desvanece, se diluye en blancura, y desde entonces la noche se apodera
definitivamente de la cordillera. Sucede al día una vaguedad de ensueño,
una media luz extraña que no tiene relación con ninguna otra
luminosidad; una media luz que no es siquiera penumbra, y que no se
acierta a discernir por completo. No se sabe si es reflejo de nieve,
resto postrero del crepúsculo o alba de luna. Y en aquel instante
supremo y trascendental, el silencio, que tan absoluto era de día, ahora
se convierte en algo infinito y alucinador. En el sepulcro, los
cadáveres deben de sentir un silencio como éste.
La primera hora de la noche va asociada en nuestra imaginación con ideas
y emociones familiares. Nada tan íntimo y amoroso como la preparación
del sueño. Las bestias más brutales y feroces se amansan y endulzan
cuando les invade el sueño, y en la copa de los árboles los pájaros
errabundos declinan su independencia al morir el día, y allí gimen y
cuchichean, se juntan y aprietan cariñosamente. Y nosotros, los hombres,
tenemos impresa en el alma, para toda la vida, la huella de aquel
momento en que reclinábamos nuestra cabeza indómita en el seno
maternal, y caía el sueño sobre nuestro ser, empapado en el efluvio
materno.
Pero la noche de los Andes carece de familiaridad y de ternura. En los
Andes no hay lugar para el idilio, sino para la tragedia. Como un mundo
que cuenta ya muchos milenarios de muerte, hasta el recuerdo de la vida
ha desaparecido. No hay árboles, ni hierbas, ni insectos, ni apenas
musgos. La vida está ya olvidada. ¿Qué importa, pues, que brille el sol
o que llegue la noche? La naturaleza cadavérica de los Andes no cuenta
ya los días, ni los milenarios, ni menos el transcurso efímero de las
horas de luz y sombra. Es un esqueleto que se ha entregado
definitivamente a la eternidad. Ya no le importan los días. ¿Cómo han de
importarle los días al infinito?
En el precario hotel que se levanta sobre el barranco, los pasajeros
buscan la manera de olvidar el sitio donde se hallan. Pesa demasiado
sobre sus frágiles espíritus la enormidad de las montañas, y, sobre
todo, la sugestión de esa naturaleza trágica. Buscan el calor de la
estufa, el olvido en la revista ilustrada, la conversación amistosa
entre humo de cigarros, teniendo las ventanas bien cerradas. Así logran
aislarse de la naturaleza que les abruma, como quien se hunde en un
submarino. Lejos de la realidad actual, muy lejos del sitio donde están,
pensando en la vida de los países llanos y sociables.
La luna, mientras tanto, una luna incompleta y oblicua, ha salido
imprevistamente de la montaña. La nieve ha adquirido una nitidez de
fantasía. Todo el cielo se ha purificado, y la atmósfera está como
cernida.
Las rocas desnudas que se encaraman en aquella cima lejana han
recuperado su matiz rojizo; el tono enérgico de su color extemporáneo
destaca furiosamente de entre la universal blancura y de esta unánime
transparencia sutil. Parece una llaga, un manchón de carne herida, un
algo cualquiera que recuerde a la vida. Pero no. Aquellas mismas rocas
han muerto. Ni aun con el sudario de la muerte desean vestirse o
engalanarse. Su antigua muerte está exenta ya de las primeras vanidades
suntuarias que acompañan al joven cadáver.
¡Naturaleza! ¿Qué se hicieron tus galas, tus furores, tus hecatombes,
tus rugidos y tus primaveras? En este momento concibe el alma la
fugacidad de todo, el secreto del destino que nos aguarda a todos. Los
Andes han terminado ya su misión, como la luna quizá, como seguramente
muchos astros que ruedan inútiles por el vacío. Es un miembro inerte de
ese gran cuerpo terráqueo que tanto nos apasiona. Un aviso de lo que ha
de suceder más tarde. Como este paisaje yerto, alguna vez será toda la
Tierra.
Del mismo modo que al llegar a una cumbre se complace la mirada en
revisar las cosas que quedaron abajo, también aquí se apresura la mente
a revisar la historia del mundo. Surge esa historia como una síntesis, a
grandes rasgos, en procesos milenarios. Vista desde lejos, la historia
se reduce a unos cuantos gestos o ademanes, a unos cuantos nombres
representativos. Toda Babilonia se sintetiza en unos jardines aéreos, en
una quimérica torre de ladrillo y en la figura tambaleante de
Nabucodonosor. Sócrates, Platón, Anacreonte... Bajo un cielo azul vemos
unas columnas de mármol, y los filósofos, como sombras de sueño, que
frasean vagamente: eso nada más es Grecia. Otros pueblos se nos
representan en un ademán único. Los normandos los vemos remar, todos a
un tiempo, con rumbo hacia las tierras de botín. La España del siglo XVI
vémosla caminar con el arcabuz y la pica al hombro, toda unánime, hacia
un sacrificio de estéril gloria. ¿Pero no vemos de la misma manera a las
personas en nuestro recuerdo? Fulano es el hombre que ríe, y siempre le
recordamos riendo; otro es el hombre que declama, y le vemos hablando,
accionando, en nuestra imaginación. Porque el recuerdo es gráfico sobre
todo. Nuestra mente está hecha para las imágenes visibles. La
inteligencia, en su fondo, es gráfica, como la vida, en fin de cuentas.
Y todo eso se irá simplificando, sintetizándose cada vez más. La
historia, proceso de eliminación. Cuanto más avanzamos, lo de lejos se
simplifica más. Ahora todavía percibimos un gesto, una figura, un
nombre: mañana, nada. Hasta que finalmente el mundo todo será una
síntesis absoluta. Una gran bola sin vida que da vueltas sistemáticas.
¡Suprema estupidez!
Sin embargo, nuestra imaginación se rebela siempre, y ve formas de vida
en donde no las hay. Aquí, cuando todo está inmóvil y muerto, todavía la
imaginación insiste en representar formas aparentes de vida. De este
modo, aquella cumbre recuerda la cabeza de un hombre pensativo, aquella
roca parece el dorso de un monstruo, aquella nubecilla copia el vuelo de
una grande y prodigiosa ave. Así logra el espíritu llenarse de
consolador engaño e imaginarse que, hasta en esta siniestra concavidad
de los Andes muertos, la vida no cesa de existir. Démosle, pues, gracias
a la imaginación. Ella nos envuelve con cendales de ensueño, y ella se
encarga de revestir a la razón con toda suerte de alentadoras mentiras.
Por virtud de la imaginación se olvida el ser vivo de que existe la
muerte. Merced a esa maga protectora hemos inventado los hombres la
ficción de la inmortalidad. Donde la razón termina con una linde
desoladora, allá acude vigorosa, rauda, juvenil, la imaginación nuestra,
a sugerirnos lontananzas inacabables, mentiras del más allá. ¡Qué fuera
de nosotros sin esas mentiras!
Y ahora, que rompa el alba con su claror este delirio de la noche de
luna. Que venga el tren a llevarnos, rumbo a las tierras normales,
sociales, llenas de gratas mentiras. Volver a contemplar los árboles,
las flores, los pájaros, los pueblos. Sumirnos en la enorme ilusión del
mundo rodante y agitado. Olvidar estas montañas inertes, anticipo y
promesa de la última muerte universal. Y entrar en la vorágine de las
ilusiones, oír la voz materna de la imaginación que nos habla de
inmortalidad.
Puente del Inca, 1909.
V
ASPECTOS DE MONTEVIDEO
Por la mañana muy temprano, cuando el viajero consigue libertarse de la
presión carcelaria del camarote, su anhelo, como una imposición
irrebatible, le empuja hacia la parte más eminente de la cubierta del
buque. ¡Aire! Ha salido el viajero de la metrópoli del Plata, y
probablemente sale en busca de los dos elementos capitales, los mayores
enemigos de la neurastenia: aire y silencio. En efecto, sobre la
cubierta del buque soplan amplias bocanadas de aire puro, y el silencio
es tan grande, que el retemblar sordo de la máquina no es sino un
contraste que sirve para acentuar la placidez silenciosa. El sol
asciende sobre las aguas. Delante, y bajo el mismo centelleo del sol
naciente, surge Montevideo.
El silencio
Todo está sujeto a la ley de las relaciones, y una cosa no es grande por
ella misma, sino porque hay otra cosa menor. El silencio de Montevideo
no es absoluto; es mayor que otros y menor que otros muchos. Para la
percepción de la persona que llega de Buenos Aires, el silencio de
Montevideo es de una divina plenitud. El viajero se figura que ha
penetrado en una ciudad mágica donde no existen tranvías, ni carros, ni
coches, ni chicos vocingleros; sin embargo, en Montevideo hay tranvías y
carros y demás sujetos de alboroto. ¿Pero no gritan, ni ruedan, ni
chirrian, esos sujetos alborotantes en Montevideo? Seguramente que sí; y
hasta es probable que los habitantes de la urbe oriental se sentirán
bien incómodos con el ruido penoso de sus tranvías, carros, coches y
chicos; pero al viajero que llega de Buenos Aires le parece que todas
las cosas son de pluma y que al chocar entre sí no levantan el más leve
ruido. ¡Suprema paradoja de lo relativo! Parece también,--ésa es al
menos la impresión que recibe el viajero de Buenos Aires,--parece que la
ciudad se encontrase en plena huelga; hay un no sé qué de laxo y de
tranquilo en las personas que andan, en los vehículos que ruedan; los
dependientes de los comercios se diría que, como hay huelga en la
ciudad, se ocupan en ordenar con calma sus mercancías en los aparadores;
las personas no titubean en pararse a charlar sobre la vía; y hay muchas
calles, en fin, de una incomparable soledad, apenas turbada por el paso
errabundo de un perro o de un vigilante. El aire sopla libremente, con
fuerza, pero no con tanta energía que moleste: es una caricia sobre el
rostro y sobre la hondura de los pulmones. ¡Qué plausible ciudad para
las faenas del pensamiento! Aire, silencio, ausencia de prisa: son los
más activos colaboradores del obrero intelectual.
Las plazas filosóficas
En el mismo corazón de la ciudad tropieza el viajero con unos espacios
floridos, frescos, sombrosos, verdaderas treguas de paz. Son plazas
pequeñas, plazas sin pretensiones, plazas minúsculas si las consideramos
con un criterio actual. Allá en tiempos de Artigas, esas plazas
equivaldrían a soberbios parques frondosos: hoy no podemos considerarlas
sino como placitas tutelares, en donde uno se halla tan bien, tan
suavemente, como cuando recostamos la cabeza sobre un pecho cariñoso. No
tienen la magnificencia insultadora de los grandes parques que hoy se
usan en las principales metrópolis, pero tienen un encanto de intimidad
que vale por todas las grandezas. ¿Dónde he visto yo unas plazas
semejantes? Debe de ser en una ciudad europea, quizá española.
Ciertamente: yo he visto en Cádiz unas plazas pequeñas, íntimas,
calladas, hermosas, como las de Montevideo. Son plazas como para los
ancianos, las comadres, los niños y los literatos. En esas pequeñas
plazas de Montevideo debe ser delicioso sentarse a leer un libro, cuando
la primavera desgrana todas sus flores. Pero leer un libro sin codicia,
platónicamente, no por el afán práctico y mercantil de sacarle a las
páginas una utilidad de conocimiento, sino con ánimo ligero y generoso.
Leer un fragmento y mirar a un árbol; leer otro fragmento y suspender la
lectura para seguir el vuelo turbio de una mariposa. De esta manera debe
ser grato sentarse en esas plazas pacíficas de Montevideo. En Montevideo
vale la pena de ser ocioso: ¡no puede decirse lo mismo de todas las
poblaciones! Y como el ocio contemplativo es la condición exigida para
una buena literatura, no debe vacilarse en asegurar que Montevideo es la
ciudad mejor preparada para conceder a Sur América el regalo de geniales
poetas y pensadores.
La naturaleza
Otro de los encantos con que se ve obsequiado el viajero en la ciudad
oriental, es la naturaleza. Hay allí bosques, playas, mar, hasta
colinas. También estas cosas de la naturaleza montevideana están sujetas
a la ley de la relatividad: si comparamos ese mar agridulce y
ligeramente teñido de azul, con la brava y franca grandiosidad del
Atlántico, nos ha de resultar un mar algo modesto. Los bosques tampoco
pueden resistir una confrontación con las selvas tropicales, y esas
cuchillas que se incorporan sobre la llanura no son, precisamente,
estribaciones de los Andes. Pero con un poco de esfuerzo imaginativo y
otro poco de buena voluntad, el viajero encuentra en Montevideo cuadros
de paisaje deliciosos. Marchando hacia la parte del paseo del Prado, uno
se siente sumergido en amables y frescas frondosidades. Hay en aquel
paseo una encantadora negligencia.
¡Estamos tan hartos de jardines simétricos y versallescos! En los
parques rígidos, bien vigilados y atendidos, el paseante se considera
violento; cada una de las hierbas tiene carácter religioso; las
ordenanzas municipales han puesto un sello timbrado en cada hoja, y las
flores parecen cosas oficiales, protocolarias: en esos parques
versallescos, tan lindos para ser mirados desde un balcón, uno no puede
moverse, ni sentarse, ni oler, ni tocar, ni apenas mirar. Eso es una
caricatura de la naturaleza. Mientras que los parques algo abandonados
se ofrecen al paseante íntegramente. Es una condición estimable que un
parque tenga consignada una pequeña suma en el presupuesto oficial; así
hay la certidumbre de que habrá pocos vigilantes, pocos obreros y pocas
mangas de regar. Escaseando estos elementos de urbanización jardinera,
sabemos positivamente que el parque se inclinará más al monte que al
jardín. Y lo que el hombre ciudadano estima es el monte, precisamente, o
sea lo contrario de la ciudad; por esa ley de los contrastes que nos
incita a desear lo que no poseemos. El paseo del Prado de Montevideo
recuerda más al monte que al jardín. ¡Hermoso lugar! Ahora bien, si las
personas urbanas estimamos los paisajes agrestes, al mismo tiempo nos
molestan mucho las intemperancias de la naturaleza, libre y bravía. Una
excesiva convivencia con las calles planas y las casas cómodas, nos ha
dado una sensibilidad miedosa; sentimos miedo a las espinas, a los
zarzales, a los pedruscos, a los aviesos animalillos que adornan y
pueblan los montes naturales. Pero el paseo del Prado de Montevideo goza
el encanto de ser un monte, sin los inconvenientes del monte natural. He
ahí el acierto. Puesto que hay avenidas y senderos para transitar, y una
hierba medianamente agreste, en la que puede sentarse, y hasta tumbarse,
sin miedo, ni al funcionario municipal escrupuloso de la ley, ni al
impertinente pinchazo de las matas bravas. Esta sería, probablemente, la
fórmula ideal de la civilización: una vida que no huyese tanto como huye
la nuestra de la naturaleza, ni que se acercase demasiado a ella: una
vida de sabio equilibrio, que evitase caer en el decadente refinamiento
artificial y en la barbarie del primitivismo.
Las playas
Un espíritu mordaz podría hacer juegos humorísticos con la profusión de
playas en Montevideo. Un marsellés o un andaluz se sentirían molestos
ante ese lujo de playas: Capurro, Ramírez, Pocitos y quién sabe cuántas
más. Pero no deben permitirse ironías con las playas. ¿Se sabe bien lo
que significa la palabra playa? En la vida trágica del mar, la playa
significa serenidad, refugio, calma, salvación, belleza. Con ciertas
palabras no caben bromas; son sagradas; así las palabras madre, virtud,
playa. Una playa sugiere siempre ideas bondadosas y tiernas.
Sobre sus arenas encallaron sus naves los remotos nautas, cuando no
existían muelles y dársenas, aunque existiera el infinito anhelo de las
nobles empresas civilizadoras; y ahora aún, los pescadores modestos
buscan en las arenas de las playas un refugio para sus navecillas; y
los náufragos, en su último esfuerzo titánico, ¡con qué delirante gozo
hunden sus dedos en las arenas de las playas benéficas! Todas las playas
de Montevideo son dignas de elogio, por la suavidad de sus líneas y la
calma de sus aguas. Cada una tiene personalidad aparte, y hasta a ellas
ha llegado la diferencia social. La playa de Pocitos, por ejemplo, es un
tanto aristocrática y presuntuosa; sus hoteles y su rambla se mantienen
dentro de un aislamiento, fuera del contacto de la multitud. En cambio
la playa de Ramírez es democrática, abierta a todo el mundo. El parque
Urbano se llena de pueblo, y este mismo pueblo inunda la playa, hasta
rebosarla. Allí acuden los niños, los hombres, las mujeres, los ricos,
los pobres, los comerciantes, los jovencillos tenorios y las muchachitas
pizpiretas. En las tardes de domingo media ciudad se vierte sobre la
playa. Adquiere aquello un aire animado de fiesta popular. Las barracas
de titiriteros para los pazguatos, los columpios para los niños, los
tíos vivos para las mucamas, los organillos, los vendedores ambulantes,
los refrescos con soda y los grandes vasos de cerveza. El sol hiere con
su luz y su fuego ese cuadro de _kermesse_, y la gente va y viene,
mirándose, por esa necesidad invencible que siente el ser humano de
tocarse, mirarse, formar montón.
El hombre es un animal sociable: así se le ha definido. Realmente, el
hombre no puede vivir solo; ni disfruta aún de suficiente mentalidad
para vivir solo. ¿Qué haría el hombre si le condenasen a la soledad? Ya
se sabe que Schopenhauer discernía la capacidad mental de las personas,
por su aptitud para la soledad: según él, un negro, un niño y un
estúpido se aburren, lloran o mueren si no encuentran gente con quien
compartir su estolidez; mientras que la persona inteligente, la que
posee en sí misma un tesoro, se encuentra más acompañada cuando más sola
está. Pero no todos pueden ser filósofos ni profundas y ricas
personalidades; la sociedad se compone de infinitas personas medias, más
o menos vulgares, que necesitan vivir agrupadas. Sin el concurso de
estas personas medias, y si se quiere vulgares, no existiría la
civilización; porque la civilización viene a ser, en fin de cuentas, la
obra de las medianías asociadas. Pongamos cuatro filósofos en una isla,
y al momento disputarían, yéndose cada cual por su lado; pongamos en esa
misma isla cuatro personalidades vigorosas--César Borgia, Pizarro,
Bismarck, Chamberlain--y al instante se despedazarían entre sí, o cada
uno por su lado marcharían a buscar aventuras. Pero los medianos se
buscan, se unen, se encuentran bien juntos, instituyen leyes, crean
autoridades, ponen hombres armados para la defensa del estado,
construyen casas y ferrocarriles, escuelas y hospitales, periódicos y
parlamentos.
Sin la compenetración de las medianías, ¿qué suerte hubiera corrido la
humanidad? Es bello creer con Carlyle que todo se ha hecho por la acción
de los «héroes»; pero la realidad nos dice que la civilización es obra
de las medianías. Si «esta» civilización fuese obra de los «héroes»,
¿tendría el carácter que tiene? Nadie, sino las medianías, ha podido
formar esta civilización...
Las solteronas
En la playa de Ramírez hay un balneario, al extremo de un malecón de
madera. Este malecón o rambla forma una plazoleta, con bancos, sillas y
un cafetín. La gente se sienta a refrescar o a comer emparedados de
jamón y queso. Otra porción de gente pasea. Da vueltas por la plazoleta,
en perfecto orden, como en las plazas de las ciudades de provincia
suelen las familias pasear a la caída de la tarde. En ese balneario de
Ramírez se congregan las personas de la clase media; pequeños
comerciantes, empleados y dependientes de oficina o de almacén. Las
señoras se sientan en los bancos y las señoritas giran pausadamente de
dos en dos, o de tres en tres; los jovenzuelos, con algunos curiosos,
forman el complemento. Pero es un fenómeno singular y digno de
mencionarse: en ese paseo abundan las solteronas de una manera
sorprendente. Arrugadas unas, muy pintadas otras, vistiendo trajes y
sombreros algo defectuosos; todas ellas con el aire peculiar que las
distingue, o sea una mezcla de tristeza y de fuerza ilusoria. ¡Nada tan
grande y poderoso como la facultad de ilusión de una solterona! La
solterona no renuncia jamás a la ilusión; tiene encendida en su alma,
constantemente, una lámpara votiva a la esperanza. Cada aurora le trae
una interrogación, una promesa: ¿será hoy, por fin?... Cuando se acaba
el día la solterona reanuda vigorosamente su ilusión, pone nuevo aceite
perfumado en su lámpara votiva y se acuesta, suspirando, sí, pero en
silencio, para que ni ella misma se entere de la flaqueza. Y al
siguiente día, otra vez a luchar; a luchar contra el desengaño, contra
la realidad cruel, impura, odiosa. Yo no conozco nada tan triste y al
mismo tiempo tan admirable como una solterona. Pensad en que una mujer
ha nacido para el amor y que su misión única, así como su única
finalidad, consiste en acoplar dos besos trascendentales: uno sobre los
labios del amado, y otro sobre la frente del hijo. Hacia ese fin van las
mujeres, fatalmente, como las aguas al mar.
Las solteronas aguardan, y nunca llega su hora. En sus corazones van
almacenando almíbar de amor; sus corazones son como las frutas pasadas,
más dulces que las normales. Miran un niño, y sus entrañas de madres
frustradas se conmueven dolorosamente; ven pasar un hombre, y todos sus
viejos anhelos se precipitan sobre los ojos. ¡Oh sublimes seres
sacrificados! Cada solterona es un drama profundo, un poema inenarrable.
Las otras mujeres lo hallaron todo fácil; su existencia tiene la
vulgaridad de un proceso corriente, de un hecho adocenado; pero las
solteronas conocen todos los martirios, las torturas de la envidia, el
dolor de la espera infinita, y sobre todo, la angustia de lo que está
lleno y no puede vaciarse, suprema angustia de lo que desea darse y no
puede. En algún siglo futuro, ¿será posible una ley que disponga el amor
para todos? Hemos decretado la enseñanza obligatoria, el derecho al
trabajo, el derecho a la vida, el derecho al pan: nos falta aún decretar
el derecho al amor y a la maternidad.
Marzo, 1912.
VI
LA TENTACIÓN AGRARIA
Los trenes suelen delatar las características de las naciones con una
veracidad insubstituible. Yo he aprendido mucha psicología americana en
el fondo de un vagón...
Sentémonos en el restaurant de un tren argentino. Cuatro o cinco
naciones están allí representadas. Se oye el suave acento de los
ingleses, el apasionado hablar de los italianos, el rudo seseo de los
españoles. No se advierte en ningún semblante asomo de melancolía o
decaimiento. Tratan de comprar novillos, de vender campos, de construir
galpones, de adquirir semillas. Al través de los cristales, la sequía
pasada deja ver su castigo. Pero nadie hace caso de esta evidente
ruina. Todos hablan con el fervor del que tiene por delante la
inmensidad del tiempo y del espacio. En efecto, el tiempo es largo y
traerá nuevas lluvias, y en cuanto al espacio, ahí está la llanura
interminable que aguarda a que la mano del hombre la acaricie con el
arado.
La psicología de esas gentes del campo es simple como la del marino,
como la del jugador. Puede ser que carezcan de la profundidad que tienen
los seres de los países viejos y definitivamente acotados. Son gentes
que ignoran el ahorro, la previsión, y por tanto el miedo. Para ellos la
tierra es un tapete verde donde se juega a juegos de azar. Lejos de su
ánimo las virtudes de la cautela, de los actos bien meditados, de la
sujeción a las formas seculares; ellos poseen otras virtudes, que a los
sociólogos timoratos pueden parecer defectos: poseen la virtud, o el
defecto si se quiere, de la temeridad. Se lanzan a sembrar sin tener
semillas, ni herramientas, ni hombres; esto, en Europa, parecería una
locura, pero en América resulta perfectamente real. Ponen a una carta
todo cuanto tienen. Si ganan, su vida adquiere un tono de increíble
arrogancia; si pierden, no han perdido nada, porque vuelven a empezar.
Esto también parecería en Europa fantástico, donde el que se arruina una
vez ya no se levanta más.