Pero a la vez que estas cosas hablan a la imaginación de las

PAISAJES ARGENTINOS

_OBRAS DEL AUTOR_

=El perro negro.= (Ensayos)

=Vieja España.= (Impresión de Castilla, con un prólogo de Pérez

Galdós)

=Nicéforo el bueno.= (Novela)

=La Virgen de Aranzazu.= (Novela)

=Tierra Argentina.= (Viajes)

=La sombra de Loyola.= (Ensayos)

=A lo lejos.= (Ensayos)

=Cuadros europeos.= (Viajes)

=Espíritu ambulante.= (Ensayos)

=La afirmación española.= (Estudios sobre el pesimismo español y los

nuevos tiempos)

=El muchacho español.=

=El poema de la Pampa.= (Martín Fierro y el criollismo español)

_JOSÉ Mª. SALAVERRÍA_

PAISAJES

ARGENTINOS

[colfón]

GUSTAVO GILI, EDITOR

UNIVERSIDAD, 45: BARCELONA

MCMXVIII

ES PROPIEDAD

TIPOGRAFÍA LA ACADÉMICA

_Este libro, que la amistad del editor don Gustavo Gili me ha instigado

a publicar, está formado de partes variadas en las que alternan

recuerdos de viajes por los sitios más pintorescos y grandiosos de la

Argentina, y sensaciones e ideas de aquel Buenos Aires donde he pasado

tres años bien curiosos de mi vida._

_El Sr. Gili, como creador que ha sido de la Cámara del Libro Español,

sustenta el principio ético-editorial de una verdadera comunión de

intereses hispanoamericanos, y piensa que todo editor tiene el deber de

ensayar la publicación de libros americanistas en España, y dar a

conocer en la Península las cosas e ideas americanas._

_Algunas páginas de esta obra fueron escritas antes de que la guerra

arrojase su crisis y sus agobios sobre tantos países del mundo._

_Tal vez la exaltación arrogante y un poco excesiva de los pueblos del

Plata se haya contenido algo a causa de la crisis universal, lo que

haría aparecer a ciertos pasajes del libro como no reflejando fielmente

los caracteres de aquella vida. Pero cualquier crisis es pasajera en el

Plata, y lo permanente y característico es el tono peculiar de vida que

estas páginas intentan reflejar._

_A los amigos de allá, a la nación Argentina siempre recordada, va

dedicado el libro como una ofrenda._

I

EN EL RÍO URUGUAY

La belleza de navegar

Uno de los más grandes tormentos que pueden asaltarle al hombre es la

necesidad de permanecer inmóvil en un sitio. El hombre sedentario es

como un árbol o como un pilar clavado en tierra. Por el contrario, ¡qué

bello es viajar! El mundo es ancho, es hermoso, está lleno de

curiosidades; el mundo, además, lo hicieron indudablemente para que el

hombre lo recorriera. ¡Ya nos quedará tiempo después, cuando la hora

amarga llegue, de permanecer inmóviles, bien inmóviles y resignados,

debajo de una losa de piedra!

Es bello viajar; pero todavía es más deseable el navegar. La navegación

conserva aún el picor sugestivo de las antiguas emociones errantes, y

aunque no vayamos ahora, como en los tiempos de Ulises, ni tan siquiera

como en los de Colón, embarcados en alígeras carabelas por los remotos

mares desconocidos, sin embargo, al pisar la cubierta de un barco de

vapor, sentimos un cosquilleo particular en el alma. El mar se mantiene

siempre en su puesto arrogante. ¡El mar sigue siendo una cosa seria! Por

eso la navegación nos reserva aún un especial encanto: el encanto del

peligro.

La grandeza del río

He hablado del mar con alguna precipitación. Porque, en realidad, las

aguas que surca este barco no son salobres, ni verdes, ni azules. Esto

no es el mar, seguramente; no es más que el río de la Plata, con sus

aguas dulces, turbias, lisas y superficiales. Pero con un poco de

esfuerzo imaginativo, el río de la Plata puede suplantar al Océano: un

Océano canicular, ecuatorial, de calma chicha.

Por otra parte, esas aguas que miradas de cerca se nos representan de un

color tan sucio, contempladas desde lejos recuerdan bastante bien la

lontananza atlántica. El Río de la Plata debe mirarse a conveniente

distancia, como las pinturas escenográficas: entonces se da un efecto

muy aceptable de alta mar azul.

Tampoco hay que mirar muy prolijamente el vapor. Ya se sabe que es un

buque limitado, de ruedas y de falsa quilla; pero cerrando los ojos a

ciertos detalles, el viajero puede lograr una perfecta ilusión de buque

transatlántico. Hasta nos apoya la aparición en medio de la inmensa

agua, de una costa remota, una isla, una playa. Es como cuando se navega

en la mar abierta y súbitamente surge el encanto de la costa deseada.

Sólo que aquí, en nuestro caso, la costa se complica con exceso. No es

una costa la que aparece, sino dos. Y estas dos costas van

estrechándose, poco a poco, hasta formar dos riberas fluviales. Sí:

estamos en un río. La ilusión del mar se desvanece del todo y nos

resignamos a la idea de que navegamos por un río.

Este es el río Uruguay. El vapor de ruedas lo enfila con entusiasmo,

corriente arriba, a toda marcha. ¡Ancho, soberbio, generoso río de aguas

calmas! Es el gemelo del Paraná: los dos hermanos vienen a verter sus

caudales inmensos en la majestad del Plata. Ayer mismo, en sus márgenes

selváticas tendía el indio su arco, amenazando al cauteloso tigre; hoy,

en su lugar, el caballero pastor acosa a las reses pacíficas; mañana se

levantarán ciudades populosas e innumerables. Porque nada es tan

propicio a la civilización como un río caudaloso. Las grandes

civilizaciones han nacido al favor de las corrientes fluviales, como la

babilónica, la egipcia, la brahmánica. Y un gran río suele ser siempre

el compañero de una gran ciudad. Nadie se explicaría la magnificencia de

Menfis o de Tebas sin el Nilo opulento, ni concebimos la existencia de

Babilonia sin el riego bienhechor del Eufrates. Hasta tal punto, que

casi hallamos cuerda la célebre frase gedeónica: «Bendigamos a la

providencia que hizo pasar un gran río junto a cada gran ciudad.»

Las islas

En algunos momentos de esta navegación encantada yo desearía suplicarle

al capitán del barco: Señor, vire un poco hacia tierra; déjeme

desembarcar y siga después adelante.

Me asalta este deseo cuando surge ante los ojos, en el centro del ancho

río, una isla poblada de maleza. Disculpadme: siento un infantil

sentimentalismo al ver las frondosas islas de los ríos americanos. Se

opera en mí, en tal momento, una regresión inevitable, un salto atrás,

una vuelta hacia los días crédulos de la infancia. Viendo las islas de

los ríos argentinos me achico, me empequeñezco, me convierto en un

muchachito quimérico. Y el estado de mi espíritu entonces es el mismo

que cuando tenía diez años.

Me veo sentado ante una mesa, con las piernas colgando y el ceño

fruncido al imperio de una reconcentrada atención. Tengo un libro en la

mano. Es cualquiera de los mágicos libros que escribió aquel bondadoso

hombre llamado Julio Verne, el escritor que más ha espoleado las

imaginaciones infantiles. Sí; al descubrir las islas frondosas,

surgiendo de las plateadas aguas del gran río, yo no soy el hombre

actual, de bigote lacio y frente científica; soy, al revés, un muchacho

crédulo que lee una novela de Julio Verne.

Y una vez más, como en los años antiguos, se me despierta la ambición de

echar pie a tierra, tomar posesión de una de estas islas y hacer vida

robinsoniana. Antiguamente, cuando me dormía sobre las páginas del libro

estimado, soñaba que era un navegante, un descubridor... ¿Existe entre

los niños americanos la obsesión de los descubrimientos? Tal vez no;

ésta debe de ser una manía europea, un atavismo de las razas anteriores,

aquellas que se lanzaron en un momento dado a descubrir islas y

continentes por todo el mundo, cuando los mares parecían abrirse en una

fantástica cosecha de archipiélagos perfumados.

Hoy también, igual que en los años mozos, delante de una isla me siento

descubridor y conquistador. Quisiera desembarcar, y vivir allí

novelescamente. Construir una choza. Subir a la copa de los árboles para

recoger los frutos exóticos. Cobijarme a la sombra de una palmera. Cazar

aves de plumas repintadas. Buscar al tigre entre la maleza y matarlo de

un certero tiro. Pescar peces policromos. Oír la voz musical de los

pájaros. Asistir a la gloriosa asunción de la luna sobre los bosques. Y

emocionarme con los peligros, sorpresas y épicos trabajos de la

naturaleza virgen...

Pero el vapor pasa de largo, y las islas, una a una, van quedándose

atrás. En ellas podría un hombre vivir una vida libre, sencilla e

intensa a la vez, lejos de las leyes y pragmáticas de la sociedad, solo

ante la naturaleza, dueño de su destino, feliz y rico en su pobreza

aparente, con abundancia de peces, pájaros, aire, sol, claros paisajes.

Pero las islas pasan y yo no me atrevo a desembarcar. Me ha estropeado

la civilización.

Las goletas

De repente, en un recodo del río, se descubre una goleta sin velas,

atracada a la costa. ¿Qué hace ahí esa goleta? La costa es desierta, y

está poblada de bosque; el barquito se arrima a la arboleda, como si

quisiera cubrirse y esconderse.

¿Qué hace ahí ese barco? No hay muelle, ni puerto, ni pueblo, ni

siquiera una mala casucha. El lugar no puede ser más desolado. Y otra

vez entra en acción la fantasía novelesca. Ahora son las novelas de

Mayne Reid las que reviven en la memoria. Y reanudo en seguida las

lecturas de los diez años, tremendas lecturas en que un barco

filibustero se arrimaba a las costas tropicales, o subía por la

corriente del Missisipí, del Orinoco, y los piratas, al abrigo de la

selva, sorprendían un poblado, se llevaban cautivas las mujeres, se

reembarcaban y huían por los vericuetos inexplorados de los

archipiélagos...

La calma tórrida del mediodía

En la hora central del día, el río se convierte en una lámina de plata.

No se mueve ni un pliegue de aire. La atmósfera duerme su siesta.

Si no fuera por la máquina del buque, el silencio sería total. El buque,

sin embargo, no cesa: las dos ruedas potentes arañan el agua, la

sacuden, y el río se riza con olas oblicuas, largas, como las varillas

simétricas de un abanico.

Duermen los bosques de la orilla, duerme el aire, todo está inmóvil.

Bajo la pereza del mediodía, el barco resbala sobre el río. Y allá

lejos, en lo alto de las colinas, las palmeras aisladas, derechas,

quietas, aparentan la suma expresión de la molicie, con sus palmas

curvadas hacia el suelo, indolentemente. Entre dos palmeras, ¡qué bien

se tendería una hamaca, y se dormiría allí, al arrullo de los

moscardones sonsoneantes!

Todo está hablando alrededor de cosas lejanas, de vidas diferentes, de

primitivismo. Unas pocas horas han bastado para alejarnos enormemente

de la civilización y del europeísmo. Lo que nos rodea tiene sabor

americano, pero de americanismo legendario. Parece que nos separan miles

de leguas de las ciudades, y que Buenos Aires se ha retirado muy lejos,

pero muy lejos.

De tal modo, que el ánimo está preparado para todo fenómeno fantástico.

Si nos dijeran que un tigre ha rugido entre los cañares de la orilla, lo

consideraríamos muy natural; tampoco nos extrañaría ver avanzar una

banda de indios armados con agudas lanzas. Encontraríamos perfectamente

lógico que un barco pirata nos embistiese de proa, y que nos lanzara dos

cañonazos detonantes.

Hasta que el sol, inclinándose al horizonte, modera su fuerza, ilumina

las cosas de costado y hace desaparecer la modorra y la tensión de la

fantasía. Entonces la luz se vuelve dorada, las sombras se alargan y

acentúan. El río adquiere matices variados. Llega la hora de la dulzura

y la melancolía, el antecrepúsculo de oro. Si el barco se aproxima a las

márgenes, pueden distinguirse los detalles de las arboledas, los

trenzados impenetrables de las lianas y la amorosa paz de algunas

ensenadas.

Los arroyos

Muchas veces tienen los fenómenos sencillos la virtud de despertar en

nuestra mente complicados pensamientos. Que un arroyo desemboque en un

río, es un acto perfectamente natural; nada tiene de extraordinario, en

efecto. No obstante, la conjunción de un arroyo en un ancho río me

sugiere siempre una grave curiosidad.

Si vemos caer un arroyo en un río, desde la parte de tierra, la cosa no

nos merece mayor atención; pero visto el fenómeno desde la parte del

río, cobra un valor simbólico muy grande. Yo veo desembocar los arroyos

en el río, y ¿podrá creérseme?: en aquel momento se me figura que estoy

al otro lado de la vida, más allá de la barrera de la muerte. En fin:

los arroyos confluentes se me representan como vidas que concluyen.

El final de una existencia, indudablemente, no es más que eso: un acto

de caer, de rendirse, de sumirse en la extensión anuladora de las

grandes aguas. El arroyo es una vida. Su historia está repetida desde el

principio del mundo y se repetirá hasta la extinción del mundo. Como una

vida, nada más. Nacer de una fuente matriz, saltar y jugar entre las

peñas, borbotar entre los guijarrillos, correr por entre márgenes

floridas, ensancharse en el valle, ir majestuosamente por el llano: y al

final, caer humildemente en el gran río de aguas numerosas, anuladoras.

Anularse, morir.

Los arroyos, como las vidas, ofrecen rasgos característicos en su

momento terminal. Hay arroyos trágicos, como hay vidas de tragedia. Los

que caen al mar o al río caudaloso desde una altura, en forma de

cascada, son arroyos dramáticos, inquietos y violentos, que corresponden

a las vidas trágicas de un César, de un Borgia o de un Cromwell. Otros

arroyos vierten sus aguas finales con una serena resignación; su muerte

es filosófica y austera como la de un Sócrates, o también como la de

una persona buena que ha cumplido honestamente su misión en el mundo y

entra con grave sencillez en la muerte.

De esta última clase son los arroyos que confluyen en el río Uruguay,

arroyos tranquilos y mansos, que salen de la espesura, abren un hueco en

la maleza y entran en el río sin protestas, sin resistirse ni

espumajear: como verdaderos seres filosóficos.

¡Oh arroyos simbólicos y representativos! Seáis vosotros el alto ejemplo

que me inspire a mí la manera de pasar, noble y decorosamente, el umbral

de aquella última hora definitiva.

Los hombres a caballo

A medida que el vapor avanza, la costa se hace más abrupta. En algunos

sitios se descubren imponentes acantilados, cortados con tajo brusco

sobre el agua. El terreno es más alto, más ondulado. Se entra en la

región de las pequeñas colinas, más bien de los collados, o empleando el

vocablo territorial: cuchillas.

En lo alto de estas cuchillas se eleva de tarde en tarde alguna casa,

alguna choza misérrima: no es raro divisar también la blancura

confortable de una estancia. Otras veces, la cumbre de estas cuchillas

está tomada por algún rebaño de novillos, quienes comen mansamente su

hierba providencial sin dignarse volver la mirada hacia el barco que

pasa.

Pero en ocasiones suele ser un hombre el que ocupa la eminencia de esas

colinas. Un hombre montado en su caballo. Un hombre que se para en seco,

enhiesto sobre su montura, vueltos los ojos hacia la embarcación que

sube río arriba. Y ese hombre ahí parado, no sé por qué, se me figura

que vierte una mirada de antipatía hacia el rugiente barco.

Su destino es uno, y el del barco es otro. El hombre ése representa el

pasado, mientras que el barco de vapor representa lo evolutivo, lo

revolucionario y transformador. Ese hombre sintetiza la vida fácil,

libre y romántica de la tradición pastoril. Cabalgar desde que apunta el

día, recorrer las praderas pobladas de copiosos rebaños, comer la carne

sobre la hoguera que sirvió de fogón y de abrigo, dormir bajo el manto

constelado; no inquietarse por el porvenir, sino esperar que el mismo

destino provea a nuestras necesidades; amar, cantar melancólicamente;

reñir y guerrear si es preciso, y terminar de una recta puñalada al

corazón, en una noche de contraria suerte.

El vapor significa lo opuesto. El vapor sube por la corriente arriba,

paralelo al ferrocarril, llevando arados, ladrillos, alambres

cercadores. Representa el sedentarismo, la agricultura, la economía, la

organización municipal, la fundación de bancos, la población numerosa,

la tierra acotada, la supresión de aquella vida libre, deliciosamente

anárquica, generosamente sobria, de los confusos tiempos pastoriles.

El hombre ese que se detiene sobre la montura de su caballo, en lo alto

de la cuchilla, siente que cada vapor que remonta el río es un nuevo

asalto a la tradición. Y lo mira pasar seriamente, llena el alma de

tristeza y de odio.

El hombre y el vapor son enemigos por necesidad, opuestos entre sí,

mutuamente incomprensibles. El hombre a caballo no comprende la prisa,

ni el entusiasmo codicioso que lleva el vapor, porque él aprecia mucho

más el sangrante churrasco devorado en la rasa llanura, que los

suculentos manjares comidos en cerradas habitaciones. No concibe que un

hombre construya su casa con ladrillos sobrepuestos y bien ensamblados,

cuando unas tablas o unos adobes recubiertos de hierba seca, bastan para

cobijarle. Y entiende que todo lo demás sirve solamente de nudo y de

cadena. Ciertamente: cada nueva comodidad, cada seguridad nueva que nos

presta la civilización, es una nueva hipoteca que le hacemos a la

libertad personal.

Pero de los dos adversarios, el vapor es el más poderoso. El saldrá

vencedor. Y las orillas del río se cubrirán de pueblos, de casas, de

alquerías. La belleza salvaje y solitaria de ahora, se cambiará por otra

hermosura distinta. Las aguas mansas del río reflejarán árboles

civilizados, recortados, obedientes, en lugar de las malezas

insubordinadas de ahora. Los ranchos misérrimos habrán de convertirse en

casitas pintadas, coquetonas. A la soledad majestuosa de las llanuras,

seguirán los campos labrados, cercados por setos florecidos. Niños que

van a la escuela en tropel; golpes de martillo; silbar de locomotoras;

los carros henchidos de frutas sazonadas; cantos y alborozo de las

vendimias.

Si una poesía decrece, otra renacerá. La naturaleza no renuncia jamás a

su dominio estético, y sabe siempre ser noble, lo mismo en la grandeza

de las selvas vírgenes, que en los trabajos de los valles cultivados, de

las ciudades atareadas...

El sol se ha puesto. Tímidamente asoman, una a una, las estrellas. El

río se vuelve negro: sobre la sombra de sus aguas, un lucero pone su

blanco punto ideal. La noche es muda, como un silencio estupefacto. En

medio de este silencio, el buque, un poco pedante, persiste en su ritmo

bronco: bum, burrum, bum.

Octubre, 1912.

II

LA DOCTA CÓRDOBA

Cuando el tren camina con más entusiasmo, a la dorada luz del sol

matutino, el viajero queda perplejo al ver que la llanura inmensa, la

abrumadora llanura argentina, se deprime bruscamente, como por efecto de

un encantamiento. Allá en el fondo de la depresión, una multitud de

casitas y ranchos sobresalen entre las arboledas. El paisaje ha tomado

repentinamente un aire rudo y enérgico. La monotonía de la llanura, la

suavidad de las líneas prolongadas hasta lo infinito, se traducen en

unos desniveles y bancales poblados de matas, bosques y zarzas. Una

población extraurbana, numerosa y típica, bulle por aquel paisaje

intempestivo. Las casitas de adobe, los ranchos de paja, asoman entre

las tunas. Y las gentes, con su color moreno y su aire netamente

criollo, evocan en la imaginación un mundo muy apartado del Buenos Aires

europeo y descolorido. Un poco más adelante, en el fondo de la

depresión, ocupando el lugar estratégico del valle, aparece Córdoba.

Primero no se ven más que torres, sobresaliendo del semioculto caserío.

Y esas torres distintas, extemporáneas dentro de la igualdad pampeana,

son para el viajero una nota llena de simpatía, algo como un hallazgo

providencial. Porque el viajero, si es de índole un poco artística, ama

precisamente aquellas cosas que se apartan de lo común, y sobre todo las

cosas que tienen fuerza evocativa. ¿Y puede haber algo tan evocador,

como un ejército de torres levantándose sobre una ciudad histórica? En

cada torre hay un mundo de recuerdos, de creencias, de controversias o

de fanatismo: pocas cosas existen en el mundo, efectivamente, que

sugieran tal suma de ideas y contrastes como unas torres levantándose

sobre una ciudad. Y como la ciudad de Córdoba aparece a la vista del

espectador tan erizada de torres ingentes, uno se imagina bien pronto la

profundidad histórica que ha de existir en ese pueblo interior, colocado

en el mismo centro del antiguo virreinato.

Los pueblos se dividen, como las personas, en dos categorías: hay la

categoría de las ciudades vulgares, y la de las ciudades típicas,

entonadas, de sabor propio. En seguida que el viajero penetra por las

calles de Córdoba, comprende que se encuentra en una ciudad personal y

de pronunciado carácter.

Mientras camino por las calles, nada me impide suponer que voy vagando

por una de aquellas ciudades históricas del mediodía de España. La

multitud de iglesias, las tapias discretas de los conventos, la paz de

las calles silenciosas, el misterio de los muros viejos, por encima de

los cuales asoma un árbol florido; y en el fondo de esas calles vacías,

silenciosas, limpias, alguna ventana aislada, con su reja artística, y

colgando de los hierros de la reja una flor... Todo esto es bien

europeo, bien antiguo, y sobre todo bien español. Hasta las personas

eclesiásticas adoptan un aspecto raro. Los sacerdotes no visten como los

atildados abates de Buenos Aires, no llevan el redingot ajustado, el

sombrerillo de ala plana y breve, el bastón en la mano; este aire de

mundanidad no lo desean los sacerdotes de Córdoba. Ellos no tratan de

disimular su estado, como si se avergonzaran de vestir trajes demasiado

sombríos y demasiado anacrónicos, entre las gentes despreocupadas del

cosmopolitismo. Por el contrario, los sacerdotes de Córdoba se mantienen

fieles a la sotana, y al manteo amplio, y al sombrero ampuloso, el

clásico sombrero de «teja». Se ven también frailes de distintas órdenes,

unos con hábito pardo, otros con hábito blanco, y algunos con los dos

colores, pardo y blanco. Y pasan gravemente por las calles, sin timidez,

sin miedo a la ironía del descreído cosmopolitismo; antes más bien con

el gesto y la compostura del que se siente dentro de su legítimo feudo.

Y se ven además muchas, numerosas mujeres que visten hábitos diversos,

incomprensibles para el profano. Las hay vestidas de color marrón; otras

visten de blanco, con manto a la cabeza color azul; otras combinan el

blanco con el negro; y otras, en fin, sobre el traje rosa ponen su manto

azul celeste. El viajero queda asombrado, perplejo, ante la variedad

colorista de los hábitos femeninos de Córdoba. He ahí una ciudad que

posee en alto grado el instinto del color, tan negado a muchos pintores.

¿Y las campanas? Desde que abandoné las costas de Europa no había yo

escuchado el son de las campanas. En Europa suenan mucho los bronces

místicos. Nuestro oído se halla como viciado por ese son un poco

lúgubre, pero también recordatorio de muchas escenas infantiles. Yo

notaba en mí cierto vacío. Pero en Córdoba he vuelto a saturarme de ese

son familiar. Las campanas de Córdoba suenan numerosas, porfiadas, a

todas horas. Vienen las campanadas de cerca, de lejos, de todos los

lados. La campana de la catedral, principalmente, suena de un modo grave

y religioso; es un son venerable, no exento de soberbia; suena con la

autoridad de algo que se siente legítimo, necesario, inseparable de la

tradición de la ciudad. Cuando la campana suena, de los pliegues y

dibujos churriguerescos que coronan la gran cúpula central surge una

bandada de palomas; las pobres palomas eclesiásticas no han podido

habituarse al tono solemne de la campana; el misticismo de las blancas

palomas cree que existe mayor dulzura religiosa en el éter azul, que en

la voz triste del bronce; y mientras la iglesia, para comunicarse con

Dios, usa la voz de la campana, las palomas levantan el vuelo, ascienden

por el aire nítido, y es como si quisieran abismarse en el azul

firmamento, regazo inmenso de Dios.

Pero a la vez que estas cosas hablan a la imaginación de las viejas

ciudades españolas, otras cosas nos sugieren imágenes contrarias, de un

fuerte aire americano. Entrando en Córdoba es cuando el viajero llega a

entender lo que era una ciudad prócer en tiempos de absoluto criollismo.

La banda de la Argentina que da sobre el mar y sobre el ancho río, va

perdiendo, o ha perdido completamente su aspecto criollo: entre los

inmigrantes, los almacenes, los remates, los arados ingleses y las

copias de París, le han quitado a esa banda su barniz tradicional. Pero

en Córdoba hay civilización, hay trabajo, hay negocios, y sin embargo

conserva su tono tradicional. Se parece a esas personas próceres, de

largo abolengo, de fortuna pingüe y heredada, que saben recibir las

modas recientes, pero sin renunciar a sus maneras y costumbres

señoriales.

Algo hay, sin duda, en el ambiente de Córdoba, algo que no se puede

tocar ni apenas definir, y que para ser expresado se requiere emplear la

palabra difícil, la palabra muy pocas veces lícita: la palabra señorial.

¿Qué es lo señorial? Ahí está un nombre de veras difícil. El vulgo, y

también el que no es vulgo, quiere aplicar ese nombre a cosas y personas

que maldito de Dios si lo merecen. Señorial no es lo que tiene riquezas,

como el vulgo supone; muchas personas ricas andan por el mundo que no

han tenido el menor contacto con lo señorial. Lo fastuoso tampoco es

señorial. Se pueden tener muchos trajes, muchos palacios, muchos troncos

de caballos ingleses, mucha vajilla de plata, mucha prodigalidad, y sin

embargo se puede no ser señorial. Lo señorial quiere decir noble, y

esto de noble es un compuesto de cultura, de inteligencia, de arte, de

cortesía, de bondad, de discreción, de medida, de caballerosidad, de

buen gusto, de calma, de saber limitarse, de huir de la exageración como

del diablo, de no entregarse a la última moda puerilmente, de apartarse

de lo «snob» y de conservar siempre los prestigios de su personalidad...

Me atreveré a afirmar que todos esos atributos los posee la ciudad de

Córdoba.

Es claro que para muchos espíritus descuidados Córdoba parece un tanto

rancia; tiene un sabor provinciano, y esto hace torcer el gesto a los

cosmopolitas. Pero es menester inclinarse con respeto ante las ciudades

que no quieren sumirse en el todo igualatorio; ante los pueblos que

creen en la historia, en la personalidad nacional, en los prestigios

heredados y transmisibles. Por mi parte, no niego que me infunden gran

consideración el árbol que sobresale en el bosque, el arbusto lindo o

feo, que rompe la monotonía de un sembrado, el hombre que se atreve a

llevar un sombrero distinto a los demás, o simplemente el que tiene más

estatura, es más pequeño o tiene la calva más exagerada que los otros.

Ser distinto, en estos tiempos en que los sastres, las ordenanzas

municipales y los hoteleros se empeñan en hacernos simétricos, denota

valor y fe, y ambas virtudes son de las más altas de cuantas se ofrecen

a nuestra consideración.

Un ejemplo de esa discreción noble, señorial, lo tenemos en la

universidad, tres veces gloriosa. La universidad de Córdoba cuenta su

vida por siglos; en sus aulas han enseñado los primeros profesores del

virreinato y de la república; en esas mismas aulas han estudiado los

obispos, los generales, los magistrados, los presidentes, los escritores

de más lustre de la nación. La vida intelectual de la Argentina, en lo

que ésta tiene de abolenga y de histórica, puede decirse que ha nacido

en los bancos de la universidad cordobesa. Otra ciudad menos discreta

hubiese dado a su universidad un aspecto ampuloso, soberbiamente

monumental; hubiera puesto una fachada rimbombante, con muchas

columnas, estatuas e inscripciones, y una suerte de molduras hechas de

cemento habrían dejado pasmado al pobre transeúnte. En Córdoba no sucede

así. La universidad de Córdoba, sin embargo de su prestigio, ofrece una

apariencia modesta. Es preciso ir a buscarla, y buscarla bien en el

recodo de una calle apartada, para dar con ella. Nada de fachadas

rimbombantes. Un frente de estilo clásico, una puerta mediana, un

vestíbulo pequeño, y eso es todo. En el centro el patio ofrece un

aspecto conventual, con su claustro de columnas de medio punto. Un

jardincillo llena el patio con sus verdores amables. Las aulas se abren

sobre el corredor del claustro, y en aquellas aulas, sobre bancos de

pino, se sientan los estudiantes. Se comprende que todo está igual,

desde muy antiguo. La universidad no ha querido abandonarse a las

locuras de la ostentación moderna. Piensa que la inteligencia no

necesita de mucho lujo para desenvolverse, y que Sócrates conversaba con

sus discípulos en mitad de la calle o a la sombra de los plátanos

clásicos.

La simpatía es un sentimiento inefable. Nos es una cosa simpática, y el

por qué no sabemos decirlo muchas veces. De la ciudad de Córdoba

guardaré siempre un recuerdo amable. Una visita rápida, que duró dos

días, no sirve, es claro, para penetrar en el fondo de un pueblo; pero

yo prefiero atenerme a mi impresión fugaz, ya que ella es propicia. La

plaza central, tan bella y limpia; las calles bien cuidadas; las casas

discretas y elegantes; la distinción de todo, lo mismo de las piedras

que de las personas. Y el recato y silencio de las vías adyacentes,

aquellas encantadoras calles por donde no se ve transitar muchedumbres

afanosas; allí donde el reposo es tan completo que se oye distintamente

la voz de un piano interior, las risas de unas muchachas invisibles,

hasta el crujir de las hojas de los naranjos y de las adelfas que asoman

por encima de las tapias.

De noche la ciudad se envuelve en calma y en silencio. A la hora en que

el último color del día se amortigua, cuando la luz de los luceros llena

de poesía el espacio, el aire de Córdoba tiene una transparencia, una

suave frescura, una sonoridad indecible. El rumor de las calles no

viene a turbar esa calma con su estúpido ruido. Es hora en que las

personas caminan sin prisa, con ademán negligente y desinteresado.

Entonces la ciudad entera parece sumida en descanso y en amabilidad. El

aire se hace sonoro. Las mujeres salen al balcón y sus voces animan la

calle, como un sonido que viniera de atrás, de un tiempo en que no

existían ni ferrocarriles ni periódicos. Y el aire de fin de verano se

embalsama con olor de hierbas campestres. Hay, en fin, tiempo y espacio

para mirar al cielo y para ocuparse en un trabajo tan divino como es el

de contar las estrellas del cielo. El alma se abandona a las ideas

semisueños. El alma descansa.

Febrero, 1911

III

VIAJE A LAS MISIONES JESUÍTICAS

Paisaje civilizado

Era una brillante mañana de primavera cuando emprendí aquella expedición

hacia los países remotos e inhabitados del interior de América (como un

conquistador que hubo de llegar demasiado tarde).

Alma de explorador, fantasía de viajero, yo, que a los quince años

soñaba con descubrir un nuevo Amazonas, ahora podía por último lanzarme

a la aventura de la América florida, selvática y prodigiosa. No dudé en

aceptar la generosa invitación de mi amigo el señor Errecaborde, que se

dirigía al pueblo de San Javier con propósito de subastar unas cuantas

leguas de tierra. Y en compañía de dos distinguidos «rematadores»,

provistos de maletas, armas y provisiones, todos juntos y en buena

disposición de ánimo emprendimos la marcha hacia el territorio de las

Misiones.

Plana y verde, sembrada de quintas y de «chacras», la fértil llanura de

Buenos Aires tendía al paso del tren su opulencia agricultora. Aquel

país monótono y civilizado no era todavía el mundo salvaje y novelesco

que mi imaginación deseaba. Pero más allá del pueblo de Zárate comenzó

la decoración a complicarse. El tren se trasladó todo entero a un «ferry

boat» que lenta y suavemente nos puso en la otra margen del río

Paraná... Y mientras cruzaba las aguas parduscas y tranquilas del ancho

río, mis ojos pudieron admirar los primeros signos del paisaje indiano;

ceibas de encarnada flor, bosques de caña «tacuara», y unas palmeras a

lo lejos, flotando sobre las malezas de los campos anegadizos.

Empieza el exotismo

Salió el tren del «ferry boat» y recuperó el dominio de los carriles. Y

se lanzó a la carrera por las soledades de la provincia de Entre Ríos,

patria de hombres valientes, hábiles en el manejo de la lanza y del

cuchillo cuando las «montoneras» y las guerras civiles conmovían

continuamente el territorio del Plata. Cruzábamos un paisaje denso y

austero, solitario y noble, que por estar moteado de pequeñas y

onduladas lomas, por la vastedad religiosa y por los grupos de árboles

parecidos a encinas, me recordaba mucho el grave paisaje castellano.

Vino la noche, divinamente sembrada de estrellas, y el aire, al paso del

tren, nos traía vagos presagios del Trópico. A veces, en la pausa de una

estación, veíamos volar las mágicas luminarias de las luciérnagas.

Perfumes dulces y pesados, de magnolias y jazmines, llegaban a nosotros

desde el fondo de la llanura como ingenuas tentaciones voluptuosas. La

gente caminaba sin prisa. Los pueblos aparecían inmensamente

distanciados. De los chozos o «ranchos» del camino surgían mujeres de

piel cobriza y muelles ademanes. Los hombres, a caballo, portaban sobre

los riñones, cruzado en bandolera el largo y puntiagudo «facón» de los

famosos «gauchos»... ¡Hallábame, pues, en la verdadera América de mis

sueños!

En el pueblo de Santo Tomé acabó la primera etapa de nuestro viaje.

Hasta entonces pudimos beneficiarnos de las comodidades y delicias de la

civilización: vagón corrido, restaurant, cama. Desde ahora empezaba la

lucha con lo desconocido y con lo indisciplinado. Ibamos a usar todos

los medios imaginables de locomoción, y tendríamos que someternos a la

cocina fantástica de las posadas, donde quiméricos cocineros italianos

nos servirían manjares incomestibles. Y dormiríamos, claro es, en la

vecindad de toda suerte de insectos. Para estas contingencias del

porvenir decidimos reposar y abastecernos en el pueblo de Santo Tomé.

Es un pueblo amable, bastante crecido y de contornos deliciosos. Su

nombre de santo antiguo indica desde luego que fué creado por los

Jesuítas. En efecto, desde Santo Tomé, hacia las espesuras del Brasil y

el Paraguay, entre los grandes ríos Uruguay y Paraná, extendíanse las

célebres Misiones Jesuíticas, ese noble intento de una república

cristiano-comunista que dió lugar a tantas leyendas y a tan

contradictorios comentarios.

En Santo Tomé viví dos días; no podré contar en mi vida muchos días que

sean más serenos. Una suavidad del aire, un perfume de jazmines, el

panorama del caudaloso río, y una paz de lentitud y de pereza en las

gentes... En Santo Tomé parece que las cosas esperan a alguien. Esta

espera es la misma que la del rebaño que perdiera su pastor. Los pueblos

misioneros tenían en los jesuítas su pastor. Estos eran el cerebro, la

conciencia y la voluntad, la providencia que evita el dolor y el cálculo

que previene; los sencillos indios no necesitaban pensar ni agitarse, ni

desear siquiera. Sobre sus vírgenes y sumisas naturalezas en que faltaba

principalmente la voluntad, ¡con qué alegría y entusiasmo ensayaron los

hijos de Loyola su programa cristiano-social!

Armados de revólver...

En fin, partimos de Santo Tomé en un tren explorador que marchaba con un

cargamento de obreros hasta el límite de la línea. Nos acomodamos en un

furgón sin techumbre, y en esta poco sibarítica forma hicimos un

recorrido de tres horas. La línea del ferrocarril terminaba en seco en

mitad de una llanura desierta y rasa. Descendimos a tierra, y con

nosotros bajaron los obreros.

Acababan de llegar de Europa. Eran inmigrantes novicios, reclutados en

todos los rincones de España, de Italia, de Turquía y de Rusia. Venían

deshechos, sucios, hambrientos. Al saltar a tierra formaron en grupos, y

los capataces los escogían, los distribuían de aquí para allá. En

seguida pusiéronse a encender fuego. Prepararon el «mate» y lo sorbían a

grandes tragos, mojando en la caliente infusión la dura galleta.

Nosotros teníamos apercibida una «galera», regularmente desvencijada.

Nos instalamos allí, y a un trallazo del mayoral las mulas arrancaron a

correr por el infame camino polvoriento. Eran cuatro mulas en las varas;

otras dos iban delanteras; y a la cabeza de la tropilla, jinete en un

caballejo, marchaba un muchacho con su rebenque.

El mayoral llevaba un cuchillo enorme cruzado a la cintura; el que hacía

de jefe o intendente de la galera mostraba un buen revólver bajo el

chaleco. Entrábamos, pues, en una comarca semidesierta, fronteriza al

Brasil y al Uruguay, nido de contrabandistas y desterrados... Mis

compañeros de viaje buscaron en sus maletas y sacaron sendos revólveres,

que prendieron de sus cinturas. Yo no tenía armas. Esta ausencia de

previsión marcial me avergonzó bastante y me dejó en situación de

manifiesta inferioridad.

Entonces, viendo mi actitud humillada e indefensa, alguien me alargó un

revólver que sobraba. Como el revólver era de grueso calibre y yo

carecía de cinto y de funda, me ví perplejo ante aquella arma, que no

sabía en donde aposentar. Opté por guardarla en el bolsillo de la

chaqueta.

--¡Qué hace usted, señor! Con los tumbos que da el coche, ¿no imagina

usted que se dispare y se hiera, o nos hiera a nosotros?

En resolución, tuve que entregar el revólver a quien me lo quiso

prestar. Y puesto que tan mala maña demostraba yo para el manejo de las

armas, decidimos que mi persona era inútil en cuanto a las contingencias

de asaltos, sorpresas y bandidajes, y que mis compañeros asumían la

responsabilidad de defenderme.

En seguida nos lanzamos por el camino polvoriento, que, a causa de ser

muy roja la tierra de Misiones, semejaba una herida palpitante y

sanguinolenta en mitad de las hinchadas colinas.

Un camposanto en el desierto

Marchábamos en la galera desvencijada por aquel camino infernal, y sin

embargo del fatigoso viaje iba yo bastante alegre; porque sin mucho

esfuerzo imaginativo podía considerarme entonces como un explorador de

antaño o como un personaje de Julio Verne.

Sentía la extraña y directa impresión de haber retrocedido muchos años

en la cuenta del tiempo. Todo a mi alrededor hablaba de cosas remotas y

antiguas, desde el arcaico tintineo de las muías hasta la soledad

primitiva y salvaje del campo. A veces el mayoral cruzaba con el

zagalillo algunas palabras en idioma «guaraní», o animaba a las bestias

con gritos de raro y gutural acento: «¡Oh, oh! ¡Perico!...», y las

mulillas trotaban valientemente haciendo crujir al coche a cada

arrancada.

En la ondulada llanura que cruzábamos no se distinguían ni pueblos, ni

«estancias» ni campos de cultivo. De tarde en tarde descubríamos un seto

artificial, un «alambrado», y aquel cerco, símbolo de propiedad, era el

único vestigio de civilización. Algún «rancho», mísera cabaña perdida en

la vastedad, nos advertía que por alguna parte existiera gente humana.

Las enigmáticas lechuzas de circulares ojos fijos, posadas en las puntas

de los postes solitarios, miraban el paso de la galera con una

hierática o supersticiosa obstinación. Y las bandadas de cuervos volaban

lentamente sobre los descampados.

Caía el sol de plano sobre la tierra, donde un manto de hierba escuálida

se requemaba bajo la brasa del cielo. Las nubes se abombaban en el

horizonte y hacían magníficas combinaciones de grandes masas de rosa y

blanco. El paisaje, ondulado y liso, semejaba un mar de olas pacíficas;

sólo en las encañadas y cortaduras crecían bellos grupos de árboles,

vírgenes y sin dueño, que daban fresca sombra a regocijantes y

encantadores arroyos. Fuera de estos bosquecillos, la tierra ofrecía un

ardiente color encarnado, como regada con sangre.

Recuerdo ahora mismo la tristísima impresión que me produjo, a lo largo

de la marcha, ver de pronto surgir en aquel desierto un rudimentario

camposanto. Eran unos palos irregulares y mal reunidos, que a cierta

distancia aparentaban formas de un culto idolátrico, y que,

aproximándonos, vimos que eran efectivamente toscas cruces. Para

resguardar a los muertos de las reses vagabundas, alguien había cercado

con alambre de púas el santo lugar. Una cruz, menos tosca y más grande

que las demás, hacía allí el efecto de un pastor, o era como un espectro

macabro y piadoso que vigilaba la inseguridad y el misterio del

horizonte. Un cementerio nos entristece siempre y nos perturba. ¡Pero

aquel pobre camposanto en el desierto, tan abandonado de los vivos y tan

sin contacto con la vida! ¡Aquellos pobres muertos sin nombre,

indefensos en la soledad, temerosos en la misma muerte, abrasados por el

sol tórrido!...

Un pueblo de polacos

Más adelante empezamos a descubrir frecuentes cabañas y pequeños

cultivos de maíz. Por último avistamos algunos edificios de canto y cal

y pabellones de madera. Estábamos en una colonia de polacos, llamada

Apóstoles.

De estas poblaciones exóticas e intrusas existen bastantes en la

Argentina. Suelen formarse con rusos, judíos, polacos, galenses, y en

la inmensidad del territorio viven una vida poco próspera, estacionaria

por lo general, puesto que se componen de gentes ignorantes y de

mezquinos labriegos. La colonia que nosotros acabábamos de descubrir se

componía de polacos de la Galitzia austriaca, polacos rusos y rutenos.

Eran bastante numerosos. Cultivaban sus campos de maíz y de trigo y

pastoreaban algunas reses vacunas. Los de religión ortodoxa tenían su

«pope», y los católicos habían traído también su sacerdote de lengua

polaca. Un intendente o administrador dirigía la colonia y velaba por el

orden. Era de Varsovia; un hombre joven, rubio, de rostro fino y soñador

y mirada inteligente.

Los pobres polacos, nacidos en la servidumbre y la ignorancia, venían,

pues, a substituir a los indios en la tierra de Misiones. Tenían éstos,

como los antiguos indígenas, una especie de fatalismo perezoso y

conformista y una inhabilidad para vivir sin la ayuda del jefe y del

pastor. Traían también la honda religiosidad de los indios. En los

cruces de los senderos, en las lindes de los sembrados, constantemente

veíamos grandes cruces votivas y protectoras. En ellas había a veces

inscripciones. Pedimos que nos tradujeran una de aquellas leyendas, y

decía: «¡Señor Dios, dadme este año una buena cosecha de maíz!...»

Nos albergamos en una mísera posada, donde en desvencijados catres

pudimos dormir a la noche. Y tan pronto el día alumbraba,

encomendándonos a nuestros ángeles familiares, volvimos a ir dentro de

la galera por el camino de la soledad.

Y cuando la mañana se hizo más calurosa, tropezamos con un arroyo

bastante ancho que carecía de puente y hubo necesidad de atravesar

haciendo raras gimnasias. Allí contemplé por vez primera un vehículo muy

americano, muy curioso y que, usual y único antes de la importación del

ferrocarril, ha quedado hoy constreñido a las comarcas más desviadas del

país.

Se trataba de una «carreta». Antiguamente hacían esas «carretas» el

camino de las Pampas y eran a modo de caravanas rodantes que en viajes

lentos, peligrosos, largos de muchos meses, conducían mercaderías y

personas desde los Andes hasta el litoral del Plata. La carreta que yo

veía era grande, con un tosco armazón de madera y enormes ruedas

pesadas. Un techo de paja cubría el armatoste, dándole aspecto de cabaña

verdadera, rodante y vagabunda. Una familia brasileña viajaba en el

carro. Tres parejas de bueyes lo arrastraban, obedeciendo al aguijón de

un muchachuelo que trotaba y se revolvía constantemente, jinete en un

potro.

Como los nómadas de la prehistoria, como los personajes de una novela,

marchando lentamente por un país suave, cruzando selvas y ríos,

durmiendo bajo las estrelladas y cálidas noches... ¡confieso que sentí

un poco de envidia por los viajeros de aquella cabaña rodadora!

Tuve que resignarme a montar en la galera, que nuevamente nos llevó

dando tumbos por un camino cada vez más impracticable. Y así dimos vista

al pueblo de Concepción de la Sierra, precisamente la víspera de la

festividad de la Concepción.

Misticismo eslavo

Tan trabajado me sentía por el penoso viaje, el polvo y el calor

tórrido, que me tendí a dormir en la posada una siesta profunda, como de

piedra. Apenas concluí de cenar, otra vez busqué la cama y me hundí en

un sueño profundo. Pero al alba me despertaron unos cohetes y un

campaneo estrepitoso. ¡Bien! El pueblo se disponía a celebrar la fiesta

de su Patrona, la Virgen de la Concepción.

Salí pronto a la plaza, y frente a la iglesia hube de tentarme el cuerpo

para convencerme de que no dormía, de que, en efecto, yo estaba en un

pueblo de la América meridional.

Todos los polacos del contorno habían acudido al pueblo de Concepción de

la Sierra. Llegaban en sus largos carros típicos, vistiendo a usanza de

su país; ellos con trajes gruesos y obscuros y botas altas, los bigotes

lacios y la melena hasta el hombro; las mujeres con una falda de color,

chaleco liso y camisa de mangas amplias. Los cuerpos toscos, las caras

feas y juanetudas, y un olor a grasa y sudor rancio... Pero su

impresionante misticismo les disculpaba de todas las imperfecciones

físicas.

Al entrar en el templo, las mujeres se arrojaban de bruces y besaban el

polvo. Próximos al altar veíanse cuatro hombres, especie de acólitos

encargados de corear las palabras litúrgicas del cura celebrante.

Cantaban, pero con una voz tan triste, tan perfectamente triste, que

producía angustia. La misma rudeza de las voces aumentaba la sugestión

del canto y lo hacía más sincero y hondo. Parecía un eco que llegase de

la estepa remota, helada, infinita, o un lamento trascendental y místico

que interpretase el doloroso anhelo de la melancólica raza eslava...

Salí de la iglesia con un hipo de dolor, y busqué en el aire encendido y

brillante una compensación aliviadora. Los zorzales, en los patios

sombrosos, modulaban sus ternezas amatorias; y los jazmines llenaban con

su perfume voluptuoso el ambiente quieto y cálido.

Pero un campaneo desenfrenado rompe a sonar; todo el pueblo acude a la

plaza. Está saliendo la procesión por la puerta de la iglesia. Tiene

esta procesión un sabor raro, original, maravilloso. El ambiente es

luminoso y tropical, mientras que los personajes vienen ataviados a la

usanza rusa; y de esta unión estrambótica surge el efecto más

inverosímil.

No traen más imagen que la de la Virgen; toda está rodeada de flores. El

honor de escoltar a la Virgen se lo han adjudicado las mujeres del

pueblo, y algunos paisanos del contorno, con sus bombachas nuevas y la

gran espuela calada, se reservan el derecho de llevar las andas. Los

polacos, privados de todo honor, se resignan a escoltar la imagen,

humildemente. No pueden ellos cargar las andas ni tocar la imagen; pero

como perros fieles, como rendidos siervos, rodean el objeto amado y lo

miran con ávidos ojos. Descubiertos como van, el sol misionero les hiere

en los cráneos y hace rebrillar sus cabelleras rubias, aceitosas. Y se

achicharran dentro de sus capotes de paño grueso. Las mujeres tiran y

arrastran a sus pequeñuelos. Los más ancianos siguen al cortejo montados

en sus carros. Van cantando.

Cantan una triste, una desgarradora melopea. El canto se extiende por la

plaza y llena el pueblo entero. Parece una voz antigua y remota que

viene a saludar a un amigo. Al conjuro de aquel canto religioso, yo no

sé qué raras interpretaciones se entremezclan en mi espíritu. Me figuro

que las voces cristianas de los polacos llaman a las almas de los indios

que allí residieron un día y que dispersó la fatalidad. En aquella misma

plaza de Concepción de la Sierra, dos siglos antes habían pasado los

indios guaraníes, rodeando la imagen de la Virgen. Un jesuíta, revestido

de su pompa eclesiástica, los dirigía, dándoles la pauta del canto. Los

indios fueron aventados, y ahora, pasados los siglos, otros hombres

indefensos forman en rebaño y piden a Dios, con místicos clamores, la

firmeza y la felicidad que sus pobres almas inseguras no saben

procurarse en los azares y las luchas de la vida...

Ruinas en la selva

Habíamos salido del pueblo de la Concepción en medio de un diluvio

relampagueante. De estas tormentas aparatosas no es conveniente hacer

mucho caso en los países próximos a la zona tropical. En efecto, muy

pronto nos vimos otra vez bajo un sol abrasador y un cielo brillante,

con el espectáculo de una naturaleza recién lavada y rica en primores de

color.

Paisajes Argentinos · 第 1 / 8 段