forma posible de justicia para el paladín, puesto que se halla obligado
a ser tribunal y ejecutor. Solo ante los agravios, con el padre
abofeteado o las hijas ultrajadas, el uno; con la familia deshecha y
deshonrada, la casa en ruinas, los bienes robados, el otro: ¿habrá
quien no sienta en su corazón de hombre la justificación del rencor que
los posee? Lejos de ser antisociales sus actos, restablecen el imperio
de la justicia que es el fundamento de toda constitución social. Y
como el estado de libertad y de justicia resulta del trabajo interno
que todo hombre debe efectuar en su conciencia, no del imperio de las
leyes que lo formulan, su reintegración en el alma del ofendido es, por
excelencia, un acto de dignidad humana. La plenitud de la libertad y
de la justicia, es el resultado de una doctrina personal que da reglas
a la conducta, al constituir por definición el _docto_ de la vida;
y ese sistema viene a resultar el mejor, cuando basado en la norma
de justicia que todo hombre lleva en sí, y que estriba en considerar
inevitables las consecuencias de sus actos, prescribe la práctica del
bien como el mejor de los ejercicios humanos.
Veinte siglos ha retardado el cristianismo la victoria de este
principio moral, que con el imperio de la filosofía estoica, su
código sublime, había llegado a producir en el mundo antiguo, cuando
dicha religión vino a trastornarlo todo, fenómenos tan significativos
como la paz romana, la supresión del militarismo, la abolición de la
esclavitud, la absoluta tolerancia religiosa y las instituciones
socialistas de la pensión a los ancianos, de la adopción de los
huérfanos por el estado, de la enfiteusis, de las aguas y los graneros
públicos y gratuitos...
El auto-gobierno de cada uno, que ha de suprimir la obediencia al
poder autoritario, tenía por corifeos a los emperadores filosófos.
Y entonces, cuando uno de esos héroes de la épica personifica aquel
supremo ideal humano de la libertad por cuenta propia, reivindicando
con esto el imperio de la razón que no tiene límites como el progreso
por ella encaminado, su caso viene a constituir el prototipo de vida
superior cuya construcción es el objeto de la obra de arte.
Llevamos en nuestro ser el germen de ese prototipo, como el de todas
las bellezas que aquélla sensibiliza en nosotros, mejorándonos con tal
operación, puesto que así nos hace vivir una vida más amable. Cuando el
artista consigue realizarlo, su obra ha alcanzado el ápice ya divino,
donde la verdad, la belleza y el bien confunden su triple rayo en una
sola luz que es la vida eterna.
Fué una obra benéfica lo que el poeta de _Martín Fierro_ propúsose
realizar. Paladín él también, quiso que su poema empezara la redención
de la raza perseguida. Y este móvil, que es el inspirador de toda
grandeza humana, abrióle, _a pesar suyo_, la vía de perfección. A pesar
suyo, porque en ninguna obra es más perceptible el fenómeno de la
creación inconsciente.
Él ignoró siempre su importancia, y no tuvo genio sino en aquella
ocasión. Sus escritos anteriores y sucesivos, son páginas sensatas
e incoloras de fábulas baladíes, o artículos de economía rural. El
poema compone toda su vida; y fuera de él, no queda sino el hombre
enteramente común, con las ideas medianas de su época: aquel criollo de
cabeza serena y fuerte, de barba abierta sobre el tórax formidable, de
andar básculo y de estar despacio con el peso de su vasto corpanchón.
Hay que ver sus respuestas a los críticos de lance que comentaron
el poema. Ignora tanto como ellos la trascendencia de su obra.
Pídeles disculpa, el infeliz, para su deficiente literatura. Y fuera
cosa de sublevarse con toda el alma ante aquella miseria, si la
misma ignorancia del autor no justificara la extrema inopia de sus
protectores.
Porque se dieron a protegerlo, los menguados, desde su cátedra
magistral. Todo lo que le elogiaban, era lo efectista y lo cursi, como
las estrofas antes mencionadas sobre la frente del negro y sobre la
maternidad; o la filosofía de cargazón que inspira los consejos finales
de Martín Fierro; o el aburrido y pobre cuadro de la Penitenciaria,
donde, por moralizar, descuidaba sencillamente su empresa.
Quien tenga la paciencia de leer esos juicios, coleccionados a guisa
de prólogo para mengua de nuestra literatura, hallará citadas como
bellezas todas las trivialidades de la composición. No falta una. Hay
quien vé en ella, y por esto la elogia, "un pequeño curso de moral
administrativa para los comandantes militares y comisarios pagadores"
(!). Otro se extasía ante la igualdad de la ley, como un borrico
electoral. Otro encuentra que Martín Fierro es "el Prometeo de la
campaña" (!!). Otro le descubre "primo hermano (no se atreve a decir
hermano) de Celiar", aquella luenga pamplina romántica con que el
doctor Magariños Cervantes, poeta del Uruguay, dió pareja a nuestra
gemebunda _Cautiva_. Otro aún, y éste es el más delicioso, encuentra
imposible hacer el juicio crítico de _Martín Fierro_, porque no siendo,
dice, una obra de arte, no podrá aplicarle las reglas literarias. He
aquí el Finibusterre de la crítica, diremos así, nacional. Y el pobre
hombre, amilanado sin duda con su propio genio, que éste no es carga
de flores, sino tronco potísimo al hombro de Hércules laborioso,
dejábase prologar así, todavía agradecido, y que le colgaran sus
editores indoctos tamaño fárrago; y hasta explicaba contricto su buena
intención, su inferioridad para él indiscutible ante tamaños literatos,
en una carta infeliz, dedicada casi por entero al estímulo de la
ganadería. Sólo por un momento, la conciencia profunda de su genio se
le impone, magüer ellos los sabios, y entonces, humilde, hace decir con
sus editores: "El señor Hernández persiste en no hacer alteraciones a
su trabajo". La crítica habíalo tachado de versificador incorrecto,
aunque él dijera con toda verdad y razón, que así construye el gaucho
sus coplas, demostrando, por lo demás, gran desembarazo en su idioma
poético.
Existe, sobre este particular, un documento interesante: en el
autógrafo de la segunda parte del poema, la primera estrofa dice como
sigue, sin ninguna enmienda:
_Atención pido al silencio
Y silencio a la atención,
Que voy en esta ocasión,
Si me ayuda la memoria,
A contarles de mi historia
La triste continuación._
La rima perfecta de los dos últimos versos, está incorrectamente
modificada en el texto impreso, donde se lee:
_A mostrarles que a mi historia
Le faltaba lo mejor._
Y esto demuestra, una vez por todas, que la incorrección criticada
era voluntaria, cuando así lo pedían la precisión del concepto y la
verdad de la expresión. Los versos imperfectos, son, efectivamente, más
vigorosos que los otros, por su construcción más directa y natural,
así como por su mayor conformidad con la índole del lenguaje gaucho.
Pero la crítica no entenderá nunca, que en la vida, como en el arroyo
inquieto, la belleza resulta de la irregularidad, engendrada por el
ejercicio de la libertad en el sentido de la índole o de la pendiente.
La preceptiva de los retóricos y las leyes de los políticos, han
suprimido aquel bien, pretendiendo reglamentarlo. Y de eso andan
padeciendo los hombres, fealdad, iniquidad, necedad, miseria.
¡La crítica! ¿Cómo dijo la muy estulta, y trafalmeja, y amiga del bien
ajeno? ¿Que eso no era obra de arte? ¿Pero, ignoraba, entonces, su
preceptiva, y no sabía lo que era un verso octosílabo, o en qué, si no
en descripciones y pintura de caracteres, consiste la poesía épica?
No, pues. Lo que extrañaba eran sus habituales perendengues, sus
"licencias" ineptas, su dialecto académico, su policía de las buenas
costumbres literarias. Aquella creación arrancada a las entrañas vivas
del idioma, aquella poesía nueva, y sin embargo habitual como el
alba de cada día, aquellos caracteres tan vigorosos y exactos, aquel
sentimiento tan profundo de la naturaleza y del alma humana, resultaban
incomprensibles a esos contadores de sílabas y acomodadores de clichés
preceptuados: Procustos de la cuarteta--para devolverles su mitología
cursi--no habían de entender a buen seguro aquella libertad del gran
jinete pampeano, ritmada en octosílabos naturales como el trote dos
veces cuádruple del corcel.
En la modestia de los grandes, finca el entono de los necios; y cuando
aquéllos se disimulan en la afabilidad o en llaneza, padeciendo el
pudor de sentirse demasiado evidentes con la luz que llevan, cuando su
bondad se aflije de ver desiguales a los demás en la irradiación de la
propia gloria, cuando las alas replegadas manifiestan la timidez de la
tierra, pues para abandonarla han nacido, los mentecatos se engríen
haciendo favor con la miseria que les disimulan y pretendiendo que el
astro brilla porque ellos lo ven con sus ojos importantes.
Hay que decirlo sin contemplaciones, no solamente por ser esto un
acto de justicia, sino para sacar la obra magnífica de la penumbra
vergonzante donde permanece a pesar de su inmensa popularidad; porque
de creerla, así, deficiente o inferior, los mismos que se regocijan
con ella aparentan desdeñarla, y ahogan el impulso de sus almas en
el respeto de la literatura convencional. Tanto valdría hacerlo con
el Romancero congénero, porque su castellano es torpe y se halla mal
versificado.
En nuestro poema, ello proviene especialmente de la contracción
silábica peculiar al gaucho, así como de la mezcla de asonantes
y consonantes que él empleaba en sus coplas y que era necesario
reproducir, al ser un gaucho quien narraba.
¿Pero, acaso el mismo poema español no nos presenta versos como éste en
la versión de Sepúlveda en el II romance de la 2.ª parte:
_Ruy Díaz volveos en paz?_
¿No encontramos en el Dante endecasílabos contraídos hasta la dureza, a
semejanza del siguiente que nos da once palabras en once sílabas:
_Piú ch'io fo per lo suo, tutti i miei prieghi?_[55]
Y en cuanto a la rima, si es verdad que a veces resulta pobre y
mezclada como en Lope y en Calderón[56], también su fácil riqueza nos
sorprende con estrofas no superadas en nuestra lengua.
Los indios diezmados por la viruela, buscan entre los cristianos
cautivos la causa de la epidemia y las víctimas propiciatorias al genio
maléfico cuyo azote creen padecer:
_Había un gringuito cautivo
Que siempre hablaba del barco,
Y lo ahogaron en un charco
Por causante de la peste.
Tenía los ojos celestes
Como potrillito zarco._
Rimas en _arco_, no posee el idioma sino siete de buena ley. Las otras
son palabras desusadas, nombres propios, verbos o términos compuestos.
En _éste_, nueve tan sólo, y todas ellas resultan de aproximación muy
difícil. La estrofa es, sin embargo, de una perfecta fluidez, y en
su nítida sobriedad, condensa un poema: la criatura que recuerda el
barco donde vino con sus padres en busca de mejor suerte; su bárbaro
martirio; la imagen original y pintoresca de los ojos, tan conmovedores
en el ahogado; la dulzura infantil del potrillito, que revela con tan
tierna compasión la inocencia del niño y el alma del héroe. Así se
enternece el hombre valeroso, y así brota natural la poesía en esa
comparación de verdadero gaucho. Lo que más debía llamar su atención, y
con ella la imagen, eran los ojos celestes del europeo.
El tono heroico y la onomatopeya que es don excelso de poeta cuando le
sale natural, como a Homero y como a Virgilio, resaltan en esta otra
estrofa de rima difícil, aun cuando sea defectuosa por la mezcla de
asonantes y consonantes:
_Yo me le senté al del pampa,
Era un escuro tapao.
Cuando me veo bien montao,
De mis casillas me salgo;
Y era un pingo como galgo,
Que sabía correr boliao._
Las palabras _pingo_ y _galgo_ sugieren el salto elástico del arranque.
El cambio de acentuación del último verso, todavía reforzado por
la violenta diptongación de su primer verbo, recuerda el galope
a remesones del animal trabado. Adviértase, también, que sin la
terminación defectuosa de la última voz--_boliao_--el efecto no se
produciría. Y de esta suerte, también, resulta ennoblecido el lenguaje
gaucho.
Otras veces, la metáfora es tan natural y al propio tiempo tan
novedosa, que el desconcierto causado por aquellas dos cualidades, nos
induce a apreciarla como un ripio. Así, en cierta pelea con la partida
policial, el gaucho acaba de echar tierra a los ojos de uno de los
enemigos, para atacarle indefenso:
_Y mientras se sacudía
Refregandosé la vista,
Yo me le juí_ como lista
_Y ahi no más me le afirmé
Diciendolé--Dios te asiste,
Y de un revés lo voltié._
La comparación describe el acto de tenderse a fondo, en una sola línea;
es decir, como la lista de una tela; y así explicada, ya no nos resta
sino que admirar la agilidad descriptiva, el vigor magnífico de la
estrofa.
Veamos reunidos en esta otra los dos elementos.
El gaucho Cruz, provocado por cierto burlón en una pulpería donde se
bailaba, pelea con él y le hiere gravemente:
_Para prestar un socorro
Las mujeres no son lerdas;
Antes que la sangre pierda,
Lo arrimaron a unas pipas.
Ahi lo dejé con las tripas
Como pa que hiciera cuerdas._
De la primera rima, no hay sino seis sustantivos en castellano. De
la segunda, dos solamente; los mismos que usa el autor con perfecta
naturalidad. El sitio de las pipas, es, efectivamente, el único donde
resulta posible improvisar sobre ellas mismas un lecho, separado del
suelo y apartado del trajín habitual; pues se trata de
_Un rancho de mala muerte_;
es decir, sumamente estrecho. He visto más de una vez heridos
acomodados en esa forma.
El defecto del prosaísmo ofrece analogías y corroboraciones no menos
evidentes. Como todo verdadero artista, el autor de _Martín Fierro_
no rehuyó el detalle verdadero, aunque fuese ingrato, cuando llegó
a encontrarlo en el desarrollo de su plan. Comprendió que en la
belleza del conjunto, así sea éste un carácter o un paisaje, la verdad
artística no es siempre bella. Que si la frente del hombre se alza
en la luz, es porque la planta humana le da cimiento en el polvo.
Únicamente la retórica con sus recetas, ha prescrito que el arte, como
el trabajo de los confiteros, consiste en maniobrar azúcar. Cuando
se hace obra de vida, es otra cosa. Y el prodigio de crear estriba,
precisamente, en la inferioridad de los elementos que, ordenados por la
inteligencia, producen un resultado superior.
Prosaísmo y grosería, hermosura y delicadeza, todo concurre al
resultado eficaz, como en la hebra de seda el zumo de la flor y la
baba del gusano. El capullo es mortaja donde la adipocira de la oruga
tórnase ala de colores; y así nosotros mismos somos, según el símil
inmortal del poeta, larvas y mariposas:
_... noi siam vermi
Nati a formar l'angélica farfalla._
Propóngome tomar a este propósito algunos ejemplos del Dante, porque
éste es, en mi opinión, el épico más grande que haya producido la
civilización cristiana.
Imágenes y conceptos de ésos que llama prosaicos la retórica, abundan
en su poema. Los condenados que veían pasar a los dos poetas
_... vér noi aguzzavan le ciglia
Come vecchio sartor fa nella cruna._
(Inf. XV--20, 21.)
Después, aquella comparación con la rana que croa en el charco:
_E come a grecidar si sta la rana
Col muso fuor dell'acqua..._
(Inf. XXXII--31, 32.)
O bien:
_E mangia e bee e dorme e veste panni._
(Inf. XXXIII--141.)
_Ch'ogni erba si conosce per lo seme._
(Purg. XVI--114.)
_Com'uscir puó di dolce seme amaro._
(Par. VIII--93.)
_Che le cappe fornisce poco panno._
(Par. XI--132.)
_... si che giustamente
Ci si risponde dall'anello al dito._
(Par. XXXII--56, 57.)
O estos versos formados por enunciaciones de cantidades:
_Mille dugento con sessanta sei._
(Inf. XXI--113.)
_Nel quale un cinquecento dieci e cinque._
(Purg. XXXIII--43.)
_Che gli assegnó sette e cinque per diece._
(Par. VI--138.)
_Al suo Lion cinquecento cinquanta
E trenta fiate..._
(Par. XVI--37, 38.)
_Quattromila trecento e due volumi._
(Par. XXVI--119.)
_Sí come diece da mezzo e da quinto._
(Par. XXVII--117.)
_E questo era d'un altro circumcinto,
E qual dal terzo, e'l terzo poi dal quarto,
Dal quinto il quarto, e poi dal sesto il quinto._
(Par. XXVIII--28 al 30.)
O la inmundicia de los castigos infernales: las moscas y los gusanos de
la sangre corrompida en el canto III del Infierno; los excrementos en
el XVIII; el famoso verso final del XXI; el verso 129 del canto XVII
del Paraíso...
O las frases sin sentido:
_Pape Satan, pape Satan alepe_
(Inf. VII--1.)
_Rafel mai amech izabi almi_
(Inf. XXXI--67)
O todavía, al revés de Boileau que no fué sino un retórico, esta
fórmula de la poesía cuyas creaciones quiméricas anuncian la verdad no
siempre creíble:
_lo diró cosa incredibile e vera._
(Par. XVI--124)
He aquí cómo debe comprenderse el espíritu de los poemas épicos, que
no son obra lírica, vale decir, de mera delectación, sino narraciones
de la vida heroica, muchas veces ásperas como ella y también amargas y
misteriosas. Una vez más me acuerdo de nuestro padre el Dante:
_O voi ch' avete gl' intelletti sani,
Mirate la dottrina che s'asconde
Sotto il velame degli versi strani!_
Pero véase algo más característico aún, porque demuestra cómo los
símiles de nuestro gaucho, no por ser tomados de la vida rural,
resultan menos compatibles con la poesía del inmenso florentino. Las
coplas, dice Cruz, se me salen "como ovejas del corral".
Y añade:
_Que en puertiando la primera,
Ya la siguen las demás,
Y empujando las de atrás,
Contra los palos se estrellan,
Y saltan y se atropellan
Sin que se corten jamás._
Comparación prosaica para versos, dirá la retórica. El otro presentará
así las almas de los excomulgados, aun cuando entre ellos figuran
personajes tan eminentes como el blondo, bello y gentil Manfredo de la
ceja partida:
_Come le pecorelle escon del chiuso
Ad una, a due, a tre, e l'altre stanno
Timidette alterando l'occhio e' l muso;_
_E ció che fa la prima, e l'altre fanno,
Addossandosi a lei, s'ella s'arresta,
Semplicie e quite................._
(Purg. III).
Y ciertamente, no es mi intención comparar; pero la Divina Comedia
fué también escrita en un lenguaje de formación reciente, y bajo el
mismo concepto de vida integral, que a mi ver constituye su excelencia
insuperable.
Con ello el detalle realista es a veces excesivo y brutal; pero no
olvidemos que se trata de rudos pastores con quienes la vida fué
ingrata hasta la crueldad; y sobre todo, no incurramos en el abuso
crítico de olvidar el conjunto, pues no todo en el fuego es claridad,
sino también leña bruta, y ceniza, y humo...
Así el retrato del viejo _Vizcacha_:
_Viejo lleno de camándulas,
Con un empaque a lo toro;
Andaba siempre en un moro,
Metido no sé en qué enriedos,
Con las patas como loro
De estribar entre los dedos._
Este último rasgo es absolutamente característico, y viene por lógica
sugestión ante un auditorio de jinetes, no bien se ha mencionado el
caballo. Éste debía ser, dado su dueño, uno de esos bichocos que
los estancieros regalan a individuos así, porque tienen la crin
arremolinada, o son maulas de suyo, o babosos de que los enfrenaron
por primera vez en día nublado y frío. Entonces los defectos
característicos se relacionan. La avería de los dedos, es también
peculiar en los domadores, y el viejo lo había sido:
_De mozo jué muy jinete,
No lo bajaba un bagual;
Pa ensillar un animal
Sin necesitar de otro,
Se encerraba en el corral
Y allí galopiaba el potro._
La característica por el pié, es bien conocida de los elegantes; y en
los dominios de la patología sexual, constituye un caso asaz común de
fetichismo.
Narrando el gaucho Cruz su ya mencionada trapatiesta en el baile de la
pulpería, recuerda este detalle de apariencia trivial:
_Yo tenía unas medias botas
Con tamaños verdugones;
Me pusieron los talones
Con crestas como los gallos;
Si viera mis afliciones
Pensando yo que eran callos._
La bota era una prenda cara y difícil de obtener, puesto que
sólo podían apararla obreros muy escasos. Ya he dicho que en la
época colonial, no los había; por lo cual los gauchos hubieron de
calzarse con el cuero crudo del jarrete caballar, o con los retales
transformados en sandalias. Después, aquella mortificación del pié,
particularmente desagradable para hombres acostumbrados a una cuasi
descalcez, iba poniendo al protagonista en un estado poco apto para
bromas. El freno de plata y las botas, constituían el lujo por
excelencia. Era habitual llevarlas a la grupa, para no ponérselas sino
a la entrada de la población o de los sitios respetables.
Por último, los ternos tan abundantes en lengua española, saltan una
que otra vez, a título de complementos interjectivos, bien que sean muy
escasos, y siempre disimulados con palabras de análoga eufonía:
_Ahi empezaba el afán,
Se entiende, de puro vicio,
De enseñarle el ejercicio
A tanto gaucho recluta,
Con un estrutor... ¡qué bruta!
Que nunca sabía su oficio._
Don Quijote era menos escrupuloso, y el Dante usó más de una vez la
mala palabra.
Si el poeta alarga por ahí sus versos, o mezcla estrofas de metro
diferente, como cuando _Picardía_, turbado, decía _Artículos de Santa
Fe_, por artículos de la fe, o cuando el guitarrero provocador de Cruz
canta dos coplas de seguidilla entre las sextinas octosilábicas, no es
por impotencia, sino por rectitud lógica con el tema. Así procedían
también los romanceros con sus estribillos e interpolaciones; siendo
de notar que casi todas estas libertades, pertenecieron a los anónimos
populares. El verso es para el pueblo y para los grandes poetas, un
lenguaje de hablar, no de hacer literatura[57].
El lector necesita, aquí, una advertencia.
Muchas estrofas del poema, causan a primera vista la impresión de la
rima forzada:
_Y menudiando los tragos,
Aquel viejo como cerro,
No olvidés, me decía, Fierro,
Que el hombre no debe crer,
En lágrimas de mujer
Ni en la renguera del perro._
La composición refiérese al vientre hipertrofiado del alcoholista,
y es de gran propiedad en el lenguaje gaucho. Si ello constituye
un ripio, demuéstranlo las estrofas finales del mismo canto y del
subsiguiente, donde la rima en _erro_ está empleada con la habitual
fluidez.
Otro ejemplo de impotencia aparente en la más ajustada propiedad:
_Y aunque a las aves les dió,
Con otras cosas que inoro,
Esos piquitos como oro
Y un plumaje como tabla,
Le dió al hombre más tesoro
Al darle una lengua que habla._
"Como tabla", es decir, parejito. Un rústico no podía comparar de otro
modo, y la lisura del plumaje es la primera belleza del ave libre.
Cuando nuestros gauchos se regocijan con el poema que a los cultos
también nos encanta, es porque unos y otros oímos pensar y decir cosas
bellas, interesantes, pintorescas, exactas, a un verdadero gaucho. Pero
seamos justos con el pueblo rural. Él fué quien comprendió primero,
correspondiendo a la intención del poeta, con uno de esos éxitos
cuya solidez es otra grandeza épica. Naturalmente exento de trabas
preceptistas, sabía por instinto que la descripción de una existencia
humana, no es un puro recreo lírico; que las miserias, las asperezas,
la prosa de la vida, en fin, forman parte de la obra, porque el héroe
es un hombre y sólo a causa de esto nos resulta admirable. De tal modo,
el gaucho Martín Fierro tomó pronto existencia real. He oído decir a un
hombre de la campaña, que cierto amigo suyo lo había conocido; muchos
otros creíanlo así; y no sé que haya sobre la tierra gloria más grande
para un artista. Es ésa la verdadera creación, el concepto fundamental
de los tipos clásicos. Así vivían los héroes homéricos cuyas hazañas
cantaba el aeda en el palacio de los reyes y en la cabaña de los
pastores. Todos los entendían, a causa de que representaban la vida
integral.
Más de una vez he leído el poema ante el fogón que congregaba a
los jornaleros después de la faena. La soledad circunstante de los
campos, la dulzura del descanso que sucedía a las sanas duras tareas,
el fuego doméstico cuyas farpas de llama iluminaban como bruscos
pincelazos los rostros barbudos, componían la justa decoración. Y
las interjecciones pintorescas, los breves comentarios, la hilaridad
dilatada en aquellas grandes risas que el griego elogia, recordábanme
los vivaques de Jenofonte. Otras veces, teniente eventual de compañía
en la Guardia Nacional cuya convocatoria exigieron las revoluciones,
aquella impresión precisábase todavía. Las partes tristes del relato
suscitaban pensativas compasiones, nostalgias análogas; entonces el
oficial adolescente evocaba también a Ulises conmovido de oir cantar
sus propios trabajos en el vestíbulo de Alcinoo. El vínculo de la
raza fortalecíase en él como la cuerda en la tabla del instrumento
rústico, y penetrado por aquella emoción que exaltaba su sangre con un
sabor de lealtad y de ternura, proponíase como un deber de justicia el
elogio del poema, cuando algún día llegase a considerar digna de él su
mezquina prosa. Y así ha esperado veinte años.