--Tenéis la color quebrada; andáis mustio, y sombrío; ¿qué os sucede?
Desde el día, que yo siempre tendré por funesto, en que llegásteis á
la fuente de los Álamos en pos de la res herida, diríase que una mala
bruja os ha encanijado con sus hechizos.
Ya no vais á los montes precedido de la ruidosa jauría, ni el clamor
de vuestras trompas despierta sus ecos. Sólo con esas cavilaciones que
os persiguen, todas las mañanas tomáis la ballesta para enderezaros á
la espesura y permanecer en ella hasta que el sol se esconde. Y cuando
la noche obscurece y voivéis pálido y fatigado al castillo, en balde
busco en la bandolera los despojos de la caza. ¿Qué os ocupa tan
largas horas lejos de los que más os quieren?
Mientras Iñigo hablaba, Fernando, absorto en sus ideas, sacaba
maquinalmente astillas de su escaño de ébano con el cuchillo de monte.
Después de un largo silencio, que solo interrumpia el chirrido de la
hoja al resbalarse sobre la pulimentada madera, el joven exclamó
dirigiéndose á su servidor, como si no hubiera escuchado una sola de
sus palabras:
--Iñigo, tú que eres viejo, tú que conoces todas las guaridas del
Moncayo, que has vivido en sus faldas persiguiendo á las fieras, y en
tus errantes excursiones de cazador subiste más de una vez á su
cumbre, dime, ¿has encontrado por acaso una mujer que vive entre sus
rocas?
--¡Una mujer! exclamó el montero con asombro y mirándole de hito en
hito.
--Sí, dijo el joven; es una cosa extraña lo que me sucede, muy
extraña.... Creí poder guardar ese secreto eternamente, pero no es ya
posible; rebosa en mi corazón y asoma á mi semblante. Voy, pues, á
revelártelo.... Tú me ayudarás á desvanecer el misterio que envuelve á
esa criatura, que al parecer solo para mí existe, pues nadie la
conoce, ni la ha visto, ni puede darme razón de ella.
El montero, sin despegar los labios, arrastró su banquillo hasta
colocarlo junto al escaño de su señor, del que no apartaba un punto
los espantados ojos. Éste, después de coordinar sus ideas, prosiguió
así:
--Desde el día en que á pesar de tus funestas predicciones llegué á la
fuente de los Álamos, y atravesando sus aguas recobré el ciervo que
vuestra superstición hubiera dejado huir, se llenó mi alma del deseo
de la soledad.
Tú no conoces aquel sitio. Mira, la fuente brota escondida en el seno
de una peña, y cae resbalándose gota á gota por entre las verdes y
flotantes hojas de las plantas que crecen al borde de su cuna.
Aquellas gotas que al desprenderse brillan como puntos de oro y suenan
como las notas de un instrumento, se reunen entre los céspedes, y
susurrando, susurrando con un ruido semejante al de las abejas que
zumban en torno de las flores, se alejan por entre las arenas, y
forman un cauce, y luchan con los obstáculos que se oponen á su
camino, y se repliegan sobre sí mismas, y saltan, y huyen, y corren,
unas veces con risa, otras con suspires, hasta caer en un lago. En el
lago caen con un rumor indescriptible. Lamentos, palabras, nombres,
cantares, yo no sé lo que he oído en aquel rumor cuando me he sentado
solo y febril sobre el peñasco, á cuyos pies saltan las aguas de la
fuente misteriosa para estancarse en una balsa profunda, cuya inmóvil
superficie apenas riza el viento de la tarde.
Todo es allí grande. La soledad con sus mil rumores desconocidos, vive
en aquellos lugares y embriaga el espíritu en su inefable melancolía.
En las plateadas hojas de los álamos, en los huecos de las peñas, en
las ondas del agua, parece que nos hablan los invisibles espíritus de
la naturaleza, que reconocen un hermano en el inmortal espíritu del
hombre.
Cuando al despuntar la mañana me veías tomar la ballesta y dirigirme
al monte, no fué nunca para perderme entre sus matorrales en pos de la
caza, no; iba á sentarme al borde de la fuente, á buscar en sus ondas
... no sé qué, ¡una locura! El día en que salté sobre ella con mi
_Relámpago_[1] creí haber visto brillar en su fondo una cosa extraña
... muy extraña ... los ojos de una mujer.
[Footnote 1: Relámpago. The name of his horse, mentioned p. 17.]
Tal vez sería un rayo de sol que serpeó fugitive entre su espuma; tal
vez una de esas flores que flotan entre las algas de su seno, y cuyos
cálices parecen esmeraldas ... no sé: yo creí ver una mirada que se
clavó en la mía; una mirada que encendió en mi pecho un deseo absurdo,
irrealizable: el de encontrar una persona con unos ojos como aquellos.
En su busca fuí un día y otro á aquel sitio:
Por último, una tarde ... yo me creí juguete de un sueño ... pero no,
es verdad, la[1] he hablado ya muchas veces, como te hablo á tí ahora
... una tarde encontré sentada en mi puesto, y vestida con unas ropas
que llegaban hasta las aguas y flotaban sobre su haz, una mujer
hermosa sobre toda ponderación. Sus cabellos eran como el oro; sus
pestañas brillaban como hilos de luz, y entre las pestañas volteaban
inquietas unas pupilas que yo había visto... sí; porque los ojos de
aquella mujer eran los ojos que yo tenía clavados en la mente; unos
ojos de un color imposible; unos ojos ...
[Footnote 1: la. The Spanish Academy condemns the use of _la_
instead of _le_ as a feminine dative. Spanish writers, however,
frequently so employ it.]
--¡Verdes! exclamó Iñigo con un acento de profundo terror, é
incorporándose de un salto en su asiento.
Fernando le miró á su vez como asombrado de que concluyese lo que iba
á decir, y le pregunto con una mezcla de ansiedad y de alegría:
--¿La conoces?
--¡Oh, no! dijo el montero. ¡Líbreme Dios de conocerla! Pero mis
padres, al prohibirme llegar hasta esos lugares, me dijeron mil veces
que el espíritu, trasgo, demonio ó mujer que habita en sus aguas,
tiene los ojos de ese color. Yo os conjuro, por lo que más améis en la
tierra, á no volver á la fuente de los Álamos. Un día ú otro-os
alcanzará su venganza, y expiaréis, muriendo, el delito de haber
encenagado sus ondas.
--¡Por los que más amo!... murmuró el joven con una triste sonrisa.
--¡Sí!, prosiguió el anciano; por vuestros padres, por vuestros
deudos, por las lágrimas de la que el cielo destina para vuestra
esposa, por las de un servidor que os ha visto nacer ...
--¿Sabes tú lo que más amo en este mundo? Sabes tú por qué daría yo el
amor de mi padre, los besos de la que me dió la vida, y todo el cariño
que pueden atesorar todas las mujeres de la tierra? Por una mirada,
por una sola mirada de esos ojos ... ¡Cómo podré yo dejar de
buscarlos!
Dijo Fernando estas palabras con tal acento, que la lágrima que
temblaba en los párpados de Iñigo se resbaló silenciosa por su
mejilla, mientras exclamó con acento sombrío: ¡Cúmplase la voluntad
del cielo!