[Marginal: Junta de Madrid.]
Antes de haber tomado la insurrección de España el alto vuelo que le
dieron en los últimos días de mayo las renuncias de Bayona, recordará
el lector como se habían derramado por las provincias emisarios
franceses y españoles que con seductoras ofertas trataron de alucinar
a los jefes que las gobernaban. La junta suprema de Madrid, principal
instigadora de semejantes misiones y providencias, viéndose así
comprometida siguió con esmerada porfía en su propósito, y al crujido
de la insurrección general, reiterando avisos, instrucciones y cartas
confidenciales, avivó su desacordado celo en favor de la usurpación
extraña, conservando la ciega y vana esperanza de sosegar por medios
tan frágiles el asombroso sacudimiento de una grande y pundonorosa
nación.
[Marginal: Comisión que da al marqués de Lazán.]
Sobresaltada en extremo con la conmoción de Zaragoza acudió con
presteza a su remedio. Punzábala este suceso no tanto por su
importancia, cuanto por el temor sin duda de que con él se trasluciesen
las órdenes que para resistir a los franceses le habían sido
comunicadas desde Bayona, y a cuyo cumplimiento había faltado. Presumía
que Palafox sabedor de ellas, y encargado de otras iguales o parecidas,
les daría entera publicidad, poniendo así de manifiesto la reprensible
omisión de la junta, a la que por tanto era urgente aplacar aquel
levantamiento. Como el caso requería pulso, se escogió al efecto al
marqués de Lazán, hermano mayor del nuevo capitán general de Aragón,
en cuya persona concurrían las convenientes calidades para no excitar
con su nombre recelos en el asustadizo pueblo, y poder influir con
éxito y desembarazadamente en el ánimo de aquel caudillo. Pero el de
Lazán, al llegar a Zaragoza, en vez de favorecer los intentos de los
que le enviaban, y persuadido también de cuán imposible era resistir al
entusiasmo de aquellos moradores, se unió a su hermano y en adelante
partió con él los trabajos y penalidades de la guerra.
[Marginal: Su proclama de 4 de junio. (* Ap. n. 4-1.)]
Arrugándose más y más el semblante del reino, y tocando a punto de
venir a las manos, en 4 de junio [*] circuló la junta de acuerdo con
Murat una proclama en la que se ostentaban las ventajas de que todos
se mantuviesen sosegados, y aguardasen a que _el héroe que admiraba
al mundo concluyera la grande obra en que estaba trabajando de la
regeneración política_. Tales expresiones alborotaban los ánimos lejos
de apaciguarlos, y por cierto rayaba en avilantez el que una autoridad
española osase ensalzar de aquel modo al causador de las recientes
escenas de Bayona, y además era, por decirlo así, un desenfreno del
amor propio imaginarse que con semejante lenguaje se pondría pronto
término a la insurrección.
[Marginal: Su celo en favor de la diputación de Bayona.]
Viendo cuán inútiles eran sus esfuerzos, y ansiosa de encontrar por
todas partes apoyo y disculpa a sus compromisos, trabajó con ahínco
la junta para que acudiesen a Bayona los individuos de la diputación
convocada a aquella ciudad. Crecían los obstáculos para la reunión con
los bullicios de las provincias, y con la repulsa que dieron algunos
de los nombrados. Indicamos ya como el bailío Don Antonio Valdés
[Marginal: Valdés.] había rehusado ir, prefiriendo con gran peligro de
su persona fugarse de Burgos donde residía a la mengua de autorizar con
su presencia los escándalos de Bayona. [Marginal: Marqués de Astorga.]
Excusose también el marqués de Astorga sin reparar en que siendo uno de
los primeros próceres del reino, la mano enemiga le perseguiría y le
privaría de sus vastos estados y riquezas. Pero quien aventajó a todos
en la resistencia fue el reverendo obispo de Orense [Marginal: Obispo
de Orense.] Don Pedro de Quevedo y Quintano. La contestación de este
prelado al llamamiento de Bayona, obra señalada de patriotismo, unió a
la solidez de las razones un atrevimiento hasta entonces desconocido
a Napoleón y sus secuaces. Al modo de los oradores más egregios de
la antigüedad, usó con arte de la poderosa arma de la ironía, sin
deslucirla con bajas e impropias expresiones. Desde Orense y en 29 de
mayo no levantada todavía Galicia, y sin noticia de la declaración
de otras provincias, dirigió su contestación al ministro de gracia y
justicia. Como en su contenido se sentaron las doctrinas más sanas y
los argumentos más convincentes en favor de los derechos de la nación
y de la dinastía reinante, recomendamos muy particularmente la lectura
de tan importante documento, que a la letra hemos insertado en el
apéndice.[*] [Marginal: (* Ap. n. 4-2.)] Difícilmente pudieran trazarse
con mayor vigor y maestría las verdades que en él se reproducen. Así
fue que aquella contestación penetró muy allá en todos los corazones,
causando impresión profundísima y duradera. Pero Murat y la junta
de Madrid no por eso cesaron en sus tentativas, y con fatal empeño
aceleraron la partida de las personas que de montón se nombraban para
llenar el hueco de las que esquivaban el ominoso viaje.
[Marginal: Proclama de Bayona a los zaragozanos.]
El 15 de junio debían abrirse las sesiones de aquella famosa reunión,
y todavía en los primeros días del propio mes no alcanzaban a 30 los
que allí asistían. Mientras que los demás llegaban, y para no darles
huelga, obligó Napoleón a los presentes a convidar a los zaragozanos
por medio de una proclama [*] [Marginal: (* Ap. n. 4-3.)] a la paz
y al sosiego. Queriendo agregar al escrito la persuasión verbal,
fueron comisionados [Marginal: Comisionados enviados a Zaragoza.] para
llevarle el príncipe de Castel-Franco, Don Ignacio Martínez de Villela
consejero de Castilla, y el alcalde de corte Don Luis Marcelino
Pereira. No les fue dable penetrar en Zaragoza, y menos el que se
atendiera a sus intempestivas amonestaciones. Tuviéronse por dichosos
de regresar a Bayona: merced a los franceses que los custodiaban, bajo
cuyo amparo pudieron volver atrás sin notable azar, aunque no sin
mengua y sobresalto.
[Marginal: Avisos enviados por Napoleón a América.]
Napoleón que miraba ya como suya la tierra peninsular, trató también
por entonces de alargar más allá de los mares su poderoso influjo,
expidiendo a América buques con cuyo arribo se previniesen los intentos
de los ingleses, y se preparasen los habitadores de aquellas vastas
y remotas regiones españolas a admitir sin desvío la dominación del
nuevo soberano, procedente de su estirpe. Hizo que a su bordo partiesen
proclamas y circulares autorizadas por Don Miguel de Azanza, quien
ya firmemente adicto a la parcialidad de Napoleón se figuraba que
el emperador de los franceses había de respetar la unión íntegra de
aquellos países con España, y no seguir el impulso y las variaciones de
su interés o su capricho.
[Marginal: Napoleón renuncia la corona de España en José.]
Luego que Fernando VII y su padre hubieron renunciado la corona, se
presumió que Napoleón cedería sus pretendidos derechos en alguna
persona de su familia. Fundábase sobre todo la conjetura en la
indicación que hizo Murat a la junta de Madrid y consejo real de que
pidiesen por rey a José. Ignorábase no obstante de oficio si tal era
su pensamiento, cuando en 25 de mayo dirigió Napoleón una proclama [*]
[Marginal: (* Ap. n. 4-4.)] a los españoles en la que aseguraba que «no
quería reinar sobre sus provincias, pero sí adquirir derechos eternos
al amor y al reconocimiento de su posteridad.» Apareció pues por este
documento de una manera auténtica que trataba de desprenderse del cetro
español, mas todavía guardó silencio acerca de la persona destinada
a empuñarle. Por fin el 6 de junio se pronunció claramente dando en
Bayona mismo un decreto del tenor siguiente:[*] [Marginal: (* Ap. n.
4-5.)] «Napoleón, por la gracia de Dios etc. A todos los que verán las
presentes salud. La junta de estado, el consejo de Castilla, la villa
de Madrid etc. etc. habiéndonos por sus exposiciones hecho entender
que el bien de la España exigía que se pusiese prontamente un término
al interregno, hemos resuelto proclamar, como nos proclamamos por las
presentes, rey de España y de las Indias a nuestro muy amado hermano
José Napoleón, actualmente rey de Nápoles y de Sicilia.
»Garantimos al rey de las Españas la independencia e integridad de
sus estados, así los de Europa como los de África, Asia y América. Y
encargamos», etc. [Sigue la fórmula de estilo.]
[Marginal: Llegada de José a Bayona.]
Era este decreto el precursor anuncio de la llegada de José, quien el 7
entró en Pau a las ocho de la mañana, y puesto en camino poco después
se encontró con Napoleón a seis leguas de Bayona, hasta donde había
salido a esperarle. Mostraba este tanta diligencia porque no habiendo
de antemano consultado con su hermano la mudanza resuelta, temió que
no aceptase el nuevo solio, y quiso remover prontamente cualquiera
obstáculo que le opusiese. En efecto José contento con su delicioso
reino de Nápoles no venía decidido a admitir el cambio que para otros
hubiera sido tan lisonjero. Y aquí tenemos una corona arrancada por
la violencia a Fernando VII, adquirida también mal de su grado por el
señalado para sucederle.
Napoleón atento a evitar la negativa de su hermano le hizo subir en
su coche, y exponiéndole sus miras políticas en trasladarle al trono
español, trató con particularidad de inculcarle los intereses de
familia, y la conveniencia de que se conservase en ella la corona de
Francia, para cuyo propósito y el de prevenir la ambición de Murat
y de otros extraños, nada era más acertado, añadía, que el poner
como de atalaya a José en España, desde donde con mayor facilidad y
superiores medios se posesionaría del trono de Francia, en caso de que
vacase inesperadamente. Además le manifestó haber ya dispuesto del
reino de Nápoles para colocar en él a Luciano. Asegúrase que la última
indicación movió a José más que otra razón alguna por el tierno amor
que profesaba a aquel su hermano. Sea pues de esto lo que fuere, lo
cierto es que Napoleón había de tal modo preparado las cosas que sin
dar tiempo ni vagar fue José reconocido y acatado como rey de España.
[Marginal: Recibimiento de José en Marracq.]
Así sucedió que al llegar entre dos luces a Marracq recibió los
obsequios de tal de boca de la emperatriz, que con sus damas había
salido a recibirle al pie de la escalera. Ya le aguardaban dentro del
palacio los españoles congregados en Bayona, a quienes se les había
citado de antemano, teniendo Napoleón tanta priesa en el reconocimiento
del nuevo rey, que no permitió cubrir las mesas ni descanso alguno a su
hermano antes de desempeñar aquel cuidado, cuyo ceremonial se prolongó
hasta las diez de la noche.
[Marginal: Diputaciones españolas.]
Naturalmente debió durar más de lo necesario, habiendo ignorado los
españoles el motivo a que eran llamados. Advertidos después tuvieron
que concertarse apresuradamente allí mismo en uno de los salones, y
arreglar el modo de felicitar al soberano recién llegado. Para ello se
dividieron en cuatro diputaciones, a saber, la de los grandes, la del
consejo de Castilla, la de los consejos de la Inquisición, Indias y
hacienda reunidos los tres en una, y la del ejército. Pusieron todas
separadamente y por escrito una exposición gratulatoria, y antes de
que se leyesen a José con toda solemnidad, se presentaba cada una a
Napoleón para su aprobación previa: menguada censura, indigna de su
alta jerarquía.
[Marginal: La de los grandes.]
Era la diputación de los grandes la primera en orden, e iba a su cabeza
el duque del Infantado, quien había tenido el encargo de extender la
felicitación. Principiando por un cumplido vago, concluía esta con
decir «las leyes de España no nos permiten ofrecer otra cosa a V.
M. Esperamos que la nación se explique y nos autorice a dar mayor
ensanche a nuestros sentimientos.» Difícil sería expresar la irritación
que provocó en el altivo ánimo de Napoleón tan inesperada cortapisa.
Fuera de sí y abalanzándose al duque díjole, que «siendo caballero se
portase como tal, y que en vez de altercar acerca de los términos de
un juramento, el cual así que pudiera intentaba quebrantar, se pusiese
al frente de su partido en España, y lidiase franca y lealmente...
Pero le advertía que si faltaba al juramento que iba a prestar, quizá
estaría en el caso antes de ocho días de ser arcabuceado.» Tardíos eran
a la verdad los escrúpulos del duque, y o debía haberlos sepultado
en lo más íntimo del pecho, o sostenerlos con el brío digno de su
cuna, si arrastrado por el clamor de la conciencia quería acallarla
dándoles libre salida. Mas el del Infantado arredrose, y cedió a la
ira de Napoleón. Por eso hubo quien achacara a otro haberle apuntado
la cláusula, dejándole solo al duque la gloria de haberla escrito, sin
pensar en el aprieto en que iba a encontrarse. Corrigieron entonces los
grandes su primera exposición, reconocieron por rey a José e hizo la
lectura de ella, aunque no pertenecía a la clase, Don Miguel José de
Azanza.
[Marginal: La del consejo de Castilla. (* Ap. n. 4-6.)]
Los magistrados que llevaban la voz a nombre del consejo de Castilla,
si bien incensaron al nuevo rey diciéndole:[*] «V. M. es rama principal
de una familia destinada por el cielo para reinar», esquivaron también,
pero de un modo más encapotado que los grandes, el reconocimiento claro
y sencillo, limitándose por falta de autoridad, según expresaban, a
manifestar cuáles eran sus deseos: tan cuidadosos andaban siempre el
consejo y sus individuos de no comprometerse abiertamente en ningún
sentido.
[Marginal: La de la Inquisición.]
A todos los parabienes respondió José con afable cortesanía, mereciendo
particular mención el modo con que habló al inquisidor Don Raimundo
Ethenard y Salinas, a quien dijo «que la religión era la base de
la moral y de la prosperidad pública, y que aunque había países en
que se admitían muchos cultos, sin embargo debía considerarse a la
España como feliz porque no se honraba en ella sino el verdadero.»
Con un tan claro elogio de las ventajas de una religión exclusiva
los inquisidores, que fundadamente consideraban su tribunal como el
principal baluarte de la intolerancia, creyéronse asegurados. Ya antes
alimentaban la esperanza de mantenerse desde que Murat mismo había
correspondido a sus congratulaciones con halagüeñas y favorables
palabras. El no haberse abolido aquel terrible tribunal en la
constitución de Bayona, y el que uno de sus ministros en representación
suya la autorizase con su firma, acrecentó la confianza de los
interesados en conservarle, y puso espanto a los que a su nombre se
estremecían. Ahora que han transcurrido años, y que otros excesos han
casi borrado los de Napoleón, atribuirase a sueño de los partidarios
del santo oficio el haberse imaginado que aquel hubiera sostenido tan
odiosa institución. Mas si recordamos que en los primeros tiempos de
la irrupción francesa muchos emisarios de su gobierno encarecían la
utilidad de la Inquisición como instrumento político, y si también
atendemos al modo arbitrario y escudriñador con que en la ilustrada
Francia se disminuía y cercenaba la libertad de escribir y pensar, no
nos parecerá que fuesen tan desvariadas y fútiles las esperanzas de
los inquisidores. Quizá José y algunos españoles de su bando hubieran
querido la abolición inmediata, ¿pero qué podía él ni que valían ellos
contra la imperiosa voluntad de Napoleón? Que este acabase después
en diciembre de 1808 con la Inquisición, en nada destruye nuestros
recelos. Entonces restablecida, como a su tiempo veremos, por la junta
central con gran descrédito suyo, entendió el soberano francés ser
oportuno descuajar tan mala planta, procurando granjearse por aquel
medio y en contraposición de la autoridad nacional el aprecio de muchos
hombres de saber, atemorizados y desabridos con el renacimiento de tan
odioso tribunal.
[Marginal: La del ejército.]
En la contestación que dio José al duque del Parque, representante del
ejército, también notamos ciertas expresiones bastantemente singulares.
«Yo me honro, dijo, con el título de su primer soldado, y ora fuese
necesario como en tiempos antiguos combatir a los moros, ora sea
menester rechazar las injustas agresiones de los eternos enemigos del
continente, yo participaré de todos vuestros peligros.» Extraña mezcla
poner al par de los ingleses a los moros y sus guerras. Probablemente
fue adorno oratorio mal escogido: dado que no siendo creíble que por
aquellas palabras hubiera querido anunciar en nuestros días temores de
una irrupción agarena, era forzoso imaginarse que se encubría en su
sentido el ulterior proyecto de invadir la costa africana, y cierto
que si el primer pensamiento hubiera pasado de desvarío, hubiérase el
segundo reprendido de sobradamente anticipado cuando la nueva corona
apenas había tocado su cabeza.
[Marginal: Otra proclama de los de Bayona.]
Todavía era muy corto el número de diputados que concurrían en Bayona,
a la sazón que en 8 de junio [*] [Marginal: (* Ap. n. 4-7.)] dieron los
presentes otra proclama a todos los españoles con objeto de recomendar
a su afecto la nueva dinastía, y de reprimir la insurrección. José por
su parte aceptó en decreto del 10 [*] [Marginal: (* Ap. n. 4-8.)] la
cesión de la corona de España que en su persona había hecho su hermano,
confirmando a Murat en la lugartenencia del reino, cuyo puesto había
ejercido sucesivamente a nombre de Carlos IV y de Napoleón. Acompañaba
a este decreto [*] [Marginal: (* Ap. n. 4-9.)] otro en que mostraba
cuáles eran sus intenciones, y en el que ya llamaba suyos a los pueblos
de España. Estos documentos corrían con dificultad en las provincias;
pero si alguno de ellos se introducía, soplaba el fuego en vez de
apagarle.
[Marginal: Previas disposiciones para abrir el congreso de Bayona.]
Acercábase el día de abrirse el congreso de Bayona y a duras penas
crecía el número de individuos que debían componerle. Por fin fueron
llegando algunos de los que forzadamente obligaban a salir de Madrid,
o de los que cogían en los pueblos ocupados por las tropas francesas.
Pocos fueron los que de grado acudieron al llamamiento; y mal podía
ser de otra manera viendo los convocados que la insurrección prendía
por todas partes, y el gran compromiso a que se exponían. Antes de
dar principio a las sesiones, Napoleón entregó a Don Miguel José de
Azanza un proyecto de constitución. Extrema curiosidad se despertó
con deseo de averiguar quién fuese el autor. Ni entonces ni ahora ha
sido dable el descubrirle, bien que se advierta que una mano española
debió en gran parte coadyuvar al desempeño de aquel trabajo. Nosotros
no aventuraremos conjeturas más o menos fundadas. Pero sí se nos ha
aseverado de un modo indudable por persona bien enterada, que dicha
constitución o sus bases más esenciales fueron entregadas al emperador
francés en Berlín después de la batalla de Jena. Debió pues salir de
pluma que vislumbrase ya cuál suerte aguardaba a España con la incierta
política del príncipe de la Paz y la desmesurada ambición del gabinete
de Francia. Napoleón escogió a Don Miguel de Azanza, como en otro libro
indicamos, para presidir el congreso; y se nombraron por secretarios
a Don Mariano Luis de Urquijo, del consejo de estado, y a Don Antonio
Ranz Romanillos, del de hacienda. Encargó también que se eligiesen dos
comisiones a cuyo previo examen se confiase el preparar los asuntos
para los debates, y proponer las modificaciones que pareciere oportuno
adoptar en la nueva constitución.
[Marginal: Ábrense sus sesiones.]
Concluidas que fueron estas disposiciones preliminares, abrió sus
sesiones la junta de Bayona el 15 de junio, día de antemano señalado.
Pronunció Don Miguel de Azanza en calidad de presidente el discurso
de apertura. En él decía:[*] [Marginal: (* Ap. n. 4-10.)] «Gracias y
honor inmortal a este hombre extraordinario [Napoleón] que nos vuelve
una patria que habíamos perdido»... «Ha querido después que en el lugar
de su residencia y a su misma vista se reúnan los diputados de las
principales ciudades, y otras personas autorizadas de nuestro país,
para discurrir en común sobre los medios de reparar los males que hemos
sufrido, y sancionar la constitución que nuestro mismo regenerador se
ha tomado la pena de disponer para que sea la inalterable norma de
nuestro gobierno... De este modo podrán ser útiles nuestros trabajos,
y cumplirse los altos designios del héroe que nos ha convocado...»
Pesa que un hombre cuyo concepto de probidad se había hasta entonces
mantenido sin tacha, se abatiese a pronunciar expresiones adulatorias,
poco dignas de la boca de un ministro puro y honrado. Porque en efecto,
¿dónde estaban los diputados de las principales ciudades? y si la
patria estaba perdida ¿no había también _el hombre extraordinario_
contribuido en gran manera a hundirla en el abismo? ¿En dónde y cómo
nos la había vuelto? Sin la constancia española, sin la pertinaz guerra
de seis años, hubiera sido tratada con el vilipendio que otros estados,
y partida después o desmembrada al antojo del extranjero. Suerte que
hubiera merecido, si en silencio hubiese dejado que tan indignamente se
la humillase y oprimiese. Pudiera Azanza haber cumplido con el encargo
de presidente, sin aparecer oficioso ni lisonjero.
[Marginal: Sus discusiones.]
Redujéronse a doce las sesiones de Bayona. En la misma del 15 se
procedió a la verificación de poderes, y se leyó el decreto de Napoleón
por el que cedía la corona de España a su hermano José; habiéndose
acordado en la del 17 pasar a cumplimentar al nuevo monarca. En nada
fueron notables los discursos que al caso se pronunciaron, sino en
haberse especificado en el contexto del de la junta «que habían hecho y
que harían [sus individuos] cuanto estuviese de su parte para atraer a
la tranquilidad y al orden las provincias que estaban agitadas.» Por el
mismo tenor y según costumbre fue la contestación de José, no echando
en olvido la repetida cantilena de que los ingleses eran los que
fomentaban la inquietud de los pueblos.
Presentose el día 20 el proyecto de constitución y ordenó la junta
su impresión, habiéndose oído en los siguientes varios discursos
acerca de sus artículos. Se ventilaron también otros puntos, y en la
citada sesión del 20 se propuso para halagar al pueblo la supresión de
los cuatro maravedís en cuartillo de vino, y la de tres y un tercio
por ciento de los frutos que no diezmaban, cuyo acuerdo quedó en el
inmediato día aprobado por José. En la del 22 Don Ignacio de Tejada,
designado por Murat para representar el nuevo reino de Granada, sostuvo
en un vehemente discurso lo conveniente que sería afianzar la unión
con la metrópoli de las provincias americanas. Cuatro religiosos que
tenían voz como diputados de los regulares, pidieron en otra sesión que
no se suprimiesen del todo los conventos, y que solo se minorase el
número. ¡Ojalá se hubieran mostrado siempre tan sumisos y conformes!
Se atrevió a proponer la abolición del santo oficio Don Pablo Arribas,
sosteniéndole Don José Gómez Hermosilla, pero el inquisidor Ethenard
levantándose muy alborotado, se opuso e intentó probar lo útil del
establecimiento, considerado por el lado político. Apoyáronle con
fuerza los consejeros de Castilla, siendo natural se estrechasen para
defensa mutua dos cuerpos que en sus respectivas jurisdicciones tanto
daño habían acarreado a España. El duque del Infantado quería que no
se rebajase a menos de 80.000 ducados el máximo de los mayorazgos:
desechose la propuesta, no habiendo tampoco las dos anteriores tenido
resulta. Fue notable y digna de loa la que promovió Don Ignacio
Martínez de Villela, si no con mejor éxito, de que se comprendiese
en la ley fundamental un artículo para que ninguno pudiese ser
incomodado por sus opiniones políticas y religiosas. Admiraría que
aquel mismo magistrado años adelante se convirtiese en duro y constante
perseguidor si, por desgracia, no ofreciese la flaqueza humana, la
rencorosa envidia o la desapoderada ambición repetidos ejemplos de tan
lamentables mudanzas. Por tal término anduvieron las discusiones, hasta
que el 30 se concluyeron y cerraron las de la constitución; en cuyo
día se le añadió un último artículo declarando que después del año 20
se presentarían de orden del rey las mejoras y modificaciones que la
experiencia hubiese enseñado ser necesarias y convenientes.
[Marginal: Si se gozó de libertad.]
En vista de la adición de este artículo y de las cortas discusiones
que hubo, han pretendido algunos y de aquellos que han tratado de
defenderse, que la junta había gozado de libertad. Concediendo que esto
fuese cierto, levantaríase contra los miembros un grave cargo por no
haber sostenido mejor los derechos de la nación, ya que hubiesen creído
inútil recordar los de Fernando y su familia. Parecería pues imposible,
a no leerlo en sus obras, que hombres graves hayan querido persuadir al
público que allí se procedió sin embarazo, discutiéndose las materias
con toda franqueza y al sabor y según el dictamen de los vocales. No
hay duda que sobre puntos accesorios fue lícito hablar, y aun indicar
leves modificaciones. Pero ¿que hubiera acontecido si alguno se
hubiese propasado, no a renovar la cuestión decidida ya de mudanza de
dinastía, sino a enmendar cualquiera artículo de los sustanciales de
la constitución? ¿Qué si hubiese reclamado la libertad de imprenta,
la publicidad de las sesiones, una manera en fin más acertada de
constituirse las cortes? O para siempre hubiera enmudecido el audaz
diputado de cuyos labios hubieran salido semejantes proposiciones, o
deprisa y estrepitosamente se hubiera disuelto el congreso de Bayona.
Así en el corto número de doce sesiones se cumplió con las formalidades
de estilo, se tocaron varias materias, y se discutió y aprobó a la
unanimidad una constitución de 146 artículos. ¿Mas a qué cansarse? Para
conceptuar de qué libertad gozaron los diputados, basta decir que fue
en Bayona, y a vista de Napoleón, donde celebraron sus sesiones.
[Marginal: Juramento prestado a la constitución.]
Al fin el 7 de julio reunido el congreso en el mismo sitio de los
anteriores días, que fue en el palacio llamado del obispado viejo,
juró José la observancia de la constitución en manos del arzobispo de
Burgos, y también la juraron, aceptaron y firmaron los diputados cuyo
número no pasó de noventa y uno, siendo de notar que apenas veinte
habían sido nombrados por las provincias. Los demás o eran de aquellos
que habían acompañado al rey Fernando, o individuos de diversas
corporaciones o clases residentes en Madrid y ciudades oprimidas por
los soldados franceses. Para que subiera la cuenta obligaron también a
españoles transeúntes casualmente en Bayona, a que pusiesen su firma
en la nueva constitución. Pero a pesar de tales esfuerzos nunca pudo
completarse el número de 150 que era el determinado en la convocatoria.
[Marginal: Reflexiones sobre la constitución.]
Ahora sería oportuno entrar en el examen de esta constitución, si por
lo menos hubiera gobernado de hecho la monarquía. Mas ilegítima en su
origen, y bastarda producción de tierra extraña nunca plantada en la
nuestra, no sería justo que nos detuviese largo tiempo, ni cortase el
hilo de nuestra narración. Sin embargo atendiendo al elogio que de
algunos ha merecido, séanos lícito poner aquí ciertas observaciones,
que si bien restrictas y generales, no por eso dejarán de dar una idea
de los defectos fundamentales que la oscurecían y anulaban.
Desde luego nótase que falta en aquella constitución lo que forma
la base principal de los gobiernos representativos, a saber, la
publicidad. Por ella se ilustra y conoce la opinión, y la opinión es
la que dirige y guía a los que mandan en estados así constituidos. Dos
son los únicos y verdaderos medios de conseguir que la voz pública
suba con rapidez a los representantes de una gran nación, y que la de
estos descienda y cunda a todas las clases del pueblo. Son pues la
libertad de imprenta y la publicidad en las discusiones del cuerpo
o cuerpos que deliberan. Por la última, como decía el mismo Burke,
llega a noticia de los poderdantes el modo de pensar y obrar de sus
diputados, sirviendo también de escuela instructiva a la juventud: y
por la primera, esencialmente unida a la naturaleza de un estado libre,
conforme a la expresión del gran jurisconsulto Blackstone, se enteran
los que gobiernan de las variaciones de la opinión y de las medidas
que imperiosamente reclama, por cuya mutua y franca comunicación,
acumulándose cuantiosa copia de saber y datos, las resoluciones que
se toman en una nación de aquel modo regida no se apartan en lo
general de lo que ordena su interés bien entendido; desapareciendo en
cotejo de tamaño beneficio los cortos inconvenientes que en ciertos
y contados casos pudieran acompañar a la publicidad, y de que nunca
se ve del todo desembarazada la humana naturaleza. Pues aquellos dos
medios tan necesarios de estamparse en una constitución que se preciaba
de representativa, no se vislumbraban siquiera en la de Bayona. Al
contrario, por el artículo 80 se prevenía «que las sesiones de las
cortes no fuesen públicas.» Y en tanto grado se huía de conceder dicha
facultad, que en el 81 íbase hasta graduar de rebelión el publicar
impresas o por carteles las opiniones o votaciones. Quien con tanto
esmero había trabado la libertad de los diputados, no era de esperar
obrase más generosamente con la de la imprenta. Deferíase su goce a dos
años después que la constitución se hubiese planteado, no debiendo esta
tener su cumplido efecto antes de 1813. Pero aun entonces, además de
las limitaciones que hubieran entrado en la ley, parece ser que nunca
se hubieran comprendido en su contexto los papeles periódicos. Así se
infiere de lo prevenido en el artículo 45. Porque al paso que se crea
una junta de cinco senadores encargados de velar acerca de la libertad
de imprenta, se exceptúan determinadamente semejantes publicaciones,
las que sin duda reservaba el gobierno a su propio examen. Véase pues
cuán tardía y escatimada llegaría concesión de tal importancia.
Tampoco se había compuesto ni deslindado atinadamente la potestad
legislativa. Al sonido de la voz senado cualquiera se figuraría haber
sido erigido aquel cuerpo con la mira de formar una segunda y separada
cámara que tomase parte en la discusión y aprobación de las leyes;
pero no era así. Ceñidas sus facultades en los tiempos tranquilos
a velar sobre la conservación de la libertad individual y de la de
imprenta, ensanchábanse en los borrascosos o cuando parecieren tales
a la potestad ejecutiva, a suspender la constitución y a adoptar las
medidas que exigiese la seguridad del estado. Un cuerpo autorizado con
facultad tan amplia y poderosa, debiera al menos haber ofrecido en su
independencia un equilibrio correspondiente y justo. Mas constando de
solos veinticuatro individuos nombrados por el rey y escogidos entre
empleados antiguos, antes era sostenimiento de la potestad ejecutiva
que valladar contra sus usurpaciones.
Para evitar estas o resistirles gananciosamente no era más propicia
ni recomendable la manera como se habían constituido las cortes, las
cuales además de verse privadas de la publicidad, sólido cimiento de su
conservación, llevaban consigo la semilla de su propia desorganización
y ruina. Por de pronto el rey estaba obligado solamente a convocarlas
cada tres años, y como para todo este intermedio se votaban las
contribuciones, no era probable que se las hubiera congregado con más
frecuencia. El número de vocales se limitaba a 162 divididos en tres
estamentos, clero, nobleza y pueblo; componiéndose los dos primeros
de 50 individuos. Debían, reunidos en la misma sala, discutir las
materias y decidirlas a pluralidad de votos y no por separación de
clase. En cuya virtud sin resultar las ventajas de la cámara de lores
en Inglaterra, ni la del senado en los Estados Unidos, sirviendo de
contrapeso entre la potestad real o ejecutiva y la popular; aquí juntos
y amontonados todos los estamentos o brazos, hubieran presentado la
imagen del desorden y la confusión. Cuando el cuerpo que ha de formar
las leyes está dividido en dos cámaras, al choque funesto de las
clases que es temible exista estando reunidos los privilegiados y los
que no lo son, sucede cuando deliberan separadamente el saludable
contrapeso de las opiniones individuales, estableciéndose una mutua
correspondencia entre los vocales de ambas cámaras que no disienten
en el modo de pensar; sin atender a la clase a que pertenecen. Por lo
menos así nos lo muestra la experiencia, gran maestra en semejantes
materias. Cuanto más se reflexiona acerca del artificio de esta
constitución, mas se descubre que solo en el nombre quería darse a
España un gobierno monárquico representativo.
Había empero artículos dignos de alabanza. Merécenla pues aquellos
en que se declaraba la supresión de privilegios onerosos, la
abolición del tormento, la publicidad en los procesos criminales y
el límite de 20.000 pesos fuertes de renta, señalado a la excesiva
acumulación de mayorazgos. Mas estas mejoras que ya desaparecían
junto a las imperfecciones sustanciales arriba indicadas, del todo
se deslustraban y ennegrecían con la monstruosidad [no puede dársele
otro nombre] de insertar en la ley fundamental del estado que habría
perpetuamente una alianza ofensiva y defensiva, tanto por tierra como
por mar entre España y Francia. Todo tratado o liga de suyo variable,
supone por lo menos el convenio recíproco de los dos o más gobiernos
que están interesados en su cumplimiento. Exigíase aún más en este
caso: ya que quisiera darse a la alianza la duración y firmeza de
una ley fundamental, menester era que la otra parte, la Francia, se
hubiese comprometido a lo mismo en las constituciones del imperio.
Podrá redargüirse que estaba sujeta esta determinación a un tratado
posterior y especial entre ambas naciones. Pero según el artículo 24
de la constitución que era en donde se adoptaba el principio, debía el
tratado limitarse a especificar el contingente con que cada una había
de contribuir, y no de manera alguna a variar la base admitida de una
alianza perpetua ofensiva y defensiva. No es de este lugar examinar
la utilidad o perjuicio que se seguiría a España, país casi aislado,
de atarse con semejante vínculo y abrazar todas las desavenencias de
una nación como la Francia contigua a tantas otras y con intereses
tan complicados. Aquí solo consideramos la cuestión constitucional,
bajo cuyo respecto no pudo ser ni más fuera de sazón ni más extraña.
Al ver adoptado semejante artículo no podemos menos de asombrarnos
por segunda vez de que haya habido españoles de los firmantes, tan
olvidados de sí propios, que hayan asegurado en sus defensas haberse
gozado en Bayona de entera e ilimitada libertad. Porque si a sabiendas
y voluntariamente le admitieron y aprobaron ¿cómo pudieran disculparse
de haber encadenado la suerte de su patria a la de otra nación, sin que
esta se hubiera al propio tiempo comprometido a igual reciprocidad? Mas
afortunadamente y para honra del nombre español si hubo algunos que con
placer firmaron la constitución de Bayona, justo es decir que el mayor
número lo hicieron obligados de la penosa e involuntaria situación en
que los había colocado su aciaga estrella.
[Marginal: Visita de la Junta de Bayona a Napoleón.]
En el mismo día 7 de julio Don Miguel de Azanza propuso y se acordó
la acuñación de dos medallas que perpetuasen la memoria del juramento
a la constitución, trasladándose en seguida la junta en cuerpo al
palacio de Marracq a cumplimentar a Napoleón. Llevó la palabra el
presidente, y en silencio aguardaron todos con ansiosa curiosidad la
respuesta del soberano de Francia, rodeado de los diputados españoles.
Tres cuartos de hora duró el discurso del último, embarazoso en la
expresión e infecundo en sus conceptos. Levantando pues la cabeza y
echando una mirada esquiva y torva, la inclinaba después aquel príncipe
sobre el pecho, articulando de tiempo en tiempo palabras sueltas
o frases truncadas e interrumpidas, sin que centellease ninguno de
aquellos rasgos originales que a veces brillaban en sus conversaciones
o arengas. Parecía representar su voz el estado de su conciencia.
Impacientábanse todos, mas el disimulo reinaba por todas partes. Sus
cortesanos quedaron inmobles; y aturdidos los españoles, a cuyos ojos
achicose en gran manera el objeto que tan agigantado les había parecido
de lejos. Fatigado el concurso y quizá Napoleón mismo, despidió este
a los diputados que sobrecogidos y silenciosos se retiraron. Azaroso
andaba en todo lo de España.
Aún duraban las discusiones de la constitución cuando llegó a Bayona
una carta escrita en Valençay en 22 de junio por la servidumbre de
Fernando y los infantes, en la que «juraban [*] [Marginal: Felicitación
de la servidumbre de Fernando. (* Ap. n. 4-11.)] obediencia a la nueva
constitución de su país y fidelidad al rey de España José I.» Según
Escóiquiz fue efecto de intimación del príncipe de Talleyrand hecha a
nombre de Napoleón, añadiendo que para evitar mayores males accedieron
encargándose él mismo de extender la carta en términos estudiados y
medidos. Si así hubiera pasado, merecían disculpa Escóiquiz y sus
compañeros; pero aconteció muy de otra manera. Y o aquel se imaginó que
nunca se trasluciría el contenido de su carta, o con los infortunios
se había enteramente desmemoriado. En ella se prestaba el juramento de
un modo claro no ambiguo; y lo que era peor se pedían nuevas gracias
expresadas en una nota adjunta, afirmándose también que _estaban
prontos a obedecer ciegamente su voluntad_ [la de José] _hasta en lo
más mínimo_. Véase pues lo que llamaba Escóiquiz juramento condicional
y aéreo, y carta escrita en términos medidos.
Así mismo Fernando escribió con igual fecha [*] [Marginal: Felicitación
de Fernando mismo. (* Ap. n. 4-12.)] a Napoleón en nombre suyo y de
su hermano y tío, dándole el parabién de haber sido ya instalado en
el trono de España su hermano José; con una carta [leída en 30 de
junio ante los diputados de Bayona] inclusa para el último en que se
decía después de felicitarle «que se consideraba miembro de la augusta
familia de Napoleón, a causa de que había pedido al emperador una
sobrina para esposa, y esperaba conseguirla:» tan caída y por el suelo
andaba la corona de Carlos V y Felipe II.
[Marginal: Ministerio nombrado por José.]
En 4 de julio había José arreglado definitivamente su ministerio.
Tocó a Don Mariano Luis de Urquijo la secretaría de estado, a cuyo
puesto correspondía, según la constitución de Bayona, refrendar todos
los decretos. En el reinado de Carlos IV, todavía aquel muy joven,
había sido nombrado ministro interino de estado. Adornado de ciertas
calidades brillantes y exteriores, no se le reputaba por hombre de
saber profundo: tachábanle de presuntuoso. Quiso en su ministerio
enfrenar el tribunal de la Inquisición, y restablecer a los obispos
en sus primitivos derechos. Acarreole su intento la enemistad de
Roma y de una parte del clero español. Con esto y haber el príncipe
de la Paz recobrado su antigua e ilimitada privanza, fue desgraciado
Urquijo, encerrado en la ciudadela de Pamplona, y confinado después
a Bilbao su patria. No tuvo parte en los primeros desaciertos de
Madrid y Bayona, y solo acudió a esta ciudad en virtud de reiterado
llamamiento de Napoleón, quien le deslumbró prodigando lisonjas a su
amor propio. Encargose Don Pedro Cevallos del ministerio de negocios
extranjeros, con repugnancia y violencia según el propio se expresa,
con gusto y solicitud suya según otros. Don Sebastián de Piñuela y
Don Gonzalo Ofárril se mantuvieron en sus respectivos ministerios de
gracia y justicia y de guerra. Obtuvo el de Indias Don Miguel José
de Azanza, reservándose el de marina para Don José Mazarredo, quien
en dicho ramo gozaba de gran concepto, habiendo ilustrado su nombre
en varias campañas; pero que sin práctica en las materias de estado,
y preocupado y nimio en otras, abrazó sin discernimiento a manera de
frenesí el partido del rey intruso. Púsose la hacienda al cuidado del
conde de Cabarrús, francés de nación, mas por afición y enlaces de
corazón español. Decidido en Zaragoza a seguir la gloriosa causa de
aquellos moradores, fuese temor o enfado de algún peligro que había
corrido en Ágreda, mudó después de parecer y aceptó el ministerio que
José le confirió. «Hombre extraordinario [según le pinta su amigo
Jovellanos] en quien competían los talentos con los desvaríos y las
más nobles calidades con los más notables defectos.» No era fácil que
en un tiempo en que el nuevo rey ansiaba granjearse la estimación
pública, se hubiese olvidado en la repartición de empleos y gracias
del hombre insigne que acabamos de citar, [Marginal: Jovellanos.] de
Don Gaspar Melchor de Jovellanos. Libertado de su largo y penoso
encierro al advenimiento al trono de Fernando VII, habíase retirado
a Jadraque en casa de un amigo para recobrar su salud debilitada y
perdida con los malos tratamientos y duro padecer. Buscole en su rincón
Murat mandándole pasase a Madrid: excusose con el mal estado de su
cuerpo y de su espíritu. Acosáronle poco después los de Bayona; José de
oficio para que fuese a Asturias a reducir al sosiego a sus paisanos,
y confidencialmente Don Miguel de Azanza, anunciándole que se le
destinaba para el ministerio de lo interior. Disculpose con el primero
en términos parecidos a los que había usado con Murat, y al segundo le
manifestó «que estaba lejos de admitir ni el encargo, ni el ministerio,
y que le parecía vano el empeño de reducir con exhortaciones a un
pueblo tan numeroso y valiente, y tan resuelto a defender su libertad.»
Reiteráronse las instancias por medio de Ofárril, Mazarredo y Cabarrús.
Acometido tan obstinadamente de todos lados, expresó en una de sus
contestaciones «que cuando la causa de la patria fuese tan desesperada
como ellos se pensaban, sería siempre la causa del honor y la lealtad,
y la que a todo trance debía preciarse de seguir un buen español.»
Sordos a sus razones y a sus disculpas le nombraron ministro mal de su
grado, e insertaron en la Gaceta de Madrid su nombramiento: señalada
perfidia con que trataron de comprometerle. Por dicha salvole la honra
lo terso y limpio de su noble conducta, y sirvió de obstáculo a la
persecución, que su constante resistencia hubiera podido acarrearle,
la victoria de Bailén: con cierta prolijidad hemos referido este hecho
como ejemplo digno de ser transmitido a la posteridad.
Formado que hubo su ministerio el rey intruso, se ocupó en proveer los
empleos de palacio en los grandes que estaban en Bayona; [*] [Marginal:
Empleos de palacio. (* Ap. n. 4-13.)] y cuya enumeración omitimos por
inútil y fastidiosa. El duque del Infantado fue nombrado coronel de
guardias españolas, y de valonas el príncipe de Castel-Franco. Mucho
desmereció el primero, viéndole la nación volver favorecido por la
estirpe que había despojado del trono al rey Fernando, y cuya pérdida
había en gran parte provenido de haber escuchado sus consejos. Pocos
fueron los franceses que acompañaron a José, y en eminente puesto
solamente colocó al general Saligny, duque de San Germán, escogido
para ser uno de los capitanes de guardias de Corps. Imitó en eso la
política de Luis XIV, quien según expresa el marqués de San Felipe
[*] [Marginal: (* Ap. n. 4-14.)] «mandó prudentísimamente que ningún
vasallo suyo entrase en España... Con lo que explicaba entregar
enteramente al rey [Felipe V] al dictamen de los españoles, y que ni
los celos de su favor, ni el mando turbase la pública quietud.»
[Marginal: José entra en España el 9 de julio.]
Al fin arreglado lo interior de palacio y el supremo gobierno,
determinó José de acuerdo con su hermano entrar en España el 9 de
julio, confiados ambos en que a favor de ciertas ventajas militares
alcanzadas por las armas francesas sería fácil llegar sin impedimento
a la capital del reino; por lo cual es ya ocasión de hablar de las
acciones de guerra, y reencuentros que hubo por aquel tiempo antes de
proceder más adelante.
[Marginal: Primera expedición de los franceses contra Santander.]
Santander, punto marítimo y cercano a las provincias aledañas de
Francia, fijó primero la atención de Napoleón. Por su orden se
encomendó al mariscal Bessières que destacase la suficiente fuerza
para ahogar aquella insurrección. Este en 2 de junio hizo partir de
Burgos al general Merle, poniendo bajo su mando seis batallones y 200
caballos. Ya dijimos que al levantarse Santander se había colocado en
las principales gargantas de su cordillera la gente de nuevo alistada.
El 4 advertidos los jefes españoles de que los franceses avanzaban,
dispusieron replegarse a las posiciones más favorables, resueltos a
impedir el paso. Aguardaban ser acometidos en la mañana del 5; mas
aclarando el día y disipada la densa niebla que con frecuencia cubre
aquellas alturas, notaron con sorpresa que los franceses habían alzado
el campo y desaparecido. La bisoña tropa atribuyó la retirada a temores
del ejército enemigo, con lo que adquirió una desgraciada y ciega
confianza: muy otra era la causa.
[Marginal: Expedición contra Valladolid.]
Habíase insurreccionado Valladolid, cundía el fuego de un pueblo
en otro, y tocando casi a los mismos muros de Burgos, en donde el
mariscal Bessières tenía asentado su cuartel general, recelose este de
ver cortadas sus comunicaciones, si de pronto no acudía al remedio.
Consideraba mayor el peligro y más graves las conmociones cercanas
con un caudillo de nombre, como lo era Don Gregorio de la Cuesta. Y
en tal estado pareciole oportuno no alejar ni esparcir su fuerza, y
obrar solamente contra el enemigo más inmediato. Mandó por tanto a las
tropas enviadas antes camino de Santander que retrocediendo viniesen
al encuentro del general Lassalle, quien asistido de cuatro batallones
de infantería y 700 caballos se dirigía hacia Valladolid. Había el
último salido de Burgos el 5 de junio, y al anochecer del 6 llegó a
Torquemada, [Marginal: Quema de Torquemada] villa situada cerca del
Pisuerga, y que domina el campo de la margen opuesta. Muchos vecinos
abandonaron el pueblo, algunos se quedaron; y preparándose para la
defensa, atajaron con cadenas y carros el puente bastante largo por
donde se va a la villa. Ciento de los más animosos parapetados detrás
o subidos en la iglesia y casas inmediatas, dispararon contra los
franceses que se adelantaban. No arredrados estos con el incierto
y lejano fuego del paisanaje, aceleraron el paso y bien pronto
desembarazando el puente, penetraron por las calles y saquearon y
quemaron lastimosamente sus casas y edificios. Dispersos los defensores
fueron unos acuchillados por la caballería, otros atravesados por las
bayonetas de los infantes, y tratados los demás moradores con todo el
rigor de la guerra, sin que se perdonase a edad ni sexo.
[Marginal: Entrada en Palencia.]
En Palencia se habían también reunido los mozos con varios soldados
sueltos a las órdenes del anciano general Don Diego de Tordesillas.
Mas atemorizados con el incendio de Torquemada, se retiraron a tierra
de León, procurando el obispo aplacar la furia de los franceses con un
obsequioso recibimiento. Llegaron el 7, y a sus ruegos se contentaron
con desarmar a los habitantes, imponiéndoles además una contribución
bastante gravosa.
[Marginal: Acción de Cabezón.]
En Dueñas se engrosó la división de Lassalle con la de Merle de vuelta
de Reinosa, y allí acordaron el modo de atacar a Don Gregorio de la
Cuesta. Había el general español ocupado a Cabezón, distante dos leguas
de Valladolid. Contaba bajo su mando 5000 paisanos mal armados y sin
instrucción militar, 100 guardias de Corps de los que habían acompañado
a Bayona a la familia real, y 200 hombres del regimiento de caballería
de la reina. Reducíase su artillería a cuatro piezas que habían salvado
del colegio de Segovia sus oficiales y cadetes. Cabezón, situado a
la orilla izquierda del Pisuerga, contiguo al puente adonde viene a
parar la calzada de Burgos, y en paraje más elevado, ofrecía abrigo y
reparo a la gente allegadiza de Cuesta si hubiera sabido o querido este
aprovecharse de tamaña ventaja. Pero con asombro de todos, haciendo
pasar al otro lado del río lo grueso de sus tropas, colocó en una misma
línea la caballería y los paisanos, entre los que se distinguía por
su mejor arreo y disciplina el cuerpo de estudiantes. Situó cerca y
a la salida del puente dos cañones, y dejó los otros dos del lado de
Cabezón. Quedaron asimismo por esta parte algunas compañías de paisanos
de las parroquias de Valladolid cada una con su bandera para guardar
los vados del río: inexplicable arreglo y ordenación en un general
veterano.
Temprano en la mañana del 12 empezó el ataque. El francés Lassalle
marchó por el camino real, cubriendo el movimiento de su izquierda con
el monasterio de bernardos de Palazuelo. El general Merle tiró por su
derecha hacia Cigales con intento de interceptar a Cuesta si quería
retirarse del lado de León, como se lo habían los enemigos pensado
al verle pasar el río, no pudiendo achacar a ignorancia semejante
determinación. La refriega no fue ni larga ni empeñada. A las primeras
descargas los caballos, que estaban avanzados y al descubierto en
campo raso, empezaron a inquietarse sin que fueran dueños los jinetes
de contenerlos. Perturbaron con su desasosiego a los infantes y
los desordenaron. Al punto diose la señal de retirada, agolpándose
al puente la caballería, precedida por los generales Cuesta y Don
Francisco Eguía, su mayor general. Los estudiantes se mantuvieron aún
firmes, pero no tardaron en ser arrollados. Unos huyendo hacia Cigales
fueron hechos prisioneros por los franceses, o acuchillados en un soto
a que se habían acogido. Otros procurando vadear el río o cruzarle a
nado, se ahogaron con la precipitación y angustia. No fueron tampoco
más afortunados los que se dirigieron al puente. Largo y angosto caían
sofocados con la muchedumbre que allí acudía o muertos por los fuegos
franceses, y el de un destacamento de españoles situado al pie de la
ermita de la Virgen del Manzano, cuyos soldados poco certeros más
bien ofendían a los suyos que a los contrarios. Grande fue la pérdida
de nuestra parte, cortísima la de los franceses. El general Cuesta
tranquilamente continuó su retirada, y sin detenerse se replegó
con la caballería a Rioseco pasando por Valladolid. No faltó quien
atribuyese su extraña conducta a traición o despique, por haberle
forzado a comprometerse en la insurrección. Otras batallas posteriores
en que exponiendo mucho su persona anduvo igualmente desacertado en
las disposiciones, probaron que no obraba de mala fe sino con poco
conocimiento de la estrategia.
[Marginal: Entran los franceses en Valladolid.]
Los enemigos temerosos de alguna emboscada cañonearon al principio a
Cabezón sin entrar en el pueblo. Con el ruido y las balas ahuyentaron
a los vecinos, y solo a mediodía penetraron en las casas, saqueándolas
y abrasando en las eras los efectos y ajuar que no pudieron llevar
consigo. Fue el botin abundante, porque como era domingo casi todos
los habitantes de Valladolid habían ido allí como a fiesta y romería,
imaginándose a fuer de inexpertos segura y fácil la victoria. El camino
de Cabezón estaba sembrado de despojos de innumerable gentío que
precipitadamente quería ponerse en salvo. Los franceses avanzaron con
lentitud, y no entraron en Valladolid hasta las cinco de la tarde. El
obispo y unos cuantos regidores y ministros de la chancillería salieron
a recibirlos para calmar su enojo. Respetaron la ciudad, quitaron las
armas a los vecinos, se llevaron algunos en rehenes y la gravaron con
una fuerte contribución. No se detuvieron sino hasta el 16 en cuyo día
abandonaron la ciudad, queriendo apagar la insurrección de Santander.
[Marginal: Segunda expedición contra Santander.]
El general Lassalle se apostó en Palencia para observar a Cuesta, y
apoyar la expedición que iba a la Montaña capitaneada por el general
Merle. Llegó este a Reinosa el 20 con fuerza considerable, y el 21
marchó sobre Lantueno. Guardaba las entradas de aquel lado Don Juan
Manuel Velarde con 3000 hombres, los más paisanos, y dos piezas de
grueso calibre. Cuando la primera retirada del enemigo, los españoles
en vez de redoblar sus esfuerzos, descuidaron los preparativos de
defensa, y la gente como nueva e indisciplinada se desbandó en parte,
juzgando ya inútil su asistencia. Los franceses atacaron en dos
columnas: opúsoseles escasa resistencia, pues en breve cedieron a la
pericia de aquellos los nuevos reclutas, salvándose el mayor número
por las fraguras, y reparándose los menos de una segunda línea de
defensa, formada entre Las Fraguas y Somahoz. Estrechado allí el camino
de un lado por un despeñadero y del otro por la roca Tajada, ofreció
facilidad para que se le embarazase con ramas, peñascos y troncos,
colocando detrás algunos cañones. Mas los españoles desmayados con
el primer descalabro, y viendo que las tropas ligeras del enemigo
avanzaban por su derecha e izquierda y los flanqueaban a pesar de lo
escabroso del terreno, se retiraron apresuradamente, dejando libre el
paso al general Merle, quien se posesionó de Santander el 23.
Por el Escudo las avanzadas de la división española que ocupaba aquel
punto a las órdenes de Don Emeterio Velarde, ya el 19 reconocieron al
enemigo que venía sobre ellos con 1200 infantes y 60 coraceros. Era su
general el de brigada Ducos, quien había partido de Miranda de Ebro,
empezando su movimiento a la misma sazón que Merle. La fuerza española
era aun más flaca por esta parte que por la de Reinosa, y solo tenía
un cañón servible. Rechazose sin embargo en un principio al enemigo.
Disponíanse de nuevo a resistirle, cuando informado Don Emeterio de la
rota experimentada por los de Lantueno, formó un consejo de guerra,
y en él se decidió separarse guarecidos de la densa niebla esparcida
por las montañas, y por cuya causa había cesado el fuego de una y otra
parte. El general Ducos avanzó entonces, y juntándose con Merle llegó
en su compañía a Santander.
[Marginal: Obispo de Santander.]
El obispo luego que supo que los franceses se aproximaban a la montaña,
arrebatado de entusiasmo montó en una mula, y pertrechado de todas
armas se encaminó adonde acampaba el ejército; pero encontrándole
a poco deshecho y disperso, decayó de ánimo, y huyó como los demás
refugiándose a Asturias, lo cual dio lugar a la voz de haber servido
dicho prelado de guía a las tropas en aquella sazón.
[Marginal: Noble acción de su junta.]
Pocos días después del levantamiento de Santander había entrado de
arribada en el puerto un buque francés, procedente de sus colonias y
ricamente cargado. La junta en medio de sus apuros tuvo la generosidad
de no aprovecharse del precioso socorro que el acaso le ofrecía, y
permitió al buque seguir su viaje a Francia, dando además libertad
y poniendo a su bordo al cónsul y a los otros franceses que en un
principio habían sido arrestados. Acción tan noble y rara no evitó a
Santander el ser molestado en lo sucesivo con derramas e imposiciones
extraordinarias.
[Marginal: Expedición contra Zaragoza.]
El vigilante cuidado de Napoleón no se adormeció del lado de Aragón,
disponiendo que el general de brigada Lefebvre-Desnouettes con 5000
hombres de infantería y 800 caballos partiese el 7 de junio de
Pamplona. Llegó el 8 delante de Tudela. Los vecinos habían cortado el
puente del Ebro con intento de impedir el paso; pero los franceses
cruzando en barcas el río se apoderaron de la ciudad, a pesar de gente
y socorros que había enviado Zaragoza a las órdenes del marqués de
Lazán. Arcabucearon para escarmiento algunas personas, como si fuera
delito defender sus hogares contra el extranjero: repararon el puente,
y prosiguieron su marcha. El marqués de Lazán que con tropa colecticia
se había adelantado hasta Tudela, [Marginal: Acción de Mallén.] se
replegó y tomó posición el 12 junto a un olivar, apoyando su izquierda
en la villa de Mallén, y la derecha en el canal de Aragón. Resistieron
con valor sus soldados, mas atacando los enemigos vigorosamente
uno de los flancos, comenzaron los nuestros a ciar, y del todo se
desordenaron con una carga que les dieron los lanceros polacos. No por
eso se abatieron los aragoneses, y todavía el 13 pelearon en Gallur,
aunque también con desventaja. En la madrugada del 14 noticioso el
general Palafox de la rota de la gente de su hermano, salió en persona
de Zaragoza acompañado de 5000 paisanos mal armados, dos piezas de
artillería, 80 caballos del regimiento de dragones del rey, con
otros oficiales y soldados sueltos, y fue al encuentro del enemigo
dirigiéndose a la villa de Alagón, [Marginal: De Alagón.] cuatro
leguas distante de aquella capital. Pareció oportuno posesionarse de
aquel punto, cuya posición elevada entre los ríos Jalón y Ebro era
además favorecida por los olivares y tapias que estrechan el camino que
viene de Navarra. A las tres de la tarde colocó su gente el general
Palafox más allá de la villa, distribuyendo tiradores por delante de
sus flancos, y enfilando la entrada con los dos cañones que tenía. Los
mal disciplinados paisanos fueron fácilmente arrollados por las tropas
aguerridas del enemigo. En vano se trató de detenerlos. Sin embargo
con algunos de ellos más valerosos o serenos, con los pocos soldados
de línea que allí había y la artillería, defendiose por largo rato y
vivamente la entrada de la villa. Al fin resolvió Palafox retirarse con
250 hombres que le quedaban, y en cuyo número se contaban soldados del
primer batallón de voluntarios de Aragón y los del rey de caballería
con algunos tiradores diestros. De los paisanos siendo muchos del
partido de Alcañiz, se recogieron los más a sus casas, entrando por
la noche con Palafox en Zaragoza los que eran de allí naturales. Los
franceses entonces se aproximaron a aquella ciudad, en cuyas cercanías
los dejaremos para tomar después el hilo, y no interrumpirle en la
narración de su memorable sitio.
[Marginal: Cataluña.]
Debía dar la mano a las operaciones de Aragón el ejército francés de
Cataluña. Napoleón figurándose que dueño de Barcelona y Figueras lo
era de la provincia, no creyó arriesgado sacar parte de las fuerzas
que la ocupaban. Así ordenó que de aquel punto se enviasen socorros a
Aragón y Valencia. Conformándose el general Duhesme con lo que se le
mandaba, dispuso que 3800 hombres conducidos por el general Schwartz
se dirigiesen a Zaragoza, y que 4200 a las órdenes de Chabran se
apoderasen de Tarragona y Tortosa, continuando en seguida su marcha
a Valencia. Los primeros debían al paso castigar a Manresa por su
anterior levantamiento, quemar sus molinos de pólvora, e imponer al
vecindario 750.000 francos de contribución. Ambas expediciones salieron
de la capital el 4 de junio. La de Schwartz se detuvo en Martorell el
5 a causa de una abundante lluvia, con cuya feliz demora alcanzaron
a tiempo a Igualada y Manresa los avisos de sus confidentes. La
insurrección ya comenzada tomó incremento y extraordinario ensanche,
tocose a somatén, se despacharon expresos a todas partes, y resolvieron
aguardar al enemigo en la posición del Bruch y Casa-Masana.
[Marginal: Somatenes.]
Es el somatén en Cataluña «un género de socorro, como dice Zurita,
repentino y cierto que muchas veces ha sido de grande efecto.» Está
conocido de tiempo inmemorial, teniendo que acudir al repique de la
campana concejil todos los hombres aptos para las armas en las diversas
veguerías o partidos, según lo dispone el usaje de Barcelona. Fue en
este caso no menos provechoso que en otros antiguos y renombrados.
Había pocas armas y municiones tan escasas, que careciendo de balas
de fusil se cortaron las varillas de hierro de las cortinas para que
supliesen la falta.
[Marginal: Acción del Bruch.]
Los somatenes de Igualada y Manresa fueron los primeros que se
prepararon, y al hijo de un mercader llamado Francisco Riera teníasele
por principal caudillo. Apostáronse pues, y se escondieron entre
los matorrales y arboleda de las alturas del Bruch. Apenas había
pasado la columna francesa las casas que llevan el mismo nombre, y
tomado la revuelta que forma el camino real antes de emparejar con
el de Manresa, cuando fue detenida por el inesperado fuego de los
encubiertos somatenes. Schwartz, después de un rato de espera, embistió
a sus contrarios, replegáronse estos, y disputando el terreno a
palmos se dividieron, unos yendo la vuelta de Igualada y otros la de
Casa-Masana. Desalojados del último punto y teniéndose por perdidos,
apriesa se retiraban, y completa hubiera sido su derrota a no haber
afortunadamente Schwartz desistido de perseguirlos. Admirados los
manresanos de la suspensión del francés, cobraron aliento y engrosados
con el somatén de San Pedor, compuesto de buenos y esforzados
tiradores, volvieron de nuevo a la carga. Venía con los recién llegados
un tambor, quien como más experto hizo las veces de general en jefe.
Vivamente acometieron todos juntos a los franceses de Casa-Masana,
los que se recogieron al cuerpo de la columna que comía el rancho a
retaguardia.
El número de somatenes crecía por momentos, sus ánimos se enardecían,
adquiriendo ventaja sobre los franceses descaecidos con la impensada
embestida. Schwartz al ver retirarse su vanguardia, y al ruido de la
caja del somatén de San Pedor, persuadiose que tropa de línea auxiliaba
al paisanaje. Formó entonces el cuadro para evitar ser envuelto, y
al cabo de cierto tiempo determinó retroceder a Barcelona. Aunque
molestados los enemigos por los somatenes en flanco y retaguardia
llegaron sin desorden hasta Esparraguera.
[Marginal: Defensa de Esparraguera.]
Los vecinos de esta villa puestos en acecho, y sabiendo que los
enemigos se retiraban, atajaron la calle larga y angosta que la
atraviesa con todo linaje de obstáculos, en especial con muebles
y utensilios de casa. Al anochecer se acercaron los franceses, y
penetrando en la calle con imprudencia la cabeza de la columna,
cayeron en la celada que les estaba armada. De todas partes empezaron
a ofenderlos a tejazos y pedradas con algunos escopetazos, y hasta
con calderadas de agua hirviendo. Schwartz suspendió el paso, y
dividiendo su gente en dos trozos la hizo caminar a derecha e izquierda
de la villa. Apretó después la marcha durante la noche hostigado
incesantemente por los somatenes, los que le cogieron un cañón en
la Riera de Cabrera, y le acosaron hasta Martorell. No imitaron sus
habitantes el ejemplo de los de Esparraguera, y así fueles permitido a
los franceses entrar en Barcelona el 8 de junio; pero tan destrozados y
abatidos que dieron claro indicio de la rota experimentada. Su pérdida
no dejó de ser considerable, mayormente si se atiende a que fueron
acometidos por gente allegadiza y con escasas y malas armas. De los
nuestros pocos perecieron, estando siempre amparados del terreno, y
protegidos en el alcance por toda la población.
Toca a los catalanes la gloria de haber sido los primeros en España
que postraron con feliz éxito el orgullo de los invasores. Fue en
efecto la victoria del Bruch la que antes que ninguna otra mereció
ser calificada con tal nombre. Y semejante triunfo admirable en sus
circunstancias resonando por todo el principado, excitó noble emulación
en todos sus habitadores, declarándose a porfía los pueblos unos en pos
de otros y denodadamente.
Con razón Duhesme se sobrecogió al saber el inesperado descalabro, más
que por su importancia por el aliento que infundía en los apellidados
insurgentes. Atento al corto número de tropas que mandaba, obró
cuerdamente en no aventurarse a nuevos riesgos y en reconcentrar
sus fuerzas. Conservar sus comunicaciones con Francia debió ser su
principal mira, y mal lo hubiera conseguido desparramando sus soldados
en diversas direcciones: así fue que llamó a Chabran a Barcelona.
[Marginal: Chabran en Tarragona.]
Con mayor felicidad que Schwartz había aquel dado principio a su
expedición de Valencia, penetrando sin tropiezo el 7 de junio en los
muros de Tarragona. Guarnecía la plaza el regimiento suizo de Wimpffen
al servicio de España, cuya oficialidad condújose con tal mesura que
no despertando los recelos del francés tuvo la dicha de mantener
intacto su cuerpo, después señalado apoyo de la buena causa. El
general Chabran en cumplimiento de las órdenes de su jefe evacuó el 9
a Tarragona, mas a su vuelta encontró sublevado el país que poco antes
había pacíficamente atravesado. [Marginal: Reencuentro en Arbós.] En el
Vendrell y en Arbós opúsosele empeñada resistencia. Trescientos suizos
de Wimpffen que iban a incorporarse con los de Tarragona, ayudaron y
sostuvieron a los paisanos, y defendieron juntos con notable bizarría
la posición de Arbós, aunque no fuese el terreno favorable a soldados
bisoños. Después de repetidos ataques consiguieron los franceses
ahuyentar a los somatenes, y apoderarse de la artillería que consigo
tenían. Entraron en Arbós, y para vengarse del atrevido arrojo de sus
habitantes maltrataron y mataron a muchos de ellos. [Marginal: Saqueo
de Villafranca de Panadés.] Continuó Chabran a Villafranca de Panadés
y no cesó el estrago, saqueando allí y quemando casas y edificios en
desagravio, según decía, del asesinato del gobernador español Toda, de
que ya hablamos: singular equidad la de castigar una población entera
por las demasías de contados individuos. Duhesme salió en busca de la
tropa que volvía de Tarragona, habiendo sabido que en la ruta topaba
con resistencia, y reunidos unos y otros entraron en Barcelona el día
12.
Aunque resueltos a no intentar de nuevo expediciones lejanas ni otras
importantes operaciones que las que exigiese la libre comunicación con
Francia, quisieron sin embargo viéndose todos juntos probar fortuna con
deseo de castigar al paisanaje de Manresa y su comarca. Para lo cual
reunidas las columnas de Schwartz y Chabran salieron el 13 al mando
del último, tomando el mismo camino que la vez primera. En el tránsito
saquearon y quemaron muchas casas de Martorell y Esparraguera ahora
desapercibida, y cometieron todo linaje de desórdenes y excesos, con
cuyo desmandado porte provocábase la ira del tenaz catalán; no se le
arredraba.
[Marginal: Segunda acción del Bruch.]
Interesada la gloria de los manresanos en sostener el sitio del Bruch,
testigo de sus primeros laureles, habían atendido a fortificarle y
guarnecerle debidamente en unión con la junta de Lérida y pueblos del
contorno. Apellidaron allí sus somatenes y les agregaron los soldados
escapados de Barcelona, y cuatro compañías de voluntarios leridanos
al mando de Don Juan Baguet, con algunas piezas de artillería traídas
de las fortalezas del principado. El 14 trató Chabran de forzar la
posición, mas a pesar de venir los franceses con dobles fuerzas y de
caminar advertidos fue vana su empresa. Estrellose su desapoderado
orgullo contra las flacas armas del somatén catalán, y de pocos y mal
regidos soldados. En reiterados ataques quisieron enseñorearse de la
posición: rechazados en todos volvieron atrás sus pasos, y con pérdida
de 500 hombres y alguna artillería, perseguidos y hostigados por los
paisanos se metieron vergonzosamente en Barcelona.
[Marginal: Expedición de Duhesme contra Gerona.]
Frustradas las primeras tentativas, y no habiendo podido ser
ejecutadas las órdenes de Napoleón, suspendió Duhesme darles el debido
cumplimiento, y volvió exclusivamente la atención a asegurar y poner
libres las comunicaciones con Francia. Para ello salió de Barcelona
el 17 de junio con siete batallones, cinco escuadrones y ocho piezas
de artillería, prefiriendo al camino que va por Hostalrich el de
la marina. Habíanse armado los paisanos del Vallés, y en número de
9000 aguardaban a los franceses en la cresta de Mongat. [Marginal:
Resistencia de Mongat.] Los inexpertos somatenes se imaginaron que
solo por el frente habían de ser acometidos; pero el general francés
disfrazando con varios ataques falsos el verdadero, los envolvió por su
derecha, y en breve los deshizo y dispersó. Dueño el enemigo de Mongat,
batería de la costa, cometió con los paisanos inauditas crueldades.
Mataró que había pensado en defenderse, no cejó en su propósito con la
desgracia acaecida. Colocando artillería en las avenidas del camino de
Barcelona, hicieron los vecinos fuego contra las columnas francesas
que se acercaban. No tardaron en ser desbaratados, [Marginal: Saqueo
de Mataró.] y el mismo día 17 entraron los enemigos en Mataró y la
saquearon. Ciudad de 20.000 habitantes, y rica por sus fábricas de
algodón, vidrio y encajes, ofreció al vencedor copioso botin, no
perdonando su codicia ni los vestidos de las mujeres, ni otros objetos
de poco valor y uso común. El asesinato, la violencia hasta de las
vírgenes más tiernas acompañaron al pillaje, confundiéndose a veces
cebados en los mismos excesos el general con el soldado: largos días
llorará Mataró aquel tan aciago y cruel.
En la mañana siguiente continuaron los franceses la marcha sobre
Gerona. En su tránsito dejaron sangriento rastro por las muertes,
robos y destrozos con que afligieron a todos los pueblos. En tanto
grado convierte la guerra en hombres inhumanos a los soldados de una
nación culta. [Marginal: Ataque de los franceses contra Gerona.]
Había solamente de guarnición en Gerona 300 hombres del regimiento de
Ultonia y algunos artilleros, los que con gente de mar de la vecina
costa dirigieron los fuegos de aquella arma. Limitadísimo número si
los nobles, el clero y todos los vecinos sin excepción, inflamados de
ardor patrio no hubiesen sostenido con el mayor brío los puntos que se
confiaron a su cuidado. Era gobernador interino Don Julián de Bolívar.
A las nueve de la mañana del propio día 20 se presentó el enemigo en
las alturas de la aldea de Palausacosta, mas incomodado con algunos
cañonazos del baluarte de la Merced y fuerte de Capuchinos se replegó
a Salt y Santa Eugenia, cuyas aldeas saqueó a sangre y fuego. Por la
tarde después de varios reconocimientos atacó formalmente, dirigiendo
su izquierda por los lugares que acabamos de mencionar, al paso que su
derecha cruzando el Oña acometió con ímpetu e intentó forzar la puerta
del Carmen. Los sitiados le repelieron con valor y serenidad. Señalose
Ultonia, cuyo teniente coronel Don Pedro O’Daly quedó herido. Atacó
en seguida el fuerte de Capuchinos en donde fue igualmente repelido,
habiendo experimentado considerable pérdida. Burladas sus esperanzas
colocó una batería cerca de la cruz de Santa Eugenia, no lejos de la
plaza: causó algún daño en el colegio tridentino y otros edificios,
y respondiendo con acierto a sus fuegos las baterías de la plaza, la
noche puso término al combate.
Fue aquella sumamente lóbrega, y confiados los franceses en la
oscuridad se acercaron calladamente al muro, y de tal manera y con
tanto arrojo que hasta hallarse muy cerca no fueron sentidos. Peleose
entonces por ambos lados con braveza, alumbrados solamente por los
fogonazos del cañón, y no interrumpido el silencio sino por su
estruendo y los ayes de los heridos y moribundos. ¡Espantosa noche! El
enemigo osó arrimar escalas al baluarte de Santa Clara. Algunos de sus
soldados pusiéronse encima de la misma muralla, y apresuradamente les
seguían sus compañeros, cuando una partida del regimiento de Ultonia
matando a los ya encaramados, precipitó a los otros y estorbó a todos
continuar en aquel intento. El fuego sin embargo no cesó hasta que el
baluarte de San Narciso tirando a metralla destrozó a los acometedores
y los dispersó, dejando el campo como después se vio sembrado de
cadáveres y heridos. No cansados todavía los franceses renovaron el
ataque a las doce de la noche, queriendo asaltar el baluarte de San
Pedro, pero fueron rechazados de modo que desistieron de proseguir
en su empresa, retirándose temprano por el camino de Barcelona en la
mañana del 21. Aunque corta fue notable esta primer defensa de Gerona,
cuya plaza tanto lustre adquirió después en otra inmediata acometida,
y sobre todo en el célebre sitio del siguiente año. Los somatenes
molestaron por todas partes al enemigo, habiendo impedido con su ayuda
que pasase al otro lado del Ter. No fue menos que de 700 hombres la
pérdida de los franceses, la de los españoles mucho más reducida.
[Marginal: Vuelve Duhesme a Barcelona.]
Duhesme volvió a Barcelona dejando en Mataró parte de su ejército que
puso al cuidado de Chabran, y cuyo trozo compuesto de 3500 hombres
fue al Vallés a buscar vituallas. Rodeados siempre los franceses por
el paisanaje tuvieron en Moncada que romper a viva fuerza un cordón
de somatenes, [Marginal: Reencuentro de Granollers.] siendo al cabo
detenidos cerca de Granollers por el teniente coronel Don Francisco
Miláns, quien los ahuyentó haciéndoles perder la artillería. A la
retirada como de costumbre talaron y destruyeron el país por donde
pasaron.
[Marginal: Somatenes del Llobregat.]
Al propio tiempo que tan mal parados andaban los invasores en aquella
parte de Cataluña, tampoco se descuidaron sus naturales en el mediodía,
formando a la margen derecha del Llobregat una línea de hombres
belicosos que defendía los caminos de Garraf, Ordal y Esparraguera.
Los capitaneaba Don Juan Baguet, que con los voluntarios de Lérida
había la segunda vez contribuido a repeler en el Bruch a los franceses.
Desde allí enviaban partidas sueltas que recorrían la tierra en todas
direcciones. Incomodado Duhesme de verse así estrechado, envió contra
ellos al general Lecchi, quien el 30 de junio obligó a los somatenes
a abandonar su posición cogiéndoles algunos cañones y aventajándose
a todos los suyos en cometer demasías. No por eso desmayaron los
vencidos, apareciéndose en breve hasta en las cercanías de la misma
Barcelona.
[Marginal: Murat.]
Por este término y con éxito vario se ejecutaron las órdenes de
Napoleón en Cataluña, Aragón y Castilla. Fueron parecidas las que
significó para las otras provincias al gran Duque de Berg, cuya
solícita diligencia procuró aniquilar en derredor suyo la semilla
insurreccional que brotaba con lozanía. Insinuamos antes varias de
sus providencias, y las que de consuno con la junta de Madrid se
habían tomado para cortar las conmociones sin tener que venir a las
manos. Inútiles fueron sus esfuerzos, como lo serán siempre todos los
que se dirijan a contener por la persuasión el levantamiento de una
nación entera. No le pesó quizá a Murat, a cuyo gusto y anterior vida
se acomodaban más las armas que los discursos. Así fue que a veces a
un tiempo y otras muy de cerca, mandó que sus tropas acompañasen o
siguiesen a las proclamas y exhortaciones de la junta. Consideró como
de mayor importancia las Andalucías y Valencia, y de consiguiente trató
ante todo de asegurarse de aquellas provincias, mayormente habiendo
dado Sevilla ya en primeros de mayo muestras de desasosiego y grave
alteración.
[Marginal: Envía a Dupont a Andalucía.]
Dupont acantonado en Toledo recibió la orden de dirigirse a Cádiz,
y el 24 del mismo mayo se puso en marcha. Llevaba consigo los dos
regimientos suizos de Reding y Preux al servicio de España, la división
de infantería del general Barbou compuesta de 6000 hombres y además
500 marinos de la guardia imperial, con 3000 caballos mandados por
el general Fresia. Iban todos tan confiados en el buen éxito de su
empresa, que Dupont señalaba de antemano al ministro de guerra de
Francia el día que había de entrar en Cádiz. Atravesaron la Mancha
tranquilamente, y en tal abundancia hallaban los mantenimientos que
dejaron almacenados en el pósito de Santa Cruz de Mudela la galleta y
víveres que a prevención traían, y de los que pocos días después se
apoderaron aquellos vecinos, cogiendo también parte de los soldados que
los custodiaban y matando otros. El 2 de junio penetraron los franceses
por las estrechuras de Sierra Morena. Hasta allí si bien habían notado
inquietud y desvío en los habitantes, ningún síntoma grave se había
manifestado. En la Carolina se despertó su recelo viéndola sola y
desierta; y al entrar en Andújar supieron el levantamiento general de
Sevilla y la formación de una junta suprema. No por eso suspendieron
su marcha, llegando al amanecer del 7 delante del puente de Alcolea.
Don Pedro Agustín de Echevarri, oficial de cierto arrojo pero ignorante
en el arte de la guerra, y a quien vimos al frente de la insurrección
cordobesa, se había situado en aquel paraje. Tenía a sus órdenes 3000
hombres de línea, compuestos de parte de un batallón de Campo-Mayor,
de soldados de varios regimientos provinciales con granaderos de los
mismos, a los que se agregaba alguna caballería y un destacamento de
suizos. No había entre ellos cuerpo completo que estuviese presente.
El número de paisanos era más considerable, y habíase de Sevilla
recibido bastante artillería. [Marginal: Acción de Alcolea.] Los
españoles levantando una cabeza de puente, habían colocado en ella doce
cañones para impedir el paso del Guadalquivir y cubrir así la ciudad
de Córdoba, puesta a su margen derecha y distante unas tres leguas
de las ventas de Alcolea. El puente es largo y torcido, formando un
ángulo o recodo que estorba el que por él se enfilen los fuegos de
cañón. A la izquierda del río se había quedado la caballería española
con intento de acometer a los enemigos por el flanco y espalda al
tiempo que estos comenzasen el ataque de frente. Los franceses para
desembarazarse trataron de dar a aquella una vigorosa carga, la cual
repetida contuvo a los jinetes españoles sin lograr desbaratarlos.
A poco la infantería francesa avanzó al puente. Los fuegos bien
dirigidos de la obra de campaña recién construida, y sostenida también
valerosamente por el oficial Lasala que mandaba a los de Campo-Mayor y
granaderos provinciales, mantuvieron por algún tiempo con firmeza la
posición atacada. Pero el paisanaje todavía no fogueado, desamparando a
la tropa, facilitó a los franceses escalar la posición, que levantada
deprisa ni era perfecta ni estaba del todo concluida. Sin embargo la
caballería española no habiendo caído en desmayo, trató de favorecer
a los suyos y de nuevo y con ventaja acometió a la francesa. Dupont
teniendo que enviar una brigada al socorro de su gente, no prosiguió
el alcance contra los infantes españoles, los que retirándose con
orden solo perdieron un cañón, cuya cureña se había descompuesto. El
reencuentro duró dos horas. Costó a los franceses 200 hombres, no más a
los españoles por haberse retirado tranquilamente. Echevarri juzgando
que no era posible defender a Córdoba, abandonó la ciudad sin detenerse
en sus muros.
[Marginal: Saco de Córdoba.]
Llegaron a su vista los franceses a las tres de la tarde del mismo
día 7 de junio. Habían los vecinos cerrado las puertas más bien para
capitular que para defenderse. Entabláronse sobre ello pláticas,
cuando con pretexto de unos tiros disparados de las torres del muro
y de una casa inmediata, apuntaron los enemigos sus cañones contra
la Puerta Nueva, hundiéndola a poco rato y sin grande esfuerzo.
Metiéronse pues dentro hiriendo, matando y persiguiendo a cuantos
encontraban: saquearon las casas y los templos y hasta el humilde asilo
del pobre y desvalido habitante. La célebre catedral, la antigua
mezquita de los árabes, rival en su tiempo en santidad de Medina y
la Meca, y tan superior en magnificencia, esplendidez y riqueza,
fue presa de la insaciable y destructora rapacidad del extranjero.
Destruidos quedaron entonces los conventos del Carmen, San Juan
de Dios y Terceros, sirviéndoles de infame lupanar la iglesia de
Fuensanta y otros sitios no menos reverenciados de los naturales.
Grande fue el destrozo de Córdoba, muchas las preciosidades robadas
en su recinto. Ciudad de 40.000 almas, opulenta de suyo y con templos
en que había acumulado mucha plata y joyas la devoción de los fieles,
fue gran cebo a la codicia de los invasores. De los solos depósitos
de tesorería y consolidación sacó el general Dupont más de 10.000.000
de reales, sin contar con otros muchos de arcas públicas y robos
hechos a particulares. Así se entregó al pillaje una población que
no había ofrecido ni intentado resistencia. Bajo fingidos motivos a
fuego y sangre penetraron los franceses por sus calles, a la misma
sazón que se conferenciaba. Y no satisfechos con la ruina y desolación
causada, acabaron de oprimir a los desdichados moradores gravándolos
con imposiciones muy pesadas. Mas tan injusto y atroz trato alcanzó
en breve el merecido galardón, siendo quizá la principal causa de
la pérdida posterior del ejército de Dupont el codicioso anhelo de
conservar los bienes mal adquiridos en el saco de aquella ciudad.
[Marginal: Situación angustiada de los franceses. Excesos de los
paisanos españoles.]
A pesar del triunfo conseguido el general francés andaba inquieto.
Sus fuerzas no eran numerosas. La insurrección de todas partes le
cercaba: con instancia pedía auxilios a Madrid cuyas comunicaciones,
ya antes interrumpidas, fueron al último del todo cortadas. A su
propia retaguardia el 9 de junio partidas de paisanos entraron en
Andújar, y alborotada por la noche la ciudad, hicieron prisionero el
destacamento francés allí apostado, y mataron al comandante con otros
tres de su guardia que quisieron resistirse en casa de Don Juan de
Salazar. Molestó sobre todo al enemigo Don Juan de la Torre, alcalde
de Montoro, que a sus expensas había levantado un cuerpo considerable;
mas cogido por sorpresa debió la vida a la generosa intercesión del
general Fresia, a quien había antes hospedado y obsequiado en su casa.
En el Puerto del Rey apresaron los naturales al abrigo de aquellas
fraguras varios convoyes: y como en la comarca se había esparcido
la voz de lo acaecido en Córdoba, hubo ocasión en que so color de
desquite se ensañó el paisanaje contra los prisioneros con exquisita
crueldad. Fue una de sus víctimas el general René a quien cogieron y
mataron estando antes herido: lamentable suceso, pero desgraciadamente
inevitable consecuencia de los desmanes cometidos en Córdoba y otros
parajes por el extranjero. Pues que, si en efecto era difícil contener
en una guerra de aquella clase al soldado de una nación culta como la
Francia y sometido a la dura disciplina militar, cuánto no debía serlo
reprimir los excesos del cultivador español, que ciego en su venganza
y sin freno que le contuviese, veía talados sus campos y quemados los
pacíficos hogares de sus antepasados por los mismos que poco antes
preciábanse de ser amigos. Había corrido el alboroto de la Sierra
hasta la Mancha, y el 5 de junio los vecinos de Santa Cruz de Mudela
arremetiendo a unos 400 franceses que había en el pueblo y matando a
muchos, obligaron a los demás a fugarse camino de Valdepeñas. En esta
villa opusiéronse los naturales al paso de los enemigos, y estos para
esquivar un duro choque, echando por fuera de la población tomaron
después el camino real, aguardando a un cuarto de legua en el sitio
apellidado de la Aguzadera a ser reforzados. No tardó en efecto en
llegar en el mismo día, que era el 6 de junio, el general Liger-Belair
procedente de Manzanares con 600 caballos, e incorporados todos
revolvieron sobre Valdepeñas.
[Marginal: Resistencia de Valdepeñas.]
Los moradores de esta villa alentados con la anterior retirada de los
franceses, y temiendo también que quisiesen vengar aquella ofensa,
resolvieron impedir la entrada. Es Valdepeñas población rica de 3000
vecinos, asentada en los llanos de la Mancha, y a la que dan celebridad
sus afamados vinos. Atraviésala por medio la calle llamada Real,
tránsito de los que viajan de Castilla a Andalucía, y la cual tiene
de largo cerca de un cuarto de legua. Aprovechándose de su extensión,
dispusiéronla los habitantes de modo que en ella se entorpeciese la
marcha de los franceses. La cubrieron con arena, esparciendo debajo
clavos y agudos hierros; de trecho en trecho y disimuladamente ataron
maromas a las rejas, cerraron y atrancaron las puertas de las casas,
y embarazaron las callejuelas que salían a la principal avenida. No
contentos con resistir detrás de las paredes, osaron en número de más
de 1000 ponerse en fila a la orilla del pueblo. Pero viendo lo numeroso
de la caballería enemiga, después de algún tiroteo se agacharon en lo
interior, pertrechados de armas y medios ofensivos.
Los franceses al aproximarse enviaron por delante una descubierta,
la cual según su costumbre con paso acelerado se adelantó al pueblo.
Penetró, y muy luego los caballos tropezando y cayendo unos sobre
otros miserablemente arrojaron a los jinetes. Entonces de todas
partes llovieron sobre los derribados tiros, pedradas, ladrillazos,
atormentando también sus carnes con agua y aceite hirviendo. Quisieron
otros proteger a los primeros y cúpoles igual y malhadado fin. Irritado
Liger-Belair con aquel contratiempo, entró la villa por los costados
incendiando las casas y destrozándolas. Pasaron de 80 las que se
quemaron, y muchas personas fueron degolladas hasta en los campos y las
cuevas. Habían los enemigos perdido ya más de 100 hombres, al paso que
la villa se arruinaba y se hundía. Conmovidos de ello y recelosos de su
propia suerte, varios vecinos principales resolvieron yendo a su cabeza
el alcalde mayor Don Francisco María Osorio, avistarse con el general
Liger-Belair, quien temeroso también de la ruina de los suyos, escuchó
las proposiciones, convino en ellas, y saliendo todos juntos con una
divisa blanca, pusieron de consuno término a la matanza. Mas la
contienda había sido tan reñida, que los franceses escarmentados no se
atrevieron a ir adelante, y juzgaron prudente retroceder a Madridejos.
[Marginal: Retírase Dupont a Andújar.]
Dupont aislado, sin noticia de lo que a la otra parte de los montes
pasaba, aturdido con lo que de cerca veía, pensó en retirarse; y el 16
de junio saliendo por la tarde de Córdoba se encaminó a Andújar, en
donde tomó posición el 19. Desde aquel punto con objeto de abastecer
a su gente, y deseoso de no abandonar el terreno sin castigar a Jaén,
a la cual se achacaba haber participado del alboroto y muerte del
comandante francés de Andújar, envió allí el 20 al oficial Baste con la
suficiente fuerza. [Marginal: Saqueo de Jaén.] Entraron los enemigos en
la ciudad sin hallar oposición, y con todo la pillaron y maltrataron
horrorosamente. Degollaron hasta niños y viejos, ejerciendo acerbas
crueldades contra religiosos enfermos de los conventos de Santo Domingo
y de San Agustín: tal fue el último, notable y fiero hecho cometido por
los franceses en Andalucía antes de rendirse a las huestes españolas.
[Marginal: Expedición de Moncey contra Valencia.]
Casi al propio tiempo determinó Murat enviar también una expedición
contra Valencia. Mandábala el mariscal Moncey y se componía de
8000 hombres de tropa francesa, a los que debían reunirse guardias
españolas, valonas y de Corps. Mas todos estos en su mayor parte se
desbandaron pasando por atajos y trochas del lado de sus compatriotas.
Moncey salió de Madrid el 4 de junio y llegó a Cuenca el 11.
Deteniéndose algunos días disgustose Murat, y despachó para aguijarle
al general de caballería Exelmans con otros muchos oficiales, quienes
arrestados en Saelices y conducidos prisioneros a Valencia, terminaron
su comisión de un modo muy diverso del que esperaban. En Cuenca fueron
recibidos los franceses con tibieza mas no hostilmente. Prosiguiendo su
marcha hallaron por lo general los pueblos desamparados, pronóstico que
vaticinaba la resistencia con que iban a tropezar.
La junta de Valencia había en tanto adoptado las medidas vigorosas de
defensa que la premura del tiempo le permitía. Recreciéronse al oír que
Moncey se aproximaba del lado de Cuenca, y se dieron nuevas órdenes e
instrucciones al mariscal de campo Don Pedro Adorno, a cuyo mando, como
ya dijimos, se habían confiado las tropas apostadas en los desfiladeros
de las Cabrillas, a donde el enemigo se dirigía. Lo más de la gente era
nueva e indisciplinada y por eso convenía aprovecharse de las ventajas
que ofreciese el terreno. [Marginal: Reencuentro del puente Pajazo.]
Tratose pues de disputar primeramente a los franceses el paso del
Cabriel en el puente Pajazo, en donde remata la cuesta de Contreras, y
en cuya cabeza construyeron los españoles una mala batería de cuatro
cañones sostenida por un trozo de un regimiento suizo, colocándose
la otra tropa en diferentes puntos de dicha cuesta. Detuviéronse
los franceses hasta que a duras penas por los malos senderos y
escabrosidades, acercaron casi a la rastra unos cañones. Con su auxilio
el 20 rompieron el fuego, y vadeando unos el río, y otros acometiendo
de frente, se apoderaron de la batería española, habiendo habido muchos
de los suizos que se les pasaron. Los nuevos reclutas que nunca habían
sido fogueados, abandonados por aquellos veteranos no tardaron en
dispersarse, replegándose parte de ellos con algunos soldados españoles
a las Cabrillas.