Pero también asentemos otra verdad: la política que tanto lo explotó,

nada hizo para mejorarlo; y ahora mismo, los restos que subsisten van

a extinguirse en igual indiferencia. Jamás desdeñaron, sin embargo,

el progreso. He visto, y todavía es posible verlo, el espectáculo

conmovedor de los paisanitos que ahorcajados de a dos y de a tres en un

jumento, transitan por los senderos, recitando a coro sus cartillas,

para cumplir con el deber escolar a varios kilómetros de distancia.

Hace veinte años, cuando pasaba mis vacaciones en la estancia, los

paisanos del contorno solían enviarme sus hijos para que les enseñase

a leer. Hasta en las casi extintas tribus patagónicas he conocido

el caso de un antiguo cacique perdido por ahí, entre los cerros, con

los restos de la suya, el cual habíase galopado treinta leguas con

su intérprete, para pedir al gobernador del territorio consejos,

policía, y un maestro que enseñase a los chicos el arte de "hablar

con los ojos" como los cristianos. La civilización ha sido cruel

con el gaucho, elemento, al fin irresponsable, de los políticos que

explotaban su atraso. Penurias, miseria, y exterminio, es lo único que

le ha dado. Él, como hijo de la tierra, tuvo todos los deberes, pero

ni un solo derecho, a pesar de las leyes democráticas. Su libertad,

cuando la reivindicaba, consistía en el aguante de su caballo y en la

eficacia de su facón. Era el áspero fruto de la barbarie rediviva en

el matrero, por necesidad vital contra la injusticia. Pospuesto al

inmigrante que valorizaba para la burguesía los llecos latentes de

riqueza, fué paria en su tierra, porque los dominadores no quisieron

reconocerle jamás el derecho a ella. Olvidaron que mientras el otro era

tan sólo un conquistador de la fortuna, y por lo tanto un trabajador

exclusivamente, el gaucho debía aprender también la lección de la

libertad, deletreada con tanta lentitud por ellos mismos; gozar de la

vida allá donde había nacido; educarse en el amor de la patria que

fundara. No vieron lo que había de justo en sus reacciones contra

el gringo industrioso y avaro, o contra la detestable autoridad de

campaña. No intentaron conciliarlo con aquel elemento europeo cuya

rudeza, exaltada a su vez por la necesidad en el medio extraño,

aportaba, sin embargo, las virtudes del trabajo metódico. Si algo hubo

de esto, fué casual como en las colonias israelitas de Entre Ríos,

donde muchas Rebecas blondas han rendido su corazón a esos cetrinos

halcones.

La estancia enriqueció al patrón y al colono, pero nunca al gaucho cuyo

desinterés explotaron sin consideración. El hijo de la pampa tuvo el

destino tremendo y la dulce voz del yunque. Tocóle en la tarea de hacer

la patria, el peso más angustioso, puesto que debió sobrellevar la

injusticia. Qué sabía él de atesorar ni de precaverse, poeta y paladín

inclinado sin maldad a la piltrafa del bien ajeno caída al paso en sus

manos, como sin mengua de su hermosura, arranca una vedija al rebaño

transeúnte la áspera borla del cardal.

El gaucho aceptó su derrota con el reservado pesimismo de la altivez.

Ya no necesitaba de él la patria injusta, y entonces se fué el

generoso. Herido al alma, ahogó varonilmente su gemido en canciones.

Dijérase que lo hemos visto desaparecer tras los collados familiares,

al tranco de su caballo, despacito, porque no vayan a creer que es

de miedo, con la última tarde que iba pardeando como el ala de la

torcaz, bajo el chambergo lóbrego y el poncho pendiente de los hombros

en decaídos pliegues de bandera a media asta. Y sobre su sepultura

que es todo el suelo argentino donde se combatió por la patria, la

civilización, la libertad, podemos comentar su destino, a manera de

epitafio, con su propio elogio homérico a la memoria de los bravos:

"Ha muerto bien. Era un hombre."

IV

=La poesía gaucha=

No era grande, que digamos, la necesidad de comunicación social

entre aquellos hombres de la llanura. La pulpería con sus juegos y

sus libaciones dominicales, bastaba para establecer ese vínculo, muy

apreciado por otra parte; pues los gauchos costeábanse en su busca

desde muchas leguas a la redonda. Pertenecía, por lo común, a tal cual

vasco aventurero que llevaba chiripá y facón antes de haber aprendido

a hablar claro, conciliando aquella adaptación campesina con la

boina colorada a manera de distintivo nacional. Detrás del mostrador

fuertemente enrejado en precaución de posibles trifulcas, que echaba

al patio, _manu militari_, por decirlo así, con vigorosas descargas

de botellas vacías alineadas allá cerca como previsores proyectiles,

el pulpero escanciaba la caña olorosa o el bermejo carlón[26] de los

brindis, mientras algún guitarrero floreaba pasacalles sentado sobre

aquel mueble. Tal cual mozo leído deletreaba en un grupo el último

diario de la ciudad. Otros daban y recibían noticias de la pasada

revolución o pelea famosa entre dos guapos de fama. Todo ello en

lenguaje parco y reposado que parecía comentar el silencio de los

campos peligrosos.

La pampa con su mutismo imponente y su monotonía, tan característicos

que no hay estepas ni saharas comparables, predisponía poco a la

locuacidad. Durante las marchas en compañía, el viento incesante, la

fatiga de jornadas muy largas por lo regular, la necesidad de observar

sin descanso el rumbo incierto y los riesgos frecuentes, eran otras

causas de silencio. Cualquiera que haya viajado por nuestras llanuras,

conoce esta particularidad, a la cual agrega la impresión del desierto

una especie de bienestar filosófico. "El campo es tan lindo, me decía

cierta vez un gaucho, que no da ganas de hablar". A esta suerte de

misticismo poético, mezclábanse el mutismo peculiar del indio y el

no menos característico del árabe cuyas sangres llevaba el gaucho en

sus venas. Con ello, volvióse sentencioso, definiendo su economía de

palabras con frases generales y sintéticas que solían ser refranes.

Sólo cuando contaba cuentos en torno del fogón expedíase con mayor

abundancia. El auditorio permanecía mudo, saboreando lentamente el

mate o el cigarrillo, y sólo de tarde en tarde comentaba con alguna

interjección, refrán o carcajada, los períodos más interesantes.

El adagio fomentaba aquella sobriedad verbal con su brevedad

categórica, siendo a la vez el sabio comento de situaciones siempre

repetidas y habituales al gaucho, aventurero fatalista, por otra parte;

es decir, inclinado a las sentencias que formulan la irrevocabilidad

del destino.

La poesía de sus cantos era breve: tal cual copla suelta en ritmo de

seguidilla o de romance. Hasta en los juegos de carreras, tabas y

naipes, que constituían las reuniones principales de la campaña; en

las comilonas que sucedían a las hierras; en los bailes con que se

festejaba algún casorio o la incorporación de algún angelito al cielo,

por muerte de niño, mostrábase el gaucho taciturno. Su predilección

por la guitarra, manifestábase en prolongados pasacalles y recitados

monótonos, que eran más bien un comentario al reposo meditabundo del

desierto; pero ello definía en su alma un rasgo de amable superioridad.

El gaucho no fué alcoholista. El grato clima, la alimentación

abundante, el trabajo libre y alegre, contribuyeron a su sobriedad.

Con las piernas cruzadas sobre el recio mostrador de la pulpería,

digitaba durante horas enteras la tonada habitual, frente a la copa

de anís o de aguapié ordinario, consumida con lenta moderación. Sólo

después de algún triunfo notable en pelea, carreras o riñas de gallos,

embriagábase por festejo.

Para el domingo, la pulpería aislada en la pampa como una barcaza en

el mar, izaba en la punta de un largo palo, que era igualmente vigía

para observar a los indios merodeadores, un guión, blanco si no había

más que bebida, rojo si también vendía carne. Los gauchos llegaban con

sus parejeros de carrera y sus gallos. Pronto disponían en el suelo

aplanado, canchas para la taba. Otros concertaban sobre el mostrador,

partidas de truco y de monte. Allá buscábanse los valientes de fama

"para tantearse el pulso" en duelos provocados por una trampa de juego,

una pulla o un poético lance de contrapunto. Este último incidente

provenía de una institución y un tipo que han sido la honra de nuestra

campaña, al comportar su ejercicio el culto apasionado de la poesía.

Tratábase de certámenes improvisados por los trovadores errantes, o sea

las _payadas_ en que se lucían los _payadores_. El tema, como en las

églogas de Teócrito y de Virgilio, era por lo común filosófico, y su

desarrollo consistía en preguntas de concepto difícil que era menester

contestar al punto, so pena de no menos inmediata derrota. El buen

payador inventaba, además, el acompañamiento recital de sus canciones,

y aquellos lances duraban a veces días enteros. Había asimismo

concursos de danza, los famosos _malambos_, en los cuales dos hombres

improvisaban figuras coreográficas que no debían repetir jamás, pues

con esto perdían la partida.

Recordemos las bucólicas virgilianas, más conocidas que las de

Teócrito, a quien, por otra parte, imitó el latino como él mismo lo

insinúa en su cuarta composición: "Alcemos nuestros cantos musas de

Sicilia"; lo cual está reconocido como una alusión a la poesía del

siracusano; mientras al comienzo de la sexta, dice ya explícitamente:

"Mi musa repite cantando los aires del poeta de Siracusa".

El desafío de Damoetas a Menalcas en la tercera bucólica, es

característico:

"¿Quieres que luchemos, pues, y midamos nuestras fuerzas

alternativamente?"

"No te me escaparás hoy día, responde más lejos Menalcas; aceptaré

todas tus condiciones."

Luego viene la invocación a los númenes propicios: los "santos

milagrosos" cuya intercesión pide nuestro payador en las primeras

estrofas de su poema; y más adelante, en la bucólica séptima: "Las

musas inspirábanles cantos alternativos. Corydon decía los primeros

versos y Thyrsis le respondía". La octava bucólica es una verdadera

payada con estribillo: "Repitamos, oh flauta, los acentos del Ménalo",

canta Damon al final de cada estrofa. Y Alfesibeo, al concluir las

suyas: "Versos míos, traedme de la ciudad a Dafne".

Semejante analogía de expresión, conforme a situaciones semejantes,

prueba la persistencia del carácter greco-latino en nuestra raza,

determinando con ello la orientación de la enseñanza que requiere; pues

para ser ésta eficaz, ha de consistir en el desarrollo de las buenas

condiciones de aquél: o sea, en dicho caso, el culto de la belleza,

y esa solidaridad humanitaria que la filosofía del Pórtico llamaba

"caridad del género humano".

Los temas bucólicos de aquellos antiguos, eran el amor, los secretos

de la naturaleza, las interpretaciones del destino: exactamente lo que

sucede en la payada de Martín Fierro con el negro, que es dechado en la

materia.

A este respecto, he presenciado en los carnavales de La Rioja, algunas

escenas de carácter completamente griego; pero la más típica entre

todas, es el paseo de las comparsas populares, formadas por ocho o diez

individuos que montados en asnos y con las caras embadurnadas de harina

bajo coronas de pámpanos, van de casa en casa cantando vidalitas.

Generalmente es un viejo quien entona la copla, coreada luego en

conjunto por un estribillo. La orquesta consiste en una guitarra o un

pífano de caña aboquillado con cera silvestre. Una damajuana de vino

cuyo empajado con asas recuerda las ánforas de Arcadia, enciende el

entusiasmo; y es imposible imaginar una reproducción más completa de

las bacanales antiguas. Bajo el cielo de cobalto, en el aire aclarado

con dura limpidez por el contacto de la montaña y del arenal, ebrio de

aquel sol que exalta el olor cinéreo de las jarillas, como un horno

barrido, el estribillo de los avinados silenos canta el desvío de la

ingrata:

_Por qué has llorado,

Quién te ha pegado

Talvez conmigo

Te habrán celado ...

¡A un amor fino le has pagado mal!_

Nuestro actual amor a la música, único arte que costeamos de buena

voluntad, viene de todo eso. Y no hay, que yo sepa, timbre de honor más

alto para una raza. En la educación de la sensibilidad, que es toda la

cultura, si bien se mira, considero más útil la música que la lectura.

Aquélla es el verbo inicial de toda civilización, según entendíalo el

griego antiguo, para quien las primeras ciudades, y con ellas la vida

civil, la civilización misma, por lo tanto habían nacido al son de la

lira. La vihuela gaucha, con su compungiva nota, fué determinando en

el alma argentina una dirección espiritual hacia la vida superior que

es la patria, así como la gota perseverante induce por la pendiente de

las tierras el futuro manantial. Con esto, la música viene a constituir

la verdadera enseñanza primaria, y así acontecerá de nuevo, cuando con

los últimos residuos de la influencia cristiana, haya desaparecido la

incrustación escolástica que aún nos paraliza, reintegrándose en su

armoniosa continuidad la civilización interrumpida por veinte siglos de

servidumbre.

Pero nuestras payadas tienen antecedentes más directos y

significativos. En la poesía de los trovadores provenzales había un

género, las _tensiones_, que como su mismo nombre lo indica, eran

torneos en verso. Dicho vocablo procede, en efecto, del latín _tensio_,

sostén, porque cada uno de los campeones sostenía su tema, como los

_mantenedores_ de las justas su respectiva pretensión[27]. En esta

última palabra, subsiste, ahora, el indicado término latino, que ha

engendrado también _tesón_, vocablo significativo de empeño. De ahí

procedieron en España, los "romances con ecos", más parecidos, otra

vez, a las églogas sicilianas. Todo el mundo recuerda los versos de

Garcilaso:

_El dulce lamentar de dos pastores..._

Es que la civilización provenzal, fué, como lo diré luego, una

continuación de la greco-romana, que los poemas caballerescos

expresaron a su vez, presentándose como una amplificación directa

del ciclo homérico. Así nuestro poema, resumiendo aquellos géneros

característicos, evidencia su noble linaje, a la vez que comporta

la demostración de un hecho histórico importantísimo para la vida

nacional. Si ésta ofrece alguna trascendencia interesante para la

civilización humana, y así lo creo, ahí está su fórmula expresiva.

Gracias al poema que resumió la poesía dispersa de los payadores,

encarnando su espíritu y exaltando su letra a la excelencia del verbo

superior cuyo es el don de inmortalidad, los argentinos contemporáneos

hemos podido apreciar su eficacia de elemento fecundador, análogo a la

erraticidad del viento sobre los campos floridos.

Había en la entonces remota comarca de Sumampa que hoy comprende los

departamentos santiagueños del Ojo de Agua y de Quebrachos, un mozo

llamado Serapio Suárez que se ganaba la vida recitando el _Martín

Fierro_ en los ranchos y en las aldeas. Vivía feliz y no tenía otro

oficio; lo cual demuestra que la poesía era uno, si bien reducido a

los cuatro granos diarios que constituyen el jornal del pájaro cantor.

Recuerdo haberme pasado las horas oyendo con admiración devota a aquel

instintivo comunicador de belleza. Y creo, Dios me perdone, que ese mal

ejemplo habrá influído para la adopción de tan pésima carrera como es

ésta de vivir rodando tierras, sin más bienes que la pluma y el canto,

a semejanza del pájaro del símil: dura vida, por mi fe, si no fuera

que la libertad es tan dulce, y que la más valiosa heredad terrestre,

no es para comparada con aquella evasiva ciudad de las nubes, donde se

confieren el señorío del azul los prófugos de la tierra poseída.

Cuánta delicadeza de alma, cuánta nobleza ingénita revelaba el sostén

de aquel cantor por esos pobres paisanos que con él compartían, a

cambio de versos, su miserable ración. Esto revela que la poesía

era para ellos una necesidad, y constituye para el bardo que supo

satisfacerla, el más bello de los triunfos. Desde los dulces tiempos

de la civilización provenzal fundada en el heroísmo ningún pueblo ha

repetido semejante fenómeno.

Ahora bien, si el origen de las tensiones provenzales y de los

romances con ecos, estaba, sin duda en las églogas grecolatinas,

puesto que la civilización romana persistió vivaz sobre toda la Europa

meridional, hasta el siglo VII, fueron los árabes quienes continuaron

y sistematizaron aquel género de poesía, que les era también habitual,

cuando en la época mencionada, dominaron allá a su vez. Precisamente,

los trovadores del desierto habían sido los primeros agentes de la

cultura islamita, constituyendo con sus justas en verso, la reunión

inicial de las tribus, que Mahoma, un poeta del mismo género, confederó

después. Así se explica que para nuestros gauchos, en quienes la

sangre arábiga del español predominó, como he dicho, por hallarse en

condiciones tan parecidas a las del medio ancestral, tuviera el género

tanta importancia. No le faltó aquí ni la pareja clásica del trovador

con su juglar, que solía ser lazarillo cuando aquél era ciego, y

también buhonero y tahur, exactamente como en Arabia y en Provenza.

Martín Fierro lo recuerda al pasar:

_Un nápoles mercachifle

Que andaba con un arpista..._

La vida libre había reproducido en nuestras campañas, por natural

instinto humano, aquel fenómeno inicial de la civilización, aquella

imprescindible necesidad del arte que existe en la última tribu,

demostrando con ello la superioridad del hombre. La utilería musical,

es, efectivamente, mucho más numerosa en todos los pueblos bárbaros,

que el menaje doméstico. Allá donde faltan todavía la cuchara y el

tenedor, el lecho y el vestido, abundan ya los instrumentos musicales.

Maravillosa es su variedad en los museos etnográficos. Son más

numerosos y más ingeniosos que las armas, aun cuando éstas constituyen

la industria vital por excelencia para el hombre primitivo. ¡Quién

habría dicho al conquistador, que con la guitarra introducía el más

precioso elemento de civilización, puesto que ella iba a diferenciarnos

del salvaje el espíritu imperecedero!

Dulce vihuela gaucha que ha vinculado a nuestros pastores con aquéllos

de Virgilio, por el certamen bucólico cuya misma etimología define

significativamente el canto de los boyeros; con los trovadores,

mensajeros del heroísmo y del amor, por dignos hijos que eran de

aquel Herakles porta lira cuyo verbo heroico fué el lenguaje de las

Musas; con la rediviva dulcedumbre de las _cassidas_ arábigas cuyos

contrapuntos al son del laúd antepasado y de la guzla monocorde como

el llanto, iniciaron entre los ismaelitas del arenal la civilización

musulmana: el alma argentina ensayó sus alas y su canto de pájaro

silvestre en tu madero sonoro, y prolongó su sensibilidad por los

nervios de tu cordaje, con cantos donde sintióse original, que es

decir, animada por una vida propia; hasta que un día tu música

compañera de las canciones de mi madre, a quien oí cantar tantas veces,

bañada de fresca luna montañesa los versos románticos de _La Sultana_

y _El Hado_, o las querellas del cura poeta Henestrosa, párroco de

mi aldea natal, revelóme también, payador infantil, el ritmo de mis

primeras cuartetas. Y así empecé mis ensayos de contrapunto con

Federico Roldán el comisario; mi intimidad con la cosa bella que el

destino había querido ponerme en el alma; mi amor de patria, más celoso

ahora con la distancia, así como el estiramiento aviva la sensibilidad

de la cuerda; mi pretensión, quizá justa, de hilar como la araña del

rincón solariego, una hebra de seda y de luz en la cual vibrara algo de

mi raza.

La leyenda gaucha, o sea la fuente de la poesía nacional había ido

formándose espontáneamente, hasta engendrar tipos extraordinarios como

Santos Vega, el payador fantasma, a quien solo el diablo pudo vencer.

La belleza inherente a esa vida y a ese paisaje fué impregnando las

meditaciones del caminante solitario. Durante las noches de plenilunio

soñoliento, cuando las nubecillas crespas artesonaban el cielo con sus

témpanos de alabastro, la luz misteriosa corporificaba el espectro de

aquel Santos "de la larga fama", que de seguro iba buscando alguna

guitarra olvidada afuera por dulce congojosa niña, o colgada del

árbol por el amante feliz a quien franqueó una serenata la esquiva

puerta, para desahogar en ella, con inédita cifra, sus quejumbres

de ultratumba. A la siesta, sobre los campos que la llamarada solar

devora, mientras el caminante percibía tan sólo a largos trechos el

ombú singular, con su sombra de capilla abierta, el delirio luminoso

de los espejismos, transparentaba olas remotas y siluetas inversas de

avestruces, que eran motivo de cuentos fantásticos, urdidos en gruesa

trama de color como los tejidos locales. La llanura inacabable donde

aquel copudo emigrante de la selva misionera iniciaba el período

arbóreo, destacando en su propia sombra el tronco grueso como

un éntasis de antigua columna dórica, sugería las generalizaciones

descriptivas, las síntesis grandiosas que caracterizarían el futuro

poema épico. Y semejante espectáculo, constituía ya un reposo

filosófico.

Sentimental de suyo, como que lloraba congojas de expatriados y

traía en su origen moro las bárbaras quejas del desierto, hondamente

exhaladas como el rugido del león, la música de los conquistadores

halló en el hombre de la pampa el mismo terreno propicio que los

instintos aventureros del paladín. El cuento picaresco, entonces

en boga, popularizó su fuerte gracejo condimentado por el ajo de

las ventas; y alguno de sus personajes, como Pedro Urdemalas, quedó

prototípico en el Pedro _Ordimán_ de nuestros fogones. La fábula

encarnó en los animales de nuestra fauna sus eternas moralejas.

Las aventuras de las _Mil y Una Noches_, pasaron, deslumbrantes y

maravillosas, al consabido cuento del rey que tenía siete hijas.

Solamente las leyendas religiosas y la rudimentaria mitología de los

indios, no dejaron rastro alguno. Es que, de una parte, el gaucho

no fué religioso, al faltarle en su aventurera vida las sugestiones

de la miseria y del miedo, así como el sinsabor de la existencia

causado por las civilizaciones decadentes; mientras de la otra, según

veremos al estudiar su lenguaje, la enemistad eterna con el aborigen,

resultó valla inaccesible a toda compenetración. No queda rastro en

sus leyendas de aquella misteriosa ciudad de Trapalanda, especie de

Walhalla indígena donde los guerreros muertos iban a sujetar sus

caballos por primera vez. Apenas en la denominación del "Avestruz",

asignada al largo saco de carbón que divide la Vía Láctea del cielo

austral, o en la de las "Tres Marías" dada a las bolas, puede

notarse alguna analogía con la interpretación indígena de las Nubes

Magallánicas, cuyos luminosos copos serían la plumazón de los ñandús

perseguidos por las almas de los indios muertos, en sus cacerías de

ultratumba[28].

La poesía gaucha, como la de los griegos, no fué, pues,

imaginativamente creadora. Su objeto consistió en expresar las

afecciones del alma con sentida sencillez, limitada casi siempre

a las confidencias del amor y a las inclemencias del destino. Sus

sentencias cristalizadas en adagios, que conforme a la tendencia

española eran pares octosílabos, de fácil incorporación a la estrofa

popular, formulaban eternamente el pesimismo burlón de la literatura

picaresca o el heroico fatalismo del antecesor musulmán. Sólo en este

caso intervenía la imaginación, para tornar símbolos los objetos y

accidentes de la vida cotidiana. Éstos espiritualizábanse, de tal

modo, al contacto íntimo con el hombre; vale decir, que resultaban

civilizados por el numen poético y por la meditación filosófica, a la

vez que fuertemente nacionalizados con dicha caracterización. Así,

por ejemplo, la taba y los naipes, chismes de sortear como en el

viejo mundo, son tan típicos en la poesía gaucha, que nadie sabría

encontrarles semejanza. Como en el traje y en el idioma de nuestros

campos, la refundición de los diversos elementos concurrentes, fué

total en aquélla, hasta imprimirle un tipo genuinamente nacional. Con

briznas y lanas diversas forma el pájaro su nido; pero es el pecho

del ave amorosa lo que le da molde peculiar y líneas estéticas, hasta

convertir aquel puñado de residuos en el tálamo donde se aposentan

las tibiezas más suaves del amor y las más delicadas ternuras de la

maternidad.

Ennoblecida por su libertad, por su filosofía y por su tendencia a

expresar emociones superiores, la poesía gaucha jamás fué grosera en

su ironía ni torpe en sus jactancias. Podría contarse con los dedos

las coplas deshonestas o villanas, y éstas pertenecen, todavía, a

las regiones donde las lenguas indígenas bastardean el castellano,

rebajando el lenguaje popular a una sórdida mestización. Los versos

propiamente gauchos, son galantes o picarescos, filosóficos o

jactanciosos, pero siempre llenos de mesurada decencia, a la cual

añade todavía cierta nobleza original un ligero sabor arcaico:

El Payador, Vol. I Hijo de la Pampa · 第 6 / 18 段