Así comienza, en efecto, la actividad intelectual de producir.

Despiertas como los pájaros en el bosque, las potencias de la mente

van ordenándose con la propia sensibilidad de su armonía. El gaucho

quiere decir, la cual es una promesa de máximo esfuerzo, que va a jugar

con todas sus cartas; pero la imagen, llena de correspondencias como

siempre que es exacta, evoca con los colores de la baraja sobre el

césped, una brillante materialización de las ideas numerosas.

Oportuno es recordar, por último, que en la miseria semisalvaje de

aquellas campañas, los naipes eran casi la única pintura al alcance

del paisano. Éste inclinábase, naturalmente, a ilustrar con dichas

láminas sus narraciones; que por ello, no por pasión de tahur, lo

hacía. En más de un rancho ví, siendo niño, usar como adornos para

decorar la pared, sotas y reyes de baraja.

Claro es que el poeta no realizó esas operaciones críticas para

producir los dichos efectos musicales y psicológicos, del propio modo

que el manantial no necesita la fórmula química del agua ni el estudio

de la hidráulica para existir y correr. Aquello estaba en él, era su

ser mismo así exteriorizado, y por esto el don de la poesía es una

fuerza de la naturaleza.

La facultad de evocar paisajes y estados de alma por medio de dos

versos, o sea el misterio de la sugestión verbal, que es el alma de

la poesía así como el lenguaje musical es su materia, manifiéstase en

Hernández con singular amplitud. He aquí otra estrofa cuya riqueza de

rima corre parejas, a la vez, con la gallardía del verso. Martín Fierro

enumera a Cruz las probabilidades con que cuentan, como experimentados

gauchos que son, para la cruzada del desierto:

_No hemos de perder el rumbo,

Los dos somos güena yunta;

El que es gaucho va ande apunta,

Aunque inore ande se encuentra.

Pa el lao en que el sol se dentra

Dueblan los pastos la punta._

Lo incierto del rumbo, sugiere ya la inmensidad vaga de la llanura;

pero el detalle de las hierbas inclinadas hacia el sol poniente,

precisa la emoción crepuscular en todo su desamparo silencioso y

quieto. Nada más exacto como sugestión y como fenómeno. En aquella

soledad absoluta, dicha impresión caracteriza efectivamente todo el

paisaje.

Y aquí una observación respecto a esos rasgos de maestría: su fuerza

sugestiva dimana, principalmente, de que todos son verdaderos. La

fidelidad es la virtud por excelencia de ese cantor de la llanura,

en quien resulta sobre todo elocuente la sinonimia latina entre las

expresiones _cuerda_ y _fe_ que los antiguos expresaban con la misma

palabra: _fides_. Es que su escuela fué el dolor, padre de la verdad:

_Ninguno me hable de penas

Porque yo penando vivo..._

Así prosigue su canto, enderezado, por lógica natural, al recuerdo del

bien perdido.

_Yo he conocido esta tierra

En que el paisano vivía

Y su ranchito tenía

Y sus hijos y mujer...

Era una delicia el ver

Cómo pasaba sus días._

_Entonces, cuando el lucero

Brillaba en el cielo santo,

Y los gallos con su canto

Decían que el día llegaba.

A la cocina rumbiaba

El gaucho, que era un encanto._

_Y sentao junto al jogón

A esperar que venga el día,

Al cimarrón le prendía

Hasta ponerse rechoncho,

Mientras su china dormía

Tapadita con su poncho._

_Y apenas la madrugada

Empezaba a coloriar,

Los pájaros a cantar

Y las gallinas a apiarse,

Era cosa de largarse

Cada cual a trabajar_.

La tercera estrofa es todo un cuadro familiar. El hombre laborioso toma

su mate (el _cimarrón_, así denominado cuando era amargo) satisfecho

del nuevo día cuyo sol le anticipan las llamas del fogón alegre,

mientras al abrigo de la choza su mujer está todavía adormilada por

gurrumina bajo el poncho conyugal. Ese rasgo de ternura viril, es

sencillamente homérico. Héctor y Ulises, los mejores héroes de la

epopeya antigua, son también los mejores esposos; y precisamente,

la evocación del lecho conyugal, formado como el catre de nuestros

gauchos, con correas tendidas sobre un bastidor, constituye el más

bello trozo de la Odisea.

Una sola estrofa sintética, según el método característico de nuestro

autor, presenta, en seguida, todo el movimiento de los trabajos rurales:

_Éste se ata las espuelas,

Se sale el otro cantando,

Uno busca un pellón blando,

Éste un lazo, otro un rebenque,

Y los pingos, relinchando,

Los llaman desde el palenque._

Otra nos da, con expresión no menos breve, el movimiento y la

brutalidad intensa de la doma:

_El que era pion domador

Enderezaba al corral,

Ande estaba el animal

Bufidos que se las pela...

Y más malo que su agüela

Se hacía astillas el bagual._

Y luego, el incidente más grave de la operación, pues nada olvida:

_Ah tiempo!...si era un orgullo

Ver jinetear un paisano.

Cuando era gaucho baquiano,

Aunque el potro se boliase,

No había uno que no parase

Con el cabresto en la mano._

_Bolearse_, era caer como si tuviese las manos trabadas por las bolas,

es decir, volteándose sobre aquéllas, en golpe tremendo, para aplastar

al jinete.

_El gaucho más infeliz

Tenía tropilla de un pelo.

No le faltaba un consuelo,

Y andaba la gente lista.

Tendiendo al campo la vista,

Sólo vía hacienda y cielo._

_Cuando llegaban las yerras,

¡Cosa que daba calor!

Tanto gaucho pialador

Y tironiador sin yel!

¡Ah tiempo... pero sin él

Se ha visto tanto primor!_

_Aquello no era trabajo.

Más bien era una junción;

Y después de un güen tirón

En que uno se daba maña,

Pa darle un trago de caña

Solía llamarlo el patrón._

La sencillez democrática de aquellas costumbres y aquellos trabajos

agradables, expresa en la sentida naturalidad de estos versos, el sano

vigor de las repúblicas agrícolas y pastoras. La abundancia respectiva,

acentúa esa impresión, y los cuatro primeros versos (treinta y dos

sílabas tan sólo) de la siguiente estrofa, describen completamente el

fundamental almuerzo criollo.

_Venía la carne con cuero,

La sabrosa carbonada,

Mazamorra bien pisada,

Los pasteles y el güen vino...

Pero ha querido el destino,

Que todo aquello acabara._

Este cuadro de la vida feliz, antecede a la narración de las desgracias

consabidas:

_Cantando estaba una vez

En una gran diversión,

Y aprovechó la ocasión

Como quiso, el Juez de Paz.

Se presentó, y ahí no más

Hizo una arriada en montón._

_Juyeron los más matreros

Y lograron escapar.

Yo no quise disparar,

Soy manso y no había por qué.

Muy tranquilo me quedé,

Y ansí me dejé agarrar._

_Allí un gringo con un órgano

Y una mona que bailaba,

Haciéndonos rair estaba

Cuando le tocó el arreo.

¡Tan grande el gringo y tan feo,

Lo viera como lloraba!_

_Hasta un inglés zanjiador

Que decía en la última guerra,

Que él era de Inca-la-Perra

Y que no quería servir,

Tuvo también que juir

A guarecerse en la sierra._

_Ni los mirones salvaron

De esa arriada de mi flor.

Jué acoyarao el cantor

Con el gringo de la mona.

A uno solo, por favor,

Logró salvar la patrona._

La patrona era influyente, como persona rica, y solía salvar, así,

algún ahijado o peón de estima. Pues aquellos atentados para ajorar

gente, revestían una violencia implacable. Ni los extranjeros de

cierta importancia, como el inglés, cuyo oficio de abridor de zanjas

comportaba, seguramente, algunos conocimientos de agrimensura,

escapaban de la leva. Tenía, pues, razón para llorar el gringo

organista, aunque con ello pusiérase en ridículo ante la bravura

socarrona y estoica de los gauchos.

Para éstos, el atentado era en gran parte una venganza política:

_A mí el juez me tomó entre ojos

En la última votación;

Me le había hecho el remolón

Y no me arrimé ese día,

Y él dijo que yo servía

A los de la esposición._

_Y ansí sufrí ese castigo

Tal vez por culpas agenas.

Que sean malas o sean güenas

Las listas, siempre me escondo.

Yo soy un gaucho redondo

Y esas cosas no me enllenan._

¡La política! He aquí el azote nacional. Todo lo que en el país

representa atraso, miseria, iniquidad, proviene de ella o ella lo

explota, salvando su responsabilidad con la falacia del sufragio. La

situación del gaucho ante esa libertad de pura forma cuyo fruto es la

opresión legalizada del que la ejerce, Martín Fierro va a formularla:

_Él nada gana en la paz

Y es el primero en la guerra.

No le perdonan si yerra,

Que no saben perdonar.

Porque el gaucho en esta tierra

Sólo sirve pa votar._

En ésta y en todas las tierras del mundo, para eso sirve el pueblo

engañado por la política. Pobre siervo, a quien como al dormido

despierto de las _Mil y Una Noches_, le dan por algunas horas la

ilusión de la soberanía: ésta no le representa en el mejor caso,

sino la libertad de forjar sus cadenas; y una vez encadenado, ya se

encargan los amos de probarle lo que vale ante ellos. En todos los

casos, el resultado es siempre idéntico; que el gobierno, al tener como

función específica la imposición de reglas de conducta por medio de la

fuerza, niega a la razón humana su única cualidad positiva, o sea la

dirección de esa misma conducta. La ley que formula aquellas reglas,

es siempre un acto de opresión, así provenga de un monarca absoluto o

de una mayoría; pues el origen de la opresión poco importa, cuando lo

esencial es no estar oprimido. Siempre es la fuerza lo que obliga a

obedecer; y mientras ello subsista, basado en la ignorancia y en el

miedo, que son los fundamentos del principio de autoridad, la libertad

seguirá constituyendo un fenómeno puramente privado de la conciencia

individual, o una empresa de salteadores. Si no nos abstenemos, si

realizamos la actividad posible, porque el deber primordial consiste

en que cada hombre viva su vida tal como le ha tocado, esto no debe

comportar una aceptación de semejante destino; antes ha de estimularnos

a la lucha por la libertad, que constituye de suyo la vida heroica.

La democracia no es un fin, sino un medio transitorio de llegar a la

libertad. Su utilidad consiste en que es un sistema absurdo ante el

dogma de obediencia, fundamento de todo gobierno; y esto nos interesa

esclarecerlo sin cesar, dadas las consecuencias que comporta. Tal es

el sentido recto de la filosofía, que desde los estoicos hasta los

enciclopedistas, nos enseñan los amigos de la humanidad.

Ya veremos cómo en el poeta, vidente y sabio aun a pesar suyo, puesto

que encarnaba la vida superior de su raza, la misma lógica determina la

vida de su héroe. Sigamos observando el desarrollo de este fenómeno.

Martín Fierro marcha a la frontera con sus compañeros de infortunio.

Decidido a tomar las cosas por el buen lado, pues goza el optimismo de

la salud, lleva su mejor caballo y sus prendas más valiosas.

_Yo llevé un moro de número,_[59]

_¡Sobresaliente el matucho!

Con él gané en Ayacucho[60]

Más plata que agua bendita.

Siempre el gaucho necesita

Un pingo pa fiarle un pucho._

La enumeración de las prendas de ensillar, ofrece el habitual resumen

sintético. Todo en una estrofa:

_No me faltaba una guasca,

Esa ocasión eché el resto:

Bozal, maniador, cabresto,

Lazo, bolas y manea...

El que hoy tan pobre me vea

Tal vez no crerá todo esto._

_Ansí en mi moro, escarciando,

Enderecé a la frontera.

Aparcero, si usté viera

Lo que se llama cantón...

Ni envidia tengo al ratón

En aquella ratonera._

_De los pobres que allí había

A ninguno lo largaron;

Los más viejos resongaron,

Pero a uno que se quejó,

En seguida lo estaquiaron

Y la cosa se acabó._

_En la lista de la tarde

El Jefe nos cantó el punto,

Diciendo "quinientos juntos[61]

Llevará el que se resierte;

Lo haremos pitar del juerte,

Más bien dése por dijunto"._

La vida no puede ser peor, dados la miseria y los duros trabajos en que

los superiores emplean a la soldadesca para su beneficio personal. Las

tribus encorajadas por la incapacidad de semejante tropa, invadían a su

gusto, con saña feroz, cabalgando a vigor desde sus aduares aquellos

guerreros cuyo tipo revive en dos estrofas con épica grandeza:

_Tiemblan las carnes al verlo,

Volando al viento la cerda;

La rienda en la mano izquierda

Y la lanza en la derecha;

Ande enderieza abre brecha

Pues no hay lanzaso que pierda._

_Hace trotiadas tremendas

Dende el fondo del disierto;

Ansí llega medio muerto

De hambre, de sé y de fatiga;

Pero el indio es una hormiga

Que día y noche está dispierto._

El miedo al indio, era el demonio de la pampa. Osamentas y ruinas

formaban su siniestro cuadro, señalando con toda suerte de horrores el

paso de la horda. Untados con enjundia de ñandú o de potro, para mejor

resistir la intemperie y el hambre, venían clamoreando su alarido

aterrador, fétidos y cerdudos los guerreros salvajes. No llevaban más

provisiones que la raíz sialagoga del _Nim-Nim_[62] para templar la sed

de sus marchas forzadas y colgado por ahí, algún hueso rico en tuétano.

Los más valerosos tatuábanse para hacerse cara feroz o blasonar linaje,

con listas rojas, negras y azules, a veces ribeteadas de blanco. Aunque

el taparrabo solía ser su único traje de guerra, algunos llevaban

casco y chaquetón de cuero crudo: procedían de Chile, siendo los más

renombrados para herir de lanza. Ésta, larga hasta de seis varas

como la pica de Ayax; la bola perdida, terrible proyectil despedido

al revoleo, y el facón o el machete, constituían su armamento. Su

olor y su grito, espantaban a los caballos del cristiano. Los suyos

dejábanse montar por la derecha solamente; pues a semejanza de la

tropa romana, así subían aquellos indios, obligados por la lanza en la

cual apoyábanse para saltar. De ahí procedía la leyenda en cuya virtud

dichos animales sólo al indio obedecían. Famosos eran esos corceles del

desierto, con sus narices sajadas para que absorbiesen más aire en la

carrera, sus corvejones hechos al fatigoso desmenuzamiento del médano,

su docilidad al grito y a la pernada. En el regreso triunfal, sus ancas

lucían por gualdrapa la casulla del cura o el mantón de espumilla de

las mozas reservadas para los serrallos, donde imperaba, lascivo y

brutal, el cacique de la lanza formidable. La arandela de plumas que

esta arma solía tener, hallábase substituída en ocasiones por rizos de

pelo rubio...

¿Y qué hacía el bárbaro, por último, con las cautivas cuya escapatoria

recelaba, sino descarnarles las plantas de los pies, tornando la

llaga en cepo? Durante la paz, vivía borracho con el aguardiente de

las pulperías saqueadas. Todo su trabajo reducíase a ejercitar el

caballo de combate, bolear por esparcimiento tal cual guanaco o ñandú,

y ejecutar al amanecer, ante la puerta del toldo, su dura esgrima

de lanza. Después, mandaba degollar una yegua; y en la misma herida

caudal, desayunábase con largo trago de sangre.

Un episodio de guerra anima aquellos recuerdos en página magnífica.

Toda ella, así como el lance singular que la termina, está llena de

naturalidad, de viveza, de movimiento, revelando con desusado interés,

la verdadera estructura del combate, que el individuo sólo percibe

en conjunto, al comienzo, para no recordar, después, más que su

propio caso. Como todos los valientes, nuestro gaucho experimenta la

impresión del miedo y no la oculta, pues sabe que esto es inaceptable

fanfarronada. Así el Héctor homérico, prototipo de bravos. El enemigo

es, por otra parte, digno de él, y no le ahorra alabanzas.

_Una vez entre otras muchas,

Tanto salir al botón,

Nos pegaron un malón

Los indios, y una lanciada,

Que la gente acobardada

Quedó dende esa ocasión._

_Habían estao escondidos,

Aguaitando atrás de un cerro.

¡Lo viera a su amigo Fierro

Aflojar como un blandito!

Salieron como maiz frito

En cuanto sonó un cencerro._

_Al punto nos dispusimos,

Aunque ellos eran bastantes;

La formamos al instante

Nuestra gente que era poca,

Y golpiándose en la boca

Hicieron fila adelante._

_Se vinieron en tropel,

Haciendo temblar la tierra.

No soy manco pa la guerra,

Pero tuve mi jabón,

Pues iba en un redomón

Que había boliao en la sierra._

_¡Qué vocerío, qué barullo,

Qué apurar esa carrera!

La indiada todita entera

Dando alaridos cargó.

Jué pucha!... y ya nos sacó

Como yeguada matrera._

_Es de almirar la baquía

Con que la lanza manejan;

De perseguir nunca dejan

Y nos traiban apretaos.

Si queríamos de apuraos

Salimos por las orejas._

_Y para mejor de la fiesta,

En esa aflición tan suma,

Vino un indio echando espuma

Y con la lanza en la mano,

Gritando_ "Acabau cristiano,

Metau el lanza hasta el pluma".

_Tendido en el costillar,

Cimbrando por sobre el brazo

Una lanza como un lazo,

Me atropelló dando gritos;

Si me descuido... el maldito

Me levanta de un lanzazo._

_Si me atribulo o me encojo,

Siguro que no me escapo;

Siempre he sido medio guapo,

Pero en aquella ocasión,

Me hacía bulla el corazón

Como la garganta al sapo._

_Dios le perdone al salvaje

Las ganas que me tenía...

Desaté las tres marías

Y lo engatusé a cabriolas.

Pucha!... si no traigo bolas,

Me achura el indio ese día._

_Era el hijo de un cacique

Sigun yo lo avirigüé;

La verdá del caso jué

Que me tuvo apuradazo,

Hasta que al fin de un bolazo

Del caballo lo bajé._

_Ahi no más me tiré al suelo

Y lo pisé en las paletas;

Empezó a hacer morisquetas

Y a mezquinar la garganta...

Pero yo hice la obra santa

De hacerlo estirar la jeta._

_Allí quedó de mojón

Y en su caballo salté;

De la indiada disparé,

Pues si me alcanza me mata,

Y al fin me les escapé

Con el hilo de una pata._

La miseria continúa haciendo estragos, hasta que un doble episodio de

iniquidad, decide la fuga del protagonista. El cantinero del fortín,

asociado con el coronel, explotaba vilmente a la soldadesca. Véase con

qué malicia socarrona, con qué viril menosprecio de la trapacería,

refiere el gaucho su percance. Reir de la mala suerte, vengándose de

los enemigos despreciables con la ironía, es también una condición de

los bravos.

_Nos tenía apuntaos a todos,

Con más cuentas que un rosario,

Cuando se anunció un salario

Que iban a dar, o un socorro;

Pero sabe Dios qué zorro

Se lo comió al comisario._

_Pues nunca lo ví llegar;

Y al cabo de muchos días,

En la mesma pulpería

Dieron una_ buena cuenta,

_Que la gente muy contenta,

De tan pobre recebía._

_Sacaron unos sus prendas

Que las tenían empeñadas;

Por sus diudas atrasadas

Dieron otros el dinero;

Al fin de fiesta el pulpero

Se quedó con la mascada_.

_Yo me arrecosté a un horcón,

Dando tiempo a que pagaran;

Y poniendo güeña cara

Estuve haciéndome el pollo,

A esperar que me llamaran

Para recebir mi bollo._

_Pero ahí me pude quedar

Pegao pa siempre al horcón;

Ya era casi la oración

Y ninguno me llamaba;

La cosa se me ñublaba

Y me dentró comezón._

_Pa sacarme el entripao,

Ví al Mayor y lo fí a hablar;

Yo me le empecé a atracar,

Y como con poca gana,

Le dije--Tal vez mañana

Acabarán de pagar..._

_--Qué mañana ni otro día,

Al punto me contestó;

La paga ya se acabó,

Siempre has de ser animal.

Me raí, y le dije--Yo...

No hi recebido ni un rial._

_Se le pusieron los ojos

Que se le querían salir;

Y ahí no más volvió a decir

Comiendomé con la vista:

--Y que querés recebir

Si no has dentrao en la lista?_

Después de un sumario perfectamente inútil, las cosas quedan así.

_Yo andaba desesperao,

Aguardando una ocasión

Que los indios un malón

Nos dieran, y entre el estrago,

Hacermelés cimarrón

Y volverme pa mi pago._

* * * * *

_Y pa mejor, una noche

Qué estaquiada me pegaron;

Casi me descoyuntaron

Por motivo de una gresca;

Ahijuna!...si me estiraron

Lo mesmo que guasca fresca!_

_Jamás me puedo olvidar

Lo que esa vez me pasó;

Dentrando una noche yo

Al fortín, un enganchao

Que estaba medio mamao,

Allí me desconoció._

_Era un gringo tan bozal,

Que nada se le entendía;

¡Quién sabe de ande sería!

Tal vez no juera cristiano;

Pues lo único que decía

Es que era_ pa-po-litano.

_Estaba de centinela,

Y por causa del peludo,

Verme más claro no pudo

Y esa jué la culpa toda;

El bruto se asustó al ñudo,

Y fí el pavo de la boda._

_Cuando me vido acercar,_

"¡Quen vívore..." _preguntó._

"Qué vívoras" _dije yo;_

"¡Haga arto!" _me pegó el grito_:

_Y yo dije despacito_

"Más lagarto serás vos".

_Ahi no más, Cristo me valga,

Rastrillar el jusil siento;

Me agaché, y en el momento

El bruto me largó un chumbo;

Mamao, me tiró sin rumbo,

Que si no, no cuento el cuento._

_Por de contao, con el tiro

Se alborotó el avispero;

Los oficiales salieron

Y se empezó la junción;

Quedó en su puesto el nación

Y yo fí al estaquiadero._

_Entre cuatro bayonetas

Me tendieron en el suelo;

Vino el Mayor medio en pedo.

Y allí se puso a gritar:

--Pícaro, te he de enseñar

A andar reclamando sueldos._

_De las manos y las patas

Me ataron cuatro cinchones;

Les aguanté los tirones,

Sin que ni un ay se me oyera,

Y al gringo, la noche entera

Lo harté con mis maldiciones._

_Yo no sé pa qué el gobierno

Nos manda aquí a la frontera,

Gringada que ni siquiera

Se sabe atracar a un pingo;

¡Si crerá al mandar un gringo

Que nos manda alguna fiera!_

_No hacen más que dar trabajo,

Pues no saben ni ensillar;

No sirven ni pa carniar,

Y yo he visto muchas veces,

Que ni voltiadas las reses

Se les querían arrimar._

_Y lo pasan sus mercedes

Lengüetiando pico a pico,

Hasta que viene un milico

A servirles el asao;

Y, eso sí, en lo delicaos

Parecen hijos de rico._

La caricatura es de mano maestra; y así en este desahogo natural

del resentimiento, como en la alusión a los sueldos que constituye

el réspice del Mayor, la sorna gauchesca caracteriza sus tipos con

estupenda eficacia. Son ellos mismos quienes se ponen en ridículo,

según el procedimiento cómico que el cuento picarezco enseñó con

verdadera gracia artística a la novela y a la comedia de costumbres.

Hemos visto alternar hasta ahora la lírica con la sátira, el drama con

el sainete. La tragedia va a presentarse, pues este cuadro de la vida

integral resume todos los aspectos de la naturaleza y del espíritu:

_Una noche que riunidos

Estaban en la carpeta,

Empinando una limeta

El Jefe y el Juez de Paz,

Yo no quise aguardar más,

Y me hice humo en un sotreta._

* * * * *

_Volvía al cabo de tres años

De tanto sufrir al ñudo,

Resertor, pobre y desnudo,

A procurar suerte nueva,

Y lo mesmo que el peludo

Enderecé pa mi cueva._

_No hallé ni rastro del rancho,

Sólo estaba la tapera;

Por Cristo, si aquello era

Pa enlutar el corazón:

Yo juré en esa ocasión

Ser más malo que una fiera._

_¡Quién no sentirá lo mesmo

Cuando ansí padece tanto!

Puedo asigurar que el llanto

Como una mujer largué.

Ay mi Dios, si me quedé

Más triste que Jueves Santo!_

_Sólo se oiban los aullidos

De un gato que se salvó;

El pobre se guareció

Cerca, en una viscachera;

Venía como si supiera

Que estaba de güelta yo._

No tiene el dolor acentos más sinceros. Aquel valiente que llora como

una mujer ante las ruinas de su rancho, mientras silba el viento entre

el pajonal que invadió los caballones de la chacra abandonada; aquel

gato, el animal fiel a la casa, que viene maullando bajito, como todos

lo hemos oído en la tristeza de las taperas, son otros tantos rasgos

supremos de artista. Y cuánta verdad al mismo tiempo! El gato es el

animal casero por excelencia. Cuando la gente abandona el hogar, él se

queda. Para no separarse de las ruinas, comparte con las alimañas del

campo la cueva o el matorral. No bien siente que alguno llegó, acude

quejumbroso y macilento, como a pedir limosna. Y así representa la

desolación del hogar perdido, la aproximación de miserias que el dolor

humano busca como una humilde fraternidad. Pero ningún poeta habíalo

cantado hasta entonces, y éste es el mérito absolutamente original del

nuestro.

Poeta más que nunca, él, tan sobrio en sus expresiones, dedica una

estrofa entera a ese pobre gato. Es que éste debe sugerir al abandonado

todas las dichas del hogar destruído: el chico que solía mimarlo; tal

vez la madrina que se lo regaló; la esposa que se fastidiaba cuando

revolvía, jugando, los ovillos del telar; el rescoldo casero ante el

cual ronroneaba a compás con la olla...

El don de la poesía consiste en descubrir la relación de belleza que

constituye la armonía de las cosas. Así nos da la comprensión del

mundo; y tal como la ciencia infiere por una vértebra petrificada las

especies extintas y el medio donde se desarrollaron, ella descubre

las relaciones trascendentales de nuestro ser, que son estados de

belleza y de verdad, en el encanto de una flor o en el apego del animal

desvalido. Éste es otro procedimiento de Hernández que me precisaba

describir. Como gran poeta que es, él no sabe de recursos literarios ni

de lenguaje preceptivo. Su originalidad proviene de la sinceridad con

que siente y comunica la belleza.

Véase, para continuar con nuestro asunto, esta expresión tan genuina

del dolor paterno, que, naturalmente, nada sabe de literatura:

_Los pobrecitos muchachos,

Entre tantas afliciones,

Se conchabaron de piones;

Mas que iban a trabajar,

Si eran como los pichones

Sin acabar de emplumar._

El Payador, Vol. I Hijo de la Pampa · 第 14 / 18 段