brotan mares de espigas. Anegarse en el oro del trigo cosechado. Sentir
que la tierra produce sin esfuerzo, y que al tiempo de cosechar llega la
fortuna repentinamente. Tender la mirada hasta el horizonte y ver que
todo aquel océano de espigas maduras nos lo regala el destino. Sentirse
fuerte y pletórico, como nadando en abundancias consecutivas y sin
fin...
El placer de los rebaños ascendentes, prolíficos; los rebaños que se
hinchan, se agigantan, como en las leyendas bíblicas; los rebaños más
numerosos que las arenas de la mar. La reproducción fastuosa, el
crecimiento inaudito. Las ovejas que se multiplican en cifras de
millares; el novillo que se convierte en multitudes de toros bramadores.
Toda la llanura cubierta de vida y de abundancia. ¡Marchemos,
compañeros, a conquistar esa tierra de promisión!
Nosotros también, como las espigas y los ganados, nos multiplicaremos.
Pequeños somos, es verdad, y pobres; pero nuestra semilla humana
fructificará en cosechas de muchedumbres futuras. De nuestra raíz
ambiciosa y viril nacerá el pueblo venidero. La llanura se cubrirá con
los hijos de nuestra sangre, y ese pueblo futuro se hinchará, se
agrandará gigantescamente, como las arenas del mar. Y así tendrá el
mundo una reserva de nuevas y juveniles probabilidades. Cuando los
continentes viejos no produzcan más que flores fatigadas, los hijos de
nuestra sangre ofrecerán a la humanidad sus energías ingenuas, su
entusiasmo y su optimismo.
Sea bendito el fruto de nuestro trabajo. Y mil veces bendito sea el
fruto de nuestra sangre, el hijo de nuestro ser. Que la Fortuna lo
adopte y lo cuide celosamente, para que se convierta en una fuerte
realidad; para que no se malogre en vanas tentativas; para que no le
arrastre el demonio de la estúpida soberbia, o el otro demonio de la
frivolidad, o aquel otro demonio que se llama sensualismo. ¡Que la
Fortuna adopte al hijo de nuestra sangre, para que sea una realidad de
fuerza, de pensamiento y de idealismo!
IX
ASPECTOS DE BUENOS AIRES
Carencia de viejos
Deseo hacer partícipe al lector de una de mis habituales preocupaciones:
¿Dónde están los viejos porteños? ¿Hay ancianos en Buenos Aires? Y si
existen viejecitos en esta turbulenta ciudad, ¿en qué rincones
misteriosos se ocultan?
El interés de algunas ciudades estriba nada más que en el número y la
exhibición de sus ancianos. Los viejecitos de esas ciudades,
generalmente tranquilas, suelen tener sus plazas y paseos exclusivos,
adonde acuden los días de buen sol, si es invierno, o en las mañanas
frescas del estío. Se les ve también en las puertas de las casas,
mirando beatíficamente el transcurso de las cosas callejeras, o formando
grupos en los bancos de los paseos, para comentar los sucesos de hace
medio siglo.
Estos viejos acartonados no existen en Buenos Aires. Naturalmente que
sería demasiada exigencia pedir que en el vértigo de la City se pasearan
con su pasito breve los sobrevivientes del tiempo de Rosas. Las ciudades
agitadas suelen excluir de su centro vital a todas las personas débiles;
pero en los remansos tranquilos, en los paseos centrales de París, por
ejemplo, es frecuente encontrar a los pulcros ancianos de vestimenta
anticuada y con la roseta, a veces, de una honorable condecoración.
Yo he indagado en los paseos de Buenos Aires, y no he visto en ellos más
que niños, transeúntes melancólicos y atorrantes. ¿Es que no hay viejos
en Buenos Aires? Acaso no existan, en efecto, o cuando menos no forman
multitud. Desde luego puede asegurarse que no existe esa clase de
ancianos vegetativos, ambulantes, acartonados, de aquellos que parecen
conservarse por virtud de un ambiente particular.
A muchos podrá parecerles este dato desconsolador. Pero si miramos al
fondo del problema, fácil nos será advertir que la vejez acartonada, la
vejez estacionaria y vegetativa, no siempre señala un grado distinguido
de vitalidad. Al contrario, los casos de vejez excesiva son patrimonio
de los países estacionarios, en que la existencia carece de energía y de
ardor. Los viejos centenarios, según dicen las estadísticas, están en
mayor número en los pueblos pobres y poco fecundos. Allí se llega a la
longevidad por ausencia de gasto: es un efecto de economía que entra de
lleno en la sordidez. A fuerza de escatimar la acción, la vida se
prolonga; pero esa clase de vida, si vida puede llamársele, no merece
ser envidiada.
Mientras que en los pueblos activos, el hombre vive plenamente, sin
reservarse; se abandona al remolino del azar, y pone todo su tesoro
vital en la contienda. No se resguarda sórdidamente. Sus nervios, sus
músculos, sus órganos fundamentales, su cerebro, su imaginación, todo
lo lanza a la vida. Cincuenta años de brega significan una larga
historia de emociones. Vive, pero vive plenamente, con todo su ser,
robustamente, intensamente. Negocia su existencia a un plazo corto;
cuando el plazo ha vencido, sus órganos están destrozados. La muerte,
inexorable cobrador, llega a hacer efectiva la letra. Y todo acaba. Y
otro acude en seguida a ocupar el puesto...
Faltan gatos
Otra particularidad muy curiosa de Buenos Aires, es que mantiene muy
pocos gatos. Si se pudiera hacer una estadística de tales mamíferos,
quedaríamos sorprendidos ante la cortedad de las cifras.
En muchos países se considera al gato como una entidad adherente,
indispensable, necesaria a la familia. El gato viene a ser así algo como
el fogón, como el lecho, como la cuna, como la olla. Una familia sin
gato, en esos pueblos a que me refiero, equivale a una familia trunca e
incompleta. Cuando la familia cambia de lugar, el gato sigue el éxodo
fielmente. Si la familia es pobre y ha sido desahuciada, el gato, sobre
el ajuar miserable, aguanta estoicamente el revés de la fortuna. Y el
gato se encarga de soportar el irascible humor de la familia, cuando la
familia sufre, o recibe los mimos suaves cuando la familia goza. Unas
veces puntapiés, otras veces sobaduras tiernas en el lomo, el gato lo
soporta y lo acepta todo, con aquella cauta filosofía que tanto le
distingue. Y se le ve en lo alto de los muebles, limpio y sedoso,
adornado el cuello con una cinta roja; o junto al fogón mugriento, al
calor de las brasas familiares. Algunas madres frustradas adoptan al
gato como a hijo, prodigándole las más dulces afecciones. Y por la
noche, sobre todo en las noches de luna invernal, los tejados suelen
convertirse en escenarios de amorosas tragedias; los mahidos de los
gatos llenan con su música supersticiosa la calma nocturna.
En Buenos Aires se ven muy pocos gatos. Hay numerosas familias que
desconocen al gato, que no lo han tenido nunca en sus casas. Esto
parecería absurdo a muchas personas de otros países. ¿Por qué se ven
pocos gatos en Buenos Aires? Es que les falta ternura a las familias
porteñas? O es que no existen ratones?
La explicación de este fenómeno debe de estar en una de las principales
características bonaerenses, o sea en la accidentalidad y nomadismo de
los hogares. Las familias se organizan demasiado bruscamente: en tal
caso, muchas cosas del hogar necesitan padecer el defecto de la
improvisación. Dos extranjeros, llegados de opuestas zonas, se
encuentran, se aman, contraen matrimonio. Son dos «déracinés», como
dicen los franceses. Al unirse, cada uno de los cónyuges hace omisión de
sus hábitos tradicionales. Recuerdan que en su casa de la patria remota
había un retrato del abuelo, unas cortinas que bordó la madre en su
mocedad, un sofá donde murió el padre, un gato viejo y maniático... Pero
todo esto ha quedado allá lejos, interrumpido, roto, sin continuidad,
como un primer tomo de una novela. Al formar familia, instintivamente
enuncian el propósito de «empezar de nuevo». Empiezan, efectivamente,
una vida, una cuenta nueva. Todo en ellos es nuevo, sin tradición y sin
compromisos anteriores. Compran los muebles, los utensilios juntos, de
una vez. No heredan nada de nadie. El hogar es un conglomerado de cosas
anónimas adquiridas en los bazares. ¿Cómo podrían acordarse del gato? El
gato presupone historia y tradición familiares. No habiendo historia ni
compromisos con los manes de los antepasados, el gato no tiene razón de
ser ni de existir. Es verdad que caza ratones, y esa utilidad de sus
garras podría sincerar su existencia; pero la química con sus polvos
venenosos, la ferretería con sus cepos automáticos, superan a las uñas
gatunas. La permanencia del gato no se debe a la utilidad. El gato, en
la familia civilizada, tiene un sentido más íntimo, más filosófico, y de
esencia más oculta.
Los escaparates
Pocas ciudades aventajan a Buenos Aires en el lujo de sus comercios. Es
un lujo imaginario muchas veces, un derroche de luz y de maniquíes, una
fantasía de exhibiciones. Los escaparates porteños resultan una
verdadera fiesta de adornos, de prodigalidad, y con frecuencia también
de buen gusto.
Pero los escaparates, como todas las cosas, hasta las más vulgares,
tienen su psicología particular. Repasando uno a uno los escaparates
bonaerenses, es posible averiguar los vicios, las características
morales, las pasiones de los habitantes. Observad, verbigracia, los
comercios destinados a vender objetos comestibles, y descubriréis una
nota original del carácter argentino: su escasa glotonería. Pero
observad inmediatamente los escaparates de las tiendas de lujo, y
conoceréis el prurito de ostentación que ocupa el mayor espacio del alma
argentina.
Los escaparates de los almacenes y reposterías no están en Buenos Aires
a la altura de su prestigio. Hay muchos bares, restaurantes,
confiterías; pero esa profusión de lugares donde se come y bebe no
significa, a lo más, otra cosa que abundancia de dinero. Falta, en
cambio, el esmero de las muestras, falta la tentación de las golosinas
expuestas con ánimo de sobornar la gula del transeúnte. Esto indica que
el argentino no es glotón. Mejor dicho, no es vicioso del comer. Sus
antepasados, agarrándose al churrasco, al mate y a la galleta dura,
soportaban las empresas heroicas de la llanura. El puchero, que aun se
mantiene en vigor dentro de respetables familias, habla mejor que nada,
con su simplismo culinario, de la sobriedad platense.
Pero los escaparates de las tiendas de modas, adornos, bisutería, están
hablando por su parte de la condición exhibitoria y fastuosa que llena
el alma de los argentinos, así como de los seudoargentinos. Los
comerciantes lo saben muy bien; las vitrinas de sus tiendas relumbran
ante la mirada de las pobres mujeres fascinadas, y ante el ojo codicioso
de los hombres. Gustan el charol, la seda, los encajes, las colas, las
joyas, las plumas. Todo lo que concierne a la vanidad.
El horror a lo antiguo
Las casas viejas de Buenos Aires se van. Quedan muy pocas, y las pocas
que quedan desaparecen con singular rapidez.
La muerte de las cosas familiares origina en todas partes un sentimiento
de melancolía; cuando esas cosas, además de familiares, tienen un valor
artístico, todavía la melancolía es mucho más acentuada y universal.
Pero en Buenos Aires, por no se sabe qué fenómeno de psicología, todo
eso no levanta la menor emoción. Caen las casas, se derriba lo viejo,
huye lo familiar y lo histórico, y el alma pública sigue tan fría, como
si esos objetos no la afectasen en nada. Se diría que la ciudad está
poblada toda ella por gentes nuevas y adventicias, para quienes lo de
ayer carece de sentido. Sus almas se diría que no guardan contacto ni
continuidad con las almas antepasadas. Se diría una ciudad sin
historia, sobre todo sin abolengo, cuya tradición comienza desde ayer
mismo, todavía más: desde hoy...
Lo característico de Buenos Aires, y también de la vasta región que
sigue sus inspiraciones, es una especie de horror hacia lo viejo.
Repugnancia por la pátina,--he ahí lo que singulariza a la moderna
sociedad argentina. Las casas todas son nuevas; cuando la pesadumbre de
diez, veinte años, empieza a barnizarlas con el matiz inapreciable del
tiempo, entonces se las derriba y se construye otras nuevecitas y
flamantes. Los muebles tienen que ser nuevos también, para que los
salones de una casa ofrezcan el aspecto de haber sido amueblados el día
anterior por la tarde. Nada de antigüedad.
Los países europeos sienten gusto de estimar las cosas, no por su
novedad, sino por sus anos; aquellas gentes entienden que una familia
será tanto más noble, cuanto más generaciones pueda contar, y que los
muebles, las casas, las joyas y los trajes ganan en nobleza con el
tiempo. Se piensa allí que lo noble no es lo de hoy, porque toda
nobleza heráldica o intelectual, necesita ser contrastada y discernida
por los años, por los siglos. Se piensa allí además que la pátina es el
secreto de la estética, puesto que un hermoso palacio recién construído,
con sus piedras blancas y virginales, está recordando con exceso al
albañil y al maestro cantero; parece haber salido de un taller, limpio,
brillante, con la firma del arquitecto bien visible y las huellas de las
manos del herrero en las verjas del parque. Mientras que, al contrario,
un simple torreón viejo devorado por la yedra, ofrece, gracias a su
adusta vejez y a su anónima factura, un efecto extraño de belleza. Es
como si el torreón ese hubiera surgido hecho de la misma tierra, o como
si toda una época, toda una civilización, hubiesen tomado parte en su
obra. Del mismo modo se entiende, en esos países europeos, que el
mármol, el marfil y el bronce ganan con el tiempo, así como las buenas y
legítimas joyas, y que careciendo de pátina, el cristo de marfil y la
estatuita de bronce, recuerdan demasiado al bazar de «objetos
artísticos» en donde fueron comprados.
En los objetos del culto cristiano se advierte el mismo afán de
pulcritud, la misma tendencia hacia lo bonito de los criollos. Los
extranjeros que llegan de países seculares quedan sorprendidos ante el
efecto, casi negativo, que ocasionan esos templos barnizados,
desprovistos de penumbra y de ha grave austeridad que debe tener una
casa de oración. Una catedral gótica, con sus sepulcros de mármol
mohoso, sus altares un poco descoloridos y sus imágenes algo
desportilladas, sería recibida en Buenos Aires con un mohín de
repugnancia. Inmediatamente abrirían ventanas en los muros, para que las
naves sombrías adquirieran luz, y los santos y los altares, las piedras
consumidas por el roce de los siglos, todo eso que habla al espíritu
religioso de una manera tan profunda, sería reformado, pulido,
barnizado, puesto a tono con la general corrección mundana.
Tampoco se muestra la gente muy apegada a desempolvar recuerdos
históricos de larga fecha. Todo cuanto se refiere a un siglo pertenece a
la «edad antigua». La historia propiamente dicha comienza en la
revolución de 1810; lo anterior a esa fecha corresponde a la
prehistoria. Se sospecha que antes de ese año culminante de la
revolución hubo hombres, quizá comerciantes, acaso artesanos: pero todo
aparece borroso y vago, como podría aparecer a los ojos de un francés la
vida de los galos prelatinos. No se quiere ahondar demasiado en los
prolegómenos de la nacionalidad. En rigor, aquellos siglos preliminares
en que se formaban la raza y el carácter merecen poca simpatía; es como
si se tratara de cosas y personas extrañas, sin contacto con las cosas y
personas actuales. Y, sin embargo, los pueblos tienen mucha semejanza
con los vinos. Los buenos cosecheros preparan en un principio sus cubas,
maceran los caldos, hasta que el recipiente se empapa y satura de esa
que, castizamente, se llama «solera». Aunque el vino primitivo vaya
enajenándose, las nuevas aportaciones se saturan del sabor originario,
gracias a la poderosa virtud de la solera, y las nuevas cosechas, en
infinitos años, conservan siempre el sabor y el tono de la elaboración
primera. Los pueblos, asimismo, por muchas importaciones y renovaciones
que sufran, guardan siempre la modalidad, enérgica, definitiva, que
adquirieron en su formación. Por eso, con todas las aportaciones
exóticas y multiformes que caen diariamente en la Argentina, la
modalidad auténtica, la que se formó en los primeros tiempos de la
colonia, se mantiene viva siempre.
Pero el tiempo pasará, y todo lo que ahora es heteróclito y renovado irá
consolidándose. Las fortunas se harán cada vez más tradicionales. Las
familias contarán entonces con un abolengo de varias generaciones. Y
nacerá, si no ha nacido ya en pequeña escala y tímidamente, el amor y el
culto por los antepasados.
Cuando llegue ese momento, los argentinos lamentarán la irrespetuosa
manía de destrucción de sus antepasados. Modestas, frágiles y sencillas
como eran, sin embargo, aquellas mansiones viejas habían guardado el
aliento de los abuelos, en su ámbito se desenvolvieron las vidas
antepasadas, y de ellas surgió el molde de la nacionalidad.
La marea humana
Todos sabemos que una ciudad guarda mucho parecido con el cuerpo humano:
tiene un órgano vital, de donde fluye y se esparce la energía dinámica.
El corazón es la urna que contiene el tesoro bullente de la vida humana;
las ciudades poseen también su corazón.
El palpitante corazón de Buenos Aires se llama la City. Suprimid ese
barrio vital, y la población no tendrá ninguna razón de ser; paralizad
el movimiento febril de la City, y la ciudad habrá quedado inmóvil,
yerta, como un hombre presa de un síncope.
Una de las cualidades de Buenos Aires que merece mayor aprecio, es su
franqueza. Buenos Aires no engaña a nadie. Al extranjero que desembarca
en los muelles, le ofrece como primer espectáculo el de la City, con sus
bancos y oficinas de negocio. Hace, como si dijéramos, sonar un saquito
de monedas al oído del inmigrante, para convencerle desde luego que en
esa tierra de promisión no encontrará más que tópicos monetarios.
Otras poblaciones suelen ser hipócritas o convencionales. Presentan al
viajero las severas fachadas de sus Universidades, liceos y pinacotecas,
con la intención de aparentar una vida de divagaciones mentales. Pero
Buenos Aires, mucho más sincero, pone en primer lugar sus Bancos y
oficinas mercantiles. Así logra encadenar al hombre ambicioso,
inyectándole desde el momento que desembarca el virus de la codicia. Una
codicia franca y leal, libre de simulaciones.
La City propiamente dicha es pequeña: comprende cuando más una
superficie de un kilómetro cuadrado. En ese espacio de terreno tan corto
se encuentra lo más vigoroso y potente de la ciudad: los Bancos, la
Bolsa, las agencias de navegación, los grandes remates, las oficinas de
tierras y de seguros. Lo más vivo, todo cuanto significa fuerza
financiera, está comprendido en esas calles privilegiadas.
Pero la City, a pesar de ser el corazón de la metrópoli, tiene aspectos
tan distintos, que parece una ciudad extraña, un pueblo extranjero
incrustado en la urbe criolla. El americanismo novelesco evoca en la
imaginación formas ligeras e indolentes, colores claros y pintorescos.
La City no es americana en ese sentido. Es de un americanismo yanqui;
negra, fea y agria. La angostura de sus calles hace que los tranvías,
los carruajes y las personas vayan disputando entre sí y eludiéndose a
trompicones. Uno piensa con terror que camina por la calle de milagro, y
se llega a creer firmemente en una providencia vigilante.
Y el ruido. No se parece al ruido disciplinado de algunas avenidas
europeas, donde el paso simétrico de cuatro filas de vehículos recuerda
a un ejército en marcha, a un torrente majestuoso. En la angostura de la
City bonaerense, el ruido es desordenado, agudo, irritante. Los
tranvías, rozando las aceras, arrojan al oído del transeunte sus latidos
metálicos que crispan; los carros se enredan; riñen los conductores, se
apostrofan y amenazan con los puños cerrados. Los nervios vibran. Y
pasan rápidos los caminantes, empujándose, pisándose, obsesos en su
única y común preocupación.
Sin embargo de su fealdad y su acritud, ¡qué emocionante es la City!
Nada hay en Buenos Aires que me produzca una impresión tan enérgica,
como un paseo por ese barrio cartaginés. Siento en sus calles como la
brutal caricia de una ráfaga huracanada. Me acuerdo del Océano, de la
tempestad, de los precipicios torrenciales, de todas las cosas
primitivas y fuertes que acatan el imperio de la fatalidad. En esas
calles tumultuosas recibo un aliento de sana y trascendental barbarie.
Me olvido de las exquisiteces decadentistas, de las neurosis afeminadas,
de los remudamientos intelectuales. La muchedumbre me rodea, me traga, y
yo me veo arrastrado como por un torrente. Olvido y disculpo los
encontronazos de los hombres, los atropellos de los carruajes; sobre mi
naturaleza de hombre de gabinete, aquella marea oceánica ensaya sus
golpes y ultrajes más imponentes.
Bárbaro y violento, todo aquello tiene para mí un sabor nuevo, extraño,
excitante. Las caras rojas de los negociantes, la falta de educación y
compostura, los ademanes bruscos, eso apenas roza mi sensibilidad. Todo
lo brutal que allí reside, yo lo disculpo. La ola total me agarra, me
lleva, me infunde vigor, como un gran trago de _whisky_. Siento que me
asalta entonces la borrachera de aquella multitud encandilada, y el
entusiasmo del ambiente se me introduce en la tímida alma
intelectual...
X
PSICOLOGÍA DE LOS ANUNCIOS
Antes de visitar la República Argentina conocía yo varias de sus
intimidades. La lección previa me la habían dado sus periódicos, grandes
como océanos. Pero no aprendí a conocer esas interioridades en las
columnas periodísticas, en sus artículos políticos ni en sus reseñas
sociales o policíacas. Mi curiosidad bebía en unas fuentes humildes y
despreciadas: en las planas de anuncios.
Cada pueblo tiene su fisonomía; tienen también las planas de avisos de
sus periódicos un tono diferenciado. ¿Para qué buscar los datos en las
planas principales de las hojas cotidianas? La verdad y el rasgo
característico suelen estar allí casi siempre velados o atenuados. La
civilización, obligándonos al uso del guante, quiere también que
enguantemos nuestras ideas y emociones. Se escribe discretamente,
envolviendo en eufemismos los pensamientos, poniendo sordina a la
indignación y evitando los grandes ademanes. En cambio, quién es capaz
de contener las exclamaciones rudas y sinceras de los anuncios? Los
artículos pasan por el tamiz del director o del propietario, mientras
que los anuncios llegan directamente de la calle y pasan a la imprenta.
Pagan religiosamente su inserción, y en tal sentido se sienten con el
derecho de decir la verdad.
La grosería de lo demasiado sincero es una de sus peculiaridades. Están
ahí todos los días, revueltos y amontonados, gesticuladores. Nos hacen
muecas raras y altisonantes, para que nos fijemos en ellos. Como los
sacamuelas de las plazas, como los apóstoles de las sesenta religiones
que actúan dominicalmente en los jardines de Boston o de Cincinati, esos
avisos cotidianos se esfuerzan por atraernos. Si uno grita, otro grita
más fuerte. Recurren a todos los arbitrios de notoriedad, y emplean en
ello un ingenio sutil y estrambótico. Nos ofrecen todo, nos regalan
todas las delicias, con tal de que les hagamos caso. Brindan la salud,
la fortuna, la felicidad... Pero tan grotescos y charlatanes como son,
en los anuncios está la raíz psicológica de un pueblo.
Más adelante, cuando una sociedad venidera intente reconstruir la
historia prolija de nuestra época atormentada, necesitará recurrir a
planes de comprobación muy delicados, y apartar la hojarasca de los
datos numerosos y confusos. Ningún dato mejor que los anuncios. Las
sociedades futuras observarán, por ejemplo, que el mayor número de
avisos está formado de dos temas: la oferta de específicos medicinales y
la invitación de medios para adquirir fortuna. Con lo que deducirán que
nuestra época padece dos enfermedades distintas y una dolencia
verdadera: intemperancia.