avisos de sus periódicos. Me gustaba, efectivamente, hundirme en la
lectura de sus numerosos anuncios, desentrañar su sentido, gozarme en su
pintoresca confusión. No he sentido después una sensación tan plena de
la inconsciente juventud argentina. Yo me entretenía en el juego raro de
«perderme» entre las columnas y planas anunciadoras de los periódicos de
Buenos Aires, analizar su alma, discernir sus rasgos originales.
«Se presta dinero sobre sueldos y alhajas», es el aviso que menudea en
muchas capitales burocráticas de Europa. En Buenos Aires también abundan
los avisos de préstamo. ¡Pero qué distintos! Leed uno: «Dinero
disponible, _cualquier suma_, para hipotecas. Largos plazos y
amortización a voluntad del tomador». Hay otro más expresivo todavía:
«Cualquier suma disponible, desde 10,000 hasta 1.000,000 de pesos...».
Aquí no se trata de mezquinas usuras sobre sueldos; no se transparenta
aquí, detrás del aviso, una vida de estrechez y de mal disimulada
tacañería. La usura, en este caso, toma un aspecto magnífico. En ese
millón de pesos ofrecido hay una enorme ambición de dar, y otra enorme
ambición de arriesgarse en estupendas aventuras. Pueblo que vive del
crédito, gente que no sabe ahorrar ni contener sus prodigalidades y sus
apetitos; pueblo que carece de dinero, posee, sin embargo, la audacia de
entenderse por cifras de millones.
La virgen tierra inacabable aparece detrás de los avisos como un mágico
telón de fondo. La locura de la tierra, la locura de las especulaciones
bruscas, rápidas, ilógicas, es una característica del país, la que le da
el tono principal, la que le hace aparecer como un gran tapete verde en
donde todo es motivo de juego y de azar; las cosechas de trigo, los
rebaños, los barcos llenos de maíz. «Compro cualquier extensión de
tierra, pagando al contado,» dice un aviso gallardamente.
La grandeza territorial de un país no saben expresarla bien los mapas y
las geografías. Tantos grados de latitud, tantos kilómetros cuadrados de
superficie: todas esas cifras geográficas no aciertan a darnos una
visión clara de la extensión. Los avisos saben medir mejor. «En Río
Negro, vendo 5,000 hectáreas, y dos fracciones con 10,000 hectáreas más
o menos.» Este _más_ o _menos_ es de una real e ingenua magnificencia.
Acostumbrado a ver las parcelas de tierra perfectamente medidas hasta el
centímetro, un europeo queda asombrado ante esas elásticas mediciones,
ante ese _más_ o _menos_ que bien puede consistir en 100 ó 500
hectáreas. «Vendo cuatro leguas en el Neuquen.» He ahí cómo los avisos
de los periódicos son los más justos y expresivos historiadores de la
Argentina.
Hasta en la manera de pedir y ofrecer empleos resultan grandes
psicólogos los avisos. No se solicita trabajo en forma humilde y
pordiosera, como en los países muy trabajados por la concurrencia. Los
avisos dicen simplemente: «Necesito obreros; tres pesos por día.»
«Jardinero experimentado, se ofrece.» No hay aquí ninguna imposición por
parte del amo ni ninguna mendicidad del lado del operario. Se
transparenta la libertad de contratarse, el ir y venir de los hombres a
lo largo de los oficios, hacia la meta hipotética de la fortuna.
Luego viene el capítulo numeroso de los avisos de subastas. A través de
esos avisos está viendo el lector la trama nacional, el ambiente de
aventura, de engaños y de audacias. Se ve pasar una multitud de
agiotistas, especuladores, locos, ilusos y temerarios. Hallazgos
inauditos, sorpresas fabulosas, negocios pingües realizados en un día.
Terrenos que se compran por la mañana a diez, y por la noche se venden a
cien. Acaso pérdidas bruscas y jugadas más que dudosas.
También nos enseñan los anuncios a conocer el espíritu nómada de estos
países improvisados, repentistas, sin cimientos en la tradición. Basta
fijarse en la sección de compras y ventas. Se venden las casas como
pudieran venderse juguetes. Se venden las casas con sus muebles, con
todos los objetos familiares. En las viejas sociedades está la familia
como pegada a la tierra y a los objetos caros. Antes de desprenderse de
un mueble, una familia europea echa mano de todos los recursos
defensivos, porque el mueble conserva el roce y el baño de la tradición.
En aquel sofá se sentaba el abuelo; aquel crucifijo oyó las oraciones de
la madre; en aquel armario se guardaban los mantones bordados y los
abanicos de nácar de la abuela. Tienen aquellos objetos aromas
espirituales. Pero en Buenos Aires los muebles son cosas sin expresión:
se compraron ayer todos juntos, y como hoy han pasado de moda, se venden
todos en montón. Nada dicen a las sumidades del alma donde se esconden
los recuerdos. Nacieron de la vanidad y la vanidad los enajena. Van,
ruedan, como los hombres, como las familias, como todo el país...
La gente vive muy aprisa y está enferma; pero no quiere morirse. Para
enfermedades indefinibles se inventan medicinas fantásticas. ¡Pobre
humanidad civilizada! Compras muy cara tu civilización. Los avisos de
los periódicos lo dicen: necesitas excitantes alcohólicos para
multiplicar la actividad del trabajo o del placer, y te hacen falta
tónicos reconstituyentes para no caer en la consunción.
La sociedad requiere el _whisky_, el vermut o el cognac para ofrecerle
al organismo una amplificación enérgica. Es preciso comer mucho, creando
una energía artificial que nos permita dilatarnos hasta todas las
solicitaciones de la ambición y de la sensualidad. Para eso se inventan
los aperitivos. Cuando éstos no bastan, se inventan las panaceas
reconstituyentes, los tónicos salvadores. Pero las panaceas
farmacéuticas no son más que livianos paliativos o donosas mentiras.
Entonces sobreviene la neurastenia, el histerismo. Los avisos lo dicen:
Las tres cuartas partes de los médicos que se anuncian en los periódicos
son especialistas de enfermedades nerviosas.
¡Enloquecer! Este es el destino de las sociedades ambiciosas, activas,
incontinentes. El progreso exige que vibremos como cuerdas tensas y que
no hallemos jamás el reposo o el término a nuestros apetitos apasionados
¡Más, más! Este es el mandato imperativo. Un algo trágico surge del
maremagnum de los avisos. Entre el júbilo de las ventas y de los
millones ofrecidos, se levanta la hostil catadura del farmacéutico
trayéndonos un frasco tonificante. Cansancio, agotamiento; he ahí el
corolario de la vida moderna. Y una locura ascendente, devastadora, que
alcanza a todos los seres humanos.
Esa tragedia moderna está hablando ahí, en las planas de los periódicos.
No hay novela, no hay historia tan íntimamente veraz y emocionante como
los avisos de un periódico. La humanidad aparece en ellos desnuda, con
el más desconcertante impudor.
XI
LAS MANSIONES Y LOS HOMBRES IMAGINARIOS
¿Qué cosa es lo real? Por el supremo valor que le damos al dinero, nos
inclinamos a respetar como la cosa más real y positiva, un Banco, por
ejemplo. Sin embargo, en Buenos Aires he perdido yo el respeto que me
merecían, como a todos los hombres pobres, los Bancos.
Junto a los Bancos de la City se reúne una multitud de escritorios y
pequeñas oficinas, de distintos tamaños, de nacionalidades diversas. Al
principio sentía yo un gran respeto por esas oficinas, adornadas con
todo el lujo de rótulos dorados, extensos cristales, tableros con
cifras y cotizaciones, ingentes armarios de hierro. También me causaban
respeto una especie de antros, a cuya puerta veía clavadas muchas,
infinitas placas de cobre con un nombre o una firma comercial. Miraba al
pasar el fondo de aquellas habitaciones, y descubría allí dentro un algo
misterioso, una suerte de esfuerzos heroicos en que estaban empeñadas
gentes audaces y patrióticas. Pero también les he perdido el respeto a
esos antros... Ahora los miro como lugares cómicos, pintorescos, nidos
de aventuras novelables.
Son unos locales espaciosos, compuestos de un patio largo al que
convergen numerosos cuartos y gabinetes; en los pisos altos se continúa
la misma distribución de habitaciones autónomas. Cada gabinete ostenta
un número, como las celdas de una cárcel o de un hospital; junto a la
puerta, una placa de porcelana o de cobre indica el apellido del dueño.
Estos dueños asumen las más variadas y antagónicas profesiones. Unos son
abogados, otros ingenieros, contratistas, rematadores de tierras,
registradores, notarios, agentes comerciales, representantes de
compañías navieras, de compañías pobladoras, de compañías de seguros;
otros negocios y profesiones suele haber que lindan con lo fantástico.
Cualquier persona que tenga el propósito de especular, pone su placa a
la puerta de un gabinete, planta una mesa y cuatro sillas, compra una
máquina de escribir y se pone a operar. ¿Sobre qué opera? Sobre nada,
sobre el vacío. Ya es una empresa de seguros, ya una sociedad de avisos,
de colonización, de cualquier cosa. En muchos de estos gabinetes se
sientan, es claro, verdaderos abogados, verdaderos comisionistas y
evidentes sociedades de colonización y de seguros; pero quienes dan
carácter a la cosa son los otros, los imaginarios, los increíbles e
inauditos.
¿Qué habrá ahí dentro?--me preguntaba yo antes.--Hay hombres serios que
trabajan y operan sobre realidades; pero una muchedumbre opera sobre
sombras y palabras. Allí dentro no hay nada, o hay cosas de apariencia y
de ilusión. Este, por ejemplo, tiene en su mesa o tiradas por los
divanes, muestras de un alambre nuevo para cercar campos; el otro
presenta unas espigas de trigo cosechadas en un campo «que se dice que
se vende y es una pichincha»; otros no presentan ni eso, como no sea una
placa con un nombre, que es un enigma.
Pero en ningún escritorio faltan planos y mapas de pueblos y territorios
lejanos. Los terrenos aparecen cortados por líneas simétricas, en forma
de parcelas cuadradas: son los terrenos, los eternos _terrenos_ que se
ofrecen a la especulación, las fichas de este gran tapete verde de la
república donde se juega a la compra y venta de fantasías.
Allí se fraguan negocios extraños. Pulula por allí una gitanería
internacional, un picarismo cosmopolita, digno de la pluma de un
Dickens. Nadie tiene allí punta ni asomo de idiota; todos son
perfectamente linces, educados en la escuela de lo maravilloso. Se ve a
un italiano asociarse con un andaluz, a un vasco con un ruso, a un
inglés con un dálmata. Unos se engañan a otros, se echan la zancadilla,
en un torneo de astucia. Esperan a los incautos y a los ilusos. Viajan
en viajes repentinos y anónimos, para volver con informes y hallazgos
recogidos tierra adentro. Tienden la red, como las arañas, y aguardan a
la presa.
Allí se fabrican reputaciones sorprendentes. Los campos secos, con
cuatro flacos novillos, pasan a convertirse en fértiles terrenos de
pasturaje. Enseñan muestras de pasto, o plantas de lino y maíz de gran
desarrollo. Con el dedo se recorren los mapas, hechos con la ciencia
aduladora de los técnicos que están en el secreto del negocio; se miden
en el mapa los terrenos y se ponderan sus perfecciones. Por aquí ha de
pasar el ferrocarril; allá se ha de fundar una colonia agrícola; por
aquel lado irá un canal de riego... Y las tierras se venden, se compran,
sin que nadie las haya visto. En ellas no hay cultivo, ni rinden ninguna
renta. No se compran por su valor esencial, sino por el valor que se
supone han de alcanzar más tarde. Como todos tienen interés en sostener
la farsa, la farsa sigue su curso. Ved un tapete inmenso, en cuya verde
superficie se reflejan las ambiciones y fantasías de tanto soñador, de
tanto aventurero.
Un ambiente así, tan recargado de especulaciones monetarias, ha tenido
que producir muchas locuras. Uno de los locos más típicos, es el que
llamo yo «creador de proyectos». Su locura no cae dentro de los límites
del manicomio; no es un demente de clínica: es simplemente un maniático,
como el enamorado, como el artista. Tiene la monomanía de los proyectos,
tiene el ideal de la fortuna, así como para el enamorado y para el
artista sus ideales se convierten en obsesión fija y constante.
El proyectista se levanta pensando en sus colosales negocios, y se
duerme con sus sueños de fortuna; pero la fortuna no se le aparece en
una forma material, sino fantástica e idealista. No quiere él la fortuna
como los hombres prácticos, para conseguir cosas y satisfacciones
reales: él desea la fortuna por la fortuna misma, ama el proyecto por el
proyecto. Algo parecido a Don Quijote, el creador de proyectos se ha
imaginado una Dulcinea, y por su bello amor vive, sueña, batalla, corre,
habla.
Le veréis en cualquier punto del centro de la ciudad. Está en los cafés,
en los «bars», en los pasillos de los teatros. Como si su excitación
cerebral no fuera suficiente, aun la aumenta con los aperitivos y
estimulantes. Bebe vermut, copa tras copa; bebe sucesivas tazas de
espeso café; ingiere a borbotones la cerveza. Borracho por su monomanía,
apenas se da cuenta de la embriaguez alcohólica. Los alcoholes no añaden
locura a su borrachera idiosincrásica, permanente.
¡Oh soñador, soñador empedernido, soñador de fantasías metálicas! El oro
de las libras esterlinas, la sedosidad de los billetes de banco, lo
envuelven en continuas sinfonías ideales. Y marcha por la vida
escuchando el sonoro retintín de las monedas, estimulado por su música
interior, enloquecido por la sarcástica excitación de su demonio íntimo.
Un loco hace cien locos. El proyectista comunica a sus semejantes su
locura, y allí donde va deja un rastro de utopías. Escoge por lo regular
las naturalezas blandas y propicias, tal como los recién desembarcados.
Entonces ocurre que el que llega, en cuanto pisa tierra, choca con el
creador de proyectos, y el hombre se pierde irremediablemente.
Desembarcar en América, en el país del oro, y tropezar con un hombre
que baraja negocios, que hila y amontona proyectos, esto es tan terrible
como caer por la boca de un abismo. Así se explica que las calles del
centro estén pobladas por una muchedumbre rara, hiperbólica,
febricitante, que manotea epilépticamente al conjuro de una idéntica
locura. Todos hablan de proyectos enormes, de ganancias monstruosas.
Sobre las mesas de los cafés, de pie ante el mostrador de un «bar», en
mitad de la calle, los proyectistas gesticulan entusiasmados, o hablan
muy bajito, misteriosamente, para que nadie les sorprenda la idea y les
malogre el descomunal negocio.
Negocios descomunales, sí; negocios estupendos. Pensar en grandes
destinos, o no pensar en nada. Unas veces se trata de crear una ciudad;
otras veces el asunto consiste en regar un desierto y valorizar las
tierras en proporciones de dos a mil; otras veces se habla de un invento
prodigioso, o de una nueva forma de reclamo, o de sociedades anónimas
con capitales inauditos. Las cifras más altas, los miles y millones de
pesos, bailan una danza extraña dentro de esas imaginaciones
espoleadas. Las demás cosas del mundo las encuentran insensibles; no
salen nunca del riñón de la ciudad, y en esas calles apasionadas y
ruidosas, ellos encuentran un placer morboso que los enajena. El
estrépito de tranvías y carros, el vocear de los chicos, los tropezones,
la continua alarma de la calle, todo eso los enardece.
Absortos en su ideal, temblando siempre ante la inminencia del éxito, su
cerebro se convierte en una colmena de ilusiones. Dentro de sus almas
hay fuegos fatuos, sombras siniestras, iluminaciones repentinas y
maravillosas. Riman cantidades, como el poeta rima bellos adjetivos.
Poetas del negocio, idealistas estrambóticos en un medio cartaginés,
ellos vienen a ser las mariposas o la flor romántica del centro de la
ciudad. Flores morbosas y enfermizas, caldeadas por la locura.
Hasta que caen lentamente en la indigencia, y se convierten en
atorrantes. O una noche cualquiera, no pudiendo sus pobres cabezas
resistir tan alta presión, revientan y se mueren.
XII
UNA FARMACIA EN LA CITY
La torre del vigía
¿Cuál es el punto más estratégico desde donde se puede vigilar mejor la
miseria humana?
Una sala de juego, un confesionario, un cálido salón de baile son
culminantes sitios de investigación, en donde el ojo despierto penetrará
como una saeta en la psicología humana. Pero existe otro lugar
ventajosamente colocado sobre el panorama del mundo, o sobre el
escenario social, punto obligado adonde afluyen los dolores del hombre y
en donde la humanidad se muestra sinceramente en toda su pobre miseria.
Este lugar de transcendente observación se halla al alcance de cualquier
espíritu curioso. Se trata simplemente de las farmacias.
El boticario es aquel para quien no existen secretos. El sabe qué
pequeños, qué endebles y cuán cobardes somos. Situado en su mostrador,
ningún esfuerzo necesita hacer para averiguar nuestras debilidades.
Desde que el día amanece hasta que la noche se cierra, todos nosotros
acudimos anhelantes donde él y le pedimos la salud, la providencial
salud para nuestra gran cobardía y nuestro estupendo miedo de morir. Y
todos nuestros vicios de lujuria, de glotonería, de sensualidad
impenitente, el boticario los conoce. Con más sinceridad todavía que al
confesor, le revelamos al boticario nuestras flaquezas. ¡Oh discreto y
tácito farmacéutico, que sabe callar tan filosóficamente y que no guarda
para nuestra miseria la menor sonrisa de desprecio!
Alguna vez me ha arrastrado a la botica un malsano instinto de
curiosidad, y allí me he complacido en asistir al desarrollo y tránsito
de los gestos, las palabras, los elocuentes detalles del público, que
acude con sus recetas y con su zozobra. Pero las farmacias guardan entre
sí una vasta relación de categorías. No todas son igualmente
entretenidas e ilustradoras. La botica de los barrios pobres, por
ejemplo, sólo nos muestra un lado de la humanidad; la pobreza, la vil
pobreza. Y cuando la pobreza se junta con la enfermedad, entonces surge
un espectáculo que nada tiene de tentador. Son otras las farmacias
sugestivas. Las situadas en los barrios ricos, ¡éstas sí que ofrecen
largo tema de experimentación! Además tienen de favorable su ausencia de
tragedia. El elemento trágico de las boticas pobres se convierte en
tragi-cómico allá en las boticas que abastecen a los ricos. Porque el
rico es un ser que teme a la muerte con un temor ridículo. Tiene miedo
hasta de la sospecha de morir. Su regalona sensualidad se crispa a la
más pequeña amenaza del dolor. Un simple dolor de cabeza le obliga a
poner en movimiento al médico, al boticario, a todas las gentes
cercanas. Y tienen razón después de todo. La muerte, para quien sufre en
vida el hambre, el frío, la servidumbre y el vilipendio, hasta puede
resultar una puerta amable de huída, de liberación; pero aquel que todo
lo posee, justo es que se disguste ante la idea de abandonar unas cosas
y unos placeres que no serán fácilmente substituíbles en otro mundo
hipotético. Por otra parte, el miserable siente al morir que tiene
derecho a una compensación; ante cualquier posible tribunal de justicia,
el pobre está en el caso de reclamar el pago de deudas atrasadas. Pero
quien lo ha tenido y gozado todo, ése, aunque no lo declare, mantiene la
sospecha de que un justo tribunal posterior le habría de cargar en
cuenta las satisfacciones anteriores. Pero esto lo dijeron ya otros
labios más competentes. «Antes entrará un camello por el agujero de una
aguja», etc.
Todavía mejor que en las boticas de los barrios acaudalados, es situarse
en aquellas otras del centro de la ciudad. Las boticas de la City son
las más instructivas, las más profundas y complejas. Media hora de
observación en una de ellas equivale a la lectura de un folletín. ¿No
queréis entrar?...
He ahí una farmacia de la City. Por lo común es extranjera y tiene
escritos en los paneles de su fachada ininteligibles rótulos alemanes,
franceses o ingleses, quizá porque al vulgo de los dolientes les presta
más confianza la farmacopea de los pueblos lejanos: no hay que olvidar
que en todo enfermo habita un supersticioso. Recorred con la vista los
anaqueles y los mostradores: están llenos de frascos, botellines,
paquetes y envoltorios, cuyas leyendas nos hablan de específicos
providenciales, omnipotentes, todopoderosos. El milagro está allí, el
soñado milagro de los enfermos. Ninguna de esas panaceas duda o vacila;
todas afirman categóricamente su virtud curadora. Son hoy lo que eran
antes los visionarios, los profetas y los elegidos de Dios; curan los
males misteriosos, reportan vigor a los decaídos, infunden fuerzas a los
desalentados. Es una repetición, en fin, de las antiguas magias. Y es
que el hombre, por más que se empeñe en disimularlo, sigue siendo el
niño grande, adorador de la fábula.
Numerosos carteles cuelgan al azar de las estanterías, de las columnas y
de las paredes. Asesorados por dibujos llamativos, esos cartelones
anuncian las virtudes múltiples y terminantes de los específicos, de las
aguas medicinales, de los ungüentos y de las hierbas. La ciencia aparece
allí convertida en un sacamuelas de plaza pública. Y se ven firmas
doctorales de médicos, que atestiguan formalmente la exactitud de cuanto
prometen los específicos. Industria, comercio, reclamo, añagazas,
grandes palabras, enormes afirmaciones, todo confundido con apotegmas
universitarios y bañado con un lustre científico.
Es un gran observatorio, de seguro. No dudéis en aprovecharlo. Desde
allí se abarca el núcleo temblante, frágil, representativo de la pobre
humanidad. Fuera, por los cristales, se ve pasar el torbellino de la
gente, esa multitud sui géneris que va y corre por el barrio de la City
con un temblor de marea turbulenta. Loca y febril, vibrante, la multitud
pasa en pos de sus gruesos ideales; el dinero, lo mismo que una estrella
celeste, le guía a través de sus fracasos y dolores; la codicia le
espolea, y un trabajo brutal, nunca satisfecho, le presta esa inquietud
trascendental y única.
Emana de esa multitud un aura de fuerza; las mismas casas obscuras y
pesadas sugieren ideas de un vigor incontrastable. Todo lo que vive y
transita por allí habla de fuerza y poderío. Los bancos llenos de
dinero--suprema significación de potencia--y los restaurantes
suculentos, así como las oficinas en donde se consagran los grandes
negocios, todo eso aporta a la imaginación sugericiones poderosas. Son,
indudablemente, cosas densas y firmes, cosas y muchedumbres vigorosas,
formidables. Sin embargo, en la botica está el secreto; allí se nos
revela el doble fondo, el reverso, la clave.
Esos mismos hombres de aspecto y ademanes fortalecidos entran en la
botica y piden humildemente un tónico. ¡Una panacea, por Dios, que nos
ayude a soportar la carga increíble de la vida! Ya está, pues, el
secreto revelado, la mentira deshecha. Por debajo de la aparente fuerza,
la humanidad transeúnte arrastra sus vísceras doloridas y rotas. Del
torbellino pujante que pasa, van desprendiéndose los individuos, entran
en las farmacias y piden el elíxir que ha de proporcionarles vigor para
seguir andando, para continuar la lucha. La ciencia les da su calor como
la mano maternal que enjuga la frente sudorosa del guerrero. Y luego,
otra vez a las filas. Otra vez y siempre, ¡hasta la definitiva etapa
final!
El arsénico, el yodo, el mercurio, la quina. Todas las substancias
revividoras se ponen a contribución. Olores acres y exóticos, gustos
ásperos, matices de color indiscernibles. Los organismos, al recibir la
inyección de esas substancias misteriosas, perciben como una sensación
de júbilo material, a la manera que el cansado corcel brinca y se
enardece cuando el acicate del impaciente amo le espolea. Brincan los
organismos, se llenan de un imprevisto vigor, y la carrera adquiere una
súbita celeridad. ¡Adelante, siempre adelante!