_Brotan quejas de mi pecho,

Brota un lamento sentido;

Y es tanto lo que he sufrido

Y males de tal tamaño,

Que reto a todos los años

A que traigan el olvido._

Esta solidaridad cordial, es la fuente de su poesía, y así lo resume

diciendo con original ocurrencia poética:

_Y empriestenmé su atención

Si ansí me quieren honrar,

De nó, tendré que callar,

Pues el pájaro cantor

Jamás se para a cantar

En árbol que no da flor._

La nota picaresca termina el preludio con estos otros versos, en los

cuales reconocemos aquel lenguaje que tan bien sabe aparejar la belleza

del sentimiento a la intencionada burla del filósofo amable. Así, en la

guitarra, la profundidad sorda de las cuerdas viriles, con el numeroso

trino de los nervios delgados:

_Dejenmé tomar un trago,

Estas son otras cuarenta;[72]

Mi garganta está sedienta,

Y de esto no me abochorno,

Pues el viejo, como el horno,

Por la boca se calienta._

El argumento es, como siempre, sencillo: la lógica natural de la vida

narrada.

Cruz ha muerto entre los indios, de una peste que los diezmó,

encomendando a su amigo un hijo cuyo paradero ignora; pero, aun con

esto, y no obstante la existencia horrible que la barbarie y la

desconfianza de las tribus impuso a ambos gauchos, empezando por

tenerlos separados durante dos años, la inercia del desierto, verdadera

parálisis moral conocida de todos cuantos en él vivieron, retiene al

protagonista. Sólo tres años después, obligado a matar un indio para

salvar una cautiva, el peligro lo impulsa a huir con ésta. Así vuelve

a su pago, donde en unas carreras a las que acudió por tomar lenguas,

encuentra sus hijos. Éstos cuentan sus vidas de padecimiento y de

miseria, y cuando han concluído, un mozo guitarrero que anda por ahí,

pide a su vez autorización para narrar la suya. Resulta ser el hijo de

Cruz, _Picardía_ por sobrenombre. En esto, un negro payador interviene

para lanzar el desafío característico. Martín Fierro acepta, y vence

a su contricante; pero éste no ha buscado aquel lance, sino como una

ocasión. Es el hermano menor de aquel negro a quien el gaucho mató en

un jolgorio, y anda buscando venganza. Prontos ya para el combate ambos

cantores, los demás consiguen separarlos. Entonces Fierro con sus dos

hijos y Picardía, dirígense a la costa de un arroyo, donde pasarán la

noche. Allá deciden mudar de nombre para borrar el pasado, y el poema

concluye con una serie de consejos cantados a la luz de las estrellas

por el gaucho ya anciano.

Hay más variedad de estructura en esta parte, conforme lo requería su

mayor extensión; los episodios son también más abundantes, y ya he

dicho que la verba poética conserva todo su encanto; pero los defectos

son también más notables. La lección directa de moral, agrega su

trivialidad inherente, al fastidio de largas series de estrofas sin

colorido ni sabor. Así todo el canto XII destinado a narrar las penas

del hijo mayor en la cárcel; así los ya citados consejos de Martín

Fierro. Además de esto, Picardía repite con demasiada minuciosidad la

descripción del fortín, que nada agrega al trozo análogo de la primera

parte. Por el contrario, los detalles de la malversación de raciones

que efectuaba la oficialidad, son excesivos y cargosos.

Después, los reparos literarios de la crítica, habían causado su

habitual efecto. Hernández tuvo a ratos la preocupación de la

belleza reglamentada que le predicaron. Hizo literatura de precepto

y de epíteto, falseando la propiedad de expresión que es el mérito

fundamental de sus personajes. Inútil agregar que ésos resultan siempre

sus peores versos. Afortunadamente, aquellas lástimas no abundan; y el

manantial genuino es tan abundoso, que arrebata todos los ripios en su

corriente.

La tranquilidad de situación, la dicha del encuentro que es causa del

cuádruple relato, dan predominio a la alegría. El elemento picaresco

forma dos terceras partes de la narración.

Ello no quita que, al comienzo, la nota patética, alcanzando por

momentos el tono de la más noble expresión, inspire el resumen prologal

de las tristezas sufridas:

_En la orilla de un arroyo,

Solitario lo pasaba;

En mil cosas cavilaba,

Y a una güelta repentina,

Se me hacía ver a mi china

O escuchar que me llamaba._

_Y las aguas serenitas

Bebe el pingo trago a trago;

Mientras sin ningún halago,

Pasa uno hasta sin comer,

Por pensar en su mujer,

En sus hijos y en su pago._

Hay, efectivamente, una sugestión melancólica en ese curso del agua

serena que parece ir deshilando nuestros pensamientos; en tanto el

caballo acompasa con sus orejas los sorbos que vemos pasar uno a

uno por el cuello tendido. Al lado suyo, con una pierna cruzada por

descanso, el brazo izquierdo apoyado en la montura, las riendas flojas

en la diestra, el caminante medita sus cosas tristes. En el claro

silencio, algún pájaro que se detuvo a la brusca, blandeando el junco

próximo, parece romperse en un grito, como si fuera de cristal. Y las

improntas de los rastros, al ir llenándose de agua, recuerdan las copas

inútiles que uno dejó sin apurar en el camino de la vida...

El poeta ha cantado así aquellas cosas de la tristeza:

_Y al que le toca la herencia

Donde quiera halla su ruina;

Lo que la suerte destina

No puede el hombre evitar,

Porque el cardo ha de pinchar:

Es que nace con espina._

* * * * *

_Mas quien manda los pesares

Manda también el consuelo.

La luz que baja del cielo

Alumbra al más encumbrao,

Y hasta el pelo más delgao

Hace su sombra en el suelo._

_Pero por más que uno sufra

Un rigor que lo atormente,

No debe bajar la frente

Nunca, por ningún motivo:

El álamo es más altivo

Y gime constantemente._

Dos cuadros de salvaje grandeza componen la narración del protagonista,

resumiendo la vida de los bárbaros. El primero es la proclama que

termina el parlamento donde se ha decidido una invasión:

_Volvieron al parlamento

A tratar de sus alianzas,

O tal vez de las matanzas,

Y conforme les detallo,

Hicieron cerco a caballo

Rescostandosé en las lanzas._

_Dentra al centro un indio viejo

Y allí a lengüetiar se larga;

Quién sabe qué les encarga,

Pero toda la riunión

Lo escuchó con atención

Lo menos tres horas largas._

_Pegó al fin tres alaridos

Y ya principia otra danza;

Para mostrar su pujanza

Y dar pruebas de jinete,

Da riendas rayando el flete

Y revoliando la lanza._

_Recorre luego la fila,

Frente a cada indio se para,

Lo amenaza cara a cara,

Y en su juria aquel maldito,

Acompaña con su grito

El cimbrar de la tacuara._[73]

Siguen luego los preparativos del malón:

_Primero entierran las prendas

En cuevas, como peludos;

Y aquellos indios cerdudos

Siempre llenos de recelos,

En los caballos en pelos

Se vienen medio desnudos._

_Para pegar el malón

El mejor flete procuran;

Y como es su arma segura

Vienen con la lanza sola,

Y varios pares de bolas

Atados a la centura._

_De ese modo anda liviano,

No fatiga el mancarrón;

Es su espuela en el malón,

Después de bien afilao,

Un cuernito de venao

Que se amarra en el garrón_.

* * * * *

_Caminan entre tiñeblas

Con un cerco bien formao;

Lo estrechan con gran cuidao,

Y agarran, al aclarar,

Ñanduces, gamas, venaos,

Cuánto ha podido dentrar._

El baile de las chinas con que se festeja el regreso de la expedición,

el relato de la peste, son también cosas épicas; pero veamos el

episodio que motiva la fuga del protagonista.

Un día que se halla meditando como era su costumbre ante la tumba

de Cruz, oye lamentos de mujer a lo lejos. Era una cautiva a quien

maltrataba el amo feroz, atribuyéndole el hechizo de una cuñada.

Ennoblecido por su propio dolor, el paladín no podía vacilar. Ante

la mujer azotada y cubierta con la sangre de su hijito degollado por

el salvaje para mayor tortura, el corazón del bravo recobra todo su

brío. La narración de esta pelea, es sencillamente magnífica. Por su

movimiento, sus incidentes, su grandeza trágica, las tres figuras de

la mártir, del gaucho y del salvaje lacertoso y astuto, puede figurar

entre los más bellos episodios de la épica. Aunque es el tercer

combate singular del poema, resulta completamente distinto de los

otros. Es también el más duro, dada la ferocidad del adversario:

_Porque el indio era valiente:

Usaba un collar de dientes

De cristianos que él mató._

Obsérvese esta variante que evita la monotonía del episodio: en el

combate análogo de la primera parte, Fierro se defiende con las bolas.

Ahora es el indio quien maneja aquella arma cuya esgrima conocía, pues,

el gaucho, hijo del desierto a su vez. Así, la descripción del tipo es

completa hasta en sus menores detalles, sin que éstos resulten nunca

excesivos. El ingenio del poeta corre parejas con su gallardía.

_Se debe ser precavido

Cuando el indio se agazape.

En esa postura el tape[74]

Vale por cuatro o por cinco.

Como tigre es para el brinco.

Y fácil que a uno lo atrape._

_Peligro era atropellar

Y era peligro juir;

Y más peligro seguir

Esperando de este modo,

Pues otros podían venir

Y carniarme allí entre todos._

* * * * *

_Y como el tiempo pasaba

Y aquel asunto me urgía,

Viendo que él no se movía,

Me juí medio de soslayo

Como a agarrarle el caballo

A ver si se me venía._

* * * * *

_A la primer puñalada

El pampa se hizo un ovillo;

Era el salvaje más pillo

Que he visto en mis correrías

Y a más de las picardías

Arisco para el cuchillo._

* * * * *

_Me sucedió una desgracia

En aquel percance amargo:

En momentos que lo cargo

Y que él reculando vá,

Me enredé en el chiripá

Y cai tirao largo a largo._

* * * * *

_Ni por respeto al cuchillo

Dejó el indio de apretarme;

Allí pretende ultimarme

Sin dejarme levantar,

Y no me daba lugar

Ni siquiera a enderezarme._

* * * * *

_Bendito Dios poderoso,

Quién te puede comprender,

Cuando a una débil mujer

Le diste en esa ocasión

La juerza que en un varón

Tal vez no pudiera haber._

_Esa infeliz tan llorosa,

Viendo el peligro se anima,

Como una flecha se arrima

Y olvidando su aflición,

Le pegó al indio un tirón

Que me lo sacó de encima._

Semejante episodio era común en las peleas campesinas. La intervención

de la mujer acentuaba la índole caballeresca del combate. Éste continúa

con mayor encarnizamiento cada vez. Mas, ahora, llega su turno al indio

avieso:

_Me hizo sonar las costillas

De un bolazo aquel maldito;

Y al tiempo que le dí un grito

Y le dentro como bala,

Pisa el indio y se refala

En el cuerpo del chiquito._

* * * * *

_En cuanto trastabilló,

Más de firme lo cargué;

Y aunque de nuevo hizo pié,

Lo perdió aquella pisada,

Pues en esa atropellada

En dos partes lo corté._

Aquella esgrima de las bolas era desconcertante y terrible. Las tres

piedras y las tres sogas servían a la vez, cubriendo ventajosamente

la guardia. La bola más pequeña, o manija, asíala el guerrero con los

dedos de su pié izquierdo desnudo. Una de las dos mayores, tensa en su

cordel, manteníala con la mano izquierda a la altura de la cabeza. La

tercera quedaba floja y colgando en la mano derecha, con lo que venía a

ser el elemento activo del combate. Obligado a retreparse para aumentar

la tensión de aquella cuerda, el indio acentuaba en su fiero talante

la impresión del peligro. Ambas las manos combinaban sus movimientos

para disparar el doble proyectil; y todavía, si se descuidaba el

adversario, bastábale aflojar de golpe la manija, que, con la tensión,

iba a dar en la pierna de aquél, descomponiendo su firmeza. Así, era

difícil entrarle con el cuchillo, mientras no se lograra cortarle una

de las sogas.

Era, precisamente, lo que había pasado antes del oportuno resbalón.

Y el desenlace de la lucha se precipita en estas estrofas cruzadas ya

por el soplo de la agonía sangrienta y de la fatiga mortal, expresadas

con vigor tremendo:

_Lastimao en la cabeza

La sangre lo enceguecía;

De otra herida le salía

Haciendo un charco ande estaba;

Con los pies la chapaliaba

Sin aflojar todavía._

_Tres figuras imponentes

Formábamos aquel terno:

Ella en su dolor materno,

Yo con la lengua de juera,

Y el salvaje como fiera

Disparada del infierno._

_Iba conociendo el indio

Que tocaban a degüello;

Se le erizaba el cabello

Y los ojos revolvía,

Los labios se le perdían

Cuando iba a tomar resuello._

Esa respiración anhelosa, que absorbe los labios como en un _rictus_

de agonía, era el detalle más imponente de semejantes luchas. Quien ha

presenciado el fenómeno, difícilmente lo olvidará: la expresión de la

boca determina toda la fisonomía de la fiera.

Muerto el salvaje, era forzoso evitar con la fuga la venganza

inexorable. El gaucho ofrece a la cautiva su cabalgadura; él se acomoda

en la del enemigo, y entonces, como un himno de victoria, el elogio del

caballo levanta el ánimo con soberbia digresión. A semejanza del árabe

antepasado, la libertad que recobra parece corporificarse en un canto

al primero de sus bienes y al mejor de sus cariños:

_Yo me le senté al del pampa,

Era un escuro tapao;

Cuando me veo bien montao,

De mis casillas me salgo,

Y era un pingo como galgo

Que sabía correr boliao._

_Para correr en el campo

No hallaba ningún tropiezo;

Los ejercitan en eso,

Y los ponen como luz:

De dentrarle a un avestruz

Y boliar bajo el pescuezo._

_El pampa educa el caballo

Como para un entrevero.

Como rayo es de ligero

En cuanto el indio lo toca,

Y como trompo en la boca,

Dá güeltas sobre de un cuero_[75]

_Lo varea en la madrugada,

Jamás falta a este deber;

Luego lo enseña a correr

Entre fangos y guadales;

Ansina esos animales

Es cuánto se puede ver._

_En el caballo de un pampa

No hay peligro de rodar;

Jué pucha... y pa disparar

Es pingo que no se cansa;

Con proligidá lo amansa

Sin dejarlo corcobiar._

_Pa quitarle las cosquillas,

Con cuidao lo manosea;

Horas enteras emplea,

Y por fin, solo lo deja,

Cuando agacha las orejas

Y ya el potro ni cocea._

* * * * *

_El animal yeguarizo,

Perdonenmé esta alvertencia,

Es de mucha conocencia

Y tiene mucho sentido:

Es animal consentido,

Lo cautiva la pacencia._

Atraviesan el desierto, entre mil penurias, hasta alcanzar la seguridad

en tierra de cristianos. Y aquí, bajo la trivialidad aparente de la

narración, despunta uno de los rasgos más nobles de aquella poesía tan

llena de puro sentimiento y de salud moral:

_Ahi mesmo me despedí

De mi infeliz compañera:_

"_Me voy, le dije, ande quiera,_

"_Aunque me agarre el gobierno,_

"_Pues infierno por infierno,_

"_Prefiero el de la frontera._"

Cualquier romántico vulgar habría aprovechado el percance para una

aventura amorosa, después de todo natural en aquel hombre afligido por

un celibato de cinco años. Por pasividad gaucha y por gratitud, la

mujer tampoco habría resistido. Pero la generosidad del paladín, ignora

estas complicaciones pasionales. Ni una sombra de egoísmo empañará su

buena acción. Ni siquiera en ósculos dolorosos sabría cobrar al débil

el precio de su hazaña. Modelo de varón, su castidad, como el aseo de

la espada, es la belleza de su fuerza.

Pasemos el canto XI, mero eslabón narrativo del encuentro con los

hijos, así como el XII que narra los dolores del primero de aquéllos

en la cárcel, para llegar cuanto antes a los siete siguientes, obra

maestra de picardía gaucha en la cual es difícil decidir lo mejor, tal

resulta de completa.

Pero, aun cuando el citado canto XII sea tan débil, ofrece una vez

más la prueba, que no quiero desdeñar, de la propiedad perfecta, casi

digo de la moralidad con la cual Hernández trató su tema. Obsérvase,

efectivamente, mayor corrección, o mejor dicho, cultura que la

habitual, así en el lenguaje como en las reflexiones del narrador.

A primera vista, eso parece falso y desagrada. Después se nota que

es una influencia del ambiente urbano, aun cuando haya sido en el

presidio. Así puede comprobarlo cualquiera con los gauchos que salen

de la cárcel: son, a no dudarlo, más ladinos. Sin contar lo que debe

contribuir al indicado efecto, la concentración del alma en su triste

soledad.

Volvamos al chisporroteo de la verba picaresca, en lo que sigue.

Trátase ante todo, de la tutela ejercida sobre el segundo hijo de

Martín Fierro por el famoso viejo _Viscacha_, nuestro tipo proverbial

por excelencia.

No es el caso de transcribir su retrato y sus consejos que todos

sabemos de memoria, su enfermedad y su acción corruptora sobre el joven

pupilo, a quien un juez bribón ha colocado bajo la férula de semejante

zorrocloco, para usurpar a mansalva su mezquino haber.

Insistiré, apenas, sobre un detalle que demuestra la veracidad del

poema, como resultado de una observación genial, equivalente, en el

caso, a la más exacta conclusión científica.

La enfermedad del viejo empezó por un tubérculo axilar, para

transformarse luego en la fiebre delirante que ocasionó su muerte.

Ahora bien, el doctor don Arturo Ameghino, tuvo la bondad de precisar

el diagnóstico que yo me sospechaba.

Es evidente que se trata de un tumor golondrino cuya infección hubo

de convertirse en septicemia, propagada por el desaseo del sujeto y

por el alcoholismo predisponente. Esta última circunstancia es la que

determina el delirio típico, caracterizado por el acto de arañar las

paredes y por las visiones terroríficas.

Mi fe inquebrantable en que todo cuanto dice el poema es verdad,

habíame indicado el buen camino; pues el poeta verdaderamente digno

de este nombre, todo lo sabe, desde que nace poseyendo el secreto de

la vida. Una observación, para otros insignificante, enséñale las

recónditas analogías que forman la trama oculta de los fenómenos; y así

es como se adelanta a los resultados idénticos del análisis, más allá

de su propia conciencia. Mientras los demás saben porque han estudiado,

él siente, como un resultado de armonía, la ley trascendental en cuya

virtud la vida obra.

La divertida descripción del inventario que practica el alcalde,

patentiza una vez más el poder asombroso de aquel verbo, capaz de

producir el más alto interés cómico con la enumeración de semejante

congerie. Están todos los rasgos típicos del paisano ratero que corta

las argollas de las cinchas y entierra las cabezas de los carneros

robados, para ocultar, así, las señales denunciadoras de las orejas.

El consabido episodio de vida rural anima aquella descripción, no bien

puede resultar monótona. Véase cómo sobreviene esta disgresión, tan

oportuna entre los comentarios sobre las trapacerías del viejo:

_Se llevaba mal con todos,

Era su costumbre vieja

El mesturar las ovejas;

Pues al hacer el aparte,

Sacaba la mejor parte

Y después venía con quejas._

_Dios lo ampare al pobrecito,

Dijo en seguida un tercero;

Siempre robaba carneros,

En eso tenía destreza:

Enterraba las cabezas,

Y después vendía los cueros._

_Y qué costumbre tenía

Cuando en el jogón estaba;

Con el mate se agarraba

Estando los piones juntos:

Yo tallo, decía, y apunto,[76]

Y a ninguno convidaba._

_Si ensartaba algún asao,[77]

Pobre, como si lo viese:

Poco antes de que estuviese,

Primero lo maldecía,

Luego después lo escupía

Para que naides comiese._

_Quien le quitó esa costumbre

De escupir el asador,

Jué un mulato resertor

Que andaba de amigo suyo;

Un diablo muy peliador

Que le llamaban_ Barullo.

_Una noche que les hizo

Como estaba acostumbrao,

Se alzó el mulato, enojao,

Y le gritó, viejo indino,

Yo te he de enseñar, cochino,

A echar saliva al asao._

_Lo saltó por sobre el juego

Con el cuchillo en la mano.

¡La pucha el pardo liviano!

En la mesma atropellada

Le largó una puñalada

Que la quitó otro paisano._

_Y ya caliente,_ Barullo,

_Quiso seguir la chacota;

Se le había erizao la mota

Lo que empezó la reyerta.

El viejo ganó la puerta

Y apeló a las de gaviota._[78]

Los tres versos finales de la penúltima estrofa, describen el

movimiento vivísimo de tres personajes. La propia mímica de esa acción,

sería menos expresiva. Por esto, la lectura del poema en los fogones

rurales, causa el efecto de una representación teatral. Es de oir las

interjecciones, las carcajadas que lo comentan. Y este sólo efecto de

la lectura sobre aquellos iletrados, es ya una obra de civilización.

Así, por medio de la filosofía y del arte, enseñó la lira antigua a los

pastores bravíos el encanto del hogar y, consecutivamente, el bien de

la patria.

Aquella verba cómica encuentra acto continuo nuevo pretexto en las

penas de amor del muchacho abandonado que se prenda de una viuda

desdeñosa, para entretenernos con inagotable gracia.

Es común en nuestras campañas que los gauchos jóvenes se casen

con viudas ya provectas. El hijo de Martín Fierro adolece de la

misma inclinación, y para libertarse de la ingrata, recurre a las

brujerías de un adivino. La consabida farmacopea que ha de curar el

cojijo amoroso, es otra obra maestra de ironía gaucha. Trátase de un

verdadero esbozo de comedia moral, enderezada contra las supersticiones

populares; pues los más grandes épicos jamás desdeñaron la oportunidad

de criticar malas costumbres, si ella les salía al paso, al ser sus

poemas síntesis prácticas de los tres principios cardinales: belleza,

bien y verdad. Así el Dante, entre muchos pasajes análogos:

* * * * *

_Tempo futuro..................._

* * * * *

_Nel qual sará in pergamo interdetto

Alle sfacciate donne fiorentine

L'andar mostrando con le poppe il petto._

Con profunda lógica de conjunto, que a la vez completa el esbozo

cómico, el cura, uno de esos divertidos clérigos de campaña para

quienes son diezmo pascual las gallinas gordas y las viudas de buen

pellizcadero, interviene con decisiva eficacia:

_Ansí me dejaba andar,

Hasta que en una ocasión,

El cura me echó un sermón

Para curarme sin duda,_

_Diciendo que aquella viuda

Era hija de confisión._

_Y me dijo estas palabras

Que nunca las he olvidao:

Has de saber que el finao

Ordenó en su testamento

Que naides de casamiento

Le hablara en lo sucesivo,

Y ella prestó juramento

Mientras él estaba vivo._

_Y es preciso que lo cumpla

Porque ansí lo manda Dios;

Es necesario que vos

No la vuelvas a buscar,

Porque si llega a faltar

Se condenarán los dos._

_Con semejante alvertencia

Se completó mi redota;

Le ví los pies a la sota,

Y me le alejé a la viuda,

Más curao que con la ruda

Con los grillos y las motas._

_Después me contó un amigo,

Que al Juez le había dicho el cura

Que yo era un cabeza dura

Y que era un mozo perdido;

Que me echara del partido

Que no tenía compostura._

Y así anduvo vagando el infeliz, hasta que la casualidad le ocasionó el

encuentro con su padre.

Análoga es la historia de _Picardía_, el hijo huérfano de Cruz.

Explotado por un patrón sin conciencia, fúgase con una compañía de

volatines; en Santa Fe, encuentra unas tías que lo protejen; mas son

tan beatas, que no tardan en acobardarlo con sus rezos; entonces

vuélvese jugador, despoja de su pacotilla a cierto napolitano

chamarilero y la intervención policial ocasionada por este episodio,

inicia sus desventuras. Persíguenlo, mándanlo a la frontera, y de allá

ha vuelto más desvalido que nunca.

Esta narración es, sobre todo, abundante en personajes típicos.

Primero, el protagonista, muchachón despejado y crápula que conoce al

dedillo todas las malas artes de vivir, desde la maroma hasta el naipe

floreado, sin bien conserva un fondo intacto de moral en la salud de su

propia alegría. De este modo, apenas la existencia le ofrece coyuntura

favorable, arrepiéntese para hacer honor al nombre que sin saberlo

llevaba. Después, la habitual caracterización en dos rasgos:

_Un nápoles mercachifle,

Que andaba con un arpista,

Cayó también en la lista

Sin dificultá ninguna:

Lo agarré a la treinta y una

Y le daba bola vista._

Los gringos buhoneros, solían acompañarse con uno de esos músicos

ambulantes, para atraer clientela y jugar a medias en las pulperías. Ya

dije, al tratar de la poesía gaucha, que ambos personajes, adecuados

naturalmente a nuestro medio y nuestras costumbres, reproducían la

clásica pareja provenzal y arábiga del trovador con su juglar. El

arpista, generalmente santiagueño, era también un poco brujo: condición

de juglar a su vez; soliendo contribuir no poco al prestigio de su

profesión, la lengua quichua que en sus ensalmos usaba. El despojo del

malaventurado comerciante, chispea de malicia gaucha:

_Lo hubieran visto afligido

Llorar por las chucherías:

"Ma gañao con picardía",

Decía el gringo y lagrimiaba,

Mientras yo en un poncho alzaba

Todita su merchería._

Ahí se presenta la policía, y esto forma un trozo que es necesario

citar completo para gozar debidamente su refocilo:

El Payador, Vol. I Hijo de la Pampa · 第 16 / 18 段