III

Teobaldo, lleno de asombro, abandonó la aldea y se dirigió al

castillo, á cuyas puertas llego cuando apenas clareaba el día. El foso

estaba cegado con los sillares de las derruidas almenas; el puente

levadizo, inútil ya, se pudría colgado aún de sus fuertes tirantes de

hierro, cubiertos de orín por la acción de los años; en la torre del

homenaje tañia lentamente una campana; frente al arco principal de la

fortaleza y sobre un pedestal de granito se elevaba una cruz; en los

muros no se veía un solo soldado; y confuso, y sordo, parecía que de

su seno se elevaba como un murmullo lejano, un himno religioso, grave,

solemne y magnífico.

--¡Y este es mi castillo, no hay duda! decía Teobaldo, paseando su

inquieta mirada de un punto á otro, sin acertar á comprender lo que le

pasaba. ¡Aquel es mi escudo, grabado aún sobre la clave del arco! ¡Ese

es el valle de Montagut! Estas tierras que domina, el señorio de

Fortcastell....

En aquel instante las pesadas hojas de la puerta giraron sobre sus

goznes y apareció en su dintel un religioso.

Legends, Tales and Poems · 第 103 / 145 题