Esta temeridad o inconsciencia, acompañada del valor, no es una cosa

antipática, sino al contrario. La temeridad presta a la vida americana

un tono ágil, vigoroso y alegre. Más que negociar, se juega. Del fondo

de este juego continuo surge una aura de esperanza y optimismo. Porque

todos se ven con derecho a jugar, y todos juegan. La especulación

alcanza a los más ínfimos y a los más altos. El médico que ahorra cinco

mil pesos, compra tierras y las vende luego; el artista construye una

casa y la enajena por el doble de su costo; el humilde limpiabotas acude

a un remate, compra, vende, juega al alza y baja. El hombre más

espiritual, aquel que en Europa no soñaría nunca con adulterar su vida

de ensueño y meditación, se entrega él también a la vorágine de la

compra y venta. ¡Cuántos deliciosos poetas habrán fracasado en la

Argentina por haber substituido el ritmo del oro por el ritmo del

verso!

Saliendo en tren de Buenos Aires, cualquiera que sea la línea, el

viajero caminará todo el día sin haber salido del mismo paisaje. La

unidad topográfica de la mayor parte de la república es uno de sus

principales caracteres. Llanura, siempre llanura. El extranjero se

siente al principio deprimido por esa falta de variedad panorámica, y si

se le pregunta por la belleza del país, confesará que el país tiene bien

poca hermosura. La extensión de la planicie fatiga, con la fatiga del

océano. Todo se presenta dotado de abrumadora extensión. Cuando la

llanura se interrumpe, surge un río también extenso, uniforme,

fatigador. El ánimo siente angustia delante de tanta inmensidad, la

angustia que nos invade ante el vacío.

Pero más tarde el europeo encuentra una sensación nueva dentro de esa

llanura argentina. La necesidad de lo íntimo se pierde, dando paso a un

sentimiento extraño. Este sentimiento debe parecerse al que sentirá el

marino, cuando su barco, en mitad del Atlántico, vuela al ímpetu del

viento. Ese sentimiento se llama «libertad». En el centro de la llanura,

el hombre, después que ha sabido matar la angustia de lo interminable,

siente la impresión nueva, radiante, juvenil, de la alta mar. Se ve solo

en la inmensidad. Sabe que su esfuerzo es la única ayuda que le sirve en

la lucha con los elementos. Conoce entonces el placer que debió gozar

Robinson, cuando se vió dueño de la naturaleza. La sensación del propio

y absoluto mérito hincha todos los músculos físicos y morales del hombre

abandonado a su propia iniciativa. Y la libertad, la deseable libertad,

le llena el alma de indecible alegría. El cielo claro, la tierra

infinita, todo le habla al espíritu de libertad. Entonces se olvida de

los paisajes antiguos, de las bellezas que tanto amaba; concibe otra

clase de belleza, dentro de la simplicidad de la llanura: conoce la

belleza moral de esa llanura inextinguible...

Ahora le pido licencia al lector para revelarle un secreto.

Asomado a la ventanilla del tren, miraba yo una extensión muy grande de

trigo. Estaba aquel trigo tan lozano, que los ojos no se cansaban de

verlo. Recordé todos los trigales contemplados por mí en el curso de la

vida: las pequeñas y modestísimas parcelas del país cantábrico, las

mieses de Castilla, los perfectos y casi académicos sembrados del

interior de Francia.

Comparaba aquellos recuerdos con la realidad actual, y sacaba yo en

consecuencia que estos extensos trigales superaban en magnitud a todos

los vistos anteriormente. Los sembrados del país cantábrico eran, sin

duda, más amables, porque su pequeñez surgía de entre setos frondosos,

de entre rientes praderías, en forma que el oro del trigo parecía estar

guardado primorosamente en el fondo de almohadillas felpudas y verdes.

Los trigales de Castilla aparentaban tener, cuando mi imaginación los

evocaba, un valor histórico, más bien legendario; no es posible asistir

al espectáculo de la llanura castellana sin que se levanten las imágenes

del Romancero, el paso de las mesnadas del Cid, el relumbrar de los

hierros marciales y antiguos: el blanco y sabroso pan de Castilla parece

que nutre al mismo tiempo nuestro estómago y nuestra fantasía. Los

trigos de Francia tienen a su favor la intensidad y la sabiduría; son

campos regulares de líneas precisas, de conjunto armónico e impecable;

los bordes del sembrado tienen una corrección clásica; indudablemente,

en esos trigales intensos e inteligentes se descubre el alma ordenada de

Francia, todo medida, todo corrección y disciplinada inteligencia.

Después de repasar mis recuerdos hundía la mirada en los trigos que

corrían delante del tren, y me parecían los más grandes, los más

«fastuosos». Podían ser otros más intensos y más científicos, pero estos

de aquí poseían la virtud de lo inmenso. Quizá incorrectos, tal vez

desordenados, pero inmensos y fastuosos. Entre los trigales argentinos y

los europeos, había la diferencia de un parque urbano a una selva

tropical.

Si los bosques, los ríos, las cataratas, las cordilleras y las llanuras

de América se distinguen por su grandeza, las formas que adoptase la

agricultura debían ser también gigantescas. Pero he hallado la palabra

conveniente: los trigales argentinos se me figuran gigantescos.

Y entonces--aquí está el secreto que anunciaba--me asaltó una idea

súbita. ¿Por qué no había yo de convertirme en agricultor?...

Todos los que seamos un poco sentimentales, y especialmente aquellos que

sufren la tiranía aniquilante de la ciudad, hemos suspirado alguna vez

por el ideal de Horacio: tener un huerto, un jardín, una casa pacífica

en la ladera de un collado. Pero este ideal guarda relación con la

literatura; es un programa literario-filosófico, en que la labranza es

lo de menos, en que lo importante sería el ocio aristocrático dentro de

un marco sereno. No era esta tentación la que yo sentí. Era una

tentación nueva, un impulso de hombre primitivo, un deseo puramente

labrador. La tentación me sugería ideas nuevas que me sorprendían. No

ambicionaba el huerto horaciano, para descansar de mis trabajos y

lecturas; deseaba el campo abierto, para cansarme allí, pero con un

cansancio corporal, cansancio de músculos, de sudor, de callos.

Convertirme en _chacarero_.

El concepto masculino de la agricultura se me introdujo en la mente, y

comprendí de pronto la infinita hermosura de una vida agraria en esa

gigantesca llanura platense. Todas estas especulaciones mentales con que

distraemos nuestras horas, ¿no serán un poco femeninas? Lo viril, lo

masculino, es el trabajo muscular sobre la tierra; lo noble es el

esfuerzo que va de nuestra voluntad a la tierra, en un viaje de simpatía

amorosa que tiene por fin la concepción.

Olvidé el huerto horaciano, excesivamente intelectual; olvidé la afición

bucólica del siglo XVIII, motivo, cuando más, para decorar tapices.

Estas manos ¿por qué han de rehuir la herramienta áspera? A un lado la

agricultura simple; ésa es la noble. Llenarse de honrados callos. Sentir

la aspereza de la tierra sobre la piel. Hundir los pies en el barro.

Ofrecer el rostro a los latigazos del viento. Soportar con firmeza las

caricias brutales del sol. Empaparse en las aguas torrenciales del

cielo. Contemplar sin pavor la brusca tormenta y el fulgor del rayo.

Cabalgar. Dominar potros reacios, imponiéndoles el imperio de las

piernas contraídas y del freno tenso. Levantarse cuando en el cielo se

apagan las lámparas nocturnas. Tenderse en la cama dura con un espasmo

de placer, todos los músculos cansados como piedras. Dormir sin sueños,

al modo de los niños, inocentemente. No hacerle ascos a ninguna comida.

Comer de pie, a grandes bocados, y sentir que los manjares se resuelven

en sangre y en alegría. Olvidarse de las dispepsias sedentarias, de las

jaquecas afeminadas, de los achaques poco varoniles. Y luego convencerse

de la eficacia de las propias aptitudes para dirigir la siembra, para

conocer el punto de madurez de las plantas, para recolectar a tiempo y

con habilidad. Correr, gritar a las peonadas, disciplinar las fuerzas de

los hombres y las bestias, revelarse dueño ante los subordinados, y

después beber con ellos a su salud...

La tentación agraria no se ofrece sólo en el campo; se ofrece lo mismo

en las ciudades. Sobre la sociedad argentina se levanta invariablemente

la eterna conversación: la cosecha. El campo está allí siempre de moda.

Y como adondequiera que uno vaya, así sea el perfumado gabinete de una

señorita, se encuentra con el tópico de la cosecha, termina uno por

preocuparse seriamente de los trigos y del maíz. En otros países podrá

ser la agricultura una ocupación ordinaria y plebeya; en la Argentina es

la ocupación aristocrática por excelencia. Una fortuna no se considera

respetable si no cuenta con ricos campos de cultivo; hablarle del maíz a

una señorita no es en Buenos Aires ninguna impertinencia, como lo sería

en París o Viena.

Luego viene otro agente de tentación: el reclamo periodístico. Abriendo

un gran diario nos encontramos con hojas enteras destinadas a anunciar

las ventas de campos; ahí aparecen en fotografía las «chacras», o salen

grabados los mapas, con sus ríos, pueblos y heredades. Y el reclamo de

esas ventas y remates adopta un calor, un apasionamiento tan grande, que

el hombre más frío se siente arrastrado por la pasión.

¡Los campos de tal punto son inmejorables!--gritan los anuncios.

¡Compren los campos de riego! ¡No descuiden sus negocios, y compren

tierras! ¡Las tierras son fortuna! ¡El porvenir está en nuestras

tierras!...

Carteles por las calles, anunciando remates. Carteles en las estaciones

de ferrocarril, y un ejército de agentes que ponderan de mil modos las

ventajas agrícolas. Se advierte, en fin, tal entusiasmo por la

agricultura, que uno termina por sugestionarse: entonces se trastornan

los conceptos pasivos que una vida sedentaria o libresca ha logrado

infundir a nuestra mente, y lo que nos parecía grosero y sin gracia,

ahora nos parece hermoso y hasta elegante. Preparado así el ánimo para

la conversión, un momento cualquiera, un incidente vulgar provoca la

nueva profesión de fe. Yo estaba bien preparado para la conversión; la

vista de los extensos trigales maduros fué el rayo divino, el camino de

Damasco; y una voz me gritó por último: Hazte _chacarero_...

Pero la vida me arrastró por otros caminos, haciendo fracasar el

agricultor a la americana que indudablemente había en mí.

VII

EL CANTO DE LA SEMILLA

Sobre la llanura plana e inmensa, el invierno ha tendido su hielo, su

escarcha y su nieve. Desde el Plata hasta los Andes, desde los

matorrales del Chaco hasta los acantilados de la Tierra de Fuego, la

llanura, la descomunal e inaudita llanura, se ha arrebujado en ese manto

invernal, y duerme. Está cansada de producir. La cosecha de flores de la

primavera, la cosecha de mieses del verano, la han rendido. Quiere ahora

reposar...

Pero no hay reposo para ti, oh fecunda llanura. El destino te ha

condenado a una eterna, creciente y acelerada germinación. El mundo

tiene hambre, y el mundo piensa que tú tienes la misión de alimentarle.

Estás condenada a germinar eternamente, cada vez más intensamente. No

puedes dormir. No duermes, ni ahora, cuando el hielo, la escarcha y la

nieve te cubren con su manto. La semilla está despierta, la semilla te

aguija por dentro, y vive en tu interior, lacerándote las entrañas

maternales.

Ya se acabaron tus días de reposo. Desde que la luz se hizo sobre la

Tierra, sobre tu rasa superficie no cruzó nunca la aguja de un arado.

Jamás el hombre te atormentó con los golpes de la azada, y el indio

ingenuo, vagabundo, errante, iba al azar por entre las cañas de los

bañados, por entre las matas de los valles, sin rozarte más que con la

huella de su planta desnuda. Los ligeros guanacos, los aéreos

avestruces, el ondulante y liviano tigre, eran tus únicos dueños. En

aquel tiempo feliz y alboreal, nadie exigía a tus entrañas que pariesen

más, siempre más, en una febril sucesión de cosechas. Si creabas, tu

creación era platónica y gratuita; dabas al viento tus flores y tus

hierbas, como un poeta simple da a la ventura sus versos

desinteresados.

Pero cierto día vinieron unos hombres barbudos. Su mirada traía un

reflejo satánico, y su gesto significaba claramente el más demoníaco de

los vicios: la codicia. Detrás de ellos, en aquel continente lejano

donde toda tragedia tuvo su escenario, aguardaban otros hombres,

millones de gentes ávidas. Los exploradores volvieron, alabando la

virgen prodigalidad de la nueva tierra de promisión. Y desde entonces no

hay paz para ti. El nervioso caballo, el filosófico buey, la inocente

oveja, se multiplicaron hasta el infinito, exigiendo de tus praderas más

producción, siempre más. Y con el arado, más tarde, rayaron lo incólume

de tu superficie, ¡oh, llanura inmensa, para sepultarnos a nosotras, las

semillas!

Somos la semilla, el trigo dorado, la benéfica harina. Somos extrañas

para ti, llanura americana. Venimos de un continente viejo y trabajado,

donde nada se produce ya espontáneamente. Somos, dentro de la

agricultura, un producto de la industria. Somos las hijas del

pensamiento humano. Somos humanas, humanas.

Representamos el eje de la idea del hombre: el pan. Para que el hombre

viva, para que sus esperanzas puedan efectuarse en el campo de la

ciencia y del ideal, es preciso que nosotras existamos, las semillas, y

que demos eternamente el alimento del pan. Hay en nosotras algo de la

fiebre humana; la tragedia humana nos ha tomado de colaboradoras. Toda

la historia humana está influida de nuestro nombre, y Dios, cuando

maldijo al hombre, le habló del pan como del supremo tormento. ¡Ay!

Somos tormento, inquietud y angustia. El miserable nos evoca en sus

momentos de desolación, y esa tragedia social que ahora llega a su punto

máximo, tiene como fondo siniestro la palabra precisa: pan.

Germinad, compañeras, bajo la tierra dormida. No descansemos nunca. La

tragedia humana nos necesita; el ideal del hombre nos necesita también.

Para la tragedia, para el anhelo, para las alegrías y para el ideal,

germinad, compañeras, hasta la consumación de los siglos.

El invierno ha extendido su manto helado; no importa. Nosotras, las

semillas, estamos vigilando despiertas en el seno de la llanura. Apenas

se nos advierte. La mirada indocta piensa que todo ha terminado, y que

la quietud más absoluta reina debajo del invierno. Tal vez aparece sólo

un musgo verde, una hierba sutil y tímida, por entre las rayas que trazó

el arado; pero los surcos revivirán, y una gloria opulenta se levantará

con las primeras brisas primaverales. Y en llegando la hora solar,

cuando las ráfagas del viento sean de suaves como una caricia de amor,

entonces nosotras daremos a la tierra una insuperable fronda de verdor.

Y toda la llanura resplandecerá de gloria. Semejará un mar sin orillas,

un océano fastuoso; desde los matorrales del Chaco hasta los acantilados

de la Tierra de Fuego, la llanura se cubrirá de opulencia. Y el viento

que surja de las hondonadas de los Andes irá a morir en el estero del

Plata después de jugar con ese mar de verdura. Y luego vendrán las

espigas, y la obra nuestra se habrá consumado. Y entonces la llanura

parecerá un mar de oro, una fantasía de los cuentos de hadas, una

promesa hecha fruto y un sueño convertido en oro.

Germinad, compañeras. Somos el símbolo supremo; representamos la idea

que se mete en la entraña, y que en el silencio labora, para surgir al

fin en flores y frutos de realidad. De una idea del infinito brotaron

los mundos; semillas siderales son los astros, que han de germinar en el

silencio del Cosmos, hasta dar su cosecha fenomenal. ¿Qué era, sino una

semilla, esta tierra asombrosa que nos sustenta? Llevaba dentro de sí

los gérmenes de toda grandeza y también de todo crimen; la semilla se

manifestó, nació la vida y ahora la tierra es un fruto grande y

magnífico--quizá un poco amargo, ¡pero siempre magnífico!

El mundo tiene hambre. ¡No descanséis, compañeras! En Europa nos

aguardan los hombres numerosos, los que bullen en las ciudades, los que

arrancan en las fábricas los objetos amados de la civilización. Nos

aguarda el miserable, tanto como el potentado. Ninguna mesa nos repudia.

El facineroso arranca violentamente el pan codiciado, y marcha a

devorarlo en su cubil; así como la delicada doncella rompe el lindo pan

crujiente y lo acaricia con su dentadura de marfil. Nadie se libra de

nuestra tentación. Con pan se nutre la soberbia del hombre.

Representamos el germen, esa cosa llena de misterio, de tentación, de

curiosidad y de infinitas posibilidades. El germen es lo más misterioso

y lo más inefable. En el germen está escondida la solución de todos los

actos que después servirán de admiración. En un germen humano puede

preexistir un Napoleón, un Sócrates o un desalmado. De gérmenes

incontables está hecha la vida, y toda la vida es un germen florecido.

También nosotras, gérmenes del pan, floreceremos en rubias espigas, como

una filosofía que se resuelve en sublimes realidades. La realidad del

pan caliente y restaurador: ésa ha de ser nuestra realidad futura.

Laboremos, compañeras, bajo la helada tierra de la llanura. Después

vendrá el sol tibio de la primavera, y las espigas ondularán

graciosamente. Y vendrá el sol cálido del estío, y las mieses tomarán el

color sagrado del oro. Y los hombres transitarán contentos por los

campos. Se levantarán montañas de trigo. Los trenes correrán

enardecidos, conduciendo afanosos el rico grano. Y los trenes

desembocarán en el puerto, donde las naves enormes estarán aguardando la

preciosa carga. Para llevarla a los cuatro ángulos del mundo.

Y de las sucesivas cosechas, el mundo devolverá el regalo del trigo con

montañas de oro acuñado. Y así se realizará el sueño de una nación cada

vez más rica y populosa. Nacerán ciudades nuevas, se cubrirá la llanura

de gentes afanadas. Finalmente vendrá una cosecha de ideas, que tal vez

hoy viven en germen...

Laborad, compañeras.

VIII

EL CANTO DEL EMIGRANTE

Decrépita Europa; avaro país del ahorro; patria de la prudencia y del

temor, de la medida y de la minuciosidad, de lo reglamentado y de lo

limitado: vieja Europa, ¡adiós!

Vamos al país ancho y luminoso; al país que no tiene límites; a la

patria de la inconsciencia; a la tierra que no cuenta, ni mide, ni

ahorra, ni recela; al país que no tiene miedo del mañana, sino que ama

al mañana, con la clara y confiada alegría del niño. Vamos a la tierra

de promisión, donde existe todavía el azar, y lo fortuito, y lo

imprevisto, y las locas sorpresas.

La prudencia de Europa nos había agarrotado entre sus brazos de

sabiduría. ¡Malhaya la sabiduría que proporciona el hambre! Estamos

cansados de experiencia, de prudencia, de medida y de limitación.

Deseamos vivir la vida grande, la vida amplia. Nos ahogábamos en aquella

atmósfera de prudencia, donde todo está contado y previsto.

Adiós, tierra anciana y perezosa. Nosotros buscamos otra tierra

virginal, que da sin cálculo ni medida. La tierra de Europa carece de

ingenuidad; tiene la sabiduría de lo anciano, y entre ella y el

agricultor se establece un contrato severo de exacta justicia; paga sus

frutos a cambio de tantos puñados de abono--ni uno menos--y a cambio de

tantos golpes de azada. Si no se le da lo que exige, no rinde lo justo.

Es como un experimentado comerciante. Aquella tierra sabe demasiado.

Tiene el pulso de la ciencia, de la vejez, de las largas comprobaciones.

Ha llegado al límite del cálculo, maneja la balanza con una prolijidad

de tendero.

Mirad, en cambio, esa tierra nueva que se nos ofrece. Tiene la

encantadora inexperiencia de la juventud, que confía en sus recursos

vigorosos. Esa tierra joven se abre al soborno, al engaño, a la

violencia del hombre. Lo da todo; se da entera, toda entera, al primer

advenedizo. ¿Para qué quiere ella reservarse? La juventud no es

previsora, carece de miedo, porque se cree inmortal y porque piensa que

su vigor no ha de extinguirse jamás. Se la engaña con cuatro someros

golpes de arado, con unos puñados de semilla arrojados al viento; no

pide abono, no conoce la virtud estimulante de la química. Quédese el

abono, la estimulación química, para las tierras ancianas y perezosas;

esa nueva tierra de América, como un joven vigoroso, se ríe de los

estimulantes.

Europa quedó lejos, al otro lado de las altas olas. Las últimas cruces

de sus campanarios desaparecieron en el horizonte; los amigos y los

parientes que gritaban en el puerto, desaparecieron también: ya no

escucharemos sus voces queridas, ni sentiremos el calor amargo de sus

lágrimas cariñosas. ¡Oh patria, oh patria!... A pesar de tu ingratitud,

no podemos arrancarte de nuestro corazón. Tu recuerdo nos ha seguido en

el curso de la mar, como una golondrina sigue la estela del barco

corredor. ¿Por qué nos atormentas?... Si has querido ser cruel, hasta el

punto de lanzarnos a la emigración, ¿por qué nos persigues todavía?

Desde lejos nos están hablando tus palabras insinuantes y pérfidas; nos

traes el eco de los tamboriles y gaitas natales, el rumor de los bosques

infantiles, las risas de las muchachas, el alboroto de los bailes

domingueros, las hogueras de San Juan, las cenas de Nochebuena, el canto

de los grillos, las fiestas de la vendimia... ¡Oh patria, oh patria!

Déjanos para siempre, no prolongues tu crueldad hasta más allá de la

emigración. Nos esclavizabas con el hambre, ¿y quieres ahora

esclavizarnos con la nostalgia?

El viaje llega a su fin. Piadoso, el mar nos ha transportado sobre sus

robustas espaldas, nos ha mecido blandamente, y para que el pavor no

amilane nuestras almas, ha separado las greñas adustas de la tempestad.

En las noches de luna sus olas nos han hablado aquel lenguaje monocorde

y sereno, tan propicio a las evocaciones lejanas. Y el cielo del

trópico nos ha regalado la fiesta de sus crepúsculos dorados, la

brillantez de sus amaneceres, la pompa bíblica de sus noches

estrelladas.

Ya el viaje llega a su término. Aparecen las primeras gaviotas, como un

saludo de las costas cercanas. Una mancha obscura ciñe el borde del

horizonte. ¿Serán las nubes aún? ¡Es la tierra, la tierra de promisión,

la tierra soñada! Y en seguida emergen de la bruma las torres de la gran

ciudad, las chimeneas humeantes, las cúpulas.

¡Salve, salve, tierra novísima! Acógenos con liberalidad. Que seas

hospitalaria con nosotros los desterrados del viejo mundo. Que tu sol

ilumine nuestros afanes; que tus vientos encumbren nuestras esperanzas.

Que nos concedas la rica, la amada libertad.

Ea, pues, compañeros, pongamos nuestra planta segura sobre esa tierra

nueva. Tomemos posesión de las llanuras y de las montañas, de los

bosques y de los ríos. Marchemos hacia las selvas, donde los árboles

centenarios guardan el secreto de los siglos que pasaron. El golpe de

nuestras hachas hará despertar a los policromos papagayos y el cielo se

punteará de colores caprichosos. Al ruido de nuestros pasos, el tigre

cruel levantará su cabeza feroz; pero no temamos. Somos la vida

inteligente, la civilización y la paz. Todas las alimañas de la selva

necesitarán huir, desaparecer, ante nuestra invasión arrolladora.

Marchemos hacia las remotas montañas, escalemos los picos de las

cordilleras. Que los cóndores solitarios abandonen también sus

madrigueras. Más alto que las nubes, sobre las madrigueras de los

cóndores soberbios, ¡nosotros levantaremos la frente ambiciosa! Nos trae

la ambición. Contra la ambición no valen nada las barreras de los montes

más encumbrados. Y no nos detendrá el hielo. Iremos a los valles

desiertos del Mediodía, allí donde los pájaros marinos graznan su

estúpido canto en la soledad de los acantilados. Llevaremos la vida a

aquellas playas distantes, y el humo de los hogares civilizados

levantará su columna gloriosa en el cielo hiperbóreo.

Marchemos hacia la llanura. ¡Oh, qué maravilla divina, regalo de los

dioses benéficos, ofrenda del cielo a los hombres de buena voluntad! Sus

límites se confunden con el mar y con las ingentes cordilleras. Como un

plato de abundancia se ofrece al hombre laborioso. Grande, inmensa,

fabulosa, esa llanura no se acaba nunca. Parece un sueño fabuloso, o un

cuento oriental. Su tierra es negra, blanda, profunda; no la entorpecen

las rocas; toda ella es aprovechable, semejante al manjar que la

providencia de una madre presenta al hijo. Y esa llanura infinita nos

está aguardando. Nos espera, como la amada al amado, temblando de

emoción, impaciente de recibir en sus entrañas nuestra caricia.

¡Hurra, hurra! Los desheredados del viejo mundo, los hijos de la

pobreza, los expulsados, marchemos a conquistar la tierra prometida. Con

arados y azadones la conquistaremos. Será nuestra. Tendremos tesoros,

riquezas increíbles, rebaños.

Paisajes Argentinos · 第 4 / 8 段