«Púsose el cuerpo del Emperador (dice la historia) en una caja de plomo,

la cual se encerró en otra de madera de castaño, forrada de terciopelo

negro. Hiciéronsele solemnes exequias por tres días, celebrando el

Arzobispo de Toledo, Fr. Bartolomé de Carranza, á quien sirvieron de

ministros el confesor del Emperador, Fr. Juan Regla, y el prior Fr.

Martín de Angulo, y predicando sucesivamente el P. Villalva y los

priores de Granada y Santa Engracia de Zaragoza.

»Una de las cláusulas del codicilo de Carlos V era que se le enterrara

debajo del altar mayor del Monasterio, quedando fuera del ara la mitad

del cuerpo, del pecho á la cabeza, en el sitio que pisaba el Sacerdote

al decir la misa, de manera que pusiese los pies sobre él. Para cumplir

del modo posible este mandato, se derribó el altar mayor y se sacó hacia

fuera, con objeto de depositar detrás de él el cadáver, pues debajo no

podía estar, por ser lugar exclusivo de los Santos que la Iglesia tiene

canonizados[9].»

A consecuencia de esta reforma, el altar Mayor quedó en la extraña

disposición que hoy se advierte; esto es, sumamente estrecho de

presbiterio, y muy alto en proporción del escaso desarrollo de su

escalinata, cuyos peldaños son tan pinos, que cuesta fatiga y peligro

subirlos ó bajarlos.

Fué, pues, depositado el cadáver del César dentro de las dos cajas

mencionadas, detrás del retablo de Yuste, hasta que, quince años y medio

después, el 4 de Febrero de 1574, verificóse su traslación al Escorial,

en la caja de plomo, revestida de otra nueva que se construyó al

intento, quedando en la bóveda de Yuste, como recuerdo, la caja de

castaño. Pero como todos los viajeros que visitaban la tal bóveda

hubiesen dado en la flor de cortar pedazos del viejísimo ataúd, á fin de

guardarlos como reliquias históricas, el Marqués de Miravel dispuso

colocarlo en el inaccesible nicho que hoy ocupa, y desde donde produce

terrible y fantástica impresión.

* * *

Dijimos más atrás que el sueño eterno de Carlos V ha sido turbado

también en el Monasterio del Escorial, y que nosotros mismos no hemos

sabido librarnos de la tentación de asistir á una de las sacrílegas

exhibiciones que se han hecho de su _momia_ en estos últimos años.....

Cometimos esta impiedad, ó cuando menos esta irreverencia, en Septiembre

de 1872, pocos meses antes de ir á Yuste.--Nos hallábamos en el fúnebre

Real Sitio, descansando del calor y las fatigas de Madrid, cuando una

mañana supimos que había pública exposición del cadáver del César, á

petición de las bellas damas madrileñas que estaban allí de

veraneo.--Era ya la vigésima de estas _exposiciones_, desde que las

inauguró cierto temerario y famoso prohombre de la situación política

creada en 1868.--Nosotros (lo repetimos) no tuvimos al cabo suficiente

valor para rehusarnos la feroz complacencia de aquella profanación, que

de todas maneras había de verificarse.....

Acudimos, pues, al panteón de los Reyes de España, á la hora de la

cita.--¿Y qué vimos allí? ¿Qué vieron las tímidas jóvenes y los

atolondrados niños y los zafios mozuelos que nos precedieron ó siguieron

en tan espantoso atentado?--Vieron, y vimos nosotros, la tumba de Carlos

V abierta, y delante de ella, sobre un andamio construído _ad hoc_, un

ataúd, cuya tapa había sido sustituída por un cristal de todo el tamaño

de la caja.

En las primeras _exposiciones_ no había tal cristal, ó si lo había, se

levantaba, de cuyas resultas no faltó quien pasase su mano por la

renegrida faz del cadáver..... ¡La pasó el mencionado prohombre

revolucionario, en muestra de familiaridad y _compañerismo_!.....

A través del cristal vimos la corpulenta y recia momia del nieto de los

Reyes Católicos, de la cabeza á los pies, completamente desnuda,

perfectamente conservada, un poco enjuta, es cierto, pero acusando todas

las formas, de tal manera que, aun sin saber que eran los despojos

mortales de Carlos V, hubiéralos reconocido cualquiera que hubiese

visto los retratos que de él hicieron Ticiano y Pantoja.

La especial contextura de aquel infatigable guerrero, su alta y

amplísima cavidad torácica; sus anchos y elevados hombros; sus cargadas

espaldas; su cráneo característico; su ángulo facial, típico en la casa

de Austria; la depresión de la boca; la prominencia de la barba por el

descompasado avance de las mandíbulas: todo se apreciaba exactamente, y

no en esqueleto, sino vestido de carne y cubierto de una piel

cenicienta, ó más bien parda, en que aun se mantenían algunos raros

pelos de pestañas, barbas y cejas y del siempre atusado cabello.....

¡Era, sí, el Emperador mismo! ¡Parecía su estatua vaciada en bronce y

roída por los siglos, como las que aparecen entre las cenizas de

Pompeya!

No infundía asco ni fúnebre pavor, sino veneración y respeto.

Lo que infundía pavor y asco era nuestra impía ferocidad, era nuestra

desventurada época, era aquella escena repugnante, era aquel sacrílego

recreo, era la risa imbécil ó el estúpido comentario de tal ó cual

señorita ó mancebo, que escogía semejante ocasión para aventurar un

conato de chiste.....

¡Siquiera nosotros (dicho sea en nuestro descargo) callábamos y

padecíamos, sintiendo al par, y en igual medida, reverencia hacia lo

que veíamos y remordimientos por verlo! ¡Siquiera nosotros teníamos

conciencia de nuestro pecado!

* * *

De mi visita á las ruinas de los _claustros_ de Yuste guardo recuerdos

indelebles.

La naturaleza se ha encargado de hermosear aquel teatro de desolación.

Los trozos de columnas y las piedras de arcos, que yacen sobre el suelo

de los que fueron patios y crujías, vense vestidos de lujosa hiedra. El

agua, ya sin destino, de las antiguas fuentes, suena debajo de los

escombros, como enterrado vivo que se queja en demanda de socorro, ó

como recordando y llamando á los antiguos frailes para que reedifiquen

aquel edificio monumental. Y por todas partes, entre la hiedra y el

musgo, ó entre las flores silvestres y las altas matas con que adornaba

Mayo aquellos montones de labrados mármoles, veíamos los escudos de

armas de la casa de Oropesa, esculpidos en las piedras que sirvieron de

claves ó de capiteles á las arcadas hoy derruídas.

Las cuatro paredes del _refectorio_ siguen de pie; pero el techo, que se

hundió de resultas del incendio, ha formado una alta masa de escombros

dentro de la estancia. Hoy se trabaja en sacar aquel cascajo, y ya van

apareciendo los alicatados de azulejos que revestían el zócalo de los

muros.

El _Convento de Novicios_ subsiste, aunque en muy mal estado.--Allí,

como ya sabéis, vivieron los últimos frailes desde la _catástrofe del

Edificio_, ocurrida en 1809, hasta la _catástrofe de la Comunidad_,

ocurrida en 1835.

Nosotros penetramos en algunas _celdas_. Reinaba en ellas la misma muda

soledad que en las del Palacio de Carlos V. Ni gente ni muebles quedaban

allí..... Las desnudas paredes hablaban el patético lenguaje de la

orfandad y de la viudez.

Aquello era más melancólico que las ruinas del otro gran convento

hacinadas entre la hiedra.--Una celda habitable y deshabitada

representa, en efecto, algo más funesto y pavoroso que la destrucción.

Los pedazos de mármol que acabábamos de ver parecían tumbas cerradas:

las celdas del noviciado eran como lechos mortuorios ó ataúdes vacíos,

de donde acababan de sacar los cadáveres.

Sí; ¡todo vacío! ¡todo expoliado! ¡todo saqueado!.....--Tal aparecía

aquella mañana á nuestros ojos cuanto contemplábamos, cuanto

recordábamos, cuanto acudía á nuestra imaginación por asociación de

ideas.

En Yuste....., una tumba abierta, de donde había sido sacado Carlos

V.--En El Escorial....., otra tumba vacía, de donde también se le había

desalojado temporalmente.....--Y si se nos ocurría la fantástica ilusión

de que la exhumada y escarnecida momia del César, avergonzada de su

pública desnudez, pudiese salvar el Guadarrama, en medio de las sombra

de la noche, para ir á buscar á Yuste su primitiva sepultura,

considerábamos temblando que tampoco encontraría en su sitio el ataúd de

madera, sino que lo vería encaramado en aquella antigua hornacina de un

Santo que probablemente habrían derribado á pedradas otros liberales de

la Vera de Plasencia.....

¡Y todo así! ¡Todo así!--Dondequiera que el atribulado espectro imperial

fijase la vista, hallaría igual dislocación, el mismo trastorno, la

propia devastación y miseria, como si el mundo hubiese llegado al día

del Juicio final.....

Ya no había Monasterio de Yuste; ya no había en España Comunidades

religiosas; ya no había Monarquía; ¡casi ya no había Patria!--Los

tiempos del cataclismo habían llegado, y, sobre las ruinas de la obra de

Fernando V y de Isabel I, oíanse más pujantes que nunca en aquellos

mismos días (los primeros días de Mayo de este primer año de la

República), así en Extremadura como en el resto de la Península

española, gritos de muerte contra la Unidad nacional, contra la

Propiedad, contra la Autoridad, contra la Familia, contra todo culto á

Dios, contra la sociedad humana, en fin, tal y como la habían

constituído los afanes de cien generaciones.

_Illic sedimus et flevimus_....., al modo de los hebreos junto á los

ríos de Babilonia.

* * *

Pasó aquel momento de emoción, disimulable en tan aciaga fecha, y desde

el convento nos dirigimos á una ermitilla, llamada de _Belén_, que dista

de él medio kilómetro, y á donde solían encaminar los frailes su paseo

de invierno--costumbre que adquirió también Carlos V.

El camino de la ermita es una llana y hermosa calle de árboles, con

prolongados asientos, en que cabía toda la Comunidad.

Al principio de este paseo hay un viejísimo ciprés, á cuyo pie, y

recostado en su tronco, es fama estaba sentado Carlos V la primera vez

que vió en Yuste á su hijo D. Juan de Austria, ya casi mozo, después de

muchos años de separación.

El hijo de Bárbara Blomberg había nacido en Ratisbona, donde pasó la

infancia con su madre. A la edad de ocho años lo habían traído á

España, sin que nadie adivinase su condición, y vivió primero en

Leganés, á cargo del clérigo Bautista Vela y de una tal Ana Medina,

casada con un flamenco llamado Francisco, que vino en la comitiva de

Carlos V la primera vez que visitó estos reinos el coronado nieto de

Isabel la Católica. Pero el bastardo imperial hacía en Leganés una vida

demasiado villana, confundido con los otros chicos del pueblo, y

entonces Luis Quijada, mayordomo del César, y el único que sabía quién

era aquel niño, se lo llevó á Villagarcía, de donde era Señor, y lo

confió á su mujer, sin revelarle el secreto; por lo que esta

ejemplarísima señora llegó á concebir tristes sospechas, que amargaron

su vida hasta que, muerto ya el Emperador, hizo pública la verdad el rey

D. Felipe II, reconociendo como príncipe y hermano suyo al que había de

ser el primer guerrero de su tiempo.

«Cuando Carlos V vino á encerrarse en el Monasterio de Yuste (dice un

historiador) érale presentado muchas veces su hijo en calidad de paje de

Luis Quijada, gozando mucho en ver la gentileza que ya mostraba, aun no

entrado en la pubertad. Tuvo, no obstante, el Emperador la suficiente

entereza para reprimir ó disimular las afectuosas demostraciones de

padre, y continuó guardando el secreto.....»

En la Crónica manuscrita del convento menciona también el P. Luis de

Santa María la estancia de D. Juan de Austria en _Yuste_, y, además, la

tradición cuenta algunas de sus travesuras de adolescente, como las que

referimos al hablar de _Quacos_.....

* * *

Por aquí íbamos en nuestra visita á _Yuste_, cuando principió á

encapotarse el cielo. Conocimos que amenazaba una de aquellas tormentas

que tan formidables son en las sierras de Gredos y de Jaranda, y como

teníamos que andar tres leguas para regresar al _Baldío_, y ya no nos

quedaba más que ver, aunque sí mucho que meditar en aquellas ruinas, nos

apresuramos á montar á caballo, henchida el alma de mil confusas ideas,

que he procurado ir fijando y desenvolviendo en los humildes artículos á

que doy aquí remate.

Pero no soltaré la cansada pluma sin recordar unos versos que el insigne

poeta, mi amigo D. Adelardo López de Ayala, pone en boca de D. Rodrigo

Calderón, y que repetí muchas veces al alejarme de _Yuste_:

«¡Nunca el dueño del mundo Carlos quinto

Hubiera reducido su persona

De una celda al humilde apartamiento,

Si no hubiera tenido una corona

Que arrojar á las puertas del convento!»

De resultas de lo cual, ó sea de la falta de cualquier especie de

corona, algunos días después me veía yo obligado á dejar la pacífica

soledad del _Baldío_ por la turbulenta villa de Madrid, donde fecho hoy

este relato á 9 de Octubre de 1873.

DOS DÍAS EN SALAMANCA

I

DISCURSO PRELIMINAR

El lunes 8 de Octubre de 1877 nos hallábamos de sobremesa en cierto

humilde comedor de esta prosaica y anti-artística villa de Madrid,

cuatro antiguos amigos, muy amantes de las letras y de las artes, algo

entrados en años por más señas, y aficionadísimos, sin embargo, á correr

aventuras en demanda de ruinas más viejas que nosotros.

Habíase por entonces abierto al público la última sección del

_Ferrocarril de Medina del Campo á Salamanca_, lo cual quería decir, en

términos metafóricos, que esta insigne y venerable ciudad, monumento

conmemorativo de sí propia, acababa de ser desamortizada por el

espíritu generalizador de nuestro siglo, pasando de las manos muertas de

la Historia ó de la rutina, al libre dominio de la vertiginosa actividad

moderna.

Así lo indicó, sobre poco más ó menos, uno de nosotros; y como otro

apuntase con este motivo la feliz idea de ir los cuatro á hacer una

visita á aquel antiguo emporio del saber, y semejante propuesta, bien

que recibida con entusiasmo y aceptada _en principio_, suscitara algunas

objeciones, relativas á lo desapacible de la otoñada, á los achaques del

uno, á los quehaceres del otro y al natural temor de todos de que en la

ilustre y grave Salamanca no hubiese fonda vividera, el amo de la casa,

ó sea el anfitrión, encendióse (ó afectó encenderse) en santa ira, y

pidiendo arrogantemente la palabra (y una segunda copa de legítimo

_fine-champagne_), pronunció el siguiente discurso:

«Señores:

»¡Parece imposible que la edad nos haya reducido á tal grado de miseria!

¿Somos nosotros aquellos héroes, que hace algunos años, recorrían en

mulo ó á pie las montañas más altas de Europa, expuestos á perecer entre

la nieve, sólo por ver un ventisquero, una cascada ó el sitio en que los

aludes aplastaron á tal ó cual impertérrito naturalista? ¿Somos nosotros

los mismos que pasaron noches de purgatorio en ventas dignas de la pluma

de Cervantes, por conocer las ruinas de un castillejo moruno, los que

hicieron largas jornadas en carro de violín, por contemplar un retablo

gótico; los que sufrieron á caballo todos los ardores del estío andaluz,

buscando el sitio en que pudo existir tal ó cual colonia fenicia ó

campamento romano? ¿Somos nosotros los atrevidos exploradores de la

Alpujarra, los temerarios visitantes de Soria, los que llegaron por

tierra á la misteriosa Almería, y, sobre todo, los intrépidos

descubridores de Cuenca....., de cuya existencia real se dudaba ya en

Madrid cuando fuimos allá, sin razón ni motivo alguno, y en lo más

riguroso del invierno, tripulando un coche-diligencia que volcó seis

veces en veinticuatro horas?

»¡Nadie diría que nosotros somos aquellos célebres aventureros, al

vernos vacilar de esta manera en ir á la conquista de la inmortal

Salamanca, hoy que la locomotora la ha puesto, como quien dice, á las

puertas de Madrid! ¡Nadie lo diría, al vernos retroceder ante el frío,

ante la perspectiva de una cama incómoda ó de una comida poco suculenta,

y ante otros trabajos y fatigas, que siempre fueron, para hombres bien

nacidos, estímulo y aliciente de esta clase de expediciones!--¡Pues qué!

¿no eran mucho más viejos que nosotros, y no tenían más achaques y

dolamas, Cristóbal Colón, al embarcarse en Palos; Antonio de Leiva, al

salir de Pavía en ayuda de los ejércitos imperiales, y Abdel-Melik, el

Maluco, en la batalla de Alcazarquivir, á la que asistió moribundo,

llevado en hombros por sus soldados, y durante la cual expiró como

bueno, seguro ya de la derrota de D. Sebastián de Portugal?

»¡Un esfuerzo semejante espero yo de vosotros en la presente ocasión!

¡Considerad, señores, que se trata de Salamanca, de la _Madre de las

Virtudes y de las Ciencias_, como la llamaban antiguamente; de la ciudad

que ha llevado también el nombre de _Roma la Chica_, por los

innumerables y nobilísimos monumentos que la decoran; celebérrima bajo

la dominación de los romanos; cristiana antes de la irrupción de los

godos; arrancada varias veces de manos de los sarracenos, en los siglos

IX y X; liberada definitivamente en el siglo XI, y lumbrera desde

entonces de la entenebrecida Europa, por su veneranda Universidad, que,

con las de Oxford, Bolonia y París, vinculaba el saber de aquellos

tiempos! ¡Considerad que se trata de la hija mimada de Castilla la

Vieja, de la Atenas española, protegida constantemente por Magnates,

Prelados, Reyes, Papas y hasta Santos, desde D. Ramón de Borgoña y el

obispo Visquio, que la repoblaron, y comenzaron á engrandecerla, hasta

los Reyes Católicos, que la distinguieron con su predilección casi tanto

como á Granada! ¡Considerad que allí hubo concilios; que allí se

reunieron Cortes; que allí se juzgó á los Templarios; que allí se

establecieron preferentemente las _Órdenes Militares_ y fundaron

magníficos templos; que allí predicaron San Vicente Ferrer y San Juan de

Sahagún; que allí residieron mucho tiempo Santa Teresa y San Ignacio de

Loyola; que allí estudió y explicó Fr. Luis de León, y que allí

estuvieron los reyes Ordoño I, Alfonso VII, Fernando II, Alfonso IX,

Enrique II (antes y después de matar á su hermano), D. Juan I, D. Juan

II, D. Enrique IV, los Reyes Católicos (no una, sino muchas veces), el

emperador Carlos V, Felipe II, Felipe III, Felipe V, y D. Alfonso XII,

que felizmente reina!

»Digo más, señores; digo más.....--Allí nació y fué bautizado Alonso XI;

allí murió la esposa amadísima de Trastamara, ó sea la reina D.ª Juana

Manuel; allí murió también el príncipe D. Juan, único hijo varón de los

Reyes Católicos, quien, de haber vivido más tiempo, hubiera ahorrado á

España muchas calamidades; y allí, en fin, se casó con María de Portugal

el Sr. D. Felipe II, cuyo nombre y cuyos hechos no figurarían en nuestra

historia si no hubiese habido antes un Felipe I.....

»Salamanca, por consiguiente, debe de estar cuajada de iglesias, de

palacios y de conventos. Salamanca debe de ser un álbum arquitectónico,

donde se encuentren modelos de todos los estilos cristianos: del

románico, del gótico, del plateresco, del greco-romano y del

churrigueresco (y esto suponiendo que no haya también piedras árabes y

judías). Salamanca, en fin, será un _mare magnum_ de portadas, de

torres, de columnatas, de ojivas, de retablos, de púlpitos, de pinturas

en tabla, en lienzo y al fresco, de sillerías y estatuas de madera, de

verjas, de alhajas, de ornamentos, de ropas y de otras venerandas

antigüedades.

»Para formar idea de ello, básteos saber que, en el siglo XII, cuando se

escribió el _Fuero de Salamanca_, había en la ciudad 33 iglesias, y que

después llegó á haber hasta 48, sin contar cuatro conventos de Monacales

y 17 de Religiosos de los demás Institutos, 16 de Monjas, dos beaterios

de reclusión voluntaria, uno de reclusión forzosa, y más de 30 colegios,

incorporados legalmente á la Universidad..... Y, aunque descontemos las

muchas iglesias, y, sobre todo, los muchos conventos que habrán caído al

golpe del cañón extranjero y de la piqueta constitucional y republicana

desde 1808 á 1813, y desde 1835 á 1874, todavía quedarán en pie los

bastantes monumentos históricos y artísticos para considerar á Salamanca

(y es cuanto se puede decir) como otra Toledo.--¡A Salamanca, pues,

amigos míos! ¡A Salamanca, sin pérdida de tiempo! ¡A Salamanca, antes

de que, por razón de ornato público, le sacudan el polvo de los siglos!

¡A Salamanca, antes de que la reformen, antes de que la mejoren, antes

de que la profanen..... (que todo viene á ser la misma cosa)! ¡A

Salamanca mañana mismo!

»El viaje es sumamente cómodo.....--Aquí tenéis _El Indicador_.....--Se

sale de Madrid á las nueve y media de la noche, y se llega allá á las

nueve y media de la mañana.--El billete, en 1.ª clase, cuesta siete

duros, que, con siete de volver, son catorce.--Supongo que habrá allí

hoteles, ó sea fondas; pero, si no los hay, habrá casas de huéspedes, y

si no, posadas, y si no, hospicio.--Y hablo así, porque no avisaremos á

nadie nuestra llegada; que, de lo contrario, bien podríamos asegurar que

allí tenemos al padre alcalde, y no sólo al padre, sino al abuelo y al

bisabuelo....., dado que conocemos en Salamanca al Sr. Obispo de la

diócesis, Martínez Izquierdo, compañero de algunos de nosotros en las

Cortes de 1869 y en el actual Senado; dado que nuestro amigo Frontaura

es Gobernador de la provincia, y dado que yo cuento además en aquella

población con la antigua y excelente amistad de otras personas, que no

dejaré de presentaros en el momento oportuno.--Fuera de esto, sabed que

Salamanca gozó siempre opinión de barata y de rica, y que sus alimentos

son también muy celebrados. Los castaños y encinas de sus montes dan

pasto al mejor ganado de cerda de las Españas, y el tal ganado de cerda

(convendréis en ello) puede muy bien servir de pasto á viajeros tan

aguerridos como nosotros. A mayor abundamiento, las truchas del Tormes

gozan igual fama de exquisitas (me refiero al geógrafo Miñano), sin

contar con que en los corrales de aquellas casas de labor se crían

ciertos pavos enormes, ya cantados por mí en un célebre soneto.--Y, ¡en

fin, señores! ¡qué diablos! ¡corre de mi cuenta llevar un cesto de

víveres y municiones (cuando digo _municiones_, entended _botellas_)

para los casos de _fuerza mayor_ y otras calamidades inesperadas!.....

»Conque..... he dicho.»

Aplausos y aclamaciones acogieron este discurso; y, sin más debate,

aprobóse por unanimidad el proyecto, quedando decidido que á la noche

siguiente saldríamos para Salamanca.

II

DE MADRID A MEDINA DEL CAMPO

En efecto: á las nueve y media de la siguiente noche salíamos de Madrid

en el tren _segundo correo_, destinado, como todo el mundo sabe, á

transportar cartas y viajeros desde esta Villa y Corte (que ya cuenta

400.000 habitantes) á media España y á toda Europa.

Sin embargo, íbamos casi solos.....--Los españoles tenemos pocos asuntos

fuera de casa, y los que tenemos no nos interesan hasta el extremo de

hacernos emprender largos viajes. Nuestra filosofía moruna, ascética, ó

como queráis llamarla, da de sí esta magnánima indiferencia, tan

deplorada por economistas y políticos, y tan aplaudida por otra clase de

pensadores que miran las cosas desde más alto. Viajan, sí, por mero

placer, los elegantes y los fantaseadores, los bañistas de afición y los

amantes de la naturaleza; pero, precisamente en la fecha citada, este

linaje de madrileños regresaba ya hacia las orillas del Manzanares, ó,

por mejor decir, hacia las bocas de riego del Lozoya.--Además, aquel día

era martes, y los martes apenas se despacha algún billete en nuestros

ferrocarriles, por aquello de que _en martes ni te embarques ni te

cases_; razón que me ha movido á mí siempre á preferir los martes para

viajar, pues va uno más holgado en el tren ó en la diligencia. ¡Y si

puedo combinar que sea _martes y día 13_, mejor que mejor!

Esto de la holgura lo llevábamos nosotros resuelto aquella noche _por

ministerio de la ley_..... Quiero decir, que éramos dueños de un

_reservado_ de ocho asientos, que entre cuatro personas daba dos

asientos para cada una, con su correspondiente rincón por cabeza y para

la cabeza.--Nos dormimos, pues, en seguida que el tren se puso en marcha

(como muy necesitados que estábamos de descansar de nuestras prisas del

día, y también para ir haciendo provisión de sueño y de reposo, á cuenta

de los madrugones y demás fatigas consiguientes á una expedición

artístico-poética por tierra de garbanzos), y dormidos pasamos muchísimo

tiempo.

* * *

A las tres de la madrugada el hambre nos despertó.

Estábamos en _Sanchidrián_, á veinticinco leguas de Madrid, al otro lado

de la cordillera del Guadarrama.

¡Bien nos habíamos portado! ¡Cinco horas de sueño de un tirón!

Viajes por España · 第 3 / 17 段