Toda esa multitud se aglomera, oscila, habla, ronda en un pequeño

espacio, como si todos los que la componen fuesen amigos. Nada, sin

embargo, hay de común entre ellos, como no sea la unánime sed de

placeres. Han trabajado durante el día afanosamente, sumando cifras,

combinando negocios, moviendo los resortes de la vida económica del

país. Al llegar la noche se sienten vacíos. Quieren lanzarse a

quiméricas dichas, por esa ilusión romántica de que ningún hombre se ve

libre. Se sienten vacíos. Vacíos de ternura familiar, de ideales

domésticos, de ambiciones puras o espirituales. Su ideal de trabajo y de

fortuna, su lucha por la conquista del triunfo financiero no les llena

el alma lo suficiente. Al cerrar sus libros de cuentas, al cerrar sus

oficinas, les queda un enorme vacío en el alma. Entonces acuden al

teatro, al restaurant, al _whisky_, a la cerveza, a la dama de mejillas

repintadas. Pasan las horas, se suceden los espectáculos y su vacío

continúa sin llenarse. Más allá de la media noche, todos andan rodando,

codeándose, con un no sé qué de angustia en las miradas. Algunos están

ebrios y esos son los más dichosos--tan dichosos como los que

duermen.--Y entonces, en plena calle, comienza la impudorosa cotización

del placer femenino. Pasan las féminas carnosas, grandes hembras rubias

arrancadas de las aldeas austriacas, polacas o rumanas. Se van por

parejas. Otros se alejan solos, cansados.

Los violines, mientras tanto, dejan oír sus gemidos en el fondo de los

cafés. Más de una vez he penetrado yo a beber cosas que no me apetecían,

por escuchar las voces inactuales de esas orquestas asalariadas que se

obstinan en prodigar sus sartas de ensueños ideales ante gentes

distraídas y sordas. Cuando un café, pasada la media noche, está lleno

de un público glotón o gesticulante, uno está seguro de que la música de

esa orquesta se le reserva a él solo, como un regalo gratuito y

sorprendente. Nadie hace caso de las lamentaciones del violoncelo; el

violín primero ensaya en vano sus apasionadas frases; el tecleo elegante

del piano no encuentra, de seguro, quien le atienda. Y, sin embargo,

aquellos músicos obsesos, aquellos buenos padres de familia, que han

dejado su hogar caliente y los hijitos durmiendo, todo lo olvidan ante

la divina seducción de su arte amado, y tocan ardorosa, honradamente,

como si, en efecto, les escuchase un auditorio atento. Pero nadie les

hace caso.

Entonces es agradable entrar y encender un cigarro. Envuelto en la

atmósfera de humo, en medio de aquella claridad fascinante de las cien

bombillas eléctricas, apartando, con un esfuerzo de la imaginación, la

realidad modesta de aquellos hombres que beben y gesticulan, uno puede

entonces figurarse muy bien que la orquesta ha sido traída para él, y

que los acordes de Beethoven o de Wagner se le dedican a él

exclusivamente. Y puede uno soñar con las cosas eternas, puras, lejanas;

con el cielo crepuscular de otoño, con un paisaje de primavera en la

montaña, con el mar y los bosques...

Los violines, por último, interrumpen sus gemidos. Aquel trozo de la

ciudad, de grandes focos eléctricos, de alcohol y de mejillas

empolvadas, concluye por dormirse también. Canta un gallo

imprevistamente. Una carreta madrugadora, cargada de verduras, pasa

hacia el mercado...

XV

LA NOCHE DEL SÁBADO

Ya no existen brujas; sobre el prado maldito ya no aguarda el macho

velludo y libidinoso la ofrenda de sus devotas nocturnas. Pero la noche

del sábado conserva aún no se sabe qué olor de aventura y de tragedia.

Modernamente, en nuestra edad metálica, económica y social, esa noche

representa el fin de la etapa jornalera. Es la noche en que el jornal

danza su baile tentador dentro del bolsillo proletario. La noche en que

los apetitos, sofocados durante seis días, despiertan imperiosamente.

Noche de vino y de francachela, de vómitos y de puñetazos, de cantos

obscenos y de puñaladas en la penumbra.

El arrabal, en esa noche, se despereza torpemente. Pero hay otro síntoma

de estremecimiento sabático en el centro de la ciudad, mucho más

sugerente y representativo que el arrabalesco.

Tiene Buenos Aires una encrucijada nocturna, donde se aglomera, como

milagrosamente, todo el vicio, todo el ocio, toda la incertidumbre

internacional. En el espacio de cuatro o seis manzanas se reúne un

número increíble de bares y restaurantes, de cafés y de tabernas, de

teatrillos, de cinematógrafos. Todo ese mundo vicioso, alegre,

pintarrajeado, que huele a alcohol y perfumes afrodisíacos, toda esa

turbia ola de placer nocturno halla en la noche del sábado su expresión

suprema de brillo y de grandeza. ¡Cómo no ha de existir grandeza en esa

suma de la vida moderna y en ese espumante delirio de la inmensa ciudad

que quiere, después de trabajar, morder la torpe fruta de los placeres

monetizados!

Pero esa faz de la metrópoli tiene dos muecas distintas, como el rostro

de un cómico hábil. Durante el día, las calles en cuestión toman un

aspecto honorable, normal y sensato. Abren los comercios sus

escaparates, donde se exponen cosas correctas y sin malicia alguna;

transita la gente habitual; pasan las buenas madres y las honestas

hijas; nadie se atrevería a suponer ningún ardid ni un doble fondo

cualquiera en tan correcto sitio. Los cafés y bares, las tabernas y los

tugurios parecen esfumarse a la luz meridiana. Están allí, sin embargo;

pero cautamente se ocultan, se callan, procuran pasar inadvertidos.

Llega la noche y la escena cambia de tono asombrosamente. Entonces la

decoración, las bambalinas y los personajes diurnos se desvanecen, y

entran en acción otros telones, otros actores. Los comercios honorables

han cerrado sus puertas. Y, como ciertos animalejos que reviven y

fosforean al amparo de la sombra, así también los bares y los chamizos,

los cafés y los escaparates pantagruelescos alcanzan, con la noche, un

brillo y una existencia sorprendentes. Parece aquello un efecto de

birlibirloque, el juego de un escamoteador. Las gentes son otras, las

palabras distintas, las pasiones completamente opuestas. Y entonces

queda uno asombrado ante la prodigiosa floración de tanto lugar alegre.

Los bares y los cafés se suceden en forma continua. Casi no queda

espacio para los otros comercios normales. ¿Cómo ha podido suceder?...

Pero Buenos Aires es fecundo en esta clase de sorpresas y mutaciones.

La gente circula entretanto. Sale de un teatro para meterse en un café;

sale de un café para reunirse en el fondo de otro. Beben, comen, vuelven

a beber. Trasiegan los líquidos frescos o ardientes. Cerveza a grandes

tragos, _whisky_ a pequeños sorbos. La soda burbujea en los vasos, hace

cosquillas en la garganta. A veces estalla el estampido de un corcho de

champaña. Otras veces, cuando el vértigo culmina, los licores de alta

graduación ya no se ingieren a sorbitos, sino a grandes e imprudentes

tragos. Y esa gente, como si padeciera del mal de San Vito, no se

resigna a estacionarse en un lugar; sale, entra, torna a salir en un

peregrinaje de copas recientes y ampliamente vaciadas. Y por entre la

gente pasan los cocheros, ofreciendo el maternal refugio de las

victorias para los derrotados en la porfía. Y pasan del mismo modo las

mujeres imprecisas, con sus ojos arbitrariamente agrandados, con sus

palideces o carmines de engaño o tentación.

¿Quién podría discernir y catalogar esa muchedumbre? En ella existe de

todo, como en un pedazo escogido de la humanidad. Están allí el burgués

y el estudiante, el empleado y el cultivador de tierra adentro. Están

asimismo los patoteros, los calaveras, los compadres, los buscavidas,

los vagabundos, los pilletes, los rateros, los mendigos. Se oye hablar

en infinitos idiomas. Allí se confunde el alemán de rostro encarnado con

el inglés de perfil anguloso y pipa, oliendo a higos macerados. El

capitán del barco que entró en el puerto por la mañana, y el estanciero

de la pampa remota que vino a negociar, y que por la noche enlazó una

buena comida de las ocho con una cuchipanda de las doce. Y pasan

semblantes siniestros, rápidos, que dejan en nuestro corazón una

sospecha supersticiosa, como si se nos anunciara la posibilidad de un

asesinato. Bajo las chaquetas, ciertamente, reposan, bien ocultos y bien

dispuestos, los negros revólveres.

Toda esa gente busca en la noche el premio a los afanes del día. Gente,

en su mayoría, de inmigración: horteras, empleados de las compañías

ferroviarias, oficinistas o buscadores de negocios. Mezclados con ellos

bullen los muchachotes alegres, los hijos de familia que saben tirar tan

puerilmente aquellos sesudos pesos que el padre reunió con tanta

asiduidad. Pero los laboriosos están en mayor número. Son esos que han

pasado el día sumando cifras, distribuyendo lotes o negociando con minas

lejanas y con especulaciones seductoras. Han ganado un sueldo y quieren

una compensación de placer. No se resignan a depositar la cabeza sobre

la almohada sin haber tenido antes un relampagueo de ilusión. En las

mesas de los cafés, en la atmósfera grasienta de los restaurantes, echan

a volar su fantasía entre vaguedades beodas, fumando, riendo, atisbando

las carnes rosadas de las mujeres funambulescas.

Ved ahí una síntesis de la civilización, el coronamiento del trabajo. La

civilización pide voluntades enérgicas y consecuentes, soldados de

férrea disciplina que trabajen sumisamente, sin preguntar las causas ni

los fines, tal como el buen soldado no pregunta jamás las causas ni los

fines de la guerra, sino que marcha al combate con estoica docilidad.

Los fines de la civilización, ¿quién los conoce? Los mismos generales

ignoran su interpretación. Un Rothschild o un Morgan, ellos mismos, son

capitanes que accionan mecánicamente, a impulso de un fatalismo

inexplicable, conducidos a la lucha monetaria por un deber

indiscernible. ¿Quién conoce, entonces, los hilos y los motivos de la

civilización?... Tanto valdría preguntar por el secreto de esa máxima

energía cósmica que sabemos que acciona, pero que no sabemos por qué ni

para qué.

Y esos soldados de la civilización que esgrimen plumas o rimeros de

cifras, piden, en las horas de asueto, un buen botín de sensualidades.

Se atracan, en efecto, con grosera glotonería, y a la mañana vuelven a

su puesto. Hasta que un día caen. Otro ocupa su lugar entretanto. Y

continúa la marcha ascendente de la humanidad, cada vez más rica en

máquinas, en millones, en fuerza, pero también más rica en misterios

cada vez.

La noche del sábado tiene en esas encrucijadas del centro de Buenos

Aires una vehemencia sin igual. Es incomparable, porque se resuelve en

un espacio tan corto, en tanta angostura y con elementos tan dispares.

Están muy juntos todos, y sin embargo no hay entre ellos ningún lazo de

solidaridad. Extraños unos con otros, de idioma desigual, casi hostiles,

sólo los une el propósito inicial de sus vidas: la ambición siempre, y

en la hora nocturna la sensualidad. Asoman la mirada por los cafés y ven

el espectáculo humoso, confuso, de allá dentro. Mujeres y hombres se

barajan sobre las copas de licor. Las orquestas ríen, los violines

aguzan sus notas vibrantes, los violoncelos lanzan su queja estéril, los

pianos teclean con presunción aristocrática. Y, frenéticos, dando

grandes voces, los lustradores de botas gesticulan a la puerta de sus

establecimientos. Y es un cómico cuadro el que ofrecen aquellos hombres

presurosos, aquellos lustradores vertiginosos, charolando los botines de

numerosos caballeros, como para una gran fiesta principesca que promete

empezar en seguida. No empieza nada, sin embargo... Todo acaba después,

entre bascas de vino y de tedio.

Fango quizá, tal vez grosería, vicio. Pero la noche del sábado significa

una piadosa válvula a los afanes de la semana, una pobre compensación a

tanta disciplina y asiduidad. El aquelarre de otrora se ha convertido en

esta fiesta legal, sancionada por los vigilantes que montan la guardia,

impasibles en la esquina, y alumbrada por las bombas eléctricas. Ya no

vienen las brujas a caballo sobre sus escobas; el diablo no espera ya en

forma de macho cabrío. Este es un aquelarre civilizado, menos tenebroso

y obscuro que el anterior, que tiene también su diablo... «¡Vade

retro!». Pero hasta el diablo se ha empequeñecido y familiarizado en

este siglo de las cooperativas y del sufragio universal.

Y aquí termina mi impresión de la urbe tentacular, del caótico Buenos

Aires, del núcleo dinámico más grande de Sur América. ¡Joven y ya

inmensa ciudad, como una fuerza de la Naturaleza que obedece a impulsos

fatales y cuyos fines y aspiraciones sería inútil querer explicar ni

reducir a concepto!

ÍNDICE

_Páginas_

I.--En el río Uruguay 7

II.--La Docta Córdoba 25

III.--Viaje a las Misiones Jesuíticas 37

IV.--Los Andes 64

V.--Aspectos de Montevideo 87

VI.--La tentación agraria 103

VII.--El canto de la semilla 115

VIII.--El canto del emigrante 123

IX.--Aspectos de Buenos Aires 133

X.--Psicología de los anuncios 153

XI.--Las mansiones y los hombres imaginarios 163

XII.--Una farmacia en la City 173

XIII.--Escenas marineras 185

XIV.--Buenos Aires nocturno 195

XV.--La noche del sábado 211

* * * * *

GUSTAVO GILI, Editor: Universidad, 45: Barcelona

LA AFIRMACIÓN ESPAÑOLA

Estudios sobre el pesimismo español y los nuevos tiempos

por JOSÉ M.ª SALAVERRÍA

Un volumen de 170 páginas, de 20 × 13 centímetros.

EXTRACTO DEL ÍNDICE

La afirmación como deber.--El tono negativo.--El tono

despectivo.--España frente a Europa.--La generación del 98.--La España

negra.--La superstición de Europa.--La negación sistemática.--Hacia

otras ideas.--Los negadores: intelectuales separatistas y

republicanos.--Justificación del optimismo.--De la relatividad.--El tono

moral.--España y América.--La voluntad afirmativa.--Gimnasia contra los

lugares comunes.--Fuenterrabía.--El oro, la dinámica y la hora más

propicia.

EL LIBRO DE LAS TIERRAS VÍRGENES

por RUDYARD KIPLING

Traducción directa del inglés por RAMÓN D. PERÉS

Un lujoso volumen de 504 págs., de 20 × 13 cms., con ilustraciones de

JOSÉ TRIADÓ.

* * * * *

«La grandiosa poesía del mundo natural, pocas veces ha sido interpretada

por un hombre de modo tan elevado y profundo como por Kipling.»--RAFAEL

ALTAMIRA.

«Kipling es uno de los escritores más originales de estos tiempos y su

obra considerabilísima y variada... El inmenso éxito de estos relatos

débese, sin duda, a su originalidad...»--LA LECTURA.

* * * * *

GUSTAVO GILI, Editor: Universidad, 45: Barcelona

COLECCIÓN SELECTA INTERNACIONAL

_VOLÚMENES PUBLICADOS_

PABLO BOURGET.--=El sentido de la muerte.= Novela.

» » --=Lazarina.= Novela.

RAMÓN D. PERÉS.--=La madre tierra.= Poema.

JEROME K. JEROME.--=Las divagaciones de un haragán.= =Libro para los

días de asueto y de pereza.=

ENRIQUE BORDEAUX.--=El ídolo roto.= =La casa maldita.= =La muchacha de

los pájaros.= =La visionaria.= =Novelas.=

A. DE CHATEAUBRIANT.--=El señor de Lourdines.= =Novela.=

A. RUIZ PABLO.--=Las metamorfosis de un erudito.= =Novela.=

RENATO BAZIN.--=El ánade azul.= Novela.

» » --=La alquería de Champdolent.=

Novela.

J. ORTEGA MUNILLA.--=La Señorita de la Cisniega.= Novela.

H. G. WELLS.--=Bealby.= Novela.

OTRAS PUBLICACIONES

R. H. BENSON.--=El amo del mundo.= Novela.

» » » --=Alba triunfante.= Novela.

» » » --=La tragedia de la Reina.= Novela.

ENRIQUE TOMASICH.--=Agua pasada.= Narraciones.

RUDYARD KIPLING.--=El libro de las tierras vírgenes.=

ENRIQUE BORDEAUX.--=Noviazgo de prueba.= Novela.

Paisajes Argentinos · 第 8 / 8 段