Las llamas rojas y azules se enroscaban chisporroteando á lo largo del
grueso tronco de encina que ardía en el ancho hogar; nuestras sombras,
que se proyectaban temblando sobre los ennegrecidos muros, se
empequeñecían ó tomaban formas gigantescas, según la hoguera despedía
resplandores más ó menos brillantes; el vaso de saúco, ora vacío, ora
lleno y no de agua, como cangilón de noria, habia dado tres veces la
vuelta en derredor del círculo que formábamos junto al fuego, y todos
esperaban con impaciencia la historia de _La cruz del diablo_, que á
guisa de postres de la frugal cena que acabábamos de consumir, se nos
había prometido, cuando nuestro guía tosió por dos veces, se echó al
coleto un último trago de vino, limpióse con el revés de la mano la
boca, y comenzó de este modo:
--Hace mucho tiempo, mucho tiempo, yo no sé cuánto, pero los moros
ocupaban aún la mayor parte de España, se llamaban condes[1] nuestros
reyes, y las villas y aldeas pertenecían en feudo á ciertos señores,
que á su vez prestaban homenaje á otros más poderosos, cuando acaeció
lo que voy á referir á ustedes.[2]
[Footnote 1: condes = 'counts,' 'earls.' The word conde comes from
the Latin _comes, comitem_, 'companion,' and during the Roman empire
in Spain was a title of honor granted to certain officers who had
jurisdiction over war and peace. During the reign of the Goths it
was likewise an official and not a nobiliary title. Later, with the
growth of the feudal system, the counts became not merely royal
officers, but hereditary rulers, with coronets and arms and an
assumption of absolute authority in their counties. In some of these
counties the title developed later into that of king.]
[Footnote 2: The epoch referred to is doubtless in the eleventh
century before the first crusade. See p. 122, note 1.]
Concluída esta breve introducción histórica, el héroe de la fiesta
guardó silencio durante algunos segundos como para coordinar sus
recuerdos, y prosiguió así:
--Pues es el caso, que en aquel tiempo remote, esta villa y algunas
otras formaban parte del patrimonio de un noble barón, cuyo castillo
señorial se levantó por muchos siglos sobre la cresta de un peñasco
que baña el Segre, del cual toma su nombre.
Aún testifican la verdad de mi relación algunas informes ruinas que,
cubiertas de jaramago y musgo, se alcanzan á ver sobre su cumbre desde
el camino que conduce á este pueblo.
No sé si por ventura ó desgracia quiso la suerte que este señor, á
quien por crueldad detestaban sus vasallos, y por sus malas cualidades
ni el rey admitía en la corte, ni sus vecinos en el hogar, se
aburriese de vivir solo con su mal humor y sus ballesteros en lo alto
de la roca en que sus antepasados colgaron su nido de piedra.
Devanábase noche y día los sesos en busca de alguna distracción propia
de su carácter, lo cual era bastante difícil, después de haberse
cansado como ya lo estaba, de mover guerra á sus vecinos, apalear á
sus servidores y ahorcar á sus súbditos.
En esta ocasión cuentan las crónicas que se le ocurrió, aunque sin
ejemplar, una idea feliz.
Sabiendo que los cristianos de otras poderosas naciones, se aprestaban
á partir juntos en una formidable armada[1] á un país maravilloso para
conquistar el sepulcro de Nuestro Señor Jesucristo, que los moros
tenían en su poder,[2] se determinó á marchar en su seguimiento.
[Footnote 1: armada = 'fleet.' The reference is probably to the
first crusade under Godfrey of Bouillon (1096-1099), which resulted
in the capture of Jerusalem and the temporary establishment of a
Christian kingdom in Palestine.]
[Footnote 2: que los moros tenian en su poder. See p. 35, note 4.]
Si realizó esta idea con objeto de purgar sus culpas, que no eran
pocas, derramando su sangre en tan justa empresa, ó con el de
transplantarse á un punto donde sus malas mañas no se conociesen, se
ignora; pero la verdad del caso es que, con gran contentamiento de
grandes y chicos, de vasallos y de iguales, allegó cuanto dinero pudo,
redimió á sus pueblos del señorío, mediante una gruesa cantidad, y no
conservando de propiedad suya más que el peñón del Segre y las cuatro
torres del castillo, herencia de sus padres, desapareció de la noche á
la mañana.
La comarca entera respiró en libertad durante algún tiempo, como si
despertara de una pesadilla.
Ya no colgaban de los árboles de sus sotos, en vez de frutas, racimos
de hombres: las muchachas del pueblo no temían al salir con su cántaro
en la cabeza á tomar agua de la fuente del camino, ni los pastores
llevaban sus rebaños al Segre por sendas impracticables y ocultas,
temblando encontrar á cada revuelta de la trocha á los ballesteros de
su muy amado señor.
Así transcurrió el espacio de tres años; la historia del _mal
caballero_, que sólo por este nombre se le conocía, comenzaba á
pertenecer al exclusivo dominio de las viejas, que en las eternas
veladas del invierno las[1] relataban con voz hueca y temerosa á los
asombrados chicos; las madres asustaban á los pequeñuelos
incorregibles ó llorones diciendoles: _¡que viene el señor del
Segre!_[2] cuando he aquí que no sé si un dia ó una noche, si caído
del cielo ó abortado de los profundos, el temido señor apareció
efectivamente, y como suele decirse, en carne y hueso, en mitad de sus
antiguos vasallos.
[Footnote 1: las. See vocabulary.]
[Footnote 2: ¡que viene el señor del Segre! Compare the familiar
English expression used to frighten children: "The boogy-man is
coming."]
Renuncio á describir el efecto de esta agradable sorpresa. Ustedes se
lo podrán figurar mejor que yo pintarlo, sólo con decirles que tornaba
reclamando sus vendidos derechos, que si malo se fué, peor volvió, y
si pobre y sin crédito se encontraba antes de partir á la guerra, ya
no podía contar con más recursos que su despreocupación, su lanza y
una media docena de aventureros tan desalmados y perdidos como su
jefe.
Como era natural, los pueblos se resistieron á pagar tributes, que á
tanta costa habían redimido; pero el señor puso fuego á sus heredades,
á sus alquerías y á sus mieses.
Entonces apelaron á la justicia del rey; pero el señor se burlo de las
cartas-leyes de los Condes soberanos;[1] las clavó en el postigo de
sus torres, y colgó á los farsantes de una encina.
[Footnote 1: Condes soberanos. See p. 121, Note 1.]
Exasperados, y no encontrando otra vía de salvación, por último, se
pusieron de acuerdo entre sí, se encomendaron á la Divina Providencia
y tomaron las armas; pero el señor reunió á sus secuaces, llamó en su
ayuda al diablo, se encaramó á su roca y se preparó á la lucha. Ésta
comenzó terrible y sangrienta. Se peleaba con todas armas, en todos
sitios y á todas horas, con la espada y el fuego, en la montaña y en
la llanura, en el día y durante la noche.
Aquello no era pelear para vivir; era vivir para pelear.
Al cabo triunfó la causa de la justicia. Oigan ustedes cómo.
Una noche obscura, muy obscura, en que no se oía ni un rumor en la
tierra ni brillaba un solo astro en el cielo, los señores de la
fortaleza, engreídos por una reciente victoria, se repartían el botín,
y ebrios con el vapor de los licores en mitad de la loca y estruendosa
orgía, entonaban sacrílegos cantares en loor de su infernal patrono.
Como dejo dicho, nada se oía en derredor del castillo, excepto el eco
de las blasfemias, que palpitaban, perdidas en el sombrío seno de la
noche, como palpitan las almas de los condenados envueltas en los
pliegues del huracán de los infiernos.[1]
[Footnote 1: huracán de los infiernos. The idea is taken from
Dante's _Inferno,_ v.
I came into a place mute of all light,
Which bellows as the sea does in a tempest,
If by opposing winds 't is combated.
The infernal hurricane that never rests
Hurtles the spirits onward in its rapine;
Whirling them round; and smiting, it molests them.
_Longfellow's translation_
It is to this realm, where the carnal sinners are punished, that
Dante relegates the lovers Paolo and Francesca da Rimini.]
Ya los descuidados centinelas habian fijado algunas veces sus ojos en
la villa que reposaba silenciosa, y se habian dormido sin temor á una
sorpresa, apoyados en el grueso tronco de sus lanzas, cuando he aquí
que algunos aldeanos, resueltos á morir y protegidos por la sombra,
comenzaron á escalar el cubierto peñón del Segre, á cuya cima tocaron
á punto de la media noche.
Una vez en la cima, lo que faltaba por hacer fué obra de poco tiempo:
los centinelas salvaron de un solo salto el valladar que separa al
sueño de la muerte;[1] el fuego aplicado con teas de resina al puente
y al rastrillo, se comunicó con la rapidez del relámpago á los muros;
y los escaladores, favorecidos por la confusión y abriéndose paso
entre las llamas, dieron fin con los habitantes de aquella guarida en
un abrir y cerrar de ojos.
[Footnote 1: That is to say, they passed suddenly from sleep to
death. Tasso uses much the same figure, when he says, in his
_Gerusalemme Liberata_, ix. 18:
_Dal sonno a la marts è un picciol varco._
Small is the gulf that lies 'twixt sleep and death.]
Todos perecieron.
Cuando el cercano día comenzó á blanquear las altas copas de los
enebros, humeaban aún los calcinados escombros de las desplomadas
torres, y á través de sus anchas brechas, chispeando al herirla la luz
y colgada de uno de los negros pilares de la sala del festín, era
fácil divisar la armadura del temido jefe, cuyo cadáver, cubierto de
sangre y polvo, yacía entre los desgarrados tapices y las calientes
cenizas, confundido con los de sus obscuros compañeros.
El tiempo pasó; comenzaron los zarzales á rastrear por los desiertos
patios, la hiedra á enredarse en los obscuros machones, y las
campanillas azules á mecerse colgadas de las mismas almenas. Los
desiguales soplos de la brisa, el graznido de las aves nocturnas y el
rumor de los reptiles, que se deslizaban entre las altas hierbas,
turbaban sólo de vez en cuando el silencio de muerte de aquel lugar
maldecido; los insepultos huesos de sus antiguos moradores blanqueaban
al rayo de la luna, y aún podía verse el haz de armas del señor del
Segre, colgado del negro pilar de la sala del festín.
Nadie osaba tocarle; pero corrían mil fábulas acerca de aquel objeto,
causa incesante de hablillas y terrores para los que le miraban
llamear durante el dia, herido por la luz del sol, ó creían percibir
en las altas horas de la noche el metálico son de sus piezas, que
chocaban entre sí cuando las movía el viento, con un gemido prolongado
y triste.
Á pesar de todos los cuentos que apropósito de la armadura se
fraguaron, y que en voz baja se repetían unos á otros los habitantes
de los alrededores, no pasaban de cuentos, y el único más positivo que
de ellos resulto, se redujo entonces á una dosis de miedo más que
regular, que cada uno de por si se esforzaba en disimular lo posible,
haciendo, como decirse suele, de tripas corazón.
Si de aquí no hubiera pasado la cosa, nada se habría perdido. Pero el
diablo, que á lo que parece no se encontraba satisfecho de su obra,
sin duda. Con el permiso de Dios y á fin de hacer purgar á la comarca
algunas culpas, volvió á tomar cartas en el asunto.
Desde este momento las fábulas, que hasta aquella epoca no pasaron de
un rumor vago y sin viso alguno de verosimilitud, comenzaron á tomar
consistencia y á hacerse de día en día mas probables.
En efecto, hacía algunas noches que todo el pueblo había podido
observar un extraño fenómeno.
Entre las sombras, á lo lejos, ya subiendo las retorcidas cuestas del
peñón del Segre, ya vagando entre las ruinas del castillo, ya
cerniéndose al parecer en los aires, se veían correr, cruzarse,
esconderse y tornar á aparecer para alejarse en distintas direcciones
unas luces misteriosas y fantásticas cuya procedencia nadie sabía
explicar.
Esto se repitió por tres ó cuatro noches durante el intervalo de un
mes; y los confusos aldeanos esperaban inquietos el resultado de
aquellos conciliábulos, que ciertamente no se hizo aguardar mucho,
cuando tres ó cuatro alquerías incendiadas, varias reses desaparecidas
y los cadáveres de algunos caminantes despeñados en los precipicios,
pusieron en alarma todo el territorio en diez leguas á la redonda.
Ya no quedó duda alguna. Una banda de malhechores se albergaba en los
subterráneos del castillo.
Estos, que sólo se presentaban al principio muy de tarde en tarde y en
determinados puntos del bosque que, aún en el día, se dilata á lo
largo de la ribera, concluyeron por ocupar casi todos los desfiladeros
de las montañas, emboscarse en los caminos, saquear los valles y
descender como un torrente á la llanura, donde á éste quiero á éste no
quiero, no dejaban títere con cabeza.
Los asesinatos se multiplicaban; las muchachas desaparecían, y los
niños eran arrancados de las cunas á pesar de los lamentos de sus
madres, para servirlos[1] en diabólicos festines, en que, según la
creencia general, los vasos sagrados[2] sustraídos de las profanadas
iglesias servían de copas.
[Footnote 1: servirlos. The sacrifice of children has always been
considered by popular superstition as an essential part in practices
of black magic or in compacts with the devil.]
[Footnote 2: los vasos sagrados. The sacred vessels of the church
are said to play an important part in demonolatry. The consecrated
wafers too are believed to be put to improper uses.]
El terror llego á apoderarse de los ánimos en un grado tal, que al
toque de oraciones nadie se aventuraba á salir de su casa, en la que
no siempre se creían seguros de los bandidos del peñón.
Mas ¿quiénes eran éstos? ¿De dónde habían venido? ¿Cuál era el nombre
de su misterioso jefe? He aquí el enigma que todos querían explicar y
que nadie podía resolver hasta entonces, aunque se observase desde
luego que la armadura del señor feudal había desaparecido del sitio
que antes ocupara,[1] y posteriormente varios labradores hubiesen
afirmado que el capitán de aquella desalmada gavilla marchaba á su
frente, cubierto con una, que de no ser la misma, se le asemejaba en
un todo.
[Footnote 1: ocupara See p. 16, note 3.]
Cuanto queda repetido, si se le despoja de esa parte de fantasía con
que el miedo abulta y completa sus creaciones favoritas, nada tiene en
sí de sobrenatural y extraño. ¿Qué cosa más corriente en unos bandidos
que las ferocidades con que estos se distinguían, ni más natural que
el apoderarse su jefe de las abandonadas armas del señor del Segre?
Sin embargo, algunas revelaciones hechas antes de morir por uno de sus
secuaces, prisionero en las últimas refriegas, acabaron de colmar la
medida, preocupando el ánimo de los más incrédulos. Poco más ó menos,
el contenido de su confesión fué éste:--Yo, dijo, pertenezco á una
noble familia. Los extravíos de mi juventud, mis locas prodigalidades
y mis crímenes por último atrajeron sobre mi cabeza la cólera de mis
deudos y la maldición de mi padre, que me desheredó al expirar.
Hallándome solo y sin recursos de ninguna especie, el diablo sin duda
debió sugerirme la idea de reunir algunos jóvenes que se encontraban
en una situación idéntica á la mia, los cuales, seducidos con las
promesas de un porvenir de disipación, libertad, y abundancia, no
vacilaron un instante en suscribir á mis designios.
Éstos se reducían á formar una banda de jóvenes de buen humor,
despreocupados y poco temerosos del peligro, que desde allí en
adelante vivirían alegremente del producto de su valor y á costa del
país, hasta tanto que Dios se sirviera disponer de cada uno de ellos
conforme á su voluntad, según hoy á mí me sucede.
Con este objeto señalamos esta comarca para teatro de nuestras
expediciones futuras, y escogimos como punto el más á proposito para
nuestras reuniones el abandonado castillo del Segre, lugar seguro, no
tanto por su posición fuerte y ventajosa, como por hallarse defendido
contra el vulgo por las supersticiones y el miedo.
Congregados una noche bajo sus ruinosas arcadas, alrededor de una
hoguera que iluminaba con su rojizo resplandor las desiertas galerías,
trabóse una acalorada disputa sobre cuál de nosotros había de ser
elegido jefe.
Cada uno alegó sus méritos; yo expuse mis derechos: ya los unos
murmuraban entre sí con ojeadas amenazadoras; ya los otros con voces
descompuestas por la embriaguez habían puesto la mano sobre el pomo de
sus puñales para dirimir la cuestión, cuando de repente oímos un
extraño crujir de armas, acompañado de pisadas huecas y sonantes, que
de cada vez se hacían más distintas. Todos arrojamos á nuestro
alrededor una inquieta mirada de desconfianza; nos pusimos de pie y
desnudamos nuestros aceros, determinados á vender caras las vidas;
pero no pudimos por menos de permanecer inmóviles al ver adelantarse
con paso firme é igual un hombre de elevada estatura, completamente
armado de la cabeza al pie y cubierto el rostro con la visera del
casco, el cual, desnudando su montante, que dos hombres podrían apenas
manejar, y poniéndole[1] sobre uno de los carcomidos fragmentos de las
rotas arcadas, exclamó con una voz hueca y profunda, semejante al
rumor de una caída de aguas subterráneas:
[Footnote 1: poniéndole. See p. 66, note 1.]
--Si alguno de vosotros se atreve á ser el primero, mientras yo habite
en el castillo del Segre, que tome esa espada, signo del poder.
Todos guardamos silencio, hasta que, transcurrido el primer momento de
estupor, le proclamamos á grandes voces nuestro capitán, ofreciéndole
una copa de nuestro vino, la cual rehusó por señas, acaso por no
descubrirse la faz, que en vano procuramos distinguir á través de las
rejillas de hierro que la ocultaban á nuestros ojos.
No obstante, aquella noche pronunciamos el más formidable de los
juramentos, y á la siguiente dieron principio nuestras nocturnas
correrías. En ellas nuestro misterioso jefe marchaba siempre delante
de todos. Ni el fuego le ataja, ni los peligros le intimidan, ni las
lágrimas le conmueven: Nunca despliega sus labios; pero cuando la
sangre humea en nuestras manos, como cuando los templos se derrumban
calcinados por las llamas: cuando las mujeres huyen espantadas entre
las ruinas, y los niños arrojan gritos de dolor, y los ancianos
perecen á nuestros golpes, contesta con una carcajada de feroz alegría
á los gemidos, á las imprecaciones y á los lamentos.
Jamás se desnuda de sus armas ni abate la visera de su casco después
de la victoria, ni participa del festín, ni se entrega al sueño. Las
espadas que le hieren se hunden entre las piezas de su armadura, y ni
le causan la muerte, ni se retiran teñidas en sangre; el fuego
enrojece su espaldar y su cota, y aún prosigue impávido entre las
llamas, buscando nuevas víctimas; desprecia el oro, aborrece la
hermosura, y no le inquieta la ambición.
Entre nosotros, unos le creen un extravagante; otros un noble
arruinado, que por un resto de pudor se tapa la cara; y no falta quien
se encuentra convencido de que es el mismo diablo en persona.
El autor de esas revelaciones murió con la sonrisa de la mofa en los
labios y sin arrepentirse de sus culpas; varios de sus iguales le
siguieron en diversas épocas al suplicio; pero el temible jefe, à
quien continuamente se unían nuevos prosélitos, no cesaba en sus
desastrosas empresas.
Los infelices habitantes de la comarca, cada vez mas aburridos y
desesperados, no acertaban ya con la determinación que debería tomarse
para concluir de un todo con aquel orden de cosas, cada día más
insoportable y triste.
Inmediato á la villa, y oculto en el fondo de un espeso bosque, vivía
á esta sazón, en una pequeña ermita dedicada á San Bartolomé[1] un
santo hombre, de costumbres piadosas y ejemplares, á quien el pueblo
tuvo siempre en olor de santidad, merced á sus saludables consejos y
acertadas predicciones.
[Footnote 1: San Bartolome. See p. 29, note 2.]
Este venerable ermitaño, á cuya prudencia y proverbial sabiduría
encomendaron los vecinos de Bellver la resolución de este difícil
problema, después de implorar la misericordia divina por medio de su
santo Patrono, que, como ustedes no ignoran, conoce al diablo muy de
cerca, y en más de una ocasión le ha atado bien corto,[1] les aconsejó
que se emboscasen durante la noche al pie del pedregoso camino que
sube serpenteando por la roca, en cuya cima se encontraba el castillo,
encargándoles al mismo tiempo que ya allí, no hiciesen uso de otras
armas para aprehenderlo que de una maravillosa oración que les hizo
aprender de memoria, y con la cual aseguraban las crónicas que San
Bartolome habia hecho al diablo su prisionero.'
[Footnote 1: le ha atado bien corto... su prisionero. See p. 29,
note 2.]
Púsose en planta el proyecto, y su resultado excedió á cuantas
esperanzas se habían concebido; pues aún no iluminaba el sol del otro
día la alta torre de Bellver, cuando sus habitantes, reunidos en
grupos en la plaza Mayor,[1] se contaban unos á otros con aire de
misterio, cómo aquella noche fuertemente atado de pies y manos y á
lomos de una poderosa mula, había entrado en la población el famoso
capitán de los bandidos del Segre.
[Footnote 1: la plaza Mayor. The name of the principal square of the
town.]
De qué arte se valieron los acometedores de esta empresa para llevarla
á término, ni nadie se lo acertaba á explicar, ni ellos mismos podían
decirlo; pero el hecho era que, gracias á la oración del santo ó al
valor de sus devotos, la cosa había sucedido tal como se refería.
Apenas la novedad comenzó á extenderse de boca en boca y de casa en
casa, la multitud se lanzo á las calles con ruidosa algazara, y corrió
á reunirse á las puertas de la prisión. La campana de la parroquia
llamó á concejo, y los vecinos más respetables se juntaron en
capitulo, y todos aguardaban ansiosos la hora en que el reo había de
comparecer ante sus improvisados jueces.
Éstos, que se encontraban autorizados por los condes de Urgel[1] para
administrarse por sí mismos pronta y severa justicia sobre aquellos
malhechores, deliberaron un momento, pasado el cual, mandaron
comparecer al delincuente á fin de notificarle su sentencia.
[Footnote 1: condes de Urgel. See p. 118, note 1.]
Como dejo dicho, así en la plaza Mayor, como en las calles por donde
el prisionero debía atravesar para dirigirse al punto en que sus
jueces se encontraban, la impaciente multitud hervía como un apiñado
enjambre de abejas. Especialmente en la puerta de la cárcel, la
conmoción popular tomaba cada vez mayores proporciones, y ya los
animados diálogos, los sordos murmullos y los amenazadores gritos
comenzaban á poner en cuidado á sus guardas, cuando afortunadamente
llego la orden de sacar al reo.
Al aparecer éste bajo el macizo arco de la portada de su prisión,
completamente vestido de todas armas y cubierto el rostro con la
visera, un sordo y prolongado murmullo de admiración y de sorpresa se
elevó de entre las compactas masas del pueblo, que se abrían con
dificultad para dejarle paso.
Todos habían reconocido en aquella armadura la del señor del Segre;
aquella armadura, objeto de las más sombrias tradiciones mientras se
la veía suspendida de los arruinados muros de la fortaleza maldita.
Las armas eran aquellas, no cabía duda alguna; todos habían visto
flotar el negro penacho de su cimera en los combates, que en un
tiempo[1] trabaran[2] contra su señor; todos le habían visto agitarse
al soplo de la brisa del crepúsculo, á par de la hiedra del calcinado
pilar en que quedaron colgadas á la muerte de su dueño. Más ¿quién
podría ser el desconocido personaje que entonces las llevaba? Pronto
iba á saberse: al menos así se creía. Los sucesos dirán cómo esta
esperanza quede frustrada, á la manera de otras muchas, y porqué de
este solemne acto de justicia, del que debía aguardarse el completo
esclarecimiento de la verdad, resultaran nuevas y más inexplicables
confusiones.
[Footnote 1: en un tiempo = 'once upon a time.']
[Footnote 2: See p. 16, note 3.]
El misterioso bandido penetró al fín en la sala del concejo, y un
silencio profundo sucedió á los rumores que se elevaran[1] de entre
los circunstantes, al oir resonar bajo las altas bóvedas de aquel
recinto el metálico son de sus acicates de oro. Uno de los que
componían el tribunal con voz lenta é insegura, le preguntó su nombre,
y todos prestaron el oído con ansiedad para no perder una sola palabra
de su respuesta; pero el guerrero se limitó á encoger sus hombros
ligeramente con un aire de desprecio e insulto, que no pudo menos de
irritar á sus jueces, los que se miraron entre sí sorprendidos.
[Footnote 1: elevaran, dirigiera. See p. 16, note 3.]
Tres veces volvió á repetirle la pregunta, y otras tantas obtuvo
semejante ó parecida contestación.
--¡Que se levante la visera! ¡Que se descubra! ¡Que se descubra!
comenzaron á gritar los vecinos de la villa presentes al acto. ¡Que se
descubra! ¡Veremos si se atreve entonces á insultarnos con su desden,
como ahora lo hace protegido por el incógnito!
--Descubríos, repitió el mismo que anteriormente le dirigiera[1] la
palabra.
[Footnote 1: elevaran, dirigiera. See p. 16, note 3.]
El guerrero permaneció impasible.
--Os lo mando en el nombre de nuestra autoridad.
La misma contestación.
--En el de los condes soberanos.'[1]
[Footnote 1: condes soberanos. See p. 121, note i, and p. 123,
1.22.]