II

Entre los monteros de don Dionís habla uno llamado Garcés, hijo de un

antiguo servidor de la familia, y por tanto el más querido de sus

señores.

Garcés tenía poco más ó menos la edad de Constanza, y desde muy niño

habíase acostumbrado á prevenir el menor de sus deseos, y á adivinar y

satisfacer el más leve de sus antojos.

Por su mano se entretenía en afilar en los ratos de ocio las agudas

saetas de su ballesta de marfil; él domaba los potros que había de

montar su señora; él ejercitaba en los ardides de la caza á sus

lebreles favoritos y amaestraba á sus halcones, á los cuales compraba

en las ferias de Castilla[1] caperuzas rojas bordadas de oro.

[Footnote 1: Castilla = 'Castile.' An old kingdom of Spain, in the

northern and central part of the peninsula. The kingdoms of Castile

and Leon, after several unions and separations, were finally united

under Ferdinand III in 1230. Isabella of Castile married Ferdinand

of Aragon in 1469, and in 1479 the two kingdoms of Castile and

Aragon were united.]

Para con los otros monteros, los pajes y la gente menuda del servicio

de don Dionís, la exquisita solicitud de Garcés y el aprecio con que

sus señores le distinguían, habíanle valido una especie de general

animadversión, y al decir de los envidiosos, en todos aquellos

cuidados con que se adelantaba á prevenir los caprichos de su señora

revelábase su carácter adulador y rastrero. No faltaban, sin embargo,

algunos que, más avisados ó maliciosos, creyeron sorprender en la

asiduidad del solícito mancebo algunos Señales de mal disimulado amor.

Si en efecto era así, el oculto cariño de Garcés tenia más que sobrada

disculpa en la incomparable hermosura de Constanza. Hubiérase

necesitado un pecho de roca y un corazón de hielo para permanecer

impasible un día y otro al lado de aquella mujer singular por su

belleza y sus raros atractivos.

La Azucena _del Moncayo_[1] llamábanla en veinte leguas á la redonda,

y bien merecía este sobrenombre, porque era tan airosa, tan blanca y

tan rubia que, como á las azucenas, parecía que Dios la había hecho de

nieve y oro.

[Footnote 1: Moncayo. See p. 8, note 1]

Y sin embargo, entre los señores comarcanos murmurábase que la hermosa

castellana de Veratón[1] no era tan limpia de sangre como bella, y que

á pesar de sus trenzas rubias y su tez de alabastro, había tenído por

madre una gitana. Lo de cierto que pudiera haber en estas

murmuraciones, nadie pudo nunca decirlo, porque la verdad era que don

Dionís tuvo una vida bastante azarosa en su juventud, y después de

combatir largo tiempo bajo la conducta del monarca aragonés,[2] del

cual recabó entre otras mercedes el feudo del Moncayo,[3] marchóse á

Palestina,[4] en donde anduvo errante algunos años, para volver por

último á encerrarse en su castillo de Veratón,[5] con una hija

pequeña, nacida sin duda en aquellos países remotos. El único que

hubiera podido decir algo acerca del misterioso origen de Constanza,

pues acompañó a don Dionís en sus lejanas peregrinaciones, era el

padre de Garcés, y éste había ya muerto hacía bastante tiempo, sin

decir una sola palabra sobre el asunto ni á su propio hijo, que varias

veces y con muestras de grande interés, se lo habia preguntado.

[Footnote 1: Veratón. See p. 25, note 1.]

[Footnote 2: monarca aragonés. See p. 25, note 3.]

[Footnote 3: Moncayo. See p. 8, note 1]

[Footnote 4: Palestina = 'Palestine.' A territory in the southern

part of Syria. Chief city Jerusalem. "It passed under Mohammedan

rule about 636, was held by the Christians temporarily during the

Crusades [seventh and last under St. Louis 1270-1272], and since

1516 has been in the possession of the Turkish government." _Century

Dict._]

[Footnote 5: Veratón. See p. 25, note 1.]

El carácter, tan pronto retraído y melancólico como bullicioso y

alegre de Constanza, la extraña exaltación de sus ideas, sus

extravagantes caprichos, sus nunca vistas costumbres, hasta la

particularidad de tener los ojos y las cejas negras como la noche,

siendo blanca y rubia como el oro, habían contribuido á dar pábulo á

las hablillas de sus convecinos, y aun el mismo Garcés, que tan

intimamente la trataba, había llegado á persuadirse que su señora era

algo especial y no se parecía á las demás mujeres.

Presente á la relación de Esteban, como los otros monteros, Garcés fue

acaso el único que oyó con verdadera curiosidad los pormenores de su

increible aventura, y si bien no pudo menos de sonreir cuando el zagal

repitió las palabras de la corza blanca, desde que abandonó el soto en

que habían sesteado comenzó á revolver en su mente las más absurdas

imaginaciones.

No cabe duda que todo eso del hablar las corzas es pura aprensión de

Esteban, que es un completo mentecato, decía entre sí el joven

montero, mientras que jinete en un poderoso alazán, seguía paso á paso

el palafrén de Constanza, la cual también parecia mostrarse un tanto

distraída y silenciosa, y retirada del tropel de los cazadores, apenas

tomaba parte en la fiesta. ¿Pero quien dice que en lo que refiere ese

simple no existirá algo de verdad? prosiguio pensando el mancebo.

Cosas más extrañas hemos visto en el mundo, y una corza blanca bien

puede haberla, puesto que si se ha de dar crédito á las cántigas del

país, San Huberto,[1] patrón de los cazadores, tenía una. ¡Oh, si yo

pudiese coger viva una corza blanca para ofrecérsela á mi señora!

[Footnote 1: San Huberto = 'St. Hubert.' The patron saint of

hunters; died about 727. His memory is celebrated by the church

November 3. Legend says that he was the son of a nobleman of

Aquitaine, and a keen hunter; and that once when he was engaged in

the chase on Good Friday, in the forest of Ardennes, a stag appeared

to him having a shining crucifix between its antlers. He heard a

warning voice and was converted, entered the chnrch, and became

bishop of Maestricht and Liège. See the _Encyclopedia Americano_.

The rôle of the deer in mythology, however, is not usually so

beneficent, and "the antelope, the gazelle, and the stag generally,

instead of helping the hero, involve him rather in perplexity and

peril. This mythical subject is amplified in numerous Hindoo

legends." See de Gubernatis, _Zoölogical Mythology_, London, 1872,

vol. ii, p. 84 and following.

La Biche au Bois_ (The Hind of the Woods) of Mme. d'Aulnoy is a

story that offers some striking resemblances to _La Corza Blanca_ of

Becquer. A beautiful princess is transformed by a wicked fairy into

a white hind, which form she is allowed to quit at certain hours of

the day. One day, while still in the form of the hind, she is

pursued by her lover and wounded by an arrow. However, a release

from the enchantment and a happy marriage end the sufferings of the

heroine. In this Spanish tale the transformation is voluntary, which

fact gives to Constanza the traits of a witch.

In Wordsworth's beautiful poem _The White Doe of Rylstone_ we find

the doe divested of all the elements of witchcraft, and in its

solicitude for the gentle and bereft Lady Emily it is likened

symbolically

To the grief of her soul that doth come and go

In the beautiful form of this innocent Doe:

Which, though seemingly doomed in its breast to sustain

A softened remembrance of sorrow and pain,

Is spotless, and holy, and gentle, and bright;

And glides o'er the earth like an angel of light.]

Asi pensando y discurriendo pasó Garcés la tarde, y cuando ya el sol

comenzó á esconderse por detras de las vecinas lomas y don Dionís

mando volver grupas á su gente para tornar al castillo, separóse sin

ser notado de la comitiva y echo en busca del zagal por lo más espeso

é intrincado del monte.

La noche había cerrado casi por completo cuando don Dionís llegaba á

las puertas de su castillo. Acto continuo dispusiéronle una frugal

colación, y sentóse con su hija á la mesa.

--Y Garcés ¿dónde esta? preguntó Constanza notando que su montero no

se encontraba allí para servirla como tenía de costumbre.

--No sabemos, se apresuraron á contestar los otros servidores;

desapareció de entre nosotros cerca de la cañada, y esta es la hora en

que todavía no le hemos visto.

En este punto llegó Garcés todo sofocado, cubierta aún de sudor la

frente, pero con la cara más regocijada y satisfecha que pudiera

imaginarse.

--Perdonadme, señora, exclamó, dirigiéndose á Constanza; perdonadme si

he faltado un momento á mi obligación; pero allá de donde vengo á todo

el correr de mi caballo, como aquí, sólo me, ocupaba en serviros.

--¿En servirme? repitió Constanza; no comprendo lo que quieres decir.

--Sí, señora; en serviros, repitió el joven, pues he averiguado que es

verdad que la corza blanca existe. Á mas de Esteban, lo dan por seguro

otros varios pastores, que juran haberla visto más de una vez, y con

ayuda de los cuales espero en Dios y en mi patrón San Huberto que

antes de tres días, viva ó muerta, os la traeré al castillo.

--¡Bah!... ¡Bah!... exclamo Constanza con aire de zumba, mientras

hacían coro á sus palabras las risas más ó menos disimuladas de los

circunstantes; déjate de cacerías nocturnas y de corzas blancas: mira

que el diablo ha dado en la flor de tentar á los simples, y si te

empeñas en andarle á los talones, va á dar que reir contigo como con

el pobre Esteban.

--Señora, interrumpió Garcés con voz entrecortada y disimulando en lo

posible la cólera que le producía el burlón regocijo de sus

companeros, yo no me he visto nunca con el diablo, y por consiguiente,

no sé todavía como las gasta; pero conmigo os juro que todo podrá

hacer menos dar que reir, porque el uso de ese privilegio sólo en vos

sé tolerarlo.

Constanza conoció el efecto que su burla había producido en el

enamorado joven; pero deseando apurar su paciencia hasta lo último,

tornó á decir en el mismo tono:

--¿Y si al dispararla te saluda con alguna risa del género de la que

oyó Esteban, ó se te ríe en la nariz, y al escuchar sus sobrenaturales

carcajadas se te cae la ballesta de las manos, y antes de reponerte

del susto ya ha desaparecido la corza blanca más ligera que un

relámpago?

--¡Oh! exclamó Garcés, en cuanto á eso estad segura que como yo la

topase á tiro de ballesta, aunque me hiciese más monos que un juglar,

aunque me hablara, no ya en romance, sino en latín como el abad de

Munilla,[1] no se iba[2] sin un arpón en el cuerpo.

[Footnote 1: Munilla. A town of 1170 inhabitants situated in the

province of Logroño to the west of the town of Arnedillo on the

Cidacos. Munilla was a place of considerable importance at the time

in which the events of this story are supposed to have occurred.]

[Footnote 2: no se iba = 'it would not escape.' See p. 108, note 3]

En este punto del diálogo, terció don Dionís, y con una desesperante

gravedad á través de la que se adivinaba toda la ironía de sus

palabras, comenzó á darle al ya asendereado mozo los consejos más

originales del mundo, para el caso de que se encontrase de manos á

boca con el demonio convertido en corza blanca.

Á cada nueva ocurrencia de su padre, Constanza fijaba sus ojos en el

atribulado Garcés y rompía á reir como una loca, en tanto que los

otros servidores esforzaban las burlas con sus miradas de inteligencia

y su mal encubierto gozo.

Mientras duró la colación prolongóse esta escena, en que la credulidad

del joven montero fué, por decirlo así, el tema obligado del general

regocijo; de modo que cuando se levantaron los paños, y don Dionís y

Constanza se retiraron á sus habitaciones, y toda la gente del

castillo se entregó al reposo, Garcés permaneció un largo espacio de

tiempo irresoluto, dudando si á pesar de las burlas de sus señores,

proseguiría firme en su propósito, o desistiría completamente de la

empresa.

--¡Qué diantre! exclamó saliendo del estado de incertidumbre en que se

encontraba: mayor mal del que me ha sucedido no puede sucederme, y si

por el contrario es verdad lo que nos ha contado Esteban ... ¡oh,

entonces, cómo he de saborear mi triunfo!

Esto diciendo, armó su ballesta, no sin haberla[1] hecho antes la

señal de la cruz en la punta de la vira, y colocándosela á la espalda

se dirigió á la poterna del castillo para tomar la vereda del monte.

[Footnote 1: la. See p. 20, note 2.]

Cuando Garcés llego á la cañada y al punto en que, según las

instrucciones de Esteban, debía aguardar la aparición de las corzas,

la luna comenzaba á remontarse con lentitud por detrás de los cercanos

montes.

Á fuer de buen cazador y práctico en el oficio, antes de elegir un

punto á propósito para colocarse al acecho de las reses, anduvo un

gran rato de acá para allá examinando las trochas y las veredas

vecinas, la disposición de los árboles, los accidentes del terreno,

las curvas del río y la profundidad de sus aguas.

Por último, después de terminar este minucioso reconocimiento del

lugar en que se encontraba, agazapose en un ribazo junto á unos chopos

de copas elevadas y obscuras, á cuyo pie crecían unas matas de

lentisco, altas lo bastante para ocultar á un hombre echado en tierra.

El río, que desde las musgosas rocas donde tenía su nacimiento venía

siguiendo las sinuosidades del Moncayo á entrar en la cañada por una

vertiente, deslizábase desde allí bañando el pie de los sauces que

sombreaban su orilla, ó jugueteando con alegre murmullo entre las

piedras rodadas del monte hasta caer en una hondura próxima al lugar

que servía de escondrijo al montero.

Los álamos, cuyas plateadas hojas movía el aire con un rumor

dulcísimo, los sauces que inclinados sobre la limpia corriente

humedecían en ella las puntas de sus desmayadas ramas, y los apretados

carrascales por cuyos troncos subían y se enredaban las madreselvas y

las campanillas azules, formaban un espeso muro de follaje alrededor

del remanso del río.

El viento, agitando los frondosos pabellones de verdura que derramaban

en torno su flotante sombra, dejaba penetrar á intervalos un furtivo

rayo de luz, que brillaba como un relámpago de plata sobre la

superficie de las aguas inmóviles y profundas.

Oculto tras los matojos, con el oído atento al más leve rumor y la

vista clavada en el punto en donde según sus cálculos debían aparecer

las corzas, Garcés esperó inútilmente un gran espacio de tiempo.

Todo permanecía á su alrededor sumido en una profunda calma.

Poco á poco, y bien fuese que el peso de la noche, que ya había pasado

de la mitad, comenzara á dejarse sentir, bien que el lejano murmullo

del agua, el penetrante aroma de las flores silvestres y las caricias

del viento comunicasen á sus sentidos el dulce sopor en que parecía

estar impregnada la naturaleza toda, el enamorado mozo que hasta aquel

punto había estado entretenido revolviendo en su mente las más

halagüeñas imaginaciones comenzó á sentir que sus ideas se elaboraban

con más lentitud y sus pensamientos tomaban formas más leves é

indecisas.

Después de mecerse un instante en ese vago espacio que media entre la

vigilia y el sueño, entornó al fin los ojos, dejó escapar la ballesta

de sus manos y se quedó profundamente dormido. . . . . . . . . . . . .

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

. . . . . . . .

Cosa de dos horas ó tres haría[1] ya que el joven montero roncaba á

pierna suelta, disfrutando á todo sabor de uno de los sueños más

apacibles de su vida, cuando de repente entreabrió los ojos

sobresaltado; é incorporóse á medias lleno aún de ese estupor del que

se vuelve en sí de improviso después de un sueño profundo.

[Footnote 1: haría = 'it must have been.' See p. 5, note 2, and p.

26, note 1.]

En las ráfagas del aire y confundido con los leves rumores de la

noche, creyó percibir un extraño rumor de voces delgadas, dulces y

misteriosas que hablaban entre sí, reian ó cantaban cada cual por su

parte y una cosa diferente, formando una algarabia tan ruidosa y

confusa como la de los pájaros que despiertan al primer rayo del sol

entre las frondas de una alameda.

Este extraño rumor solo se dejó oir un instante, y después todo volvió

á quedar en silencio.

--Sin duda soñaba con las majaderías que nos refirió el zagal, exclamó

Garcés restregándose los ojos con mucha calma, y en la firme

persuasión de que cuanto había creído oir no era más que esa vaga

huella del ensueño que queda, al despertar, en la imaginación, como

queda en el oído la última cadencia de una melodía después que ha

expirado temblando la última nota. Y dominado por la invencible

languidez que embargaba sus miembros, iba á reclinar de nuevo la

cabeza sobre el césped, cuando tornó á oir el eco distante de aquellas

misteriosas voces, que acompañándose del rumor del aire, del agua y de

las hojas, cantaban asi:

Legends, Tales and Poems · 第 63 / 145 题