Durante ellas, sólo habíamos oído, á cosa de las doce, en uno de esos

intervalos de semiconciencia que tiene el durmiente á cada parada del

tren, los destemplados gritos con que una pobre mujer (única que á tal

hora estaría despierta en aquella áspera sierra) pregonaba á todo lo

largo de la hilera de coches: «_¡Leche de las Navas!_», sin que se

siguiese ruido alguno demostrativo de que la infeliz trasnochadora

despachaba algo.....

Es decir, que habíamos pasado por _El Escorial_, por las susodichas

_Navas_ (que Dios bendiga), por _Ávila_, y por otros varios pueblos

chicos y grandes, sin darnos siquiera cuenta de ello.--¡Quién se lo

dijera á D. Felipe II cuando edificaba lo que recibió el nombre de

_octava maravilla_! ¡Quién le dijera que llegaría un tiempo en que

cruzasen por allí _con los ojos cerrados_ personas tan amantes del Arte

y de la Historia como nosotros!

Pero, ¿qué mucho, si habíamos atravesado con igual indiferencia la

formidable Sierra de Guadarrama (que es algo más grande que el

Monasterio del Escorial), pasando _inconscientes_, no sólo por delante

de sus cimas, sino _por dentro_ de sus mismísimas entrañas, por la cuna

de los metales, por la oficina de los terremotos, por las regiones del

infierno?

* * *

Decía que estábamos en _Sanchidrián_, y que el aguijón del hambre nos

había despertado.

El mismo mozo de la vía por quien supimos particularmente en qué

Estación nos hallábamos (pues nadie se había tomado el trabajo de

_vocearla_), nos participó además, _motu proprio_, que el termómetro del

telegrafista marcaba en aquel instante seis grados bajo cero.

¡Oirlo nosotros, y bajar el cristal de la ventanilla, todo fué una sola

cosa! Hecho lo cual transformamos el coche en fonda, y cenamos

tranquila, profusa y regaladamente: que para eso llevábamos _á bordo_ el

anunciado cesto de provisiones, en que no faltaba ningún perfil; pues, á

más de comestibles de buena ley, contenía frascos de agua y botellas de

vino, café del mismísimo Aden y máquina para hacerlo, velas con que

alumbrarnos _á guiorno_, y otros muchos refinamientos de sibaritismo y

de _confort_, que ni tan siquiera concibieron los antiguos emperadores

romanos.

Terminada la cena, nos fué imposible volver á dormir.--Pasamos, por

consiguiente, en alegre conversación cosa de una hora; hasta que, cerca

de las cinco de la mañana (es decir, todavía con estrellas) llegamos á

la Estación de _Medina del Campo_.

_¡Medina! ¡Parada y fonda! ¡Cambian de tren los viajeros para Zamora y

para Salamanca!_--gritó el mozo de la Estación.

--¡Vaya una fonda y una parada inoportunas!--exclamamos nosotros, dando

un suspiro.

Y nos pusimos á recoger nuestros enseres.

III

EN MEDINA DEL CAMPO

Los viajeros que se dirigen á Salamanca en camino de hierro, tienen que

esperar en la Estación de _Medina_ (¡durante una hora!) la salida del

tren que corre exclusivamente entre estas dos ínclitas

ciudades.--Cargamos, pues, con todo nuestro ajuar, y echamos pie á

tierra en el andén, acatando los altos é incomprensibles designios de

las Empresas, que no han juzgado conveniente ahorrar á los viajeros esta

hora de detención.

Como todavía era de noche, según queda indicado, y hacía todo el frío

que nos dijeron en Sanchidrián, tuvimos que refugiarnos, lo mismo que el

resto de los viajeros (unos treinta, naturales de aquellas cercanías),

en el diminuto, descristalado y afortunadísimo cafetín (vulgo _Fonda_)

de la Estación, donde nos vimos obligados á oir, á pesar nuestro, más de

una conversación ajena, poco edificante y nada chistosa....., á las

cuales conseguimos al cabo sustraernos, hablando entre nosotros y en voz

baja de la ilustre ciudad á cuyas puertas vivaqueábamos tan

desagradablemente.

Dicho se está, por tanto, que salió á relucir el funestísimo día 21 de

Agosto de 1520, en que _Medina del Campo_ fué quemada por el alcalde

Ronquillo y por el capitán Fonseca, á consecuencia de haberse resistido

sus moradores á entregarles la artillería para combatir á Segovia,

alzada en favor de los Comuneros, y que recordamos también aquella

hermosa carta, escrita con tal motivo por los Segovianos á los

Medinenses, en que se leen estas sublimes frases dignas de la antigua

Musa de la Historia:--«_Nuestro Señor nos sea testigo, que si quemaron

desa villa las casas, á nosotros abrasaron las entrañas, y que

quisiéramos más perder las vidas que no se perdieran tantas haciendas.

Pero tened, señores, por cierto, que pues Medina se perdió por Segovia,

ó de Segovia no quedará memoria, ó Segovia vengará la su injuria á

Medina..... Desde aquí decimos, y á la ley de cristianos juramos, y por

esta escritura prometemos, que todos nosotros por cada uno de nosotros

pornemos las haciendas y aventuraremos las vidas; y lo que menos es que

todos los vecinos de Medina libremente se aprovechen de los pinares de

Segovia, cortando, para hacer sus casas, madera. Porque no puede ser

cosa más justa que, pues Medina fué ocasión de que no se destruyese con

la artillería á Segovia, Segovia dé sus pinares con que se repare á

Medina....._»

«Medina (añade el historiador Lafuente) había sido hasta entonces el

emporio del comercio, el gran mercado del Reino, y el principal depósito

de las mercancías extranjeras y nacionales, de paños, de sedas, de

brocados, de joyería y tapicería: sus ferias anuales tenían fama en el

mundo: todo pereció en aquel día de desolación: de setecientas á

novecientas casas fueron consumidas por las llamas.»

* * *

A todo esto había principiado á amanecer; visto lo cual, nos trasladamos

al andén de la Estación, prefiriendo helarnos al aire libre viendo los

rosicleres de la aurora, á los aires colados y á las crecientes

vulgaridades del cafetín.

El andén de la estación estaba tan silencioso como solitario.--Nuestro

primitivo tren había continuado su marcha hacia Irún, no bien nos

bajamos de él, y después había partido otro con dirección á la insigne

ciudad de Zamora.--¡El único que no daba ni señales de pensar en salir

era el recién establecido _tren de Salamanca_!

En cambio, salió el sol.--Por cierto que su primer rayo no hirió

directamente nuestras pupilas, sino que fué á besar con amoroso respeto

un arrogantísimo torreón gótico, que ya habíamos divisado enfrente de la

Estación, sobre las ruinas de una antigua fortaleza.--Era la famosa

_Torre del Homenaje_ del celebérrimo _Castillo de la Mota_.

Este castillo, distante de _Medina_ algunos centenares de pasos, y

separado hoy de ella por el tiránico ferrocarril, corona una especie de

meseta que, en estas interminables planicies castellanas, pudo muy bien

hacer el papel de _altura_ cuando se la eligió para asiento de una

ciudadela.....--Allí murió Isabel la Católica. Es decir, que tal vez en

el interior de aquella _torre_, dorada por el sol naciente, se hallaba

(y se halla) el aposento pintado por Rosales, con singular maestría, en

el cuadro que dió principio á su reputación.--Allí estuvo preso, durante

veinte años, Hernando Pizarro, hermano y compañero de glorias del

Conquistador del Perú.--Allí vivió también encarcelado el abominable

César Borgia.....

Pero como si el tren de Salamanca hubiera estado aguardando á que nos

fuese grata la permanencia en la Estación de _Medina_ para decir

«_¡Vámonos!_», la campanilla, y el pito, y las voces de los empleados

nos sacaron en esto de la contemplación de tan venerables ruinas y de

sus grandes recuerdos históricos, obligándonos á correr más que aprisa

hacia el andén, del cual nos habíamos alejado insensiblemente.

En aquel mismo instante brilló á nuestros ojos, no ya la luz refleja,

sino el mismo disco del sol.....

Eran las seis.

IV

DE MEDINA DEL CAMPO A SALAMANCA

Partimos.

El tren giró hacia el Oeste, no bien salió de entre agujas, y colóse

inmediatamente en _Medina del Campo_, cuyas últimas casas lindan con la

Estación.

La vía férrea cruza por las calles mismas de la villa, sobre un

terraplén de algunos pies de altura, gracias al cual fuimos viendo, por

encima de cercas y tapias, el interior de muchos corrales llenos de

leña, estiércol y aperos de labor, y cubiertos de recientísima escarcha,

por donde andaban ya las madrugadoras gallinas tomando el sol y

cacareando.....

Los medinenses no se habían levantado todavía. Por lo menos, las

ventanas y puertas de sus casas estaban cerradas, las chimeneas no

expelían humo, y no había ni un alma en las silenciosas calles.

_Medina_ es extensísima, y compréndese muy bien, al verla, que desempeñe

papel tan importante en la Historia de España. A cada paso descubríamos

casas ruinosas, con todo el aspecto de deshabitadas, y amplios solares

de otras que se han hundido. Infinidad de torres de iglesias nuevas ó

viejas (es decir, de hace cuatro ó cinco siglos, ó del siglo pasado, á

juzgar por la forma de sus campanarios y por el color de los muros)

mantiénense todavía en pie. Abundan las de piedra renegrida por el

tiempo, y aun hay que contar las que habrán derribado los siglos y las

revoluciones.....

De los desastres causados por la tea incendiaria de Ronquillo y de

Fonseca, nótanse por doquier horribles vestigios.--La desventura de

_Medina_, como las de Pompeya y Herculano, tiene fecha determinada. ¡Tal

día de tal año amaneció rica y poderosa, y á la noche era un montón de

ruinas!

Pero mientras nosotros pensábamos en esto, el tren había dejado ya atrás

á Medina del Campo, y corría por más alegres horizontes.....

Hagamos nosotros lo mismo.

* * *

De Medina á Salamanca hay 77 kilómetros.

Acerca de los primeros que recorrimos, sólo tengo que decir que seguimos

cruzando la gran llanura de Castilla la Vieja, más productiva, pero no

menos desamparada y monótona que la de Castilla la Nueva. En cuanto

alcanzaban los ojos veíamos leguas y leguas de campos sin verdor,

recién arados con el mayor esmero, en donde iban á sembrarse los

gérmenes de la cosecha de 1878; ¡pero ni un árbol, ni una vivienda, ni

un chorro de agua, ni la más leve ondulación en el terreno!.....

Sin embargo, aquella interminable planicie casi negra, cobijada por un

cielo azul y limpio, é inundada de luz por un sol alegre y esplendoroso,

no carecía de encanto y grandiosidad, á causa de su misma

sencillez.--Hacía un día hermosísimo, un verdadero día español, y esto

lo embellece todo.

Por lo demás, ya íbamos divisando en la soledad de aquellas tierras

algunos labradores que araban tranquilamente, y que nosotros no podíamos

imaginar de dónde habían salido ni á qué hora se habían levantado para

estar allí tan de mañana.--Vistos desde el tren, parecían habitantes de

la Luna contemplados desde la Tierra, ó habitantes de la Tierra

contemplados desde la Luna, ó más bien parecían un accesorio fijo y

permanente de aquel cuadro, como las figurillas humanas que ponen los

pintores en los _paisajes_.

Minutos después (que es como si dijéramos _algunas leguas_ más allá)

pasamos por delante de un montecillo de barro, de piedras, de yeso, de

tejas y de retama, coronado por un campanario con su cruz y todo.....

Era un pueblo: era _Campillo_: quiero decir, era uno de tantos

_Campillos_ como figuran en el _Nomenclátor_ de España.

Luego pasamos por _El Carpio_ (ó sea por _un Carpio_, pues también

conocíamos ya más de uno).....

Y á las siete y veintiocho llegamos á _Cantalapiedra_, famosa hoy por su

agua potable, que no bebimos.

Habíamos entrado en la PROVINCIA DE SALAMANCA.

Allí comienza ya á rizarse el terreno.--_Cantalapiedra_ ocupa una meseta

inclinada, donde hubo también antiguamente cierto castillo casi

inexpugnable.

En el siglo XV los Portugueses se apoderaron de él y defendieron largo

tiempo, al amparo de sus muros, las pretensiones de la Beltraneja.--Los

vecinos de la villa discurrieron entonces que el tal castillo podía con

el tiempo dar ocasión á nuevas luchas y trastornos, si lo dejaban en

pie; y no bien terminó aquella guerra civil, lo demolieron pacíficamente

con sus propias manos.--Vese, pues, que no siempre ha corrido como

verdad axiomática lo de _si vis pacem, para bellum_.

Y es cuanto puedo decir de _Cantalapiedra_.

Puestos otra vez en marcha, el sol, que iba ya calentando, principió á

acariciarnos dentro del coche, y acabó por dormirnos

amorosísimamente.....

Y dormidos pasamos (según luego vimos en _El Indicador_) por

_Nueva Carolina_,

_Pedroso_,

_Gomecello_,

Y _Moriscos_,

nombres que ningún eco habrían hallado en nuestra memoria, aunque no

hubiésemos estado dormidos.

En cambio, quiso la Providencia que despertásemos al salir de esta

última Estación, ó sea cuando faltaba un cuarto de hora (legua y media)

para llegar á _Salamanca_.--De otro modo, nos hubiéramos hallado _de

pronto_ bajo los muros de la gran ciudad; cosa opuesta á todas las

reglas del arte de conmoverse.

* * *

Lo primero que vimos de _Salamanca_ (mucho antes de divisarla á lo

lejos) fué sus célebres toros....., _los toros salamanquinos_, de mil

libras de peso y de formidables astas, plantados cerca de la vía y

mirando el tren con más cólera que espanto.

--¡Ah, facinerosos! (estuve por decirles). ¡Desde tiempo inmemorial

habéis estado yendo á Madrid á asustarnos con esa fuerza y esos cuernos

que Dios os ha dado!..... ¡Ahora nos toca á los madrileños venir á

Salamanca á asustaros á vosotros!--¿Por qué no probáis á luchar con esta

locomotora?

Los toros debieron de adivinar semejante desafío, y noticiosos, sin

duda, del trágico fin de aquellos héroes y mártires de su misma especie

que embistieron arrogantemente en las orillas del Jarama á los primeros

trenes de Madrid á Aranjuez y de Aranjuez á Madrid, nos volvieron la

espalda con suma dignidad, como diciendo:

--¡Nuestra raza cumplió ya ese deber! ¡Su protesta quedó escrita con

sangre! ¡Paso á la majestad caída!

Y la verdad es que tenían razón.

En esto apareció ante nuestros ojos _Salamanca_, surgiendo de la

hondonada en que se asienta á la orilla derecha del Tormes.

¡Aquélla era, sí, la _muy noble y muy leal_ matrona, con sus rotas

murallas; con su centenar de torres y cúpulas, que en línea horizontal

se dibujaban en el cielo; con sus amplios edificios de dorada piedra,

que reverberaban al sol, y precedida de una verde arboleda, que parecía

servirle de zócalo ó de alfombra!

Tanta erguida piedra campeando en el aire, tanta arquitectura, tanta

grandiosidad, tanta nobleza, correspondían de todo punto al

encomiástico dictado de «_Roma la Chica_.....» Era, pues, indudable que

estábamos delante de _Salamanca_.

V.

ENTRADA EN LA CIUDAD.--LA CALLE DE ZAMORA

La Estación del ferrocarril de Salamanca distará un kilómetro de la

ciudad, y desde aquélla á ésta corre una hermosa calle de árboles, que

sirve de paseo público. Además, cuando nosotros fuimos allí, construíase

á toda prisa, para el servicio de la misma Estación, una ancha y bien

acondicionada carretera, por cuyo explanado trayecto pasaban ya los

_ómnibus generales_ y muchos _particulares de los hoteles_.

¡Porque _todo esto había_ donde ningún alojamiento temíamos hallar

cuando en Madrid proyectábamos el viaje!

--«¡Señorito, al _Hotel H_!.....--¡Señorito, al _Hotel

B_!.....--¡Señorito, á la _Fonda X_!.....»--nos gritaban los

_commissionnaires et facteurs_, ni más ni menos que si acabásemos de

llegar á París ó Londres.

--¡Bien por Salamanca!--exclamamos nosotros.--_¡Nobleza

obliga!_--¡Cuando los Grandes se meten á plebeyos, deben hacer las

cosas con este rumbo!

Pero de aquella misma abundancia de alojamientos surgía una nueva

dificultad, y era que, como no habíamos consultado á nadie antes de

salir de Madrid, ni avisado á ningún amigo nuestra llegada á Salamanca,

ignorábamos cuál era el mejor hotel, hallándonos, por tanto, en la

situación que los franceses (y va de afrancesamiento) denominan

_embarras du choix_.

No era cosa de equivocarse en punto de tamaña trascendencia.

Preguntamos, pues, á un guardia civil (autoridad infalible, de tejas

abajo), y éste nos recomendó (confidencialmente) el _Hotel del

Comercio_.

--_¡Al Hotel del Comercio!_--dijimos nosotros entonces con absoluta

confianza, penetrando en el ómnibus de aquella advocación.

Y partimos.

En cuanto al resto de los viajeros..... (¡ah, cucos!), ya se les veía

caminar á pie por la calle de árboles: de lo cual se deduce que los

demás carruajes volvieron de vacío á la ciudad.--Pero ¿qué importaba, si

el honor de Salamanca se había salvado?

Dice un refrán novísimo: _Haz lo que debas, aunque debas lo que hagas_.

* * *

Subido en el estribo de la trasera, y con la gorra, la cabeza y medio

cuerpo metidos dentro de nuestra jaula, nos miraba y se sonreía el

_zagal_ del ómnibus (_zagal_ también por los años, pues no habría

cumplido quince), y al ver yo su rostro picaresco, digno de su paisano

_Lázaro de Tormes_, díjeme alborozadamente:--«¡He aquí nuestro

_cicerone_ hasta que lleguemos á la fonda!.....»

Y me puse con él _al habla_, previa donación, que le hice, de un cigarro

puro.

Aquel joven nos dijo, entre otras muchas cosas menos interesantes, que

_la puerta_, ya sin puerta, por donde poco después entrábamos en

Salamanca, se llama todavía la _Puerta de Zamora_, y que la hermosa

calle que allí comienza lleva también el nombre de la ciudad de Gonzalo

Arias.

Y nosotros recordábamos, por nuestra parte, el clamoreo que se alzó en

las Academias de Madrid el año de gracia de 1855, cuando los salmantinos

(no todos) tuvieron á bien derribar la tal puerta, sin reparar en que

había servido de Arco de Triunfo para la entrada del emperador Carlos V

en la ciudad del Tormes el año, también de gracia, de 1534.....

La dicha _Calle de Zamora_, que, según vimos después, es la mejor de

Salamanca, llamó sobre todo nuestra atención, y muy particularmente la

mía, por su color pardo, austero y como de vejez.--Y era que mi último

y entonces recientísimo viaje de recreo había tenido por teatro la

provincia de Cádiz, y mis ojos estaban hechos á ver pueblos

blanquísimos, relucientes, flamantes, _nuevos_, por decirlo, así,

adornados de verdes balcones, de floridos patios expuestos al público, y

de enjalbegadas horizontales azoteas al estilo de África: era que aun

danzaban en mi imaginación aquellas ciudades muertas de risa, sin

monumentos históricos ni humos artísticos, sencillas, graciosas y

coquetas como jóvenes vestidas de veraniego percal, que se llaman

Sanlúcar, los Puertos, San Fernando y Cádiz.

Salamanca, por el contrario, se me presentaba en la _Calle de Zamora_,

vestida de paño y de terciopelo, de hierro y de gamuza, como una especie

de ricahembra apercibida á asistir al Consejo ó á la batalla, y más

aficionada al templo que al sarao.--Muchas casas eran de piedra, y otras

estaban pintadas de un modo severo, anticuado, monumental. La

arquitectura y la arqueología, la historia y la leyenda, extrañas

completamente al alegre caserío gaditano, reaparecían, pues, á mi vista

con sus venerandos caracteres. Grandes escudos heráldicos campeaban

encima de varias puertas, ó en los espaciosos lienzos de fortísimos

muros, ó en el herraje negro y feudal de rejas y balcones. Estos

balcones tenían por dosel enormes guardapolvos; los tejados remataban

en descomunales aleros, y, abajo, las amplias y voladas rejas terminaban

en humildes cruces. Veíanse portadas de aquel período del Renacimiento

que puede llamarse _plateresco español_; otras de arco romano, con

grandísimas _dovelas_, al estilo del tiempo de los Trastamaras, y

algunas de tan imponente y esquiva hechura, que, á no correr el año de

1877, hubiera yo jurado que en tales casas vivían poderosos inquisidores

ó alguno de aquellos terribles mayorazgos que solían ser jefes de una

docena de hermanos, todos ellos soldados, frailes y

monjas.--¡Indudablemente estábamos en Castilla la Vieja, ó, mejor dicho,

en el antiguo reino de León! ¡Hasta el aire era allí godo, español

rancio, cristiano puro, _antisarraceno_, en fin--ya que es menester

decir las cosas claras!

Y cuenta que Salamanca no tiene nada de lúgubre, de sombría ni de

taciturna, como nosotros mismos habíamos creído hasta entonces,

equiparándola á otras ciudades castellanas; sino que es, y desde luego

conocimos que era, una población alegre, animada, de mucha luz, de

hermoso cielo, de libre y puro ambiente, digna, en fin, de albergar,

como alberga, á los que suelen ser llamados en Valladolid y Burgos _los

andaluces de Castilla_.

Con esto llegamos al hotel, situado al otro extremo de aquella misma

calle; elegimos habitaciones, que nos parecieron excelentes; y como

entonces se nos advirtiera ó notificara de oficio que en aquel

establecimiento se almorzaba á las once en punto, batimos palmas en

señal de alegría, y tomamos en seguida la escalera abajo, á fin de

aprovechar la hora y pico que faltaba para la canónica del almuerzo, en

dar el _primer paseo_ artístico por la ciudad de los Fonsecas y

Maldonados.

VI

LA PLAZA MAYOR.--EL CORRILLO DE LA HIERBA

El primer paseo por toda ciudad monumental debe hacerse sin _cicerone_ y

sin _Guía_ escrita, única manera de formar _juicio propio_ de las cosas

y admirarlas, ó no admirarlas, independientemente de sugestiones y

comentarios ajenos.

Esto hicimos nosotros aquella mañana: salimos á la calle á la buena de

Dios; y como lo primero que divisamos fuese, á muy pocos pasos de la

puerta del hotel, cierto arco de piedra que daba acceso á una gran plaza

con árboles y jardines, nos dirigimos allá resueltamente, no sin

preguntarnos antes con tanto énfasis como si acabásemos de descubrir la

India.

--¿Qué plaza será ésta?

Pronto leímos en los azulejos que era la _Plaza Mayor_, y pronto

dedujimos de otras señales que era también la plaza del Ayuntamiento, la

plaza de la _Constitución_, el foro salmantino.

Declaro que, _prima facie_, nos agradó mucho la tal plaza; y,

verdaderamente, su conjunto es magnífico. Disputen los arquitectos y los

meros aficionados al arte (nosotros disputamos también allí sobre ello)

acerca de si la ornamentación peca de más ó menos barroca y pesada,

sobre la desproporción que hay entre los huecos y los macizos, á tal

punto que ciertos adornos y molduras parecen miembros principales de la

obra, y sobre lo mucho que la composición se resiente del mal gusto

dominante cuando se ejecutó (que fué en tiempo de los Churrigueras y de

Borromino); pero, aun así, el aspecto general resulta noble, rico,

decoroso, hasta regio.....; digno, en fin, ya que no de la exquisita

Salamanca, de cualquier adocenada corte. Además, la exornación moderna

(jardines, fuentes, candelabros, etc.) es sumamente agradable, y denota

gran esmero y elegancia de parte de los Ayuntamientos salmantinos de

nuestros días.

Aunque la _Plaza Mayor_ parece cuadrada, no lo es, sino que forma un

trapecio cuyos lados varían de 72 metros á 82.--Todas las casas son

iguales y tienen tres cuerpos. El cuerpo inferior deja expedito un ancho

pórtico, ó sea unos soportales corridos, donde hay más de cien tiendas

de comercio, muy variadas y bien surtidas. Los otros dos cuerpos son

también arquitectónicos, y obedecen á un plan monumental dibujado por el

célebre maestro D. Andrés García de Quiñones, el cual no anduvo muy

disparatado para lo que entonces se estilaba en el mundo..... (Me

refiero á 1710, fecha en que D. Felipe V visitó la ciudad y dió permiso

para concluir la obra.)

Nicolás Churriguera, descendiente del famoso D. José, y como él natural

de Salamanca, encargóse de la ejecución, con otros arquitectos que no

recuerdo ahora, y fué el exclusivo autor de una estupenda fachada (la de

las _Casas Consistoriales_), recargadísima de hojarasca y de mil locuras

de piedra, que debe de agradar mucho generalmente, y que tampoco dejó de

gustarnos á nosotros como _documento artístico_.--¿No andamos hoy

comprando á altísimos precios marcos dorados y otros muebles de estilo

barroco? ¿No está hoy de moda lo Pompadour y hasta lo Dubarry, tanto

como ayer estaba lo gótico y anteayer lo pagano?--¡Pues ya hemos

absuelto á los Churrigueras y sus discípulos, si no como doctrina y

norma del arte, como hecho consumado y dato histórico, y con la

condición de que no vuelvan!

Viajes por España · 第 4 / 17 段