SEÑORA:

«Mamá mía: estoy muy arrepentido del grandísimo delito que he

cometido contra mis padres y reyes, y así con la mayor humildad le

pido a V. M. se digne interceder con papá para que permita ir a besar

sus reales pies a su reconocido hijo. — Fernando. — San Lorenzo 5

de noviembre de 1807.»

»En vista de ellos y a ruego de la reina, mi amada esposa, perdono a mi

hijo, y le volveré a mi gracia cuando con su conducta me dé pruebas

de una verdadera reforma en su frágil manejo; y mando que los mismos

jueces que han entendido en la causa desde su principio, la sigan,

permitiéndoles asociados si los necesitaren, y que concluida me

consulten la sentencia ajustada a la ley, según fuesen la gravedad

de delitos y calidad de personas en quienes recaigan; teniendo por

principio para la formación de cargos las respuestas dadas por

el príncipe a las demandas que se le han hecho; pues todas están

rubricadas y firmadas de mi puño, así como los papeles aprehendidos en

sus mesas, escritos por su mano; y esta providencia se comunique a mis

consejos y tribunales, circulándola a mis pueblos, para que reconozcan

en ella mi piedad y justicia, y alivien la aflicción y cuidado en que

les puso mi primer decreto; pues en él verán el riesgo de su soberano

y padre que como a hijos los ama, y así me corresponden. Tendreislo

entendido para su cumplimiento. — San Lorenzo 5 de noviembre de 1807.»

Presentar a Fernando ante la Europa entera como príncipe débil y

culpado; desacreditarle en la opinión nacional, y perderle en el ánimo

de sus parciales; poner a salvo al embajador francés, y separar de

todos los incidentes de la causa a su gobierno, fue el principal

intento que llevó Godoy y su partido en la singular reconciliación de

padre e hijo. Alcanzó hasta cierto punto su objeto; mas el público

aunque no enterado a fondo echaba a mala parte la solícita mediación

del privado, y el odio hacia su persona en vez de mitigarse tomó nuevo

incremento.

Para la prosecución de la causa contra los demás procesados nombró el

rey en el día 6 una junta compuesta de Don Arias Mon, Don Sebastián

de Torres y Don Domingo Campomanes, del consejo real, y señaló como

secretario a Don Benito Arias Prada, alcalde de corte. El marqués

Caballero, que en un principio se mostró riguroso, y tanto que habiendo

manifestado delante de los reyes ser el príncipe por _siete capítulos_

reo de pena capital, obligó a la ofendida reina a suplicarle que se

acordase que el acusado era su hijo; el mismo Caballero arregló el

modo de seguir la causa, y descartar de ella todo lo que pudiera

comprometer al príncipe y embajador francés; rasgo propio de su ruin

condición. Formada la sumaria fue elegido para fiscal de la causa

Don Simón de Viegas, y se agregaron a los referidos jueces para dar

la sentencia otros ocho consejeros. El fiscal Viegas pidió que se

impusiese la pena de traidores señalada por la ley de partida a Don

Juan Escóiquiz y al duque del Infantado, y otras extraordinarias por

infidelidad en el ejercicio de sus empleos al conde de Orgaz, marqués

de Ayerbe, y otras personas de la servidumbre del príncipe de Asturias.

Continuó el proceso hasta enero de 1808, en cuyo día 25 los jueces

no conformándose con la acusación fiscal, absolvieron completamente

y declararon libres de todo cargo a los perseguidos como reos. Sin

embargo el rey por sí y gubernativamente confinó y envió a conventos,

fortalezas o destierros a Escóiquiz y a los duques del Infantado y de

San Carlos y a otros varios de los complicados en la causa: triste

privilegio de toda potestad suprema que no halla en las leyes justo

límite a sus desafueros.

Tal fue el término del ruidoso y escandaloso proceso del Escorial. Con

dificultad se resguardarán de la severa censura de la posteridad los

que en él tomaron parte, los que le promovieron, los que le fallaron;

en una palabra, los acusados, los acusadores y los mismos jueces. Vemos

a un rey precipitarse a acusar en público a su hijo del horrendo crimen

de querer destronarle sin pruebas, y antes de que un detenido juicio

hubiese sellado con su fallo tamaña acusación. Y para colmo de baldón

en medio de tanta flaqueza y aceleramiento se nos presenta como ángel

de paz y mediador para la concordia el malhadado favorito, principal

origen de todos los males y desavenencias: consejero y autor del

decreto de 30 de octubre comprometió con suma ligereza la alta dignidad

del rey: promovedor de la concordia y del perdón pedido y alcanzado,

quiso desconceptuar al hijo sin dar realce ni brillo a los sentimientos

generosos de un apiadado padre. Fue también desusado, y podemos decir

ilegal el modo de proceder en la causa. Según la sentencia que con una

relación preliminar se publicó al subir Fernando al trono, no se hizo

mérito en su formación ni de algunas de las declaraciones espontáneas

del príncipe, ni de su carta a Napoleón, ni de las conferencias con el

embajador francés; a lo menos así se infiere del definitivo fallo dado

por el tribunal. Difícil sería acertar con el motivo de tan extraño

silencio, si no nos lo hubieran ya explicado los temores que entonces

infundía el nombre de Napoleón. Mas si la política descubre la causa

del extraordinario modo de proceder, no por eso queda intacta y pura

la austera imparcialidad de los magistrados: un proceso después de

comenzado no puede amoldarse al antojo de un tribunal, ni descartarse

a su arbitrio los documentos o pruebas más importantes. Entre los

jueces había respetables varones cuya integridad había permanecido sin

mancilla en el largo espacio de una honrosa carrera, si bien hasta

entonces negocios de tal cuantía no se habían puesto en el crisol de

su severa equidad. Fuese equivocación en su juicio, o fuese más bien

por razón de estado, lo cierto es que en la prosecución y término de la

causa se apartaron de las reglas de la justicia legal, y la ofrecieron

al público manca y no cumplidamente formada ni llevada a cabo. Se

contaban también en el número de jueces algunos amigos y favorecidos

del privado, como lo era el fiscal Viegas. Al ver que se separaron

en su voto de la opinión de este, aunque ya circunscrita a ciertas

personas, hubo quien creyera que el nombre de Napoleón y los temores

de la nube que se levantaba en el Pirineo, pesaron más en la flexible

balanza de su justicia que los empeños de la antigua amistad. Es de

temer que su conciencia perpleja con lo escabroso del asunto y lo arduo

de las circunstancias no se haya visto bastantemente desembarazada, y

cual convenía, de aquel sobresalto que ya antes se había apoderado del

blando y asustadizo ánimo de los cortesanos.

Esta discordia en la familia real, esta división en los que gobernaban

siempre perjudicial y dolorosa, lo era mucho más ahora en que una

perfecta unión debiera haber estrechado a todos para desconcertar las

siniestras miras del gabinete de Francia, y para imponerle con la

íntima concordia el debido respeto. Ciegos unos y otros buscaron en él

amistad y arrimo; y desconociendo el peligro común, le animaron con

sus disensiones a la prosecución de falaces intentos: alucinamiento

general a los partidos que no aspiran sino a cebar momentáneamente su

saña, olvidándose de que a veces con la ruina de su contrario el mismo

vencedor facilita y labra la suya propia.

Favorecido por la deplorable situación del gobierno español, fue el

francés adelante en su propósito, y confiado en ella aceleró más bien

que detuvo la marcha de Junot hacia Portugal. [Marginal: Marcha de

Junot hacia Portugal.] Dejamos a aquel general en Salamanca, adonde

había llegado en los primeros días de noviembre, recibiendo de allí a

poco orden ejecutiva de Napoleón para que no difiriese la continuación

de su empresa bajo pretexto alguno ni aun por falta de mantenimientos,

_pudiendo 20.000 hombres_, según decía, _vivir por todas partes aun en

el desierto_. Estimulado Junot con tan premioso mandato, determinó

tomar el camino más breve sin reparar en los tropiezos ni obstáculos

de un terreno para él del todo desconocido. Salió el 12 de Salamanca,

y tomando la vuelta de Ciudad Rodrigo y el puerto de Perales, llegó

a Alcántara al cabo de cinco días. Reunido allí con algunas fuerzas

españolas a las órdenes del general Don Juan Carrafa, atravesaron los

franceses el Erjas, río fronterizo, [Marginal: Entrada en Portugal:

19 de noviembre de 1807.] y llegaron a Castello-Branco sin habérseles

opuesto resistencia. Prosiguieron su marcha por aquel fragoso país, y

encontrándose con terreno tan quebrado y de caminos poco trillados,

quedaron bien pronto atrás la artillería y los bagajes. Los pueblos del

tránsito pobres y desprevenidos no ofrecieron ni recursos ni abrigo a

las tropas invasoras, las que acosadas por la necesidad y el hambre

cometieron todo linaje de excesos contra moradores desacostumbrados

de largo tiempo a las calamidades de la guerra. Desgraciadamente los

españoles que iban en su compañía imitaron el mal ejemplo de sus

aliados, muy diverso del que les dieron las tropas que penetraron por

Badajoz y Galicia, si bien es verdad que asistieron a estas menos

motivos de desorden e indisciplina.

[Marginal: Llegada a Abrantes: 23 de noviembre.]

La vanguardia llegó el 23 a Abrantes distante 25 leguas de Lisboa.

Hasta entonces no había recibido el gobierno portugués aviso cierto de

que los franceses hubieran pasado la frontera: inexplicable descuido,

pero propio de la dejadez y abandono con que eran gobernados los

pueblos de la península. Antes de esto y verificada la salida de los

embajadores, había el gabinete de Lisboa buscado algún medio de

acomodamiento, condescendiendo más y más con los deseos que aquellos

habían mostrado a nombre de sus cortes: era el encontrarle tanto

más difícil, cuanto el mismo ministerio portugués estaba entre sí

poco acorde. Dos opiniones políticas le dividían; una de ellas la de

contraer amistad y alianza con Francia como medida la más propia para

salvar la actual dinastía y aun la independencia nacional; y otra la

de estrechar los antiguos vínculos con la Inglaterra, pudiendo así

levantar de los mares allá un nuevo Portugal, si el de Europa tenía

que someterse a la irresistible fuerza del emperador francés. Seguía

la primera opinión el ministro Araujo, y contaba la segunda como

principal cabeza al consejero de estado Don Rodrigo de Sousa Coutiño.

Se inclinaba muy a las claras a la última el príncipe regente, si a

ello no se oponía el bien de sus súbditos y el interés de su familia.

Después de larga incertidumbre se convino al fin en adoptar ciertas

medidas contemporizadoras, como si con ellas se hubiera podido

satisfacer a quien solamente deseaba simulados motivos de usurpación

y conquista. Para ponerlas en ejecución sin gran menoscabo de los

intereses británicos, se dejó que tranquilamente diese la vela el 18

de octubre la factoría inglesa, la cual llevó a su bordo respetables

familias extranjeras con cuantiosos caudales.

[Marginal: Proclama del príncipe regente de Portugal: 22 de noviembre.]

A pocos días, el 22 del mismo mes, se publicó una proclama prohibiendo

todo comercio y relación con la Gran Bretaña, y declarando que S. M. F.

accedía a la causa general del Continente. Cuando se creía satisfacer

algún tanto con esta manifestación al gabinete de Francia, llegó a

Lisboa apresuradamente el embajador portugués en París, y dio aviso

de cómo había encontrado en España el ejército imperial, dirigiéndose

a precipitadas marchas hacia la embocadura del Tajo. Azorados con

la nueva los ministros portugueses, vieron que nada podía ya bastar

a conjurar la espantosa y amenazadora nube, sino la admisión pura

y sencilla de lo que España y Francia habían pedido en agosto. Se

mandaron pues secuestrar todas las mercancías inglesas, y se pusieron

bajo la vigilancia pública los súbditos de aquella nación residentes en

Portugal. La orden se ejecutó lentamente y sin gran rigor, mas obligó

al embajador inglés Lord Strangford a irse a bordo de la escuadra que

cruzaba a la entrada del puerto a las órdenes de Sir Sidney Smith. Muy

duro fue al príncipe regente tener que tomar aquellas medidas: virtuoso

y timorato las creía contrarias a la debida protección, dispensada por

anteriores tratados a laboriosos y tranquilos extranjeros: la cruel

necesidad pudo solo forzarle a desviarse de sus ajustados y severos

principios. Aumentáronse los recelos y las zozobras con la repentina

arribada a las riberas del Tajo de una escuadra rusa, la cual de vuelta

del Archipiélago fondeó en Lisboa, no habiendo permitido los ingleses

al almirante Siniavin que la mandaba, entrar a invernar en Cádiz: lo

que fue obra del acaso, se atribuyó a plan premeditado, y a conciertos

entre Napoleón y el gabinete de San Petersburgo.

Para dar mayor valor a lo acordado, el gobierno portugués despachó a

París en calidad de embajador extraordinario al marqués de Marialva,

con el objeto también de proponer el casamiento del príncipe de Beira

con una hija del gran duque de Berg. Inútiles precauciones: los sucesos

se precipitaron de manera que Marialva no llegó ni a pisar la tierra de

Francia.

[Marginal: Instancia de Lord Strangford para que se embarque.]

Noticioso Lord Strangford de la entrada en Abrantes del ejército

francés, volvió a desembarcar, y reiterando al príncipe regente

los ofrecimientos más amistosos de parte de su antiguo aliado, le

aconsejó que sin tardanza se retirase al Brasil, en cuyos vastos

dominios adquiriría nuevo lustre la esclarecida casa de Braganza. Don

Rodrigo de Sousa Coutiño apoyó el prudente dictamen del embajador, y

el 26 de noviembre se anunció al pueblo de Lisboa la resolución que

la corte había tomado de trasladar su residencia a Río de Janeiro

hasta la conclusión de la paz general. Sir Sidney Smith, célebre por

su resistencia en San Juan de Acre, quería poner a Lisboa en estado

de defensa; pero este arranque digno del elevado pecho de un marino

intrépido, si bien hubiera podido retardar la marcha de Junot, y aun

destruir su fatigado ejército, al fin hubiera inútilmente causado la

ruina de Lisboa, atendiendo a la profunda tranquilidad que todavía

reinaba en derredor por todas partes.

El príncipe Don Juan nombró antes de su partida un consejo de regencia

compuesto de cinco personas, a cuyo frente estaba el marqués de

Abrantes, con encargo de no dar al ejército francés ocasión de queja,

ni fundado motivo de que se alterase la buena armonía entre ambas

naciones. Se dispuso el embarco para el 27, y S. A. el príncipe regente

traspasado de dolor salió del palacio de Ajuda conmovido, trémulo

y bañado en lágrimas su demudado rostro: el pueblo colmándole de

bendiciones le acompañaba en su justa y profunda aflicción. La princesa

su esposa, quien en los preparativos del viaje mostró aquel carácter

y varonil energía que en otras ocasiones menos plausibles ha mostrado

en lo sucesivo, iba en un coche con sus tiernos hijos, y dio órdenes

para pasarlos a bordo, y tomar otras convenientes disposiciones con

presencia de ánimo admirable. Al cabo de 16 años de retiro y demencia

apareció en público la reina madre, y en medio del insensible desvarío

de su locura quiso algunos instantes como volver a recobrar la razón

perdida. Molesto y lamentable espectáculo con que quedaron rendidos a

profunda tristeza los fieles moradores de Lisboa: dudosos del porvenir

olvidaban en parte la suerte que les aguardaba, dirigiendo al cielo

fervorosas plegarias por la salud y feliz viaje de la real familia.

La inquietud y el desasosiego creció de punto al ver que por vientos

contrarios la escuadra no salía del puerto.

[Marginal: 29 de noviembre: da la vela la familia real portuguesa.]

Al fin el 29 dio la vela, y tan oportunamente que a las diez de aquella

misma noche llegaron los franceses a Sacavém, distante dos leguas de

Lisboa. Junot desde su llegada a Abrantes había dado nueva forma a la

vanguardia de su desarreglado ejército, y había tratado de superar los

obstáculos que con las grandes avenidas retardaban echar un puente para

pasar el Cécere. Antes que los ingenieros hubieran podido concluir

la emprendida obra, ordenó que en barcas cruzasen el río parte de las

fuerzas de su mando, y con diligencia apresuró su marcha. Ahora ofrecía

el país más recursos, pero a pesar de la fertilidad de los campos, de

los muchos víveres que proporcionó Santarén, y de la mejor disciplina,

el número de soldados rezagados era tan considerable, que las

deliciosas quintas de las orillas del Tajo, y las solitarias granjas

fueron entregadas al saco, y pilladas como lo había sido el país que

media entre Abrantes y la frontera española.

[Marginal: 30 de noviembre: entrada de Junot en Lisboa.]

Amaneció el 30 y vio Lisboa entrar por sus muros al invasor extranjero;

día de luto y desoladora aflicción: otros años lo había sido de

festejos públicos y general regocijo, como víspera del día en que Pinto

Ribeiro y sus parciales, arrojando a los españoles, habían aclamado y

ensalzado a la casa de Braganza; época sin duda gloriosa para Portugal,

sumamente desgraciada para la unión y prosperidad del conjunto de los

pueblos peninsulares. Seguía a Junot una tropa flaca y estropeada,

molida con las forzadas marchas, sin artillería, y muy desprovista:

muestra poco ventajosa de las temidas huestes de Napoleón. Hasta

la misma naturaleza pareció tomar parte en suceso tan importante,

habiendo aunque ligeramente temblado la tierra. Junot arrebatado por

su imaginación, y aprovechándose de este incidente, en tono gentílico

y supersticioso daba cuenta de su expedición escribiendo al ministro

Clarke: «Los dioses se declaran en nuestro favor: lo vaticina el

terremoto que atestiguando su omnipotencia no nos ha causado daño

alguno.» Con más razón hubiera podido contemplar aquel fenómeno

graduándole de présago anuncio de los males que amenazaban a los

autores de la agresión injusta de un estado independiente.

Conservó Junot por entonces la regencia que antes de embarcarse había

nombrado el príncipe, pero agregando a ella al francés Hermann. Sin

contar mucho con la autoridad nacional resolvió por sí imponer al

comercio de Lisboa un empréstito forzoso de dos millones de cruzados,

y confiscar todas las mercancías británicas, aun aquellas que eran

consideradas como de propiedad portuguesa. El cardenal patriarca

de Lisboa, el inquisidor general y otros prelados publicaron y

circularon pastorales en favor de la sumisión y obediencia al nuevo

gobierno; reprensibles exhortos, aunque hayan sido dados por impulso

e insinuaciones de Junot. El pueblo, agitado, dio señales de mucho

descontento cuando el 13 vio que en el arsenal se enarbolaba la

bandera extranjera en lugar de la portuguesa. Apuró su sufrimiento la

pomposa y magnífica revista que hubo dos días después en la plaza del

Rossio: allí dio el general en jefe gracias a las tropas en nombre del

emperador, y al mismo tiempo se tremoló en el castillo con veinticinco

cañonazos repetidos por todos los fuertes la bandera francesa.

Universal murmullo respondió a estas demostraciones del extranjero, y

hubiérase seguido una terrible explosión, si un hombre audaz hubiera

osado acaudillar a la multitud conmovida. La presencia de la fuerza

armada contuvo el sentimiento de indignación que aparecía en los

semblantes del numeroso concurso; solo en la tarde con motivo de haber

preso a un soldado de la policía portuguesa, se alborotó el populacho,

quiso sacarle de entre las manos de los franceses, y hubo de una y otra

parte muertes y desgracias. El tumulto no se sosegó del todo hasta el

día siguiente por la mañana, en que se ocuparon las plazas y puntos

importantes con artillería y suficientes tropas.

Al comenzar diciembre, no completa todavía su división, Don Francisco

María Solano, marqués del Socorro, [Marginal: Entrada de los españoles

en Portugal.] se apoderó sin oposición de Elvas, después de haber

consultado su comandante al gobierno de Lisboa. Antes de entrar en

Portugal había recomendado a sus tropas por medio de una proclama la

más severa disciplina; conservose en efecto, aunque obligado Socorro

a poner en ejecución las órdenes arbitrarias de Junot, causaba a

veces mucho disgusto en los habitantes, manifestando sin embargo en

todo lo que era compatible con sus instrucciones, desinterés y loable

integridad. Al mismo tiempo creyéndose dueño tranquilo del país, empezó

a querer transformar a Setúbal en otra Salento, ideando reformas en que

generalmente más bien mostraba buen deseo, que profundos conocimientos

de administración y de hombre de estado. Sus experiencias no fueron de

larga duración.

Por Tomar y Coimbra se dirigieron a Oporto algunos cuerpos de la

división de Carrafa, los que sirvieron para completar la del general

Don Francisco Taranco, quien por aquellos primeros días de diciembre

cruzó el Miño con solos 6000 hombres, en lugar de los 10.000 que era el

contingente pedido: modelo de prudencia y cordura, mereció Taranco el

agradecimiento y los elogios de los habitantes de aquella provincia. El

portugués Accursio das Neves alaba en su historia la severa disciplina

del ejército, la moderación y prudencia del general Taranco, y añade:

«el nombre de este general será pronunciado con eterno agradecimiento

por los naturales, testigos de su dulzura e integridad; tan sincero

en sus promesas como Junot pérfido y falaz en las suyas.» Agrada oír

el testimonio honroso que por boca imparcial ha sido dado a un jefe

bizarro, amante de la justicia y de la disciplina militar, al tiempo

que muy diversas escenas se representaban lastimosamente en Lisboa.

[Marginal: 16 de noviembre: viaje de Napoleón a Italia.]

Así iban las cosas de Portugal, entretanto que Bonaparte después de

haberse detenido unos días por las ocurrencias del Escorial, salió

al fin para Italia el 16 de noviembre. Era uno de los objetos de su

viaje poner en ejecución el artículo del tratado de Fontainebleau,

por el que la Etruria o Toscana era agregada al imperio de Francia.

Gobernaba aquel reino como regenta desde la muerte de su esposo la

infanta Doña María Luisa, quien ignoraba el traspaso hecho sin su

anuencia de los estados de su hijo. Y no habiendo precedido aviso

alguno ni confidencial de sus mismos padres los reyes de España, la

Regenta se halló sorprendida el 23 de noviembre con haberla comunicado

el ministro francés D’Aubusson que era necesario se preparase a dejar

sus dominios, estando para ocuparlos las tropas de su amo el emperador,

en virtud de cesión que le había hecho España. [Marginal: Reina de

Etruria.] Aturdida la reina con la singularidad e importancia de tal

nueva, apenas daba crédito a lo que veía y oía, y por de pronto se

resistió al cumplimiento de la desusada intimación; pero insistiendo

con más fuerza el ministro de Francia, y propasándose a amenazarla, se

vio obligada la reina a someterse a su dura suerte; y con su familia

salió de Florencia el 1.º de diciembre. Al paso por Milán tuvo vistas

con Napoleón: alegrábase del feliz encuentro confiando hallar alivio

a sus penas, mas en vez de consuelos solo recibió nuevos desengaños.

Y como si no bastase para oprimirla de dolor el impensado despojo del

reino de su hijo, acrecentó Napoleón los disgustos de la desvalida

reina, achacando la culpa del estipulado cambio al gobierno de España.

Es también de advertir que después de abultarle sobremanera lo acaecido

en el Escorial, le aconsejó que suspendiese su viaje, y aguardase en

Turín o Niza el fin de aquellas disensiones; indicio claro de que

ya entonces no pensaba cumplir en nada lo que dos meses antes había

pactado en Fontainebleau. Siguió sin embargo la familia de Parma,

desposeída del trono de Etruria, su viaje a España, a donde iba a ser

testigo y partícipe de nuevas desgracias y trastornos. Así en dos

puntos opuestos, y al mismo tiempo, fueron despojadas de sus tronos dos

esclarecidas estirpes: una quizá para siempre, otra para recobrarle

con mayor brillo y gloria.

[Marginal: Carta de Carlos IV a Napoleón.]

Aún estaba en Milán Napoleón cuando contestó a una carta de Carlos

IV recibida poco antes, en la que le proponía este monarca enlazar a

su hijo Fernando con una princesa de la familia imperial. Asustado

como hemos dicho el príncipe de la Paz con ver complicado el nombre

francés en la causa del Escorial, pareciole oportuno mover al rey a

dar un paso que suavizara la temida indignación del emperador de los

franceses. Incierto este en aquel tiempo sobre el modo de enseñorearse

de España, no desechó la propuesta, antes bien la aceptó afirmando en

su contestación no haber nunca recibido carta alguna del príncipe de

Asturias; disimulo en la ocasión lícito y aun atento. [Marginal: Dudas

de Napoleón sobre su conducta respecto de España.] Debió sin duda

inclinarse entonces Bonaparte al indicado casamiento, habiéndosele

formalmente propuesto en Mantua a su hermano Luciano, a quien también

ofreció allí el trono de Portugal, olvidándose o más bien burlándose de

lo que poco antes había solemnemente pactado, como varias veces nos lo

ha dado ya a entender con su conducta. Luciano o por desvío, o por no

confiar en las palabras de Napoleón, no admitió el ofrecido cetro, mas

no desdeñó el enlace de su hija con el heredero de la corona de España,

enlace que a pesar de la repugnancia de la futura esposa, hubiera

tenido cumplido efecto si el emperador francés no hubiera alterado o

mudado su primitivo plan.

Llena empero de admiración que en la importantísima empresa de la

península anduviese su prevenido ánimo tan vacilante y dudoso. Una

sola idea parece que hasta entonces se había grabado en su mente; la

de mandar sin embarazo ni estorbos en aquel vasto país, confiando a

su feliz estrella o a las circunstancias el conseguir su propósito y

acertar con los medios. Así a ciegas y con más frecuencia de lo que se

piensa suele revolverse y trocarse la suerte de las naciones.

De todos modos era necesario contar con poderosas fuerzas para el

fácil logro de cualquiera plan que a lo último adoptase. Con este

objeto se formaba en Bayona el segundo cuerpo de observación de la

Gironda, en tanto que el primero atravesaba por España. Constaba de

24.000 hombres de infantería, nuevamente organizada con soldados de

la conscripción de 1808 pedida con anticipación, y de 3500 caballos

sacados de los depósitos de lo interior de Francia, con los que se

formaron regimientos provisionales de coraceros y cazadores. Mandaba

en jefe el general Dupont, y las tres divisiones en que se distribuía

aquel cuerpo de ejército estaban a cargo de los generales Barbou, Vedel

y Malher, y al del piamontés Fresia la caballería. Empezó a entrar en

España sin convenio anterior ni conformidad del gabinete de Francia

con el nuestro, con arreglo a lo prevenido en la convención secreta de

Fontainebleau: infracción precursora de otras muchas. [Marginal: 22 de

diciembre: Dupont en Irún.] Dupont llegó a Irún el 22 de diciembre,

y en enero estableció su cuartel general en Valladolid, con partidas

destacadas camino de Salamanca, como si hubiera de dirigirse hacia

los linderos de Portugal. La conducta del nuevo ejército fue más

indiscreta y arrogante que la del primero, y daba indicio de lo que

se disponía. Estimulaba con su ejemplo el mismo general en jefe, cuyo

comportamiento tocaba a veces en la raya del desenfreno. En Valladolid

echó por fuerza de su habitación a los marqueses de Ordoño en cuya

casa alojaba, y al fin se vieron obligados a dejársela toda entera a

su libre disposición: tal era la dureza y malos tratos, mayormente

sensibles por provenir de quien se decía aliado, y por ser en un país

en donde era transcurrido un siglo con la dicha de no haber visto

ejército enemigo, con cuyo nombre en adelante deberá calificarse al que

los franceses habían metido en España.

No se habían pasado los primeros días de enero sin que pisase

su territorio otro tercer cuerpo compuesto de 25.000 hombres de

infantería y 2700 caballos, que había sido formado de soldados

bisoños, trasladados en posta a Burdeos de los depósitos del norte.

[Marginal: 9 de enero: Entrada del cuerpo de Moncey.] Principió a

entrar por la frontera el 9 del mismo enero, siendo capitaneado por

el mariscal Moncey, y con el nombre de cuerpo de observación de las

costas del océano: era el general Harispe jefe de estado mayor;

mandaba la caballería Grouchy, y las respectivas divisiones Musnier

de la Converserie, Morlot y Gobert. Prosiguió su marcha hasta los

lindes de Castilla, como si no hubiera hecho otra cosa que continuar

por provincias de Francia, prescindiendo de la anuencia del gobierno

español, y quebrantando de nuevo y descaradamente los conciertos y

empeños con él contraídos.

Inquietaba a la corte de Madrid la conducta extraña e inexplicable de

su aliado, y cada día se acrecentaba su sobresalto con los desaires

que en París recibían Izquierdo y el embajador príncipe de Maserano.

Napoleón dejaba ver más a las claras su premeditada resolución, y a

veces despreciando altamente al príncipe de la Paz, censuraba con

acrimonia los procedimientos de su administración. Desatendía de todo

punto sus reclamaciones, y respondiendo con desdén al manifestado

deseo de que se mudase al embajador Beauharnais a causa de su oficiosa

diligencia en el asunto del proyectado casamiento, [Marginal:

Publicaciones del Monitor: 24 de enero de 1808.] dio por último en el

Monitor de 24 de enero un auténtico y público testimonio del olvido en

que había echado el tratado de Fontainebleau y al mismo tiempo dejó

traslucir las tramas que contra España urdía. Se insertaron pues en el

diario de oficio dos exposiciones del ministro Champagny, una atrasada

del 21 de octubre, y otra más reciente del 2 de enero de aquel año.

La primera se publicó, digámoslo así, para servir de introducción a

la segunda, en la que después de considerar al Brasil como colonia

inglesa, y de congratularse el ministro de que por lo menos se viese

Portugal libre del yugo y fatal influjo de los enemigos del Continente,

concluía con que intentando estos dirigir expediciones secretas hacia

los mares de Cádiz, la península entera fijaría la atención de S. M. I.

Acompañó a las exposiciones un informe no menos notable del ministro

de la guerra Clarke con fecha de 6 de enero, en el que se trataba

de demostrar la necesidad de exigir la conscripción de 1809 para

formar el cuerpo de observación del océano, sobre el que nada se había

hablado ni comunicado anteriormente al gobierno español: inútil es

recordar que el sumiso senado de Francia concedió pocos días después el

pedido alistamiento. Puestas de manifiesto cada vez más las torcidas

intenciones del gabinete de Saint-Cloud, llegamos ya al estrecho en que

todo disfraz y disimulo se echó a un lado, y en que cesó todo género de

miramientos.

[Marginal: 1.º de febrero de 1808: proclama de Junot.]

En 1.º de febrero hizo Junot saber al público por medio de una

proclama «que la casa de Braganza había cesado de reinar, y que el

emperador Napoleón habiendo tomado bajo su protección el hermoso

país de Portugal, quería que fuese administrado y gobernado _en su

totalidad_ a nombre suyo y por el general en jefe de su ejército.»

Así se desvanecieron los sueños de soberanía del deslumbrado Godoy,

y se frustraron a la casa de Parma las esperanzas de una justa y

debida indemnización. [Marginal: Forma nueva regencia de que se

nombra presidente.] Junot se apoderó del mando supremo a nombre de

su soberano, extinguió la regencia elegida por el príncipe Don Juan

antes de su embarco, reemplazándola con un consejo de regencia de que

él mismo era presidente. Y para colmar de amargura a los portugueses

y aumentar, si era posible, su descontento, publicó en el mismo día

un decreto de Napoleón, dado en Milán a 23 de diciembre, [Marginal:

Gravosa contribución extraordinaria.] por el que se imponía a Portugal

una contribución extraordinaria de guerra de cien millones de francos,

como redención, decía, de todas las propiedades pertenecientes a

particulares; se secuestraban también todos los bienes y heredamientos

de la familia real, y de los hidalgos que habían seguido su suerte. Con

estas arbitrarias disposiciones trataba a Portugal, que no había hecho

insulto ni resistencia alguna, como país conquistado, y le trataba con

dureza digna de la edad media. Gravar extraordinariamente con cien

millones de francos a un reino de la extensión y riqueza de Portugal,

al paso que con la adopción del sistema continental se le privaba de

sus principales recursos, era lo mismo que decretar su completa ruina

y aniquilamiento. No ascendía probablemente a tanto la moneda que

era necesaria para los cambios y diaria circulación, y hubiera sido

materialmente imposible realizar su pago si Junot convencido de las

insuperables dificultades que se ofrecían para su pronta e inmediata

exacción, no hubiera fijado plazos, y acordado ciertas e indispensables

limitaciones. De ofensa más bien que de suave consuelo pudiera

graduarse el haber trazado al margen de destructoras medidas un cuadro

lisonjero de la futura felicidad de Portugal, con la no menos halagüeña

esperanza de que nuevos Camoens nacerían para ilustrar el parnaso

lusitano. A poder reanimarse las muertas cenizas del cantor de Gama,

solo hubieran tomado vida para alentar a sus compatriotas contra el

opresor extranjero, y para excitarlos vigorosamente a que no empañasen

con su sumisión las inmortales glorias adquiridas por sus antepasados

hasta en las regiones más apartadas del mundo.

Todavía no había llegado el oportuno momento de que el noble orgullo

de aquella nación abiertamente se declarase; pero queriendo con

el silencio expresar de un modo significativo los sentimientos que

abrigaba en su generoso pecho, tres fueron los solos habitantes de

Lisboa que iluminaron sus casas en celebridad de la mudanza acaecida.

[Marginal: Envía a Francia una división portuguesa.]

Los temores que a Junot infundía la injusticia de sus procedimientos,

le dictaron acelerar la salida de las pocas y antiguas tropas

portuguesas que aún existían, y formando de ellas una corta división

de apenas 10.000 hombres, dio el mando al marqués de Alorna, y no se

había pasado un mes cuando tomaron el camino de Valladolid. Gran número

desertó antes de llegar a su destino.

Clara ya y del todo descubierta la política de Napoleón respecto

de Portugal, disponían en tanto los fingidos aliados de España dar

al mundo una señalada prueba de alevosía. Por las estrechuras de

Roncesvalles se encaminó hacia Pamplona el general D’Armagnac con tres

batallones, y presentándose repentinamente delante de aquella plaza,

se le permitió sin obstáculo alojar dentro sus tropas: no contento el

francés con esta demostración de amistad y confianza, solicitó del

virrey marqués de Vallesantoro meter en la ciudadela dos batallones

de suizos, socolor de tener recelos de su fidelidad. Negose a ello el

virrey alegando que no le era lícito acceder a tan grave propuesta sin

autoridad de la corte: adecuada contestación y digna del debido elogio,

si la vigilancia hubiera correspondido a lo que requería la crítica

situación de la plaza. Pero tal era el descuido, tal el incomprensible

abandono, que hasta dentro de la misma ciudadela iban todos los días

los soldados franceses a buscar sus raciones, sin que se tomasen ni

las comunes precauciones de tiempo de paz. No así desprevenido el

general D’Armagnac se había de antemano hospedado en casa del marqués

de Besolla, porque situado aquel edificio al remate de la explanada

y en frente de la puerta principal de la ciudadela, podía desde allí

con más facilidad acechar el oportuno momento para la ejecución de su

alevoso designio. Viendo frustrado su primer intento con la repulsa

del virrey, ideó el francés recurrir a un vergonzoso ardid. [Marginal:

16 de febrero: toma de la ciudadela de Pamplona.] Uno a uno y con

estudiada disimulación mandó que en la noche del 15 al 16 de febrero

pasasen con armas a su posada cierto número de granaderos, al paso

que en la mañana siguiente soldados escogidos, guiados bajo disfraz

por el jefe de batallón Robert, acudieron a la ciudadela a tomar los

víveres de costumbre. Nevaba, y bajo pretexto de aguardar a su jefe

empezaron los últimos a divertirse tirándose unos a otros pellas de

nieve: distrajeron con el entretenimiento la atención de los soldados

españoles, y corriendo y jugando de aquella manera se pusieron algunos

sobre el puente levadizo para impedir que le alzasen. A poco y a una

señal convenida se abalanzaron los restantes al cuerpo de guardia,

desarmaron a los descuidados centinelas, y apoderándose de los fusiles

del resto de la tropa colocados en el armero, franquearon la entrada

a los granaderos ocultos en casa de D’Armagnac, a los que de cerca

siguieron todos los demás. La traición se ejecutó con tanta celeridad

que apenas había recibido la primera noticia el desavisado virrey,

cuando ya los franceses se habían del todo posesionado de la ciudadela.

D’Armagnac le escribió entonces, a manera de satisfacción, un oficio en

que al paso que se disculpaba con la necesidad, lisonjeábase de que en

nada se alteraría la buena armonía propia de dos fieles aliados: género

de mofa con que hacía resaltar su fementida conducta.

Por el mismo tiempo se había reunido en los Pirineos orientales

una división de tropas italianas y francesas, compuesta de 11.000

hombres de infantería y 1700 de caballería: [Marginal: Entra Duhesme

en Cataluña.] en 4 de febrero tomó en Perpiñán el mando el general

Duhesme, quien en sus memorias cuenta solo disponibles 7000 soldados:

a sus órdenes estaban el general italiano Lecchi y el francés Chabran.

A pocos días penetraron por la Junquera dirigiéndose a Barcelona con

intento, decían, de proseguir su viaje a Valencia. Antes de avistar

los muros de la capital de Cataluña recibió Duhesme una intimación

del capitán general conde de Ezpeleta, sucesor por aquellos días del

de Santa Clara para suspender su marcha hasta tanto que consultase a

la corte. Completamente ignoraba esta el envío de tropas por el lado

oriental de España, ni el embajador francés había siquiera informado

de la novedad, tanto más importante cuanto Portugal no podía servir

de capa a la reciente expedición. Duhesme lejos de arredrarse con el

requerimiento de Ezpeleta, contestó de palabra con arrogancia que a

todo evento llevaría a cabo las órdenes del emperador, y que sobre el

capitán general de Cataluña recaería la responsabilidad de cualquiera

desavenencia. Celebró un consejo el conde de Ezpeleta, y en él se

acordó permitir la entrada en Barcelona a las tropas francesas.

[Marginal: Llega a Barcelona.] Así lo realizaron el 13 de aquel mes

quedando no obstante en poder de la guarnición española Monjuich y

la ciudadela. Pidió Duhesme que en prueba de buena armonía se dejase

a sus tropas alternar con las nacionales en la guardia de todas las

puertas. Falto de instrucciones y temeroso de la enemistad francesa

accedió Ezpeleta con harta si bien disculpable debilidad a la imperiosa

demanda, colocando Duhesme en la puerta principal de la misma ciudadela

una compañía de granaderos, en cuyo puesto había solamente 20 soldados

españoles. Pesaroso el capitán general de haber llevado tan allá su

condescendencia, rogó al francés que retirase aquel piquete; pero muy

otras eran las intenciones del último, no contentándose ya con nada

menos que con la total ocupación. Andaba también Duhesme más receloso a

causa de la llegada a Barcelona del oficial de artillería Don Joaquín

Osma, a quien suponía enviado con especial encargo de que se velase a

la conservación de la plaza, probable conjetura en efecto si en Madrid

hubiera habido sombra de buen gobierno; mas era tan al contrario,

que Osma había sido comisionado para facilitar a los aliados cuanto

apeteciesen, y para recomendar la buena armonía y mejor trato. Solo se

le insinuó en instrucción verbal que procurase de paso indagar en las

conversaciones con los oficiales cuál fuese el verdadero objeto de la

expedición, como si para ello hubiera habido necesidad de correr hasta

Barcelona, y de despachar expresamente un oficial de explorador.

[Marginal: 28 de febrero: sorpresa de la ciudadela de Barcelona.]

Trató en fin Duhesme de apoderarse por sorpresa de la ciudadela y de

Monjuich el 28 de febrero: fue estimulado con el recibo aquel mismo día

de una carta escrita en París por el ministro de la Guerra, en la que

le suponía dueño de los fuertes de Barcelona; tácito modo de ordenar lo

que a las claras hubiera sido inicuo y vergonzoso. Para adormecer la

vigilancia de los españoles esparcieron los franceses por la ciudad que

se les había enviado la orden de continuar su camino a Cádiz, mentirosa

voz que se hacía más verosímil con la llegada del correo recibido.

Dijeron también que antes de la partida debían revistar las tropas,

y con aquel pretexto las juntaron en la explanada de la ciudadela,

apostando en el camino que de allí va a la Aduana un batallón de

vélites italianos, y colocando la demás fuerza de modo que llamase

hacia otra parte la atención de los curiosos. Hecha la reseña de

algunos cuerpos se dirigió el general Lecchi, con grande acompañamiento

de estado mayor, del lado de la puerta principal de la ciudadela, y

aparentando comunicar órdenes al oficial de guardia se detuvo en el

puente levadizo para dar lugar a que los vélites, cuya derecha se había

apoyado en la misma estacada, avanzasen cubiertos por el revellín que

defiende la entrada: ganaron de este modo el puente embarazado con los

caballos, después de haber arrollado al primer centinela, cuya voz

fue apagada por el ruido de los tambores franceses que en las bóvedas

resonaban. Entonces penetró Lecchi dentro del recinto principal con

su numerosa comitiva, le siguió el batallón de vélites y la compañía

de granaderos, que ya de antemano montaba la guardia en la puerta

principal, reprimió a los 20 españoles, obligados a ceder al número y a

la sorpresa: cuatro batallones franceses acudieron después a sostener

al que primero había entrado a hurtadillas, y acabaron de hacerse

dueños de la ciudadela. Dos batallones de guardias españolas y valonas

la guarnecían; pero llenos de confianza oficiales y soldados habían

ido a la ciudad a sus diversas ocupaciones, y cuando quisieron volver

a sus puestos encontraron resistencia en los franceses, quienes al fin

se lo permitieron después de haber tomado escrupulosas precauciones.

Los españoles pasaron luego la noche y casi todo el siguiente día

formados enfrente de sus nuevos y molestos huéspedes; e inquietos estos

con aquella hostil demostración, lograron que se diese orden a los

nuestros de acuartelarse fuera, y evacuar la plaza. Santilly, comandante

español, así que vio tan desleal proceder, se presentó a Lecchi como

prisionero de guerra, quien osando recordarle la amistad y alianza de

ambas naciones, al mismo tiempo que arteramente quebrantaba todos los

vínculos, le recibió con esmerado agasajo.

[Marginal: Sorpresa de Monjuich: 28 de febrero.]

Entretanto y a la hora en que parte de la guarnición había bajado a la

ciudad, otro cuerpo francés se avanzaba hacia Monjuich. La situación

elevada y descubierta de este fuerte impidió a los extranjeros tocar

sin ser vistos el pie de los muros. Al aproximarse se alzó el puente

levadizo, y en balde intimó el comandante francés Floresti que se le

abriesen las puertas: allí mandaba Don Mariano Álvarez. Desconcertado

Duhesme en su doloso intento recurrió a Ezpeleta, y poniendo por

delante las órdenes del emperador le amenazó tomar por fuerza lo que

de grado no se le rindiese. Atemorizado el capitán general ordenó la

entrega: dudó Álvarez un instante; mas la severidad de la disciplina

militar, y el sosiego que todavía reinaba por todas partes, le forzaron

a obedecer al mandato de su jefe. Sin embargo habiéndose conmovido

algún tanto Barcelona con la alevosa ocupación de la ciudadela, se

aguardó a muy entrada la noche para que sin riesgo pudiesen los

franceses entrar en el recinto de Monjuich.

Irritados a lo sumo con semejantes y repetidas perfidias los generosos

pechos de los militares españoles, se tomaron exquisitas providencias

para evitar un compromiso, y dejando en Barcelona a los guardias

españolas y valonas con la artillería, se mandó salir a Villafranca al

regimiento de Extremadura.

Al paso por Figueras había Duhesme dispuesto que se detuviese allí

alguna de su gente, alegando especiosos pretextos. Durante más de un

mes permanecieron dichos soldados tranquilos, hasta que ocupados todos

los fuertes de Barcelona trataron de apoderarse de la ciudadela de San

Fernando con la misma ruin estratagema empleada en las otras plazas.

[Marginal: 18 de marzo: ocupación de San Fernando de Figueras.] Estando

los españoles en vela acudieron a tiempo a la sorpresa y la impidieron;

mas el gobernador anciano y tímido dio permiso dos días después al

mayor Piat para que encerrase dentro 200 conscriptos, bajo cuyo nombre

metió el francés soldados escogidos, los cuales con otros que a su

sombra entraron se enseñorearon de la plaza el 18 de marzo, despidiendo

muy luego el corto número de españoles que la guarnecían.

[Marginal: 5 de marzo: entrega de S. Sebastián.]

Pocos días antes había caído en manos de los falsos amigos la plaza

de San Sebastián: era su gobernador el brigadier español Daiguillon,

y comandante del fuerte de Santa Cruz el capitán Douton. Advertido

aquel por el cónsul de Bayona de que Murat, gran duque de Berg, le

había indicado en una conversación cuán conveniente sería para la

seguridad de su ejército la ocupación de San Sebastián, dio parte de

la noticia al duque de Mahón, comandante general de Guipúzcoa, recién

llegado de Madrid. Inmediatamente consultó este al príncipe de la Paz,

y antes de que hubiera habido tiempo para recibir contestación, el

general Monthion, jefe de estado mayor de Murat, escribió a Daiguillon

participándole cómo el gran duque de Berg había resuelto que los

depósitos de infantería y caballería de los cuerpos que habían entrado

en la península se trasladasen de Bayona a San Sebastián,[*] [Marginal:

(* Ap. n. 1-10.)] y que fuesen alojados dentro, debiendo salir para

aquel destino del 4 al 5 de marzo. Apenas había el gobernador abierto

esta carta cuando recibió otra del mismo jefe avisándole que los

depósitos, cuya fuerza ascendería a 350 hombres de infantería y 70

de caballería, saldrían antes de lo que había anunciado. Comunicados

ambos oficios al duque de Mahón, de acuerdo con el gobernador y con el

comandante del fuerte, respondió el mismo duque rogando al de Berg

que suspendiese su resolución hasta que le llegase la contestación

de la corte, y ofreciendo entretanto alojar con toda comodidad fuera

de la plaza y del alcance del cañón los depósitos de que se trataba.

Ofendido el príncipe francés de la inesperada negativa escribió por sí

mismo en 4 de marzo una carta altiva y amenazadora al duque de Mahón,

quien no desdiciendo entonces de la conducta propia de un descendiente

de Crillon, replicó dignamente y reiteró su primera respuesta. Grande

sin embargo era su congoja y arriesgada su posición, cuando la flaca

condescendencia del príncipe de la Paz, y la necesidad en que había

estrechado a este su culpable ambición, sacaron a todos los jefes de

San Sebastián de su terrible y crítico apuro. Al margen del oficio que

en consulta se le había escrito puso el generalísimo Godoy de su mismo

puño, fecha 3 de marzo «que ceda el gobernador la plaza, pues no tiene

medio de defenderla; pero que lo haga de un modo amistoso según lo han

practicado los de las otras plazas, sin que para ello hubiese ni tantas

razones ni motivos de excusa como en San Sebastián.» De resultas ocupó

con los depósitos la plaza y el puerto el general Thouvenot.

He aquí el modo insidioso con que en medio de la paz y de una estrecha

alianza se privó a España de sus plazas más importantes: perfidia

atroz, deshonrosa artería en guerreros envejecidos en la gloriosa

profesión de las armas, ajena e indigna de una nación grande y

belicosa. Cuando leemos en la juiciosa historia de Coloma el ingenioso

ardid con que Fernando Tello Portocarrero sorprendió a Amiens, notamos

en la atrevida empresa agudeza en concebirla, bizarría en ejecutarla

y loable moderación al alcanzar el triunfo. La toma de aquella plaza,

llave entonces de la frontera de Francia del lado de la Picardía, y

cuya sorpresa, según nos dice Sully, oprimió de dolor a Enrique IV, era

legítima: guerra encarnizada andaba entre ambas naciones, y era lícito

al valor y a la astucia buscar laureles que no se habían de mancillar

con el quebrantamiento de la buena fe y de la lealtad. El bastardo

proceder de los generales franceses no solo era escandaloso por el

tiempo y por el modo, sino que también era tanto menos disculpable

cuanto era menos necesario. Dueño el gobierno francés de la débil

voluntad del de Madrid le hubiera bastado una mera insinuación, sin

acudir a la amenaza, para conseguir del obsequioso y sumiso aliado la

entrega de todas las plazas, como lo ordenó con la de San Sebastián.

[Marginal: 7 de febrero: orden para que la escuadra de Cartagena vaya a

Toulon.]

Tampoco echó Napoleón en olvido la marina, pidiendo con ahínco que se

reuniesen con sus escuadras las españolas. En consecuencia diose el 7

de febrero la orden a Don Cayetano Valdés, que en Cartagena mandaba

una fuerza de seis navíos, de hacerse a la vela dirigiendo su rumbo

a Toulon. Afortunadamente vientos contrarios, y, según se cree, el

patriótico celo del comandante, impidieron el cumplimiento de la orden,

tomando la escuadra puerto en las Baleares.

Hechos de tal magnitud no causaron en las provincias lejanas de España

impresión profunda. Ignorábanse en general, o se atribuían a amaños de

Godoy: lo dificultoso y escaso de las comunicaciones, la servidumbre

de la imprenta, y la extremada reserva del gobierno no daban lugar a

que la opinión se ilustrase, ni a que se formase juicio acertado de

los acaecimientos. En días como aquellos recoge el poder absoluto con

creces los frutos de su imprevisión y desafueros. También los pueblos,

si no son envueltos en su ruina, al menos participan bastantemente

de sus desgracias; como si la Providencia quisiera castigarlos de su

indolencia y culpable sufrimiento.

[Marginal: Desasosiego de la corte de Madrid.]

Por lo demás la corte estaba muy inquieta, y se asegura que el príncipe

de la Paz fue de los que primero se convencieron de la mala fe de

Napoleón, y de sus depravados intentos: disfrazábalos sin embargo

este, ofreciendo a veces en su conducta una alternativa hija quizá de

su misma vacilación e incertidumbre: [Marginal: Conducta ambigua de

Napoleón.] pues al paso que proyectaba y ponía en práctica hacerse

dueño de todo Portugal y de las plazas de la frontera, sin miramiento a

tratados ni alianzas, no solo regalaba a Carlos IV en los primeros días

de febrero, en prueba de su íntima amistad, quince caballos de coche,

sino que asimismo le escribía amargas quejas [Marginal: Sobresalto del

príncipe de la Paz.] por no haber reiterado la petición de una esposa

imperial para el príncipe de Asturias: y si bien no era unión esta

apetecible para Godoy, por lo menos no indicaba Bonaparte con semejante

demostración querer derribar del trono la estirpe de los Borbones.

Dudas y zozobras asaltaban de tropel la mente del valido, [Marginal:

Llegada a Madrid de Izquierdo.] cuando la repentina llegada por el mes

de febrero de su confidente Don Eugenio Izquierdo acabó de perturbar

su ánimo. En la numerosa corte que le tributaba continuado y lisonjero

incienso, prorrumpía en expresiones propias de hombre desatentado y

descompuesto. Hablaba de su grandeza, de su poderío; usaba de palabras

poco recatadas, y parecía presentir la espantosa desgracia que como en

sombra ya le perseguía. Interpretábase de mil maneras la apresurada

venida de Izquierdo, y nada por entonces pudo traslucirse, sino que

era de tal importancia, y anunciadora de tan malas nuevas, que los

reyes y el privado despavoridos preparábanse a tomar alguna impensada y

extraordinaria resolución.

Por una nota que después en 24 de marzo escribió Izquierdo,[*]

[Marginal: (* Ap. n. 1-11.)] y por lo que hemos oído a personas con él

conexionadas, podemos fundadamente inferir que su misión ostensible

se dirigía a ofrecer de un modo informal ciertas ideas al examen del

gobierno español, y a hacer sobre ellas varias preguntas; pero que

el verdadero objeto de Napoleón fue infundir tal miedo en la corte

de Madrid, que la provocase a imitar a la de Portugal en su partida,

resolución que le desembarazaba del engorroso obstáculo de la familia

real, y le abría fácil entrada para apoderarse sin resistencia del

vacante y desamparado trono español. Las ideas y preguntas arriba

indicadas fueron sugeridas por Napoleón y escritas por Izquierdo.

Reducíanse con corta variación a las que él mismo extendió en la

nota antes mencionada de 24 de marzo, y que recibida después del

levantamiento de Aranjuez, cayó en manos de los adversarios de Godoy.

Eran pues las proposiciones en ella contenidas: 1.ª Comercio libre

para españoles y franceses en sus respectivas colonias. 2.ª Trocar

las provincias del Ebro allá con Portugal, cuyo reino se daría en

indemnización a España. 3.ª Un nuevo tratado de alianza ofensiva y

defensiva. 4.ª Arreglar la sucesión al trono de España: y 5.ª Convenir

en el casamiento del príncipe de Asturias con una princesa imperial: el

último artículo no debía formar parte del tratado principal. Es inútil

detenerse en el examen de estas proposiciones que hubieran ofrecido

materia a reflexiones importantes, si hubieran sido objeto de algún

tratado o seria discusión. Admira no obstante la confianza o más bien

el descaro con que se presentaron sin hacerse referencia al tratado

de Fontainebleau, para cuya entera anulación no había España dado ni

ocasión ni pretexto. [Marginal: Sale Izquierdo el 10 de marzo para

París.] La misión de Izquierdo produjo el deseado efecto; y aunque el

10 de marzo salió para París con nuevas instrucciones y carta de Carlos

IV, habíanse ya perdido las esperanzas de evitar el terrible golpe que

amenazaba.

[Marginal: Tropas francesas que continuaron entrando en España.]

El gobierno francés no había interrumpido el envío sucesivo de

tropas y oficiales, y en el mes de marzo se formó un nuevo cuerpo

llamado de observación de los Pirineos occidentales que ascendía a

19.000 hombres, sin contar con 6000 de la guardia imperial, en cuyo

número se distinguían mamelucos, polacos y todo género y variedad de

uniformes propios a excitar la viva imaginación de los españoles. Se

encomendó esta fuerza al mando de Bessières, duque de Istria: parte de

los cuerpos se acabaron de organizar dentro de la península, y era

continuado su movimiento y ejercicio.

Había ya en el corazón de España, aun no incluyendo los de Portugal,

100.000 franceses, sin que a las claras se supiese su verdadero y

determinado objeto, y cuya entrada, según dejamos dicho, había sido

contraria a todo lo que solemnemente se había estipulado entre ambas

naciones. Faltaban a los diversos cuerpos en que estaba distribuido el

ejército francés un general en jefe, [Marginal: Murat nombrado general

en jefe del ejército francés en España.] y recayó la elección en Murat,

gran duque de Berg, con título de lugarteniente del emperador, de

quien era cuñado. Llegó a Bayona en los primeros días de marzo, solo

y sin acompañamiento; pero le habían precedido y le seguían oficiales

sueltos de todas graduaciones, quienes debían encargarse de organizar

y disciplinar los nuevos alistados que continuamente se remitían a

España. Llegó Murat a Burgos el 13 de marzo, y en aquel día dio una

proclama a sus soldados «para que tratasen a los españoles, nación

por tantos títulos estimable, como tratarían a los franceses mismos;

queriendo solamente el emperador el bien y felicidad de España.»

[Marginal: Piensa la corte de Madrid en partir para Andalucía.]

Tantas tropas y tan numerosos refuerzos que cada día se internaban

más y más en el reino; tanta mala fe y quebrantamiento de solemnes

promesas, el viaje de Izquierdo y sus temores; tanto cúmulo en fin de

sospechosos indicios impelieron a Godoy a tomar una pronta y decisiva

resolución. [Marginal: Providencias que toma.] Consultó con los reyes

y al fin les persuadió lo urgente que era pensar en trasladarse del

otro lado de los mares. Pareció antes oportuno, como paso previo,

adoptar el consejo dado por el príncipe de Castel-Franco de retirarse

a Sevilla, desde donde con más descanso se pondrían en obra y se

dirigirían los preparativos de tan largo viaje. Para remover todo

género de tropiezos se acordó formar un campo en Talavera, y se mandó

a Solano que de Portugal se replegase sobre Badajoz. Estas fuerzas

con las que se sacarían de Madrid, debían cubrir el viaje de SS. MM.,

y contener cualquiera movimiento que los franceses intentaran para

impedirle. También se mandó a las tropas de Oporto, cuyo digno general

Taranco había fallecido allí de un cólico violento, que se volviesen a

Galicia; y se ofició a Junot para que permitiese a Carrafa dirigirse

con sus españoles hacia las costas meridionales, en donde los ingleses

amenazaban desembarcar; artificio, por decirlo de paso, demasiado

grosero para engañar al general francés. Fue igualmente muy fuera de

propósito enviar a Dupont un oficial de estado mayor para exigirle

aclaración de las órdenes que había recibido, como si aquel hubiera de

comunicarlas, y como si en caso de contestar con altanería estuviera el

gobierno español en situación de reprimir y castigar su insolencia.

Tales fueron las medidas preliminares que Godoy miró como necesarias

para el premeditado viaje; pero inesperados trastornos desbarataron sus

intentos, desplomándose estrepitosamente el edificio de su valimiento y

grandeza.

RESUMEN

DEL

LIBRO SEGUNDO.

_Primeros indicios del viaje de la corte. — Orden para que la

guarnición de Madrid pase a Aranjuez. — Proclama de Carlos IV de 16 de

abril. — Conducta del embajador de Francia y de Murat. — Síntomas de

una conmoción. — Primera conmoción de Aranjuez. — Decreto de Carlos

IV: prisión de Don Diego Godoy. — Continúa la agitación y temores de

otra conmoción. — Segunda conmoción de Aranjuez. — Prisión de Godoy.

— Retrato de Godoy. — Tercer alboroto de Aranjuez. — Abdicación

de Carlos IV el 19 de marzo. — Conmoción de Madrid del 19 y 20 de

marzo. — Alborotos de las provincias. — Juicio sobre la abdicación de

Carlos IV. — Ministros del nuevo monarca. — Escóiquiz. — El duque

del Infantado. — El duque de San Carlos. — Primeras providencias

del nuevo reinado. — Proceso del príncipe de la Paz y de otros, 23

de marzo. — Grandes enviados para obsequiar a Murat y a Napoleón.

— Avanza Murat hacia Madrid. — Entrada de Fernando en Madrid en 24

de marzo. — Conducta impropia de Murat. — Opinión de España sobre

Napoleón. — Juicio sobre la conducta de Napoleón. — Propuesta de

Napoleón a su hermano Luis. — Correspondencia entre Murat y los reyes

padres. — Juicio sobre la protesta. — Siguen los tratos entre Murat y

los reyes padres. — Desasosiego en Madrid. — Llega Escóiquiz a Madrid

en 28 de marzo. — Fernán Núñez en Tours. — Entrega de la espada de

Francisco I. — Carta de Napoleón a Murat. — Viaje del infante Don

Carlos. — Llegada a Madrid del general Savary. — Aviso de Hervás. —

10 de abril: salida del rey para Burgos. — Nombramiento de una junta

suprema. — Sobre el viaje del rey. — Llega el rey el 12 de abril

a Burgos. — Llega a Vitoria el 14. — Escribe Fernando a Napoleón:

contesta este en 17 de abril. — Seguridad que da Savary. — Tentativas

o proposiciones para que el rey se escape. — Proclama al partir el rey

de Vitoria. — Sale de Vitoria el 19 de abril. — 20 de abril: entrada

del rey en Bayona. — Sigue la correspondencia entre Murat y los reyes

padres. — Pasan los reyes padres al Escorial. — Entrega de Godoy en

20 de abril. — Quejas y tentativas de Murat. — Reclama Carlos IV

la corona, y anuncia su viaje a Bayona. — Inquietud en Madrid. —

Alboroto en Toledo. — En Burgos. — Conducta altanera de Murat. —

Conducta de la junta, y medidas que propone. — Creación de una junta

que la sustituya. — Llegada a Madrid de D. Justo Ibarnavarro. —

Posición de los franceses en Madrid. — Revistas de Murat. — Pide

la salida para Francia del infante Don Francisco y reina de Etruria.

— 2 de mayo. — Salida de los infantes para Francia el 3 y el 4. —

Llega Napoleón a Bayona. — Se anuncia a Fernando que renuncie. —

Conferencias de Escóiquiz y Cevallos. — Llegada de Carlos IV a Bayona.

— Come con Napoleón. — Comparece Fernando delante de su padre. —

Condiciones de Fernando para su renuncia. — No se conforma el padre.

— Comparece por segunda vez Fernando delante de su padre. — Renuncia

Carlos IV en Napoleón. — Carlos IV y María Luisa. — Renuncia de

Fernando como príncipe de Asturias. — La reina de Etruria. — Planes

de evasión. — Se interna en Francia a la familia real de España. —

Inacción de la junta de Madrid. — Murat presidente de la junta. —

Equívoca conducta de la junta. — Napoleón piensa dar la corona de

España a José. — Diputación de Bayona. — Medidas de precaución de

Murat._

HISTORIA

DEL

LEVANTAMIENTO, GUERRA Y REVOLUCIÓN

de España.

Historia del levantamiento, guerra y revolución de España (1 de 5) · 第 6 / 116 题