el 12 de Agosto, quince días después de la victoria obtenida por
españoles é ingleses sobre los ejércitos de Napoleón delante de
Talavera de la Reina. Una columna francesa, parece que fugitiva ó
cortada, estuvo merodeando en la Vera, esperando á saber cómo podría
reunirse al grueso del ejército derrotado. Los frailes de Yuste huyeron
á su aproximación, y los soldados franceses profanaron la iglesia,
robaron cuanto hubieron á mano, penetraron en el convento, saquearon su
rica despensa y vaciaron su bien provista bodega, de cuyas resultas
estaban todos ebrios cuando les llegó la orden de evacuar inmediatamente
aquella comarca y salir á juntarse á las tropas del mariscal Víctor.
Marcharon, pues, como Dios les dió á entender; pero no pudieron hacerlo
diez ó doce, cuya embriaguez era absoluta, por lo que se quedaron en el
Monasterio durmiendo la borrachera. Sabedores de esta circunstancia los
colonos y criados de la casa, que tan maltratados habían sido aquellos
días por la soldadesca invasora, tomaron una horrible venganza en
aquellos diez ó doce hombres dormidos, á los cuales dieron muerte á
mansalva. Dos días después fueron echados de menos por sus camaradas,
quienes, sospechando lo ocurrido, enviaron en su busca una sección de
caballería. Estos expedicionarios no hallaron á nadie en el convento ni
en sus alrededores, pero sí grandes manchas de sangre en el lugar en que
dejaron dormidos á sus compañeros.....; y apelando á su vez á las
represalias, pusieron fuego al Monasterio, cuya parte más monumental y
preciosa quedó completamente destruída, salvándose la iglesia, el
Noviciado y las habitaciones que se construyeron para albergue de Carlos
V.--Es decir, que pereció todo el _Convento Nuevo_, edificado, como
dijimos, á mitad del siglo XVI.
Desde entonces volvieron los frailes á habitar el _Convento Viejo_, ó
sea el Noviciado.
En 1820 fueron expulsados por la _revolución_, y vendióse el Monasterio
á un Sr. Tarríus, que lo poseyó hasta 1823.
En 1823 se anuló la venta por la _reacción_.
En 1834 la expulsión volvió á tener efecto, y la compra del Sr. Tarríus
fué revalidada por el Gobierno.
Hace algunos años el Sr. Tarríus sacó el Monasterio á pública subasta.
Napoleón III quiso adquirirlo; pero los periódicos hablaron mucho sobre
el particular, lamentando que la cámara mortuoria del vencedor de Pavía
pudiese ir á parar á manos francesas. Entonces, animados de un
sentimiento patriótico, reuniéronse algunos títulos de Castilla, y
acordaron comprar á _Yuste_, costare lo que costare. Pero este proyecto,
como todos aquellos en que intervienen muchos, iba quedando en
conversación, cuando el Sr. Marqués de Miravel, uno de los asociados,
viendo que no se hacía nada de lo convenido, lo compró por sí solo en
la cantidad de 400.000 reales.
Más adelante veremos que el histórico Monasterio no ha podido caer en
mejores manos.
El Sr. Marqués de Miravel se ha consagrado con incesante afán, y á costa
de grandes sacrificios, á salvar á _Yuste_ de la total ruina que le
amenazaba. Ya ha reedificado mucho de lo derruído; ya ha contenido en
todas partes la destrucción, y de esperar es que algún día acabe de
restaurar lo que yace en pedazos por el suelo.--Sólo con lo que ha hecho
hasta hoy, ya ha merecido bien de la patria y de cuantos aman sus
antiguas glorias.
Conque penetremos en Yuste.
III
Delante de la actual entrada, que es la antigua de la _Huerta_ del
Monasterio, y por la que se regía el Emperador cuando salía á caballo,
elévase un añoso y corpulento _nogal_, tenido en gran veneración
histórica, y del que no hay viajero que no se lleve algunas hojas como
recuerdo de su peregrinación á Yuste.
Es que aquel _nogal_ data de un tiempo muy anterior á la fundación del
convento; es que á su sombra fué donde, según la tradición, se sentaron
los anacoretas Bralles y Castellanos la tarde que eligieron aquel sitio,
entonces desierto, como el más á propósito para establecerse, y es que
el mismo César, en tiempo de verano, solía pasar largas horas bajo su
espesísimo ramaje, viendo correr el agua del arroyo que fluye á su pie y
respirando el fresco ambiente de un lugar tan umbroso, ameno y
deleitable.
Después de rendir el debido acatamiento á aquel árbol, cuya edad no
bajará de seis siglos, llamamos á la mencionada puerta del Monasterio, ó
sea á la puerta rústica del que fué Palacio del Emperador. Un campesino
acudió á abrirnos, y como ya se hubiese recibido allí recado del
Administrador (que reside en Quacos) avisando nuestra visita y
anunciando que él llegaría inmediatamente á hacernos los honores de
aquella mansión de los recuerdos, dejósenos pasar adelante.
Agradabilísima emoción nos produjo el noble cuanto gracioso aspecto del
primer cuadro que apareció á nuestros ojos.--Gigantescos naranjos
seculares, cuajados de rojas naranjas, sombreaban la especie de atrio ó
compás en que habíamos entrado. Sus ramas subían hasta los arcos de un
elegante mirador que teníamos enfrente y que sirve de fachada al único
piso alto de un modesto aunque decoroso edificio. A aquel mirador ó
salón abierto, cuyo interior descúbrese completamente por los amplios
arcos que constituyen dos de sus lados, se sube, no por escaleras, sino
por una suave _rampa_ construída sobre otros arcos de progresiva
elevación. Debajo del salón-mirador vense también al descubierto los
pilares, arcos y bóvedas que lo sustentan, de modo que la tal morada
aparecía á nuestros ojos en una forma aérea, calada, abierta, luminosa,
sin otra defensa contra el sol y el viento que el verdor de los próximos
árboles ó de las enredaderas y rosales que trepaban por pilastras,
balaustres y columnas.
Aquel risueño edificio era el _Palacio del Emperador_, al cual servía de
vestíbulo el descubierto y alegre aposento que estábamos mirando,
aposento restaurado recientemente por el Sr. Marqués de Miravel,
mediante costosísimas obras, en que se ha respetado religiosamente la
primitiva forma y disposición de la parte arruinada.
La extensa _rampa_ que teníamos delante, y por la cual se sube á dicho
vestíbulo, es la misma que se construyó para que el valetudinario Carlos
V pudiese montar á caballo á la puerta de sus habitaciones, ó sea en el
propio piso alto, librándose así de la incomodidad de las escaleras, que
le eran ya insoportables.--También han sido reforzados sus arcos en
estos últimos tiempos con tal arte y habilidad, que no falta ni una
sola piedra del sitio que ocupaba hace trescientos años.
Viejísimas hiedras, contemporáneas, sin duda, del primer convento,
visten por completo las recias tapias que forman el compás ó atrio en
que nosotros echamos pie á tierra, y desde donde contemplábamos la
morada del César.--De una de estas tapias sale un brazo de agua sonora y
reluciente, que con su eterno murmullo presta no sé qué plácida
melancolía á aquel sosegado recinto. La hiedra y el agua, con su
perdurable existencia, parecían encargadas de perpetuar las huérfanas
memorias de tantas grandezas extinguidas. El agua, sobre todo, fluyendo
y charlando hoy como fluía y charlaba en 1558, sin respetar ahora el
silencio de muerte que ha sucedido en aquella soledad al antiguo
esplendor y movimiento, recordábanos estos hermosos versos con que
nuestro inmortal Quevedo acaba un soneto titulado: _A Roma sepultada en
sus ruinas:_
«Sólo el Tibre quedó, cuya corriente,
Si ciudad la regó, ya sepultura
La llora con funesto son doliente.
¡Oh Roma! En tu grandeza, en tu hermosura,
Huyó lo que era firme, y solamente
Lo fugitivo permanece y dura.»
Atado que hubimos nuestros caballos á los recios troncos de los naranjos
susodichos, emprendimos la subida por la rampa, que nos condujo al
_salón-mirador_, estancia verdaderamente deliciosa, más propia de una
_villa_ italiana ó de un _carmen_ granadino que de un monasterio oculto
en los repliegues y derivaciones de una sierra de Extremadura.
Cuatro son los grandes arcos que ponen el mirador en relación directa
con el rico ambiente y esplendorosa vegetación de aquel amenísimo
barranco. Dos de ellos dan á la parte donde subíamos, sirviendo el uno
de entrada á la rampa, y el otro como de balcón, desde el cual se tocan
con la mano los bermejos frutos de los naranjos del compás, y se
descubre, al través de sus ramas, un elegantísimo ángulo de la contigua
iglesia, de perfecto estilo gótico, cuyas gentiles ojivas, esbeltos
juncos y erguidas agujas, todo ello de una resistente piedra dorada por
los siglos, infunden en el ánimo, en medio de aquellas abandonadas
ruinas, arrogantes ideas de inmortalidad.
Los otros dos arcos miran al Mediodía, y desde ellos se goza de la
apacible contemplación de la _Huerta_ y del bosque de olmos y de todos
los suaves encantos de aquel breve y pacífico horizonte. De dicha
_Huerta_ trepan, como hemos apuntado, hasta penetrar por los arcos
dentro de aquel salón, rosales parietarios y escaladoras enredaderas con
sus elegantes campanillas, que todavía no se habían cerrado aquella
mañana: además, los dos grandes balcones determinados por ambos arcos
tienen el antepecho en la parte ó cara interna del recio muro, dejando
destinado todo el ancho de éste á dos extensos arriates ó pensiles que
cultivaba Carlos V, y que hoy se cultivan también cuidadosamente.
Geranios, rosales de pitiminí y clavellinas, todo florido, pues ya he
dicho que estábamos en Mayo, vimos nosotros en aquellos dos jardinillos
tan graciosamente imaginados y dispuestos.--Cuando al poco rato llegaron
el Administrador y su señora, supimos que ésta, madrileña de pura raza,
aficionadísima, por consiguiente, á macetas, era la autora del milagro
de que continuasen consagrados á Flora los dos arriates que cuidó en
otro tiempo Carlos de Austria.
Llevo descritos dos lados del _salón-mirador_, bien que aun me falte
decir que, entre el arco que comunica con la rampa y el otro contiguo,
hay un _poyo de piedra_, de dos cuerpos, mucho más ancho el de abajo que
el de arriba, que se construyó allí para que Carlos V montase á caballo
más cómodamente.....
Por cierto que, según refiere Fr. Prudencio Sandoval en su _Historia del
Emperador_, las cabalgaduras que éste usaba en Yuste no tenían nada de
cesáreas ni de marciales, pues consistían en _una jaquilla bien pequeña
y una mula vieja_.--¡Tan acabado de fuerzas estaba aquel que tantas
veces había recorrido la Europa á caballo!
Pero ya que de esto hemos venido á hablar, oigamos describir al mismo
historiador la manera cómo montó á caballo por última vez el
protagonista del siglo de los héroes, el vencedor de mil combates, el
hombre de hierro.
«.....Puesto en la jaquilla, apenas dió tres ó cuatro pasos cuando
comenzó á dar voces que le bajasen, que se desvanecía, y como iba
rodeado de sus criados, le quitaron luego, y desde entonces nunca más se
puso en cabalgadura alguna.»
Considerad ahora cuántas reflexiones no acudirán á la mente al
contemplar aquel poyo de piedra, terrible monumento que acredita toda la
flaqueza y rápida caducidad de esta nuestra máquina humana, tan
temeraria, impetuosa y presumida en las breves horas de la juventud, si
por acaso le presta sus alas la fortuna.....--Mas sigamos nuestra
descripción.
La pared que da al Norte, sólo es notable por lindar con el muro de la
iglesia y porque en aquel lado del _salón-mirador_ hay una pequeña y
preciosa _fuente_, labrada en la forma y estilo de las que adornan los
paseos públicos ó los jardines de los palacios.
Esta _fuente_ tendrá unas dos varas y media de altura, y se compone de
un pilar redondo, del centro del cual sale un recio fuste ó árbol, que
luego se convierte en gracioso grupo de niños, muy bien esculpido; todo
ello de una sola pieza y de piedra bastante parecida al mármol, aunque
de la especie granítica. El grupo de niños sostiene una taza redonda, de
la cual fluye por cuatro caños un agua cristalina, sumamente celebrada
por sus virtudes higiénicas.--El Emperador no bebía otra, y nosotros la
probamos también, aunque llevábamos _á bordo_ un vino de primer orden.
Porque debemos advertir que, mientras llegaba ó no llegaba el Sr.
Administrador, nos permitimos desplegar las provisiones que habíamos
sacado del Baldío y almorzar como unos..... jerónimos, haciendo mesa del
poyo de piedra en que se encaramaba el Emperador para montar en la
jaquilla ó en la mula.....--Pero, volviendo á la _fuente_, diré que del
libro de Fr. Luis de Santa María (que después leímos) consta que «se la
regaló á Carlos V el ilustre Ayuntamiento de la ciudad de Plasencia».
Vamos á la cuarta pared.--En ella está la puerta de entrada al Palacio,
y á su lado existe hoy un _banco_ muy viejo de madera (en el mismo lugar
que había antes un asiento de piedra), sobre el cual se lee la siguiente
_inscripción_, pintada en la pared en caracteres del siglo XVI muchas
veces retocados:
«_Su Mag.ª El Emper.or D. Carlos_
_Quinto nro. Señor en este lugar_
_estava asentado quando le dió_
_el mal á los treynta y uno_
_de Agosto á las quatro de la_
_tarde.--Fallesció á los Veinte_
_y uno de Septiembre á las dos_
_y media de la mañana. Año_
_del S.or_
_de 1558._»
El _mal_ á que alude la precedente inscripción consistió en que,
habiendo comido al sol Carlos V, en aquel propio salón-mirador, sintióse
acometido de frío, no bien dejó la mesa, y luego le entró
calentura.--«Pónenos en cuidado (escribía dos días después su mayordomo
Luis Quijada á Juan Vázquez de Molina[8]), porque ha muchos años que á
S. M. no le ha acudido calentura con frío sin accidente de gota. El frío
casi lo tuvo delante de mí todo; mas no fué grande, puesto que tembló
algún tanto; duró casi tres horas la calentura: no es mucha, aunque en
todo me remito al doctor, que escribirá más largo.--Yo temo que este
accidente sobrevino de comer antier en un terrado cubierto, y hacía sol,
y reverberaba allí mucho, y estuvo en él hasta las cuatro de la tarde,
y de allí se levantó con un poco dolor de cabeza y aquella noche durmió
mal.»
Esta carta es de 1.º de Septiembre.--Por consiguiente, la inscripción
preinserta está equivocada, y donde dice 31 de Agosto debe leerse 30 de
Agosto.
Sobre ella se ven las armas imperiales, pintadas en la pared; obra, sin
duda, del mismo autor de aquella leyenda conmemorativa.
Con lo cual terminan todas las cosas que hay que notar en el
_salón-mirador_ ó vestíbulo del humilde Palacio de Yuste.
* * *
Entramos, pues, en el Palacio.
Ya he dicho que se compone de cuatro grandes celdas, situadas dos á cada
lado de un pasillo ó galería que atraviesa el edificio de Oeste á Este y
al cual dan las puertas de las cuatro.
Las dos celdas de la izquierda, entrando, estaban destinadas en tiempo
del Emperador, la una á _Recibo_, y la otra á _Dormitorio_, y se
comunican entre sí. Las dos de la derecha, que también tienen
comunicación por dentro, eran el _Comedor_ y la _Cocina_.
Y á esto se reducía el alojamiento del César.
Su servidumbre, compuesta de sesenta personas, habitaba el piso inferior
de aquel llamado Palacio, ó varias dependencias del convento, residiendo
en Quacos los empleados que no tenían que asistir continuamente á S. M.
En la actualidad no hay ni un solo mueble en dichas celdas; y como, por
otra parte, carecieron siempre de toda ornamentación arquitectónica sus
lisas paredes, blanqueadas con cal á la antigua española, la revista que
nosotros les pasamos habría sido muy corta, si recuerdos históricos y
consideraciones de una mansa y cristiana filosofía no nos hubieran
detenido largo tiempo en cada estancia.
Nuestra visita principió por el _Recibo_, donde sólo había que ver una
gran chimenea, digna de competir con las llamadas de campana: tan
enormes eran su tragante y su fogón. Entre la puerta de entrada, la de
comunicación con el _Dormitorio_, la reja que da paso á la luz del
salón-mirador y otra puertecilla de que hablaré luego, no quedaba más
que un puesto resguardado del aire, ó sea un único _rincón_ que ocupar
cerca de la chimenea. No podíamos, pues, equivocarnos respecto de cuál
sería el sitio que ocuparía el Emperador en aquella sala, durante la
estación del invierno, cuando iban á visitarlo San Francisco de Borja,
el Conde de Oropesa, el Arzobispo de Toledo y otros antiguos amigos
suyos.
Pero no seguiré adelante sin hacer una advertencia de gran
importancia.....
Si yo me hubiese propuesto referir la _Vida de Carlos V en Yuste_
(escrita ya con suma minuciosidad y conciencia en un notable capítulo y
en un apéndice muy curioso de la _Historia de España_ por D. Modesto
Lafuente), podría enumerar aquí, sin más trabajo que copiar algunos
documentos del Archivo de Simancas, insertos en la obra de aquel
historiador, los muebles, los cuadros, las alhajas y hasta las ropas que
tenía el Emperador en su retiro, así como sus hábitos, entretenimientos
y conversaciones; pero, no siendo, ni pudiendo ser, tal mi propósito,
sino meramente fotografiar, por decirlo así, el estado _actual_ del
Monasterio, me limitaré á remitiros á la obra mencionada y aconsejaros
que no deis crédito á lo que otros historiadores cuentan acerca de los
actos del Emperador en Yuste.
Desconfiad, sobre todo, de las noticias de Fr. Prudencio Sandoval y de
Mr. Robertson, quienes, en esta parte íntima de sus célebres historias,
fueron sin duda mal informados, ó fantasearon á medida de su deseo. Así
lo demuestra el Sr. Lafuente con irrebatibles razones y documentos
originales de primera fuerza.--Es falso, por ejemplo, que Carlos hiciese
sus exequias en vida; falso que estuviese sujeto á la misma regla que
los frailes de la casa; falso que se flagelase hasta teñir de sangre las
disciplinas; falso que no atendiese á las cosas políticas de España y
del resto de Europa, y falso que se dedicase á la construcción de
juguetes automáticos y otras puerilidades con su relojero de cámara y
famoso mecánico Juanelo Turriano.--Leed á Lafuente, repetimos, y allí
veréis, auténticamente probado, que Carlos V, en Yuste, fué el hombre de
siempre, con sus cualidades y sus defectos y con la sabida originalidad
de su condición, festiva y grave á un tiempo mismo, dominante,
vehemente, voluntariosa, y á la par llana y sencilla, como la de Julio
César.
Sigamos nuestra exploración.
La ya mencionada puertecilla de la sala de _Recibo_ conduce á un
diminuto é irregular aposento, que es aquel _retrete_ ó gabinetillo de
que ya he hablado también, en que _apenas cabe una cama_, y donde durmió
Felipe II la última vez que estuvo en Yuste, en señal de respeto..... ó
miedo á las habitaciones que habían sido de su difunto padre.--¡Curioso
fuera saber lo que pensó allí el hombre del Escorial durante las dos
noches que pasó, como quien dice, emparedado cerca de la cámara
mortuoria de Carlos de Gante!--Pero la historia ignora siempre las
mejores cosas.
Del _Recibo_ volvimos á salir al pasillo ó galería, dejando para lo
último la visita al _Dormitorio_, y pasamos al _Comedor_ del más comilón
de los emperadores habidos y por haber....., excepto Heliogábalo.
Carlos V era más flamenco que español, sobre todo en la mesa. Maravilla
leer (pues todo consta) el ingenio, verdaderamente propio de un gran
jefe de Estado Mayor militar, con que resolvía la gran cuestión de
vituallas, proporcionándose en aquella soledad de Yuste los más raros y
exóticos manjares. Sus cartas y las de sus servidores están llenas de
instrucciones, quejas y demandas, en virtud de las cuales nunca faltaban
en la despensa y cueva de aquel modesto palacio los pescados de todos
los mares, las aves más renombradas de Europa, las carnes, frutos y
conservas de todo el universo. Con decir que comía ostras frescas en el
centro de España, cuando en España no había ni siquiera caminos
carreteros, bastará para comprender las artes de que se valdría á fin de
hacer llegar en buen estado á la sierra de Jaranda sus alimentos
favoritos.
Pero nos metemos sin querer en honduras pasadas, olvidando que aquí no
se trata sino de lo presente. Pues bien: en el _Comedor_ sólo hay de
notable otra chimenea como la susodicha; un gran balcón-cierre, ó
tribuna volada, que da á la huerta y mira al Mediodía, donde el viejo
Emperador tomaba en invierno los últimos rayos del sol de sus
victorias....., y una puerta de comunicación con la _Cocina_.
La _Cocina_ es digna del imperial glotón, propia de un convento de
Jerónimos y adecuada á los grandes fríos que reinan en aquel país
durante el rigor del invierno. En torno del monumental fogón, que ocupa
casi la mitad de aquel vasto aposento, bien pudieron calentarse
simultáneamente con holgura los sesenta servidores de S. M. En cuanto á
las hornillas, puede asegurarse que infundirían verdadera veneración
cuando estaban en ejercicio, así como hoy su yerta desnudez y triste
arrumbamiento infunden melancólicas reflexiones.
Pero estas reflexiones nos llevan como por la mano al _Dormitorio_ del
Emperador, ó sea á su cámara mortuoria.
Es una pieza del mismo tamaño que las tres mencionadas, con otra enorme
chimenea. Una alta reja le da luz por la parte de Levante, y tiene
además tres puertas, de las cuales una da á la iglesia, otra al _Recibo_
y otra á la galería.
No cabe ni puede caber duda respecto del sitio que ocupaba el lecho de
S. M. y en que lanzó el último suspiro, puesto que lo indica
matemáticamente la puerta de comunicación con la iglesia, que se rasgó
frente por frente á la cama del César, á fin de que, acostado y todo,
pudiese ver el altar mayor y oir Misa cuando sus achaques le impedían
dejar el lecho. Trazóse, pues, dicha puerta, _oblicuamente_, sobre el
recio muro del templo, en el ángulo opuesto á aquel en que dormía y
había de morir Carlos V, y allí sigue, y desde ella se determina
fijamente tan histórico paraje.
A mayor abundamiento, en aquel rincón del _Dormitorio_ hay un cuadro que
representa á San Jerónimo viendo llegar á Carlos V á la gloria eterna y
arrodillarse á los pies de la Santísima Trinidad.--Debajo de este cuadro
se ve un tarjetón dorado que dice lo siguiente: «S. A. R. el Infante
Duque de Montpensier regaló al Monasterio de Yuste este cuadro, sacado
del original que á la muerte del Emperador Carlos V, su glorioso abuelo,
se hallaba á la cabecera de su cama.»
Decir los pensamientos que acudieron á mi mente en aquel sitio, donde
expiró (en hora ignorada por sus propios hijos durante algunos días) el
que tantas veces desafió la muerte á la faz del universo en los campos
de batalla, fuera traducir pálidamente lo que el lector se imaginará sin
esfuerzo alguno.
Hágole, pues, gracia de mis reflexiones, y le invito á que me siga á la
_iglesia_ y á las _ruinas del convento_, donde todo hablará aún más
alto y más claro el severo lenguaje de aquellas verdades eternas:
_Verumtamen, universa vanitas..... Verumtamen, in imagine pertransit
homo_.
IV
La _iglesia_ se reduce á una nave gótica, larga y altísima, digna de una
catedral de primer orden. Esta nave se conserva íntegra: según una
tradición, porque los incendiarios franceses de 1809 procuraron que el
fuego no llegase á ella; según otra tradición, porque no había en todo
aquel edificio madera alguna en que pudiesen prender las llamas.
Sin embargo, sus bóvedas ojivales amenazaban desplomarse cuando compró
el Monasterio el Sr. Marqués de Miravel, quien procedió inmediatamente á
repararlas.--Así lo indica la siguiente modestísima inscripción, que se
lee en el testero posterior del coro:
_Estando estas bóvedas en ruinas, se construyeron por José Campal, año
de 1860._
Pero dirá el lector: ¿quién es _José Campal_? ¿Son éstos el nombre y el
apellido del espléndido Marqués que costeó la obra, ó los de algún
insigne arquitecto, émulo de la gloria de los Brunelleschi y Miguel
Ángel?
Ni lo uno ni lo otro.
José Campal es un humilde albañil de Jarandilla, que se atrevió á
acometer tan ardua empresa, y la llevó á feliz término, cuando maestros
llevados de Madrid con tal propósito la habían considerado
irrealizable.--Admirado entonces el Marqués del arrojo y la inteligencia
de Campal, mandó poner dicha inscripción en el coro.
La nave de la iglesia y sus altares están hoy completamente desnudos de
todo cuadro, de toda imagen, de toda señal de culto. Los únicos
accidentes que interrumpen la escueta monotonía de aquellos blanqueados
muros, son las Armas Imperiales que campean allá arriba, en el centro
del embovedado, y un negro _ataúd_ depositado á gran altura, en un nicho
ú hornacina de la pared de la derecha.
Este ataúd es de madera de castaño, y estuvo forrado de terciopelo
negro. Hoy no contiene nada; pero en un tiempo contuvo otra caja de
plomo, dentro de la cual fué depositado el cadáver del Emperador.....