deplorables acontecimientos. Don Pedro Trujillo, antiguo gobernador de
Málaga, residía en Granada, y mirábasele con particular encono por su
anterior proceder y violentas exacciones, sin recomendarle tampoco a
las pasiones del día su enlace con Doña Micaela Tudó, hermana de la
amiga del príncipe de la Paz. Hiciéronse mil conjeturas acerca de su
mansión, e imputábasele tener algún encargo de Murat. Para protegerle y
calmar la agitación pública, se le arrestó en la Alhambra. Determinaron
después bajarle a la cárcel de corte, contigua a la chancillería,
y esta fue su perdición, porque al atravesar la plaza nueva se
amontonó gente dando gritos siniestros, y al entrar en la prisión se
echaron sobre él a la misma puerta y le asesinaron. Lleno de heridas
arrastraron como furiosos su cadáver. Achacose entre otros a tres
negros el homicidio, y sumariamente fueron condenados, ejecutados en
la cárcel, y ya difuntos puestos en la horca una mañana. Al asesinato
de Trujillo siguiéronse otros dos, el del corregidor de Velez-Málaga
y el de Don Bernabé Portillo, sujeto dado a la economía política, y
digno de aprecio por haber introducido en la abrigada costa de Granada
el cultivo del algodón. Su indiscreción contribuyó a acarrearle su
pérdida. Ambos habían sido presos y puestos en la cartuja extramuros
para que estuviesen más fuera del alcance de insultos populares. El 23
de junio, día de la octava del Corpus, había en aquel monasterio una
procesión. Despachábase por los monjes con motivo de la fiesta mucho
vino de su cosecha, y un lego era el encargado de la venta. Viendo este
a los concurrentes alegres y enardecidos con el mucho beber, díjoles:
«más valía no dejar impunes a los dos traidores que tenemos adentro.»
No fue necesario repetir la aleve insinuación a hombres ebrios y casi
fuera de sentido. Entraron pues en el monasterio, sacaron a los dos
infelices y los apuñalaron en el Triunfo. Sañudo el pueblo parecía
inclinarse a ejecutar nuevos horrores, maliciosamente incitado por un
fraile de nombre Roldán. Doloroso es en verdad que ministros de un Dios
de paz embozados con la capa del patriotismo se convirtiesen en crueles
carniceros. Por dicha el síndico del común llamado Garcilaso distrajo
la atención de los sediciosos, y los persuadió a que no procediesen
contra otros sin suficientes y justificativas pruebas. La autoridad no
desperdició la noche que sobrevino: prendió a varios, y de ellos hizo
ahorcar a nueve, que cubiertas las cabezas con un velo, se suspendieron
en el patíbulo, enviando después a presidio al fraile Roldán. Aunque el
castigo era desusado en su manera, y recordaba el misterioso secreto
de Venecia, mantuvo el orden y volvió a los que gobernaban su vigoroso
influjo. Desde entonces no se perturbó la tranquilidad de Granada, y
pudieron sus jefes con más sosiego ocuparse en las medidas que exigía
su noble resolución.
[Marginal: Levantamiento de Extremadura.]
La provincia de Extremadura había empezado a desasosegarse desde
el famoso aviso del alcalde de Móstoles, que ya alcanzó a Badajoz
en 4 de mayo. Era gobernador y comandante general el conde de la
Torre del Fresno, quien en su apuro se asesoró con el marqués del
Socorro general en jefe de las tropas que habían vuelto de Portugal.
Ambos convocaron a junta militar, y de sus resultas se dio el 5 una
proclama contra los franceses, la primera quizá que en este sentido se
publicó en España, enviando además a Lisboa, Madrid y Sevilla varios
oficiales con comisiones al caso e importantes. Obraron de buena fe
Torre del Fresno y Socorro en paso tan arriesgado; pero recibiendo
nuevos avisos de estar restablecida la tranquilidad en la capital,
así uno como otro mudaron de lenguaje y sostuvieron con empeño el
gobierno de Madrid. Habían alucinado a Socorro cartas de antiguos
amigos suyos, y halagádole la resolución de Murat de que volviese
a su capitanía general de Andalucía para donde en breve partió. Su
ejemplo y sus consejos arrastraron a Torre del Fresno que carecía de
prendas que le realzasen: general cortesano y protegido como paisano
suyo por el príncipe de la Paz, aplacíale más la vida floja y holgada
que las graves ocupaciones de su destino. Sin la necesaria fortaleza
aun para tiempos tranquilos, mal podía contrarrestar el torrente que
amenazaba. La fermentación crecía, menguaba la confianza hacia su
persona, y avivando las pasiones los impresos de Madrid que tanto
las despertaron en Sevilla, trataron entonces algunas personas de
promover el levantamiento general. Se contaban en su número y eran los
más señalados Don José María Calatrava, después ilustre diputado de
cortes, el teniente rey Mancio y el tesorero Don Félix Ovalle, quienes
se juntaban en casa de Don Alonso Calderón. Concertose en las diversas
reuniones un vasto plan que el 3 o 4 de junio debía ejecutarse al mismo
tiempo en Badajoz y cabezas de partido. En el ardor que abrigaban
los pechos españoles no era dado calcular friamente el momento de la
explosión como en las comunes conjuraciones. Ahora todos conspiraban,
y conspiraban en calles y plazas. Ciertos individuos formaban a veces
propósito de enseñorearse de esta disposición general y dirigirla; pero
un incidente prevenía casi siempre sus laudables intentos.
Así fue en Badajoz, en donde un caso parecido al de la Coruña anticipó
el estampido. Había ordenado el gobernador que el 30, día de San
Fernando, no se hiciese la salva, ni se enarbolase la bandera. Notose
la falta, se apiñó la gente en la muralla, y una mujer atrevida después
de reprender a los artilleros cogió la mecha y prendió fuego a un
cañón. Al instante dispararon los otros, y a su sonido levantose en
toda la ciudad el universal grito de _viva Fernando VII y mueran los
franceses_. Cuadrillas de gente recorrieron las calles con banderolas,
panderos y sonajas, sin cometer exceso alguno. Se encaminaron a casa
del gobernador, cuya voz se empleó exclusivamente en predicar la
quietud. Impacientáronse con sus palabras los numerosos espectadores, y
ultrajáronle con el denuesto de traidor. Mientras tanto y azarosamente
llegó un postillón con pliegos, y se susurró ser correspondencia
sospechosa y de un general francés. Ciegos de ira y sordos a las
persuasiones de los prudentes, enfureciéronse los más y treparon sin
demora hasta entrarse por los balcones. Acobardado Torre del Fresno se
evadió por una puerta falsa, y en compañía de dos personas aceleró sus
pasos hacia la puerta de la ciudad que da al Guadiana. Advirtiendo su
ausencia siguieron la huella, le encontraron, y rodeado de gran gentío
se metió en el cuerpo de guardia sin haber quien le obedeciese. Cundió
que se fugaba, y en medio de la pendencia que suscitó el quererle
defender unos y acometerle otros, le hirió un artillero, y lastimado de
otros golpes de paisanos y soldados fue derribado sin vida. Arrastraron
después el cadáver hasta la puerta de su casa, en cuyos umbrales le
dejaron abandonado. Víctima inocente de su imprudencia, nunca mereció
el injurioso epiteto de traidor con que amargaron sus últimos suspiros.
El brigadier de artillería Don José Galluzo fue elevado al mando
supremo, y al gobierno de la plaza el teniente rey Don Juan Gregorio
Mancio. Interinamente se congregó una junta de unas veinte personas
escogidas entre las primeras autoridades y hombres de cuenta. Los
partidos constituyeron del mismo modo otras en sus respectivas
comarcas, y unidos obedecieron las órdenes de la capital. Hubo por
todas partes el mejor orden, a excepción de la ciudad de Plasencia y
de la villa de los Santos, en donde se ensangrentó el alzamiento con
la muerte de dos personas. Las clases sin distinción se esmeraron
en ofrecer el sacrificio de su persona y de sus bienes, y los mozos
acudieron a enregimentarse como si fuesen a una festiva romería.
Entristeció sin embargo a los cuerdos el absoluto poder que por pocos
días ejerció el capitán Don Ramón Gavilanes, despachado de Sevilla para
anunciar su pronunciamiento. Al principio con nueva tan halagüeña colmó
su llegada de júbilo y satisfacción. Acibarose luego al ver que por la
flaqueza de Don José Galluzo procedió el Gavilanes a manera de dictador
de índole singular, repartiendo gracias y honores, y aun inventando
oficios y empleos antes desconocidos. La junta sucumbió a su influjo,
y confirmó casi todos los nombramientos; mas volviendo en sí puso
término a las demasías del intruso capitán, procurando que se olvidase
su propia debilidad y condescendencia con las medidas enérgicas que
adoptó. Después ella misma legitimó la autoridad provincial convocando
una junta a que fueron llamados representantes de la capital, de los
otros partidos, de los gremios y principales corporaciones.
Casi desmantelada la plaza de Badajoz y desprovistos sus habitantes
de lo más preciso para su defensa, fue su resolución harto osada,
estando el enemigo no lejos de sus puertas. Ocupaba a Elvas el general
Kellerman, y para disfrazar el estado de la ciudad alzada, se emplearon
mil estratagemas que estorbasen un impensado ataque. La guarnición
estaba reducida a 500 hombres. La milicia urbana cubría a veces el
servicio ordinario. Uno de los dos regimientos provinciales estaba
fuera de Extremadura, el otro permanecía desarmado. Las demás plazas de
la frontera, débiles de suyo, ahora lo estaban aún más, arruinándose
cada día las fortificaciones que las circuían. Todo al fin fue
remediándose con la actividad y celo que se desplegó. Al acabar junio
contó ya el ejército extremeño 20.000 hombres. Sirvieron mucho para
su formación los españoles que a bandadas se escapaban de Portugal a
pesar de la estrecha vigilancia de Junot: y de los pasados portugueses
y del propio ejército francés pudo levantarse un cuerpo de extranjeros.
Importantísimo fue para España y particularmente para Sevilla el que
se hubiera alzado Extremadura. Con su ayuda se interrumpieron las
comunicaciones directas de los franceses del Alentejo y de la Mancha,
y no pudieron estos ni combinar sus operaciones, ni darse la mano para
apagar la hoguera de insurrección encendida en la principal cabeza de
las Andalucías.
[Marginal: Conmociones en Castilla la Nueva.]
Ocupadas u observadas de cerca por el ejército francés las cinco
provincias en que se divide Castilla la Nueva, no pudieron en lo
general sus habitantes formar juntas ni constituirse en un gobierno
estable y regular. Procuraron con todo en muchas partes cooperar a
la defensa común, ya enviando mozos y auxilios a las que se hallaban
libres, ya provocando y favoreciendo la deserción de los regimientos
españoles que estaban dentro de su territorio, y ya también hostigando
al enemigo e interceptando sus correos y comunicaciones. El ardor de
Castilla por la causa de la patria caminaba al par del de las otras
provincias del reino, y a veces raros ejemplos de valor y bizarría
ennoblecieron e ilustraron a sus naturales. Más adelante veremos los
servicios que allí se hicieron, sobre todo en la desprevenida y abierta
Mancha. Ya desde el principio se difundieron proclamas para excitar a
la guerra, y aun hubo parajes en que hombres atrevidos dieron acertado
impulso a los esfuerzos individuales.
Penetradas de iguales sentimientos y alentadas por la protección que
las circunstancias les ofrecían, lícito les fue a las tropas que tenían
sus acantonamientos en los pueblos castellanos, desampararlos e ir a
incorporarse con los ejércitos que por todas partes se levantaban.
Entre las acciones que brillaron con más pureza en estos días de
entusiasmo y patriotismo, asombrosa fue y digna de mucha loa la
resolución de Don José Veguer, comandante de zapadores y minadores,
quien desde Alcalá de Henares y a tan corta distancia de Madrid partió
en los últimos días de mayo con 110 hombres, la caja, las armas,
banderas, pertrechos y tambores, y desoyendo las promesas que en su
marcha recibió de un emisario de Murat, en medio de fatigas y peligros,
amparado por los habitantes, y atravesando por la sierra de Cuenca,
tomó la vuelta de Valencia, a cuya junta se ofreció con su gente. Al
amor de la insurrección que cundía, buscaron los otros soldados el
honroso sendero ya trillado por los zapadores. Así se apresuraron
en la Mancha a imitar su glorioso ejemplo los carabineros reales, y
en Talavera sucedió otro tanto con los voluntarios de Aragón y un
batallón de Saboya que iban con destino a domeñar la Extremadura. ¿Qué
más? De Madrid mismo desertaban oficiales y soldados sueltos de todos
los cuerpos y partidas enteras, como se verificó con una de dragones
de Lusitania y otra del regimiento de España, la cual salió por sus
mismas puertas sin estorbo ni demora. Fácil es figurarse cuál sería
la sorpresa y aturdimiento de los franceses al ver el desorden y la
agitación que reinaban en las poblaciones mismas de que eran dueños, y
la desconfianza y desmayo que debían sembrarse en sus propias filas.
Por momentos se acrecentaban sus zozobras, pues cada día recibían la
nueva de alguna provincia levantada, y no poco los desconcertó el
correo portador de lo que pasaba en la parte oriental de España que
vamos a recorrer.
[Marginal: Levantamiento de Cartagena y Murcia.]
Fue allí Cartagena la primera que dio la señal, compeliendo a levantar
el estandarte de independencia a Murcia y pueblos de su comarca. Plaza
de armas y departamento de marina reunía Cartagena un cúmulo de
ventajas que fomentaban el deseo de resistencia que la dominaba. Se
esparció el 22 de mayo que el general Don José Justo Salcedo pasaba a
Mahón para encargarse de nuevo del mando de la escuadra allí fondeada
y conducirla a Toulon. Interesaba esta providencia a un departamento
de cuya bahía aquella escuadra había levado el ancla, y en donde se
albergaban muchas personas conexionadas con las tripulaciones de su
bordo. Por acaso en el mismo día vinieron las renuncias de Bayona,
vehemente incitativo al levantamiento de toda España, y con ellas otras
noticias tristes y desconsoladoras. Amontonándose a la vez novedades
tan extraordinarias causaron una tremenda explosión. El cónsul de
Francia se refugió a un buque dinamarqués. Reemplazó a Don Francisco
de Borja, capitán general del departamento, Don Baltasar Hidalgo de
Cisneros, siendo después el 10 de junio inmediato asesinado el primero
de resultas de un alboroto a que dio ocasión un artículo imprudente de
la Gaceta de Valencia. Escogieron por gobernador al marqués de Camarena
la Real, coronel del regimiento de Valencia, y se formó en fin una junta
de personas distinguidas del pueblo, en cuyo número brillaba el sabio
oficial de marina Don Gabriel Ciscar. Cartagena declarada era un fuerte
estribo en que se podían apoyar confiadamente la provincia de Murcia y
toda la costa. Abiertos sus arsenales y depósitos de armas, era natural
que proveyesen en abundancia, como así lo hicieron, de pertrechos
militares a todos los que se agregasen para sostener la misma causa.
Nada se omitió por la ciudad después de su insurrección para aguijar a
las otras. Y fue una de sus oportunas y primeras medidas poner en cobro
la escuadra de Mahón, a cuyo puerto y con aquel objeto fue despachado
el teniente de navío Don José Duelo, quien llegando a tiempo impidió
que se hiciese a la vela como iba Salcedo a verificarlo conformándose
con una orden de Murat recibida por la vía de Barcelona.
De los emisarios que Cartagena había enviado a otras partes penetraron
en Murcia a las siete de la mañana del 24 de mayo cuatro oficiales
aclamando a voces a Fernando VII. Se conmovió el pueblo a tan desusado
rumor, y los estudiantes de San Fulgencio, colegio insigne por los
claros varones que ha producido, se señalaron en ser de los primeros
a abrazar la causa nacional. Acrecentándose el tumulto, los regidores
con el cabildo eclesiástico y la nobleza tuvieron ayuntamiento, y
acordaron la proclamación solemne de Fernando, ejecutándose en medio
de universales vivas. No hubo desgracias en aquella ciudad, y solo por
precaución arrestaron a algunos mirados con malos ojos por el pueblo y
al que hacía de cónsul francés. En la de Villena pereció su corregidor
y algún dependiente suyo, hombres antes odiados. Se eligió una junta
de dieciséis personas entre las de más monta, resaltando en la lista
el nombre del conde de Floridablanca, con quien a pesar de su avanzada
edad todavía nos encontraremos. El mando de las tropas se confió a Don
Pedro González de Llamas, antiguo coronel de milicias, y comenzaron a
adoptarse medidas de armamento y defensa. Como esta provincia por lo
que respecta a lo militar dependía del capitán general de Valencia, sus
tropas obraron casi siempre y de consuno, por lo menos en un principio,
con las restantes de aquel distrito.
Pero entre las provincias bañadas por el Mediterráneo llamó la atención
sobre todas la de Valencia. [Marginal: Levantamiento de Valencia.]
Indispensable era que así fuese al ver sus heroicos esfuerzos, sus
sacrificios y desgraciadamente hasta sus mismos y lamentables excesos.
Tributáronse a unos los merecidos elogios, y arrancaron los otros
justos y acerbos vituperios. Los naturales de Valencia activos e
industriosos, pero propensos al desasosiego y a la insubordinación,
no era de esperar que se mantuviesen impasibles y tranquilos, ahora
que la desobediencia a la autoridad intrusa era un título de verdadera
e inmarcesible gloria. Sin embargo ni los trastornos de marzo ni los
pasmosos acontecimientos que desde entonces se agolparon unos en pos
de otros, habían suscitado sino hablillas y corrillos hasta el 23 de
mayo. En la madrugada de aquel día se recibió la Gaceta de Madrid del
20, en la que se habían insertado las renuncias de la familia real en
la persona del emperador de los franceses. Solían por entonces gentes
del pueblo juntarse a leer dicho papel en un puesto de la plazuela de
las Pasas, encargándose uno de satisfacer en voz alta la curiosidad
de los demás concurrentes. Tocó en el 23 el desempeño de la agradable
tarea a un hombre fogoso y atrevido, quien al relatar el artículo de
las citadas renuncias rasgó la Gaceta y lanzó el primer grito de
_viva Fernando VII y mueran los franceses_. Respondieron a su voz los
numerosos oyentes, y corriendo con la velocidad del rayo se repitió el
mismo grito hasta en los más apartados lugares de la ciudad. Se aumentó
el clamoreo agrupándose miles de personas, y de tropel acudieron a la
casa del capitán general, que lo era el conde de la Conquista. En vano
intentó este apaciguarlos con muchas y atentas razones. El tumulto
arreció, y en la plazuela de Santo Domingo mostráronse sobre todo los
amotinados muy apiñados y furiosos.
Faltábales caudillo, y allí por primera vez se les presentó el P. Juan
Rico, religioso franciscano, el cual resuelto, fervoroso, perito en la
popular elocuencia y resguardado con el hábito que le santificaba a los
ojos de la muchedumbre, unía en su persona poderosos alicientes para
arrastrar tras sí a la plebe, dominarla e impedir que enervase esta su
fuerza con el propio desorden.
Arengó brevemente al innumerable auditorio, le indicó la necesidad de
una cabeza, y todos le escogieron para que llevase la voz. Excusose
Rico, insistió el pueblo, y al cabo cediendo aquel, fue llevado
en hombros desde la plazuela de Santo Domingo al sitio en que el
real acuerdo celebraba sus sesiones. Hubo entre los individuos de
esta corporación y el P. Rico largo coloquio, esquivando aquellos
condescender con las peticiones del pueblo, y persistiendo el último
tenazmente en su invariable propósito. Acalorándose con la impaciencia
los ánimos, asintieron las autoridades a lo que de ellas se exigía,
y se nombró por general en jefe del ejército que iba a formarse al
conde de Cervellón, grande de España, propietario rico del país,
aunque falto de las raras dotes que semejante mando y aquellos tiempos
turbulentos imperiosamente reclamaban. Como el de la Conquista y el
real acuerdo habían con repugnancia sometídose a tamaña resolución,
procuraron escudarse con la violencia dando subrepticiamente parte a
Madrid de lo que pasaba, y pidiendo con ahínco un envío de tropas que
los protegiese. El pueblo ignorante de la doblez tranquilamente se
recogió a sus casas la noche del 23 al 24. En ella había el arzobispo
tanteado a Rico, y ofrecídole una cuantiosa suma si quería desamparar
a Valencia, cuyo paso habiendo fallado por la honrosa repulsa del
solicitado, se despertaron los recelos, y en acecho los principales
promovedores del alboroto prepararon otro mayor para la mañana
siguiente.
Rico se había albergado aquella noche en el convento del Temple en
el cuarto de un amigo. Muy temprano y a la sazón en que el pueblo
empezó a conmoverse, fue a visitarle el capitán de Saboya Don Vicente
González Moreno con dos oficiales del propio cuerpo. Era de importancia
su llegada, porque además de aunarse así las voluntades de militares
y paisanos, tenía Moreno amistad con personas de mucho influjo en
el pueblo y huerta de Valencia, tales eran Don Manuel y Don Mariano
Beltrán de Lis, quienes de antemano juntábanse con otros a deplorar
los males que amenazaban a la patria, pagaban gente que estuviese a
su favor, y atizaban el fuego encubierto y sagrado de la insurrección.
Concordes en sentimientos Moreno y Rico meditaron el modo de apoderarse
de la ciudadela.
Un impensado incidente estuvo entre tanto para envolver a Valencia en
mil desdichas. La serenidad y valor de una dama lo evitó felizmente.
Habíase empeñado el pueblo en que se leyesen las cartas del correo que
iba a Madrid, y en vano se cansaron muchos en impedirlo. La valija que
las contenía fue trasportada a casa del conde de Cervellón, y a poco de
haber comenzado el registro se dio con un pliego que era el duplicado
del parte arriba mencionado, y en el que el real acuerdo se disculpaba
de lo hecho, y pedía tropas en su auxilio. Viendo la hija del conde,
que presenciaba el acto, la importancia del papel, con admirable
presencia de ánimo al intentar leerle le cogió, rasgole en menudos
pedazos, e imperturbablemente arrostró el furor de la plebe amotinada.
Esta, si bien colérica, quedó absorta, y respetó la osadía de aquella
señora que preservó de muerte cierta a tantas personas. Acción digna de
eterno loor.
En el mismo día 24 y conforme a la conmoción preparada pensaron Rico,
Moreno y sus amigos en enseñorearse de la ciudadela. Con pretexto de
pedir armas para el pueblo se presentaron en gran número delante del
acuerdo, y como este contestase, según era cierto, que no las había,
exigieron los amotinados para cerciorarse con sus propios ojos que se
les dejase visitar la ciudadela, en donde debían estar depositadas. Se
concedió el permiso a Rico con otros ocho; pero llegados que fueron,
todos entraron de montón, pasando a su bando el barón de Rus que era
gobernador. Gran brío dio este suceso a la revolución, y tanto que
sin resistencia de la autoridad se declaró el día 25 la guerra contra
los franceses, y se constituyó una junta numerosísima en que andaba
mezclada la más elevada nobleza con el más humilde artesano.
La situación empero de Valencia hubiera sido muy peligrosa, si
Cartagena no la hubiese socorrido con armas y pertrechos de guerra.
Estaba en esta parte tan exhausta de recursos que aun de plomo carecía;
pero para suplir tan notable falta empezó igualmente la fortuna a
soplar con próspero viento. Por singular dicha arribó al Grao una
fragata francesa cargada con 4000 quintales de aquel metal, la cual
sin noticia del levantamiento vino a ponerse a la sombra de las
baterías del puerto, dándole caza un corsario inglés. A la entrada fue
sorprendida y apresada, y se envió a su contrario, que bordeaba a la
banda de afuera, un parlamento para comunicarle las grandes novedades
del día, y confiarle pliegos dirigidos a Gibraltar. En esta doble y
feliz casualidad vio el pueblo la mano de la providencia, y se ensanchó
su ánimo alborozado.
Hasta ahora en medio del conflicto que había habido entre las
autoridades y los amotinados no se había cometido exceso alguno.
Sospechas nacidas del acaso empezaron a empañar la revolución
valenciana, y acabaron al fin por ensangrentarla horrorosamente.
Don Miguel de Saavedra, barón de Albalat, había sido uno de los primeros
nombrados de la junta para representar en ella a la nobleza. Mas
reparándose que no asistía, se susurró haber pasado a Madrid para
dar en persona cuenta a Murat de las ruidosas asonadas: rumor falso
e infundado. Solamente había de cierto que el barón, odiado por el
pueblo desde años atrás en que como coronel de milicias decíase haber
mandado hacer fuego contra la multitud opuesta a la introducción y
establecimiento de aquel cuerpo, creyó prudente alejarse de Valencia
mientras durase el huracán que la azotaba, y se retiró a Buñol siete
leguas distante. Su ausencia renovó la antigua llaga todavía no bien
cerrada, y el espíritu público se encarnizó contra su persona. Para
aplacarle ordenó la junta que pues había el barón rehusado acudir a
sus sesiones, se presentase arrestado en la ciudadela. Obedeció, y
al tiempo que el 29 de mayo regresaba a Valencia, se encontró a tres
leguas, en el Mas del Poyo, con el pueblo, que impaciente había salido
a aguardar el correo que venía de Madrid. Por una aciaga coincidencia
el de Albalat y el correo llegaron juntos, con lo cual tomaron cuerpo
las sospechas. Entonces a pesar de sus vivas reclamaciones cogiéronle y
le llevaron preso. A media legua de la ciudad se adelantó a protegerle
una partida de tropa al mando de Don José Ordóñez, quien a ruegos del
barón en vez de conducirle directamente a la ciudadela, torció a casa
de Cervellón, extravío que en parte coadyuvó a la posterior catástrofe,
extendiéndose la voz de su vuelta, y dando lugar a que se atizase el
encono público y aun el privado. Entró en aquellos umbrales amagado ya
por los puñales de la plebe: aceleró hacia allí sus pasos el P. Rico,
y vio al barón tendido sobre un sofá pálido y descaecido. El infeliz
se arrojó a los brazos de quien podía ampararle en su desconsuelo,
y con trémulo y penetrante acento le dijo: «Padre, salve usted a un
caballero que no ha cometido otro delito que obedecer a la orden de que
regresase a Valencia.» Rico se lo prometió, y contando para ello con
la ayuda de Cervellón fue en su busca; pero este no menos atemorizado
que el perseguido se había metido en la cama con el simulado motivo
de estar enfermo, y se negó a verle, y a favorecer a un desgraciado
con quien le enlazaba antigua amistad y deudo. Ruin villanía y notable
contraposición con el valor e intrepidez que en el asunto de las cartas
había mostrado su hija.
Entonces el P. Rico, pidiendo el pueblo desaforadamente la cabeza
del barón, determinó con intento de salvarle que se le trasladase a
la ciudadela, metiéndole en medio de un cuadro de tropa mandado por
Moreno. Sin que fuese roto por los remolinos y oleadas de la turba,
consiguieron llegar al pedestal del obelisco de la plaza. Allí al fin
forzó el pueblo el cuadro, penetró por todos lados, y sordo a las
súplicas y exhortaciones de Rico dieron de puñaladas en sus propios
brazos al desventurado barón, cuya cabeza cortada y clavada en una pica
la pasearon por la ciudad. Difundiose en toda ella un terror súbito, y
la nobleza para apartar toda sospecha aumentó sus ofrecimientos y formó
un regimiento de caballería de individuos suyos, que no deslucieron el
esplendor de su cuna en empeñadas acciones.
Triste y doloroso como fue el asesinato del barón de Albalat,
desaparece a la vista de la horrorosa matanza que a pocos días tuvo
que llorar Valencia, y a cuyo recuerdo la pluma se cae de la mano.
En 1.º de junio se presentó en aquella ciudad Don Baltasar Calvo,
canónigo de San Isidro de Madrid, hombre travieso, de amaño, fanático
y arrebatado, con entendimiento bastantemente claro. Entre los dos
bandos que anteriormente habían dividido a los prebendados de su
iglesia de jansenistas y jesuitas, se había distinguido como cabeza
de los últimos, y ensañádose en perseguir a la parcialidad contraria.
Ahora tratando de amoldar a su ambición las doctrinas que tenazmente
había siempre sostenido, notó muy luego que el padre Rico con su
influjo pudiera en gran manera servirle, e hizo resolución de trabar
con él amistad; pero ya fuesen celos, o ya que en uno hubiera mejor fe
que en otro, no pudieron entenderse ni concordarse. El astuto Calvo
procuró entonces urdir con otros la espantosa trama que meditaba. Para
encubrir sus torcidos manejos distraía con apariencias de santidad la
atención del pueblo, tardando mucho en decir misa, y permaneciendo
arrodillado en los templos cuatro o cinco horas en acto de contrita y
fervorosa oración. Quería ser dominador de Valencia, y creyó que con
la hipocresía y con poner en práctica la infernal maquinación de matar
a los franceses, cautivaría el ánimo del pueblo que tanto los odiaba.
Para alcanzar su intento era necesario comenzar por apoderarse de la
ciudadela, en cuyo recinto había ordenado la junta que aquellos se
recogiesen, precaviéndolos de todo daño y respetando religiosamente
sus propiedades y haberes. No era difícil la empresa, porque solo
habían quedado allí de guarnición unos cuantos inválidos, habiéndose
ausentado con su gente para formar una división en Castellón de la
Plana Don Vicente Moreno, nombrado antes por la junta gobernador de
dicha ciudadela. Calvo conoció bien que dueño de este punto tenía en
sus manos una prenda muy importante, y que podría a mansalva cometer la
proyectada carnicería.
Él y sus cómplices fijaron el 5 de junio para la ejecución de su
espantoso plan, y repentinamente al anochecer, levantando gran gritería
y alboroto, sin obstáculo penetraron dentro de los muros de la
ciudadela y la dominaron. Fue Calvo de los primeros que entraron,
y apresurándose a poner en obra su proyecto se complació en unir
a la crueldad la más insigne perfidia. Porque presentándose a los
franceses detenidos, con aire de compunción les dijo: «que intentando
el populacho matarlos, movido de piedad y caridad cristiana se
había anticipado a preservarlos, disponiendo él a escondidas que se
evadiesen por el postigo que daba al campo, y partiesen al Grao, en
donde encontrarían barcos listos para transportarlos a Francia.» Al
propio tiempo que de aquel modo con ellos se expresaba, había preparado
para determinarlos y azorar aún más sus caídos ánimos que se diesen
por los agavillados gritos amenazadores de _traición_ y _venganza_.
Con semejante amago cedieron los presos a las insinuaciones del
fingido amigo, y trataron de salir por el postigo indicado. Al ir a
ejecutarlo corrió la voz de que se salvaban los franceses, y hombres
ciegos y rabiosos se atropellaron hacia su estancia. Dentro comenzó
el horrible estrago: presidíale el feroz clérigo. Hubo tan solo un
intermedio en que se llamaron confesores para asistir en su última
hora a las infelices víctimas. Aprovechándose de aquellos breves
instantes algunas personas humanas volaron a su socorro, acompañadas
de imágenes y reliquias veneradas por los valencianos. Su presencia
y las enternecidas súplicas de los respetables confesores a veces
apiadaban a los verdugos; pero el furibundo Calvo, convertido en
carnívora fiera, acallaba con el terror las lágrimas y los quejidos
de los que intercedían en favor de tantos inocentes, y estimulaba
a sus sicarios añadiendo a las esperanzas de un asalariado cebo la
blasfemia de que nada era más grato a los ojos de la divinidad que el
matar a los franceses. Quedaban vivos setenta de estos desgraciados, y
menos bárbaros los ejecutores que su sanguinario jefe, suspendieron la
matanza, y pidieron que se les hiciese gracia. Fingió Calvo acceder a
su ruego seguro de que en vano hubiera insistido en que se continuase
el destrozo, y mandó que los sacasen por fuera del muro a la torre
de Cuarte. Mas, ¡quién creyera tamaña ferocidad! Aquel tigre había a
prevención apostado una cuadrilla de bandidos cerca de la plaza de
toros, y al emparejar con ella los que ya se juzgaban libres, se vieron
acometidos por los encubiertos asesinos, quienes fría y traidoramente
los traspasaron con sus espadas y puñales. Perecieron en la noche
330 franceses: pensose que con la oscuridad se pondría término a tan
bárbaro furor, pero el de Calvo no estaba todavía satisfecho.
Al empezar el alboroto había la junta comisionado a Rico para que le
enfrenase y estorbara los males que amagaban. Inútiles fueron ofertas,
ruegos y amenazas. La voz de su primer caudillo fue tan desoída por los
amotinados como cuando mataron a Albalat. Nueva prueba si de ella se
necesitase de que «los tribunos del pueblo [según la expresión de Tito
Livio] más bien que rigen son regidos casi siempre por la multitud.»[*]
[Marginal: (* Ap. n. 3-5.)] Calvo ensoberbecido se erigió en señor
absoluto, y durante la carnicería de la ciudadela expidió órdenes a
todas las autoridades, y todas ellas humildemente se le sometieron
empezando por el capitán general. Rico desfallecido temió por su
persona y se recogió a un sitio apartado. Sin embargo por la mañana
recobrando sus abatidas fuerzas montó a caballo, y confiando en que
la multitud con su inconstancia desampararía a su nuevo dueño, pensó
en prenderle, y estaba a punto de conseguir contra su rival un seguro
triunfo, cuando el coronel Don Mariano Usel propuso en la junta que se
nombrase a Calvo individuo suyo. Le apoyaron otros dos, por lo que de
resultas hubo quien a estos y al Usel los sospechara de no ignorar del
todo el origen de los horrores cometidos.
Calvo en la mañana del 6 todavía empapado en la inocente sangre tomó
asiento en la junta. Consternados estaban todos sus miembros, y solo
Rico despechado por el suceso de la anterior noche, alzó la voz,
dirigió con energía su discurso al mismo Calvo, acriminó con negros
colores su conducta, y afirmó que Valencia estaba perdida si al
instante no se cortaba la cabeza a aquel malvado. Sorprendiose Calvo,
pasmáronse los otros circunstantes, y en esto andaban cuando una parte
del populacho destacada por su jefe sediento de sangre, después de
haber recorrido las casas en que se guarecían unos pocos franceses y
de haberlos muerto, arrastró consigo a la presencia de la misma junta
ocho de aquellos desgraciados que quiso inmolar en la sala de las
sesiones. El cónsul inglés Tupper que antes había salvado a algunos,
intentó inútilmente y con harto riesgo de su persona libertar a estos.
Los individuos de aquella corporación amedrentados precipitadamente
se dispersaron, salpicándose sus vestidos con la sangre de los ocho
infelices franceses, vertida sin piedad por infames matadores. Todo
fue entonces terror y espanto. Rico se escondió y aun dos veces mudó
de disfraz, temiendo la inevitable venganza de Calvo que triunfante
dominaba solo, y se disponía a ejecutar actos de inaudita ferocidad.
Felizmente no todos se descorazonaron: al contrario los hubo que
trabajando en silencio por la noche, pudieron congregar la junta en
la mañana del 7. Vuelto en sí Rico del susto llevó principalmente la
voz, y queriendo los asistentes no ser envueltos en la ruina común que
amenazaba, decretaron el arresto de Calvo, y antes de que este pudiera
ser avisado diéronse priesa a ejecutar la resolución convenida,
sorprendiéronle y sin tardanza le pusieron a bordo de un barco que
le trasladó a Mallorca. Allí permaneció hasta últimos de junio, en
que preso se le volvió a traer a Valencia para ser juzgado. Grandes y
honrosos sucesos acaecieron en el intervalo en aquella ciudad, y con
los cuales lavó algún tanto el negro borrón que los asesinatos habían
echado sobre su gloria. Ahora aunque anticipemos la serie de los
acontecimientos, será bien que concluyamos con los hechos de Calvo y de
sus cómplices. Así con el pronto y severo castigo respirará el lector
angustiado con la nefanda relación de tantos crímenes.
Habiendo vuelto Calvo a Valencia, alegó conforme a la doctrina de su
escuela en una defensa que extendió por escrito, que si había obrado
mal había sido por hacer el bien, debiendo la intención ponerle a salvo
de toda inculpación. Aquí tenemos renovada la regla invariable de
los sectarios de Loyola, a quienes todo les era lícito, con tal que,
como dice Pascal,[*] [Marginal: (* Ap. n. 3-6.)] supiesen _dirigir la
intención_. No le sirvió de descargo a Calvo, porque condenado a la
pena de garrote fue ajusticiado en la cárcel a las doce de la noche del
3 de julio, y expuesto su cadáver al público en la mañana del 4. Hubo
en la formación y sentencia de la causa algunas irregularidades, que a
pesar de la atrocidad de los crímenes del reo hubiera convenido evitar.
Achacose también a Calvo haber procedido en virtud de comisión de
Murat. Careció de verosimilitud y de fundamento tan extraña acusación.
Se inventó para hacerle odioso a los ojos de la muchedumbre, y poder
más fácilmente atajarle en su desenfreno. Fue hombre fanático y
ambicioso, que mezclando y confundiendo erróneos principios con sus
feroces pasiones, no reparó en los medios de llevar a cabo un proyecto
que le facilitase obtener el principal y quizá exclusivo influjo en los
negocios del día.
La junta pensó además en hacer un escarmiento en los otros
delincuentes. Creó con este objeto un tribunal de seguridad pública,
compuesto de tres magistrados de la audiencia, D. José Manescau y los
señores Villafañe y Fuster. Había la previsión del primero preparado
una manera fácil de descubrir a los matadores, y la cual en parte la
debió a la casualidad. En la mañana que siguió a la cruel carnicería
quince o veinte de los asesinos con las manos aún teñidas en sangre,
creyendo haber procedido según los deseos de la junta, se presentaron
para entregar los relojes y alhajas de que habían despojado a los
franceses muertos, y pidieron en retribución del acto patriótico que
habían ejecutado alguna recompensa. El advertido Manescau condescendió
en dar a cada uno treinta reales, pero con la precaución al escribano
de que les tomase los nombres bajo pretexto que era preciso aquella
formalidad para justificar que habían cobrado el dinero. Partiendo de
este antecedente pudo probarse quiénes eran los reos, y en el espacio
de dos meses se ahorcó públicamente y se dio garrote en secreto a más
de doscientos individuos. Severidad que a algunos pareció áspera, pero
sin ella la anarquía a duras penas se hubiera reprimido en Valencia
y en otros pueblos de su reino, entre los que Castellón de la Plana y
Ayora habían visto también perecer a su gobernador y alcalde mayor. Con
el ejemplo dado la autoridad recobró la conveniente fuerza.
Luego que la junta se vio desembarazada de Calvo y de sus infernales
maquinaciones, se ocupó con más desahogo en el alistamiento y
organización de su ejército. El tiempo urgía, repetidos avisos
anunciaban que los franceses disponían una expedición contra aquella
provincia, y era preciso no desaprovechar tan preciosos momentos.
Cartagena suministró inmediatos recursos, y con ellos y los que
pudieron sacarse del propio suelo se puso la ciudad de Valencia en
estado de defensa. Al mismo tiempo se dirigió sobre Almansa un cuerpo
de 15.000 hombres al mando del conde de Cervellón, a quien se juntó de
Murcia Don Pedro González de Llamas, y otro de 8000 bajo las de Don
Pedro Adorno se situó en las Cabrillas. Tal estaba el reino de Valencia
antes de ser atacado por el mariscal Moncey, de cuya campaña nos
ocuparemos después.
La justa indignación abrigada en todos los pechos bullía con acelerados
latidos en el de los moradores del antiguo asiento de las franquezas y
libertades españolas, en la inmortal Zaragoza. [Marginal: Levantamiento
de Aragón.] Gloria duradera le estaba reservada, y la patria de Lanuza
renovó en nuestros días las proezas que solemos colocar entre las
fábulas de la historia. Su levantamiento sin embargo nada ofreció de
nuevo ni singular, caminando por los mismos pasos por donde habían
ido algunas de las otras provincias. Con mayo empezaron los corrillos
y las conversaciones populares, y al recibirse el correo de Madrid
agrupábanse las gentes a saber las novedades que traía. Siendo por
momentos más tristes y adversas, aguardaban todos que la inquieta
curiosidad finalizaría por una estrepitosa explosión. Repartieron en
efecto el 24 las cartas llegadas por la mañana, y de boca en boca
cundió velozmente cómo Napoleón se erigía en dueño de la monarquía
española de resultas de haber renunciado la corona en favor suyo la
familia de Borbón. Instantáneamente se armó gran bulla; y hombres,
mujeres y niños se precipitaron a casa del capitán general Don Jorge
Juan de Guillelmi. Los vecinos de las parroquias de la Magdalena y
San Pablo concurrieron en gran número capitaneados por varios de los
suyos y entre ellos el tío Jorge, que era del arrabal. Descolló el
último sobre todos, y la energía de su porte, el sano juicio que le
distinguía, lo recto de su intención y el varonil denuedo con que a
cada paso expuso después su vida, le hacen acreedor a una honrosa y
particular mención. Hombre sin letras y desnudo de educación culta,
halló en la nobleza de su corazón y como por instinto los elevados
sentimientos que han ilustrado a los varones esclarecidos. Su nombre
aunque humilde, escrito al lado de ellos, resplandecerá sin deslucirlos.
La muchedumbre pidió al capitán general que hiciera dimisión del
mando. Costó mucho que se resolviese al sacrificio, mas forzado a ello
y conducido preso a la Aljafería, fue interinamente sustituido por
su segundo el general Mori. Al anochecer se embraveció el tumulto, y
desconfiándose del nuevo jefe por ser italiano de nación, se convidó
con el mando a Don Antonio Cornel, antiguo ministro de la guerra, quien
rehusó aceptarle.
Mori el 25 congregó una junta, la cual tímida como su presidente
buscaba paliativos que sin desdoro ni peligro sacasen a sus miembros
del atascadero en que estaban hundidos: inútiles y menguados medios en
violentas crisis. Enfadose el pueblo con la tardanza, volviendo sus
inquietas miradas hacia Don José Palafox y Melci. Recordará el lector
que este militar a últimos de abril, en comisión de su jefe el marqués
de Castelar, había ido a Bayona para informar al rey de lo ocurrido
en la soltura y entrega del príncipe de la Paz. Continuó allí hasta
los primeros días de mayo, en que se asegura regresó a España con
encargo parecido al que por el propio tiempo se dio a la junta suprema
de Madrid para resistir abiertamente a los franceses. Penetró Palafox
por Guipúzcoa, de donde se trasladó a la Torre de Alfranca, casa de
campo de su familia cerca de Zaragoza. Permaneciendo misteriosamente
en su retiro, movió a sospecha al general Guillelmi, quien le intimó
la orden de salir del reino de Aragón. Tenemos entendido que Palafox
incomodado entonces, se arrimó a los que anhelaban por un rompimiento,
y que no sin noticia suya estalló la revolución zaragozana. Por fin al
oscurecer del 25, depuesto ya Guillelmi y quejoso el pueblo de Mori, se
despacharon a Alfranca 50 paisanos para traer a la ciudad a Palafox.
Al principio se negó a ir aparentando disculpas, y solo cedió al
expreso mandato que le fue enviado por el interino capitán general.
Al entrar en Zaragoza pidió que se juntase el acuerdo en la mañana del
26 con intento de comunicarle cosas del mayor interés. En la sesión
celebrada aquel día hizo uso de las insinuaciones que se le habían
hecho en Bayona para resistir a los franceses, y sobre las cuales
a causa de estar S. M. en manos de su enemigo se guardó profundo
silencio. Rogó después que se le desembarazase de la importunidad
del pueblo que se manifestaba deseoso de nombrarle por caudillo,
añadiendo no obstante que su vida y haberes los inmolaría con gusto
en el altar de la patria. Enmudecieron todos, y vislumbraron que no
desagradaban a los oídos de Palafox los clamores prorrumpidos por el
pueblo en alabanza suya. Aguardaba la multitud impaciente a las puertas
del edificio, e insistiendo por dos veces en que se eligiese capitán
general a su favorecido, alcanzó la demanda cediendo Mori el puesto que
ocupaba.
Alzado a la dignidad suprema de la provincia Don José Palafox y Melci
fue obedecido en toda ella, y a su voz se sometieron con gusto los
aragoneses de acá y allá del Ebro. Admiró su elevación, y aún más que
en sus procedimientos no desmereciese de la confianza que en él tenía
el pueblo. Todavía mancebo, pues apenas frisaba con los veintiocho
años, bello y agraciado de rostro y de persona, con traeres apuestos
y cumplidos, cautivaba Palafox la afición de cuantos le veían y
trataban. Pero si la naturaleza con larga mano le había prodigado
las perfecciones del cuerpo, no se creía hasta entonces que hubiese
andado tan generosa en punto a las dotes del entendimiento. Buscado y
requerido por las damas de la corrompida corte de Carlos IV, se nos ha
asegurado que con porfiado empeño desdeñó el rendimiento obsequioso
de la que entre todas era, si no la más hermosa, por lo menos la más
elevada. Esta tenacidad fue una de las principales calidades de su
alma, y la empleó más oportuna y dignamente en la memorable defensa
de Zaragoza. Sin práctica ni conocimiento de la milicia ni de los
negocios públicos, tuvo el suficiente tino para rodearse de personas
que por su enérgica decisión, o su saber y experiencia le sostuviesen
en los apurados trances, o le ayudasen con sus consejos. Tales fueron
el padre Don Basilio Bogiero, de la Escuela pía, su antiguo maestro;
Don Lorenzo Calvo de Rozas, que habiendo llegado de Madrid el 28 de
mayo fue nombrado corregidor e intendente, y el oficial de artillería
Don Ignacio López, a quien se debió en el primer sitio la dirección de
importantes operaciones.
Para legitimar solemnemente el levantamiento convocó Palafox a cortes
el reino de Aragón. Acudieron los diputados a Zaragoza, y el día 9 de
junio abrieron sus sesiones [*] [Marginal: (* Ap. n. 3-6 bis.)] en
la casa de la ciudad, asistiendo 34 individuos que representaban los
cuatro brazos, en cuyo número se comprendía el de las ocho ciudades
de voto en cortes. Aprobaron estas todo lo actuado antes de su
reunión, y después de nombrar a Don José Rebolledo de Palafox y Melci
capitán general, juzgaron prudente separarse, formando una junta de 6
individuos que de acuerdo con el jefe militar atendiese a la defensa
común. La autoridad y poder de este nuevo cuerpo fueron más limitados
que el de las juntas de las otras provincias, siendo Palafox la
verdadera, y por decirlo así, la única cabeza del gobierno. Dependió
no poco esta diferencia de la particular situación en que se halló
Zaragoza, la cual temiendo ser prontamente acometida por los franceses,
necesitaba de un brazo vigoroso que la guiase y protegiese. Era esto
tanto más urgente cuanto la ciudad estaba del todo desabastecida. No
llegaba a 2000 hombres el número de tropas que la guarnecían, inclusos
los miñones y partidas sueltas de bandera. De doce cañones se componía
toda la artillería, y esta no gruesa, escaseando en mayor proporción
los otros pertrechos. En vista de tamaña miseria apresuráronse Palafox
y sus consejeros a reunir la gente que de todas partes acudía, y a
organizarla, empleando para ello a los oficiales retirados y a los que
de Pamplona, San Sebastián, Madrid, Alcalá y otros puntos sucesivamente
se escapaban. Restableció en la formación de los nuevos cuerpos el ya
desusado nombre de tercios, bajo el que la antigua infantería española
había alcanzado tantos laureles, distinguiéndose más que todos el
de los estudiantes de la universidad, disciplinado por el barón de
Versages. Se recogieron fusiles, escopetas y otras armas, se montaron
algunas piezas arrinconadas o viejas, y la fábrica de pólvora de
Villafeliche suministró municiones. Escasos recursos si a todo no
hubiera suplido el valor y la constancia aragonesa.
El levantamiento se ejecutó en Zaragoza sin que felizmente se hubiese
derramado sangre. Solamente se arrestaron las personas que causaban
sombra al pueblo.
Enérgico como los demás, fue en especial notable su primer manifiesto
por dos de los artículos que comprendía. «1.º Que el emperador, todos
los individuos de su familia, y finalmente todo general francés, eran
personalmente responsables de la seguridad del rey y de su hermano
y tío. 2.º Que en caso de un atentando contra vidas tan preciosas,
para que la España no careciese de su monarca _usaría la nación de su
derecho electivo_ a favor del archiduque Carlos, como nieto de Carlos
III, siempre que el príncipe de Sicilia y el infante Don Pedro y demás
herederos no pudieran concurrir.» Échase de ver en la cláusula notada
con bastardilla que al paso que los aragoneses estaban firmemente
adictos a la forma monárquica de su gobierno, no se habían borrado
de su memoria aquellos antiguos fueros que en la junta de Caspe les
habían dado derecho a elegir un rey, conforme a la justicia y pública
conveniencia.
[Marginal: Levantamiento de Cataluña.]
«Cataluña, como dice Melo, una de las provincias de más primor,
reputación y estima que se halla en la grande congregación de estados
y reinos, de que se formó la nación española» levantó erguida su
cerviz humillada por los que con fementido engaño habían ocupado
sus principales fortalezas. Mas desprovistos los habitantes de este
apoyo, sobre todo del de Barcelona, grande e importante por el
armamento, vestuario, tropa, oficialidad y abundantes recursos que en
su recinto se encerraban, faltoles un centro de donde emanasen con
uniforme impulso las providencias dirigidas a conmover las ciudades y
pueblos de su territorio. No por eso dejaron de ser portentosos sus
esfuerzos, y si cabe en ellos y en admirable constancia sobrepujó
a todas la belicosa Cataluña. Solamente obstruida y cortada por el
ejército enemigo, tuvo al pronto que levantarse desunida y en separadas
porciones, tardando algún tiempo en constituirse una junta única y
general para toda la provincia.
Las conmociones empezaron a últimos de mayo y al entrar junio. Dentro
del mismo Barcelona se desgarraron el 31 de aquel mes los carteles que
proclamaban la nueva dinastía. Hubo tumultuosas reuniones, andúvose
a veces a las manos, y resultaron muertes y otros disgustos. Los
franceses se inquietaron bastantemente, ya por lo populoso de la
ciudad, y ya también porque el vecindario amotinado hubiera podido
ser sostenido por 3500 hombres de buena tropa española, que todavía
permanecían dentro de la plaza, y cuyo espíritu era del todo contrario
a los invasores. Sin embargo acalláronse allí los alborotos, pero no en
las poblaciones que estaban fuera del alcance de la garra francesa.
Había Duhesme, su general, pensado en hacerse dueño de Lérida para
conservar francas sus comunicaciones con Zaragoza. Consiguió al efecto
una orden de la junta de Madrid, ya no débil, pero sí culpable, la
cual ordenó la entrega a la tropa extranjera. Cauto sin embargo el
general francés envió por delante al regimiento de Extremadura, que
no pudiendo como español despertar las sospechas de los leridanos le
allanase sin obstáculo la ocupación. Penetraron no obstante aquellos
habitantes intención tan siniestra, y haciendo en persona la guardia
de sus muros rogaron a los de Extremadura que se quedasen afuera. Con
gusto condescendieron estos aguardando en la villa de Tárrega favorable
coyuntura para pasar a Zaragoza, en cuyo sitio se mantuvieron firmes
apoyos de la causa de su patria. Lérida por tanto fue la que primero
se armó y declaró ordenadamente. Al mismo tiempo Manresa quemó en
público los bandos y decretos del gobierno de Madrid. Tortosa luego que
fue informada de las ocurrencias de Valencia, imitó su ejemplo y por
desgracia algunos de sus desórdenes, habiendo perecido miserablemente
su gobernador Don Santiago de Guzmán y Villoria. Igual suerte cupo al
de Villafranca de Panadés, Don Juan de Toda. Así todos los pueblos unos
tras de otros o a la vez se manifestaron con denuedo, y allí el lidiar
fue inseparable del pronunciamiento. Yendo uno y otro de compañía, nos
reservaremos pues el hablar más detenidamente para cuando lleguemos a
las acciones de guerra. El principado se congregó en junta de todos sus
corregimientos a fines de junio, y se escogió entonces para su asiento
la ciudad de Lérida.
[Marginal: Levantamiento de las Baleares.]
Separadas por el Mediterráneo del continente español las Islas
Baleares, no solo era de esperar que desconociesen la autoridad
intrusa, resguardadas como lo estaban y al abrigo de sorpresa, sino
que también era muy de desear que abrazasen la causa común, pudiendo su
tranquilo y aislado territorio servir de reparo en los contratiempos,
y dejando libres con su declaración las fuerzas considerables de mar y
tierra que allí había. Además de la escuadra surta en Menorca, de que
hemos hablado, se contaban en todas sus islas unos 10.000 hombres de
tropa reglada, cuyo número, atendiendo a la escasez que de soldados
veteranos había en España, era harto importante.
Notáronse en todas las Baleares parecidos síntomas a los que reinaban
en la península, y cuando se estaba en dudas y vacilaciones arribó
de Valencia el 29 de mayo un barco con la noticia de lo ocurrido en
aquella ciudad el 23. El general, que lo era a la sazón Don Juan Miguel
de Vives, en unión con el pueblo mostrose inclinado a seguir las mismas
huellas; pero se retrajo en vista de pliegos recibidos de Madrid pocas
horas después, y traídos por un oficial francés. Hízole titubear su
contenido, y convocó el acuerdo para que juntos discurriesen acerca
de los medios de conservar la tranquilidad. Se traslució su intento,
y por la tarde una porción de jóvenes de la nobleza y oficiales
formaron el proyecto de trastornar el orden actual, valiéndose de la
buena disposición del pueblo. Idearon como paso previo tantear al
segundo cabo el mariscal de campo Don Juan Oneille, con ánimo de que
reemplazase al general, quien sabiendo lo que andaba paró el golpe
reuniendo a las nueve de la noche en las casas consistoriales una junta
de autoridades. Se iluminó la fachada del edificio, y se anunció al
pueblo la resolución de no reconocer otro gobierno que el de Fernando
VII. Entonces fue universal la alegría, unánimes las demostraciones
cordiales de patriotismo. Evitó la oportuna decisión del general
desórdenes y desgracias. Al día siguiente 30 se erigió la junta que
se había acordado en la noche anterior, la cual presidida por el
capitán general se compuso de más de 20 individuos, entresacados de
las autoridades, y nombrados otros por sus estamentos o clases. Se
agregaron posteriormente dos diputados por Menorca, dos por Ibiza, y
otro por la escuadra fondeada en Mahón.
En esta última ciudad, siendo las cabezas oficiales de ejército y de
marina, se había depuesto y preso al gobernador y al coronel de Soria,
Cabrera, y desobedecido abiertamente las órdenes de Murat. Recayó el
mando en el comandante interino de la escuadra, a cuyas instancias
envió la junta de Mallorca para relevarle al marqués del Palacio, poco
antes coronel de húsares españoles.
En nada se había perturbado la tranquilidad en Palma ni en las otras
poblaciones. Solo el 29 para resguardar su persona se puso en el
castillo de Bellver al oficial francés portador de los pliegos de
Madrid. Doloroso fue tener también que recurrir a igual precaución con
los dos distinguidos miembros del instituto de Francia, Arago y Biot,
quienes en unión con los astrónomos españoles Don José Rodríguez y
Don José Chaix habían pasado a aquella isla con comisión científica
importante. Era pues la de prolongar a la isla de Formentera la
medida del arco del meridiano, observado y medido anteriormente
desde Dunkerque hasta Monjuich en Barcelona por los sabios Mechain y
Delambre. La operación dichosamente se había terminado antes que las
provincias se alzasen, estorbando solo este suceso medir una base
de verificación proyectada en el reino de Valencia. Ya el ignorante
pueblo los había mirado con desconfianza, cuando para el desempeño
de su encargo ejecutaban las operaciones geodésicas y astronómicas
necesarias. Figurose que eran planos que levantaban por orden de
Napoleón para sus fines políticos y militares. A tales sospechas daban
lugar los engaños y aleves arterías con que los ejércitos franceses
habían penetrado en lo interior del reino: y en verdad que nunca la
ignorancia pudiera alegar motivos que pareciesen más fundados. La junta
al principio no osó contrarrestar el torrente de la opinión popular;
pero conociendo el mérito de los sabios extranjeros, y la utilidad de
sus trabajos, los preservó de todo daño; e imposibilitada por la guerra
de enviarlos en derechura a Francia, los embarcó en oportuna ocasión a
bordo de un buque que iba a Argel, país entonces neutral, y de donde se
restituyeron después a sus hogares.
El entusiasmo en Mallorca fue universal, esmerándose con particularidad
en manifestarle las más principales señoras; y si en toda la isla de
Mallorca, como decía el cardenal de Retz,[*] [Marginal: (* Ap. n.
3-7.)] «no hay mujeres feas», fácil será imaginar el poderoso influjo
que tuvieron en su levantamiento.
En Palma se creó un cuerpo de voluntarios con aquel nombre, que después
pasó a servir a Cataluña. Y aunque al principio la junta obrando
precavidamente no permitió que se trasladasen a la península las
tropas que guarnecían las islas, por fin accedió a que se incorporasen
sucesivamente con los ejércitos que guerreaban.
[Marginal: Navarra y provincias vascongadas.]
Unas tras otras hemos recorrido las provincias de España y contado
su glorioso alzamiento. Habrá quien eche de menos a Navarra y las
provincias vascongadas. Pero lindando con Francia, privados sus
moradores de dos importantes plazas, y cercados y opresos por
todos lados, no pudieron revolverse ni formalizar por de pronto
gobierno alguno. Con todo animadas de patriotismo acendrado
impelieron a la deserción a los pocos soldados españoles que había
en su suelo, auxiliaron en cuanto alcanzaban sus fuerzas a las
provincias lidiadoras, y luego que las suyas estuvieron libres o más
desembarazadas se unieron a todas, cooperando con no menor conato a la
destrucción del común enemigo. Y más adelante veremos que aun ocupado
de nuevo su territorio, pelearon con empeño y constancia por medio de
sus guerrillas y cuerpos francos.
[Marginal: Islas Canarias.]
En las Islas Canarias aunque algo lejanas de las costas españolas,
siguiose el impulso de Sevilla. Dudose en un principio de la certeza de
los acontecimientos de Bayona, y se consideraron como invención de la
malevolencia, o como voces de intento esparcidas por los partidarios de
los ingleses. Mas habiendo llegado en julio noticia de la insurrección
de Sevilla y de la instalación de su junta suprema, el capitán general
marqués de Casa-Cagigal dispuso que se proclamase a Fernando VII,
imitando con vivo entusiasmo los habitantes de todas las islas el
noble ejemplo de la península. Hubo sin embargo entre ellas algunas
desavenencias, renovando la Gran Canaria sus antiguas rivalidades
de primacía con la de Tenerife. Así se crearon en ambas separadas
juntas, y en la última despojado del mando Casa-Cagigal, ya de ambas
aborrecido, fue puesto en su lugar el teniente de rey Don Carlos
O’Donnell. Levantáronse después quejas muy sentidas contra este jefe y
la junta de Tenerife, que no cesaron hasta que el gobierno supremo de
la central puso en ello el conveniente remedio.
Por lo demás el cuadro que hemos trazado de la insurrección de España
parecerá a algunos diminuto o conciso, y a otros difuso u harto
circunstanciado. Responderemos a los primeros que no habiendo sido
nuestro propósito escribir la historia particular del alzamiento de
cada provincia, el descender a más pormenores hubiera sido obrar con
desacuerdo. Y a los segundos que en vista de la nobleza de la causa y
de la ignorancia cierta o fingida que acerca de su origen y progreso
muchos han mostrado, no ha sido tan fuera de razón dar a conocer con
algún detenimiento una revolución memorable, que por descuido de unos
y malicia de otros se iba sepultando en el olvido o desfigurándose de
un modo rápido y doloroso. Para acabar de llenar nuestro objeto, será
bien que fundándonos en la verídica relación que precede, sacada de las
mejores fuentes, añadamos algunas cortas reflexiones, que arrojando
nueva luz refuten las equivocaciones sobrado groseras en que varios
han incurrido.
[Marginal: Reflexiones generales.]
Entre estas se ha presentado con más séquito la de atribuir las
conmociones de España al ciego fanatismo, y a los manejos e influjo
del clero. Lejos de ser así, hemos visto cómo en muchas provincias el
alzamiento fue espontáneo, sin que hubiera habido móvil secreto; y
que si en otras hubo personas que aprovechándose del espíritu general
trataron de dirigirle, no fueron clérigos ni clases determinadas, sino
indistintamente individuos de todas ellas. El estado eclesiástico
cierto que no se opuso a la insurrección, pero tampoco fue su autor.
Entró en ella como toda la nación, arrastrado de un honroso sentimiento
patrio, y no impelido por el inmediato temor de que se le despojase
de sus bienes. Hasta entonces los franceses no habían en esta parte
dado ocasión a sospechas, y según se advirtió en el libro segundo, el
clero español antes de los sucesos de Bayona más bien era partidario de
Napoleón que enemigo suyo, considerándole como el hombre que en Francia
había restablecido con solemnidad el culto. Por tanto la resistencia
de España nació de odio contra la dominación extranjera: y el clérigo
como el filósofo, el militar como el paisano, el noble como el plebeyo
se movieron por el mismo impulso, al mismo tiempo y sin consultar
generalmente otro interés que el de la dignidad e independencia
nacional. Todos los españoles que presenciaron aquellos días de
universal entusiasmo, y muchos son los que aún viven, atestiguarán la
verdad del aserto.
No menos infundado aunque no tan general, ha sido achacar la
insurrección a conciertos de los ingleses con agentes secretos.
Napoleón y sus parciales que por todas partes veían o aparentaban ver
la mano británica, fueron los autores de invención tan peregrina.
Por lo expuesto se habrá notado cuán ajeno estaba aquel gobierno de
semejante suceso, y cuánto le sorprendió la llegada a Londres de los
diputados asturianos que fueron los primeros que le anunciaron. Muchas
de las costas de España estaban sin buques de guerra ingleses que de
cerca observasen o fomentasen alborotos, y las provincias interiores
no podían tener relación con ellos ni esperar su pronta y efectiva
protección; y aun en Cádiz, en donde había un crucero, se desechó su
ayuda, si bien amistosamente, para un combate en el que por ser
marítimo les interesaba con más especialidad tomar parte. Véase pues si
el conjunto de estos hechos dan el menor indicio de que la Inglaterra
hubiese preparado el primero y gran sacudimiento de España.
Mas aun careciendo de la copia de datos que muestran lo contrario, el
hombre meditabundo e imparcial fácilmente penetrará que no era dado ni
a clérigos ni a ingleses, ni a ninguna otra persona, clase ni potencia
por poderosa que fuese, provocar con agentes y ocultos manejos en una
nación entera un tan enérgico, unánime y simultáneo levantamiento.
Buscará su origen en causas más naturales, y su atento juicio le
descubrirá sin esfuerzo en el desorden del anterior gobierno, en los
vaivenes que precedieron, y en el cúmulo de engaños y alevosías con
que Napoleón y los suyos ofendieron el orgullo español.
No bastaba a los detractores dar al fanatismo o a los ingleses el
primer lugar en tan grande acontecimiento. Hanse recreado también en
oscurecer su lustre, exagerando las muertes y horrores cometidos en
medio del fervor popular. Cuando hemos referido los lamentables excesos
que entonces hubo, cubriendo a sus autores del merecido oprobio, no
hemos omitido ninguno que fuese notable. Siendo así, dígasenos de buena
fe si acompañaron al tropel de revueltas desórdenes tales que deban
arrancar las desusadas exclamaciones en que algunos han prorrumpido.
Solo pudieran ser aplicables a Valencia y no a la generalidad del
reino, y aun allí mismo los excesos fueron inmediatamente reprimidos
y castigados con una severidad que rara vez se acostumbra contra
culpados de semejantes crímenes en las grandes revoluciones. Pero al
paso que profundamente nos dolemos de aquel estrago, séanos lícito
advertir que hemos recorrido provincias enteras sin topar con desmán
alguno, y en todas las otras no llegaron a treinta las personas muertas
tumultuariamente. Y por ventura en la situación de España, rotos
los vínculos de la subordinación y la obediencia, con autoridades
que compuestas en lo general de hechuras y parciales de Godoy eran
miradas al soslayo y a veces aborrecidas, ¿no es de maravillar que
desencadenadas las pasiones no se suscitasen más rencillas, y que las
tropelías, multiplicándose, no hubiesen salvado todas las barreras?
¿Merece pues aquella nación que se la tilde de cruel y bárbara? ¿Qué
otra en tan deshecha tormenta se hubiera mostrado más moderada y
contenida? Cítesenos una mudanza y desconcierto tan fundamental, si
bien no igualmente justo y honroso, en que las demasías no hayan muy
mucho sobrepujado a las que se cometieron en la insurrección española.
Nuestra edad ha presenciado grandes trastornos en naciones apellidadas
por excelencia cultas, y en verdad que el imparcial examen y cotejo de
sus excesos con los nuestros no les sería favorable.
Después de haber tratado de desvanecer errores que tan comunes se han
hecho, veamos lo que fueron las juntas y de qué defectos adolecieron.
Agregado incoherente y sobrado numeroso de individuos en que se
confundía el hombre del pueblo con el noble, el clérigo con el militar,
estaban aquellas autoridades animadas del patriotismo más puro, sin
que a veces le adornase la conveniente ilustración. Muchas de ellas
pusieron todo su conato en ahogar el espíritu popular, que les había
dado el ser, y no le sustituyeron la acertada dirección conque hubieran
podido manejar los negocios hombres prácticos y de estado. Así fue
que bien pronto se vieron privadas de los inagotables recursos que en
todo trastorno social suministra el entusiasmo y facilita el mismo
desembarazo de las antiguas trabas: no pudiendo en su lugar introducir
orden ni regla fija, ya porque las circunstancias lo impedían, y
ya también porque pocos de sus individuos estacan dotados de las
prendas que se requieren para ello. Hombres tales, escasos en todos
los países, era natural que fuesen más raros en España, en donde la
opresiva humillación del gobierno había en parte ahogado las bellas
disposiciones de los habitantes. Por este medio se explica como a la
grandiosa y primera insurrección, hija de un sentimiento noble de
honor e independencia nacional, que el despotismo de tantos años no
había podido desarraigar, no correspondieron las medidas de gobierno
y organización militar y económica que en un principio debieron
adoptarse. No obstante justo es decir que los esfuerzos de las juntas
no fueron tan cortos ni limitados como algunos han pretendido; y que
aun en naciones más adelantadas quizá no se hubiera ido más allá
si en lo interior hubiesen tenido estas que luchar con un ejército
extranjero, careciendo de uno propio que pudiera llamarse tal, vacías
las arcas públicas y poco provistos los depósitos y arsenales.
Fue muy útil que en el primer ardor de la insurrección se formase en
cada provincia una junta separada. Esta especie de gobierno federativo,
mortal en tiempos tranquilos para España, como nación contigua por
mar y tierra a estados poderosos, dobló entonces y aun multiplicó sus
medios y recursos; excitó una emulación hasta cierto punto saludable,
y sobre todo evitó que los manejos del extranjero, valiéndose de la
flaqueza y villanía de algunos, barrenasen sordamente la causa sagrada
de la patria. Un gobierno central y único, antes de que la revolución
hubiese echado raíces, más fácilmente se hubiera doblegado a pérfidas
insinuaciones, o su constancia hubiera con mayor prontitud cedido
a los primeros reveses. Autoridades desparramadas como las de las
juntas, ni ofrecían un blanco bien distinto contra el que pudieran
apuntarse los tiros de la intriga, ni aun a ellas mismas les era
permitido [cosa de que todas estuvieron lejos] ponerse de concierto
para daño y pérdida de la causa que defendían.
Acompañó al sentimiento unánime de resistir al extranjero otro no
menos importante de mejora y reforma. Cierto que este no se dejó ver
ni tan clara ni tan universalmente como el primero. Para el uno solo
se requería ser español y honrado; mas para el otro era necesario
mayor saber que el que cabía en una nación sujeta por siglos a un
sistema de persecución e intolerancia política y religiosa. Sin embargo
apenas hubo proclama, instrucción o manifiesto de las juntas en que
lamentándose de las máximas que habían regido anteriormente, no se
diese indicio de querer tomar un rumbo opuesto, anunciando para lo
futuro o la convocación de cortes, o el restablecimiento de antiguos
fueros, o el desagravio de pasadas ofensas. Infiérase de aquí cuál
sería sobre eso la opinión general cuando así se expresaban unas
autoridades que compuestas en su mayor parte de individuos de clases
privilegiadas, procuraban contener más bien que estimular aquella
general tendencia. Así fue que por sus pasos contados se encaminó
España a la reforma y mejoramiento, y congregó sus cortes sin que
hubiera habido que escuchar los consejos o preceptos del extranjero.
Y ¡ojalá nunca los escuchara! Los años en que escribimos han sido
testigos de que su intervención tan solo ha servido para hacerla
retroceder a tiempos comparables a los de la más profunda barbarie.
Nos parece que lo dicho bastará a deshacer los errores a que ha dado
lugar el silencio de algunas plumas españolas, el despique de otras
y la ligereza con que muchos extranjeros han juzgado los asuntos de
España, país tan poco conocido como mal apreciado.
Antes de concluir el presente libro será justo que demos una razón,
aunque breve, de la insurrección de Portugal, [Marginal: Portugal.]
cuyos acontecimientos anduvieron tan mezclados con los nuestros.
Aquel reino si bien al parecer tranquilo, viéndose agobiado con las
extraordinarias cargas y ofendido de los agravios que se hacían a sus
habitantes, tan solo deseaba oportuna ocasión en que sacudir el yugo
que le oprimía.
[Marginal: Su situación.]
Junot en su desvanecimiento a veces había ideado ceñirse la corona de
Portugal. Para ello hubo insinuaciones, sordas intrigas, proyectos de
constitución y otros pasos que no haciendo a nuestro propósito, los
pasaremos en silencio. Tuvo por último que contentarse con la dignidad
de duque de Abrantes a que le ensalzó su amo en remuneración de sus
servicios.
Desde el mes de marzo con motivo de la llamada de las tropas españolas
anduvo el general francés inquieto, temiendo que se aumentasen los
peligros al paso que se disminuía su fuerza. Se tranquilizó algún tanto
cuando vio que al advenimiento al trono de Fernando habían recibido los
españoles contra orden. Así fue, como hemos dicho, que los de Oporto
volvieron a sus acantonamientos; se mantuvieron quietos en Lisboa
y sus contornos los de Don Juan Carrafa; y solo de los de Solano se
restituyeron a Setúbal cuatro batallones, no habiendo Junot tenido por
conveniente recibir a los restantes. Prefirió este guardar por sí el
Alentejo, y envió a Kellerman para reemplazar a Solano, cuya memoria
fue tanto más sentida por los naturales, cuanto el nuevo comandante
se estrenó con imponer una contribución en tal manera gravosa que el
mismo Junot tuvo que desaprobarla. Kellerman transfirió a Elvas su
cuartel general para observar de cerca a Solano, quien permaneció en la
frontera hasta mayo, en cuyo tiempo se retiró a Andalucía.
En este estado se hallaban las cosas de Portugal cuando, después del
suceso del 2 de mayo en Madrid, receloso Napoleón de nuevos alborotos
en España, [Marginal: Divisiones francesas que intentan pasar a
España.] ordenó a Junot que enviase del lado de Ciudad Rodrigo 4000
hombres que obrasen de concierto con el mariscal Bessières, y otros
tantos por la parte de Extremadura para ayudar a Dupont que avanzaba
hacia Sierra Morena. Al entrar junio llegaron los primeros al pie del
fuerte de la Concepción, el cual situado sobre el cerro llamado el
Gardón, sirve como de atalaya para observar la frontera portuguesa y
las plazas de Almeida y Castel-Rodrigo. El general Loison que mandaba
a los franceses ofreció al comandante español algunas compañías que
reforzasen el fuerte contra los comunes enemigos de ambas naciones. El
ardid por tan repetido era harto grosero para engañar a nadie. Pero
no habiendo dentro la suficiente fuerza para la defensa, abandonó el
comandante por la noche el fuerte, y se refugió a Ciudad Rodrigo, cuya
plaza distante cinco leguas, y levantada ya como toda la provincia
de Salamanca, redobló su vigilancia y contuvo así los siniestros
intentos de Loison. Por la parte del mediodía los 4000 franceses que
debían penetrar en las Andalucías, trataron con su jefe Avril de
dirigirse sobre Mértola, y bajando después por las riberas de Guadiana,
desembocar impensadamente en el condado de Niebla. Allí la insurrección
había tomado tal incremento, que no osaron continuar en empresa tan
arriesgada. Al paso que así se desbarataron los planes de Napoleón,
que en esta parte no hubieran dejado de ser acertados, si más a tiempo
hubiesen tenido efecto los acontecimientos del norte de Portugal,
vinieron del todo a trastornar a Junot, y levantar un incendio
universal en aquel reino.
[Marginal: Los españoles se retiran de Oporto.]
Los españoles a su vuelta a Oporto habían sido puestos a las órdenes
del general francés Quesnel. Desagradó la medida inoportuna en un
tiempo en que la indignación crecía de punto, e inútil no siendo
afianzada con tropa francesa. Andaba así muy irritado el soldado
español, cuando alzándose Galicia comunicó aquella junta avisos para
que los de Oporto se incorporasen a su ejército y llevasen consigo a
cuantos franceses pudiesen coger. Concertáronse los principales jefes,
se colocó al frente al mariscal de campo Don Domingo Belestá como de
mayor graduación, y el 6 de junio habiendo hecho prisionero a Quesnel
y a los suyos, que eran muy pocos, tomó toda la división española que
estaba en Oporto el camino de Galicia. [Marginal: Primer levantamiento
de Oporto.] Antes de partir dijo Belestá a los portugueses que les
dejaba libres de abrazar el partido que quisieran, ya fuese el de
España, ya el de Francia, o ya el de su propio país. Escogieron el
último como era natural. Pero luego que los españoles se alejaron,
amedrentadas las autoridades se sometieron de nuevo a Junot.
[Marginal: Levantamiento de Tras-os-Montes y segundo de Oporto.]
Continuaron de este modo algunos días hasta que el 11 de junio
habiéndose levantado la provincia de Tras-os-Montes, y nombrado por su
jefe al teniente general Manuel Gómez de Sepúlveda, hombre muy anciano,
se extendió a la de Entre-Duero-y-Miño la insurrección, y se renovó el
18 en Oporto en donde pusieron a la cabeza a Don Antonio de San José de
Castro, obispo de la diócesis. Cundió también a Coimbra y otros pueblos
de la Beira, haciendo prisioneros y persiguiendo a algunas partidas
sueltas de franceses. Loison que desde Almeida había intentado ir a
Oporto, retrocedió al verse acometido por la población insurgente de
las riberas del Duero.
Una junta se formó en Oporto que mandó en unión con el obispo, la
cual fue reconocida por todo el norte de Portugal. Al instante abrió
tratos con Inglaterra, y diputó a Londres al vizconde de Balsemao y a
un desembargador. Entabló también con Galicia convenientes relaciones,
y entre ambas juntas se concluyó una convención o tratado de alianza
ofensiva y defensiva.
[Marginal: Se desarma a los españoles de Lisboa.]
Súpose en Lisboa el 9 de junio la marcha de las tropas españolas de
Oporto, y lo demás que en esta ciudad había pasado. Sin dilación
pensó Junot en tomar una medida vigorosa con los cuerpos de la misma
nación que tenía consigo, y cuyos soldados estaban con el ánimo tan
alborotado como todos sus compatriotas. Temíase una sublevación de
parte de ellos y no sin algún fundamento. Ya en el mes anterior y
cuando en 5 de mayo dio en Extremadura la proclama de que hicimos
mención el desgraciado Torre del Fresno, había sido enviado allí de
Badajoz el oficial Don Federico Moreti para concertarse con el general
Don Juan Carrafa y preparar la vuelta a España de aquellas tropas. La
comisión de Moreti no tuvo resulta, así por ser temprana y arriesgada,
como también por la tibieza que mostró el mencionado Carrafa; pero
después embraveciéndose la insurrección española, llegaron de varios
puntos emisarios que atizaban, faltando solo ocasión oportuna para
que hubiese un rompimiento. Ofrecíasela lo acaecido en Oporto, y
con objeto de prevenir golpe tan fatal, procuró Junot antes de que
se esparciese la noticia sorprender a los nuestros y desarmarlos.
Pudo sin embargo escaparse de Mafra y pasar a España el marqués de
Malaespina con el regimiento de dragones de la Reina; y para engañar
a los demás emplearon los franceses varios ardides, cogiendo a unos
en los cuarteles y a otros divididos. Mil y doscientos de ellos que
estaban en el campo de Ourique, rehusaron ir al convento de San
Francisco, barruntando que se les armaba alguna celada. Entonces Junot
los mandó llamar al Terreiro do Pazo, fingiendo que era con intento de
embarcarlos para España. Alborozados por nueva tan halagüeña llegaron
a aquella plaza, cuando se vieron rodeados por 3000 franceses, y
asestada contra sus filas la artillería en las bocacalles. Fueron pues
desarmados todos y conducidos a bordo de los pontones que había en el
Tajo. No se comprendió a los oficiales en precaución tan rigurosa;
pero no habiendo creído algunos de ellos deber respetar una palabra de
honor que se les había arrancado después de una alevosía, se fugaron
a España, y de resultas sus compañeros fueron sometidos a igual y
desgraciada suerte que los soldados.
[Marginal: Rechazan los españoles a los franceses en Os-Pegões.]
No fue tan fácil sorprender ni engañar a los que estando a la izquierda
del Tajo vivían más desembarazadamente. Así desertó la mayor parte del
regimiento de caballería de María Luisa, y fue notable la insurrección
de los cuerpos de Valencia y Murcia, de los que con una bandera se
dirigieron a España muchos soldados. Estaban en Setúbal, y el general
francés Graindorge que allí mandaba los persiguió. Hubo un reencuentro
en Os-Pegões, y los franceses habiendo sido rechazados no pudieron
detener a los nuestros en su marcha.
[Marginal: Levantamiento de los Algarbes.]
El haber desarmado a los españoles de Lisboa motivó la insurrección de
los Algarbes, y por consecuencia la de todo el mediodía de Portugal.
Gobernaba aquella provincia de parte de los franceses el general
Maurin, a quien estando enfermo sustituyó el coronel Maransin. Eran
cortas las tropas que estaban a sus órdenes, y cuidadoso dicho jefe
con los alborotos, había salido para Vila Real en donde construía
una batería que asegurase aquel punto contra los ataques de Ayamonte.
Ocupado en guarecerse de un peligro, otro más inmediato vino a
distraerle y consternarle. Era el 16 de junio cuando Olhá, pequeño
pueblo de pescadores a una legua de Faro, se sublevó a la lectura de una
proclama que había publicado Junot con ocasión de haber desarmado a los
españoles. Dio el coronel José López de Sousa el primer grito contra
los franceses, que fue repetido por toda la población. Este alboroto
estuvo a punto de apaciguarse; pero obligado Maransin, que había
acudido al primer ruido a salir de Faro para combatir a los paisanos
que levantados descendían de las montañas que parten término con el
Alentejo, se sublevó a su vez dicha ciudad de Faro, formó una junta, se
puso en comunicación con los ingleses, y llevó a bordo de sus navíos
al enfermo general Maurin y a los pocos franceses que estaban en su
compañía. Maransin en vista de la poca fuerza que le quedaba se retiró
a Mértola para de allí darse más fácilmente la mano con los generales
Kellerman y Avril que ocupaban el Alentejo. Se aproximó después a
Beja, y por haberle asesinado algunos soldados la entró a saco el 25
de junio. Prendió la insurrección en otros puntos, y en todos aquellos
en que el espíritu público no fue comprimido por la superioridad de
la fuerza francesa, se repitió el mismo espectáculo y hubo iguales
alborotos que en el resto de la península. Entre la junta de Faro
y los españoles suscitose cierta disputa por haber estos destruido
las fortificaciones de Castro Marim. De ambos lados se dieron las
competentes satisfacciones, y amistosamente se concluyó un convenio
adecuado a las circunstancias entre los nuevos gobiernos de Sevilla y
Faro.
[Marginal: Convenciones entre algunas juntas de España y Portugal.]
No faltó quien viese así en este arreglo como en lo que antes se había
estipulado entre Galicia y Oporto, una preparación para tratados más
importantes que hubieran podido rematar por una unión y acomodamiento
entre ambas naciones. Desgraciadamente varios obstáculos con los
cuidados graves de entonces debieron impedir que se prosiguiese en
designio de tal entidad. Es sin embargo de desear que venga un tiempo
en que desapareciendo añejas rivalidades, e ilustrándose unos y otros
sobre sus recíprocos y verdaderos intereses, se estrechen dos países
que al paso que juntos formarán un incontrastable valladar contra
la ambición de los extraños, desunidos solo son víctima de ajenas
contiendas y pasiones.
RESUMEN
DEL
LIBRO CUARTO.
_Junta de Madrid. — Comisión que da al marqués de Lazán. — Su
proclama de 4 de junio. — Su celo en favor de la diputación de Bayona.
— Valdés. — Marqués de Astorga. — Obispo de Orense. — Proclama
de Bayona a los zaragozanos. — Comisionados enviados a Zaragoza. —
Avisos enviados por Napoleón a América. — Napoleón renuncia la corona
de España en José. — Llegada de José a Bayona. — Recibimiento de José
en Marracq. — Diputaciones españolas. — La de los grandes. — La del
consejo de Castilla. — La de la Inquisición. — La del ejército. —
Otra proclama de los de Bayona. — Previas disposiciones para abrir
el congreso de Bayona. — Ábrense sus sesiones. — Sus discusiones.
— Si gozó de libertad. — Juramento prestado a la constitución. —
Reflexiones sobre la constitución. — Visita de la junta de Bayona
a Napoleón. — Felicitaciones de la servidumbre de Fernando. —
Felicitación de Fernando mismo. — Ministerio nombrado por José. —
Jovellanos. — Empleos de palacio. — José entra en España el 9 de
julio. — Primera expedición de los franceses contra Santander. —
Expedición contra Valladolid. — Quema de Torquemada. — Entrada en
Palencia. — Acción de Cabezón. — Entran los franceses en Valladolid.
— Segunda expedición contra Santander. — Obispo de Santander. —
Noble acción de su junta. — Expedición contra Zaragoza. — Acción de
Mallén. — De Alagón. — Cataluña. — Somatenes. — Acción del Bruch.
— Defensa de Esparraguera. — Chabran en Tarragona. — Reencuentro
de Arbós. — Saqueo de Villafranca de Panadés. — Segunda acción
del Bruch. — Expedición de Duhesme contra Gerona. — Resistencia
de Mongat. — Saqueo de Mataró. — Ataque de los franceses contra
Gerona. — Vuelve Duhesme a Barcelona. — Reencuentro de Granollers.
— Somatenes del Llobregat. — Murat. — Envía a Dupont a Andalucía.
— Acción de Alcolea. — Saco de Córdoba. — Situación angustiada de
los franceses. — Excesos de los paisanos españoles. — Resistencia
de Valdepeñas. — Retírase Dupont a Andújar. — Saqueo de Jaén. —
Expedición de Moncey contra Valencia. — Reencuentro del puerto Pajazo.
— De las Cabrillas. — Preparativos de defensa en Valencia. —
Refriega en el pueblo de Cuarte. — Defensa de Valencia. — Proposición
de Moncey para que capitule la ciudad. — Hechos notables de algunos
españoles. — Retírase Moncey. — Inacción de Cervellón. — Conducta
laudable de Llamas. — Enfermedad de Murat. — Enfermedades en su
ejército. — Opinión de Larrey. — Savary sucede a Murat. — Singular
comisión de Savary. — Su conducta. — Envía a Vedel para reforzar a
Dupont. — Paso de Sierra Morena. — Refuerzos enviados a Moncey. —
Caulincourt. — Saquea a Cuenca. — Frère. — Segundo refuerzo llevado
a Dupont por el general Gobert. — Desatiéndese a Bessières. — Cuesta.
— Ejército de Galicia después de la muerte de Filangieri. — Batalla
de Rioseco 14 de julio. — Avanza Bessières a León: su correspondencia
con Blake. — Viaje de José a Madrid. — Retrato de José. — Su
proclamación. — Su reconocimiento. — Consejo de Castilla. —
Acontecimientos que precedieron a la batalla de Bailén. — Distribución
del ejército español de Andalucía. — Consejo celebrado para atacar
a los franceses. — Acción de Mengíbar. — Batalla de Bailén 19 de
julio. — Capitulación del ejército francés. — Rinden las armas los
franceses. — Reflexiones sobre la batalla. — Camina el ejército
rendido a la costa. — Desorden en Lebrija causado por la presencia de
los prisioneros. — En el Puerto de Santa María. — Correspondencia
entre Dupont y Morla. — Consternación del gobierno francés en Madrid.
— Retírase José. — Españoles que le siguen. — Destrozos causados en
la retirada._
HISTORIA
DEL
LEVANTAMIENTO, GUERRA Y REVOLUCIÓN
de España.