perseguía la anulación del individuo, declarando por principales
enemigos de su alma al demonio, o sea a la libertad de pensar,
fundamento del individualismo[42]; al mundo, o sea a la preocupación de
las cosas terrenas, entre las cuales está el amor de las aventuras; y
a la carne, o sea a la mujer, que el cristianismo, con su acostumbrada
avilantez, pretende haber libertado. Por esto fueron sus agentes los
germanos de parecida índole, y así es como se ha prolongado hasta hoy
el conflicto, quizá eterno, que vemos reflejarse en la evolución de las
lenguas: el individualismo libertario y rebelde ante el colectivismo
obediente y conservador[43]; el laicismo que separa la potestad civil
de la religiosa, ante la teocracia que las resume en una sola entidad;
la emancipación de la mujer ante su minoridad perpetua.
Esos tres principios pues: el heroísmo caballeresco, el culto de la
mujer, el honor, constituyeron el alma de las lenguas latinas. La
intimidad con que se fundieron en ellas elementos tan distintos como
los arábigos, los germanos y anglo-sajones, los vascos y los eslavos,
que componen precisamente el germen más activo en la evolución de la
baja latinidad (ya he dicho que la lengua céltica tenía mayor semejanza
con el latín) comporta una prueba de civilización superior, en cuanto
demuestra nativa inclinación hacia la solidaridad internacional,
que es la expresión más alta de la vida civilizada; al paso que la
flexibilidad, también manifiesta en ello, revela el don vital de
la adaptación progresiva. Y esto en los tiempos más obscuros de la
historia.
Durante el siglo IX, el catalán, primera de las lenguas romanas,
fué toscamente formándose. Así resulta la primera forma conocida de
aquel perfecto idioma provenzal que dió a la civilización europea
del Mediterráneo, desde Liguria hasta Portugal, un mismo espíritu
en una misma lengua: la civilización de las cortes de amor, de los
trovadores, de los caballeros andantes y de la democracia laica. Cuando
notamos que el lenguaje de nuestra campaña está formado por diversos
aportes de todas las lenguas romanas, refundidos de nuevo en un molde
semejante al primitivo, esto nos revela que en el fondo de las pampas
americanas realizóse en silencio, por acción espontánea de la libertad
y de las tendencias étnicas, un gran esfuerzo de civilización. De
un modo semejante, la democracia, que es la fórmula política del
mundo actual, fué constituyéndose también en América. No es más
sorprendente un fenómeno que el otro, y ambos resultan, por otra parte,
correlativos. El castellano paralítico de la Academia, corresponde a
la España fanática y absolutista, "nuestra madrastra", como decía con
tanta propiedad Sarmiento; y en eso, como en todo lo demás, sólo le
debemos atraso y desolación. Estamos, así, tan separados de ella, como
ella misma del espíritu que animó a los primeros conquistadores. Lo
que nosotros restauramos y seguimos restaurando, es la civilización
por ella perdida; de manera que todo esfuerzo para vincularnos a su
decadencia, nos perjudicaría como una negación de aquel fenómeno. Es
ella quien tiene que venir a nosotros, la raza nueva, "la hija más
hermosa que su hermosa madre", pero sin ningún propósito de influir
sobre nuestro espíritu, más fuerte y más libre que el suyo. América
no será jamás una nueva España. Podría derramarse en ella toda la
población de la Península, sin que por esto se modificara su entidad.
El espíritu, esa fuerza que, contrariada, produjo la decadencia de la
España fanática y absolutista, está inexorablemente separado. Es en el
Nuevo Mundo donde va a reintegrarse la civilización de la libertad,
contrariada por el dogma de obediencia que el cristianismo impuso
hace veinte siglos. La historia eslabona, así, a nuestro destino, ese
grande esfuerzo de la antigüedad. La civilización que el mundo pagano
veía encaminarse hacia sus resultados definitivos, quedó interrumpida
por el triunfo de aquel dogma oriental cuyo dominio había preparado el
funesto error político de César, primer introductor del derecho divino
en la Europa greco-romana. Su esfuerzo para recobrarse en la Provenza,
donde poetas y paladines fueron los agentes de la influencia espiritual
que civilizara el litoral europeo del Mediterráneo, abortó en lucha
aciaga contra el dogma enemigo. Entonces los últimos caballeros
andantes, que lo eran aquellos primeros conquistadores hispanos,
trajeron al mundo recién descubierto por un compatriota espiritual,
un ligur precisamente, el germen del futuro definitivo Renacimiento.
Y mientras España vencida acataba el dogma funesto, convirtiéndose
en su agente más poderoso, la civilización emigró de su seno, para
fundar en América, como un resultado irrevocable, la democracia, que
es el proceso antecedente de la libertad. Así es como fué quedándose
rezagada en la Edad Media católica, y cultivando su propia decadencia.
Entre el mundo nuevo, donde iba preparándose, sin que ella lo notara,
el grande acontecimiento, y la Nueva Europa que evolucionaba a su vez
hacia la civilización laica, ella fué el peñasco inerte. Su sangre pagó
hasta agotarse aquel oro de América que jamás quedó en sus manos. La
separación con nosotros fué un hecho mucho antes de la emancipación
política. En pleno siglo XVII, considerábamonos y éramos ya distintos.
Los conquistadores que acudieron a las tierras del Plata, pertenecían,
por otra parte, al pueblo, dado que los hidalgos preferían, como
era natural, las áureas comarcas de Méjico y del Perú. Con esto, fué
más genuino también el idioma importado; más fuertes sus tendencias
reaccionarias. Pero el castellano era una lengua formada; vale decir,
resistente en su superioridad, a la penetración indígena. Además de
esto, el orgullo gentilicio en los conquistadores, tanto como la
sucesiva hostilidad de los gauchos hacia el indio, constituyeron otros
tantos obstáculos para que se efectuase aquel fenómeno, de suerte que
salvo algunas denominaciones locales, siempre esporádicas por lo demás,
el castellano permaneció incólume en su índole y en su esencia.
El patriotismo regional ha poblado nuestra literatura de vocabularios
que asignan al lenguaje campesino una abundante filiación indígena.
Según pertenezcan los autores al Norte o al Sur de la República,
aquélla resulta quichua, calchaquina o guaraní. Nadie se ha preocupado
de analizar comparativamente el castellano de los gauchos con las
lenguas afines habladas por los europeos que formaron su ascendencia
predominante; pero es seguro, y el lector va a apreciarlo en seguida,
que las lenguas maternas de aquellos aventureros, más decididos
por ellas cuanto más incultos eran, formaron casi enteramente su
caudal. Ellos procedían, además, de las poblaciones costaneras del
Mediterráneo, naturalmente inclinadas por el hábito de la navegación, a
semejantes empresas.
Los dialectos hispanos, con especialidad el gallego que es la fuente
más copiosa de nuestro lenguaje nacional, influyeron, naturalmente, de
una manera más directa. El portugués, idioma limítrofe y semejante,
lo hizo en virtud de dos hechos principales: el primero y más lejano,
fué la conquista de Portugal por Felipe II, y las persecuciones
consiguientes que produjeron una numerosa emigración clandestina hacia
el Brasil y el Plata; el segundo consistió en que el Brasil fué durante
la época colonial un país más culto.
El árabe, corriente en gran parte de España al empezar la conquista,
legó una cantidad de voces, ahora ausentes del castellano oficial.
El provenzal, por medio del catalán, en gran parte dejó también sus
huellas bien perceptibles. Por último, la inmigración de gitanos,
prohibida, aunque siempre sin éxito, introdujo uno que otro término
de procedencia remotamente válaca, si bien de los que reconocen
origen latino en el idioma daco-rumano; pues aquí conviene hacer una
advertencia de capital importancia.
Así como es una ley de la ciencia y del sentido común, que las lenguas
se compenetran con más facilidad cuanto más semejantes son (tal
fué el caso ya citado del idioma celta con el latín) el principio
recíproco formula otra no menos importante; y de tal manera, aunque la
fonética llegue a presentar voces de parecida estructura, con acepción
semejante, en lenguas completamente distintas, esa circunstancia no
basta para precisar una filiación. Necesítase, entonces, recurrir a
las pruebas históricas y geográficas de una comunicación eventual:
pero si ellas faltan, esto constituye un argumento adverso. La
prudencia científica, propone en tal caso una hipótesis provisional
de analogía puramente fortuita; porque siendo limitado el número de
sonidos fundamentales que puede emitir la garganta humana (siete
vocales, propiamente dicho), las coincidencias casuales constituyen una
probabilidad. Así, aunque en el válaco ya citado, hay varias palabras
de fonesis y acepción semejantes a las nuestras, las he desdeñado
cuando su origen no es latino, sino indudablemente eslavo. La selección
fué tan escrupulosa, que de las muchas examinadas, no me quedó sino
una sola relativamente bien definida. Por la misma razón, entre las
otras étnicas y sociales ya mencionadas, los idiomas indígenas dejaron
tan escaso residuo en el lenguaje gaucho; sucediendo lo propio con
el vasco, aunque la raza eúskara nos diera tantos elementos étnicos
desde el principio de la conquista. El italiano y el francés aportaron
también escasas voces, porque al formarse el lenguaje en cuestión,
nuestras relaciones eran nulas con Italia y con Francia. Lo que pudo
venirnos de aquellos idiomas fué esporádico, o emigró modificado a
través del español peninsular.
Todo esto permite proponer una serie de principios para la
investigación metódica cuyos resultados ofreceré al lector en el tomo
II.
Asigno, ante todo, el primer lugar, a aquel fundamento científico
de la ciencia etimológica, en cuya virtud las derivaciones nunca
provienen de términos subjetivos, inaccesibles por lo común, al pueblo
y superfluos en la economía primitiva de los idiomas; desde que éstos
tienen por destinación específica la representación de objetos.
El segundo consiste en atribuir origen latino a toda palabra del
lenguaje gaucho que no exista en los léxicos castellanos y no sea
evidentemente indígena. La probabilidad de que dicha voz sea lo que
suponemos, aumenta hasta constituir semi plena prueba, si ella existe
con la misma estructura radical, la misma acepción y análoga fonesis,
en diversos pueblos de América; y tanto más aún, cuanto ellos estén más
alejados del nuestro. Esta regla presenta una sola relativa excepción
a favor de la lengua quichua que dominó en la América precolombiana,
desde nuestro país hasta el Mar Caribe. La semejanza fonética de
las palabras, es imprescindible; pues como el tiempo empleado por
el lenguaje gaucho para formarse, fué tan corto, la deformación de
aquéllas no alcanzó a disimular profundamente dicho elemento; y por la
misma razón fundamental, la evolución de las palabras fué sencillamente
trópica, consistiendo en la metátesis, que es siempre el agente más
activo, la paragoge, la sinéresis, la epéntesis y los antónimos. Si con
todo esto, la voz examinada resulta independiente del tronco latino,
habrá que buscarla, según la región donde corra, en el vasco, el árabe,
el quichua y el guaraní; sin olvidar que los dialectos africanos de
los negros traídos como esclavos durante la época colonial, debieron
legarnos, sin duda, algunos términos específicos. La filiación latina
ha de establecerse empezando por el latín y el griego de la media y
baja épocas, para continuar con los nueve romances principales, en este
orden: el provenzal-catalán; el portugués-gallego; el español hasta el
siglo XV; el francés bajo su forma troncal llamada lengua de _oïl_;
el italiano bajo sus formas dialectales, y como extructura idiomática
hasta el siglo XVI; el sardo, el reto-románico, el rumano y el dálmata.
Por último, el griego y el latín clásicos, que suministran no pocas
veces la confrontación fundamental.
Conviene asimismo tener presente que los idiomas indígenas de América
legaron algunas voces, aun que muy pocas, al castellano de España.
Este fenómeno debió producirse durante el siglo XVI; puesto que en el
siguiente imperó despótica la reacción humanista; y su importancia no
sería grande dada la dificultad de las comunicaciones que es menester
añadir a las antedichas causas adversas.
Un ejemplo va a demostrarlo con eficacia.
Transcribiendo a la letra un error de Cuervo que está en el párrafo 952
de sus _Apuntaciones_, y que se refiere a los americanismos adquiridos
por el castellano, cita Menéndez Pidal en su _Gramática Histórica_
(pág. 23) la voz _canoa_, "ya acogida por Nebrija en su diccionario
en 1493". Paréceme que esta circunstancia era más bien contraria al
supuesto origen; pues no se concibe que tan cauto y científico letrado
como aquél, a más de ser, todavía, el proto-humanista de España[44]
adoptara con semejante precipitación el supuesto neologismo; cuando la
lengua náutica de la Península era, entonces, tan copiosa como ninguna
otra lo fuera antes ni después, y dominaba en todos los mares[45].
Así resulta confirmado por los dos prólogos que Nebrija puso a las dos
partes de su léxico. En ninguno habla de voces americanas; y cuando
se refiere a los vocablos bárbaros, advierte que esta denominación
comprende para él aquellos mismos que así calificaron los latinos.
De esta suerte, no hay en el doble léxico neologismo alguno, lo cual
es, de suyo, otra comprobación; y sí un cuidado evidente de la pureza
castiza en concepto docente o clásico.
Por otra parte, existe la imposibilidad material.
Efectivamente, la voz no habría podido entrar en España sino a mediados
de Marzo de 1493, época del primer regreso de Colón. Nebrija debía
hallarse por entonces en Alcalá de Henares donde enseñaba latín, o
en Salamanca donde imprimió su famoso léxico; mientras el Almirante
refería a los soberanos sus cosas en Barcelona, que era donde estaba
por entonces la corte; vale decir, a mucha distancia de aquellas
ciudades. La generalización de la voz _canoa_, en forma tal que se
hiciera digna del léxico, resulta, pues, imposible.
Luego, en el propio diario del primer viaje de Colón, que si bien fué
compendiado por las Casas, está en lenguaje de la época, la voz se
halla usada como si fuera corriente, pues no tiene señal ni comento
que la particularice: "envió toda su gente de la villa con canoas muy
grandes y muchas a descargar todo lo de la nao"[46]. Y cosa igual
sucede con la carta del Dr. Chanca que narra el segundo viaje de
Colón y es de los principios de 1494: emplea varias veces la voz como
si fuera corriente. El Dr. Chanca hallábase ausente de España desde
septiembre de 1493, y era letrado: quiero decir, capaz de apreciar el
neologismo y advertirlo, como lo hace, por ejemplo, con _ají_, aunque,
a mi entender, se equivoca.
Por lo demás, el propio diccionario de Nebrija va a dilucidar el punto.
Si su segunda parte, que es la más moderna, define canoa como "barca
de indios: _indicus linter_", la primera, publicada en 1492, antes
que hubiera noticia alguna sobre el Descubrimiento, define a la voz
_linter_ como "canoa: barco pequeño"; prefiriendo la supuesta voz
americana a _esquife_, que también registra, y usándola todavía en el
artículo _monoxylon_.
La frase _indicus linter_ referíase, puramente, a los esquifes o botes
monóxilos de la India, famosos en la literatura latina, como lo prueban
las repetidas citas de Plinio cuya _Historia Natural_ fué una de las
más copiosas fuentes de Nebrija. Así, en la ya mencionada definición
de _linter_ por canoa, está citado aquel autor latino y su obra en el
parágrafo 24 del libro VI, donde dice que los habitantes de Taprobana
(Ceilán) "usan barcas de dos proas para no tener que virar en los
canales angostos". Añadiré por mi parte estas otras citas del mismo:
"Llámase Cottonara al país de donde llevan la pimienta a Barace en
chalupas hechas de un solo tronco de árbol" (Id. id. lib. VI, 26). "Las
cañas (de la India) son tan grandes, que en cada uno de sus canutos
pueden navegar tres hombres" (Id. id. lib. VII, 2). "La caña de la
India tiene el grosor de un árbol...; y si hemos de creer lo que se
dice, uno solo de sus canutos basta para hacer una chalupa" (Id. id.
lib. XVI, 65).
Añadiré, por último, que la voz _indio_ no figura en el Nebrija. El
nombre de Indias dado a las Américas fué tan vago, tan evidentemente
subordinado al origen asiático de dicha voz, que el P. Acosta, buen
cosmógrafo, sin embargo, decía un siglo después de la conquista, en
1590: "En otras partes de Indias, como son las Islas Filipinas..."
(Historia Natural y Moral de las Indias, lib. IV, cap. XVII).
La voz _canoa_, procede, en tanto, del vocablo latino _canna_,
barquilla formada de cañas, cuyo nombre formóse por antonomasia, como
el de las esteras del mismo material. Así pasó al alemán _Kahn_,
esquife, y a la lengua de _oïl_ bajo las formas _canart_ y _cane_,
embarcación. En italiano, _canoa_ es la forma anticuada de _canotto_,
barquilla. Por la misma razón del trenzado de cañas, la damajuana fué
también _cane_ en lengua de _oïl_; a lo cual concurrió la acepción
generalizada de _canal_, para significar con la misma voz _cane_,
cántaro y medida de líquidos. _Canaliculus_ es embudo en latín. En
castellano, la artesa llamada camellón recibe también el nombre de
canal; y al mismo tiempo, artesa es sinónimo de piragua. Según la
descripción y lámina que en la _Historia_ de Oviedo[47] corresponden a
las canoas, éstas resultaban verdaderas artesas; y con tales vasijas
las compara, precisamente, el autor. La voz _canart_ de la lengua de
_oïl_ más arriba citada, tiene por antecesor al vocablo bajo-latino
_canardus_, nombre que en el siglo XII recibían las naves inglesas y
noruegas. Pero, el origen inmediato de nuestra voz _canoa_, es la del
bajo latín _canona_ con que se designaba las barcas de pescador, y que
proviene del latino clásico _canna_ como toda la familia citada[48].
Así todavía, otra vasija, el _canasto_, cuya forma anticuada _canastro_
explica su formación idéntica a la de _camastro_, _padrastro_. A mayor
abundamiento, en Chile llaman _canoa_ a la batea o artesa que sirve
de toma en los canales; y en Centro-América al pesebre o gamella:
voces que resultan, como se vé, perfectamente castizas. _Caña_ es en
castellano un vaso para vino que deriva de la voz bajo-latina _canna_
cuya doble ene explica la eñe en el vocablo actual. Llamamos, asimismo,
"media caña" a la teja gotera que en francés recibe el nombre de
_noue_, aplicado también a la vejiga natatoria del bacalao, y en el
cual coinciden, aclarando todavía las cosas, nuestra voz _nao_, nave
(del griego _naús_) y el bajo-latino _noa_, yerbajo flotante donde se
ocultan los peces. Quedando todavía, para fantasear, el arca de _Noé_,
voz hebrea que significa flotar en equilibrio...
Explícase, pues, que en esta materia sobrevenga la perplejidad, no bien
faltan pruebas incontrovertibles. Así, sobre todo, en lo referente
a la lengua quichua cuyo contacto con la española fué tan íntimo y
prolongado.
Como el idioma indígena era inferior en riqueza léxica, o sea en
el elemento que con mayor facilidad aceptan las lenguas, y como
pertenecía, además, a la raza dominada que tan fácilmente se sometió,
infiérese sin esfuerzo la penetración castellana en él. Debemos
suponer que ésta empezó muy luego de la conquista; y con ello, las
perplejidades comienzan también desde los primeros léxicos quichuas
compuestos por los españoles peninsulares y americanos; pues como no
eran trabajos filológicos, sino vocabularios para uso de misioneros,
allá iba todo lo usual, sin crítica alguna.
Es, precisamente, lo que manifiesta el P. Domingo de Santo Thomas en
su _Lexicon o Vocabulario de la lengua general del Perú_, impreso en
Valladolid el año 1560: lo cual hace de dicha obra el diccionario más
antiguo de la lengua quichua. Hay, dice, en la tierra peruana, "muchas
lenguas particulares"; "de las cuales, añade más abajo, también pongo
yo algunos términos, porque así se usan comunmente". Antes expresa
que la lengua quichua "aunque es usada y general en toda la tierra
(del Perú) no es natural en toda"; hallándose "mezclados con los
términos de ella, muchos de provincias particulares". Como el citado
vocabulario será mi principal fuente, hago notar lo transcripto,
con el mayor interés, porque demuestra que el idioma quichua estaba
en descomposición; lo cual facilitó, sin duda, la penetración del
castellano en lapso tan breve. El vocabulario quichua del P. Diego
González Holguín (año 1607) será mi otro texto preferido[49].
Muchas son las voces castellanas que es posible precisar en la
lengua quichua. Así _casarana_, casarse; _tusana_, rapar; _lanzana_ y
_agitana_, vomitar; _asutina_, azotar; _punta_, primero: de punta abajo
sus acepciones principio, comienzo; _juria_, premura, de furia: como
en la locución "furia del caballo", por su rapidez. Otras de aquellas
voces provienen de términos anticuados, lo cual dificulta todavía el
estudio. _Cumba_, techo, proviene de cumbre, que ha engendrado la
voz criolla _cumbrera_, caballete del techo, y que es, en gallego,
_cume_. _Dibi_, _deuda_, recuerda el gallego _dívedo_ y el portugués
_dívida_ de igual acepción, y salió del castellano débito, sincopado
en tal forma, porque la acentuación esdrújula es intolerable en la
lengua quichua. La forma lusitana patentiza la tendencia en cuya virtud
transformóse _débito_ en _dibi_. _Angara_, vasija de calabaza, procede
del bajo latín _angaria_, vasija ancha, que es el origen del castellano
_angarillas_ y que tiene esta filiación: _aquaria_, _ancaria_,
_angaria_. _Albis_, arveja, es el castellano anticuado _alubia_, forma
arabizada a su vez del griego _lobos_, judía. Para mayor enredo, la voz
incorporada al quichua, pasó luego al araucano...
Citaré entre las voces dudosas _huaira_ que significa aire; _rurana_,
faena de campo o _rural_: _toglla_ (la _ll_ quichua es sumamente
líquida) lazo o _dogal_: _llutana_, embarrar, pegar con lodo. Las dos
primeras, _huaira_ y _rurana_, no están en el Vocabulario de Santo
Thomas, que es el más antiguo como ya dije. Las otras dos sí, de
modo que pueden ser coincidencias eufónicas. _Llutana_, sin embargo,
recuerda demasiado a _enlutar_, _enlodar_, o sea pegar con lodo,
y sería su exacta adaptación quichua. Todavía en el siglo XVIII,
_enlutar_ significaba en castellano tapar con lodo.
He aquí dos ejemplos más interesantes, que servirán, cuando menos, para
enseñar la cautela nunca excesiva en estas cosas.
_Tambu_ es posada, mesón, en los diccionarios quichuas. El antiguo
portugués ofrece, bajo las acepciones de alcoba, lecho nupcial y mesita
de comedor, las formas _tamo_ y _tambo_, derivadas de _thalamus_,
tálamo. La tercera de dichas acepciones, nos da la etimología de
nuestro _tambo_: casa de vacas donde se toma leche recién ordeñada.
En patuá de Nîmes, la voz _tambouïo_ significa provisiones, víveres.
Y todas estas formas proceden del griego _thálamos_, que, además de
alcoba, es también madriguera, colmena y cavidad corporal donde se
alojan ciertas órganos.
Desde el P. Santo Thomas hasta Tschudi, _pullu_ significa velludo,
lanoso, y también borla en quichua. En el caló jergal de España,
constituído por una mezcla de germanía con gitanismos, la manta o
colcha recibe el nombre de _pullosa_, que en germanía es _pelosa_:
regreso al _pilus_ latino, por el conocido intercambio de la _i_ en
_u_, y recíprocamente. En bajo latín denominábase _pannus_ _pullus_
al paño negro; y precisamente, con esa significación adjetiva es como
se usa en nuestra región central la voz quichua: "poncho pullo".
La voz existía, pues, antes del descubrimiento de América. Tanto
la circunstancia de ser negro el paño llamado _pullus_, como la de
estar formado el poncho _pullo_ por un tejido basto y velludo, dan
singular interés al hecho de que la voz quichua _puyu_ (Tschudi escribe
_puhuyu_) signifique nube, nublado. Al norte de Quito pronuncian
_fuyu_, trocando la _p_ en _f_ lo que es peculiar de esa región
quichua[50]. Ahora bien: en latín clásico, _fuligo_ es hollín[51]
y _fullonia_ es batán; de donde provino el citado _pannus pullus_,
_pullatus_, que significa originalmente abatanado. Pero, veamos algo
más curioso aún.