«El arquero que velaba en lo alto de la torre ha reclinado su pesada
cabeza en el muro.
»Al cazador furtivo que esperaba sorprender la res, lo ha sorprendido
el sueño.
»El pastor que aguarda el día consultando las estrellas, duerme ahora
y dormirá hasta el amanecer.
»Reina de las ondinas,[1] sigue nuestros pasos.
[Footnote 1: ondinas = 'undines.' Female water-sprites, without
souls. They form one branch of the elemental spirits (see p. 24,
note 2, and p. 47, note 1). Read Fouqué's romantic novel entitled
_Undine_.]
»Ven á mecerte en las ramas de los sauces sobre el haz del agua.
»Ven á embriagarte con el perfume de las violetas que se abren entre
las sombras.
»Ven á gozar de la noche, que es el día de los espíritus.»
Mientras flotaban en el aire las suaves notas de aquella deliciosa
música, Garcés se mantuvo inmóvil. Después que se hubo desvanecido,
con mucha precaución apartó un poco las ramas, y no sin experimentar
algún sobresalto vió aparecer las corzas que en tropel y salvando los
matorrales con ligereza increíble unas veces, deteniéndose como á
escuchar otras, jugueteando entre sí, ya escondiéndose entre la
espesura, ya saliendo nuevamente á la senda, bajaban del monte con
dirección al remanso del río.
Delante de sus compañeras, más ágil, más linda, más juguetona y alegre
que todas, saltando, corriendo, parándose y tornando á correr, de modo
que parecía no tocar el suelo con los pies, iba la corza blanca, cuyo
extraño color destacaba como una fantástica luz sobre el obscuro fondo
de los árboles.
Aunque el joven se sentía dispuesto á ver en cuanto le rodeaba algo de
sobrenatural y maravilloso, la verdad del caso era, que prescindiendo
de la momentánea alucinación que turbó un instante sus sentidos
fingiéndole músicas, rumores y palabras, ni en la forma de las corzas
ni en sus movimientos, ni en los cortos bramidos con que parecían
llamarse, había nada con que no debiese estar ya muy familiarizado un
cazador práctico en esta clase de expediciones nocturnas.
Á medida que desechaba la primera impresión, Garcés comenzó á
comprenderlo así, y riéndose interiormente de su incredulidad y su
miedo, desde aquel instante solo se ocupó en averiguar, teniendo en
cuenta la dirección que seguían, el punto donde se hallaban las
corzas.
Hecho el cálculo, cogió la ballesta entre los dientes, y arrastrándose
como una culebra por detrás de los lentiscos, fué á situarse obra de
unos cuarenta pasos más lejos del lugar en que antes se encontraba.
Una vez acomodado en su nuevo escondite, esperó el tiempo suficiente
para que las corzas estuvieran ya dentro del río, á fin de hacer el
tiro más seguro. Apenas empezó á escucharse ese ruido particular que
produce el agua que se bate á golpes ó se agita con violencia, Garcés
comenzó á levantarse poquito á poco y con las mayores precauciones,
apoyándose en la tierra primero sobre la punta de los dedos, y después
con una de las rodillas.
Ya de pie, y cerciorándose á tientas de que el arma estaba preparada,
dió un paso hacia adelante, alargó el cuello por cima de los arbustos
para dominar el remanso, y tendió la ballesta; pero en el mismo punto
en que, á par de la ballesta, tendió la vista buscando el objeto que
había de herir, se escapó de sus labios un imperceptible é
involuntario grito de asombro.
La luna que había ido remontandose con lentitud por el ancho
horizonte, estaba inmóvil y como suspendida en la mitad del cielo. Su
dulce claridad inundaba el soto, abrillantaba la intranquila
superficie del río y hacía ver los objetos como á través de una gasa
azul.
Las corzas habían desaparecido.
En su lugar, lleno de estupor y casi de miedo, vió Garcés un grupo de
bellísimas mujeres, de las cuales, unas entraban en el agua
jugueteando, mientras las otras acababan de despojarse de las ligeras
túnicas que aún ocultaban á la codiciosa vista el tesoro de sus
formas.
En esos ligeros y cortados sueños de la mañana, ricos en imágenes
risueñas y voluptuosas, sueños diáfanos y celestes como la luz que
entonces comienza á transparentarse á través de las blancas cortinas
del lecho, no ha habido nunca imaginación de veinte años que
bosquejase con los colores de la fantasía una escena semejante á la
que se ofrecía en aquel punto á los ojos del atónito Garcés.
Despojadas ya de sus túnicas y sus velos de mil colores, que
destacaban sobre el fondo, suspendidas de los árboles ó arrojadas con
descuido sobre la alfombra del césped, las muchachas discurrían á su
placer por el soto, formando grupos pintorescos, y entraban y salían
en el agua, haciéndola saltar en chispas luminosas sobre las flores de
la margen como una menuda lluvia de rocío.
Aquí una de ellas, blanca como el vellón de un cordero, sacaba su
cabeza rubia entre las verdes y flotantes hojas de una planta
acuática, de la cual parecía una flor á medio abrir, cuyo flexible
tallo más bien se adivinaba que se veía temblar debajo de los
infinites círculos de luz de las ondas.
Otra allá, con el cabello suelto sobre los hombros mecíase suspendida
de la rama de un sauce sobre la corriente de un río, y sus pequeños
pies, color de rosa, hacían una raya de plata al pasar rozando la
tersa superficie. En tanto que éstas permanecían recostadas aún al
borde del agua con los azules ojos adormidos, aspirando con
voluptuosidad el perfume de las flores y estremeciéndose ligeramente
al contacto de la fresca brisa, aquellas danzaban en vertiginosa
ronda, entrelazando caprichosamente sus manos, dejando caer atrás la
cabeza con delicioso abandono, é hiriendo el suelo con el pie en
alternada cadencia.
Era imposible seguirlas en sus ágiles movimientos, imposible abarcar
con una mirada los infinitos detalles del cuadro que formaban, unas
corriendo, jugando y persiguiéndose con alegres risas por entre el
laberinto de los árboles; otras surcando el agua como un cisne, y
rompiendo la corriente con el levantado seno; otras, en fin,
sumergiéndose en el fondo, donde permanecían largo rato para volver á
la superficie, trayendo una de esas flores extrañas que nacen
escondidas en el lecho de las aguas profundas.
La mirada del atónito montero vagaba absorta de un lado á otro, sin
saber dónde fijarse, hasta que sentado bajo un pabellón de verdura que
parecía servirle de dosel, y rodeado de un grupo de mujeres todas á
cual más bellas, que la ayudaban á despojarse de sus ligerísimas
vestiduras, creyó ver el objeto de sus ocultas adoraciones, la hija
del noble don Dionís, la incomparable Constanza.
Marchando de sorpresa en sorpresa, el enamorado joven no se atrevía ya
á dar crédito ni al testimonio de sus sentidos, y creíase bajo la
influencia de un sueño fascinador y engañoso.
No obstante, pugnaba en vano por persuadirse de que todo cuanto veía
era efecto del desarreglo de su imaginación; porque mientras más la
miraba, y más despacio, más se convencía de que aquella mujer era
Constanza.
No podía caber duda, no: suyos eran aquellos ojos obscuros y
sombreados de largas pestañas, que apenas bastaban á amortiguar la luz
de sus pupilas; suya aquella rubia y abundante cabellera, que después
de coronar su frente se derramaba por su blanco seno y sus redondas
espaldas como una cascada de oro; suyos, en fin, aquel cuello airoso,
que sostenía su languida cabeza, ligeramente inclinada como una flor
que se rinde al peso de las gotas de rocío, y aquellas voluptuosas
formas que el había soñado tal vez, y aquellas manos semejantes a
manojos de jazmines, y aquellos pies diminutos, comparables sólo con
dos pedazos de nieve que el sol no ha podido derretir, y que á la
mañana blanquean entre la verdura.
En el momento en que Constanza salió del bosquecillo, sin velo alguno
que ocultase á los ojos de su amante los escondidos tesoros de su
hermosura, sus compañeras comenzaron nuevamente á cantar estas
palabras con una melodia dulcísima: