De fatura tan lucida:
El diablo no se descuida,
Y a mí me seguía la pista
Un ñato muy enredista
Que era oficial de partida._
_Se me presentó a esigir
La multa en que había incurrido:
Que el juego estaba prohibido,
Que iba a llevarme al cuartel...
Tuve que partir con él
Todo lo que había alquirido._
_Empecé a tomarlo entre ojos
Por esa albitrariedá.
Yo había ganao, es verdá,
Con recursos, eso sí;
Pero él me ganaba a mí
Fundao en su autoridá._
_Decían que por un delito
Mucho tiempo anduvo mal;
Un amigo servicial
Lo compuso con el juez,
Y poco tiempo después
Lo pusieron de oficial._
_En recorrer el partido
Continuamente se empleaba;
Ningún malevo agarraba,
Pero traiba en un carguero,
Gallinas, pavos, corderos.
Que por ahi recoletaba._
_No se debía permitir
El abuso a tal extremo.
Mes a mes hacía lo mesmo,
Y ansí decía el vecinario,
"Este ñato perdulario
Ha resucitao el diezmo"._
_La echaba de guitarrero
Y hasta de concertador;
Sentao en el mostrador
Lo hallé una noche cantando,
Y le dije, co...mo quiando
Con ganas de oir un cantor..._
_Me echó el ñato una mirada
Que me quiso devorar;
Mas no dejó de cantar
Y se hizo el desentendido,
Pero ya había conocido
Que no lo podía pasar._
_Una tarde que me hallaba
De visita, vino el ñato,
Y para darle un mal rato
Dije juerte:--Ñato...ribia
No cebe con la agua tibia...
Y me la entendió el mulato._
_Era el todo en el jujao,
Y como que se achocó,
Ahi no más me contestó:
--Cuando el caso se presiente,
Te he de hacer tomar caliente,
Y has de saber quen soy yo._
_Por causa de una mujer
Se enredó más la cuestión;
Le tenía el ñato afición,
Ella era mujer de ley,
Moza con cuerpo de güey
Muy blanda de corazón._
_La hallé una vez de amasijo,
Estaba hecha un embeleso;
Y le dije--Me intereso
En aliviar sus quehaceres,
Y ansí, señora, si quiere,
Yo le arrimaré los güesos[79]._
_Estaba el ñato presente
Sentado como de adorno.
Por evitar un trastorno
Ella, al ver que se dijusta,
Me contestó--Si usté gusta
Arrímelos junto al horno._
_Ahi se enredó la madeja
Y su enemistó conmigo;
Se declaró mi enemigo,
Y por aquel cumplimiento,
Ya solo buscó el momento
De hacerme dar un castigo._
* * * * *
_Me le escapé con trabajo
En diversas ocasiones;
Era de los adulones,
Me puso mal con el juez,
Hasta que, al fin, una vez
Me agarró en las eleciones._
_Ricuerdo que esa ocasión
Andaban listas diversas;
Las opiniones dispersas
No se podían arreglar;
Decían que el juez, por triunfar,
Hacía cosas muy perversas._
_Cuando se riunió la gente,
Vino a proclamarla el ñato,
Diciendo con aparato
Que todo andaría muy mal,
Si pretendía cada cual
Votar por un candidato._
_Y quiso al punto quitarme
La lista que yo llevé;
Mas yo se la mezquiné,
Y ya me gritó--¡Anarquista!
Has de votar por la lista
Que ha mandao el Comiqué._
_Me dió vergüenza de verme
Tratado de esa manera;
Y como si uno se altera,
Ya no es fácil de que ablande,
Le dije--Mande el que mande,
Yo he de votar por quien quiera._
--_En las carpetas de juego
Y en la mesa eletoral,
A todo hombre soy igual,
Respeto al que me respeta;
Pero el naipe y la boleta
Naides me lo ha de tocar._
_Ahi no más ya me cayó
A sable la polecía;
Aunque era una picardía,
Me decidí a soportar,
Y no los quise peliar
Por no perderme ese día._
Esos ñatos representan todo un sistema en nuestra política rural.
Mulatos leguleyos, con cuatro cerdas alazanas por bigote, pringado
de cacarañas sudorosas el rostro donde la avería nasal estampa por
definición el sello repugnante del calavera, quién no los ha visto
pasar hamacándose en sus tordillos de paso, o con un gallo de pelea
bajo la manga del guardapolvo, mientras la oreja baya provoca deslices
con el señuelo de su clavel querendón.
Así también se pinta sólo el comandante que va encontrando en la
renitencia política de los gauchos prendidos por su malandrín, pretexto
para mandarlos a la frontera. Oficialote brutal, peludo, con los ojos
abotagados de siesta borracha, su voz aguardentosa parece resoplar el
calor de la mala entraña.
--_Cuadrate, le dijo a un negro,
Te estás haciendo el chiquito,
Cuando sos el más maldito
Que se encuentra en todo el pago.
Un servicio es el que te hago
Y por eso te remito._
A OTRO
_Vos no cuidás tu familia
Ni le das los menesteres;
Visitás otras mujeres,
Y es preciso, calavera,
Que aprendás en la frontera
A cumplir con tus deberes._
A OTRO
_Vos también sos trabajoso;
Cuando es preciso votar
Hay que mandarte llamar
Y siempre andás medio alzao;
Sos un desubordinao
Y yo te voy a filiar._
A OTRO
_¿Cuánto tiempo hace que vos
Andás en este partido?
¿Cuántas veces has venido
A la citación del juez?
No te he visto ni una vez,
Has de ser algún perdido._
A OTRO
_Éste es otro barullero
Que pasa en la pulpería
Predicando noche y día
Y anarquizando a la gente.
Irás en el contingente
Por tamaña picardía._
A OTRO
_Dende la anterior remesa
Vos andás medio perdido;
La autoridá no ha podido
Jamás hacerte votar.
Cuando te mandan llamar
Te pasás a otro partido._
A OTRO
_Vos siempre andás de florcita,
No tenés renta ni oficio;
No has hecho ningún servicio,
No has votao ninguna vez,
Marchá... para que dejés
De andar haciendo perjuicio._
A OTRO
_Dame vos tu papeleta[80]
Yo te la voy a tener;
Ésta queda en mi poder,
Después la recogerás,
Y ansí si te resertás
Todos te pueden prender._
A OTRO
_Vos porque sos ecetuao
Ya te querés sulevar;
No vinistes a votar
Cuando hubieron eleciones,
No te valdrán eseciones,
Yo te voy a enderezar._
He dicho ya que la descripción del fortín donde fué a dar Picardía, es
una mera redundancia; no obstante, hay en ella una silueta de oficial
bribón que merece los honores de la cita:
_De entonces en adelante,
Algo logré mejorar,
Pues supe hacerme lugar
Al lado del ayudante._
_El se daba muchos aires,
Pasaba siempre leyendo,
Decían que estaba aprendiendo
Pa recebirse de flaire._
_Aunque lo pifiaban tanto,
Jamás lo ví dijustao.
Tenía los ojos paraos
Como los ojos de un santo._
_Muy delicao, dormía en cuja[81]
Y no sé porqué sería,
La gente lo aborrecía
Y le llamaban_ LA BRUJA.
_Jamás hizo otro servicio
Ni tuvo otras comisiones,
Que recebir las raciones
De víveres y de vicios._
Parientes del coronel o de algún personaje notorio, aquellos favoritos,
temporalmente sustraídos a la protesta social por alguna sonada
trapacería, eran los regalones del cuerpo donde procuraban restaurar,
con la fama perdida, su agotamiento de calaveras. Mezcla de truhán
y de seminarista, el tipo aquél parece salirse, literalmente, de
las escasas redondillas donde la mano maestra lo ha clavado como un
insecto, sin necesitar más que esos cuatro alfileres para revelarnos
completa su anatomía.
Un breve romance sirve luego de introducción a la payada entre Martín
Fierro y el negro. Obsérvese cómo sin perder nada de su estructura
local, el idioma adquiere, naturalmente, la manera narrativa del
antepasado español:
_Esto cantó Picardía
Y después guardó silencio.
Mientras todos celebraban
Con placer aquel encuentro.
Mas una casualidá,
Como que nunca anda lejos,
Entre tanta gente blanca
Llevó también a un moreno,
Presumido de cantor
Y que se tenía por güeno.
Y como quien no hace nada,
O se descuida de intento,
Pues siempre es muy conocido
Todo aquel que busca pleito,
Se sentó con toda calma,
Echó mano al estrumento,
Y ya le pegó un rajido[82]
--Era fantástico el negro--
Y para no dejar dudas
Medio se compuso el pecho.
Todo el mundo conoció
La intención de aquel moreno:
Era claro el desafío
Dirigido a Martín Fierro,
Hecho con toda arrogancia,
De un modo muy altanero.
Tomó Fierro la guitarra,
Pues siempre se halla dispuesto,
Y ansí cantaron los dos
En medio de un gran silencio._
La payada es una composición muy desigual: dijérasela un resumen de
todas las buenas y malas cualidades de nuestro poeta. Como lance
filosófico, resulta en muchas partes forzado y lleno de violentas
pretensiones literarias. Aunque el negro afirma que fué educado por
un fraile, como suele, efectivamente, suceder, pues el servicio del
cura es ocupación de negritos, su sabiduría nos resulta desplazada.
En cambio, cuando los payadores hacen gala de sus conocimientos
campestres, el asunto recobra todo su interés; las réplicas son
oportunas y originales. Así el negro en su exordio:
_Mi madre tuvo diez hijos,
Los nueve muy rigulares;
Tal vez por eso me ampare
La Providencia divina:
En los güevos de gallina
El décimo es el más grande._
Y Fierro en su réplica final:
_La madre echó diez al mundo,
Lo que cualquiera no hace,
Y tal vez de los diez pase
Con iguales condiciones:
La mulita pare nones
Todos de la mesma clase._
O en otra parte:
_Moreno, alvierto que tráis
Bien dispuesta la garganta;
Sos varón, y no me espanta
Verte hacer esos primores:
En los pájaros cantores
Sólo el macho es el que canta._
A lo cual el negro contesta:
_A los pájaros cantores
Ninguno imitar pretiende;
De un don que de otro depende
Naides se debe alabar,
Pues la urraca apriende a hablar,
Pero sólo la hembra apriende._
Los temas propuestos, hállanse asimismo, llenos de grandeza épica; el
canto del cielo, el canto de la tierra, el canto del mar. Adviértese
que el poeta se ha engrandecido con su propio asunto; y aunque, dados
los protagonistas, era sumamente difícil no incurrir en vulgaridad
o amaneramiento, ideas y expresiones alcanzan con frecuencia el
tono debido, sin dejar de ser enteramente gauchas. Para salvar esta
dificultad, quizá la más grande en todo el poema, le basta con ser
natural y veraz como de costumbre. Así evidencia, lo cual es un timbre
de honor para nuestra raza, que el alma gaucha era capaz de concebir
en los grandes fenómenos naturales una trascendencia filosófica,
y conserva al género, directamente derivado de los trovadores, su
inclinación característica.
Mas el estilo va desmayando a la par del asunto, como sucede en casi
todas las composiciones análogas. Los consejos finales del cantor,
recuerdan con desventaja aquellos otros del viejo Viscacha, tan
llenos de observación pintoresca y de gracia proverbial. La moraleja
es la debilidad de la fábula; y cuando nuestro poeta hace moral con
palabras, no con actos, renuncia a la eficacia práctica del ejemplo
que constituye todo el sistema docente en la materia, así como al don
más característico de su estética. Pero este mismo defecto revela
su sinceridad. Es que no se trata de una obra preceptuada, sino de
un manantial que ha corrido a despecho de su propio creador. Sus
sinuosidades, sus estancamientos, sus vueltas sobre sí mismo, su lodo
y sus guijarros, su turbulencia y su claridad, hay que apreciarlos en
conjunto, puesto que así constituyen su ser. La vida heroica de la
raza, sintetizada en una grande empresa de justicia y de libertad,
constituye su mérito y determina su excelsa clasificación. Pero ella
no transcurre, naturalmente, sin dolores y sin miserias; es decir, sin
los episodios ingratos que constituyen las piedras brutas sobre las
cuales, arrastrándose, talla el arroyo su cristal. La limpieza del
establo famoso, es también uno de los trabajos de Hércules. Los mismos
númenes creadores coronan su obra primordial, construyendo un hombre de
barro. Y nosotros somos ese limo, y nuestras lágrimas son aquella agua
que se le escapa por los poros en divina clarificación. No achaquemos
al arquitecto la vileza del material con que está obligado a construir.
Él es, por el contrario, quien lo exalta, amoldándolo a la belleza
prototípica que está en él, como están en el seno maternal la forma
y el destino de la primera copa; ordenándolo con su ciencia nativa,
elevándolo con el ímpetu de sus alas, del propio modo que la golondrina
lleva un poco del barrizal a la cornisa de la torre.
NOTAS:
[72] Otras cuarenta como las cartas de la baraja usual entre los
gauchos que desechan los ochos y los nueves. En el preludio de la
primera parte había dicho, precisamente, que su pensamiento jugaba "con
oros, copas y bastos".
[73] Nombre de la caña que solía ser el asta de la lanza: la lanza
misma por antonomasia.
[74] Indio. Ver el Tomo II.
[75] Girar en las patas sobre un cuero, sin salir de él, es la prueba
más completa de buena rienda que puede dar un caballo. La expresión
"como trompo en la boca", significa que siendo de boca tan blanda, gira
como un trompo.
[76] Como si estuviera jugando sólo al juego del monte.
[77] Para asar la carne, ensartábanla los gauchos en un palo o en un
espeque de fierro.
[78] Las piernas; por lo mucho que se destacan las del animal, siendo
rojas, cuando corre.
[79] Equívoco entre "arrimarle los huesos", o sea acostarse con ella,
y poner huesos en la puerta del horno, para que allá encendidos,
preserven con su lento calor la entrada del aire. De aquí la respuesta
que da la moza.
[80] La libreta del enrolamiento militar.
[81] Cama de madera. Es una generalización a esta clase de lechos, del
cabezal que recibe aquel nombre en castellano.
[82] Rasgueo.
X
=El linaje de Hércules=
Monumento, ya se lo erigió el poeta en esa perpetuidad de la fama con
que el verso del otro dió parangón al metal[83]. Mas el pueblo le
debe todavía aquella prenda de su gratitud. Martín Fierro necesita su
bronce. Éste será la carne heroica en la cual hemos de encerrar su
espíritu para que así rehabite entre nosotros una materia, al fin,
análoga. Porque, efectivamente, él mismo habíasela formado. De tierra
pampeana y de sol nuestro, de trabajo y de dolor que nos pertenecen,
estaba construído aquel antecesor. Como en la aleación donde se
combinan la rojura y la palidez de los sendos metales, el furor de
la llama original ennoblecía su raza. Y de arder así, habíase puesto
moreno. Mas la substancia de ese sol y de esa pena refundidos en su
ser, comunicábanle aquella sensibilidad musical que da el oro al
timbre de la campana. Adentro estaba el gran corazón, expandiéndose
a badajadas que dolían de golpear el propio pecho, para resonar en
palabras armoniosas el lenguaje del alma. Y éste era, a su vez, la
anunciación de la aurora. El metal aun denso de terráquea pesadumbre
parece que va dilatando el cielo en vibraciones de luminosa sonoridad,
como el busto del nadador sobre las aguas concéntricas; su canto de
gloria promueve las innúmeras voces del aire, que con alegría infantil,
parece reir, granizado en perlas; pero la gravedad de su tenor,
comunícale al mismo tiempo elocuencia de vocablo rotundo; la índole
mineral estalla en resonancias de combate; el tono heroico emana de su
fortaleza, bien que pronto conmovido en voces de canción o exaltado en
alegre intrepidez de gorgeo; allá muy lejos, sobre las montañas y las
arboledas, que son las costas del aire, desmenúzase el són en cristales
de agua esplayada; y de este modo la tierra y el cielo unen sus voces
en la vibración de aquel pedazo de materia cuya facultad maravillosa
es, sin embargo, la más elemental de las propiedades.
Así la poesía en el alma de ese gaucho; la poesía de la raza, que bien
merece, a mi ver, una caracterización monumental. Inconsciente de su
mérito, como la pampa cantada de su belleza, esta ingenuidad nativa es
otra razón para decretarle el triunfo póstumo que ni siquiera sospechó.
El hombre del campo encontrará en ello una enseñanza. Cuando colgó de
un horcón de su rancho el cuaderno ordinario junto con la guitarra
compañera, hizo como aquellas aves que adornan con flores sus nidos.
Y entonces la estatua de la ciudad, realzará la delicadeza de sus
sentimientos como un certificado ilustre. Por ella sabrá que el autor
de los versos amados, si habla como él, es también un grande entre los
hombres. Vinculado a la vida superior del espíritu con los habitantes
de la ciudad, esta unión de todos en el mismo noble culto, dará un
concepto superior al sentimiento fraternal de la ciudadanía. No sólo
con símbolos generales del trabajo campestre, hemos de realzar dicho
esfuerzo. Poca es la influencia que ellos tienen sobre el alma del
pueblo, escasamente inclinado a generalizar. La individualización de la
estatua con que celebramos al poeta y al héroe, ofrécele, en cambio,
una prolongación objetiva de aquellas vidas excelentes, con las cuales
siéntese contemporáneo, o sea naturalmente inclinado a concebir la idea
de la inmortalidad. No es lo mismo decir a un labriego, "este monumento
representa el trabajo de la agricultura o de la ganadería", que
llevarlo ante la estatua de un hombre y hacerle ver en ella al general
San Martín que nos dió libertad, o al poeta Hernández que compuso los
versos de Martín Fierro. Mejor todavía si la efigie es sencilla y su
actitud natural; si no está el personaje encaramado en esos decorativos
corceles, o envuelto en esos mantos teatrales con que la impotencia
retórica disimula una irremediable incapacidad de grandeza. Mejor,
porque en vez de un ídolo habremos representado un hombre, es decir,
el elemento que necesitamos valorar. Así procedía el arte ejemplar
de los griegos; pues aquellos sus dioses de mármol proponían a la
raza modelos superiores de su propio tipo, en la plenitud de una
vida superior que ennoblecía la materia por medio del espíritu. Las
estatuas dispuestas en actitud extraordinaria, que es decir, sugestiva
de seres originariamente superiores a los mortales, fueron creaciones
del despotismo oriental introducidas por su congénere romano, cuando
la expansión de la conquista comunicó aquel vicio, por contacto, a
los jefes de las legiones. Ellas representaban el derecho divino, la
naturaleza predestinada de los reyes que lo encarnan, resultando, así,
distintos de sus súbditos por razón de calidad. La estatua fué símbolo
de aquella pretensión que sujeta la condición humana a la fatalidad del
nacimiento, y con ello organiza el mundo en un sistema inconmovible
de servidumbre: arriba, los amos; abajo los siervos. Y esto, sin
esperanza de cambio, desde que ambas posiciones son, para unos y otros,
resultados de sus distintas naturalezas.
El cristianismo, religión oriental a su vez, robusteció aquel
principio no bien su alianza con los emperadores indújolo a renegar el
helenismo en el cual primero habíase injertado para poder prosperar.
Y los pontífices cubiertos de mitras asiáticas, envueltos en oro
hasta disimular completamente la forma humana como las momias de
los faraones, sometidos al rigor de movimientos hieráticos que
repetían las actitudes sobrehumanas de los dioses--tanto más temibles
cuanto eran más diversos de la triste humanidad, más lejanos en su
misterio--encarnaron el dogma de obediencia con terrible perfección.
Para mejor dominar los espíritus, impusieron, so pena de condenación
irrevocable, creencias que ellos mismos declaraban absurdas, como lo
es la naturaleza distinta atribuída a los reyes; pues sólo cuando
el hombre abdica su razón, que es el móvil de la libertad, resulta
perfecta la obediencia. Y así quedó interrumpido en el mundo el
desarrollo normal de la civilización helénica.
Pero ésta era un producto natural de cierta región y de cierta raza,
predestinadas por causas que ignoramos, a realizarla sobre la tierra;
y seguro que no bien se hallara en condiciones de reaccionar, tomaría
otra vez la dirección interrumpida.
Esto sucedió cuando la Iglesia, creyendo poseer el Occidente como
dominio propio en el cual eran feudatarios los reyes, empezó a
maniobrar para apoderarse del Oriente cuya infidelidad contrariaba
sus pretensiones al imperio universal. Empeñada en este propósito,
descuidó por cerca de tres siglos su dominio europeo, al paso que
ocupaba y empobrecía en lejanas guerras sus más fieles campeones. Al
mismo tiempo, su unidad tradicional con el cesarismo habíase roto
por la base, al volvérsele enemigos los emperadores germánicos. Por
último, una corrupción sin precedentes, hacía del pontificado la
corte más disoluta de Europa. Grecia no existía por entonces en la
antigua península, ni en las tierras del Asia Menor, ni en aquella
Sicilia de los filósofos, pues las tres eran posesiones musulmanas.
Sólo quedaba la antigua zona de Provenza, donde los últimos herejes
conservaban a ocultas la protesta viva del helenismo. Maniqueos y
carpocracianos, seguían representando allá la expansión extrema de
aquel fenómeno, o sea el ideal racionalista y comunista de la sociedad
sin gobierno político, adaptado a las formas cristianas: el mismo que
los gnósticos del siglo II habían formulado en Egipto para conciliar
la nueva religión con el paganismo expirante, en un común propósito
de civilización progresiva. Y tan poderosa era aquella raíz, que
apenas Sicilia cayó en poder de Federico II de Hohenstaufen, volvieron
a florecer en ellas la cultura y el racionalismo paganos, bajo el
estímulo de aquel emperador enemigo de los papas cuya figura fué el
prototipo precoz de los grandes soberanos del Renacimiento.
La Provenza empezó a restaurar aquella civilización helénica,
tipificándola a su vez en dos personajes de ralea hercúlea: el trovador
y el paladín. Ambos representaron el ideal de justicia reasumida como
un bien personal, inherente a la condición humana, o sea lo contrario
de la gracia bajo cuyo concepto el dios del papa formulaba dicha
justicia en mandamientos penales emanados de su divina superioridad;
y el culto de la mujer, a quien la Iglesia consideraba como la
representación de uno de los enemigos del alma.
Los mismos soberanos pusiéronse a la cabeza de aquel vasto movimiento.
Jaime II de Aragón reconoció a la sombra de la mujer el mismo derecho
de asilo inviolable que a las iglesias; y con la sola excepción de los
asesinos, sus leyes prohibían prender bajo ningún otro pretexto a todo
el que fuese acompañando una dama.
El trovador fué el consejero de los reyes y hasta el rival afortunado,
como aquel Beltrán de Born que arrebató al conde de Tolosa, a Alfonso
de Aragón y a Guillermo de Bretaña, los tres príncipes más poderosos
de la región, el amor de Matilde de Montañac. Fué también el crítico
a quien todo se permitía, el postulante de nobleza que ganaba con sus
versos; el fundador de una democracia intelectual donde todos los
esfuerzos, sin excluir los del artesano y el comerciante, abrían campo
a los más ilustres destinos.
Al mismo tiempo, la ciencia florecía en la persona de sabios tan
eminentes como Raymundo Lulio. El latín transformábase en idiomas
de genuina vitalidad como aquella fabla catalana, la más antigua
de todas sus congéneres, que ya era corriente en Arles allá por el
siglo IX. Toda la costa del Mediterráneo, desde el Portugal hasta la
Liguria, experimentaba su influencia; y aquellos trovadores que habían
suscitado con las cruzadas, cuyos agentes los más activos fueron, la
primera expansión intercontinental de la Europa cristiana, resultaron
los antecesores de los grandes navegantes, cuya fama culminaría en la
empresa del ligur Cristóbal Colón.
Los juegos florales y los tribunales de honor, instituciones
civilizadoras, si las hay, estableciéronse en toda Europa. Bajo aquel
impulso de cultura, la Universidad de París llegó a contar cuarenta mil
alumnos. En la caballeresca y poética Borgoña, que era uno de los focos
civilizadores, la famosa abadía de Cluny alcanzó esplendor sin igual
en la ciencia y en el arte. Y como los trovadores eran cumplidísimos
caballeros que abonaban en el combate la doctrina heroica elogiada por
sus canciones, la caballería resultó fruto natural de aquel magnífico
florecimiento. El torneo fué el tribunal del honor, correspondiente
a la corte de amor donde sentenciaba la gracia. Aquellas dos formas
superiores de la vida exaltada en belleza, restablecieron la palestra
antigua, escuela de análogas costumbres. El mundo entero reconoció su
influencia. Hasta los sarracenos enemigos contra los cuales guerreaba
en Palestina la Cristiandad, apreciaban como era debido semejantes
instituciones; y así, Saladino pidió al rey de Inglaterra, su digno
rival, que lo armase caballero.
Pues aquel célebre paladín del corazón de león, contemporáneo por
cierto, sintetizó en su persona los dones epónimos, siendo el
representante invencible de la caballería y el poeta de las coplas
durante varios siglos populares.