He dicho ya que el ritmo de la marcha es binario, siendo su primera

forma perceptible, la tetramétrica. Acabamos de ver que el primer

múltiplo de cuatro, engendra el verso octosílabo, o sea el más natural

y popular a la vez. El período óctuplo domina también en la música

moderna y es el origen de la cuadratura cuyo imperio permaneció

incólume hasta Berlioz. Las marchas militares de los griegos, tenían la

misma forma; y las evoluciones de sus coros en el teatro, obedecían al

ritmo de nuestra polka.

La unión estrecha de los tres elementos artísticos, música, poesía y

danza, bajo el ritmo binario, determina el parecido de las músicas

populares entre sí; pero lo acentúa todavía un elemento psicológico,

sensibilizado por el predominio de las diversas escalas. La descendente

menor del canto antiguo, que iba de lo agudo a lo grave, expresa la

alegría por medio de la danza. La escala nivelada en _re_ por la Edad

Media, significa tristeza. Así aquéllas usadas por Gui d'Arezzo,

y en las cuales predomina la cuarta. Son eminentemente místicas y

tristes, siendo ésta, nó su pretendida cacofonía, la causa de que el

Renacimiento las desterrara. Por último, nuestra escala ascendente es

pasional; y por esto, la música popular que se halla bajo su imperio,

conservando al mismo tiempo preciosos residuos de la música antigua,

suele combinar con tanta originalidad la alegría de la danza a la

melancolía de la pasión.

Tiene, pues, de la música antigua, aquella desembarazada sencillez

que si limita su objeto a la conducción de la danza, posee con

suprema ligereza y admirable libertad, toda la vida del ritmo; y

aquella expresión soberana que resulta de hallarse unidas así, la

música, la poesía y la danza. La música moderna le ha legado la

melancolía poética, apasionada hija de la tristeza medioeval, que fué

tan dolorosa, por no haber conocido esperanza sobre la tierra. Así,

usará en su lenguaje corriente las terceras, cuyo predominio, al

realzar la poesía del acorde, constituye el principal progreso y la

caracterización más favorable de nuestra música; pero sin dejar de

recurrir a las cuartas y a las quintas con desenvuelto albedrío, hasta

anticipar las más audaces innovaciones.

Casi todas éstas consisten, efectivamente, en regresos hacia la

libertad y los modos antiguos. Así, para no citar sino un ejemplo,

la reintegración modal de _la, sol, fa, mi_, iniciada por los rusos,

según debía suceder, puesto que en la música rusa tuvieron siempre

tanta parte los elementos populares. Asistimos con toda evidencia a una

crisis tan importante, como la que se caracterizó en el siglo XIII por

la introducción de las tercias naturales en la escala.

Entonces viene a descubrirse que todos los elementos de evolución, es

decir, los rudimentos vivaces del arte antiguo y de la libertad futura,

están en la _melodía genuina_ de la música popular, que no necesita

acompañamiento, desarrollo ni armonización decorativa, por ser de suyo

un _organismo perfecto_. Querer, pues, aplicar la armonización o el

contrapunto a ese elemento, es tan absurdo como intentarlo con el canto

del ruiseñor; o para recordar la comparación clásica, equivale a dorar

el oro y a perfumar la rosa...

Pero existen en la música popular, y ciñéndome a mi asunto, en la

música de los gauchos, elementos de construcción, no menos respetables.

Nadie ignora que en los coros antiguos, las palabras solían tener, como

grupos silábicos, la misma medida de la melodía. Esta simetría binaria,

creó la estrofa y la antiestrofa, que no eran sino la pregunta y la

respuesta del diálogo cantado. Stesichoros[34] habría inventado en el

siglo VI A. C. la tríada lírica, añadiendo el épodo.

Ahora bien, la sonata, o sea nuestra composición musical más perfecta,

conserva en su construcción una distribución análoga.

La música sinfónica tiene, efectivamente, su origen en la canción que

acompaña a las danzas populares de la Edad Media. La más antigua

entre éstas, fué la _canzona_, compuesta de dos partes: una exposición

de ritmo binario, y una reexposición de ritmo ternario. El cuarto

movimiento de la _suite_, origen inmediato de la sonata, conserva

aquella estructura; pues consiste en una danza vivaz de corte binario,

llamada por antonomasia la jiga. El aire de nuestro _Gato_ (N.º 6) es

semejante al de la jiga. (Véase los trozos musicales insertos al fin de

este capítulo). La _suite_ es binaria a su vez como el primitivo coro

con su estrofa y antiestrofa.

Todos esos movimientos y ritmos, proceden de danzas diversas cuyos

nombres los representan en la _suite_ y en la sonata. Ésta, que es ya

ternaria, como la tríada lírica del coro antiguo, conserva, sobre todo

en su movimiento moderado, el carácter de danza popular. Una misma

tónica liga las piezas de la _suite_, y los movimientos de estas piezas

van formando contraste por oposición del lento al vivo y _vice versa_.

Aquí debemos considerar un nuevo elemento de gran trascendencia

estética.

En las sonatas de Beethoven, que señalan la perfección musical

alcanzada por el más grande de los músicos, las dos ideas fundamentales

de la composición (pues ésta no es ternaria sino en cuanto a su

estructura) parecen seres vivos, como se ha dicho con propiedad. El

tema rítmico representaría, pues, al sexo masculino, y la idea melódica

al femenino. Así, del primitivo ritmo orgánico producido por el trabajo

del corazón, el arte se ha alzado a la perfección espiritual.

Los trozos de música popular argentina que van a continuación, ofrecen

ejemplos de todos los elementos mencionados en estas páginas. Son, por

lo tanto, como toda música popular, cosa respetable para el pueblo cuya

alma revelan; con lo cual quiero decir, que es menester conservarlos

incólumes. Formados de música, poesía y danza como los coros antiguos

cuya noble tradición continúan, son composiciones perfectas que el

contrapunto y la armonización de los músicos académicos, deterioraría

sin remedio.

Otra cosa es que sirvan _para inspirar_ a los músicos; pues, como

va a verse, son muy ricos en sugestiones de carácter poético y de

sentimientos nobles; de melancolía viril y de elegancia decorosa: o

sea los bienes del alma que nos sugieren, respectivamente, Schumann y

Beethoven. Deformarlos, so pretexto de tomarlos por temas, sería un

deplorable error. En su sencillez campesina, ellos saben, por otra

parte, más verdadera música que los contrapuntistas de conservatorio.

Por eso es que el arte erudito, los rebaja cuando pretende enmendarlos.

Tanto valdría aplicar la tijera de la florista a la margarita de la

pradera. Hacer estas cosas, es atentar contra la belleza y contra

la vida. Desaparecen, así, los preciosos elementos de psicología

colectiva, de estética y de progreso musical que encierran esos cantos

ingenuos. ¿Y qué gloria de artista alcanzaría a compensarlo? La flora

espiritual tiene también sus especies rústicas.

No son ellas, como vamos a ver, las menos delicadas. El hecho de que se

parezcan a otras, no excluye su originalidad esencial, como el gaucho

no dejó de ser un tipo fuertemente caracterizado, porque descendiera de

indio y de español.

Fueron los conquistadores quienes introdujeron en las comarcas del

Plata, la música, la poesía y la danza. He dicho que por aquel tiempo,

la evolución moderna de la música estaba ya realizada. El arte había

encontrado casi todas sus combinaciones definitivas. Así aquélla de la

escala menor cromática con la escala menor diatónica, que es, quizá, la

más bella de toda la música. No era ella extraña enteramente al arte

antiguo, pero son los modernos quienes le han dado todo su valor.

Quiere decir, pues, que la rudimentaria música indígena, no pudo

influir sobre un arte tan adelantado. Sucedió lo contrario, como

era de esperarse. El indio adoptó las tonadas españolas, que,

ciertamente, resultáronle agradables. San Francisco Solano les predicó

el cristianismo, encantándolos, primero, con su rabel. Los idiomas

indígenas tomaron por do quier el verso octosílabo; lo cual prueba una

vez más la naturalidad del ritmo tetramétrico.

Aconteció lo mismo con la danza. España era ya, por entonces, el país

más rico en el género; y el siglo XVI fué particularmente afecto al

baile. Los indígenas del Plata no tenían sino rondas bárbaras cuya

influencia fué nula.

Pero es en la adopción de los instrumentos, cantos y danzas, donde

comienza a presentar carácter propio nuestra música popular.

Los conquistadores introdujeron no menos de veinte clases de

instrumentos, sin contar los órganos y los clavicordios que los gauchos

no habría podido usar. Entre todos ellos, el pueblo prefirió la

guitarra y el arpa. El violín, sólo figuró más tarde en las orquestas

populares, pero nunca como elemento primordial. El acompañamiento solía

componerse de triángulo y de bombo; pero toda nuestra música popular,

nació de las cuerdas. La sonata, compuesta hoy para teclado, tuvo el

mismo origen.

En las "orquestas" de los indios, predominaban, por el contrario, los

instrumentos de viento y de percusión. Así, entre los araucanos de

la pampa, diversas flautas y cornetas, silbatos de barro y de hueso,

sonajeros de calabaza y castañuelas de concha. Su único instrumento de

cuerda era la guzla, o sea el más rudimentario; y aun éste, tomado de

los españoles. Consistía en una cuerda de cerda torcida que tendían

sobre una costilla de caballo y rascaban con otra costilla de carnero.

En los Andes del Norte, no existieron más instrumentos indígenas

que el tamboril, la corneta y la _quena_: flauta pentatónica, es

decir, de música quejumbrosa y tierna, que ha dejado algún eco en

las composiciones populares llamadas _vidalitas_. Es el único rastro

indígena, vago después de todo, pues aquellas composiciones hállanse

sujetas a nuestros compases de 3/4 y 3/8. Los indios de la citada

región, adoptaron de los conquistadores el tiple o pequeña viola cuya

caja suele estar formada, como la primitiva cítara de Apolo, por un

caparazón de tatú; los cascabeles, los clarines, la zampoña y el

birimbao de los montañeses vascos.

Ahora bien, la preferencia de nuestros gauchos por los instrumentos de

cuerda, demuestra su mayor sensibilidad y su preocupación dominante

del ritmo, que es el elemento copulativo--vale decir, vivificador--en

la tríada música-poesía-danza. La música de los griegos, caracterizóse

de igual modo; y principalmente por esta causa, resultó superior a la

romana, que era de viento.

La razón puramente sentimental de dicha preferencia, queda evidenciada,

si se reflexiona que la guitarra y el arpa eran instrumentos de

transporte difícil para el cantor errante de la llanura. Su fragilidad

y su sensibilidad a las variaciones del ambiente, requerían cuidados

minuciosos; y más de una vez, en las marchas nocturnas, el gaucho

despojábase del poncho, su único abrigo, para envolver la guitarra,

cuyas cuerdas destemplaría el sereno.

Es, asimismo, clásico el contraste expresivo de las danzas gauchas.

Su ritmo, elemento masculino, es alegre y viril, mientras su melodía

llora con melancólica ternura. Así resulta todavía más descriptivo de

la doble alma que encierra la pareja danzante, conservando toda su

individualidad al hombre y a la mujer, quienes nunca llegan a unirse

materialmente. Aquel ritmo es con frecuencia suntuoso y sólido como

las prendas de plata con que el gaucho se adornaba. El acompañamiento

suele resultar monótono, porque el gaucho conservó el hábito español

de no variarlo para sus diversas tonadas. No obstante, la introducción

del triángulo revela una tendencia a modular, aligerando la densidad

explosiva del bombo, como quien alegra con sencillo bordado una tela

demasiado sombría. La audacia orquestal de este acompañamiento, no

escapará, de seguro, a la técnica modernista. Añadiré que el bombo,

tocado siempre a la sordina, no violenta el colorido musical; antes

acentúa su delicadeza con profunda adumbración. El reemplazo de las

castañuelas, demasiado insolentes en su cascadura, por las castañetas

tocadas con los dedos, obedeció al mismo concepto de delicadeza

en la gracia. El predominio del arpa y de la guitarra propagó el

acompañamiento arpegiado y con él la profundidad sentimental de las

sombras monótonas.

La guitarra lleva, por otra parte, la poesía meditabunda, tan grata a

nuestros cantores populares, en el acompañamiento de sus bordonas. En

ningún instrumento resalta mejor tampoco, el contraste de los seres

musicales que llamamos ritmo y melodía. El diálogo de las cuerdas

es constante, y el gaucho se pasaba las horas abstraído en él, como

los amantes que no se cansan de decir y de oir siempre la misma

cosa. La nota isócrona del bordón predominaba con ritmo cordial en el

instrumento tan próximo a su pecho; y acordado así su corazón carnal

con el corazón melódico de su música, la vihuela iba formando parte de

su ser como la esposa dormida en nuestros brazos.

Aquel diálogo de las cuerdas tiene su ajustada traducción en la

pantomima y en los cantos de nuestras danzas. El primer terno, dominado

por la prima, y el segundo por la cuarta, crean la escena que todos

aquellos pasos describen: el hombre que corteja, apasionado, y la

mujer que se esquiva, temerosa, mientras flotan sobre la pareja,

creando el ambiente poético, la melancolía de la pasión y la gracia

un tanto irónica de la coquetería. La unión de estos dos elementos,

demuestra una cultura nativa que solamente las almas delicadas poseen.

Y ello resulta más honroso todavía para nuestro pueblo, porque aquella

melancolía es siempre viril. La pieza publicada bajo el número 3, lleva

el nombre de un combate donde inició las cargas de caballería; pues

nada predispone tanto al heroísmo, como la música sentimental.

La composición binaria y la oposición simétrica de sus partes,

resaltaba también en la poesía de los trovadores gauchos cuyas justas

en verso, o payadas, tenían, como he dicho, el mismo desarrollo y los

mismos temas que las bucólicas antiguas.

Dije también que nuestra poesía popular usó todas las combinaciones

métricas primordiales: el octosílabo, desde luego, en la _chacarera_

(N.º 4); el heptasílabo y el pentasílabo en la combinación de

seguidilla (_zamba_, _gato_: Nos. 2 y 6). El hexasílabo y el

tetrasílabo en el _Caramba_ (N.º 7).

Los cantos llamados _vidalitas_, adoptan a veces una combinación de

octosílabo y hexasílabo agudo. Estas dos últimas formas, son extrañas

a la poética española. El espíritu de nuestra poesía, es como el de la

música correspondiente: melancólico y viril a la vez.

La delicadeza sentimental de estos dos elementos, impuso a la danza

una decente cortesía que no amenguaba, por cierto, su elegante gracia.

Hombre y mujer permanecían siempre separados, siendo su contacto,

cuando lo había, eventual y fugaz; todo lo cual caracterizaba

también a la danza griega. Las actitudes expresaban siempre comedido

rendimiento en el varón, y honesta coquetería en la mujer. Así, ésta

no debía alzar jamás los ojos, ni sofaldarse más arriba del tobillo.

Las variaciones del zapateado, eran un difícil tributo del caballero

a su compañera; y nunca expresaban otra cosa que la urgencia de una

respuesta a la amorosa declaración. La última figura de aquellas

danzas, solía ser un grupo plástico, en el cual el caballero hincaba

una rodilla ante la dama, atrayéndola por las puntas de los dedos

para que le formase una corona con sus brazos. La danza griega estaba

formada también de actitudes plásticas que expresaban un pequeño

poema, mientras el ritmo medía solamente los pasos. Era, por esta

razón, más estética que las danzas modernas cuyo encanto hállase

limitado al movimiento rítmico. Las danzas argentinas comentan todo el

poema del amor, desde los primeros galanteos descritos por el _gato_,

donde predomina la gracia picaresca, hasta el dolor de las rupturas

irreparables, comentado por _El Llanto_ (N.º 12). La última actitud de

esta danza es una pantomima formada con los pañuelos puestos ante los

ojos. El pañuelo y la falda, son recursos de expresión mímica usados

con gracia poética en bailes como la _zamba_ (Nos. 2, 3 y 11) y el

_escondido_ (N.º 5), dignos por cierto de interesar a un artista. Esta

clase de mímica, era también peculiar a la danza griega.

Obsérvese que así como no tomamos de España sino los instrumentos

sentimentales, tampoco aceptamos las danzas frenéticas, como la _jota_,

ni los contoneos lascivos del paso _flamenco_, ni las ruidosas burlas

del _charivari_ vascongado. Nuestras danzas populares, provienen, sin

duda, de España; pero su expresión es distinta, y en esto consiste el

valor que les atribuyo. Esta expresión peculiar, comporta una regresión

hacia las fuentes griegas; lo cual quiere decir que no conservaron como

sus inmediatas antecesoras de la Península, la lascivia romana[35] ni

la voluptuosidad oriental.

Las transcripciones que van a continuación, comprenden una mínima parte

de nuestras danzas; pues no he tomado de entre ellas, sino las más

características bajo el aspecto musical. Por esta causa, no figura

el _Pericón_ (nombre antiguo del bastonero que esta danza requiere) o

gran contradanza de la campaña, tan abundante en figuras como pobre de

música. Para la descripción gráfica de las danzas, he tomado un solo

tipo, el _gato_ (N.º 6) cuyo desarrollo es el siguiente:

Mientras se toca la introducción, dama y caballero permanecen en

posición, frente a frente, a una distancia de tres metros.

La primera figura consiste en una vuelta entera que la dama y el

caballero ejecutan saliendo cada uno por su derecha, para volver al

punto de partida. Ambos llevan el paso al compás de la música, y

escanden el ritmo por medio de castañetas hechas con los dedos. A este

movimiento corresponde la primera parte de la composición musical,

rasgueada y cantada sobre una estrofa de seguidilla.

Recobrada la primitiva posición, la segunda figura consiste en un

zapateado dirigido por la segunda parte de la música, que es punteada y

sin canto. La pareja no usa castañetas en esta parte. El hombre ejecuta

con sus pies entrelazamientos complicados, sin repetirlos mientras le

es posible. Hay quienes conocen hasta veinte variedades de estos pasos,

danzándolos con sorprendente limpieza y rapidez, a pesar de sus enormes

espuelas. La dama va y viene, describiendo en la misma posición curvas

de nudo rosa; su mano izquierda descansa en la cintura, mientras la

derecha recoge graciosamente la falda.

La tercera figura es repetición de la primera, pero solamente en

su mitad; de tal modo, que la dama y el caballero vienen a ocupar

posiciones inversas de las que tuvieron en la segunda figura. La cuarta

figura, es repetición de la segunda. La música sigue el mismo orden

de las figuras. La quinta figura consiste en una doble vuelta que

dama y caballero ejecutan en el sitio tomado por ambos para la figura

anterior. Aquí termina la primera parte de la danza, y es la segunda

posición de la pareja. El paso, la mímica y la música de la quinta

figura son los mismos de la primera. La segunda parte de la danza,

es una repetición de todas las figuras, hasta volver la pareja a la

posición inicial.

La _zamba_ es más característica todavía. No obstante el origen

arábigo de su nombre[36] es una verdadera danza griega, no sólo por

la separación de la pareja y la mímica ejecutada con pañuelos, sino

por la libertad plástica de las actitudes y las figuras. Fuera de la

dirección, que es la misma indicada para la primera figura del _Gato_,

nada hay determinado en ella. La gracia y el ingenio de los danzantes,

debe improvisarlo todo.

En todas estas danzas, los movimientos del hombre caracterízanse por

el brío desenvuelto que da gallardía marcial a la actitud, y los de la

mujer por aquella delicadeza ligera que es la delicia de su coquetería.

El conjunto expresa una clara alegría de vivir, y todo esto, como se

vé, es decididamente beethoveniano.

Los trozos que van a continuación han sido escritos por un modesto

profesor argentino, don Andrés Chazarreta, en quien hallé la rarísima

virtud de la fidelidad y la justa noción del patriotismo. Quiero decir

que estas piezas populares, no han sufrido deformación alguna. Todas

ellas son anónimas, y la mayor parte fueron danzadas en mi presencia

por parejas que el mismo señor Chazarreta había adiestrado.

Como fácilmente verá el lector, las más originales, son también las más

sencillas en su estructura; pues no constan sino de un tema, expuesto

y reexpuesto con una ligera variante. Así las zambas señaladas con los

números 3 y 11. Su acento rústico balbucea quejas de zampoña, despierta

gritos de pájaro montaraz, salta como un guijarrillo entre los caireles

de agua de la náyade montañesa; mientras en lo profundo del ritmo

viril, conmuévese una ternura de patria.

Las piezas de estructura ternaria, son las más elegantes; y algunas

como el _Cuándo_... (N.º 8) ofrecen ya un aspecto clásico. Por esta

forma, tanto como por el género de su música y la honesta elegancia

de sus movimientos, pertenecen a las danzas llamadas _bajas_ en la

Edad Media y que tanta boga alcanzaron en el siglo XVII, siendo sus

tipos más nobles el minué, la gavota y la pavana. Nuestro _Cuándo_...

participa precisamente de los tres. Ahora bien, la _suite_ no fué,

como es sabido, más que una sucesión de tales danzas cuyos movimientos

ha conservado la sonata; pues la música, aun en esta forma superior

y quizá suprema de perfección, es el arte más próximo a la fuente

popular. Sabido es con cuánta fidelidad frecuentábala Beethoven, y

cuánto se inspiraron en ella Scarlatti (D.) y Bach (E.) los padres

de la sonata. De aquí ciertas semejanzas que a primera vista dijera

uno imitaciones, pero que no son, ciertamente, sino coincidencias

expresivas del lenguaje del alma. El anónimo popular y el genio,

tienen, al fin de cuentas, el mismo corazón, fuente de toda melodía;

sólo que el primero crea por instinto, y así su éxito depende de la

selección natural, como pasa con las semillas derramadas por la planta

silvestre; mientras el segundo asegura el triunfo a sus creaciones,

con imponerles la ley superior de su inteligencia. El canto popular

que persiste, demuestra con ello la aptitud vital de los organismos

completos.

Podría suponerse, por otra parte, imitación de algunos temas que,

desde luego, el gaucho no podía oir sino en circunstancias casuales,

y contenidos en una música completamente extraña si no francamente

desagradable a su oído inculto; pero cuando se trata de procedimientos

especiales, de detalles fugaces, la sospecha es inadmisible. El gaucho

habría necesitado una técnica de que, por cierto, carecía.

Así por ejemplo, la introducción de sus danzas (Nos. 2, 3 y 6) casi

siempre repetida, suele no tener otro objeto que la prevención tonal,

como algunas veces lo hacía Beethoven en la sonata; pero sería absurdo

ver en ello una imitación. El predominio del acompañamiento rasgueado,

en las guitarras gauchas, ha precedido, de seguro, a la actual reacción

del arpegio continuo hacia su forma más elemental, el "bajo de Alberti".

Por otra parte, la música ciudadana, fué en la Argentina siempre y

totalmente distinta de la campestre. Prefería para el canto, el verso

decasílabo, que la copla gaucha jamás conoció; para la danza, las

óperas más en boga cuyas melodías adoptaba: y los clásicos a la moda,

no eran, naturalmente, desconocidos de sus profesores. Así, el himno

nacional había nacido de la tercera sinfonía de Haydn.

El Payador, Vol. I Hijo de la Pampa · 第 8 / 18 段