[Marginal: Insurrección general contra los franceses.]
Encontrados afectos habían agitado durante dos meses a las vastas
provincias de España. Tras la alegría y el júbilo, tras las esperanzas
tan lisonjeras como rápidas de marzo habían venido las zozobras, las
sospechas, los temores de abril. El 2 de mayo había llevado consigo
a todas partes el terror y el espanto, y al propagarse la nueva de
las renuncias, de las perfidias y torpes hechos de Bayona, un grito
de indignación y de guerra lanzándose con admirable esfuerzo de las
cabezas de provincia, se repitió y cundió resonando por caserías y
aldeas, por villas y ciudades. A porfía las mujeres y los niños, los
mozos y los ancianos arrebatados de fuego patrio, llenos de cólera
y rabia, clamaron unánime y simultáneamente por pronta, noble y
tremenda venganza. Renació España, por decirlo así, fuerte, vigorosa,
denodada; renació recordando sus pasadas glorias; y sus provincias
conmovidas, alteradas y enfurecidas se representaban a la imaginación
como las describía Veleyo Patérculo, _tam diffusas, tam frequentes,
tam feras_. El viajero que un año antes pisando los anchos campos de
Castilla hubiese atravesado por medio de la soledad y desamparo de sus
pueblos, si de nuevo hubiese ahora vuelto a recorrerlos, viéndolos
llenos de gente, de turbación y afanosa diligencia, con razón hubiera
podido achacar a mágica transformación mudanza tan extraordinaria y
repentina. Aquellos moradores como los de toda España, indiferentes
no había mucho a los negocios públicos, salían ansiosamente a
informarse de las novedades y ocurrencias del día, y desde el alcalde
hasta el último labriego, embravecidos y airados, estremeciéndose
con las muertes y tropelías del extranjero, prorrumpían al oírlas en
lágrimas de despecho. Tan cierto era que aquellos nobles y elevados
sentimientos, que engendraron en el siglo decimosexto tantos portentos
de valor y tantas y tan inauditas hazañas, estaban adormecidos, pero
no apagados en los pechos españoles, y al dulce nombre de patria, a
la voz de su rey cautivo, de su religión amenazada, de sus costumbres
holladas y escarnecidas se despertaron ahora con viva y recobrada
fuerza. Cuanto mayores e inesperados habían sido los ultrajes, tanto
más terrible y asombroso fue el público sacudimiento. La historia no
nos ha transmitido ejemplo más grandioso de un alzamiento tan súbito
y tan unánime contra una invasión extraña. Como si un premeditado
acuerdo, como si una suprema inteligencia hubiera gobernado y dirigido
tan gloriosa determinación, las más de las provincias se levantaron
espontáneamente casi en un mismo día, sin que tuviesen muchas noticias
de la insurrección de las otras, y animadas todas de un mismo espíritu
exaltado y heroico. A resolución tan magnánima fue estimulada la nación
española por los engaños y alevosías de un falso amigo que, con capa
de querer regenerarla desconociendo sus usos y sus leyes, intentó a
su antojo dictarle otras nuevas, variar la estirpe de sus reyes, y
destruir así su verdadera y bien entendida independencia, sin la que
desmoronándose los estados más poderosos, hasta su nombre se acaba y
lastimosamente perece.
Este uniforme y profundo sentimiento quiso en Asturias,[*] [Marginal:
Levantamiento de Asturias. (* Ap. n. 3-1.)] primero que en otra
parte, manifestarse de un modo más legal y concertado. Contribuyeron
a ello diversas y muy principales causas. Juntamente con la opinión
que era común a toda España de mirar con desvío y odio la dominación
extranjera, aún se conservaba en aquel principado un ilustre recuerdo
de haber ofrecido su enmarañado y riscoso suelo seguro abrigo a
los venerables restos de los españoles esforzados, que huyendo de
la irrupción sarracénica dieron principio a la larga y porfiada
lucha que acabó por afianzar la independencia y unión de los
pueblos peninsulares. Le inspiraba también confianza su ventajosa y
naturalmente resguardada posición. Bañada al norte por las olas del
océano, rodeada por otras partes de caminos a veces intransitables, la
ceñían al mediodía fragosas y encumbradas montañas. Acertó igualmente
a estar entonces congregada la junta general del principado, reliquia
dichosamente preservada del casi universal naufragio de nuestros
antiguos fueros. Sus facultades, no muy bien deslindadas, se limitaban
a asuntos puramente económicos; pero en semejante crisis, compuesta en
lo general de individuos nombrados por los concejos, se la consideró
como oportuno centro para legitimar y dirigir atinadamente los ímpetus
del pueblo. Reuníase cada tres años, y casualmente en aquel cayó el de
su convocación, habiendo abierto sus sesiones el 1.º de mayo.
A pocos días con la aciaga nueva del 2 en Madrid llegó a Oviedo la
orden para que el coronel comandante de armas Don Nicolás de Llano
Ponte publicase el sanguinario bando que el 3 había Murat promulgado
en la capital del reino. Los moradores de Asturias conmovidos y
desasosegados al par de los demás de España, habían ya en 29 de abril
apedreado en Gijón la casa del cónsul francés, de resultas de haber
este osado arrojar desde sus ventanas varios impresos contra la familia
de Borbón. En tal situación y esparciéndose la voz de que iban a
cumplirse instrucciones rigurosas remitidas de Madrid por el desacato
cometido contra el cónsul, se encendieron más y más los ánimos en gran
manera estimulados por las patrióticas exhortaciones del marqués de
Santa Cruz de Marcenado, de su pariente Don Manuel de Miranda y de
Don Ramón de Llano Ponte, canónigo de aquella iglesia, quien habiendo
servido antes en el cuerpo de guardias estaba adornado de hidalgas y
distinguidísimas prendas.
Decidida pues la audiencia territorial de acuerdo con el jefe militar
a publicar el 9 el bando que de Madrid se había enviado, empezaron
a recorrer juntos las calles, cuando a poco tiempo agolpándose y
saliéndoles al encuentro gran muchedumbre a los gritos de viva Fernando
VII y muera Murat, los obligaron a retroceder y desistir de su intento.
Agavillándose entonces con mayor aliento los alborotados, entre los
que se señalaron los estudiantes de la universidad, reunidos todos
enderezaron sus pasos a la sala de sesiones de la junta general del
principado. Hallaron allí firme apoyo en varios de los vocales. Don
José del Busto, juez primero de la ciudad, y en secreto de inteligencia
con los amotinados, arengó en favor de su noble resolución;
sostuviéronle el conde Marcel de Peñalva y el de Toreno [padre del
autor de esta historia], y sin excepción acordaron sus miembros
desobedecer las órdenes de Murat, y tomar medidas correspondientes a su
atrevida determinación. La audiencia en tanto desamada del pueblo, ya
por estar formando causa a los que habían apedreado la casa del cónsul
francés, y ya también porque compuesta en su mayor parte de agraciados
y partidarios del gobierno de Godoy, miraba al soslayo unos movimientos
que al cabo habían de redundar en daño suyo, procuró por todos medios
apaciguar aquella primera conmoción, influyendo con particulares y con
militares y estudiantes, y dando sigilosamente cuenta a la superioridad
de lo acaecido. Consiguió también que en la junta el diputado por
Oviedo Don Francisco Velasco, apoyado por el de Grado, Don Ignacio
Flórez, discurriese largamente en el día 13 acerca de los peligros a
que se exponía la provincia por los inconsiderados acuerdos del 9, y no
menos la misma junta habiéndose excedido de sus facultades. El Velasco
gozando de concepto por su práctica y conocida experiencia, alcanzó
que se suspendiese la ejecución de las medidas resueltas, y solo el
marqués de Santa Cruz de Marcenado que presidía, se opuso con fortaleza
admirable, diciendo que «protestaba solemnemente, y que en cualquiera
punto en que se levantase un hombre contra Napoleón tomaría un fusil y
se pondría a su lado.» Palabras tanto más memorables cuanto salían de
la boca de un hombre que rayaba en los sesenta años, propietario rico y
acaudalado, y de las más ilustres familias de aquel país: digno nieto
del célebre marqués del mismo nombre, distinguido escritor militar y
hábil diplomático, que en el primer tercio del siglo último, arrastrado
de su pundonor, había perecido gloriosa pero desgraciadamente en los
campos de Orán.
Noticiosos Murat y la junta suprema de Madrid de lo que pasaba en
Asturias procuraron con diligencia apagar aquella centella, llenos
del recelo de que saltando a otros puntos no acabase por excitar una
general conflagración. Dieron por tanto órdenes duras a la audiencia,
y enviaron en comisión al conde del Pinar, magistrado conocido por
su cruel severidad, y a Don Juan Meléndez Valdés, más propio para
cantar con acordada lira los triunfos de quien venciese que para
acallar los ruidos populares. Se mandó al propio tiempo al apocado Don
Crisóstomo de la Llave, comandante general de la costa cantábrica, que
pasase a Oviedo para tomar el mando de la provincia, disponiendo que
concurriesen allí a sus órdenes un batallón de Hibernia procedente de
Santander, y un escuadron de carabineros que estaba en Castilla.
Mas estas providencias en vez de aquietar los ánimos solo sirvieron
para irritarlos. Los complicados en los acontecimientos del 9 vieron
en ellas la suerte que se les preparaba, y persistieron en su primer
intento. Vinieron en su ayuda los avisos de Bayona que provocaban cada
día más a la alteración y al enojo, y la relación que del sanguinario
día 2 de mayo hacían los testigos oculares que sucesivamente llegaban
escapados de Madrid. Redoblaron pues su celo los de la asonada del
9, y pensaron en ejecutar su suspendida pero no abandonada empresa.
Citábanse en casa de Don Ramón de Llano Ponte, y con tan poco
recato que de distintas y muchas partes se acercaba a aquel foco de
insurrección gente desconocida con todo linaje de ofrecimientos.
Asistimos recién llegados de la corte a las secretas reuniones, y
pasmábanos el continuo acudir de paisanos y personas de todas clases
que con noble desprendimiento empeñaban y comprometían su hacienda y
sus personas para la defensa de sus hogares. Se renovaban las asonadas
todas las noches, habiendo sido bastantemente estrepitosas las del 22
y 23; pero se difirió hasta el 24 el final rompimiento por esperarse
en aquel día al nuevo comandante la Llave, enviado por Murat. Para su
ejecución se previno a los paisanos de los contornos que se metiesen
en Oviedo al toque de oraciones, circulando al efecto Don José del
Busto esquelas a los alcaldes de su jurisdicción. Se tomaron además
otras convenientes prevenciones, y se cometió el encargo de acaudillar
a la multitud a los Señores Don Ramón de Llano Ponte y Don Manuel de
Miranda. Antes de que llegase la Llave, con gran priesa se le había
anticipado un ayudante del mariscal Bessières, napolitano de nación,
quien estuvo muy inquieto hasta que vio que el comandante se acercaba a
las puertas de la ciudad. Entró por ellas el 24 acompañado de algunas
personas sabedoras de la trama dispuesta para aquella noche. Se había
convenido en que el alboroto comenzaría a las once de la misma, tocando
a rebato las campanas de las iglesias de la ciudad y de las aldeas de
alrededor. Por equivocación habiéndose retardado una hora el toque
se angustiaron sobremanera los patriotas conjurados, mas un repique
general a las doce en punto los sacó de pena.
Fue su primer paso apoderarse de la casa de armas, en donde había
un depósito de 100.000 fusiles, no solamente fabricados en Oviedo
y sus cercanías, sino también trasportados allí por anteriores
órdenes del príncipe de la Paz. Favorecieron la acometida los mismos
oficiales de artillería partícipes del secreto, señalándose con
singular esmero Don Joaquín Escario. Entretanto se encaminaron otros
a casa del comandante la Llave, y de puerta en puerta llamando a los
individuos de la junta del principado, se formó esta en hora tan
avanzada de la noche agregándosele extraordinariamente vocales de
afuera. Entonces reasumiendo la potestad suprema afirmó la revolución,
nombró por presidente suyo al marqués de Santa Cruz, y le confió el
mando de las armas. Al día siguiente 25 se declaró solemnemente la
guerra a Napoleón, y no hubo sino un grito de indecible entusiasmo.
¡Cosa maravillosa que desde un rincón de España hubiera habido quien
osase retar al desmedido poder ante el cual se postraban los mayores
potentados del continente europeo! A frenesí pudiera atribuirse, si una
resolución tan noble y fundada en el deseo de conservar el honor y la
independencia nacional no mereciese más respeto.
La junta se componía de personas las más principales del país por
su riqueza y por su ilustración. El procurador general Don Álvaro
Flórez Estrada, enterado de antemano de la conmoción urdida, la sostuvo
vigorosamente, y la junta en cuerpo adoptó con actividad oportunas
medidas para armar la provincia y ponerla en estado de defensa. Los
carabineros reales llegaron muy luego así como el batallón de Hibernia,
y ni unos ni otros pusieron obstáculo al levantamiento. Los primeros
pasaron después a Castilla a las órdenes de Don Gregorio de la Cuesta,
y se entresacaron del último varios oficiales, sargentos y cabos para
cuadros de la fuerza armada que se iba formando. La junta había
resuelto poner en pie un cuerpo de 18.000 hombres. Multiplicó para ello
inconsideradamente los grados militares, y con razón se le hicieron
justos cargos por aquella demasía. Sin embargo disculpola algún tanto
la escasez en que se encontraba de oficiales veteranos para llenar
plazas que exigía el completo del ejército que se disciplinaba. Echose
mano de estudiantes o personas consideradas como más aptas, y en verdad
que de los nuevos salieron excelentes oficiales que o se sacrificaron
por su patria, o la honraron con su conducta, denuedo y adelantamiento
en la ciencia militar. No poco contribuyeron a la presteza de la nueva
organización los dones cuantiosos que generosamente se ofrecieron por
particulares, y que entraban todos los días en las arcas públicas.
Como en el alzamiento de Asturias habían intervenido las personas
de más valía del país, no se había manchado su pureza con ningún
exceso de la plebe, y menos con atropellamientos ni asesinatos.
Pero transcurridos algunos días estuvo a riesgo de representarse
un espectáculo lastimoso y sumamente trágico. Los comisionados de
Murat de que arriba hablamos, el conde del Pinar y Don Juan Meléndez
Valdés, por su propia seguridad habían sido detenidos a su arribo a
Oviedo juntamente con el comandante la Llave, el coronel de Hibernia
Fitzgerald y el comandante de carabineros Ladrón de Guevara, que
solos se habían separado de la unánime decisión de los oficiales de
sus respectivos cuerpos. Desde el principio el marqués de Santa
Cruz, pertinaz y de condición dura, no había cesado de pedir que se
les formase causa. Halagaba su opinión a la muchedumbre; pero la
junta dilataba su determinación esperando que se templase la ira que
contra los arrestados había. Acaeció en el intermedio que acudiendo
sucesivamente de los puntos más distantes los nuevos alistados,
llegaron los de los concejos que median entre el Navia y Eo, y notose
que eran más inquietos y turbulentos que los de los otros partidos.
Recelosa la junta de algún desmán, resolvió poner a los detenidos
fuera de los lindes del principado. Por atolondramiento u oculta
malicia de mano desconocida, se trató de sacarlos en medio del día
y públicamente, para que en coche emprendiesen su viaje. A su vista
gritaron unas mujerzuelas _que se marchan los traidores_; y juntándose
a sus descompasados clamores un tropel de los reclutas mencionados,
cogieron en medio a los cinco desventurados y los condujeron al campo
de San Francisco extramuros de la ciudad, en donde atándolos a los
árboles se dispusieron a arcabucearlos. En tamaño aprieto felizmente se
le ocurrió al canónigo Don Alonso Ahumada buscar para la desordenada
multitud el freno de la religión, único que ya podía contenerla, y con
el sacramento en las manos y ayudado de personas autorizadas salvó de
inminente muerte a los atribulados perseguidos, habiéndose mantenido
impávido en el horroroso trance el coronel de Hibernia. Con lo que
al paso que se preservaron sus vidas, quedó terso y limpio de todo
lunar el bello aspecto del levantamiento de Asturias. Raro ejemplo de
moderación en tiempos en que desencadenándose el furor popular se da a
veces suelta bajo el manto de patriotismo a las enemistades personales.
[Marginal: Misión de Inglaterra.]
Desde el momento en que la junta de Asturias se pronunció y declaró
soberana, trató de entablar negociaciones con Inglaterra. Nombró
para que con aquel objeto pasasen a Londres a Don Andrés Ángel de la
Vega y al vizconde de Matarrosa, autor de esta historia, así entonces
llamado por vivir todavía su padre. La misión era importante y de
empeño. Pendía en gran parte de su feliz resultado dar fortunada cima
a la comenzada empresa. El viaje por sí presentó dificultades, no
habiendo en aquel momento crucero inglés en toda la costa asturiana, y
era arriesgado para el deseado fin aventurarse en barco de la propia
nación. A los tres días de la insurrección y muy al caso apareció sobre
el cabo de Peñas un corsario de Jersey, el cual sospechando engaño
resistió al principio entrar en tratos; mas con el cebo de una crecida
suma convino en tomar a su bordo los diputados nombrados, quienes desde
Gijón se hicieron a la vela el 30 de mayo.
No es de más ni obra del amor propio el detenernos en contar algunos
pormenores de la mencionada misión, habiendo servido de cimiento a la
nueva alianza que se contrajo con la Inglaterra, y la cual dio ocasión
a tantos y tan portentosos acontecimientos. En la noche del 6 de junio
arribaron los diputados a Falmouth, y acompañados de un oficial de la
marina real inglesa se dirigieron en posta y con gran diligencia a
Londres. No eran todavía las siete de la mañana cuando pisaron los
umbrales del almirantazgo, y su secretario Mr. Wellesly Pool apenas
daba crédito a lo que oía, procurando con ansia descubrir en el mapa
el casi imperceptible punto que osaba declararse contra Napoleón.
Poco después y en hora tan temprana se avistó con los diputados Mr.
Canning, ministro entonces de relaciones extranjeras. En vista de
las proclamas y del calor y persuasivo entusiasmo que animaba a los
enviados asturianos [común entonces a todos los españoles], no dudó un
instante el ministro inglés en asegurarles que el gobierno de S. M. B.
protegería con el mayor esfuerzo el glorioso alzamiento de la provincia
que representaban. Su pronta y viva penetración de la primera vez
columbró el espíritu que debía reinar en toda España cuando en Asturias
se había levantado el grito de independencia, previendo igualmente las
consecuencias que una insurrección peninsular podría tener en la suerte
de Europa y aun del mundo.
Ya con fecha de 12 de junio Mr. Canning comunicaba a los diputados
de oficio y por escrito: [*] [Marginal: (* Ap. n. 3-2.)] «el rey me
manda asegurar a VV. SS. que S. M. ve con el más vivo interés la
determinación leal y valerosa del principado de Asturias para sostener
contra la atroz usurpación de la Francia una contienda en favor de la
restauración e independencia de la monarquía española. Asimismo S. M.
está dispuesto a conceder todo género de apoyo y de asistencia a un
esfuerzo tan magnánimo y digno de alabanza... El rey me manda declarar
a VV. SS. que está S. M. pronto a extender su apoyo a todas las demás
partes de la monarquía española que se muestren animadas del mismo
espíritu que los habitantes de Asturias.»
Siguiose a esta declaración el envío a aquella provincia de víveres,
municiones, armas y vestuarios en abundancia: no fue al principio
dinero por no haber los diputados creídolo necesario. Fueron nombrados
para que pasasen a Asturias dos oficiales y el mayor general sir Thomas
Dyer, quien desde entonces fue el protector constante y desinteresado
de los desgraciados patriotas españoles.
Era a la sazón primer lord de la tesorería el duque de Portland, y
los nombres tan conocidos después de Castlereagh, Liverpool y Canning
entraban a formar parte de su ministerio. Tenían por norma de su
política las reglas que habían guiado a Mr. Pitt, con quien habían
estado estrechamente unidos. Pero en cuanto a la causa española todos
los partidos concurrieron en la misma opinión, sin que hubiese la
menor diferencia ni disenso. Claramente apareció esta conformidad
en la discusión parlamentaria del 15 de junio en la cámara de los
comunes. Mr. Sheridan uno de los corifeos de la oposición, célebre como
literato, y célebre como orador, decía en aquella sesión:[*] [Marginal:
(* Ap. n. 3-3.)] «¿El denodado ánimo de los españoles no tomará mayor
aliento cuando sepa que su causa no solo ha sido abrazada por los
ministros aisladamente, sino también por el parlamento y el pueblo
de Inglaterra? Si hay en España una predisposición para sentir los
insultos y agravios que sus habitantes han recibido del tirano de la
tierra, y que son sobrado enormes para poder expresarlos con palabras,
¿aquella predisposición no se elevará al más sublime punto con la
certeza de que sus esfuerzos han de ser cordialmente sostenidos por una
grande y poderosa nación? Pienso que se presenta una importante crisis.
Jamás hubo cosa tan valiente, tan generosa, tan noble como la conducta
de los asturianos.»
Ambos lados de la cámara aplaudieron aquellas elocuentes palabras
que expresaban el común sentir de todos sus individuos. Trafalgar y
las famosas victorias alcanzadas por la marina inglesa nunca habían
excitado ni mayor alegría ni más universal entusiasmo. El interés
nacional anduvo unido en esta ocasión con lo que dictaban la justicia
y la humanidad, y así las opiniones más divergentes y encontradas
en otros asuntos, se juntaron ahora y confundieron para celebrar en
común y de un modo inexplicable el alzamiento de España. Bastó solo
la noticia del de Asturias para causar efecto tan prodigioso. No les
era dado a los diputados moverse ni ir a parte alguna sin que se
prorrumpiese enderredor suyo en vítores y aplausos. Detenemos aquí la
pluma ciertos de que se achacaría a estudiada exageración el repetir
aun compendiosamente lo que en realidad pasó.[*] [Marginal: (* Ap. n.
3-4.)] En medio sin embargo de la universal satisfacción estaban los
diputados contristados, habiendo transcurrido más de quince días sin
que aportase barco ni aviso alguno de las costas de España. No por eso
menguó el entusiasmo inglés: más bien, a ser posible, vino a aumentarle
y a sacar a todos de dudas y sobresalto la llegada de Don Francisco
Sangro enviado por la junta de Galicia, y el cual traía consigo no
solamente la noticia del levantamiento de tan importante y populosa
provincia, mas también el de toda la península.
[Marginal: Levantamiento de Galicia.]
Galicia en efecto se había alzado el 30 de mayo, día de San Fernando.
La extensión de sus costas, sus muchas rías y abrigados puertos, la
desigualdad de su montuoso terreno, su posición lejana y guarecida de
angostas y por la mayor parte difíciles entradas, sus arsenales, y en
fin sus cuantiosos y variados recursos realzaban la importancia de la
declaración de aquel reino.
Además de la inquietud, necesaria y general consecuencia del 2 de mayo,
conmovió con particularidad los ánimos en la Coruña la aparición del
oficial francés Mongat comisionado para tomar razón de los arsenales
de armas y artillería, de la tropa allí existente, y para examinar
al mismo tiempo el estado del país. Por ausencia del capitán general
Don Antonio Filangieri mandaba el mariscal de campo Don Francisco
Biedma, sujeto mirado con desafecto por los militares y vecinos de la
ciudad, e inhábil por tanto para calmar la agitación que visiblemente
crecía. Aumentola con sus providencias, porque colocando artillería
en la plaza de la capitanía general, redoblando su guardia y viviendo
siempre en vela, dio a entender que se disponía a ejecutar alguna
orden desagradable. El Biedma obraba en este sentido con tanto mayor
confianza cuanto quedaban todavía en la Coruña, a pesar de las fuerzas
destacadas a Oporto en virtud del tratado de Fontainebleau, el
regimiento de infantería de Navarra, los provinciales de Betanzos,
Segovia y Compostela, el segundo de voluntarios de Cataluña y el
regimiento de artillería del departamento. Para estar más seguro de
estos cuerpos pensó también granjearse su voluntad, proponiéndoles
conforme a instrucciones de Madrid la etapa de Francia que era más
ventajosa. Hubo jefes que aceptaron la oferta, otros la desecharon.
Pero este paso fue tan imprudente que despertó en los soldados viva
sospecha de que se fraguaba enviarlos del otro lado de los Pirineos, y
llenar su hueco con franceses. Sobrecogiose asimismo el paisanaje de
temor de la conscripción, en el que le confirmaron vulgares rumores
con tanta más prontitud creídos en semejantes casos, cuanto suelen
ser más absurdos. Tal fue por ejemplo el de que el francés Mongat
había mandado fabricar a la maestranza de artillería miles de esposas
destinadas a maniatar hasta la frontera a los mozos que se enganchasen.
Por infundada que fuese la voz no era extraño que hallase cabida en
los prevenidos ánimos de los gallegos, a cuyos oídos había llegado
la noticia de violencias semejantes a las que en la misma Francia se
cometían con los conscriptos.
En medio del sobresalto llegó a la Coruña un emisario de Asturias,
portador de las nuevas de su primera insurrección, con intento de
brindar a las autoridades a imitar la conducta del principado. Se
presentó al señor Pagola, regente de la audiencia, quien con la amenaza
de castigarle le obligó a retirarse sigilosamente a Mondoñedo. Con
todo súpose, y más y más se pronunciaba la opinión sin que hubiera
freno que la contuviese. Alcanzaron en tanto a Madrid avisos del
estado inquieto de Galicia, y se ordenó pasar allí al capitán general
Don Antonio Filangieri, hombre moderado, afable y entendido, hermano
del famoso Cayetano, que en su elocuente obra de la legislación había
defendido con tanta erudición y celo los derechos de la humanidad.
Adorábanle los oficiales, le querían cuantos le trataban; pero la
desgracia de haber nacido en Nápoles le privaba del favor de la
multitud, tan asombradiza en tiempos turbulentos. Sin embargo habiendo
quitado la artillería de delante de sus puertas, y mostrádose suave e
indulgente, hubiera quizá parado la revolución si nuevos motivos de
desazón y disgusto no hubiesen acelerado su estampido. Primeramente
no dejaba de incomodar la arrogancia desdeñosa con que los franceses
establecidos en la Coruña miraban a su vecindario desde que el oficial
Mongat los alentó con su altivez intolerable, si bien a veces templada
por la prudencia de Mr. Fourcroi, cónsul de su nación. Pero más que
todo, y ella en verdad decidió el rompimiento, fue la noticia de las
renuncias de Bayona, y de la internación en Francia de la familia
real, con lo que al paso que el poder de la autoridad se entorpecía y
menguaba, creció el ardor popular saltando la valla de la subordinación
y obediencia.
Algunos patriotas encendidos del deseo de conservar la independencia y
el honor nacional, se juntaban a escondidas con varios oficiales para
dar acertado impulso al público descontento. Asistían individuos del
regimiento de Navarra, de lo que noticioso el capitán general mandó
que aquel cuerpo se trasladase al Ferrol; medida que tal vez influyó en
su posterior y lamentable suerte. En lugar de amortiguarse aviváronse
con esto los secretos tratos, y ya tocaban al estado de sazón, cuando
la víspera de San Fernando entró a caballo por las calles de la Coruña
un joven de rostro halagüeño, gallardo en su porte, y tan alborozado
que atravesándolas con entusiasmados gritos movió la curiosidad
de sus atónitos vecinos. Avistose con el regente de la audiencia,
quien cortándole toda comunicación le hizo custodiar en la casa de
correos. Allí se agolpó al instante la muchedumbre, y averiguó que el
desconocido mozo era un estudiante de la ciudad de León, en donde a
imitación de Asturias había la población tratado de levantarse y crear
una junta. Con la nueva espuela determinaron los que secretamente y de
consuno se entendían, no aguardar más tiempo, y poner cuanto antes el
reino de Galicia en abierta insurrección.
El siguiente día 30 ofreciose como el más oportuno impeliendo a su
ejecución un impensado incidente. Era costumbre todos los años en dicho
día enarbolar la bandera en los baluartes y castillos, y notose que
en este se había omitido aquella práctica que solamente se verificaba
en conmemoración de Fernando III llamado el Santo, sin atender a
que el soberano reinante llevara o no aquel nombre. Mas como ahora
desagradaba su sonido al gobierno de Madrid, fuera por su orden o por
lisonjearle, se suspendió la antigua ceremonia. El pueblo echando de
menos la bandera se mostró airado, y aprovechando entonces los secretos
conjurados la oportuna ocasión, enviaron para acaudillarle a Sinforiano
López, de oficio sillero, hombre fogoso, y que, dotado de verbosidad
popular, era querido de la multitud y a su arbitrio la gobernaba.
Luego que se acercó al palacio del capitán general, envió por delante
para tantear el ánimo de la tropa algunos niños que con pañuelos
fijos en la punta de unos palos, y gritando viva Fernando VII y muera
Murat, intentaron meterse por sus filas. Los soldados, en cuyo número
se contaban bastantes que estaban de concierto con los atizadores,
se reían de los muchachos, y los dejaban pasar y gritar, sin
interrumpirlos en su aparente pasatiempo. Alentados los instigadores
se atropellaron de golpe hacia el palacio, diputando a unos cuantos
para pedir que según costumbre se tremolase la bandera. Aquel edificio
está sito dentro de la ciudad antigua; y al ruido de que era acometido,
concurrió la multitud de todos los puntos, precipitándose por la puerta
Real y la de Aires. Los primeros que en diputación habían penetrado
dentro de los umbrales de palacio, alcanzado que hubieron que se
enarbolase la bandera, pidieron que volviera a la Coruña el regimiento
de Navarra, y como acontece en los bullicios populares, a medida que se
condescendía en las peticiones, fuéronse estas multiplicando: por lo
que y encrespado el tumulto, Don Antonio Filangieri se desapareció por
una puerta excusada y se refugió en el convento de dominicos. No así
Don Francisco Biedma y el coronel Fabro, quienes a pesar del odio que
contra ambos había como parciales del príncipe de la Paz, osaron salir
por la puerta principal. Caro hubo de costarles el temerario arrojo:
al Biedma le hirieron de una pedrada, pero levemente; y al Fabro que
puesto al frente de los granaderos de Toledo, de cuyo cuerpo era jefe,
dio con su espada de plano a uno de los que peroraban a nombre del
pueblo, reciamente le apalearon, sin que sus soldados hiciesen ademán
siquiera de defenderle: tan aunados estaban militares y paisanos.
Como era día festivo y también por avisos circulados a las aldeas había
acudido a la ciudad mucha gente de los contornos, y todos juntos los de
dentro y los de fuera asaltaron el parque de armas, y le despojaron de
más de 40.000 fusiles. En la acometida corrió gran peligro el comisario
de la maestranza de artillería Don Juan Varela, a quien falsamente
se atribuía el tener escondidas las esposas que habían de atraillar
a los que se llevasen a Francia. Muy al caso le ocurrió a Sinforiano
López sacar en procesión el retrato de Fernando VII, con cuya artimaña
atrayendo hacia sí a la multitud, salvó a Varela del fatal aprieto.
En fin por la tarde se formó una junta, y a su cabeza se puso el
capitán general; entrando en ella las principales autoridades y
representantes de las diferentes clases y corporaciones ya civiles ya
eclesiásticas. Por indisposición de Filangieri presidió los primeros
días la junta el mariscal de campo Don Antonio Alcedo, hombre muy cabal
y prudente, y permitió en el naciente fervor que cualquiera ciudadano
entrase a proponer en la sala de sesiones lo que juzgase conveniente
a la causa pública. Púsose luego coto a una concesión que en otros
tiempos hubiera sido indebida y peligrosa.
La junta anduvo en lo general atinada, y tomó disposiciones prontas
y vigorosas. Dio igualmente desde el principio una señalada prueba
de su desprendimiento en convocar otra junta, que elegida libre y
tranquilamente por las ciudades de Galicia, no tuviese la tacha de
ser fruto de un alboroto, y de solo representar en ella una pequeña
parte de su territorio. Para alcanzar tan laudable objeto se prefirió
a cualquiera otro medio el más antiguo y conocido. Cada seis años se
congregaba en la Coruña una diputación de todo el reino de Galicia,
compuesta de siete individuos escogidos por los diversos ayuntamientos
de las siete provincias en que está dividido. Celebrábase esta
reunión para conceder la contribución llamada de millones, y elegir
un diputado que en unión con los de las otras ciudades de voto en
cortes concurriese a formar la diputación de los reinos, que constando
de siete individuos, y removiéndose de seis en seis años residía
en Madrid, más bien para presenciar festejos públicos y obtener
individuales favores que para defender los intereses de sus comitentes.
Conforme a su digna resolución expidió la junta sus convocatorias,
y envió a todas partes comisionados que pusiesen en ejecución las
medidas que había decretado de armamento y defensa. Siendo idéntica
la opinión de todos los pueblos, fueron aquellos a doquiera que
llegaban recibidos con aplauso y sumisamente acatados. En algunos
parajes habían precedido alborotos a la noticia del de la Coruña, y en
todos ellos se respetaron y obedecieron las providencias de la junta,
corriendo la juventud a alistarse con el mayor entusiasmo. Solamente en
el Ferrol hubiera podido desconocerse la autoridad del nuevo gobierno
por la oposición que mostraban el conde de Cartaojal, comandante de
la división de Ares, y el jefe de escuadra Obregón, que mandaba los
arsenales; pero los demás oficiales y soldados conformes con el pueblo
en sus sentimientos, y pronunciándose altamente, desbarataron los
intentos de sus superiores.
Conmovido así todo el reino de Galicia se aceleró la formación y
organización de su ejército. Se incorporaron los reclutas en los
regimientos veteranos, y se crearon otros nuevos, entre los que
merece particular distinción el batallón llamado literario, compuesto
de estudiantes de la universidad de Santiago, tan bien dispuestos y
animados como todos los de España en favor de la causa sagrada de la
patria. La reunión de estas fuerzas con las que posteriormente se
agregaron de Oporto, ascendía en su totalidad a unos 40.000 hombres.
No tardaron mucho en pasar a la Coruña los regidores nombrados por los
ayuntamientos de las siete capitales de provincia en representación de
su potestad suprema; instalándose con el nombre de junta soberana de
Galicia. Asociaron a su seno al obispo de Orense que entonces gozaba
de justa popularidad, al de Tuy y a Don Andrés García, confesor de
la difunta princesa de Asturias, en obsequio a su memoria. Se mandó
asimismo que asistiesen a las comisiones administrativas, en que se
distribuyesen los diversos trabajos, personas inteligentes en cada ramo.
El levantamiento de Galicia tuvo como el de toda España su principal
origen en el odio a la dominación extranjera, y en la justa indignación
provocada por los atroces hechos de Madrid y Bayona. Fueron en aquel
reino los militares los primeros motores, sostenidos por la población
entera. El clero si bien no dio el impulso, aplaudió y favoreció
después la heroica resolución, distinguiéndose más adelante los curas
párrocos, quienes fomentaron y mantuvieron la encendida llama del
patriotismo. Sin embargo miraron allí con torvo rostro las conmociones
populares dos de los más poderosos eclesiásticos, cuales eran Don
Rafael Múzquiz, arzobispo de Santiago, y Don Pedro Acuña, ex-ministro
de gracia y justicia. Celosos partidarios del príncipe de la Paz
asustáronse del advenimiento al trono de Fernando VII, y trabajaron en
secreto y con porfiado ahínco por deshacer o embarazar en su curso la
comenzada empresa. El de Santiago, portentoso conjunto de corrupción
y bajeza, procuraba con aparente fanatismo encubrir su estragada
conducta, disfrazar sus vicios y acrecentar el inmenso poderío que
le daban sus riquezas y elevada dignidad. Astuto y revolvedor tiró a
sembrar la discordia so color de patriotismo. Había entre Santiago,
antigua capital de Galicia, y la Coruña que lo era ahora, añejas
rivalidades; y para despertarlas ofreció un donativo de tres millones
de reales con la condición sediciosa de que la junta soberana fijase
su asiento en la primera de aquellas ciudades. Muy bien sabía que no se
accedería a su propuesta, y se lisonjeaba de excitar con la negativa
reyertas entre ambos pueblos que trabasen las resoluciones de la nueva
autoridad. Mas la junta mostró tal firmeza que atemorizado el solapado
y viejo cortesano se cobijó bajo la capa pastoral del obispo de Orense
para no ser incomodado y perseguido.
A pocos días de la insurrección una voz repentina y general difundida
en toda Galicia de que entraban los franceses, dio desgraciadamente
ocasión a desórdenes, que si bien momentáneos, no por eso dejaron de
ser dolorosos. Así fue que en Orense un hidalgo de Puga mató de un tiro
a un regidor a las puertas del ayuntamiento, por habérsele dicho que el
tal era afecto a los invasores. Bien es verdad que Galicia dentro de
su suelo no tuvo que llorar otra muerte en los primeros tiempos de su
levantamiento.
Tuvo sí que afligirse y afligir a España con el asesinato de Don
Antonio Filangieri, que saliendo de los lindes gallegos había fijado
su cuartel general en Villafranca del Bierzo, y tomado activas
providencias para organizar y disciplinar su gente, el cual creyendo
oportuno, así para su propósito como para cubrir las avenidas del país
de su mando, sacar de la Coruña sus tropas [en gran parte bisoñas y
compuestas de gente allegadiza], las situó en la cordillera aledaña
del Bierzo, extendiendo las más avanzadas hasta Manzanal, colocado
en las gargantas que dan salida al territorio de Astorga. Lo suave
de la condición de dicho general y el haberle llamado la junta a la
Coruña, alentó a algunos soldados de Navarra, cuyo cuerpo estaba
resentido desde la traslación al Ferrol, para acometerle y asesinarle
fría y alevosamente el 24 de junio en las calles de Villafranca. Los
abanderizó un sargento, y hubo quien buscó más arriba la oculta mano
que dirigió el mortal golpe. Atroz y fementido hecho matar a su propio
caudillo, respetable varón e inocente víctima de una soldadesca brutal
y desmandada. Por largo tiempo quedó impune tan horroroso crimen:
al fin y pasados años recibieron los que le perpetraron el merecido
castigo. Había sucedido en el mando por aquellos días al desventurado
Filangieri Don Joaquín Blake, mayor general del ejército, y antes
coronel del regimiento de la Corona. Gozaba del concepto de militar
instruido y de profundo táctico. La junta le elevó al grado de teniente
general.
De Inglaterra llegaron también a Galicia prontos y cuantiosos auxilios.
Su diputado Don Francisco Sangro fue honrado y obsequiado por aquel
gobierno, y se remitieron libres a la Coruña los prisioneros españoles
que gemían hacía años en los pontones británicos. Arribó al mismo
puerto Sir Carlos Stuart, primer diplomático inglés que en calidad de
tal pisó el suelo español. La junta se esmeró en agasajarle y darle
pruebas de su constante anhelo por estrechar los vínculos de alianza y
amistad con S. M. Británica. Las demostraciones de interés que por la
causa de España tomaba nación tan poderosa, fortificaron más y más las
novedades acaecidas, y hasta los más tímidos cobraron esperanzas.
[Marginal: Levantamiento de Santander.]
Santander agitado y conmovido ponía en sumo cuidado a los franceses,
estando casi situado a la retaguardia de una parte considerable de sus
tropas, y pudiendo con su insurrección impedir fácilmente que entre
sí se comunicasen. También temían que la llama una vez prendida se
propagase a las provincias vascongadas, y los envolviese a favor del
escabroso terreno, en medio de poblaciones enemigas, fatigándolos y
hostigándolos continuadamente. Así fue que el mariscal Bessières no
tardó desde Burgos en despachar a aquel punto a su ayudante general Mr.
de Rigny, que, después se ha ilustrado más dignamente con los laureles
de Navarino. Iba con pliegos para el cónsul francés Mr. de Ranchoup,
por los que se amonestaba al ayuntamiento, que en caso de no mantenerse
la tranquilidad pasaría una división a castigar con el mayor rigor el
más leve exceso. Semejantes amenazas lejos de apaciguar acrecentaron el
disgusto y la fermentación. Estaba en su colmo, cuando una leve disputa
entre Mr. Pablo Carreyron, francés avecindado, y el padre de un niño
a quien aquel había reprendido, atrajo gente, y de unas en otras se
enardeció el pueblo clamoreando que se prendiese a los franceses.
Tocaron entonces a rebato las campanas de la catedral y los tambores
la generala, resonando por las calles los gritos de viva Fernando VII
y muera Napoleón y el ayudante de Bessières. Armado como por encanto
el vecindario, arrestó a los franceses, pero con el mayor orden; y
conducidos al castillo cuartel de San Felipe, se pusieron guardias
a las puertas de las respectivas casas de los presos para que no
recibiesen menoscabo en sus propiedades. Era aquel día el 26 de mayo, y
como de la Ascensión festivo; por lo que arremolinándose numerosa plebe
cerca de la casa del cónsul francés, se desató en palabras y amenazas
contra su persona y la de Mr. de Rigny. Sus vidas hubieran peligrado
si los oficiales del provincial de Laredo que guarnecían a Santander,
no las hubieran puesto en salvo exponiendo las suyas propias. Los
sacaron de la casa consular a las once de la noche, y colocándolos en
el centro de un círculo que formaron con sus cuerpos, los llevaron al
ya mencionado cuartel de San Felipe, dejándolos bajo la custodia de los
milicianos que le ocupaban.
Al día inmediato 27 se compuso una junta de los individuos del
ayuntamiento y varias personas notables del pueblo, las que eligieron
por su presidente al obispo de la diócesis Don Rafael Menéndez de
Luarca. Hallábase este ausente en su quinta de Liaño a dos leguas de la
ciudad, no pudiendo por tanto haber tomado parte en los acontecimientos
ocurridos. El gobierno francés que con estudiado intento no veía
entonces en el alzamiento de España sino la obra de los clérigos y los
frailes, achacó al reverendo obispo de Santander la insurrección de
la provincia cantábrica. Mas fue tan al contrario que en un principio
aquel prelado se resistió obstinadamente a admitir la presidencia
que le ofreció la junta, y solo a fuerza de reiteradas instancias
condescendió con sus ruegos. Era el de Santander eclesiástico austero
en sus costumbres, y acatábale el vulgo como si fuera un santo: estaba
ciertamente dotado de recomendables prendas, pero las deslucía con
terco fanatismo y desbarros que tocaban casi en locura. Dio luego
señales de su descompuesto temple, autorizándose con el título de
regente soberano de Cantabria a nombre de Fernando VII y con el
aditamento de alteza.
A poco se supo la insurrección de Asturias con lo que tomó vuelo
el levantamiento de toda la montaña de Santander, y aun los tibios
ensancharon sus corazones. Inmediatamente se procedió a un alistamiento
general, y sin más dilación y faltos de disciplina salieron los nuevos
cuerpos a los confines y puertos secos de la provincia. Mandaba como
militar Don Juan Manuel de Velarde, que de coronel fue promovido a
capitán general, y el cual se apostó en Reinosa con artillería y 5000
hombres, los más paisanos mezclados con milicianos de Laredo. Su hijo
Don Emeterio, muerto después gloriosamente en la batalla de la Albuera,
ocupó el Escudo con 2500 hombres, igualmente paisanos. Otros 1000
recogidos de partidas sueltas de Santoña, Laredo y demás puertecillos
se colocaron en los Tornos. Por aquí vemos como Santander a pesar de
su mayor proximidad a los franceses se arriesgó a contrarrestar sus
injustos actos y a emplear contra ellos los escasos recursos que su
situación le prestaba.
[Marginal: Levantamiento de León y Castilla la Vieja.]
Osadía fue sin duda la de esta provincia, pero guarecida detrás de sus
montañas no parecía serlo tanto como la de las ciudades y pueblos de
la tierra llana de Castilla y León. Sus moradores no atendiendo ni a
sus fuerzas ni a su posición, quisieron ciegamente seguir los ímpetus
de su patriotismo, y a los pueblos cercanos a tropas francesas salioles
caro tan honroso como irreflexionado arrojo. Apenas había alzado
Logroño el pendón de la insurrección, cuando pasando desde Vitoria con
dos batallones el general Verdier, fácilmente arrolló el 6 de junio a
los indisciplinados paisanos, retirándose después de haber arcabuceado
a varios de los que se cogieron con las armas en la mano, o a los que
se creyeron principales autores de la sublevación. No fue más dichosa
en igual tentativa la ciudad de Segovia. Confiando sobradamente en la
escuela de artillería establecida en su alcázar, intentó con su ayuda
hacer rostro a la fuerza francesa, cerrando los oídos a proposiciones
que por medio de dos guardias de Corps le había enviado Murat. En
virtud de la repulsa se acercó a la ciudad el 7 de junio el general
francés Frère, y los artilleros españoles colocaron las piezas
destinadas al ejercicio de los cadetes en las puertas y avenidas. No
había para sostenerlas otra tropa que paisanos mal armados, los cuales
al empeñarse la refriega se desbandaron dejando abandonadas las piezas.
Apoderose de Segovia el enemigo, y el director Don Miguel de Cevallos,
los alumnos y casi todos los oficiales se salvaron y acogieron a los
ejércitos que se formaban en las otras provincias.
Al mismo tiempo que tales andaban las cosas en puntos aislados
de Castilla, tomó cuerpo la insurrección de Valladolid y León,
fortificándose con mayores medios y estribando sus providencias en los
auxilios que aguardaban de Galicia y Asturias. Desde el momento en que
la última de aquellas provincias había en el 23 y 24 de mayo proclamado
a Fernando y declarádose contra los franceses, había León imitado
su ejemplo. Como a su definitiva determinación hubiesen precedido
parciales conmociones, en una de ellas fue enviado a la Coruña el
estudiante que tanto tumultuó allí la gente. Mas el estar asentada la
ciudad de León en la tierra llana, y el serles a los franceses de fácil
empresa apaciguar cualquiera rebelión a sus mandatos, había reprimido
el ardor popular. Por fin habiéndose enviado de Asturias 800 hombres
para confortar algún tanto a los tímidos, se erigió el 1.º de junio una
junta de individuos del ayuntamiento y otras personas, a cuya cabeza
estaba como gobernador militar de la provincia D. Manuel Castañón.
No eran pasados muchos días cuando se transfirió la presidencia al
capitán general bailío Don Antonio Valdés, antiguo ministro de marina,
y quien habiendo honrosamente rehusado ir a Bayona, tuvo que huir de
Burgos a Palencia y abrigarse al territorio leonés. Fueron de Asturias
municiones, fusiles y otros pertrechos, con cuya ayuda se empezó el
armamento.
Estaba en Valladolid de capitán general Don Gregorio de la Cuesta
militar antiguo y respetable varón, pero de condición duro y
caprichudo, y obstinado en sus pareceres. Buen español, acongojábale la
intrusión francesa, mas acostumbrado a la ciega subordinación miraba
con enojo que el pueblo se entrometiese a deliberar sobre materias
que a su juicio no le competían. El distrito de su mando abrazaba los
reinos de León y Castilla la Vieja, cuya separación geográfica no ha
estorbado que se hubiesen confundido ambos en el lenguaje común y aun
en cosas de su gobierno interior. La pesada mano de la autoridad los
había molestado en gran manera, y el influjo del capitán general era
extremadamente poderoso en las provincias en que aquellos reinos se
subdividían. Con todo pudiendo más el actual entusiasmo que el añejo
y prolongado hábito de la obediencia, ya hemos visto como en León,
sin contar con Don Gregorio de la Cuesta, se había dado el grito del
levantamiento. Era la empresa de más dificultoso empeño en Valladolid,
así porque dentro residía dicho jefe, como también por el apoyo que le
daba la chancillería y sus dependencias. Sin embargo la opinión superó
todos los obstáculos.
En los últimos días de mayo el pueblo agavillado quiso exigir del
capitán general que se le armase y se hiciese la guerra a Napoleón.
Asomado al balcón resistiose Cuesta, y con prudentes razones procuró
disuadir a los alborotados de su desaconsejado intento. Insistieron
de nuevo estos, y viendo que sus esfuerzos inútilmente se estrellaban
contra el duro carácter del capitán general, erigieron el patíbulo
vociferando que en él iban a dar el debido pago a tal terquedad,
tachada ya de traición por el populacho. Dobló entonces la cerviz Don
Gregorio de la Cuesta, prefiriendo a un azaroso fin servir de guía a
la insurrección, y sin tardanza congregó una junta a que asistieron
con los principales habitantes individuos de todas las corporaciones.
El viejo general no permitió que la nueva autoridad ensanchase sus
facultades más allá de lo que exigía el armamento y defensa de la
provincia; conviniendo tan solo en que a semejanza de Valladolid se
instituyese una junta con la misma restricción en cada una de las
ciudades en que había intendencia. Así Ávila y Salamanca formaron
las suyas, pero la inflexible dureza de Cuesta y el anhelo de estos
cuerpos por acrecer su poder, suscitaron choques y reñidas contiendas.
Valladolid y las poblaciones libres del yugo francés se apresuraron a
alistar y disciplinar su gente, y Zamora y Ciudad Rodrigo suministraron
en cuanto pudieron armas y pertrechos militares.
Enlutaron la común alegría algunos excesos de la plebe y de la
soldadesca. Murió en Palencia a sus manos un tal Ordóñez que dirigía
la fábrica de harinas de Monzón, sujeto apreciable. Don Luis Martínez
de Ariza, gobernador de Ciudad Rodrigo, experimentó igual suerte,
sirviendo de pretexto su mucha amistad y favor con el príncipe de la
Paz. Lo mismo algún otro individuo en dicha plaza; y en la patria del
insigne Alonso del Tostado, en Madrigal, fue asesinado el corregidor,
y unos alguaciles odiados por su rapaz conducta. Castigó Cuesta con
el último suplicio a los matadores; pero una catástrofe no menos
triste y dolorosa afeó el levantamiento de Valladolid. Don Miguel
de Cevallos, director del colegio de Segovia, a quien hemos visto
alejarse de aquella ciudad al ocuparla los franceses, fue detenido a
corta distancia en el lugar de Carbonero, achacando infundadamente
a traición suya el descalabro padecido. De allí le condujeron preso
a Valladolid. Le entraron por la tarde, y fuera malicia o acaso,
después de atravesar el portillo de la Merced, torcieron los que le
llevaban por el callejón de los toros al campo grande, donde los
nuevos alistados hacían el ejercicio. A las voces de que se aproximaba
levantose general gritería. Iba a caballo y detrás su familia en coche.
Llovieron muy luego pedradas sobre su persona, y a pesar de querer
guarecerle los paisanos que le escoltaban, desgraciadamente de una cayó
en tierra, y entonces por todas partes le acometieron y maltrataron.
En balde un clérigo de nombre Prieto buscó para salvarle el religioso
pretexto de la confesión: solo consiguió momentáneamente meterle en el
portal de una casa, dentro del cual un soldado portugués de los que
habían venido con el marqués de Alorna le traspasó de un bayonetazo.
Con aquello enfureciose de nuevo el populacho, arrastró por la ciudad
al desventurado Cevallos, y al fin le arrojó al río. Partían el alma
los agudos acentos de la atribulada esposa, que desde su coche ponía
en el cielo sus quejas y lamentos, al paso que empedernidas mujeres se
encarnizaban en la despedazada víctima. Espanta que un sexo tan tierno,
delicado y bello por naturaleza, se convierta a veces y en medio de
tales horrores en inhumana fiera. Mas apartando la vista de objeto
tan melancólico, continuemos bosquejando el magnífico cuadro de la
insurrección, cuyo fondo, aunque salpicado de algunas oscuras manchas,
no por eso deja de aparecer grandioso y admirable.
[Marginal: Levantamiento de Sevilla.]
Las provincias meridionales de España no se mantuvieron más tranquilas
ni perezosas que las que acabamos de recorrer. Movidos sus habitantes
de iguales afectos no se desviaron de la gloriosa senda que a todos
había trazado el sentimiento de la honra e independencia nacional.
Siendo idénticas las causas, unos mismos fueron en su resultado los
efectos. Solamente los incidentes que sirvieron de inmediato estímulo
variaron a veces. Uno de estos notable e inesperado influyó con
particularidad en los levantamientos de Andalucía y Extremadura. Por
entonces residía casualmente en Móstoles, distante de Madrid tres
leguas, Don Juan Pérez Villamil secretario del almirantazgo. Acaeció
en la capital el suceso del 2 de mayo, y personas que en lo recio de
la pelea se habían escapado y refugiado en Móstoles, contaron lo que
allí pasaba con los abultados colores del miedo reciente. Sin tardanza
incitó Villamil al alcalde para que escribiendo al del cercano pueblo
pudiese la noticia circular de uno en otro con rapidez. Así cundió
creciendo de boca en boca, y en tanto grado exagerada que cuando
alcanzó a Talavera pintábase a Madrid ardiendo por todos sus puntos y
confundido en muertes y destrozos. Expidiéronse por aquel administrador
de correos avisos con la mayor diligencia, y en breve Sevilla y otras
ciudades fueron sabedoras del infausto acontecimiento.
Dispuestos como estaban los ánimos, no se necesitaba sino de un
levísimo motivo para encenderlos a lo sumo y provocar una insurrección
general. El aviso de Móstoles estuvo para realizarla en el mediodía.
En Sevilla el ayuntamiento pensó seriamente en armar la provincia, y
tratose de planes de armamento y defensa. Órdenes posteriores de Madrid
contuvieron el primer amago; pero conmovido el pueblo se alentaron
algunos particulares a dar determinado rumbo al descontento universal.
Fue en aquella ciudad uno de los principales conmovedores el conde de
Tilly, de casa ilustre de Extremadura, hombre inquieto, revoltoso y
tachado bastantemente en su conducta privada. Aunque dispuesto para
alborotos, e igualmente amigo de novedades que su hermano Guzmán, tan
famoso en la revolución francesa, nunca hubiera conseguido el anhelado
objeto, si la causa que ahora abrazaba no hubiese sido tan santa, y si
por lo mismo no se le hubiesen agregado otras personas respetables de
la ciudad.
Juntábanse todos en un sitio llamado el Blanquillo hacia la puerta
de la Barqueta, y en sus reuniones debatían el modo de comenzar su
empresa. Apareciose al propio tiempo en Sevilla un tal Nicolás Tap
y Núñez, hombre poco conocido y que había venido allí con propósito
de conmover por sí solo la ciudad. Ardiente y despejado peroraba por
calles y plazas, y llevaba y traía a su antojo al pueblo sevillano,
subiendo a punto su descaro de pedir al cabildo eclesiástico doce mil
duros para hacer el alzamiento contra los franceses; petición a que se
negó aquel cuerpo. Se ejercitaba antes en el comercio clandestino, y
con el título intruso de corredor tenía mucha amistad con las gentes
que se ocupaban en el contrabando con Gibraltar y la costa, a cuyo
punto hacía frecuentes viajes. Callaban las autoridades temerosas
de mayor mal, y los que con Tilly maquinaban procuraron granjearse
la voluntad de quien en pocos días había adquirido más nombre y
popularidad que ningún otro. Buscáronle y fácilmente se concertaron.
No transcurría día sin que nuevos motivos de disgusto viniesen a
confirmarlos en su pensamiento, y a perturbar a los tranquilos
ciudadanos. En este caso estuvieron varios papeles publicados contra la
familia de Borbón en el Diario de Madrid que se imprimía desde el 10 de
mayo bajo la inspección del francés Esménard. Disonaron sus frases a
los oídos españoles no acostumbrados a aquel lenguaje, y unos papeles
destinados a rectificar la opinión en favor de las mudanzas acordadas
en Bayona, la alejaron para siempre de asentir a ellas y aprobarlas.
Gradualmente subía de punto la indignación, cuando de oficio se recibió
la noticia de las renuncias de la familia real de España en la persona
de Napoleón. Parecioles a Tilly, Tap y consortes que no convenía
desaprovechar la ocasión, y se prepararon al rompimiento.
Se escogió el día de la Ascensión 26 de mayo y hora del anochecer para
alborotar a Sevilla. Soldados del regimiento de Olivenza comenzaron el
estruendo dirigiéndose al depósito de la real maestranza de artillería
y de los almacenes de pólvora. Reunióseles inmenso gentío, y se
apoderaron de las armas sin desgracia ni desorden. Adelantose a aquel
paraje un escuadron de caballería mandado por Don Adrián Jácome, el
cual lejos de impedir la sublevación, más bien la aplaudió y favoreció.
Prendiendo con inexplicable celeridad el fuego de la revolución hasta
en los más apartados y pacíficos barrios, el ayuntamiento se trasladó
al hospital de la Sangre para deliberar más desembarazadamente. Pero
en la mañana del 27 el pueblo apoderándose de las casas consistoriales
abandonadas, congregó en ellas una junta suprema de personas
distinguidas de la ciudad. Tap y Núñez procediendo de buena fe era
por su extremada popularidad quien escogía los miembros, siendo
otros los que se los apuntaban. Así fue que como forastero obrando a
ciegas, nombró a dos que desagradaron por su anterior y desopinada
conducta. Se le previno, y quiso borrarlos de la lista. Fueron inútiles
sus esfuerzos y aun le acarrearon una larga prisión, mostrándose
encarnizados enemigos suyos los que tenía por parciales. Suerte
ordinaria de los que entran desinteresadamente e inexpertos en las
revoluciones: los hombres pacíficos los miran siempre, aun aplaudiendo
a sus intentos, como temibles y peligrosos, y los que desean la
bulla y las revueltas para crecer y medrar, ponen su mayor conato en
descartarse del único obstáculo a sus pensamientos torcidos.
Instalose pues la junta, y nombró por su presidente a Don Francisco
Saavedra, antiguo ministro de hacienda, confinado en Andalucía por la
voluntad arbitraria del príncipe de la Paz. De carácter bondadoso y
apacible, tenía saber extenso y vario. Las desgracias y persecuciones
habían quizá quitado a su alma el temple que reclamaban aquellos
tiempos. A instancias suyas fue también elegido individuo de la junta
el asistente Don Vicente Hore, a pesar de su amistad con el caído
favorito. Entró a formar parte y se señaló por su particular influjo
el Padre Manuel Gil, clérigo reglar. La espantadiza desconfianza de
Godoy que sin razón le había creído envuelto en la intriga que para
derribarle habían urdido en 1795 la marquesa de Matallana y el de
Malaespina, le sugirió entonces el encerrarle en el convento de
Toribios de Sevilla, en el que se corregían los descarríos ciertos o
supuestos de un modo vergonzoso y desusado ya aun para con los niños.
Disfrutaba el padre Gil, si bien de edad provecta, de la robustez y
calor de los primeros años: con facilidad comunicaba a otros el fuego
que sustentaba en su pecho, y en medio de ciertas extravagancias más
bien hijas de la descuidada educación del claustro que de extravíos de
la mente, lucía por su erudición y la perspicacia de su ingenio.
La nombrada junta intitulose suprema de España e Indias. Desazonó
a las otras la presuntuosa denominación; pero ignorando lo que
allende ocurría, quizá juzgó prudente ofrecer un centro común, que
contrapesando el influjo de la autoridad intrusa y usurpadora de
Madrid, le hiciese firme e imperturbable rostro. Fue desacuerdo
insistir en su primer título luego que supo la declaración de las
otras provincias. Su empeño hubiera podido causar desavenencias que
felizmente cortaron la cordura y tino de ilustrados patriotas.
Para la defensa y armamento adoptó la junta medidas activas y
acertadas. Sin distinción mandó que se alistasen todos los mozos de
dieciséis hasta cuarenta y cinco años. Se erigieron asimismo por orden
suya juntas subalternas en las poblaciones de 2000 y más vecinos.
La oportuna inversión de los donativos cuantiosos que se recibían,
como también el cuidado de todo el ramo económico, se puso a cargo
de sujetos de conocida integridad. En ciudades, villas y aldeas se
respondió con entrañable placer al llamamiento de la capital, y en
Arcos como en Carmona, y en Jerez como en Lebrija y Ronda no se oyeron
sino patrióticos y acordes acentos.
En la conmoción de la noche del 26 y en la mañana del 27 nadie se había
desmandado, ni se habían turbado aquellas primeras horas con muertes
ni notables excesos. Estaba reservado para la tarde del mismo 27 que
se ensangrentasen los muros de la ciudad con un horrible asesinato.
Ya indicamos como el ayuntamiento había trasladado al hospital de la
Sangre el sitio de sus sesiones. Dio con este paso lugar a hablillas
y rencores. Para calmarlos y obrar de concierto con la junta creada,
envió a ella en comisión al conde del Águila procurador mayor en
aquel año. A su vista se encolerizó la plebe, y pidió con ciego furor
la cabeza del conde. La junta para resguardarle prometió que se le
formaría causa, y ordenó que entre tanto fuese enviado en calidad de
arrestado a la torre de la puerta de Triana. Atravesó el del Águila a
Sevilla entre insultos, pero sin ser herido ni maltratado de obra. Solo
al subir a la prisión que le estaba destinada, entrando en su compañía
una banda de gente homicida, le intimó que se dispusiese a morir, y
atándole a la barandilla del balcón que está sobre la misma puerta de
Triana, sordos aquellos asesinos a los ruegos del conde y a las ofertas
que les hizo de su hacienda y sus riquezas, bárbaramente le mataron
a carabinazos. Fue por muchos llorada la muerte de este inocente
caballero, cuya probidad y buen porte eran apreciados en general por
todos los sevillanos. Hubo quien achacó imprudencias al conde; otros, y
fueron los más, atribuyeron el golpe a enemiga y oculta mano.
Rica y populosa Sevilla, situada ventajosamente para resistir a una
invasión francesa, afianzó, declarándose, el levantamiento de España.
Mas era menester para poner fuera de todo riesgo su propia resolución
contar con San Roque y Cádiz, en donde estaba reunida la fuerza militar
de mar y tierra más considerable y mejor disciplinada que había dentro
de la nación. Convencida de esta verdad despachó la junta a aquellos
puntos dos oficiales de artillería que eran de su confianza. El que
fue a San Roque desempeñó su encargo con menos embarazos, hallando
dispuesto a Don Francisco Javier Castaños que allí mandaba, a someterse
a lo que se le prescribía. Ya de antemano había entablado este general
relaciones con Sir Hugo Dalrymple, gobernador de Gibraltar, y lejos de
suspender sus tratos por la llegada a su cuartel general del oficial
francés Roquiat, de cuya comisión hicimos mención en el anterior libro,
las avivó y estrechó más y más. Tampoco se retrajo de continuarlos ni
por las ofertas que le hizo otro oficial de la misma nación despachado
al efecto, ni con el cebo del virreinato de Méjico que tenían en Madrid
como en reserva para halagar con tan elevada dignidad la ambición de
los generales, cuya decisión se conceptuaba de mucha importancia. Es
de temer no obstante que las pláticas con Dalrymple en nada hubieran
terminado, si no hubiese llegado tan a tiempo el expreso de Sevilla. A
su recibo se pronunció abiertamente Castaños, y la causa común ganó con
su favorable declaración 8941 hombres de tropa reglada que estaban bajo
sus órdenes.
Tropezó en Cádiz con mayores obstáculos el conde de Teba, que fue el
oficial enviado de Sevilla. Habitualmente residía en aquella plaza el
capitán general de Andalucía, siéndolo a la sazón Don Francisco Solano,
marqués del Socorro y de la Solana. No hacía mucho tiempo que había
regresado a su puesto desde Extremadura y de vuelta de la expedición
de Portugal, en donde le vimos soñar mejoras para el país puesto a
su cuidado. Después del 2 de mayo solicitado y lisonjeado por los
franceses, y sobre todo vencido por los consejos de españoles antiguos
amigos suyos, con indiscreción se mostraba secuaz de los invasores,
graduando de frenesí cualquiera resistencia que se intentase. Ya antes
de mediados de mayo corrió peligro en Badajoz por la poca cautela
conque se expresaba. No anduvo más prudente en todo su camino. Al
cruzar por Sevilla se avistaron con él los que trabajaban para que
aquella ciudad definitivamente se alzase. Esquivó todo compromiso,
mas molestado por sus instancias pidió tiempo para reflexionar, y se
apresuró a meterse en Cádiz. No satisfechos de su indecisión, luego
que tuvo lugar el levantamiento del 27, siendo ya algunos de los
conspiradores individuos de la nueva junta, impelieron a esta para
que el 28 enviase a aquella plaza al mencionado conde de Teba, quien
con gran ruido y estrépito penetró por los muros gaditanos. Era allí
muy amado el general Solano: debíalo a su anterior conducta en el
gobierno del distrito, en el que se había desvelado por hacerse grato
a la guarnición y al vecindario. En idolatría se hubiera convertido la
afición primera, si se hubiese francamente declarado por la causa de
la nación. Continuó vacilante e incierto, y el titubear de ahora en un
hombre antes presto y arrojado en sus determinaciones, fue calificado
de premeditada traición. Creemos ciertamente que las esperanzas y
promesas con que de una parte le habían traído entretenido, y los
peligros que advertía de la otra examinando militarmente la situación
de España, le privaron de la libre facultad de abrazar el honroso
partido a que era llamado de Sevilla. Así fue que al recibir sus
pliegos ideó tomar un sesgo con que pudiera cubrirse.
Convocó a este propósito una reunión de generales, en la que se
decidiese lo conveniente acerca del oficio traído por el conde de Teba.
Largamente se discurrió en su seno la materia, y prevaleciendo como
era natural el parecer de Solano, se acordó la publicación de un bando
cuyo estilo descubría la mano de quien le había escrito. Dábanse en
él las razones militares que asistían para considerar como temeraria
la resistencia a los franceses, y después de varias inoportunas
reflexiones se concluía con afirmar que puesto que el pueblo la
deseaba, no obstante las poderosas razones alegadas, se formaría un
alistamiento y se enviarían personas a Sevilla y otros puntos, estando
todos los once, que suscribían al bando, prontos a someterse a la
voluntad expresada. Contento Solano con lo que se había determinado le
faltó tiempo para publicarlo, y de noche con hachas encendidas y grande
aparato mandó pregonar bando por las calles, como si no bastase el solo
acuerdo para dar suficiente pábulo a la inquietud del pueblo.
La desusada ceremonia atrajo a muchos curiosos, y luego que oyeron lo
que de oficio se anunciaba, irritáronse sobremanera los circunstantes,
y con el bullicio y el numeroso concurso pensaron los más atrevidos en
aprovecharse de la ocasión que se les ofrecía, y de montón acudieron
todos a casa del capitán general. Allí un joven llamado Don Manuel
Larrús, subiendo en hombros de otro, tomó la palabra y respondiendo una
tras de otra a las razones del bando, terminó con pedir a nombre de
la ciudad que se declarase la guerra a los franceses, y se intimase
la rendición a su escuadra fondeada en el puerto. Abatiose el altivo
Solano a la voz del mozo, y quien para dicha suya y de su patria
hubiera podido, acaudillándolas, ser árbitro y dueño de las voluntades
gaditanas, tuvo que arrastrarse en pos de un desconocido. Convino pues
en juntar al día siguiente los generales, y ofreció que en todo se
cumpliría lo que demandaba el pueblo.
La algazara promovida por la publicación del bando siguió hasta rayar
la aurora, y la muchedumbre cercó y allanó en uno de sus paseos la casa
del cónsul francés Mr. Le Roi, cuyo lenguaje soberbio y descomedido le
había atraído la aversión aun de los vecinos más tranquilos. Refugiose
el cónsul en el convento de S. Agustín y de allí fue a bordo de su
escuadra. Acompañó a este desmán el de soltar a algunos presos, pero
no pasó más allá el desorden. Los amotinados se aproximaron después al
parque de artillería para apoderarse de las armas, y los soldados en
vez de oponerse los excitaron y ayudaron.
A la mañana inmediata 29 de mayo celebró Solano la ofrecida junta de
generales, y todos condescendieron con la petición del pueblo. Antes
había ya habido algunos de ellos que en vista del mal efecto causado
por la publicación del bando, procuraron descargar sobre el capitán
general la propia responsabilidad, achacando la resolución a su
particular conato: indigna flaqueza que no poco contribuyó a indisponer
más y más los ánimos contra Solano. Ayudó también a ello la frialdad e
indiferencia que este dejaba ver en medio de su carácter naturalmente
fogoso. No descuidaron la malevolencia y la enemistad emplear contra
su persona las apariencias que le eran adversas, y ambas pasiones
traidoramente atizaron las otras y más nobles que en el día reinaban.
Por la tarde se presentó en la plaza de S. Antonio el ayudante Don
José Luquey anunciando al numeroso concurso allí reunido que según
una junta celebrada por oficiales de marina, no se podía atacar la
escuadra francesa sin destrozar la española todavía interpolada con
ella. Se irritaron los oyentes y serían las cuatro de la tarde cuando
en seguida se dirigieron a casa del general. Permitiose subir a tres
de ellos, entre los que había uno que de lejos se parecía a Solano.
El gentío era inmenso y tal el bullicio y la algazara que nadie se
entendía. En tanto el joven que tenía alguna semejanza con el general
se asomó al balcón. La multitud aturdida tomole por el mismo Solano, y
las señas que hacía para ser oído, por una negativa dada a la petición
de atacar a la escuadra francesa. Entonces unos sesenta que estaban
armados hicieron fuego contra la casa, y la guardia mandada por el
oficial San Martín, después caudillo célebre del Perú, se metió dentro
y atrancó la puerta. Creció la saña, trajeron del parque cinco piezas y
apuntaron contra la fachada, separada de la muralla por una calle baja,
un cañón de a veinticuatro de los que coronaban aquella. Rompieron las
puertas, huyó Solano, y encaramándose por la azotea se acogió a casa
de su vecino y amigo el irlandés Strange. Al llegarse encontró con
Don Pedro Olaechea, hombre oscuro, y que habiendo sido novicio en la
Cartuja de Jerez, se le contaba entre los principales alborotadores de
aquellos días. Presumiendo este que el perseguido general se habría
ocultado allí, habíasele adelantado entrando por la puerta principal.
Sorprendiose Solano con el inesperado encuentro, mas ayudado del
comandante del regimiento de Zaragoza Creach que casualmente entraba
a visitar a la señora de Strange, juntos encerraron al ex-cartujo en
un pasadizo, de donde queriendo el tal por una claraboya escaparse se
precipitó a un patio, de cuyas resultas murió a pocos días. Pero Solano
no pudiendo evadirse por parte alguna, se escondió en un hueco oculto
que le ofrecía un gabinete alhajado a la turca, donde la multitud
corriendo en su busca desgraciadamente le descubrió. Pugnó valerosa,
pero inútilmente, por salvarle la esposa del señor Strange Doña María
Tuker; hiriéronla en un brazo, y al fin sacaron por violencia de su
casa a la víctima que defendía. Arremolinándose la gente colocaron en
medio al marqués y se le llevaron por la muralla adelante con propósito
de suspenderle en la horca. Iba sereno y con brío, no apareciendo
en su semblante decaimiento ni desmayo. Maltratado y ofendido por
el paisanaje y soldadesca, recibió al llegar a la plaza de San Juan
de Dios una herida que puso término a sus días y a su tormento.
Revelaríamos para execración de la posteridad el nombre del asesino,
si con certeza hubiéramos podido averiguarlo. Bien sabemos a quién y
cómo se ha inculpado, pero en la duda nos abstenemos de repetir vagas
acusaciones.
Reemplazó al muerto capitán general D. Tomás de Morla, gobernador
de Cádiz. Aprobó la junta de Sevilla el nombramiento, y envió para
asistirle y quizá para vigilarle al general Don Eusebio Antonio
Herrera, individuo suyo. Se hizo marchar inmediatamente hacia lo
interior parte de las tropas que había en Cádiz y sus contornos, no
contándose en la plaza otra guarnición que los regimientos provinciales
de Córdoba, Écija, Ronda y Jerez, y los dos de línea de Burgos y
Órdenes militares, que casi se hallaban en cuadro. El 31 se juró
solemnemente a Fernando VII y se estableció una junta dependiente de la
suprema de Sevilla. En la misma mañana parlamentaron con los ingleses
el jefe de escuadra Don Enrique Macdonnell y el oidor Don Pedro Creux.
Conformáronse aquellos con las disposiciones de la junta sevillana,
reconocieron su autoridad y ofrecieron 5000 hombres que a las órdenes
del general Spencer iban destinados a Gibraltar.
Cobrando cada vez más aliento la junta suprema de Sevilla hizo el 6
de junio una declaración solemne de guerra contra Francia, afirmando
«que no dejaría las armas de la mano hasta que el emperador Napoleón
restituyese a España al rey Fernando VII y a las demás personas
reales, y respetase los derechos sagrados de la nación que había
violado, y su libertad, integridad e independencia.» Publicó por el
mismo tiempo que esta declaración otros papeles de grande importancia,
señalándose entre todos el conocido con el nombre de _Prevenciones_.
En él se daban acomodadas reglas para la guerra de partidas, única que
convenía adoptar; se recomendaba el evitar las acciones generales,
y se concluía con el siguiente artículo, digno de que a la letra se
reproduzca en este lugar: «se cuidará de hacer entender y persuadir a
la nación que libres, como esperamos, de esta cruel guerra a que nos
han forzado los franceses, y puestos en tranquilidad y restituido al
trono nuestro rey y señor Fernando VII, bajo él y por él se convocarán
cortes, se reformarán los abusos y se establecerán las leyes que el
tiempo y la experiencia dicten para el público bien y felicidad;
cosas que sabemos hacer los españoles, que las hemos hecho con otros
pueblos sin necesidad de que vengan los... franceses a enseñárnoslo...»
Dedúzcase de aquí si fue un fanatismo ciego y brutal el verdadero móvil
de la gloriosa insurrección de España, como han querido persuadirlo
extranjeros interesados o indignos hijos de su propio suelo.
Jaén y Córdoba se sublevaron a la noticia de la declaración de Sevilla,
y se sometieron a su junta, creando otras para su gobierno particular,
en que entraron personas de todas clases. En Jaén desconfiándose del
corregidor Don Antonio María de Lomas, le trasladaron preso a pocos
días a Valdepeñas de la Sierra, en donde el pueblo alborotado le mató a
fusilazos. Córdoba se apresuró a formar su alistamiento, dirigió gran
muchedumbre de paisanos a ocupar el puente de Alcolea, dándose el mando
de aquella fuerza armada, llamada vanguardia de Andalucía, a Don Pedro
Agustín de Echevarri. Aprobó la junta de Sevilla dicho nombramiento;
la que por su parte no cesaba de activar y promover las medidas de
defensa. Confió el mando de todo el ejército a Don Francisco Javier
Castaños, recompensa debida a su leal conducta, y el 9 de junio salió
este general a desempeñar su honorífico encargo.
[Marginal: Rendición de la escuadra francesa surta en Cádiz.]
Entre tanto quedaba por terminar un asunto que al paso que era grave
interesaba a la quietud y aun a la gloria de Cádiz. La escuadra
francesa surta en el puerto todavía tremolaba a su bordo el pabellón de
su nación, y el pueblo se dolía de ver izada tan cerca de sus muros y
en la misma bahía una bandera tenida ya por enemiga. Era además muy de
temer, abierta la comunicación con los ingleses, que no consintiesen
estos tener largo tiempo casi al costado de sus propias naves y en
perfecta seguridad una escuadra de su aborrecido adversario. Instó por
consiguiente el pueblo en que prontamente se intimase la rendición al
almirante francés Rossilly. El nuevo general Morla, fuera prudencia
para evitar efusión de sangre, o fuera que anduviese aún dudoso en el
partido que le convenía abrazar [sospecha a que da lugar su posterior
conducta], procuraba diferir las hostilidades divirtiendo la atención
pública con mañosas palabras y dilaciones. El almirante francés con
la esperanza de que avanzasen a Cádiz tropas de su nación, pedía
que no se hiciese novedad alguna hasta que el emperador contestase
a la demanda hecha en proclamas y declaraciones de que se entregase
a Fernando VII: estratagema que ya no podía engañar ni sorprender a
la honradez española. Aprovechándose de la tardanza mejoraron los
franceses su posición, metiéndose en el canal del arsenal de la
Carraca, y colocándose de suerte que no pudieran ofenderles los fuegos
de los castillos ni de la escuadra española. Constaba la francesa de
cinco navíos y una fragata: su almirante Mr. de Rossilly hizo después
una nueva proposición, y fue que para tranquilizar los ánimos saldría
de bahía si se alcanzaba del británico, anclado a la boca, el permiso
de hacerse a la vela sin ser molestado; y si no, que desembarcaría sus
cañones, conservaría a bordo las tripulaciones y arriaría la bandera,
dándose mutuamente rehenes, y con el seguro de ser respetado por los
ingleses. Morla rehusó dar oídos a proposición alguna que no fuese la
pura y simple entrega.
Hasta el 9 de junio se habían prolongado estas pláticas, en cuyo día
temiéndose el enojo público se rompió el fuego. El almirante inglés
Collingwood que de Toulon había venido a suceder a Purvis, ofreció su
asistencia, pero no juzgándola precisa fue desechada amistosamente.
Empezó el cañón del Trocadero a batir a los enemigos, sosteniendo
sus fuegos las fuerzas sutiles del arsenal y las del apostadero de
Cádiz que fondearon frente de Fort-Luis. El navío francés Algeciras
incomodado por la batería de morteros de la cantera, la desmontó:
también fue a pique una cañonera mandada por el alférez Valdés y el
místico de Escalera, pero sin desgracia. La pérdida de ambas partes fue
muy corta. Continuó el fuego el 10, en cuyo día a las tres de la tarde
el navío Héroe francés que montaba el almirante Rossilly, puso bandera
española en el trinquete, y afirmó la de parlamento el navío Príncipe,
en el que estaba Don Juan Ruiz de Apodaca comandante de nuestra
escuadra. Abriéronse nuevas conferencias que duraron hasta la noche
del 13, y en ella se intimó a Rossilly que a no rendirse romperían
fuego destructor dos baterías levantadas junto al puente de la nueva
población. El 14 a las siete de la mañana izó el navío Príncipe la
bandera de fuego, y entonces se entregaron los franceses a merced del
vencedor. Regocijó este triunfo, si bien no costoso ni difícil, porque
con eso quedaba libre y del todo desembarazado el puerto de Cádiz, sin
haber habido que recurrir a las fuerzas marítimas de los nuevos aliados.
En tanto Sevilla, acelerando el armamento y la organización militar,
envió a todas partes avisos y comisionados; y Canarias y las provincias
de América no fueron descuidadas en su solícita diligencia. Quiso
igualmente asentar con el gobierno inglés directas relaciones de
amistad y alianza, no bastándole las que interinamente se habían
entablado con sus almirantes y generales: a cuyo fin diputó con plenos
poderes a los generales D. Adrián Jácome y D. Juan Ruiz de Apodaca,
que después veremos en Inglaterra. Ahora conviene seguir narrando la
insurrección de las otras provincias.
[Marginal: Levantamiento de Granada.]
Hemos referido más arriba que Córdoba y Jaén habían reconocido la
supremacía de Sevilla. No fue así en Granada. Asiento de una capitanía
general y de una chancillería, no había estado avezada aquella ciudad,
así por esto como por su extensión y riqueza a recibir órdenes de otra
provincia. Por tanto determinó elegir un gobierno separado, levantar un
ejército propio suyo, y concurrir con brillantez y esfuerzo a la común
defensa. En los dos últimos meses se habían dejado sentir los mismos
síntomas de desasosiego que en las otras partes; pero no adquirió aquel
descontento verdadera forma de insurrección hasta el 29 de mayo. A la
una de aquel día entró por la ciudad a caballo y con grande estruendo
el teniente de artillería Don José Santiago, que traía pliegos de
Sevilla. Acompañado de paisanos de las cercanías y de otros curiosos
que se agregaron con tanta más facilidad cuanto era domingo, se dirigió
a casa del capitán general.
Éralo a la sazón Don Ventura Escalante, hombre pacífico y de escaso
talento, quien aturdido con la noticia de Sevilla se quedó sin saber
a qué partido ladearse. Por de pronto con evasivas palabras se limitó
a mandar al oficial que se retirase, con lo que creció por la noche
la agitación, y agriamente se censuró la conducta tímida del general.
Ser el día siguiente 30 el de San Fernando, no poco influyó para
acalorar más los ánimos. Así fue que por la mañana agolpándose mucha
gente a la plaza nueva, en donde está la chancillería, residencia del
capitán general, se pidió con ahínco por los que allí se agruparon que
se proclamase a Fernando VII. El general, en aquel aprieto, con gran
séquito de oficiales, personas de distinción y rodeado de la turba
conmovida salió a caballo, llevando por las calles como en triunfo el
retrato del deseado rey. Pero viendo el pueblo que las providencias
tomadas se habían limitado al vano aunque ostentoso paseo, se indignó
de nuevo, e incitado por algunos acudió de tropel y por segunda vez
a casa del general, y sin disfraz le requirió que desconfiándose de
su conducta era menester que nombrase una junta, la cual encargada
que fuese del gobierno, cuidara con particularidad de armar a los
habitantes. Cedió el Escalante a la imperiosa insinuación. Parece
ser que el principal promovedor de la junta, y el que dio la lista
de sus miembros, fue un monje jerónimo llamado el P. Puebla, hombre
de vasta capacidad y de carácter firme. Eligiose por presidente al
capitán general, y más de cuarenta individuos de todas clases entraron
a componer la nueva autoridad. Al instante se pensó en medidas de
guerra: el entusiasmo del pueblo no tuvo límites, y se alistó la gente
en términos que hubo que despedir gran parte. Llovieron los donativos y
las promesas, y bien pronto no se vieron por todos lados sino fábricas
de monturas, de uniformes y de composición de armas. Granada puede
gloriarse de no haber ido en zaga en patriotismo y heroicos esfuerzos a
ninguna otra de las provincias del reino. Y ¡ojalá que en todas hubiera
habido tanta actividad y tanto orden en el empleo de sus medios!
Pero, ciudad extendida e indefensa, hubiera sin embargo corrido gran
riesgo si alguna fuerza enemiga se hubiera acercado a sus puertas.
Se hallaba sin tropas, destinadas a otros puntos las que antes la
guarnecían. Un solo batallón suizo que quedaba, por orden de la corte
se había ya puesto en marcha para Cádiz. Felizmente no se había alejado
todavía, y en obediencia a un parte de la junta retrocedió y sirvió de
apoyo a la autoridad.
Declarada con entusiasmo la guerra a Bonaparte, requisito que
acompañaba siempre a la insurrección, se llamó de Málaga a Don Teodoro
Reding, su gobernador, para darle el mando de la gente que se armase, y
tuvo la especial comisión de adiestrarla y disciplinarla el brigadier
Don Francisco Abadía, quien la desempeñó con celo y bastante acierto.
Todos los pueblos de la provincia imitaron el ejemplo de Granada. En
Málaga pereció desgraciadamente el 20 de junio el vicecónsul francés
Mr. D’Agaud y Don Juan Croharé, que sacó a la fuerza el populacho del
castillo de Gibralfaro en donde estaban detenidos. Pero sus muertes no
quedaron impunes, vengándolas el cadalso en la persona de Cristóbal
Ávalos y de otros dos, a quienes se consideró como principales culpados.
La junta de Granada no contenta con los auxilios propios y con las
armas que aguardaba de Sevilla, envió a Gibraltar en comisión a Don
Francisco Martínez de la Rosa, quien a pesar de su edad temprana era
ya catedrático en aquella universidad, y mereció por sus aventajadas
partes ser honrado con encargo de tanta confianza. No dejó en su
viaje de encontrar con embarazos, recelosos los pueblos de cualquiera
pasajero que por ellos transitaba. Siendo el segundo español que
en comisión fue a Gibraltar para anunciar la insurrección de las
provincias andaluzas, le acogieron los moradores con júbilo y aplauso.
No tanto el gobernador Sir Hugo Dalrymple. Prevenido en favor de un
enviado de Sevilla que era el que le había precedido, temía el inglés
una fatal desunión si todos no se sometían a un centro común de
autoridad. Al fin condescendió en suministrar al comisionado de Granada
fusiles y otros pertrechos de guerra, con lo que, y otros recursos que
le facilitaron en Algeciras, cumplió satisfactoriamente con su encargo.
A la llegada de tan oportunos auxilios se avivó el armamento, y en
breve pudo Granada reunir una división considerable de sus fuerzas
a las demás de Andalucía, capitaneándolas el mencionado Don Teodoro
Reding, de quien era mayor general Don Francisco Abadía, y teniendo por
intendente a Don Carlos Veramendi, sujetos todos tres muy adecuados
para sus respectivos empleos.