Supongamos, no obstante, una imitación directa, porque el _Cuándo_...

en su aire y en su ritmo, se parece a ciertas sonatas de Scarlatti

(particularmente, la 41, y todavía las 15, 32, 33 y 38 de la edición

Wreitkopf und Härtel). Scarlatti falleció precisamente en Madrid, donde

había residido mucho tiempo; y varias de sus sonatas como la 60 (ed.

cit.) que lleva la mención "compuesta en Aranjuez", tienen acentuado

carácter español, si bien con tendencia hacia los ritmos frenéticos,

olvidados por nuestra música. Añadiré todavía que hay cierto parecido

entre nuestras danzas en 6|8, como la _Zamba_, y la sonata 46 de

Scarlatti. El hecho no revestiría por esto menor interés, al constituir

la revelación de una simpatía profunda entre aquel maestro que fué,

como he dicho, uno de los creadores de la sonata, y los trovadores

gauchos, pues el trozo que por exceso de precaución supongo imitado,

tiene un evidente aire de familia con aquellos otros cuya autenticidad

no es dudosa. Después de todo, creo que no habrá sino una coincidencia

harto explicable, no sólo por la influencia de la música popular de

España sobre Scarlatti, sino porque en tiempo de este maestro, la

sonata hallábase todavía muy próxima a la fuente popular. La semejanza

no comprobaría, así sino la mayor delicadeza de nuestra música. Existe,

por último, una circunstancia interesante. Si Scarlatti hubiera

influído, como podría inferirse superficialmente por la repetición

de coincidencias, los trovadores gauchos habrían copiado. No tenían

interés alguno, ni técnica bastante para disimular; y luego, la música

es, en esta materia, el dominio de la desvergüenza.

Pero hay hechos más concluyentes. Fácil es notar en la danza de que

voy ocupándome--el _Cuándo_...--la forma llamada "de tres divisiones":

exposición, desarrollo y recapitulación que los clásicos, y Bach, sobre

todo, en sus Invenciones, emplearon del mismo modo. He aquí el tema de

la primera parte,

[Ilustración]

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desarrollado y transformado en la segunda

[Ilustración]

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para reaparecer con sencilla claridad en la recapitulación:

[Ilustración]

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Todo ello comentado poéticamente por esta frase,

[Ilustración]

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en la cual parece llorar recuerdos la sugestión de lo lejano.

Pero la semejanza no se detiene aquí. El matiz clásico que consiste en

hacer P. P. la repetición de una parte, primeramente ejecutada F o FF

está indicado con claridad en este trozo, verdadero germen de sonatas

perfectas. Por eso resulta necesario a su expresión, _rallentare_ el

penúltimo compás, clásicamente. Añadiré para la mejor ejecución, que al

repetir D. C., debe tocarse sin repeticiones parciales.

La _Chacarera_ (N.º 4) parece alejar con el encanto ciertamente rudo

de su expresión silvestre, toda idea de analogías clásicas. Apenas hay

nada más remoto, como que esta danza nació en una región donde aún el

idioma español fué hasta hace poco desconocido. Obsérvese, no obstante,

el matiz beethoveniano F-PP en el momento del cambio de ideas, que

evidencia la caracterización sexual antes enunciada (_a_):

[Ilustración]

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La armonía sencilla y fuerte del trozo, es ciertamente viril; en

cambio, los acordes arpegiados (_b_) sugieren el tipo femenino de estos

compases. Y aquí ya no hay como sospechar siquiera una imitación. Ese

procedimiento estético, habría excedido, a no dudarlo, la apreciación

consciente del gaucho. Trátase de una intuición, engendrada por la

sinceridad del sentimiento en un alma naturalmente delicada.

El _Gato_ (N.° 6) ofrece, otra vez, mucho de la forma ternaria clásica.

Su tercera parte, constituye la recapitulación, siendo la primera parte

un poco modificada en el ritmo. Por lo que hace a su ejecución, nótese

que si es menester repetir unidas la primera y la segunda parte, ello

tiene, ante todo, por objeto, obtener un contraste de sonoridad que

es enteramente clásico. (Hágase PP esta repetición, incluso el acorde

final; pero al DC, debe aplicarse estos matices: 1.° FF; 2.° F; 3.° FF;

y no efectuar repeticiones parciales)[37].

[Ilustración]

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_La Media Caña_ (N.° 1) nos transporta al dominio de la música moderna,

como para desvanecer, siendo anterior la suya, toda idea de imitación.

Estos unísonos potentes recuerdan, efectivamente, a Moussorgsky, quien

en su _Boris Godounow_, trató al unísono los orfeones del pueblo ruso.

La aproximación vale la pena, pues precisamente los coros populares son

lo esencial de aquella obra, quizá la más original que en su género

contenga toda la música.

He aquí, por último, algo más singular en _El Bailecito_ (N.° 10).

[Ilustración]

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Fácil es advertir en este compás (el antepenúltimo de la danza), la

salvaje belleza de la "doble apoyatura" (_sol-si_[n]) de las notas

_la-do_ (3.ª y 7.ª del acorde de 7.ᵃ de dominante); pero en seguida,

las mismas notas _sol-si_ son "doble apoyatura" de la nota _la_ a 8.ª

alta (_a_) de sus apoyaturas, lo cual produce un efecto digno de la

mejor música modernista.

Infiero que esto ha de haber sido una audacia naturalmente sugerida

por el punteo de la guitarra; pues la influencia de este instrumento

resalta a cada instante en la música gaucha. Así puede notarse

claramente en los acordes arpegiados de _El Escondido_ (N.° 5).

Podría perfectamente dejarse esta música, como Bach dejó la suya: sin

ninguna indicación para el movimiento, fraseo y matiz; de tal modo, que

el ejecutante conservara una plena libertad de interpretación. Pero

repito que tales melodías no necesitan acompañamiento sabio, porque

son para el aire libre, consistiendo su armonización en el rumor de

los campos. ¿Qué se podría arreglar, es decir, modificar, quitar o

añadir a un repique de campanas en el alba, a los balidos del rebaño

en la tarde, o a la vaga quejumbre que el viento arrastra por la noche

bajo el estremecimiento de las estrellas? Pues lo mismo ha de suceder

con la tonada en que se exhala el corazón del pastor. Respetemos el

canto genuino en esa alma, como respetamos la pureza del agua en el

manantial[38].

Conservemos también como un tesoro, la fuerza juvenil que anima a esas

composiciones; su honesta gracia, saludable al espíritu; la sencilla

perfección de la tríada clásica, en ellas reflorecida. Obsérvase,

en efecto, que apenas separada, nuestra música popular decae y se

empobrece. Así sucede con los acompañamientos de canto, monótonos

recitados, en los cuales no interesan ya el ritmo ni la melodía. El

gaucho no conoció, tampoco, otro canto separado de la danza, que el

de sus tensiones de trovador; y como lo esencial en éstas, era lucir

el ingenio, bastábale para ello con la semi-música del recitado. Los

cantos llamados _Tristes_, _Estilos_ y _Gauchitas_, fueron más bien

música de arrabal. Adviértese esto fácilmente en el uso habitual de

la décima, estrofa que los gauchos no conocieron sino de nombre,

aplicándolo a las únicas formas por ellos usadas: la cuarteta y la

sextina[39]. No restan sino las _Vidalitas_, pobres tonadas que solo

ofrecen un interés de _folk-lore_.

A propósito de estos recitados, existe, sin embargo, un hecho

importante, que demuestra una nueva vinculación, esta vez instintiva,

con la música griega. Instintiva, es decir, más interesante, puesto

que revela entre el alma argentina y el alma helénica, analogías

naturales estudiadas con detención en mi libro _Prometeo_. Nuestros

recitados (_Tristes_, _Estilos_, _Gauchitas_) están casi siempre en los

modos lidio y dorio que forman, con el frigio, las tres principales

gamas, entre las ocho derivadas de la escala griega, o descendente

menor. Transcribo a continuación esos dos modos sin agregar motivos

de recitados gauchos, porque éstos y aquéllos _son, positivamente, la

misma cosa_[40].

[Ilustración: DORIO]

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[Ilustración: LIDIO]

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Apreciada en su conjunto, nuestra música popular resulta superior por

su expresión y por su encanto, a la de los vascos y los bretones, que

son, quizás, las más fuertes y originales de la Europa occidental.

Ello se explica, como todo cuanto es superior en América, por la

aclimatación de tipos constituídos ya ventajosamente.

Pero, sea lo que fuere, si por la música puede apreciarse el espíritu

de un pueblo; si ella es, como creo, la revelación más genuina de su

carácter, el gaucho queda ahí manifiesto. El brío elegante de esas

composiciones, su gracia ligera, su delicadeza sentimental, definen

lo que hoy existe de música criolla, anticipando lo que existirá

mañana. En aquella estructura, de suyo alada, está el secreto de su

destino superior, no en las contorsiones del tango, ese reptil de

lupanar, tan injustamente llamado argentino en los momentos de su boga

desvergonzada. El predominio potente del ritmo en nuestras danzas,

es, lo repito, una condición viril que lleva consigo la aptitud vital

del engendro. La desunión corporal de la pareja, resulta posible y

gallarda gracias al ritmo que así gobierno la pantomima, en vez de ser

su rufián, como sucede con la "música" del tango, destinada solamente

a acompasar el meneo provocativo, las reticencias equívocas del abrazo

cuya estrechez exige la danza, así definida bajo su verdadero carácter.

La danza gaucha, picada por las castañetas, aventada por los pañuelos,

punteada por las cuerdas con franca vivacidad, nunca se arrastra. El

aire es para ella un elemento tan importante como el suelo. Luego

pierde toda noción de contacto con éste. El ritmo es su único sostén

como las alas del pájaro. Su movimiento recuerda los giros aéreos, los

equilibrios vibrantes con que circunda y detalla una flor el colibrí.

Quizá se ha inspirado, por noción o por instinto, en el mundo de amor

que compone cada una de esas aladas parejas cuya doble chispa de

esmeralda es una vivificación de néctar y sol. Y así habíalo notado ya

en su pobreza primitiva una copla ingenua:

_Esos dos bailarines

Que andan bailando,

Parecen picaflores

Que andan picando..._

NOTAS:

[32] El ciclo wagneriano, sintetiza esta evolución gigantesca; puesto

que la _Tetralogía_ y _Parsifal_, sus dos focos extremos, manifiestan

respectivamente el carácter positivo y dinámico de la antigua tragedia,

y el espíritu negativo y estático del cristianismo. La expresión

wagneriana, contiene, asimismo, todo el lenguaje musical, desde las

más vastas combinaciones orquestales, hasta los _leitmotive_, con

frecuencia primitivos y salvajes.

[33] _Carmina Burana_, passim. Por lo demás el ritmo trocaico, que es

el de nuestro octosílabo, era popular en Roma. Recuérdese la tan citada

respuesta de Adriano a Floro, y el canto festivo de los legionarios de

César: _Urbani servate uxores_.

[34] Sobrenombre que significa "ordenador de los coros". El primero que

lo adoptó, y es el de mi referencia, fué Tisias, siciliano de Himera.

[35] Es el caso de citar una vez más todavía los conocidos versos de

Marcial:

_Nec de Gadibus improbis puellae

Vibrabunt, sine fine prurientes,

Lascivos docili tremore lumbos._

[36] De _zambra_, fiesta morisca, en la cual solían danzar las almeas.

[37] Esta última recomendación, concierne también a las _zambas_ y a

casi todas nuestras danzas populares.

[38] La primera parte de _El Bailecito_, es también final como en el

_Cuándo_... El D. C. debe tocarse sin repeticiones parciales.

[39] Esta última combinada del siguiente modo: (1)--(2, 3, 6,)--(4, 5,)

que no existe en la poética oficial.

[40] Inútil añadir que esta identidad fundamental, determina

semejanzas de composición y de ejecución. Así, la música de los

recitados argentinos, es siempre homófona como la de los griegos, y

el acompañamiento instrumental del canto, es igual al que aquéllos

empleaban con la lira y con la cítara.

[Ilustración: N.º 1. LA MEDIA CAÑA]

(Comienzo)

[Ilustración: LA MEDIA CAÑA]

(Continuación)

[Ilustración: LA MEDIA CAÑA]

(Final)

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[Ilustración: N.º 2. ZAMBA]

(Comienzo)

[Ilustración: ZAMBA]

(Final)

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[Ilustración: N.º 3. ZAMBA DE VARGAS]

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[Ilustración: N.° 4. MAÑANA DE MAÑANITA]

Chacarera

(Comienzo)

[Ilustración MAÑANA DE MAÑANITA]

(Final)

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[Ilustración N.° 5. EL ESCONDIDO]

(Comienzo)

[Ilustración N.° 5. EL ESCONDIDO]

(Final)

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[Ilustración N.º 6. GATO]

(Comienzo)

[Ilustración: GATO]

(Continuación)

[Ilustración: GATO]

(Final)

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[Ilustración: N.º 7. EL CARAMBA]

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[Ilustración: N.º 8. CUÁNDO...]

(Comienzo)

[Ilustración: CUÁNDO...]

(Continuación)

[Ilustración: CUÁNDO...]

(Final)

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[Ilustración: N.º 9. TRIUNFO]

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[Ilustración: N.º 10. EL BAILECITO]

(Comienzo)

[Ilustración: EL BAILECITO]

(Continuación)

[Ilustración: EL BAILECITO]

(Final)

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[Ilustración: N.º 11. LA HUANCHAQUEÑA]

Zamba

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[Ilustración: N.º 12. EL LLANTO]

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VI

=El lenguaje del poema=

La distinta procedencia de los arreos gauchos, armonizados por

adaptación al medio en torno del núcleo hispano-arábigo, constituyó

un fenómeno paralelo con la formación del lenguaje hablado por

aquellos hombres: extructura arcaica en su aspecto general, pero

considerablemente remozada por extraños aportes que fueron los

elementos vivaces de su evolución. Pobre en su vocabulario, como que

éste era la expresión de una existencia sencilla y monótona, ella

imprimióle, en cambio, su movilidad, su tendencia a la concisión de

las fórmulas fatalistas, su crudo realismo, su pintoresco desarrollo

en el seno de la naturaleza. Las metáforas adquirieron así, un

carácter útil, o mejor dicho, docente, al formular resultados de

la experiencia, prescripciones de filosofía práctica, relaciones

peculiares del hombre con las cosas nuevas de que se hallaba rodeado.

Los elementos expletivos del idioma cayeron, pues, en desuso; las

frases usuales simplificáronse como bajo una recia mondadura, en

elipsis características; el verbo amplificó su acción vivificadora,

abarcando en extensas conjugaciones todos los substantivos; la ley

del menor esfuerzo imperó absoluta, al faltar, con la literatura,

toda autoridad preceptiva; y aquella síntesis espontánea deshizo, sin

saberlo, la artificiosa superstructura humanista que latinizó el idioma

y cegó sus fuentes vivas bajo los adornos retóricos del clasicismo. Con

esto, aquel lenguaje fué más activo como instrumento de expresión, más

vigoroso y más conciso; mientras el otro, subordinado desde entonces

a la tiranía académica, a la estética del canon, fué paralizándose en

esterilidad sincrónica con el desmedro de la libertad peninsular. Y

fácil es notarlo en la doble literatura que forman durante el siglo

XVI los primeros historiadores de América con los literatos puramente

peninsulares.

Salvo Gomara, que ya fué un rapsoda, aquéllos tienen un vocabulario

más rico y más pintoresco; no porque usaran neologismos americanos,

rarísimos en su prosa según luego se verá, sino porque su

despreocupación literaria les ponía en la pluma el mismo idioma que

en la boca. Ello era tanto así, que lo mismo se nota en aquel grande

cultísimo escritor Oviedo, y en el rudo soldado Bernal Díaz del

Castillo.

Al propio tiempo, aquellos hombres que eran, ciertamente los más

enérgicos de España y los últimos paladines de Europa, trajeron ínsita

la libertad en el don de su heroísmo. Muchos fueron de los demócratas

rebeldes que el cesarismo perseguía a muerte por entonces en el Aragón

foral y la Castilla comunera. Su aislamiento en el Nuevo Mundo, su

distancia del poder central, que, prácticamente, era la independencia,

constituyéronlos en república natural, extremando su individualismo

hasta lo sublime. Así, no existen en la historia del mundo energía ni

proezas como las suyas. Parangonado con el caballero andante más famoso

de la crónica o de la leyenda, Alvar Núñez en su odisea de la Florida

es, todavía, un gigante.

Sendos legados de aquellos héroes son, pues, nuestra democracia y

nuestro castellano cuyos giros y voces no resultan, así, barbarismos:

antes preciosos elementos de una lengua más genuina, y con esto, más

vigorosa también.

Ello es visible ahora mismo.

Nuestro castellano, menos correcto que el de los españoles, aventájalo

en eficacia como instrumento de expresión, al resultar más acorde

con las exigencias de una vida más premiosa: que tal, y por la

misma exigencia ineludible de progreso, fué, desde la conquista, la

vida americana. Pues al no haber, acá, unidad étnica, fronteras ni

tradición, o sea los fundamentos de la nacionalidad, la quietud

habría comportado, fatalmente, un reintegro a la barbarie. Tan sólo la

actividad física a que obligaba la naturaleza, era en América mucho

mayor[41].

Adviértase también que la premura es tendencia dominante en la biología

de los idiomas; pues tales instrumentos sirven, efectivamente, para

acelerar la comunicación entre los hombres y suprimir las distancias

que los separan de las cosas, poniéndolas a su alcance sin necesidad

de transporte material; de suerte que las expresiones breves realizan

aquella primordial aspiración. Cuando ellas son, además, claras y

vigorosas, vale decir, cuando comprenden la palabra exacta cuya

eficacia consiste en que, así, la cosa o idea evocadas vienen a

nosotros de una sola vez, dando un solo paso, en lugar de dos o más,

la operación resulta perfecta. Pero el idioma literario, conforme al

concepto académico, tiene, ante todo, por objeto, lucir la habilidad

de los escritores para combinar palabras de acuerdo con ciertas reglas

cuyo mérito reside en la dificultad que su cumplimiento ofrece; y en

esto estribó, principalmente, el trabajo del humanismo.

Sucede que cuando los grandes artistas de la expresión o de la

plástica han compuesto sus obras, vienen los críticos y formulan las

características resultantes de esa construcción: o sea el modo como se

corresponden y subordinan sus elementos; y aquellas características

así formuladas las erigen en reglas cuya aplicación permitirá--según

ellos--repetir la operación creadora. De esta suerte, cualquiera puede

transformarse a su voluntad en artista, y tal es la pretensión de

la retórica. Al mismo tiempo, como lo más característico que tenga

el artista original, será también lo más difícil de repetir, los

retóricos calculan por la dificultad el éxito artístico; con lo cual su

procedimiento resulta contrario, precisamente, al del modelo: porque

todo artista creador engendra su retórica sin el menor esfuerzo, al ser

ella la ordenación natural de elementos personalísimos. _Prolem sine

matre creatam_, y por lo mismo _exstinctam sine sobole_.

Así, el humanismo se dió a latinizar el idioma, corrigiendo las voces

ya formadas de acuerdo con la índole de aquél, que es decir, con la

vida, para transformarlas en cultismos; pues su intento fué que el

castellano se descaracterizara como tal, pareciéndose lo más posible al

latín. La lucha de Quevedo contra el culteranismo es, a este respecto,

significativa; pues no se trataba solamente del primer escritor

contemporáneo, sino del hablista que poesía más idioma y más idiomas.

Por ello percibió como nadie lo avieso de la reforma, adelantándose con

certeza genial a las actuales conclusiones de la ciencia.

Pudiera creerse que el proceso de latinización, aun cuando artificial,

robusteció el parentesco de las lenguas romanas, contribuyendo a

facilitar la inteligencia entre los pueblos que las hablan, lo cual

habría resultado de indiscutible utilidad; pero aquéllas eran más

parecidas antes de efectuarse la indicada operación.

El común tronco celta de donde procedían generalmente, y en el

cual había ingertado el latín su vocabulario más rico, sin tocar

la sintaxis, o sea la extructura fundamental, que por esto es tan

distinta de la construcción latina en aquellas lenguas, hasta el

extremo de resultarnos una y otra antagónicas entre sí--hallábase en

pleno vigor. Es un hecho, efectivamente, que la raza céltica dominaba

todo el litoral europeo del Mediterráneo, o sea la Romanía futura,

desde Portugal hasta los Balkanes, al efectuarse la expansión romana;

para no mencionar sino de paso su prolongación sobre las costas del

Atlántico boreal, que comprendía las dos Bretañas y la Irlanda.

Sobre este cimiento uniforme, la conquista romana superpuso otro

elemento de análoga naturaleza, puesto que las legiones de aquella

ocupación militar, compuestas de campesinos en su mayoría, hablaban

la _lingua rustica_, o latín vulgar, más predispuesta a la mezcla

con las indígenas, al no tener preocupaciones de purismo gramatical.

Como los diversos dialectos que constituían la lengua de los celtas,

tenían varias semejanzas con el latín, la fusión operóse sin mayor

dificultad, presentando el fenómeno característico en tales casos:

la lengua autóctona, o cimiento, impone su sintaxis, al paso que la

extranjera modifica el léxico, enriqueciéndolo con la terminología

más rica, correspondiente a la superioridad de la raza conquistadora.

Los comerciantes y artesanos que hicieron la segunda etapa de la

civilización latina, hablaban también la lengua vulgar, bastante

uniforme, si se considera la procedencia popular de aquéllos, la

índole de sus ocupaciones y la fuerte unidad romana. La instrucción

primaria, bastante profusa, sobre todo en las Galias y en España, al

consumarse la máxima expansión del imperio, es decir, durante los

primeros siglos de la era cristiana, robusteció aquella fusión; puesto

que el maestro de escuela era también plebeyo, cuando no esclavo. El

árabe que dominó después en una región tan vasta de la Romanía, y desde

luego en aquella que más especialmente nos interesa, enriqueció la

lengua popular con nuevos términos de uso común. Así, las expresiones

corrientes del pueblo, eran más parecidas, y por de contado, más

sencillas que las literarias del latín clásico, que alcanzaba,

entonces, precisamente, toda la complicación de una cultura excesiva.

Cuando los humanistas propusiéronse latinizar los idiomas, su labor de

gabinete especializóse con la lengua clásica más refinada, que les era

habitual, y que permitía exhibir también mayor ciencia: y como el latín

es tan abundante, las palabras tomadas de él por los letrados de los

diversos países, no fueron las mismas: de donde provinieron dificultad

y confusión. Así fueron mucho más parecidos que los actuales, el

castellano, el francés, el portugués, el rumano, el italiano y el

provenzal anteriores al siglo XVI.

Al mismo tiempo que los gauchos restauraban sin saberlo la estructura

natural del idioma, por acción espontánea de la libertad, siempre

fecunda cuando se trata del espíritu, conservaron muchas expresiones

de aquel castellano viejo, pero no indocto, en el cual el Arcipreste

y Berceo, buenos latinistas por lo demás, aunque no humanistas,

ciertamente, habían dado a la poesía española, obras no sobrepasadas

después; con la cual la grande evolución de las lenguas romanas,

reemprendía su ciclo interrumpido, según lo veremos después en la

prueba de copiosos ejemplos. Ello representa para nosotros un interés

capitalísimo, si es cierto que la característica intelectual de toda

nación civilizada, es su idioma nacional; no pudiendo recibir este

nombre, sino el lenguaje hablado _por el pueblo_ que la constituye.

Por otra parte, si es exacta mi interpretación, aquel fenómeno, en

apariencia regresivo, nos incorporaría con grado eminente al proceso

fundamental de la civilización moderna. Porque esa formación de las

lenguas latinas, constituye un asunto histórico de la mayor importancia.

Con ella habíanse refundido en la civilización medioeval de origen

celta, la griega y la romana, haciendo del Mediterráneo europeo un foco

de cultura tan vasta como no se viera hasta entonces. La raza céltica

llevaba en su preferencia por las regiones insulares y costaneras,

aquella afición romántica de las aventuras, que el romano ignoró en su

sólido positivismo. La influencia de la mujer, fuente inagotable de

civilización y de poesía, era tan grande en ella, que constituye una

de sus más pronunciadas características históricas. El concepto del

honor, que dominaría toda la vida política, militar y aun civil de la

Edad Media, creó el vínculo principal entre los celtas, los griegos

coloniales cuyas repúblicas y consulados sobrevivían en el antedicho

litoral, y los romanos del imperio. El paladín cristiano reprodujo con

toda fidelidad a los héroes homéricos, manteniendo en esta forma, que

era, entonces, la superior, al constituir la encarnación excelente

del ideal gentilicio, la continuidad y unidad vitales de una misma

civilización.

El Payador, Vol. I Hijo de la Pampa · 第 9 / 18 段