Cundió la nueva de la derrota, súpola la junta de Valencia, y grande

fue la consternación y el sobresalto. En tamaño apuro envió al ejército

en comisión a su vocal el P. Rico, o ya quisiesen vengarse así algunos

del estrecho en que los había metido, o ya también porque gozando de

suma popularidad, pensaron otros que era aquel el modo más propio de

calmar la pública agitación y alejar la desconfianza. [Marginal: De las

Cabrillas.] Obedeció Rico, y el 23 por la noche llegó a las Cabrillas,

ocho leguas de Valencia, y cuyos montes parten término con Castilla.

Habíanse recogido a sus cumbres los dispersos del Cabriel, y allí se

encontró el P. Rico con 180 hombres del regimiento de Saboya mandados

por el capitán Gamíndez, con tres cuerpos de nueva creación, algunos

caballos y artilleros que habían conservado dos cañones y un obús,

componiendo en todo cerca de 3000 hombres. Eran contados los oficiales

veteranos, siendo el de mayor graduación el brigadier Marimón de

guardias españolas. Ignorábase el paradero de Adorno. Reunidas todas

aquellas reliquias se colocaron en situación ventajosa a espaldas y a

legua y media del pueblo de Siete Aguas, hasta cuyas casas enviaban

sus descubiertas. Gamíndez mandó el centro, la izquierda Marimón, y

colocáronse guerrillas sueltas por la derecha. El 24 avanzaron los

franceses, y los nuestros favorecidos de tierra tan quebrada los

molestaron bastantemente. Impacientado Moncey destacó por su izquierda

y del lado de la sierra de los Ajos al general Harispe con vascos

acostumbrados a trepar por las asperezas del Pirineo. Encaramáronse

pues a pesar de escabrosidades y derrumbaderos, y arrollando a las

guerrillas, facilitaron el ataque de frente. Defendiéronse bien los

de Saboya, quedando los más de ellos y los artilleros muertos junto

a los cañones, y prisionero con otros su comandante Gamíndez. Lo

restante de la gente bisoña huyó precipitadamente. La pérdida de los

españoles fue de 600 hombres, muy inferior la de los contrarios. El

mariscal Moncey al instante traspasó la sierra por el portillo de las

Cabrillas, desde donde registrándose las ricas y frondosas campiñas de

la huerta de Valencia, se encendió la ansiosa codicia de sus fatigados

soldados. Si entonces hubiera proseguido su marcha, fácilmente se

hubiera enseñoreado de la ciudad; pero obligado a detenerse el 25 en

la venta de Buñol para aguardar la artillería, y queriendo adelantarse

cautelosamente, dio tiempo a que Rico volviendo a Valencia al rayar el

alba de aquel mismo día, apellidase guerra dentro de sus muros.

[Marginal: Preparativos de defensa en Valencia.]

Está asentada Valencia a la derecha del Guadalaviar o Turia, 100.000

almas forman su población, excediendo de 60.000 las que habitan en

los lugarejos, casas de campo y alquerías de sus deliciosas vegas.

Ceñida de un muro antiguo de mampostería con una mala ciudadela, no

podía ofrecer al enemigo larga y ordenada resistencia, si militarmente

hubiera de haberse considerado su defensa. Mas a la voz de la

desgracia de las Cabrillas, en lugar de abatirse, creciendo el

entusiasmo al más subido punto, tomó la junta activas providencias,

y los moradores no solo las ejecutaron debidamente, sino que también

por sí procedieron a dar a los trabajos la amplitud y perfección que

permitía la brevedad del tiempo. Sin distinción de clase ni de sexo

acudieron todos a trabajar en las fortificaciones que se levantaban.

En el corto espacio de sesenta horas construyéronse en las puertas

baterías con sacos de tierra. En la de Cuarte, como era por donde se

aguardaba al enemigo, además de dos cañones de a 24 se colocó otro en

el primer piso de la torre, abriéndose una zanja ancha y profunda en

medio de la calle del arrabal que embocaba la batería. A la derecha

de esta puerta y antes de llegar a la de San José, entre el muro y el

río, se situaron cuatro cañones y dos obuses, impidiendo lo sólido del

malecón que se abriese un foso. Diose a esta obra el nombre de batería

de Santa Catalina, del de una torre antes demolida y que ocupaba

el mismo espacio. Lo expresamos por su importancia en la defensa.

Dentro del recinto se cortaron y atajaron las calles, callejuelas y

principales avenidas con carros, coches, vigas, calesas y tartanas.

Tapáronse las entradas y ventanas de las casas con colchones, mesas,

sillas y todo género de muebles, cubriendo por el mismo término y

cuidadosamente lo alto de las azoteas o terrados. Detrás de semejantes

y tan repentinos atrincheramientos estaban preparados sus dueños con

armas arrojadizas y de fuego, y aun hubo mujeres que no olvidaron el

aceite hirviendo. Afanados todos mutuamente se animaban, habiendo

resuelto defender heroicamente sus hogares.

[Marginal: Refriega en el pueblo de Cuarte.]

La junta además para dilatar el que los franceses se acercasen, trató

de formar un campo avanzado a la salida del pueblo de Cuarte, distante

una legua de Valencia. Le componían cuerpos de nueva formación y se

había puesto a las órdenes de Don Felipe Saint-March. Situose la gente

en la ermita de San Onofre a orillas del canal de regadío que atraviesa

el camino que va a las Cabrillas. Entretanto Don José Caro, nombrado

brigadier al principio de la insurrección, y que mandaba una división

de paisanos en el ejército de Cervellón, apostado según dijimos en

Almansa, corrió apresuradamente al socorro de la capital luego que

supo el progreso del enemigo. A su llegada se unió a Saint-March, y

juntos dispusieron el modo de contener al mariscal francés. Emboscaron

al efecto en los algarrobales, viñedos y olivares que pueblan aquellos

contornos, tiradores diestros y esforzados. El cuerpo principal se

colocó a espaldas de una batería que enfilaba el camino hondo, por

donde era de creer arremetiese la caballería enemiga y cuyo puente se

había cortado. Como los generales habían previsto que al fin tendrían

que ceder a la superioridad y pericia francesa, deseosos de que su

retirada no causara terror en Valencia, habían pensado, Caro en tirar

por la izquierda y Saint-March pasar el río por la derecha y situarse

en el collado del almacén de pólvora. Pero para verificar, llegado

el caso, su movimiento con orden y evitar que dispersos fueran a la

ciudad, establecieron a su retaguardia una segunda línea en el pueblo

de Cuarte, rompiendo el camino y guarneciendo las casas para su defensa.

[Marginal: Defensa de Valencia.]

A las 11 de la mañana del día 27 empezó el fuego, duró hasta las tres,

siendo muy vivo durante dos horas. Al fin los franceses cruzaron el

canal, y forzaron la primera línea. Caro y Saint-March se retiraron

según habían convenido. Los franceses vencedores iban a perseguirlos

cuando notaron que desde el pueblo de Cuarte se les hacía fuego.

Molestados también por el continuado de los paisanos metidos en los

cañamares de dicho pueblo, no pudieron entrarle hasta las seis de la

tarde; huyendo los vecinos al amparo de las acequias, cañaverales y

moreras que cubren sus campos. La pérdida fue considerable de ambas

partes: la artillería quedó en poder de los franceses.

[Marginal: Proposición de Moncey para que capitule la ciudad.]

Avanzó entonces Moncey hasta el huerto de Juliá, media legua de

Valencia. Por la noche pasó al capitán general conde de la Conquista

un oficio para que rindiese la plaza. Fue portador el coronel Solano.

Congregose la junta, a la que se unieron para deliberar en asunto tan

espinoso el ayuntamiento, la nobleza e individuos de todos los gremios.

El de la Conquista inclinábase a la entrega, viendo cuán imposible

sería resistir con gente allegadiza, y en ciudad, por decirlo así,

abierta a enemigos aguerridos. Sostuvo la misma opinión el emisario

Solano y en tanto grado que se esforzó en probar no había nada que

temer respecto de lo pasado, así por la condición suave y noble del

mariscal francés, como también por los vínculos particulares que le

enlazaban con los valencianos; lo cual aludía a conocerse en aquel

reino familias del nombre de Moncey, y haber quien le conceptuara

oriundo de la tierra. Así se discurría acerca de la proposición, cuando

el pueblo advertido de que se negociaba, desaforadamente se agolpó a la

sala de sesiones de la junta. Atemorizados los que en su seno buscaban

la rendición y alentados los de la parcialidad opuesta, no se titubeó

en desechar la demanda del enemigo. Y puestos todos sus individuos al

frente del mismo pueblo, recorrieron la línea animando y exhortando a

la pelea. Con la oportuna resolución se embraveció tanto la gente que

no hubo ya otra voz que la de vencer o morir.

El 28 a las once de la mañana se rompió el fuego. Como Moncey era

dueño de casi todo el arrabal de Cuarte, le fue fácil ordenar sus

batallones detrás del convento de San Sebastián. A su abrigo dirigieron

los enemigos sus cañones contra la puerta de Cuarte y batería de Santa

Catalina. Tres veces atacaron con el mayor ímpetu del lado de la

primera, y otras tantas fueron rechazados. Mandaba la batería española

con mucho acierto el capitán Don José Ruiz de Alcalá, y el puesto los

coroneles barón de Petrés y Don Bartolomé de Georget. Los enemigos no

perdonaron medio de flanquear a los nuestros por derecha e izquierda,

pero de un costado se lo estorbaron los fuegos de Santa Catalina, y

del otro el graneado de fusilería que desde la muralla hacían los

habitantes. El entusiasmo de los defensores tocaba en frenesí cada vez

que el enemigo huía, pero siempre se mantuvo el mejor orden. Temiose

por un rato carecer de metralla, y sin tardanza de las casas inmediatas

se arrancaron rejas, se enviaron barras y otros utensilios de hierro

que cortados en menudos pedazos pudieron suplir aquella falta,

acudiendo a porfía las señoras de la clase más elevada a coser los

saquillos de la recién fabricada metralla. Con tal ejemplo, ¿qué brazo

varonil hubiera cedido el paso al enemigo? El capitán general, los

magistrados y aun el arzobispo aparecíanse a veces en medio de aquel

importante puesto dando brío con su presencia a los menos esforzados.

Moncey tratando de variar su ataque, recogió sus soldados a la cruz

de Mislata, y acometió, después de un respiro, la batería de Santa

Catalina, a la derecha como dijimos de la de Cuarte. Era comandante

del punto el coronel Don Firmo Vallés, y de la batería Don Manuel de

Velasco y Don José Soler. Dos veces y con gran furia embistieron los

franceses. La primera ciaron abrasados por el fuego de cañón y el que

por su flanco izquierdo les hacía la fusilería; y la segunda huyeron

atropelladamente sin que los contuviesen las exhortaciones de sus

jefes. No por eso desistió Moncey, y fingiendo querer atacar el muro

por donde mira a la plazuela del Carbón, emprendió nueva acometida

contra la batería de Santa Catalina. Vano empeño. Sus soldados

repelidos dejaron el suelo empapado en su sangre. Distinguiose allí el

oficial Don Santiago O’Lalor, asesinado alevemente en el propio día por

mano desconocida.

Los franceses perturbados con defensa tan inesperada y recia, trataron

de dar una última embestida a la ciudad. Eran las cinco de la tarde

cuando avanzando Moncey con el grueso de su ejército hacia la puerta de

Cuarte, hizo marchar una columna por el convento de Jesús para atacar

la de San Vicente situada a la izquierda de la primera, y confiada al

cuidado del coronel Don Bruno Barrera, bajo cuyas órdenes dirigían

la artillería los oficiales Don Francisco Cano y Don Luis Almela.

Considerábase aquella parte del muro la más flaca, mayormente su centro

en donde está colocada en medio de las otras dos la puerta tapiada de

Santa Lucía, antiguamente dicha de la Boatella. Empezose el ataque,

y los españoles apuntaron con tal acierto sus cañones que lograron

desmontar los de los enemigos, y desalojarlos del punto que ocupaban

con notable matanza. Desde aquella hora que era ya la de las ocho de

la noche cesó el fuego en ambas líneas. Durante los diversos ataques

arrojaron los franceses a la ciudad granadas que no causaron daño.

[Marginal: Hechos notables de algunos españoles.]

El padre Rico anduvo constantemente por los parajes de mayor riesgo,

y coadyuvó grandemente a la defensa con su energía y brioso porte.

Fue imperturbable en su valor Juan Bautista Moreno que sin fusil y

con la espada en la mano alentaba a sus compañeros, y tomó a su cargo

abrir y cerrar las puertas sin reparar en el peligro que a cada paso

le amenazaba. Más sublime ejemplo dio aún con su conducta Miguel

García, mesonero de la calle de San Vicente, quien hizo solo a caballo

cinco salidas, y sacando en cada una de ellas cuarenta cartuchos los

empleaba como diestro tirador atinadamente. Hechos son estos dignos

de la recordación histórica, y no deben desdeñarse aunque vengan de

humilde lugar. Al contrario conviene repetirlos y grabarlos en la

memoria de los buenos ciudadanos, para que sean imitados en aquellos

casos en que peligre la independencia de la patria.

La resistencia de Valencia aunque de corta duración tuvo visos de

maravillosa. No tenía soldados que la defendiesen, habiendo salido a

diversos puntos los que antes la guarnecían, ni otros jefes entendidos

sino oficiales subalternos que guiaron el denuedo de los paisanos.

Los franceses perdieron más de 2000 hombres, y entre ellos al general

de ingenieros Cazals con otros oficiales superiores. Los españoles

resguardados detrás de los muros y baterías tuvieron que llorar pocos

de sus compatriotas, y ninguno de cuenta.

[Marginal: Retírase Moncey.]

Al amanecer del 29 Don Pedro Túpper puesto de vigía en el miguelete

o torre de la catedral avisó que los enemigos daban indicio de

retirarse. Apenas se creía tan plausible nueva, mas bien pronto todos

se cercioraron de ello viendo marchar al enemigo por Torrente para

tomar la calzada que va a Almansa. La alegría fue colmada, y esperábase

que el conde de Cervellón acabaría en el camino de destruir al mariscal

Moncey, o por lo menos le molestaría y picaría por todos lados.

[Marginal: Inacción de Cervellón.] Muy lejos estaba de obrar conforme

al común deseo. El general español había venido a Alcira cuando supo el

paso de los franceses por las Cabrillas, y su marcha sobre Valencia.

Allí permaneció tranquilo, y no trató de disputar a Moncey el paso

del Júcar después de su derrota delante de los muros de la capital.

Tachósele de remiso, principalmente porque habiendo consultado a los

oficiales superiores sobre el rumbo que en tal oportunidad convendría

seguir, opinaron todos que se impidiese a los franceses cruzar el río:

no abrazó su dictamen fundándose en lo indisciplinados que todavía

estaban sus soldados: prudencia quizá laudable, pero amargamente

censurada en aquellos tiempos.

[Marginal: Conducta laudable de Llamas.]

Perjudicó también a su fama, aun en el concepto de los juiciosos,

la contraposición que con la suya formó la conducta de Don Pedro

González de Llamas y la de Don José Caro. A este le hemos visto acudir

al socorro de Valencia, y si bien no con feliz éxito por lo menos

retardó con su movimiento el progreso del enemigo, lo cual fue de

suma utilidad para que se preparasen los vecinos de la ciudad a una

notable y afortunada resistencia. El general Llamas que de Murcia se

había acercado al puerto de Almansa, noticioso por su parte de que los

franceses iban a embestir a Valencia, había avanzado rápidamente y

colocádose a la espalda en Chiva, cortándoles así sus comunicaciones

con el camino de Cuenca. Y después obedeciendo las órdenes de la

junta provincial hostigó al enemigo hasta el Júcar, en donde se paró

asombrado de que Cervellón hubiese permanecido inactivo. Prodigáronse

pues alabanzas a Llamas, y achacose a Cervellón la culpa de no haber

derrotado al ejército de Moncey antes de la salida del territorio

valenciano. Como quiera que fuese, costole al fin el mando tal modo

de comportarse, graduado por los más de reprensible timidez. Moncey

prosiguió su retirada incomodado por el paisanaje, y a punto que no

osaba desviarse del camino real. Pasó el 2 de julio el puerto de

Almansa, y en Albacete hizo alto y dio descanso a sus fatigadas tropas.

[Marginal: Enfermedad de Murat.]

Entretanto no sabía el gobierno de Madrid cuál partido le convenía

abrazar. Notaba con desconsuelo burladas sus esperanzas, no habiendo

reprimido prontamente la insurrección de las provincias con las

expediciones enviadas al intento. Temía también que las tropas

desparramadas por diversos y lejanos puntos, y molestadas sin gozar de

un instante de sosiego, no acabasen por perder la disciplina. Mucho

contribuyó a su desconcierto la enfermedad grave de que fue acometido

el gran duque de Berg en los primeros días de junio, con lo cual se

hallaron los individuos de la junta faltos de un centro principal que

diera unión y fuerza. Hubo entre los suyos quien le creyó envenenado, y

entre los españoles no faltó también quien atribuyera su mal a castigo

del cielo por las tropelías y asesinatos del 2 de mayo. Los ociosos y

lenguaraces buscaban el principio en un origen impuro, dando lugar a

sus sueltas palabras los deslices de que no estaba exento el duque.

Mas la verdadera enfermedad de este era uno de aquellos cólicos por

desgracia harto comunes en la capital del reino, y que por serlo tanto

los ha distinguido en una disertación el docto Luzuriaga con el nombre

de cólicos de Madrid. Agregáronsele unas tercianas tan pertinaces y

recias que descaeciendo su espíritu y su cuerpo, tuvo que conformarse

con el dictamen de los facultativos de trasladarse a Francia, y tomar

las aguas termales de Barèges. [Marginal: Enfermedades en su ejército.

Opinión de Larrey.] Provocó también a sospecha de emponzoñamiento el

haber amalado muchos de los soldados franceses, y muerto algunos con

síntomas de índole dudosa. Para serenar los ánimos el barón Larrey,

primer cirujano del ejército invasor, examinó los alimentos, y el

boticario mayor del mismo Mr. Laubert analizó detenidamente el vino

que se les vendía en varias tabernas y bodegones de dentro y fuera de

Madrid. Nada se descubrió de nocivo en el líquido, solamente a veces

había con él mezcladas algunas sustancias narcóticas más o menos

excitativas, como el agua de laurel y el pimiento que para dar fuerza

suelen los vinateros y vendedores añadir al vino de la Mancha, a

semejanza del óxido de plomo o sea litargirio que se emplea en algunos

de Francia para corregir su acedía. La mixtión no causaba molestia a

los españoles por la costumbre, y sobre todo por su mayor sobriedad:

dañó extremadamente a los franceses no habituados a aquella bebida, y

que abusaban en sumo grado de los vinos fuertes y licorosos de nuestro

terruño. El examen y declaración de Larrey y Laubert tranquilizó a los

franceses, recelosos de cualquiera asechanza de parte de un pueblo

gravemente ofendido; pero el de España con dificultad hubiera recurrido

para su venganza a un medio que no le era usual, cuando tantos otros

justos y nobles se le presentaban.

[Marginal: Savary sucede a Murat.]

En lugar de Murat envió Napoleón a Madrid al general Savary, el que

llegó el 15 de junio. No agradó la elección a los franceses, habiendo

en su ejército muchos que por su graduación y militar renombre

reputábanse como muy superiores. Asimismo en el concepto de algunos

menoscababa la estimación de la persona escogida, el haber sido con

frecuencia empleada en comisiones más propias de un agente de policía

que de quien había servido en la carrera honorífica de las armas. No

era tampoco entre los españoles juzgado Savary con más ventaja, porque

habiendo sido el celador asiduo del viaje de Fernando, coadyuvó con

palabras engañosas a arrastrarle a Bayona. Sin embargo su nombre no era

ni tan conocido ni odiado como el de Murat: además llegó en sazón en

que muy poco se curaban en las provincias de lo que se hacía o deshacía

en Madrid. Asuntos inmediatos y de mayor cuantía embargaban toda la

atención.

[Marginal: Singular comisión de Savary.]

El encargo confiado a Savary era nuevo y extraño en su forma.

Autorizado con iguales facultades que el lugarteniente Murat, no le era

lícito poner su firma en resolución alguna. Al general Belliard tocaba

con la suya legalizarlas. El uno leía las cartas, oficios e informes

dirigidos al lugarteniente; respondía, determinaba: el otro ceñíase a

manera de una estampilla viva a firmar lo que le era prescrito. Los

decretos se encabezaban a nombre del gran duque como si estuviese

presente o hubiese dejado sus poderes a Savary, y este disponiendo

en todo soberanamente, incomodaba a varios de los otros jefes que se

consideraban desairados.

[Marginal: Su conducta.]

Para mostrar que él era la suprema cabeza, a su llegada se alojó

en palacio, y tomó sin tardanza providencias acomodadas al caso.

Prosiguió las fortificaciones del Retiro, y construyó un reducto

alrededor de la fábrica real de porcelana allí establecida, y a que

dan el nombre de casa de la China, en donde almacenó las vituallas

y municiones de guerra. Pensó después en sostener los ejércitos

esparcidos por las provincias. Tal había sido la orden verbal de

Napoleón, quien juzgaba, «ser lo más importante ocupar muchos puntos,

a fin de derramar por todas partes las novedades que había querido

introducir...» Conforme a ella e incierto de la suerte de Dupont, cuya

correspondencia estaba cortada, [Marginal: Envía a Vedel para reforzar

a Dupont.] resolvió Savary reforzarle con las tropas mandadas por el

general Vedel que se hallaban en Toledo. Ascendían a 6000 infantes

y 700 caballos con doce cañones. El 19 de junio salieron de aquella

ciudad, juntándoseles en el camino los generales Roize y Liger-Belair

con sus destacamentos, los cuales hemos visto fueron compelidos a

recogerse a Madridejos por la insurrección general de la Mancha.

Los franceses por todas partes se encontraban con pueblos solitarios,

incomodándoles a menudo los tiros del paisanaje oculto detrás de

los crecidos panes, y ¡ay de aquellos que se quedaban rezagados! No

obstante asomaron sin notable contratiempo a Despeñaperros en la mañana

del 26 de junio. [Marginal: Paso de Sierra Morena.] La posición estaba

ocupada por el teniente coronel español Don Pedro Valdecañas empleado

antes en la persecución de contrabandistas por aquellas sierras, y

ahora apostado allí con objeto de que colocándose a la retaguardia

de Dupont, le interceptase la correspondencia e impidiese el paso

de los socorros que de Madrid le llegasen. Había atajado el camino

en lo más estrecho con troncos, ramas y peñascos, desmoronándole del

lado del despeñadero, y situando detrás seis cañones. Paisanos los

más de su tropa, y él mismo poco práctico en aquella clase de guerra,

desaprovechó la superioridad que le daba el terreno. Cedieron luego

los nuestros al ataque bien concertado de los franceses, perdieron

la artillería, y Vedel prosiguió sin embarazo a la Carolina, en cuya

ciudad se le incorporó un trozo de gente que le enviaba Dupont a las

órdenes del oficial Baste, el saqueador de Jaén. Llevada pues a feliz

término la expedición, creyó Vedel conveniente enviar atrás alguna

tropa para reforzar ciertos puntos que eran importantes, y conservar

abierta la comunicación. Por lo demás bien que pareciesen cumplidos

los deseos del enemigo en la unión de Vedel y Dupont, pudiendo no

solo corresponder libremente con Madrid, mas aun hacer rostro a los

españoles y desbaratar sus mal formadas huestes: no tardaremos en ver

cuán de otra manera de lo que esperaban remataron las cosas.

[Marginal: Refuerzos enviados a Moncey.]

Aquejábale igualmente a Savary el cuidado de Moncey, cuya suerte

ignoraba. Después de haberse adelantado este mariscal más allá de la

provincia de Cuenca, habían sido interrumpidas sus comunicaciones,

hechos prisioneros soldados suyos sueltos y descarriados, y aun algunas

partidas. Juntándose pues número considerable de paisanos alentados

con aquellos que calificaban de triunfos, fue necesario pensar en

dispersarlos. Con este objeto se ordenó al general Caulincourt

apostado en Tarancón, que marchase con una brigada sobre Cuenca.

[Marginal: Caulincourt saquea a Cuenca.] Dio vista a la ciudad el 3

de julio, y una gavilla de hombres desgobernada le hizo fuego en las

cercanías a bulto y por corto espacio. Bastó semejante demostración

para entregar a un horroroso saco aquella desdichada ciudad. Hubo

regidores e individuos del cabildo eclesiástico que saliendo con

bandera blanca quisieron implorar la merced del enemigo; mas resuelto

este al pillaje sin atender a la señal de paz, los forzó a huir

recibiéndolos a cañonazos. Espantáronse a su ruido los vecinos y casi

todos se fugaron, quedando solamente los ancianos y enfermos y cinco

comunidades religiosas. No perdonaron los contrarios casa ni templo

que no allanasen y profanasen. No hubo mujer por enferma o decrépita

que se libertase de su brutal furor. Al venerable sacerdote Don

Antonio Lorenzo Urbán, de edad de ochenta y tres años, ejemplar por sus

virtudes, le traspasaron de crueles heridas, después de recibir de

sus propias manos el escaso peculio que todavía su ardiente caridad

no había repartido a los pobres. Al franciscano P. Gaspar Navarro,

también octogenario, atormentáronle crudamente para que confesase

dinero que no tenía. Otras y no menos crueles, bárbaras y atroces

acciones mancharon el nombre francés en el no merecido saco de Cuenca.

No satisfecho Savary con el refuerzo que se enviaba a Moncey al mando

de Caulincourt, despachó otro nuevo a las órdenes del general Frère,

[Marginal: Frère.] el mismo que antes había ido a apaciguar a Segovia.

Llegó este a Requena el 5 de julio, donde noticioso de que Moncey se

retiraba del lado de Almansa, y de estar guardadas las Cabrillas por el

general español Llamas, revolvió sobre San Clemente, y se unió con el

mariscal. Poco después informado Savary de haberse puesto en cobro las

reliquias de la expedición de Valencia, y deseoso de engrosar su fuerza

en derredor suyo, mandó a Caulincourt y a Frère que se restituyesen a

Madrid: con lo que enflaquecido el cuerpo de Moncey y quizá ofendido

este de que un oficial inferior en graduación y respetos pudiese

disponer de la gente que debía obedecerle, desistió de toda empresa

ulterior, y se replegó a las orillas del Tajo.

Los franceses que esparcidos no habían conseguido las esperadas

ventajas, comenzaron a pensar en mudar de plan, y reconcentrar más sus

fuerzas. Napoleón sin embargo tenaz en sus propósitos insistía en que

Dupont permaneciese en Andalucía, al paso que mereció su desaprobación

el que le enviasen continuados refuerzos. [Marginal: Segundo refuerzo

llevado a Dupont por el general Gobert.] Savary inmediato al teatro

de los acontecimientos, y fiado en el favor de que gozaba, tomó sobre

sí obrar por rumbo opuesto, e indicó a Dupont la conveniencia de

desamparar las provincias que ocupaba. Para que con más desembarazo

pudiera este jefe efectuar el movimiento retrógrado, dirigió aquel

sobre Manzanares al general Gobert con su división, en la que estaba la

brigada de coraceros que había en España. Mas Dupont ya fuese temor de

su posición, o ya deseos de conservarse en Andalucía, ordenó a Gobert

que se le incorporase, y este se sometió a dicho mandato después de

dejar un batallón en Manzanares y otro en el Puerto del Rey.

[Marginal: Desatiende a Bessières.]

Tan discordes andaban unos y otros, como acontece en tiempos

borrascosos, estando solo conformes y empeñados en aumentar fuerzas

hacia el mediodía. Y al mismo tiempo el punto que más urgía auxiliar

que era el de Bessières, amenazado por las tropas de Galicia, León

y Asturias, quedaba sin ser socorrido. Claro era que una ventaja

conseguida por los españoles de aquel lado, comprometería la suerte de

los franceses en toda la península, interrumpiría sus comunicaciones

con la frontera, y los dejaría a ellos mismos en la imposibilidad

de retirarse. Pues a pesar de reflexión tan obvia desatendiose a

Bessières, y solo tarde y con una brigada de infantería y 300 caballos

se acudió de Madrid en su auxilio. Felizmente para el enemigo la

fortuna le fue allí más favorable; merced a la impericia de ciertos

jefes españoles.

[Marginal: Cuesta.]

Después de la batalla de Cabezón se había retirado a Benavente el

general Cuesta. Recogió dispersos, prosiguió los alistamientos, y se

le juntaron el cuerpo de estudiantes de León y y el de Covadonga de

Asturias. Diéronse en aquel punto las primeras lecciones de táctica a

los nuevos reclutas, se los dividió en batallones que llamaron tercios,

y esmerose en instruirlos don José de Zayas. De esta gente se componía

la infantería de Cuesta, limitándose la caballería al regimiento de la

Reina y guardias de Corps que estuvieron en Cabezón, y al escuadron de

carabineros que antes había pasado a Asturias. Era ejército endeble

para salir con él a campaña, si las tropas de la última provincia y

las de Galicia no obraban al propio tiempo y mancomunadamente. Por

lo cual con instancia pidió el general Cuesta que avanzasen y se le

reuniesen. La junta de Asturias propensa a condescender con sus ruegos,

fue detenida por las oportunas reflexiones de su presidente el marqués

de Santa Cruz de Marcenado, manifestando en ellas que lejos de acceder,

se debía exhortar al capitán general de Castilla a abandonar sus llanos

y ponerse al abrigo de las montañas; pues no teniendo soldados ni unos

ni otros sino hombres, infaliblemente serían deshechos en descampado, y

se apagaría el entusiasmo que estaba tan encendido. Convencida la junta

de lo fundado de las razones del marqués, acordó no desprenderse de su

ejército, y solo por halagar a la multitud consintió en que quedase

unido a los castellanos el regimiento de Covadonga, compuesto de más

de 1000 hombres, y mandado por Don Pedro Méndez de Vigo, y además que

otros tantos bajasen a León del puerto de Leitariegos a las órdenes del

mariscal de campo conde de Toreno, padre del autor.

También encontró en Galicia la demanda de Cuesta graves dificultades.

Había sido el plan de Filangieri fortificar a Manzanal, y organizar

allí y en otros puntos del Bierzo sus soldados, antes de aventurar

acción alguna campal. Mas la junta de Galicia atenta a la quebrantada

salud de aquel general y al desvío con que por extranjero le

miraban algunos, relevándole del mando activo, le había llamado a

la Coruña, y nombrado en su lugar al cuartel maestre general Don

Joaquín Blake. Púsose este al frente del ejército el 21 de junio, y

perseguido Filangieri de adversa estrella pereció como hemos dicho

el 24. Persistió Blake en el plan anterior de adiestrar la tropa,

esperando que con los cuerpos que había en Galicia, los de Oporto y

nuevos alistados, conseguiría armar y disciplinar 40.000 hombres.

La inquietud de los tiempos le impidió llevar su laudable propósito

a cumplido efecto. Deseoso de examinar y reconocer por sí la sierra

y caminos de Foncebadón y Manzanal había salido de Villafranca,

[Marginal: Ejército de Galicia después de la muerte de Filangieri.]

y pareciéndole conveniente tomar posición en aquellas alturas que

forman una cordillera avanzada de la del Cebrero y Piedrafita, límite

de Galicia, se situó allí extendiendo su derecha hasta el Monte

Teleno que mira a Sanabria, y su izquierda hacia el lado de León por

la Cepeda. Así no solamente guarecía todas las entradas principales

de Galicia, sino también disfrutaba de los auxilios que ofrecía el

Bierzo. Empezaba pues a poner en planta su intento de ejercitar y

organizar su gente, cuando el 28 de junio se le presentó Don José

de Zayas rogándole a nombre del general Cuesta que con todo o parte

de su ejército avanzase a Castilla. Negose Blake, y entonces pasó

el comisionado a avistarse con la junta de la Coruña de quien aquel

dependía. La desgracia ocurrida con Filangieri, el terror que infundió

su muerte, las instancias de Cuesta y los deseos del vulgo que casi

siempre se gobierna más bien por impulso ciego que por razón, lograron

que triunfase el partido más pernicioso; habiéndose prevenido a Blake

que se juntase con el ejército de Castilla en las llanuras. Poco antes

de haber recibido la orden redujo aquel general a cuatro divisiones las

seis en que a principios de junio se había distribuido la fuerza de su

mando, ascendiendo su número a unos 27.000 hombres de infantería, con

más de 30 piezas de campaña y 150 caballos de distintos cuerpos. Tomó

otras disposiciones con acierto y diligencia, y si al saber y práctica

militar que le asistía se le hubiera agregado la conveniente fortaleza

o mayor influjo para contrarrestar la opinión vulgar, hubiera al fin

arreglado debidamente el ejército puesto a sus órdenes. Mas oprimido

bajo el peso de aquella, tuvo que ceder a su impetuoso torrente, y

pasar en los primeros días de julio a unirse en Benavente con el

general Cuesta. Dejó solo en Manzanal la segunda división compuesta de

cerca de 6000 hombres a las órdenes del mariscal de campo Don Rafael

Martinengo, y en la Puebla de Sanabria un trozo de 1000 hombres a las

del marqués de Valladares, el que obró después en Portugal de concierto

con el ejército de aquella nación. Llegado que fue a Benavente con las

otras tres divisiones, dejó allí la tercera al mando del brigadier

Don Francisco Riquelme sirviendo como de reserva, y constando de 5000

hombres. Púsose en movimiento camino de Rioseco con la primera y cuarta

división acaudilladas por el jefe de escuadra Don Felipe Jado Cagigal

y el mariscal de campo marqués de Portago; llevó además el batallón de

voluntarios de Navarra que pertenecía a la tercera. Se había también

arreglado para la marcha una vanguardia que guiaba el conde de Maceda,

grande de España, y coronel del regimiento de infantería de Zaragoza.

Ascendía el número de esta fuerza a 15.000 hombres, la cual formaba con

la de Cuesta un total de 22.000 combatientes. Contábanse entre unos y

otros muchos paisanos vestidos todavía con su humilde y tosco traje, y

no llegaban a 500 los jinetes. Reunidos ambos generales tomó el mando

el de Castilla como más antiguo, si bien era muy inferior en número

y calidad su tropa. No reinaba entre ellos la conveniente armonía.

Repugnábanle a Blake muchas ideas de Cuesta, y ofendíase este de que un

general nuevamente promovido y por una autoridad popular pudiese ser

obstáculo a sus planes. Pero el primero por desgracia sometiéndose a la

superioridad que daban al de Castilla los años, la costumbre del mando

y sobre todo ser su dictamen el que con más gusto y entusiasmo abrazaba

la muchedumbre, no se opuso según hemos visto a salir de Benavente ni

al tenaz propósito de ir al encuentro del enemigo por las llanuras que

se extendían por el frente.

[Marginal: Batalla de Rioseco, 14 de julio.]

Noticiosos los franceses del intento de los españoles quisieron

adelantárseles, y el 9 salió de Burgos el general Bessières. No estaban

el 13 a larga distancia ambos ejércitos, y al amanecer del 14 de julio

se avistaron sus avanzadas en Palacios, legua y media distante de

Rioseco. El de los franceses constaba de 12.000 infantes y más de 1500

caballos: superior en número el de los españoles era inferiorísimo

en disciplina, pertrechos y sobre todo en caballería, tan necesaria

en aquel terreno, siendo de admirar que con ejército tan novel y

desapercibido se atreviese Cuesta a arriesgar una acción campal.

La desunión que había entre los generales españoles, si no del todo

manifiesta todavía, y la condición imperiosa y terca del de Castilla,

impidieron que de antemano se tomasen mancomunadamente las convenientes

disposiciones. Blake, en la tarde del 13, al aviso de que los franceses

se acercaban, pasó desde Castromonte, en donde tenía su cuartel

general, a Rioseco, en cuya ciudad estaba el de Cuesta, y juntos se

contentaron con reconocer el camino que va a Valladolid, persuadido el

último que por allí habían de atacar los franceses. A esto se limitaron

las medidas previamente combinadas.

Volviendo Don Joaquín Blake a su campo, preparó su gente, reconoció

de nuevo el terreno, y a las dos de la madrugada del 14 situó sus

divisiones en el paraje que le pareció más ventajoso, no esperando

grande ayuda de la cooperación de Cuesta. Empezó sin embargo este a

mover su tropa en la misma dirección a las cuatro de la mañana; pero

de repente hizo parada, sabedor de que el enemigo avanzaba del lado

de Palacios a la izquierda del camino que de Rioseco va a Valladolid.

Advertido Blake tuvo también que mudar de rumbo y encaminarse a aquel

punto. Ya se deja discurrir de cuánto daño debió de ser para alcanzar

la victoria movimiento tan inesperado, teniendo que hacerse por

paisanos y tropas bisoñas. Culpa fue grande del general de Castilla

no estar mejor informado en un tiempo en que todos andaban solícitos

en acechar voluntariamente los pasos del ejército francés. Cuesta

temiendo ser atacado pidió auxilio al general Blake, quien le envió

su cuarta división al mando del marqués de Portago, y se colocó él

mismo con la vanguardia, los voluntarios de Navarra y primera división

en la llanura que a manera de mesa forma lo alto de una loma puesta

a la derecha del camino que media entre Rioseco y Palacios, y a cuyo

descampado llaman los naturales campos de Monclín. Constaba esta fuerza

de 9000 hombres. No era respetable la posición escogida, siendo por

varios puntos de acceso no difícil. Cuesta se situó detrás a la otra

orilla del camino, dejando entre sus cuerpos y los de Blake un claro

considerable. Mantúvose así apartado por haber creído, según parece,

que eran franceses los soldados del provincial de León que se mostraron

a lo lejos por su izquierda, y quizá también llevado de los celos que

le animaban contra el otro general su compañero.

Al avanzar dudó un momento el mariscal Bessières si acometería a

los españoles, imaginándose que eran muy superiores en número a los

suyos. Pero habiendo examinado de más cerca la extraña disposición,

por la cual quedaba un claro en tanto grado espacioso que parecían las

tropas de su frente más bien ejércitos distintos que separados trozos

de uno mismo y solo, recordó lo que había pasado allá en Cabezón, y

arremetiendo sin tardanza resolvió interponerse entre Blake y Cuesta.

Había juzgado el francés que eran dos líneas diversas, y que la

ignorancia e impericia de los jefes había colocado a los soldados tan

distantes unos de otros. Difícil era por cierto presumir que el interés

de la patria, o por lo menos el honor militar, no hubiese acallado en

un día de batalla mezquinas pasiones. Nosotros creemos que hubo de

parte de Cuesta el deseo de campear por sí solo y acudir al remedio

de la derrota luego que hubiese visto destrozado en parte o por lo

menos muy comprometido a su rival. No era dado a su ofendido orgullo

descubrir lo arriesgado y aun temerario de tal empresa. De su lado

Blake hubiera obrado con mayor prudencia si conociendo la inflexible

dureza de Cuesta, hubiese evitado exponerse a dar batalla con una parte

reducida de su ejército.

Prosiguiendo Bessières en su propósito ordenó que el general Merle y

Sabatier acometiesen el primero la izquierda de la posición de Blake

y el segundo su centro. Iba con ellos el general Lassalle acompañado

de dos escuadrones de caballería. Resistieron con valor los nuestros,

y muchos aunque bisoños aguantaron la embestida, como si estuvieran

acostumbrados al fuego de largo tiempo. Sin embargo el general Merle

encaramándose del lado del camino por el tajo de la meseta, los

nuestros comenzaron a ciar, y a desordenarse la izquierda de Blake. En

tanto avanzaba Mouton para acometer a los de Cuesta, e interponerse

entre los dos grandes y separados trozos del ejército español. A su

vista los carabineros reales y guardias de Corps, sin aguardar aviso

se movieron y en una carga bizarrísima arrollaron las tropas ligeras

del enemigo, y las arrojaron en una torrentera de las que causan en

aquel país las lluvias. Fue al socorro de los suyos la caballería de la

guardia imperial, y nuestros jinetes cediendo al número se guarecieron

de su infantería. Cayeron muertos en aquel lance los ayudantes mayores

de carabineros Escobedo y Chaperón, lidiando este bravamente y cuerpo

a cuerpo con varios soldados del ejército contrario. Arreciando la

pelea, se adelantó la cuarta división de Galicia, puesta antes a las

órdenes inmediatas de Cuesta con consentimiento de Blake. Dicen unos

que obró por impulso propio, otros por acertada disposición del primer

general. Iban en ella dos batallones de granaderos entresacados de

varios regimientos, el provincial de Santiago y el de línea de Toledo,

a los que se agregaron algunos bisoños entre otros el de Covadonga.

Arremetieron con tal brío que fueron los franceses rechazados y

deshechos, cogiendo los nuestros cuatro cañones. Momento apurado para

el enemigo y que dio indicio de cuán otro hubiera sido el éxito de la

batalla a haber habido mayor acuerdo entre los generales españoles.

Mas la adquirida ventaja duró corto tiempo. En el intervalo había

crecido el desorden y la derrota en las tropas de Blake. En balde este

general había querido contener al enemigo con la columna de granaderos

provinciales que tenía como en reserva. Estos no correspondieron a lo

que su fama prometía por culpa en gran parte de algunos de los jefes.

Fueron como los demás envueltos en el desorden, y caballos enemigos

que subieron a la altura acabaron de aumentar la confusión. Entonces

Merle más desembarazado revolvió sobre la cuarta división que había

alcanzado la ventaja arriba indicada, y flanqueándola por su derecha la

contuvo y desconcertó. Los franceses luego acometieron intrépidamente

por todos lados, extendiéronse por la meseta o alto de la posición de

Blake, y todo lo atropellaron y desbarataron, apoderándose de nuestras

no aguerridas tropas la confusión y el espanto. Individualmente hubo

soldados, y sobre todo oficiales que vendieron caras sus vidas,

contándose entre los más valerosos al ilustre conde de Maceda, quien,

_pródigo de su grande alma_, cual otro Paulo, prefirió arrojarse a

la muerte antes que ver con sus ojos la rota de los suyos. Vanos

fueron los esfuerzos del general Blake y de los de su estado mayor,

particularmente de los distinguidos oficiales Don Juan Moscoso, Don

Antonio Burriel y Don José Maldonado para rehacer la gente. Eran sordos

a su voz los más de los soldados, manteniéndose por aquel punto solo

unido y lidiando el batallón de voluntarios de Navarra mandado por

el coronel Don Gabriel de Mendizábal. Cundiendo el desorden no fue

tampoco dable a Cuesta impedir la confusión de los suyos, y ambos

generales españoles se retiraron a corta distancia uno de otro sin ser

muy molestados por el enemigo; pero entre sí con ánimo más opuesto

y enconado. Tomaron el camino de Villalpando y Benavente. Pasó de

4000 la pérdida de los nuestros entre muertos, heridos, prisioneros

y extraviados, con varias piezas de artillería. De los contrarios

perecieron unos 300 y más de 700 fueron los heridos. Lamentable

jornada debida a la obstinada ceguedad e ignorancia de Cuesta, al poco

concierto entre él y Blake, y a la débil y culpable condescendencia

de la junta de Galicia. La tropa bisoña y aun el paisanaje habiendo

peleado largo rato con entusiasmo y denuedo, claramente mostraron lo

que con mayor disciplina y mejor acuerdo de los jefes hubieran podido

llevar a glorioso remate. Mucho perjudicó a la causa de la patria tan

triste suceso. Se perdieron hombres, se consumieron en balde armas y

otros pertrechos, y sobre todo se menoscabó en gran manera la confianza.

Rioseco pagó duramente la derrota padecida casi a sus puertas. Nunca

pudo autorizar el derecho de la guerra el saqueo y destrucción de un

pueblo que por sí no había opuesto resistencia. Mas el enemigo con

pretexto de que soldados dispersos habían hecho fuego cerca de los

arrabales, entró en la ciudad matando por calles y plazas. Los vecinos

que quisieron fugarse murieron casi todos a la salida. Allanaron los

franceses las casas, los conventos y los templos, destruyeron las

fábricas, robándolo todo y arruinándolo. Quitaron la vida a mozos,

ancianos y niños, a religiosos y a varias mujeres, violándolas a

presencia de sus padres y maridos. Lleváronse otras al campamento,

abusando de ellas hasta que hubieron fallecido. Quemaron más de

cuarenta casas, y coronaron tan horrorosa jornada con formar de la

hermosa iglesia de Santa Cruz un infame lupanar, en donde fueron

víctima del desenfreno de la soldadesca muchas monjas, sin que se

respetase aun a las muy ancianas. No pocas horas duró el tremendo

destrozo.

[Marginal: Avanza Bessières a León.]

Bessières después de avanzar hasta Benavente persiguió a Cuesta camino

de León, a cuya ciudad llegó este el 17, abandonándola en la noche del

18 para retirarse hacia Salamanca. El general francés que había dudado

antes si iría o no a Portugal, sabiendo este movimiento y el que Blake

y los asturianos se habían replegado detrás de las montañas, desistió

de su intento y se contentó con entrar en León y recorrer la tierra

llana. [Marginal: Su correspondencia con Blake.] Desde el 22 abrió el

mariscal francés correspondencia con Blake haciéndole proposiciones muy

ventajosas para que él y su ejército reconociesen a José. Respondiole

el general español con firmeza y decoro, concluyendo los tratos con

una carta de este demasiadamente vanagloriosa, y una respuesta de su

contrario atropellada y en que se pintaba el enfado y despecho.

La batalla de Rioseco, fatal para los españoles, llenó de júbilo a

Napoleón, comparándola con la de Villaviciosa que había asegurado la

corona en las sienes de Felipe V. Satisfecho con la agradable nueva, o

más bien sirviéndole de honroso y simulado motivo, abandonó a Bayona,

de donde el 21 de julio por la noche salió para París, visitando antes

los departamentos del mediodía. No fue la vez primera ni la única en

que alejándose a tiempo, procuraba que sobre otros recayesen las faltas

y errores que se cometían en su ausencia.

[Marginal: Viaje de José a Madrid.]

José, a quien dejamos a la raya de España y pisando su territorio, el

9 de julio había seguido su camino a cortas jornadas. A doquiera

que llegaba acogíanle friamente; las calles de los pueblos estaban en

soledad y desamparo, y no había para recibirle sino las autoridades

que pronunciaban discursos, forzadas por la ocupación francesa. El

16 supo en Burgos las resultas de la batalla de Rioseco, con lo que

más desahogadamente le fue lícito continuar su viaje a Madrid. En el

tránsito quiso manifestarse afable, lo cual dio ocasión a los satíricos

donaires de los que le oían. Porque poco práctico en la lengua

española, alteraba su pureza con vocablos y acento de la italiana, y

sus arengas en vez de cautivar los ánimos solo los movían a risa y

burla.

[Marginal: Su entrada en la capital.]

El 20 en fin llegó a Chamartín a mediodía y se apeó en la quinta del

duque del Infantado, disponiéndose a hacer su entrada en Madrid.

Verificola pues en aquella propia tarde a las seis y media, yendo

por la puerta de Recoletos, calle de Alcalá y Mayor hasta palacio.

Habían mandado colgar y adornar las casas. Raro o ninguno fue el

vecino que obedeció. Venía escoltado para seguridad y mayor pompa

de mucha infantería y caballería, generales y oficiales de estado

mayor, y contados españoles de los que estaban más comprometidos.

Interrumpíase la silenciosa marcha con los solos vivas de algunos

franceses establecidos en Madrid, y con el estruendo de la artillería.

Las campanas en lugar de tañer como a fiesta las hubo que doblaron

a manera de día de difuntos. Pocos fueron los habitantes que se

asomaron o salieron a ver la ostentosa solemnidad. Y aun el grito de

uno que prorrumpió en _viva Fernando VII_, causó cierto desorden por

el recelo de alguna oculta trama. Recibimiento que representaba al

vivo el estado de los ánimos, y singular en su contraste con el que

se había dado a Fernando VII en 24 de marzo. Asemejose muy mucho al

de Carlos de Austria en 1710, en el que se mezclaron con los pocos

vítores que le aplaudían, varios que osaron aclamar a Felipe V. Pero

José no se ofendió ni de extraños clamores ni de la expresiva soledad

como el austriaco. Este al llegar a la puerta de Guadalajara torció a

la derecha y se salió por la calle de Alcalá diciendo: «que era una

corte sin gente.» José se posesionó de Palacio y desde luego admitió a

cumplimentarle a las autoridades, consejos y principales personas al

efecto citadas.

[Marginal: Retrato de José.]

Ahora no parecerá fuera de propósito que nos detengamos a dar una

idea, si bien sucinta, del nuevo rey, de su carácter y prendas.

Comenzaremos por asentar con desapasionada libertad, que en tiempos

serenos y asistido de autoridad, si no más legítima por lo menos de

origen menos odioso, no hubiera el intruso deshonrado el solio, mas

sí cooperado a la felicidad de España. José había nacido en Córcega,

año de 1768. Habiendo estudiado en el colegio de Autun en Borgoña,

volvió a su patria en 1785 en donde después fue individuo de la

administración departamental, a cuya cabeza estaba el célebre Paoli.

Casado en 1794 con una hija de Mr. Clary, hombre de los más acaudalados

de Marsella, acompañó al general Bonaparte en su primera campaña de

Italia. Hallábase embajador en Roma a la sazón que sublevándose el

pueblo acometió su palacio y mató a su lado al general Duphot. Miembro

a su regreso del consejo de los Quinientos, defendió con esfuerzo a su

hermano que entonces en Egipto era vivamente atacado por el directorio.

Después de desempeñar comisiones importantes y de haber firmado el

concordato con el Papa, los tratados de Luneville, Amiens y otros,

tomó asiento en el senado. Mas cuando Napoleón convirtió la Francia

en un vasto campo militar y sus habitantes en soldados, ciñó a su

hermano la espada, dándole el mando del cuarto regimiento de línea,

uno de los destinados al tan pregonado desembarco de Inglaterra. No

descolló empero en las armas, cual conviniera al que fue a domeñar

después una nación fiera y altiva como la española. Al subir Napoleón

al trono ofreció a José la corona de Lombardía que se negó a admitir,

accediendo en 1806 a recibir la de Nápoles, cuyo reino gobernó con

algún acierto. Fue en España más desgraciado a pesar de las prendas que

le adornaban. Nacido en la clase particular y habiendo pasado por los

vaivenes y trastornos de una gran revolución política, poseía a fondo

el conocimiento de los negocios públicos y el de los hombres. Suave

de condición, instruido y agraciado de rostro, y atento y delicado en

sus modales, hubiera cautivado a su partido las voluntades españolas,

si antes no se las hubiera tan gravemente lastimado en su pundonoroso

orgullo. Además la extrema propensión de José a la molicie y deleites

oscureciendo algún tanto sus bellas dotes, dio ocasión a que se

inventasen respecto de su persona ridículas consejas y cuentos creídos

por una multitud apasionada y enemiga. Así fue que no contentos con

tenerle por ebrio y disoluto, deformáronle hasta en su cuerpo fingiendo

que era tuerto. Su misma locución fácil y florida perjudicole en

gran manera, pues arrastrado de su facundia se arrojaba, como hemos

advertido, a pronunciar discursos en lengua que no le era familiar,

cuyo inmoderado uso unido a la fama exagerada de sus defectos, provocó

a componer farsas populares que, representadas en todos los teatros

del reino, contribuyeron no tanto al odio de su persona como a su

desprecio, afecto del ánimo más temible para el que anhela afianzar en

sus sienes una corona. Por tanto, José, si bien enriquecido de ciertas y

laudables calidades, carecía de las virtudes bélicas y austeras que se

requerían entonces en España, y sus imperfecciones, débiles lunares en

otra coyuntura, ofrecíanse abultadas a los ojos de una nación enojada y

ofendida.

[Marginal: Su proclamación.]

Los pocos días que el nuevo rey residió en Madrid se pasaron en

ceremonias y cumplidos. Señalose el 25 de julio para su proclamación.

Prefirieron aquel día por ser el de Santiago, creyendo así agradar a

la devoción española que le reconocía como patrón del reino. Hizo las

veces de alférez mayor el conde de Campo de Alange, estando ausente

y habiendo rehusado asistir el marqués de Astorga a quien de derecho

competía.

[Marginal: Su reconocimiento.]

Todas las autoridades, después de haber cumplimentado a José, le

prestaron, con los principales personajes, juramento de fidelidad. Solo

se resistieron el consejo de Castilla [Marginal: Consejo de Castilla.]

y la sala de alcaldes. Muy de elogiar sería la conducta del primero,

si con empeño y honrosa porfía se hubiera antes constantemente opuesto

a las resoluciones de la autoridad intrusa. Había sí a veces suprimido

la fórmula, al publicar sus decretos, de que estos se _guardasen_ y

_cumpliesen_, pero imprimiéndose y circulándose a su nombre: el pueblo,

que no se detenía en otras particularidades, achacaba al consejo y

vituperaba en él la autorización de tales documentos, y los hombres

entendidos deploraban que se sirviese de un efugio indigno de supremos

magistrados. Porque al paso que doblaban la cerviz al usurpador,

buscaban con sutilezas e impropios ardides un descargo a la severa

responsabilidad que sobre ellos pesaba: proceder que los malquistó con

todos los partidos.

Desde la llegada de José a España habíase ordenado al consejo que

se dispusiese a prestar el debido juramento. En el 22 de julio

expresamente se le reiteró cumpliese con aquel acto, según lo prevenido

en la constitución de Bayona, la cual ya de antemano se le había

ordenado que circulase. El consejo sabedor de la resistencia general

de las provincias, y previendo el compromiso a que se exponía, había

procurado dar largas, y no antes del 24 respondió a las mencionadas

órdenes. En dicho día remitió dos representaciones que abrazaban

ambos puntos el del juramento y el de la constitución. A cerca de la

última expuso: «que él no representaba a la nación, y sí únicamente

las cortes, las que no habían recibido la constitución. Que sería

una manifiesta infracción de todos los derechos más sagrados el que

tratándose, no ya del establecimiento de una ley sino de la extinción

de todos los códigos legales y de la formación de otros nuevos, se

obligase a jurar su observancia antes que la nación los reconociese y

aceptase.» Justa y saludable doctrina de que en adelante se desvió con

frecuencia el mismo consejo.

Hasta en el presente negocio cedió al fin respecto de la constitución

de Bayona, cuya publicación y circulación tuvo efecto con su anuencia

en 26 de julio. Animáronle a continuar en la negativa del pedido

juramento los avisos confidenciales que ya llegaban del estado apurado

de los franceses en Andalucía: por lo cual el 28 insistió en las

razones alegadas, añadiendo nuevas de conciencia. A unas y a otras

le hubiera la necesidad obligado a encontrar salida y someterse a lo

que se le ordenaba, según antes había en todo practicado, si grandes

acontecimientos allende la Sierra Morena no hubieran distraído de los

escrúpulos del consejo y suscitado nuevos e impensados cuidados al

gobierno intruso.

Al llegar aquí de suyo se nombra la batalla de Bailén: memorable suceso

que exige lo refiramos circunstanciadamente.

[Marginal: Acontecimientos que precedieron a la batalla de Bailén.]

No habrá el lector olvidado como Dupont después de abandonar a Córdoba

se había replegado a Andújar, y asentando allí su cuartel general,

sucesivamente había recibido los refuerzos que le llevaron los

generales Vedel y Gobert. Antes de esta retirada y para impedirla se

había formado un plan por los españoles. Don Francisco Javier Castaños

se oponía a que este se realizase, pensando quizá fundadamente que ante

todo debía organizarse el ejército en un campo atrincherado delante de

Cádiz. En tanto Dupont frustró con su movimiento retrógrado el intento

que había habido de rodearle. Alentáronse los nuestros, y solo Castaños

insistió de nuevo en su anterior dictamen. Inclinábase a adoptarle la

junta de Sevilla hasta que arrastrada por la voz pública, y noticiosa

de que tropas de refresco avanzaban a unirse al enemigo, determinó que

se le atacase en Andújar.

Castaños desde que había tomado el mando del ejército de Andalucía,

había tratado de engrosarle, y disciplinar a los innumerables paisanos

que se presentaban a alistarse voluntariamente. En Utrera estableció

su cuartel general, y en aquel pueblo y Carmona se juntaron unas en

pos de otras todas las fuerzas, así las que venían de San Roque, Cádiz

y Sevilla, como las que con Echevarri habían peleado en Alcolea. No

tardaron mucho las de Granada en aproximarse y darse la mano con las

demás. Para mayor seguridad rogó Castaños al general Spencer, quien con

5000 ingleses según se apuntó estaba en Cádiz a bordo de la escuadra de

su nación, que desembarcase y tomase posición en Jerez. Por entonces no

condescendió este general con su deseo, prefiriendo pasar a Ayamonte y

sostener la insurrección de Portugal. No tardó sin embargo el inglés en

volver y desembarcar en el Puerto de Santa María, en donde permaneció

corto tiempo sin tomar parte en la guerra de Andalucía.

[Marginal: Distribución del ejército español de Andalucía.]

Puestos de inteligencia los jefes españoles dispusieron su ejército

en tres divisiones con un cuerpo de reserva. Mandaba la primera Don

Teodoro Reding con la gente de Granada; la segunda el marqués de

Coupigny, y se dejó la tercera a cargo de Don Félix Jones que debía

obrar unida a la reserva capitaneada por Don Manuel de la Peña. El

total de la fuerza ascendía a 25.000 infantes y 2000 caballos. A las

órdenes de Don Juan de la Cruz había una corta división, compuesta de

las compañías de cazadores de algunos cuerpos, de paisanos y otras

tropas ligeras, con partidas sueltas de caballería, que en todo

ascendía a 1000 hombres. También Don Pedro Valdecañas mandaba por otro

lado pequeños destacamentos de gente allegadiza.

Los españoles, avanzando, se extendieron desde el 1.º de julio por el

Carpio y ribera izquierda del Guadalquivir. Los franceses para buscar

víveres y cubrir su flanco habían al propio tiempo enviado a Jaén al

general de brigada Cassagne con 1500 hombres. A las once del mismo día,

acercándose los franceses a la ciudad, tuvieron varios reencuentros con

los nuestros, y hasta el 3 que por la noche la desampararon estuvieron

en continuado rebato y pelea, ya con paisanos y ya con el regimiento

de suizos de Reding y voluntarios de Granada, que habían acudido a

la defensa de los suyos. Dupont, sabedor del movimiento del general

Castaños, no queriendo tener alejadas sus fuerzas, había ordenado a

Cassagne que retrocediese, y así se libertó Jaén de la ocupación de

unos soldados que tanto daño le habían ocasionado en la primera.

[Marginal: Consejo celebrado para atacar a los franceses.]

Instando de todos lados para que se acometiese decididamente al

enemigo, celebraron en Porcuna el 11 de julio los jefes españoles un

consejo de guerra en el que se acordó el plan de ataque. Conforme a lo

convenido debía Don Teodoro Reding cruzar el Guadalquivir por Mengíbar

y dirigirse sobre Bailén, sosteniéndole el marqués de Coupigny que

había de pasar el río por Villanueva. Al mismo tiempo Don Francisco

Javier Castaños quedó encargado de avanzar con la tercera división y la

reserva y atacar de frente al enemigo, cuyo flanco derecho debía ser

molestado por las tropas ligeras y cuerpos francos de Don Juan de la

Cruz, quien atravesando por el puente de Marmolejo, que aunque cortado

anteriormente estaba ya transitable, se situó al efecto en las alturas

de Sementera.

El 13 se empezó a poner en obra el concertado movimiento, y el 15 hubo

varias escaramuzas. Dupont inquieto con las tropas que veía delante de

sí, pidió a Vedel que le enviase de Bailén el socorro de una brigada;

pero este no queriendo separarse de sus soldados fue en persona con

su división, dejando solamente a Liger-Belair con 1300 hombres para

guardar el paso de Mengíbar. En el mismo 15 los franceses atacaron a

Cruz, quien después de haber combatido bizarramente se transfirió a

Peñascal de Morales, replegándose los enemigos a sus posiciones. No

hubo en el 16 por el frente, o sea del lado de Castaños, sino un recio

cañoneo; pero fue grave y glorioso para los españoles el choque en que

se vio empeñado en el propio día el general Reding.

[Marginal: Acción de Mengíbar.]

Según lo dispuesto trató este general de atacar al enemigo, y al

tiempo que le amenazaba en su posición de Mengíbar, a las cuatro de la

mañana cruzó el río a media legua por el vado apellidado del Rincón.

Le desalojó de todos los puntos, y obligó a Liger-Belair a retirarse

hacia Bailén, de donde volando a su socorro el general Gobert, recibió

este un balazo en la cabeza, de que murió poco después. Cuerpos nuevos

como el de Antequera y otros se estrenaron aquel día con el mayor

lucimiento. Contribuyó en gran manera al acierto de los movimientos el

experto y entendido mayor general Don Francisco Javier Abadía. Nada

embarazaba ya la marcha victoriosa de los españoles; mas Reding como

prudente capitán suspendió perseguir al enemigo, y repasando por la

tarde el río aguardó a que se le uniese Coupigny. Pareció ser día de

buen agüero porque en 1212 en el mismo 16 de julio, según el cómputo

de entonces, habíase ganado la célebre batalla de las Navas de Tolosa,

pueblo de allí poco distante: siendo de notar que el paraje en donde

hubo mayor destrozo de moros, y que aún conserva el nombre de campo de

matanza, fue el mismo en que cayó mortalmente herido el general Gobert.

De resultas de este descalabro determinó Dupont que Vedel tornase a

Bailén, y arrojase los españoles del otro lado del río. Empezaba el

terror a desconcertar a los franceses. Aumentose con la noticia que

recibieron de lo ocurrido en Valencia, y por doquiera no veían ni

soñaban sino gente enemiga. Así fue que Dufour, sucesor de Gobert,

y Liger-Belair escarmentados con la pérdida que el 16 experimentaron

en Mengíbar, y temerosos de que los españoles mandados por Don

Pedro Valdecañas, que habían acometido y sorprendido en Linares un

destacamento francés, se apoderasen de los pasos de la sierra y fuesen

después sostenidos por la división victoriosa de Reding, en vez de

mantenerse en Bailén caminaron a Guarromán tres leguas distante. Ya

se habían puesto en marcha cuando Vedel de vuelta de Andújar llegó al

primer pueblo, y sin aguardar noticia ni aviso alguno recelándose que

Dufour y su compañero pudiesen ser atacados prosiguió adelante, y

uniéndose a ellos avanzaron juntos a la Carolina y Santa Elena.

En el intermedio y al día siguiente de la gloriosa acción que había

ganado, movió el general Reding su campo, repasó de nuevo el río en la

tarde del 17, e incorporándosele al amanecer el marqués de Coupigny

entraron ambos el 18 en Bailén. Sin permitir a su gente largo descanso

disponíanse a revolver sobre Andújar, con intento de coger a Dupont

entre sus divisiones y las que habían quedado en los Visos, cuando

impensadamente se encontraron con las tropas de dicho general, que de

priesa y silenciosamente caminaban. Había el francés salido de Andújar

al anochecer del 18, después de destruir el puente y las obras que para

su defensa había levantado. Escogió la oscuridad deseoso de encubrir su

movimiento, y salvar el inmenso bagaje que acompañaba a sus huestes.

[Marginal: Batalla de Bailén, 19 de julio.]

Abría Dupont la marcha con 2600 combatientes, mandando Barbou la

columna de retaguardia. Ni franceses ni españoles se imaginaban estar

tan cercanos; pero desengañolos el tiroteo que de noche empezó a oírse

en los puntos avanzados. Los generales españoles que estaban reunidos

en una almazara o sea molino de aceite a la izquierda del camino de

Andújar, paráronse un rato con la duda de si eran fusilazos de su tropa

bisoña o reencuentro con la enemiga. Luego los sacó de ella una granada

que casi cayó a sus pies a las doce y minutos de aquella misma noche, y

principio ya del día 19. Eran en efecto fuegos de tropas francesas que

habiendo las primeras y más temprano salido de Andújar, habían tenido

el necesario tiempo para aproximarse a aquellos parajes. Los jefes

españoles mandaron hacer alto, y Don Francisco Venegas Saavedra, que

en la marcha capitaneaba la vanguardia, mantuvo el conveniente orden,

y causó diversión al enemigo en tanto que la demás tropa ya puesta en

camino volvía a colocarse en el sitio que antes ocupaba. Los franceses

por su parte avanzaron más allá del puente que hay a media legua de

Bailén. En unas y otras no empezó a trabarse formalmente la batalla

hasta cerca de las cuatro de la mañana del citado 19. Aunque los dos

grandes trozos o divisiones, en que se había distribuido la fuerza

española allí presente, estaban al mando de los generales Reding y

Coupigny, sometido este al primero, ambos jefes acudían indistintamente

con la flor de sus tropas a los puntos atacados con mayor empeño.

Ayudoles mucho para el acierto el saber y tino del mayor general

Abadía.

La primera acometida fue por donde estaba Coupigny. Rechazáronla sus

soldados vigorosamente, y los guardias valonas, suizos, regimientos de

Bujalance, Ciudad Real, Trujillo, Cuenca, Zapadores y el de caballería

de España embistieron las alturas que el enemigo señoreaba y le

desalojaron. Roto este enteramente se acogió al puente, y retrocedió

largo trecho. Reconcentrando en seguida Dupont sus fuerzas volvió

a posesionarse de parte del terreno perdido, y extendió su ataque

contra el centro y costado derecho español en donde estaba Don Pedro

Grimarest. Flaqueaban los nuestros de aquel lado, pero auxiliados

oportunamente por Don Francisco Venegas, fueron los franceses del todo

arrollados teniendo que replegarse. Muchas y porfiadas veces repitieron

los enemigos sus tentativas por toda la línea, y en todas fueron

repelidos con igual éxito. Manejaron con destreza nuestra artillería

los soldados y oficiales de aquella arma, mandados por los coroneles

Don José Juncar y Don Antonio de la Cruz, consiguiendo desmontar

de un modo asombroso la de los contrarios. La sed causada por el

intenso calor era tanta que nada disputaron los combatientes con mayor

encarnizamiento como el apoderarse, ya unos ya otros, de una noria sita

más abajo de la almazara antes mencionada.

A las doce y media de la mañana Dupont lleno de enojo púsose con todos

los generales a la cabeza de las columnas, y furiosa y bravamente

acometieron juntos al ejército español. Intentaron con particular

arrojo romper nuestro centro, en donde estaban los generales Reding

y Abadía, llegando casi a tocar con los cañones los marinos de la

guardia imperial. Vanos fueron sus esfuerzos, inútil su conato. Tanto

ardimiento y maestría estrellose contra la bravura y constancia de

nuestros guerreros. Cansados los enemigos, del todo decaídos, menguados

sus batallones, y no encontrando refugio ni salida, propusieron una

suspensión de armas que aceptó Reding.

Mientras que la victoria coronaba con sus laureles a este general, Don

Juan de la Cruz no había permanecido ocioso. Informado del movimiento

de Dupont en la misma noche del 18 se adelantó hasta los Baños, y

colocándose cerca del Herrumblar a la izquierda del enemigo, le molestó

bastantemente. Castaños debió tardar más en saber la retirada de los

franceses, puesto que hasta la mañana del 19 no mandó a Don Manuel de

la Peña ponerse en marcha. Llevó este consigo la tercera división de

su mando reforzada, quedándose con la reserva en Andújar el general en

jefe. Peña llegó cuando se estaba ya capitulando: había antes tirado

algunos cañonazos para que Reding estuviese advertido de su llegada, y

quizá este aviso aceleró el que los franceses se rindiesen.

Vedel en su correría no habiendo descubierto por la sierra tropas

españolas, unido con Dufour permaneció el 18 en la Carolina, después

de haber dejado para resguardar el paso en Santa Elena y Despeñaperros

dos batallones y algunas compañías. Allí estaba cuando al alborear

del 19 oyendo el cañoneo del lado de Bailén, emprendió su marcha,

aunque lentamente, hacia el punto de donde partía el ruido. Tocaba

ya a las avanzadas españolas, y todavía reposaban estas con el seguro

de la pactada tregua. Advertido sin embargo Reding envió al francés

un parlamento con la nueva de lo acaecido. Dudó Vedel si respetaría

o no la suspensión convenida, mas al fin envió un oficial suyo para

cerciorarse del hecho.

Ocupaban por aquella parte los españoles las dos orillas del camino. En

la ermita de San Cristóbal, que está a la izquierda yendo de Bailén a

la Carolina, se había situado un batallón de Irlanda, y el regimiento

de Órdenes Militares al mando de su valiente coronel Don Francisco

de Paula Soler: enfrente y del otro lado se hallaba otro batallón de

dicho regimiento de Irlanda con dos cañones. Pesaroso Vedel de haber

suspendido su marcha, u obrando quizá con doblez, media hora después

de haber contestado al parlamento de Reding, y de haber enviado un

oficial a Dupont, mandó al general Cassagne que atacase el puesto de

los españoles últimamente indicado. Descansando nuestros soldados en la

buena fe de lo tratado, fuele fácil al francés desbaratar al batallón

de Irlanda que allí había, cogerle muchos prisioneros, y aun los dos

cañones. Mayor oposición encontró el enemigo en las fuerzas que mandaba

Soler, quien aguantó bizarramente la acometida que le dio el jefe

de batallón Roche. Interesaba mucho aquel punto de la ermita de San

Cristóbal, porque se facilitaba apoderándose de ella la comunicación

con Dupont. Viendo la porfiada y ordenada resistencia que los españoles

ofrecían, iba Vedel a atacar en persona la ermita, cuando recibió la

orden de su general en jefe de no emprender cosa alguna, con lo que

cesó en su intento calificado por los españoles de alevoso.

[Marginal: Capitulación del ejército francés.]

Negociábase pues el armisticio que antes se había entablado. Fue

enviado por Dupont para abrir los tratos el capitán Villoutreys de su

estado mayor. Pedía el francés la suspensión de armas y el permiso de

retirarse libremente a Madrid. Concedió Reding la primera demanda,

advirtiendo que para la segunda era menester abocarse con Don Francisco

Javier Castaños que mandaba en jefe. A él se acudió autorizando los

franceses al general Chabert para firmar un convenio. Inclinábase

Castaños a admitir la proposición de dejar a los enemigos repasar sin

estorbo la Sierra Morena. Pero la arrogancia francesa disgustando a

todos, excitó al conde de Tilly a oponerse, cuyo dictamen era de gran

peso como de individuo de la junta de Sevilla, y de hombre que tanta

parte había tomado en la revolución. Vino en su apoyo el haberse

interceptado un despacho de Savary de que era portador el oficial Mr.

de Fénelon. Preveníasele a Dupont en su contenido que se recogiese al

instante a Madrid en ayuda de las tropas que iban a hacer rostro a

los generales Cuesta y Blake que avanzaban por la parte de Castilla

la Vieja. Tilly a la lectura del oficio insistió con ahínco en su

opinión, añadiendo que la victoria alcanzada en los campos de Bailén

de nada serviría sino de favorecer los deseos del enemigo, caso que se

permitiese a sus soldados ir a juntarse con los que estaban allende

la sierra. A sus palabras irritados los negociadores franceses se

propasaron en sus expresiones hablando mal de los paisanos españoles

y exagerando sus excesos. No quedaron en zaga en su réplica los

nuestros, echándoles en cara escándalos, saqueos y perfidias. De ambas

partes agriándose sobremanera los ánimos, rompiéronse las entabladas

negociaciones.

Mas los franceses no tardaron en renovarlas. La posición de su ejército

por momentos iba siendo más crítica y peligrosa. Al ruido de la

victoria había acudido de la comarca la población armada, la cual y

los soldados vencedores estrechando en derredor al enemigo abatido y

cansado, sofocado con el calor y sediento, le sumergían en profunda

aflicción y desconsuelo. Los jefes franceses no pudiendo los más

sobrellevar la dolorosa vista que ofrecían sus soldados, y algunos, si

bien los menos, temerosos de perder el rico botin que los acompañaba,

generalmente persistieron en que se concluyese una capitulación. Y como

las primeras conferencias no habían tenido feliz resulta, escogiose

para ajustarla al general Marescot que por acaso se había incorporado

al ejército de Dupont. De antiguo conocía al nuevo plenipotenciario Don

Francisco Javier Castaños, y lisonjeáronse los que le eligieron con que

su amistad llevaría la negociación a pronto y cumplido remate.

Habíanse ya trabado nuevas pláticas, y todavía hubo oficiales franceses

que escuchando más a los ímpetus de su adquirida gloria que a lo que su

situación y la fe empeñada exigían, propusieron embestir de repente

las líneas españolas, y uniéndose con Vedel salvarse a todo trance.

Dupont mismo sobrecogido y desatentado dio órdenes contradictorias,

y en una de ellas insinuó a Vedel que se considerase como libre y se

pusiese en cobro. Bastole a este general el permiso para empezar a

retirarse por la noche burlándose de la tregua. Notando los españoles

su fuga, intimaron a Dupont que de no cumplir él y los suyos la palabra

dada, no solamente se rompería la negociación, sino que también sus

divisiones serían pasadas a cuchillo. Arredrado con la amenaza,

envió el francés oficiales de su estado mayor que detuviesen en la

marcha a Vedel, el cual aunque cercado de un enjambre de paisanos, y

hostigado por el ejército español, vaciló si había o no de obedecer.

Mas aterrorizados oficiales y soldados, era tanto su desaliento que de

veintitrés jefes que convocó a consejo de guerra, solo cuatro opinaron

que debía continuarse la comenzada retirada. Mal de su grado sometiose

Vedel al parecer de la mayoría.

Terminose pues la capitulación oscura y contradictoria en alguna de

sus partes; lo que en seguida dio margen a disputas y altercados.[*]

[Marginal: (* Ap. n. 4-15.)] Según los primeros artículos se hacía una

distinción bien marcada entre las tropas del general Dupont y las de

Vedel. Las unas eran consideradas como prisioneras de guerra, debiendo

rendir las armas, y sujetarse a la condición de tales. A las otras si

bien forzadas a evacuar la Andalucía, no se las obligaba a entregar

las armas sino en calidad de depósito, para devolvérselas a su

embarco. Pero esta distinción desaparecía en el artículo 6.º en donde

se estipulaba que todas las tropas francesas de Andalucía se harían a

la vela desde Sanlúcar y Rota para Rochefort en buques tripulados por

españoles. Ignoramos si hubo o no malicia en la inserción del artículo.

Si procedió de ardid de los negociadores franceses, enredáronse

entonces en su propio lazo, pues no era hacedero aprestar los

suficientes barcos con tripulación nacional. Tenemos por más probable

que anhelando todos concluir el convenio se precipitaron a cerrarle,

dejándole en parte ambiguo y vago.

La capitulación firmose en Andújar el 22 de julio por Don Francisco

Javier Castaños y el conde de Tilly a nombre de los españoles, y lo

fue al de los franceses por los generales Marescot y Chabert. Al día

siguiente desfiló la fuerza que estaba a las órdenes inmediatas del

general Dupont por delante de la reserva y tercera división españolas,

a cuyo frente se hallaban los generales Castaños y Don Manuel de la

Peña. Censurose que se diera la mayor honra y prez de la victoria a

las tropas que menos habían contribuido a alcanzarla. Componíase la

primera fuerza francesa de 8248 hombres, [Marginal: Rinden las armas

los franceses.] la cual rindió sus armas a 400 toesas del campo. El

24 trasladose el mismo Castaños a Bailén, en donde las divisiones

de Vedel y Dufour que constaban de 9393 hombres abandonaron sus

fusiles, colocándolos en pabellones sobre el frente de banderas. Además

entregaron unos y otros las águilas como también los caballos y la

artillería que contaba 40 piezas. De suerte que entre los que habían

perecido en la batalla, los rendidos y los que después sucesivamente se

rindieron en la sierra y Mancha, pasaba el total del ejército enemigo

de 21.000 hombres. El número de sus muertos ascendía a más de 2000

con gran número de heridos. Entre ellos perecieron el general Dupré

y varios oficiales superiores. Dupont quedó también contuso. De los

nuestros murieron 243, quedando heridos más de 700.

[Marginal: Reflexiones sobre la batalla.]

Día fue aquel de ventura y gloria para los españoles, de eterna

fama para sus soldados, de terrible y dolorosa humillación para los

contrarios. Antes vencedores estos contra las más aguerridas tropas

de Europa, tuvieron que rendir ahora sus armas a un ejército bisoño

compuesto en parte de paisanos y allegado tan apresuradamente que

muchos sin uniforme todavía conservaban su antiguo y tosco vestido.

Batallaron sin embargo los franceses con honra y valentía; cedieron a

la necesidad, pero cedieron sin afrenta. Algunos de sus caudillos no

pudieron ponerse a salvo de una justa y severa censura. Allá en Roma

en parecido trance pasaron sus cónsules bajo el yugo despojados, y

medio desnudos al decir de Tito Livio: «aquí hubo jefes que tuvieron

más cuenta con la mal adquirida riqueza que con el buen nombre.» No ha

faltado entre sus compatriotas quien haya achacado la capitulación al

deseo de no perder el cuantioso botin que consigo llevaban. Pudo caber

tan ruin pensamiento en ciertos oficiales, mas no en su mayor y más

respetable número. Guerreros bravos y veteranos lidiaron con arrojo y

maestría; sometiéronse a su mala estrella y a la dicha y señalado brío

de los españoles.

La victoria pesada en la balanza de la razón casi tocó en portento.

Cierto que las divisiones de Reding y de Coupigny, únicas que en

realidad lidiaron, contaban un tercio de fuerza más que las de

Dupont, constando estas de 8000 hombres, y aquellas de 14.000. ¡Pero

qué inferioridad en su composición! Las francesas superiorísimas en

disciplina, bajo generales y oficiales inteligentes y aguerridos,

bien pertrechadas y con artillería completa y bien servida, tenían

la confianza que dan tamañas ventajas y una serie no interrumpida de

victorias. Las españolas mal vestidas y armadas, con oficiales por

la mayor parte poco prácticos en el arte de la guerra y con soldados

inexpertos, eran más bien una masa de hombres de repente reunidos, que

un ejército en cuyas filas hubiese la concordancia y orden propios

de un ejército a punto de combatir. Nuestra caballería por su mala

organización conceptuábase como nula a pesar del valor de los jinetes,

al paso que la francesa brillaba y se aventajaba por su arreglo y

destreza. La posición ocupada por los españoles no fue más favorable

que la de los enemigos, habiendo al contrario tenido estos la fortuna

de acometer los primeros a los nuestros que comenzaban su marcha. Podrá

alegarse que hallándose a la retaguardia de Dupont las fuerzas de

Castaños y Peña, se le inutilizaba a aquel su superioridad viéndose así

perseguido y estrechado; pero en respuesta diremos que también Reding

tuvo a sus espaldas las tropas de Vedel, con la diferencia que las de

Peña nunca llegaron al ataque, y las otras le realizaron por dos veces.

No es extraño que mortificados los vencidos con la impensada rota, la

hayan asimismo achacado a la penuria que experimentaban sus soldados,

al cansancio y al calor terrible en aquella estación y en aquel clima.

Pero si los víveres abundaban en el campo de los españoles, era igual

o mayor la fatiga, y no herían con menos violencia los rayos del sol

a muchos de los que siendo de provincias más frescas estaban tan

desacostumbrados como los franceses a los ardores de las del mediodía,

de que varios cayeron sofocados y muertos. Hanse reprendido a Dupont y

a sus generales graves faltas, y ¡cuáles no cometieron los españoles!

Si Vedel y los suyos corrieron a la Carolina tras un enemigo que no

existía, Castaños y la Peña se pararon sobrado tiempo en los Visos de

Andújar, figurándose tener delante un enemigo que había desaparecido.

El general francés reputado como uno de los primeros de su nación,

aventajábase en nombradía al español, habiéndose ilustrado con

gloriosos hechos en Italia y en las orillas del Danubio y del Elba.

Castaños, después de haber servido con distinción en la campaña de

Francia de 1793, gozaba fama de buen oficial y de hombre esforzado,

mas no había todavía tenido ocasión de señalarse como general en jefe.

Suave de condición amábanle sus subalternos; mañero en su conducta

acusábanle otros de saber aprovecharse en beneficio propio de las

hazañas ajenas. Así fue que quisieron privarle de todo loor y gloria

en los triunfos de Bailén. Juicio apasionado e injusto. Pues si a la

verdad no asistió en persona a la acción, y anduvo lento en moverse de

Andújar, no por eso dejó de tomar parte en la combinación y arreglo

acordado para atacar y destruir al enemigo. Por lo demás la ventaja

real que en esta célebre jornada asistió a los españoles, fue el puro

y elevado entusiasmo que los animaba y la certeza de la justicia de la

causa que defendían, al paso que los franceses decaídos en medio de

un pueblo que los aborrecía, abrumados con su bagaje y sus riquezas,

conservaban sí el valor de la disciplina y el suyo propio, pero no

aquella exaltación sublime con que habían asombrado al mundo en las

primeras campañas de la revolución.

Nos hemos detenido algún tanto en el cotejo de los ejércitos

combatientes y en el de sus operaciones, no para dar preferencia en las

armas a ninguna de las dos naciones, sino para descubrir la verdad y

ponerla en su más espléndido y claro punto. Los habitadores de España

y Francia como todos los de Europa igualmente bravos y dispuestos a

las acciones más dignas y elevadas, han tenido sus tiempos de gloria y

abatimiento, de fortuna y desdicha, dependiendo sus victorias o de la

previsión y tino de sus gobiernos, o de la maestría de sus caudillos, o

de aquellos acasos tan comunes en la guerra, y por los que con razón se

ha dicho que las armas tienen sus días.

[Marginal: Camina el ejército rendido a la costa.]

Los franceses después de haberse rendido, emprendieron su viaje hacia

la costa de noche y a cortas jornadas. Además de las contradicciones

e inconvenientes que en sí envolvía la capitulación, casi la

imposibilitaban las circunstancias del día. La autoridad, falta de

la necesaria fuerza, no podía enfrenar el odio que había contra los

franceses, causadores de una guerra que Napoleón mismo calificó alguna

vez de sacrílega.[*] [Marginal: (* Ap. n. 4-16.)] El modo pérfido

con que ella había comenzado, los excesos, robos y saqueos cometidos

en Córdoba y su comarca, tanto más pesados, cuanto recaían sobre

pueblos no habituados desde siglos a ver enemigos en sus hogares,

excitaban un clamor general, y creíase universalmente que ni pacto ni

tratado debía guardarse con los que no habían respetado ninguno. En

semejante conflicto la junta de Sevilla consultó con los generales

Morla y Castaños acerca de asunto tan grave. Disintieron ambos en sus

pareceres. Con razón el último sostenía el fiel cumplimiento de lo

estipulado, en contraposición del primero que buscaba la aprobación y

aplauso popular. Adhirió la junta al dictamen de este, aunque injusto

e indebido. Para sincerarse circuló un papel en cuyo contexto intentó

probar que los franceses habían infringido la capitulación, y que suya

era la culpa si no se cumplía. Efugio indigno de la autoridad soberana

cuando había una razón principalísima, y que fundadamente podía

producirse, cual era la falta de transportes y marinería.

[Marginal: Desorden en Lebrija causado por la presencia de los

prisioneros.]

Por pequeña ocasión aumentáronse las dificultades. Acaeció pues en

Lebrija que descubriéndose casualmente en las mochilas de algunos

soldados más dinero que el que correspondía a su estado y situación,

irritose en extremo el pueblo, y ellos para libertarse del enojo que

había promovido el hallazgo, trataron de descargarse acusando a los

oficiales. Del alboroto y pendencia resultaron muertes y desgracias.

Propúsoseles entonces a los prisioneros que para evitar disturbios se

sujetasen a un prudente registro, depositando los equipajes en manos de

la autoridad. No cedieron al medio indicado, y otro incidente levantó

en el Puerto de Santa María gran bullicio. [Marginal: En el Puerto de

Santa María.] Al embarcarse allí el 14 de agosto para pasar la bahía,

cayose de la maleta de un oficial una patena y la copa de un cáliz.

Fácil es adivinar la impresión que causaría la vista de semejantes

objetos. Porque además de contravenirse a la capitulación en que se

había expresamente estipulado la restitución de los vasos sagrados, se

escandalizaba sobremanera a un pueblo que en tan gran veneración tenía

aquellas alhajas. Encendidos los ánimos, se registraron los más de los

equipajes, y apoderándose de ellos se maltrató a muchos prisioneros y

se les despojó en general de casi todo lo que poseían.

[Marginal: Correspondencia entre Dupont y Morla.]

Promovieron tales incidentes reclamaciones vivas del general Dupont

y una correspondencia entre él y Don Tomás de Morla gobernador de

Cádiz. Pedía el francés en ella los equipajes de que se había privado

a los suyos, e insistiendo en su demanda contestole entre otras

cosas Morla: «¿si podía una capitulación que solo hablaba de la

seguridad de sus equipajes, darle la propiedad de los tesoros que con

asesinatos, profanación de cuanto hay sagrado, crueldades y violencias

había acumulado su ejército de Córdoba y otras ciudades? ¿Hay razón

[continuaba], derecho ni principio que prescriba que se debe guardar

fe ni aun humanidad a un ejército que ha entrado en un reino aliado

y amigo so pretextos capciosos y falaces; que se ha apoderado de su

inocente y amado rey y toda su familia con igual falacia; que les ha

arrancado violentas e imposibles renuncias a favor de su soberano, y

que con ellas se ha creído autorizado a saquear sus palacios y pueblos,

y que porque no acceden a tan inicuo proceder, profanan sus templos y

los saquean, asesinan sus ministros, violan las vírgenes, estupran a su

placer bárbaro, y cargan y se apoderan de cuanto pueden transportar,

y destruyen lo que no? ¿Es posible que estos tales tengan la audacia,

oprimidos, cuando se les priva de estos que para ellos deberían

ser horrorosos frutos de su iniquidad, reclamar los _principios de

honor y probidad_?» Verdades eran estas si bien mal expresadas, por

desgracia sobradamente obvias y de todos conocidas. Mas las perfidias

y escándalos pasados no autorizaban el quebrantamiento de una

capitulación contratada libremente por los generales españoles. ¿Qué

sería de las naciones, qué de su progreso y civilización, si echándose

recíprocamente en cara sus extravíos, sus violencias, olvidasen la

fe empeñada y traspasasen y abatiesen los linderos que ha fijado

el derecho público y de gentes? En Morla fue más reprensible aquel

lenguaje siendo militar antiguo, y hombre que después a las primeras

desgracias de su patria la abandonó villanamente y desertó al bando

enemigo.

[Marginal: Consternación del gobierno francés en Madrid.]

Al paso que con las victorias de Bailén fue en las provincias colmado

el júbilo y universal y extremado el entusiasmo, consternose y cayó

como postrado el gobierno de Madrid. Empezó a susurrarse tan grave

suceso en el día 23. De antemano y varias veces se había anunciado

la deseada victoria como si fuera cierta, por lo que los franceses

calificaban la voz esparcida de vulgar e infundada. Sacoles del error

el aviso de que un oficial suyo se aproximaba con la noticia. Llegó

pues este, y supieron los pormenores de la desgracia acaecida. Había

cabido ser portador de la infausta nueva al mismo Mr. de Villoutreys,

que había entablado en Bailén los primeros tratos, y a cuyo hado

adverso tocaba el desempeño de enfadosas comisiones. Según lo convenido

en la capitulación, un oficial francés escoltado por tropa española

debía en persona comunicarla al duque de Rovigo, general en jefe del

ejército enemigo, y ordenar también en su tránsito por la sierra

y Mancha a los destacamentos apostados en la ruta, y que formaban

parte de las divisiones rendidas, ir a juntarse con sus compañeros

ya sometidos para participar de igual suerte. Cumplió fielmente Mr.

de Villoutreys con lo que se le previno, y todos obedecieron incluso

el destacamento de Manzanares. Fue el de Madridejos el que primero

resistió a la orden comunicada.

[Marginal: Retírase José.]

Llegó a Madrid el fatal mensajero en 29 de julio. Congregó José

sin dilación un consejo compuesto de personas las más calificadas.

Variaron los pareceres. Fue el del general Savary retirarse al Ebro.

Todos al fin se sometieron a su opinión, así por salir de la boca del

más favorecido de Napoleón, como también porque avisos continuados

manifestaban cuánto se empeoraba el semblante de las cosas. Por

todas partes se conmovían los pueblos cercanos a la capital: no les

intimidaba la proximidad de las tropas enemigas; cortábanse las

comunicaciones; en la Mancha eran acometidos los destacamentos sueltos,

y ya antes en Villarta habían sus vecinos desbaratado e interceptado

un convoy considerable. Agolpáronse uno tras otro los reveses y los

contratiempos: pocos hubo en Madrid de los enemigos y sus parciales

que no se abatiesen y descorazonasen. A muchos faltábales tiempo para

alejarse de un suelo que les era tan contrario y ominoso.

[Marginal: Españoles que le siguen.]

José resuelto a partir, dejó a la libre voluntad de los españoles que

con él se habían comprometido, quedarse o seguirle en la retirada.

Contados fueron los que quisieron acompañarle. De los siete ministros,

Cabarrús, Ofárril, Mazarredo, Urquijo y Azanza mantuviéronse adictos

a su persona y no se apartaron de su lado. Permanecieron en Madrid

Peñuela y Cevallos. Imitaron su ejemplo los duques del Infantado

y el del Parque, como casi todos los que habían presenciado los

acontecimientos de Bayona y asistido a su congreso. No faltó quien los

tachase de inconsiguientes y desleales. Juzgaban otros diversamente,

y decían que los más habían sido arrastrados a Francia o por fuerza

o por engaño, y que si bien se propasaron algunos a pedir empleos o

gracias, nunca era tarde para reconciliarse con la patria, arrepentirse

de un tropiezo causado por el miedo o la ciega ambición, y contribuir

a la justa causa en cuyo favor la nación entera se había pronunciado.

Lo cierto es que ni uno quizá de los que siguieron a José hubiera

dejado de abrazar el mismo partido, a no haberles arredrado el temor de

la enemistad y del odio que las pasiones del momento habían excitado

contra sus personas.

Antes de abrir la marcha reconcentraron los enemigos hacia Madrid las

fuerzas de Moncey y las desparramadas a orillas del Tajo. Clavaron en

el Retiro y casa de la China más de ochenta cañones, llevándose las

vajillas y alhajas de los palacios de la capital y sitios reales que

no habían sido de antemano robadas. Tomadas estas medidas empezaron

a evacuar la capital inmediatamente. Salió José el 30 cerrando la

retaguardia en la noche del 31 el mariscal Moncey. Respiraron del

todo y desembarazadamente aquellos habitantes en la mañana del 1.º de

agosto. El 9 entró el fugitivo rey en Burgos con Bessières, quien según

órdenes recibidas se había replegado allí de tierra de León.

[Marginal: Destrozos causados en la retirada.]

Acompañaron a los franceses en su retirada lágrimas y destrozos.

Soldados desmandados y partidas sueltas esparcieron la desolación y

espanto por los pueblos del camino o los poco distantes. Rezagábanse,

se perdían para merodear y pillar, saqueaban las casas, talaban los

campos sin respetar las personas ni lugares más sagrados. Buitrago, el

Molar, Iglesias, Pedrezuela, Gandullas, Broajos y sobre todo la villa

de Venturada abrasada y destruida, conservarán largo tiempo triste

memoria del horroroso tránsito del extranjero.

Continuó José su marcha y en Miranda de Ebro hizo parada, extendiéndose

la vanguardia de su ejército a las órdenes del mariscal Bessières

hasta las puertas de Burgos. Terminose así su malogrado y corto viaje

de Madrid, del que libres y menos apremiados por los acontecimientos,

pasaremos a referir los nuevos y esclarecidos triunfos que alcanzaron

las armas españolas en las provincias de Aragón y Cataluña.

Historia del levantamiento, guerra y revolución de España (1 de 5) · 第 12 / 116 题