo que le sirve para
_carnear_[2], y que manejado hábilmente le ayuda a vengar cualquier
ofensa o atropello.
El tipo legendario del _gaucho_ se ha convertido en caricatura al
contacto del suburbio de Buenos Aires. Toda la nobleza y arrogancia del
_gaucho_ pastoril y libre ha derivado en Buenos Aires hacia el tipo
repugnante del _compadrito_[3], especie de chulo, pero más sanguinario y
soez que el chulo madrileño; semejante al _apache_ parisiense e hijo de
una inmigración poco escogida. Descendiente con frecuencia de
napolitanos o calabreses, imita el empaque y la fachenda del _paisano_
antiguo, pero no su nobleza, e introduce en el idioma español, junto con
los pintorescos giros criollos, un montón de palabras presidiarias, una
hez de voces italianas; una jerga, en fin, de suburbio y de _bar_
cosmopolita, con cadencias de tango obsceno y canallesco.
Las cuitas y las hazañas del gaucho pampeano es lo que narra el _Martín
Fierro_. Para el lector español, la vida de la Pampa debe ser una
prolongación de la vida castellana o andaluza. Procuraré describir y
comentar lo saliente de este libro singular, añadiendo impresiones,
recuerdos y paisajes anotados por mí a lo largo de la hermosa tierra
argentina.
CAPÍTULO II
EL ARGUMENTO
Los que exigen a la obra literaria un gran número de episodios, bien
trabados y tendientes a un fin armónico, en una forma más o menos
clásica; los que siguen el precepto francés de orden, redondez y
armonía, en el pequeño poema del _Martín Fierro_ hallarán pocos motivos
para admirarse. Esta es una obra suelta, libre, un tanto desordenada.
Tiene todo el aire de la antigua novela española, y por tanto se reduce
a tomar al héroe, situarlo en medio de la vida y hacerle andar. El
héroe, en efecto, realiza sus actos como en la misma vida, sin someterse
a un plan, un acto tras otro; y cuando el narrador se fatiga, corta el
hilo de las aventuras, y el libro ha terminado.
Este libro, en suma, describe la vida azarosa y amarga de un gaucho
ríoplatense. El mismo héroe nos cuenta sus antecedentes, su alegre
juventud en el _pago_[4] donde naciera:
Entonces, cuando el lucero
brillaba en el cielo santo,
y los gallos con su canto
décian[5] que el día clareaba,
a la cocina rumbiaba
el gaucho que era un encanto.
Y sentao junto al fogón
a esperar que venga el día,
al cimarrón[6] se prendía
hasta ponerse rechoncho,
mientras su china[7] dormía
tapadita con su poncho.
Y apenas el horizonte
empezaba a coloriar,
los pájaros a cantar
y las gallinas a apiarse[8],
era cosa de largarse
cada cual a trabajar.
Este se ata las espuelas,
se sale el otro cantando;
uno busca un pellón blando,
éste un lazo, otro un rebenque,
y los pingos[9] relichando
los llaman desde el palenque...
Tiene una _china_ que le quiere, o sea una mujer adjunta; tiene dos
hijos, y no le falta un buen caballo, el _pingo_ cariñoso y trotador, y
algunos útiles de caballería, como son las espuelas grandes de plata, el
ceñidor adornado, el lindo poncho y la daga[10] inseparable. Toda esta
felicidad se acaba el día en que llega un juez avinagrado, el cual
recoge a todo el gauchaje como en una redada y envía a los pobres
hombres a la frontera de los indios, para que sirvan de soldados.
Y aquí empiezan los infortunios del gaucho _Martín Fierro_. Lo hacen
soldado; pasa hambre; no cobra nunca la paga entera, y encima de esto
tiene que soportar los ataques en masa de la _indiada_, que acomete más
de una vez al _fortín_[11] de los _cristianos_.
Y pa mejor de la fiesta,
en esa aflicción tan suma,
vino un indio echando espuma
y con la lanza en la mano,
gritando: “Acabau, cristiano;
metau el lanza hasta el pluma...”
Dios le perdone al salvaje,
las ganas que me tenía;
desaté las tres Marías[12]
y lo engatusé a cabriolas.
¡Pucha![13]. Si no traigo bolas
me achura el indio ese día.
Era el hijo de un cacique,
según yo lo averigüé.
La verdá del caso jué
que me tuvo apuradazo.
Hasta que al fin de un bolazo
del caballo lo bajé.
Ahí no más me tiré al suelo
y lo pisé en las paletas.
Empezó a hacer morisquetas
y a mezquinar la garganta...
Pero hice la obra santa
de hacerle estirar la jeta.
La mala vida de la frontera se le hace tan odiosa a Martín Fierro, que
decide marcharse; y como simple desertor vuelve a los poblados. Y
estando de fiesta en una _pulpería_[14], el aguardiente le trastorna el
seso, de modo que arma pendencia a un valentón, riñen, y lo deja muerto.
Otro día se encara con un negro, mientras rasguea la guitarra, y también
riñen, e igualmente lo mata.
Huye, pues, a la ventura, y al escapar se le llena el alma de una
desgarradora melancolía.
Vamos, suerte, vamos juntos,
dende que juntos nacimos.
Y ya que juntos vivimos
sin podernos dividir...
yo abriré con mi cuchillo
el camino pa seguir.
Un día le sorprende el piquete de soldados que andaba tras él. Martín
Fierro desenvaina su largo cuchillo y vende cara su libertad. Tumba a
dos o tres de la policía. Y cuando el peligro es mayor, uno de los
soldados, el amigo Cruz, exclama:
... ¡Cruz no consiente
que se cometa el delito
de matar así un valiente!
Y el soldado Cruz, verdadera expresión de hidalguía castellana del
antiguo régimen, se pasa al lado del débil. Y entre los dos bravos hacen
huir al piquete.
Caminan juntos por la Pampa desierta, hostigados por la civilización.
Reducidos al último extremo, expulsados, inadaptados, ¿qué arbitrio
tomarán los gauchos cimarrones? Se refugian, pues, en la patria de los
indios. Piden hospitalidad en _los toldos_[15], y aunque los acogen a su
amparo, les someten a rigurosa vigilancia y a frecuentes ultrajes. El
amigo Cruz cae enfermo, y se muere. Queda Martín Fierro solo, triste,
desesperado.
Y cierto día que el héroe sale a vagabundear, descubre que un indiazo
está maltratando a una cristiana cautiva. No vacila, seguramente. Un
tosco y rudimentario Quijote vela en el fondo del alma de Martín Fierro.
Se avalanza, riñe con el indio, suda mucho para vencerlo, y últimamente
lo rinde, lo degüella. Toma en el anca a la cautiva, y huyen a todo
escape. Llegando a los primeros poblados, la cautiva y su salvador se
separan, y Martín Fierro, casi envejecido, retorna a sus lares. Ya la
justicia olvidó las cuentas viejas. Martín Fierro busca su casa, y la
encuentra rota, sin techo. Su mujer desapareció, y nadie sabe de ella.
Sus dos hijos están allí, y al encontrarse cuentan todos sus vidas, sus
trabajos... Y esto es todo.
Sí, esto es todo. Pero como en la generalidad de las obras de su género,
lo importante del _Martín Fierro_ no consiste en su trabazón ni en la
transcendencia de sus episodios; el valor de la obra está en el tono, en
el aire libre y primitivo, en la poética o dramática realidad de los
pasajes, en el dibujo de los tipos, en la gran ráfaga de vida pampeana
que sopla por todos los rudos versos del poema. En tal sentido, el
_Martín Fierro_ merece el amor y la importancia que le conceden a
última hora las personas más cultas de la Argentina; indudablemente es
el libro que con más fuerza y espontaneidad describe la vida de la
Pampa, antes de que ésta fuese manoseada por el agio y la inmigración. Y
para los españoles que hemos habitado aquel país, y sentimos que en la
llanura del Plata se reproduce y continúa el tipo español con todos sus
lunares y todas sus bellezas, este libro del _Martín Fierro_ nos
sorprende al principio, nos entusiasma después, y al final lo
consideramos como una simple prolongación de la literatura y del alma
españolas a través del Océano.
CAPÍTULO III
JACTANCIA Y VALENTÍA
Cuando más recorremos las porciones de este pequeño y curioso mundo, nos
convencemos más de la eterna repetición de las cosas, y observamos, en
efecto, que los pueblos se prestan unos a otros los usos y las
modalidades, y que nada verdaderamente existe de único y de original. Yo
he asistido en Guipúzcoa a los torneos de los _versolarios_, pujando por
sobrepasarse en ingenio y agudeza ante un público numeroso y atento,
mientras los vasos de sidra corren de mano en mano, y la extraña
salmodía con que se acompañan los versos, lejana imitación del canto
llano, deja en el aire una sensación de modorra campestre. Esto mismo,
con igual carácter e idénticas manifestaciones, lo hallé en la isla de
Puerto Rico, donde los jíbaros y negros acostumbran a contender en las
_pulperías_ en un monótono recitado de versos que llaman allí _décimas_.
Pues bien, en la Argentina se repite el fenómeno poético-popular.
Hacen en la Pampa el oficio de _versolarís_ unos bardos rústicos que
llevan el título de _payadores_. En las fiestas, en las bodas y los
bautizos, en las animadas zambras que siguen a la operación de la hierra
o el esquile del ganado, o sencillamente en las noches del sábado rural,
solían, y hoy todavía acostumbran en muchos sitios, reunirse algunos de
estos payadores, que guitarra en mano y dispuesto el frasco de ginebra,
se enzarzan en interminables discreteos versificados. El buen _payador_,
naturalmente, ha de ser un tanto vagabundo, bebedor, enamorado y jaque.
Muchas veces, irritado por las burlas del contrincante y no pudiendo
sufrir las risas del auditorio, el payador puede ocurrir que se levante,
eche a volar la guitarra y proponga al cuchillo la terminación de la
fiesta. Esto, como era de esperar, le ocurre con frecuencia al irascible
y gallardo Martín Fierro.
En su sangre alienta la tradición fanfarrona y osada, pundonorosa y
altiva de un hidalgüelo español del siglo XVI. No le falta ni siquiera
el punto necesario de petulancia, y con esto abarca el hispanismo de las
dos grandes centurias; frecuentemente habla y se conduce Martín Fierro
como un soldando andaluz que ha guerreado en Flandes bajo el reinado de
Felipe IV.
El hispanismo, el andalucismo, el casticismo siglos XVI y XVII resalta
en Martín Fierro a lo largo de todo el poema; y eso es más notable y
guarda más interés, porque su autor Hernández no se propuso ni
remotamente lograr este efecto de hispanismo; él quiso hacer un poema de
pura esencia argentina, y siendo verdaderamente bien argentinos el
poema, los personajes y las acciones, al mismo tiempo resultan
fundamentalmente españoles.
Es muy difícil que en otra raza cualquiera el héroe del poema,
convertido en narrador de sus hazañas, tome una actitud de reto y
provocación. Es verdad que Martín Fierro, al comenzar su relato, usa la
forma convencional y común a todas las epopeyas. Invoca, pues, a las
deidades divinas, prestadoras de inspiración:
Pido a los santos del cielo
que ayuden mi pensamiento;
les pido en este momento
que voy a cantar mi historia,
me refresquen la memoria
y aclaren mi entendimiento.
Vengan santos milagrosos,
vengan todos en mi ayuda,
que la lengua se me añuda
y se me turba la vista.
Pido a mi Dios que me asista
en una ocasión tan ruda.
Está bien, y así hicieron todos los cultivadores de la épica. Pero antes
de todo, Martín Fierro estima necesario precisar su actitud de jaque,
inasequible al miedo y al deshonor:
Mas ande otro criollo pasa,
Martín Fierro ha de pasar.
Nada le hace recular,
ni las fantasmas lo espantan.
Y dende que todos cantan,
yo también quiero cantar.
Con la guitarra en la mano
ni las moscas se me arriman;
naides me pone el pie encima,
y cuando el pecho se entona
hago gemir a la prima
y llorar a la bordona.
Yo soy toro en mi rodeo
y torazo en rodeo ajeno;
siempre me tuve por güeno,
y si me quieren probar,
salgan otros a cantar
y veremos quién es menos.
No me hago al lao de la güella
aunque vengan degollando;
con los blandos yo soy blando
y soy duro con los duros,
y ninguno en un apuro
me ha visto andar turtubiando[16].
En el peligro, ¡qué Cristos!,
el corazón se me ensancha,
pues toda la tierra es cancha[17],
y de esto naides se asombre;
el que se tiene por hombre
ande quiera hace pata ancha.
Soy gaucho, y entiendanló[18]
como mi lengua lo explica,
para mí la tierra es chica
y pudiera ser mayor...
Yo no creo que en la literatura española abunden los pasajes
representativos y característicos, positivamente raciales, en que se
expresen, como en estos versos del _Martín Fierro_, la ilustre y sincera
valentonería, la altivez quisquillosa, el punto de honor y la obsesión
de la negra honrilla. Si el carácter histórico español ha sido
considerado por los extranjeros como una exaltada soberbia y como un
sentimiento en cierto modo místico del honor a lo hidalgo, las palabras
fuertes y decididas que pronuncia el héroe Martín Fierro desde el
principio son las más representativas y terminantes. El lector español
se resiste a creer que esas palabras no hayan sido dichas por un
habitante de la propia España. Pero mirando bien, el caso ya no nos
parece insólito. Debe recordarse que en el siglo XVI pasaron a América
ejemplares auténticos, firmes y sellados de la raíz española; y en el
trasplante al otro lado del Atlántico, aquellos españoles se llevaron
todo cuanto en ellos era esencial, lo mismo de bueno que de malo. Y
aparte unos pocos aspectos de la naturaleza que disienten, todo es en el
_Martín Fierro_ perfectamente, y acaso mejoradamente español.
Tiene, por ejemplo, una soberbia xenofobia y un ingenuo desdén para el
extranjero, o sea el _gringo_[19]. Y cuando los conducen a la fuerza en
calidad de soldados, Martín Fierro se permite hacer consideraciones
graves y pintorescas a propósito de los intrusos que inundan la Pampa.
Yo no sé por qué el Gobierno
nos manda aquí a la frontera
gringada que ni siquiera
se sabe atracar a un pingo.
¡Si creerá al mandar un gringo
que nos manda alguna fiera!
No hacen más que dar trabajo,
pues no saben ni ensillar;
no sirven ni pa carniar[20].
Y yo he visto muchas veces
que ni voltiadas[21] las reses
se les querían arrimar.
Cuando llueve se acoquinan
como perro que oye truenos.
Qué diablos, sólo son güenos
pa vivir entre maricas.
Y nunca se andan con chicas
para alzar ponchos ajenos.
El gaucho castizo siente un desdén varonil por los inmigrantes
sedentarios, por los europeos borreguiles, gregarios, que la excesiva
civilización hubo de ablandar. El gaucho, como el español, es un hombre
sobrio; tiene a menos la glotonería, desdeña el regalo, y considera que
ser masculino equivale a ser duro, independiente, valeroso, estoico. En
suma, tiene la moral de los pueblos guerreros, y el gaucho, realmente,
estaba en constante pie de guerra ante la inminencia de los indios
saqueadores. Por otra parte, el gaucho era hijo de padre español. No se
le pida, pues, ni voluptuosidad ni glotonerías. Come carne asada y
galleta dura, bebe la infusión del mate, y como vicio tiene la ginebra y
el cigarro. Si le falta ginebra y tabaco, sufre sin quejarse. Aunque le
falte comida, callará dignamente, como un guerrero o un estoico. Desea
el lujo, es verdad, pero un lujo personal consistente en arreos de plata
para el caballo y bordados calzoncillos para él, cuyos flecos cuelguen
bonitamente por debajo del chiripá o calzón holgado. ¡Ya se comprenderá,
entonces, que los estadistas y reformadores argentinos tuvieran al
gaucho por un elemento inútil para la civilización! Y así ha sido que en
la Argentina, durante mucho tiempo, ciertas generaciones de impacientes
reformistas procuraron anular, aniquilar en cierto modo al gaucho, como
se hizo despiadadamente con el indio, sustituyéndolo por el inmigrante
europeo, ese individuo sedentario y blanducho que Martín Fierro execra
tanto, sin duda porque presiente que al último necesitarán los gauchos
ceder la tierra a los gringos... En los últimos tiempos empiezan a
reaccionar los intelectuales más distinguidos frente a esa desmesurada
importación de formas y esencias extrañas, pues ven que por querer
realizar una gran nación a toda costa, el país se les aumenta
efectivamente, pero la patria íntegra y tradicional se les disminuye.
El gaucho Martín Fierro representa, en este sentido, el grito de noble
protesta de una patria y de una civilización que no saben resistir, sino
alejarse decorosa y orgullosamente. ¡Que irrumpa el gringo blandullón y
plebeyo! ¡Que cuente sus monedas, que se afane por vivir a lo burgués y
a lo civilizado! El gaucho, encarnado en la persona de Martín Fierro,
está hecho para otras empresas
Yo abriré con mi cuchillo
el camino pa seguir...
He ahí, pues, un _pionner_ esforzado, épico, novelesco; supo abrir
camino a la civilización, y llevar la cultura europea, todo lo
rudimentaria que fuese, a los remotos extremos del desierto. Pero fué un
_pionner_ a la española, y por tanto estaba imbuído del espíritu heroico
y de cierta noble arbitrariedad quijotesca. El otro _pionner_, el gringo
codicioso, glotón y sedentario, es quien ha vencido al fin y se ha
quedado dueño de la tierra.
CAPÍTULO IV
EL ESCENARIO DE MARTÍN FIERRO
_EVOCACIÓN QUIJOTESCA_
Alguna vez me ha ocurrido terminar la velada sobre una página del
_Martín Fierro_; y al día siguiente, en una mañana limpia y luminosa, he
ido a mirar, desde la trasera del parque del Retiro, la sublime
inmensidad de la llanura castellana. Entonces, espontáneamente, mis
labios han repetido los versos del _gaucho andante_, cuando pinta a su
modo la naturaleza de aquella otra llanura, tendida entre los Andes y el
Atlántico:
“Todo es cielo y horizonte
en inmenso campo verde.
¡Pobre de aquel que se pierde
o que su rumbo estravea!
Si alguien cruzarlo desea
este consejo recuerde:
Marque su rumbo de día
con toda felicidá;
marche con puntualidá
siguiéndolo con fijeza,
y si duerme, la cabeza
ponga para el lao que va...”
Estos consejos que brinda el gaucho Martín Fierro a los viandantes de la
Pampa no son imprescindibles en la llanura de Castilla; las carreteras
rayan aquí la inmensa planicie, y la torre de un pueblo asoma de cuando
en cuando al borde del horizonte; el peligro de extraviarse no existe.
Pero entre Castilla y la Pampa hay de común la soledad, y una especie de
sentimiento o angustia del infinito.
De todas suertes, en la Europa occidental ningún otro paisaje se asemeja
tanto a la Pampa como la llanura de Castilla.
“Todo es cielo y horizonte
en inmenso campo verde.”
En efecto, desde cualquier extremo de Madrid pueden contemplar los ojos
esa inmensidad de cielo, horizonte y campo vacío de que habla el poeta
criollo. Por la primavera, cuando verdean las primicias del trigo, los
llanos manchegos reproducen aproximadamente una imagen de aquellos otros
llanos platenses, rasos y monótonos, sublimes en su religiosa
inmensidad. Lo mismo que la planicie argentina, esta llanura castellana
está invitando al hombre a las ilimitadas correrías aventureras. Y es
ahí, efectivamente, sobre esas tierras infinitas de lejano horizonte,
por donde cabalgaron los guerreros de la Reconquista, persiguiendo el
rastro de las huestes sarracenas; y es ahí también donde erraba el iluso
Don Quijote, tras la huella de sus quimeras geniales.
En la otra llanura hermana y paralela, por los llanos argentinos, el sol
americano vió alguna vez a los conquistadores, hijos directos de los
soldados de la Reconquista cristiana. Y si no andaba por allá el propio
Don Quijote, se veía cuando menos a su pariente. ¿No es el propio Martín
Fierro, gaucho alzado y libre, una aproximada imagen quijotesca?...
Conviene realizar todo género de salvedades, y no conceder a las cosas
un valor desmesurado. Pero siempre que hayamos investido a Don Quijote
de toda su inabordable sublimidad, podremos ceder al gaucho Martín
Fierro una cierta aura quijotil, un modo de parecido quijotesco. Acaso
el gaucho Martín Fierro parecerá un Quijote plebeyo, humilde, tosco, un
Quijote analfabeto y de pulpería; pero cuantas veces releo el poema de
José Hernández, sin querer me acuerdo del libro de Cervantes.
La similitud no estriba en el valor literario, puesto que, como calidad
y mérito, son dos obras que no pueden compararse. Existe, sin embargo,
una relación en el tono, y especialmente en el aire de vagabundaje y
andantería aventurera. La vida libre, el impulso errante, el abandono de
la propia personalidad al azar del destino, el confiarse a una especie
de fatalismo integral, así como el culto del caballo y de la fuerza del
acero; todo esto, tan español del siglo XVI, está palpable y continuo en
el poema del Martín Fierro.
Véase cualquier pasaje; la raza antigua habla en estos versos:
“Allí pasaron la noche
a la luz de las estrellas,
porque ese es un cortinao
que lo halla uno dondequiera,
y el gaucho sabe arreglarse
como ninguno se arregla.
El colchón son las caronas,
el lomillo es cabecera,
el cojinillo es blandura,
y con el poncho o la jerga
para salvar del rocío
se cubre hasta la cabeza.
Tiene su cuchillo al lado,
pues la precaución es buena;
freno y rebenque a la mano,
y teniendo el pingo cerca...”
Esta es la forma, sin duda, que usaba Don Quijote para pasar las veladas
cuando la fuerza del sino le alejaba de algún mesón confortable. “A la
luz de las estrellas” es como al hidalgo manchego le placía recostar la
frente sobre la almohada de sus sueños. Y bajo el palio del firmamento
estrellado, como en la Pampa se reúnen junto al _fogón_ los gauchos, más
de una vez solía Don Quijote hacer sus pláticas místico-caballerescas, a
propósito, por ejemplo, de la “edad de oro”, mientras los pastores de
Sierra Morena, oyéndole respetuosos, engullían la sabrosa cena y
apuraban, en vez del mate criollo, el ardiente vino manchego.
Martín Fierro, por tanto, es un personaje literario que cae de lleno en
la tradición española. Si le falta talla para acercarse mucho al héroe
de Cervantes, merece ser considerado cuando menos como un Quijote
disminuído. No es una caricatura de Don Quijote, ni una pretensión
francamente quijotesca; pero tiene el _aire_.
El Quijote, diríamos, de la Pampa, sufre la suerte de su origen. No ha
nacido hidalgo, ni tiene del todo limpia la sangre; viene un poco de
herejes, de indios cimarrones, y sabe poco o nada de libros, poemas y
caballeros. Rústico y primitivo, hijo directo de la Naturaleza y rozado
apenas por la blandura y el prestigio de la civilización, ¿cómo
exigiríamos a Martín Fierro que se comportase a todas horas como el
Caballero de la Triste Figura? Así, pues, en Martín Fierro se opera una
mezcla bizarra, y hay en él unas gotas de Don Quijote y un exceso de
Sancho Panza.
No está loco a la manera de Don Quijote; sólo consigue estar borracho
alguna vez. Entonces busca la pelea y es bravo como nadie; pero no lucha
por un ideal de nobleza y de justicia, sino por vulgares motivos de
taberna. No obstante, en su alma tosca de primitivo se esconde la virtud
esencial de los antepasados, y suele ocurrir que se lance a “desfacer
entuertos”, con una actitud propiamente quijotesca; como cuando salva a
la mujer cautiva de las garras del salvaje indio, y mata al infame
opresor en franca y descomunal pelea.
Es cierto que mata excesivamente. Carece de la espada del caballero, y
al acortarse su arma, queda reducida a puñal, y el puñal busca el
corazón más directamente.
He aquí el grito que le arranca a su conciencia el excesivo pecado:
“Yo junté las osamentas,
me hinqué y les rece un bendito;
hice una cruz de un palito,
y pedí a mi Dios clemente
me perdonara el delito
de haber muerto tanta gente.”
De estos amargos arrepentimientos estuvo libre Don Quijote, el cual no
hay noticia que produjese la muerte más que a unos cándidos y miserables
corderos.
_LA MADRUGADA EN LA PAMPA ARGENTINA_
Yo no podré olvidar nunca la primera visión de la Pampa y el
descubrimiento del primer _gaucho_ argentino. Fué durante un viaje largo
y monótono, abrumador, desde Buenos Aires a la frontera chilena. Todavía
ahora, a través de varios años, conserva mi alma fresco el recuerdo de
aquella emoción alboreal, noble y honda emoción de “plena naturaleza”.
Al apuntar la mañana, por la ventanilla del vagón sorprendí el
espectáculo anchuroso de la llanura, toda bañada de luz virginal. Era la
llanura de siempre, la eterna e invariable Pampa, madre de trigos
benéficos y de mugidores novillos, manchada alguna vez por el azul de
una laguna, donde los flamencos de pata encogida ocupábanse, cómicamente
apostados, en la caza de invisibles insectos.
Y cuando el sol asomó su faz indecisa, la llanura adquirió una gracia
juvenil que invitaba a la alegría y al entusiasmo, tal como el mar, con
toda su simplicidad y monotonía, suele conmovernos hasta lo más hondo.
Era un mar en sosiego lo que se tendía a mis ojos. Un mar sin
complicación, una naturaleza simple, primaria. No había colinas que
vinieran a involucrar la línea del horizonte, ni montañas que alterasen
con sus crestas sinuosas la serenidad del paisaje; tampoco se veían
árboles, ni arroyos, ni menos poblaciones. Parecía que el mundo aquel
acabara de surgir, milagrosamente, todo nuevo, todo fresco, lleno de
inocencia, de la mente del Creador, a la manera que nos cuentan las
páginas bíblicas.
Y en aquella cándida vastedad de tierra verdeante, el tren marchaba
veloz, como si él mismo, producto de la más complicada civilización, se
sintiera maravillado de correr por un mundo que acababa de surgir a la
vida. A lo lejos, como un punto vago, insinuábase una mancha incierta,
tal vez una choza, acaso dos sauces melancólicos. El tren avanzó
vertiginoso, y la cabaña, con sus dos arbolitos, se pronunciaron
claramente a mi vista. Una cabaña bien somera, por lo demás. Su
arquitecto no tuvo que macerar mucho la mente para imaginarla y
construirla. Componíase de cuatro maderas y un techo de paja. Era una
cabaña ingenua, hecho según un plano universal. La misma cabaña del
hombre lacustre o del indígena polinesio. Cuatro maderas puestas de pie
y un techo pajizo. Y los dos sauces, nada frondosos, encorvaban sus
ramas languidecientes sobre la choza, con un amor filial lleno de
respeto.
Un hombre a caballo salió de entre los sauces. En la frescura matinal,
el hombre aquél cabalgaba con una hidalga prosopopeya, sin apurarse,
reposadamente, como quien no siente el acicate de ninguna actividad
perentoria. Iba tieso sobre su caballo, noblemente erguido, con rumbo a
la inmensidad. Por un momento le distrajo el tren; pero volvió la vista
luego, ajeno a la loca carrera del convoy mecánico. Parecía un ser ideal
que marchaba a sumergirse en el infinito de luz y en el otro infinito de
la llanura. Y, a pesar del vacío y de la soledad del sitio, aquel hombre
que cabalgaba noblemente, sin prisa ni afán de ninguna clase, daba la
impresión de una felicidad plena, redonda y definitiva. Sino fuera por
el jactancioso ruido del tren, oiríanse, de seguro, las voces de su
canto. No se concebía a aquel hombre en aquella hora sino cantando.
Reía entre tanto la naturaleza, y cada nimio detalle del paisaje se
revestía de una íntima belleza. En el paisaje aquel, tan simple y
sobrio, faltaban los elementos teatrales y decorativos. Pero había un
amable encanto en la hierba matizada de rocío, en la lechuza que se
posaba sobre un poste y abría sus curiosas y atónitas pupilas
circulares, en las ovejas que pastaban, en el desbande de las aves
azoradas, en la cómica expectación de los novillos ante el paso ruidoso
del tren. Y, sobre todo, en la luz purísima que inundaba la llanura,
aquella infinita llanura que se abría delante de la imaginación como un
concepto casi metafísico de la libertad y de lo inconmensurable.
Y yo pensé: ¿Somos más felices los hombres porque amontonemos mayor
número de útiles, de necesidades y de ideas? Aquel rancho[22] perdido en
la llanura, aquellos dos sauces, el fogón encendido, la mujer que se
queda amamantando a su criatura y el hombre que sale a cabalgar serena y
noblemente, ¿no representaban la suma de las cosas y de las emociones
que requiere un hombre para sentirse bien dentro del universo y cara a
la vida? En aquella cabaña se habían reducido las necesidades hasta el
mínimo. Siendo tan pocas las exigencias, el alma, en aquella parquedad
de apetitos, debía pensar que el mundo era aún demasiado pródigo. Era la
antítesis de la gran metrópoli, de la ciudad insaciable y codiciosa, de
la urbe consumida por las pasiones. La ciudad no se satisfacía nunca.
Anhelaba siempre más, nuevas formas de placer y de molicie. Las grandes
fábricas gemían continuamente para producir los útiles, tan caros a la
civilización; los hombres de ciencia alargaban sus vigilias para
sorprender una nueva invención; y corrían los barcos y los trenes,
acarreando cosas aptas para la molicie del hombre, y las calles se
llenaban de fiebre, los Bancos multiplicaban sus negocios, el mundo
entero vibraba al conjuro del universal anhelo. Todo para que unos
hombres pudieran usar cosas agradables, y todo para que la vida se
llenase de complicación. Lujo, vanidad, automóviles, timbres eléctricos,
ascensores, teléfonos, bebidas heladas, salsas, especies, vinos
espumantes, vestidos de seda, sombreros increíbles. Para satisfacer
estas necesidades artificiosas, el mundo llenábase de inquietudes,
estallaban las guerras, morían los miserables en los rincones.
En ese rancho perdido en mitad de la llanura ¿qué faltaba? La vida no
reclamaba sino tres o cuatro casos simples: un pedazo de carne asada,
una infusión de “mate”, y, como lujo, una galleta dura. Quizá un poco de
tabaco para las horas de reposo. Y en los días de fiesta, un trago de
ginebra. Para dormir, el sagrado suelo. Y en las noches tibias, tener
como techumbre el cielo, empavesado de estrellas.
He ahí una razón fundamental: la vida conquistada a bajo precio. Pero la
otra razón, la que se apoya sobre los intereses eternos, colectivos,
universales, arguye que ese plan de vida es ruinoso, y que al
simplificar las necesidades, reduciendo el radio de nuestros deseos, la
civilización corre apuro de malograrse. La civilización es un algo
supremo, inasequible, imponderable como el mismo Dios. Todos venimos a
ofrecernos como servidores de ese fetiche insaciable, y sudamos,
padecemos, morimos entre estertores de codicia, de vanidad o de
ambición, a la mayor gloria del progreso. Se nos dice que es humillante
desertar de nuestro puesto. Y efectivamente cumplimos con nuestro deber.
Por mi parte, yo siento en muchas ocasiones una fuerte intención de
desertar. Siempre que me sitúo enfrente de la naturaleza libre, ingenua
y pictórica, me asalta el mismo prurito de renunciar a mi corteza
urbana, quitarme el uniforme de civilizado, traicionar a la obra del
progreso y convertirme en un hombre sencillo.
He pensado seriamente en llegar a poder vivir así, como aquel paisano
que a lomo de su potro tordillo salía cantando de mañana por lo ancho de
la llanura. Renunciar a los numerosos detalles de la civilización,
despreciar la vestidura del placer, la apariencia sonora de la dicha, a
cambio de la verdadera felicidad. Reconciliarse con la salud, auténtica
madre de la alegría. Ejercitar las funciones corporales con una segura
amplitud. Sentir la plena conciencia de la normalidad del ser. Dormir
sin achaques, de un largo y robusto tirón. Cabalgar, vencer las
dificultades que se oponen al músculo, sudar, beber agua sana a grandes
tragos. Respirar el viento sin temor, y agradecerlo más aún cuanto más
frío. Ofrecerse al sol sin veladuras ni encogimientos. Recibir el golpe
de la lluvia como una caricia. Curtirse la piel, tensa como un pandero.
Ver acostarse el sol, sin miedo al mañana. Levantarse con el alba y
agradecer con todas las fuerzas del cándido espíritu la gracia de poder
vivir un nuevo día...
CAPÍTULO V
EL AMOR Y LA QUEJA
Por las páginas del _Martín Fierro_ corre constantemente un aura de
queja y de reproche melancólico, y esto da al poema cierta monotonía,
como de cancionero andaluz. Entre el gaucho y el andaluz existen
coincidencias de tono y de sentimientos tan marcadas, que otra vez me
veré inclinado a insistir sobre el paralelismo de dos pueblos que el
Atlántico separa, pero que el origen y el concepto de la vida mantienen
siempre unidos.
La queja del gaucho Martín Fierro va dirigida en dos direcciones: el
abuso social y los males del amor. En el fondo, sin duda, lo que el
poeta Hernández se propuso fué una patética e indignada recusación de
los móviles ciudadanos, y del plan abusivo de las ciudades costeñas,
como Buenos Aires, que henchidas de elementos inmigrantes, poseídas de
un torvo espíritu de presa y con una despiadada prisa por el éxito y por
la civilización a ultranza, arremetían contra el gaucho, lo hallaban
reacio, lo oprimían y lo expulsaban, arbitraria y brutalmente, de la
tierra y del usufructo del país. De modo que el poema del _Martín
Fierro_ viene a ser una protesta de la tradición, del argentinismo, de
la argentinidad histórica, y en efecto marca la línea que divide las dos
épocas: una puramente criolla, con sus luchas políticas, sus violencias
y también su generosidad romántica e idealista, su apasionamiento noble;
la otra época corresponde al moderno contenido social, en que se ha
levantado una nación ágil y ambiciosa, llena de arrivismos y de
irreverencias, confuso vientre donde pululan todos los extranjerismos.
Esta defensa del gaucho oprimido y esquilmado forma el motivo del poema.
Pero la queja hubiera saltado de cualquier modo, porque la raíz del
criollismo pampeano consiste en un acatamiento a la ley de fatalidad, y
en una profunda e instintiva comprensión del duro e insuperable destino.
El criollo es fatalista como un andaluz; la parte de semitismo que
heredara de sus abuelos, se ve todavía corroborada por el fatalismo de
las razas indias. Sobre la negrura de su fatalismo, igual que en el alma
andaluza; el criollo vierte, a manera de relámpagos, sus chistes y
donosidades, su graciosa socarronería.
Las estrofas del _Martín Fierro_, por tanto, recuerdan directamente las
coplas andaluzas de la malagueña. Al comenzar un episodio, en cualquier
intervalo de su narración, Martín Fierro lanza al aire libre de la
llanura solitaria su queja, que es como una reconvención al destino.
Triste suena mi guitarra,
y el asunto lo requiere;
ninguno alegrías espere
sino sentidos lamentos,
de aquel que en duros tormentos
nace, crece, vive y muere.