Así lamentamos, en efecto, la suerte de los hijos, tendiendo a

considerarlos en nuestro afecto, criaturas siempre incapaces de vivir

sin nosotros.

El símil de los pichones implumes, es la expresión más tierna y

delicada de aquel corazón, ablandado por el dolor, como un nido.

_Y la pobre mi mujer

Dios sabe cuánto sufrió.

Me dicen que se voló

Con no sé qué gavilán,

Sin duda a buscar el pan

Que no podía darle yo._

De tal modo es clara su noción de justicia. El mismo golpe rudísimo

de aquel adulterio que ni la deshonra le merma, no alcanza a

suprimirla. Hombre ante todo, y por ello héroe más perfecto, no se

le ocurre exigir, como a los apasionados de la tragedia preceptista,

una fidelidad atroz. Compadece, por el contrario, a la infeliz, y ni

siquiera le perdona, porque, en su miseria, no ha podido ofenderlo.

_Qué más iba a hacer la pobre

Para no morirse de hambre_

añade luego en ese lenguaje vulgar del dolor, que salido directamente

del corazón, constituye la suprema elocuencia. Eskilo en _Los Persas_,

tiene dos soliloquios formados de puros ayes[63]. El estribillo del

baile criollo denominado _El Llanto_, canta a su vez:

_¡Ay, ay, ay, ay, ay!

Dejame llorar,

Que sólo llorando

Remedio mi mal._

Entonces, cuando ese hombre tan generoso, tan bueno, tan valiente, tan

justo que ni el máximo dolor altera su juicio, ni las peores miserias

su buen humor, jura la venganza de tamaña iniquidad, comprendemos que

tiene razón. La venganza confúndese con la justicia, y el protagonista,

así engrandecido, va a ser el héroe que puesto de cara al destino,

emprenderá por cuenta propia la tarea de asegurarse aquel bien,

tomando por palestra el vasto mundo:

_Más tamién en este juego

Voy a pedir mi bolada;

A naides le debo nada,

Ni pido cuartel ni doy;

Y ninguno dende hoy

Ha de llevarme en la armada._[64]

* * * * *

_Vamos suerte, vamos juntos

Dende que juntos nacimos;

Y ya que juntos vivimos

Sin podernos dividir,

Yo abriré con mi cuchillo

El camino pa seguir._

La vagancia, a solas con el dolor, descompone su carácter. Una noche

que ha caído a cierta diversión campestre, la embriaguez resultante

de los muchos brindis, le da, "como nunca," por la provocación y

la gresca. Las frases chocarreras viénenle una tras otra con la

insistencia característica del ebrio. Pero oigamos de sus propios

labios la relación de aquel duelo criollo:

_Supe una vez por desgracia

Que había un baile por allí,

Y medio desesperao

A ver la milonga juí._

_Riunidos al pericón

Tantos amigos hallé,

Que alegre de verme entre ellos

Esa noche me apedé._

_Como nunca en la ocasión,

Por peliar me dió la tranca,

Y la emprendí con un negro

Que trujo una negra en ancas._

_Al ver llegar la morena

Que no hacía caso de naides,

Le dije con la mamúa

--Vaca... yendo gente al baile._

_La negra entendió la cosa,

Y no tardó en contestarme

Mirandomé como a perro,

Más_ vaca _será su madre._

_Y dentró al baile muy tiesa,

Con más cola que una zorra,

Haciendo blanquiar los dientes

Lo mesmo que mazamorra._

--_Negra linda, dije yo.

Me gusta... pa la carona.

Y me puse a champurriar

Esta coplita fregona:_

A los blancos hizo Dios,

A los mulatos San Pedro,

Y a los negros hizo el diablo

Para tizón del infierno.

_Había estao juntando rabia

El moreno dende ajuera;

En lo escuro le brillaban

Los ojos como linterna._

_Lo conocí retobao,

Me acerqué y le dije presto:

Po...r...rudo que un hombre sea.

Nunca se enoja por esto._

_Corcobió el de los tamangos,

Y creyendosé muy fijo,

--Más_ porrudo _serás vos,

Gaucho rotoso, me dijo._

_Y ya se me vino al humo,

Como a buscarme la hebra,

Y un golpe le acomodé

Con el porrón de giñebra._

_Ahi no más pegó el de hollín

Más gruñidos que un chanchito,

Y pelando un envenao

Me atropelló dando gritos._

_Pegué un brinco y abrí cancha

Diciendolés: Caballeros

Dejen venir ese toro,

Sólo nací... sólo muero._

_El negro, después del golpe,

Se había el poncho refalao,

Y dijo: Vas a saber

Si es solo o acompañao._

_Y mientras se arremangó,

Yo me saqué las espuelas,

Pues malicié que aquel tío

No era de arriar con las riendas._

_No hay cosa como el peligro

Pa refrescar un mamao;

Hasta la vista se aclara

Por mucho que haiga chupao._

_El negro me atropelló

Como a quererme comer;

Me hizo dos tiros seguidos,

Y los dos le abarajé_.

_Yo tenía un facón con S[65]

Que era de lima de acero;

Le hice un tiro, lo quitó,

Y vino ciego el moreno._

_Y en el medio de las aspas[66]

Un planazo le asenté,

Que lo largué culebriando

Lo mesmo que buscapié._

_Le coloriaron las motas

Con la sangre de la herida,_

_Y volvió a venir jurioso

Como una tigra parida._

_Y ya me hizo relumbrar

Por los ojos el cuchillo,

Alcanzando con la punta

A cortarme en un carrillo._

_Me hirvió la sangre en las venas,

Y me le afirmé al moreno,

Dandolé de punta y hacha

Pa dejar un diablo menos._

_Por fin, en una topada,

En el cuchillo lo alcé,

Y como un saco de güesos

Contra un cerco lo largué._

_Tiró unas cuantas patadas

Y ya cantó pa el carnero.

Nunca me puedo olvidar

De la agonía de aquel negro._

_En esto la negra vino,

Con los ojos como ají,

Y empezó la pobre, allí,

A bramar como una loba;_

_Yo quise darle una soba

A ver si la hacía callar;

Mas pude reflesionar

Que era malo en aquel punto,

Y por respeto al dijunto

No la quise castigar._

_Limpié el facón en los pastos,

Desaté mi redomón,

Monté despacio, y salí

Al tranco pa el cañadón._

_Después supe que al finao

Ni siquiera lo velaron,

Y retobao en un cuero,

Sin resarle lo enterraron._

_Y dicen que dende entonces,

Cuando es la noche serena,

Suele verse una luz mala

Como de alma que anda en pena._

_Yo tengo intención a veces,

Para que no pene tanto,

De sacar de allí los güesos

Y echarlos al campo santo._

El cuadro es completo, sin una sola vacilación, a pesar de que ciertas

expresiones parecen, desde luego, trivialidades de la impotencia o

groserías procaces.

_Negra linda, dije yo,

Me gusta pa la carona._

Este voto comenta la preferencia que los gauchos daban al cuero

negro de vaca o de caballo, para hacer caronas; resultando, así, una

ocurrencia tan graciosa como pintoresca en su género.

_Ahi no más pegó el de hollín

Más gruñidos que un chanchito._

Los negros son gritones en la pelea, y su voz estridente parece guañir

cuando se irritan; por esto, no por cargazón inútil, está citado el

detalle; pues insisto en que todas las menciones del poema son exactas.

_Corcobió el de los tamangos._

Este calzado rústico, hecho con los retales y sobras de los cueros,

usábanlo, sobre todo, los negros, que eran los más pobres entre la

gente de campaña.

He dicho ya que la caracterización por el pié es bien conocida de los

elegantes. El conde Berenguer en el _Romancero_, califica de "mal

calzados" a sus enemigos:

_Pues que tales malcalzados me vencieron_, etc.[67]

Verdad es que nuestro poeta no lo había dicho antes; pero él escribe

para hombres enterados de las cosas, a quienes una simple mención--el

negro--ha evocado la figura habitual.

Y con cuánta viveza de acción, con cuánta verdad de colorido, con qué

abundancia de rasgos típicos, el lector acaba de verlo.

_Yo tenía un facón con S,

Que era de lima de acero;

Le hice un tiro, lo quitó,

Y vino ciego el moreno._

Parece que se viera la finta, y se oyera el breve choque del quite que

hizo chispear los recazos. El tercer verso, o sea el que describe la

acción, es instantáneo como un pestañeo.

La brutalidad del ebrio, está patente, porque es verdad, aun cuando

resulte desfavorable al héroe, en ese intento de azotar a la negra

para que dejase de llorar. Refrescado ya, es decir, cuando narra, él

mismo la compadece, llamándola "la pobre". En aquel momento de rabia

sanguinaria, predominaba el salvaje ancestral, para quien la mujer es

solamente una hembra inferior.

El inmediato lance con un provocador entonado por la protección

oficial, revela con qué arte se halla esto escrito en su aparente

desgaire.

La descripción anterior, había adoptado la cuarteta, más breve y vivaz,

a la vez que oportuna para evitar la monotonía[68]. Ahora, el poeta

vuelve a su estrofa; mas, para no repetirse en un cuadro forzosamente

análogo, sólo empleará dieciocho versos:

_Se tiró al suelo al dentrar,

Le dió un empellón a un vasco[69]

Y me alargó un medio frasco

Diciendo--Beba, cuñao.

--Por su hermana, contesté,

Que por la mía no hay cuidao._

--_Ah, gaucho, me respondió,

De qué pago será criollo!

Lo andará buscando el hoyo?

Deberá tener güen cuero?

Pero ande bala este toro

No bala ningún ternero._

_Y ya salimos trensaos,

Porque el hombre no era lerdo;

Mas, como el tino no pierdo,

Y soy medio ligerón,

Lo dejé mostrando el sebo[70]

De un revés con el facón._

Hemos presenciado el peculiar combate con los indios y el duelo

campestre. La pelea decisiva con los gendarmes de campaña, ofrece mayor

interés, quizá; pues lo curioso es que las situaciones semejantes, en

vez de agotarlo, enriquecen el ingenio de este hombre. La vida del

paladín es una sucesión de combates, y aquí está su enorme dificultad

descriptiva. No conozco sino Cervantes que la haya vencido con

desembarazo igual.

Con aquel nuevo delito, el gaucho aíslase más todavía. Sólo de tarde

en tarde llega a las casas de su amistad. Durante la noche, duerme a

medias en pleno campo, buscando las viscacheras para abrigarse los

pies en su hueco, mientras con el resto del cuerpo afuera, la playita

circundante, despejada por los roedores, da campo a su visión y tabla

sonora a su oído.

_Me encontraba, como digo,

En aquella soledá,

Entre tanta escuridá,

Echando al viento mis quejas,

Cuando el grito del chajá

Me hizo parar las orejas._

Obsérvese la sugestión de noche en el desierto, de congoja insomne y de

triste desamparo que inspiran los cuatro primeros versos:

_Me encontraba.........

En aquella soledá,

Entre tanta escuridá,

Echando al viento mis quejas..._

Esos momentos de purificación al rigor de la propia amargura, son, como

la música triste, predisponentes de heroísmo.

Así atento, como el caballo con las orejas empinadas, según su exacto

símil, el gaucho pronto conoce que vienen en su busca. El apronte para

combatir, está narrado en una sola estrofa que describe con admirable

precisión todos los movimientos del caso. Su vivacidad es tal, que

recuerda la expresión de una pantomima:

_Me refalé las espuelas

Para no peliar con grillos;

Me arremangué el calzoncillo

Y me ajusté bien la faja,

Y en una mata de paja

Probé el filo del cuchillo._

Y luego, la lucha, de cuya descripción tomaré estos episodios:

_Me juí reculando en falso

Y el poncho adelante eché,

Y cuanto le puso el pié

Uno medio chapetón,

De pronto le dí el tirón

Y de espaldas lo largué._

* * * * *

_Pegué un brinco y entre todos

Sin miedo me entreveré;

Hecho ovillo me quedé

Y ya me cargó una yunta,

Y por el suelo la punta

De mi facón les jugué._

_El más engolosinao

Se me apió con un hachazo;

Se lo quité con el brazo,

De no, me mata los piojos;

Y antes de que diera un paso

Le eché tierra en los dos ojos._

_Y mientras se sacudía

Refregandosé la vista,

Yo me le juí como lista

Y ahí no más me le afirmé,

Diciendolé ¡Dios te asista!

Y de un revés lo voltié._

Por lo mismo que es valeroso, no oculta su miedo:

_Por suerte, en aquel momento

Venía coloriando l'alba;

Y yo dije, si me salva

La Virgen en este apuro,

En adelante le juro

Ser más güeno que una malva._

Entonces interviene Cruz, como dije más arriba. La amistad que sellan

con numerosos tragos al porrón confortante, inspira a aquél la

narración de su vida. La introducción de esta historia es un soberbio

reto al destino:

_Amigazo, pa sufrir

Han nacido los varones:

Estas son las ocasiones

De mostrarse el hombre juerte,

Hasta que venga la muerte

Y lo agarre a coscorrones._

* * * * *

_A mí no me matan penas,

Mientras tenga el cuero sano;

Venga el sol en el verano,

Y la escarcha en el invierno.

Si este mundo es un infierno

¿Por qué aflijirse el cristiano?_

La narración de la pelea, ha concluído, entretanto, con un rasgo épico

que podríamos llamar de familia, tan característico es él en la epopeya

caballeresca.

_Yo junté las osamentas,

Me hinqué y les recé un Bendito,

Hice una cruz de un palito

Y pedí a mi Dios clemente,

Me perdonara el delito

De haber muerto tanta gente._

En el antiquísimo poema _Gualterio de Aquitania_, que remonta

probablemente al siglo IX, el héroe procede lo mismo con los cadáveres

de diez campeones que lo atacaron. Después de reunirlos y llorar sobre

su triste suerte, agradece a Dios la protección que le ha prestado, y

le ruega que un día le haga encontrar aquellos héroes en el cielo.

Ignoro si Hernández conocía este poema, aunque supongo que nó. No eran

éstas sus lecturas habituales, ni solían ellas figurar en la erudición

de sus contemporáneos; pero, aunque así hubiera sucedido, el hecho de

cuadrar tan bien aquel rasgo a su protagonista, demuestra la naturaleza

épica de la composición, así como el espíritu caballeresco del gaucho.

Éste era, como he dicho, un paladín, hasta en sus detalles más típicos.

Así, el ya mencionado relato de Cruz, formula los habituales conceptos

caballerescos, en aquél su altivo menosprecio a la adversidad.

El estoicismo de ese otro empecatado, anima todo el poema. Tal vemos en

la segunda parte:

_La junción de los abrazos,

De los llantos y los besos,

Se deja pa las mujeres

Como que entienden el juego.

Pero el hombre que compriende

Que todos hacen lo mesmo,

En público canta y baila,

Abraza y llora en secreto._

He aquí el fundamento heroico de la urbanidad, que el _bushido_

japonés, el más perfecto código del honor, ha corporificado en esa

discreta florecida de la sonrisa, ante la cual retraen sus garras todas

las fieras interiores: supremo resultado de aquel arte de la vida

que los griegos practicaron a su vez, y que impone a todos los actos

el deber de belleza, como una delicada consideración hacia nuestros

semejantes.

Al mismo tiempo, el buen humor inagotable de aquella poesía que nunca

deja prolongarse las miserias y los dolores, como en natural reacción

de salud, anima todo el relato salpicándolo de incidentes cómicos. Su

naturalidad es tal, que el narrador se contradice en sus apreciaciones,

según la diversa índole de sus recuerdos, exactamente como pasa en la

conversación habitual.

Comentando su felicidad perdida, al lado de la mujer que amaba, hace

Cruz estas reflexiones:

_Quién es de una alma tan dura

Que no quiera una mujer!

Lo alivia en su padecer

Si no sale calavera;_

_Es la mejor compañera

Que el hombre puede tener._

_Si es güena, no lo abandona

Cuando lo vé disgraciao;

Lo asiste con su cuidao

Y con afán cariñoso,

Y usté tal vez ni un rebozo

Ni una pollera le ha dao._

Y cien versos más allá, cuando ha concluído de narrar su infiel desvío:

_Cuando la mula recula,

Señal que quiere cociar;

Ansí se suele portar,

Aunque ella lo disimula:

Recula como la mula

La mujer para olvidar._

* * * * *

_Las mujeres, dende entonces,

Conocí a todas en una.

Ya no he de probar fortuna

Con carta tan conocida:

Mujer y perra parida,

No se me atraca ninguna._

El proyecto de emigrar a tierra de indios y la ejecución consiguiente,

cierra esta primera parte del poema con rasgos épicos de la mejor ley.

Las penurias que pasarán ambos gauchos en el desierto, son, para sus

almas decididas, pretexto de viriles jactancias.

_Si hemos de salvar o nó,

De esto naide nos responde.

Derecho ande el sol se esconde,

Tierra adentro hay que tirar;_

_Algún día hemos de llegar...

Después sabremos a donde._

* * * * *

_Cuando se anda en el disierto

Se come uno hasta las colas.[71]

Lo han cruzao mujeres solas

Llegando al fin con salú,

Y ha de ser gaucho el ñandú

Que se escape de mis bolas._

* * * * *

_Y cuando sin trapo alguno

Nos haiga el tiempo dejao,

Yo le pediré emprestao

El cuero a cualquiera lobo,

Y hago un poncho, si lo sobo,

Mejor que poncho engomao._

Estas gallardas estrofas cuya desembarazada entereza conforta como un

trago de vino, no excluyen la desolación inherente a tan desesperada

aventura. La despedida a la civilización que esos dos perseguidos

abandonan, está impregnada de tristeza viril.

_Cruz y Fierro, de una estancia

Una tropilla se arriaron;

Por delante se la echaron

Como criollos entendidos,

Y pronto, sin ser sentidos,

Por la frontera cruzaron._

_Y cuando la habían pasao,

Una madrugada clara,

Le dijo Cruz que mirara

Las últimas poblaciones,

Y a Fierro dos lagrimones

Le rodaron por la cara._

Un literato, habría elegido la hora crepuscular de la tarde; pero

como se trataba de prófugos que iban arreando caballos ajenos, el

viaje debía ser nocturno, determinando esto su entrada matinal a las

tierras libres. Por otra parte, nada más triste y más poético a la

vez que esas albas claras en el desierto; así como nada más acertado

que ese adjetivo de apariencia trivial. El fenómeno de la claridad

en la llanura solitaria, es, sin duda, lo único preciso; y dada la

estrofa, resulta naturalmente el contraste necesario y sugestivo con

aquel llanto que la abruma como una fárfara titilante sobre los ojos

del cantor. Si en esa madrugada serena, cuando todavía no hay un

alma viviente en los ranchos que así sugieren ausencia y abandono,

encapuchados de paja como mendigos bajo su poncho viejo; si entonces,

digo, cantó, como es seguro, el gallo matinal, fácilmente se infiere

la desolación del cuadro. Quién no lo ha experimentado durante alguna

trágica noche de vela, en la calma como submarina de la luna, o en esas

albas donde parece suspirar aún la agonía de la sombra. El canto del

gallo es, entonces, la expresión misma de la angustia y de la soledad.

Pero el desdén del efectismo, siquiera aprovechado cuando se presenta

con naturalidad, está patente en la terminación del poema. Éste pudo

concluir con mayor eficacia artística, en la estrofa citada; pero nó.

El poeta no olvida su móvil benéfico; y prefiere rematarlo con tres

sextinas más, que lo recuerdan sin mayor eficacia.

Este detalle, que subordina el éxito de la obra poética a su efecto

útil, y la ausencia del amor, que sólo figura como elemento secundario,

constituyen al poema en un vínculo actual con los primeros romances del

ciclo caballeresco, o sean sus composiciones épicas por excelencia;

determinando, además, la filiación directa de la nuestra con las

análogas que florecieron en España.

La poesía castellana prefirió siempre, entre los diversos géneros

de los trovadores, el romance religioso y guerrero, o sea la forma

primitiva de las leyendas caballerescas, destinadas a exaltar las

hazañas de los paladines. Aquellos hijos del Hércules progenitor, que

en tiempo del paganismo, precisamente, fué un paladín de España,

hallábanse todavía guerreando contra los infieles, cuando ya la

amenaza que éstos comportaban, había desaparecido en el resto de la

Europa meridional, dejando, así, el campo libre a una civilización más

amable, en la cual predominó, naturalmente, la poesía del amor. Los

temas heroicos siguieron, pues, siéndoles habituales; y sólo cuando el

triunfo dióles la necesaria quietud, la poesía amatoria inspiró sus

cantos. Pero, entonces, fué una importación italiana que únicamente

los poetas eruditos cultivaron, y que no tuvo influencia alguna sobre

el espíritu popular. Nuestro poema siguió el mismo camino. Su urdimbre

fundamental, es también la guerra contra infieles. El amor, repito,

comporta en él un detalle de expresión austera y trágica, como que no

resulta sino una fuente de dolor. El encanto de la vida consiste para

el paladín nacional, como para el Campeador de España, en el goce de la

libertad.

Paladín, afirmo, porque este gaucho, a semejanza de las viejas espadas

laboriosas, Belmung, Tizona y Durandal, lleva relumbrando bajo el rudo

cuero que lo envuelve, aquel acero de su alma, donde lucen el aseo y

la integridad, el temple y la firmeza, la intrepidez y la lealtad,

alegremente relampagueados por el reflejo de su desnudez viril;

pues con tales prendas formado, su carácter dió a la raza aquella

perfecta encarnación de la poesía y de la equidad, que sobreponiéndose

al destino en sublime paradoja, es decir, realizando otra hazaña

romancesca, nos proporciona el encanto de vivir en la familiaridad del

postrer caballero andante.

NOTAS:

[58] Precisemos el detalle topográfico. Hernández paraba en el _Hotel

Argentino_, esquina formada por las calles 25 de Mayo y Rivadavia.

Dicho edificio consérvase tal como era; y resulta curioso que el

fundador de nuestra épica, iniciara su obra en el mismo casco histórico

donde los conquistadores echaron los cimientos de Buenos Aires.

[59] Calificación referente a la frase "es el número uno entre los

mejores". Un moro de número, quiere decir, pues, un caballo de primer

orden.

[60] Pueblo de la Provincia de Buenos Aires. El comentario de esta

estrofa, una de las más típicas, se hará en las notas del poema.

[61] Quinientos azotes en una remesa. Castigo que era casi una

sentencia de muerte.

[62] _Spilanthes uliginosa_ Sw. Compuesta, tribu de las radiadas.

[63] Cada uno consta de cinco quejas, con las cuales se llora la

destrucción de los navíos.

[64] La lazada con que se arma o prepara el lazo para operar con él.

Llevar en la armada es tener cogido ya al animal dentro de ella, antes

de ceñirla.

[65] Con guarda en forma de _Ese_.

[66] Sobre la frente.

[67] Las sandalias de oro de los dioses suministran un epíteto habitual

a la poesía homérica.

[68] Salvo la especie de décima en que narra la desesperación

de la negra. Los primeros cinco versos parecen volvernos a la

sextina habitual. El resto adopta la estructura de la décima. Estas

irregularidades eran frecuentes en los payadores a quienes arrastraba

el raudal de la improvisación; y la que nos ocupa en el caso, resulta,

pues, una propiedad más, en vez de constituir defecto. Sólo hemos de

verla reproducirse en el canto IX de la segunda parte, donde ya es

inexplicable falla.

[69] Vasco no es, aquí, un consonante forzado. Los dueños de las

pulperías eran casi siempre vascos.

[70] Es decir, las tripas, donde hay sebo y no grasa.

[71] El trozo más despreciable de la res.

IX

=La vuelta de Martín Fierro=

En su prólogo a la segunda parte del poema, dice Hernández que ella

se llama _La vuelta de Martín Fierro_, porque este nombre le dió el

público mucho antes de haber él pensado en escribirla. Es la historia

de muchas segundas partes en los libros de aventuras que alcanzan

la gran popularidad. Y la de Martín Fierro había sido enorme: once

ediciones en seis años, con cuarenta y ocho mil ejemplares. Ningún

libro argentino obtuvo antes ni después un éxito parecido; y ya he

dicho que, al presente, sólo pueden comparársele las grandes tiradas de

Europa donde se cuenta con millones de lectores.

Semejante revelación, a buen seguro inesperada, influyó por suerte

nuestra en el ánimo del autor, y _La vuelta de Martín Fierro_ completó

de una manera definitiva su empresa.

La verdad es que él mismo no se había conformado con las despedidas

eternas, diciendo al final de la primera parte:

_Y siguiendo el fiel del rumbo

Se entraron en el disierto;

No sé si los habrán muerto,

En alguna correría;

Mas espero que algún día

Sabré de ellos algo cierto._

Y Martín Fierro volvió, pero ya viejo y aleccionado por aventuras

terribles. El poema iba a ser, ahora, una descripción en grandes

cuadros, efectuada por diversos protagonistas, bien que con la misma

vivacidad pintoresca y abundancia de poesía natural. Esto requería,

desde luego, mayor extensión; pero como el interés y la variedad de

dichos relatos son mucho mayores, apenas se nota aquella circunstancia.

Entretanto, el favor del público ha robustecido en el poeta la

conciencia de su genio. El preludio revela, con estrofas que son

vaticinios, este nuevo estado de ánimo:

_Lo que pinta este pincel

Ni el tiempo lo ha de borrar;

Ninguno se ha de animar

A corregirme la plana;

No pinta quien tiene gana

Sino quien sabe pintar._

* * * * *

_Pero voy en mi camino

Y nada me ladiará;

He de decir la verdá,

De naides soy adulón;

Aquí no hay inmitación,

Esto es pura realidá._

_Y el que me quiera enmendar

Mucho tiene que saber.

Tiene mucho que aprender

El que me sepa escuchar.

Tiene mucho que rumiar

El que me quiera entender._

_Más que yo y cuantos me oigan,

Más que las cosas que tratan,

Más que lo que ellos relatan,

Mis cantos han de durar.

Mucho ha habido que mascar

Para echar esta bravata._

Sabe que el dolor es la suprema garantía de eternidad en el corazón de

los hombres, porque el hilo de lágrimas con el cual fecundamos para la

vida superior nuestro mísero polvo, jamás se corta:

El Payador, Vol. I Hijo de la Pampa · 第 15 / 18 段