_Pero poco aproveché

De fatura tan lucida:

El diablo no se descuida,

Y a mí me seguía la pista

Un ñato muy enredista

Que era oficial de partida._

_Se me presentó a esigir

La multa en que había incurrido:

Que el juego estaba prohibido,

Que iba a llevarme al cuartel...

Tuve que partir con él

Todo lo que había alquirido._

_Empecé a tomarlo entre ojos

Por esa albitrariedá.

Yo había ganao, es verdá,

Con recursos, eso sí;

Pero él me ganaba a mí

Fundao en su autoridá._

_Decían que por un delito

Mucho tiempo anduvo mal;

Un amigo servicial

Lo compuso con el juez,

Y poco tiempo después

Lo pusieron de oficial._

_En recorrer el partido

Continuamente se empleaba;

Ningún malevo agarraba,

Pero traiba en un carguero,

Gallinas, pavos, corderos.

Que por ahi recoletaba._

_No se debía permitir

El abuso a tal extremo.

Mes a mes hacía lo mesmo,

Y ansí decía el vecinario,

"Este ñato perdulario

Ha resucitao el diezmo"._

_La echaba de guitarrero

Y hasta de concertador;

Sentao en el mostrador

Lo hallé una noche cantando,

Y le dije, co...mo quiando

Con ganas de oir un cantor..._

_Me echó el ñato una mirada

Que me quiso devorar;

Mas no dejó de cantar

Y se hizo el desentendido,

Pero ya había conocido

Que no lo podía pasar._

_Una tarde que me hallaba

De visita, vino el ñato,

Y para darle un mal rato

Dije juerte:--Ñato...ribia

No cebe con la agua tibia...

Y me la entendió el mulato._

_Era el todo en el jujao,

Y como que se achocó,

Ahi no más me contestó:

--Cuando el caso se presiente,

Te he de hacer tomar caliente,

Y has de saber quen soy yo._

_Por causa de una mujer

Se enredó más la cuestión;

Le tenía el ñato afición,

Ella era mujer de ley,

Moza con cuerpo de güey

Muy blanda de corazón._

_La hallé una vez de amasijo,

Estaba hecha un embeleso;

Y le dije--Me intereso

En aliviar sus quehaceres,

Y ansí, señora, si quiere,

Yo le arrimaré los güesos[79]._

_Estaba el ñato presente

Sentado como de adorno.

Por evitar un trastorno

Ella, al ver que se dijusta,

Me contestó--Si usté gusta

Arrímelos junto al horno._

_Ahi se enredó la madeja

Y su enemistó conmigo;

Se declaró mi enemigo,

Y por aquel cumplimiento,

Ya solo buscó el momento

De hacerme dar un castigo._

* * * * *

_Me le escapé con trabajo

En diversas ocasiones;

Era de los adulones,

Me puso mal con el juez,

Hasta que, al fin, una vez

Me agarró en las eleciones._

_Ricuerdo que esa ocasión

Andaban listas diversas;

Las opiniones dispersas

No se podían arreglar;

Decían que el juez, por triunfar,

Hacía cosas muy perversas._

_Cuando se riunió la gente,

Vino a proclamarla el ñato,

Diciendo con aparato

Que todo andaría muy mal,

Si pretendía cada cual

Votar por un candidato._

_Y quiso al punto quitarme

La lista que yo llevé;

Mas yo se la mezquiné,

Y ya me gritó--¡Anarquista!

Has de votar por la lista

Que ha mandao el Comiqué._

_Me dió vergüenza de verme

Tratado de esa manera;

Y como si uno se altera,

Ya no es fácil de que ablande,

Le dije--Mande el que mande,

Yo he de votar por quien quiera._

--_En las carpetas de juego

Y en la mesa eletoral,

A todo hombre soy igual,

Respeto al que me respeta;

Pero el naipe y la boleta

Naides me lo ha de tocar._

_Ahi no más ya me cayó

A sable la polecía;

Aunque era una picardía,

Me decidí a soportar,

Y no los quise peliar

Por no perderme ese día._

Esos ñatos representan todo un sistema en nuestra política rural.

Mulatos leguleyos, con cuatro cerdas alazanas por bigote, pringado

de cacarañas sudorosas el rostro donde la avería nasal estampa por

definición el sello repugnante del calavera, quién no los ha visto

pasar hamacándose en sus tordillos de paso, o con un gallo de pelea

bajo la manga del guardapolvo, mientras la oreja baya provoca deslices

con el señuelo de su clavel querendón.

Así también se pinta sólo el comandante que va encontrando en la

renitencia política de los gauchos prendidos por su malandrín, pretexto

para mandarlos a la frontera. Oficialote brutal, peludo, con los ojos

abotagados de siesta borracha, su voz aguardentosa parece resoplar el

calor de la mala entraña.

--_Cuadrate, le dijo a un negro,

Te estás haciendo el chiquito,

Cuando sos el más maldito

Que se encuentra en todo el pago.

Un servicio es el que te hago

Y por eso te remito._

A OTRO

_Vos no cuidás tu familia

Ni le das los menesteres;

Visitás otras mujeres,

Y es preciso, calavera,

Que aprendás en la frontera

A cumplir con tus deberes._

A OTRO

_Vos también sos trabajoso;

Cuando es preciso votar

Hay que mandarte llamar

Y siempre andás medio alzao;

Sos un desubordinao

Y yo te voy a filiar._

A OTRO

_¿Cuánto tiempo hace que vos

Andás en este partido?

¿Cuántas veces has venido

A la citación del juez?

No te he visto ni una vez,

Has de ser algún perdido._

A OTRO

_Éste es otro barullero

Que pasa en la pulpería

Predicando noche y día

Y anarquizando a la gente.

Irás en el contingente

Por tamaña picardía._

A OTRO

_Dende la anterior remesa

Vos andás medio perdido;

La autoridá no ha podido

Jamás hacerte votar.

Cuando te mandan llamar

Te pasás a otro partido._

A OTRO

_Vos siempre andás de florcita,

No tenés renta ni oficio;

No has hecho ningún servicio,

No has votao ninguna vez,

Marchá... para que dejés

De andar haciendo perjuicio._

A OTRO

_Dame vos tu papeleta[80]

Yo te la voy a tener;

Ésta queda en mi poder,

Después la recogerás,

Y ansí si te resertás

Todos te pueden prender._

A OTRO

_Vos porque sos ecetuao

Ya te querés sulevar;

No vinistes a votar

Cuando hubieron eleciones,

No te valdrán eseciones,

Yo te voy a enderezar._

He dicho ya que la descripción del fortín donde fué a dar Picardía, es

una mera redundancia; no obstante, hay en ella una silueta de oficial

bribón que merece los honores de la cita:

_De entonces en adelante,

Algo logré mejorar,

Pues supe hacerme lugar

Al lado del ayudante._

_El se daba muchos aires,

Pasaba siempre leyendo,

Decían que estaba aprendiendo

Pa recebirse de flaire._

_Aunque lo pifiaban tanto,

Jamás lo ví dijustao.

Tenía los ojos paraos

Como los ojos de un santo._

_Muy delicao, dormía en cuja[81]

Y no sé porqué sería,

La gente lo aborrecía

Y le llamaban_ LA BRUJA.

_Jamás hizo otro servicio

Ni tuvo otras comisiones,

Que recebir las raciones

De víveres y de vicios._

Parientes del coronel o de algún personaje notorio, aquellos favoritos,

temporalmente sustraídos a la protesta social por alguna sonada

trapacería, eran los regalones del cuerpo donde procuraban restaurar,

con la fama perdida, su agotamiento de calaveras. Mezcla de truhán

y de seminarista, el tipo aquél parece salirse, literalmente, de

las escasas redondillas donde la mano maestra lo ha clavado como un

insecto, sin necesitar más que esos cuatro alfileres para revelarnos

completa su anatomía.

Un breve romance sirve luego de introducción a la payada entre Martín

Fierro y el negro. Obsérvese cómo sin perder nada de su estructura

local, el idioma adquiere, naturalmente, la manera narrativa del

antepasado español:

_Esto cantó Picardía

Y después guardó silencio.

Mientras todos celebraban

Con placer aquel encuentro.

Mas una casualidá,

Como que nunca anda lejos,

Entre tanta gente blanca

Llevó también a un moreno,

Presumido de cantor

Y que se tenía por güeno.

Y como quien no hace nada,

O se descuida de intento,

Pues siempre es muy conocido

Todo aquel que busca pleito,

Se sentó con toda calma,

Echó mano al estrumento,

Y ya le pegó un rajido[82]

--Era fantástico el negro--

Y para no dejar dudas

Medio se compuso el pecho.

Todo el mundo conoció

La intención de aquel moreno:

Era claro el desafío

Dirigido a Martín Fierro,

Hecho con toda arrogancia,

De un modo muy altanero.

Tomó Fierro la guitarra,

Pues siempre se halla dispuesto,

Y ansí cantaron los dos

En medio de un gran silencio._

La payada es una composición muy desigual: dijérasela un resumen de

todas las buenas y malas cualidades de nuestro poeta. Como lance

filosófico, resulta en muchas partes forzado y lleno de violentas

pretensiones literarias. Aunque el negro afirma que fué educado por

un fraile, como suele, efectivamente, suceder, pues el servicio del

cura es ocupación de negritos, su sabiduría nos resulta desplazada.

En cambio, cuando los payadores hacen gala de sus conocimientos

campestres, el asunto recobra todo su interés; las réplicas son

oportunas y originales. Así el negro en su exordio:

_Mi madre tuvo diez hijos,

Los nueve muy rigulares;

Tal vez por eso me ampare

La Providencia divina:

En los güevos de gallina

El décimo es el más grande._

Y Fierro en su réplica final:

_La madre echó diez al mundo,

Lo que cualquiera no hace,

Y tal vez de los diez pase

Con iguales condiciones:

La mulita pare nones

Todos de la mesma clase._

O en otra parte:

_Moreno, alvierto que tráis

Bien dispuesta la garganta;

Sos varón, y no me espanta

Verte hacer esos primores:

En los pájaros cantores

Sólo el macho es el que canta._

A lo cual el negro contesta:

_A los pájaros cantores

Ninguno imitar pretiende;

De un don que de otro depende

Naides se debe alabar,

Pues la urraca apriende a hablar,

Pero sólo la hembra apriende._

Los temas propuestos, hállanse asimismo, llenos de grandeza épica; el

canto del cielo, el canto de la tierra, el canto del mar. Adviértese

que el poeta se ha engrandecido con su propio asunto; y aunque, dados

los protagonistas, era sumamente difícil no incurrir en vulgaridad

o amaneramiento, ideas y expresiones alcanzan con frecuencia el

tono debido, sin dejar de ser enteramente gauchas. Para salvar esta

dificultad, quizá la más grande en todo el poema, le basta con ser

natural y veraz como de costumbre. Así evidencia, lo cual es un timbre

de honor para nuestra raza, que el alma gaucha era capaz de concebir

en los grandes fenómenos naturales una trascendencia filosófica,

y conserva al género, directamente derivado de los trovadores, su

inclinación característica.

Mas el estilo va desmayando a la par del asunto, como sucede en casi

todas las composiciones análogas. Los consejos finales del cantor,

recuerdan con desventaja aquellos otros del viejo Viscacha, tan

llenos de observación pintoresca y de gracia proverbial. La moraleja

es la debilidad de la fábula; y cuando nuestro poeta hace moral con

palabras, no con actos, renuncia a la eficacia práctica del ejemplo

que constituye todo el sistema docente en la materia, así como al don

más característico de su estética. Pero este mismo defecto revela

su sinceridad. Es que no se trata de una obra preceptuada, sino de

un manantial que ha corrido a despecho de su propio creador. Sus

sinuosidades, sus estancamientos, sus vueltas sobre sí mismo, su lodo

y sus guijarros, su turbulencia y su claridad, hay que apreciarlos en

conjunto, puesto que así constituyen su ser. La vida heroica de la

raza, sintetizada en una grande empresa de justicia y de libertad,

constituye su mérito y determina su excelsa clasificación. Pero ella

no transcurre, naturalmente, sin dolores y sin miserias; es decir, sin

los episodios ingratos que constituyen las piedras brutas sobre las

cuales, arrastrándose, talla el arroyo su cristal. La limpieza del

establo famoso, es también uno de los trabajos de Hércules. Los mismos

númenes creadores coronan su obra primordial, construyendo un hombre de

barro. Y nosotros somos ese limo, y nuestras lágrimas son aquella agua

que se le escapa por los poros en divina clarificación. No achaquemos

al arquitecto la vileza del material con que está obligado a construir.

Él es, por el contrario, quien lo exalta, amoldándolo a la belleza

prototípica que está en él, como están en el seno maternal la forma

y el destino de la primera copa; ordenándolo con su ciencia nativa,

elevándolo con el ímpetu de sus alas, del propio modo que la golondrina

lleva un poco del barrizal a la cornisa de la torre.

NOTAS:

[72] Otras cuarenta como las cartas de la baraja usual entre los

gauchos que desechan los ochos y los nueves. En el preludio de la

primera parte había dicho, precisamente, que su pensamiento jugaba "con

oros, copas y bastos".

[73] Nombre de la caña que solía ser el asta de la lanza: la lanza

misma por antonomasia.

[74] Indio. Ver el Tomo II.

[75] Girar en las patas sobre un cuero, sin salir de él, es la prueba

más completa de buena rienda que puede dar un caballo. La expresión

"como trompo en la boca", significa que siendo de boca tan blanda, gira

como un trompo.

[76] Como si estuviera jugando sólo al juego del monte.

[77] Para asar la carne, ensartábanla los gauchos en un palo o en un

espeque de fierro.

[78] Las piernas; por lo mucho que se destacan las del animal, siendo

rojas, cuando corre.

[79] Equívoco entre "arrimarle los huesos", o sea acostarse con ella,

y poner huesos en la puerta del horno, para que allá encendidos,

preserven con su lento calor la entrada del aire. De aquí la respuesta

que da la moza.

[80] La libreta del enrolamiento militar.

[81] Cama de madera. Es una generalización a esta clase de lechos, del

cabezal que recibe aquel nombre en castellano.

[82] Rasgueo.

X

=El linaje de Hércules=

Monumento, ya se lo erigió el poeta en esa perpetuidad de la fama con

que el verso del otro dió parangón al metal[83]. Mas el pueblo le

debe todavía aquella prenda de su gratitud. Martín Fierro necesita su

bronce. Éste será la carne heroica en la cual hemos de encerrar su

espíritu para que así rehabite entre nosotros una materia, al fin,

análoga. Porque, efectivamente, él mismo habíasela formado. De tierra

pampeana y de sol nuestro, de trabajo y de dolor que nos pertenecen,

estaba construído aquel antecesor. Como en la aleación donde se

combinan la rojura y la palidez de los sendos metales, el furor de

la llama original ennoblecía su raza. Y de arder así, habíase puesto

moreno. Mas la substancia de ese sol y de esa pena refundidos en su

ser, comunicábanle aquella sensibilidad musical que da el oro al

timbre de la campana. Adentro estaba el gran corazón, expandiéndose

a badajadas que dolían de golpear el propio pecho, para resonar en

palabras armoniosas el lenguaje del alma. Y éste era, a su vez, la

anunciación de la aurora. El metal aun denso de terráquea pesadumbre

parece que va dilatando el cielo en vibraciones de luminosa sonoridad,

como el busto del nadador sobre las aguas concéntricas; su canto de

gloria promueve las innúmeras voces del aire, que con alegría infantil,

parece reir, granizado en perlas; pero la gravedad de su tenor,

comunícale al mismo tiempo elocuencia de vocablo rotundo; la índole

mineral estalla en resonancias de combate; el tono heroico emana de su

fortaleza, bien que pronto conmovido en voces de canción o exaltado en

alegre intrepidez de gorgeo; allá muy lejos, sobre las montañas y las

arboledas, que son las costas del aire, desmenúzase el són en cristales

de agua esplayada; y de este modo la tierra y el cielo unen sus voces

en la vibración de aquel pedazo de materia cuya facultad maravillosa

es, sin embargo, la más elemental de las propiedades.

Así la poesía en el alma de ese gaucho; la poesía de la raza, que bien

merece, a mi ver, una caracterización monumental. Inconsciente de su

mérito, como la pampa cantada de su belleza, esta ingenuidad nativa es

otra razón para decretarle el triunfo póstumo que ni siquiera sospechó.

El hombre del campo encontrará en ello una enseñanza. Cuando colgó de

un horcón de su rancho el cuaderno ordinario junto con la guitarra

compañera, hizo como aquellas aves que adornan con flores sus nidos.

Y entonces la estatua de la ciudad, realzará la delicadeza de sus

sentimientos como un certificado ilustre. Por ella sabrá que el autor

de los versos amados, si habla como él, es también un grande entre los

hombres. Vinculado a la vida superior del espíritu con los habitantes

de la ciudad, esta unión de todos en el mismo noble culto, dará un

concepto superior al sentimiento fraternal de la ciudadanía. No sólo

con símbolos generales del trabajo campestre, hemos de realzar dicho

esfuerzo. Poca es la influencia que ellos tienen sobre el alma del

pueblo, escasamente inclinado a generalizar. La individualización de la

estatua con que celebramos al poeta y al héroe, ofrécele, en cambio,

una prolongación objetiva de aquellas vidas excelentes, con las cuales

siéntese contemporáneo, o sea naturalmente inclinado a concebir la idea

de la inmortalidad. No es lo mismo decir a un labriego, "este monumento

representa el trabajo de la agricultura o de la ganadería", que

llevarlo ante la estatua de un hombre y hacerle ver en ella al general

San Martín que nos dió libertad, o al poeta Hernández que compuso los

versos de Martín Fierro. Mejor todavía si la efigie es sencilla y su

actitud natural; si no está el personaje encaramado en esos decorativos

corceles, o envuelto en esos mantos teatrales con que la impotencia

retórica disimula una irremediable incapacidad de grandeza. Mejor,

porque en vez de un ídolo habremos representado un hombre, es decir,

el elemento que necesitamos valorar. Así procedía el arte ejemplar

de los griegos; pues aquellos sus dioses de mármol proponían a la

raza modelos superiores de su propio tipo, en la plenitud de una

vida superior que ennoblecía la materia por medio del espíritu. Las

estatuas dispuestas en actitud extraordinaria, que es decir, sugestiva

de seres originariamente superiores a los mortales, fueron creaciones

del despotismo oriental introducidas por su congénere romano, cuando

la expansión de la conquista comunicó aquel vicio, por contacto, a

los jefes de las legiones. Ellas representaban el derecho divino, la

naturaleza predestinada de los reyes que lo encarnan, resultando, así,

distintos de sus súbditos por razón de calidad. La estatua fué símbolo

de aquella pretensión que sujeta la condición humana a la fatalidad del

nacimiento, y con ello organiza el mundo en un sistema inconmovible

de servidumbre: arriba, los amos; abajo los siervos. Y esto, sin

esperanza de cambio, desde que ambas posiciones son, para unos y otros,

resultados de sus distintas naturalezas.

El cristianismo, religión oriental a su vez, robusteció aquel

principio no bien su alianza con los emperadores indújolo a renegar el

helenismo en el cual primero habíase injertado para poder prosperar.

Y los pontífices cubiertos de mitras asiáticas, envueltos en oro

hasta disimular completamente la forma humana como las momias de

los faraones, sometidos al rigor de movimientos hieráticos que

repetían las actitudes sobrehumanas de los dioses--tanto más temibles

cuanto eran más diversos de la triste humanidad, más lejanos en su

misterio--encarnaron el dogma de obediencia con terrible perfección.

Para mejor dominar los espíritus, impusieron, so pena de condenación

irrevocable, creencias que ellos mismos declaraban absurdas, como lo

es la naturaleza distinta atribuída a los reyes; pues sólo cuando

el hombre abdica su razón, que es el móvil de la libertad, resulta

perfecta la obediencia. Y así quedó interrumpido en el mundo el

desarrollo normal de la civilización helénica.

Pero ésta era un producto natural de cierta región y de cierta raza,

predestinadas por causas que ignoramos, a realizarla sobre la tierra;

y seguro que no bien se hallara en condiciones de reaccionar, tomaría

otra vez la dirección interrumpida.

Esto sucedió cuando la Iglesia, creyendo poseer el Occidente como

dominio propio en el cual eran feudatarios los reyes, empezó a

maniobrar para apoderarse del Oriente cuya infidelidad contrariaba

sus pretensiones al imperio universal. Empeñada en este propósito,

descuidó por cerca de tres siglos su dominio europeo, al paso que

ocupaba y empobrecía en lejanas guerras sus más fieles campeones. Al

mismo tiempo, su unidad tradicional con el cesarismo habíase roto

por la base, al volvérsele enemigos los emperadores germánicos. Por

último, una corrupción sin precedentes, hacía del pontificado la

corte más disoluta de Europa. Grecia no existía por entonces en la

antigua península, ni en las tierras del Asia Menor, ni en aquella

Sicilia de los filósofos, pues las tres eran posesiones musulmanas.

Sólo quedaba la antigua zona de Provenza, donde los últimos herejes

conservaban a ocultas la protesta viva del helenismo. Maniqueos y

carpocracianos, seguían representando allá la expansión extrema de

aquel fenómeno, o sea el ideal racionalista y comunista de la sociedad

sin gobierno político, adaptado a las formas cristianas: el mismo que

los gnósticos del siglo II habían formulado en Egipto para conciliar

la nueva religión con el paganismo expirante, en un común propósito

de civilización progresiva. Y tan poderosa era aquella raíz, que

apenas Sicilia cayó en poder de Federico II de Hohenstaufen, volvieron

a florecer en ellas la cultura y el racionalismo paganos, bajo el

estímulo de aquel emperador enemigo de los papas cuya figura fué el

prototipo precoz de los grandes soberanos del Renacimiento.

La Provenza empezó a restaurar aquella civilización helénica,

tipificándola a su vez en dos personajes de ralea hercúlea: el trovador

y el paladín. Ambos representaron el ideal de justicia reasumida como

un bien personal, inherente a la condición humana, o sea lo contrario

de la gracia bajo cuyo concepto el dios del papa formulaba dicha

justicia en mandamientos penales emanados de su divina superioridad;

y el culto de la mujer, a quien la Iglesia consideraba como la

representación de uno de los enemigos del alma.

Los mismos soberanos pusiéronse a la cabeza de aquel vasto movimiento.

Jaime II de Aragón reconoció a la sombra de la mujer el mismo derecho

de asilo inviolable que a las iglesias; y con la sola excepción de los

asesinos, sus leyes prohibían prender bajo ningún otro pretexto a todo

el que fuese acompañando una dama.

El trovador fué el consejero de los reyes y hasta el rival afortunado,

como aquel Beltrán de Born que arrebató al conde de Tolosa, a Alfonso

de Aragón y a Guillermo de Bretaña, los tres príncipes más poderosos

de la región, el amor de Matilde de Montañac. Fué también el crítico

a quien todo se permitía, el postulante de nobleza que ganaba con sus

versos; el fundador de una democracia intelectual donde todos los

esfuerzos, sin excluir los del artesano y el comerciante, abrían campo

a los más ilustres destinos.

Al mismo tiempo, la ciencia florecía en la persona de sabios tan

eminentes como Raymundo Lulio. El latín transformábase en idiomas

de genuina vitalidad como aquella fabla catalana, la más antigua

de todas sus congéneres, que ya era corriente en Arles allá por el

siglo IX. Toda la costa del Mediterráneo, desde el Portugal hasta la

Liguria, experimentaba su influencia; y aquellos trovadores que habían

suscitado con las cruzadas, cuyos agentes los más activos fueron, la

primera expansión intercontinental de la Europa cristiana, resultaron

los antecesores de los grandes navegantes, cuya fama culminaría en la

empresa del ligur Cristóbal Colón.

Los juegos florales y los tribunales de honor, instituciones

civilizadoras, si las hay, estableciéronse en toda Europa. Bajo aquel

impulso de cultura, la Universidad de París llegó a contar cuarenta mil

alumnos. En la caballeresca y poética Borgoña, que era uno de los focos

civilizadores, la famosa abadía de Cluny alcanzó esplendor sin igual

en la ciencia y en el arte. Y como los trovadores eran cumplidísimos

caballeros que abonaban en el combate la doctrina heroica elogiada por

sus canciones, la caballería resultó fruto natural de aquel magnífico

florecimiento. El torneo fué el tribunal del honor, correspondiente

a la corte de amor donde sentenciaba la gracia. Aquellas dos formas

superiores de la vida exaltada en belleza, restablecieron la palestra

antigua, escuela de análogas costumbres. El mundo entero reconoció su

influencia. Hasta los sarracenos enemigos contra los cuales guerreaba

en Palestina la Cristiandad, apreciaban como era debido semejantes

instituciones; y así, Saladino pidió al rey de Inglaterra, su digno

rival, que lo armase caballero.

Pues aquel célebre paladín del corazón de león, contemporáneo por

cierto, sintetizó en su persona los dones epónimos, siendo el

representante invencible de la caballería y el poeta de las coplas

durante varios siglos populares.

El Payador, Vol. I Hijo de la Pampa · 第 17 / 18 段