Ni por ésas.[1]

[Footnote 1: Ni por ésas = 'Nor did these (threats) avail.']

La indignación llegó á su colmo, hasta el punto que uno de sus

guardas, lanzándose sobre el reo, cuya pertinacia en callar bastaría

para apurar la paciencia á un santo, le abrió violentamente la visera.

Un grito general de sorpresa se escapó del auditorio, que permaneció

por un instante herido de un inconcebible estupor.

La cosa no era para menos.

El casco, cuya férrea visera se veía en parte levantada hasta la

frente, en parte caída sobre la brillante gola de acero, estaba

vacío...completamente vacío.

Cuando pasado ya el primer momento de terror quisieron tocarle, la

armadura se estremeció ligeramente, y descomponiéndose en piezas, cayó

al suelo con un ruido sordo y extraño.

La mayor parte de los espectadores, á la vista del nuevo prodigio,

abandonaron tumultuosamente Ia habitación y salieron despavoridos á la

plaza.

La nueva se divulgó con la rapidez del pensamiento entre la multitud,

que aguardaba impaciente el resultado-del juicio; y fué tal la alarma,

la revuelta y la vocería, que ya á nadie cupo duda sobre lo que de

pública voz se aseguraba, esto es, que el diablo, á la muerte del

señor del Segre, había heredado los feudos de Bellver.

Al fin se apaciguó el tumulto, y decidióse volver á un calabozo la

maravillosa armadura.

Ya en él[1] despacháronse cuatro emisarios, que en representacion de

la atribulada villa hiciesen presente el caso al conde de Urgel y al

arzobispo, los que no tardaron muchos días en tornar con la resolución

de estos personajes, resolución que, como suele decirse, era breve y

compendiosa.

[Footnote 1: Ya en él. A bold ellipsis which would be inconsistent

with common usage in English.]

--Cuélguese, les dijeron, la armadura en la plaza Mayor de la villa;

que si el diablo la ocupa, fuerza le serà el abandonarla ó ahorcarse

con ella.

Encantados los habitantes de Bellver con tan ingeniosa solución,

volvieron á reunirse en concejo, mandaron levantar una altísima horca

en la plaza, y cuando ya la multitud ocupaba sus avenidas, se

dirigieron á la cárcel por la armadura, en corporación y con toda la

solemnidad que la importancia del caso requería.

Cuando la respetable comitiva llego al macizo arco que daba entrada al

edificio, un hombre pálido y descompuesto se arrojó al suelo en

presencia de los aturdidos circunstantes, exclamando con las lágrimas

en los ojos:

--Perdón, señores, perdón!

--Perdón!; ¿Para quién? dijeron algunos; ¿para, el diablo, que habita

dentro de la armadura del señor del Segre?

--Para mí, prosiguió con voz trémula el infeliz, en quien todos

reconocieron al alcaide de las prisiones; para mí... porque las

armas... han desaparecido.

Al oir estas palabras, el asombro se pintó en el rostro de cuantos se

encontraban en el pórtico, que, mudos é inmóviles, hubieran

permanecido en la posición en que se encontraban, Dios sabe hasta

cuando, si la siguiente relación del aterrado guardián no les hubiera

hecho agruparse en su alrededor para escuchar con avidez:

Perdonadme, señores, decía el pobre alcaide; y yo no os ocultaré nada,

siquiera sea en contra mia.

Todos guardaron silencio, y él prosiguio así:

--Yo no acertaré nunca á dar la razón; pero es el caso que la historia

de las armas vacías me pareció siempre una fábula tejida en favor de

algún noble personaje, á quien tal vez altas razones de conveniencia

pública no permitían ni descubrir ni castigar.

En esta creencia estuve siempre, creencia en que no podía menos de

confirmarme la inmovilidad en que se encontraban desde que por segunda

vez tornaron á la cárcel traídas del concejo. En vano una noche y

otra, deseando sorprender su misterio, si misterio en ellas había, me

levantaba poco á poco y aplicaba el oido á los intersticios de la

ferrada puerta de su calabozo; ni un rumor se percibía.

En vano procuré observarlas á través de un pequeño agujero producido

en el muro; arrojadas sobre un poco de paja y en uno de los más

obscuros rincones, permanecian un día y otro descompuestas é

inmóviles.

Una noche, por último, aguijoneado por la curiosidad y deseando

convencerme por mí mismo de que aquel objeto de terror nada tenia de

misterioso, encendí una linterna, bajé a las prisiones, levanté sus

dobles aldabas, y no cuidando siquiera--tanta era mi fe en que todo no

pasaba de un cuento--de cerrar las puertas tras mí, penetré en el

calabozo. Nunca lo hubiera hecho; apenas anduve algunos pasos, la luz

de mi linterna se apagó por sí sola, y mis dientes comenzaron á

chocar, y mis cabellos á erizarse. Turbando el profundo silencio que

me rodeaba, había oído como un ruido de hierros, que se removían y

chocaban al unirse entre las sombras.

Mi primer movimiento fué arrojarme á la puerta para cerrar el paso,

pero al asir sus hojas, sentí sobre mis hombros una mano formidable

cubierta-con un guantelete, que después de sacudirme con violencia me

derribó sobre el dintel. Allí permanecí hasta la mañana siguiente, que

me encontraron mis servidores falto de sentido, y recordando sólo que

despues de mi caída, había creído percibir confusamente como unas

pisadas sonoras, al compás de las cuales resonaba un rumor de

espuelas, que poco á poco se fué alejando hasta perderse.

Cuando concluyó el alcaide, reinó un silencio profundo, al que siguió

luego un infernal concierto de lamentaciones, gritos y amenazas.

Trabajo costó á los más pacificos el contener al pueblo que, furioso

con la novedad, pedía á grandes voces la muerte del curioso autor de

su nueva desgracia.

Al cabo logróse apaciguar el tumulto, y comenzaron á disponerse á una

nueva persecución. Ésta obtuvo también un resultado satisfactorio.

Al cabo de algunos días, la armadura volvió á encontrarse en poder de

sus perseguidores. Conocida la fórmula, y mediante la ayuda de San

Bartolomé,[1] la cosa no era ya muy difícil.

[Footnote 1: San Bartolomé. See p. 29, note 2.]

Pero aún quedaba algo por hacer: pues en vano, á fin de sujetarlo, lo

colgaron de una horca; en vano emplearon la más exquisita vigilancia

con el objeto de quitarle toda ocasión de escaparse por esos mundos.

En cuanto las desunidas armas veían dos dedos de luz, se encajaban, y

pian pianito volvían á tomar el trote y emprender de nuevo sus

excursiones por montes y llanos, que era una bendición del cielo.

Legends, Tales and Poems · 第 81 / 145 题