Los habitadores de España alejados de los negocios públicos, y gozando
de aquella aparente tranquilidad propia de los gobiernos despóticos,
estaban todavía ajenos de prever la avenida de males que, rebalsando
en su suelo como en campo barbechado, iban a cubrirle de espantosas
ruinas. [Marginal: Primeros indicios del viaje de la corte.] Madrid,
sin embargo agitado ya con voces vagas e inquietadoras, creció en
desasosiego con los preparativos que se notaron de largo viaje en
casa de Doña Josefa Tudó, particular amiga del príncipe de la Paz, y
con la salida de este para Aranjuez el día 13 de marzo. Sin aquel
incidente no hubiera la última ocurrencia llamado tanto la atención,
teniendo el valido por costumbre pasar una semana en Madrid, y otra en
el sitio en que habitaban SS. MM., quienes de mucho tiempo atrás se
detenían solamente en la capital dos meses del año, y aun en aquel al
trasladarse en diciembre del Escorial a Aranjuez, no tomaron allí su
habitual descanso, retraídos por el universal disgusto a que había dado
ocasión el proceso del príncipe de Asturias.
Viose muy luego cuán fundados eran los temores públicos; porque al
llegar al sitio el príncipe de la Paz, y después de haber conferenciado
con los reyes, anunció Carlos IV a los ministros del despacho la
determinación de retirarse a Sevilla. A pesar del sigilo con que se
quisieron tomar las primeras disposiciones, se traslució bien pronto
el proyectado viaje, [Marginal: Orden para que la guarnición de Madrid
pase a Aranjuez.] y acabaron de cobrar fuerza las voces esparcidas con
las órdenes que se comunicaron para que la mayor parte de la guarnición
de Madrid se trasladase a Aranjuez. Prevenido para su cumplimiento el
capitán general de Castilla, Don Francisco Javier Negrete, se avistó en
la mañana del 16 con el gobernador del consejo el coronel Don Carlos
Velasco, dándole cuenta de la salida de las tropas en todo aquel día,
en virtud de un decreto del generalísimo almirante; y previniéndole
al propio tiempo de parte del mismo publicar un bando que calmase la
turbación de los ánimos. No bastándole al gobernador la orden verbal,
exigió de Don Carlos Velasco que la extendiese por escrito, y con ella
se fue al consejo, en donde se acordó, como medida previa y antes de
obedecer el expresado mandato, que se expusiesen reverentemente a S.
M. las fatales consecuencias de un viaje tan precipitado. Aplaudiose
la determinación del consejo, aunque nos parece no fue del todo
desinteresada, si consideramos la incierta y precaria suerte que, con
la temida emigración más allá de los mares de la dinastía reinante,
había de caber a muchos de sus servidores y empleados. Así se vio que
hombres que como el marqués Caballero en los días de prosperidad habían
sido sumisos cortesanos, fueron los que con más empeño aconsejaron al
rey que desistiese de su viaje.
Fuese influjo de aquellas representaciones, o fuese más bien el
fundado temor a que daba lugar el público descontento, el rey trató
momentáneamente de suspender la partida, y mandó circular un decreto
a manera de proclama [Marginal: Proclama de Carlos IV de 16 de marzo.
(Véase el Ap. n. 2-1.)] que comenzaba por la desusada fórmula de
«amados vasallos míos.» La gente ociosa y festiva comparaba por la
novedad el encabezamiento de tan singular publicación al comenzar de
ciertas y famosas relaciones que en sus comedias nos han dejado el
insigne Calderón y otros ingenios de su tiempo; si bien no asistía
al ánimo bastante serenidad para detenerse al examen de las mudanzas
e innovaciones del estilo. Tratábase en la proclama de tranquilizar
la pública agitación, asegurándose en ella que la reunión de tropas
no tenía por objeto ni defender la persona del rey, ni acompañarle
en un viaje que solo la malicia había supuesto preciso: se insistía
en querer persuadir que el ejército del emperador de los franceses
atravesaba el reino con ideas de paz y amistad, y sin embargo se daba a
entender que en caso de necesidad estaba el rey seguro de las fuerzas
que le ofrecerían los pechos de sus amados vasallos. Bien que con este
documento no hubiese sobrado motivo de satisfacción y alegría, la
muchedumbre que leía en él una especie de retractación del intentado
viaje se mostró gozosa y alborozada. En Aranjuez apresuradamente se
agolparon todos a palacio dando repetidos vivas al rey y a la familia
real, que juntos se asomaron a recibir las lisonjeras demostraciones
del entusiasmado pueblo. Mas como se notó que en la misma noche del 16
al 17 habían salido las tropas de Madrid para el sitio en virtud de las
anteriores órdenes que no habían sido revocadas, duró poco y se acibaró
presto la común alegría.
[Marginal: Opinión sobre el viaje.]
Entonces se desaprobó generalmente la resolución tomada por la corte
de retirarse hacia las costas del mediodía, y de cruzar el Atlántico
en caso urgente. Pero ahora que con fría imparcialidad podemos ser
jueces desapasionados, nos parece que aquella resolución al punto a
que las cosas habían llegado era conveniente y acertada, ya fuese para
prepararse a la defensa, o ya para que se embarcase la familia real.
Desprovisto el erario, corto en número el ejército e indisciplinado,
ocupadas las principales plazas, dueño el extranjero de varias
provincias, no podía en realidad oponérsele otra resistencia fuera
de la que opusiese la nación, declarándose con unanimidad y energía.
Para tantear este solo y único recurso, la posición de Sevilla era
favorable, dando más treguas al sorprendido y azorado gobierno. Y si,
como era de temer, la nación no respondía al llamamiento del aborrecido
Godoy ni del mismo Carlos IV, era para la familia real más prudente
pasar a América que entregarse a ciegas en brazos de Napoleón. Siendo
pues esta determinación la más acomodada a las circunstancias, Don
Manuel Godoy en aconsejar el viaje obró atinadamente, y la posteridad
no podrá en esta parte censurar su conducta; pero le juzgará sí
gravemente culpable en haber llevado como de la mano a la nación a
tan lastimoso apuro, ora dejándola desguarnecida para la defensa, ora
introduciendo en el corazón del reino tropas extranjeras deslumbrado
con la imaginaria soberanía de los Algarbes. El reconcentrado odio
que había contra su persona fue también causa que al llegar al
desengaño de las verdaderas intenciones de Napoleón se le achacase
que de consuno con este había procedido en todo: aserción vulgar,
pero tan generalmente creída en aquella sazón que la verdad exige que
abiertamente la desmintamos. Don Manuel Godoy se mantuvo en aquellos
tratos fiel a Carlos IV y a María Luisa, sus firmes protectores, y
no anduvo desacordado en preferir para sus soberanos un cetro en los
dominios de América, más bien que exponerlos, continuando en España,
a que fuesen destronados y presos. Además Godoy no habiendo olvidado
la manera destemplada con que en los últimos tiempos se había Napoleón
declarado contra su persona, recelábase de alguna dañada intención,
y temía ser víctima ofrecida en holocausto a la venganza y público
aborrecimiento. Bien es verdad que fue después su libertador el mismo a
quien consideraba enemigo, mas debiolo a la repentina mudanza acaecida
en el gobierno, por la cual fueron atropellados los que confiadamente
aguardaban del francés amistad y amparo, y protegido el que se
estremecía al ver que su ejército se acercaba: tan inciertos son los
juicios humanos.
[Marginal: Agitación de Madrid y Aranjuez. Conducta del embajador de
Francia y de Murat.]
Averiguada que fue la traslación de las tropas de la capital al sitio,
volviéronse a agitar extraordinariamente las poblaciones de Madrid y
Aranjuez con todas las de los alrededores. En el sitio contribuía no
poco a sublevar los ánimos la opinión contraria al viaje que pública
y decididamente mostraba el embajador de Francia; sea que ignorase
los intentos de su amo y siguiera abrigando la esperanza del soñado
casamiento, o sea que tratara de aparentar: nos inclinamos a lo
primero. Mas su opinión al paso que daba bríos a los enemigos del
viaje para oponerse a él, servía también de estímulo y espuela a sus
partidarios para acelerarle, esperando unos y temiendo otros la llegada
de las tropas francesas que se adelantaban. En efecto Murat dirigía por
Aranda su marcha hacia Somosierra y Madrid, y Dupont por su derecha se
encaminaba a ocupar a Segovia y el Escorial. Este movimiento hecho con
el objeto de impeler a la familia real, intimidándola a precipitar su
viaje, vino en apoyo del partido del príncipe de Asturias, alentándole
con tanta más razón cuanto parecía darse la mano con el modo de
explicarse del embajador. Murat en su lenguaje descubría incertidumbre,
imputándose entonces a disimulo lo que tal vez era ignorancia del
verdadero plan de Napoleón. Al después tan malogrado Don Pedro Velarde,
comisionado para acompañarle y cumplimentarle, le decía en Buitrago
en 18 de marzo que al día siguiente recibiría instrucciones de su
gobierno; que no sabía si pasaría o no por Madrid, y que al continuar
su marcha a Cádiz probablemente publicaría en San Agustín las miras del
emperador encaminadas al bien de España.
Avisos anteriores a este y no menos ambiguos ponían a la corte de
Aranjuez en extremada tribulación. Sin embargo es de creer que cuando
el 16 dio el rey la proclama en que públicamente desmentía las
voces de viaje, dudó por un instante llevarle o no a efecto, pues
es más justo atribuir aquella proclama a la perplejidad y turbación
propias de aquellos días, que al premeditado pensamiento de engañar
bajamente a los pueblos de Madrid y Aranjuez. [Marginal: Síntomas de
una conmoción.] Continuando no obstante los preparativos de viaje, y
siendo la desconfianza en los que gobernaban fuera de todo término,
se esparció de nuevo y repentinamente en el sitio que la salida de
SS. MM. para Andalucía se realizaría en la noche del 17 al 18. La
curiosidad junto probablemente con oculta intriga había llevado
a Aranjuez de Madrid y sus alrededores muchos forasteros cuyos
semblantes anunciaban siniestros intentos: las tropas que habían ido
de la capital participaban del mismo espíritu, y ciertamente hubieran
podido sublevarse sin instigación especial. Asegurose entonces que
el príncipe de Asturias había dicho a un guardia de corps en quien
confiaba «esta noche es el viaje, y yo no quiero ir», y se añadió que
con el aviso cobraron más resolución los que estaban dispuestos a
impedirle. Nosotros tenemos entendido que para el efecto advirtió S.
A. a Don Manuel Francisco Jáuregui, amigo suyo, quien como oficial de
guardias pudo fácilmente concertarse con sus compañeros de inteligencia
ya con otros de los demás cuerpos. Prevenidos de esta manera, el
alboroto hubiera comenzado al tiempo de partir la familia real; una
casualidad le anticipó.
[Marginal: Primera conmoción de Aranjuez.]
Puestos todos en vela rondaba voluntariamente el paisanaje durante
la noche, capitaneándole disfrazado, bajo nombre de tío Pedro, el
inquieto y bullicioso conde del Montijo, cuyo nombre en adelante
casi siempre estará mezclado con los ruidos y asonadas. Andaba
asimismo patrullando la tropa, y unos y otros custodiaban de cerca,
y observaban particularmente la casa del príncipe de la Paz. Entre
once y doce salió de ella muy tapada Doña Josefa Tudó, llevando por
escolta a los guardias de honor del generalísimo: quiso una patrulla
descubrir la cara de la dama, la cual resistiéndolo excitó una ligera
reyerta, disparando al aire un tiro uno de los que estaban presentes.
Quién afirma fue el oficial Tuyols que acompañaba a Doña Josefa para
que vinieran en su ayuda, quién el guardia Merlo para avisar a los
conjurados. Lo cierto es que estos lo tomaron por una señal, pues al
instante un trompeta apostado al intento tocó a caballo, y la tropa
corrió a los diversos puntos por donde el viaje podía emprenderse.
Entonces y levantándose terrible estrépito, gran número de paisanos,
otros transformados en tales, criados de palacio y monteros del infante
Don Antonio, con muchos soldados desbandados, acometieron la casa de
Don Manuel Godoy, forzaron su guardia, y la entraron como a saco,
escudriñando por todas partes, y buscando en balde al objeto de su
enfurecida rabia. Creyose por de pronto que a pesar de la extremada
vigilancia se había su dueño salvado por alguna puerta desconocida
o excusada, y que o había desamparado a Aranjuez, u ocultádose en
palacio. El pueblo penetró hasta lo más escondido, y aquellas puertas
antes solo abiertas al favor, a la hermosura y a lo más brillante y
escogido de la corte, dieron franco paso a una soldadesca desenfrenada
y tosca, y a un populacho sucio y desaliñado, contrastando tristemente
lo magnífico de aquella mansión con el descuidado arreo de sus nuevos
y repentinos huéspedes. Pocas horas habían transcurrido cuando
desapareció tanta desconformidad, habiendo sido despojados los salones
y estrados de sus suntuosos y ricos adornos para entregarlos al
destrozo y a las llamas. Repetida y severa lección que a cada paso nos
da la caprichosa fortuna en sus continuados vaivenes. El pueblo si
bien quemó y destruyó los muebles y objetos preciosos, no ocultó para
sí cosa alguna, ofreciendo el ejemplo del desinterés más acendrado. La
publicidad siendo en tales ocasiones un censor inflexible, y uniéndose
a un cierto linaje de generoso entusiasmo, enfrena al mismo desorden,
y pone coto a algunos de sus excesos y demasías. Las veneras, los
collares y todos los distintivos de las dignidades supremas a que
Godoy había sido ensalzado, fueron preservados y puestos en manos del
rey; poderoso indicio de que entre el populacho había personas capaces
de distinguir los objetos que era conveniente respetar y guardar, y
aquellos que podían ser destruidos. La princesa de la Paz, mirada como
víctima de la conducta doméstica de su marido, y su hija fueron bien
tratadas y llevadas a palacio tirando la multitud de su berlina. Al fin
restablecida la tranquilidad volvieron los soldados a sus cuarteles, y
para custodiar la saqueada casa se pusieron dos compañías de guardias
españolas y valonas con alguna más tropa que alejase al populacho de
sus avenidas.
[Marginal: Decreto de Carlos IV. (* Ap. n. 2-2.)]
La mañana del 18 dio el rey [*] un decreto exonerando al príncipe de la
Paz de sus empleos de generalísimo y almirante, y permitiéndole escoger
el lugar de su residencia. [Marginal: (* Ap. n. 2-3.)] También anunció
a Napoleón esta resolución que en gran manera le sorprendió.[*] El
pueblo arrebatado de gozo con la novedad corrió a palacio a vitorear
a la familia real que se asomó a los balcones conformándose con sus
ruegos. [Marginal: Prisión de D. Diego Godoy.] En nada se turbó aquel
día el público sosiego sino por el arresto de Don Diego Godoy, quien
despojado por la tropa de sus insignias fue llevado al cuartel de
guardias españolas, de cuyo cuerpo era coronel: pernicioso ejemplo
entonces aplaudido y después desgraciadamente renovado en ocasiones más
calamitosas.
[Marginal: Continúa la agitación y temores de otra conmoción.]
Parecía que desbaratado el viaje de la real familia y abatido el
príncipe de la Paz, eran ya cumplidos los deseos de los amotinados;
mas todavía continuaba una terrible y sorda agitación. Los reyes
temerosos de otra asonada, mandaron a los ministros del despacho que
pasasen la noche del 18 al 19 en palacio. Por la mañana el príncipe
de Castel-Franco y los capitanes de guardias de Corps, conde de
Villariezo y marqués de Albudeite, avisaron personalmente a SS. MM.
que dos oficiales de guardias con la mayor reserva y bajo palabra de
honor acababan de prevenirles que para aquella noche un nuevo alboroto
se preparaba mayor y más recio que el de la precedente. Habiéndoles
preguntado el marqués Caballero si estaban seguros de su tropa,
respondieron encogiéndose de hombros «que solo el príncipe de Asturias
podía componerlo todo.» Pasó entonces Caballero a verse con S. A., y
consiguió que, trasladándose al cuarto de sus padres, les ofreciese que
impediría por medio de los segundos jefes de los cuerpos de la casa
real la repetición de nuevos alborotos, como también el que mandaría
a varias personas, cuya presencia en el sitio era sospechosa, que
regresasen a Madrid, disponiendo al mismo tiempo que criados suyos se
esparciesen por la población para acabar de aquietar el desasosiego
que aún subsistía. Estos ofrecimientos del príncipe dieron cuerpo a
la sospecha de que en mucha parte obraban de concierto con él los
sediciosos, no habiendo habido de casual sino el momento en que comenzó
el bullicio, y tal vez el haber después ido más allá de lo que en un
principio se habían propuesto.
Tomadas aquellas determinaciones no se pensaba en que la tranquilidad
volvería a perturbarse, e inesperadamente a las diez de la mañana se
suscitó un nuevo y estrepitoso tumulto. [Marginal: Segunda conmoción
de Aranjuez: Prisión de Godoy.] El príncipe de la Paz, a quien todos
creían lejos del sitio, y los reyes mismos camino de Andalucía, fue
descubierto a aquella hora en su propia casa. Cuando en la noche del
17 al 18 habían sido asaltados sus umbrales, se disponía a acostarse,
y al ruido, cubriéndose con un capote de bayetón que tuvo a mano,
cogiendo mucho oro en sus bolsillos y tomando un panecillo de la mesa
en que había cenado, trató de pasar por una puerta escondida a la
casa contigua que era la de la duquesa viuda de Osuna. No le fue dado
fugarse por aquella parte, y entonces se subió a los desvanes, y en
el más desconocido se ocultó metiéndose en un rollo de esteras. Allí
permaneció desde aquella noche por el espacio de 36 horas privado
de toda bebida y con la inquietud y desvelo propio de su crítica y
angustiada posición. Acosado de la sed tuvo al fin que salir de su
molesto y desdichado asilo. Conocido por un centinela de guardias
valonas que al instante gritó a las armas, no usó de unas pistolas que
consigo traía, fuera cobardía o más bien desmayo con el largo padecer.
Sabedor el pueblo de que se le había encontrado se agolpó hacia su
casa, y hubiera allí perecido si una partida de guardias de Corps no
le hubiese protegido a tiempo. Condujéronle estos a su cuartel, y en
el tránsito acometiéndole la gente con palas, estacas y todo género de
armas e instrumentos procuraba matarle o herirle buscando camino a
sus furibundos golpes por entre los caballos y los guardias, quienes
escudándole le libraron de un trágico y desastroso fin. Para mayor
seguridad, creciendo el tumulto, aceleraron los guardias el paso, y el
desgraciado preso en medio y apoyándose sobre los arzones de las sillas
de dos caballos seguía su levantado trote ijadeando, sofocado y casi
llevado en vilo. La travesía considerable que desde su casa había al
paraje adonde le conducían, sobre todo teniendo que cruzar la espaciosa
plazuela de San Antonio, hubiera dado mayor facilidad al furor popular
para acabar con su vida, si temerosos los que le perseguían de herir a
alguno de los de la escolta no hubiesen asestado sus tiros de un modo
incierto y vacilante. Así fue que aunque magullado y contuso en varias
partes de su cuerpo, solo recibió una herida algo profunda sobre una
ceja. En tanto avisado Carlos IV de lo que pasaba ordenó a su hijo
que corriera sin tardanza y salvara la vida de su malhadado amigo.
Llegó el príncipe al cuartel adonde le habían traído preso, y con su
presencia contuvo a la multitud. Entonces diciéndole Fernando que le
perdonaba la vida, conservó bastante serenidad para preguntarle a pesar
del terrible trance «si era ya rey» a lo que le respondió «todavía no,
pero luego lo seré.» Palabras notables y que demuestran cuán cercana
creía su exaltación al solio. Aquietado el pueblo con la promesa que
el príncipe de Asturias le reiteró muchas veces de que el preso sería
juzgado y castigado conforme a las leyes, se dispersó y se recogió
cada uno tranquilamente a su casa. Godoy desposeído de su grandeza
volvió adonde había habitado antes de comenzarse aquella, y maltratado
y abatido quedó entregado en su soledad a su incierta y horrenda
suerte. Casi todos a excepción de los reyes padres le abandonaron, que
la amistad se eclipsa al llegar el nublado de la desgracia. Y aquel a
cuyo nombre la mayor parte de la monarquía todavía temblaba, echado
sobre unas pajas y hundido en la amargura, era quizá más desventurado
que el más desventurado de sus habitantes. Así fue derrocado de la
cumbre del poder este hombre que de simple guardia de Corps se alzó
en breve tiempo a las principales dignidades de la corona, y se vio
condecorado con sus órdenes y distinguido con nuevos y exorbitantes
honores. ¿Y cuáles fueron los servicios para tanto valimiento; cuáles
los singulares hechos que le abrieron la puerta y le dieron suave y
fácil subida a tal grado de sublimada grandeza? Pesa el decirlo. La
desenfrenada corrupción y una privanza fundada, ¡oh baldón!, en la
profanación del tálamo real. Menester sería que retrocediésemos hasta
Don Beltrán de la Cueva para tropezar en nuestra historia con igual
mancilla, y aun entonces si bien aquel valido de Enrique IV principió
su afortunada carrera por el modesto empleo de paje de lanza, y se
encaminó como Godoy por la senda del deshonor regio, nunca remontó su
vuelo a tan desmesurada altura, teniendo que partir su favor con Don
Juan Pacheco, y cederle a veces al temido y fiero rival.
[Marginal: Retrato de Godoy.]
Don Manuel Godoy había nacido en Badajoz en 12 de mayo de 1767, de
familia noble pero pobre. Su educación había sido descuidada; profunda
era su ignorancia. Naturalmente dotado de cierto entendimiento, y
no falto de memoria, tenía facilidad para enterarse de los negocios
puestos a su cuidado. Vario e inconstante en sus determinaciones
deshacía en un día y livianamente lo que en otro sin más razón había
adoptado y aplaudido. Durante su ministerio de estado, a que ascendió
en los primeros años de su favor, hizo convenios solemnes con Francia
perjudiciales y vergonzosos; primer origen de la ruina y desolación de
España. Desde el tiempo de la escandalosa campaña de Portugal mandó
el ejército con el título de generalísimo; no teniendo a sus ojos la
ilustre profesión de las armas otro atractivo ni noble cebo que el de
los honores y sueldos; nunca se instruyó en los ejercicios militares;
nunca dirigió ni supo las maniobras de los diversos cuerpos; nunca se
acercó al soldado ni se informó de sus necesidades o reclamaciones;
nunca en fin organizó la fuerza armada de modo que la nación en caso
oportuno pudiera contar con un ejército pertrechado y bien dispuesto,
ni él con amigos y partidarios firmes y resueltos: así la tropa
fue quien primero le abandonó. Reducíase su campo de instrucción a
una mezquina parada que algunas veces ofrecía delante de su casa a
manera de espectáculo a los ociosos de la capital y a sus bajos y por
desgracia numerosos aduladores: ridículo remedo de las paradas que
en París solía tener Napoleón. Tan pronto protegía a los hombres de
saber y respeto, tan pronto los humillaba. Al paso que fomentaba una
ciencia particular, o creaba una cátedra, o sostenía alguna mejora,
dejaba que el marqués Caballero, enemigo declarado de la ilustración
y de los buenos estudios, imaginase un plan general de instrucción
pública para todas las universidades incoherente y poco digno del
siglo, permitiéndole también hacer en los códigos legales omisiones y
alteraciones de suma importancia. Aunque confinaba lejos de la corte
y desterraba a cuantos creía desafectos suyos o le desagradaban,
ordinariamente no llevaba más allá sus persecuciones ni fue cruel por
naturaleza: solo se mostró inhumano y duro con el ilustre Jovellanos.
Sórdido en su avaricia vendía como en pública almoneda los empleos,
las magistraturas, las dignidades, los obispados, ya para sí, ya para
sus amigas, o ya para saciar los caprichos de la reina. La hacienda
fue entregada a arbitristas más bien que a hombres profundos en este
ramo, teniéndose que acudir a cada paso a ruinosos recursos para salir
de los continuos tropiezos causados por el derroche de la corte y por
gravosas estipulaciones. Desembozado y suelto en sus costumbres dio
ocasión a que entre el vulgo se pusiese en crédito el esparcido rumor
de estar casado con dos mujeres: habiéndose dicho que era una Doña
María Teresa de Borbón, prima carnal del rey, que fue considerada como
la verdadera, y otra Doña Josefa Tudó, su particular amiga, de buena
índole y de condición apacible, y tan aficionada a su persona que quiso
consignar en la gracia que se le acordó de condesa de _Castillo-Fiel_
el timbre de su incontrastable fidelidad. Conteníale a veces en sus
prontos y violentos arrebatos. Godoy en el último año llegó al ápice de
su privanza, habiendo recibido con la dignidad de grande almirante el
tratamiento de alteza, distinción no concedida antes en España a ningún
particular. Su fausto fue extremado, su acompañamiento espléndido, su
guardia mejor vestida y arreada que la del rey: honrado en tanto grado
por su soberano fue acatado por casi todos los grandes y principales
personajes de la monarquía. ¡Qué contraste verle ahora y comparar su
suerte con aquella en que aún brillaba dos días antes! Situación que
recuerda la del favorito Eutropio que tan elocuentemente nos pinta uno
de los primeros padres de la Iglesia griega.[*] [Marginal: (* San Juan
Crisóstomo: Ap. n. 2-4.)] «Todo pereció, dice; una ráfaga de viento
soplando reciamente despojó aquel árbol de sus hojas, y nos le mostró
desnudo y conmovido hasta en su raíz... ¿quién había llegado a tanta
excelsitud? ¿No aventajaba a todos en riquezas? ¿no había subido a
las mayores dignidades? ¿No le temían todos y temblaban a su nombre?
Y ahora más miserable que los hombres que están presos y aherrojados;
más necesitado que el último de los esclavos y mendigos, solo ve
agudas armas vueltas contra su persona; solo ve destrucción y ruina,
los verdugos y el camino de la muerte.» Pasmosa semejanza y tal que en
otros tiempos hubiera llevado visos de sobrehumana profecía.
[Marginal: Tercer movimiento de Aranjuez.]
Encerrado el príncipe de la Paz en el cuartel de guardias de Corps,
y retirado el pueblo, como hemos dicho, a instancias y en virtud de
las promesas que le hizo el príncipe de Asturias, se mantuvo quieto
y sosegado, hasta que a las dos de la tarde un coche con seis mulas a
la puerta de dicho cuartel movió gran bulla, habiendo corrido la voz
que era para llevar al preso a la ciudad de Granada. El pueblo en un
instante cortó los tirantes de las mulas y descompuso y estropeó el
coche.
El rey Carlos y la reina María Luisa sobrecogidos con las nuevas
demostraciones del furor popular, temieron peligrase la vida de su
desgraciado amigo. [Marginal: Abdicación de Carlos IV el 19 de marzo.]
El rey achacoso y fatigado con los desusados bullicios, persuadido
además por las respetuosas observaciones de algunos que en tal aprieto
le representaron como necesaria la abdicación en favor de su hijo, y
sobre todo creyendo juntamente con su esposa que aquella medida sería
la sola que podría salvar la vida a Don Manuel Godoy, resolvió convocar
para las siete de la noche del mismo día 19 a todos los ministros del
despacho y renunciar en su presencia la corona, colocándola en las
sienes del príncipe heredero. Este acto fue concebido en los términos
siguientes: «Como [*] [Marginal: (* Ap. n. 2-5.)] los achaques de que
adolezco no me permiten soportar por más tiempo el grave peso del
gobierno de mis reinos, y me sea preciso para reparar mi salud gozar
en un clima más templado de la tranquilidad de la vida privada, he
determinado después de la más seria deliberación abdicar mi corona en
mi heredero y mi muy caro hijo el príncipe de Asturias. Por tanto es mi
real voluntad que sea reconocido y obedecido como rey y señor natural
de todos mis reinos y dominios. Y para que este mi real decreto de
libre y espontánea abdicación tenga su éxito y debido cumplimiento,
lo comunicaréis al consejo y demás a quien corresponda. — Dado en
Aranjuez a 19 de marzo de 1808. — Yo el rey. — A Don Pedro Cevallos.»
Divulgada por el sitio la halagüeña noticia, fue indecible el contento
y la alegría; y corriendo el pueblo a la plazuela de palacio, al
cerciorarse de tamaño acontecimiento unánimemente prorrumpió en
víctores y aplausos. El príncipe después de haber besado la mano a su
padre se retiró a su cuarto en donde fue saludado como nuevo rey por
los ministros, grandes y demás personas que allí asistían.
[Marginal: Conmoción de Madrid del 19 y 20 de marzo.]
En Madrid se supo en la tarde del 19 la prisión de Don Manuel
Godoy, y al anochecer se agrupó y congregó el pueblo en la plazuela
del Almirante, así denominada desde el ensalzamiento de aquel a
esta dignidad, y sita junto al palacio de los duques de Alba. Allí
levantando gran gritería con _vivas_ al rey y _mueras_ contra la
persona del derribado valido, acometieron los amotinados su casa
inmediata al paraje de la reunión, y arrojando por las ventanas muebles
y preciosidades, quemáronlo todo sin que nada se hubiese robado ni
escondido. Después, distribuidos en varios bandos, y saliendo otros
de puntos distintos con hachas encendidas, repitieron la misma escena
en varias casas, y señaladamente recibieron igual quebranto en las
suyas la madre del príncipe de la Paz, su hermano Don Diego, su cuñado
marqués de Branciforte, los ex-ministros Álvarez y Soler, y Don Manuel
Sixto Espinosa, conservándose en medio de las bulliciosas asonadas una
especie de orden y concierto.
Siendo universal el júbilo con la caída de Godoy, fue colmado entre
los que supieron a las once de la noche que Carlos IV había abdicado.
Pero como era tarde la noticia no cundió bastantemente por el pueblo
hasta el día siguiente, domingo, confirmándose de oficio por carteles
del consejo que anunciaban la exaltación de Fernando VII. Entonces el
entusiasmo y gozo creció a manera de frenesí, llevando en triunfo por
todas las calles el retrato del nuevo rey, que fue al último colocado
en la fachada de la casa de la Villa. Continuó la algazara y la alegría
toda aquella noche del 20; pero habiéndose ya notado en ella varios
excesos, fueron inmediatamente reprimidos por el consejo, y por orden
suya cesó aquel nuevo género de regocijos.
[Marginal: Alborotos en las provincias.]
En las más de las ciudades y pueblos del reino hubo también fiesta
y motín, arrastrando el retrato de Godoy que los mismos pueblos
habían a sus expensas colocado en las casas consistoriales: si bien
es verdad que ahora su imagen era abatida y despedazada con general
consentimiento, y antes habían sido muy pocos los que la habían erigido
y reverenciado buscando por este medio empleos y honores en la única
fuente de donde se derivaban las gracias: el pueblo siempre reprobó con
expresivo murmullo aquellas lisonjas de indignos conciudadanos.
[Marginal: Juicio sobre la abdicación de Carlos IV.]
Fue tal el gusto y universal contento, ya con la caída de Don Manuel
Godoy y ya también con la abdicación de Carlos IV, que nadie reparó
entonces en el modo con que este último e importante acto se había
celebrado, y si había sido o no concluido con entera y cumplida
libertad: todos lo creían así llevados de un mismo y general deseo.
Sin embargo graves y fundadas dudas se suscitaron después. Por una
parte Carlos IV se había mostrado a veces propenso a alejarse de los
negocios públicos, y María Luisa en su correspondencia declara que tal
era su intención cuando su hijo se hubiera casado con una princesa de
Francia. Confirmó su propósito Carlos al recibir al cuerpo diplomático
con motivo de su abdicación, pues dirigiendo la palabra a Mr. de
Strogonoff, ministro de Rusia, le dijo: «En mi vida he hecho cosa con
más gusto.» Pero por otra parte es de notar que la renuncia fue firmada
en medio de una sedición, no habiendo Carlos IV en la víspera de
aquel día dado indicio de querer tan pronto efectuar su pensamiento,
porque exonerando al príncipe de la Paz del mando del ejército y de la
marina se encargó el mismo rey del manejo supremo. En la mañana del
19 tampoco anunció cosa alguna relativa a su próxima abdicación; y
solo al segundo alboroto en la tarde y cuando creyó juntamente con la
reina poner a salvo por aquel medio a su caro favorito, resolvió ceder
el trono y retirarse a vida particular. El público, lejos de entrar en
el examen de tan espinosa cuestión, censuró amargamente al consejo,
porque conforme a su formulario había pasado a informe de sus fiscales
el acto de la abdicación: también se le reprendió con severidad
por los ministros del nuevo rey, ordenándole que inmediatamente lo
publicase, como lo verificó el 20 a las tres de la tarde. El consejo
obró de esta manera por conservar la fórmula con que acostumbraba
proceder en sus determinaciones, y no con ánimo de oponerse y menos
aún con el de reclamar los antiguos usos y prácticas de España. Para
lo primero ni tenía interés, ni le era dado resistir al torrente del
universal entusiasmo manifestado en favor de Fernando; y para lo
segundo, pertinaz enemigo de cortes o de cualquiera representación
nacional, más bien se hubiera mostrado opuesto que inclinado a indicar
o promover su llamamiento. Sin embargo para desvanecer todo linaje
de dudas, conveniente hubiera sido repetir el acto de la abdicación
de un modo más solemne y en ocasión más tranquila y desembarazada.
Los acontecimientos que de repente sobrevinieron pudieron servir de
fundada disculpa a aquella omisión; mas parándonos a considerar quiénes
eran los íntimos consejeros de Fernando, cuáles sus ideas y cuál su
posterior conducta, podemos afirmar sin riesgo que nunca hubieran
para aquel objeto congregado cortes, graduando su convocación de
intempestiva y peligrosa. Con todo su celebración a ser posible hubiera
puesto a la renuncia de Carlos IV [conformándose con los antiguos usos
de España] un sello firme e incontrastable de legitimidad. Congregar
cortes para asunto de tanta gravedad fue constante costumbre nunca
olvidada en las muchas renuncias que hubo en los diferentes reinos
de España. Las de Doña Berenguela y la intentada por Don Juan I en
Castilla; la de Don Ramiro el monje en Aragón con todas las otras más
o menos antiguas fueron ejecutadas y cumplidas con la misma solemnidad,
hasta que la introducción de dinastías extranjeras alteró práctica tan
fundamental, siendo al parecer lamentable prerrogativa de aquellos
príncipes atropellar nuestros fueros, conservar nuestros vicios, y
olvidándose de lo bueno que en su patria dejaban, traernos solamente
lo perjudicial y nocivo. Así fue que en las dos célebres cesiones de
Carlos I y Felipe V no se llamó a cortes ni se guardaron las antiguas
formalidades. Verdad es que no hubo ni en una ni en otra asomo de
violencia, y a la de [*] [Marginal: (* Ap. n. 2-6.)] Carlos I celebrada
en Bruselas públicamente con gran pompa y aparato asistieron además
muchos grandes. La de Felipe V fue más silenciosa, poniendo en esta
parte nuestros monarcas más y más en olvido la respetable antigüedad
según que se acercaban a nuestro tiempo. El rey dijo que obraba [*]
[Marginal: (* Ap. n. 2-7.)] «con consentimiento y de conformidad con la
reina su muy cara y muy amada esposa.» Singular modo de autorizar acto
de tanta trascendencia y de interés tan general. La opinión entonces a
pesar de estar reprimida no quedó satisfecha, pues los «jurisperitos y
los mismos del consejo real,[*] [Marginal: (* Ap. n. 2-8.)] nos dice
el marqués de San Felipe, veían que no era válida la renuncia no hecha
con acuerdo de sus vasallos... pero nadie replicó, pues al consejo real
no se le preguntó sobre la validación de la renuncia, sino se le mandó
que obedeciese el decreto...» Ahora lo mismo: ni a nadie se le preguntó
cosa alguna, ni nadie replicó esperándolo todo de la caída de Godoy y
del ensalzamiento de Fernando: imprevisión propia de las naciones que
entregándose ciegamente a la sola y casual sucesión de las personas,
no buscan en las leyes e instituciones el sólido fundamento de su
felicidad.
[Marginal: Ministros del nuevo monarca.]
Exaltado al solio Fernando VII del nombre, conservó por de pronto a
los mismos ministros de su padre, pero sucesivamente removió a los más
de ellos. Fue el primero que estuvo en este caso Don Miguel Cayetano
Soler, dotado de cierto despejo, y que encargado de la hacienda fue
más bien arbitrista que hombre verdaderamente entendido en aquel
ramo. Se puso en su lugar a Don Miguel José de Azanza, antiguo virrey
de Méjico, quien confinado en Granada gozaba del concepto de hombre
de mucha probidad. Quedó en estado Don Pedro Cevallos con decreto
honorífico para que no le perjudicase su enlace con una prima hermana
del príncipe de la Paz. Teníanle en el reinado anterior por cortesano
dócil, estaba adornado de cierta instrucción, y si bien no descuidó
los intereses personales y de familia, pasó en la corrompida corte de
Carlos IV por hombre de bien. Se notó posteriormente en su conducta
propensión fácil a acomodarse a varios y encontrados gobiernos.
Continuó al frente de la marina Don Francisco Gil y Lemus, anciano
respetable y de carácter entero y firme. Sucedió a pocos días en
guerra al enfermizo y ceremonioso Don Antonio Olaguer Feliú el general
Don Gonzalo Ofárril, recién venido de Toscana, en donde había mandado
una división española. Gozaba créditos de hombre de saber y de más
aventajado militar. Empezó por nombrársele director general de
artillería, y elevado al ministerio fue acometido de una enfermedad
grave que causó vivo y general sentimiento: tanta era la opinión de que
gozaba, la cual hubiera conservado intacta si la suerte de que todos se
lamentaban hubiera terminado su carrera. El marqués Caballero, ministro
de gracia y justicia, enemigo del saber, servidor atento y solícito
de los caprichos licenciosos de la reina, perseguidor del mérito y de
los hombres esclarecidos, había sido hasta entonces universalmente
despreciado y aborrecido. Viendo en marzo a qué lado se inclinaba la
fortuna, varió de lenguaje y de conducta, y en tanto grado que se le
creyó por algún tiempo autor en parte de lo acaecido en Aranjuez: debió
a su oportuna mudanza habérsele conservado en su ministerio durante
algunos días. Pero perseguido por su anterior desconcepto y ofreciendo
poca confianza, pasó en cambio de su puesto a ser presidente de uno de
los consejos: contribuyó mucho a su separación el haber maliciosamente
retardado cuatro días el despacho de la orden que llamaba a Madrid
de su confinamiento a Don Juan Escóiquiz. Entró en el despacho de
gracia y justicia Don Sebastián Piñuela, ministro anciano del consejo.
Se alzaron los destierros a Don Mariano Luis de Urquijo, al conde
de Cabarrús y al sabio y virtuoso Don Gaspar Melchor de Jovellanos,
víctima la más desgraciada y con más saña perseguida en la privanza de
Godoy. También fueron llamados todos los individuos comprendidos en la
causa del Escorial, mereciendo entre ellos particular mención Don Juan
Escóiquiz, el duque del Infantado y el de San Carlos.
[Marginal: Escóiquiz.]
Era Don Juan Escóiquiz hijo de un general y natural de Navarra.
Educado en la casa de pajes del rey, prefirió al estruendo de las
armas el quieto y pacífico estado eclesiástico, y obtuvo una canonjía
en la catedral de Zaragoza de donde pasó a ser maestro del príncipe
de Asturias. En el nuevo y honroso cargo en vez de formar el tierno
corazón de su augusto discípulo infundiendo en él máximas de virtud
y tolerancia; en vez de enriquecer su mente y adornarla de útiles y
adecuados conocimientos, se ocupó más bien en intrigas y enredos de
corte ajenos de su estado, y sobre todo de su magisterio. Queriendo
derribar a Godoy se atrajo su propia desgracia y se le alejó de la
enseñanza del príncipe, dándole en la iglesia de Toledo el arcedianato
de Alcaraz. Desde allí continuó sus secretos manejos, hasta que al
fin de resultas de la causa del Escorial se le confinó al convento
del Tardón. Aficionado a escribir en prosa y verso no descolló en
las letras más que en la política. Tradujo del inglés, con escaso
numen, el _Paraíso perdido_ de Milton, y de sus obras en prosa debe
en particular mencionarse una defensa que publicó del tribunal de la
Inquisición; parto torcido de su poco venturoso ingenio. Fue siempre
ciego admirador de Bonaparte, y creciendo de punto su obcecación
comprometió con ella al príncipe su discípulo, y sepultó al reino en
un abismo de desgracias. Presumido y ambicioso, somero en su saber,
sin conocimiento práctico del corazón humano y menos de la corte y
de los gobiernos extraños, se imaginó que, cual otro Jiménez de
Cisneros, desde el rincón de su coro de Toledo saliendo de nuevo al
mundo, regiría la monarquía y sujetaría a la estrecha y limitada
esfera de su comprensión la extensa y vasta del indomable emperador
de los franceses. Condecorado con la gran cruz de Carlos III, fue
nombrado por el nuevo rey consejero de Estado, y como tal asistió a
las importantes discusiones de que hablaremos muy pronto. [Marginal:
El duque del Infantado.] El duque del Infantado dado al estudio de
algunas ciencias, fomentador en sus estados de la industria y de
ciertas fábricas, gozaba de buen nombre, realzado por su riqueza, por
el lustre de su casa, y principalmente por las persecuciones que su
desapego al príncipe de la Paz le habían acarreado. Como coronel ahora
de guardias españolas y presidente del consejo real tomó parte en los
arduos negocios que ocurrieron, y no tardó en descubrir la flojedad
y distracción de su ánimo, careciendo de aquella energía y asidua
aplicación que se requiere en las materias graves. Tan cierto es que
hombres cuyo concepto ha brillado en la vida privada o en tiempos
serenos, se eclipsan si son elevados a puesto más alto, o si alcanzan
días turbulentos y borrascosos. [Marginal: El duque de San Carlos.]
Dio la América el ser al duque de San Carlos, quien después de haber
hecho la campaña contra Francia en 1793, fue nombrado ayo del príncipe
de Asturias, y desterrado al fin de la corte con motivo de la causa
del Escorial. La reina María Luisa decía que era el más falso de todos
los amigos de su hijo; pero sin atenernos ciegamente a tan parcial
testimonio, cierto es que durante la privanza de Godoy no mostró
respecto del favorito el mismo desvío que el duque del Infantado, y
solícito lisonjero buscó en su genealogía el modo de entroncarse y
emparentar con el ídolo a quien tantos reverenciaban. Escogido para
mayordomo mayor en lugar del marqués de Mos, estuvo especialmente a
su cargo, junto con el del Infantado y Escóiquiz, dirigir la nave del
estado en medio del recio temporal que había sobrevenido, e inexperto
y desavisado la arrojó contra conocidos escollos tan desatentadamente
como sus compañeros.
[Marginal: Primeras providencias del nuevo reinado.]
Fueron las primeras providencias del nuevo reinado o poco importantes o
dañosas al interés público, empezándose ya entonces el fatal sistema de
echar por tierra lo actual y existente, sin otro examen que el de ser
obra del gobierno que había antecedido. Se abolía la superintendencia
general de policía creada el año anterior, y se dejaba resplandeciente
y viva la horrible Inquisición. Permitíase en los sitios y bosques
reales la destrucción de alimañas, y se suspendía la venta del séptimo
de los bienes eclesiásticos concedida y aprobada dos años antes por
bula del Papa: medida necesaria y urgentísima en España, obstruida en
su prosperidad con la embarazosa traba del casi total estancamiento
de la propiedad territorial; medida que, repetimos, hubiera convenido
mantener con firmeza, cuidando solamente de que se invirtiese el
producto de la venta en procomunal. Se suprimió también un impuesto
sobre el vino con el objeto de halagar a los contribuyentes, como si
abandonando el verdadero y sólido interés del estado no fuera muy
reprensible dejarse llevar de una mal entendida y efímera popularidad.
Pero aquellas providencias fueran o no oportunas, apenas fijaron la
atención de España, inquieto el ánimo con el cúmulo de acontecimientos
que unos en pos de otros sobrevinieron y se atropellaron.
[Marginal: Proceso del príncipe de la Paz y de otros, 23 de marzo.]
El príncipe de la Paz en la mañana del 23 de marzo había sido
trasladado desde Aranjuez al castillo de Villaviciosa, escoltándole los
guardias de corps a las órdenes del marqués de Castelar, comandante
de alabarderos, y allí fue puesto en juicio. Fuéronlo igualmente su
hermano Don Diego, el ex-ministro Soler, Don Luis Viguri, antiguo
intendente de la Habana, el corregidor de Madrid Don José Marquina,
el tesorero general Don Antonio Noriega, el director de la caja de
consolidación Don Miguel Sixto Espinosa, Don Simón de Viegas, fiscal
del consejo, y el canónigo Don Pedro Estala, distinguido como literato.
Para procesar a muchos de ellos no hubo otro motivo que el de haber
sido amigos de Don Manuel Godoy, y haberle tributado esmerado obsequio;
delito, si lo era, en que habían incurrido todos los cortesanos y
algunos de los que todavía andaban colocados en dignidades y altos
puestos. Se confiscaron por decreto del rey los bienes del favorito,
aunque las leyes del reino entonces vigentes autorizaban solo el
embargo y no la confiscación, puesto que para imponer la última pena
debía preceder juicio y sentencia legal, no exceptuándose ni aquellos
casos en que el individuo era acusado del crimen de lesa majestad.
Además conviene advertir que no obstante la justa censura que merecía
la ruinosa administración de Godoy, en un gobierno como el de Carlos
IV, que no reconocía límite ni freno a la voluntad del soberano,
difícilmente hubiera podido hacérsele ningún cargo grave, sobre todo
habiendo seguido Fernando por la pésima y trillada senda que su padre
le había dejado señalada. El valido había procedido en el manejo de
los negocios públicos autorizado con la potestad indefinida de Carlos
IV, no habiéndosele puesto coto ni medida, y lejos de que hubiese
aquel soberano reprobado su conducta después de su desgracia, insistió
con firmeza en sostenerle y en ofrecer a su caído amigo el poderoso
brazo de su patrocinio y amparo. Situación muy diversa de la de Don
Álvaro de Luna, desamparado y condenado por el mismo rey a quien debía
su ensalzamiento. Don Manuel Godoy, escudado con la voluntad expresa
y absoluta de Carlos, solo otra voluntad opresora e ilimitada podía
atropellarle y castigarle; medio legalmente atroz e injusto, pero
debido pago a sus demasías, y correspondiente a las reglas que le
habían guiado en tiempo de su favor.
[Marginal: Grandes enviados para obsequiar a Murat y a Napoleón.]
Pasados los primeros días de ceremonia y públicos regocijos se
volvieron los ojos a los huéspedes extranjeros que insensiblemente se
aproximaban a la capital. La nueva corte soñando felicidades y pensando
en efectuar el tan ansiado casamiento de Fernando con una princesa de
la sangre imperial de Francia, se esmeró en dar muestras de amistad y
afecto al emperador de los franceses y a su cuñado Murat, gran duque de
Berg. Fue al encuentro de este para obsequiarle y servirle el duque del
Parque, y salieron en busca del deseado Napoleón, con el mismo objeto
los duques de Medinaceli y de Frías, y el conde de Fernán Núñez.
[Marginal: Avanza Murat hacia Madrid.]
Ya hemos indicado como las tropas francesas se avanzaban hacia Madrid.
El 15 de marzo había Murat salido de Burgos, continuando después su
marcha por el camino de Somosierra. Traía consigo la guardia imperial,
numerosa artillería y el cuerpo de ejército del mariscal Moncey, al que
reemplazaba el de Bessières en los puntos que aquel iba desocupando.
Dupont también se avanzaba por el lado de Guadarrama con toda su
fuerza, a excepción de una división que dejó en Valladolid para
observar las tropas españolas de Galicia. Se había con particularidad
encargado a Murat que se hiciera dueño de la cordillera que divide las
dos Castillas, antes que se apoderase de ella Solano u otras tropas;
igualmente se le previno que interceptara los correos, con otras
instrucciones secretas, cuya ejecución no tuvo lugar a causa de la
sumisa condescendencia de la nueva corte.
Murat, inquieto y receloso con lo acaecido en Aranjuez, no quiso
dilatar más tiempo la ocupación de Madrid, y el 23 entró en la capital
llevando delante, con deseo de excitar la admiración, la caballería
de la guardia imperial, y lo más escogido y brillante de su tropa,
y rodeado él mismo de un lujoso séquito de ayudantes y oficiales
de estado mayor. No correspondía la infantería a aquella primera y
ostentosa muestra, constando en general de conscriptos y gente bisoña.
El vecindario de Madrid, si bien ya temeroso de las intenciones de los
franceses, no lo estaba a punto que no los recibiese afectuosamente,
ofreciéndoles por todas partes refrescos y agasajos. Contribuía no poco
a alejar la desconfianza el traer a todos embelesados las importantes
y repentinas mudanzas sobrevenidas en el gobierno. Solo se pensaba en
ellas y en contarlas y referirlas una y mil veces; ansiando todos ver
con sus propios ojos y contemplar de cerca al nuevo rey, en quien se
fundaban lisonjeras e ilimitadas esperanzas, tanto mayores cuanto así
descansaba el ánimo fatigado con el infausto desconcierto del reinado
anterior.
[Marginal: Entrada de Fernando en Madrid en 24 de marzo.]
Fernando, cediendo a la impaciencia pública, señaló el día 24 de marzo
para hacer su entrada en Madrid. Causó el solo aviso indecible
contento, saliendo a aguardarle en la víspera por la noche numeroso
gentío de la capital, y concurriendo al camino con no menor diligencia
y afán todos los pueblos de la comarca. Rodeado de tan nuevo y
grandioso acompañamiento llegó a las Delicias, desde donde por la
puerta de Atocha entró en Madrid a caballo, siguiendo el paseo del
Prado, y las calles de Alcalá y Mayor hasta palacio. Iban detrás y en
coche los infantes Don Carlos y Don Antonio. Testigos de aquel día de
placer y holganza, nos fue más fácil sentirle que nos será dar de él
ahora una idea perfecta y acabada. Horas enteras tardó el rey Fernando
en atravesar desde Atocha hasta palacio: con escasa escolta, por
doquiera que pasaba, estrechado y abrazado por el inmenso concurso,
lentamente adelantaba el paso, tendiéndosele al encuentro las capas
con deseo de que fueran holladas por su caballo: de las ventanas se
tremolaban los pañuelos, y los vivas y clamores saliendo de todas las
bocas se repetían y resonaban en plazuelas y calles, en tablados y
casas, acompañados de las bendiciones más sinceras y cumplidas. Nunca
pudo monarca gozar de triunfo más magnífico ni más sencillo; ni nunca
tampoco contrajo alguno obligación más sagrada de corresponder con todo
ahínco al amor desinteresado de súbditos tan fieles.
[Marginal: Conducta impropia de Murat.]
Murat oscurecido y olvidado con la universal alegría, procuró recordar
su presencia con mandar que algunas de sus tropas maniobrasen en medio
de la carrera por donde el rey había de pasar. Desagradó orden tan
inoportuna en aquel día, como igualmente el que no estando satisfecho
con el alojamiento que se le había dado en el Buen Retiro, por sí y
militarmente, sin contar con las autoridades, se hubiese mudado a la
antigua casa del príncipe de la Paz, inmediata al convento de Doña
María de Aragón. Acontecimientos eran estos de leve importancia,
pero que influyeron no poco en indisponer los ánimos del vecindario.
Aumentose el disgusto a vista del desvío que mostró el mismo Murat
con el nuevo rey, desvío imitado por el embajador Beauharnais, único
individuo del cuerpo diplomático que no le había reconocido. La
corte disculpaba a entrambos con la falta de instrucciones, debida
a lo impensado de la repentina mudanza; mas el pueblo comparando el
anterior lenguaje de dicho embajador amistoso y solícito con su fría
actual indiferencia, atribuía la súbita transformación a causa más
fundamental. Así fue que la opinión, respecto de los franceses, de día
en día fue trocándose y tomando distinto y contrario rumbo.
[Marginal: Opinión de España sobre Napoleón.]
Hasta entonces, si bien algunos se recelaban de las intenciones de
Napoleón, la mayor parte solo veía en su persona un apoyo firme de la
nación y un protector sincero del nuevo monarca. La perfidia de la toma
de las plazas u otros sucesos de dudosa interpretación, los achacaban a
viles manejos de Don Manuel Godoy o a justas precauciones del emperador
de los franceses. Equivocado juicio sin duda, mas nada extraño en un
país privado de los medios de publicidad y libre discusión que sirven
para ilustrar y rectificar los extravíos de las opiniones. De cerca
habían todos sentido las demasías de Godoy, y de Napoleón solo y de
lejos se habían visto sus pasmosos hechos y maravillosas campañas. Los
diarios de España, o más bien la miserable Gaceta de Madrid, eco de los
papeles de Francia, y unos y otros esclavizados por la censura previa,
describían los sucesos y los amoldaban a gusto y sabor del que en
realidad dominaba acá y allá de los Pirineos. Por otra parte el clero
español, habiendo visto que Napoleón había levantado los derribados
altares, prefería su imperio y señorío a la irreligiosa y perseguidora
dominación que le había precedido. No perdían los nobles la esperanza
de ser conservados y mantenidos en sus privilegios y honores por aquel
mismo que había creado órdenes de caballería, y erigido una nueva
nobleza en la nación en donde pocos años antes había sido abolida y
proscrita. Miraban los militares como principal fundamento de su gloria
y engrandecimiento al afortunado caudillo, que para ceñir sus sienes
con la corona no había presentado otros abuelos ni otros títulos que su
espada y sus victorias. Los hombres moderados, los amantes del orden y
del reposo público, cansados de los excesos de la revolución, respetaban
en la persona del emperador de los franceses al severo magistrado
que con vigoroso brazo había restablecido concierto en la hacienda y
arreglo en los demás ramos. Y si bien es cierto que el edificio que
aquel había levantado en Francia no estribaba en el duradero cimiento
de instituciones libres, valladar contra las usurpaciones del poder,
había entonces pocos en España y contados eran los que extendían tan
allá sus miras.
[Marginal: Juicio sobre la conducta de Napoleón.]
Napoleón bien informado del buen nombre con que corría en España, cobró
aliento para intentar su atrevida empresa, posible y hacedera a haber
sido conducida con tino y prudente cordura. Para alcanzar su objeto dos
caminos se le ofrecieron, según la diversidad de los tiempos. Antes
de la sublevación de Aranjuez la partida y embarco para América de la
familia reinante era el mejor y más acomodado. Sin aquel impensado
trastorno, huérfana España y abandonada de sus reyes hubiera saludado a
Napoleón como príncipe y salvador suyo. La nueva dominación fácilmente
se hubiera afianzado, si adoptando ciertas mejoras hubiera respetado
el noble orgullo nacional y algunas de sus anteriores costumbres y
aun preocupaciones. Acertó pues Napoleón cuando vio en aquel medio el
camino más seguro de enseñorearse de España, procediendo con grande
desacuerdo desde el momento en que desbaratado por el acaso su primer
plan, no adoptó el único y obvio que se le ofrecía en el casamiento de
Fernando con una princesa de la familia imperial: hubiera hallado en su
protegido un rey más sumiso y reverente que en ninguno de sus hermanos.
Cuando su viaje a Italia, no había Napoleón desechado este pensamiento,
y continuó en el mismo propósito durante algún tiempo, si bien con más
tibieza. El ejemplo de Portugal le sugirió más tarde la idea de repetir
en España lo que su buena suerte le había proporcionado en el país
vecino. Afirmose en su arriesgado intento después que sin resistencia
se había apoderado de las plazas fuertes, y después que vio a su
ejército internado en las provincias del reino. Resuelto a su empresa
nada pudo ya contenerle.
Esperaba con impaciencia Napoleón el aviso de haber salido para
Andalucía los reyes de España, a la misma sazón que supo el importante
e inesperado acontecimiento de Aranjuez. [Marginal: Propuesta de
Napoleón a su hermano Luis.] Desconcertado al principio con la
noticia, no por eso quedó largo tiempo indeciso; y obstinado y tenaz
en nada alteró su primera determinación. Claramente nos lo prueba un
importante documento. Había el sábado en la noche 26 de marzo recibido
en Saint-Cloud un correo con las primeras ocurrencias de Aranjuez,
y otro pocas horas después con la abdicación de Carlos IV. Hasta
entonces solo él era sabedor de lo que contra España maquinaba: sin
compromiso y sin ofensa del amor propio hubiera podido variar su plan.
Sin embargo al día siguiente, el 27 del mismo, decidido a colocar en
el trono de España a una persona de su familia, escribió con aquella
fecha a su hermano Luis rey de Holanda.[*] [Marginal: (* Ap. n. 2-9.)]
«El rey de España acaba de abdicar la corona, habiendo sido preso el
príncipe de la Paz. Un levantamiento había empezado a manifestarse
en Madrid, cuando mis tropas estaban todavía a cuarenta leguas de
distancia de aquella capital. El gran duque de Berg habrá entrado
allí el 23 con 40.000 hombres, deseando con ansia sus habitantes mi
presencia. Seguro de que no tendré paz sólida con Inglaterra sino
dando un grande impulso al continente, he resuelto colocar un príncipe
francés en el trono de España... En tal estado he pensado en ti para
colocarte en dicho trono... Respóndeme categóricamente cuál sea tu
opinión sobre este proyecto. Bien ves que no es sino proyecto, y aunque
tengo 100.000 hombres en España, es posible por circunstancias que
sobrevengan, o que yo mismo vaya directamente, o que todo se acabe
en quince días, o que ande más despacio siguiendo en secreto las
operaciones durante algunos meses. Respóndeme categóricamente: si te
nombro rey de España, ¿lo admites? ¿Puedo contar contigo?...» Luis
rehusó la propuesta. Documento es este importantísimo, porque fija
de un modo auténtico y positivo desde qué tiempo había determinado
Napoleón mudar la dinastía de Borbón, estando solo incierto en los
medios que convendría emplear para el logro de su proyecto. También por
estos días conferenciando con Izquierdo le preguntó, si los españoles
le querrían como a soberano suyo. Replicole aquel con oportunidad
plausible: «con gusto y entusiasmo admitirán los españoles a V. M. por
su monarca, pero después de haber renunciado a la corona de Francia.»
Imprevista respuesta y poco grata a los delicados oídos del orgulloso
conquistador. Continuando pues Napoleón en su premeditado pensamiento,
y pareciéndole que era ya llegado el caso de ponerle en ejecución,
trató de aproximarse al teatro de los acontecimientos, habiendo salido
de París el 2 de abril con dirección a Burdeos.
En tanto Murat, retrayéndose de la nueva corte, anunciaba todos los
días la llegada de su augusto cuñado. En palacio se preparaba la
habitación imperial, adornábase el Retiro para bailes, y un aposentador
enviado de París lo disponía y arreglaba todo. Para despertar aún más
la viva atención del público se enseñaba hasta el sombrero y botas del
deseado emperador. Bien que en aquellos preparativos y anuncios hubiese
de parte de los franceses mucho de aparente y falso, es probable que
sin el trastorno causado por el movimiento de Aranjuez, Napoleón
hubiera pasado a Madrid. Sorprendido con la súbita mudanza determinó
buscar en Bayona ocasión que desenredase los complicados asuntos de
España. [Marginal: Correspondencia entre Murat y los reyes padres.]
Ofreciósela oportuna una correspondencia entablada entre Murat y los
reyes padres, y a que dio origen el ardiente deseo de libertar a Don
Manuel Godoy, y poner su vida fuera de todo riesgo. Fue mediadora
en la correspondencia la reina de Etruria, y Murat, considerándola
como conveniente al final desenlace de los intentos de Napoleón,
cualesquiera que ellos fuesen, no desaprovechó la dichosa coyuntura que
la casualidad le ofrecía. De ella provino la famosa protesta de Carlos
IV contra su abdicación, sirviendo de base dicho acto a todas las
renuncias y procedimientos que tuvieron después lugar en Bayona.
Nació aquella correspondencia [*] [Marginal: (* Ap. n. 2-10.)] poco
después del día 19 de marzo. Ya en el 22 las dos reinas madre e hija
escribían con eficacia en favor del preso Godoy, manifestando la de
España que estaba su felicidad cifrada en acabar tranquilamente sus
días con su esposo y el único _amigo_ que _ambos_ tenían. Con igual
fecha lo mismo pedía Carlos IV, añadiendo que se iban a Badajoz.
Es de notar el contexto de dichas cartas en las que todavía no se
hablaba de haber protestado el rey padre contra la abdicación hecha
en el día 19, ni de asunto alguno conexo con paso de tanta gravedad.
Sin embargo cuando en 1810 publicó el Monitor esta correspondencia,
insertó antes de las enunciadas cartas del 22 otra en que se hace
mención de aquel acto como de cosa consumada; pero el haberse omitido
en ella la fecha, diciendo al mismo tiempo la reina que a nada aspiraba
sino a alejarse con su esposo y Godoy todos tres juntos de intrigas
y mando, excita contra dicha carta vehementes sospechas, o de que se
omitió la fecha por haber sido posteriormente escrita a la del 22,
o, lo que es también verosímil, que se intercaló el pasaje en que se
habla de haber protestado, no aviniéndose con este acto e implicando
más bien contradicción los deseos de la reina allí manifestados. La
protesta apareció con la fecha del 21; mas las cartas del 22 con otras
aserciones encontradas que se notan en la correspondencia, prueban que
en la dicha protesta se empleó una supuesta y anticipada fecha, y que
Carlos no tuvo determinación fija de extender aquel acto hasta pasados
tres días después de su abdicación.
La lectura atenta de toda la correspondencia, y lo que hemos oído a
personas de autoridad, nos induce a creer que Carlos IV se resolvió a
formalizar su protesta después de las vistas que el 23 tuvieron él y
su esposa con el general Monthion, jefe del estado mayor de Murat. De
cualquiera modo que dicho general nos haya pintado su conferencia, y
bien que haya querido indicarnos que los reyes padres estaban decididos
de antemano a protestar contra su abdicación, lo cierto es que hasta
aquel día Carlos IV no se había dirigido a Napoleón, y entonces lo
hizo comunicándole cómo se había visto forzado a renunciar, «cuando
el estruendo de las armas y los clamores de una guardia sublevada le
habían dado a conocer bastante la necesidad de escoger entre la vida
o la muerte; pues [añadía] esta última se hubiera seguido a la de la
reina.» Concluía poniendo enteramente su suerte en las manos de su
poderoso aliado. Acompañaba a la carta el acto de la protesta así
concebido.[*] [Marginal: (* Ap. n. 2-11.)] «Protesto y declaro que todo
lo que manifiesto en mi decreto del 19 de marzo, abdicando la corona en
mi hijo, fue forzado por precaver mayores males y la efusión de sangre
de mis queridos vasallos, y por tanto de ningún valor. — Yo el rey. —
Aranjuez 21 de marzo de 1808.»
Del cúmulo de pruebas que hemos tenido a la vista en un punto tan
delicado e importante, conjeturamos fundadamente que Carlos, cuya
abdicación fue considerada por la generalidad como un acto de su
libre y espontánea voluntad, y la cual el mismo monarca de carácter
indolente y flojo dio momentáneamente con gusto; abandonado después
por todos, solo y no acatado cual solía cuando empuñaba el cetro,
advirtió muy luego la diferencia que media entre un soberano reinante
y otro desposeído y retirado. Fuele doloroso en su triste y solitaria
situación comparar lo que había sido y lo que ahora era, y dio bien
pronto indicio de pesarle su precipitada resolución. El arrepentimiento
de haber renunciado fue en adelante tan constante y tan sincero, que no
solo en Bayona mostraba a las claras la violencia que se había empleado
contra su persona, sino que todavía en Roma en 1816 repetía a cuantos
españoles iban a verle y en quienes tenía confianza, que su hijo no
era legítimo rey de España, y que solo él Carlos IV era el verdadero
soberano. No menos ahondaba y quebrantaba el corazón de la reina el
triste recuerdo de su perdido influjo y poderío: andaba despechada
con la ingratitud de tantos mudables cortesanos antes en apariencia
partidarios adictos y afectuosos, y grandemente la atribulaban los
riesgos que cercaban a su idolatrado amigo. Ambos, en fin, sintieron
el haber descendido del trono, acusándose a sí mismos de la sobrada
celeridad con que habían cedido a los temores de una violenta
sublevación. No fueron los primeros reyes que derramaron lágrimas
tardías en memoria de su antiguo y renunciado poder.
Pesarosos Carlos y María Luisa y dispuestos sus ánimos a deshacer
lo que inconsideradamente habían ofrecido y ejecutado el día 19,
vislumbraron un rayo de halagüeña esperanza al ver el respeto y
miramiento con que eran tratados por los principales jefes del ejército
extranjero. [Marginal: Siguen los tratos entre Murat y los reyes
padres.] Entonces pensaron seriamente en recobrar la perdida autoridad,
fundando más particularmente su reclamación en la razón poderosa de
haber abdicado en medio de una sedición popular y de una sublevación de
la soldadesca. Murat si no fue quien primero sugirió la idea, al menos
puso gran conato en sostenerla, porque con ella fomentando la desunión
de la familia real, minaba por su cimiento la legitimidad del nuevo
rey, y ofrecía a su gobierno un medio plausible de entrometerse en
las disensiones interiores, mayormente acudiendo a buscar el anciano
y desposeído Carlos reparo y ayuda en su aliado el emperador de los
franceses.
Murat al paso que urdía aquella trama o que por lo menos ayudaba a
ella, no cesaba de anunciar la próxima llegada de Napoleón, insinuando
mañosamente a Fernando por medio de sus consejeros cuán conveniente
sería que para allanar cualesquiera dificultades que se opusiesen al
reconocimiento, saliera a esperar a su augusto cuñado el emperador. Por
su parte el nuevo gobierno procuraba con el mayor esfuerzo granjear la
voluntad del gabinete de Francia. Ya en 20 de marzo se mandó al consejo
[*] [Marginal: (* Ap. n. 2-12.)] publicar que Fernando VII lejos de
mudar el sistema político de su padre respecto de aquel imperio,
pondría su esmero en estrechar los preciosos vínculos de amistad y
alianza que entre ambos subsistían, encargándose con especialidad
recomendar al pueblo que tratase bien y acogiese con afecto al ejército
francés. Se despacharon igualmente órdenes a las tropas de Galicia
que habían dejado a Oporto, para que volviesen a aquel punto, y a las
de Solano, que estaban ya en Extremadura en virtud de lo últimamente
dispuesto por Godoy, se les mandó que retrocediesen a Portugal. Estas
sin embargo se quedaron por la mayor parte en Badajoz, no cuidándose
Junot de tener cerca de sí soldados cuya conducta no merecía su
confianza.
El pueblo español entre tanto empezaba cada día a mirar con peores
ojos a los extranjeros, cuya arrogancia crecía según que su morada
se prolongaba. Continuamente se suscitaban empeñadas riñas entre los
paisanos y los soldados franceses, y el 27 de marzo de resultas de
una más acalorada y estrepitosa, estuvo para haber en la plazuela de
la Cebada una grande conmoción, en la que hubiera podido derramarse
mucha sangre. La corte acongojada quería sosegar la inquietud pública,
ora por medio de proclamas, ora anunciando y repitiendo la llegada de
Napoleón que pondría término a las zozobras e incertidumbre. Era tal
en este punto su propio engaño que en 24 de marzo se avisó al público
de oficio [*] [Marginal: (* Ap. n. 2-13.)] «que S. M. tenía noticia
que dentro de dos días y medio a tres llegaría el emperador de los
franceses...» Así ya no solamente se contaban los días sino las horas
mismas: ansiosa impaciencia, desvariada en el modo de expresarse, y
afrentosa en un gobierno cuyas providencias hubieran podido descansar
en el seguro y firme apoyo de la opinión nacional.
[Marginal: Llega Escóiquiz a Madrid en 28 de marzo.]
¡Cosa maravillosa! Cuanto más se iban en Madrid desengañando todos
y comprendiendo los fementidos designios del gabinete de Francia,
tanto más ciego y desatentado se ponía el gobierno español. Acabó de
perderle y descarriarle el 28 de marzo con su llegada Don Juan de
Escóiquiz, quien no veía en Napoleón sino al esclarecido, poderoso y
heroico defensor del rey Fernando y sus parciales. Deslumbrado con
la opinión que de sí propio tenía, creyó que solo a él le era dado
acertar con los oportunos medios de sacar airoso y triunfante de la
embarazosa posición a su augusto discípulo, y cerrando los oídos a la
voz pública y universal, llamó hacia su persona una severa y terrible
responsabilidad. Causa asombro, repetimos, que los engaños y arterías
advertidos por el más ínfimo y rudo de los españoles se ocultasen
y oscureciesen a Don Juan Escóiquiz y a los principales consejeros
del rey, quienes por el puesto que ocupaban y por la sagacidad que
debía adornarles, hubieran debido descubrir antes que ningún otro
las asechanzas que se les armaban. Pero los sucesos que en gran
manera concurrían a excitar su desconfianza, eran los mismos que los
confortaban y aquietaban. Tal fue el pliego de Izquierdo, de que
hablamos en el libro anterior. Las proposiciones en él inclusas, y por
las que nada menos se trataba que de ceder las provincias del Ebro
allá, y de arreglar la sucesión de España, sobre la cual dentro del
reino nadie había tenido dudas, no despertaron las dormidas sospechas
de Escóiquiz ni de sus compañeros. Atentos solo a la propuesta indicada
en el mismo pliego de casar a Fernando con una princesa, pensaron que
todo iba a componerse amistosamente, llevando tan allá Escóiquiz y los
suyos el extravío de su mente, que en su _Idea sencilla_ no se detiene
en asentar «que su opinión conforme con la del consejo del rey había
sido que las intenciones más perjudiciales que podían recelarse del
gobierno francés, eran las del trueque de las provincias más allá del
Ebro por el reino de Portugal, o tal vez la cesión de la Navarra;» como
si la cesión o pérdida de cualquiera de estas provincias no hubiera
sido clavar un agudo puñal en una parte muy principal de la nación,
desmembrándola y dejándola expuesta a los ataques que contra ella
intentase dirigir a mansalva su poderoso vecino.
El contagio de tamaña ceguedad había cundido entre algunos cortesanos,
y hubo de ellos quienes sirvieron por su credulidad al entretenimiento
y burla de los servidores de Napoleón. [Marginal: Fernán Núñez en
Tours.] Se aventajó a todos el conde de Fernán Núñez, quien para
merecer primero las albricias dejando atrás a los que con él habían ido
a recibir al emperador de los franceses, se adelantó a toda diligencia
hasta Tours. No distante de aquella ciudad cruzándose en el camino
con Mr. Bausset, prefecto del palacio imperial, le preguntó con viva
impaciencia si estaba ya cerca la novia del rey Fernando, sobrina del
emperador. Respondiole aquel que tal sobrina no era del viaje ni había
oído hablar de novia ni de casamiento. Tomando entonces Fernán Núñez en
su ademán un compuesto y misterioso semblante, atribuyó la respuesta
del prefecto imperial o a estudiado disimulo o a que no estaba en el
importante secreto. No dejan estos hechos por leves que parezcan de
pintar los hombres que con su obcecación dieron motivo a grandes y
trascendentales acontecimientos.
Lejos Murat de contribuir con su conducta a ofuscar a los ministros del
rey, obraba de manera que más bien ayudaba al desengaño que a mantener
la lisonjera ilusión. Continuaba siempre en sus tratos con la reina de
Etruria y los reyes padres, no ocupándose en reconocer a Fernando, ni
en hacerle siquiera una visita de mera ceremonia y cumplido. A pesar de
su desvío bastaba que mostrase el menor deseo para que los ministros
del nuevo rey se afanasen por complacerle y servirle. [Marginal:
Entrega de la espada de Francisco I.] Así fue que habiendo manifestado
a Don Pedro Cevallos cuánto le agradaría tener en su poder la espada
de Francisco I depositada en la real armería, le fue al instante
entregada en 4 de abril, siendo llevada con gran pompa y acompañamiento
y presentada por el marqués de Astorga en calidad de caballerizo mayor.
Al par que en sus anteriores procedimientos se portó en este paso el
gobierno español débil y sumisamente, el francés dejó ver estrecheza
de ánimo en una demanda ajena de una nación famosa por sus hazañas y
glorias militares, como si los triunfos de Pavía y el inmortal trofeo
ganado en buena guerra, y que adquirieron a España sus ilustres hijos
Diego de Ávila y Juan de Urbieta pudieran nunca borrarse de la memoria
de la posteridad.
[Marginal: Carta de Napoleón a Murat: viaje del infante Don Carlos. (*
Ap. n. 2-14.)]
Napoleón no estaba del todo satisfecho de la conducta de Murat. En una
carta que le escribió en 29 de marzo le manifestaba sus temores, y con
diestra y profunda mano le trazaba cuanto había complicado los negocios
el acontecimiento de Aranjuez.[*] Este documento si fue escrito
del modo que después se ha publicado, muestra el acertado tino y
extraordinaria previsión del emperador francés, y que la precipitación
y equivocados informes de Murat perjudicaron muy mucho al pronto y
feliz éxito de su empresa. Sin embargo además de las instrucciones
que aparecen por la citada carta, debió de haber otras por el mismo
tiempo que indicasen o expresasen más claramente la idea de llevar a
Francia los príncipes de la real familia; pues Murat siguiendo en aquel
propósito y no atreviéndose a insistir inmediatamente en sus anteriores
insinuaciones de que Fernando fuese al encuentro de Napoleón, propuso
como muy oportuna la salida al efecto del infante Don Carlos, en lo
cual conviniendo sin dificultad la corte, partió el infante el 5 de
abril. No habían pasado muchos días ni aun tal vez horas cuando Murat
poco a poco volvió a renovar sus ruegos para que el rey Fernando se
pusiese también en camino y halagase con tan amistoso paso a su amigo
el emperador Napoleón. El embajador francés apoyaba lo mismo y con
particular eficacia, habiendo en fin claramente descubierto que la
política de su amo en los asuntos de España era muy otra de la que
antes se había figurado.
Pero viendo el rey Fernando que su hermano el infante no había
encontrado en Burgos a Napoleón y proseguía adelante sin saber cuál
sería el término de su viaje, vacilaba todavía en su resolución.
Sus consejeros andaban divididos en sus dictámenes: Cevallos se
oponía a la salida del rey hasta tanto que se supiera de oficio la
entrada en España del emperador francés. Escóiquiz constante en su
desvarío sostenía con empeño el parecer contrario, y a pesar de su
poderoso influjo hubiera difícilmente prevalecido en el ánimo del
rey, [Marginal: Llegada a Madrid del general Savary.] si la llegada
a Madrid del general Savary no hubiese dado nuevo peso a sus razones
y cambiado el modo de pensar de los que hasta entonces habían estado
irresolutos e inciertos. Savary, general de división y ayudante de
Napoleón, iba a Madrid con el encargo de llevar a Fernando a Bayona,
adoptando para ello cuantos medios estimase convenientes al logro de la
empresa. Juzgose que era la persona más acomodada para desempeñar tan
ardua comisión, encubriendo bajo un exterior militar y franco profunda
disimulación y astucia. Apenas, por decirlo así, apeado, solicitó
audiencia particular de Fernando, la cual concedida manifestó con
aparente sinceridad «que venía de parte del emperador para cumplimentar
al rey y saber de S. M. únicamente si sus sentimientos con respecto
a la Francia eran conformes con los del rey su padre, en cuyo caso el
emperador prescindiendo de todo lo ocurrido no se mezclaría en nada
de lo interior del reino, y reconocería desde luego a S. M. por rey
de España y de las Indias.» Fácil es acertar con la contestación que
daría una corte no ocupada sino en alcanzar el reconocimiento del
emperador de los franceses. Savary anunció la próxima llegada de su
soberano a Bayona, de donde pasaría a Madrid, insistiendo poco después
en que Fernando saliese a recibirle, con cuya determinación probaría su
particular anhelo por estrechar la antigua alianza que mediaba entre
ambas naciones, y asegurando que la ausencia sería tanto menos larga
cuanto que se encontraría en Burgos con el mismo emperador. El rey
vencido con tantas promesas y palabras, resolvió al fin condescender
con los deseos de Savary, sostenido y apoyado por los más de los
ministros y consejeros españoles.
Cierto que el paso del general francés hubiera podido hacer titubear
al hombre más tenaz y firme si otros indicios poderosos no hubieran
contrapesado su aparente fuerza. Además era sobrada precipitación
antes de saberse el viaje de Napoleón a España de un modo auténtico y
de oficio, exponer la dignidad del rey a ir en busca suya, habiéndose
hasta entonces comunicado su venida solo de palabra e indirectamente.
Con mayor lentitud y circunspección hubiera convenido proceder en
negocio en que se interesaban el decoro del rey, su seguridad y la
suerte de la nación, principalmente cuando tantas perfidias habían
precedido, cuando Murat tenía conducta tan sospechosa, y cuando en vez
de reconocer a Fernando cuidaba solamente de continuar sus secretos
manejos con la antigua corte. Mas el deslumbrado Escóiquiz proseguía
no viendo las anteriores perfidias, y achacaba las intrigas de Murat a
actos de pura oficiosidad, contrarios a las intenciones de Napoleón.
Sordo a la voz del pueblo, sordo al consejo de los prudentes, sordo a
lo mismo que se conversaba en todo el ejército extranjero, en corrillos
y plazas, se mantuvo porfiadamente en su primer dictamen y arrastró al
suyo a los más de los ministros, dando al mundo la prueba más insigne
de terca y desvariada presunción, probablemente aguijada por ardiente
deseo de ambiciosos crecimientos.
[Marginal: Aviso de Hervás.]
Hubo aún para recelarse el que Don José Martínez de Hervás, quien
como español y por su conocimiento en la lengua nativa había venido
en compañía del general Savary, avisó que se armaba contra el rey
alguna celada, y que obraría con prudente cautela desistiendo del
viaje o difiriéndole. Pero, ¡oh colmo de ceguedad!, los mismos que
desacordadamente se fiaban en las palabras de un extranjero, del
general Savary, tuvieron por sospechosa la loable advertencia del
leal español. Y como si tantos indicios no bastasen, el mismo Savary
dio ocasión a nuevos recelos con pedir de orden del emperador que
se pusiese en libertad al enemigo declarado e implacable del nuevo
gobierno, al odiado Godoy. Incomodó, sin embargo, la intempestiva
solicitud, y hubiera tal vez perjudicado al resuelto viaje, si el
francés, a ruego del Infantado y Ofárril, no hubiera abandonado su
demanda.
Firmes pues en su propósito los consejeros de Fernando y conducidos
por un hado adverso, señalaron el día 10 de abril para su partida,
[Marginal: 10 de abril: salida del rey para Burgos.] en cuyo día salió
S. M. tomando el camino de Somosierra para Burgos. Iban en su compañía
Don Pedro Cevallos ministro de estado, los duques del Infantado y
San Carlos, el marqués de Múzquiz, Don Pedro Labrador, Don Juan de
Escóiquiz, el capitán de guardias de Corps conde de Villariezo, y los
gentil-hombres de cámara marqués de Ayerbe, de Guadalcázar, y de
Feria. La víspera había escrito Fernando a su padre pidiéndole una
carta para el emperador con súplica de que asegurase en ella los buenos
sentimientos que le asistían, queriendo seguir las mismas relaciones
de amistad y alianza con Francia que se habían seguido en su anterior
reinado. Carlos IV ni le dio la carta, ni le contestó, con achaque de
estar ya en cama: precursora señal de lo que en secreto se proyectaba.
[Marginal: Nombramiento de una junta suprema.]
Antes de su salida dispuso el rey Fernando que se nombrase una junta
suprema de gobierno presidida por su tío el infante Don Antonio y
compuesta de los ministros del despacho, quienes a la sazón eran Don
Pedro Cevallos, de estado, que acompañaba al rey; Don Francisco Gil y
Lemus, de marina; Don Miguel José de Azanza, de hacienda; Don Gonzalo
Ofárril, de guerra, y Don Sebastián Piñuela, de gracia y justicia. Esta
junta según las instrucciones verbales del rey debía entender en todo
lo gubernativo y urgente, consultando en lo demás con S. M.
[Marginal: Sobre el viaje del rey.]
En tanto que el rey con sus consejeros va camino de Bayona, será bien
que nos detengamos a considerar de nuevo resolución tan desacertada.
La pintura triste que para disculparse traza Escóiquiz en su obra
acerca de la situación del reino, sería juiciosa si en aquel caso se
hubiese tratado de medir las fuerzas militares de España y sus recursos
pecuniarios con los de Francia, a la manera de una guerra de ejército
a ejército y de gobierno a gobierno. Le estaba bien al príncipe de
la Paz calcular fundado en aquellos datos como quien no tenía el
apoyo nacional; mas la posición de Fernando era muy otra, siendo tan
extraordinario el entusiasmo en favor suyo que un ministro hábil y
entendido no debía en aquel caso dirigirse por las reglas ordinarias de
la fría razón, sino contar con los esfuerzos y patriotismo de la nación
entera, la cual se hubiera alzado unánimemente a la voz del rey, para
defender sus derechos contra la usurpación extranjera; y las fuerzas
de una nación levantada en cuerpo son tan grandes e incalculables a
los ojos de un verdadero estadista, como lo son las fuerzas vivas a
las del mecánico. Así lo pensaba el mismo Napoleón, quien en la carta
a Murat del 29 de marzo arriba citada decía: «La revolución de 20 de
marzo prueba que hay energía en los españoles. Habrá que lidiar contra
un pueblo nuevo lleno de valor, y con el entusiasmo propio de hombres
a quienes no han gastado las pasiones políticas...»; y más abajo: «se
harán levantamientos en masa que eternizarán la guerra...» Acertado y
perspicaz juicio que forma pasmoso contraste con el superficial y poco
atinado de Escóiquiz y sus secuaces. Era además dar sobrada importancia
a un paso de puro ceremonial para concebir la idea que la política de
un hombre como Napoleón en asunto de tal cuantía hubiera de moderarse
o alterarse por encontrar al rey algunas leguas más o menos lejos;
antes bien era propio para encender su ambición un viaje que mostraba
imprevisión y extremada debilidad. Se cede a veces en política a un
acto de fortaleza heroica, nunca a míseros y menguados ruegos.
[Marginal: Llega el rey el 12 de abril a Burgos.]
El rey en su viaje fue recibido por las ciudades, villas y lugares
del tránsito con inexplicable gozo, haciendo a competencia sus
moradores las demostraciones más señaladas de la lealtad y amor que
los inflamaban. Entró en Burgos el 12 de abril sin que hubiese allí ni
más lejos noticia del emperador francés. Deliberose en aquella ciudad
sobre el partido que debía tomarse, de nuevo reiteró sus promesas y
artificios el general Savary, y de nuevo se determinó que prosiguiese
el rey su viaje a Vitoria. Y he aquí que los mismos y mal aventurados
consejeros que sin tratado alguno ni formal negociación, y solo por
meras e indirectas insinuaciones habían llevado a Fernando hasta
Burgos, le llevan también a Vitoria, y le traen de monte en valle y
de valle en monte en busca de un soberano extranjero mendigando con
desdoro su reconocimiento y ayuda, como si uno y otro fuera necesario
y decoroso a un rey que habiendo subido al solio con universal
consentimiento, afianzaba su poder y legitimidad sobre la sólida e
incontrastable base del amor y unánime aprobación de sus pueblos.
Llegó el rey a Vitoria el 14. Napoleón que había permanecido en
Burdeos algunos días, salió de allí a Bayona, en donde entró en la
noche del 14 al 15, de lo que noticioso el infante Don Carlos, hasta
entonces detenido en Tolosa, pasó a aquella plaza. Savary, sabiendo
que el emperador se aproximaba a la frontera, y viendo que ya no le
era dado por más tiempo continuar con fruto sus artificios si no
acudía a algún otro medio, resolvió pasar a Bayona llevando consigo
una carta de Fernando para Napoleón.[*] [Marginal: Escribe Fernando a
Napoleón: contesta este en 17 de abril. (* Ap. n. 2-15.)] No tardó en
recibirse la respuesta estando con ella de vuelta en Vitoria el día
17 el mismo Savary, y la cual estaba concebida en términos que era
suficiente por sí sola a sacar de su error a los más engañados. En
efecto la carta respondía a la última de Fernando, y en parte también
a la que le había escrito en 11 de octubre del año pasado. Sembrada de
verdades expresadas con cierta dureza, no se soltaba en ella prenda
que empeñase a Napoleón a cosa alguna: lo dejaba todo en dudas dando
solo esperanzas sobre el ansiado casamiento. Notábase con especialidad
en su contexto el injurioso aserto que Fernando «no tenía otros
derechos al trono que los que le había transmitido su madre:» frase
altamente afrentosa al honor de la reina, y no menos indecorosa al que
la escribía que ofensiva a aquel a quien iba dirigida. Pero una carta
tan poco circunspecta, tan altanera y desembozada embelesó al canónigo
Escóiquiz, quien se recreaba con la vaga promesa del casamiento. Por
entonces vimos lo que escribía a un amigo suyo desde Vitoria, y le
faltaban palabras con que dar gracias al Todopoderoso por el feliz
éxito que la carta de Napoleón pronosticaba a su viaje. Realmente
rayaba ya en demencia su continuada obcecación.
Savary auxiliado con la carta aumentó sus esfuerzos y concluyó con
decir al rey «me dejo cortar la cabeza si al cuarto de hora de haber
llegado S. M. a Bayona no le ha reconocido el emperador por rey de
España y de las Indias... Por sostener su empeño empezará probablemente
por darle el tratamiento de alteza; pero a los cinco minutos le dará
majestad, y a los tres días estará todo arreglado, y S. M. podrá
restituirse a España inmediatamente...» Engañosas y pérfidas palabras
que acabaron de decidir al rey a proseguir su viaje hasta Bayona.
[Marginal: Tentativas o proposiciones para que el rey se escape.]
Sin embargo hubo españoles más desconfiados o cautos que no dando
crédito a semejantes promesas, propusieron varios medios para que el
rey se escapase. Todavía hubiera podido conseguirse en Vitoria ponerle
en salvo, aunque los obstáculos crecían de día en día. Los franceses
habían redoblado su vigilancia, y no contentos con los 4000 hombres que
ocupaban a Vitoria a las órdenes del general Verdier, habían aumentado
la guarnición especialmente con caballería enviada de Burgos. Savary
tenía orden de arrebatar al rey por fuerza en la noche del 18 al 19
si de grado no se mostraba dispuesto a pasar a Francia. Cuidadoso
con no faltar a su mandato, estando muy sobreaviso hacía rondar y
observar la casa donde el rey habitaba. A pesar de su esmerado celo
la evasión se hubiera fácilmente ejecutado a haberse Fernando resuelto
a abrazar aquel partido. Don Mariano Luis de Urquijo que había ido de
Bilbao a cumplimentarle a su paso por Vitoria, propuso de acuerdo con
el alcalde Urbina un medio para que de noche se fugase disfrazado.
Hubo también otros y varios proyectos, mas entre todos es digno de
particular mención como el mejor y más asequible el propuesto por el
duque de Mahón. Era pues que saliendo el rey de Vitoria por el camino
de Bayona, y dando confianza a los franceses con la dirección que
había tomado, siguiera así hasta Vergara, en cuyo pueblo abandonando
la carretera real torciese del lado de Durango y se encaminase al
puerto de Bilbao. Añadía el duque que la evasión sería protegida por
un batallón del inmemorial del rey residente en Mondragón, y de cuya
fidelidad respondía. Escóiquiz con quien siempre nos encontraremos
cuando se trate de alejar al rey de Bayona y librarle de las armadas
asechanzas, dijo: «que no era necesario habiendo S. M. recibido
grandes pruebas de amistad de parte del emperador.» Eran las _grandes
pruebas_ la consabida carta. El de Mahón no por eso dejó de insistir
la misma víspera de la salida para Bayona, habiéndose aumentado las
sospechas de todos con la llegada de 300 granaderos a caballo de la
guardia imperial. Mas al querer hablar, poniéndole la mano en la boca,
pronunció Escóiquiz estas notables palabras: «es negocio concluido,
mañana salimos para Bayona: se nos han dado todas las seguridades que
podíamos desear.»
[Marginal: Proclama al partir el rey de Vitoria.]
Tratose en fin de partir. Sabedor el pueblo se agrupó delante del
alojamiento del rey, cortó los tirantes de las mulas, y prorrumpió
en voces de amor y lealtad para que el rey escuchase sus fundados
temores.[*] [Marginal: (* Ap. n. 2-16.)] Todo fue en vano.
Apaciguándose el bullicio a duras penas, se publicó un decreto en que
afirmaba el rey «estar cierto de la sincera y cordial amistad del
emperador de los franceses, y que antes de cuatro o seis días darían
gracias a Dios y a la prudencia de S. M. de la ausencia que ahora les
inquietaba.»
[Marginal: Sale de Vitoria el 19 de abril.]