III

Ya hacía largo rato que los pacíficos habitantes de Toledo habían

cerrado con llave y cerrojo las pesadas puertas de sus antiguos

caserones; la campana gorda de la catedral anunciaba la hora de la

queda, y en lo alto del alcázar, convertido en cuartel, se oía el

ultimo toque de silencio de los clarines, cuando diez ó doce oficiales

que poco á poco habían ido reuniéndose en el Zocodover, tomaron el

camino que conduce desde aquel punto al convento en que se alojaba el

capitán, animados más con la esperanza de apurar las prometidas

botellas, que con el deseo de conocer la-maravillosa escultura.

La noche había cerrado sombría y amenazadora; el cielo estaba cubierto

de nubes de color de plomo; el aire, que zumbaba encarcelado en las

estrechas y retorcidas calles, agitaba la moribunda luz del farolillo

de los retablos, ó hacia girar con un chirrido agudo las veletas de

hierro de las torres.

Apenas los oficiales dieron vista á la plaza en que se hallaba situado

el alojamiento de su nuevo amigo, este, que les aguardaba impaciente,

salió á encontrarles; y después de cambiar algunas palabras á media

voz, todos penetraron juntos en la iglesia, en cuyo lóbrego recinto la

escasa claridad de una linterna luchaba trabajosamente con las

obscuras y espesísimas sombras.

--¡Por quien soy! exclamo uno de los convidados tendiendo a su

alrededor la vista, que el local es de los menos aproposito del mundo

para una fiesta.

--Efectivamente, dijo otro; nos traes á conocer á una dama, y apenas

si con mucha dificultad se ven los dedos de la mano.

--Y sobre todo, hace un frío, que no parece sino que estamos en la

Siberia,[1] añadió un tercero arrebujándose en el capote.

[Footnote 1: Siberia. A vast region in northern and central Asia,

which forms part of the Russian empire, and which has by far the

lowest winter temperatures of the known world.]

--Calma, señores, calma, interrumpió el anfitrión; calma, que á todo.

se proveerá. ¡Eh, muchacho! prosiguió dirigiéndose á uno de sus

asistentes; busca por ahí un poco de leña, y enciéndenos una buena

fogata en la capilla mayor.

El asistente, obedeciendo las órdenes de su capitán, comenzó á

descargar golpes en la sillería del coro, y después que hubo reunido

una gran cantidad de leña que fué apilando al pie de las gradas del

presbiterio, tomó la linterna y se dispuso á hacer un auto de fe con

aquellos fragmentos tallados de riquísimas labores entre los que se

veían por aquí parte de una columnilla salomónica, por allá la imagen

de un santo abad, el torso de una mujer, ó la disforme cabeza de un

grifo asomado entre hojarasca.

Á los pocos minutos, una gran claridad que de improviso se derramó por

todo el ámbito de la iglesia, anunció á los oficiales que había

llegado la hora de comenzar el festín.

El capitán, que hacía los honores de su alojamiento con la misma

ceremonia que hubiera hecho los de su casa, exclamó dirigiéndose á los

convidados:

--Si gustáis, pasaremos al _buffet_.[1]

[Footnote 1: buffet. A French word meaning 'refreshment-table.' It

is customary in France at large receptions and dancing-parties to

install in some room a counter or table from which to serve

refreshments. This is known as the _buffet_.]

Sus camaradas, afectando la mayor gravedad, respondieron á la

invitación con un cómico salido, y se encaminaron á la capilla mayor

precedidos del héroe de la fiesta, que al llegar á la escalinata se

detuvo un instante, y extendiendo la mano en dirección al sitio que

ocupaba la tumba, les dijo con la finura más exquisita:

--Tengo el placer de presentaros á la dama de mis pensamientos. Creo

que convendréis conmigo en que no he exagerado su belleza.

Los oficiales volvieron los ojos al punto que les señalaba su amigo, y

una exclamación de asombro se escapó involuntariamente de todos los

labios.

En el fondo de un arco sepulcral revestido de mármoles negros,

arrodillada delante de un reclinatorio, con las manos juntas y la cara

vuelta hacia el altar, vieron, en efecto, la imagen de una mujer tan

bella, que jamás salió otra igual de manos de un escultor, ni el deseo

pudo pintarla en la fantasía más soberanamente hermosa.

--En verdad que es un ángel, exclamó uno de ellos.

--¡Lástima que sea de mármol! añadió otro.

--No hay duda que aunque no sea más que la ilusión de hallarse junto á

una mujer de este calibre, es lo suficiente para no pegar los ojos en

toda la noche.

--¿Y no sabéis quién es ella? preguntaron algunos de los que

contemplaban la estatua al capitán, que sonreía satisfecho de su

triunfo.

--Recordando un poco del latín--que en mi niñez supe, he conseguido, á

duras penas, descifrar la inscripción de la tumba, contestó el

interpelado; y á lo que he podido colegir, pertenece á un título de

Castilla,[1] famoso guerrero que hizo la campaña con el Gran

Capitán.[2] Su nombre lo he olvidado; mas su esposa, que es la que

véis, se llama doña Elvira de Castañeda, y por mi fe que si la copia

se parece al original, debió ser la mujer más notable de su siglo.

[Footnote 1: Castilla. See p. 34, note 1.]

[Footnote 2: el Gran Capitán. Gonzalo Fernández de Córdoba (b. 1453,

d. 1515). A famous Spanish general, who served with distinction in

the wars against Portugal and the Moors, and in several Italian

campaigns.]

Después de estas breves explicaciones, los convidados, que no perdían

de vista al principal objeto de la reunión, procedieron á destapar

algunas de las botellas y sentándose alrededor de la lumbre, empezó á

andar el vino á la ronda.

Á medida que las libaciones se hacían más numerosas y frecuentes, y el

vapor del espumoso _Champagne_ comenzaba á trastornar las cabezas,

crecían la animación, el ruido y la algazara de los jóvenes, de los

cuales éstos arrojaban á los monjes de granito adosados en los pilares

los cascos de las botellas vacías, y aquellos cantaban á toda voz

canciones báquicas y escandalosas, mientras los de más allá

prorrumpían en carcajadas, batían las palmas en señal de aplauso, ó

disputaban entre sí con blasfemias y juramentos.

El capitán bebía en silencio como un desesperado y sin apartar los

ojos de la estatua de doña Elvira.

Iluminada por el rojizo resplandor de la hoguera, y á través del

confuso velo que la embriaguez había puesto delante de su vista,

parecíale que la marmórea imagen se transformaba áveces en una mujer

real; parecíale que entreabría los labios como murmurando una oración;

que se alzaba su pecho' como oprimido y sollozante; que cruzaba las

manos con más fuerza; que sus mejillas se coloreaban, en fin, como si

se ruborizase ante aquel sacrílego y repugnante espectáculo.

Los oficiales que advirtieron la taciturna tristeza de su camarada, le

sacaron del éxtasis en que se encontraba sumergido, y presentándole

una copa, exclamaron en coro:

--¡Vamos, brindad vos, que sois el único que no lo ha hecho en toda la

noche!

El joven tomó la copa, y poniéndose de pie y alzándola en alto, dijo

encarándose con la estatua del guerrero arrodillado junto á doña

Elvira:

--¡Brindo por el emperador,[1] y brindo por la fortuna de sus armas,

merced á las cuales hemos podido venir hasta el fondo de Castilla á

cortejarle su mujer, en su misma tumba, á un vencedor de Ceriñola![2]

[Footnote 1: el emperador. Napoleon Bonaparte, born at Ajaccio,

Corsica, August 15, 1769; died on the island of St. Helena, May 5,

1821. At this time he was at the height of his power.]

[Footnote 2: Ceriñola. At Cerignola, Italy, on April 28, 1503, the

Spanish army under Gonzalo de Córdoba defeated the French under the

Duc de Nemours, and gained for Spain the kingdom of Naples.]

Los militares acogieron el brindis con una salva de aplausos, y el

capitán, balanceándose, dio algunos pasos hacia el sepulcro.

--No... prosiguió dirigiéndose siempre á la estatua del guerrero, y

con esa sonrisa estúpida propia de la embriaguez ...no creas que te

tengo rencor alguno porque veo en tí un rival... al contrario, te

admiro como un marido paciente, ejemplo de longanimidad y mansedumbre,

y á mi vez quiero también ser generoso. Tú serias bebedor á fuer de

soldado... no se ha de decir que te he dejado morir de sed, viéndonos

vaciar veinte botellas... ¡toma!

Y esto diciendo llevóse la copa á los labios, y después de

humedecérselos con el licor que contenía, le arrojó el resto á la

cara, prorrumpiendo en una carcajada estrepitosa al ver como caía el

vino sobre la tumba goteando de las barbas de piedra del inmóvil

guerrero.

--¡Capitán! exclamó en aquel punto uno de sus camaradas en tono de

zumba, cuidado con lo que hacéis.... Mirad que esas bromas con la

gente de piedra suelen costar caras.... Acordaos de lo que aconteció á

los húsares del 5° en el monasterio de Poblet.[1] ... Los guerreros

del claustro dicen que pusieron mano una noche á sus espadas de

granito, y dieron que hacer á los que se entretenían en pintarles

bigotes con carbón.

[Footnote 1: Poblet. A once celebrated Cistercien monastery,

situated about midway between Lérida and Tarragona. It owes its name

to a holy hermit, who, after suffering many persecutions at the

hands of the Moors, was finally granted all the territory of

Hardeta. "When the Christians reconquered the country in 1149, the

body of Poblet was revealed to the Church by miraculous lights, in

consequence of which Ramón Berenguer IV immediately built the

convent... (which) became the Escorial of Aragon." (Ford,

_Handbook_.) It was plundered and partly destroyed in 1822-1835, but

the ruins are still beautiful and imposing. The following incident

is not one of its well-known legends.]

Los jóvenes acogieron con grandes carcajadas esta ocurrencia; pero el

capitán sin hacer caso de sus lisas, continuó siempre fijo en la misma

idea:

--¿Creéis que yo le hubiera dado el vino á no saber que se tragaba al

menos el que le cayese en la boca? ... ¡Oh! ... ¡no! ... yo no creo

como vosotros que esas estatuas son un pedazo de marmól tan inerte hoy

como el día en que lo arrancaron de la cantera. Indudablemente el

artista, que es casi un dios, da á su obra un soplo de vida que no

logra hacer que ande y se mueva, pero que le infunde una vida

incomprensible y extraña; vida que yo no me explico bien, pero que la

siento, sobre todo cuando bebo un poco.

--¡Magnífico! exclamaron sus camaradas, bebe y prosigue. El oficial

bebió, y fijando los ojos en la imagen de doña Elvira, prosiguió con

una exaltación creciente:

--¡Miradla! ... ¡miradla! ... ¿No véis esos cambiantes rojos de sus

carnes mórbidas y transparentes? ... ¿No parece que por debajo de esa

ligera epidermis azulada y suave de alabastro circula un flúido de luz

de color de rosa? ... ¿Queréis más vida? ... ¿Queréis más realidad?

...

--¡Oh! sí, seguramente, dijo uno de los que le escuchaban; quisiéramos

que fuese de carne y hueso.

--¡Carne y hueso! ... ¡Miseria, podredumbre! ... exclamo el capitán.

Yo he sentido en una orgía arder mis labios y mi cabeza; yo he sentido

este fuego que corre por las venas hirviente como la lava de un

volcán, cuyos vapores caliginosos turban y trastornan el cerebro y

hacen ver visiones extrañas. Entonces el beso de esas mujeres

materiales me quemaba como un hierro candente, y las apartaba de mí

con disgusto, con horror, hasta con asco; porque entonces, como ahora,

necesitaba un soplo de 'brisa del mar para mi frente calurosa, beber

hielo y besar nieve... nieve teñida de suave luz, nieve coloreada por

un dorado rayo de sol... una mujer blanca, hermosa y fría, como esa

mujer de piedra que parece incitarme con su fantástica hermosura, que

parece que oscila al compás de la llama, y me provoca entreabriendo

sus labios y ofréciendome un tesoro de amor.... ¡Oh!... sí... un

beso... sólo un beso tuyo podrá calmar el ardor que me consume.

--¡Capitán! exclamaron algunos de los oficiales al verle dirigirse

hacia la estatua como fuera de sí, extraviada la vista y con pasos

inseguros... ¿qué locura váis á hacer? ¡Basta de broma y dejad en paz

á los muertos!

El joven ni oyó siquiera las palabras de sus amigos, y tambaleando y

como pudo llegó á la tumba y aproximose á la estatua; pero al tenderle

los brazos resonó un grito de horror en el templo. Arrojando sangre

por ojos, boca y nariz había caído desplomado y con la cara deshecha

al pie del sepulcro.

Los oficiales, mudos y espantados, ni se atrevían á dar un paso para

prestarle socorro.

En el momento en que su camarada intento acercar sus labios ardientes

á los de doña Elvira, habían visto al inmóvil guerrero levantar la

mano y derribarle con una espantosa bofetada de su guantelete de

piedra.

Legends, Tales and Poems · 第 74 / 145 题