suceder, al tratarse de la época heroica por excelencia. Su poesía
que formulaba, a la vez, el ideal dominante y los dechados de las
costumbres, establece de una manera palmaria la vinculación con el
helenismo. Pues no fué sino la adaptación cumplida de la Ilíada y de
la Odisea, que todavía en el siglo XIV engendraba la _Crónica Troyana_
conservada por el códice gallego de la Biblioteca de Madrid.
Así, los conceptos fundamentales de la civilización resultan ser
supervivencia griega conservada por aquella poesía, y no principios
cristianos; desde que las costumbres más influyentes, no estaban
determinadas por los tales principios sino por aquellos conceptos:
_verbi gratia_, el culto de la mujer libertada de la tiranía
matrimonial; el gobierno laico; la caballería; el desafío judicial; la
tolerancia; la despreocupación religiosa...
Dichos poemas, que resultan los principales de la civilización
cristiana, fueron _La Canción de Rolando_, _Los Nibelungos_, _El
Romancero_ y hasta aquella _Divina Comedia_ cuyo autor rimaba en lengua
provenzal con acabada maestría[84].
Dos o quizá tres siglos antes que el resto de Europa, aquella comarca
tuvo un idioma propio: vale decir, el fundamento de una civilización
original, procedente, como este mismo fenómeno, del ingerto latino en
los antiguos vivaces troncos locales de origen especialmente céltico.
Fué aquella la lengua llamada romana, catalana, provenzal, lemocina
u occitánica (lengua de _oc_) según las regiones donde la hablaban;
pero siempre el elemento común, o agente práctico de fraternidad,
que congregaba en una misma civilización aquellas comarcas después
enemigas. El común origen pagano, estaba, además, patente, en la otra
institución congénere del desafío judicial que la Iglesia no había
podido suprimir. Civilización de paladines, su éxito estuvo patente en
el triunfo de las primeras cruzadas. El Cid murió el mismo año de la
conquista de Jerusalem.
Aquella democracia hizo también la felicidad del pueblo. Honradas las
artes, que como la pedagogía bajo el reinado de don Alfonso el Sabio,
tuvieron por premio el título de nobleza, trabajo y dinero abundaron
con profusión inusitada desde los más felices tiempos de la antigüedad.
Entonces fué cuando se organizaron las corporaciones obreras, bajo un
carácter análogo al de las _collegia_ romanas, con el fin de resistir,
como hoy, por medio de la huelga y del _boycott_, la imposición de
gravámenes excesivos o la depreciación perjudicial de los jornales.
El paganismo iba resucitando, como se vé, en aquellas justicieras
instituciones. La misma protección a los herejes albigenses, causa de
la guerra con el papado, era un acto de independencia laica y de amparo
a la libertad de conciencia.
La democracia cuyo espíritu dominaba sobre toda la costa europea del
Mediterráneo, conquistada por aquella civilización de los trovadores,
asumió formas políticas decididamente republicanas, en las ciudades
libres que habían suprimido el feudalismo y que eran generalmente
antipapistas: repúblicas municipales, sin duda, pero con representación
exterior, que es decir, con tratados de paz, de guerra, de comercio,
como verdaderas entidades nacionales. Así aliábanse con los monarcas
poseídos de análogo espíritu liberal, como lo hicieron a mediados del
siglo XII, contra los moros de España, Génova, Pisa, Marsella, Narbona
y Montpellier, con Raymundo Berenguel III, conde de Barcelona.
Fué, asimismo, esa época famosa por sus grandes enamorados, a la vez
que ilustres héroes, como el antiquísimo Marcabrú, el _Mambrú_ de las
coplas; o aquel Pedro Vidal quien por el amor de su dama, Loba de
Penautier, echóse a correr los montes disfrazado de lobo, hasta morir
como tal entre los colmillos de engañada jauría; o aquel Guillermo de
Tours que hízose enterrar vivo al lado de su amada difunta.
La fidelidad constituyóse, al mismo tiempo, en virtud específica del
paladín, casto, por lo mismo, como ninguno. En la primitiva _Canción de
Rolando_, para nada figura el amor. La primera divisa personal que la
heráldica recuerda, fué este verso mandado grabar por San Luis rey de
Francia en su anillo nupcial:
_Hors cet annel pourrions trouver amour,_
La cortesía floreció como el gracioso dogma de ese culto de la mujer.
Las más dulces expresiones del amor, hasta hoy conservadas por nuestros
idiomas, son invenciones de aquellos poetas. La boca de la mujer
denomináronla por su sonrisa, según vemos en el Dante, buen trovador a
su vez:
_Quando leggemmo il disiato riso
Esser bacciato da cotanto amante..._
Ninguna otra literatura fué tan rica en creaciones métricas y en obras
prototípicas, desde el endecasílabo serventesio hasta los poemas épicos
cuyo tipo es el _Romancero_, y las primeras novelas cuyo modelo está en
_Amadís de Gaula_.
La música enriquecióse con docenas de instrumentos nuevos, entre los
cuales la viola, madre del violín, engendró el maravilloso ser viviente
que es este instrumento, convirtiendo, así, la voz del arte en palabra:
vale decir, alcanzando uno de los resultados más bellos, al consistir
el objeto de aquél en la espiritualización de la materia. La tradición
greco-romana transformóse enteramente, con la introducción de las
diafonías y la elevación de las tercias naturales a consonantes; y al
empezar el siglo XIV, el _Ars Contrapuncti_ de Felipe Vitri formuló
en leyes vigentes hasta hoy, la técnica de aquella construcción de la
melodía. Guido d'Arezzo, el inventor del soneto, inició el sistema de
la tonalidad. Por último, la polifonía nació con los motetes de los
trovadores...
Pero esta civilización suscitada y organizada por medio de la música,
como aquella del helenismo cuya influencia restauraba, exige mayor
detención en el estudio de sus detalles.
Los músicos de los templos paganos destruídos por el cristianismo,
diéronse a vagar con su arte, propagándolo en el pueblo, tal como
sucedió después con los artistas de Bizancio tomada por los turcos;
siendo, respectivamente, unos y otros, los agentes de la trova y del
Renacimiento. Por otra parte, en Provenza, la liturgia fué durante los
primeros tiempos cristianos una amalgama greco-latina; de manera que
aquellos músicos hallaron empleo en los cantos corales que usaban las
dos lenguas alternativamente. La modalidad del canto eclesiástico,
fué a su vez una ligera modificación de la música vocal pagana
mezclada con melodías hebreas; de modo que el canto llano consistió
en una aplicación de las reglas de la prosa numérica enseñada por los
retóricos romanos y que constituyó el sistema fonético de la elocuencia
latina. Nuestros canónigos salmodian algunos de sus oficios con el
mismo tono que daba Cicerón a sus discursos; y el acompañamiento de las
primeras trovas, fué un compás de recitado, como el de la guitarra en
las milongas campestres.
Los maestros de músicas usaban, precisamente, un instrumento llamado
_monocordio_ cuyos sones estaban designados con las letras del
alfabeto, continuando, así, el sistema de la notación griega. El
sonido más grave, o _proslambanómenos_ de los antiguos, correspondía
al _la_ grave de nuestra llave de _fa_ y hallábase designado por la
A mayúscula. De aquí nació la primera escala moderna, atribuída a
Odón, abad de Cluny, la ya citada famosa abadía de Borgoña; pues en
los comienzos del siglo X, o sea cuando estaba acabando de formarse
la lengua provenzal, aquel monje habría designado los sonidos con los
nombres convencionales de _buc_, _re_, _scembs_, _caemar_, _neth_,
_niche_, _assel_. El canto litúrgico enriquecióse por su parte,
agregando a las dos voces tradicionales de la antigua armonización
vocal u _organum_, que había sobrevivido intacta cinco siglos, el
_triplum_ y el _cuadruplum_, o sea una tercera y una cuarta partes.
Mas esa evolución religiosa de la música, enteramente natural entonces,
al ser las iglesias los únicos teatros líricos, vamos al decir, no
convirtió en mística la poesía trovadora. No solamente carecía ella de
sentimiento religioso, sino que satirizaba con frecuencia la relajación
del clero, llegando hasta celebrar los derechos del amor libre.
Y es que, pagana por sus orígenes greco-latinos, así como por las
instituciones célticas del duelo judicial y del culto a la mujer,
aquella civilización tuvo de agentes inmediatos a los árabes,
exaltadísimos cuanto platónicos amadores, y autores directos del arte
de trovar bajo sus formas características: el poeta errante, acompañado
por su juglar; el amor, absolutamente desinteresado de sensualismo;
hasta el instrumento clásico, o sea el rabel de tres cuerdas, y las
justas en verso, fuentes de nuestras payadas. Todo fué, pues, pagano,
en aquella civilización de los trovadores y los paladines.
Al mismo tiempo, la arquitectura, o sea el arte social por excelencia,
transformó a su vez la construcción latina en aquellos edificios
romanos que dieron a la Europa gótica su primer tipo verdaderamente
nacional, pronto llevado a la perfección por las gallardas iglesias
ojivales. Y esta fué la única arquitectura genuina que el Occidente
cristiano tuvo y tendrá.
Todo ello procedía de la libertad espiritual inherente a la
civilización griega, así renacida. El Romancero va a decirnos cómo la
entendían los paladines:
_Ese buen rey don Alfonso
El de la mano horadada,
Después que ganó a Toledo
En él puso su morada._
* * * * *
_Elegido ha un arzobispo,
Don Bernardo se llamaba,
Hombre de muy santa vida,
De letras y buena fama,
Y de que lo hubo elegido
Por nombre le intitulaba
Arzobispo de Toledo,
Primado de las Españas:
Todo cuanto el rey le diera_
_Se lo confirmara el papa.
Desque ya tuvo el buen rey
Esta tierra sosegada,
A la reina su muger
En gobernación la daba.
Fuése a visitar su reino,
Fué a Galicia y su comarca.
Después de partido el rey,
La reina doña Constanza
Viendo su marido ausente
Pensamientos la aquejaban
No de regalos de cuerpo,
Mas de salvación del alma.
Estando así pensativa
El arzobispo llegára,
En llegando el arzobispo
Desta manera le habla:
--Don Bernardo, ¿qué haremos,
Que la conciencia me agrava
De ver mezquita de moros
La que fué iglesia santa,
Donde la reina del cielo
Solía ser bien honrada?
¿Qué modo, dice, ternemos
Que torne a ser consagrada,
Que el rey no quiebre la fe
Que a los moros tiene dada?
Cuando esto oyó el arzobispo
De rodillas se hincaba:
Alzó los ojos al cielo,
Las manos puestas hablaba:
--Gracias doy a Jesucristo
Y a su Madre Virgen santa,
Que salís, reina, al camino
De lo que yo deseaba.
Quitémosela a los moros
Antes hoy que no mañana,
No dejéis el bien eterno
Por la temporal palabra.
Ya que el rey se ensañe tanto
Que venga a tomar venganza
Perdamos, reina, los cuerpos,
Pues que se ganan las almas.
Luego aquella misma noche
Dentro en la mezquita entraba;
Limpiando los falsos ritos
A Dios la redificaba,
Diciendo misa este día
El arzobispo cantada.
Cuando los moros lo vieron
Quejas al rey le enviaban;
Mas el rey cuando lo supo
Gravemente se ensañaba:
A la reina y al perlado
Malamente amenazaba;
Sin esperar más consejo
A Toledo caminaba.
Los moros que lo supieron
Luego consejo tomaban;
Sálenselo a recibir
Hasta Olias y Cabañas,
Llegados delante el rey
De rodillas se hincaban:
--Mercedes, buen rey, mercedes
Dicen, las manos cruzadas;
Mas el rey que así los vido
Uno a uno levantaba:
--Calledes, buenos amigos,
Que este hecho me tocaba,
Quien a vos ha hecho tuerto
A mí quebró la palabra;
Mas yo haré tal castigo_
_Que aína habréis la venganza.
Los moros cuando esto oyeron
En altas voces clamaban:
--Merced, buen señor, merced,
La vuestra merced nos valga:
Si tomáis venganza desto
A nos costará bien cara,
Quien matare hoy a la reina
Arrepentirse ha mañana.
La mezquita ya es iglesia,
No nos puede ser tornada,
Perdonedes a la reina
Y a los que nos la quitaran,
Que nosotros desde agora
Os alzamos la palabra.
El buen rey cuando esto oyera
Grandemente se holgara,
Dándoles gracias por ello
Perdido ha toda su saña._
El Cid, excomulgado por el papa, procederá de esta manera:
_El papa cuando lo supo
Al Cid ha descomulgado;
Sabiéndolo el de Vivar,
Ante el papa se ha postrado:
--Absolvedme, dijo, papa,
Sino seráos mal contado.
El papa, padre piadoso,
Respondió muy mesurado:
--Yo te absuelvo, don Ruy Díaz,
Yo te absuelvo de buen grado,
Con que seas en mi corte
Muy cortés y mesurado._
Y esto, no una sola vez, sino de costumbre, a juzgar por estos
reproches del monarca:
_Cosas tenedes el Cid,
Que farán fablar las piedras,
Pues por cualquier niñería
Façeis campaña la iglesia._
La cruzada contra los albigenses fué el episodio mortal que arrasó por
segunda vez la renacida cultura griega. Y es que eso representaba,
propiamente hablando, el conflicto de dos civilizaciones.
El cristianismo, al entenderse con los hombres del Norte, sus campeones
naturales hasta hoy, había tomado una dirección que constituye una
tendencia de raza; pues aquí está el origen del irreducible antagonismo
entre la civilización helénica y la gótica. La primera busca su
satisfacción espiritual por el camino de la belleza; la segunda, por el
camino de la verdad. Ambas saben instintivamente, que sin ese estado
de tranquilidad, tan necesario al espíritu como el agua a la sed (por
esto es que instintivamente lo saben y lo buscan) no hay civilización
posible. Ambas lo han demostrado en la historia, con la creación de
civilizaciones cuyo éxito y cuya firmeza dependieron de ese estado;
pues solamente la serenidad del alma torna amable el ejercicio de
la vida. La civilización, como forma de la actividad humana, es una
marcha hacia el bien, materializado en mejoras físicas y morales; mas
la raza helénica, obedeciendo a sus inclinaciones naturales, creía
que la educación conducente a ese objeto, consistía en la práctica
y el descubrimiento de la belleza: al ser ésta una emoción noble,
un estado superior de la vida, induce por simpatía a la verdad y al
bien, prototipos de ese mismo estado. Y prefiere la belleza, porque
los otros dos principios son inmateriales y mudables; es decir, menos
eficaces sobre el espíritu. Cada época tiene su verdad y su bien, a
veces contradictorios con los de otras épocas; al paso que, una vez
alcanzada, la belleza es permanente. Ella constituye, además, un
resultado personalísimo de cada artista, y con esto erige la libertad
ilimitada del pensamiento y de la conducta, en condición esencial de
éxito.
La raza gótica, más metafísica y disciplinada, prefiere, como ya lo
enuncié, el camino de la verdad cuya investigación exige un sistema de
actividad colectiva; pero como la verdad es variable en las fórmulas
que de ella va encontrando la investigación, dicha raza halló la
seguridad necesaria a su espíritu en el dogma que le ofrecía un
concepto definitivo de verdad, al ser una comunicación divina. Por esto
es que los pueblos protestantes son también los más cristianos, al
mismo tiempo que los más jerárquicos y morales.
Ambas tendencias concurren al mismo fin, desde que su objeto es
dilucidar las leyes de la vida para aprovecharla mejor: una por el
descubrimiento de la armonía que esencialmente la constituye; otra por
el de las causas que la determinan. Aquélla, revelando la vida superior
latente en nosotros: que es decir, proponiendo modelos más armoniosos y
por lo tanto mejor acondicionados para subsistir; ésta, esclareciendo
la ley del fenómeno vital cuya lógica trascendente nos abre el secreto
del porvenir, al darnos la clave del pasado y del presente. Su
propósito es, como se vé, un ideal, y éste consiste a su vez en aquel
triple arquetipo de bien, belleza y verdad, que es la razón suprema
de nuestra vida. Pues todas nuestras actividades, están determinadas
por alguno de esos tres móviles. Los genios son los agentes de aquella
razón en toda su integridad arquetípica; y por ello escapan a la ley
de raza. Representan la vida integral de una humanidad futura en la
cual habrán desaparecido las actuales causas de separación. En ellos
coinciden la belleza y la libertad, móviles característicos de la raza
helénica, con la verdad y la disciplina peculiares a la raza gótica.
Así es como Wagner resulta un hermano de Eskilo.
Ahora bien, nosotros pertenecemos al helenismo; y entonces, la
actividad que nos toca en el proceso de la civilización, ha de estar
determinada por la belleza y por la libertad para alcanzar su mayor
eficacia; puesto que ambas son nuestros móviles naturales. En la
conformidad de los actos con la índole de cada cual, estriba el éxito
de la vida. Cada hombre y cada raza nacen para algo que no pueden
eludir sin anularse. Y así lo dicen las conocidas palabras de nuestro
libertador: _Serás lo que debes ser, y sino, no serás nada_.
Entre las deidades helénicas, Hércules, además de ser el antecesor
de los paladines, fué uno de los grandes liróforos del panteón. Y
con esto, el numen más popular del helenismo. Más directamente que
cualesquiera otros, los héroes y los trovadores de España fueron de su
cepa; pues sabido es que las leyendas medioevales, con significativa
simbólica alusión al carácter de la raza, considerábanlo creador del
estrecho de Gibraltar y fundador de Ávila. La herencia nos viene,
pues, continua, explicando esto, mejor que ningún otro análisis, la
índole caballeresca y las trascendencias de nuestra historia.
Arruinada en Provenza durante el siglo XIII, aquella civilización de
los trovadores y de los paladines, estos últimos siguieron subsistiendo
en España, donde eran necesarios mientras durase la guerra con el moro;
de suerte que al concluir ella tuvieron en el sincrónico descubrimiento
de América, la inmediata y postrera razón de su actividad. Así
vinieron, trayendo en su carácter de tales, los conceptos y tendencias
de la civilización que les fué peculiar y que rediviva en el gaucho,
mantuvo siempre vivaz el linaje hercúleo.
Y no se crea que esta afirmación comporta un mero ejercicio del
ingenio. Nuestra vida actual, la vida de cada uno de nosotros,
demuestra la existencia continua de un ser que se ha transmitido a
través de una no interrumpida cadena de vidas semejantes. Nosotros
somos por ahora este ser: el resumen formidable de las generaciones.
La belleza prototípica que en nosotros llevamos, es la que esos
innumerables antecesores percibieron; innumerables, porque sólo en
mil años son ya decenas de millones, según lo demuestra un cálculo
sencillo. Y de tal modo, cuando el prototipo de belleza revive, el alma
de la raza palpita en cada uno de nosotros. Así es como Martín Fierro
procede verdaderamente de los paladines; como es un miembro de la
casta hercúlea. Esta continuidad de la existencia que es la definición
de la raza, resulta, así, un hecho real. Y es la belleza quien lo
evidencia, al no constituir un concepto intelectual o moral, mudable
con los tiempos, sino una emoción eterna, manifiesta en predilecciones
constantes. Ella viene a ser, así, el vínculo fundamental de la raza.
El ideal de belleza, o sea la máxima expansión de vida espiritual (pues
para esto, para que viva de una manera superior, espiritualizamos
la materia por medio del arte), la libertad, propiamente dicho,
constituyó la aspiración de esos antecesores innumerables; y mientras
lo sustentamos, dámosles con ello vida, somos los vehículos de la
inmortalidad de la raza constituída por ellos en nosotros. El ideal de
belleza, o según queda dicho, la expansión máxima de la vida superior,
así como la inmortalidad que es la perpetuación de esa vida, libertan
al ser humano de la fatalidad material, o ley de fuerza, fundamento de
todo despotismo. Belleza, vida y libertad, son, positivamente, la misma
cosa.
Ello nos pone al mismo tiempo en estado de misericordia, para realizar
la obra más útil al mejoramiento del espíritu: aquella justicia con
los muertos que según la más misteriosa, y por lo tanto más simbólica
leyenda cristiana, Jesús realizó sin dilación alguna, apenas libre de
su envoltura corpórea, bajando a consolarlos en el seno de Abraham.
Son ellos, efectivamente, los que padecen el horror del silencio, sin
otra esperanza que nuestra remisa equidad, y lo padecen dentro de
nosotros mismos, ennegreciéndonos el alma con su propia congoja inicua,
hasta volvernos cobardes y ruines. La justicia que les hacemos es acto
augusto con el cual ratificamos en el pasado la grandeza de la patria
futura; pues esos muertos son como largos adobes que van reforzando
el cimiento de la patria; y cuando procedemos así, no hacemos sino
compensarles el trabajo que de tal modo siguen realizando en la sombra.
Así se cumple con la civilización y con la patria. Movilizando ideas y
expresiones, no escribiendo sistemáticamente en gaucho. Estudiando la
tradición de la raza, no para incrustarse en ella, sino para descubrir
la ley del progreso que nos revelará el ejercicio eficaz de la vida, en
estados paulatinamente superiores. Exaltando las virtudes peculiares,
no por razón de orgullo egoísta, sino para hacer del mejor argentino
de hoy el mejor hombre de mañana. Ejercitándose en la belleza y en la
libertad que son para nuestra raza los móviles de la vida heroica,
porque vemos en ella el estado permanente de una humanidad superior.
Luchando sin descanso hasta la muerte, porque la vida quieta no es tal
vida, sino hueco y sombra de agujero abierto sin causa, que luego toman
por madriguera las víboras.
Formar el idioma, es cultivar aquel robusto tronco de la selva para
civilizarlo, vale decir, para convertirlo en planta frutal; no
divertirse en esculpir sus astillas. Cuanto más sabio y más bello sea
ese organismo, mejor nos entenderán los hombres; y con ello habráse
dilatado más nuestro espíritu. La belleza de la patria no debe ser
como un saco de perlas; sino como el mar donde ellas nacen y que está
abierto a todos los perleros. Detenerse en el propio vergel, por bello
que sea, es abandonar el sitio a los otros de la columna en marcha. De
ello nos da ejemplo el mismo cantor cuyas hazañas comentábamos. Penas,
destierro, soledad, jamás cortaron en sus labios el manantial de la
poesía. Y hasta cuando en la serena noche alzaba la vista al cielo,
era para pedirle el rumbo de la jornada próxima, junto con aquella
inspiración de sus versos que destilaba en gotas de poesía y de dolor
la viña de oro de las estrellas.
NOTAS:
[83] Horacio lib. III, od. XXX.
_Exeji monumentum aere perennius._
He alzado un monumento durable como el bronce.
[84] Así en los ocho versos finales del Canto XXVI del Purgatorio,
atribuídos por el poeta a Arnaldo Daniel, trovador del siglo XII.
ESTE LIBRO DESTINADO A CONMEMORAR EL
PRIMER CENTENARIO DE LA INDEPENDENCIA
ARGENTINA, SE ACABÓ
DE IMPRIMIR EN LOS TALLERES
DE OTERO Y CIA.,
CALLE PERÚ N.° 858,
EL DIA 12 DE
JULIO DE
1916.
* * * * *
NOTAS DEL TRANSCRIPTOR
Las palabras en itálicas están indicadas con _sub-índices_ las palabras
en negritas con el =signo igual= y si[n] en la discusión de los
ejemplos musicales representa la nota "si natural".
Algunas reglas ortográficas del castellano cuando esta obra fue
publicada por primera vez eran diferentes a las existentes cuando se
realizó la transcripción. El criterio utilizado para llevar a cabo esta
transcripción ha sido el de respetar la ortografía original, salvo en
caso de errores evidentes de impresión y/o puntuación, los cuales han
sido corregidos.
Los ejemplos musicales que se discuten en la obra se pueden escuchar en
la versión html del proyecto pulsando en la etiqueta [Escuchar]. Las
partituras que figuran en el original se han incluído como imágenes;
mientras que las partituras que fueron utilizadas para generar los
archivos musicales se pueden ver pulsando en la etiqueta [PDF]. Las
partituras en formato pdf en algunos casos difieren ligeramente de las
partituras originales. Esas diferencias se deben a modificaciones que
se realizaron durante el proceso de creación de los archivos musicales.
Esas modificaciones se hicieron para corregir errores evidentes en
las partituras originales, para indicar tiempos y para hacer más
consistente la notación musical con criterios utilizados actualmente.
La cubierta del libro fue creada por el Transcriptor y ha sido puesta
en el dominio público.