refugiamos en un bosque. Ya no se trataba de un simple grupo de árboles,
como los que antes habíamos visto; aquello era la «selva», interminable
y profunda, inexplorada y misteriosa; la selva virgen que avanzaba hacia
el Paraguay y el Brasil, con sus tigres y sus sorpresas.
El mayoral del coche nos dijo:
--Ahí en el bosque hay un pueblo jesuítico; pueden verlo, porque está
cerca.
--¿Un pueblo de las antiguas misiones jesuíticas?...
--Sí, señor. Por esa «picada» es el camino. Se llama Santa María Mártir.
Me apresuré a internarme en la selva por una «picada», o sea un camino
abierto en la espesura. A los pocos minutos me hallé frente a una
maravilla arqueológica, mudo de sorpresa, de admiración.
Oprimida y sofocada por la frondosidad del bosque, descubrí una plaza
rectangular, grande como de cien metros de lado. Allí podía comprobarse
la forma que adoptaban los misioneros para construir sus ciudades. En
uno de los lienzos de la plaza levantaban la iglesia, el convento y el
almacén; en los otros lados se hallaban las dependencias más
importantes, las habitaciones de los jefes y de los caciques, y los
talleres comunales, que surtían de cosas al «falansterio» místico y
tributaban riquezas a la Compañía.
La plaza tenía un pórtico corrido, apto para guarecer a las gentes del
sol o de las tormentas. Esta disposición de las poblaciones misioneras
estaba a mis ojos claramente expuesta; las ruinas sufrieron poco, los
hombres no se habían llevado los sillares para construir tapias ni
chozas; la misma bravura del bosque defendía la muerta ciudad de la
barbarie o inconsciencia humana.
Dos lienzos de la plaza conservábanse en pie, hasta la altura del primer
piso; los pilares, cuadrados y de sencillos capiteles, permanecían
erguidos aún. En el centro de la plaza asomaba la boca de un profundo
pozo, que se comunicaba con un subterráneo cuya boca quedaba abierta en
un muro lateral, de proporciones ciclópeas.
Dentro del muro ciclópeo, capaz de resistir la furia de un cañón,
contemplé una especie de nicho, resto de capilla o de celda. Sobre un
altar improvisado, una imagen de la Virgen mantenía aún en sus brazos al
Niño, que la injuria del tiempo había maltratado, cortándole los brazos
y las narices.
Después los macizos muros se desprendían de la plaza céntrica y
alejábanse en varias direcciones, hasta perderse y desaparecer
bruscamente, como indescifrables interrogaciones en el misterio de la
selva. Nada tan extraño e imponente como aquellos muros decapitados,
hechos de grandes sillares rojos, ocultos en la sombra de los inmensos
árboles enlazados por las lianas. Una impresión del soñado Indostán se
avivaba en mi mente, y me figuraba asistir al espectáculo de las raras
arquitecturas místicas en los bosques del Ganges...
Cuando me alejaba, una cotorra pasó chillando sobre mi cabeza. El fruto
de los naranjos comenzaba a sazonar. Eran unos naranjos silvestres,
nobiliarios y perseverantes, hijos de aquellos otros que los misioneros
importaron y cultivaron. Uno tras otro, los árboles de fruto de oro iban
sucediéndose en el secreto de la selva, como tácitos transmisores de la
tradición. Bajo la sombra de los naranjos, los cándidos indios guaraníes
sesteaban después de la labor reglamentaria. Trabajaban para el común;
nadie tenía propiedad individual; vivían acuartelados con una
distribución inteligente y suave de todas sus horas. Dirigidos por los
misioneros, gobernados por los caciques de su propia raza, tenían
limpios trajes de algodón, impresionantes y poéticas fiestas religiosas,
procesiones, luminarias, bailes y ceremonias, tan caras a la imaginación
del indio.
El confín del mundo
En fin, nuestro pintoresco y laborioso viaje hubo de llegar a su
término, y una tarde, efectivamente, penetramos en un pueblo que se
llama, si no falla mi memoria, Itacaruaré. En aquel pueblo radicaban las
extensas tierras cuya subasta íbamos nosotros a realizar.
Yo no he visto en toda mi vida un pueblo más extraño como el de
Itacaruaré. Era pueblo, pero al mismo tiempo carecía de realidad.
Existía de hecho, pero no de derecho... En suma, era un verdadero pueblo
americano, ligeramente fantástico, algo cómico por su duplicidad de cosa
efectiva y no existente, y sin embargo admirable como una concepción de
Walt Whitman.
En la extensión inhabitada de la selva, gentes del Brasil y de la
Argentina habían hecho su nido. Hoy era un italiano que, subiendo desde
las provincias pobladas del Sur, estimaba bueno establecerse en aquel
ángulo desierto del mundo; después era un sueco o un alemán, que
abandonando los estados vecinos del Brasil tomaban posesión de un trozo
de selva; o era un español, un sirio, un judío de la Besarabia, un ruso
de Crimea, un croata, un francés, un irlandés los que llegaban a
establecerse. Cuantos hombres de diverso origen vagan y pululan por
aquellas naciones de inmigración, aportaban alguna representación al
pueblo novato de Itacaruaré.
Como el territorio estaba abandonado y la selva era grande, cada nuevo
colono escogía un pedazo de país, quemaba los árboles, y sobre la tierra
virgen y fértil plantaba tabaco, arroz, legumbres. Si la tierra se
fatigaba, no había más que incendiar un nuevo trozo de selva y plantar
en terreno virgen, fecundo. En seguida acudieron algunos comerciantes.
Los colonos, poco a poco, se asociaban más estrechamente, contrataban un
maestro y una maestra, establecían un Ayuntamiento rudimentario y daban
a su ciudad la consistencia de un organismo civilizado...
Yo me admiraba de ver aquel fenómeno de espontaneidad cívica, operado
con gentes tan contrarias y diversas, en quienes no había nada de
común, ni la religión, ni la raza, ni las tradiciones. Sólo les unía el
destino, la identidad de intereses, y una aspiración de crearse una
«estirpe». Aventureros de Europa, piedras rodantes, traqueteados en las
aventuras y los fracasos, con las vidas truncadas, ¡ahora querían
«construirse» su vida, fundar una casa, una familia, una propiedad, una
patria!...
Pero entonces, cuando llegaban al triunfo de sus afanes, ¡he ahí que se
entrometía la Ley! Ellos habían «creado» su propiedad, su casa, su
campo, su huerto, su familia; pero en Buenos Aires, unos hombres severos
oponían unos papeles sellados, en los que se decía que los campos de
Itacaruaré no eran de sus pobladores, sino de otro señor...
Afortunadamente, este señor, propietario de derecho, iba dispuesto a la
concordia y a ser generoso con aquellos bravos «pioneers».
Antes de llegar a la vista del pueblo, los colonos de Itacaruaré
formaron una nutrida cabalgata y salieron a saludarnos al camino. Desde
lejos comenzaron a disparar cohetes.
Nos recibieron a caballo en dos filas, muy galantemente, rodeando
nuestro coche en actitud de respetuosa escolta. Venían todos armados con
cuchillos y grandes revólveres, sin duda porque no pudieron todavía
contratar algunos gendarmes. Cada uno era el guardia y el juez de sí
mismo...
¡Ah! ¡Episodio romántico y novelesco, caído en mitad de mi vida como un
premio a mis largas y fervorosas aspiraciones adolescentes! ¡Qué aroma
de primitivismo, qué ráfaga de plena naturaleza llenó entonces mi alma,
en aquel rincón del mundo donde confluía la selva virgen y la
civilización naciente! ¡Qué ruda franqueza en las vidas de aquellos
hombres, cuyo pasado estaría tal vez moteado de raras aventuras, de
tragedias íntimas, quién sabe si de crímenes!...
Noviembre, 1909.
IV
LOS ANDES
El mundo muerto
Cuando un viajero de mediana cultura atraviesa los Andes por primera
vez, irremediablemente le asaltará una idea admirativa. Considerará
asombrado la suma de valor y de persistencia ideal que fué necesaria
para traspasar esas ingentes montañas con los recursos primitivos de los
conquistadores.
Pero aquello fué antes, en los tiempos del heroísmo; actualmente el
ferrocarril conduce al hombre sin mayores peligros materiales por la
sinuosidad de las barrancadas, de un lado al otro de la cordillera. El
peligro material ha desaparecido. Pero queda el otro peligro de la
imaginación. ¿Has preguntado por la razón de este nuevo peligro,
lector?... Pero este es un peligro familiar a todas las cabezas algo
desvaídas.
Hay un peligro en los Andes, indudablemente. Sentir que de dentro del
ser, pero de lo más íntimo del ser, fluyen arrebatadamente ideas y
sentimientos extraños; sentir que el orden de los razonamientos
cotidianos se invierte, como se invierte la aguja magnética de los
marinos en determinados climas; sentirse, en una palabra, propenso a
enloquecer, ¿no es este un grave y bien temible peligro? Puesto que
otros hablan del mal del «puna» y de otros males serranos, yo me permito
hablar del mal de la imaginación, peculiar a todas las ascensiones
montañesas, pero mucho más agudo y temeroso en el seno de los Andes.
¿Y por qué es más agudo el mal en los Andes? Quizá porque la impresión
imaginativa es allí descendente, al contrario que en otras montañas,
donde se presenta en forma ascendente. En las montañas que pudiéramos
llamar naturales--Pirineo, Alpes, Cárpatos--la sensación es entusiasta,
pletórica y optimista; mientras que en los Andes nos sentimos oprimidos
por no sabemos qué rara angustia, y cuanto más nos elevamos sobre sus
cumbres, sufrimos una depresión mayor y más negativa.
Por eso tal vez son los Andes las montañas únicas en el mundo, las de
una originalidad más intensa. Habréis visitado las gargantas peñascosas
de las sierras de España, las sumidades húmedas de Suiza, las lomas
cálidas y olorosas del Apenino, hasta las musgosas laderas del litoral
noruego, o las montañas floridas de los archipiélagos tropicales:
después de haber ascendido a tantas alturas, os faltará conocer lo
principal. Porque las otras montañas, aparte los accidentes de luz, de
clima y de vegetación, se parecen todas: son, al fin, protuberancias
terrenas, perfectamente lógicas, con vegetación de árboles, de hierbas o
de musgos, con animales que las pueblan, con ruidos leves o airados que
las animan. Los Andes son otra cosa. No pertenecen a este mundo. Son
hinchazones hiperbólicas, sin vida, sin musgo, sin ruido, sin nada. Es
un algo atormentado y trágico; pero trágico sin teatralidad; sincera,
íntimamente trágico.
Sin embargo, uno ha visto alguna vez ese paisaje. ¿En dónde?... Es un
paisaje casi familiar. ¡Sí, el recuerdo llega, finalmente! Un paisaje
como el de los Andes lo vió uno allá remoto, cuando leía los libros
sugestionantes de Astronomía, en los grabados que transcribían la
posible forma de las anfractuosidades selenitas. Paisaje lunar: esto son
los Andes. En oposición a las otras montañas, que son paisajes
terrenales.
Desde lejos, situándose en la llanada de Mendoza, el viajero cree que ha
de poder sumergirse impunemente dentro del mundo andino. Más allá de las
primeras estribaciones, que forman un muro sombrío, las cumbres nevadas
se deslizan, como si dijéramos, en el aire límpido, y ascienden a
alturas milagrosas. Pero nada de esto presupone pavor ni emociones
extranaturales: al contrario, vistas desde la llanura, aquellas
olímpicas cumbres que ascienden en el espacio finísimo, sugieren ideas
dichosas. Después, cuando se ha penetrado en el laberinto de la
cordillera, el ánimo queda encogido, nuestro ser se inmuta todo entero,
y sobreviene la angustia capital, la angustia andina; una angustia
moral, hecha de náuseas, como la angustia material de la «puna» se
resuelve en náuseas y opresión de las sienes.
Todo el orden del paisaje se ha invertido, y las ideas, las impresiones,
se invierten también. A la falta de lógica en la naturaleza, corresponde
en nuestra mente un trastorno mental. Comienza a desaforarse nuestra
imaginación.
Surgen ideas de milenario... Y a medida que pasan las horas, el recuerdo
de los países que se han dejado atrás, desaparece: llega, entonces, el
momento en que nos consideramos desprendidos del mundo real, y que
habitamos un astro muerto. Y persistiendo en la creencia de que el astro
está muerto, del todo y para siempre muerto, nos asalta un inaudito
asombro: ¿cómo estamos, pues, vivos nosotros, si el astro que nos
retiene se ha muerto?... ¿O acaso nos habremos muerto, realmente, y
esta apariencia de vida mental no será más que una pausa de sueño, un
sueño quimérico soñado por un cadáver?...
Este efecto se conseguirá nada más que apartándose de la línea férrea y
de las mezquinas, aisladas señales de vida real que se escalonan a lo
largo de los rieles. Doblando cualquier recodo y subiendo a una mediana
altura, la sensación andina, total y magna, se precipita en nuestro ser.
Ved ahí que todo ha terminado. Los ojos, con una angustiosa inquisición,
escrutan las montañas y las hondonadas, por ver si descubren algún signo
de vida; el oído se abre atento: pero la vida no aparece. Silencio,
soledad, desolación terminante y definitiva. ¿Quedará, en tal caso, la
compensación grave e indecible de las emociones místicas? Pero la
religiosidad, considerada esta palabra en su sentido más amplio y
eterno, no acude al alma. Uno se siente sumergido en panteísmo dentro de
la naturaleza animada, múltiple y vigorosa de las alturas medias; aun
allá, en la cima de las otras montañas, en aquel silencio bienhechor, el
espíritu se mece en pensamientos de una dulce eternidad; pero en el
seno de los Andes, la eternidad se representa como un algo vacío y
yerto. Hasta la eternidad, o la idea del infinito, adquiere en los Andes
forma de cosa muerta.
¡Y aquel color ocre de las montanas! ¡Oh, la monótona y extraña
coloración de esas cumbres colosales! Color ocre, repetido hasta la
fatiga. Pero dentro del ocre, ¡qué inmensidad de matices! Y los matices
llegan de repente, sin gradación, sin lógica; sobre una ladera extensa y
rasa, pintada de cobre mate, salta, por ejemplo, una gran verruga de
color vivo, como oro. Pero el sol, por su parte, se entretiene en jugar
con las montañas, colorándolas a su capricho; así es como pueden
sorprenderse, de repente, sobre la larga cresta de una sierra, un filete
encendido, al modo de una barra de oro ígneo. Otras veces el sol sume en
la sombra una montaña pequeña, y la montaña se va poniendo obscura,
obscura, como el bronce sucio de las estatuas en los climas húmedos.
¡Humedad! ¡Sagrada palabra! De la humedad nos viene todo lo bueno, lo
substancioso y lo poético; las plantas, los granos, la salud y el
vigor, y también las nieblas, que son la madre de la poesía. Pero en los
Andes no existe la humedad. Si hubiese allí nieblas, nuestra alma
descansaría, porque las nieblas montañesas ejercen una acción sedante en
el espíritu. Pero no hay nieblas, y el espíritu queda tenso, siempre
tenso, a punto de quebrarse en locura. Y el aire es tan neto, tan fino y
transparente, que las cosas simulan haber perdido su condición gradual;
la más pequeña piedra se distingue a largas distancias, y es como si el
paisaje, en su totalidad, se nos viniese encima de los ojos.
¿Pero es un paisaje en realidad? Nuestra costumbre clasificadora
entiende que un paisaje debe estar formado por árboles, por arbustos,
por hierbas siquiera, sin contar los otros aditamentos de las aguas, las
viviendas, los seres animados. En tal sentido, los Andes no son un
paisaje. Falta allí todo rastro de vida animada, y en la vertiente de
las montañas no arraiga el más mínimo liquen. Las nieves grandes se
licuaron. Sólo en algunos sitios hay manchas blancas; pero esa misma
nieve, contagiada por la universal desolación, adopta un aspecto seco:
se diría que la nieve se ha fosilizado. ¡Ah, todo el paisaje es un
inmenso fósil!...
Pero aunque el viajero haya de huir alarmado de ese laberinto trágico,
¡nunca agradecerá bastante a su fortuna el poder haberlo sentido, vivido
y padecido! En todo el resto del mundo no hay una cosa tan gigantesca y
sugeridora. Nada es tan imprevisto y original como esos Andes augustos,
malditos del cielo, desheredados, atormentados; pero únicos.
Los pájaros escapan, los animalillos rastreros y viles huyen también;
quizá en ninguna primavera nacerá allí una humilde flor... Las montañas
están limpias, como puede estar limpia una osamenta bajo la injuria de
un sol tórrido. Y aquel cielo de las alturas, ¡cómo es de nítido! A la
hora del crepúsculo, después que el sol desaparece, el firmamento toma
un matiz opalino, de una finura imponderable. Después la atmósfera se
enfría intensa y bruscamente. Cae sobre los espacios vacíos y hondos, un
velo; cabría decir que el paisaje se inmuta, al amago de un terror
inefable. Es el terror de la noche que llega. Bajo la luz del sol, la
muerte misma olvida su muerte; pero viene la noche y aquellas montañas
cadáveres se reintegran a la evidencia de su muerte.
El destino de esas montañas se ha consumado: ¡nunca más han de vivir! ¿Y
todas las demás montañas del globo, todos los valles y llanuras rientes,
que son hoy encanto del hombre, se doblarán a su vez bajo el mismo
destino mortal?... Será muy tarde; será en un lapso inconmensurable de
tiempo, pero alguna vez será. Como estos cadavéricos Andes ha de morir
toda nuestra combatida y afanosa tierra. Y para entonces--¡oh
pensamiento desolador!--no quedará ni un alma que pueda considerar la
muerte del mundo. Los hombres todos habrán fenecido. Sobre el cadáver de
la Tierra no habrá comentarios de hombres. ¡Los miserables hombres
estarán conversos en polvo!
Como los místicos suelen mostrar a la arrogancia humana, para abatirla,
el ejemplo de un cadáver, los Andes se nos presentan también en actitud
conminatoria. El duque de Gandía contempló el cadáver de la mujer que
tanto veneraba, y al verlo putrefacto, en un instante reaccionó su
espíritu hacia el lado divino, y aborreció las galas terrenales. Así
también los Andes se nos presentan como predicadores de renunciación.
¡Renunciemos a la soberbia, en efecto! Más temprano o más tarde, el
mundo que tanto admiramos, se convertirá, como esos cerros, en frío, en
silencio, en inanidad.
Por el espacio ruedan mundos que tuvieron fronda de árboles y lujo de
flores encantadas; hoy giran yertos, en una imperturbable rueda de
amaneceres y de anocheceres sin objeto. Como esos mundos sin vida rodará
también nuestro mundo, nuestra anhelante tierra, esta bola fenomenal que
nuestras pasiones llenan de crímenes, de amores y de glorias.
Abajo, detrás de las barreras andinas, hacia los caminos de la llanura y
de los grandes ríos, numerosos pueblos se afanan por levantarse,
engrandecerse y convertirse en cosas gloriosas; más allá de la llanura y
de los ríos, sobre los anchos continentes, otros pueblos buscan
asimismo el poder, la grandeza y la victoria. ¡Descomunal hormiguero de
pasiones! Y un siglo tras otro, desde lontananzas inaccesibles a nuestra
percepción, desde el principio de la vida moral, los hombres luchan,
guerrean, padecen, lloran, nada más que por conseguir el derecho a la
inmortalidad. Sedienta de inmortalidad ha estado siempre la especie
humana. Un poeta con un verso, un guerrero con una hazaña, un sabio con
una idea nueva, se encaraman sobre el montón de la multitud reclamando
la inmortalidad. ¡Ea, pues, tomad vuestra inmortalidad! Aquí hay una
estatua, un libro de historia, una palma indeleble; vuestros nombres son
inmortales. ¿Y después?... Contemplad esas montañas supremas, esos
cadáveres eminentes: ¡considerad que el globo entero será una cosa tan
yerta como lo son ahora esas montañas!
Y el mundo yerto, el mundo cadáver, girará sin tregua por los circulares
senderos del infinito. El sol hará que amanezcan sobre él las radiantes
auroras, y que la noche, dulce reposo, venga a envolverlo en sus negros
pliegues. Pero la aurora y la noche, los siglos todos, encontrarán
insensible a nuestra muerta Tierra. La historia de sus grandezas,
quedará enterrada en el mismo cadáver. La muerta Tierra guardará su
secreto, y los esfuerzos descomunales que hizo el hombre por la
conquista del pensamiento o de las fuerzas naturales, allá permanecerán
fracasados, interrumpidos, estériles. Acaso entonces, desde un mundo
lejano, otros seres inteligentes, mediante aparatos y recursos
colosales, investigarán el secreto de la yerta Tierra, y por inducciones
sacarán alguna verdad, y someterán nuestra antigua existencia a
investigaciones y comentarios filosóficos. Pero, ¿y si hasta esta última
esperanza nos fracasase? ¿Si ocurriera, por ejemplo, que en ningún otro
astro pueda haber nunca seres de mediana talla intelectual, capaces de
interpretar nuestra historia?... Entonces sería cuando la Tierra habría
perecido del todo.
«Refugio» de Puente del Inca, 1909.
El cóndor solitario
Sobre la más alta cumbre, y en la porción más luminosa del cielo, una
nota obscura aparece, apenas un punto en aquella inmensidad. Y se
mantiene inmóvil largo tiempo, y luego desciende rápido a la región de
la sombra, ocultándose en el secreto de los abismos. Más tarde surge
otra vez a la luz, y en la luz vuela, con vuelo largo, lento, onduloso,
magnífico.
Es el cóndor, el señor de los Andes, el rey exclusivo de las alturas. Su
majestad reina sobre cosas precarias, según la interpretación del hombre
positivo: reina sobre cosas estériles, como son la nieve, el hielo, la
roca, el rayo o el huracán. Pero dominando sobre esas cosas
infructíferas, el ave colosal se siente bien. ¿Qué le importan a ella
las interpretaciones de los hombres?
¿Por qué sube tan alto esa ave solitaria? ¿Es por verse más cerca del
cielo? ¿O es por huir más lejos de la tierra? ¿Cuáles son sus
sentimientos? ¿Sed de luz divina, o aborrecimiento de la pequeñez
terrena? ¿Ansia de subir hasta Dios, o anhelo de escapar al Hombre?...
Aquí abajo, sobre la evidente corteza terrenal, el hombre rastrea las
cosas útiles, necesarias, positivas: allá arriba asciende el ave caudal
por la escala luminosa del infinito. Cosas útiles, ¡cuánto nos cuestan!
Hay frutos, y minas, y carnes sabrosas sobre la tierra; hay gloria, y
triunfos, y placeres: y los hombres vamos rastreando, en pos de las
cosas deseadas, odiándonos y mordiéndonos, asesinándonos si es preciso.
Mientras tanto, el cóndor augusto se sumerge en su remota soledad, lejos
de la tierra, lejos de las cosas útiles que pueden dar placer y que
concitan odios.
¡Ave caudal, solitaria! ¡Quién pudiera entender el sentido de tu alma
rebelde, y saber remontarse también a la región limpia y virginal en
donde no existen las cosas útiles! ¡Quién pudiera acompañarte en tu
soledad austera! Y sobre todo, ¡quién pudiera huir del hombre!
Tú tienes garras potentes y pico de hierro; pero el hombre, ¡qué
peligrosas y triturantes garras posee! Y el pico del hombre es feroz
cuando se lanza sobre la presa. La Humanidad es una muchedumbre de
garras y de picos aprestados, prontos a la lucha, dispuestos a
desgarrar, ávidos de la carne fresca de las víctimas, o de la carne
hedionda de los cadáveres.
¿Y para qué, finalmente? La muerte nos espera a todos, ahí cerca,
escondida en la sombra. Si esta fenomenal comedia de la vida tuviese la
virtud de la eternidad, aun entonces merecería el dolor de disputarla.
Pero esto acaba ingenuamente, como una luz corta y estúpida...
Sobre el cadáver de la cordillera pedregosa, el cóndor atisba el secreto
del mundo: vive en contacto con las cimas peladas, con las rocas que
nunca han reverdecido, con los horizontes de eterna desolación. Prejuzga
ya la hora final que ha de tragarse a los cóndores, a los hombres y a la
tierra accidental. Y esta visión exacta de la vida le empuja cada vez
más lejos, hacia lo eterno infinito. En tanto que el hombre, alucinado
por la rotación de las estaciones y por el florecer constante de las
primaveras, se figura, obcecado, que él mismo ha de ser una primavera
rediviva. Y no piensa en la miseria del tiempo, y en que un poco más
tarde, la Tierra fría será como son ahora los Andes: una osamenta
irredimible. Y dentro del cadáver de la tierra, blanqueará el cadáver
del hombre, y blanquearán asimismo los cadáveres de sus glorias, de sus
odios, de sus enormes anhelos...
Sobre la más alta cumbre, el cóndor abre sus alas poderosas y se
mantiene vibrando largo tiempo, inmóvil en el centro del espacio.
Bebe el último rayo de luz solar.
Cuando la luz se ha ido totalmente, el ave se abisma en la tiniebla, y
en ella se envuelve, digno manto regio para su majestad solitaria.
Puente del Inca, 1909.
Los Andes a la luz de la luna