Ya hacía largo rato que los pacíficos habitantes de Toledo habían
cerrado con llave y cerrojo las pesadas puertas de sus antiguos
caserones; la campana gorda de la catedral anunciaba la hora de la
queda, y en lo alto del alcázar, convertido en cuartel, se oía el
ultimo toque de silencio de los clarines, cuando diez ó doce oficiales
que poco á poco habían ido reuniéndose en el Zocodover, tomaron el
camino que conduce desde aquel punto al convento en que se alojaba el
capitán, animados más con la esperanza de apurar las prometidas
botellas, que con el deseo de conocer la-maravillosa escultura.
La noche había cerrado sombría y amenazadora; el cielo estaba cubierto
de nubes de color de plomo; el aire, que zumbaba encarcelado en las
estrechas y retorcidas calles, agitaba la moribunda luz del farolillo
de los retablos, ó hacia girar con un chirrido agudo las veletas de
hierro de las torres.
Apenas los oficiales dieron vista á la plaza en que se hallaba situado
el alojamiento de su nuevo amigo, este, que les aguardaba impaciente,
salió á encontrarles; y después de cambiar algunas palabras á media
voz, todos penetraron juntos en la iglesia, en cuyo lóbrego recinto la
escasa claridad de una linterna luchaba trabajosamente con las
obscuras y espesísimas sombras.
--¡Por quien soy! exclamo uno de los convidados tendiendo a su
alrededor la vista, que el local es de los menos aproposito del mundo
para una fiesta.
--Efectivamente, dijo otro; nos traes á conocer á una dama, y apenas
si con mucha dificultad se ven los dedos de la mano.
--Y sobre todo, hace un frío, que no parece sino que estamos en la
Siberia,[1] añadió un tercero arrebujándose en el capote.
[Footnote 1: Siberia. A vast region in northern and central Asia,
which forms part of the Russian empire, and which has by far the
lowest winter temperatures of the known world.]
--Calma, señores, calma, interrumpió el anfitrión; calma, que á todo.
se proveerá. ¡Eh, muchacho! prosiguió dirigiéndose á uno de sus
asistentes; busca por ahí un poco de leña, y enciéndenos una buena
fogata en la capilla mayor.
El asistente, obedeciendo las órdenes de su capitán, comenzó á
descargar golpes en la sillería del coro, y después que hubo reunido
una gran cantidad de leña que fué apilando al pie de las gradas del
presbiterio, tomó la linterna y se dispuso á hacer un auto de fe con
aquellos fragmentos tallados de riquísimas labores entre los que se
veían por aquí parte de una columnilla salomónica, por allá la imagen
de un santo abad, el torso de una mujer, ó la disforme cabeza de un
grifo asomado entre hojarasca.
Á los pocos minutos, una gran claridad que de improviso se derramó por
todo el ámbito de la iglesia, anunció á los oficiales que había
llegado la hora de comenzar el festín.
El capitán, que hacía los honores de su alojamiento con la misma
ceremonia que hubiera hecho los de su casa, exclamó dirigiéndose á los
convidados:
--Si gustáis, pasaremos al _buffet_.[1]
[Footnote 1: buffet. A French word meaning 'refreshment-table.' It
is customary in France at large receptions and dancing-parties to
install in some room a counter or table from which to serve
refreshments. This is known as the _buffet_.]
Sus camaradas, afectando la mayor gravedad, respondieron á la
invitación con un cómico salido, y se encaminaron á la capilla mayor
precedidos del héroe de la fiesta, que al llegar á la escalinata se
detuvo un instante, y extendiendo la mano en dirección al sitio que
ocupaba la tumba, les dijo con la finura más exquisita:
--Tengo el placer de presentaros á la dama de mis pensamientos. Creo
que convendréis conmigo en que no he exagerado su belleza.
Los oficiales volvieron los ojos al punto que les señalaba su amigo, y
una exclamación de asombro se escapó involuntariamente de todos los
labios.
En el fondo de un arco sepulcral revestido de mármoles negros,
arrodillada delante de un reclinatorio, con las manos juntas y la cara
vuelta hacia el altar, vieron, en efecto, la imagen de una mujer tan
bella, que jamás salió otra igual de manos de un escultor, ni el deseo
pudo pintarla en la fantasía más soberanamente hermosa.
--En verdad que es un ángel, exclamó uno de ellos.
--¡Lástima que sea de mármol! añadió otro.
--No hay duda que aunque no sea más que la ilusión de hallarse junto á
una mujer de este calibre, es lo suficiente para no pegar los ojos en
toda la noche.
--¿Y no sabéis quién es ella? preguntaron algunos de los que
contemplaban la estatua al capitán, que sonreía satisfecho de su
triunfo.
--Recordando un poco del latín--que en mi niñez supe, he conseguido, á
duras penas, descifrar la inscripción de la tumba, contestó el
interpelado; y á lo que he podido colegir, pertenece á un título de
Castilla,[1] famoso guerrero que hizo la campaña con el Gran
Capitán.[2] Su nombre lo he olvidado; mas su esposa, que es la que
véis, se llama doña Elvira de Castañeda, y por mi fe que si la copia
se parece al original, debió ser la mujer más notable de su siglo.
[Footnote 1: Castilla. See p. 34, note 1.]
[Footnote 2: el Gran Capitán. Gonzalo Fernández de Córdoba (b. 1453,
d. 1515). A famous Spanish general, who served with distinction in
the wars against Portugal and the Moors, and in several Italian
campaigns.]
Después de estas breves explicaciones, los convidados, que no perdían
de vista al principal objeto de la reunión, procedieron á destapar
algunas de las botellas y sentándose alrededor de la lumbre, empezó á
andar el vino á la ronda.
Á medida que las libaciones se hacían más numerosas y frecuentes, y el
vapor del espumoso _Champagne_ comenzaba á trastornar las cabezas,
crecían la animación, el ruido y la algazara de los jóvenes, de los
cuales éstos arrojaban á los monjes de granito adosados en los pilares
los cascos de las botellas vacías, y aquellos cantaban á toda voz
canciones báquicas y escandalosas, mientras los de más allá
prorrumpían en carcajadas, batían las palmas en señal de aplauso, ó
disputaban entre sí con blasfemias y juramentos.
El capitán bebía en silencio como un desesperado y sin apartar los
ojos de la estatua de doña Elvira.
Iluminada por el rojizo resplandor de la hoguera, y á través del
confuso velo que la embriaguez había puesto delante de su vista,
parecíale que la marmórea imagen se transformaba áveces en una mujer
real; parecíale que entreabría los labios como murmurando una oración;
que se alzaba su pecho' como oprimido y sollozante; que cruzaba las
manos con más fuerza; que sus mejillas se coloreaban, en fin, como si
se ruborizase ante aquel sacrílego y repugnante espectáculo.
Los oficiales que advirtieron la taciturna tristeza de su camarada, le
sacaron del éxtasis en que se encontraba sumergido, y presentándole
una copa, exclamaron en coro:
--¡Vamos, brindad vos, que sois el único que no lo ha hecho en toda la
noche!
El joven tomó la copa, y poniéndose de pie y alzándola en alto, dijo
encarándose con la estatua del guerrero arrodillado junto á doña
Elvira:
--¡Brindo por el emperador,[1] y brindo por la fortuna de sus armas,
merced á las cuales hemos podido venir hasta el fondo de Castilla á
cortejarle su mujer, en su misma tumba, á un vencedor de Ceriñola![2]
[Footnote 1: el emperador. Napoleon Bonaparte, born at Ajaccio,
Corsica, August 15, 1769; died on the island of St. Helena, May 5,
1821. At this time he was at the height of his power.]
[Footnote 2: Ceriñola. At Cerignola, Italy, on April 28, 1503, the
Spanish army under Gonzalo de Córdoba defeated the French under the
Duc de Nemours, and gained for Spain the kingdom of Naples.]
Los militares acogieron el brindis con una salva de aplausos, y el
capitán, balanceándose, dio algunos pasos hacia el sepulcro.
--No... prosiguió dirigiéndose siempre á la estatua del guerrero, y
con esa sonrisa estúpida propia de la embriaguez ...no creas que te
tengo rencor alguno porque veo en tí un rival... al contrario, te
admiro como un marido paciente, ejemplo de longanimidad y mansedumbre,
y á mi vez quiero también ser generoso. Tú serias bebedor á fuer de
soldado... no se ha de decir que te he dejado morir de sed, viéndonos
vaciar veinte botellas... ¡toma!
Y esto diciendo llevóse la copa á los labios, y después de
humedecérselos con el licor que contenía, le arrojó el resto á la
cara, prorrumpiendo en una carcajada estrepitosa al ver como caía el
vino sobre la tumba goteando de las barbas de piedra del inmóvil
guerrero.
--¡Capitán! exclamó en aquel punto uno de sus camaradas en tono de
zumba, cuidado con lo que hacéis.... Mirad que esas bromas con la
gente de piedra suelen costar caras.... Acordaos de lo que aconteció á
los húsares del 5° en el monasterio de Poblet.[1] ... Los guerreros
del claustro dicen que pusieron mano una noche á sus espadas de
granito, y dieron que hacer á los que se entretenían en pintarles
bigotes con carbón.
[Footnote 1: Poblet. A once celebrated Cistercien monastery,
situated about midway between Lérida and Tarragona. It owes its name
to a holy hermit, who, after suffering many persecutions at the
hands of the Moors, was finally granted all the territory of
Hardeta. "When the Christians reconquered the country in 1149, the
body of Poblet was revealed to the Church by miraculous lights, in
consequence of which Ramón Berenguer IV immediately built the
convent... (which) became the Escorial of Aragon." (Ford,
_Handbook_.) It was plundered and partly destroyed in 1822-1835, but
the ruins are still beautiful and imposing. The following incident
is not one of its well-known legends.]
Los jóvenes acogieron con grandes carcajadas esta ocurrencia; pero el
capitán sin hacer caso de sus lisas, continuó siempre fijo en la misma
idea:
--¿Creéis que yo le hubiera dado el vino á no saber que se tragaba al
menos el que le cayese en la boca? ... ¡Oh! ... ¡no! ... yo no creo
como vosotros que esas estatuas son un pedazo de marmól tan inerte hoy
como el día en que lo arrancaron de la cantera. Indudablemente el
artista, que es casi un dios, da á su obra un soplo de vida que no
logra hacer que ande y se mueva, pero que le infunde una vida
incomprensible y extraña; vida que yo no me explico bien, pero que la
siento, sobre todo cuando bebo un poco.
--¡Magnífico! exclamaron sus camaradas, bebe y prosigue. El oficial
bebió, y fijando los ojos en la imagen de doña Elvira, prosiguió con
una exaltación creciente:
--¡Miradla! ... ¡miradla! ... ¿No véis esos cambiantes rojos de sus
carnes mórbidas y transparentes? ... ¿No parece que por debajo de esa
ligera epidermis azulada y suave de alabastro circula un flúido de luz
de color de rosa? ... ¿Queréis más vida? ... ¿Queréis más realidad?
...
--¡Oh! sí, seguramente, dijo uno de los que le escuchaban; quisiéramos
que fuese de carne y hueso.
--¡Carne y hueso! ... ¡Miseria, podredumbre! ... exclamo el capitán.
Yo he sentido en una orgía arder mis labios y mi cabeza; yo he sentido
este fuego que corre por las venas hirviente como la lava de un
volcán, cuyos vapores caliginosos turban y trastornan el cerebro y
hacen ver visiones extrañas. Entonces el beso de esas mujeres
materiales me quemaba como un hierro candente, y las apartaba de mí
con disgusto, con horror, hasta con asco; porque entonces, como ahora,
necesitaba un soplo de 'brisa del mar para mi frente calurosa, beber
hielo y besar nieve... nieve teñida de suave luz, nieve coloreada por
un dorado rayo de sol... una mujer blanca, hermosa y fría, como esa
mujer de piedra que parece incitarme con su fantástica hermosura, que
parece que oscila al compás de la llama, y me provoca entreabriendo
sus labios y ofréciendome un tesoro de amor.... ¡Oh!... sí... un
beso... sólo un beso tuyo podrá calmar el ardor que me consume.
--¡Capitán! exclamaron algunos de los oficiales al verle dirigirse
hacia la estatua como fuera de sí, extraviada la vista y con pasos
inseguros... ¿qué locura váis á hacer? ¡Basta de broma y dejad en paz
á los muertos!
El joven ni oyó siquiera las palabras de sus amigos, y tambaleando y
como pudo llegó á la tumba y aproximose á la estatua; pero al tenderle
los brazos resonó un grito de horror en el templo. Arrojando sangre
por ojos, boca y nariz había caído desplomado y con la cara deshecha
al pie del sepulcro.
Los oficiales, mudos y espantados, ni se atrevían á dar un paso para
prestarle socorro.
En el momento en que su camarada intento acercar sus labios ardientes
á los de doña Elvira, habían visto al inmóvil guerrero levantar la
mano y derribarle con una espantosa bofetada de su guantelete de
piedra.