Partió el rey de Vitoria el 19 de abril y en el mismo llegó a Irún

casi solo, habiéndose quedado atrás el general Savary por habérsele

descompuesto el coche. Se albergó en casa del señor Olazábal sita fuera

de la villa, en donde había de guarnición un batallón del regimiento

de África, decidido a obedecer rendidamente las órdenes de Fernando.

La providencia a cada paso parecía querer advertirle del peligro, y

a cada paso le presentaba medios de salvación. Mas un ciego instinto

arrastraba al rey al horroroso precipicio. Savary tuvo tal miedo de que

la importante presa se le escapase, a la misma sazón que ya la tenía

asegurada, que llegó a Irún asustado y despavorido.

[Marginal: 20 de abril: Entrada del rey en Bayona.]

El 20 cruzó el rey y toda la comitiva el Bidasoa, y entró en Bayona a

las diez de la mañana de aquel día. Nadie le salió a recibir al camino

a nombre de Napoleón. Más allá de San Juan de Luz encontró a los tres

grandes de España comisionados para felicitar al emperador francés,

quienes dieron noticias tristes, pues la víspera por la mañana habían

oído al mismo de su propia boca que los Borbones nunca más reinarían

en España. Ignoramos por qué no anduvieron más diligentes en comunicar

al rey el importante aviso, que podría descansadamente haberle

alcanzado en Irún: quizá se lo impidió la vigilancia de que estaban

cercados. Abatió el ánimo de todos lo que anunciaron los grandes,

echando también de ver el poco aprecio que a Napoleón merecía el rey

Fernando en el modo solitario con que le dejaba aproximarse a Bayona,

no habiendo salido persona alguna elevada en dignidad a cumplimentarle

y honrarle, hasta que a las puertas de la ciudad misma se presentaron

con aquel objeto el príncipe de Neufchâtel y Duroc, gran mariscal de

palacio. Admiró en tanto grado a Napoleón ver llegar a Fernando sin

haberle especialmente convidado a ello, que al anunciarle un ayudante

su próximo arribo exclamó: «¿cómo?... ¿viene?... no, no es posible...»

Aún no conocía personalmente a los consejeros de Fernando.

[Marginal: Sigue la correspondencia entre Murat y los reyes padres.]

Después de la partida del rey prosiguiendo Murat en su principal

propósito de apoyar las intrigas que se preparaban en la enemistad y

despecho de los reyes padres, avivó la correspondencia que con ellos

había entablado. Hasta entonces no habían conferenciado juntos, siendo

sus ayudantes y la reina de Etruria el conducto por donde se entendían.

Mucho desagradaron los secretos tratos de la última, a los que

particularmente la arrastró el encendido deseo de conseguir un trono

para su hijo, aunque sus esfuerzos fueron vanos. En la correspondencia,

después de ocuparse en el asunto que más interesaba a Murat y su

gobierno, esto es, el de la protesta de Carlos IV, llamó a la reina y

a su esposo intensamente la atención la desgraciada suerte de su amigo

Godoy, _del pobre príncipe de la Paz_, con cuyo epiteto a cada paso se

le denomina en las cartas de María Luisa. Duda el discurso, al leer

esta correspondencia, si es más de maravillar la constante pasión de

la reina por el favorito, o la ciega amistad del rey. Confundían ambos

su suerte con la del desgraciado a punto que decía la reina: «si no

se salva el príncipe de la Paz, y si no se nos concede su compañía,

moriremos el rey, mi marido, y yo.» Es digna de la atenta observación

de la historia mucha parte de aquella correspondencia, y señaladamente

lo son algunas cartas de la reina madre. Si se prescinde del enfado

y acrimonia con que están escritas ciertas cláusulas, da su contexto

mucha luz sobre los importantes hechos de aquel tiempo, y en él se

pinta al vivo y con colores por desgracia harto verdaderos el carácter

de varios personajes de aquel tiempo. Posteriores acontecimientos

nos harán ver lastimosamente con cuánta verdad y conocimiento de los

originales trazó la reina María Luisa algunos de estos retratos. Los

reyes padres habían desde marzo continuado en Aranjuez, teniendo para

su guardia tropas de la casa real. [Marginal: Pasan los reyes padres

al Escorial.] También había fuerza francesa a las órdenes del general

Wattier, socolor de proteger a los reyes y continuar dando mayor

peso a la idea de haberse ejercido contra ellos particular violencia

en el acto de la abdicación. El 9 de abril pasaron al Escorial por

insinuación de Murat con el intento de aproximarlos al camino de

Francia. No tuvieron allí otra guardia más que la de las tropas

francesas y los carabineros reales.

[Marginal: Entrega de Godoy en 20 de abril.]

En Madrid apenas había salido el rey cuando Murat pidió con ahínco a

la junta que se le entregase a Don Manuel Godoy, afirmando que así se

lo había ofrecido Fernando la víspera de su partida en el cuarto de

la reina de Etruria: aserción tanto más dudosa cuanto si bien allí se

encontraron, parece cierto que nada se dijeron, retenidos por no querer

ni uno ni otro ser el primero a romper el silencio. Resistiéndose

la junta a dar libertad al preso, amenazó Murat conque emplearía la

fuerza si al instante no se le ponía en sus manos. Afanábase por ser

dueño de Godoy, considerándole necesario instrumento para influir en

Bayona en las determinaciones de los reyes padres, a quienes por otra

parte en las primeras vistas que tuvo con ellos en el Escorial uno

de aquellos días les había prometido su libertad. La junta se limitó

por de pronto a mandar al consejo con fecha del 13 que suspendiese

el proceso intentado contra Don Manuel Godoy hasta nueva orden de S.

M., a quien se consultó por medio de Don Pedro Cevallos. La posición

de la junta realmente era muy angustiada, quedando expuesta a la

indignación pública si le soltaba, o a las iras del arrebatado Murat

si le retenía. Don Pedro Cevallos contestó desde Vitoria que se

había escrito al emperador ofreciendo usar con Godoy de generosidad

perdonándole la vida, siempre que fuese condenado a la pena de muerte.

Bastole esta contestación a Murat para insistir en 20 de abril en la

soltura del preso con el objeto de enviarle a Francia, y con engaño y

despreciadora befa decía a su nombre el general Belliard en su oficio:

[*] [Marginal: (* Ap. n. 2-17.)] «El gobierno y la nación española solo

hallarán en esta resolución de S. M. I. nuevas pruebas del interés

que toma por la España, porque alejando al príncipe de la Paz quiere

quitar a la malevolencia los medios de creer posible que Carlos IV

volviese el poder y su confianza al que debe haberla perdido para

siempre.» ¡Así se escribía a una autoridad puesta por Fernando y que

no reconocía a Carlos IV! La junta accedió a lo último a la demanda

de Murat, habiéndose opuesto con firmeza el ministro de marina Don

Francisco Gil y Lemus. Mucho se motejó la condescendencia de aquel

cuerpo; sin embargo eran tales y tan espinosas las circunstancias que

con dificultad se hubiera podido estorbar con éxito la entrega de

Don Manuel Godoy. Acordada que esta fue, se dieron las convenientes

órdenes al marqués de Castelar, quien antes de obedecer, temeroso de

algún nuevo artificio de los franceses, pasó a Madrid a cerciorarse

de la verdad de boca del mismo infante presidente. El pundonoroso

general al oír la confirmación de lo que tenía por falso hizo dejación

de su destino, suplicando que no fuesen los guardias de Corps quienes

hiciesen la entrega, sino los granaderos provinciales. El bueno del

infante le replicó que «en aquella entrega consistía el que su sobrino

fuese rey de España:» a cuya poderosa razón cedió Castelar, y puso

en libertad al preso Godoy a las 11 de la noche del mismo día 20,

entregándole en manos del coronel francés Martel. Sin detención tomaron

el camino de Bayona, adonde llegó Godoy con la escolta francesa el

26, habiéndosele reunido poco después su hermano Don Diego. Se albergó

aquel en una quinta que le estaba preparada a una legua de la ciudad,

y a poco tuvo con Napoleón una larga conferencia. El rey, si bien no

desaprobó la conducta de la junta, tampoco la aplaudió, elogiando de

propósito al consejo que se había opuesto a la entrega. En asunto de

tanta gravedad procuraron todos sincerar su modo de proceder; entre

ellos se señaló el marqués de Castelar apreciable y digno militar,

quien envió para informar al rey no menos que a tres sujetos, a su

segundo el brigadier Don José Palafox, a su hijo el marqués de Belveder

y al ayudante Butrón. Así, y como milagrosamente, se libró Godoy de una

casi segura y desastrada muerte.

[Marginal: Quejas y tentativas de Murat.]

En todos aquellos días no había cesado Murat de incomodar y acosar a la

junta con sus quejas e infundadas reclamaciones. El 16 había llamado

a Ofárril para lamentarse con acrimonia o ya de asesinatos, o ya de

acopios de armas que se hacían en Aragón. Eran estos meros pretextos

para encaminar su plática a asunto más serio. Al fin le declaró el

verdadero objeto de la conferencia. Era pues que el emperador no

reconocía en España otro rey sino a Carlos IV, y que habiendo para ello

recibido órdenes suyas iba a publicar una proclama que manuscrita le

dio a leer. Se suponía extendida por el rey padre, asegurando en ella

haber sido forzada su abdicación, como así se lo había comunicado a

su aliado el emperador de los franceses, con cuya aprobación y arrimo

volvería a sentarse en el solio. Absorto Ofárril con lo que acababa de

oír informó de ello a la junta, la cual de nuevo comisionó al mismo en

compañía de Azanza para apurar más y más las razones y el fundamento

de tan extraña resolución. Murat, acompañado del conde de Laforest, se

mantuvo firme en su propósito, y solo consintió en aguardar la última

contestación de la junta que verbalmente y por los mismos encargados

respondió: «1.º Que Carlos IV y no el gran duque debía comunicarle

su determinación. 2.º Que comunicada que le fuese se limitaría a

participarla a Fernando VII: y 3.º Pedía que estando Carlos IV próximo

a salir para Bayona se guardase el mayor secreto y no ejerciese durante

el viaje ningún acto de soberanía.» En seguida pasó Murat al Escorial,

y poniéndose de acuerdo con los reyes padres [*] [Marginal: (* Ap.

n. 2-18.) Reclama Carlos IV la corona, y anuncia su viaje a Bayona.]

escribió Carlos IV a su hermano el infante Don Antonio una carta en la

que aseguraba haber sido forzada su abdicación del 19 de marzo, y que

en aquel mismo día había protestado solemnemente contra dicho acto.

Ahora reiteraba su primera declaración confirmando provisionalmente

a la junta en su autoridad como igualmente a todos los empleados

nombrados desde el 19 de marzo último, y anunciaba su próxima salida

para ir a encontrarse con su aliado el emperador de los franceses.

Es digno de reparo que en aquella carta expresase Carlos IV haber

protestado solemnemente el 19, cuando después dató su protesta del

21, cuya fecha ya antes advertimos envolvía contradicción con cartas

posteriores escritas por el mismo monarca. Prueba notable y nueva de

la precipitación conque en todo se procedió, y del poco concierto que

entre sí tuvieron los que arreglaron aquel negocio; puesto que fuera

la protesta extendida en el día de la abdicación o fuéralo después,

siendo Carlos IV y sus confidentes los dueños y únicos sabedores

de su secreto, hubieran por lo menos debido coordinar unas fechas

cuya contradicción había de desautorizar acto de tanta importancia,

mayormente cuando la legitimidad o fuerza de la protesta no dimanaba

de que se hubiese realizado el 19, el 21 o el 23, sino de la falta de

libre voluntad conque aseguraban ellos había sido dada la abdicación.

Respecto de lo cual como se había verificado en medio de conmociones y

bullicios populares, solo Carlos IV era el único y competente juez, y

no habiendo variado su situación en los tres días sucesivos a punto que

pudiera atribuirse su silencio a completa conformidad, siempre estaba

en el caso de alegar fundadamente que cercado de los mismos riesgos

no había osado extender por escrito un acto que descubierto hubiera

sobremanera comprometido su persona y la de su esposa. En nada de eso

pensaron; creyeron de más al parecer detenerse en cosas que imaginaron

leves, bastándoles la protesta para sus premeditados fines. Carlos

IV después de haber remitido igual acto a Napoleón, en compañía de

la reina y de la hija del príncipe de la Paz se puso en camino para

Bayona el día 25 de abril, escoltado por tropas francesas y carabineros

reales, los mismos que le habían hecho la guardia en el Escorial. Fácil

es figurarse cuán atribulados debieron quedar el infante y la junta

con novedades que oscurecían y encapotaban más y más el horizonte

político.

[Marginal: Inquietud en Madrid.]

La salida de Godoy, las conferencias de Murat con los reyes padres,

la arrogancia y modo de explicarse de gran parte de los oficiales

franceses y de su tropa, aumentaban la irritación de los ánimos, y a

cada paso corría riesgo de alterarse la tranquilidad pública de Madrid

y de los pueblos que ocupaban los extranjeros. Un incidente agravó

en la capital estado tan crítico. Murat había ofrecido a la junta

guardar reservada la protesta de Carlos IV, pero a pesar de su promesa

no tardó en faltar a ella, o por indiscreción propia, o por el mal

entendido celo de sus subalternos. El día 20 de abril se presentó al

consejo el impresor Eusebio Álvarez de la Torre para avisarle que dos

agentes franceses habían estado en su casa con el objeto de imprimir

una proclama de Carlos IV. Ya había corrido la voz por el pueblo, y en

la tarde hubiera habido una grande conmoción, si el consejo de antemano

no hubiese enviado al alcalde de casa y corte Don Andrés Romero, quien

sorprendió a los dos franceses Funiel y Ribat con las pruebas de la

proclama. Quiso el juez arrestarlos, mas ni consintieron ellos en ir

voluntariamente, ni en declarar cosa alguna sin orden previa de su jefe

el general Grouchy, gobernador francés de Madrid. Impaciente el pueblo

se agolpó a la imprenta, y temiendo el alcalde que al sacarlos fuesen

dichos franceses víctimas del furor popular, los dejó allí arrestados

hasta la determinación del consejo, el cual no osando tomar sobre sí la

resolución, acudió a la junta que, no queriendo tampoco comprometerse,

dispuso ponerlos en libertad, exigiendo solamente de Murat nueva

promesa de que en adelante no se repetirían iguales tentativas. Tan

débiles e irresolutas andaban las dos autoridades, en quienes se

libraba entonces la suerte y el honor nacional. La libertad de Godoy

y el caso sucedido en la imprenta, al parecer poco importante, fueron

acontecimientos que muy particularmente indispusieron el espíritu

público contra los franceses. En el último claramente aparecía el

deseo de reponer en el trono a Carlos IV, y renovar así las crueles y

recientes llagas del anterior reinado; y con el primero se arrancaba

de manos de la justicia y se daba suelta al objeto odiado de la nación

entera.

[Marginal: Alboroto en Toledo.]

No se circunscribía a Madrid la pública inquietud. En Toledo el día

21 de abril se turbó también la tranquilidad por la imprudencia del

ayudante general Marcial Tomás, que había salido enviado a aquella

ciudad con el objeto de disponer alojamientos para la tropa francesa.

Explicábase sin rebozo contra el ensalzamiento de Fernando VII,

afirmando que Napoleón había decidido restablecer en el trono a Carlos

IV. Esparcidos por el vecindario semejantes rumores, se amotinó el

pueblo agavillándose en la plaza de Zocodover, y paseando armado por

las calles el retrato de Fernando, a quien todos tenían que saludar o

acatar, fueran franceses o españoles. La casa del corregidor Don José

Joaquín de Santa María, y las de los particulares Don Pedro Segundo

y Don Luis del Castillo fueron acometidas y públicamente quemados

sus muebles y efectos, achacándose a estos sujetos afecto al valido

y a Carlos IV: crimen entonces muy grave en la opinión popular. Duró

el tumulto dos días. Le apaciguó el cabildo y la llegada del general

Dupont, quien con la suficiente fuerza pasó el 26 de Aranjuez a aquella

ciudad. [Marginal: En Burgos.] Iguales ruidos y alborotos hubo en

Burgos por aquellos días de resultas de haber detenido los franceses

a un correo español. El intendente marqués de la Granja estuvo muy

cerca de perecer a manos del populacho, y hubo con esta ocasión varios

heridos.

Apoyado en aquellos tumultos provocados por la imprudencia u osadía

francesa, y seguro por otra parte de que Fernando había atravesado la

frontera, [Marginal: Conducta altanera de Murat.] levantó Murat su

imperioso y altanero tono, encareciendo agravios e importunando con

sus peticiones. Guardaba con la junta, autoridad suprema de la nación,

tan poco comedimiento que en ocasiones graves procedía sin contar con

su anuencia. Así fue que queriendo Bonaparte congregar en Bayona una

diputación de españoles, para que en tierra extraña tratase de asuntos

interiores del reino, a manera de la que antes había reunido en León

respecto de Italia; y habiendo Murat comunicado dicha resolución a la

junta gubernativa a fin de que nombrase sujetos y arreglase el modo

de convocación; al tiempo que esta en medio de sus angustias entraba

en deliberación acerca de la materia, llegó a su noticia que el gran

duque Murat había por sí escogido al intento ciertas personas, quienes

rehusando pasar a Francia sin orden o pasaporte de su gobierno, le

obligaron a dirigirse a la misma junta para obtenerlos. Diolos aquella,

creciendo en debilidad a medida que el francés crecía en insolencia.

[Marginal: Conducta de la junta y medidas que propone.]

Más adelante volveremos a hablar de la reunión que se indicaba para

Bayona. Ahora conviene que paremos nuestra atención en la conducta

de la junta suprema, autoridad que quedó al frente de la nación y la

gobernó hasta que grandes y gloriosos levantamientos limitaron su flaca

dominación a Madrid y puntos ocupados por los franceses. A pesar de

no haber sido su mando muy duradero varió en su composición, ya por

el número de sujetos que después se le agregaron, ya por la mudanza y

alteración sustancial que experimentó al entrar Murat a presidirla. Nos

ceñiremos por de pronto al espacio de su gobernación, que comprende

hasta los primeros días de mayo, en cuyo tiempo se componía de las

personas antes indicadas bajo la presidencia del infante Don Antonio,

asistiendo con frecuencia a sus sesiones el príncipe de Castel-Franco,

el conde de Montarco y Don Arias Mon, gobernador del consejo. Se

agregaron en 1.º de mayo por resolución de la misma junta todos los

presidentes y decanos de los consejos, y se nombró por secretario

al conde de Casa-Valencia. En su difícil y ardua posición hostigada

de un lado por un jefe extranjero impetuoso y altivo, y reprimida

de otro con las incertidumbres y contradicciones de los que habían

acompañado al rey a Bayona, puede encontrar disculpa la flojedad

y desmayo con que generalmente obró durante todos aquellos días.

Hubiérase también achacado su indecisión al modo restricto con que

Fernando la había autorizado a su partida, si Don Pedro Cevallos no

nos hubiera dado a conocer que para acudir al remedio de aquel olvido

o falta de previsión, se le había enviado a dicha junta desde Bayona

una real orden para «que ejecutase cuanto convenía al servicio del rey

y del reino, y que al efecto usase de todas las facultades que S. M.

desplegaría si se hallase dentro de sus estados.» Parece ser que el

decreto fue recibido por la junta, y en verdad que con él tenía ancho

campo para proceder sin trabas ni miramiento. Sin embargo constante en

su timidez e irresolución no se atrevió a tomar medida alguna vigorosa

sin consultar de nuevo al rey. Fueron despachados con aquel objeto

a Bayona Don Evaristo Pérez de Castro y Don José de Zayas: llegó el

primero sin tropiezo a su destino; detúvose al segundo en la raya.

Susurrose entonces que una persona bien enterada del itinerario del

último lo había revelado para entorpecer su misión: no fue así con

Pérez de Castro, quien encubrió a todos el camino o extraviada vereda

que llevaba. La junta remitía por dichos comisionados cuatro preguntas

acerca de las cuales pedía instrucciones. «1.ª Si convenía autorizar

a la junta a sustituirse en caso necesario en otras personas, las que

S. M. designase, para que se trasladasen a paraje en que pudiesen

obrar con libertad, siempre que la junta llegase a carecer de ella.

2.ª Si era la voluntad de S. M. que empezasen las hostilidades, el

modo y tiempo de ponerlo en ejecución. 3.ª Si debía ya impedirse la

entrada de nuevas tropas francesas en España, cerrando los pasos de la

frontera. 4.ª Si S. M. juzgaba conducente que se convocasen las cortes,

dirigiendo su real decreto al consejo, y en defecto de este [por ser

posible que al llegar la respuesta de S. M. no estuviera ya en libertad

de obrar] a cualquiera chancillería o audiencia del reino.»

[Marginal: Creación de una junta que la sustituya.]

Preguntas eran estas con que más bien daba indicio la junta de querer

cubrir su propia responsabilidad, que de desear su aprobación. Con todo

habiendo dentro de su seno individuos sumamente adictos al bien y honor

de su patria, no pudieron menos de acordarse con oportunidad algunas

resoluciones, que ejecutadas con vigor hubieran sin duda influido

favorablemente en el giro de los negocios. Tal fue la de nombrar una

junta que sustituyese a la de Madrid, llegado el caso de carecer esta

de libertad. Propuso tan acertada providencia el firme y respetable Don

Francisco Gil y Lemus, impelido y alentado por una reunión oculta de

buenos patriotas que se congregaban en casa de su sobrino Don Felipe

Gil Taboada. Fueron los nombrados para la nueva junta el conde de

Ezpeleta, capitán general de Cataluña que debía presidirla, Don Gregorio

García de la Cuesta, capitán general de Castilla la Vieja, el teniente

general Don Antonio de Escaño, Don Gaspar Melchor de Jovellanos, y

en su lugar, y hasta tanto que llegase de Mallorca, Don Juan Pérez

Villamil, y Don Felipe Gil Taboada. El punto señalado para su reunión

era Zaragoza, y el último de los nombrados salió para dicha ciudad

en la mañana misma del aciago 2 de mayo, en compañía de Don Damián de

la Santa que debía ser secretario. Luego veremos cómo se malogró la

ejecución de tan oportuna medida.

Los individuos que en la junta de Madrid propendían a no exponer a

riesgo sus personas abrazando un activo y eficaz partido, se apoyaban

en el mismo titubear de los ministros y consejeros de Bayona, quienes

ni entre sí andaban acordes, ni sostenían con uniformidad y firmeza

lo que una vez habían determinado. Hemos visto antes como Don Pedro

Cevallos había expedido un decreto autorizando a la junta para que

obrase sin restricción ni traba alguna; de lo que hubiéramos debido

inferir cuán resuelto estaba a sobrellevar con fortaleza los males

que de aquel decreto pudieran originarse a su persona y a los demás

españoles que rodeaban al rey. Pues era tan al contrario, que el

mismo Don Pedro envió a decir a la junta en 23 de abril por Don Justo

Ibarnavarro oidor de Pamplona, que llegó a Madrid en la noche del

29,[*] [Marginal: Llegada a Madrid de Don Justo Ibarnavarro. (* Ap.

n. 2-19.)] «que no se hiciese novedad en la conducta tenida con los

franceses para evitar funestas consecuencias contra el rey, y cuantos

españoles [porque no se olvidaban] acompañaban a S. M.» El mencionado

oidor, después de contar lo que pasaba en Bayona, también anunció de

parte de S. M. «que estaba resuelto a perder primero la vida que a

acceder a una inicua renuncia... y que con esta seguridad procediese la

junta»; aserción algún tanto incompatible con el encargo de Don Pedro

Cevallos. Siendo tan grande la vacilación de todos, siendo tantas y

tan frecuentes sus contradicciones, fue más fácil que después cada

uno descargase su propia responsabilidad, echándose recíprocamente la

culpa. Por consiguiente si en este primer tiempo procedió la junta de

Madrid con duda y perplejidad, las circunstancias eran harto graves

para que no sea disimulable su indecisa y a veces débil conducta,

examinándola a la luz de la rigurosa imparcialidad.

[Marginal: Posición de los franceses en Madrid.]

La fuerte y hostil posición de los franceses era también para

desalentar al hombre más brioso y arrojado. Tenían en Madrid y

sus alrededores 25.000 hombres, ocupando el Retiro con numerosa

artillería. Dentro de la capital estaba la guardia imperial de a pie

y de a caballo con una división de infantería mandada por el general

Musnier, y una brigada de caballería. Las otras divisiones del cuerpo

de observación de las costas del océano a las órdenes del mariscal

Moncey, se hallaban acantonadas en Fuencarral, Chamartín, convento

de San Bernardino, Pozuelo y la casa de Campo. En Aranjuez, Toledo

y el Escorial había divisiones del cuerpo de Dupont, de suerte que

Madrid estaba ocupado y circundado por el ejército extranjero, al

paso que la guarnición española constaba de poco más de 3000 hombres,

habiéndose insensiblemente disminuido desde los acontecimientos de

marzo. Mas el vecindario, en lugar de contener y reprimir su disgusto,

le manifestaba cada día más a cara descubierta y sin poner ya límites

a su descontento. Eran extraordinarias la impaciencia y la agitación,

y ora delante de la imprenta real para aguardar la publicación de una

gaceta, ora delante de la casa de correos para saber noticias, se veían

constantemente grupos de gente de todas clases. Los empleados dejaban

sus oficinas, los operarios sus talleres, y hasta el delicado sexo sus

caseras ocupaciones para acudir a la Puerta del Sol y sus avenidas,

ansiosos de satisfacer su noble curiosidad: interés loable y señalado

indicio de que el fuego patrio no se había aún extinguido en los pechos

españoles.

[Marginal: Revistas de Murat.]

Murat por su parte no omitía ocasión de ostentar su fuerza y sus

recursos para infundir pavor en el ánimo de la desasosegada multitud.

Todos los domingos pasaba revista de sus tropas en el paseo del Prado,

después de haber oído misa en el convento de Carmelitas descalzos,

calle de Alcalá. La demostración religiosa acompañada de la estrepitosa

reseña, lejos de conciliar los ánimos o de arredrarlos, los llenaba de

enfado y enojo. No se creía en la sinceridad de la primera tachándola

de impío fingimiento, y se veía en la segunda el deliberado propósito

de insultar y de atemorizar con estudiada apariencia a los pacíficos,

si bien ofendidos moradores. De una y otra parte fue creciendo la

irritación siendo por ambas extremada. El español tenía a vilipendio el

orgullo y desprecio con que se presentaba el extranjero, y el soldado

francés temeroso de una oculta trama anhelaba por salir de su situación

penosa, vengándose de los desaires que con frecuencia recibía. A tal

punto había llegado la agitación y la cólera, que al volver Murat el

domingo 1.º de mayo de su acostumbrada revista, y a su paso por la

Puerta del Sol fue escarnecido y silbado con escándalo de su comitiva

por el numeroso pueblo que allí a la sazón se encontraba. Semejante

estado de cosas era demasiado violento para que se prolongase, sin

haber de ambas partes un abierto y declarado rompimiento. Solo faltaba

oportuna ocasión, la cual desgraciadamente se ofreció muy luego.

[Marginal: Pide la salida para Francia del infante Don Francisco y

reina de Etruria.]

El 30 de abril presentó Murat una carta de Carlos IV para que la reina

de Etruria y el infante Don Francisco pasasen a Bayona. Se opuso

la junta a la partida del infante, dejando a la reina que obrase

según su deseo. Reiteró Murat el 1.º de mayo la demanda acerca del

infante, tomando a su cuidado evitar a la junta cualquiera desazón

o responsabilidad. Tratose largamente en ella si se había o no de

acceder: los pareceres anduvieron muy divididos, y hubo quien propuso

resistir con la fuerza. Consultose acerca del punto con Don Gonzalo

Ofárril como ministro de la guerra, quien trazó un cuadro en tal

manera triste, si bien cierto, de la situación de Madrid apreciada

militarmente, que no solo arrastró a su opinión la de la mayoría,

sino que también se convino en contener con las fuerzas nacionales

cualquiera movimiento del pueblo. Hasta ahora la junta había sido débil

e indecisa: en adelante menos atenta a sus sagrados deberes irá poco

a poco uniéndose y estrechándose con el orgulloso invasor. Resuelto

pues el viaje de la reina de Etruria conforme a su libre voluntad, y el

del infante Don Francisco por consentimiento de la junta, se señaló la

mañana siguiente para su partida.

[Marginal: 2 de mayo.]

Amaneció en fin el 2 de mayo, día de amarga recordación, de luto y

desconsuelo, cuya dolorosa imagen nunca se borrará de nuestro afligido

y contristado pecho. Un présago e inexplicable desasosiego pronosticaba

tan aciago acontecimiento, o ya por aquel presentir oscuro que a veces

antecede a las grandes tribulaciones de nuestra alma, o ya más bien por

la esparcida voz de la próxima partida de los infantes. Esta voz y la

suma inquietud excitada por la falta de dos correos de Francia, habían

llamado desde muy temprano a la plazuela de palacio numeroso concurso

de hombres y mujeres del pueblo. Al dar las nueve subió en un coche con

sus hijos la reina de Etruria, mirada más bien como princesa extranjera

que como propia, y muy desamada por su continuo y secreto trato con

Murat: partió sin oponérsele resistencia. Quedaban todavía dos coches,

y al instante corrió por la multitud que estaban destinados al viaje

de los dos infantes Don Antonio y Don Francisco. Por instantes crecía

el enojo y la ira, cuando al oír de la boca de los criados de palacio

que el niño Don Francisco lloraba y no quería partir, se enternecieron

todos, y las mujeres prorrumpieron en lamentos y sentidos sollozos.

En este estado y alterados más y más los ánimos, llegó a palacio el

ayudante de Murat Mr. Augusto Lagrange encargado de ver lo que allí

pasaba, y de saber si la inquietud popular ofrecía fundados temores de

alguna conmoción grave. Al ver al ayudante, conocido como tal por su

particular uniforme, nada grato a los ojos del pueblo, se persuadió

este que era venido allí para sacar por fuerza a los infantes.

Siguiose un general susurro, y al grito de una mujerzuela: _que nos

los llevan_, fue embestido Mr. Lagrange por todas partes, y hubiera

perecido a no haberle escudado con su cuerpo el oficial de valonas

Don Miguel Desmaisieres y Flórez; mas subiendo de punto la gritería y

ciegos todos de rabia y desesperación, ambos iban a ser atropellados

y muertos si afortunadamente no hubiera llegado a tiempo una patrulla

francesa que los libró del furor de la embravecida plebe. Murat

prontamente informado de lo que pasaba envió sin tardanza un batallón

con dos piezas de artillería: la proximidad a palacio de su alojamiento

facilitaba la breve ejecución de su orden. La tropa francesa llegada

que fue al paraje de la reunión popular, en vez de contener el alboroto

en su origen, sin previo aviso ni determinación anterior, hizo una

descarga sobre los indefensos corrillos, causando así una general

dispersión, y con ella un levantamiento en toda la capital, porque

derramándose con celeridad hasta por los más distantes barrios los

prófugos de palacio, cundió con ellos el terror y el miedo, y en un

instante y como por encanto se sublevó la población entera.

Acudieron todos a buscar armas, y con ansia a falta de buenas se

aprovechaban de las más arrinconadas y enmohecidas. Los franceses

fueron impetuosamente acometidos por doquiera que se les encontraba.

Respetáronse en general los que estaban dentro de las casas o iban

desarmados, y con vigor se ensañaron contra los que intentaban juntarse

con sus cuerpos o hacían fuego. Los hubo que arrojando las armas e

implorando clemencia se salvaron, y fueron custodiados en paraje

seguro. ¡Admirable generosidad en medio de tan ciego y justo furor! El

gentío era inmenso en la calle Mayor, de Alcalá, de la Montera y de

las Carretas. Durante algún tiempo los franceses desaparecieron, y los

inexpertos madrileños creyeron haber alcanzado y asegurado su triunfo;

pero desgraciadamente fue de corta duración su alegría.

Los extranjeros prevenidos de antemano, y estando siempre en

vela, recelosos por la pública agitación de una populosa ciudad,

apresuradamente se abalanzaron por las calles de Alcalá y carrera

de San Jerónimo barriéndola con su artillería, y arrollando a la

multitud la caballería de la guardia imperial a las órdenes del jefe

de escuadron Daumesnil. Señaláronse en crueldad los lanceros polacos

y los mamelucos, los que conforme a las órdenes de los generales de

brigada Guillot y Daubray forzaron las puertas de algunas casas, o ya

porque desde dentro hubiesen tirado, o ya porque así lo fingieron para

entrarlas a saco y matar a cuantos se les presentaban. Así asaltando

entre otras la casa del duque de Híjar en la carrera de San Jerónimo

arcabucearon delante de sus puertas al anciano portero. Estuvieron

también próximos a experimentar igual suerte el marqués de Villamejor

y el conde de Talara, aunque no habían tomado parte en la sublevación.

Salváronlos sus alojados. El pueblo combatido por todas partes fue

rechazado y disperso, y solo unos cuantos siguieron defendiéndose

y aun atacaron con sobresaliente bizarría. Entre ellos los hubo

que vendiendo caras sus vidas se arrojaron en medio de las filas

francesas hiriendo y matando hasta dar el postrer aliento: hubo otros

que parapetándose en las esquinas de las calles iban de una en otra

haciendo continuado y mortífero fuego: algunos también en vez de huir

aguardaban a pie firme, o asestaban su último y furibundo golpe contra

el jefe u oficial conocido por sus insignias. ¡Estériles esfuerzos de

valor y personal denuedo!

La tropa española permanecía en sus cuarteles por orden de la junta

y del capitán general Don Francisco Javier Negrete, furiosa y

encolerizada, mas retenida por la disciplina. Entretanto paisanos

sin resguardo ni apoyo se precipitaron al parque de artillería, en

el barrio de las Maravillas, para sacar los cañones y resistir con

más ventaja. Los artilleros andaban dudosos en tomar o no parte con

el pueblo, a la misma sazón que cundió la voz de haber sido atacado

por los franceses uno de los otros cuarteles. Decididos entonces y

puestos al frente Don Pedro Velarde y D. Luis Daoiz abrieron las

puertas del parque, sacaron tres cañones y se dispusieron a rechazar al

enemigo, sostenidos por los paisanos y un piquete de infantería a las

órdenes del oficial Ruiz. Al principio se cogieron prisioneros algunos

franceses, pero poco después una columna de estos de los acantonados en

el convento de San Bernardino se avanzó mandada por el general Lefranc,

trabándose de ambos lados una porfiada refriega. El parque se defendió

valerosamente, menudearon las descargas, y allí quedaron tendidos

número crecido de enemigos. De nuestra parte perecieron bastantes

soldados y paisanos: el oficial Ruiz fue desde el principio gravemente

herido. Don Pedro Velarde feneció atravesado de un balazo: y escaseando

ya los medios de defensa con la muerte de muchos, y aproximándose

denodadamente los franceses a la bayoneta, comenzaron los nuestros a

desalentar y quisieron rendirse. Pero cuando se creía que los enemigos

iban a admitir la capitulación se arrojaron sobre las piezas, mataron

a algunos, y entre ellos traspasaron desapiadadamente a bayonetazos a

Don Luis Daoiz, herido antes en un muslo. Así terminaron su carrera los

ilustres y beneméritos oficiales Daoiz y Velarde: honra y gloria de

España, dechado de patriotismo, servirán de ejemplo a los amantes de

la independencia y libertad nacional. El reencuentro del parque fue el

que costó más sangre a los franceses, y en donde hubo resistencia más

ordenada.

Entretanto la débil junta azorada y sorprendida pensó en buscar

remedio a tamaño mal. Ofárril y Azanza habiendo recorrido inútilmente

los alrededores de palacio, y no siendo escuchados de los franceses,

montaron a caballo y fueron a encontrarse con Murat, quien desde el

principio de la sublevación para estar más desembarazado y más a mano

de dar órdenes, ya a las tropas de afuera, ya a las de adentro, se

colocó con el mariscal Moncey y principales generales fuera de puertas

en lo alto de la cuesta de San Vicente. Llegaron allí los comisionados

de la junta, y dijeron al gran duque que si mandaba suspender el

fuego y les daba para acompañarlos uno de sus generales se ofrecían

a restablecer la tranquilidad. Accedió Murat y nombró al efecto al

general Harispe. Juntos los tres pasaron a los consejos, y asistidos

de individuos de todos ellos se distribuyeron por calles y plazas, y

recorriendo las principales alcanzaron que la multitud se aplacase

con oferta de olvido de lo pasado y reconciliación general. En aquel

paseo se salvó la vida a varios desgraciados, y señaladamente a algunos

traficantes catalanes a ruego de Don Gonzalo Ofárril.

Retirados los españoles, todas las bocacalles y puntos importantes

fueron ocupados por los franceses, situando particularmente en las

encrucijadas cañones con mecha encendida.

Aunque sumidos todos en dolor profundo, se respiraba algún tanto con

la consoladora idea de que por lo menos haría pausa la desolación y la

muerte. ¡Engañosa esperanza! A las tres de la tarde una voz lúgubre

y espantosa empezó a correr con la celeridad del rayo. Afirmábase

que españoles tranquilos habían sido cogidos por los franceses y

arcabuceados junto a la fuente de la Puerta del Sol y la iglesia de la

Soledad, manchando con su inocente sangre las gradas del templo. Apenas

se daba crédito a tamaña atrocidad, y conceptuábanse falsos rumores

de ilusos y acalorados patriotas. Bien pronto llegó el desengaño.

En efecto, los franceses después de estar todo tranquilo habían

comenzado a prender a muchos españoles, que en virtud de las promesas

creyeron poder acudir libremente a sus ocupaciones. Prendiéronlos

con pretexto de que llevaban armas: muchos no las tenían, a otros

solo acompañaba o una navaja o unas tijeras de su uso. Algunos fueron

arcabuceados sin dilación, otros quedaron depositados en la casa de

correos y en los cuarteles. Las autoridades españolas fiadas en el

convenio concluido con los jefes franceses, descansaban en el puntual

cumplimiento de lo pactado. Por desgracia fuimos de los primeros a

ser testigos de su ciega confianza. Llevados a casa de Don Arias Mon

gobernador del consejo con deseo de librar la vida a Don Antonio

Oviedo, quien sin motivo había sido preso al cruzar de una calle, nos

encontramos con que el venerable anciano, rendido al cansancio de la

fatigosa mañana, dormía sosegadamente la siesta. Enlazados con él por

relaciones de paisanaje y parentesco, conseguimos que se le despertase,

y con dificultad pudimos persuadirle de la verdad de lo que pasaba,

respondiendo a todo que una persona como el gran duque de Berg no

podía descaradamente faltar a su palabra... ¡tanto repugnaba el falso

proceder a su acendrada probidad! Cerciorado al fin, procuró aquel

digno magistrado reparar por su parte el grave daño, dándonos también

a nosotros en propia mano la orden para que se pusiese en libertad a

nuestro amigo. Sus laudables esfuerzos fueron inútiles, y en balde

fueron nuestros pasos en favor de Don Antonio Oviedo. A duras penas

penetrando por las filas enemigas con bastante peligro, de que nos

salvó el hablar la lengua francesa, llegamos a la casa de correos donde

mandaba por los españoles el general Sesti. Le presentamos la orden del

gobernador, y friamente nos contestó que para evitar las continuadas

reclamaciones de los franceses, les había entregado todos sus presos

y puéstolos en sus manos: así aquel italiano al servicio de España

retribuyó a su adoptiva patria los grados y mercedes con que le había

honrado. En dicha casa de correos se había juntado una comisión militar

francesa con apariencias de tribunal; mas por lo común sin ver a los

supuestos reos, sin oírles descargo alguno ni defensa los enviaba en

pelotones unos en pos de otros para que pereciesen en el Retiro o en

el Prado. Muchos llegaban al lugar de su horroroso suplicio ignorantes

de su suerte; y atados de dos en dos, tirando los soldados franceses

sobre el montón, caían o muertos o mal heridos, pasando a enterrarlos

cuando todavía algunos palpitaban. Aguardaron a que pasase el día

para aumentar el horror de la trágica escena. Al cabo de veinte años

nuestros cabellos se erizan todavía al recordar la triste y silenciosa

noche, solo interrumpida por los lastimeros ayes de las desgraciadas

víctimas y por el ruido de los fusilazos y del cañón que de cuando

en cuando y a lo lejos se oía y resonaba. Recogidos los madrileños a

sus hogares lloraban la cruel suerte que había cabido o amenazaba al

pariente, al deudo o al amigo. Nosotros nos lamentábamos de la suerte

del desventurado Oviedo, cuya libertad no habíamos logrado conseguir,

a la misma sazón que pálido y despavorido le vimos impensadamente

entrar por las puertas de la casa en donde estábamos. Acababa de deber

la vida a la generosidad de un oficial francés movido de sus ruegos y

de su inocencia, expresados en la lengua extraña con la persuasiva

elocuencia que le daba su crítica situación. Atado ya en un patio del

Retiro, estando para ser arcabuceado le soltó, y aun no había salido

Oviedo del recinto del palacio cuando oyó los tiros que terminaron la

larga y horrorosa agonía de sus compañeros de infortunio.[*] [Marginal:

(* Ap. n. 2-21.)] Me he atrevido a entretejer con la relación general

un hecho que si bien particular, da una idea clara y verdadera del

modo bárbaro y cruel con que perecieron muchos españoles, entre los

cuales había sacerdotes, ancianos y otras personas respetables. No

satisfechos los invasores con la sangre derramada por la noche,

continuaron todavía en la mañana siguiente pasando por las armas a

algunos de los arrestados la víspera, para cuya ejecución destinaron

el cercado de la casa del príncipe Pío. Con aquel sangriento suceso se

dio correspondiente remate a la empresa comenzada el 2 de mayo, día que

cubrirá eternamente de baldón al caudillo del ejército francés, que

friamente mandó asesinar, atraillados sin juicio ni defensa a inocentes

y pacíficos individuos. Lejos estaba entonces de prever el orgulloso y

arrogante Murat que años después cogido, sorprendido y casi atraillado

también a la manera de los españoles del 2 de mayo, sería arcabuceado

sin detenidas formas y a pesar de sus reclamaciones, ofreciendo en su

persona un señalado escarmiento a los que ostentan hollar impunemente

los derechos sagrados de la justicia y de la humanidad.

Difícil sería calcular ahora con puntualidad la pérdida que hubo por

ambas partes. El consejo interesado en disminuirla la rebajó a unos

200 hombres del pueblo. Murat aumentando la de los españoles redujo

la suya acortándola el Monitor a unos 80 entre muertos y heridos. Las

dos relaciones debieron ser inexactas por la sazón en que se hicieron

y el diverso interés que a todos ellos movía. Según lo que vimos y

atendiendo a lo que hemos consultado después y al número de heridos

que entraron en los hospitales, creemos que aproximadamente puede

computarse la pérdida de unos y otros en 1200 hombres.

Calificaron los españoles el acontecimiento del 2 de mayo de trama

urdida por los franceses, y no faltaron algunos de estos que se

imaginaron haber sido una conspiración preparada de antemano por

aquellos: suposiciones falsas y desnudas ambas de sólido fundamento.

Mas, desechando los rumores de entonces, nos inclinamos sí a que

Murat celebró la ocasión que se le presentaba y no la desaprovechó,

jactándose como después lo hizo de haber humillado con un recio

escarmiento la fiereza castellana. Bien pronto vio cuán equivocado

era su precipitado juicio. Aquel día fue el origen del levantamiento

de España contra los franceses, contribuyendo a ello en gran manera

el concurso de forasteros que había en la capital con motivo del

advenimiento al trono de Fernando VII. Asustados estos y horrorizados,

volvieron a sus casas difundiendo por todas las provincias la infausta

nueva y excitando el odio y la abominación contra el cruel y fementido

extranjero.

[Marginal: Día 3.]

Profunda tristeza y abatimiento señalaron el día 3. Las tiendas y

las casas cerradas, las calles solitarias y recorridas solamente

por patrullas francesas ofrecían el aspecto de una ciudad desierta

y abandonada. Murat mandó fijar en las esquinas una proclama [*]

[Marginal: (* Ap. n. 2-20.)] digna de Atila, respirando sangre y

amenazas, con lo que la indignación, si bien reconcentrada entonces,

tomó cada vez mayor incremento y braveza.

[Marginal: Salida de los infantes para Francia el 3 y el 4.]

Aterrado así el pueblo de Madrid, se fue adelante en el propósito de

trasladar a Francia toda la real familia, y el mismo día 3 salió para

Bayona el infante Don Francisco. No se había pasado aquella noche sin

que el conde de Laforest y Mr. Freville indicasen en una conferencia

secreta al infante Don Antonio la conveniencia y necesidad de que

fuese a reunirse con los demás individuos de su familia, para que en

presencia de todos se tomasen de acuerdo con el emperador las medidas

convenientes al arreglo de los negocios de España. Condescendió el

infante consternado con los sucesos precedentes, y señaló para su

partida la madrugada del 4, habiéndose tomado un coche de viaje de la

duquesa viuda de Osuna, a fin de que caminase más disimuladamente.

Dirigió antes de su salida un papel o decreto [no sabemos qué nombre

darle] a Don Francisco Gil y Lemus como vocal más antiguo de la junta y

persona de su particular confianza. Aunque temamos faltar a la gravedad

de la historia, lo curioso del papel así en la sustancia como en la

forma exige que le insertemos aquí literalmente. «Al señor Gil. — A

la junta para su gobierno la pongo en su noticia como me he marchado

a Bayona de orden del rey, y digo a dicha junta que ella sigue en

los mismos términos como si yo estuviese en ella. — Dios nos la dé

buena. — A Dios, señores, hasta el valle de Josafat. — Antonio

Pascual.» Basta esta carta del buen infante Don Antonio Pascual para

conjeturar cuán superior era a sus fuerzas la pesada carga que le

había encomendado su sobrino. Había sido siempre reputado por hombre

de partes poco aventajadas, y en los breves días de su presidencia no

ganó ni en concepto ni en estimación. La reina María Luisa le graduaba

en sus cartas de hombre de muy _poco talento y luces_, agregábale

además la calidad de _cruel_. El juicio de la reina en su primera

parte era conforme a la opinión general; pero en lo de _cruel_, a

haberse entonces sabido, se hubiera atribuido a injusta calificación

de enemistad personal. Por desgracia la saña con que aquel infante

se expresó el año de 1814 contra todos los perseguidos y proscritos,

confirmó triste y sobradamente la justicia e imparcialidad con que

la reina había bosquejado su carácter. Aquí acabó por decirlo así la

primera época de la junta de gobierno, hasta cuyo tiempo si bien se

echa de menos energía y la conveniente previsión, falta disculpable

en tan delicada crisis, no se nota en su conducta connivencia ni

reprensibles tratos con el invasor extranjero. En adelante su modo de

proceder fue variando y enturbiándose más y más. Pero ya es tiempo de

que volvamos los ojos a las escenas no menos lamentables que al mismo

tiempo se representaban en Bayona.

[Marginal: Llega Napoleón a Bayona.]

Napoleón al día siguiente de su llegada el 16 de abril, dio

audiencia en aquella ciudad a una diputación de portugueses enviada

para cumplimentarle, y les ofreció conservar su independencia, no

desmembrando parte alguna de su territorio ni agregándolos tampoco a

España. No pudo verle el infante Don Carlos por hallarse indispuesto;

mas Napoleón pasó a visitar en persona a Fernando una hora después

de su arribo, el que se verificó como hemos dicho el día 20. El

recién llegado bajó a recibirle a la puerta de la calle, en donde

habiéndose estrechamente abrazado estuvieron juntos corto rato, y

solamente se tocaron en la conversación puntos indiferentes. Fernando

fue convidado a comer para aquella misma tarde con el emperador, y a

la hora señalada yendo en carruajes imperiales con su comitiva, fue

conducido al palacio de Marracq donde Napoleón residía. Saliole este a

recibir hasta el estribo del coche, etiqueta solo usada con las testas

coronadas. En la mesa evitó tratarle como príncipe o como rey. Acabada

la comida permanecieron poco tiempo juntos, y se despidieron quedando

los españoles muy contentos del agasajo con que habían sido tratados,

y renaciendo en ellos la esperanza de que todo iba a componerse bien

y satisfactoriamente. Vuelto Fernando a su posada entró en ella muy

luego el general Savary con el inesperado mensaje de que el emperador

había resuelto irrevocablemente derribar del trono la estirpe de los

Borbones, sustituyendo la suya, [Marginal: Se anuncia a Fernando

que renuncie.] y que por consiguiente S. M. I. exigía que el rey en

su nombre y en el de toda su familia renunciase la corona de España

e Indias en favor de la dinastía de Bonaparte. No se sabe si debe

sorprender más la resolución en sí misma y el tiempo y ocasión de

anunciarla, o la serenidad del mensajero encargado de dar la noticia.

No habían transcurrido aun cinco días desde que el general Savary había

respondido con su cabeza de que el emperador reconocería al príncipe

de Asturias por rey si hiciese la demostración amistosa de pasar a

Bayona; y el mismo general encargábase ahora no ya de poner dudas o

condiciones a aquel reconocimiento, sino de intimar al príncipe y a

su familia el despojo absoluto del trono heredado de sus abuelos.

¡Inaudita audacia! Aguardar también para notificar la terrible decisión

de Napoleón el momento en que acababa de darse a los príncipes de

España pruebas de un bueno y amistoso hospedaje, fue verdaderamente

rasgo de inútil y exquisita inhumanidad, apenas creíble a no habérnoslo

trasmitido testigos oculares. Los héroes del político florentino César

Borja y Oliveretto di Fermo en sus crueldades y excesos parecidos en

gran manera a este de Napoleón, hallaban por lo menos cierta disculpa

en su propia debilidad y en ser aquella la senda por donde caminaban

los príncipes y estados de su tiempo. Mas el hombre colocado al frente

de una nación grande y poderosa, y en un siglo de costumbres más suaves

nunca podrá justificar o paliar siquiera ni su aleve resolución, ni el

modo odioso e inoportuno de comunicarla.

[Marginal: Conferencias de Escóiquiz y Cevallos.]

Después del intempestivo y desconsolador anuncio, tuvieron acerca

del asunto Don Pedro Cevallos y Don Juan Escóiquiz importantes

conferencias. Comenzó la de Cevallos con el ministro Champagny, y

cuando sostenía aquel con tesón y dignidad los derechos de su príncipe,

en medio de la discusión presentose el emperador, y mandó a ambos

entrar en su despacho, en donde enojado con lo que a Cevallos le había

oído, pues detrás de una puerta había estado escuchando, le apellidó

_traidor_, por desempeñar cerca de Fernando el mismo destino de que

había disfrutado bajo Carlos IV. Añadidos otros denuestos, se serenó

al fin y concluyó con decir que «tenía una política peculiar suya; que

debía [Cevallos] adoptar ideas más francas, ser menos delicado sobre

el pundonor y no sacrificar la prosperidad de España al interés de la

familia de Borbón.»

La primera conferencia de Escóiquiz fue desde luego con Napoleón mismo,

quien le trató con más dulzura y benignidad que a Cevallos, merced

probablemente a los elogios que el canónigo le prodigó con larga

mano. La conversación tenida entre ambos nos ha sido conservada por

Escóiquiz, y aunque dueño este de modificarla en ventaja suya, lleva

visos de verídica y exacta, así por lo que Bonaparte dice, como también

por aparecer en ella el bueno de Escóiquiz en su original y perpetua

simplicidad. El emperador francés poco atento a floreos y estudiadas

frases, insistió con ahínco en la violencia con que a Carlos IV se le

había arrancado su renuncia, siendo el punto que principalmente le

interesaba. No por eso dejó Escóiquiz de seguir perorando largamente;

pero su _cicerónica arenga_, como por mofa la intitulaba Napoleón,

no conmovió el imperial ánimo de este, que terminó la conferencia con

autorizar a Escóiquiz para que en nombre suyo ofreciese a Fernando el

reino de Etruria en cambio de la corona de España; en cuya propuesta

quería dar al príncipe una prueba de su estimación, prometiendo además

casarle con una princesa de su familia. Después de lo cual y de tirarle

amistosa si bien fuertemente de las orejas, según el propio relato del

canónigo, dio fin a la conversación el emperador francés.

Apresuradamente volvió a la posada del rey Fernando Don Juan Escóiquiz,

a quien todos aguardaban con ansia. Comunicó la nueva propuesta de

Napoleón, y se juntó el consejo de los que acompañaban al rey para

discutirla. En él los más de los asistentes, a pesar de los repetidos

desengaños, solo veían en las nuevas proposiciones el deseo de pedir

mucho para alcanzar algo, y todos a excepción de Escóiquiz votaron por

desechar la propuesta del reino de Etruria. Cierto que si por una parte

horroriza la pérfida conducta de Napoleón, por otra causa lástima y

despecho el constante desvarío de los consejeros de Fernando y aquel

continuado esperar en quien solo había dado muestras de mala voluntad.

La opinión de Escóiquiz fue aún menos disculpable; la de los otros

consejeros se fundaba en un juicio equivocado, pero la del último no

solo le deshonraba como español queriendo que se trocase el vasto y

poderoso trono de su patria por otro pequeño y limitado, no solo daba

indicio de mísera y personal ambición, sino que también probaba de

nuevo imprevisión incurable en imaginarse que Bonaparte respetaría más

al nuevo rey de Etruria que lo que había respetado al antiguo y a los

que eran legítimamente príncipes de España.

Continuaron las conferencias habiendo sustituido a Cevallos Don Pedro

Labrador, y entendiéndose con Escóiquiz Mr. de Pradt, obispo de

Poitiers. Labrador rompió desde luego sus negociaciones con Mr. de

Champagny: los otros prosiguieron sin resultado alguno su recíproco

trato y explicaciones. Daba ocasión a muchas de estas conferencias la

vacilación misma de Napoleón, quien deseaba que Fernando renunciase

sus derechos, sin tener que acudir a una violencia abierta, y también

para dar lugar a que Carlos IV y el otro partido de la corte llegasen a

Bayona. Así fue que la víspera del día en que se aguardaba a los reyes

viejos, anunció Napoleón a Fernando que ya no trataría sino con su

padre.

[Marginal: Llegada de Carlos IV a Bayona.]

Ya hemos visto como el 25 de abril habían salido aquellos del Escorial,

ansiosos de abrazar a su amigo Godoy, y persuadidos hasta cierto punto

de que Napoleón los repondría en el trono. Pruébanlo las conversaciones

que tuvieron en el camino, y señaladamente la que en Villa Real trabó

la reina con el duque de Mahón; a quien habiéndole preguntado qué

noticias corrían, respondió dicho duque «asegúrase que el emperador de

los franceses reúne en Bayona todas las personas de la familia real de

España para privarlas del trono.» Parose la reina como sorprendida,

y después de haber reflexionado un rato, replicó: «Napoleón siempre

ha sido enemigo grande de nuestra familia: sin embargo ha hecho a

Carlos reiteradas promesas de protegerle, y no creo que obre ahora con

perfidia tan escandalosa.» Arribaron pues a Bayona el 30, siendo desde

la frontera cumplimentados y tratados como reyes, y con una distinción

muy diversa de aquella con que se había recibido a su hijo. Napoleón

los vio el mismo día, y no los convidó a comer sino para el siguiente

1.º de mayo; queriéndoles hacer el obsequio de que descansasen.

Desembarazados de las personas que habían ido a darles el parabién de

su llegada, entre quienes se contaba a Fernando, mirado con desvío y

enojo por su augusto padre, corrieron Carlos y María Luisa a los brazos

de su querido Godoy, a quien tiernamente estrecharon en su seno una y

repetidas veces con gran clamor y llanto.

[Marginal: Come con Napoleón.]

Pasaron en la tarde señalada a comer con Napoleón, y habiéndosele

olvidado a este invitar al favorito español; al ponerse a la mesa,

echándole de menos Carlos fuera de sí exclamó: _¿Y Manuel? ¿Dónde

está Manuel?_ Fuele preciso a Napoleón reparar su olvido, o más

bien condescender con los deseos del anciano monarca: tan grande

era el poderoso influjo que sobre los hábitos y carácter del último

había tomado Godoy, quien no parecía sino que con bebedizos le había

encantado.

[Marginal: Comparece Fernando en presencia de su padre.]

No tardaron mucho unos y otros en ocuparse en el importante y grave

negocio que había provocado la reunión en Bayona de tantos ilustres

personajes. Muy luego de la llegada de los reyes padres, de acuerdo

estos con Napoleón, y siendo Godoy su principal y casi único

consejero, se citó a Fernando e intimole Carlos en presencia del

soberano extranjero, que en la mañana del día siguiente le devolviese

la corona por medio de una cesión pura y sencilla, amenazándole con que

«si no él, sus hermanos y todo su séquito serían desde aquel momento

tratados como emigrados.» Napoleón apoyó su discurso, y le sostuvo

con fuerza; y al querer responder Fernando se lanzó de la silla su

augusto padre, y hablándole con dignidad y fiereza quiso maltratarle,

acusándole de haber querido quitarle la vida con la corona. La reina

hasta entonces silenciosa se puso enfurecida, ultrajando al hijo con

injuriosos denuestos, y a tal punto, según Bonaparte, se dejó arrastrar

de su arrebatada cólera, que le pidió al mismo hiciese subir a Fernando

al cadalso: expresión, si fue pronunciada, espantosa en boca de una

madre.[Marginal: Condiciones de Fernando para su renuncia. (* Ap. n.

2-22.)] Su hijo enmudeció y envió una renuncia con fecha 1.º de mayo

limitada por las condiciones siguientes: «1.ª Que el rey padre volviese

a Madrid, hasta donde le acompañaría Fernando, y le serviría como [*]

su hijo más respetuoso. 2.ª Que en Madrid se reuniesen las cortes, y

pues que S. M. [el rey padre] resistía una congregación tan numerosa,

se convocasen todos los tribunales y diputados del reino. 3.ª Que a la

vista de aquella asamblea formalizaría su renuncia Fernando, exponiendo

los motivos que le conducían a ella. 4.ª Que el rey Carlos no llevase

consigo personas que justamente se habían concitado el odio de la

nación. 5.ª Que si S. M. no quería reinar ni volver a España, en tal

caso Fernando gobernaría en su real nombre, como lugarteniente suyo;

no pudiendo ningún otro ser preferido a él.» Son de notar los trámites

y formalidades que querían exigirse para hacer la nueva renuncia,

siendo así que todo se había olvidado y aun atropellado en la anterior

de Carlos. También es digno de particular atención que Fernando y sus

consejeros, quienes por la mayor parte odiaron tanto años adelante

hasta el nombre de cortes, hayan sido los primeros que provocaron su

convocación, insinuando ser necesaria para legitimar la nueva cesión

del hijo en favor del padre la aprobación de los representantes de la

nación, o por lo menos la de una reunión numerosa en que estuvieran los

diputados de los reinos. Así se truecan y trastornan los pareceres de

los hombres al son del propio interés, y en menosprecio de la pública

utilidad.

[Marginal: No se conforma el padre.]

Carlos IV no se conformó, como era de esperar, con la contestación del

hijo, escribiéndole en respuesta el 2 una carta, en cuyo contenido

en medio de algunas severas si bien justas reflexiones se descubre

la mano de Napoleón, y hasta expresiones suyas. Sonlo por ejemplo

[*] [Marginal: (* Ap. n. 2-23.)] «todo debe hacerse para el pueblo,

y nada por él... No puedo consentir en ninguna reunión en junta...

nueva sugestión de los hombres sin experiencia que os acompañan.»

Tal fue la invariable aversión con que Bonaparte miró siempre las

asambleas populares, siendo así que sin ellas hubiera perpetuamente

quedado oscurecido en el humilde rincón en que la suerte le había

colocado.[*] [Marginal: (* Ap. n. 2-24.)] Fernando insistió el 4 en su

primera respuesta «que el excluir para siempre del trono de España a

su dinastía, no podía hacerlo sin el expreso consentimiento de todos

los individuos que tenían o podían tener derecho a la corona de España,

ni tampoco sin el mismo expreso consentimiento de la nación española,

reunida en cortes y en lugar seguro.» Y tanto y tanto reconocía

entonces Fernando los sagrados derechos de la nación, reclamándolos y

deslindándolos cada vez más y con mayor claridad y conato.

[Marginal: Comparece por segunda vez Fernando delante de su padre.]

En este estado andaban las pláticas sobre tan grave negocio cuando el

5 de mayo se recibió en Bayona la noticia de lo acaecido en Madrid

el día 2: pasó Napoleón inmediatamente a participárselo a los reyes

padres, y después de haber tenido con ellos una muy larga conferencia,

se llamó a Fernando para que también concurriese a ella. Eran las

cinco de la tarde; todos estaban sentados excepto el príncipe. Su

padre le reiteró las anteriores acusaciones; le baldonó acerbamente;

le achacó el levantamiento del 2 de mayo; las muertes que se habían

seguido, y llamándole pérfido y traidor, le intimó por segunda vez que

si no renunciaba la corona, sería sin dilación declarado usurpador,

y él y toda su casa conspiradores contra la vida de sus soberanos.

Fernando atemorizado [*] [Marginal: (* Ap. n. 2-25.)] abdicó el 6

pura y sencillamente en favor de su padre, y en los términos que

este le había indicado. No había aguardado Carlos a la renuncia del

hijo para concluir con Napoleón un tratado por el que le cedía la

corona, [Marginal: Renuncia Carlos IV en Napoleón. (Ap. n. 2-26.)] sin

otra especial restricción que la de la integridad de la monarquía

y la conservación de la religión católica, excluyendo cualquiera

otra. El tratado fue firmado en 5 de mayo por el mariscal Duroc y el

príncipe de la Paz,[*] plenipotenciarios nombrados al efecto; con

cuya vergonzosa negociación dio el valido español cumplido remate a

su pública y lamentable carrera. Ingrato y desconocido puso su firma

en un tratado en el que no estipuló sola y precisamente privar de

la corona a Fernando su enemigo, sino en general y por inducción a

todos los infantes, a toda la dinastía, en fin, de los soberanos sus

bienhechores, recayendo la cesión de Carlos en un príncipe extranjero.

Pequeño y mezquino hasta en los últimos momentos, Don Manuel Godoy

única y porfiadamente altercó sobre el artículo de pensiones. Por

lo demás el modo con que Carlos se despojó de la corona, al paso

que mancillaba al encargado de autorizarla por medio de un tratado,

cubría de oprobio a un padre que de golpe y sin distinción privaba

indirectamente a todos sus hijos de suceder en el trono. Acordada

la renuncia en tierra extraña, faltábale a los ojos del mundo la

indispensable cualidad de haber sido ejecutada libre y espontáneamente,

sobre todo cuando la cesión recaía en favor de un soberano dentro de

cuyo imperio se había concluido aquella importante estipulación. Era

asimismo cosa no vista que un monarca, dueño si se quiere de despojarse

a sí mismo de sus propios derechos, no contase para la cesión ni con

sus hijos, ni con las otras personas de su dinastía, ni con el libre

y amplio consentimiento de la nación española, que era traspasada

a ajena dominación como si fuera un campo propio o un rebaño. El

derecho público de todos los países se ha opuesto constantemente a

tamaño abuso, y en España, en tanto que se respetaron sus franquezas y

libertades, hubo siempre en las cortes un firme e invencible valladar

contra la arbitraria y antojadiza voluntad de los reyes. Cuando Alfonso

el batallador tuvo el singular desacuerdo de dejar por herederos de

sus reinos a los caballeros del Temple, lejos de convenir en su loco

extravío, nombraron los aragoneses en las cortes de Borja por rey

de Aragón a Don Ramiro el monje, y por su parte los navarros para

suceder en Navarra a Don García Ramírez. Hubo otros casos no menos

señalados en que siempre se pusieron a salvo los fueros y costumbres

nacionales. Hasta el mismo imbécil de Carlos II, aunque su disposición

testamentaria fue hecha dentro del territorio, y en ella no se

infringían tan escandalosamente ni los derechos de la familia real ni

los de la nación, creyó necesario por lo menos usar de la fórmula de

«que fuera válida aquella su última voluntad, como si se hubiese hecho

de acuerdo con las cortes.» Ahora por todo se atropelló, y nadie cuidó

de conservar siquiera ciertas apariencias de justicia y legitimidad.

[Marginal: Carlos IV y María Luisa.]

Así terminó Carlos IV su reinado, del que nadie mejor que él mismo nos

dará una puntual y verdadera idea. Comía en Bayona con Napoleón cuando

se expresó en estos términos: «todos los días invierno y verano iba

a caza hasta las doce, comía y al instante volvía al cazadero hasta

la caída de la tarde. Manuel me informaba como iban las cosas, y me

iba a acostar para comenzar la misma vida al día siguiente, a menos

de impedírmelo alguna ceremonia importante.» De este modo gobernó por

espacio de veinte años aquel monarca, quien según la pintura que hace

de sí propio, merece justamente ser apellidado con el mismo epiteto que

lo fueron varios de los reyes de Francia de la estirpe merovingiana.

Sin embargo adornaban a Carlos prendas con que hubiera brillado como

rey, llenando sus altas obligaciones, si menos perezoso y débil no se

hubiese ciegamente entregado al arbitrio y desordenada fantasía de la

reina. Tenía comprensión fácil y memoria vasta; amaba la justicia, y

si alguna vez se ocupaba en el despacho de los negocios, era expedito

y atinado; mas estas calidades desaparecieron al lado de su dejadez

y habitual abandono. Con otra esposa que María Luisa su reinado

no hubiera desmerecido del de su augusto antecesor; y bien que la

situación de Europa fuese muy otra a causa de la revolución francesa,

tranquila España en su interior y bien gobernada, quizá hubiera podido

sosegadamente progresar en su industria y civilización sin revueltas ni

trastornos.

[Marginal: Renuncia de Fernando como príncipe de Asturias.]

Formalizadas las renuncias de Fernando en Carlos IV, y de este en

Napoleón, faltaba la del primero como príncipe de Asturias, porque si

bien había devuelto en 6 de mayo la corona a su padre, no había por

aquel acto renunciado a sus derechos en calidad de inmediato sucesor.

Parece ser, según Don Pedro Cevallos, que Fernando resistiéndose a

acceder a la última cesión, Napoleón le dijo: «no hay medio, príncipe,

entre la cesión y la muerte.» Otros han negado la amenaza, y admira en

efecto que hubiera que acudir a requerimiento tan riguroso con persona

cuya debilidad se había ya mostrado muy a las claras. El mariscal

Duroc habló en el mismo sentido que su amo, y los príncipes entonces

se determinaron a renunciar. Nombrose a dicho mariscal con Escóiquiz

para arreglar el modo,[*] [Marginal: (* Ap. n. 2-27.)] y el 10 firmaron

ambos un tratado por el que se arreglaron los términos de la cesión

del príncipe de Asturias, y se fijó su pensión como la de los infantes

con tal que suscribiesen al tratado; lo cual verificaron Don Antonio y

Don Carlos por medio de una proclama que en unión con Fernando dieron

en Burdeos el [*] [Marginal: (* Ap. n. 2-28.)] 12 del mismo mayo. El

infante Don Francisco no firmó ninguno de aquellos actos, ya fuera

precipitación, o ya por considerarle en su minoridad.

Bien que Escóiquiz hubiese obedecido a las órdenes de Fernando firmando

el tratado del 10, no por eso pone en seguro su buen nombre, harto

mancillado ya. Y fue singular que los dos hombres, Godoy y Escóiquiz,

cuyo desgobierno y errada conducta habían causado los mayores daños

a la monarquía, y cuyo respectivo valimiento con los dos reyes padre

e hijo les imponía la estrecha obligación de sacrificarse por la

conservación de sus derechos, fuesen los mismos que autorizasen los

tratados que acababan en España con la estirpe de los Borbones. La

proclama de Burdeos dada el 12, y en la que se dice a los españoles,

«que se mantengan tranquilos esperando su felicidad de las sabias

disposiciones y del poder de Napoleón», fue producción de Escóiquiz,

queriendo este persuadir después que con ella había pensado en provocar

a los españoles para que sostuviesen la causa de sus príncipes

legítimos. Si realmente tal fue su intento, se ve que no estaba dotado

de mayor claridad cuando escribía, que de previsión cuando obraba.

[Marginal: La reina de Etruria.]

La reina de Etruria, a pesar de los favores y atentos obsequios que

había dispensado a Murat y a los franceses, no fue más dichosa en

sus negociaciones que las otras personas de su familia. No se podía

cumplir con su hijo el tratado de Fontainebleau, porque el emperador

había ofrecido a los diputados portugueses conservar la integridad

de Portugal: no podían tampoco concedérsele indemnización en Italia,

siendo opuesto a las _grandes miras_ de Napoleón permitir que en parte

alguna de aquel país reinase una rama, cualquiera que fuese, de los

Borbones; con cuya contestación tuvo la reina que atenerse a la pensión

que se le señaló, y seguir la suerte de sus padres.

[Marginal: Planes de evasión.]

Durante la estancia en Bayona del príncipe de Asturias y los infantes,

hubo varios planes para que se evadiesen. Un vecino de Cervera de

Alhama recibió dinero de la junta suprema de Madrid con aquel objeto.

Con el mismo también había ofrecido el duque de Mahón una fuerte suma

desde San Sebastián: los consejeros de Fernando, a nombre y por orden

suya, cobraron el dinero, mas la fuga no tuvo efecto. Se propuso como

el medio mejor y más asequible el arrebatar a los dos hermanos Don

Fernando y Don Carlos, sosteniendo la operación por vascos diestros y

prácticos de la tierra, e internarlos en España por San Juan de Pie de

Puerto. Fue tan adelante el proyecto que hubo apostados en la frontera

300 miqueletes para que diesen la mano a los que en Francia andaban de

concierto en el secreto. Después se pensó en salvarlos por mar, y hasta

hubo quien propuso atacar a Napoleón en el palacio de Marracq. Había

en todas estas tentativas más bien muestras de patriotismo y lealtad,

que probable y buena salida. Hubiérase necesitado para llevarlas a

cabo menos vigilancia en el gobierno francés, y mayor arrojo en los

príncipes españoles, naturalmente tímidos y apocados.

[Marginal: Se interna en Francia la familia real de España.]

No tardó Napoleón, extendidas y formalizadas que fueron las renuncias

por medio de los convenios mencionados, en despachar para lo interior

de Francia a las personas de la familia real de España. El 10 de

mayo Carlos IV y su esposa María Luisa, la reina de Etruria con sus

hijos, el infante Don Francisco y el príncipe de la Paz salieron para

Fontainebleau y de allí pasaron a Compiègne. El 11 partieron también de

Bayona el rey Fernando VII y su hermano y tío, los infantes Don Carlos

y Don Antonio; habiéndoseles señalado para su residencia el palacio de

Valençay, propio del príncipe de Talleyrand.

Tal fin tuvieron las célebres vistas de Bayona entre el emperador de

los franceses y la mal aventurada familia real de España. Solo con

muy negra tinta puede trazarse tan tenebroso cuadro. En él se presenta

Napoleón pérfido y artero; los reyes viejos padres desnaturalizados;

Fernando y los infantes débiles y ciegos; sus consejeros por la mayor

parte ignorantes o desacordados, dando todos juntos principio a un

sangriento drama, que ha acabado con muchos de ellos, desgarrado a

España, y conmovido hasta en sus cimientos la suerte de la Francia

misma.

En verdad tiempos eran estos ásperos y difíciles, mas los encargados

del timón del estado ya en Bayona, ya en Madrid, parece que solo

tuvieron tino en el desacierto. Los primeros acabamos de ver qué

cuenta dieron de sus príncipes: examinaremos ahora qué providencias

tomaron los segundos [Marginal: Inacción de la junta suprema.] para

defender el honor y la verdadera independencia nacional, puesto que

por sus discordias y malos consejos se habían perdido el rey Fernando,

sus hermanos y toda la real familia. Mencionamos anteriormente la

comisión de Don Evaristo Pérez de Castro, quien con felicidad entró en

Bayona el 4 de mayo. A su llegada se presentó sin dilación a Don Pedro

Cevallos, y este comunicó al rey las proposiciones de la junta suprema

de Madrid de que aquel era portador, y cuyo contenido hemos insertado

más arriba. De resultas se dictaron dos decretos el 5 de mayo, uno

escrito de la real mano estaba dirigido a la junta suprema de gobierno,

y otro firmado por Fernando con la acostumbrada fórmula de _Yo el rey_

era expedido al consejo, o en su lugar a cualquiera chancillería o

audiencia libre del influjo extranjero. Por el primero el rey decía:

«que se hallaba sin libertad, y consiguientemente imposibilitado de

tomar por sí medida alguna para salvar su persona y la monarquía; que

por tanto autorizaba a la junta en la forma más amplia para que en

cuerpo, o sustituyéndose en una o muchas personas que la representasen,

se trasladara al paraje que creyese más conveniente, y que en nombre de

S. M. representando su misma persona ejerciese todas las funciones de

la soberanía. Que las hostilidades deberían empezar desde el momento

en que internasen a S. M. en Francia, lo que no sucedería sino por la

violencia. Y por último, que en llegando ese caso tratase la junta

de impedir del modo que creyese más a propósito la entrada de nuevas

tropas en la península.» El decreto al consejo decía: «que en la

situación en que S. M. se hallaba, privado de libertad para obrar por

sí, era su real voluntad que se convocasen las cortes en el paraje que

pareciese más expedito; que por de pronto se ocupasen únicamente en

proporcionar los arbitrios y subsidios necesarios para atender a la

defensa del reino, y que quedasen permanentes para lo demás que pudiese

ocurrir.»

Algunos de los ministros o consejeros de Fernando en Bayona creyeron

fundadamente que la junta suprema autorizada, como lo había sido desde

aquella ciudad, para obrar con las mismas e ilimitadas facultades que

habrían asistido al rey estando presente, hubiera por sí debido adoptar

aquellas medidas, evitando las dilaciones de la consulta; mas la junta

que se había apartado del modo de pensar de los de Bayona, y que en

vez de tomar providencias se contentó con pedir nuevas instrucciones,

llegadas que fueron tampoco hizo nada, continuando en su inacción, so

color de que las circunstancias habían variado. Cierto que no eran las

mismas, y será bien que para pesar sus razones refiramos antes lo que

en ese tiempo había pasado en Madrid.

[Marginal: Murat presidente de la junta.]

En la mañana misma del 4 de mayo en que partió el infante Don Antonio,

el gran duque de Berg manifestó a algunos individuos de la junta que

era preciso asociar su persona a las deliberaciones de aquel cuerpo,

estando en ello interesado el buen orden y la quietud pública. Se le

hicieron reflexiones sobre su propuesta; no insistió en ella por aquel

momento, pero en la noche sin anuncio anterior se presentó en la junta

para presidirla. Opúsose fuertemente a su atropellado intento Gil y

Lemus; parece ser que también resistieron Azanza y Ofárril, quienes

aunque al principio protestaron e hicieron dejación de sus destinos, al

fin continuaron ejerciéndolos. Temerosa la junta del compromiso en que

la ponía Murat, y queriendo evitar mayores males, cedió a sus deseos y

resolvió admitir en su seno al príncipe francés. Mucho se censuró esta

su determinación, y se pensó que excedía de sus facultades, mayormente

cuando se trataba del jefe del ejército de ocupación, y cuando para

ello no había recibido órdenes ni instrucciones de Bayona. Hubiera sido

más conforme a la opinión general, o que se hubiera negado a deliberar

ante el general francés, o haber aguardado a que una violencia clara

y sin rebozo hubiese podido disculpar su sometimiento. Pesarosa tal

vez la junta de su fácil condescendencia, en medio de su congoja [*]

[Marginal: (* Ap. n. 2-29.)] le sacó algún tanto de ella y a tiempo un

decreto que recibió el 7 de mayo, y que con fecha del 4 había expedido

en Bayona Carlos IV, nombrando a Murat lugarteniente del reino, en

cuya calidad debía presidir la junta suprema: decreto precursor de

la abdicación de la corona que al día siguiente hizo en Napoleón.

Acompañaba al nombramiento una proclama del mismo Carlos a la nación,

que concluía con la notable cláusula de que: «no habría prosperidad ni

salvación para los españoles, sino en la amistad del grande emperador

su aliado.» Bien que la resolución del rey padre viniese en apoyo de

la prematura determinación de la junta, en realidad no hubiera debido

a los ojos de este cuerpo tener aquella fuerza alguna autoridad: la de

dicha junta delegada por Fernando VII, solo a las órdenes del último

tenía que obedecer. Sin embargo en el día 8 acordó su cumplimiento;

y solamente suspendió la publicación, creyendo con ese medio y

equívoco proceder salir de su compromiso. [Marginal: (* Ap. n. 2-30.)]

Finalmente le libró de él y de su angustiada posición la noticia de

haber devuelto Fernando la corona a su padre, recibiendo un decreto [*]

del mismo para que se sometiese a las órdenes del antiguo monarca.

[Marginal: Equívoca conducta de la junta.]

Hasta el día en que Murat se apoderó de la presidencia, hubiera podido

atribuirse la debilidad de la junta a circunspección, su imprevisión

a prudencia excesiva, y su indolencia a falta de facultades o a

temor de comprometer la persona del rey. Mas ahora había mudado el

aspecto de las cosas, y así o estaban sus individuos en el caso de

poner en ejecución las convenientes medidas para salvar el honor y la

independencia nacional, o no lo estaban. Si no, ¿por qué en vez de

mancillar su nombre aprobando con su presencia las inicuas decisiones

del extranjero, no se retiraron y le dejaron solo? ¿Y si pudieron

obrar, por qué no llevaron a efecto los decretos dados por el rey en

Bayona a consulta suya? ¿Por qué no permitieron la formación acordada

de otra junta, fuera del poder del enemigo? Lejos de seguir esta vereda

tomaron la opuesta y fijaron todo su conato en impedir la ejecución de

aquellas saludables medidas. Un propio había entregado a Don Miguel

José de Azanza en su mano los dos decretos del rey; por uno de los

cuales se autorizaba a la junta con poderes ilimitados, y por el otro

al consejo para la convocación de cortes. Azanza los comunicó a sus

compañeros y todos convinieron en que dados estos decretos el 5 de

mayo y el de renuncia de Fernando el 6 del mismo, no debían cumplirse

ni obedecerse los primeros; ¡cosa extraña! Decretos arrancados por la

violencia, en los que se destruían los legítimos derechos de Fernando

y su dinastía, y se hollaban los de la nación, tuvieron a sus ojos más

fuerza que los que habiendo sido acordados en secreto y despachados

por personas de toda confianza, tenían en sí mismos la doble ventaja

de haber sido dictados con entera libertad, y de acomodarse a lo

que ordenaba el honor nacional. Pone aún más en descubierto la buena

fe y rectitud de intenciones de los que así procedieron, el no haber

comunicado al consejo el decreto de convocación de cortes, cuya

promulgación y ejecución se encomendaba particularmente a su cuidado,

tocando solo a aquel cuerpo examinar las razones de prudencia o

conveniencia pública de detenerle o circularle. No contentos con esto

los individuos de la junta suprema, y temerosos de que los nombrados

para reemplazarla fuera de Madrid en caso necesario ejecutasen lo que

se les había mandado, tomaron precauciones para estorbarlo. Al conde de

Ezpeleta, a quien se había comunicado por medio de Don José Capeleti la

primera determinación de que presidiese la junta cuya instalación debía

seguirse a la falta de libertad de la de Madrid, se le dio después

expresa contraorden; y apremiado por Gil Taboada para que pasase

a Zaragoza en donde aquel aguardaba, le contestó como se le había

posteriormente mandado lo contrario.

Por lo tanto la junta suprema de Madrid que con pretexto de carecer de

facultades, a pesar de haberlas desde Bayona recibido amplias, anduvo

al principio descuidada y poco diligente, ahora que con más claridad

y extensión si era posible las recibía, suspendió hacer uso de su

poder, alegando ser ya tarde, y recelosa de mayores comprometimientos.

Aparece más oscura y dudosa su conducta al considerar que algunos de

sus individuos débiles antes, pero resistiendo al extranjero, sumisos

después si bien todavía disculpables, acabaron por ser sus firmes

apoyos, trabajando con ahínco por ahogar los gloriosos esfuerzos que

hizo la nación en defensa de su independencia. Es cierto que en seguida

los españoles de Bayona estuvieron igualmente llenos de sobresalto y

zozobra con el miedo de que se ejecutasen los dos consabidos decretos.

Así lo anunciaba Don Evaristo Pérez de Castro que volvió a Madrid por

aquellos días. Todo lo cual prueba que ni entre los españoles que en

Bayona influían principalmente en el consejo del rey, ni entre los que

en España gobernaban, había ningún hombre asistido de aquella constante

decisión e invariable firmeza que piden extraordinarias circunstancias.

[Marginal: Napoleón piensa dar la corona de España a José.]

Napoleón por su parte considerándose ya dueño de la corona de España en

virtud de las renuncias hechas en favor suyo, había resuelto colocarla

en las sienes de su hermano mayor José rey de Nápoles, y continuando

siempre por la senda del engaño quiso dar a su cesión visos de generosa

condescendencia con los deseos de los españoles. Así fue que en 8

de mayo dirigió al gran duque sus instrucciones para que la junta

suprema y el consejo de Castilla le indicasen en cuál de las personas

de su familia les sería más grato que recayese el trono de España. En

12 respondió acertadamente el consejo que siendo nulas las cesiones

hechas por la familia de Borbón, no le tocaba ni podía contestar a lo

que se le preguntaba. Mas convocado al siguiente día a palacio por la

tarde y sin ceremonia, y bien recibido y tratado por Murat, y habiendo

fácilmente convenido este en la cortapisa que el consejo quería poner

a su exposición de que «no por eso se entendiese que se mezclaba en

la aprobación o desaprobación de los tratados de renuncia, ni que

los derechos del rey Carlos y su hijo y demás sucesores a la corona,

según las leyes del reino, quedasen perjudicados por la designación

que se le pedía;» cedió entonces y acordó en consulta del 13 dirigida

al gran duque, que bajo las propuestas insinuadas «le parecía que en

ejecución de lo resuelto por el emperador podía recaer la elección

en su hermano mayor el rey de Nápoles.» Llevaba trazas de juego y de

mutua inteligencia el modo de preguntar y de responder. A Murat le

importaban muy poco aquellas secretas protestas, con tal que tuviese

un documento público de las principales autoridades del reino que

presentar a los gobiernos europeos, pudiendo con él Napoleón dar a

entender que había seguido la voluntad de los españoles más bien que la

suya propia. El consejo empezando desde entonces aquel sistema medio

y artificioso que le guió después, más propio de un subalterno de la

curia que de un cuerpo custodio de las leyes, se avino muy bien con lo

que se le propuso, imaginando así poner en cobro hasta cierto punto su

comprometida existencia, ya que se afirmase la dominación de Napoleón,

ya que fuese destruida. Conducta no atinada en tiempos de grandes

tribulaciones y vaivenes, y con la que perdió su crédito e influjo

entre nacionales y extranjeros. Escribió también el mismo consejo una

carta al emperador, y a ruego de Murat nombró para presentarla en

Bayona a los ministros Don José Colón y Don Manuel de Lardizábal. La

junta suprema y la villa de Madrid practicaron por su parte iguales

diligencias, pidiendo que José Bonaparte fuese escogido para rey de

España.

No satisfecho Napoleón con las cesiones de los príncipes, ni con la

sumisión y petición de las supremas autoridades, pensó en congregar

una diputación de españoles, [Marginal: Diputación de Bayona.] que

con simulacro de cortes diesen en Bayona una especie de aprobación

nacional a todo lo anteriormente actuado. Ya dijimos que a mediados

de abril había intentado Murat llevar a efecto aquel pensamiento; mas

hasta ahora en mayo no se puso en perfecta y cumplida ejecución. La

convocatoria [*] [Marginal: (* Ap. n. 2-31.)] se dio a luz en la Gaceta

de Madrid de 24 del mismo mes, con la singularidad de no llevar fecha.

Estaba extendida a nombre del gran duque de Berg y de la junta suprema

de gobierno, y se reducía en sustancia a que siendo el deseo de S.

M. I. y R. juntar en Bayona una diputación general de 150 individuos

para el 15 de junio siguiente, a fin de tratar en ella de la felicidad

de España, indicando todos los males que el antiguo sistema había

ocasionado, y proponiendo las reformas y remedios para destruirlos, la

junta suprema había nombrado varios sujetos que allí se expresaban,

reservando a algunas corporaciones, a las ciudades de voto en cortes

y otras sus respectivas elecciones. Según el decreto debían también

asistir grandes, títulos, obispos, generales de las órdenes religiosas,

individuos del comercio, de las universidades, de la milicia, de la

marina, de los consejos y de la Inquisición misma. Se escogieron

igualmente seis individuos que representasen la América. Azanza que en

23 de mayo había ido a Bayona para dar cuenta al emperador del estado

de la hacienda de España, se quedó por orden suya a presidir la junta

o diputación general próxima a reunirse. Más adelante examinaremos

la índole y los trabajos de esta junta, y hablaremos del solemne

reconocimiento que ella y los españoles allí presentes hicieron del

intruso José.

[Marginal: Medidas de precaución de Murat.]

Murat luego que estuvo al frente del gobierno de España, recelando

en vista del general desasosiego que hubiese sublevaciones más o

menos parciales, adoptó varios medios para prevenirlas. Agregó a la

división o cuerpo de Dupont dos regimientos suizos españoles, y puso

a la disposición del mariscal Moncey cuatro batallones de guardias

españolas y valonas y los guardias de Corps. Pasó órdenes para enviar

3000 hombres de Galicia a Buenos Aires, y en 19 de mayo dio el mando

de la escuadra de Mahón al general Salcedo con encargo de hacerse a la

vela para Toulon; lo cual afortunadamente no pudo cumplirse por los

acontecimientos que muy luego sobrevinieron. Se ordenó a la división

española acantonada en Extremadura pasase a San Roque, y a Solano

que hasta entonces había sido su jefe se le previno que regresase a

Cádiz para tomar de nuevo el mando de Andalucía, yendo a explorar

sus intenciones el oficial de ingenieros francés Constantin. Con el

mismo objeto y con pretexto de examinar la plaza de Gibraltar se

envió cerca del general Don Francisco Javier Castaños, que mandaba en

el campo de San Roque, al jefe de batallón de ingenieros Rogniat:

otros comisionados fueron enviados a Ceuta. El Buen Retiro se empezó

a fortificar, encerrando dentro de su recinto abundantes provisiones

de boca y guerra, habiéndose los franceses apoderado por todas partes

de cuantos almacenes y depósitos de municiones y armas estuvieron a su

alcance. Cortas precauciones para reprimir el universal descontento.

Pero ahora que ya tenemos a Napoleón imaginándose poder enajenar a su

antojo la corona de España; ahora que ya está internada en Francia la

familia real; Murat mandando en Madrid; sometidos la junta suprema

y los consejos, y convocada a Bayona una diputación de españoles,

será bien que desviando nuestra vista de tantas escenas de perfidia y

abatimiento, de imprevisión y flaqueza, nos volvamos a contemplar un

sublime y grandioso espectáculo.

RESUMEN

DEL

LIBRO TERCERO.

_Insurrección general contra los franceses. — Levantamiento de

Asturias. — Misión a Inglaterra. — Levantamiento de Galicia. —

Levantamiento de Santander. — Levantamiento de León y Castilla la

Vieja. — Levantamiento de Sevilla. — Rendición de la escuadra

francesa surta en Cádiz. — Levantamiento de Granada. — Levantamiento

de Extremadura. — Conmociones en Castilla la Nueva. — Levantamiento

de Cartagena y Murcia. — Levantamiento de Valencia. — Levantamiento

de Aragón. — Levantamiento de Cataluña. — Levantamiento de las

Baleares. — Navarra y Provincias Vascongadas. — Islas Canarias. —

Reflexiones generales. — Portugal. — Su situación. — Divisiones

francesas que intentan pasar a España. — Los españoles se retiran

de Oporto. — Primer levantamiento de Oporto. — Levantamiento de

Tras-os-Montes, y segundo de Oporto. — Se desarma a los españoles de

Lisboa. — Rechazan los españoles a los franceses en Os Pegões. —

Levantamiento de los Algarbes. — Convenciones entre algunas juntas de

España y Portugal._

HISTORIA

DEL

LEVANTAMIENTO, GUERRA Y REVOLUCIÓN

de España.

Historia del levantamiento, guerra y revolución de España (1 de 5) · 第 8 / 116 题