farmacias, los bares y los cafés, los puestos de comida y las
cervecerías llaman la atención de los luchadores. ¡Entrad y
reconfortaos! Y entran a montones, turbulentamente, en solicitud de una
multi-nutrición. Comen glotonamente a dos carrillos, se hartan de jamón
y huevos y manteca, la carne roja les chorrea grasa por los labios. Es
preciso compensar con una sobrealimentación las pérdidas cuantiosas y
diarias. Para poder alcanzar a tantos negocios, para tener asidos los
vértices de tantas combinaciones codiciosas, hace falta exaltar la
personalidad y hacer que un solo individuo posea la aptitud de diez o
veinte.
Devoran, tragan, beben copiosos vasos de licor cálido. El apetito
lánguido y perezoso requiere también la espuela del aperitivo. La musa
demoníaca del alcohol vuela sobre las frentes y ayuda a que enloquezcan
más aún, mucho más todavía. Todos vibrantes, tensos, como pugilistas en
el estadio. Comiendo, bebiendo, gesticulando. Rojas las caras,
brillantes los ojos. Y andar, andar sin freno, de una a otra idea, de
este a aquel proyecto. Sumar cifras, levantar montañas de ideales.
Manipular los billetes de banco con mano nerviosa. Sentir la infernal y
sublime embriaguez de gastar dinero. Ver cómo van y vienen las monedas,
al compás de un ritmo de locura. Oír la voz de las brujas que gritan en
el alma, como en el alma de Macbeth: «Tú serás rey: tú serás rico»...
Mientras tanto el boticario combina sus drogas.
En los momentos de tregua, cuando nuestro espíritu se abisma en su
soledad, acude a nosotros la revelación intrínseca y luminosa de los
pasmosos engaños en que vivimos. Durante esas paradas que hacemos al
margen del camino, llega a nuestra imaginación la síntesis final de las
cosas, y vemos que, verbigracia, todo esto que tanto nos enajena,
termina estúpidamente en un hueco de cuatro palmos abierto en la tierra.
El boticario y el enterrador son aquellos amigos adversos que no se
fatigan de aguardarnos, porque saben que no podemos faltar a la cita.
Entonces nos entra una gran desgana, y como los cenobitas quisiéramos
renunciar a toda lucha, ya que todo acaba tan simplemente, tan
brevemente.
Pero quieren los hados que cerremos los oídos a la seducción ultra
epicúrea del renunciamiento místico. Y otra vez, pasado aquel momento de
alucinación intelectual, el hombre vuelve al torbellino. Nadie se libra
de esos instantes lúcidos en que la vida se muestra en toda su
integridad. Todos vuelven a incorporarse a la marea, aceptando como una
solución la locura de este tráfago inverosímil, sin objeto, sin
finalidad ni explicación. ¿Adonde se va? Nadie lo sabe. El mundo lo
ignora. Se ha inventado una palabra vaga: progreso. Pero lo cierto es
que el mundo, la sociedad, todos nosotros, obedecemos a esa ley de
movimiento que se llama vida, de cuya ley ninguno podrá evadirse, tanto
la planta como el hombre. Y la vida insaciable, al igual que los niños,
pide siempre más.
Vivir más, con la mayor extensión e intensidad posibles. Más...
Boticario, ¿qué haces que no mezclas más aprisa tus mágicas drogas?
XIII
ESCENAS MARINERAS
Los grandes puertos son sugestivos y amenos como una novela. En un barco
anclado hay siempre un mundo de imaginaciones, de posibilidades y de
heroicas inminencias. Pero el puerto de Buenos Aires es una novela mucho
más complicada y entretenida que las otras. Le conceden interés
dramático y pintoresco, no sólo los barcos y las mercaderías exóticas,
sino además los hombres.
Los hombres que desembarcan en muchedumbre, y que traen en sus rostros
el gesto emocionado, estupefacto, de los descubridores. Como Colón en
otro tiempo se abalanzó a la proa de su nave y quedó ensimismado ante
la tierra soñada y al fin descubierta, los inmigrantes también corren a
la punta del barco y miran, con un silencio trascendental, aparecer en
el horizonte las cúpulas de Buenos Aires. Y más allá de las cúpulas ven
lo ignoto, lo misterioso de un porvenir que tanto tiempo se complacieron
en soñar.
Ir errante por los muelles del puerto; he ahí un placer de nómada y de
visionario. Muchas veces me he complacido yo en evadirme de las cárceles
cotidianas, salir de la cuadrangular población y perderme a lo largo de
las dársenas. Confundirme con la multitud de los estibadores y
gabarreros, y sentirme pequeño, ignorado, insignificante, allí donde las
grúas rechinan con tanta fuerza y las sirenas de los vapores lanzan sus
alaridos tan gigantescos. Polvo, ruido, aglomeración.
Todo tiene allí una energía descomunal. Las cosas son fuertes, enormes,
fatales. Los mismos hombres sugieren una impresión de fuerza poco
habitual. Lobos de mar, gavieros hirsutos, pilotos de andar zambo y ojos
grises, encalmados como un mediodía oceánico, pero que al mandar en la
maniobra se enardecen, chispean como un acero vibrante. Y la diversidad
de lenguas, la multiplicación de los tipos, cobrizos unos, otros negros,
rubios otros. Todos mezclados en el puerto, como en una resurrección del
mito de Babel.
Aquí reposan los grandes y lujosos transatlánticos, con su turba de
camareros y marmitones, con sus oficiales galoneados. En otra dársena,
los chatos y ciclópeos buques de carga arrojan a tierra su varia
mercancía. Más allá están los vapores carboneros, con el pabellón
británico sobre el tope. Luego vienen los buques fluviales, largos,
llenos de ventanillas circulares, cómodos como un vagón de ferrocarril,
los suaves buques que se deslizan por la plateada anchura de los ríos y
que se sumen en la tórrida magnificencia del lejano Paraguay. Después
las dársenas se acaban y comienza la sinuosa y pintoresca región del
Riachuelo, atiborrado de bergantines, lleno de marineros tartajeantes,
con denso olor a brea, con un aire como de folletín romántico. Y entre
las dársenas y los pesados buques un enjambre de bateles, de gabarras,
de remolcadores, una actividad de hormiguero, una confusión clamorosa,
animada, tonificante.
Y los ruidos. ¡Qué significación de colosal energía tienen los ruidos de
un puerto! Las máquinas chirrían y crujen; los vagones ruedan
sordamente; los cajones de mercancías caen con golpes agrios o rotundos.
Se escuchan los gritos de los capitanes que dirigen la maniobra. Un
buque se desprende del muelle, suelta las amarras, parte. ¡Quién sabe a
qué bellos países partirá!...
Un buque es un monstruo hecho para lanzarse corriendo sobre las libres
olas. Dentro de las dársenas se mueve torpemente, marcha ciego,
conducido y guiado por los rechonchos remolcadores. La menor negligencia
puede hacerle chocar contra los malecones y abrirse en dos pedazos. Por
eso el capitán grita con gritos de ira y alarma. Los marineros,
injuriados por la voz del capitán, corren sobre cubierta, escalan
veloces los mástiles, hacen vibrar las maquinillas auxiliares. Y el
buque, lentamente, va salvando los obstáculos, pasa de una dársena a
otra, gana por fin la boca del puerto, aprieta los resortes de la
hélice, se lanza corriendo en busca de la alta mar hermosa. Entonces su
sirena vomita un alarido de triunfo, de gloria, de libertad.
Y entonces, ¡con qué envidia sigue al barco valiente nuestra alma
viajera! Viajar, soltar las amarras, irse. Irse a cualquier parte; ir
por el placer de ir. Desprenderse de los muelles, desamarrarse de lo
cotidiano y convencional. Huir de lo habitual. Huir de la muerte, en
suma, porque todo lo que se inmoviliza se muere. Porque la muerte no es
más que un detenimiento. Y porque la vida es sólo un viaje. ¡Viajar,
vivir!...
Para un artista o un soñador, los buques modernos no tienen todavía
suficiente encanto. En cambio los barcos de vela traen a la fantasía un
torbellino de recuerdos, sugericiones de aquellos siglos en que había
negreros, piratas y abordajes imprevistos. Por eso me gusta a mí
alejarme de las dársenas donde atracan los grandes buques de vapor y
zambullirme en los recodos pintorescos del Riachuelo, en los muelles
destinados a las fragatas, a las bellas corbetas, a las lindas goletas,
frágiles, graciosas y femeninas.
Pero en los días de labor aquellos muelles están sacudidos por la fiebre
del trabajo, y el encanto es menor. De los ventrudos barcos sacan
montones de madera, adoquines, fardos y barriles químicos. En las tardes
del domingo es cuando los muelles esos adquieren su mayor curiosidad.
Entonces las grúas descansan, los carreros no alteran con sus voces
maldicientes la paz del lugar, y los barcos veleros semejan viejos lobos
de mar que reposan y sueñan una suerte de sueños colosales y exóticos.
Las finas arboladuras se lanzan al espacio, como queriendo extraviarse
en la pureza gris del cielo invernizo. Y las proas, tan parecidas al
semblante de un hombre, miran con sus ojos pacíficos la turbia quietud
de las aguas dormidas. Todo es pensativo y ensoñador en esos barcos
arcaicos, en esas naves de leyenda que la civilización ha condenado a
morir.
Los marineros, como las naves, reposan también, sumidos en su nostalgia.
De bruces sobre la borda miran la tierra, las casas, los escasos
transeúntes; pero aunque miran no ven; sus almas andan lejos, en el
confín del mundo, en los puertos natales. Cabezas rubias de noruego,
ojos glaucos de inglés, melenas rizosas de italiano. Unos fuman su pipa
beatíficamente, sin un guiño ni la menor muestra de emoción; otros
pasean en silencio con las manos hundidas en los profundos bolsillos del
pantalón. Alguno de ellos, tal vez de vuelta de la taberna, rezonga y
balbucea como un animal aturdido, y marcha a ocultarse en su camarote.
La atmósfera, que recuerda al cristal, tiene la rigidez tenue de las
finas cosas quebradizas. Se teme que cualquier choque brusco, o
cualquier agrio sonido, fueran a romper el cristal finísimo,
imponderable, de la atmósfera. Sólo caben allí los sonidos tenues y a la
sordina. Por eso es grato oír en esas horas inefables la voz gangosa y
apagada de los acordeones marineros. A veces suena un acordeón dentro de
un barco, y no se sabe dónde está el músico; parece que es el barco
quien canta, con aquella voz gangosa que rememora al órgano, o mejor
todavía a los armoniums místicos de las pequeñas capillas privadas. Pero
no, es un marinero de grandes barbas rubias, o un grumete lampiño. El
músico busca un lugar propicio en el seno del barco. Y son cantatas
populares de los _fiord_ noruegos, o de los lagos suecos, o de las
estepas moscovitas... Todo ello envuelto en olor de brea, ese olor que
es el alma de los barcos y el acicate más vivo para una imaginación
viajera.
Cosmopolita, confuso, formidable y sugeridor, ¡oh gran puerto colmado de
ilusiones!, tú eres un mundo mucho más grave y trascendental que el de
las vanas y cuadrangulares calles ciudadanas. Energía, fuerza,
civilización. Tabernas genovesas del barrio de la Boca; ciclópeos
almacenes del paseo de Colón; fonduchos del paseo de Julio donde humean
las fritangas más inverosímiles. Letreros en inglés, en francés, en
italiano, en turco, en ruso. Olor a polenta y a macarrones, a _whisky_ y
a caviar, a puchero y a sopas picantes. Grandes pizarras con sus
inscripciones trazadas en blanco: «se desean braceros para un
ferrocarril de Tucumán». Hombres lentos y ociosos que pasean con sus
botas altas, sus ponchos al brazo, sus chambergos deformados, buscando
donde contratar sus músculos para no se sabe qué raras o remotas
labores. Locomotoras que gritan imperiosamente arrastrando trenes
enormes. El transatlántico que parte, los pañuelos de despedida, el
llanto de los que se quedan en el muelle, el humo solemne y triunfal de
las chimeneas en marcha. ¡Adiós, adiós!...
Todo esto, que es imprevisto, lejano, accidental, enérgico, forzudo y
aéreo; todo esto que es viaje, azar, y que huele intensamente a
aventura, es lo que hace a un puerto profundamente emocionante como la
más loca novela.
XIV
BUENOS AIRES NOCTURNO
Como la muerte sigue a la vida, el reposo es la playa donde viene a
perecer la soberbia del trabajo. Todos tenemos que pagarle tributo al
descanso. Los hombres, las aves del cielo, las hojas de los árboles.
Hasta el viento y la mar mitigan su violencia llegando a la noche. La
noche es la tregua, la pausa grave en esa batalla sin fin que empeñaron
los elementos desde que hay vida en el Cosmos.
¿Habéis puesto el oído alguna vez sobre el gran corazón de una ciudad
dormida? Bajo la paz nocturna, una ciudad parece un monstruo descomunal
que pone el ritmo de su pecho al compás del latido de la naturaleza.
Ninguna sensación es comparable a la que se percibe de noche, muy dentro
de la noche, en las calles dormidas de una ciudad. Hay entonces en el
aire no se sabe qué presagios, qué inminencias o qué supersticiosas
revelaciones. El monstruo está dormido, y toda la tragedia que se
reconcentra en su interior, entonces, a la hora central de la noche se
revela a nuestra alma absorta. Lo más intenso que ha creado el hombre es
la ciudad; la ciudad es la suma de toda la ambición, de toda la fiebre y
de toda la maldad que vive en el espíritu del hombre. Viendo una ciudad
dormida, es como si asistiéramos al entreacto de una tragedia. Nuestra
alma tiembla de emoción al recordar las peripecias dolorosas del día que
pasó, y se estremece ante la seguridad de los episodios del día
siguiente. Cada día es un acto trágico; la noche es una pausa, y el
espacio es el telón siniestro moteado de brillantes.
Pero no duermen del mismo modo todas las ciudades. Los pueblos frívolos
desconocen el sueño rotundo y terminante; hasta muy cerca del alba hay
en ellos un rastro de vida, alguna orquesta pertinaz, algunos viciosos
rezagados. En cambio, los pueblos que trabajan intensamente duermen de
una manera definitiva, casi brutal. Una aldea de labradores duerme al
compás de la naturaleza; ni siquiera parpadea una luz en sus casas; la
aldea se acuesta en el seno del campo, hasta confundirse con la misma
tierra. Las ciudades comerciales y laboriosas duermen del mismo modo
rotundo.
Ningún hombre se escapa de tener una o varias manías. Las manías son las
que nos diferencian a los unos de los otros, como los rasgos físicos,
como los lunares o el dibujo de la nariz, como el color del pelo o de
los ojos. Una de mis manías consiste en pasear a grandes pasos por las
calles de una ciudad dormida. Encuentro un encanto extraño en sumergirme
dentro del vacío de la noche. Se me figura que la ciudad está ausente,
que los hombres se han ido, y que sólo queda allí, bajo las sombras, el
esqueleto. Se me figura también que la ciudad es un documento histórico,
un algo muerto que se puede interpretar fantásticamente, al arbitrio de
la imaginación. El día tiene demasiados afanes; de día nos arrastra la
zozobra de la lucha, y somos nosotros mismos, aunque a nuestro pesar,
actores en el drama ciudadano. Pero de noche somos espectadores. Podemos
ver el panorama de la ciudad muerta, levantarla en alas de nuestro
ensueño, manosearla con nuestra imaginación. Entonces la ciudad es
nuestra, mientras que durante el día somos nosotros de ella.
Buenos Aires duerme. Llega un momento de la noche en que la gran ciudad,
unánime, se queda inmóvil. Millón y medio de almas se han dormido; miles
de máquinas, cientos de grúas, infinidad de hornos, se han paralizado; y
han quedado en suspenso infinitos negocios, combinaciones arriesgadas,
proyectos temerarios. Los libros del Debe y el Haber están cerrados; las
plumas descansan al borde los tinteros; las sumas quedaron
interrumpidas; los fajos de billetes, a medio contar, aguardan al día
próximo. El hilo de la vida se ha cortado. Como el sueño llega al niño y
le cierra los ojos imperativamente, así ha llegado para la ciudad: igual
que un niño, la ciudad ha cerrado los ojos, y tan rápidamente vino el
sueño, que los juguetes quedaron entre las manos apretadas... Pero la
ciudad es un niño sin candor, y sus juguetes son demasiado dramáticos.
Dinero: con un juguete que se llama «dinero», las bromas y los juegos
acaban en sangre, en lágrimas, en dolor.
Buenos Aires tiene el sueño terminante y definitivo, como todas las
poblaciones laboriosas. Tal vez en algunas de sus calles se prolonguen
la luz y la vida hasta muy cerca del alba; acaso un coche, una pareja de
paseantes rezagados, rompan con su ruido el silencio de la ciudad. Pero
son rumores parciales y leves, casi vergonzantes. Hasta parece que ese
coche tardío, esos dos amigos que pasan hablando bajo, hacen resaltar el
silencio total. A media noche, Buenos Aires es una población muerta,
silenciosa, inmóvil. Tiene un sueño de labrador cansado, el sueño
característico de los seres que se mueven mucho durante el día.
Y en esa hora central de la noche, es un espectáculo incitante pasear
por aquellos lugares que absorben la vida y el movimiento en las horas
diurnas. Las calles laboriosas, las más pobladas y comerciales, son las
que duermen con mayor intensidad. En el barrio de las oficinas y de los
bancos hay tal silencio, tal soledad de noche, que el ánimo se encoge de
cierto temor supersticioso. Caminando de noche por esas calles, se
siente la impresión de cruzar un cementerio. La soledad se mete dentro
del alma, el silencio se apodera de la mente; cae el silencio sobre uno
como algo denso, como algo misterioso y cabalístico. Las pisadas propias
resuenan huecamente. La sombra personal, persigue al cuerpo, le acompaña
de lado, se antepone, según la posición de los mecheros de gas. Esa
misma sombra de uno toma apariencia viva, supersticiosa e insinuante. Y
cuanto más rotunda es la inmovilidad de las cosas, más sugestiones se
desprenden de ellas. Las cosas, en fin, hablan entonces con palabras
segundas. Esas cosas tienen de día un lenguaje material y grosero, el
lenguaje de la realidad; pero de noche adoptan un lenguaje interior, un
segundo lenguaje, hijo de esa segunda vida que tienen las cosas, lo
mismo que los hombres. Porque las cosas sueñan también. Si es cierto que
duermen, ¿cómo podían no soñar?
¿Y cuáles serán los sueños de ese barrio comercial, corazón de Buenos
Aires, pila cargada de electricidad? Alguna noche he querido yo
descifrar esos sueños, y la vanidad de mi fantasía ha creído
interpretarlos. Pero nuestra fantasía, seguramente, tiene sus límites, y
ciertos sueños son inasequibles a la interpretación. El barrio duerme,
el barrio de los negocios sueña. Está tendido a la margen del puerto,
cerca de las vías del mar, por donde llegan los buques y las gentes y
las mercaderías; la sábana negra de la noche lo cubre piadosamente. Ahí
está el barrio codicioso, el barrio inquieto y vivaz, el barrio
dramático, el más dramático de toda la ciudad. En sus casas no hay
apenas mercancías; sólo hay tinteros, libros rayados, aparatos
telefónicos, grandes cajas de acero. Los fardos y los cajones, las cosas
reales y tangibles, las cosas de comer y de arder, están en otras
calles. Sin embargo, ese barrio es el núcleo de la ciudad, el cerebro
metálico que rige las operaciones de la inmensa urbe. Ahí están los
bancos que conceden créditos, las oficinas que contratan, los remates
que valorizan las propiedades, las agencias europeas, la Bolsa. Ahí
están también los aventureros, los ambiciosos impacientes, los jugadores
de fortunas, los manipuladores de empresas, tal vez los piratas urbanos
que acechan víctimas desde el fondo de sus oficinas.
Ahora, cuando llega la hora central de la noche, el barrio entero se
acuesta a dormir. Tiene un sueño capital, pesado. Recupera las fuerzas,
para emprender la campaña del siguiente día. Mientras tanto, sueña...
¿Pero no sueña acaso también de día? Los negocios, el comprar y vender,
el traspasarse las fortunas, el amontonar cifras, ¿es algo más que un
sueño? Todos esos hombres que viven como a impulso de una corriente
eléctrica, ¿qué son, sino soñadores? ¿Es verdad que viven despiertos?
¿Puede titularse vida real a ese ir y venir, a esa fiebre de todas las
horas, a ese comer de prisa, a ese beber apresurado, a ese contar y
recontar cantidades, a esa inquietud de monigotes movidos por hilos
invisibles? Todo eso es un sueño muy grande, y también muy humorístico.
Allá cerca duerme el puerto. Los grandes buques duermen a lo largo de
los malecones. Los transatlánticos que cruzaron el peligro del Océano;
los vapores chatos que trajeron las mercancías desde las antípodas; los
barcos de vela, venidos desde los hielos del remoto septentrión; todos
duermen, fatigados. Las grúas de los muelles descansan. Los gabarrones,
negros y forzudos, están durmiendo como estúpidas bestias de carga. La
brisa del estuario orea los vientres y los lomos de esos monstruos
marítimos. Y del horizonte, como una faz despavorida, la luna emerge
despacio, amarilla y tácita.
A la luz de la luna es grato contemplar la ciudad inmóvil. Tiene la luna
una eterna facultad de engaño, de manera que las cosas más torpes se
espiritualizan al beso de su luz. La luna se complace en poetizar una
tapia ruinosa, y de cualquier torre vulgar hace un poema místico. Las
calles prosaicas de Buenos Aires se afinan y ennoblecen con esa luz
fraudulenta de la luna.
El barrio de los ricos, por ejemplo, adquiere a la luz de la luna una
suave espiritualidad.
El mismo río, mirado desde la boca de una calle del norte, se muestra
argentado, poético, lleno de romanticismo; recuerda los lagos y los
mares que los pintores escenógrafos ponen como decoración de las óperas
antiguas. Y los palacios de ese barrio del norte, bajo la sugestión
arbitraria de la luna, toman un carácter de cosa vieja, realmente
aristocrática. Adquieren pátina, apariencia de vejez y de nobleza. El
ánimo se olvida de que los palacios han sido construídos antes de ayer,
por arquitectos anónimos, sobre planos de construcciones exóticas. Los
palacios se ilustran y avejentan a la luz de la luna; las torres de
pizarra simulan ser, en efecto, torres de mansiones feudales. Se piensa
en damas nobiliarias, en pajes rubios y en señores de horca y cuchillo.
Y así logran las familias recientes, que tienen por abolengo un honrado
comerciante o un pacífico ganadero, igualarse a las nobles estirpes de
las aristocracias europeas.
Entonces, cuando la luna navega por lo más alto del cielo y el silencio
envuelve al barrio linajudo, uno quisiera poseer alguna virtud
maravillosa de las leyendas; ser, verbigracia, como un «diablo cojuelo»,
capaz de destapar las techumbres de los palacios y sorprender el sueño
de los salones, de las joyas, de las personas. Cruzar los corredores
entapizados, oír el tic-tac de los relojes, y percibir y entender los
latidos de las almas. Descifrar el sueño del señor que ha lanzado sobre
un tapete verde una fortuna; interpretar el sueño de las damas,
entretejido de cintas de cotillón y flirteos trascendentales; leer la
última página del libro, que ha quedado abierto sobre el sofá; leer
asimismo la última frase de la carta íntima, o la última nota del piano
confidente. Y oír las palabras sin sonidos que se dicen las sedas y las
plumas, la conversación imperceptible de los brillantes y las perlas,
los cuchicheos y las risas de los pendientes, los collares, las
pulseras. Todo ese mundo reservado; todas esas joyas y sedas que viven
en contacto con las carnes rosadas; que se recuestan sobre el seno, en
la parte del corazón; que aprietan los pulsos de las muñecas; que rodean
las gargantas y oprimen las sienes; todas esas cosas calladas y leales
que conocen los secretos del pulso y del corazón, que saben todos los
matices de la emoción, que asisten a los más disimulados temblores de
sus bellas dueñas; ese mundo tácito de cosas sabias e íntimas está ahí,
sobre las consolas y mesillas, y uno siente la ambición de oírle hablar
a ese mundo hermético, que lo sabe todo, y que sabe callarlo todo
también.
Los teatros cierran sus puertas en el centro, en el corazón de la
ciudad. Es aquella parte de la población que se destina a los gozadores
impenitentes, llena de cafés y de bares, de farándula y de mujeres
empolvadas. Cuando el resto de la ciudad se hunde en su sueño pesado, en
esas pocas calles se mantiene aún la supremacía del vicio despierto, de
la alegría repintada, de una alegría que tiene precio y que se cotiza
brutalmente a la luz de los grandes focos eléctricos. Allí acuden las
almas insaciables, queriendo prolongar la ilusión del día. Allí se
congrega ese mundo difuso, heterogéneo, cosmopolita, como en los
remansos de los grandes ríos se amontonan los restos de tantas
correntadas. Ingleses de afilado perfil, alemanes de caras apopléticas,
italianos gesticulantes, criollos irónicos, suizos borrosos y vulgares,
algún yanqui ciclópeo, y después los tipos indefinidos, indescifrables,
con rasgos tenebrosos y cataduras frías, siniestras.